Empecé a escribir este libro al poco tiempo del final de mi presidencia, después de que Michelle y yo hubiésemos embarcado por última vez en el Air Force One en un viaje hacia el oeste para un descanso que habíamos postergado durante mucho tiempo. El ambiente en el avión era agridulce. Los dos estábamos exhaustos, tanto física como emocionalmente, no solo por los afanes de los ocho años pasados sino por los inesperados resultados de unas elecciones en las que había sido elegido como mi sucesor alguien diametralmente opuesto a todo lo que representábamos. Aun así, tras haber completado nuestro tramo de la carrera, nos reconfortaba saber que lo habíamos hecho lo mejor que habíamos podido y que, por muchas carencias que hubiese tenido como presidente, por muchos proyectos que hubiese aspirado a llevar a cabo sin conseguirlo, el país estaba en una situación mejor que cuando asumí el cargo. Durante un mes, Michelle y yo dormimos hasta tarde, disfrutamos de las cenas, dimos largos paseos, nadamos en el mar, hicimos balance, recargamos nuestra amistad, redescubrimos nuestro amor e hicimos planes para un segundo acto sin tantos sobresaltos pero, con suerte, no por ello menos satisfactorio. Para cuando estaba en condiciones de volver al trabajo y me senté con un bolígrafo y un cuaderno de notas (aún prefiero escribir a mano: creo que el ordenador da incluso a mis borradores menos pulidos una pátina demasiado satinada, y confiere apariencia de pulcritud a las ideas a medio elaborar), ya tenía en la cabeza un esbozo definido del libro.
Por encima de cualquier otra consideración, confiaba en ofrecer un retrato honesto de mi tiempo en el cargo; no solo un registro histórico de los acontecimientos clave que tuvieron lugar mientras estuve al mando y de las figuras más importantes con quienes interactué, sino también una crónica de las corrientes adversas (políticas, económicas y culturales), que contribuyeron a determinar los desafíos a los que mi Administración se enfrentó y las decisiones que mi equipo y yo tomamos en respuesta a ellos. Siempre que fuera posible, quería ofrecer a los lectores una impresión de cómo es ser el presidente de Estados Unidos; descorrer ligeramente el velo y recordar a la gente que, a pesar de todo su poder y su pompa, la presidencia no deja de ser más que un trabajo, que nuestra administración federal es una empresa humana como cualquier otra, y que los hombres y mujeres que trabajan en la Casa Blanca experimentan la misma combinación cotidiana de satisfacción, decepción, fricciones con los compañeros, pifias y pequeñas victorias que el resto de sus conciudadanos. Por último, quería contar una historia más personal que pudiese inspirar a los jóvenes a plantearse una vida de servicio público: cómo mi carrera política en realidad había empezado como la búsqueda de un lugar donde encajar, una manera de explicar las distintas facetas de mi herencia mestiza, y cómo solo al ligar mi destino a algo que me trascendía había logrado en última instancia encontrar una comunidad y un sentido a mi vida.
Calculaba que podría contar todo esto en unas quinientas páginas. Esperaba haber terminado en un año.
Puede decirse que el proceso de escritura no transcurrió exactamente como yo lo había previsto. A pesar de mis mejores intenciones, el libro no hacía más que crecer en extensión y en alcance, motivo por el cual acabé decidiendo dividirlo en dos volúmenes. Soy plenamente consciente de que un escritor más dotado habría encontrado la manera de contar la misma historia con mayor brevedad (al fin y al cabo, mi despacho en la Casa Blanca estaba situado junto al dormitorio Lincoln, donde, en una vitrina, reposaba una copia firmada del discurso de Gettysburg, de 272 palabras). Pero cada vez que me sentaba a escribir —ya fuese para detallar las fases iniciales de mi campaña, la gestión de la crisis financiera por parte de mi Administración, las negociaciones con los rusos sobre la gestión de los armamentos nucleares, o las fuerzas que lideraron la Primavera Árabe— descubría que mi mente se resistía a un relato simple y lineal. A menudo me sentía obligado a proporcionar contexto para las decisiones que tanto otros como yo habíamos tomado, y no quería relegar esa información a notas a pie de página o al final del libro (odio unas y otras). Descubrí que no siempre podía explicar mis motivaciones con tan solo hacer referencia a montones de datos económicos o con traer a colación una exhaustiva reunión informativa en el despacho Oval, pues en ellas habían influido una conversación que había mantenido con un desconocido en algún acto de campaña, una visita a un hospital militar o una lección de infancia que había recibido de mi madre años atrás. Una y otra vez mis recuerdos me devolvían detalles aparentemente menores (la búsqueda de un lugar discreto donde fumar un cigarrillo nocturno; las risas que mi equipo y yo nos echábamos mientras jugábamos a las cartas a bordo del Air Force One) que recogían, como nunca podría hacer lo que era de dominio público, mi experiencia vivida durante los ochos años que pasé en la Casa Blanca.
Más allá del esfuerzo para juntar palabras en una página, lo que no supe prever del todo es la manera en que los acontecimientos se han desarrollado en los tres años y medio transcurridos desde ese último vuelo en el Air Force One. Mientras escribo estas líneas, el país sigue preso de una pandemia global y la consiguiente crisis económica, con más de 178.000 estadounidenses muertos, empresas cerradas y millones de personas sin trabajo. A lo largo y ancho del país, gente de toda clase y condición ha salido a las calles para protestar por la muerte de hombres y mujeres negros desarmados a manos de la policía. Quizá lo más inquietante de todo sea que nuestra democracia parece encontrarse al borde de una crisis; una crisis cuyas raíces se encuentran en una contienda fundamental entre dos visiones opuestas de lo que Estados Unidos es y lo que debería ser; una crisis que ha dejado la comunidad política dividida, furiosa y desconfiada, y ha hecho posible la quiebra continuada de las normas institucionales, las salvaguardas procedimentales y la adhesión a los hechos básicos que tanto republicanos como demócratas daban por descontados en épocas pasadas.
Esta contienda no es nueva, por supuesto. En muchos sentidos, ha definido la experiencia estadounidense. Está incrustada en los documentos fundacionales, capaces al mismo tiempo de proclamar que todos los hombres son iguales y de contar a un esclavo como tres quintas partes de un hombre. Encuentra su expresión en los primeros dictámenes judiciales de nuestra historia, como cuando un magistrado jefe del Tribunal Supremo explica sin tapujos a una tribu de nativos americanos que sus derechos de transmisión de bienes no son aplicables, ya que el tribunal de los conquistadores no tiene competencia para reconocer las justas reclamaciones de los conquistados. Es una contienda que se ha librado en los campos de Gettysburg y Appomattox, pero también en los pasillos del Congreso, en un puente de Selma, en los viñedos de California y en las calles de Nueva York; una contienda en la que luchan soldados, aunque más a menudo lo hacen sindicalistas, sufragistas, mozos de estación, líderes estudiantiles, oleadas de inmigrantes y activistas LGBTQ, armados tan solo con pancartas, folletos o un par de zapatos para caminar. En lo más profundo de esta prolongada batalla hay una sencilla pregunta: ¿aspiramos a ajustar la realidad de Estados Unidos a sus ideales? Si es así, ¿creemos realmente que nuestras ideas de autogobierno y libertad individual, igualdad de oportunidades e igualdad ante la ley son aplicables a todas las personas? O, por el contrario, ¿estamos dedicados, en la práctica, cuando no por ley, a reservar todas estas cosas a unos pocos privilegiados?
Reconozco que hay quienes creen que ha llegado el momento de desechar el mito, que un análisis del pasado estadounidense, e incluso un rápido vistazo a los titulares de hoy, muestran que los ideales de este país siempre han ocupado un lugar secundario frente a la conquista y la subyugación, un sistema racial de castas y un capitalismo voraz, y que fingir que no ha sido así equivale a ser cómplices en un juego que estuvo amañado desde el principio. Y confieso que ha habido momentos mientras escribía este libro, mientras reflexionaba sobre mi presidencia y todo lo que ha sucedido desde entonces, en que he tenido que plantearme si también yo estaba siendo demasiado comedido al decir las cosas tal y como las veía, demasiado prudente, de hecho o de palabra, convencido como lo estaba de que, al apelar a lo que Lincoln llamó «los ángeles que llevamos dentro», tendría más posibilidades de conducirnos hacia los Estados Unidos que se nos habían prometido.
No lo sé. Lo que sí puedo decir con certeza es que aún no estoy dispuesto a abandonar la promesa de Estados Unidos, no solo por el bien de las generaciones futuras de estadounidenses, sino por el de toda la humanidad. Pues estoy convencido de que la pandemia que estamos viviendo hoy es tanto una manifestación de un mundo interconectado como una mera interrupción en la incesante marcha hacia un planeta así, en el que pueblos y culturas no pueden sino chocar. En ese mundo —de cadenas de suministro globales, transferencias de capital instantáneas, redes terroristas transnacionales, cambio climático, migraciones masivas y cada vez mayor complejidad— aprenderemos a convivir, a cooperar los unos con los otros y a reconocer la dignidad de los demás, o pereceremos. Así pues, el mundo mira hacia Estados Unidos —la única gran potencia en la historia integrada por personas de todos los rincones del planeta, de todas las razas, confesiones y prácticas culturales— para ver si nuestro experimento con la democracia puede funcionar; para ver si podemos hacer lo que ningún otro país ha hecho jamás, para ver si podemos realmente estar a la altura de lo que nuestro credo significa.
Aún está por ver. Para cuando se publique este primer volumen, se habrán celebrado unas elecciones en Estados Unidos, y aunque creo que lo que hay en juego no podría ser más importante, también sé que unos comicios no bastarán para zanjar la cuestión. Si sigo teniendo esperanza es porque he aprendido a depositar mi fe en mis conciudadanos, en particular en los de la siguiente generación, cuya convicción en la igual valía de todas las personas parece algo instintivo y su empeño en llevar a la práctica los principios que sus padres y profesores les enseñaron que eran ciertos, aunque quizá sin estar plenamente convencidos de ello. Más que para cualesquiera otras personas, este libro es para esos jóvenes: una invitación a rehacer el mundo una vez más, y hacer realidad, a base de esfuerzo, determinación y una gran dosis de imaginación, unos Estados Unidos que por fin reflejen todo lo mejor que llevamos dentro.
Agosto de 2020
La apuesta
De todas las habitaciones, los salones y los espacios emblemáticos de la Casa Blanca, mi lugar favorito era la columnata Oeste.
Ese corredor enmarcó mis días durante ocho años: un minuto de paseo al aire libre, de casa a la oficina, y viceversa. Era ahí donde cada mañana sentía la primera ráfaga de viento invernal o el primer golpe de calor estival; el lugar donde ordenaba mis ideas, hacía repaso de las reuniones que tenía por delante, revisaba los argumentos para convencer a congresistas escépticos o a votantes ansiosos, y me preparaba para tomar tal o cual decisión o afrontar alguna crisis inminente.
En los primeros tiempos de la Casa Blanca los despachos del equipo de trabajo del mandatario y la residencia de la primera familia estaban bajo el mismo techo, y la columnata Oeste era poco más que un sendero hacia las caballerizas. Pero cuando Teddy Roosevelt accedió al cargo decidió que en un único edificio no había espacio suficiente para albergar un equipo de trabajo moderno, seis hijos bulliciosos y su propia cordura. Entonces ordenó la construcción de lo que acabarían siendo el Ala Oeste y el despacho Oval, y con el transcurso de las décadas y la sucesión de presidencias se asentó la configuración actual de la columnata: un corchete al jardín de las Rosas por el norte y el oeste; el muro grueso en el extremo norte, silencioso y desnudo salvo por las elevadas ventanas de medialuna; las imponentes columnas blancas en el costado oeste, como una guardia de honor que franquea el paso al caminante.
Por lo general, soy de andares lentos: un caminar hawaiano, como suele decir Michelle, a veces con un deje de impaciencia. Pero bajo la columnata caminaba de otra manera, consciente de la historia que allí se había fraguado y de quienes me habían precedido. Mis zancadas se alargaban, mi marcha ganaba en vigor, mis pasos sobre la piedra resonaban acompañados del eco de los guardaespaldas del Servicio Secreto que me seguían a pocos metros. Cuando llegaba a la rampa al final de la columnata (legado de Franklin D. Roosevelt y su silla de ruedas; lo imagino sonriendo, con el mentón adelantado y la boquilla del cigarrillo firmemente sujeta entre los dientes mientras se esfuerza por subir la pendiente), saludaba al guardia uniformado situado justo pasada la puerta acristalada. A veces, el guardia estaba conteniendo a un grupo de sorprendidos visitantes. Si tenía tiempo, los saludaba también y les preguntaba de dónde venían. Pero lo más habitual es que me limitase a girar a la izquierda, siguiendo la pared exterior de la sala del Gabinete, y entrase por la puerta lateral al despacho Oval, donde saludaba a mi equipo, tomaba mi agenda, mi taza de té caliente y empezaba la rutina del día.
Varias veces a la semana, al salir a la columnata, me encontraba con los jardineros trabajando en el jardín de las Rosas, todos ellos empleados del Servicio de Parques Nacionales. Eran casi todos hombres mayores, vestidos con uniformes caqui, a veces con una gorra a juego para protegerse del sol, o un grueso abrigo para el frío. Si no llegaba tarde adonde fuera, me detenía a felicitarlos por las nuevas plantas o a preguntarles por los daños causados por la tormenta de la noche anterior, y me explicaban su trabajo con discreto orgullo. Eran hombres de pocas palabras, e incluso entre ellos se comunicaban mediante gestos con las manos o la cabeza; aunque cada uno se concentraba en su propia tarea, todos se movían de manera grácil y acompasada. Uno de los más mayores era Ed Thomas, un hombre negro, alto, nervudo y con las mejillas hundidas que llevaba cuarenta años trabajando en la Casa Blanca. Cuando lo conocí, se sacó un pañuelo del bolsillo trasero para limpiarse antes de darme la mano. Su mano, con venas gruesas y nudosas como las raíces de un árbol, envolvió la mía. Le pregunté cuánto tiempo pensaba seguir en la Casa Blanca antes de jubilarse.
«No lo sé, señor presidente —me contestó—. Me gusta trabajar. Las articulaciones empiezan a rechinar. Pero supongo que seguiré mientras usted esté aquí. Para asegurarme de que el jardín esté bien lucido.»
¡Y vaya si lo estaba! Los frondosos magnolios se elevaban en cada esquina, los setos eran espesos y de un verde intenso, y los manzanos estaban podados en su justa medida. Y las flores, cultivadas en invernaderos a unos pocos kilómetros de allí, ofrecían una constante explosión de colores: rojos y amarillos, rosas y morados; en primavera, los tulipanes agrupados en manojos, con las cabezas vueltas hacia el sol; en verano, heliotropos, geranios y lirios; en otoño, crisantemos, margaritas y flores silvestres. Y en todo momento unas pocas rosas, en su mayoría rojas, pero en ocasiones amarillas o blancas, siempre en el esplendor de su floración.
Cada vez que recorría la columnata o miraba por la ventana del despacho Oval, veía el fruto de la labor de los hombres y las mujeres que trabajaban en el exterior. Me recordaban al pequeño cuadro de Norman Rockwell que tenía en la pared, junto al retrato de George Washington y sobre el busto de Martin Luther King: cinco figuras a lo lejos con distintos tonos de piel, trabajadores en vaqueros y monos de trabajo, izados mediante cuerdas contra un refulgente cielo azul para sacar brillo a la lámpara de la Estatua de la Libertad. Los hombres del cuadro, los jardineros del jardín de las Rosas —pensaba yo—, eran los guardianes, los discretos sacerdotes de una orden solemne y dedicada al bien. Y me decía que necesitaba esforzarme tanto y poner en mi trabajo tanta atención como ellos en el suyo.
Con el tiempo, mis paseos por la columnata se fueron llenando de recuerdos. Estaban los grandes actos públicos, por supuesto: las declaraciones ante un batallón de cámaras, las conferencias de prensa con líderes extranjeros. Pero también momentos que pocos vieron: Malia y Sasha compitiendo por ser la primera en saludarme cuando las visitaba por sorpresa por la tarde, o nuestros perros, Bo y Sunny, dando saltos en la nieve y hundiéndose tanto en ella que de sus morros colgaban barbas blancas. Lanzándonos balones de fútbol americano un luminoso día de otoño o consolando a un ayudante que había sufrido una tragedia personal.
Esas imágenes me pasaban a menudo fugazmente por la cabeza, e interrumpían cualquier reflexión en que estuviese concentrado. Me recordaban que el tiempo pasa, y a veces hacían que me embargase un deseo: el de retroceder en el tiempo y volver a empezar. Algo que no podía hacer en mi paseo matutino. Entonces la flecha del tiempo solo iba hacia delante; el trabajo del día me reclamaba; necesitaba centrarme en lo que estaba por venir.
Por la noche era diferente. Cuando caminaba de vuelta a la residencia al final del día, con el maletín repleto de papeles, procuraba demorarme, a veces incluso me detenía. Respiraba el aire impregnado de olor a tierra, hierba y polen, y escuchaba el viento, o el repiqueteo de la lluvia. O me quedaba contemplando la luz contra las columnas, y la majestuosa figura de la Casa Blanca, con su bandera izada sobre el tejado, bien iluminada, o miraba hacia el monumento a Washington, que destaca en la distancia bajo el cielo oscuro, y ocasionalmente llegaba a atisbar la luna y las estrellas sobre el obelisco, o el parpadeo de las luces de un avión al pasar.
En momentos así, volvía la vista atrás con asombro hacia el extraño camino y la idea que me había llevado hasta allí.
No provengo de una familia muy interesada en la política. Mis abuelos maternos eran gente del Medio Oeste, de ascendencia mayormente escocesa e irlandesa. Se los habría podido considerar progresistas, sobre todo para los estándares de la época de la Gran Depresión en los pueblos de Kansas donde nacieron, y ponían interés en mantenerse al tanto de las noticias. «Forma parte de ser un ciudadano bien informado», me decía mi abuela, a la que todos llamábamos Toot (apócope de Tutu, «abuela» en hawaiano), mientras me miraba por encima de la edición matutina del Honolulu Advertiser. Pero ni ella ni mi abuelo tenían firmes inclinaciones ideológicas o partidistas propiamente dichas, más allá de lo que consideraban sentido común. Pensaban en trabajar —mi abuela era subdirectora de depósitos en uno de los bancos locales; mi abuelo, vendedor de seguros de vida—, en pagar las facturas y en las pequeñas diversiones que ofrecía el día a día.
Además, vivían en Oahu, donde nada parecía demasiado urgente. Tras haber pasado años en lugares tan dispares como Oklahoma, Texas y el estado de Washington, acabaron mudándose a Hawái en 1960, al año siguiente de que fuese reconocido como estado. Un ancho océano los separaba de disturbios, protestas y sucesos parecidos. La única conversación política que recuerdo entre mis abuelos, cuando yo era niño, trató sobre un bar de playa: el alcalde de Honolulu había demolido el chiringuito favorito del abuelo para renovar el paseo marítimo en el extremo más alejado de Waikiki.
Nunca se lo perdonó.
Mi madre, Ann Dunham, era distinta, sus ideales prevalecían sobre los hechos puntuales. Era su única hija y se rebeló contra las convenciones en el instituto: leía a poetas beatniks y a los existencialistas franceses, se escapaba durante días a San Francisco con una amiga sin avisar a nadie. De niño, la oía hablar de las marchas por los derechos civiles, y de por qué la guerra de Vietnam era un desastroso error; del movimiento feminista (a favor de la igualdad salarial, pero no tanto de no depilarse las piernas) y de la lucha contra la pobreza. Cuando nos trasladamos a Indonesia a vivir con mi padrastro, se encargó de explicarme los pecados de la corrupción gubernamental («Es lo mismo que robar, Barry»), aunque parecía que todo el mundo lo hacía. Más tarde, durante el verano en que cumplí doce años, cuando pasamos un mes de vacaciones viajando a través de Estados Unidos, insistió en que viésemos cada noche las comparecencias por el caso Watergate, que aderezaba con sus observaciones («¿Qué se puede esperar de un macartista?»).
No se quedaba solo en los titulares. Una vez, cuando descubrió que yo había formado parte de un grupo que estaba molestando a una chica en el instituto, me obligó a sentarme frente a ella, con un gesto de decepción en los labios.
«¿Sabes qué, Barry? —dijo (este era el apodo con el que mis abuelos y ella se dirigían a mí cuando era niño, a menudo abreviado como «Bar»)—. En el mundo hay personas que solo piensan en ellas mismas. Les da igual lo que les pase a los demás, con tal de conseguir lo que quieren. Menosprecian a los demás para sentirse importantes. Y también hay gente que hace lo contrario, que es capaz de imaginar lo que sienten los demás y se esfuerza por evitar hacerles daño. Entonces —dijo mientras clavaba la mirada en mis ojos—, ¿qué clase de persona quieres ser tú?»
Me sentí fatal. Su pregunta se me quedó grabada durante mucho tiempo, como era su intención.
Para mi madre, el mundo estaba repleto de oportunidades para la formación moral. Pero no recuerdo que se implicase nunca en una campaña política. Como mis abuelos, desconfiaba de las plataformas políticas, las doctrinas y los absolutos, y prefería expresar sus valores en un ámbito más reducido. «El mundo es complicado, Bar. Por eso es interesante.» Consternada por la guerra en el sudeste asiático, acabó pasando la mayor parte de su vida allí, empapándose del idioma y la cultura, estableció programas de microcréditos para personas pobres mucho antes de que los microcréditos se pusieran de moda en el ámbito del desarrollo internacional. Horrorizada por el racismo, la casualidad quiso que se casara con personas de raza distinta a la suya no una vez sino dos, y derrochó un amor que parecía inagotable con sus dos hijos morenos. Exasperada por las limitaciones sociales que sufrían las mujeres, se divorció de ambos hombres cuando resultaron ser controladores o decepcionantes, se labró una carrera que ella escogió por sí misma, educó a sus hijos guiándose por sus propios estándares de decencia y, básicamente, hizo siempre lo que le vino en gana.
En el mundo de mi madre, lo personal era verdaderamente político, aunque el eslogan la habría dejado indiferente.
Con todo lo anterior no pretendo dar a entender que carecía de ambición para su hijo. A pesar de las estrecheces económicas, mis abuelos y ella me enviaron a Punahou, la mejor escuela privada de Hawái. A nadie se le pasó por la cabeza que no fuese a ir a la universidad. Pero a nadie en mi familia se le habría ocurrido que alguna vez ocuparía un cargo público. Si alguien le hubiese preguntado a mi madre por mi futuro, puede que hubiese imaginado que acabaría dirigiendo una institución filantrópica como la Fundación Ford. A mis abuelos les habrían encantado verme convertido en juez, o en un gran abogado litigante como Perry Mason.
«Así le sacaría provecho a su piquito de oro», decía mi abuelo.
Como casi no conocía a mi padre, no tuvo mucho que decir. Tenía una vaga idea de que había trabajado durante una temporada para el Gobierno keniano y, cuando yo tenía diez años, viajó desde Kenia para pasar un mes con nosotros en Honolulu. Esa fue la primera y la última vez que lo vi; después de aquella ocasión, solo supe de él a través de alguna que otra carta, escrita en fino papel azul para correo aéreo, diseñado para plegarlo y añadirle la dirección de envío sin necesidad de sobre. «Tu madre me dice que a lo mejor decides estudiar arquitectura —podía leerse en una de esas misivas—. Creo que es una profesión muy práctica, que puede ejercerse en cualquier lugar del mundo.»
No era demasiado a lo que aferrarme.
En cuanto al mundo más allá de mi familia, durante buena parte de mi adolescencia no parecía que yo fuera un líder en ciernes, sino más bien un estudiante apático, un jugador apasionado de baloncesto con talento limitado, además de un fiestero incansable y entusiasta. Nada de ser delegado de clase; nada de alcanzar el rango máximo en los boy scouts o de hacer prácticas en la oficina del congresista local. En el instituto, mis amigos y yo apenas hablábamos de algo que no fuese deportes, chicas, música y planes para ponernos ciegos.
Tres de estos chavales —Bobby Titcomb, Greg Orme y Mike Ramos— siguen estando entre mis mejores amigos. Aún somos capaces de reír durante horas recordando historias de nuestra juventud descarriada. En años posteriores, se volcarían en mis campañas con una lealtad por la que siempre les estaré agradecido, y desarrollarían una capacidad de defender mi historial digna de cualquier tertuliano de la MSNBC.
Pero hubo también momentos a lo largo de mi presidencia —después de verme hablar ante una gran multitud, o recibir una serie de saludos marciales de jóvenes marines durante mi visita a una base— en que pude atisbar en sus caras cierta perplejidad, como si intentasen reconciliar a ese hombre canoso y trajeado con el inmaduro niño grande al que conocieron tiempo atrás.
«¿Y este tío? —imagino que se dirían—. ¿Cómo coño ha llegado hasta ahí?»
Si me lo hubiesen preguntado directamente, no estoy seguro de que hubiese tenido una buena respuesta.
Sé que en algún momento durante el instituto empecé a hacerme preguntas: sobre la ausencia de mi padre y las decisiones de mi madre; sobre cómo había acabado viviendo en un lugar donde poca gente tenía mi aspecto. Muchas de esas cuestiones giraban en torno a la raza: ¿por qué los negros eran jugadores profesionales de baloncesto, pero no entrenadores? ¿Qué quería decir esa chica del instituto con que no pensaba en mí como negro? ¿Por qué todos los negros que salían en las películas de acción eran pirados con navaja salvo el único negro decente —el compañero, por supuesto—, al que siempre acababan matando?
Pero no solo me preocupaba la raza. Estaba la clase también. Al crecer en Indonesia, había observado el abismo que existía entre las vidas de las élites adineradas y las masas empobrecidas, y poseía una incipiente conciencia de las tensiones tribales que se vivían en el país de mi padre; el odio que podía existir entre aquellos que en apariencia se veían iguales. Día tras día, era testigo de las estrecheces que padecían mis abuelos, las decepciones que compensaban con televisión y bebida junto con alguna compra excepcional de un electrodoméstico o un coche nuevo. Fui consciente del precio que mi madre pagó por su libertad intelectual: dificultades económicas crónicas y el ocasional caos personal. Era muy consciente de las no tan sutiles jerarquías que existían entre mis compañeros de clase en la escuela privada, relacionadas principalmente con el nivel económico de sus padres. Y a todo ello se sumaba el hecho perturbador de que, dijese lo que dijese mi madre, a los acosadores, los tramposos y los vendedores de humo les iba de maravilla, mientras que daba la impresión de que a quienes ella consideraba personas buenas y decentes les iba bastante mal.
Todo esto me generaba una gran desazón. Era como si, por la simple particularidad de mi ascendencia, por el hecho de vivir entre dos mundos, fuese al mismo tiempo de todas partes y de ninguna, una combinación de piezas mal encajadas, como un ornitorrinco o una bestia imaginaria, confinado a un frágil hábitat, sin saber cuál era mi lugar. Y tenía la sensación, sin entender completamente por qué o cómo, de que, a menos que lograse recomponer los distintos pedazos de mi vida y encontrase un eje firme que me sirviese de guía, acabaría, en algún sentido fundamental, pasando la vida solo.
No hablaba de esto con nadie, y menos aún con mis amigos o mi familia. No quería herir sus sentimientos o llamar la atención más de lo que ya lo hacía. Pero sí encontré refugio en los libros. El hábito de la lectura se lo debo a mi madre, que me lo inculcó desde muy niño: era a lo que ella recurría cada vez que me quejaba de estar aburrido, o cuando no podía permitirse mandarme al colegio internacional en Indonesia, o cuando tenía que acompañarla a su oficina porque no tenía una niñera.
«Lee un libro —me decía—. Y luego ven y cuéntame algo que hayas aprendido.»
Hubo unos pocos años en que viví con mis abuelos en Hawái mientras mi madre seguía trabajando en Indonesia y cuidaba de mi hermana pequeña, Maya. Como no la tenía cerca para darme la lata, no aprendí tanto, como enseguida atestiguaron mis notas. Entonces, en torno a los dieciséis años, la cosa cambió. Aún recuerdo ir con mis abuelos a un rastrillo benéfico en la iglesia de Central Union, enfrente de nuestro piso, y toparme con un cesto de libros viejos de tapa dura. Por algún motivo, empecé a sacar los títulos que me llamaban la atención, o me sonaban vagamente; libros de Ralph Ellison y Langston Hughes, Robert Penn Warren y Dostoievski, D. H. Lawrence y Ralph Waldo Emerson. Mi abuelo, que buscaba un juego de palos de golf usados, me miró desconcertado cuando aparecí con mi caja de libros.
«¿Vas a abrir una biblioteca?»
Mi abuela lo hizo callar; mi repentino interés por la literatura le pareció admirable. Tan práctica como siempre, dejó caer que, antes de sumergirme en Crimen y castigo, quizá me convendría centrarme en las lecturas de clase.
Acabé leyendo todas esas obras, a veces a altas horas de la noche, después del entrenamiento de baloncesto y de tomar unas cervezas con mis amigos, o al llegar a casa, en el destartalado Ford Granada del abuelo, con una toalla enrollada en la cintura para evitar mojar la tapicería, tras haber pasado la tarde del sábado haciendo surf. Cuando terminé con el primer conjunto de libros, fui a otros rastrillos en busca de más. Apenas entendía buena parte de lo que leía; empecé a marcar las palabras desconocidas para buscarlas en el diccionario, aunque era menos escrupuloso a la hora de averiguar su pronunciación; hasta pasados con creces los veinte años supe el significado de palabras que era incapaz de pronunciar. No me guiaba por ningún sistema, ni seguía ningún orden o patrón. Era como un joven inventor en el garaje de la casa, acumulando antiguos tubos de rayos catódicos, tornillos y cables sueltos, sin saber muy bien qué hacer con todo ello pero convencido de que sería útil cuando por fin averiguase la naturaleza de mi vocación.
Puede que mi interés en los libros explique por qué no solo sobreviví al instituto, sino que llegué al Occidental College en 1979 con una fina aunque aceptable pátina de conocimiento sobre cuestiones políticas y una serie de opiniones fundamentadas a medias que iba soltando durante las charlas de madrugada en la residencia de estudiantes.
Al echar la vista atrás, me avergüenza reconocer hasta qué punto mi curiosidad intelectual durante aquellos primeros dos años de universidad corría paralela a los intereses de varias mujeres con las que intentaba intimar: Marx y Marcuse, para tener algo de lo que hablar con la socialista de interminables piernas que vivía en mi residencia; Fanon y Gwendolyn Brooks, para la estudiante de sociología de piel tersa que nunca se fijó en mí; Foucault y Woolf, para la etérea bisexual que vestía casi siempre de negro. Como estrategia para ligar con chicas, mi pseudointelectualismo fue casi inútil; mantuve con ellas relaciones afectuosas pero castas.
Aun así, esos infructuosos esfuerzos no cayeron en saco roto: en mi mente empezó a conformarse algo parecido a una visión del mundo. Conté con la ayuda de un puñado de profesores que toleraban mis inconstantes hábitos de estudio y mi presunción juvenil. Y me ayudaron aún más un puñado de estudiantes, por lo general mayores que yo: chicos negros de ciudad, chicos blancos procedentes de pequeños pueblecitos que se habían abierto camino hasta la universidad, latinos estadounidenses de primera generación, alumnos procedentes de Pakistán o India, o de países africanos que estaban al borde del caos. Sabían lo que era importante para ellos; cuando hablaban en clase, las raíces de sus opiniones se hundían en comunidades reales, en luchas reales. «Esto es lo que estos recortes presupuestarios implican en mi barrio. Permitidme que os hable de mi escuela antes de que empecéis a quejaros de la discriminación positiva. La primera enmienda es fantástica, pero ¿por qué el Gobierno estadounidense no dice nada sobre los prisioneros políticos que hay en mi país?»
Los dos años que pasé en Occidental supusieron el inicio de mi despertar político. Pero eso no significa que creyese en la política. Con pocas excepciones, parecía sospechoso todo lo que veía de los políticos: el pelo lacado, las muecas lobunas, las perogrulladas y el autobombo en televisión, mientras por detrás hacían de correveidiles de las grandes corporaciones y de otros intereses adinerados. Llegué a la conclusión de que eran actores en un juego amañado, con el que yo no quería tener nada que ver.
Lo que sí cautivó mi atención fue algo más amplio y menos convencional: no las campañas políticas sino los movimientos sociales, en los que la gente corriente se unía para cambiar las cosas. Me volví un estudioso de las sufragistas y los primeros sindicalistas; de Gandhi, Lech Wałesa y el Congreso Nacional Africano. Y sobre todo encontré inspiración en los jóvenes líderes del movimiento por los derechos civiles: no solo en Martin Luther King, también en John Lewis, Bob Moses, Fannie Lou Hamer y Diane Nash. En sus heroicos esfuerzos —ir casa por casa para inscribir votantes, sentarse en las barras de las cafeterías y hacer marchas entonando canciones de protesta— vi la posibilidad de llevar a la práctica los valores que mi madre me había inculcado: que cada uno puede reforzar su poder no a base de menoscabar a los demás, sino elevándolos. Era la verdadera democracia en acción; una democracia que no era una concesión desde arriba, ni un reparto del botín entre grupos de interés, sino una democracia conquistada, obra de todos. El resultado no era solo un cambio en las condiciones materiales sino una sensación de dignidad para personas y comunidades, un vínculo entre quienes en un principio parecían estar muy alejados entre sí.
Decidí que este era un ideal que merecía la pena perseguir. Solo tenía que centrarme. Después de mi segundo año de universidad, me mudé a la Universidad de Columbia, con la idea de que allí podría comenzar de nuevo. Durante tres años en Nueva York, viviendo casi siempre en pisos ruinosos, lejos de viejos amigos y malas costumbres, viví como un monje: leía, escribía, rellenaba diarios, apenas me dejaba ver por las fiestas universitarias y algunas veces ni siquiera tenía una comida caliente. Me perdía en mi cabeza, obsesionado con preguntas que parecían apilarse unas sobre otras. ¿Qué hacía que algunos movimientos triunfasen y que otros fracasasen? ¿Significaba un éxito que partes de una causa fueran absorbidas por la política convencional, o era un indicio de que la causa había sido secuestrada? ¿Cuándo era aceptable hacer concesiones? ¿Cuándo equivalía a venderse? ¿Y cómo se puede distinguir entre una cosa y la otra?
¡Ah, qué serio era yo entonces! ¡Cuánto orgullo y qué poco sentido del humor! Cuando releo lo que escribí en aquella época en mi diario, siento un entrañable cariño por el joven que fui, desesperado por dejar su huella en el mundo, deseoso de formar parte de algo grandioso e idealista, algo que todo parecía indicar que no existía. Al fin y al cabo, aquello era Estados Unidos a principios de los años ochenta. Los movimientos sociales de la década anterior habían perdido fuerza. Se estaba afianzando un nuevo conservadurismo. Ronald Reagan acababa de ser elegido presidente; la economía se deslizaba hacia una recesión; la Guerra Fría estaba en pleno apogeo.
Si viajase hacia atrás en el tiempo, quizá instaría a ese joven a que se apartase de los libros por un momento y dejase entrar un poco de aire fresco (por aquella época mi hábito de fumador estaba en su máximo esplendor). Le diría que se relajase, que conociese a gente y que disfrutase de los placeres que la vida reserva a los veinteañeros. Los pocos amigos que tenía en Nueva York trataron de darme esos mismos consejos.
«Tienes que tomártelo con más calma, Barack.»
«Tienes que echar un polvo.»
«Eres demasiado idealista. Es estupendo, pero no sé si lo que cuentas es realmente posible.» Me resistía a hacerles caso. Me resistía precisamente porque temía que tuvieran razón. Lo que estaba incubando durante todas esas horas que pasaba solo, fuese la que fuese esa visión de un mundo mejor que dejaba florecer en el invernadero de mi mente juvenil, apenas soportaba el golpe de realidad de una mera conversación. En la luz mortecina del invierno en Manhattan, y a contracorriente del cinismo general de la época, mis ideas, expuestas en voz alta en clase o mientras tomaba un café con amigos, sonaban fantasiosas y descabelladas. Y era consciente de ello. De hecho, este es uno de los motivos por los que no acabé convertido en un completo cascarrabias antes de cumplir los veintidós años: entendía instintivamente lo absurdo de mi visión, la enorme brecha que existía entre mis formidables ambiciones y lo que hacía con mi vida en la práctica. Era como un joven Walter Mitty; un Don Quijote sin su Sancho Panza.
Esto también puede leerse en las entradas de por aquel entonces en mi diario, una crónica bastante fiel de todas mis carencias. De cómo prefería mirarme el ombligo a actuar. De cierta cautela, retraimiento incluso, que quizá se remontase hasta mi infancia en Hawái e Indonesia, pero era también el resultado de una profunda timidez. Una especial susceptibilidad a sentirme rechazado o hacer el ridículo. Quizá incluso una indolencia innata.
Me propuse purgarme de esas flaquezas mediante un régimen de mejora personal que nunca he llegado a abandonar. (Michelle y las chicas me hacen ver que, incluso a día de hoy, no puedo meterme en la piscina o en el mar sin sentirme impelido a hacer unos largos. «¿Por qué no te dejas flotar? —me dicen con una risita—. Es divertido. Ven, te mostramos cómo se hace.») Hacía listas. Empecé a hacer ejercicio, a salir a correr alrededor del estanque de Central Park o a lo largo del East River, y a comer latas de atún y huevos duros como fuente de energía. Me deshice de las pertenencias superfluas; ¿quién necesita más de cinco camisas?
¿Cuál era la gran prueba para la que me estaba preparando? Fuera la que fuese, sabía que no estaba preparado. Que la incertidumbre, las inseguridades, me impedían conformarme demasiado rápido con respuestas fáciles. Adopté la costumbre de cuestionarme mis propias premisas, algo que creo que, en última instancia, me resultó útil, no solo porque evitó que me convirtiese en alguien insufrible, sino también porque me vacunó contra las fórmulas revolucionarias que tanta gente en la izquierda adoptó en los albores de la era Reagan.
Ciertamente, así fue en lo tocante a las cuestiones raciales. Experimenté más que suficientes desaires raciales y podía constatar a la perfección la herencia de la esclavitud y del Jim Crow cada vez que caminaba por Harlem o por ciertas partes del Bronx. Pero mi biografía me había enseñado a no presentarme a la mínima como víctima, y a resistirme a la idea, que aceptaban algunas personas negras que conocía, de que los blancos eran irremediablemente racistas.
La convicción de que el racismo no era inevitable quizá explique también mi predisposición a defender el ideal estadounidense: lo que el país era y lo que podía llegar a ser.
Mi madre y mis abuelos nunca habían expresado su patriotismo de manera estridente. Recitar en clase el juramento de lealtad o agitar banderolas el Cuatro de Julio se veían como rituales agradables, no deberes sagrados (su actitud hacia la Pascua y las Navidades era básicamente la misma). Incluso se le quitaba importancia al hecho de que mi abuelo hubiese servido en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial; me hablaba más de las raciones de comida militar —«¡Espantosas!»— que de la gloria de marchar en el ejército de Patton.
Pero el orgullo de ser estadounidense, la idea de que este era el mejor país del mundo, siempre se dio por descontado. De joven, me revolvía contra los libros que rechazaban la idea del excepcionalismo estadounidense, y me embarcaba en largas e interminables discusiones con amigos que insistían en que la hegemonía de nuestro país tenía su raíz en la opresión en todo el mundo. Había vivido fuera del país; sabía demasiado. Que Estados Unidos nunca había llegado a estar a la altura de sus ideales era algo que no me costaba reconocer. Lo que no aceptaba era la versión de su historia que se enseñaba en las escuelas, en la que prácticamente se omitía la esclavitud y la masacre de los nativos estadounidenses. El ejercicio abusivo del poder militar, la rapacidad de las multinacionales... Sí, vale, todo eso ya lo sabía.
Pero el «ideal» americano, la «promesa» estadounidense: a eso me aferraba con una obstinación que hasta a mí mismo me sorprendía. «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales.» Esos eran mis Estados Unidos. Aquellos sobre los que escribió Tocqueville, la campiña de Whitman y Thoreau, donde ninguna persona es inferior o superior a ninguna otra; los Estados Unidos de los pioneros que partían hacia el oeste en busca de una vida mejor, de los inmigrantes que llegaban a la isla de Ellis, impulsados por un anhelo de libertad.
Eran los Estados Unidos de Thomas Edison y los hermanos Wright, que hicieron que los sueños alzaran el vuelo, y de Jackie Robinson logrando un home run. Era Chuck Berry y Bob Dylan, Billie Holiday en el Village Vanguard y Johnny Cash en la prisión estatal de Folsom; todos esos inadaptados que aprovecharon los desechos que otros ignoraron o despreciaron para crear una belleza nunca vista hasta entonces.
Eran los Estados Unidos de Lincoln en Gettysburg, y de Jane Addams afanándose en un asentamiento de colonos en Chicago, y de los soldados exhaustos en Normandía, y de Martin Luther King en la Explanada Nacional armándonos y armándose de valor.
Era la Constitución y la Declaración de Derechos, redactadas por pensadores imperfectos pero brillantes que a base de argumentar dieron con un sistema al tiempo robusto y flexible.
Un país que podía explicarme.
«Sigue soñando, Barack», era la frase con la que solían zanjar esas discusiones mis amigos de universidad, mientras algún capullo engreído dejaba caer ante mí un periódico cuyos titulares pregonaban la invasión de Granada, los recortes en el programa de comedores escolares o alguna otra noticia descorazonadora. «Lo siento, pero estos son tus Estados Unidos.»
En ese estado me encontraba cuando me gradué en 1983: con grandes ideas pero ningún lugar adonde ir. No había movimientos a los que unirse, ningún líder altruista al que seguir. Lo más parecido que pude encontrar a lo que tenía en mente era algo llamado «trabajo social comunitario»: trabajo de base que congregaba a gente común en torno a cuestiones de ámbito local. Tras pasar en Nueva York por un par de trabajos que no eran para mí, me enteré de que había una vacante en Chicago para colaborar con un grupo de iglesias que estaban intentando proporcionar estabilidad a comunidades afectadas por el cierre de varias plantas siderúrgicas. Nada extraordinario, pero algo por donde empezar.
En otros lugares ya he dejado constancia de mis años como trabajador comunitario en Chicago. Las victorias fueron pequeñas y transitorias en los barrios de mayoría negra y de clase trabajadora donde pasé mi tiempo; mi trabajo allí fue un actor secundario a la hora de hacer frente a los cambios que estaban afectando no solo a Chicago sino a ciudades de todo el país: el declive industrial, el «éxodo de los blancos», el surgimiento de un proletariado disociado y desconectado, así como de una nueva clase con alto nivel de estudios que empezaba a propiciar la gentrificación de los centros urbanos.
Pero, aunque mi impacto en Chicago fue pequeño, la ciudad cambió el curso de mi vida.
Para empezar, me sacó de mi propia cabeza. Me obligó a escuchar qué era lo que preocupaba a la gente, en lugar de limitarme a pensar en abstracto sobre ello. Tuve que pedir a desconocidos que se uniesen a otros desconocidos y a mí en proyectos de la vida real: arreglar un parque, retirar el amianto de unas viviendas protegidas o empezar un programa de actividades extraescolares. Experimenté el fracaso y aprendí a poner buena cara para animar a quienes habían depositado su confianza en mí.
En otras palabras: maduré. Y recuperé el sentido del humor.
Llegué a querer a los hombres y las mujeres que trabajaron conmigo: la madre soltera que vivía en un bloque de pisos en muy malas condiciones y que se las ingenió para que sus cuatro hijos fuesen a la universidad; el sacerdote irlandés que cada noche abría de par en par las puertas de su iglesia para que los chavales tuvieran una alternativa a las pandillas; el obrero siderúrgico que, tras ser despedido, volvió a estudiar para convertirse en trabajador social. Las historias de dificultades y sus modestas victorias me permitieron constatar una y otra vez que la gente es en esencia decente. A través de ellos asistí a la transformación que se producía cuando los ciudadanos exigían responsabilidades a sus líderes e instituciones, incluso respecto a algo tan pequeño como colocar una señal de STOP en un cruce concurrido o incrementar el número de patrullas policiales. Vi cómo, cuando sentían que su voz importaba, esas personas caminaban ligeramente más erguidas y se veían a sí mismas de otra manera.
A través de ellos resolví las cuestiones pendientes en torno a mi identidad racial. Porque pude ver que no había una única manera de ser negro; bastaba con intentar ser buena persona.
A través de ellos descubrí una comunidad de fe: que no pasaba nada por tener dudas y preguntas, sin dejar por ello de intentar alcanzar algo que trascendiese el aquí y ahora.
Y cuando en los sótanos de las iglesias y en los porches de las casas oía hablar exactamente de los mismos valores —honestidad, esfuerzo y empatía— con los que mi madre y mis abuelos me habían machacado, constaté que existía un hilo común que unía a las personas.
No puedo dejar de preguntarme de vez en cuando qué habría pasado si hubiese seguido, de una u otra manera, con esa vida de trabajador comunitario. Como muchos héroes locales que he conocido a lo largo de los años, quizá habría conseguido construir una institución capaz de redefinir un barrio o una parte de la ciudad. Si hubiese echado raíces en una comunidad, quizá habría canalizado dinero e imaginación para cambiar no el mundo sino ese lugar en particular, o a un grupo concreto de chavales, y habría hecho un trabajo que afectase la vida de vecinos y amigos de alguna manera palpable y útil.
Pero no lo hice. Me fui a la Escuela de Derecho de Harvard. Y aquí es donde la historia se confunde en mi mente, y cabe interpretar mis motivos de diversas maneras.
En ese momento me dije —y me gusta seguir haciéndolo— que dejé la vida de trabajador comunitario porque me pareció que el trabajo que hacía era demasiado lento, demasiado limitado, incapaz de satisfacer las necesidades de las personas a las que aspiraba a servir. Un centro local de formación profesional no podía contrarrestar los miles de empleos en la siderurgia que se perdían cuando cerraba una planta. Un programa de actividades extraescolares no podía compensar el déficit crónico de financiación de las escuelas, o el hecho de que a los chavales los criasen sus abuelos porque ambos progenitores estaban en la cárcel. Daba la impresión de que, en cada caso, chocábamos una y otra vez contra alguien —un político, un burócrata, un remoto director general— que podía mejorar las cosas, pero no lo hacía. Y cuando les arrancábamos alguna concesión, casi siempre era demasiado poco, demasiado tarde. Lo que necesitábamos era ser capaces de elaborar presupuestos y marcar las líneas políticas, pero ese poder residía lejos de allí.
Además, me enteré de que apenas dos años antes de que yo llegase, había habido realmente un movimiento por el cambio en Chicago, un movimiento tanto social como político: una corriente profunda de fondo de la que no había sido del todo consciente porque no se había ajustado a mis esquemas. Se trató del movimiento para elegir a Harold Washington como primer alcalde negro de la ciudad.
Aparentemente había surgido de la nada, una campaña más de base que cualquier otra que se hubiese visto en la política moderna. Un pequeño grupo de activistas y líderes empresariales negros, hartos de los sesgos y de las inmensas desigualdades de la ciudad más segregada de Estados Unidos, decidieron inscribir a una cantidad récord de votantes y a continuación eligieron a un corpulento congresista de talento prodigioso pero ambición limitada para presentarse a unas elecciones que parecían perdidas de antemano.
Nadie daba un duro por él; ni siquiera el propio Harold las tenía todas consigo. La campaña funcionó mediante el boca a boca, y estaba integrada en su gran mayoría por voluntarios sin experiencia. Y entonces ocurrió: se produjo una especie de combustión espontánea. Gente que nunca había pensado en la política, gente que ni siquiera había votado antes, se vio arrastrada hacia la causa. Se empezó a ver a personas mayores y escolares con las chapas azules de la campaña. Un rechazo colectivo a seguir soportando la continua acumulación de injusticias y desaires —los controles de tráfico arbitrarios y los libros de texto de segunda mano; todas esas veces en que personas negras pasaban junto a una cancha de Park District en el North Side y se percataban de que era mucho mejor que la que había en su barrio; todas esas veces en que las habían relegado cuando llegaba el momento de un ascenso o les habían denegado un préstamo bancario— ganó fuerza y barrió el ayuntamiento como un ciclón.
Cuando llegué a Chicago, Harold estaba a mitad de su primer mandato. El Consejo municipal, que en otros tiempos se limitaba a aprobar lo que quisiera el Viejo Daley, se había dividido en facciones raciales, y estaba controlado por una mayoría de concejales blancos que bloqueaban cualquier reforma que Harold propusiera. Intentó engatusarlos y llegar a acuerdos con ellos, pero no cedieron. Por televisión, el espectáculo era fascinante, tribal y crudo, pero limitaba lo que Harold podía conseguir para quienes lo habían elegido. Hubo que esperar a que un tribunal federal redibujara el mapa de los distritos electorales, racialmente manipulado hasta entonces, para que Harold obtuviese por fin una mayoría y se rompiese el bloqueo. Pero antes de que pudiese hacer realidad muchos de los cambios que había prometido, murió de un ataque al corazón. Un heredero del antiguo régimen, Rich Daley, acabó recuperando el trono de su padre.
Alejado del meollo, asistí al desarrollo de este drama y procuré extraer lecciones de él. Vi cómo la tremenda energía del movimiento no pudo perdurar sin estructura, organización y liderazgo. Vi cómo una campaña política basada en la reparación racial, por muy razonable que fuera, generaba temor y una reacción en su contra y, en última instancia, limitaba el progreso. Y, en el rápido colapso de la coalición de Harold tras su muerte, vi el peligro de depender de un solo líder carismático para lograr el cambio.
Aun así, ¡qué fuerza la suya durante esos cinco años! A pesar de los obstáculos, Chicago cambió bajo su mandato. Los servicios municipales, desde la poda de árboles hasta la retirada de la nieve o la reparación de las calles, se repartieron de manera más equitativa entre los distritos. Se construyeron nuevas escuelas en barrios pobres. Los puestos de trabajo municipales dejaron de estar sujetos exclusivamente al clientelismo, y la comunidad empresarial por fin empezó a prestar atención a la escasa diversidad en sus filas.
Por encima de todo lo demás, Harold dio esperanza a la gente. La manera en que los negros hablaron de él durante esos años recordaba a cómo una generación anterior de progresistas blancos había hablado de Bobby Kennedy: no era tanto lo que hacía sino lo que te hacía sentir. Que todo era posible. Que eras capaz de rehacer el mundo.
Eso plantó una semilla en mí. Me hizo pensar por primera vez que algún día me gustaría ejercer un cargo público. (No fui el único que sintió esa inspiración: poco después de la muerte de Harold, Jesse Jackson anunció que se presentaba a las elecciones presidenciales.) ¿Era aquí, a la política electoral, adonde se había trasladado la energía del movimiento por los derechos civiles? ¿Acaso John Lewis, Andrew Young y Julian Bond no se habían presentado a unas elecciones y habían decidido que ese era el escenario en el que podrían ser más efectivos? Sabía que tenía sus riesgos: las concesiones, la constante búsqueda de financiación, el olvido de los ideales y la implacable persecución de la victoria.
Pero puede que hubiera otra forma. Quizá se pudiera generar esa misma energía, ese mismo propósito vital, no solo en el seno de la comunidad negra sino atravesando las fronteras raciales. Quizá con la suficiente preparación, conocimiento detallado de las políticas y capacidad de gestión podían evitarse los errores de Harold. Quizá los principios del trabajo comunitario se podían aplicar no solo a la dirección de una campaña electoral, sino también a la propia gobernanza: fomentar la participación y la ciudadanía activa entre quienes habían sido excluidos. Enseñar a las personas a confiar no solo en sus representantes políticos, sino también en los demás, y en ellas mismas.
Eso fue lo que me dije. Pero esa no es la historia completa. También estaba peleándome con cuestiones más concretas relacionadas con mis propias ambiciones. A pesar de lo mucho que había aprendido gracias al trabajo social comunitario, no contaba con muchos logros palpables que lo atestiguasen. Hasta mi madre, una mujer que siempre había ido por libre, estaba preocupada por mí.
«No sé, Bar —me dijo unas Navidades—. Puedes pasarte la vida entera trabajando fuera de las instituciones, pero tal vez lograrías más resultados si intentas cambiarlas desde dentro. Además, y te lo digo por experiencia —me comentó con una risa triste—, estar sin blanca no tiene ni pizca de gracia.»
Y así fue como en el otoño de 1988 me fui con mis ambiciones a un lugar donde tenerlas era algo de lo más normal. Primeros de la clase, delegados de clase, estudiosos del latín, campeones de los debates estudiantiles... las personas que conocí en la Escuela de Derecho de Harvard eran por lo general gente admirable que, a diferencia de mí, habían crecido con la justificada convicción de que estaban destinados a hacer de su vida algo importante. Que acabase desenvolviéndome bien en ese lugar lo atribuyo principalmente a que tenía unos pocos años más que mis compañeros de clase. Mientras que muchos de ellos se sentían abrumados por la carga de trabajo, a mí los días que pasaba en la biblioteca —o, mejor aún, en el sofá de mi piso fuera del campus, mientras en el televisor, sin volumen, tenía puesto un partido— me parecían un lujo absoluto después de estar tres años organizando reuniones comunitarias y llamando a las puertas de desconocidos a la intemperie.
Había una cosa más: resultó que estudiar Derecho no era algo tan diferente de lo que había hecho durante mis años de solitaria cavilación sobre asuntos cívicos. ¿Qué principios debían regir la relación entre el individuo y la sociedad? ¿Hasta dónde llegaban nuestras obligaciones para con los demás? ¿En qué medida debía el Gobierno regular el mercado? ¿Cómo se producen los cambios sociales? ¿Pueden las normas garantizar que la voz de cualquier persona sea escuchada?
No me cansaba de eso. Me encantaba el tira y afloja, sobre todo con los estudiantes más conservadores que, a pesar de nuestros desacuerdos, parecían apreciar que me tomase sus argumentos en serio. En los debates en clase no hacía más que levantar la mano, lo que me hizo merecedor de los gestos de exasperación de mis compañeros. No podía evitarlo; era como si después de años de haber estado confinado a solas con una extraña obsesión, por ejemplo, hacer malabares o tragar espadas, de pronto me encontrase en la escuela circense.
A mis hijas les digo que el entusiasmo compensa multitud de deficiencias. Al menos así fue para mí en Harvard. En mi segundo año, fui elegido como primer director negro de la Law Review, algo de lo que se hizo eco la prensa nacional. Firmé un contrato para escribir un libro. Me llegaron ofertas de trabajo de todo el país, y se daba por descontado que mi trayectoria ya estaba trazada, como lo había estado la de mis predecesores en la Law Review. Trabajaría como secretario para un juez del Tribunal Supremo, me incorporaría a uno de los grandes bufetes o a la Oficina del Fiscal de Estados Unidos y, cuando llegase el momento adecuado, si podía y quería hacerlo, probaría suerte en la política.
Daba vértigo pensarlo. Parecía que la única persona que tenía dudas sobre esta trayectoria de ascenso continuo era yo. Había sido demasiado rápido. Los grandes sueldos con los que me tentaban, toda esa atención... parecían una trampa.
Por suerte tenía tiempo para pensar cuál sería mi siguiente paso. Y, además, resultó que la decisión más importante que tendría que tomar no tenía nada que ver con el Derecho.
Michelle LaVaughn Robinson ya estaba ejerciendo la abogacía cuando nos conocimos. Tenía veinticinco años y era abogada asociada en Sidley & Austin, el bufete con sede en Chicago donde trabajé el verano anterior a mi primer año de Derecho. Era alta, guapa, divertida, extrovertida, generosa y endiabladamente lista; me quedé prendado de ella casi desde el momento en que la vi. El bufete le había pedido que se encargase de mí, que se asegurase de que encontraba la fotocopiadora de la oficina y de que me sintiese bienvenido. Todo eso implicaba también que almorzáramos juntos, lo que nos permitió pasar tiempo charlando, en un principio sobre trabajo, pero más adelante sobre cualquier otra cosa.
A lo largo de los dos años siguientes, durante las temporadas sin clases en la universidad y cuando Michelle venía a Harvard como parte del equipo de contratación de Sidley, salíamos a cenar y dábamos largos paseos junto al río Charles, en los que hablábamos de cine, de nuestras familias y de los lugares del mundo que nos gustaría visitar. Cuando su padre murió de repente por complicaciones relacionadas con la esclerosis múltiple, volé a Chicago para estar con ella, y Michelle me apoyó cuando me enteré de que mi abuelo tenía cáncer de próstata avanzado.
En otras palabras, nos hicimos amigos y también amantes y, cuando se acercaba la fecha de mi graduación en Derecho, empezamos a darle vueltas cautelosamente a la idea de vivir juntos. En una ocasión la llevé a un taller de trabajo social comunitario que estaba impartiendo como favor a un amigo que dirigía un centro comunitario en el South Side. La mayoría de los participantes eran madres solteras, algunas dependientes de las ayudas públicas; pocas tenían las aptitudes que el mercado laboral requería. Les pedí que describiesen su mundo tal y como era y cómo les gustaría que fuera. Era un ejercicio sencillo que había hecho muchas veces, una manera de que la gente relacionase la realidad de sus comunidades y su vida con los aspectos que podrían cambiar. Tras la sesión, cuando caminábamos hacia el coche, Michelle entrelazó su brazo con el mío y dijo que le había emocionado la naturalidad con la que me relacionaba con las mujeres.
—Les diste esperanza.
—Necesitan algo más que esperanza —repliqué. Intenté explicarle el conflicto que sentía: entre trabajar por el cambio desde dentro del sistema y oponerme a él; entre querer liderar y querer dotar a las personas de las herramientas para que fuesen ellas las que cambiasen las cosas; entre querer participar en política y no querer formar parte de ella.
Michelle me miró y me dijo con suavidad:
—El mundo tal y como es, y el mundo como debería ser.
—Algo así.
Michelle era excepcional; no conocía a nadie como ella. Y aunque aún no me había decidido, estaba empezando a plantearme pedirle que se casase conmigo. Ella daba el matrimonio por descontado: era el siguiente paso orgánico en una relación tan seria como la nuestra. A mí, que había crecido con una madre cuyos matrimonios no habían durado, la necesidad de formalizar nuestra relación siempre me había parecido menos urgente. Y no solo era eso: durante esos primeros años de noviazgo nuestras discusiones podían ser acaloradas. Yo llegaba a ser muy arrogante, pero ella nunca daba su brazo a torcer. Su hermano, Craig, una estrella del baloncesto en Princeton que había trabajado en la banca de inversión antes de hacerse entrenador, solía bromear diciendo que su familia no creía que Michelle («Miche», como la llamaban) fuese a casarse nunca porque era demasiado exigente: no habría nadie capaz de estar a su altura. Lo curioso era que a mí me gustaba que fuera así, que siempre estuviese a la contra y no me pasase ni una.
¿Y qué pensaba Michelle? La imagino justo antes de conocernos, una joven profesional de la cabeza a los pies, trajeada y elegante, centrada en su carrera y en hacer las cosas como había que hacerlas, sin paciencia para tonterías. Y entonces se presenta en su vida este tío raro de Hawái con su vestimenta desaliñada y sus sueños disparatados. Ese era parte de mi atractivo, me decía Michelle, lo diferente que era de los chicos con los que se había criado, de los hombres con los que había salido. Diferente incluso de su propio padre, a quien adoraba: un hombre que no llegó a terminar la universidad, a quien le habían diagnosticado la esclerosis múltiple apenas pasados los treinta, pero que nunca se quejó, que no faltó ni un solo día a su trabajo ni a las funciones de danza de Michelle o a los partidos de baloncesto de Craig, que siempre estuvo ahí para su familia, su verdadera fuente de orgullo y satisfacción.
La vida conmigo le auguraba a Michelle algo distinto, esas cosas que ella sabía que no había tenido de niña. Aventura. Viajes. La liberación de las limitaciones. De la misma manera que sus raíces en Chicago —su numerosa familia extendida, su sensatez, su deseo, por encima de todo, de ser una buena madre— me auguraban a mí el anclaje que tanto había echado en falta durante buena parte de mi juventud. No era solo que nos quisiésemos, nos hiciésemos reír y compartiésemos valores fundamentales, sino que existía una simetría en la manera en que nos complementábamos. Podíamos contar el uno con el otro, apoyarnos mutuamente frente a nuestras respectivas debilidades. Formábamos un equipo.
Por supuesto, esta era otra forma de decir que éramos muy distintos, en experiencia y temperamento. Para Michelle, el camino hasta la buena vida era angosto y estaba repleto de peligros. La familia era lo único con lo que se podía contar, no se asumían grandes riesgos a la ligera, un éxito visible —un buen trabajo, una buena casa— nunca te provocaba sentimientos ambivalentes, porque el fracaso y la penuria estaban siempre a un despido o un tiroteo de distancia. A Michelle nunca le preocupó aparentar nada, porque si habías crecido en el South Side siempre serías, en uno u otro sentido, un intruso. En su cabeza, los obstáculos en el camino al éxito eran más que evidentes; no había necesidad de ir buscándolos. Las dudas surgían cuando tenía que demostrar que, por bien que hiciese las cosas, no estaba fuera de lugar; demostrárselo no solo a quienes dudaban de ella, sino a ella misma.
Cuando se acercaba mi graduación, le conté mis planes a Michelle. No iba a trabajar como ayudante de un juez, sino que pensaba volver a Chicago y tratar de seguir vinculado al trabajo social comunitario mientras ejercía la abogacía en un pequeño bufete especializado en derechos civiles. Si se presentaba una buena oportunidad, le dije, no descartaba presentarme a unas elecciones.
Nada de lo anterior la pilló por sorpresa. Confiaba en mí, me dijo, y en que haría lo que considerase correcto.
—Pero tengo que decirte, Barack —añadió—, que creo que lo que quieres hacer es dificilísimo. Ya me gustaría a mí ser tan optimista como tú. A veces lo soy. Pero la gente puede ser muy egoísta, o sencillamente ignorante. Creo que muchos no quieren que los molesten. Y que parece que la política está llena de gente dispuesta a hacer cualquier cosa por el poder, que no piensa más que en sí misma. En particular en Chicago. No estoy segura de que vayas a poder cambiar eso.
—Pero puedo intentarlo, ¿no crees? —respondí con una sonrisa—. ¿De qué vale un prestigioso título de licenciado en Derecho si no puedo asumir ningún riesgo? Si no sale, pues no sale. Lo superaré. Lo superaremos.
Tomó mi cara entre sus manos.
—¿Te das cuenta de que, si hay una manera difícil y otra fácil, siempre eliges la difícil? ¿Por qué crees que es?
Nos reímos. Pero noté que Michelle creía haber dado con algo. Era una intuición que tendría consecuencias para ambos.
Tras varios años de novios, Michelle y yo nos casamos en la Trinity United Church of Christ el 3 de octubre de 1992, con más de trescientos de nuestros amigos, colegas y familiares abarrotando alegremente los bancos. Ofició la ceremonia el pastor de la iglesia, el reverendo Jeremiah A. Wright Jr., a quien conocía y admiraba desde mi época como trabajador comunitario. Rebosábamos felicidad. Empezaba oficialmente nuestro futuro juntos.
Había aprobado el examen para colegiarme, pero había retrasado un año mi entrada en la abogacía para dirigir el proyecto VOTE! de cara a las elecciones presidenciales de 1992, uno de los mayores esfuerzos para incrementar la inscripción de votantes en toda la historia de Illinois. Tras volver de nuestra luna de miel en la costa de California, impartí clases en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chicago, terminé de escribir mi libro, y me incorporé oficialmente a Davis, Miner, Barnhill & Galland, un pequeño bufete dedicado a los derechos civiles y especializado en discriminación laboral que llevaba casos relacionados con el ámbito inmobiliario para grupos que propugnaban las viviendas asequibles. Michelle, entretanto, había decidido que estaba harta de la abogacía privada y había entrado en el Departamento de Planificación y Desarrollo del Ayuntamiento de Chicago, donde trabajó durante año y medio, tras el cual aceptó la propuesta de dirigir una organización no gubernamental para el desarrollo del liderazgo juvenil llamada Public Allies.
A ambos nos gustaba tanto nuestro trabajo como nuestros compañeros y, con el paso del tiempo, nos involucramos en diversos proyectos cívicos y filantrópicos. Nos acostumbramos a asistir a eventos deportivos, conciertos y cenas en grupo con un círculo creciente de amigos. Conseguimos comprar un apartamento humilde pero acogedor en Hyde Park, justo enfrente del lago Michigan y Promontory Point, a pocos metros de donde el hermano de Michelle vivía con su joven familia. Su madre, Marian, seguía viviendo en la casa familiar en el South Shore, a menos de quince minutos de distancia. Íbamos a verla a menudo, y nos agasajaba con pollo frito con verduras; o bien Pete, el tío de Michelle, preparaba una barbacoa y una tarta terciopelo rojo. Después de hartarnos de comida, pasábamos la sobremesa en la cocina, escuchando a sus tíos contar historias de su juventud, y el volumen de las risas iba subiendo a medida que entraba la noche, mientras primos y sobrinos daban brincos en los cojines del sofá hasta que los echaban al jardín.
En el trayecto en coche de vuelta a casa, Michelle y yo a veces hablábamos de tener nuestros propios hijos —¿cómo serían, cuántos tendríamos?, ¿y perro también?— e imaginábamos todo lo que haríamos en familia.
Una vida normal. Una vida productiva y feliz. Tendría que haber sido suficiente.
Pero entonces, en el verano de 1995, de pronto surgió una oportunidad política, a través de una extraña sucesión de acontecimientos. El congresista en ejercicio del Segundo Distrito de Illinois, Mel Reynolds, había sido acusado de varios delitos, entre ellos el de haber mantenido relaciones sexuales con una voluntaria de su campaña de dieciséis años. Si era condenado, se celebraría de inmediato una votación especial para sustituirlo.
Yo no vivía en el distrito, y no era lo suficientemente conocido ni contaba con los apoyos para lanzar una campaña electoral. Sin embargo, la senadora estatal de nuestra zona, Alice Palmer, sí reunía las condiciones para sustituir a Reynolds y, poco tiempo después de que el congresista fuese condenado en agosto, anunció su candidatura. Palmer, una exprofesora afroamericana con profundas raíces en la comunidad, había tenido hasta entonces un historial sólido, aunque anodino, y era vista con buenos ojos por los progresistas y por algunos de los veteranos activistas negros que habían contribuido a la elección de Harold. Aunque no la conocía personalmente, teníamos amigos en común. Debido al trabajo que había llevado a cabo en el proyecto VOTE!, me pidieron que la ayudase con su incipiente campaña y, con el transcurso de las semanas, varias personas me animaron a que me plantease presentarme para ocupar el escaño en el Senado que Alice pronto dejaría vacante.
Antes de hablar con Michelle, hice una lista de pros y contras. El de senador estatal no era un puesto glamuroso —la mayoría de la gente no tenía ni idea de quiénes eran sus representantes estatales— y Springfield, la capital de Illinois, era tristemente célebre por el viejo clientelismo, el intercambio de favores, los sobornos y otras jugarretas políticas. Por otra parte, en algún lugar tenía que empezar a lograr méritos. Además, la Asamblea estatal de Illinois solo se reunía unas pocas semanas al año, lo que significaba que podría seguir dando clases y trabajando en el bufete.
Para colmo, Alice Palmer accedió a darme su apoyo. Mientras aún se desconocía el desenlace del juicio a Reynolds, no era fácil saber cómo sería el desarrollo temporal del proceso. Técnicamente, Alice podía presentarse a la elección al Congreso sin renunciar a la posibilidad de conservar su escaño estatal si resultaba derrotada, pero nos insistió a mí y a otras personas en que su época en el Senado había terminado y quería pasar página. Si a ello se sumaba la oferta de apoyo de Toni Preckwinkle, nuestro concejal local, que se jactaba de disponer de la mejor organización de la zona, mis posibilidades pintaban más que bien.
Hablé con Michelle y le expuse mi razonamiento.
—Puedes verlo como un ensayo —dije.
—Mmm...
—Para tantear la situación.
—Ya...
—¿Qué te parece?
Me dio un besito en la mejilla.
—Creo que es algo que quieres hacer, así que deberías hacerlo. Solo tienes que prometerme que no tendré que pasar tiempo en Springfield.
Había una persona más con quien debía consultarlo antes de tomar mi decisión. Unos meses antes, mi madre había enfermado y le habían diagnosticado un cáncer de útero.
El pronóstico no era bueno. Al menos una vez al día pensaba en perderla y se me encogía el corazón. Justo después de que mi madre recibiese la noticia, volé a Hawái y me alivió ver que seguía siendo la misma y estaba animada. Confesó que estaba asustada pero quería coger el toro por los cuernos y someterse al tratamiento.
—Yo de aquí no me voy —me dijo— hasta que me des nietos.
Recibió la noticia de mi posible candidatura al Senado estatal con su entusiasmo habitual, y se empeñó en que le contase todos los detalles. Se dio cuenta de que sería muchísimo trabajo, pero a mi madre eso nunca le había parecido mal.
—Asegúrate de que a Michelle le parece bien —añadió—. Aunque tampoco es que yo sea experta en matrimonios, y ni se te ocurra usarme como excusa para dejar de hacerlo. Ya tengo bastante con lo mío para sentir que los demás dejan de hacer cosas por mí. Me pone enferma, ¿lo entiendes?
—Lo entiendo.
Siete meses después de su diagnóstico, la situación se complicó. En septiembre, Michelle y yo volamos a Nueva York para acompañar a Maya y a mi madre en su visita a la consulta de un especialista del Centro Oncológico Memorial Sloan Kettering. Estaba en plena quimioterapia, que la había transformado físicamente. Había perdido su largo pelo castaño; sus ojos parecían vacíos. Lo peor fue el resultado de la evaluación del especialista: su cáncer estaba en fase cuatro y las posibilidades de tratamiento eran limitadas. Mientras veía cómo mi madre chupaba cubitos de hielo porque sus glándulas salivales estaban cerradas, hice lo que pude por poner buena cara. Le conté historias graciosas sobre mi trabajo, y le expliqué la trama de una película que acababa de ver. Nos reímos cuando Maya —que era nueve años más joven que yo y estaba estudiando en la Universidad de Nueva York— nos recordó lo mandón que había sido como hermano mayor. Tomé a mi madre de la mano y me aseguré de que estaba cómoda antes de disponerse a descansar. Después volví a mi hotel y me eché a llorar.
Fue durante ese viaje a Nueva York cuando le propuse a mi madre que viniese a vivir con nosotros a Chicago; mi abuela era demasiado mayor para cuidar de ella todo el tiempo. Pero mi madre, siempre dueña de su propio destino, rechazó el ofrecimiento. «Prefiero estar en algún lugar conocido y cálido», dijo, mientras miraba por la ventana. Me quedé ahí, sintiéndome impotente, pensando en el largo trayecto que había recorrido en su vida, en lo inesperada que debió de haber sido cada fase de ese viaje, repleto de felices accidentes. Ni una sola vez la oí lamentarse de sus decepciones; parecía capaz de encontrar pequeños placeres en cualquier lugar.
Hasta entonces.
«La vida es extraña, ¿verdad?», murmuró.
Sí que lo era.
Seguí el consejo de mi madre y me embarqué en mi primera campaña política. Ahora me río al recordar lo humildísima que era nuestra organización: poco más sofisticada que una campaña a delegado escolar. No teníamos encuestas, ni investigadores, ni dinero para anuncios en radio o televisión. La presentación de mi candidatura, el 19 de septiembre de 1995, fue en el Ramada Inn en Hyde Park, con pretzels y patatas fritas, y un par de cientos de simpatizantes, de los cuales probablemente una cuarta parte eran familiares de Michelle. Todo lo que distribuimos en nuestra campaña fue una octavilla con lo que parecía una foto carnet, unas breves frases biográficas y cuatro o cinco ideas destacadas que había tecleado en mi ordenador. Las había imprimido en un Kinko’s.
Sí me empeñé en contratar a dos veteranos de la política a los que había conocido cuando trabajábamos en el proyecto VOTE! Mi directora de campaña, Carol Anne Harwell, era alta y desenvuelta, rondaba los cuarenta años y estaba en excedencia de una oficina de distrito del West Side. Aunque transmitía una imagen de incontenible jovialidad, sabía moverse en los duros ambientes políticos de Chicago. Ron Davis, un tipo grandullón como un oso pardo, era nuestro director de campo y experto en avales. Tenía el pelo a lo afro, moteado de canas, la barba desgreñada, llevaba gruesas gafas de montura metálica y una camisa negra sin remeter, que parecía ser la misma todos los días y ocultaba su corpulencia.
Ron demostró ser indispensable: Illinois tenía una estricta normativa para admitir candidaturas, pensada para complicar la vida a los aspirantes que no contasen con el respaldo del partido. Para que lo incluyesen en las papeletas, un candidato necesitaba que más de setecientos votantes inscritos que viviesen en el distrito firmasen un aval que hubiese puesto en circulación y del que diese fe alguien que también viviese en la zona. Una firma «buena» debía ser legible, corresponder a un votante registrado y estar debidamente vinculada a una dirección local. Aún recuerdo la primera vez que unos cuantos de nosotros nos reunimos en torno a la mesa del comedor, y cómo Ron resoplaba mientras repartía carpetas con el aval, junto con listas de votantes y una hoja de instrucciones. Propuse que, antes de hablar de los avales, organizásemos varios encuentros con el candidato en distintos foros, y quizá también redactásemos documentos con nuestra postura sobre diversos asuntos. Carol y Ron se miraron y se echaron a reír.
«Jefe, te voy a explicar algo —dijo Carol—. Puedes guardarte todos esos rollos de la League of Women Voters para después de las elecciones. Ahora mismo, lo único que importa son los avales. Los tipos a los que te enfrentas van a revisarlos con lupa para ver si tus firmas son válidas. Si no lo son, te quedarás sin participar. Y te garantizo que, por muy cuidadosos que seamos, en torno a la mitad de las firmas acabarán siendo malas; por eso tenemos que conseguir al menos el doble de las que nos piden.»
«El cuádruple», la corrigió Ron mientras me daba una carpeta.
Debidamente aleccionado, conduje hasta uno de los barrios que Ron había seleccionado para la recogida de firmas. Me sentí como cuando empezaba en el trabajo social comunitario: iba de casa en casa, en algunas no había nadie o no querían abrirme la puerta; mujeres con rulos y niños correteando a su alrededor, hombres trabajando en el jardín; en alguna que otra, chicos jóvenes en camiseta y con un pañuelo anudado en la cabeza, que vigilaban las calles adyacentes mientras exhalaban un fuerte aliento a alcohol. Había quienes querían hablarme de los problemas de la escuela local o de la violencia con armas de fuego de la que se iba contagiando el que había sido hasta entonces un barrio tranquilo de clase trabajadora. Pero la mayoría de ellos tomaban el papel, lo firmaban y trataban de retomar cuanto antes lo que estuviesen haciendo.
Llamar a las puertas no tenía para mí nada de extraordinario, pero la experiencia era nueva para Michelle, que animosamente dedicaba parte de cada fin de semana a echar una mano. Y aunque a menudo conseguía recoger más firmas que yo —con su deslumbrante sonrisa y sus historias de infancia a pocas manzanas de distancia—, no había sonrisas dos horas después en el trayecto de vuelta a casa en coche.
«Solo sé —dijo en un momento dado— que tengo que quererte mucho para pasar los sábados por la mañana haciendo esto.»
A lo largo de varios meses conseguí recoger cuatro veces la cantidad de firmas requerida. Cuando no estaba en el bufete o dando clase, visitaba asociaciones de vecinos y residencias de ancianos o asistía a reuniones parroquiales para presentarme ante los votantes. No era fácil. El discurso que llevaba aprendido era rígido, plagado de lenguaje político y falto de inspiración y humor. Además, me sentía incómodo al hablar de mí mismo. Como trabajador comunitario, siempre había procurado permanecer en segundo plano.
Pero me fui relajando, cada vez lo hacía mejor y el número de mis simpatizantes fue en aumento. Poco a poco acumulé el respaldo de funcionarios locales, de pastores y de un puñado de organizaciones progresistas; hasta conseguí redactar unos cuantos documentos con mi postura sobre varios asuntos. Me gustaría decir que así fue como terminó mi primera campaña: el candidato joven e intrépido, y su exitosa, bella y paciente esposa, que comienzan con unos cuantos amigos en su salón y congregan a la gente en torno a una nueva manera de hacer política.
Pero no fue lo que sucedió. En agosto de 1995, nuestro congresista caído en desgracia al final fue condenado y sentenciado a pena de cárcel, y se convocó una votación especial para finales de noviembre. Con su escaño vacío y los plazos establecidos oficialmente, además de Alice Palmer se sumaron a la pugna otros candidatos, entre los que estaba Jesse Jackson Jr., que había acaparado la atención del país con la emocionante presentación que había hecho de su padre en la Convención Nacional Demócrata de 1988. Michelle y yo conocíamos a Jesse Jr., y le teníamos aprecio. Su hermana Santita había sido una de las mejores amigas de Michelle en el instituto y dama de honor en nuestra boda. Jesse Jr. era lo suficientemente popular para que el anuncio de su candidatura alterase de inmediato la dinámica de la contienda, y colocase a Alice en una situación de enorme desventaja.
Y puesto que ahora la votación extraordinaria al Congreso iba a celebrarse unas pocas semanas antes de la fecha límite para presentar los avales de las candidaturas a competir por el escaño de Alice en el Senado, mi equipo empezó a inquietarse.
—Más te vale confirmar de nuevo que Alice no va a jugártela si pierde contra Jesse Jr. —dijo Ron.
Negué con la cabeza.
—Me prometió que no se presentaría. Me dio su palabra. Y lo dijo públicamente. Incluso en los periódicos.
—Eso está muy bien, Barack, pero ¿podrías confirmarlo, por favor?
Eso hice. Llamé a Alice, que me volvió a asegurar que, con independencia del resultado de la votación al Congreso, pensaba dejar la política estatal.
Pero cuando Jesse Jr. se impuso holgadamente en la votación extraordinaria, y Alice acabó tercera a una distancia considerable, algo cambió. Empezaron a aparecer historias en la prensa local sobre una campaña para «Reclutar a Alice Palmer». Unos cuantos de sus simpatizantes de siempre pidieron reunirse conmigo, y cuando acudí me aconsejaron que retirase mi candidatura. Me dijeron que la comunidad no podía permitirse renunciar a la veteranía que Alice acumulaba. Yo debía tener paciencia, ya llegaría mi turno. Me mantuve firme. Al fin y al cabo, tenía voluntarios y donantes que ya habían invertido mucho en la campaña. No había dejado tirada a Alice ni siquiera cuando Jesse Jr. entró en escena. Pero mis interlocutores no se inmutaron. Cuando hablé con Alice, resultó evidente cuál sería el curso de los acontecimientos. La semana siguiente, ofreció una rueda de prensa en Springfield, en la que anunció que, antes de que se agotase el plazo, presentaría los avales para su candidatura a conservar su escaño.
—Ya os lo dije —sentenció Carol, mientras daba una calada a su cigarrillo y exhalaba un fino penacho de humo hacia el techo.
Me sentía abatido y traicionado, pero me dije que no todo estaba perdido. Habíamos construido una buena organización en los meses anteriores, y casi todos los representantes públicos que me habían dado su apoyo dijeron que lo mantendrían. Ron y Carol no eran tan optimistas.
—Siento mucho decirte, jefe, que la mayoría de la gente sigue sin tener ni idea de quién eres —dijo Carol—. Qué coño, tampoco saben quién es ella pero, y no te ofendas, «Alice Palmer» queda mucho mejor en una papeleta que «Barack Obama».
Sabía lo que querían hacerme entender, pero les dije que íbamos a capear el temporal, incluso aunque un grupo de prominentes ciudadanos de Chicago me estuviese instando a retirarme. Fue entonces cuando, una tarde, Ron y Carol llegaron a mi casa sin aliento y como si les hubiese tocado la lotería.
—Los avales de Alice —dijo Ron— son malísimos. Los peores que he visto en mi vida. Todos esos negros que intentaron echarte de mala manera de la contienda ni siquiera se molestaron en hacer su trabajo. Podría quedarse sin candidatura.
Repasé los recuentos rápidos que Ron y los voluntarios de nuestra campaña habían hecho. Era cierto. Daba la impresión de que los avales que había entregado Alice estaban plagados de firmas inválidas: personas cuyas direcciones no pertenecían al distrito; varias firmas con nombres distintos pero la misma caligrafía. Me puse a pensar.
—No sé, chicos...
—¿Que no sabes qué? —saltó Carol.
—No sé si quiero ganar así. Es verdad que estoy cabreado por lo que pasó. Pero estas reglas sobre las candidaturas no tienen mucho sentido. Preferiría derrotarla.
Carol se echó para atrás, con expresión tensa, y me espetó:
—¡Esa mujer te dio su palabra, Barack! Todos nos hemos dejado la piel aquí, basándonos en esa promesa. Y ahora, cuando intenta joderte y ni siquiera es capaz de hacerlo bien, ¿vas a dejar que se salga con la suya? ¿No crees que, si pudieran, ellos impugnarían tu candidatura al instante? —Sacudió la cabeza— No, Barack. Eres un buen tipo... y por eso creemos en ti. Pero si dejas pasar esto, ya puedes volver a ser profesor o lo que sea, porque la política no es para ti. Te harán picadillo, y no le harás ningún bien a nadie.
Miré a Ron.
—Tiene razón —me susurró a modo de respuesta.
Me recliné en la silla y encendí un cigarrillo. Me sentía suspendido en el tiempo mientras intentaba descifrar qué me decía mi instinto. ¿Con cuánta fuerza deseaba esto? Me recordé a mí mismo lo que pensaba que podría conseguir si accedía al cargo, y lo mucho que estaba dispuesto a dejarme la piel si tenía ocasión de hacerlo.
—Vale —dije por fin.
—¡Vale! —repitió Carol, que sonreía de nuevo.
Ron recogió sus papeles y los metió en su mochila.
El proceso tardaría un par de meses en concretarse pero, en la práctica, con mi decisión de ese día la contienda había terminado. Interpusimos nuestra reclamación ante la Junta Electoral de Chicago y, cuando quedó claro que esta iba a dictaminar en nuestro favor, Alice retiró su candidatura. En el proceso, desbancamos de la votación a varios demócratas más con malos avales. Sin un rival demócrata y con una oposición republicana únicamente simbólica, tenía despejado el camino hasta el Senado estatal.
Todas las ideas que tenía de una clase más noble de política tendrían que esperar.
Supongo que se podrían extraer lecciones útiles de mi primera campaña. Aprendí a respetar los entresijos de la política, la necesaria atención a los detalles, el trabajo monótono día tras día que acaba inclinando la balanza del lado de la victoria o de la derrota. También me confirmó algo que ya sabía sobre mí mismo: que por mucho que aspirase al juego limpio, desde luego no quería perder.
Pero la lección más importante que quedó grabada en mí no tuvo nada que ver con los mecanismos de la campaña o con los rigores de la política: fue resultado de una llamada telefónica desde Hawái que recibí un día de principios de noviembre, mucho antes de saber el desenlace de la campaña.
—Ha empeorado, Bar —me dijo Maya.
—¿Mucho?
—Creo que tienes que venir cuanto antes.
Ya sabía que el estado de mi madre se había ido deteriorando; había hablado con ella apenas unos días antes. Al detectar en su voz un nuevo nivel de dolor y resignación, reservé un vuelo a Hawái para la semana siguiente.
—¿Puede hablar? —le pregunté a Maya.
—Creo que no. Va y viene.
Colgué el teléfono y llamé a la aerolínea para adelantar mi vuelo a la mañana siguiente temprano. Llamé a Carol para cancelar varios actos de campaña y comentar lo que tenían que hacer en mi ausencia. Maya volvió a llamar pocas horas después.
«Lo siento, querido. Mamá ya no está.» Mi hermana me contó que no había vuelto a recuperar la consciencia; Maya había permanecido junto a su cama en el hospital, leyéndole en voz alta historias de un libro de cuentos populares mientras mi madre se fue desvaneciendo.
Celebramos un funeral esa semana, en el jardín japonés situado tras el East-West Center de la Universidad de Hawái. Recordé que había jugado allí de niño, que mi madre tomaba el sol y me vigilaba mientras yo me revolcaba en la hierba, saltaba por los escalones de piedra y atrapaba renacuajos en el arroyo que bajaba por una ladera. Después del funeral, Maya y yo fuimos en coche hasta el mirador cerca de Koko Head y esparcimos sus cenizas sobre el mar, mientras las olas rompían contra las rocas. Pensé en mi madre y mi hermana solas en la habitación del hospital, mientras yo estaba ausente, tan ocupado en mis grandes afanes. Sabía que nunca recuperaría ese momento. A la pena que sentía se sumaba un profundo remordimiento.
A menos que uno viva en el extremo meridional de Chicago, el camino más rápido para llegar a Springfield es a través de la I-55. En hora punta, al salir del centro y atravesar el extrarradio occidental, el tráfico va sumamente lento; pero una vez pasado Joliet la cosa se acelera, y una recta larga y llana te lleva hacia el sudoeste atravesando Bloomington (donde se encuentran las sedes de la aseguradora State Farm y de Beer Nuts) y Lincoln (llamado así en honor del presidente que ayudó a instituir su municipalidad cuando aún era tan solo un abogado), entre kilómetros y kilómetros de campos de maíz.
Durante casi ocho años hice ese recorrido en coche, por lo general solo, y normalmente en unas tres horas y media, yendo y viniendo de Springfield durante unas cuantas semanas en otoño y a lo largo de buena parte del invierno y principio de la primavera, cuando la Asamblea estatal de Illinois lleva a cabo el grueso de su trabajo. Salía de casa el martes por la noche, después de cenar, y volvía a última hora del jueves o el viernes por la mañana. A una hora de Chicago me quedaba sin cobertura en el móvil, y en la radio solo podía sintonizar emisoras de tertulias y de música cristiana. Para no dormirme, escuchaba audiolibros —cuanto más largos, mejor—; sobre todo novelas (John le Carré y Toni Morrison eran dos de mis favoritos), pero también libros de historia: sobre la guerra civil, la época victoriana y la caída del Imperio romano.
Cuando mis amigos escépticos me preguntaban, les explicaba lo mucho que estaba aprendiendo en Springfield; y era verdad, al menos durante los primeros años. De los cincuenta estados, Illinois es el que mejor representa la composición demográfica del país: una metrópolis abarrotada, extensas áreas residenciales en las afueras de esta, zonas agrícolas, ciudades industriales y una región situada justo al sur de Chicago considerada más sureña que norteña. Un día cualquiera, bajo la imponente cúpula del capitolio, podías ver pasar una muestra de lo más completa de la realidad estadounidense, como si cobrase vida un poema de Carl Sandburg. Había chavales venidos de la gran ciudad en una excursión escolar que se empujaban los unos a los otros, banqueros repeinados con sus teléfonos plegables en mano, agricultores con gorras que pretendían ampliar el ancho de las esclusas que permitían llevar sus cosechas al mercado en barcazas industriales. Se veían madres latinas que buscaban financiación para una nueva guardería y grupos de moteros de mediana edad, con sus grandes patillas y cazadoras de cuero, que intentaban bloquear otra iniciativa legislativa más para obligarlos a llevar casco.
Esos primeros meses me dediqué a no meterme en líos. Algunos de mis colegas desconfiaban de mi extraño nombre y mi paso por Harvard, pero hice lo que se esperaba de mí y ayudé a recaudar dinero para las campañas de otros senadores. Entablé relación con los demás parlamentarios y sus ayudantes, no solo en la cámara del Senado, también en la cancha de baloncesto, en escapadas a los campos de golf y durante las timbas bipartidistas de póquer que organizábamos: dos dólares para participar, con un límite de tres subidas en la apuesta, en una habitación cargada de humo donde nos vacilábamos los unos a los otros y se oía continuamente el lento silbido de otra lata de cerveza al abrirse.
Ayudaba el hecho de que ya conocía al líder de la minoría en el Senado, un corpulento hombre negro de sesenta y tantos años llamado Emil Jones. Había ascendido progresivamente en el seno de las organizaciones de barrio bajo la tutela del Viejo Daley, y era representante del distrito donde yo había trabajado como trabajador comunitario. Así fue como nos conocimos: había llevado a un grupo de padres a su oficina; exigíamos reunirnos con él con el propósito de conseguir financiación para un programa de preparación de ingreso a la universidad dedicado a los jóvenes de la zona. En lugar de evitarnos, nos invitó a pasar.
«Puede que ustedes no lo supieran —dijo—, pero ¡estaba esperando que vinieran!» Nos contó que no había podido graduarse en la universidad y quería asegurarse de que se destinara más dinero de fondos estatales a los barrios negros más desatendidos. «Dejaré que seas tú quien determine qué es lo que necesitamos —me dijo con una palmada en la espalda mientras mi grupo salía de su oficina—. Déjame a mí la política.»
En efecto, Emil consiguió financiación para el programa, y nuestra amistad continuó en el Senado. Curiosamente, se enorgullecía de mí; de hecho, llegó a convertirse en un paladín de mi estilo reformista. Incluso cuando Emil necesitaba un voto con desesperación para algún trato que tuviese entre manos (conseguir que se permitiese el juego en los barcos fluviales en Chicago era una de sus obsesiones), nunca me presionaba si le decía que no podía hacerlo; aunque se alejase maldiciéndome mientras buscaba otra persona a la que tratar de convencer.
«Barack es distinto —le dijo en una ocasión a un ayudante—. Llegará lejos.»
Pero ni toda mi diligencia ni la buena voluntad de Emil podían alterar un hecho palmario: pertenecíamos al partido minoritario. Los miembros republicanos del Senado de Illinois habían adoptado la misma estrategia de tierra quemada que Newt Gingrich estaba empleando por aquel entonces para neutralizar a los demócratas en el Congreso. El Partido Republicano ejercía un control absoluto sobre qué proyectos de ley salían de las comisiones y qué enmiendas se discutían. En Springfield se usaba una expresión para distinguir a los miembros más inexpertos del partido minoritario: «champiñones», porque «solo comen mierda y siempre están a oscuras».
Ocasionalmente, pude influir en la elaboración de leyes importantes. Contribuí a asegurar que la versión para Illinois del proyecto de ley nacional de reforma del Estado del bienestar firmado por Bill Clinton proporcionaba apoyo suficiente a quienes entraban en el mercado de trabajo. Tras uno de los recurrentes escándalos en Springfield, Emil me encomendó que representase al caucus[1] en un comité para poner al día la normativa sobre ética. Nadie quería ese trabajo, que se veía como una causa perdida, pero gracias a la buena relación con mi homólogo republicano, Kirk Dillard, aprobamos una ley que puso freno a algunas de las prácticas más vergonzosas. A raíz de esto, hubo senadores que estuvieron semanas sin dirigirnos la palabra.
Más típica fue esa vez, hacia el final del primer periodo de sesiones, cuando me levanté de mi escaño para oponerme a una escandalosa rebaja de impuestos a cierta industria favorecida cuando el estado estaba recortando servicios para los pobres. Había apuntado todo lo que quería decir y me había preparado a conciencia, como si fuese un abogado que comparecía en juicio; expliqué por qué una rebaja de impuestos injustificada violaba los conservadores principios del mercado en el que los republicanos afirmaban creer. Cuando me senté, el presidente del Senado, Pate Philip, un fornido exmarine de pelo canoso tristemente célebre por insultar a las mujeres y a las personas de color con llamativa frecuencia, se acercó hasta mi sitio.
—Ha sido un discurso cojonudo —dijo mientras mascaba un puro apagado—. Varias buenas ideas.
—Gracias.
—Quizá incluso hayas hecho cambiar de opinión a más de uno —continuó—. Pero no has cambiado ningún voto.
En ese momento dirigió mi atención hacia el secretario de la sesión y observó con satisfacción el panel iluminado por las luces verdes que indicaban el «SÍ».
Así era la política en Springfield: una sucesión de transacciones, la mayoría de ellas a puerta cerrada, en las que los parlamentarios contrapesaban las presiones que ejercían diversos grupos de interés con el desapasionamiento de mercaderes de bazar, sin dejar de prestar cuidadosa atención al puñado de asuntos que activaban los resortes ideológicos —armas, aborto, impuestos— capaces de encender a sus votantes.
No era que no supieran distinguir entre buenas y malas políticas. Sencillamente, eso daba igual. Lo que todo el mundo en Springfield tenía claro era que el 90 por ciento del tiempo los votantes, en sus hogares, no estaban prestando atención. Llegar a un acuerdo complicado pero meritorio, oponerte a la ortodoxia partidista para apoyar una idea innovadora... eso era lo que podía costarte un respaldo clave, la retirada de un importante apoyo financiero, un puesto de liderazgo, o incluso la derrota en unas elecciones.
¿Había manera de conseguir que los votantes prestasen atención? Lo intenté. Cuando estaba de vuelta en mi distrito, aceptaba cualquier invitación que me llegase. Empecé a escribir una columna para el Hyde Park Herald, un semanario del barrio con menos de cinco mil lectores. Convocaba reuniones de vecinos, en las que ofrecía refrescos y pilas de documentos con las novedades legislativas, y luego solía quedarme ahí junto a mi solitario ayudante, mirando el reloj mientras esperaba que llegase una multitud que nunca aparecía.
No podía culparlos. La gente estaba ocupada, tenía familia, y seguro que la mayoría de los debates en Springfield les resultaban ajenos. Entretanto, en los pocos asuntos de relevancia mediática que a mis electores les preocupaban, era probable que ya estuviesen de acuerdo conmigo, ya que mi distrito —como la mayoría de los distritos de Illinois— había sido delimitado con precisión quirúrgica para garantizar el predominio de uno de los partidos. Si quería más financiación para las escuelas de los barrios pobres, si quería mejorar el acceso a la atención primaria o fomentar la reinserción laboral de trabajadores en paro, no tenía que convencer a mis electores. Las personas con las que debía interactuar y a las que tenía que persuadir no vivían en mi distrito.
Al final de mi segundo periodo de sesiones, podía sentir que la atmósfera de la capital —la futilidad de estar en minoría, el cinismo que tantos de mis colegas consideraban algo de lo que enorgullecerse— empezaba a pesarme. Y saltaba a la vista. Un día, cuando estaba en el vestíbulo después de que se hubiese ido al garete una proposición de ley que había presentado, se me acercó un cabildero bienintencionado y me pasó el brazo por la espalda.
«Tienes que dejar de darte cabezazos contra la pared, Barack —me dijo—. La clave para sobrevivir en este lugar consiste en entender que es un negocio. Como la venta de coches. O la tintorería de la esquina. Si empiezas a pensar que es algo más que eso, acabarás desquiciado.»
Algunos politólogos argumentarán que todo lo que he dicho sobre Springfield describe exactamente la manera en que el pluralismo debe funcionar: que el tira y afloja entre grupos de interés quizá no sea edificante, pero permite que la democracia vaya tirando. Y quizá me hubiese costado menos aceptar entonces ese argumento de no ser por la vida que me estaba perdiendo en casa.
Los primeros dos años de legislatura fueron llevaderos: Michelle estaba ocupada con su trabajo y, aunque mantuvo su promesa de no ir a la capital del estado salvo para verme jurar el cargo, seguimos teniendo agradables conversaciones telefónicas en las noches que yo estaba fuera. Entonces, un día del otoño de 1997, me llamó a la oficina con voz temblorosa.
—Ha pasado.
—¿El qué?
—Vas a ser papá.
Iba a ser papá. ¡Qué felices fueron los meses siguientes! No me ahorré ni uno solo de los clichés del futuro padre: ir a clases de preparación del parto, intentar averiguar cómo se monta una cuna, leer el libro Qué se puede esperar cuando se está esperando lápiz en mano para subrayar los pasajes clave. Alrededor de las seis de la mañana del Cuatro de Julio, Michelle me dio un golpecito y me dijo que había llegado el momento de ir al hospital. Me levanté dando tumbos, agarré la bolsa que tenía preparada junto a la puerta y apenas siete horas más tarde me presentaron a Malia Ann Obama, cuatro kilos y medio de perfección.
Entre sus muchos dones, nuestra hija tuvo el de la oportunidad: sin sesiones en el Senado, sin clases y sin grandes casos pendientes en los que trabajar, pude tomarme libre el resto del verano. Al ser de naturaleza noctámbula, me hice cargo del último turno para que Michelle pudiera dormir, y me ponía a Malia sobre las piernas para leerle alguna cosa mientras ella me miraba con sus ojazos curiosos, o me quedaba traspuesto con ella apoyada sobre mi pecho, tan calentita y serena, una vez libre de gases y de una buena caca. Pensé en las generaciones de hombres que se habían perdido momentos como ese, también pensé en mi padre, cuya ausencia me ha marcado más que el poco tiempo que pasé con él, y me di cuenta de que no querría estar en ningún otro lugar del planeta.
Pero los esfuerzos de la paternidad recién estrenada acabaron pasando factura. Tras unos meses dichosos, Michelle volvió al trabajo y yo volví a hacer malabarismos con los tres que tenía. Tuvimos la suerte de encontrar una niñera maravillosa que cuidaba de Malia durante el día, pero la incorporación de una empleada a tiempo completo a nuestra empresa familiar obligó a exprimir al máximo nuestro presupuesto.
Michelle soportó el peso de todo eso: compaginaba la maternidad con el trabajo mientras dudaba de que estuviera haciendo bien una u otro. Muchas noches, tras alimentar a Malia, bañarla y leerle un cuento, limpiar el piso, tratar de recordar si había recogido la ropa de la tintorería y ponerse una nota mental para pedir cita con el pediatra, caía rendida en una cama vacía, consciente de que el ciclo empezaría de nuevo en unas pocas horas, mientras su marido andaba por ahí haciendo «cosas importantes».
Empezamos a discutir más, muchas veces a última hora de la noche, cuando ambos estábamos completamente exhaustos. «Esto no es a lo que yo me había comprometido, Barack —me dijo en un momento dado—. Siento que lo estoy haciendo todo yo sola.»
Eso me dolió. Cuando no estaba trabajando, estaba en casa. Y si estaba en casa y olvidaba recoger la cocina después de cenar era porque tenía que quedarme despierto hasta tarde corrigiendo exámenes, o dándole los últimos retoques a un informe. Pero incluso mientras preparaba mi defensa sabía que no estaba dando la talla. Tras el enfado de Michelle había una verdad más concreta. Yo estaba intentando cumplir en muchos ámbitos distintos con muchas personas diferentes. Había tomado el camino difícil, tal y como ella había predicho cuando nuestras cargas eran más ligeras, nuestras responsabilidades personales menos enmarañadas. Pensé en la promesa que me había hecho a mí mismo cuando nació Malia: que mis hijos me conocerían, que crecerían siendo conscientes de mi amor por ellos, que sentirían que los había puesto siempre por delante de lo demás.
Bajo la tenue luz de nuestro salón, Michelle ya no parecía enfadada, solo triste. «¿Merece la pena?», preguntó.
No recuerdo lo que contesté. Sí sé que no podía reconocer ante ella que ya no estaba seguro.
Es difícil, al echar la vista atrás, entender por qué cometiste una estupidez. No hablo de minucias: estropear tu corbata favorita porque se te ocurrió tomar sopa en el coche o fastidiarte la espalda porque alguien te convenció para jugar al fútbol americano en Acción de Gracias. Me refiero a tomar decisiones tontas después de una deliberación considerable, a esas veces en que identificas un problema real en tu vida, lo analizas y a continuación, con toda la confianza del mundo, te decides por la peor de las opciones.
Fue eso lo que pasó cuando me presenté al Congreso. Tras numerosas conversaciones, tuve que reconocer que Michelle tenía razón al cuestionar si la influencia que yo estaba teniendo en Springfield justificaba el sacrificio. Pero, en lugar de aligerar mi carga, me lancé en la dirección contraria y decidí que debía pisar el acelerador y hacerme con un cargo de mayor influencia. En torno a esa misma época, el veterano congresista Bobby Rush, antiguo miembro de los Panteras Negras, se enfrentó al alcalde Daley en las elecciones de 1999 y fue aplastado: obtuvo malos resultados hasta en su propio distrito.
Pensé que a la campaña de Rush le había faltado inspiración, que había carecido de más razón de ser que la vaga promesa de continuar el legado de Harold Washington. Si así era como se manejaba en el Congreso, yo podría hacerlo mejor, me dije. Tras hablarlo con unos pocos consejeros de confianza, hice que mi equipo preparase deprisa una encuesta propia para ver si sería viable enfrentarme a Rush. Nuestro muestreo informal nos daba alguna posibilidad. Con esos resultados en mano, logré convencer a varios de mis amigos más cercanos para que contribuyesen a financiar la campaña. Y a continuación, a pesar de las advertencias de gente con más experiencia en las lides políticas de que Rush era más fuerte de lo que parecía, y de la perplejidad de Michelle ante el hecho de que yo hubiera podido pensar que le fuera a parecer mejor que estuviera en Washington que en Springfield, anuncié mi candidatura al Congreso por el Primer Distrito.
Casi desde el principio, la campaña fue un desastre. Al cabo de pocas semanas, empezaron a circular rumores difundidos desde la órbita de Rush: «Obama es un don nadie; lo respaldan los blancos; es un elitista de Harvard. Y con ese nombre... ¿es siquiera negro?».
Cuando recaudé dinero suficiente para encargar una encuesta de verdad, descubrí que el 90 por ciento de la gente del distrito sabía quién era Bobby, y tenía un índice de aprobación del 70 por ciento, mientras que solo el 11 por ciento de los votantes sabía quién era yo. Poco tiempo después, el hijo de Bobby murió trágicamente víctima de un disparo, lo que provocó una efusión de simpatía hacia él. En la práctica, suspendí mi campaña durante un mes y vi cómo la televisión cubría el funeral, que se celebró en mi propia iglesia, presidido por el reverendo Jeremiah Wright. Ya en una situación delicada en casa, llevé a mi familia a Hawái para unas breves vacaciones de Navidad; y fue entonces cuando el gobernador decidió convocar una sesión especial para someter a votación una medida sobre el control de armas que yo respaldaba. Pero con Malia, de dieciocho meses entonces, enferma e incapaz de subirse a un avión, falté a la votación y recibí palos de todos los colores en la prensa de Chicago.
Perdí por treinta puntos.
Cuando hablo con jóvenes sobre política, a veces les cuento esta historia como una lección práctica sobre lo que no hay que hacer. Normalmente añado un epílogo, en el que describo cómo, pocos meses después de mi derrota, un amigo, preocupado de que estuviese de bajón, se empeñó en que lo acompañase a la Convención Nacional Demócrata del año 2000 en Los Ángeles. («Tienes que volver a subirte al caballo», me dijo.) Pero cuando aterricé allí e intenté alquilar un coche, no pude hacerlo porque había superado el límite de gasto en mi tarjeta American Express. Logré llegar al Staples Center, pero entonces me enteré de que la credencial que mi amigo me había conseguido no permitía el acceso a la planta de la convención, por lo que no pude más que lamentar mi suerte mientras daba vueltas alrededor del recinto, y veía los festejos en las pantallas de televisión que habían montado. Por último, tras un incómodo episodio ocurrido esa misma noche, en el que mi amigo no logró que me dejaran entrar a una fiesta a la que él asistía, cogí un taxi al hotel, dormí en el sofá de su suite, y volé de vuelta a Chicago justo cuando Al Gore estaba aceptando la nominación.
Es una historia graciosa, sobre todo en vista de adónde acabé llegando tiempo después. Como le digo a mi público, refleja la impredecible naturaleza de la política, y la necesidad de aguantar el tirón.
Lo que no menciono es mi sombrío estado de ánimo en el avión de vuelta. Tenía casi cuarenta años, no tenía un duro, acababa de sufrir una humillante derrota y mi matrimonio estaba en horas bajas. Sentí, quizá por primera vez en mi vida, que había seguido un camino equivocado; que cualesquiera reservas de energía y optimismo que creía haber tenido, cualquier potencial en el que siempre hubiese confiado, se me habían agotado en esa misión imposible. Peor aún, tomé conciencia de que en la decisión de presentarme al Congreso había pesado no solo el sueño altruista de cambiar el mundo, sino también la necesidad de justificar las decisiones que ya había tomado, o de alimentar mi ego, o de aplacar mi envidia hacia quienes habían conseguido lo que yo no había logrado.
Dicho de otro modo, me había convertido exactamente en aquello contra lo que, cuando era más joven, me había prevenido a mí mismo: en un político, y uno no demasiado bueno.
Después de que Bobby Rush me vapuleara, me concedí unos meses para lamentarme y lamerme las heridas antes de revisar mis prioridades y ponerme manos a la obra. Le dije a Michelle que tenía que implicarme más en nuestra relación. Estábamos esperando otro bebé, y aunque yo seguía pasando fuera de casa más tiempo del que ella habría querido, al menos se daba cuenta de que me estaba esforzando. Planifiqué mis reuniones en Springfield de tal manera que pudiésemos cenar juntos más a menudo. Intenté ser más puntual y estar más presente. Y el 10 de junio de 2001, poco menos de tres años después del nacimiento de Malia, experimentamos la misma explosión de felicidad —el mismo asombro absoluto— cuando llegó Sasha, tan rolliza y adorable como lo había sido su hermana, con una mata de rizos negros a los que era imposible resistirse.
Durante los dos años siguientes llevé una vida más apacible, repleta de pequeñas satisfacciones, contento con el equilibrio que parecía haber alcanzado. Disfruté embutiendo a Malia en sus primeras mallas de ballet o tomándola de la mano cuando paseábamos por el parque; viendo cómo la pequeña Sasha no paraba de reír cuando le mordisqueaba los pies; escuchando la lenta respiración de Michelle, con su cabeza apoyada en mi hombro, mientras se dejaba vencer por el sueño a mitad de una película clásica. Volví a implicarme en el trabajo en el Senado y disfruté del tiempo que pasaba con mis alumnos de la Facultad de Derecho. Analicé con detenimiento las cuentas familiares y elaboré un plan para saldar nuestras deudas. Inmerso en los ritmos más pausados de mi trabajo y en los placeres de la paternidad, empecé a plantearme mis opciones para una vida después de la política: quizá dar clases y escribir a tiempo completo, o volver a ejercer la abogacía, o buscar trabajo en alguna fundación benéfica local, como mi madre había imaginado para mí.
Dicho de otro modo, tras mi malhadada candidatura al Congreso experimenté cierta sensación de liberación, puede que no del deseo de dejar mi huella en el mundo, pero sí al menos del empeño de que tenía que ser en un escenario más grande. Lo que tal vez empezó siendo una especie de resignación ante los límites que el destino me había impuesto acabó transformándose en algo más parecido a gratitud por la generosidad con la que me había tratado.
Pero había dos cosas que me impedían cortar por lo sano con la política. En primer lugar, los demócratas de Illinois habían conseguido el derecho a supervisar el rediseño de los mapas de distritos del estado para reflejar los nuevos datos del censo del año 2000, gracias a una peculiaridad de la Constitución estatal que establecía que la disputa entre la Cámara de Representantes, controlada por los demócratas, y el Senado republicano debía zanjarse sacando una papeleta con un nombre de uno de los viejos sombreros de copa de Abraham Lincoln. Con ello los demócratas podrían revertir la manipulación que los republicanos habían puesto en práctica a lo largo de la década anterior, y así incrementar de manera extraordinaria las posibilidades de lograr la mayoría en el Senado tras las elecciones de 2002. Sabía que, con una legislatura más, tendría por fin ocasión de aprobar algunos proyectos de ley, de conseguir algo sustancial para la gente a la que representaba y quizá de concluir mi carrera política con mejor sabor de boca.
El segundo factor era más una intuición que un hecho. Desde mi elección había procurado dedicar unos cuantos días cada verano a visitar a diversos colegas en sus respectivos distritos a lo largo y ancho de Illinois. Por lo general viajaba con mi ayudante principal en el Senado, Dan Shomon, un antiguo periodista de United Press International con gafas gruesas, energía inagotable y una voz atronadora. Echábamos en la parte trasera de mi Jeep nuestros palos de golf, un mapa y un par de mudas de ropa y partíamos hacia el sur o el oeste, para acabar llegando a Rock Island o Pinckneyville, Alton o Carbondale.
Dan era mi asesor político clave, un buen amigo y el compañero ideal para un viaje por carretera: era de fácil conversación, no le incomodaba en absoluto el silencio y compartía conmigo la costumbre de fumar en el coche. Además, poseía un conocimiento enciclopédico de la política del estado. La primera vez que hicimos un viaje de ese tipo, noté que le preocupaba un poco cómo reaccionaría la gente de la región al sur de Chicago ante un abogado negro de la ciudad cuyo nombre sonaba a árabe.
—Nada de camisas elegantes —me instruyó antes de salir.
—No tengo ninguna camisa elegante —respondí.
—Mejor. Solo polos y pantalones de sport.
—Entendido.
Contrariamente a la inquietud de Dan por que pudiera sentirme fuera de lugar, lo que más me llamó la atención durante nuestros viajes fue lo familiar que me resultaba todo, ya fuese una feria comarcal, un local sindical o el porche de una granja familiar. En la manera en que la gente describía a sus familias y sus trabajos; en su humildad y hospitalidad; en su entusiasmo por el baloncesto de instituto; en la comida que servían, el pollo frito, las alubias guisadas y los moldes de gelatina; en todo ello oía ecos de mis abuelos, de mi madre, de la madre y el padre de Michelle. Los mismos valores. Las mismas esperanzas y sueños.
Las excursiones pasaron a ser más esporádicas cuando nacieron mis hijas. Pero la enseñanza sencilla y recurrente que me proporcionaron se me quedó grabada. Fui consciente de que, mientras los residentes de mi distrito en Chicago y los de los distritos al sur de la ciudad siguiesen siendo extraños entre sí, nuestra política nunca cambiaría realmente. Siempre sería demasiado fácil para los políticos alimentar los estereotipos que enfrentaban a los negros contra los blancos, a los inmigrantes contra los nativos, los intereses rurales contra los urbanos.
Si, por el contrario, una campaña lograse poner en entredicho las premisas políticas dominantes sobre lo divididos que estábamos, quizá sería posible construir un nuevo pacto entre ciudadanos. La vieja guardia ya no tendría la capacidad de enfrentar a un grupo contra otro. Los parlamentarios no se verían empujados a definir los intereses de sus electores —ni los suyos propios— de una manera tan cicatera. Los medios de comunicación tomarían nota del cambio y, a la hora de analizar un asunto, no se centrarían en qué bando ganaba o perdía, sino en si se alcanzaban nuestros objetivos comunes.
En última instancia, ¿acaso no era eso a lo que aspiraba yo: una política que superase las divisiones raciales, étnicas y religiosas de la sociedad estadounidense, y que trenzase las muchas fibras de mi propia vida? Quizá pecase de ingenuo; quizá esas divisiones eran demasiado profundas. Pero, por mucho que intentase convencerme a mí mismo, no conseguía sacudirme la sensación de que era demasiado pronto para renunciar a mis convicciones más profundas. Por mucho que intentaba convencerme de que la vida política había terminado para mí —o de que estaba a punto de terminar—, en el fondo sabía que aún no estaba dispuesto a renunciar a ella.
Al dedicar más tiempo a pensar sobre el futuro, una cuestión me pareció evidente: la política basada en tender puentes que tenía en mente no encajaba con una campaña al Congreso. El problema era estructural, y tenía que ver con la forma en que estaban trazados los contornos de los distritos: en un distrito abrumadoramente negro como en el que yo vivía, en una comunidad que había sido sacudida durante años y años por la discriminación y el abandono, lo que se esperaba de los políticos se definía la mayoría de las veces en términos raciales, como sucedía también en muchos distritos blancos y rurales que se sentían dejados a su suerte. «¿Cómo harías frente a quienes no son como nosotros —preguntaban los votantes—, a quienes se han aprovechado de nosotros, a quienes nos miran por encima del hombro?»
Incluso con un enfoque político tan limitado seguramente podrías cambiar algo; con cierta veteranía, podrías lograr mejores servicios para tus electores, atraer uno o dos proyectos grandes a tu distrito y, colaborando con aliados, tratar de influir en el debate nacional. Pero eso no sería suficiente para remover las restricciones políticas que hacen tan difícil proporcionar atención sanitaria a quienes más la necesitan, o conseguir mejores escuelas para los niños pobres, o puestos de trabajo donde antes no los había; esas mismas restricciones bajo las que Bobby Rush trabajaba a diario.
Me di cuenta de que, para cambiar las cosas de verdad, tenía que hablar con y para el público más amplio posible. Y la mejor manera de hacerlo era presentarme a las elecciones para alguna institución de ámbito nacional; como, por ejemplo, el Senado estadounidense.
Cuando ahora recuerdo mi descaro —mi pura desfachatez— al querer lanzar una campaña al Senado estadounidense justo después de sufrir una contundente derrota, me cuesta descartar la posibilidad de que estuviese simplemente desesperado por tener otra oportunidad, como un alcohólico que racionaliza una última copa. Pero no era eso lo que sentía. Al darle vueltas a la idea en mi cabeza, lo que sentí con toda claridad no fue tanto que ganaría sino que tenía la posibilidad y que, si lo lograba, quizá tuviese un gran impacto. Podía verlo, sentirlo, como un jugador de fútbol americano que detecta una apertura en la línea de defensa y sabe que, si consigue llegar a ese hueco lo suficientemente rápido y atravesarlo, ya no habrá más que terreno despejado entre él y la zona de finalización. Este presentimiento vino acompañado de una toma de conciencia: si no lo conseguía, habría llegado el momento de abandonar la política; y dado que había puesto todo de mi parte en el empeño, podría dejarla sin remordimientos.
A lo largo de 2002 empecé discretamente a poner a prueba la idea. Al analizar el panorama político en Illinois, vi que no era tan descabellada la idea de que un parlamentario estatal negro y poco conocido se presentase al Senado estadounidense. Varios afroamericanos habían conseguido ser elegidos por Illinois, entre ellos la exsenadora Carol Moseley Braun, una política de talento, aunque errática, cuya victoria había electrizado al país antes de caer en desgracia como consecuencia de una serie de errores propios relacionados con malas prácticas financieras. Por su parte, el republicano que la había derrotado, Peter Fitzgerald, era un banquero adinerado cuyas ideas marcadamente conservadoras lo habían vuelto algo impopular en nuestro estado, que era cada vez más demócrata.
Empecé hablando con un trío de senadores estatales compañeros de mis partidas de póquer —los demócratas Terry Link, Denny Jacobs y Larry Walsh— para ver si creían que podía competir en las zonas rurales de clase trabajadora blanca a las que representaban. Por lo que habían visto durante mis visitas, pensaban que tenía posibilidades, y los tres accedieron a darme su apoyo si me presentaba. Lo mismo hizo un grupo de progresistas blancos, representantes públicos de las zonas ubicadas a lo largo de la orilla del lago en Chicago, así como un puñado de parlamentarios latinos independientes. Le pregunté a Jesse Jr. si tenía algún interés en presentarse. Me dijo que no, y añadió que estaba dispuesto a darme su apoyo. El congresista Danny Davis, el afable tercer congresista negro en la delegación de Illinois, también se sumó. (No le pude reprochar a Bobby Rush que mostrase menos entusiasmo al respecto.)
El respaldo más importante era el de Emil Jones, que estaba a punto de convertirse en presidente del Senado estatal y era, por ende, uno de los tres políticos más poderosos de Illinois. En una reunión en su despacho señalé que, en ese momento, no había en el Senado estadounidense ni un solo afroamericano, y que a las políticas por las que habíamos luchado juntos en Springfield les iría de perlas contar con alguien que las defendiese en Washington. Añadí que, si ayudaba a que uno de los suyos lograse un escaño en el Senado nacional, seguro que irritaba a más de un miembro de la vieja guardia de republicanos blancos de Springfield, que Jones sentía que siempre lo habían subestimado. Creo que este argumento le gustó particularmente.
Con David Axelrod, adopté una estrategia diferente. Él era un asesor de medios que antes había trabajado como periodista, entre cuyos clientes se contaban Harold Washington, el exsenador nacional Paul Simon y el alcalde Richard Daley, y se había labrado en todo el país la reputación de ser inteligente y duro, así como un hábil creador de campañas publicitarias. Admiraba su trabajo y sabía que contar con él en mi equipo otorgaría credibilidad a mi incipiente campaña no solo dentro del estado, sino entre donantes y expertos de todo el país.
Sabía también que me costaría convencerlo. «No lo veo fácil», me confesó cuando quedamos a comer en un pequeño restaurante de River North. Axel había sido uno de los muchos que me habían aconsejado no enfrentarme a Bobby Rush. Entre contundentes bocados a su sándwich, me dijo que no podía permitirme una segunda derrota. Y dudaba de que un candidato cuyo apellido rimaba con «Osama» pudiese conseguir votos al sur de Chicago. Además, ya lo habían tanteado al menos otros dos probables candidatos al Senado —el interventor estatal Dan Hynes, y el multimillonario gestor de fondos de inversión de alto riesgo Blair Hull—, con aparentemente muchas más opciones de ganar, por lo que aceptarme como cliente probablemente supondría una considerable pérdida de ingresos para su empresa.
«Espera a que Rich Daley se jubile y preséntate entonces a alcalde —concluyó mientras se limpiaba la mostaza del bigote—. Es mejor apuesta.»
Tenía razón, por supuesto. Pero yo no estaba haciendo los cálculos convencionales. Y en Axel intuí —tras todos los datos de encuestas, documentos de estrategia y argumentarios que eran las herramientas de su oficio— a alguien que se veía como algo más que un pistolero a sueldo; a alguien que podía ser un espíritu afín. En lugar de discutir sobre los entresijos de la campaña, intenté apelar a su corazón.
«¿Alguna vez te has planteado cómo John y Bobby Kennedy conseguían conectar con lo mejor de las personas? —pregunté—. ¿O lo que se sentiría al ayudar a Lyndon B. Johnson a aprobar la Ley sobre Derecho al Voto, o a Franklin D. Roosevelt a instaurar la Seguridad Social, y saber que has mejorado la vida de millones de personas? La política no tiene por qué ser lo que la gente cree que es. Puede ser algo más.»
Axe arqueó sus imponentes cejas y escudriñó mi rostro de arriba abajo. Debió de ser evidente que no solo estaba intentando convencerlo a él; me estaba convenciendo a mí mismo. Al cabo de pocas semanas me llamó para decirme que, tras hablarlo con sus socios y con Susan, su mujer, había decidido aceptarme como cliente. Antes de que pudiese darle las gracias, añadió una condición.
«Tu idealismo es conmovedor, Barack... Pero, salvo que recaudes cinco millones para difundirlo por televisión y que la gente te oiga, no tienes ninguna posibilidad.»
Tras esto, me sentí por fin preparado para tantear a Michelle. Ahora trabajaba como directora ejecutiva de asuntos comunitarios del Centro Médico de la Universidad de Chicago, un puesto que le permitía más flexibilidad, aunque la seguía obligando a compaginar de mil maneras sus altas responsabilidades profesionales con las quedadas de las niñas para jugar y las recogidas en la escuela cada día. Así que me quedé un poco sorprendido cuando, en lugar de responder con un «¡Ni en sueños, Barack!», me propuso que lo hablásemos con algunos de nuestros amigos más cercanos, como Marty Nesbitt, un empresario de éxito cuya mujer, la doctora Anita Blanchard, había traído al mundo a nuestras dos hijas, y Valerie Jarrett, una abogada brillante y bien relacionada que había sido la jefa de Michelle en el Departamento de Planificación del Ayuntamiento y que se había convertido en una especie de hermana mayor para ambos. Lo que entonces yo no sabía era que Michelle ya había hablado con Marty y Valerie y les había encomendado la tarea de disuadirme de mi disparate.
Quedamos en el apartamento de Valerie en Hyde Park, y a lo largo de un prolongado brunch expliqué mi proceso mental, esbocé los posibles escenarios hasta la nominación demócrata y respondí a preguntas sobre las diferencias entre esta campaña y la anterior. No traté de minimizar ante Michelle la cantidad de tiempo que pasaría fuera. Pero prometí que sería todo o nada: si perdía, la política se habría acabado para nosotros.
Cuando terminé de hablar, Valerie y Marty estaban convencidos, sin duda para consternación de Michelle. Para ella no era una cuestión de estrategia: pensar en otra campaña le resultaba tan sugerente como una endodoncia. Además, lo que más le preocupaban eran las consecuencias para las finanzas familiares, que aún no se habían recuperado por completo de mi anterior tentativa política. Me recordó que teníamos préstamos estudiantiles, una hipoteca y deudas de las tarjetas de crédito en que pensar. Aún no habíamos empezado a ahorrar para la universidad de nuestras hijas y, para colmo, para evitar conflictos de interés, tendría que dejar de ejercer como abogado para poder presentarme al Senado, lo que reduciría aún más nuestros ingresos.
—Si pierdes, estaremos aún más entrampados —dijo—. ¿Y qué pasa si ganas? ¿Cómo vamos a mantener dos casas, en Washington y Chicago, cuando a duras penas conseguimos mantener una?
Esto lo tenía previsto.
—Si gano, amor —contesté—, tendrá repercusión nacional. Seré el único afroamericano en el Senado. Cuando sea más conocido, puedo escribir otro libro y vender un montón de ejemplares, y eso cubrirá los gastos adicionales.
Michelle soltó una risotada. Había ganado algún dinero con mi primer libro, pero ni remotamente la cantidad que íbamos a necesitar para pagar los gastos en los que incurriríamos. Para mi mujer —y supongo que para la mayoría de la gente también— un libro aún no escrito no era un gran plan financiero.
—En otras palabras —dijo—, llevas unas habichuelas mágicas en el bolsillo. Eso es lo que me estás contando. Tienes unas habichuelas mágicas, las vas a sembrar, y de la noche a la mañana crecerá una mata que llegará hasta el cielo, treparás por ella, matarás al gigante que vive en las nubes y traerás de vuelta a casa una gallina que pone huevos de oro. ¿Es eso?
—Algo así —respondí.
Michelle sacudió la cabeza y miró por la ventana. Ambos sabíamos lo que yo estaba pidiendo. Otro terremoto. Otra apuesta. Otro paso en la dirección de algo que quería pero ella realmente no.
—Hasta aquí, Barack —dijo Michelle—. Una última vez. Pero no esperes que participe ni mínimamente en la campaña. De hecho, ni siquiera deberías dar mi voto por descontado.
De niño, había visto varias veces cómo mi abuelo intentaba vender por teléfono pólizas de seguro de vida, cómo se reflejaba la desdicha en su rostro cuando, por la noche, se ponía a llamar a perfectos desconocidos desde nuestro piso en la décima planta de un edificio de apartamentos. Durante los primeros meses de 2003, me descubrí pensando en él a menudo mientras, sentado a mi mesa en la escasamente amueblada sede de mi recién lanzada campaña al Senado bajo un póster en el que Muhammad Ali se erguía triunfante sobre un derrotado Sonny Liston, intentaba animarme a mí mismo para hacer otra llamada a algún donante potencial.
Aparte de Dan Shomon y Jim Cauley, un tipo procedente de Kentucky que habíamos reclutado como director de campaña, nuestro equipo estaba formado en su mayoría por chavales de veintitantos años, de los cuales solo pagábamos a la mitad; dos de ellos aún estudiaban en la universidad. Sentía lástima especialmente por la única persona de mi equipo encargada a tiempo completo de recaudar fondos, que además tenía que obligarme a levantar el teléfono para que yo pidiera donaciones.
¿Iba mejorando en esto de ser político? No estaba seguro. En el primer debate organizado entre los candidatos, en febrero de 2003, estuve rígido y torpe, y fui incapaz de conseguir que mi cerebro produjese las frases ordenadas que esos formatos exigían. Pero mi derrota ante Bobby Rush me había mostrado claramente qué aspectos debía mejorar: tenía que interactuar de manera más efectiva con los medios, aprender a comunicar mis ideas en frases concisas. Debía construir una campaña que no girase tanto en torno a informes sobre políticas sino más bien alrededor de la conexión individual con los votantes. Y tenía que recaudar dinero; un montón de dinero. Realizamos varias encuestas, que parecían confirmar que podía ganar, pero solo si conseguía mejorar mi visibilidad a base de costosos anuncios de televisión.
Pero en la misma medida en que mi campaña al Congreso había sido malhadada, esta fue afortunada. En abril, Peter Fitzgerald decidió no presentarse a la reelección. Carol Moseley Braun, que con toda probabilidad se habría hecho con la nominación demócrata para su antiguo escaño, había optado inexplicablemente por presentarse a presidenta, lo que dejó la pugna abierta por completo. En unas primarias contra otros seis demócratas, me dediqué a sumar respaldos de sindicatos y miembros populares de nuestra delegación en el Congreso, lo que contribuyó a apuntalar mi base electoral entre los progresistas y al sur de Chicago. Con la ayuda de Emil y de una mayoría demócrata en el Senado estatal, encabecé la aprobación de una serie de proyectos de ley, como una que exigía la grabación en vídeo de los interrogatorios en casos que pudieran resultar en la pena capital o una ampliación del límite exento en el impuesto sobre la renta, lo que reforzó mis credenciales como parlamentario eficaz.
Además, el panorama político nacional se inclinó a mi favor. En octubre de 2002, antes incluso de que hiciese pública mi candidatura, me habían invitado a hablar en una concentración en el centro de Chicago contra la inminente invasión estadounidense de Irak. Para alguien que estaba a punto de presentar su candidatura al Senado, las implicaciones políticas de esta invitación eran poco claras. Tanto Axe como Dan pensaban que adoptar una postura clara e inequívoca contra la guerra ayudaría en unas primarias demócratas; otros advertían que, dado el estado anímico del país tras el 11-S (entonces las encuestas reflejaban que hasta el 67 por ciento de los estadounidenses estaban a favor de actuar militarmente contra Irak), la probabilidad de un éxito militar, al menos a corto plazo, y mi apellido y ascendencia, ya de por sí complicados, la oposición a la guerra podría lastrar mi candidatura cuando llegasen las elecciones.
«A Estados Unidos le gusta machacar enemigos», me advirtió un amigo.
Estuve algo más de un día dándole vueltas a la cuestión, y decidí que esta era mi primera prueba: ¿llevaría una campaña como la que me había prometido a mí mismo? Redacté un breve discurso, de cinco o seis minutos y, satisfecho porque reflejaba mis sinceras creencias, me fui a la cama sin enviárselo al equipo para que lo revisasen. El día de la concentración, más de mil personas se habían congregado en Daley Plaza, con Jesse Jackson como cabeza de cartel. Hacía frío y viento racheado. Hubo unos pocos aplausos, amortiguados por los guantes y mitones, cuando se anunció mi nombre y subí hasta el micrófono.
«Permítanme que comience diciendo que, aunque este acto se ha presentado como una concentración contra la guerra, me presento ante ustedes como alguien que no se opone a la guerra en todas las circunstancias.»
Se hizo el silencio en la multitud, que dudaba de adónde iría a parar. Describí la sangre derramada para preservar la Unión y dar lugar a un renacimiento de la libertad; el orgullo que sentía hacia mi abuelo porque se había presentado voluntario para combatir tras el ataque a Pearl Harbor; mi apoyo a nuestras acciones militares en Afganistán y mi propia disposición a empuñar las armas para evitar otro 11-S. «No me opongo a todas las guerras —dije—. A lo que me opongo es a una guerra estúpida.» A continuación, argumenté que Sadam Husein no suponía ninguna amenaza inminente para Estados Unidos o para sus vecinos, y que «incluso una guerra exitosa contra Irak exigirá una ocupación estadounidense del país de duración indefinida, a un coste indefinido, con consecuencias indefinidas». Concluí sugiriendo que si el presidente Bush tenía ganas de pelea, debería rematar el trabajo contra Al Qaeda, dejar de apoyar regímenes represivos, y cortar la dependencia de Estados Unidos del petróleo de Oriente Próximo.
Volví a mi asiento. El público aplaudió. Cuando abandoné la plaza, supuse que mis comentarios serían poco más que una nota al pie. Las informaciones de prensa apenas habían mencionado mi presencia en el acto.
Tan solo unos meses después de que una coalición liderada por Estados Unidos empezase a bombardear Bagdad, los demócratas comenzaron a dar la espalda a la guerra en Irak. A medida que aumentaban el caos y el número de víctimas, la prensa empezó a hacer preguntas que se deberían haber planteado desde el principio. Una oleada de activismo de base llevó a un casi desconocido gobernador de Vermont, Howard Dean, a enfrentarse a candidatos en las elecciones presidenciales de 2004, como John Kerry, que habían votado a favor de la guerra en Irak. El breve discurso que di en la concentración contra la guerra de repente parecía premonitorio y empezó a circular por internet. Mis jóvenes ayudantes tuvieron que explicarme qué diablos tenían que ver los «blogs» y «MySpace» con la avalancha de nuevos voluntarios y donaciones de base que de pronto estábamos recibiendo.
Ser candidato estaba siendo divertido. En Chicago, pasaba los sábados sumergiéndome en barrios étnicos —mexicanos, italianos, indios, polacos, griegos—, comiendo y bebiendo, participando en desfiles, besando bebés y abrazando abuelas. Los domingos asistía a iglesias negras, algunas de las cuales eran modestos edificios metidos con calzador entre salones de uñas y garitos de comida rápida, y otras, en cambio, gigantescas megaiglesias con zonas de estacionamiento del tamaño de campos de fútbol. Iba saltando de unos extrarradios a otros, desde la arbolada North Shore con todas sus mansiones hasta pueblos situados justo al borde meridional y occidental de la ciudad, a los que la pobreza y los edificios abandonados hacían, en algunos casos, indistinguibles de los barrios más difíciles de Chicago. Cada dos semanas visitaba la región al sur de la ciudad; algunas veces iba solo, lo más habitual era que fuera acompañado por Jeremiah Posedel o Anita Decker, los dos talentosos ayudantes que dirigían mis operaciones en la zona.
Cuando hablaba con los votantes en los primeros tiempos de mi campaña solía abordar los asuntos en torno a los que giraba mi candidatura, como acabar con las exenciones de impuestos a las empresas que estaban trasladando empleos al extranjero, promover las energías renovables o facilitar el acceso de los jóvenes a la universidad. Explicaba por qué me había opuesto a la guerra en Irak; agradecía el extraordinario servicio de nuestros soldados, pero cuestionaba por qué habíamos empezado una nueva guerra cuando todavía no habíamos acabado la de Afganistán y Osama bin Laden aún estaba huido.
Con el tiempo fui centrándome más y más en escuchar. Y cuanto más lo hacía, más se abría la gente a mí. Me contaban lo que sentían cuando los despedían después de toda una vida trabajando, cuando los desahuciaban o cuando tenían que vender la granja familiar. Me contaban que no podían permitirse pagar un seguro de salud, y que a veces partían por la mitad las pastillas que les prescribía el médico para intentar que les durasen más. Hablaban de los jóvenes que habían tenido que emigrar porque no había buenos trabajos en sus pueblos, o de quienes habían tenido que abandonar la universidad a punto de graduarse porque no podían pagar los gastos de matrícula.
Mi discurso dejó de ser una sucesión de tomas de posición sobre diversos asuntos y se convirtió en una crónica de estas voces dispares, un coro de ciudadanos de todos los rincones del estado.
«Esto es lo que pasa —decía—. La mayoría de las personas, sean de donde sean y tengan el aspecto que tengan, aspiran a lo mismo. No buscan hacerse multimillonarios. No esperan que otra persona haga lo que pueden hacer por sí mismas.
»Pero sí creen que, si están dispuestas a trabajar, deberían poder encontrar un empleo que permita mantener a una familia. Que no deberían arruinarse solo por haber caído enfermas. Que sus hijos deberían poder recibir una buena educación, que los prepare para esta nueva economía, y deberían poder costearse la universidad si se han esforzado para ello. Quieren estar a salvo de delincuentes y terroristas. Y consideran que, tras toda una vida de trabajo, deberían poder jubilarse con dignidad y respeto.
»Es básicamente esto. No es tanto. Y, aunque no esperan que el Gobierno resuelva todos sus problemas, sí saben, en lo más profundo, que bastaría un ligero cambio de prioridades para que el Gobierno pudiera ayudarles.»
El público permanecía en silencio, y yo contestaba a unas cuantas preguntas. Cuando el acto terminaba, la gente hacía cola para darme la mano, llevarse algunos documentos de la campaña, o hablar con Jeremiah, Anita o algún voluntario local sobre cómo podían participar en ella. Y yo iba hasta el siguiente pueblo sabiendo que la historia que contaba era cierta, convencido de que esta campaña ya no giraba en torno a mí, sino que me había convertido en un mero transmisor mediante el cual la gente podía reconocer el valor de sus propias historias, su propia valía, y compartirlas entre sí.
Tanto en los deportes como en la política es difícil entender la naturaleza exacta de lo que se conoce como «impulso». Pero a principios de 2004 nosotros lo teníamos. Axe nos hizo rodar dos anuncios para televisión. En el primero de ellos, salía yo hablando directamente a la cámara y terminaba con el eslogan «Sí se puede». (A mí me parecía sensiblero, pero Axe apeló de inmediato a un poder superior: se lo mostró a Michelle, que opinó que «no era sensiblero en absoluto».) En el segundo aparecía Sheila Simon, hija del querido exsenador por Illinois Paul Simon, que había muerto tras una operación de corazón días antes de cuando tenía previsto hacer público su respaldo a mi candidatura.
Los anuncios salieron en antena justo cuatro semanas antes de las primarias. En poco tiempo, mis apoyos casi se habían doblado. Cuando los cinco periódicos más importantes del estado me dieron su apoyo, Axe actualizó los anuncios para que lo destacasen, y me explicó que este tipo de refrendo era más beneficioso para los candidatos negros que para los blancos. Fue más o menos por esas fechas cuando la campaña de mi principal rival se vino abajo después de que los medios publicasen detalles de documentos judiciales hasta entonces secretos, en los que su exmujer alegaba haber sido víctima de abusos domésticos. El 16 de marzo de 2004, el día de las primarias demócratas, en que nos enfrentábamos a otros seis rivales, acabamos obteniendo casi el 53 por ciento de los votos: no solo más que el resto de candidatos demócratas juntos, sino más que todos los votos que se habían emitido en el estado entero en las primarias republicanas.
Solo recuerdo dos momentos de esa noche: los grititos de júbilo de nuestras hijas (que en el caso de Sasha, que tenía dos años, quizá se mezclasen con algo de miedo) cuando se dispararon los cañones de confeti en la celebración de la victoria, y a un Axelrod exultante diciéndome que, salvo en uno, había ganado en todos los distritos de mayoría blanca de Chicago, que en épocas pasadas habían servido como epicentro de la resistencia racial a Harold Washington. («Harold nos sonríe esta noche desde el cielo», añadió.)
También recuerdo la mañana siguiente, cuando, sin haber apenas dormido, fui a Central Station a saludar a los viajeros que se dirigían a sus trabajos. Había empezado a caer una suave nevada, con copos del tamaño de pétalos de flor, y toda la gente que me reconocía y me daba la mano parecía llevar puesta la misma sonrisa, como si hubiésemos hecho algo sorprendente juntos.
«Como si hubiésemos salido propulsados de un cañón», fue la manera que encontró Axe para describir los meses siguientes, y es exactamente lo que sentí. De la noche a la mañana nuestra campaña se convirtió en noticia nacional, las cadenas de televisión llamaban para entrevistarme y recibimos felicitaciones telefónicas de representantes políticos de todo el país. No era solo que hubiésemos ganado, ni siquiera la inesperada magnitud del margen de nuestra victoria; lo que interesaba a los observadores era la manera en que lo habíamos hecho, con votos procedentes de todos los segmentos demográficos, incluidos los condados blancos sureños y rurales. Los comentaristas especulaban en torno a lo que mi campaña evidenciaba del estado de las relaciones raciales en el país; y, debido a mi temprana oposición a la guerra de Irak, lo que podía significar para el rumbo del Partido Demócrata.
Mi campaña no podía permitirse el lujo de una celebración; nos esforzamos por no bajar el pistón. Incorporamos a más gente con experiencia, como Robert Gibbs, director de Comunicación, un tipo duro y avispado de Alabama que había trabajado en la campaña de Kerry. Aunque las encuestas me daban casi veinte puntos de ventaja sobre Jack Ryan, mi rival republicano, su currículum me invitaba a ser cauto y no dar nada por descontado: era un banquero que había dejado Goldman Sachs para dar clase en una escuela parroquial que atendía a niños desfavorecidos y cuyo aspecto de ídolo juvenil limaba las aristas de su programa republicano, extraordinariamente convencional.
Por suerte para nosotros, nada de esto se reflejó durante la campaña. La prensa criticó duramente a Ryan cuando, en un intento de presentarme como un progresista derrochador que subiría los impuestos, utilizó una serie de gráficas con cifras que se demostró que eran disparatadas y evidentemente erróneas. Más tarde, lo machacaron por haber enviado a un joven ayudante para que me siguiese de forma agresiva cámara de vídeo en mano, que llegó a entrar conmigo al servicio e incluso siguió pegado a mí mientras intentaba hablar con Michelle y las niñas, con la esperanza de pillarme dando un patinazo. La puntilla llegó cuando la prensa se hizo con documentos confidenciales del divorcio de Ryan, en los que su exmujer lo acusaba de haberla presionado para visitar clubes de alterne, y de intentar obligarla a mantener relaciones sexuales ante desconocidos. Al cabo de una semana, Ryan retiró su candidatura.
Cuando faltaban solo cinco meses para las elecciones generales, de pronto me quedé sin rival.
«Solo sé —anunció Gibbs— que, cuando todo esto acabe, nos vamos a Las Vegas.»
Igualmente mantuve una agenda extenuante: con frecuencia, tras terminar mi jornada en Springfield, recorría las ciudades cercanas para asistir a actos de campaña. Cuando volvía de uno de ellos, recibí una llamada de alguien del equipo de John Kerry, que me invitaba a dar el discurso inaugural en la Convención Nacional Demócrata que se celebraría en Boston a finales de julio. Que no sintiese vértigo ni me pusiese nervioso solo se explica por lo absolutamente inverosímil que había sido el año que acababa de vivir. Axelrod me ofreció reunir al equipo para iniciar el proceso de redactar un discurso, pero le dije que no hacía falta.
«Déjame probar a mí —añadí—. Sé lo que quiero decir.»
Dediqué varios días a escribir mi discurso, sobre todo por las noches. Tirado en mi cama en el Hotel Renaissance de Springfield, mientras el ruido de un partido en el televisor sonaba de fondo, rellené un cuaderno de notas amarillo con mis reflexiones. Las palabras fluían, una síntesis de la política a la que había aspirado desde mis inicios en la universidad y de mis conflictos internos que habían dado pie al viaje hacia el lugar en el que me encontraba. Sentía que tenía la cabeza llena de voces; de mi madre, de mis abuelos, de mi padre; de las personas con las que había colaborado como trabajador comunitario y de la gente que participó en la campaña. Pensé en todas esas personas que había conocido, que a pesar de tener sobrados motivos para acabar amargados y cínicos se habían negado a seguir ese camino y continuaban aspirando a algo más elevado, seguían intentado conectar unos con otros. En un momento dado, recordé una frase que oí alguna vez durante un sermón de mi pastor, Jeremiah Wright, que plasmaba este espíritu.
La audacia de la esperanza.
Tiempo después, Axe y Gibbs contarían chascarrillos sobre las idas y venidas previas a la noche en que hablé en la convención. Que tuvimos que negociar cuánto tiempo se me concedería (ocho minutos, que conseguimos aumentar hasta diecisiete). Los dolorosos recortes que Axe y su sagaz socio, John Kupper, introdujeron en mi borrador inicial, todos los cuales hicieron que el texto mejorara. Un vuelo a Boston con retraso mientras la sesión legislativa en Springfield se prolongaba hasta la noche. Practicar por primera vez con un teleprónter mientras mi preparador, Michael Sheehan, me explicaba que los micrófonos funcionaban perfectamente, así que «no tienes que gritar». Mi enfado cuando un joven ayudante de Kerry nos informó de que había eliminado una de mis frases favoritas porque el nominado pretendía apropiársela para su propio discurso. («Eres senador estatal —me recordó convenientemente Axe— y te han proporcionado una plataforma nacional. [...] Creo que no es demasiado pedir.») Michelle, entre bambalinas, hermosa, vestida de blanco, apretando mi mano, mirándome a los ojos con dulzura y diciéndome: «¡No la cagues, colega!». Los dos partiéndonos de risa, haciendo el tonto, cuando nuestro amor despuntaba siempre, y la presentación del veterano senador por Illinois Dick Durbin: «Permítanme que les hable de este tal Barack Obama...».
No he visto el vídeo de mi discurso en la convención de 2004 hasta el final más que una vez. Lo vi yo solo, bastante tiempo después de las elecciones, para intentar entender qué ocurrió en aquel auditorio. Con el maquillaje que llevo, parezco increíblemente joven, y detecto una pizca de nervios al principio, algunas partes en las que voy demasiado rápido o demasiado lento y unos gestos un poco torpes, que delatan mi inexperiencia.
Pero llega un momento en el discurso en que encuentro mi cadencia. El público guarda silencio en lugar de exaltarse. Es un momento que en años posteriores he reconocido de nuevo, en noches mágicas señaladas. Hay una sensación física, una corriente de emoción que va y viene entre el público y tú, como si sus vidas y la tuya de pronto se hubiesen entrelazado, como un rollo de película que se proyecta hacia atrás y hacia delante en el tiempo, y tu voz va elevándose hasta estar a punto de quebrarse porque, durante un instante, lo sientes en lo más profundo; puedes verlo en su totalidad. Has establecido conexión con un espíritu colectivo, algo que todos conocemos y a lo que aspiramos —una sensación de conexión que disuelve las diferencias que existen entre nosotros y las sustituye por una gigantesca ola de ilusión—, y como todas las cosas que más importan, sabes que el momento es efímero y que pronto el hechizo se romperá.
Antes de esa noche creía que entendía el poder que tienen los medios. Había visto cómo me habían catapultado los anuncios de Axe hasta la primera posición en las primarias, que desconocidos de pronto hacían sonar el claxon y me saludaban desde sus coches, o los niños se me acercaban corriendo en la calle y me decían con gran seriedad: «Te he visto en la tele».
Pero esta era una visibilidad de otra magnitud: una transmisión en directo y sin filtros a millones de personas, con fragmentos que llegaron a millones de personas más a través de los telediarios de las cadenas de televisión por cable y de internet. Cuando abandoné el escenario, sabía que el discurso había ido bien, y no me sorprendió en absoluto la pasión de la gente que se agolpaba para saludarnos en los distintos actos de la convención al día siguiente. Pero, aunque la atención que recibí en Boston fue muy gratificante, imaginé que sería algo circunstancial. Supuse que serían adictos a la política, gente que sigue este tipo de cosas minuto a minuto.
Inmediatamente después de la convención, Michelle, las niñas y yo metimos nuestros bártulos en una autocaravana y partimos en un viaje de una semana hacia la región al sur de Chicago, pensado para mostrar a los votantes que seguía centrado en Illinois y la popularidad no se me había subido a la cabeza. Íbamos por la autopista y, cuando quedaban pocos minutos para llegar a nuestra primera parada, Jeremiah, mi director de campaña en la región, recibió una llamada del personal que nos esperaba allí.
—Vale... vale... Se lo digo al conductor.
—¿Qué pasa? —pregunté, ya un poco agotado por la falta de sueño y la ajetreada agenda.
—Esperábamos que hubiese hasta unas cien personas en el parque —explicó Jeremiah—, pero ahora mismo cuentan al menos quinientas. Nos piden que nos demoremos un poco para darles tiempo a gestionar el exceso de público.
Veinte minutos después nos detuvimos y nos encontramos lo que parecía ser el pueblo entero apretujado en el parque. Había padres con sus hijos en hombros, personas mayores con sillas plegables que agitaban banderolas, hombres con camisas de cuadros y gorras de agricultor. Muchos de ellos tal vez estaban allí por mera curiosidad, para ver a qué se debía ese alboroto, pero otros esperaban pacientemente en pie. Malia se asomó por la ventana, sin hacer caso a los intentos de Sasha de quitársela de en medio.
—¿Qué hace toda esa gente en el parque? —preguntó Malia.
—Han venido a ver a papá —respondió Michelle.
—¿Por qué?
Me volví hacia Gibbs, que se encogió de hombros y me dijo: «Vas a necesitar un barco más grande».
A partir de ese momento, en cada parada nos recibían multitudes cuatro o cinco veces mayores que cualquiera que hubiésemos visto hasta entonces. Y, por mucho que nos dijésemos que el interés se disiparía y el globo se desinflaría, por mucho que intentásemos mantenernos precavidos contra la complacencia, las elecciones en sí casi pasaron a un segundo plano. En agosto, los republicanos —incapaces de encontrar un candidato local dispuesto a presentarse (aunque Mike Ditka, exentrenador de los Bears de Chicago, flirteó públicamente con la idea)—, en una decisión desconcertante, reclutaron al agitador conservador Alan Keys. («¡Mirad —dijo Gibbs con una sonrisa—, ellos también tienen a un tipo negro!») Aparte del hecho de que residía en Maryland, sus severos sermones sobre el aborto y la homosexualidad no sentaron muy bien a los habitantes de Illinois.
«Jesucristo nunca votaría a BEI-rack Oba-ma!», proclamaba Klein, pronunciando mi nombre incorrectamente de manera deliberada.
Lo derroté por más de cuarenta y cinco puntos; el mayor margen en unas elecciones al Senado en la historia del estado de Illinois.
Nuestros ánimos la noche de las elecciones estaban apagados, no solo porque el resultado de nuestra campaña ya se daba por sentado, sino por los resultados nacionales. Kerry había perdido frente a Bush; los republicanos habían conservado el control de la Cámara y el Senado; hasta el líder de la minoría demócrata en el Senado, Tom Daschle de Dakota del Sur, había sufrido una inesperada derrota. Karl Rove, el cerebro político de George Bush, se pavoneaba sobre su sueño de consolidar una mayoría republicana permanente.
Por nuestra parte, Michelle y yo estábamos exhaustos. Mi equipo calculó que, en los dieciocho meses anteriores, me había tomado exactamente siete días de descanso. Dedicamos las seis semanas previas a mi toma de posesión como senador de Estados Unidos a pequeños asuntos caseros que habíamos desatendido bastante. Volé a Washington para reunirme con quienes pronto serían mis colegas, entrevistar candidatos a formar parte de mi equipo, y buscar el piso más barato que pudiese encontrar. Michelle había decidido que las niñas y ella se quedarían en Chicago, donde contaba con un círculo de apoyo de familiares y amigos, por no hablar de un trabajo que realmente le encantaba. Aunque la idea de vivir separados tres días a la semana durante buena parte del año hacía que se me encogiera el corazón, su lógica era irrebatible.
Por lo demás, no dedicamos demasiado tiempo a pensar en lo que había ocurrido. Pasamos las Navidades en Hawái con Maya y Toot. Cantamos villancicos, hicimos castillos de arena y vimos a las niñas abrir sus regalos. Lancé al mar un collar de flores en el lugar donde mi hermana y yo habíamos esparcido las cenizas de mi madre y coloqué otro en el cementerio del Pacific National Memorial, donde estaba enterrado mi abuelo. Tras Año Nuevo, toda la familia voló a Washington. La noche anterior a mi toma de posesión, Michelle estaba en el dormitorio de nuestra suite de hotel preparándose para una cena de bienvenida para los nuevos miembros del Senado cuando recibí una llamada de mi editora. El discurso en la convención había aupado la reedición de mi libro, que había estado agotado durante cuatro años, hasta lo más alto en la lista de los más vendidos. Mi editora me llamaba para felicitarme por este éxito, y por el hecho de que tuviésemos un acuerdo para un nuevo libro, esta vez con un adelanto espectacular.
Le di las gracias y colgué el teléfono justo cuando Michelle salía del dormitorio en un reluciente vestido de gala.
—Estás guapísima, mami —dijo Sasha.
Michelle dio una vuelta sobre sí misma para las niñas.
—Bueno, chicas, portaos bien —dije, y les di un beso antes de despedirme de la madre de Michelle, que iba a cuidarlas esa noche.
Íbamos por el pasillo hacia el ascensor cuando de pronto Michelle se detuvo.
—¿Has olvidado algo? —pregunté.
Me miró y sacudió la cabeza, incrédula.
—No puedo creer que hayas conseguido todo esto: la campaña, el libro. Todo.
Asentí y la besé en la frente.
—Habichuelas mágicas, nena. Habichuelas mágicas.
Normalmente, lo que más le cuesta conseguir a un senador novato en Washington es que la gente preste atención a cualquier cosa que haga, pero yo acabé teniendo el problema contrario. En relación con mi estatus real de senador recién llegado, la expectación que me rodeaba había llegado a extremos cómicos. Los periodistas insistían a diario en conocer mis planes, y sobre todo me preguntaban si tenía intención de presentarme a presidente. Cuando, el día que juré mi cargo, un reportero me preguntó: «¿Cuál considera que es su lugar en la historia?», me reí y expliqué que acababa de llegar a Washington, ocupaba el puesto noventa y nueve entre los cien senadores por antigüedad, aún no había emitido ni un solo voto y ni siquiera sabía dónde estaban los aseos en el Capitolio.
No estaba haciéndome el interesante. Lograr un escaño en el Senado ya había sido algo suficientemente improbable de por sí. Estaba encantado de estar allí, y tenía muchas ganas de empezar a trabajar. Para contrarrestar todas esas expectativas desaforadas, mi equipo y yo nos fijamos en el ejemplo que ofrecía Hillary Clinton, que había llegado al Senado cuatro años antes entre un gran alboroto y se había labrado una reputación de diligencia, enjundia y atención a sus electores. Ser un caballo de tiro, no de exhibición; ese era mi objetivo.
Nadie tenía un temperamento más apropiado para llevar a la práctica esta estrategia que mi nuevo jefe de gabinete, Pete Rouse. Rondaba los sesenta años, tenía el pelo canoso y la complexión de un oso panda, y llevaba casi treinta años trabajando en el Capitolio. Su experiencia —venía de ser jefe de gabinete de Tom Daschle— y su amplia red de contactos en la ciudad hacían que la gente se refiriese a él afectuosamente como el «senador 101». Contra la imagen estereotipada de los profesionales de la política en Washington, Pete tenía alergia a los focos, y —tras una fachada jocosa y hosca— casi se diría que es tímido, lo que ayudaba a explicar su prolongada soltería y el cariño indulgente hacia sus gatos.
Había requerido un esfuerzo considerable convencer a Pete de que aceptase el trabajo de organizar mi oficina de novato. Según decía, le preocupaba menos el gran retroceso en estatus que esto suponía que la posibilidad de que no le dejase tiempo suficiente para ayudar a encontrar trabajo a todos los jóvenes del equipo que, tras la derrota de Daschle, se habían quedado sin empleo.
Era su inquebrantable decencia y rectitud, tanto como su conocimiento, lo que hacía de Pete un regalo del cielo. Y fue su reputación la que me permitió reclutar a personas del máximo nivel para integrar las filas de mi equipo. Junto con Robert Gibbs como director de Comunicación, incorporamos como director legislativo a Chris Lu, un veterano del Capitolio; a Mark Lippert, un joven y perspicaz reservista de la Marina, como asesor en política exterior; y Alyssa Mastromonaco, una de las principales lugartenientes de la campaña presidencial de Kerry, cuyo rostro aniñado escondía un talento sin par para la resolución de problemas y la organización de eventos, como directora de planificación. Por último, sumamos a un joven juicioso y apuesto de veintitrés años llamado Jon Favreau. Favs, como sería conocido, también había trabajado en la campaña de Kerry y fue la primera opción tanto de Gibbs como de Pete para ser nuestro redactor de discursos.
—¿No lo habíamos visto antes? —le pregunté a Gibbs tras la entrevista.
—Sí... Es el chaval que se presentó para decirte que Kerry se estaba apropiando de una de tus frases en la convención.
Lo contraté igualmente.
Bajo la supervisión de Pete, el equipó montó oficinas en Washington, Chicago y varios puntos en la región al sur de la ciudad. Para hacer hincapié en nuestra atención hacia los votantes de nuestro estado, Alyssa preparó un ambicioso calendario de reuniones públicas en Illinois (treinta y nueve el primer año). Establecimos una estricta norma de evitar a la prensa nacional y las tertulias televisivas de los domingos por la mañana, y centramos nuestra atención en los periódicos y las cadenas de televisión de Illinois. Y, lo más importante, Pete ideó un complejo sistema para gestionar el correo y las peticiones de los electores, además de pasar muchas horas con los ayudantes jóvenes y los becarios que trabajaban en la oficina de correspondencia para asegurarse de que estaban al tanto de todas las agencias federales que gestionaban los cheques de la Seguridad Social perdidos, las ayudas a los veteranos canceladas o los préstamos de la Administración de Pequeños Negocios.
«Puede que a la gente no le guste cómo votas —dijo Pete—, ¡pero nunca te acusarán de que no respondes al correo!»
Con la oficina en buenas manos, podía dedicar la mayor parte de mi tiempo a estudiar otros asuntos y a conocer a los demás senadores. Mi tarea se vio facilitada por la generosidad de Dick Durbin, el senador veterano por Illinois, amigo y discípulo de Paul Simon, y uno de los polemistas más dotados del Senado. En una cultura de egos desmedidos, en la que los senadores no solían ver con buenos ojos que un colega inexperto acaparase más atención mediática que ellos, Dick siempre se mostró amable. Me guio por las salas del Senado, se empeñó en que su equipo compartiera el reconocimiento con nosotros en varios proyectos relacionados con Illinois, y conservó la paciencia y el buen humor cuando —en los desayunos con votantes que organizábamos conjuntamente los jueves por la mañana— los visitantes se pasaban buena parte del tiempo pidiéndome fotos y autógrafos.
Lo mismo podía decirse de Harry Reid, el nuevo líder demócrata. La trayectoria de Harry hasta llegar al Senado había sido al menos tan improbable como la mía. Había nacido en la extrema pobreza en el pueblecito de Searchlight, Nevada, hijo de un minero y una lavandera, y había vivido sus primeros años en una chabola sin agua corriente ni teléfono. De algún modo se había abierto camino con uñas y dientes hasta llegar a la universidad, y desde ahí a la Escuela de Derecho de la Universidad George Washington; para pagarse los estudios, había trabajado entre clase y clase como agente uniformado de la Policía Federal del Capitolio, y era el primero en reconocer que aún tenía clavada esa espina.
«Barack, ¿sabías que boxeé de niño? —me dijo con su voz susurrante cuando nos conocimos—. Y desde luego no era un gran atleta. No era grande y fuerte. Pero sí tenía dos cualidades: soportaba los golpes y no me daba por vencido.»
Esa sensación de haber salido adelante contra todo pronóstico probablemente explique por qué, a pesar de nuestras diferencias en edad y experiencia, Harry y yo congeniamos. No era dado a mostrar sus emociones, y de hecho tenía la desconcertante costumbre de saltarse la cháchara habitual en cualquier conversación, especialmente por teléfono. A veces descubrías a mitad de una frase que ya había colgado. Pero, en la misma medida en que Emil Jones lo había hecho en la Asamblea estatal y a pesar de mi humilde rango, se desvivió por echarme una mano en todo lo relativo a los trabajos de los comités y por mantenerme informado de lo que se cocía en el Senado.
De hecho, el compañerismo parecía ser la norma. Los viejos toros del Senado —Ted Kennedy y Orrin Hatch, John Warner y Robert Byrd, Dan Inouye y Ted Stevens— tenían relaciones de amistad que trascendían las divisiones políticas, y se comportaban con una familiaridad natural que a mí me parecía propia de la Gran Generación. Los senadores más jóvenes socializaban menos y traían consigo las aristas ideológicas más marcadas que caracterizaban a la Cámara de Representantes desde la era de Gingrich. Pero incluso con los miembros más conservadores encontraba a menudo puntos de entendimiento: por ejemplo, Tom Coburn, de Oklahoma, un cristiano devoto y un irreductible oponente del gasto público, acabó siendo un amigo sincero y atento, y nuestros equipos trabajaron juntos en medidas para incrementar la transparencia y reducir el despilfarro en la contratación pública.
En muchos sentidos, mi primer año en el Senado fue un poco como revivir mis primeros años en la Asamblea de Illinois, aunque todo tenía mayores consecuencias, los focos eran más brillantes, y los cabilderos eran más habilidosos a la hora de esconder los intereses de sus clientes bajo los ropajes de los grandes principios. A diferencia de la Asamblea estatal, donde muchos miembros se limitaban a evitar líos, y muchas veces ni siquiera estaban al tanto de lo que ocurría, mis nuevos colegas estaban perfectamente informados y no tenían ningún recato a la hora de expresar sus opiniones, lo que hacía que las reuniones de las comisiones se hicieran interminables y me llevó a ser mucho más comprensivo con quienes habían sufrido mi propia verborrea en la Facultad de Derecho y en Springfield.
Al estar en minoría, mis compañeros demócratas y yo teníamos poco que decir sobre qué proyectos de ley proponían las comisiones y se sometían a votación en el pleno del Senado. Veíamos cómo los republicanos presentaban presupuestos que infrafinanciaban la educación o diluían las medidas para la protección del medioambiente, y nos sentíamos impotentes, más allá de las proclamas que pudiésemos hacer ante una cámara mayormente vacía y la mirada ininterrumpida de la cadena C-SPAN. Nos desesperábamos una y otra vez en votaciones pensadas no tanto para sacar adelante políticas como para debilitar a los demócratas y servir de leña con la que avivar el fuego de futuras campañas electorales. Como en Illinois, intenté hacer lo posible por influir en las políticas desde los márgenes, impulsando políticas modestas y no partidistas (como financiar alguna medida de protección contra el brote de una pandemia, o la reimplantación de las ayudas para un colectivo de veteranos de Illinois).
Por frustrantes que pudieran ser ciertos aspectos del Senado, lo cierto es que no me molestaba que el ritmo allí fuese más lento. Era uno de sus miembros más jóvenes, y contaba con un índice de aprobación del 70 por ciento en Illinois, por lo que sabía que podía permitirme ser paciente. En algún momento me plantearía presentarme a gobernador o, efectivamente, incluso a presidente, movido por la idea de que controlar el poder ejecutivo me brindaría más posibilidades de establecer una agenda. Pero de momento, a los cuarenta y tres años y apenas comenzando mi andadura en la escena nacional, me decía que tenía todo el tiempo del mundo.
Los avances en el frente doméstico contribuyeron también a elevar mi estado de ánimo. Salvo que hiciese mal tiempo, el trayecto entre Washington y Chicago no era más largo que el viaje de ida y vuelta a Springfield. Y, una vez en casa, no estaba tan ocupado o distraído como lo había estado durante la campaña o mientras compaginaba tres trabajos, lo cual me dejaba más tiempo para llevar a Sasha a su clase de danza los sábados o leerle un capítulo de Harry Potter a Malia antes de meterla en la cama.
La mejora de nuestra situación financiera también supuso un gran alivio. Nos compramos una casa nueva, una vivienda grande y hermosa de estilo georgiano situada frente a una sinagoga en Kenwood. Por un módico precio, un joven amigo de la familia y chef en ciernes llamado Sam Kass accedió a hacer la compra y preparar comidas sanas que pudiésemos ir consumiendo a lo largo de la semana. Mike Signator, un gerente de la compañía eléctrica Commonwealth Edison ya jubilado que había trabajado como voluntario durante la campaña, decidió seguir conmigo como chófer a tiempo parcial, y se convirtió prácticamente en uno más de la familia.
Más importante aún fue que, gracias al colchón económico de que ahora disponíamos, mi suegra, Marian, accedió a reducir su horario laboral y ayudarnos a cuidar de las niñas. Sensata, divertida y aún lo suficientemente joven para corretear detrás de dos niñas de cuatro y siete años, hacía que la vida de toda la familia fuese más fácil. Además, se daba la circunstancia de que adoraba a su yerno, y salía en mi defensa cada vez que llegaba tarde, cometía alguna pifia o no daba la talla en algún sentido.
Esa ayuda adicional nos proporcionó a Michelle y a mí el tiempo extra que tanto habíamos echado en falta. Nos reímos más y volvimos a recordar que éramos los mejores amigos. Pero, más allá de eso, lo que nos sorprendió fue sentir lo poco que nuestras nuevas circunstancias nos habían cambiado. Seguíamos siendo de costumbres caseras, procurábamos evitar las fiestas ostentosas y las veladas profesionales, porque no queríamos renunciar a pasar las noches con las niñas, porque nos sentíamos ridículos al emperifollarnos demasiado a menudo, y porque a Michelle, que siempre ha sido madrugadora, le entraba el sueño a partir de las diez. Así que dedicábamos los fines de semana a hacer lo que siempre habíamos hecho: yo jugaba al baloncesto o llevaba a Malia y Sasha a una piscina cercana; Michelle salía de compras a Target y organizaba las salidas de las niñas con sus amigos. Teníamos cenas o barbacoas vespertinas con la familia o con nuestro círculo íntimo de amigos; sobre todo con Valerie, Marty, Anita, Eric y Cheryl Whitaker (una pareja de médicos cuyos hijos tenían la misma edad que nuestras hijas), junto a Kaye y Wellington Wilson (a los que llamábamos afectuosamente «Mama Kaye» y «Papa Wellington), una pareja mayor (él era director de un centro de formación profesional ya jubilado; ella, responsable de programas en una fundación local, además de una extraordinaria cocinera), a quienes conocía de mi época como trabajador comunitario y que se consideraban mis padres adoptivos en Chicago.
Eso no significa que Michelle y yo no tuviésemos que adaptarnos. La gente ya nos reconocía entre la multitud, y aunque por lo general fuese para mostrarnos su apoyo, esa repentina pérdida del anonimato nos resultaba desconcertante. Una noche, poco después de las elecciones, Michelle y yo fuimos a ver Ray, protagonizada por Jamie Foxx, y nos pilló por sorpresa que todos se pusiesen a aplaudirnos cuando entramos a la sala. A veces, cuando salíamos a cenar, notábamos que la gente de las mesas contiguas o bien intentaban entablar largas conversaciones o bien se quedaban muy callados, en un intento no demasiado sutil de oír lo que decíamos.
Las niñas también se daban cuenta. Un día, durante mi primer verano como senador, decidí llevar a Malia y Sasha al zoológico de Lincoln Park. Mike Signator me advirtió que el gentío en una espléndida tarde de verano como esa podía ser un poco abrumador, pero me empeñé en ir, confiando en que unas gafas de sol y una gorra de béisbol me protegerían de las miradas curiosas. Creo que durante la primera media hora todo salió como lo había planeado. Visitamos a los leones que merodeaban tras el cristal en el recinto de los grandes felinos y les hicimos muecas graciosas a los grandes simios, sin ninguna interrupción. Entonces, cuando nos detuvimos para buscar en la guía cómo llegar hasta donde estaban los leones marinos, oímos a un hombre gritar.
«¡Obama! Eh, mirad... ¡Es Obama! Eh, Obama, ¿me puedo hacer una foto contigo?»
En cuanto quise darme cuenta, estábamos rodeados de familias, gente que intentaba darme la mano o me pedía un autógrafo y padres que ponían a sus hijos a mi lado para hacerles una foto. Le hice un gesto a Mike para que se llevase a las niñas a ver los leones marinos sin mí. Durante los siguientes quince minutos me entregué a mis electores, agradecido por sus alentadoras palabras, mientras me recordaba a mí mismo que eso formaba parte del trato que había aceptado, pero sin poder evitar una pequeña congoja al pensar que mis hijas estarían preguntándose qué le había pasado a su papá.
Por fin me reuní con ellas y con Mike, y propuse que nos fuésemos de allí y buscásemos un lugar tranquilo donde tomar un helado. Mientras íbamos en el coche, Mike guardó un indulgente silencio; las niñas, no tanto.
—Creo que necesitas un alias —declaró Malia desde el asiento trasero.
—¿Qué es un alias? —preguntó Sasha.
—Es un nombre falso que usas cuando no quieres que la gente sepa quién eres —explicó Malia—. Como Johnny McJohn John.
Sasha soltó una risita.
—Eso, papá... ¡deberías ser Johnny McJohn John!
—Y tienes que cambiar tu voz —prosiguió Malia—. La gente la reconoce. Tienes que hablar con una voz más aguda. Y más rápido.
—Papá habla superlento —recalcó Sasha.
—Venga, papá —insistió Malia—. Inténtalo. —Y, con la voz más aguda y lo más rápidamente que fue capaz, añadió—: «¡Hola! ¡Soy Johnny McJohn John!».
Incapaz de contenerse, Mike soltó una carcajada. Más tarde, cuando llegamos a casa, Malia le explicó con orgullo su plan a Michelle, que le dio una palmadita en la cabeza.
—¡Es una idea estupenda, cariño! —dijo—, pero papá solo podría disfrazarse si se operase para quitarse las orejas de soplillo.
Una característica del Senado que me espoleaba era la capacidad que me daba de influir sobre la política exterior, algo que la Asamblea estatal no permitía. Desde la universidad me habían interesado particularmente las cuestiones nucleares, por lo que, antes incluso de que hubiese jurado mi cargo, escribí a Dick Lugar, presidente de la Comisión de Relaciones Internacionales, cuyo asunto señero era la no proliferación nuclear, para hacerle saber que confiaba en poder trabajar con él.
La respuesta de Dick fue entusiasta. Era un republicano de Indiana que llevaba veintiocho años en el Senado, firmemente conservador en cuestiones nacionales como los impuestos y el aborto, pero en política exterior reflejaba los impulsos prudentes e internacionalistas que durante mucho tiempo habían guiado a los republicanos convencionales, como George H. W. Bush. En 1991, poco después de la desintegración de la Unión Soviética, Dick se había puesto de acuerdo con el demócrata Sam Nunn para diseñar y aprobar leyes que permitiesen a Estados Unidos ayudar a Rusia y a las antiguas repúblicas soviéticas a proteger y desactivar armas de destrucción masiva. La ley Nunn-Lugar, como dio en conocerse, demostró ser un logro audaz y duradero —a lo largo de las dos décadas siguientes se desactivaron más de siete mil quinientas cabezas nucleares—, y su implementación contribuyó a facilitar las relaciones entre agentes de seguridad nacional estadounidenses y rusos, que resultaron fundamentales para gestionar una transición peligrosa.
Ahora, en 2005, los informes de inteligencia indicaban que grupos extremistas como Al Qaeda estaban rastreando puestos militares poco vigilados en todos los países del antiguo bloque soviético en busca de materiales nucleares, químicos y biológicos. Dick y yo empezamos a discutir cómo desarrollar el marco Nunn-Lugar ya existente para reforzar la protección contra tales amenazas. Y así fue como me vi, en agosto de ese año, junto a Dick en un reactor militar para hacer una visita de una semana de duración a Rusia, Ucrania y Azerbaiyán. Aunque la necesidad de supervisar los avances en la Nunn-Lugar habían convertido esas visitas en algo rutinario para Dick, este era mi primer viaje oficial al extranjero, y a lo largo de los años había oído historias sobre los viajes a expensas del Congreso, sobre los horarios cualquier cosa menos exigentes, las cenas fastuosas y las salidas de compras. Si esa era la idea, alguien olvidó avisar a Dick. A pesar de haber cumplido ya los setenta, llevaba un ritmo agotador. Tras un día entero de reuniones con funcionarios rusos en Moscú, tomamos un vuelo de un par de horas hacia el sudeste hasta Saratov y después seguimos otra hora por carretera para visitar un almacén nuclear secreto donde la financiación estadounidense había ayudado a mejorar la seguridad de los misiles rusos. (También nos obsequiaron con una comida que incluía borsch y una especie de gelatina de pescado, que Dick se comió sin rechistar mientras yo la repartía por mi plato como un niño de seis años.)
Cuando visitamos la ciudad de Perm, junto a los montes Urales, deambulamos por un cementerio de carcasas de misiles SS-24 y SS-25, los últimos vestigios de cabezas nucleares tácticas que en épocas pasadas apuntaron hacia Europa. En Donetsk, en la región oriental de Ucrania, recorrimos una instalación en la que naves enteras de armas convencionales —munición, explosivos de alta calidad, misiles tierra-aire e incluso bombas de pequeño tamaño ocultas en juguetes para niños— recogidas a lo largo y ancho del país esperaban a ser destruidas. En Kiev, nuestros anfitriones nos llevaron a un destartalado complejo de tres plantas sin vigilancia en el centro de la ciudad donde la Nunn-Lugar estaba financiando la instalación de nuevos sistemas de almacenamiento de muestras para investigaciones biológicas de la época de la Guerra Fría, entre las que había cepas de bacterias del ántrax y la peste bubónica. Todo ello resultó aleccionador, una prueba de la capacidad del ser humano para poner el ingenio al servicio de la locura. Pero para mí, tras tantos años centrado en asuntos domésticos, el viaje fue también estimulante: un recordatorio de lo grande que era el mundo y de las profundas consecuencias humanas de las decisiones que se tomaban en Washington.
Ver cómo se desenvuelve Dick te deja una impresión imborrable. Siempre con una plácida sonrisa en su cara de gnomo, respondía infatigablemente a todas mis preguntas. Me impresionó la minuciosidad, precisión y dominio de los datos que demostraba cada vez que hablaba en las reuniones con autoridades extranjeras. Fui testigo de su buena disposición a soportar no solo retrasos en los viajes sino también interminables historias y chupitos de vodka a mediodía, consciente de que la cortesía más elemental es un lenguaje que se entiende en cualquier cultura y, en última instancia, podía ser eficaz en la defensa de los intereses estadounidenses. Para mí fue una útil lección de diplomacia, un ejemplo del impacto real que podía tener un senador.
Entonces se desató una tormenta, y todo cambió.
A lo largo de la semana que pasé viajando con Dick, una borrasca tropical formada sobre las Bahamas había atravesado Florida y se había posado en el golfo de México, desde donde, tras acumular energía sobre esas aguas más cálidas, puso rumbo a las costas meridionales de Estados Unidos. Cuando nuestra delegación del Senado aterrizó en Londres para reunirse con el primer ministro Tony Blair, ya se estaba consumando una catástrofe atroz de enormes dimensiones. El huracán Katrina tocó tierra con vientos de doscientos kilómetros por hora, arrasó pueblos enteros a lo largo de la costa del golfo, destruyó infinidad de diques y sumergió bajo las aguas gran parte de Nueva Orleans.
Pasé media noche en vela viendo las noticias, pasmado ante la pesadilla turbia y primitiva que se abatía sobre la pantalla del televisor. Había cadáveres flotando, pacientes ancianos atrapados en hospitales, disparos y saqueos, refugiados hacinados que perdían la esperanza. Ver tanto sufrimiento ya era suficientemente espantoso; ver la lenta respuesta del Gobierno y la vulnerabilidad de tantas personas pobres y de clase trabajadora hizo que sintiese vergüenza.
Unos días más tarde acompañé a George H. W. y Barbara Bush, junto con Bill y Hillary Clinton, en una visita a Houston, hasta donde habían sido trasladadas miles de personas desplazadas por el huracán para alojarlas en los albergues de emergencia que se habían dispuesto en el inmenso centro de convenciones Astrodome. Junto con la Cruz Roja y la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias, la Administración municipal había estado trabajando noche y día para satisfacer las necesidades básicas, pero caminando entre las camas de campaña, de pronto tomé conciencia de que a muchas de las personas que estaban allí, la mayoría de ellas negras, las habían abandonado mucho antes del huracán, mientras luchaban por sobrevivir en los márgenes, sin ahorros ni red de seguridad. Escuché sus historias sobre los hogares que habían perdido y los seres queridos que habían desaparecido en la inundación, sobre la imposibilidad de evacuar la ciudad porque no tenían coche o no podían trasladar a un padre o madre enfermos; personas que no eran distintas de aquellas con las que había trabajado como trabajador comunitario en Chicago. No eran distintas de las tías o los primos de Michelle. Por mucho que mis circunstancias hubieran cambiado, las suyas seguían siendo iguales. La política del país se mantenía invariable. Personas olvidadas cuyas voces resonaban en todos los rincones, abandonadas por un Gobierno que a menudo parecía ciego o indiferente a sus necesidades.
Sentí las penurias que estaban sufriendo como una admonición, y al ser el único afroamericano en el Senado, decidí que había llegado el momento de poner fin a mi moratoria a aparecer en los medios de ámbito nacional. Intervine en los telediarios para argumentar que, aunque no creía que el racismo fuese la causa de la fallida respuesta al desastre del Katrina, sí evidenciaba lo poco que el partido en el Gobierno, y Estados Unidos en conjunto, había invertido en abordar el aislamiento, la pobreza intergeneracional y la falta de oportunidades que persistían en amplias franjas de la población del país.
De vuelta en Washington, trabajé con mis colegas en la elaboración de planes para ayudar a reconstruir la región del golfo formando parte de la Comisión de Seguridad Interior y Asuntos Gubernamentales. Pero sentí que la vida en el Senado había cambiado. ¿Cuántos años debía pasar allí para tener una influencia real en la vida de las personas que había conocido en Houston? ¿Cuántas sesiones de comisión, enmiendas fallidas y provisiones presupuestarias negociadas con un presidente de comisión inflexible harían falta para compensar las actuaciones equivocadas de un solo director de la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias, de un funcionario de la Agencia de Protección Ambiental o de un empleado cualquiera en un cargo de confianza del Departamento de Trabajo?
Esa sensación de impaciencia se agravó aún más cuando, unos meses más tarde, me sumé a una pequeña delegación del Congreso que iba a visitar Irak. Casi tres años después de la invasión liderada por Estados Unidos, la Administración no podía seguir negando el desastre en el que la guerra se había convertido. Al disolver el ejército iraquí y permitir que la mayoría chií expulsase de forma agresiva a gran cantidad de musulmanes suníes de puestos en la Administración, los responsables estadounidenses habían creado una situación caótica y cada vez más peligrosa. Irak había caído en un sangriento conflicto sectario, marcado por la intensificación de los ataques suicidas, las explosiones al paso de vehículos y la detonación de coches bomba en abarrotados mercados callejeros.
Nuestro grupo visitó bases militares estadounidenses en Bagdad, Faluya y Kirkuk, y desde los helicópteros Black Hawk que nos transportaban el país entero se veía exhausto, las ciudades acribilladas por fuego de mortero, las carreteras inquietantemente tranquilas, el paisaje cubierto por una capa de polvo. En cada parada, conocíamos oficiales y soldados que eran inteligentes y valerosos, y a los que impulsaba la convicción de que, con suficiente apoyo militar, formación técnica y trabajo duro, Irak podría algún día salir adelante. Pero mis conversaciones con periodistas y con un puñado de altos responsables iraquíes me contaban otra historia diferente. Se habían desatado espíritus malvados, me decían, y tanto las matanzas como las represalias entre suníes y chiíes hacían que la perspectiva de una reconciliación resultase remota, cuando no inalcanzable. Daba la impresión de que lo único que mantenía unido el país eran los miles de jóvenes soldados y marines que habíamos desplegado, muchos de los cuales estaban recién salidos del instituto. Ya habían muerto más de dos mil, y muchos miles más habían resultado heridos. Parecía evidente que, cuanto más se prolongase la guerra, más se centraría nuestro enemigo, a menudo invisible e incomprensible, en nuestros soldados.
En el vuelo de vuelta a Estados Unidos no pude sacudirme la idea de que esos chavales estaban pagando el precio de la arrogancia de hombres como Dick Cheney y Donald Rumsfeld, que nos empujaron a una guerra basándose en información defectuosa y que seguían negándose a afrontar plenamente las consecuencias. El hecho de que más de la mitad de mis colegas demócratas hubiesen dado su aprobación a este fiasco me generaba una inquietud de naturaleza completamente distinta. Me planteaba qué sería de mí cuanto más tiempo pasase en Washington, cuanto más integrado y cómodo me encontrase. De pronto entendí cómo podía suceder: el gradualismo y los buenos modales, el continuo posicionamiento de cara a las siguientes elecciones y el pensamiento de rebaño propio de las tertulias televisivas se conjuraban para ir socavando tus mejores intenciones y erosionando tu independencia hasta que las creencias que alguna vez tuviste se perdían para siempre.
Si había estado a punto de sentirme satisfecho, de pensar que estaba en el trabajo adecuado, haciendo lo correcto y a un ritmo aceptable, el Katrina y mi visita a Irak me detuvieron en seco. El cambio tenía que llegar más rápido. Y yo iba a tener que decidir cuál iba a ser mi papel a la hora de hacerlo realidad.