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Introducción

Nueva York, 14 de diciembre de 2014

 

Eran las diez de la mañana del 14 de diciembre. Un pie descalzo pisó el asfalto de Nueva York y una sombra femenina se dibujó frente a él. El otro pie se posó con cuidado, tocando el suelo con sus finos dedos llenos de suciedad. Estaba desnuda, con la piel pálida, las piernas y los pies renegridos y su largo cabello castaño bailando al son de los vehículos. Su cintura se contoneaba suavemente de lado a lado con cada paso que daba; pisaba despacio, como si no quisiera hacer ruido. La chica cruzaba la carretera mientras los vehículos la rozaban, haciendo vibrar su corazón. Se detuvo un segundo en mitad del carril central y observó cómo un autobús pegó un volantazo y la esquivó en el último momento.

Sonrió.

Una mujer que caminaba por la acera con su hijo pequeño le tapó los ojos. Los pitidos de los vehículos que se daban de bruces con ella comenzaron a ser ensordecedores y cada vez había más curiosos que miraban la escena con la boca abierta. Un motorista se tiró a un lado de la carretera para no atropellarla, deslizándose por la calzada y estampando su moto contra un coche que estaba aparcado.

Los coches avanzaban por la avenida como fulminantes apisonadoras, aunque ninguno la rozó. En ese momento el tráfico en la ciudad era rápido, pero llegó al otro lado y, al poner un pie sobre la acera, se le erizó la piel de todo el cuerpo al ver que varios agentes del FBI ya habían salido para taparla y arrestarla. Algunos incluso la apuntaban con la pistola, pensando que quizá fuese armada, pero la chica les sonrió y negó con la cabeza.

—No seréis capaces —dijo.

Uno se abalanzó sobre ella con una camisa verde para cubrir su cuerpo desnudo, pero la chica alzó el brazo derecho mostrando unos papeles en la mano.

—¡Alto! —gritó uno de ellos.

Ella lo miró a los ojos y le sonrió. Un instante después, abrió la mano y los papeles amarillentos comenzaron a planear hacia el suelo, unos más rápido, otros más lento, frenándose con el aire y bailando por el camino, pero todos con la intención de cambiar la historia.

Capítulo 1
Bowring

Nueva York, 14 de diciembre de 2014

 

—¿Y dices que se ha presentado aquí desnuda? —dijo el inspector Bowring con cara incrédula y sonrisa jocosa mientras avanzaba por el pasillo.

—Así es —respondió su ayudante.

—¿Y la habéis detenido?

—Alteración del orden público, señor. Poca cosa, pero también tiene signos de agresión. Presenta arañazos en los brazos y en la espalda.

—Una perturbada exhibicionista. ¿Para esto me llamáis? Sabéis que los viernes por la tarde me despido para no volver.

—Hay algo más, señor —dijo su ayudante arqueando las cejas con aire preocupado.

—¿El qué?

—Es mejor que lo vea usted mismo.

Al inspector Bowring Bowring no le gustaban las sorpresas. Odiaba la manera en que siempre lo transportaban a un lugar inesperado, o lo metían en problemas. Lo que él buscaba era el aburrimiento, lo perseguía de manera premeditada, pero este tenía la costumbre de huirle cada vez que trataba de alcanzarlo. Ese día, sin ir más lejos, pensaba pasarse la tarde en casa revisando y observando una lámina de sellos sin valor que acababa de caer en sus manos. La había colocado con entusiasmo, el día anterior, sobre la mesa de su estudio, junto a su prominente lupa estática, sus gafas lupa, su lupa cuentahílos, el flexo lupa, y todos los demás cachivaches a los que se les pudiese adjuntar una lupa. Una lámina completa, de una tirada numerosa, de un sello ampliamente utilizado en la última década. «No hay nada mejor para perder el tiempo», se decía. Ahora que su ayudante lo miraba con ojos de preocupación, intuía que su plan perfecto para matar el tiempo estaba a punto de esfumarse.

Bowring caminó junto a él, algo tenso. Le exasperaba el secretismo, pero la solemnidad de una pregunta sin respuesta siempre le dejaba un buen sabor de boca.

—¿En qué sala está?

—La 3E. La del final de las cloacas.

—¿A esa sala no habían llevado los archivos de desapariciones?

—Cierto, jefe.

—¿Y cómo la interrogáis ahí?

—Hemos sacado algunas estanterías para que cupiese una mesa y un par de sillas, y ya sirve como sala de interrogatorios. No nos ha dado tiempo a quitar mucho, aún quedan estanterías con algunos archivos, pero hay suficiente espacio.

—¿Y por qué diablos habéis hecho eso?

—Lo ha pedido ella.

—¿Quién?

—La exhibicionista, jefe.

—A ver si lo he entendido bien. ¿Me estás diciendo que habéis movido los archivos policiales para reutilizar una sala de interrogatorios que llevaba casi veinte años sin usarse, a la que casualmente hace una semana le dimos otra utilidad, porque una loca exhibicionista os lo ha pedido?

—No lo entiende, señor —dijo nervioso y algo preocupado—. Cree que sabe lo que va a pasar.

—¿Qué?

—El futuro. Ella dice que cree saber lo que va a ocurrir. Nos ha contado que es importante para todos nosotros que sea en esa sala.

Bowring permaneció en silencio. Siempre había despotricado sobre el deterioro que había sufrido el entrenamiento del FBI, permitiendo que jóvenes como Leonard, patosos, ingenuos y manipulables, llegasen a formar parte del cuerpo. Leonard caminó junto a él, lanzándole miradas de reojo al tiempo que tragaba saliva.

Al llegar a la sala 3E, Bowring se asomó por el ventanuco de la puerta. El interior era un completo desastre. Había estanterías llenas de expedientes antiguos, varias mesas con papeles por todas partes, sillas rojas apiladas en un rincón. Cualquiera hubiera deducido en un instante que aquella no era una sala para mantener detenido a ningún sospechoso. Había cajas apiladas por el suelo de cuyo interior sobresalían papeles y bolsas transparentes numeradas que guardaban pruebas de algunos casos. Pero lo que más llamó la atención de Bowring no fue el evidente desorden de la sala, sino la absoluta tranquilidad con la que una joven morena lo esperaba sentada mirándolo a los ojos. Tenía veintipocos años, y una larga melena castaña que le caía enmarañada sobre una camisa verde a la que le sobraba tela y dignidad por todas partes. Frente a ella había otra silla, vacía, y Bowring vio cómo su tarde revisando curiosidades filatélicas se desvanecía definitivamente. El inspector se volvió con mirada de incredulidad.

—¿Qué diablos le habéis puesto?

—Lo primero que hemos encontrado, jefe. Una camisa del agente Ramírez. Ya sabe, con la talla que tiene pensamos que la taparía entera. —Leonard sonrió.

—Consigue ropa de mujer. Un vestido, o una camiseta y unos jeans, pero no me jodáis vistiéndola así.

—Ahora mismo, inspector —dijo preocupado—. Pero tome esto, lo va a necesitar.

Leonard se sacó un taco de papelitos del pantalón. A primera vista parecían tarjetas de visita a las que el tiempo, sobre todo el mal tiempo, hubiese deteriorado hasta el punto de comerse los bordes y corroer la tinta que se apelotonaba en el centro.

—¿Qué es esto? —preguntó el inspector.

—Por lo visto las ha escrito ella. Cada una tiene el nombre de una persona y una fecha. Ya estamos comprobando quiénes son, pero no hemos sacado nada en claro.

—¿Y no os ha dicho qué significan? Tal vez sean citas con sus amantes.

—No se lo va a creer, jefe —dijo Leonard, inseguro.

—¿El qué?

—Ella dice que van a morir.

—¿Qué?

—Por eso le hemos llamado. Es todo muy extraño.

El inspector ojeó la primera de las notas: «Susan Atkins, diciembre de 2014».

—¿Susan Atkins? ¿De qué me suena?

—Ese nombre ya lo hemos comprobado. Tenemos más de mil cuatrocientas coincidencias, y estamos cerrando el cerco. Solo en Manhattan hay más de ochenta Susan Atkins.

—Me suena muchísimo ese nombre. ¿No está relacionado con ningún caso de los últimos años?

—Si quiere lo compruebo, jefe. Yo me encargo.

—De acuerdo. Infórmame de todo en cuanto descubras algo. ¿Qué sabemos de los demás nombres?

—Más de lo mismo. Demasiado comunes como para identificar a nadie.

—¿Y la fecha? —incidió—. Diciembre de 2014.

—Bueno, estamos en diciembre de 2014.

—Ya sé que estamos en diciembre. —El inspector se mordió la lengua para no llamarle idiota—. Quiero decir que si sabéis qué significa.

—Ni idea.

—Está bien. Lárgate y consigue algo de ropa para que se cambie. Seremos el hazmerreír si la prensa se entera de cómo la habéis disfrazado.

—Ahora mismo, jefe.

Leonard se alejó apretando el paso. Por su parte, el inspector Bowring Bowring, cuyo nombre y apellido coincidente había sido objeto de burlas constantes cuando se incorporó al cuerpo, se quedó pensando en el contenido de las notas. Un nombre común en un papel amarillento del tamaño de una tarjeta de visita. «¿De qué me suena todo esto?», se dijo.

Se adentró en la oscuridad de un habitáculo contiguo que permitía observar los interrogatorios a través de una ventana con un falso espejo, cerró la puerta tras de sí con la meticulosidad con la que estudiaba los sellos y apartó, con la misma delicadeza, varios papeles que se encontraban esparcidos sobre una mesa de metal con restos de café y ceniza. Levantó la mirada hacia la detenida, con la intención de observar sus movimientos y su comportamiento antes de proceder con la rutina, y en ese instante la joven lo miró a los ojos.

Bowring se sorprendió por la impresión que le causó esa mirada casual con ella, puesto que el espejo que los separaba hacía imposible que la chica pudiera verlo. Pero la casualidad comparte el defecto de la ambigüedad con el destino, y la sensación que le invadió al encontrarse con aquella mirada lo bloqueó mientras esos ojos de color miel permanecieron clavados en las profundidades de sí mismo. «Tranquilízate, Bowring», se dijo. «Ya estás mayor para estas tonterías».

La joven bajó la vista tras unos segundos y se apartó la melena castaña con la suavidad que otorgan unas manos sucias, dejando al descubierto unos pómulos blancos redondeados, un lienzo perfecto para las tres pecas que simulaban una difusa constelación en la mejilla izquierda y que remarcaban, con absoluta claridad, la oscuridad de unas ojeras grisáceas.

A Bowring le llamó la atención la parsimonia con la que la detenida movía las manos por la mesa y cómo aquellos ojos miel se deslizaban por el mobiliario, la ventana y el espejo que tenía frente a sí, como si ya hubiese estado antes en la sala. «Una loca», pensó. «Espero que sea rápido». Decidido, agarró la nota y respiró hondo, un gesto que siempre lo había ayudado a soportar la tensión de los interrogatorios. Por más insignificante que fuese, era lo que más odiaba, puesto que las mentiras se construían con la misma facilidad que las verdades, y cada palabra debía medirse, cada acusación soportarse y cada gesto analizarse sobre pilares de hipótesis infundadas. Salió del habitáculo y se detuvo en la puerta de la sala de interrogatorios. Palpó con la yema del pulgar el canto irregular de las notas y, con la mano derecha, agarró el pomo con el protocolo de quien espera llegar a casa para la merienda.

Sin dudarlo un segundo más, abrió.

Capítulo 2
Jacob

Nueva York, 14 de diciembre de 2014

 

Me incorporo en la cama, casi temblando, y me maldigo a mí mismo por esa pesadilla interminable. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar? Ya ha transcurrido casi un año. Aún es de noche y la luz del baño está encendida, proyectándose en un firme hilo que se escapa desde la puerta hasta la cama. Se oye el movimiento delicado del agua correr bajo la ducha y una armoniosa entonación femenina tararea algo de las Andrew Sisters . De vez en cuando la sustituye la letra de la canción que bailamos anoche frente a la chimenea. Una copa de vino, un contoneo delicioso y unas caricias furtivas; la vida como nunca me la imaginé.

Me levanto y empujo levemente la puerta del baño. Al abrirse, siento mis iris contraerse con esfuerzo, y, tras unos instantes de adaptación a través de una neblina espesa de claridad, ahí está ella. La visión traslúcida de su cuerpo desnudo detrás de la mampara cubierta de vaho me deja fascinado. Se contonea mientras tararea, derritiendo mi alma con cada suave y perfecto golpecito de cadera. Dios, cuánto la quiero.

La dejo cantar y disfrutar de su ducha matinal y camino descalzo por el salón para apagar los restos de la noche: muevo las ascuas que permanecen calientes en la chimenea, levanto la aguja del tocadiscos que sigue girando sobre el final de un elepé, recojo las dos copas de vino a medio terminar. Hay una blusa y unos vaqueros en el sofá, un sujetador sobre el teléfono, mi camiseta en el suelo y mi felicidad aún flotando en el aire.

Me detengo frente al teléfono, que muestra que dos mensajes parpadeantes se colaron anoche mientras Amanda y yo nos perdíamos el uno en el otro. Sin pensarlo mucho, pulso para escuchar el primero y, tras unos segundos en los que el aparato se lo piensa, inicia su locución: «Hola, señor Frost. Soy Anne Spencer, le llamamos del Herald Tribune . Nos encantaría que pudiésemos charlar de lo que vivió...».

Antes de continuar perdiendo el tiempo —cada día son más de diez periodistas los que intentan darnos caza— pulso el botón de borrado, como quien aplasta un mosquito, y automáticamente salta el segundo mensaje. Al principio no se oye nada, pero entonces presto atención y escucho una leve respiración emanando desde el altavoz. Una respiración agitada, en la que cada jadeo se alterna con el silencio más absoluto, empujándome más y más, con cada vacío, hacia mis temores. Por mi cabeza cruza la idea de que se trata de un fan obsesivo que ha conseguido nuestro número, pero una sensación de pánico me invade cuando la respiración se interrumpe y escucho esa dulce voz femenina: «Pronto va a terminar, Jacob». Tras esas cinco palabras la llamada se corta, y un mecánico «no tiene más mensajes» surge de la nada.

«No puede ser», me digo, y abro los ojos con miedo. «¿Amanda? ¿Es la voz de Amanda? ¿Acaso me he vuelto loco?». Se parece tanto a su voz que me invade una mezcla de amor y miedo. El corazón se me acelera de tal manera que me empieza a temblar el pulso, y no puedo hacer otra cosa que cerrar el puño para controlarlo. ¿Qué va a terminar? ¿A qué se refiere? ¿Quién es? La última vez que oí esa voz fue en aquella mansión, y ni siquiera ahora sé si fue real o fue mi propio yo en busca de una excusa para llamar a Steven y precipitarlo todo. En aquel momento lloré por la cercanía de la muerte, y en este instante, lejos de perderme entre lágrimas, me invade un odio fulminante hacia mí mismo. «Claudia Jenkins. No la olvides nunca, tu víctima inocente. Nadie te dice nunca cuánto pesa un cadáver», leí eso en alguna parte.

Compruebo de nuevo el contestador y reviso la lista de llamadas perdidas. Número oculto. Paso por las llamadas de los últimos días y todas tienen sus malditos números salvo esta. No puede ser casualidad.

—Buenos días —me sorprende Amanda desde el arco de la puerta.

Es impresionante lo que me hace sentir su sola presencia. Su solemnidad perfecta inunda el salón de lavandas, y su sonrisa pícara y endeble me convierte, de un plumazo, en un mero observador de mi propia fascinación. No pienso preocuparla. Ni hablar. Ya pasó lo suyo siendo durante tanto tiempo quien no era.

—¿A qué hora te has levantado? —pregunto mientras me escruta de arriba abajo, al tiempo que me alejo del contestador y me acerco a su cintura.

—A las seis. Estaba nerviosa, así que decidí darme una larga ducha caliente.

Tiene el pelo mojado y sus pómulos resaltan sus tres perfectas pecas de Orión. Se ha puesto unos jeans y el sujetador, pero camina descalza por la moqueta. La sola idea de que pueda ocurrirle algo me perturba. He pasado tantos años buscándola que no soportaría el más mínimo rasguño en uno de sus finos cabellos. La aprieto contra mí con un abrazo y me pierdo durante unos instantes en la humedad perfumada de su cuello.

—Sabes que te quiero, ¿verdad? —digo con una sonrisa.

—Y yo a ti, tonto —me responde mientras me mira a los ojos a escasos diez centímetros—. ¿Qué te ocurre? Nunca me habías preguntado eso. Simplemente me lo decías.

—¿A mí? Nada. —Miento—. Es que no quiero que lo olvides.

—Eso nunca ocurrirá, idiota.

—Hoy es el día. ¿Estás preparada? Estoy seguro de que tu padre tiene las mismas ganas de verte que tú a él.

—La verdad es que lo estoy deseando. Han sido muchos años sin él, y fue tanto lo que hizo por mí, que quiero recuperar el tiempo perdido. Ahora que permitirán las visitas, quiero ir a verlo todos los días, escuchar sus historias, agarrarlo de la mano cada segundo.

—Sus historias no serán bonitas, Amanda.

—Sus historias serán su amor por mí. No podrán ser mejores.

No respondo. Lo que hizo Steven fue destrozar la vida de cientos de familias durante años. Es imposible distinguir la bondad de sus motivos entre tanta maldad. El disfraz que te pones se acaba ensuciando, pegándose a la piel, y con el paso del tiempo te das cuenta de que se ha incrustado en tu cuerpo y de que eres así. ¿Acaso es bueno lo que yo hice en aquella casa?

—¿Y a tu madre? ¿Cuándo volverás a verla? —incido.

—No lo sé. No sé si estoy preparada para intentarlo de nuevo.

—No te infravalores. Tu madre acabará reconociéndote. Es una mujer impresionante.

Asiente, pero me doy cuenta de que he tocado un tema difícil.

—Creo que odiaré el momento en que te reincorpores al FBI —digo, desviando el asunto hacia algo que sé que la motiva—. No soportaré no pasar todo este tiempo contigo.

—Sabes que tengo que volver..., mi excedencia finaliza dentro de poco.

—¿Ya ha pasado un año? —pregunto, como si no me hubiese dado cuenta. En realidad, no he parado de mirar el calendario, deseando que las hojas dejasen de caer—. Podríamos cambiar de vida. Alejarnos para siempre de ese mundo.

—Ahora también es mi mundo. Es más, durante muchos años ha sido mi único mundo. Necesito sentir que no he perdido tanto tiempo de mi vida. Además, me gusta.

Le sonrío. Me encanta ver que tiene esa pasión por algo. Se le da bien.

—Esta noche, después de ir a ver a tu padre, podríamos celebrar tu vuelta al cuerpo.

—Pronto también habrá pasado un año de la muerte de Laura. No quiero celebrar nada estando tan cerca el aniversario de todo lo que ocurrió. Esas notas apareciendo y sentenciando a muerte a mujeres por culpa de los sueños de una loca, la implicación del doctor Jenkins. Menos mal que ya no está Laura. No sabes cuánto me alegro de que todo aquello terminase. Los asteriscos, los Siete... No quiero saber nada de eso. Por culpa de ellos está mi padre en la cárcel y mi madre se encuentra así. Solo quiero que pase el tiempo y, si tenemos que celebrar algo, que sea en la cama. Hay muchos años que recuperar.

—No se me ocurre mejor plan —le susurro y le doy un beso. Me abraza y, cuando me va a devolver el susurro al oído, me agarra con fuerza el antebrazo, apretándomelo con sus dedos de felina.

—¡¿Qué es eso?! —dice, levantando la vista por encima de mi hombro.

Me giro y sin saber por qué me da miedo lo que pueda haber a mis espaldas, y, como si hubiese aparecido de la nada o hubiera estado ajeno a mi vista, escondido entre los restos de nuestra noche, emergen mis miedos más profundos: una espiral negra ocupa una de las paredes del salón, con el fulminante objetivo de dinamitar mi mundo.

Capítulo 3
Carla

Lugar desconocido, nueve años antes

 

Carla caminaba descalza por un largo corredor iluminado con la luz tenue de las velas dispuestas cada pocos metros. Vestía una túnica negra, y su melena morena bailaba por debajo de sus hombros con cada paso y esquina girada. La luz parpadeante de los candeleros la alumbraba cuando pasaba junto a uno de ellos y dejaba ver, durante momentos fútiles, su fino rostro de dieciséis años.

Hacía mucho que vivía entre aquellas paredes y se había acostumbrado al olor a humedad, al aire tranquilo del monasterio, a la soledad mortuoria de los muros de piedra. Convivía con el silencio y era capaz de fluir por él sin perturbarlo, con una suavidad inquebrantable, controlando su respiración con una maestría embriagadora y relajando su corazón hasta el punto de casi detenerlo.

Pero esta vez su corazón le latía a mil por hora. Lo sentía en su pecho palpitando con fuerza y, con cada redoble, su respiración se entrecortaba. Caminaba con celeridad, pero se esforzaba en mantener un ritmo del que nadie pudiese sospechar.

En el monasterio los rincones tenían ojos, las paredes olfateaban y el suelo era capaz de sentir una respiración más agitada de lo normal. Al menos, eso era lo que se rumoreaba en la comunidad. No se sabía a ciencia cierta si era verdad, pero todos los internos del monasterio tenían la sensación de que así era. Pocas cosas se cuestionaban entre aquellos gruesos muros de piedra, todo se llevaba a cabo con la más ferviente dedicación, y si alguien dudaba siquiera sobre la coherencia de alguna de las órdenes, sobre la adecuación de las tareas de cada uno, simplemente era invitado a abandonar el monasterio y a perderse de nuevo en la civilización. Pocos se habían atrevido a desafiar las normas, pero de los que lo habían hecho no existía prueba alguna de que siguiesen vivos. Se comentaba entre las oscuras salas que los ejecutaban en las sombras, que perpetraban sobre ellos horrendos actos de ofrenda y que, efectivamente, acababan volviendo a la civilización, pero dentro de sacos de abono.

Minutos antes Carla había estado en la biblioteca, una sala oscura con miles de libros que descansaban en unas viejas y solemnes estanterías de nogal. Llevaba meses sin visitarla, pues, aunque las historias que le contaban sobre ella, sobre el poder de los libros para moldear la mente, siempre le habían parecido enigmáticas, apenas tenía tiempo para sí.

La primera vez que anduvo por entre sus estantes tenía doce años, llevaba cinco viviendo en el monasterio, y la altura de sus techos, el crujir de la madera, el polvo levitante y las sombras que por ella se movían habían convertido la experiencia en algo perturbador. Desde aquella primera visita evitaba deambular por aquella zona, e incluso llegó a dar laberínticos rodeos para no pasar por su puerta. Se encomendaba a otras tareas y trataba de apartar los miedos de su cabeza con trabajos para la comunidad: intentaba ayudar en la colada, participar en el cambio de velas de los candeleros, en la recogida de verdura en el huerto común.

La segunda vez fue un par de años después, en uno de sus paseos eternos por el monasterio, buscando puertas que abrir y pasados que cerrar. Tenía un recuerdo doloroso que se había apoderado de su pecho con fuerza. Cada día que pasaba, ese recuerdo crecía en ella, y con él, la sensación de que la opresión del monasterio la iba a asfixiar.

Necesitaba coger aire, tomar impulso dentro de ella misma para soportar más años. Había oído historias de libros que eran capaces de introducirte en la mente de otras personas, de llevarte por mundos nuevos, de hacerte vibrar con una perfecta sucesión de palabras bien elegidas. Era justo lo que ella necesitaba; una ventana a un mundo nuevo que la alejase de aquellos muros, que rompiese sus cadenas y le hiciese volar y disfrutar por una vez en aquel lugar.

Pero cuando se sumergió por segunda vez en la búsqueda de aventuras entre las polvorientas estanterías, descubrió que ese tipo de libros no existían en la biblioteca. Caminó maravillada y asustada, inspeccionando títulos y mirando tomos, olfateando el aroma a viejo que impregnaba el ambiente, esquivando las miradas de sorpresa de los numerarios encomendados a su mantenimiento. Allí solo se guardaban ejemplares enciclopédicos desactualizados, escrituras en latín que pocos comprendían y libros en lenguas muertas que era mejor no revivir. Pronto se acostumbró a aquella penumbra y a sus pasillos, y con el tiempo llegó a perder el miedo a la estancia. Cuando se sentía sola, perdida y aprisionada entre las paredes del monasterio, le gustaba sentir que tras el olor de aquellas rústicas portadas de cuero, de aquella letra ininteligible, había historias perfectas que ella soñaba con descifrar.

Minutos antes, sin embargo, se había perdido por una zona de la biblioteca en la que nunca había estado. Caminaba buscando algún título llamativo, algún libro que le saltara a la vista entre los miles de ejemplares manidos que allí se guardaban. Sus ojos miel daban saltos entre los lomos, leyendo palabras salpicadas de cada ejemplar. Jugaba a leer los nombres de pila de unos autores y los mezclaba con los apellidos de otros, los apellidos de unos con el primer sustantivo del título siguiente, creando combinaciones imposibles y divertidas que le hacían soltar alguna risa esporádica, marcando unos hoyuelos familiares junto a sus gruesos labios. De un «Vincenzo» saltaba a un «Quete», de «Collectio» a «De Ranas». Deambulaba sumergida en su propio juego cuando, en una de las esquinas de la sala, algo llamó su atención junto a uno de los estantes al final del pasillo: una especie de arañazo en el suelo de varios centímetros. «¿Qué es esto?», pensó.

Lo acarició con la yema de los dedos. Era un roce causado por la estantería, como si la hubiesen arrastrado y hubiese dejado un surco junto a la esquina, pero sabía que eso era imposible. Tenía dos rayas más que salían de uno de sus extremos, y que simulaban una imperfecta flecha apuntando hacia la estantería. Sin duda era reciente, puesto que había algunos guijarros y arenisca de la losa esparcida junto a la marca. La altura de la estantería y el tamaño de los tomos que soportaba la convertían en un peso muerto fijo en el suelo. Si había algo casi tan pesado como los muros de piedra del monasterio eran aquellos estantes, que no solo soportaban los cientos de kilos de papel y cuero, sino que cargaban con todo el peso de la historia difuminada entre sus letras. Según ella, era imposible que esa marca fuese producto de la casualidad, puesto que, aunque mal pintada, sin duda era una flecha que señalaba su destino.

Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie la observaba. Sabía que sus movimientos, más que los de cualquier otro, eran inspeccionados con lupa; los ojos de todos los miembros del monasterio se posaban sobre ella en cada ritual, y en los pasillos las voces se convertían en susurros cuando ella pasaba. No había nadie en ese momento, así que se agachó con decisión para hurgar entre los estantes más cercanos a la marca. Si esa señal era intencionada, debía de haber algo escondido allí abajo. No sabía qué buscaba, pero indagó con más ímpetu del que ella misma esperaba. Se aferró a la idea de una aventura y la desarrolló en su mente con ilusión. Según ella, podría haber un mensaje secreto escondido entre las páginas de algún volumen, un código oculto para descifrar algún trozo de historia, un mapa de un tesoro perdido en las catacumbas. Pero cuando comprobó todos los libros descubrió que no había nada.

La estantería estaba llena de ejemplares sobre procesos químicos, tomos antiguos de botánica y ensayos prehistóricos sobre la mente, pero nada que rellenase el vacío que ella comenzó a sentir con cada libro sin emoción. Cuando casi había perdido el entusiasmo de haber descubierto algo inimaginable, algún resquicio de aventura entre las paredes de un mundo opresor, y comenzaba a colocar de nuevo los libros en su sitio, un papelito se deslizó y planeó suavemente hasta posarse sobre su pie.

Capítulo 4
Bowring

Nueva York, 14 de diciembre de 2014

 

Al entrar, el inspector Bowring se dirigió con la tez seria hacia la mesa sin cruzar la vista con la joven, que no dejaba de observarlo asombrada.

—Hola, señorita...

—Inspector Bowring Bowring, encantada de conocerlo —le interrumpió la joven.

Al inspector le pareció que tenía la voz más dulce que había oído en toda su vida. Su tono era tan melódico, la entonación tan armoniosa, y con un timbre tan perfecto que pensó que era imposible que aquella joven fuese ningún peligro. Le invadió una extraña sensación de cercanía, pero sabía que cuando los problemas estallaban siempre era mejor estar lejos de ellos.

—¿Sabe quién soy? —se atrevió a preguntar, aturdido.

—Digamos que... puede que sí —respondió la joven con delicadeza.

Bowring suspiró e intuyó que el interrogatorio se iba a convertir en una conversación en círculos, y que acabarían justo donde habían empezado. Según él, que ya había tomado declaración a algunos dementes en el pasado, todo se reducía a mandarlos a casa con una cita para el psicólogo. «Sé ágil y lárgate pronto a casa», pensó.

—¿Cómo se llama?

—¿Acaso importa? Supongo que sus ayudantes ya le habrán contado por qué estoy aquí.

—Por supuesto. Por caminar desnuda por la calle. No niego que habrá gente a la que le haya gustado la escena, pero el efecto que causan este tipo de acciones en los padres y madres de este país es algo que nos da problemas. Eso es algo que no se puede hacer. Además, imagínese que a todo el mundo le diese por salir desnudo a la calle. Tendríamos bastantes casos de muerte por hipotermia en estos meses. Así que prométame que no repetirá su acto exhibicionista, que procurará comprarse ropa de invierno y taparse bien, y se irá a casa con una sanción de un par de cientos y una citación para el juzgado. Poca cosa.

—No lo entiende, ¿verdad?

—Verá, hoy no es el día para venir a tocarle las narices al FBI. Es viernes, y los viernes...

—... me gusta pasar la tarde en casa —dijo ella, en una dulce y perfecta sincronización con las palabras de Bowring.

Al inspector le dio un vuelco el corazón por cómo había encajado en su voz la armoniosa pronunciación de ella, sintiendo cada vez más lejos la lámina de sellos y, más palpable que nunca, la certeza de que algo extraño ocurría.

—Está bien. ¿Qué clase de broma es esta? ¿Te han traído aquí para tomarme el pelo? ¿Quién eres? —replicó al tiempo que se le formaba un suave nudo en la garganta.

—El tiempo va pasando, inspector Bowring, y usted se centra en la minucia más inservible: un nombre. En ese papel tiene otro. ¿Y qué ha hecho con él? Nada. Y no hará nada. No hará nada para salvarla. Es más, ya es tarde. Para lo único que le sirve ese nombre es para cotejarlo con la identidad del cadáver.

—¿Esta persona ha muerto? ¿A eso te refieres? ¿Eres una demente que apunta nombres de lápidas en tarjetas? Hay de todo en este mundo.

—Ni mucho menos.

—¿Entonces?

—Esa persona morirá, inspector Bowring.

La fuerza de la muerte siempre se apodera de una conversación, y esas palabras treparon por su cabeza agarrándose con fuerza a sus mayores temores, hasta el punto de multiplicarse y bajar de nuevo a su pecho para consolidar, sin dudas, una quemazón interna que lo golpeó con virulencia.

—Vale, esto no tiene gracia —respondió Bowring con la voz entrecortada—. ¿Acaso eres una terrorista? Porque te aseguro que en este país eso no se toma a broma.

Bowring sabía que no lo era. A pesar de la omnipresente amenaza terrorista en Estados Unidos, él había aprendido a diseccionar a las personas con solo echarles un vistazo. Si de algo estaba seguro era de que ella no suponía ninguna amenaza, pero aquella pregunta se disparó por sí sola de su boca.

—¡Dios santo, no soy una maldita terrorista!

—Entonces ¿quién eres?

La joven no respondió. Levantó la comisura derecha del labio, simulando una ligera sonrisa pícara, y observó cómo él se enervaba.

—Ya está bien de gilipolleces. Te llevaremos al centro psiquiátrico en cuanto te traigan algo de ropa decente.

—Odio los vestidos de flores, inspector Bowring, especialmente en diciembre, ya sabe, por el frío del invierno.

—¿Qué quieres decir?

En ese instante, la puerta de la sala de interrogatorios se abrió y unos dedos masculinos asomaron por el canto de la puerta. Los siguieron una mano, una manga de camisa celeste, un hombro, una oreja y, finalmente, la cabeza de Leonard, que sonreía con más miedo que con la ilusión del deber cumplido.

—¿Inspector? —dijo Leonard arqueando sus cejas rubias—. ¿Puedo pasar, jefe?

—¿Tienes eso?

—Al final encontré algo presentable.

Leonard entró y dejó ver que en la otra mano portaba una bolsa de papel kraft.

—Espero que le quede bien —susurró mientras se acercaba a su lado y depositaba la bolsa junto a sus pies—. Aquí está el tique, jefe, por si no le gusta.

Bowring resopló, aguantándose las ganas de sacudirle delante de la joven, y, cortésmente, sonrió al tiempo que le hizo un gesto con el dedo para que no pronunciase ni una palabra más. Leonard salió de la sala con rapidez. El inspector, por su parte, al observar el tique se sorprendió cuando vio el importe: 77 dólares con 77 centavos. «Curioso», pensó.

—¿Le sorprende algo, inspector? —inquirió la joven.

—No es nada. Una casualidad que me ha llamado la atención.

—La casualidad no es más que el destino disfrazado de inocencia.

—Te daré mi opinión: el destino es un invento para vender libros románticos.

—¿Y qué me dice de los que ven el destino?

—Eso no es más que una patraña de charlatanes y pitonisas. El tarot, la lectura de manos, la interpretación de los sueños. Todas esas argucias se basan en la venta de palabras.

—¿Y si con ello hubiese podido encontrar a Katelyn Goldman?

El inspector abrió los ojos al sentir cómo, con aquellas palabras, el aire de sus pulmones se transformaba en desolación, y, con la nitidez digna de un hecho presente, revivió en su interior el caso fallido que le perseguía desde hacía siete años: la desaparición de Katelyn Goldman. Ocurrió un 2 de mayo, cuando Katelyn tenía diecinueve años. Bowring acababa de ser ascendido a agente especial sénior de la comisaría de Nueva York, que allí se resumía como «inspector», cuando este caso reverberó en los medios de comunicación. La presión y las constantes declaraciones vagas de testigos creados por la maquinaria imparable de la televisión hicieron que tomase decisiones precipitadas: organizó batidas en parques de la ciudad, llegando incluso a cerrar Central Park de sol a sol durante una semana para seguir un testimonio inventado por un buscafama. Promovió interrogatorios inquisitivos a los vecinos de toda una manzana al sur de la ciudad, donde vivía Katelyn, y que terminaron en montañas inservibles de informes policiales sobre que había sido un día soleado, sobre la sonrisa risueña que tenía Katelyn, sobre las infidelidades y los secretos ocultos de medio vecindario. Pero con respecto al caso, nadie había visto nada. Ninguna cámara había registrado nada sospechoso durante las dos semanas previas a su desaparición. Un día se ausentó de casa y nunca volvió. Durante casi seis meses Bowring permaneció ajeno a todo, enfrascado en la búsqueda, ensimismado en las pistas volátiles que creía tener. Una lucha desesperada, sin frutos y asfixiante, que finalizó con la frase más dolorosa que tuvo que decirle a la madre de Katelyn Goldman. «Señora Goldman, hemos suspendido la búsqueda», pronunció entonces con voz áspera frente a la puerta de su vivienda.

Aquel caso se quedó grabado en la mente de Bowring. Había sido su primer gran fracaso, y la prensa no tardó en dilapidar la escasa competencia del nuevo inspector del FBI. Los titulares de The New York Times y del Herald Tribune lo tuvieron en el punto de mira durante semanas, hasta que el interés por el caso se diluyó con las primeras lluvias de otoño. Los grandes reportajes a doble página cargados de fotografías y testimonios menguaban día tras día, y quedaron reducidos a unas escasas líneas en una esquina de la sección de noticias locales. Un día cualquiera la noticia dejó de serlo y las escasas líneas diarias desaparecieron para siempre, al igual que lo había hecho Katelyn.

Pero nunca desapareció de la mente de Bowring. El caso de Katelyn llegó a convertirse en una gran espina clavada en lo más profundo de su alma, puesto que la historia de la chica era simétrica con la suya. Cuanto más descubría de ella, más similitudes encontraba con su propia vida, como si estuviese escuchando su pasado a través de los relatos de aquellos que la conocían.

Katelyn se había criado al sur de Boston; Bowring lo había hecho al norte. Katelyn había crecido huyendo junto a su madre de los constantes golpes de su padre; Bowring había crecido luchando cada noche junto a su madre con el demonio en el que se convertía el suyo tras emborracharse en los bares de la zona. La madre de Katelyn, una luchadora innata que la había criado con el coraje propio del amor maternal, comenzó a dedicar más horas de las que tenía el día a trabajar y a pasar tiempo con una nueva pareja, al igual que hizo la madre de Bowring cuando por fin logró huir de aquella casa de los horrores. Tanto Katelyn como Bowring crecieron sintiendo de cerca el amor de sus madres, y vieron cómo ese amor se desvanecía poco a poco, a razón de doce horas al día de ausencia para poder pagar el alquiler.

Con el tiempo la madre de Katelyn rehízo su vida con Jack Goldman, un eminente y prolífico escritor neoyorkino de novelas de suspense, de casos irresolubles con tramas intrincadas y capítulos en los que todo parecía montado para desmontar a quien los leía. Era un autor desconocido por aquel entonces pero, tras el éxito de su primera novela, se mudaron al centro de la ciudad de las luces para iluminar las sombras del éxito literario. Aupados por la lujuria de las palabras, y regocijados en la solvencia de un buen contrato editorial, la madre de Katelyn por fin recuperó algo de tiempo con su hija. Poco después de aquel contrato editorial concibieron a una segunda hija: una esperanza y una ilusión para ella; una fuente de inspiración para él; una alegría contenida para Katelyn, que al fin pudo ver a su madre feliz después de tantos años. Tanto la madre de Katelyn como ella adoptaron el apellido de Jack, intentando borrar toda conexión con su pasado lleno de golpes, y Katelyn admiró en Jack la manera que tenía de hacer feliz a su madre y acabó queriéndolo cien veces más que a su propio padre. Pronto crearon un saludo entre ellos: tocando frente con frente, en una versión propia de un beso esquimal.

Bowring había vivido la misma sucesión de acontecimientos, pero la historia terminaría de un modo muy distinto para él. El nuevo marido de su madre, aquel que lo rescataría para siempre de las insufribles palizas y que al fin le daría la vida que se merecía, murió en un accidente de tráfico a los dos meses de casarse. También era un escritor en ciernes y estaba a punto de terminar su primera novela, pero el destino hizo que no llegase a poner el punto final en la historia correcta. Sucedió cuando Bowring tenía apenas doce años, y la alegría que sintió por ver feliz a su madre se desvaneció en aquella curva perversa al sur de Boston. Poco después del accidente, la madre de Bowring comenzó a verse de nuevo con su exmarido. Las promesas de haber cambiado adornaban el salón de la casa en forma de flores, entraban en el alma de ella con palabras bonitas y permanecían en la mente de Bowring convertidas en incredulidad. No pasó mucho tiempo antes de que el padre de Bowring volviera a los gritos. Los gritos pronto se convirtieron de nuevo en golpes, y un día, un fatídico 6 de junio, cuando Bowring apenas contaba trece años, en una pelea como tantas otras que había presenciado, su padre arrojó a su madre desde un sexto piso.

—No te atrevas a mencionar a Katelyn —respondió Bowring.

—¿No habría hecho lo que fuese por encontrarla?

Bowring abrió los ojos y percibió, por primera vez desde que se había iniciado la conversación con la joven, que ella sabía más de lo que él nunca hubiese imaginado.

—¡¿Sabes algo sobre su paradero?! —gritó Bowring, perdiendo los papeles al tiempo que golpeaba la mesa exasperado.

Ella no respondió y se dedicó a mirarlo de arriba abajo con sus ojos miel.

—¡Responde! ¡Maldita sea!

—Tic tac, inspector. El tiempo pasa y sigue sin hacer nada.

—¡Ya está bien! —gritó levantándose—. Ponte esto. Pasarás el fin de semana en el calabozo. —Agarró la bolsa que había dejado Leonard, metió la mano y, sin pensarlo, arrojó su contenido encima de la mesa: un perfecto y corto vestido de flores amarillas.

Capítulo 5
Jacob

Nueva York, 14 de diciembre de 2014

 

—La misma espiral que en mi nota, Jacob. ¿Recuerdas?

No respondo. No puedo. En mi interior siempre está presente esa maldita espiral, al igual que estaba el asterisco de Laura, empapando todos mis suspiros, acompañando nuestros desayunos frente al amanecer, ennegreciendo el fondo de nuestra relación como si se tratase de desconfianza. Dentro de la felicidad siempre subyace el miedo a perderla. Un temor como ese no se olvida, se enquista como lo hace el odio, y la única manera de sobrellevarlo es enfrentándose a él en batallas puntuales que nunca terminan por decidir la guerra. Cada bando se repliega de nuevo en las fronteras conquistadas, dando pasos al frente y atrás, en una contienda de territorios infinitos.

—Va a empezar de nuevo, ¿verdad? —me dice Amanda mientras se le saltan las lágrimas—. Han estado aquí mientras dormíamos.

Verla así me hace retorcerme en mi interior.

—¿Recuerdas lo que te prometí frente a tu casa hace dieciocho años? —digo.

—Que siempre me protegerías.

—Y lo haré, Amanda. Lo juro por mi vida.

—Lo sé, Jake.

—Sea quien sea el que lo haya pintado, ya se ha marchado. Si hubiese querido hacernos algo, lo habría hecho mientras dormíamos, ¿no crees?

—¿Y por qué lo hacen? ¿Acaso vienen de nuevo a por mí?

—Tal vez se trate de algún imitador. Un perturbado que ha leído la prensa y nos ha reconocido. Se habrá enterado de que vivimos aquí y ha querido gastarnos una broma pesada.

—¿Tú crees?

—Por supuesto. —Miento.

La llamada y la espiral no pueden significar otra cosa: siguen activos y vienen a por nosotros. Pero ¿qué le voy a decir a mi amada? ¿Que quieren hundir nuestras vidas y dinamitar nuestros sueños? ¿Que alguien puede poner en peligro lo que he anhelado durante toda mi existencia? Jamás. Prefiero que viva en el sueño idílico de la perfección que le prometí antes de que tenga una mínima preocupación. En parte, creo que me voy a traicionar a mí mismo, a mi manera de ser, y al modo en que yo me veía con ella: ofreciéndole un amor incondicional y perfecto, sin fisuras ni mentiras. La idea de buscarlos y acabar con ellos empieza a rondarme en la cabeza como la sombra de un pecado mirándote a los ojos, tentándote con sus lujos y placeres, mientras en tu interior se libra la batalla de los temores. Lo que me sorprende es que la muerte de Laura tendría que haberlos dejado sin un líder, pero tanto la llamada como la espiral de la pared confirman, de manera determinante, mis peores presagios: alguien nuevo está al frente de ese grupo de malnacidos.

—¿Cómo crees que han entrado? —dice Amanda acercándose a comprobar la cerradura de la puerta.

—Ni idea.

Una de las ventanas de nuestro piso está abierta y ondea, con un vaivén algo melodioso, la cortina de gasa blanca que la cubre.

—Vivimos en un sexto —digo al tiempo que me dirijo a cerrarla—, por aquí es imposible. Además, la escalera de incendios pende de un par de tornillos mal puestos. Nadie podría utilizarla sin abrirse la cabeza.

Pierdo de vista a Amanda unos instantes mientras bloqueo la ventana, tal vez confiado por mi propio instinto protector, y, cuando me doy la vuelta, muero por dentro por ser tan idiota.

Un hombre encapuchado la agarra por la espalda, cuchillo en mano, alma negra, ojos fuego. Ella, mi vida, me observa con pánico, levantando el entrecejo, preguntándome con el alma que cómo he podido fallarle tan pronto. Me duele más su mirada de terror que el cuchillo perverso en su cuello, tal vez porque sé que acabaré con el asaltante o, quién sabe, porque intuyo que todo terminará antes de que pueda hacer nada.

—Jacob, por favor —me susurra Amanda con la voz entrecortada.

El hombre me mira a través de los huecos oculares de su máscara, y en ellos percibo el fuego ardiente del odio. El corazón se me para y, con él, el tiempo se congela. Analizo todas las posibilidades: distancia, envergadura, movimientos. ¿Cómo no he comprobado la casa entera al ver la espiral? En mi interior revivo los años que viví solo, oculto del mundo, refugiado en la inmensidad de las grandes capitales para recuperarla, agarrado a la idea de que pudiese estar viva como un clavo ardiente, y ahora me lamento al ver pasar fugaz tanto esfuerzo en un instante.

—Ni se te ocurra tocarla o eres hombre muerto.

Bajo la tela de su pasamontañas percibo una mueca, un casi imperceptible cambio en sus facciones de lana y, no sé por qué, intuyo que el hijo de puta me está sonriendo.

—¿Cómo morir si ya estás muerto? —responde con voz seca y sin un atisbo de preocupación.

—Te aseguro que con mucho dolor.

Me acerco despacio a ellos mientras el captor arrastra a Amanda un paso hacia atrás por cada uno que yo doy hacia delante; uno a la izquierda por cada mío a la derecha; un vals mortal de nefastas consecuencias. En uno de estos pasos, su pie se apoya sobre un zapato de tacón negro de Amanda, tirado al aire la noche anterior durante nuestros juegos y caricias furtivas, y en ese instante de descuido, me abalanzo con rabia hacia él, al tiempo que Amanda da un grito atronador.

—¡No!