
A Lucía le encantaba pasearse por el centro de la ciudad. Olía a Navidad. Hacía solo unos pocos días que acababan de encender las luces que colgaban de calles y edificios y todo se veía resplandeciente. Como era martes, justo el primer día de diciembre, el restaurante de su madre cerraba. Así que habían aprovechado para pasear los tres, ella, su madre y el buenazo de José María, para empezar a disfrutar del espíritu navideño.
Y es que cada año le sucedía lo mismo... No podía evitar sentirse un poco más niña en esos días, quizá porque siempre le traían buenos recuerdos. Le encantaba esa especie de nostalgia que se respiraba en una época que se vivía tan intensamente. Recordaba cuando, de niña, acudían los Reyes Magos en persona (O ESO CREÍA ELLA) a su casa para entregarle los regalos. Esperaba ansiosa su llegada con tal de descubrir qué regalo, de todos los que había apuntado en su carta, habían podido conseguir. Ahora, aunque sabía muy bien que todo formaba parte de la educación sobria que su madre pretendía inculcarle (un regalo se aprecia mucho más que quince juntos), seguía gozando igual de esos días. También había sido en Navidad cuando las chicas habían formado El Club de las Zapatillas Rojas, con sus reglas y, sobre todo, esas zapatillas que ya había tenido que reponer alguna vez desde que se las regalara su padre en la Navidad de hacía dos años. Y es que ir con un dedo fuera o la suela partida por la mitad no estaba muy bien visto...
—¿Llegamos hasta el mercadillo de Navidad del centro? —les propuso su madre, y ellos aceptaron encantados.
Todavía no estaría muy lleno, o eso esperaban. A Lucía le bastaba con poder asomarse mínimamente a los puestos y comprar algún adorno nuevo para el árbol.
—Acuérdate de que el próximo martes ponemos el árbol en casa, ¿eh? —le recordó su madre con cierto reclamo.
Cada año a Lucía le tocaba participar en la decoración de dos árboles, el de su madre y el de su padre. Pero esa iba a ser la primera Navidad que pasaría en su otra casa, desde que se mudara allí con David, Lorena, Aitana y Álvaro. Para ser sincera, a Lucía se le hacía un poco raro y notaba que su madre no lo llevaba tampoco demasiado bien: la veía algo tensa con el tema, siempre con preguntas sobre la cena de Nochebuena, la de Fin de Año, la comida de San Esteban, etc. Y es que no solo no iba a celebrar las fiestas con Lucía, sino que le tocaría trabajar en el restaurante cada uno de esos días, pues ya tenía todas las mesas reservadas desde hacía semanas. Solo cerraría la noche de Fin de Año, en la que celebraría la fiesta de Navidad con sus trabajadores, y la noche de Reyes, que era el único festivo que había podido reservar para estar con Lucía.

—No me he olvidado, tranquila —le respondió a su madre guiñándole un ojo para intentar relajarla.
—Vale. Porque ya sabes que no me gusta ponerlo un día antes de Nochebuena, me parece una tontería. Total, para una semana no se pone nada y punto.
Al ver que su madre empezaba a calentarse, José María intervino en su perpetuo propósito de suavizar la situación:
—Totalmente de acuerdo —le dijo antes de pasarle el brazo por el hombro y apretarla contra él.
Lucía se fijó en que a su madre se le escapaba una sonrisa de satisfacción. Y es que aquel hombre era la persona que mejor la comprendía del mundo. ¡Cuánta suerte habían tenido de conocerse!
—Como es festivo y no tengo clase, puedo ir temprano y así tenemos todo el día para nosotros —añadió Lucía. Sabía que a su madre le gustaba hacer lo mismo cada año: primero, árbol; después, galletas de Navidad, y, por último, algún que otro villancico.
Pero enseguida se arrepintió de haberse dejado llevar por la emoción cuando su madre le hizo la siguiente pregunta:
—Hablando de clases, ¿qué tal llevas este curso? El otro día me encontré a la madre de Bea y me dijo que a la pobre le está costando muchísimo. ¡Casi ni duerme! Entre el Liceo y el colegio, no para...
Lucía miró al suelo para evitar sus ojos escrutadores. No quería que viera su preocupación que, en realidad, intentaba ocultar en lo más hondo de su cerebro. Y es que tercero de ESO estaba resultando, efectivamente, un ladrillo de curso. Aunque se estaba esforzando tanto como en los anteriores cursos, aquel parecía resistírsele...
—Sí, es difícil, la verdad —le dijo sin dejar de caminar. Esperaba poder llegar al mercadillo antes de que su madre siguiera con el interrogatorio para poder disuadirla, pero María sabía más que los ratones colorados.
—Pero ¿cómo de difícil? —preguntó poniéndose a su altura.

—Pues más que los otros, claro.
—¿Y vas a aprobarlas todas, Lucía?
—Yo creo que sí, no sé..., ya veremos... ¡Mirad! ¡Ya hemos llegado al mercadillo! —soltó con la intención de desviar la conversación, pero, por desgracia, con su madre aquellos métodos no funcionaban nada bien.
Así que María se detuvo, le pidió que la mirara directamente a los ojos y le preguntó:
—¿Tengo que preocuparme?
Lucía tragó saliva. ¿Qué podía decirle? Todavía no sabía las notas, pero la cosa no pintaba demasiado bien. Los trabajos no le habían salido bárbaros y después del puente tenía por delante un par de semanas llenas de exámenes y trabajos supercomplicados. Se había impuesto unos horarios de estudio de lo más intensos, ojalá que con eso fuera suficiente...
—Yo intentaré que no, mamá —contestó sinceramente.
María asintió y lo último que dijo para zanjar el tema fue:
—Avísame cuando tengas las notas.
Después continuó caminando hacia el mercadillo de Navidad, dejando a Lucía atrás, un tanto ofuscada por la presión. Ni siquiera las luces más brillantes que la rodeaban consiguieron que su ánimo resucitara.

Cuando Flora, la tutora que sustituía a Morticia desde hacía meses, irrumpió en la clase de lengua y literatura un cuarto de hora antes de que acabase, ante la mirada asombrada de Saratita, nadie imaginaba cuál sería el motivo.

—Tengo que hacer un anuncio importante —había dicho la profe de ética, clase que solo tenían los martes, por lo que ese día, miércoles, no les tocaba. Pues sí que debía de ser una cuestión de vida o muerte...
Lucía se imaginó de todo: un examen sorpresa e increíblemente difícil que acabaría de amargarle la existencia, la llegada de algún profesor inesperado, que la escuela tuviese que cerrar por culpa de una epidemia de virus gástrico o, incluso, que le hubiera llegado el momento de despedirse de su amada Flora, la única profesora que conseguía comprenderla un poquito. Por supuesto, todo lo que se le ocurría era pésimamente negativo, pues se le había quedado mal cuerpo después de hablar de las notas con su madre la tarde anterior. A pesar de que tras el mercadillo de Navidad ya no había vuelto a sacar el tema, Lucía guardaba la sospecha de que aquel asunto acabaría explotando tarde o temprano. Básicamente, cuando le llegaran las notas en unas semanas...

Mientras Flora alargaba cual chicle ese momento de suspense hablando entre susurros con Saratita, Lucía miró a sus amigas, por si alguna sospechaba de qué podía tratarse una anunciación de esa envergadura. Frida, la más fácil de divisar porque ganaba en altura a cualquiera, se encogió de hombros arrugando la boca, mientras que Susana, con los mechones más largos de su pelo cortito echados hacia delante y cubriéndole la cara, ni siquiera parecía estar allí. Llevaba unos días viéndola ausente, así que Lucía se apuntó mentalmente preguntarle qué le ocurría. Quizá había tenido algún problema con Iván, su novio... Desvió la mirada y la fijó en Celia, un poco más adelante, quien le devolvió el gesto igual de intrigada y emocionada que ella. Lucía le sonrió con afecto. Celia era la chica que había tenido el inmenso placer de conocer a principios de ese curso y ya se había convertido en una habitual de El Club de las Zapatillas Rojas, pues pasaba buena parte de su tiempo libre con ellas.
Por supuesto, también había días en los que prefería estar sola con su creatividad, como ella decía, porque necesitaba sus momentos de concentración, y las demás lo respetaban. Al fin y al cabo, la vida de Celia en el colegio había dado un giro de ciento ochenta grados después de revelar su identidad en Instagram: la misma chica que había pasado por una época terrible en manos de Marisa, la Reina de las Pitiminís, ahora tenía la sonrisa más resplandeciente de toda la clase. ¿Cómo podía ser tan positiva después del mal trago que había tenido que pasar?
—Porque ahora todo es demasiado bueno como para desaprovecharlo —le respondía cada vez que Lucía se lo preguntaba. Era genial verla así.
Seguro que Celia era la única que sospechaba buenas noticias de aquella intriga, así que Lucía quiso contagiarse un poco de su optimismo. Pero cuando vio cómo Saratita abrazaba a Flora y se echaba a llorar manchando de mocos y lágrimas el colorido atuendo que llevaba su tutora temporal, aunque estuvieran en la estación del año más gris de todas, Lucía se imaginó lo peor. Flora estaba a punto de marcharse...
Se cruzó de brazos y escondió la cabeza en ellos. Flora era su esperanza, era quien podía ayudarla a mejorar en lo que quedaba de trimestre, con sus buenos consejos, con su fe... Si ella se marchaba...
—Morticia no va a regresar al colegio —escuchó de pronto Lucía como muy lejos, a través de los brazos que le tapaban las orejas.
Levantó la cabeza con el ceño fruncido. Un momento...
—Me quedaré yo como vuestra tutora este curso también —continuó Flora con una gran sonrisa que iluminaba su rostro enmarcado por su pelo dorado.

Lucía no se lo podía creer.
¿Había escuchado bien? Miró a Celia, que estaba sentada mucho más cerca de las profesoras, y su amiga le guiñó un ojo. ¿Era posible que lo que acababa de oír fuera verdad? Cuando Saratita se apartó de Flora y vio que también sonreía, y que sus lágrimas eran de emoción, a Lucía le quedó claro: no se lo había imaginado. ¡Aquello era bueno, muy bueno! Tuvo el impulso de ponerse de pie y correr hacia Flora para darle un abrazo, pero se contuvo. Ya se lo daría en la siguiente tutoría que tuviera con ella. Le encantaba esa mujer, tan profunda, tan humana, tan buena... ¡Si incluso Saratita, la fiel seguidora de Morticia, se había encariñado con ella!
—Pero tengo otra noticia que daros —interrumpió sus pensamientos la tutora YA OFICIAL.
Lucía tragó saliva, expectante. Todavía no había acabado aquella tortuosa intriga.
—Este mes de diciembre vamos a poner en marcha una nueva iniciativa: el mes de la solidaridad. Es una propuesta mía que el consejo escolar acaba de aceptar y estoy muy ilusionada con ella. Espero que vosotros también.
Lucía soltó lentamente el aire contenido. Volvía a sentirse cómoda. No nuevos profes ni exámenes, por favor. Debía apartar de un manotazo los pensamientos negativos. YA. Además, aquello parecía interesante... Ella creía en la solidaridad, ¡era más solidaria que nadie! La Navidad anterior se la había pasado trabajando en un comedor social ¡y había conseguido reunir a un padre y a su hija después de mil años sin verse! ¡Increíble!
—Supongo que conocéis la situación de los refugiados por la guerra de Siria. Necesitan tantísima ayuda... que todo lo que podamos hacer desde aquí les será útil.
Lucía escuchaba las noticias cuando las ponía su padre en casa, aunque fuera de fondo. Sabía que había una guerra, que estaba muriendo muchísima gente, también niños inocentes. Y que todas las personas que podían se marchaban lejos de su tierra, de su casa y de su familia.

—Por eso, algunos colegios hemos organizado un plan para proporcionar un poquito de ayuda a toda la gente que está sufriendo fuera de sus casas, sin un hogar fijo, sobre todo ahora que ha empezado el frío. —Flora hablaba con la voz cargada de sentimiento, como si pretendiera contagiar su entusiasmo a todos los alumnos.
Y estaba funcionando, porque toda la clase la escuchaba expectante. Nadie miraba el móvil, ni hablaba con el compañero. Ni siquiera Toni el Musculitos y Richie, que hacían chistes hasta de las peores desgracias. Lucía se fijó en que Saratita se limpiaba algunas lágrimas más con un pañuelo. Empezaba a darle pena aquella mujer. Estaba segura de que Morticia la había manipulado con sus malas artes, y que ahora la influencia de Flora la había convertido en mejor persona. Ya no era tan maquiavélica en sus lecciones. Incluso ayudaba dando pistas en algún que otro examen... La buena energía que transmitía Flora estaba haciendo mucho bien a ese colegio.
—Así que algunos van a organizar bancos de alimentos, otros de ropa, otros de medicinas... Pero, como sabéis, para todo eso hace falta dinero, así que en todos los colegios se van a realizar actividades para recaudar fondos. Lo que yo os propongo, chicos y chicas de tercero de ESO, es que dejéis volar vuestra imaginación y propongáis distintos modos de conseguir dinero para poder ayudar a esas familias a que pasen un invierno algo más calentito. ¿Qué os parece?
—Pero ¿qué tipo de cosas tenemos que proponer? —preguntó Marisa desde su posición altiva de siempre.

—Pues lo que se os ocurra. Una obra de teatro, un mercadillo...
—¿Un partido de fútbol benéfico? —preguntó Toni el Musculitos, bastante entusiasmado, para sorpresa de Lucía.
—Exacto, Toni. Esa sería una idea genial.
El chico asintió satisfecho y dio un codazo a su amigo Richie, que sonrió al tiempo que le susurraba algo en el oído. Los deportistas de la clase ya habían encontrado su cometido.
—¿Y una sesión de cine? En plan alquilar el gimnasio y cobrar una entrada mínima que incluya una bolsita de palomitas, agua, chuches o algo así —propuso Charlie, el novio de Raquel, tan listillo como ella, pero, además, un fanático del celuloide.
—¡Claro! A ver si adivino... ¿Star Wars? —le dijo Flora con una sonrisa cálida.
—Por supuesto. Con todas las que se están rodando, podríamos organizar todo un festival —soltó Charlie, y Flora asintió, convencida de que aquella también era una idea genial.
El murmujeo en la clase crecía por momentos. Los distintos grupos de chicos y chicas empezaban a planificar, animados por las palabras de la buena de Flora.
—¿Y una exhibición de skaters? —preguntó Luis, que no se separaba de su monopatín ni para ir al lavabo.
—Me parece estupendo, Luis. Veo que tenéis ideas de sobra...
Las sugerencias fueron añadiéndose una tras otra por parte de los distintos alumnos: un concierto, un taller de cerámica, unas clases de cocina... Lucía las escuchaba todas, esperando que a ella se le ocurriera también su propia idea genial, como las llamaba Flora, una idea que hiciera que la mirara como había mirado a sus demás compañeros. Pero nada. Sus ideas le parecían intentos pésimos de algo que debía ser mucho más grande.
Mientras tanto, todos en aquella clase le resultaban infinitamente más ingeniosos y rápidos que ella. También sus amigas. Frida había propuesto organizar un partido solidario de vóley y Celia una exposición de fotografía. Lucía contempló a Susana; permanecía ausente. Ella tampoco había aportado nada todavía. Solo miraba a Flora y de vez en cuando cogía el boli y escribía algo en su libreta. Se fijó en que, además, su gesto era triste, como si le costara levantar la cabeza de su mano incluso. ¿Qué le pasaba? Y otra pregunta más: ¿por qué no les había contado nada a ellas, sus amigas?
Ni siquiera cuando sonó el timbre que marcaba el final de la clase los compañeros pararon de hacer propuestas. Lucía se levantó en busca de sus amigas. Ninguna de las ideas que se le ocurrían le parecía lo bastante buena como para sugerírsela a Flora. Teniendo en cuenta que sus notas aquel trimestre seguramente no satisfarían las expectativas de nadie y que lo más probable era que defraudara a su profesora preferida, además de a su madre, creía que lo que pudiera hacer en aquel acto de solidaridad debía servir para compensar de alguna manera ese fracaso. Necesitaba a sus amigas para conseguirlo. Al Club de las Zapatillas Rojas al completo.





