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DOOLING, CAPITAL DEL CONDADO DE DOOLING

Truman Mayweather, conocido como Trume, 26, cocinero de meta.

Tiffany Jones, 28, prima de Truman.

Linny Mars, 40, operadora del departamento de Policía.

Lila Norcross, 45, jefa del departamento de Policía.

Jared Norcross, 16, alumno de tercero en el instituto, hijo de Lila y Clint.

Anton Dubcek, 26, dueño y operario de Anton el Chico de la Piscina, S. R. L.

Magda Dubcek, 56, madre de Anton.

Frank Geary, 38, agente del departamento de Control Animal.

Elaine Geary, 35, voluntaria en Goodwill y esposa de Frank.

Nana Geary, 11, alumna de la escuela de secundaria.

Vieja Essie, 60, indigente.

Terry Coombs, 45, del departamento de Policía.

Rita Coombs, 42, esposa de Terry.

Roger Elway, 28, del departamento de Policía.

Jessica Elway, 28, esposa de Roger.

Platinum Elway, 7 meses, hija de Roger y Jessica.

Reed Barrows, 31, del departamento de Policía.

Leanne Barrows, 32, esposa de Reed.

Gary Barrows, 2, hijo de Reed y Leanne.

Vern Rangle, 48, del departamento de Policía.

Elmore Pearl, 38, del departamento de Policía.

Rupe Wittstock, 26, del departamento de Policía.

Will Wittstock, 27, del departamento de Policía.

Dan Treat, conocido como Treater, 27, del departamento de Policía.

Jack Albertson, 61, del departamento de Policía (retirado).

Mick Napolitano, 58, del departamento de Policía (retirado).

Nate McGee, 60, del departamento de Policía (retirado).

Carson Struthers, alias Recio, 32, exboxeador amateur.

J. T. Wittstock, 64, entrenador de los Warriors, equipo de fútbol juvenil del instituto.

Garth Flickinger, 52, cirujano plástico.

Fritz Meshaum, 37, mecánico.

Barry Holden, 47, abogado de oficio.

Oscar Silver, 83, juez.

Mary Pak, 16, alumna de tercero en el instituto.

Eric Blass, 17, alumno de tercero en el instituto.

Curt McLeod, 17, alumno de tercero en el instituto.

Kent Daley, 17, alumno de tercero en el instituto.

Willy Burke, 75, voluntario.

Dorothy Harper, 80, jubilada.

Margaret O’Donnell, 72, hermana de Gail, jubilada.

Gail Collins, 68, hermana de Margaret, secretaria en la consulta de un dentista.

Señora Ransom, 77, panadera.

Molly Ransom, 10, nieta de la señora Ransom.

Johnny Lee Kronsky, 41, investigador privado.

Jaime Howland, 44, profesor de Historia.

Eve Black, aparenta unos treinta años, desconocida.

LA CÁRCEL

Janice Coates, 57, directora del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Lawrence Hicks, conocido como Lore, 50, subdirector del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Rand Quigley, 30, funcionario del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Vanessa Lampley, 42, funcionaria del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling y campeona de la competición de pulsos de Ohio Valley en 2010 y 2011, grupo de edad 35-45.

Millie Olson, 29, funcionaria del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Don Peters, 35, funcionario del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Tig Murphy, 45, funcionario del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Billy Wettermore, 23, funcionario del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Scott Hughes, 19, funcionario del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Blanche McIntyre, 65, secretaria del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Clinton Norcross, conocido como Clint, 48, psiquiatra del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling y esposo de Lila.

Jeanette Sorley, 36, reclusa n.º 4582511-1 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Reese Marie Dempster, conocida como Ree, 24, reclusa n.º 4602597-2 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Kitty McDavid, 29, reclusa n.º 4603241-2 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Angel Fitzroy, 27, reclusa n.º 4601959-3 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Maura Dunbarton, 64, reclusa n.º 4028200-1 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Kayleigh Rawlings, 40, reclusa n.º 4521131-2 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Nell Seeger, 37, reclusa n.º 4609198-1 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Celia Frode, 30, reclusa n.º 4633978-2 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Claudia Stephenson, alias Cuerpo de Dinamita, 38, reclusa n.º 4659873-1 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

OTROS

Lowell Griner, alias Pequeño Low, 35, delincuente.

Maynard Griner, 35, delincuente.

Michaela Morgan, antes apellidada Coates, 26, periodista de ámbito nacional, NewsAmerica.

Compadre Hoja Dorada (Scott David Winstead Jr.), 60, pastor-general, los Dorados.

Un zorro común, entre 4 y 6 años.

cap-1

 

 

 

 

Lo mismo da que seas rica o pobre,

que seas lista o tonta.

El sitio de una mujer en este mundo

está en el puño de un hombre.

Y si has nacido mujer,

has nacido para que te hagan sufrir,

has nacido para que te pisoteen,

para que te mientan,

para que te engañen,

y para que te traten como a un perro.

 

SANDY POSEY,

«Born a Woman»

(letra de Martha Sharp)

cap-1

No puedes no preocuparte por un recuadro de luz, te lo digo yo.

REESE MARIE DEMPSTER,

reclusa n.º 4602597-2

Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling

Se la avisó. Se le dio una explicación. Aun así, insistió.

ADDISON «MITCH» MCCONNELL,

senador, en referencia a la

senadora Elizabeth Warren

cap-2

 

Evie ríe al ver la mariposa nocturna. Se posa en su antebrazo desnudo, y ella acaricia las ondas grises y marrones que colorean sus alas. «Hola, preciosa», la saluda. La mariposa emprende el vuelo. Sube, sube y sube, hasta que la engulle un haz de sol enredado entre las relucientes hojas verdes, a siete metros por encima de Evie, que se encuentra en el suelo, entre las raíces.

Una soga cobriza se descuelga desde el agujero negro que hay en el centro del tronco y zigzaguea entre las láminas de corteza. Evie no se fía de la serpiente, como es natural. Ya le ha causado problemas antes.

Su mariposa y otras diez mil se elevan desde la copa del árbol en una nube crepitante de color parduzco. El enjambre ondea en el cielo hacia los pinos replantados de aspecto enfermizo que se alzan más allá del prado. Evie se levanta y lo sigue. Los tallos crujen bajo sus pies, y la hierba, que le llega a la cintura, le araña la piel desnuda. Mientras avanza en dirección al bosque triste, talado casi por completo, percibe los primeros olores a sustancias químicas —amoníaco, benceno, petróleo y otros muchos, diez mil cortes en un solo pedazo de carne— y abandona la esperanza que, sin darse cuenta, albergaba.

Desde sus huellas se propagan telarañas que destellan a la luz de la mañana.

cap-2

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En la cárcel de mujeres,

setenta mujeres hay,

y ojalá con ellas

yo viviera.

Así ese viejo triángulo tintinearía

por las orillas del Canal Real.

 

BRENDAN BEHAN

cap-3

1

1

Ree preguntó a Jeanette si alguna vez se fijaba en el recuadro de luz proyectado por la ventana. Jeanette contestó que no. Ree ocupaba la cama superior de la litera; Jeanette, la inferior. Las dos estaban esperando a que se abrieran las celdas para el desayuno. Era una mañana más.

Al parecer, la compañera de celda de Jeanette se había dedicado a estudiar el recuadro. Ree explicó que primero se veía en la pared opuesta a la ventana, bajaba, bajaba, bajaba, se derramaba sobre la superficie del escritorio y finalmente llegaba al suelo. Como Jeanette podía comprobar en ese momento, allí estaba, en medio del suelo, en extremo resplandeciente.

—La verdad, Ree —dijo Jeanette—, no puedo preocuparme por un recuadro de luz.

—¡No puedes no preocuparte por un recuadro de luz, te lo digo yo! —Ree dejó escapar el graznido mediante el cual expresaba que algo le parecía gracioso.

—Vale —respondió Jeanette—. Aunque no sé qué coño quiere decir eso.

Su compañera de celda soltó otro graznido.

Ree no era mala persona, pero daba la impresión de que el silencio la ponía nerviosa, como a un niño pequeño. Estaba entre rejas por uso fraudulento de tarjetas de crédito, falsificación y posesión de drogas destinadas al tráfico ilegal. Nada de eso se le daba demasiado bien, razón por la cual había acabado allí.

Jeanette estaba entre rejas por homicidio; en 2005, una noche de invierno, le clavó un destornillador de estrella en la entrepierna a su marido, Damian, quien, como iba ciego de droga, se limitó a quedarse sentado en un sillón y murió desangrado. Ella también iba ciega, claro.

—He mirado el reloj —informó Ree—. Lo he cronometrado. La luz tarda veintidós minutos en llegar desde la pared hasta ese punto en el suelo.

—Tendrías que llamar a los de Guinness —contestó Jeanette.

—He soñado que comía tarta de chocolate con Michelle Obama, y ella se cabreaba: «¡Con eso vas a engordar, Ree!». Pero ella también estaba comiéndose un trozo. —Ree soltó un graznido—. ¡Qué va! No es verdad. Me lo he inventado. En realidad he soñado con una profe que tuve. Me repetía una y otra vez que yo no estaba en la clase que me correspondía, y yo le repetía una y otra vez que sí estaba en la clase que me correspondía, y ella decía vale, y luego seguía con la lección un rato, y al final volvía a decirme que no estaba en la clase que me correspondía, y yo decía que sí, que estaba en la clase que me correspondía, y así seguíamos, dale que dale. Más que nada era exasperante. ¿Tú qué has soñado, Jeanette?

—Pues… —Jeanette trató de hacer memoria, pero no se acordaba. Le parecía que con la nueva medicación dormía más profundamente. Antes a veces tenía pesadillas: soñaba con Damian. Por lo general, él aparecía con el mismo aspecto de la mañana siguiente, ya muerto, con la piel de un azul disparejo, como tinta aguada.

Jeanette había preguntado al doctor Norcross si pensaba que esos sueños podían tener algo que ver con la culpa. El doctor la miró con los ojos entrecerrados, como diciendo «No jodas, ¿en serio?» —expresión que la sacaba de quicio pero a la cual había acabado acostumbrándose—, y luego le preguntó si, en su opinión, la leche era blanca. Bueno, vale. Lo pillo. En cualquier caso, Jeanette no echaba de menos esos sueños.

—Lo siento, Ree. No me acuerdo de nada. Si he soñado algo, ya se me ha borrado.

En algún lugar del pasillo de la segunda planta del módulo B, se oyó un taconeo contra el cemento: algún funcionario que hacía una comprobación de último minuto antes de abrir las puertas.

Jeanette cerró los ojos. Se inventó un sueño. En él, la cárcel estaba en ruinas. Exuberantes enredaderas trepaban por las antiguas paredes de la celda y filtraban la brisa de primavera. Había desaparecido parte del techo, roído por el tiempo, de modo que solo quedaba un saliente. Un par de lagartijas correteaban por una pila de escombros herrumbrosos. En el aire revoloteaban mariposas. Los intensos aromas de la tierra y las hojas sazonaban lo que quedaba de la celda. Bobby, de pie junto a ella en una brecha de la pared, la miraba impresionado. Su madre era arqueóloga. Había descubierto ese lugar.

—¿Tú crees que puedes salir en un concurso de la tele si tienes antecedentes penales?

La visión se desvaneció. Jeanette dejó escapar un gemido. En fin, fue bonito mientras duró. La vida era decididamente mejor con las pastillas. Le permitían acceder a un lugar tranquilo y relajado. Había que reconocérselo al doctor: la química mejoraba la vida. Jeanette volvió a abrir los párpados.

Ree miraba a Jeanette con los ojos como platos. Era poco lo que podía decirse en favor de la cárcel, pero quizá una chica como Ree corría menos peligro dentro que fuera. En el mundo exterior, era muy posible que acabase atropellada por un coche. O vendiendo drogas a un estupa con toda la pinta de estupa. Como había sido el caso.

—¿Qué pasa? —preguntó Ree.

—Nada. Es que estaba en el paraíso, solo eso, y lo has echado a perder con esa bocaza tuya.

—¿Qué?

—Da igual. Mira, en mi opinión, debería haber un concurso en el que solo pudiera participar gente con antecedentes. Podría llamarse Premio a la Mentira.

—¡Me encanta! ¿Cómo funcionaría?

Jeanette se incorporó, bostezó y se encogió de hombros.

—Tendré que pensarlo. Ya sabes, establecer las reglas.

Su hogar era como siempre había sido y como siempre sería, por los siglos de los siglos, amén: una celda de diez pasos de largo y cuatro pasos entre la litera y la puerta. Las paredes de cemento eran lisas, de color crudo. Sus fotos y postales, abarquilladas en los bordes y pegadas con bolas de masilla adhesiva verde, ocupaban el único espacio autorizado para eso (como si a alguien fuera a interesarle mirarlas). Había un pequeño escritorio metálico adosado a una pared y, en el extremo opuesto, una estantería baja, también metálica. A la izquierda de la puerta se hallaba el inodoro de acero, donde tenían que sentarse en cuclillas, mirando cada una en una dirección para crear una ilusión de intimidad no muy convincente. La puerta, con una ventanilla de doble cristal a la altura de los ojos, ofrecía una vista del corto pasillo que atravesaba el módulo B. Cada centímetro y objeto de la celda destilaba los penetrantes olores de la cárcel: sudor, moho, lisol.

Contra su voluntad, Jeanette se fijó por fin en el recuadro de sol del suelo. Casi había llegado a la puerta, pero no iría más allá, eso desde luego. A menos que algún celador metiese una llave en la cerradura o abriera la celda desde la Garita, se quedaría atrapado allí dentro, igual que ellas.

—¿Y quién sería el presentador? —preguntó Ree—. Todo concurso necesita un presentador. Además, ¿cuáles serían los premios? Tienen que ser buenos. ¡Los detalles! Tenemos que pensar en todos los detalles, Jeanette.

Ree, con la cabeza reclinada, se enrollaba los espesos rizos decolorados en torno al dedo mientras miraba a Jeanette. Casi en lo alto de la frente, tenía una cicatriz similar a la marca de una parrilla, tres profundas líneas paralelas. Aunque Jeanette desconocía el origen de dicha cicatriz, adivinaba quién era el autor: un hombre. Quizá su padre, quizá su hermano, quizá un novio, quizá un tío al que nunca antes había visto y nunca volvería a ver. Entre las reclusas del Centro Penitenciario de Dooling, había, por decirlo suavemente, muy pocas historias sobre premios. En cambio, había muchas sobre malos hombres.

¿Qué podía hacer una? Podía compadecerse de sí misma. Podía detestarse a sí misma o detestar a todo el mundo. Podía colocarse esnifando productos de limpieza. Una podía hacer lo que le viniera en gana (dentro de sus limitadas opciones, todo había que decirlo), pero la situación no cambiaría. Su turno siguiente para hacer girar la gran y resplandeciente Rueda de la Fortuna sería en todo caso su vista de libertad condicional. Jeanette procuraría impulsarla con todas sus fuerzas cuando llegara el momento. Tenía que pensar en su hijo.

Resonó un ruido sordo cuando el funcionario, desde la Garita, abrió las sesenta y dos cerraduras. Eran las seis y media de la mañana, y todas debían salir de sus celdas para el recuento.

—No sé, Ree. Piensa en ello —dijo Jeanette—, y yo lo pensaré también; luego intercambiamos notas.

Bajó las piernas al suelo y se levantó.

2

A unos kilómetros de la cárcel, en la terraza de la casa de los Norcross, Anton, el chico de la piscina, retiraba los bichos muertos del agua. La piscina había sido el regalo del doctor Clinton Norcross a su mujer, Lila, por su décimo aniversario de boda. Viendo a Anton, Clint dudaba a veces, como esa mañana por ejemplo, de la sensatez del regalo.

Anton se había quitado la camisa, y por dos buenas razones. En primer lugar, iba a ser un día caluroso. En segundo lugar, tenía el abdomen como una roca. Estaba cachas, Anton el chico de la piscina. Parecía uno de esos sementales que salen en las portadas de las novelas románticas. Si alguien disparara contra el abdomen de Anton, le convendría hacerlo en ángulo, por si rebotaban las balas. ¿Qué comía? ¿Montañas de proteína pura? ¿Qué ejercicios hacía? ¿Limpiar los establos de Augias?

Anton levantó la mirada y sonrió desde debajo de los cristales relucientes de sus Wayfarer. Con la mano libre, dirigió un saludo a Clint, que lo observaba desde la ventana del cuarto de baño principal, en el piso de arriba.
—Por Dios, tío —susurró Clint para sí. Devolvió el saludo—. Ten compasión.

Clint, de costado, se apartó de la ventana. En el espejo de la puerta cerrada del baño, apareció un hombre blanco de cuarenta y ocho años, licenciado por Cornell y doctorado en Medicina por la Universidad de Nueva York, con unos discretos michelines debido al moca de tamaño grande de Starbucks. Su barba entrecana no era tanto de leñador viril como de capitán de barco cutre con una sola pierna.

Le resultaba irónico el hecho de que su edad y su cuerpo reblandecido le causaran cierta sorpresa. Nunca había tenido mucha paciencia con la vanidad masculina, y menos con la que solía aparecer en la madurez, y en todo caso se le había ido agotando a medida que acumulaba experiencia profesional. De hecho, lo que Clint consideraba el gran punto de inflexión de su carrera como médico se había producido hacía dieciocho años, en 1999, cuando un posible paciente, un tal Paul Montpelier, había acudido al joven médico por una «crisis de ambición sexual».

—Cuando dice «ambición sexual», ¿a qué se refiere? —había preguntado Clint a Montpelier. Las personas ambiciosas aspiraban a ascensos, y ciertamente uno no podía llegar a ser vicepresidente de Asuntos de Sexo. Se trataba de un eufemismo peculiar.

—Me refiero a que… —Montpelier pareció sopesar distintos términos para describirlo—. Todavía quiero hacerlo. Todavía quiero buscarlo.

—Eso no parece excepcionalmente ambicioso —dijo Clint—. Parece normal.

Por aquel entonces, su cuerpo aún no se había reblandecido. Acababa de terminar la residencia en psiquiatría, era su segundo día en la consulta, y Montpelier, su segundo paciente.

(La primera había sido una adolescente con cierta ansiedad fruto de las solicitudes de ingreso a la universidad. Sin embargo, no tardó en salir a la luz que había sacado una nota de 6,5 en las pruebas de acceso. Clint señaló que era una calificación excelente, y no hubo necesidad de tratamiento ni de una segunda visita. «¡Curada!», se apresuró a escribir al pie del cuaderno de papel pautado amarillo en el que solía tomar notas.)

Paul Montpelier, sentado en el sillón de piel sintética frente a Clint, llevaba aquel día un chaleco de punto blanco y un pantalón de pinzas. Hablaba encorvado, con el tobillo de una pierna sobre la rodilla de la otra y una mano apoyada en el zapato. Clint lo había visto aparcar un deportivo de color rojo caramelo delante del achaparrado edificio de oficinas. Trabajaba en lo alto de la cadena alimenticia de la industria del carbón, con lo que podía permitirse un coche así, pero con aquel rostro alargado y el semblante atribulado, a Clint le recordaba a los Golfos Apandadores que atormentaban a Gilito McPato en las antiguas historietas.

—Dice mi mujer… bueno, no con esas palabras, pero, ya me entiende, el significado es claro, el… esto… subtexto. Quiere que renuncie. Que renuncie a mi ambición sexual. —De repente alzó el mentón.

Clint siguió su mirada. En el techo giraba un ventilador. Si Montpelier mandaba ahí su ambición sexual, las aspas la rebanarían.

—Retrocedamos un poco, Paul. ¿Cómo salió el tema entre usted y su mujer? ¿Dónde empezó?

—Tuve una aventura. Ese fue el incidente que lo precipitó. ¡Y Rhoda, mi mujer, me puso de patitas en la calle! Le expliqué que el asunto no tenía nada que ver con ella; tenía que ver con… una necesidad mía, ¿entiende? Los hombres tienen necesidades que las mujeres no siempre comprenden. —Montpelier movió en círculos la cabeza para estirar el cuello. Dejó escapar un bufido de frustración—. ¡No quiero divorciarme! Una parte de mí siente que es ella quien debe aceptarlo. Aceptarme a mí.

Ojeras de un morado intenso oscurecían los párpados de Montpelier, y bajo la nariz tenía un corte, que posiblemente se había hecho con una maquinilla de tres al cuarto porque, al despacharlo su mujer, se había olvidado la navaja de afeitar buena. La tristeza y la desesperación de aquel hombre eran sinceras, y a Clint no le costaba imaginar la náusea provocada por ese desplazamiento repentino: vivir en un hotel con lo que llevaba en la maleta, cenar tortillas medio crudas sin compañía. Era auténtico dolor. No se trataba de una depresión clínica, pero era algo digno de consideración y merecía respeto y atención, por más que el causante de la situación fuera él mismo.

Montpelier se inclinó sobre el vientre, a su edad ya un poco abultado.

—No nos engañemos. Voy para los cincuenta, doctor Norcross. Mi mejor momento sexual ya pasó. Renuncié a él por mi mujer. Se lo entregué. Cambié pañales. Llevé a los niños en coche a todos los partidos y competiciones, y aparté dinero en fondos de ahorro para la universidad. Marqué todas las casillas del cuestionario del matrimonio. ¿Por qué, entonces, no podemos llegar a alguna clase de acuerdo ahora? ¿Por qué hay que tomárselo tan a la tremenda y separarse por una cosa así?

Clint no contestó, se limitó a esperar.

—La semana pasada estaba en casa de Miranda, la mujer con la que he estado acostándome. Lo hicimos en la cocina. Lo hicimos en su habitación. Casi conseguimos hacerlo una tercera vez en la ducha. ¡Yo estaba que me salía! ¡Endorfinas! Y luego me fui a casa. Disfrutamos de una buena cena en familia, jugamos al Scrabble, ¡y todos los demás se sentían genial también! ¿Cuál es el problema? Es un problema inventado, esa es mi opinión. ¿Por qué no puedo tener un poco de libertad? ¿Es mucho pedir? ¿Tan intolerable es?

Durante unos segundos, nadie habló. Montpelier observó a Clint. En la cabeza de este, las buenas palabras nadaban de acá para allá como renacuajos. No le habría costado atraparlas, pero siguió postergándolo.

Detrás de su paciente, apoyada en la pared, estaba la reproducción del Hockney enmarcada que le había regalado Lila para «animar la consulta». Se proponía colgarla ese mismo día. Junto a la reproducción, estaban las cajas de manuales de medicina a medio vaciar.

Alguien tiene que ayudar a este hombre, pensó de pronto el joven médico, y debería hacerlo en esta consulta tranquila y agradable, con esa reproducción del Hockney en la pared. Pero ¿debería ser el doctor Clinton R. Norcross quien lo ayude?

Al fin y al cabo, él había trabajado muchísimo para convertirse en médico, y no había contado con la ayuda de ningún fondo de ahorro. Se había criado en circunstancias difíciles y se había pagado los estudios por sus propios medios, a veces no solo con dinero. Para salir adelante, había hecho cosas que nunca había contado a su mujer, ni le contaría jamás. ¿Para eso había hecho aquellas cosas? ¿Para tratar a Paul Montpelier, un hombre sexualmente ambicioso?

El rostro ancho de Montpelier se contrajo en una tierna mueca de disculpa.

—Venga, suéltelo. No estoy haciéndolo bien, ¿verdad?

—Está haciéndolo perfectamente —contestó Clint, y durante los siguientes treinta minutos dejó de lado sus dudas con un esfuerzo consciente.

Desarrollaron el tema; lo estudiaron desde todos los ángulos; analizaron la diferencia entre deseo y necesidad; hablaron sobre la señora Montpelier y sus preferencias en la alcoba, vulgares y corrientes, en opinión de Montpelier; incluso se permitieron una digresión de una franqueza sorprendente para hablar de la primera experiencia sexual adolescente de Paul Montpelier, cuando se masturbó utilizando las fauces del cocodrilo de peluche de su hermano pequeño.

Clint, conforme a su obligación profesional, preguntó a Montpelier si alguna vez había contemplado la posibilidad de hacerse daño. (No.) Quiso saber cómo se sentiría Montpelier si se invirtieran los papeles entre su esposa y él. (Insistió en que le diría que hiciera lo que tuviese que hacer.) ¿Dónde se veía Montpelier al cabo de cinco años? (Fue entonces cuando el hombre del chaleco de punto blanco se echó a llorar.)

Al final de la sesión, Montpelier dijo que ya esperaba con impaciencia la siguiente y, en cuanto se marchó, Clint llamó a su servicio de recepción de llamadas. Dio instrucciones para que desviaran todas a un psiquiatra de Maylock, el pueblo vecino. La operadora le preguntó hasta cuándo.

—Hasta que anuncien que nieva en el infierno —respondió Clint. Desde la ventana vio a Montpelier dar marcha atrás en su deportivo de color rojo caramelo y salir del aparcamiento. Nunca volvería a verlo.

A continuación telefoneó a Lila.

—Hola, doctor Norcross. —Al oír su voz, experimentó esa sensación a la que la gente se refería (o debería referirse) cuando decía que le brincaba el corazón dentro del pecho. Le preguntó cómo le había ido el segundo día.

—Acaba de hacerme una visita el hombre que menos se entera de nada de todo Estados Unidos —respondió.

—Ah, ¿sí? ¿Ha estado ahí mi padre? Seguro que el Hockney lo ha desconcertado.

Era aguda, su mujer, tan aguda como cariñosa, y tan implacable como aguda. Lila lo quería, pero nunca dejaba de descolocarlo. Clint pensaba que probablemente él lo necesitaba. Probablemente lo necesitaban casi todos los hombres.

—Ja, ja —dijo Clint—. Pero escúchame: esa vacante en la cárcel que mencionaste… ¿A quién se lo oíste comentar?

Siguieron unos segundos de silencio mientras su mujer se detenía a pensar en las implicaciones de la pregunta. Respondió con su propia pregunta:

—Clint, ¿tienes algo que contarme?

Clint no se había planteado siquiera que pudiera decepcionarla su decisión de abandonar la medicina privada a cambio de una plaza de funcionario. Estaba seguro de que no le importaría.

Daba gracias a Dios por concederle a Lila.

3

Para llegar al vello gris de debajo de la nariz con la maquinilla eléctrica, Clint tenía que alzar la cara de tal forma que parecía Quasimodo. Una púa blanca como la nieve asomaba de su orificio nasal izquierdo. Anton podía levantar pesas cuanto quisiera, pero a todo hombre lo aguardaban los pelos blancos en la nariz, al igual que los que salían en las orejas. Clint consiguió cortarse ese.

Nunca había tenido la complexión de Anton, ni siquiera el último año de instituto, cuando el juez le concedió la independencia y vivió solo y practicó atletismo. Por entonces Clint era más larguirucho, más flaco, sin abdominales pero con el vientre liso, como su hijo Jared. En su memoria, Paul Montpelier era más rechoncho que la versión de sí mismo que veía esa mañana, pero se parecía más a este que al Clint de antaño. ¿Dónde estaría en ese momento, Paul Montpelier? ¿Se habría resuelto la crisis? Probablemente. El tiempo todo lo cura. O todo locura, y la locura no tiene cura, como señaló algún gracioso.

Clint no sentía más deseos de líos extraconyugales que los normales, es decir, unos deseos saludables, plenamente conscientes y circunscritos a la fantasía. Su situación, a diferencia de la de Paul Montpelier, no era una crisis. Era la vida normal y corriente tal como él la entendía: una segunda ojeada a una chica guapa en la calle; un vistazo instintivo a una mujer con minifalda que salía de un coche; un arranque inconsciente de lujuria al ver a una de las modelos que adornaban El precio justo. Era un hecho lamentable, suponía, y quizá un poco cómico, que la edad lo alejara a uno progresivamente del cuerpo que más le gustaba y dejara intactos, en cambio, esos arraigados instintos (no ambiciones, gracias a Dios), como el olor de un guiso mucho después de que se consuma la cena. ¿Y acaso juzgaba a todos los hombres por su propia experiencia? No. Él era solo uno más de la tribu. Los verdaderos enigmas eran las mujeres.

Clint se sonrió en el espejo. Estaba recién afeitado. Estaba vivo. Tenía más o menos la misma edad que Paul Montpelier en 1999.

—Eh, Anton: jódete —dijo al espejo. Esa fanfarronada era falsa, pero al menos hizo el esfuerzo.

En el dormitorio, al otro lado de la puerta del cuarto de baño, oyó el chasquido de una cerradura, el roce de un cajón al abrirse, un golpe sordo cuando Lila depositó la pistolera en el cajón, lo cerró y echó la llave. La oyó exhalar un suspiro y bostezar.

Cuando salió, por si ya estaba dormida, se vistió sin hablar y, en lugar de sentarse en la cama para calzarse, cogió los zapatos para llevárselos abajo.

Lila carraspeó.

—No te preocupes. Todavía estoy despierta.

Clint dudó que fuera del todo cierto: Lila no había pasado de desabrocharse el botón superior del pantalón del uniforme antes de echarse en la cama. Ni siquiera se había metido entre las sábanas.

—Debes de estar agotada. Enseguida salgo. ¿Todo el mundo bien en Mountain?

La noche anterior, Lila le había enviado un mensaje de texto para comunicarle que se había producido un accidente de tráfico en Mountain Rest Road: «No me esperes levantado». Sin ser un hecho insólito, era poco habitual. Jared y él se hicieron a la parrilla unos filetes y bebieron unas Anchor Steam en la terraza.

—Se desenganchó el remolque de un camión. De Pet… como se llame. De esa cadena de tiendas, ya sabes. Volcó y bloqueó toda la calzada. Había arena para gatos y pienso para perros por todas partes. Al final hemos tenido que retirarlo con un buldócer.

—Menudo follón se habrá armado. —Se inclinó y le dio un beso en la mejilla—. Oye, ¿quieres que empecemos a salir a correr juntos? —Acababa de ocurrírsele, y la idea lo animó de inmediato. No puedes evitar que tu cuerpo se estropee y se ensanche, pero puedes presentar batalla.

Lila abrió el ojo derecho, verde claro en la penumbra de la habitación, con las cortinas corridas.

—Esta mañana no.

—Claro que no —dijo Clint.

Se quedó inclinado hacia Lila, pensando que ella le devolvería el beso, pero se limitó a desearle un buen día y decirle que recordara a Jared que debía sacar la basura. El ojo se cerró. Un destello verde… y desapareció.

4

En el cobertizo, el olor era casi insoportable.

A Evie se le erizó el vello en la piel desnuda y hubo de contener las arcadas. El hedor procedía de una mezcla de sustancias químicas quemadas, humo de hojas viejas y comida pasada.

Una de las mariposas nocturnas, anidada en su pelo, palpitaba contra su cuero cabelludo y le transmitía serenidad. Evie procuró no respirar hondo y escrutó alrededor.

El cobertizo prefabricado disponía de todo lo necesario para cocinar droga. En el centro se alzaba un fogón de gas unido mediante unos tubos amarillentos a un par de bombonas blancas. En un aparador adosado a la pared, había bandejas, garrafas de agua, un paquete abierto de bolsas de plástico con cierre hermético, tubos de ensayo, trozos de corcho, incontables cerillas usadas, una pipa pequeña con la cazoleta chamuscada y un fregadero con una manguera conectada al desagüe. Esta llegaba hasta el exterior por debajo de la malla que Evie había retirado para entrar. En el suelo, botellas vacías y latas abolladas. Una hamaca de aspecto inestable con el logo de Dale Earnhart Jr. estampado en la parte de atrás. En un rincón, una camisa gris de cuadros hecha un rebujo.

Tras sacudir la camisa para eliminar la rigidez y al menos parte de la mugre, se la puso. Los faldones le cubrían el trasero y los muslos. Hasta hacía poco, esa prenda había pertenecido a alguien repulsivo. Un manchurrón impresionante con forma de mapa de California en la pechera indicaba que esa persona repulsiva era descuidada y aficionada a la mayonesa.

Se acuclilló junto a las bombonas y arrancó los tubos amarillos de un tirón. Después giró medio centímetro las llaves de las bombonas de propano.

De nuevo fuera del cobertizo, con la malla ya bien cerrada, Evie se detuvo a respirar hondo el aire fresco varias veces.

A unos cien metros de allí, al pie del terraplén boscoso, se veía una caravana frente a una extensión de grava en la que había una furgoneta y dos coches aparcados. Tres conejos destripados, uno de los cuales todavía goteaba, colgaban de un tendedero junto a unas cuantas bragas descoloridas y una cazadora vaquera. Vaharadas de humo de leña se elevaban de la chimenea de la caravana.

Desde allí, después de atravesar el bosque ralo y el campo, ya no se veía el Árbol del que Evie procedía. Pero no estaba sola: las mariposas nocturnas, que revoloteaban y se agitaban, revestían el techo del cobertizo.

Evie empezó a descender por el terraplén. Las ramas caídas se le clavaban en los pies, y se hirió el talón con una piedra. No aminoró el paso. Sus heridas cicatrizaban enseguida. Se detuvo junto al tendedero y aguzó el oído. Oyó la risa de un hombre, el sonido de un televisor, y diez mil gusanos en el pequeño terreno que la rodeaba, fertilizando la tierra.

El conejo que aún sangraba dirigió hacia Evie sus ojos velados. Ella le preguntó cuál era la situación.

—Tres hombres, una mujer —respondió el conejo.

Una única mosca alzó el vuelo desde los labios negros y maltrechos del conejo, zumbó alrededor y penetró en la cavidad de una oreja flácida. Evie oyó el ruido bronco de la mosca allí dentro. No culpaba a la mosca —se comportaba como cabía esperar—, pero lo lamentaba por el conejo, que no merecía un destino tan ingrato. Si bien Evie amaba a todos los animales, sentía especial aprecio por los más pequeños, aquellos que reptaban por la pradera y brincaban entre la maleza, los de alas frágiles y los huidizos.

Ahuecó la mano por detrás de la cabeza del conejo moribundo y con delicadeza se acercó su boca negra, cubierta de sangre seca, a la suya.

—Gracias —susurró Evie, y lo dejó descansar en paz.

5

Una ventaja de vivir en ese rincón en particular de la región de los Apalaches era que uno podía permitirse una casa de tamaño aceptable con dos sueldos de funcionario. La vivienda de los Norcross era una edificación de estilo contemporáneo, con tres habitaciones, en una urbanización de casas similares. Eran casas agradables, espaciosas sin ser desproporcionadas, con jardines de tamaño suficiente para lanzarse la pelota y unas vistas de la montaña que, en las estaciones húmedas, adquirían un aspecto frondoso y exuberante. Lo que resultaba un tanto deprimente de la urbanización era que, incluso a precios reducidos, casi la mitad de sus casas, bastante atractivas, estaban vacías. La única excepción era la unidad piloto, en lo alto de la cuesta; esa estaba amueblada, limpia y reluciente. Según Lila, era solo cuestión de tiempo que algún adicto a la meta forzara la entrada de una de las casas y tratara de montar un laboratorio. Clint le había dicho que no se preocupara, que él conocía a la sheriff. De hecho, se veían con cierta regularidad.

(«¿A esa le van los hombres mayores?», había contestado Lila al tiempo que le hacía ojitos y se arrimaba a su cadera.)

El piso superior de la casa de los Norcross contenía el dormitorio principal, la habitación de Jared y un tercer cuarto que los dos adultos utilizaban como despacho. En la planta baja estaba la cocina, abierta y amplia, separada del salón por una barra. A la derecha del salón, detrás de unas puertas de cristal cerradas, se hallaba el comedor, que apenas usaban.

Clint bebía café y leía The New York Times en su iPad en la barra de la cocina. Un terremoto en Corea del Norte había provocado un número incalculable de víctimas. El gobierno norcoreano insistía en que los daños eran menores gracias a su «arquitectura superior», pero imágenes captadas con móviles mostraban escombros y cadáveres polvorientos. En el golfo de Adén, ardía una plataforma petrolífera, probablemente como consecuencia de un sabotaje, pero nadie lo había reivindicado. La reacción diplomática de los países de la región era equiparable a la de un puñado de críos que rompen una ventana jugando al béisbol y se van corriendo a casa sin volver la vista atrás. En el desierto de Nuevo México, el FBI iba ya por el día número cuarenta y cuatro de su pulso con un grupo armado que capitaneaba Compadre Hoja Dorada (seudónimo de Scott David Winstead Jr.). Esa alegre banda se negaba a pagar sus impuestos, a aceptar la legalidad de la Constitución y a entregar su arsenal de automáticas. Cuando la gente se enteraba de que Clint era psiquiatra, a menudo le pedían que diagnosticara las enfermedades mentales de políticos, celebridades y otros personajes públicos. Por lo general, él se resistía, pero en ese caso no tuvo inconveniente en emitir un diagnóstico a distancia: Compadre Hoja Dorada padecía algún trastorno disociativo.

Al pie de la primera plana, figuraba una foto de una joven de rostro consumido ante una cabaña de los Apalaches con un recién nacido en brazos: «Cáncer en la región del carbón, p. 13». Clint recordó entonces el vertido químico que se había producido en un río de la zona cinco años antes. Había causado el corte del suministro de agua durante toda una semana. Pese a que en teoría ya estaba todo en orden, para mayor seguridad, Clint y su familia seguían bebiendo agua embotellada. El sol le calentaba la cara. Miró en dirección a los dos grandes olmos que crecían al fondo del jardín, más allá del borde de la piscina. Los olmos lo llevaron a pensar en hermanos, en hermanas, en maridos y mujeres; tenía la certeza de que, bajo tierra, sus raíces se entrelazaban mortalmente. A lo lejos se alzaban unas montañas de color verde oscuro. Las nubes parecían fundirse en la bóveda del cielo, azul claro. Los pájaros volaban y trinaban. ¿No era una lástima la forma en que un buen país se echaba a perder por su gente? Esa era otra de las cosas que le había dicho algún viejo gracioso.

A Clint le gustaba creer que no se echaba a perder por culpa de él. Nunca había esperado poseer una vista como esa. Se preguntaba cuán decrépito y reblandecido tenía que llegar a estar para encontrarle sentido a eso: cómo a unos les sonreía la suerte en tanto que a otros los lastraba la mala fortuna.

—Hola, papá. Buenos días. ¿Cómo va el mundo? ¿Ha pasado algo bueno?

Clint apartó la vista de la ventana y vio a Jared entrar en la cocina cerrando la cremallera de su mochila.

—Un momento… —Pasó un par de páginas electrónicas. No quería mandar a su hijo al colegio con la noticia de un vertido de petróleo, un grupo armado o un cáncer. Ah, dio con una perfecta—. Según la teoría de algunos físicos, el universo podría durar eternamente.

Jared revolvió en el armario de los tentempiés, encontró una Nutribar y se la metió en el bolsillo.

—¿Y eso te parece bueno? ¿Puedes explicarte?

Clint se detuvo a pensar unos segundos antes de caer en la cuenta de que su hijo estaba tomándole el pelo.

—Te he visto el plumero. —Mientras miraba a Jared, se rascó el párpado con el dedo corazón.

—No tienes por qué avergonzarte, papá. Puedes acogerte al derecho de confidencialidad entre padre e hijo. Todo queda entre nosotros. —Jared se sirvió café. Lo tomaba solo, tal como hacía Clint cuando su estómago era joven.

La cafetera estaba cerca del fregadero, donde la ventana daba a la terraza. Jared tomó un sorbo y contempló la vista.

—Uau. ¿Seguro que te conviene dejar a mamá aquí sola con Anton?

—Vete, por favor —dijo Clint—. Vete al colegio y aprende algo.

Su hijo ya era más alto que él, cosa que, además de conmoverlo, le generaba melancolía, irritación, desorientación, admiración, asombro, alarma. «¡Perro!», esa fue la primera palabra que dijo Jared, aunque con la erre pronunciada suave: pero. «¡Perro! ¡Perro!» De niño era afable, curioso y bien intencionado, y en ese momento era un joven afable, todavía curioso y bien intencionado. Clint se enorgullecía de ver cómo el hogar seguro y estable que le habían proporcionado le permitía ser cada vez más él mismo. No había sido el caso de Clint.

Había contemplado la idea de dar unos condones al chico, pero no le apetecía hablarlo con Lila y tampoco quería fomentar nada. No quería ni pensar en ello. Jared insistía en que Mary y él eran solo amigos, y quizá incluso se lo creyera. Pero Clint veía de qué manera miraba a la chica, y era la forma en que uno miraba a alguien de quien quería ser amigo muy muy íntimo.

—El saludo de la liga infantil —propuso Jared, y tendió las manos—. ¿Todavía te acuerdas?

Clint se acordaba: choque de puños, pulgares extendidos y enlazados, manos trabadas, roce de palma con palma y dos palmadas por encima de la cabeza. Pese a que hacía mucho tiempo desde la última vez, les salió perfectamente, y los dos se rieron. Eso infundió alegría a la mañana.

Clint no se acordó de que debía decir a Jared que sacara la basura hasta que su hijo ya se había ido.

Otro aspecto de hacerse mayor: uno se olvidaba de lo que quería recordar y recordaba lo que quería olvidar. El viejo gracioso que dijera eso podía ser él. Debería hacer que le bordasen la frase en un cojín.

6

Después de recibir informes de buena conducta durante sesenta días, Jeanette Sorley disfrutaba de privilegios de sala común tres mañanas por semana, entre las ocho y las nueve. En realidad eso significaba entre las ocho y las nueve menos cinco, porque su turno en el taller de carpintería, de seis horas, empezaba a las nueve. Allí se pasaba el tiempo inhalando barniz a través de una fina mascarilla de algodón y torneando patas de silla. Ganaba tres dólares la hora. El dinero se ingresaba en una cuenta, y el pago se le efectuaría mediante cheque cuando saliera en libertad (las reclusas llamaban a sus cuentas de trabajo «Parking Gratuito», como en el Monopoly). Las sillas se vendían en la tienda de la cárcel, al otro lado de la Interestatal 17. Algunas salían por sesenta dólares, la mayoría por ochenta, y la cárcel vendía muchas. Jeanette no sabía adónde iba a parar ese dinero, y le daba igual. Los privilegios de sala común, en cambio, no le daban igual. Allí había un televisor grande, juegos de mesa y revistas. Contaba también con una máquina expendedora de tentempiés y otra de refrescos, que solo funcionaban con monedas de veinticinco centavos, y las reclusas no tenían monedas de veinticinco centavos, porque las monedas de veinticinco centavos se consideraban contrabando —¡un sinsentido!—, pero al menos podían recrear la vista. (Además, la sala común, en determinadas horas de la semana, se convertía en la sala de visitas, y los visitantes veteranos, como Bobby, el hijo de Jeanette, sabían que debían llevar muchas monedas de veinticinco centavos.)

Esa mañana, sentada junto a Angel Fitzroy, veía las noticias de la mañana en la WTRF, Canal 7, que emitía desde Wheeling. El noticiario ofrecía el batiburrillo de costumbre: un tiroteo desde un coche en marcha, el incendio de un transformador, una mujer detenida por agredir a otra en el Monster Truck Jam, una trifulca en la asamblea legislativa del estado a causa de una nueva cárcel para hombres que se había construido sobre una antigua explotación minera a cielo abierto y, por lo visto, tenía problemas estructurales. En el frente nacional, proseguía el asedio a Compadre Hoja Dorada. En el otro extremo del planeta, se calculaba que habían muerto miles de personas en un terremoto en Corea del Norte, y en Australia los médicos informaban de un brote de la enfermedad del sueño que, al parecer, solo afectaba a las mujeres.

—Eso será cosa de la meta —comentó Angel Fitzroy. Mordisqueaba un Twix que había encontrado en la bandeja de la máquina expendedora. Despacio, para hacerlo durar.

—¿Qué en concreto? ¿Lo de las mujeres dormidas, lo de la tía del Monster Truck Jam o lo de ese fulano que parece salido de un reality?

—Podría ser cualquiera de las tres noticias, pero estaba pensando en la tía del Jam. Estuve una vez en uno de esos y, menos los críos, prácticamente todo el mundo estaba fumado o hasta arriba de coca. ¿Quieres un poco? —Ahuecó la mano en torno al resto de Twix (por si en ese momento la funcionaria Lampley vigilaba por una de las cámaras de la sala común) y se lo ofreció a Jeanette—. No está tan rancio como algunos de los que hay ahí dentro.

—Paso —dijo Jeanette.

—A veces veo algo y me dan ganas de morirme —comentó Angel con toda naturalidad—. O de que se muera el resto del mundo. Mira eso. —Señaló un póster nuevo entre las dos máquinas expendedoras. Mostraba una duna de arena en la que se alejaban unas huellas, aparentemente hacia el infinito. Debajo de la foto se leía este mensaje: EL RETO ES LLEGAR ALLÍ.

—El tío llegó allí, pero ¿adónde? ¿Dónde está ese lugar? —quería saber Angel.

—¿Irak? —preguntó Jeanette—. El tío seguro que está en el siguiente oasis.

—No, se ha muerto de una insolación. Está tirado ahí detrás, donde no se lo ve, con los ojos fuera de las órbitas y la piel negra como la pez.

No sonrió. Angel le había pegado a la meta, y era rural hasta la médula, hasta el límite de masticar corteza y ser bautizada en aguardiente casero. La habían encerrado por agresión, pero Jeanette suponía que Angel podría haber encajado en la mayoría de las categorías del catálogo de delitos. Su rostro era todo huesos y ángulos: parecía lo bastante duro para romper asfalto. Durante su estancia en Dooling, había pasado no poco tiempo en el módulo C. Allí solo te dejaban salir dos horas al día. Era una chica mala de pueblo, una chica de módulo C.

—Dudo que tú te pusieras negra aunque te murieras de una insolación en Irak —comentó Jeanette. Podía ser un error discrepar (aunque fuese en broma) de Angel, aquejada de lo que el doctor Norcross se complacía en llamar «episodios de ira», pero esa mañana a Jeanette le apetecía vivir peligrosamente.

—Lo que quiero decir es que es una gilipollez —explicó Angel—. El reto está en sobrevivir hasta el final del puto día sin más, como tú bien sabes.

—¿Quién lo habrá colgado ahí? ¿El doctor Norcross?

Angel dejó escapar un resoplido.

—Norcross tiene más sentido común. No, eso es cosa de la directora Coates. Jaaanice. A ese encanto de mujer le va el rollo de la motivación. ¿Has visto el póster que tiene en su despacho?

Jeanette lo había visto: un clásico, pero no de los buenos. Mostraba a un gatito colgado de la rama de un árbol. Aguanta ahí, sí señor. La mayoría de las gatitas encerradas allí ya se habían caído de sus ramas. Algunas no sabían ni si estaban arriba o abajo.

En el noticiario apareció la foto policial de un preso que se había fugado.

—Vaya —dijo Angel—. Con este no se cumple eso de que lo negro es hermoso, ¿no crees?

Jeanette se abstuvo de hacer comentarios. El hecho era que a ella todavía le gustaban los hombres de mirada malévola. Seguía trabajando en ello con el doctor Norcross, pero de momento no lograba superar la atracción por tipos que parecían capaces de atizarte sin previo aviso con un batidor de mano en la espalda desnuda mientras estabas en la ducha.

—McDavid está en una de las celdas del módulo A, al cuidado de Norcross —comentó Angel.

—¿Dónde te has enterado de eso?

Kitty McDavid, lista y pendenciera, era una de las preferidas de Jeanette. Corría el rumor de que Kitty había andado con una panda peligrosa cuando estaba fuera, pero ella carecía de auténtica maldad, excepto esa que una dirigía contra sí misma. En algún momento de su pasado, había cultivado insistentemente el hábito de cortarse; tenía cicatrices en los pechos, los costados, la parte superior de los muslos. Y era propensa a sufrir períodos de depresión, aunque los medicamentos que Norcross le recetaba, fueran cuales fuesen, parecían haberla ayudado en eso.

—Si quieres todas las noticias, tienes que llegar aquí antes. Me he enterado por esa. —Angel señaló a Maura Dunbarton, una anciana presa de confianza condenada a perpetua.

En ese momento Maura iba con su carrito de mesa en mesa colocando revistas con cuidado y precisión infinitos. El cabello blanco le rodeaba la cabeza como una corona vaporosa. Llevaba las piernas enfundadas en gruesas medias de compresión del color del algodón de azúcar.

—¡Maura! —llamó Jeanette, aunque en voz baja. Gritar en la sala común estaba estrictamente prohibido, excepto para los niños los días de visita y las reclusas la noche de fiesta mensual—. ¡Ven para acá, amiga mía!

Maura empujó el carrito lentamente hacia ellas.

—Tengo un número de Seventeen —anunció—. ¿Os interesa a alguna de las dos?

—A mí no me interesaba ni cuando tenía diecisiete años —contestó Jeanette—. ¿Qué le ha pasado a Kitty?

—Se ha tirado la mitad de la noche gritando —respondió Maura—. Me extraña que no la hayáis oído. La han sacado de la celda, la han pinchado y la han llevado al A. Ahora duerme.

—¿Gritando algo en particular? —preguntó Angel—. ¿O gritando sin más?

—Decía que viene la Reina Negra —contestó Maura—. Que llegará hoy.

—¿Va a venir Aretha a cantar? —preguntó Angel—. Es la única reina negra que yo conozco.

Maura no le prestó atención. Miraba a la rubia de ojos azules de la portada de la revista.

—¿Seguro que ninguna de las dos quiere este Seventeen? Salen vestidos de fiesta bonitos.

—Yo no me pongo un vestido así a menos que tenga mi tiara —dijo Angel, y se rio.

—¿Ha visto el doctor Norcross a Kitty? —preguntó Jeanette.

—Todavía no —respondió Maura—. Yo tuve un vestido de fiesta. De un azul precioso, y con la falda abullonada. Mi marido lo quemó con la plancha. Fue un accidente. Quería ayudar. Pero nadie le había enseñado a planchar. La mayoría de los hombres nunca aprenden. Y ahora ya no aprenderá, eso desde luego.

Ninguna de las dos contestó. Era bien sabido lo que había hecho Maura Dunbarton a su marido y sus dos hijos. Había ocurrido treinta años antes, pero algunos crímenes son inolvidables.

7

Hacía tres o cuatro años —o tal vez cinco o seis; le bailaban los números y tenía poco claros los puntos de referencia—, en un aparcamiento situado detrás de un Kmart, en Carolina del Norte, un hombre había augurado a Tiffany Jones que iba a acabar metida en problemas. Pese a lo confusa que había sido la última década y media, ese momento se le quedó grabado en la memoria. Las gaviotas chillaban y picoteaban la basura en el muelle de carga y descarga del Kmart. La llovizna veteaba el cristal de la ventanilla del todoterreno en el que se encontraba, que pertenecía al tipo que le había augurado que se metería en problemas. El tipo era un segurata del centro comercial. Ella acababa de hacerle una mamada.

Lo que ocurrió fue que la pilló robando desodorante. La contraprestación acordada fue bastante clara y nada sorprendente: ella le practicaba sexo oral, y él la dejaba ir. Era un gordo mantecoso, el muy hijo de puta. Acceder a su polla, abriéndose paso entre la barriga, los muslos y el volante del coche, había constituido toda una aventura. Pero Tiffany había hecho muchas cosas ya, y esa, en comparación, era tan insignificante que ni siquiera habría ocupado un lugar destacado en la lista de no ser por lo que él dijo.

—Tiene que ser un mal rollo para ti, ¿eh? —Una mueca de lástima se había extendido por su rostro sudoroso mientras se contoneaba en el asiento para subirse el pantalón de chándal de plástico de color rojo vivo que probablemente era lo único que le cabía con semejante tamaño—. Oye, vas a acabar metida en problemas si has terminado en una situación como esta, teniendo que cooperar con una persona como yo.

Hasta ese momento Tiffany había dado por supuesto que quienes cometían abusos sexuales —personas como su primo Truman— debían de vivir en un estado de negación. Si no, ¿cómo podían seguir adelante? ¿Cómo iba a poder uno hacer daño o degradar a alguien si era del todo consciente de lo que estaba haciendo? Pues resultaba que podía, y hombres como ese cerdo, el guardia de seguridad, podían. Había sido una auténtica conmoción para ella, esa súbita toma de conciencia que explicaba tantas cosas de toda su vida de mierda. Tiffany no estaba segura de haberlo superado.

Tres o cuatro mariposas nocturnas repiqueteaban dentro de la tulipa del aplique instalado encima de la encimera. La bombilla estaba fundida. Daba igual; la luz de la mañana iluminaba de sobra la caravana. Las mariposas aleteaban y se agitaban, pugnando entre sí sus pequeñas sombras. ¿Cómo habían llegado ahí? Y ya puestos, ¿cómo había llegado ella ahí? Durante un tiempo, después de una época complicada hacia el final de la adolescencia, Tiffany había conseguido forjarse una vida. En 2006 servía mesas en un pequeño restaurante y se sacaba buenas propinas. Vivía en un apartamento de dos habitaciones en Charlottesville, con helechos en el balcón. Para no haber terminado el instituto, no le iban mal las cosas. Los fines de semana se permitía el placer de alquilar un caballo zaíno enorme llamado Moline, un animal de carácter amable y medio galope relajado, y se iba a cabalgar por el parque nacional de Shenandoah. En ese momento estaba en una caravana perdida en el culo del mundo, en la región de los Apalaches, y no iba a acabar metida en problemas, sino que ya se había metido. Pero al menos eran problemas entre algodones. No hacían tanto daño como cabía esperar, y tal vez eso fuera lo peor, porque estaba metida hasta el cuello, hasta lo más hondo, donde ni siquiera podía…

Tiffany oyó un ruido sordo, y de repente se hallaba en el suelo. Le palpitaba la cadera, donde se había golpeado con fuerza contra el borde de la encimera.

Con un cigarrillo colgando del labio, Truman la miró fijamente.

—Muévete, puta crackera. —No llevaba más que unos calzoncillos tipo bóxer y las botas camperas. Tenía la carne del torso tan tirante como un plástico adherido a las costillas—. Muévete, puta crackera —repitió Truman, y batió las palmas ante el rostro de Tiffany como si esta fuera un perro malo—. ¿Es que no lo oyes? Están llamando a la puerta.

Tru era un gilipollas de tal calibre que Tiffany, o la parte de ella que seguía viva —la parte que de vez en cuando sentía el impulso de cepillarse el pelo o de telefonear a aquella mujer, Elaine, la del consultorio de Planificación Familiar, que la animaba a inscribirse en un programa de desintoxicación en aislamiento—, a veces lo observaba con perplejidad científica. Tru era un baremo de gilipollez. Tiffany se preguntaba: «¿Es tal o cual tipo más gilipollas que Truman?». Pocos podían comparársele; de hecho, hasta la fecha, oficialmente solo daban la talla Donald Trump y los caníbales. Truman tenía un largo historial delictivo. De niño se metía el dedo en el culo y luego se lo incrustaba en la nariz a críos más pequeños. Más adelante robó a su madre, empeñó sus joyas y antigüedades. Introdujo a Tiffany en la meta la primera tarde que se pasó a verla por el bonito apartamento de Charlottesville. Su idea de una broma era aplastarte un cigarrillo encendido en la piel desnuda del hombro mientras dormías. Truman era un violador, pero nunca había cumplido condena por ello. Algunos gilipollas sencillamente tenían suerte. Le crecía en la cara un asomo de barba desigual de un rojo dorado y las pupilas le abarcaban casi todo el ojo, pero el chico desdeñoso e incorregible que siempre había sido se ponía de manifiesto en la prominencia de su mandíbula.

—Puta crackera, adelante.

—¿Qué? —consiguió preguntar Tiffany.

—¡Te he dicho que abras la puerta! ¡Por Dios! —Truman amagó un puñetazo, y ella se tapó la cabeza con las manos. Parpadeó para contener las lágrimas.

—Vete a la mierda —dijo Tiffany sin mucha convicción. Esperaba que el doctor Flickinger no la oyera. Estaba en el cuarto de baño. A ella le caía bien el médico. Ese hombre era la monda. Siempre la llamaba «señora» y le guiñaba el ojo para que supiera que no se reía de ella.

—Eres una puta crackera sorda y desdentada —anunció Truman, pasando por alto el detalle de que él mismo necesitaba cirugía estética dental.

El amigo de Truman salió del dormitorio de la caravana, se sentó a la mesa plegable y dijo:

—La puta crackera llama a casa. —Se rio de su propio chiste e hizo un corte de mangas.

Tiffany no recordaba su nombre, pero esperaba que su madre se enorgulleciera muchísimo de su hijo, que tenía el zurullo de South Park tatuado en la nuez.

Llamaron a la puerta. Esta vez Tiffany sí lo captó, dos golpes secos y enérgicos.

—¡Déjalo, Tiff! No querría molestarte. Tú quédate ahí como una imbécil. —Truman abrió la puerta de un tirón.

Apareció en el umbral una mujer con una de las camisas de cuadros de Truman, bajo la cual quedaban a la vista unas piernas de tono oliváceo.

—Pero ¿esto qué es? —preguntó Truman—. ¿Qué quieres?

—Hola, tío —contestó ella con voz débil.

El amigo de Truman habló desde la mesa.

—¿Eres la chica de Avon o qué?

—Oye, guapa —contestó Truman—, entra si quieres, pero creo que vas a tener que devolverme la camisa.

Eso arrancó una risotada al amigo de Truman.

—¡Esto es increíble! En serio, ¿es tu cumpleaños o qué, Tru?

Tiffany oyó que se vaciaba la cisterna en el cuarto de baño. El doctor Flickinger había terminado con lo suyo.

La mujer de la puerta levantó una mano y agarró a Truman por el cuello. Él dejó escapar un ligero resuello; el cigarrillo le saltó de la boca. Hincó los dedos en la muñeca de la visitante. Tiffany vio que la mano de la mujer perdía color por efecto de la presión, pero no soltó a Truman.

Las mejillas de este se tiñeron de rojo. Corrían hilillos de sangre de las heridas que abría con las uñas en la muñeca de la mujer. Aun así, ella no lo soltó. El resuello se redujo a un silbido. Con la mano libre, Truman buscó a tientas la empuñadura del machete que llevaba en el cinturón y lo sacó.

La mujer entró en la caravana al tiempo que detenía con la otra mano el antebrazo de Truman a media estocada. Lo obligó a retroceder y lo estampó contra la pared opuesta. Ocurrió tan deprisa que Tiffany no llegó a registrar plenamente el rostro de la desconocida, sino solo la cortina de cabello enmarañado, que le caía hasta los hombros, tan oscuro que parecía teñido de verde.

—Eh, eh, eh —dijo el amigo de Truman mientras cogía la pistola de detrás de un rollo de papel de cocina y se levantaba de la silla.

En las mejillas de Truman, las manchas rojas se habían extendido hasta convertirse en nubes moradas. Emitió un ruido semejante al chirrido de unas zapatillas sobre parqué, y su rostro se transformó en la mueca triste de un payaso. Se le quedaron los ojos en blanco. Tiffany veía latir su corazón en la piel tirante a la izquierda del esternón. La mujer poseía una fuerza asombrosa.

—Eh —repitió el amigo de Truman al tiempo que la mujer asestaba un cabezazo a Truman.

Le partió la nariz, y el chasquido sonó como un petardo.

Un chorro de sangre se elevó hacia el techo, y unas gotas salpicaron la tulipa del aplique. Las mariposas, enloquecidas, arremetían contra el cristal produciendo un sonido semejante al repiqueteo de los cubitos de hielo contra un vaso.

Cuando Tiffany volvió a bajar la mirada, vio a la mujer zarandear el cuerpo de Truman en dirección a la mesa. El amigo de Truman, de pie, apuntó con el arma. En la caravana resonó algo parecido al ruido atronador de una bola de bolos de piedra. En la frente de Truman cobró forma una pieza de puzle irregular. Un pañuelo hecho jirones cayó sobre el ojo de Truman, piel con una porción de ceja, desgarrada y colgante. La sangre se desparramó por su boca torcida y le resbaló hasta el mentón. La tira de piel con parte de la ceja batió contra la mejilla. A Tiffany le recordó a esas esponjas como fregonas que limpiaban el parabrisas en los túneles de lavado.

Una segunda bala perforó el hombro de Truman, y la sangre roció la cara de Tiffany. La mujer embistió al amigo de Truman con el cadáver. La mesa se desplomó bajo el peso de los tres cuerpos. Tiffany no oía sus propios gritos.

Se produjo un salto en el tiempo.

Tiffany descubrió que se hallaba dentro del armario, en un rincón, tapada hasta la barbilla con una gabardina. La caravana se mecía sobre su base al compás de unos golpes ahogados y rítmicos. Tiffany se vio arrastrada a un recuerdo de muchos años atrás, en la cocina del restaurante de Charlottesville: el cocinero ablandaba carne de ternera con un mazo. Los golpes se parecían a esos, solo que eran mucho mucho más potentes. Se oyó un desgarrón de metal y plástico, y acto seguido cesaron los golpes. La caravana dejó de moverse.

Llamaron enérgicamente a la puerta del armario.

—¿Estás bien? —Era la mujer.

—¡Vete! —exclamó Tiffany.

—El del baño ha salido por la ventana. No creo que tengas que preocuparte por él.

—¿Qué has hecho? —preguntó Tiffany entre sollozos. Estaba manchada de sangre de Truman y no quería morir.

La mujer no contestó de inmediato. Tampoco era necesario. Tiffany ya había visto lo que había hecho, o había visto suficiente. Y había oído suficiente.

—Deberías descansar —aconsejó la mujer—. Descansa.

Al cabo de unos segundos, a través del eco persistente de los disparos, Tiffany creyó oír el chasquido de la puerta exterior al cerrarse.

Se arrebujó con la gabardina y, entre gemidos, pronunció el nombre de Truman.

Él la había enseñado a fumar crack: da pequeños sorbos, decía. «Te sentirás mejor.» Vaya embustero. Vaya cabrón había sido, vaya monstruo. ¿Por qué entonces lloraba por él? No podía contenerse. Ojalá hubiera podido, pero no podía.

8

La chica de Avon que no era una chica de Avon se alejó de la caravana y regresó al laboratorio de meta. El olor a propano era más intenso a cada paso que daba, hasta que un tufo a rancio invadió el aire. Detrás de ella quedaba el dibujo de sus pisadas, blancas, pequeñas y delicadas, formas que salían de la nada y parecían hechas de pelusa de algodoncillo. Los faldones de la camisa prestada ondeaban en torno a sus largos muslos.

Delante del cobertizo, desprendió un papel atrapado en un arbusto. El encabezamiento anunciaba con grandes letras azules: ¡TODO ESTÁ EN LIQUIDACIÓN TODOS LOS DÍAS! Debajo incluía fotos de frigoríficos tanto grandes como pequeños, lavadoras, lavavajillas, microondas, aspiradoras, compactadores de basura, procesadores de comida y muchas cosas más. En una foto aparecía una joven esbelta en vaqueros; dirigía una sonrisa de complicidad a su hija, rubia como mamá. La monada de criatura acunaba un bebé de plástico en los brazos y devolvía la sonrisa. También había grandes televisores en los que salían hombres jugando al fútbol, hombres jugando al béisbol, hombres en coches de carreras, y barbacoas junto a las cuales se veía a hombres con tenedores gigantes y pinzas gigantes. Aunque no lo decía abiertamente, el mensaje del anuncio era inequívoco: las mujeres trabajan y cuidan del nido mientras los hombres asan las presas cobradas.

Evie enrolló el anuncio y empezó a chascar los dedos de la mano izquierda debajo del extremo. Con cada chasquido saltaba una chispa. El papel prendió con el tercero. Evie también sabía asar. Sostuvo el anuncio enrollado en alto, examinó la llama y arrojó el papel al interior del cobertizo. Se alejó briosamente y atravesó el bosque en dirección a la Interestatal 43, conocida entre los lugareños como Ball’s Hill Road.

—Un día ajetreado —dijo a las mariposas que de nuevo revoloteaban a su alrededor—. Muy pero que muy ajetreado.

El cobertizo estalló, y ella no se volvió; tampoco se inmutó cuando un trozo de acero acanalado pasó silbando por encima de su cabeza.

cap-4

2

1

La oficina del sheriff del condado de Dooling dormitaba bajo el sol de la mañana. Los tres calabozos se hallaban vacíos; las puertas de barrotes permanecían abiertas, y los suelos, recién fregados, olían a desinfectante. La única sala de interrogatorios también estaba vacía, como lo estaba el despacho de Lila Norcross. Linny Mars, la operadora, tenía la oficina para ella sola. Detrás de su escritorio colgaba un póster de un preso musculoso, vestido con un mono de color naranja, que levantaba un par de mancuernas y enseñaba los dientes en un gruñido. NO DESCANSAN UN SOLO DÍA, advertía el póster, ¡TÚ TAMPOCO DEBERÍAS!

Linny tenía por norma desoír ese consejo bienintencionado. No hacía ejercicio desde un breve escarceo con la danza aeróbica en el YWCA, pero se enorgullecía de su físico. En ese momento estaba absorta en un artículo de Marie Claire sobre la manera adecuada de delinearse los ojos. Para conseguir una raya firme, primero había que apoyar el meñique en el pómulo. Así se lograba más control y se evitaban las contracciones repentinas. El artículo sugería empezar por la mitad y seguir hacia la comisura exterior del ojo, y continuar luego hacia la nariz hasta completar la tarea. Una raya fina para diario; una más gruesa, más espectacular, para esa noche importante en que una salía con el tío con quien esperaba…

Sonó el teléfono. No era la línea normal, sino la que tenía una banda roja en el auricular. Linny dejó la Marie Claire (recordándose que debía pasar por Rite Aid, la farmacia, y comprar un poco de L’Oréal Opaque) y descolgó. Trabajaba como operadora desde hacía cinco años, y a esa hora de la mañana bien podía tratarse de un gato incapaz de bajar de un árbol, un perro extraviado, un percance en la cocina o —esperaba que no— un caso de riesgo de asfixia por atragantamiento de un niño de corta edad. Los líos con armas de por medio casi siempre ocurrían una vez se ponía el sol, y normalmente estaban relacionados con el Squeaky Wheel.

—Aquí el nueve uno uno, ¿cuál es su urgencia?

—¡La chica de Avon ha matado a Tru! —contestó a gritos una voz femenina—. ¡Ha matado a Tru y al amigo de Tru! ¡El amigo no sé cómo se llama, pero esa mujer le ha hundido la puta cabeza en la puta pared! ¡Si vuelvo a mirarlo, me quedaré ciega!

—Señora, todas las llamadas al nueve uno uno quedan grabadas —advirtió Linny—, y no nos gustan las bromas.

—¡No bromeo! ¿Quién bromea? ¡Una desconocida ha entrado aquí por las buenas y ha matado a Tru! ¡A Tru y al otro! ¡Hay sangre por todas partes!

Linny, al oír que esa voz gangosa mencionaba a la chica de Avon, estuvo segura en un noventa por ciento de que aquello era una broma o un delirio; ahora, en cambio, estaba segura en un ochenta por ciento de que se trataba de un hecho real. La mujer farfullaba de tal modo que era casi imposible entenderla, y tenía un marcado acento sureño. Si la propia Linny no hubiese sido de Mink Crossing, en el condado de Kanawha, quizá habría pensado que su interlocutora hablaba un idioma extranjero.

—¿Cómo se llama, señora?

—Tiffany Jones, ¡pero da igual quién soy! Están muertos, y no sé por qué me ha dejado viva a mí, pero ¿y si vuelve?

Linny se encorvó para examinar la hoja de turnos del día: quién estaba en la oficina, quién de patrulla. El departamento del sheriff disponía de solo nueve coches, y casi siempre había uno o dos en el taller. El condado de Dooling era el más pequeño del estado, aunque no el más pobre; ese dudoso honor correspondía a su vecino, el condado de McDowell, en medio de la nada.

—No veo su número en mi pantalla.

—Claro que no. Llamo desde uno de los desechables de Tru. Les hace algo. Les… —Se produjo un silencio, una interferencia, y de pronto la voz de Tiffany Jones se alejó y adquirió un tono más agudo—. ¡Dios mío, el laboratorio acaba de volar por los aires! ¿Por qué habrá hecho eso? Dios mío, Dios mío…

Linny se disponía a preguntar de qué hablaba cuando oyó un retumbo. No fue muy potente, no temblaron las ventanas, pero había sido una explosión sin lugar a dudas. Como si un reactor salido de Langley, en Virginia, hubiese roto la barrera del sonido.

¿A qué velocidad viaja el sonido?, se preguntó. ¿No lo aprendimos en clase de física? Pero de eso hacía mucho tiempo. Había sido casi en otra vida.

—¿Tiffany? ¿Tiffany Jones? ¿Sigue ahí?

—¡Mande a alguien aquí antes de que se incendie el bosque! —exclamó Tiffany, levantando tanto la voz que Linny tuvo que apartarse el auricular de la oreja—. ¡Guíese por el olfato! ¡Busque el humo! ¡Ya se está formando una nube! ¡En Ball’s Hill, pasados el transbordador y el almacén de madera!

—Esa mujer, la que ha llamado usted «chica de Avon»…

Tiffany se echó a reír a la vez que lloraba.

—Ah, los polis la reconocerán si la ven. Es la que va manchada de sangre de Truman Mayweather.

—¿Puede darme su dir…?

—¡La caravana no tiene dirección! ¡Tru no recibe correo! ¡Cierre la boca y mande a alguien aquí!

Dicho esto, Tiffany colgó.

Linny cruzó la oficina principal vacía y salió al sol de la mañana. En las aceras de Main Street, unas cuantas personas miraban hacia el este haciéndose visera con las manos. En esa dirección, a unos cinco kilómetros de distancia quizá, se elevaba una columna de humo negro. Recta y bien definida, sin ondear, gracias a Dios. Y sí, era cerca del almacén de madera de Adams, un lugar que Linny conocía bien, primero por las excursiones con su padre en furgoneta y después por las excursiones con su marido en furgoneta. A los hombres les fascinaban cosas extrañas. Por lo visto, los almacenes de madera eran una de ellas, probablemente un poco por encima de los monster trucks pero muy por debajo de las exposiciones de armas.

—¿Qué pasa? —preguntó Drew T. Barry, de la Aseguradora Drew T. Barry, de pie delante de su local, en la acera de enfrente.

Linny casi veía las columnas de cifras de primas deslizándose al fondo de sus ojos. Volvió a entrar sin contestarle para llamar primero al departamento de Bomberos (donde ya estarían sonando los teléfonos), después a Terry Coombs y Roger Elway, de la Unidad Cuatro, y por último a la jefa. Que seguramente estaría dormida, porque la noche anterior había llamado para decir que estaba enferma.

2

Pero Lila Norcross no dormía.

Había leído en una revista, probablemente mientras esperaba para una limpieza dental o para examinarse la vista, que una persona tardaba, por término medio, entre quince y treinta minutos en quedarse dormida. Había una advertencia, no obstante, de la que Lila no necesitaba ser informada: convenía hallarse en un estado de ánimo sereno, y no era su caso. Para empezar, seguía vestida, si bien se había desabrochado el pantalón y la camisa marrón del uniforme. También se había quitado el cinturón reglamentario. Se sentía culpable. No estaba acostumbrada a mentir a su marido por pequeñeces, y nunca había mentido por nada verdaderamente importante hasta esa mañana.

«Accidente de tráfico en Mountain Rest Road —había escrito en un mensaje de texto—. No intentes llamar, tenemos que dejar esto en condiciones.» Esa mañana incluso había añadido un poco de verosimilitud que en ese momento se le clavaba como una espina: «Había arena para gatos por todas partes. Necesitamos un buldócer». Pero una cosa como esa aparecería en el semanario de Dooling, ¿no? Solo que Clint nunca lo leía, así que quizá por ese lado no había problema. No obstante, la gente hablaría de un accidente tan cómico, y él, al no oír a nadie comentarlo, tendría sus dudas.

«Quiere que lo descubran —había dicho a Clint mientras veían un documental de la HBO (El gafe, se titulaba) sobre un asesino en serie rico y excéntrico, un tal Robert Durst. Eso fue al principio del segundo de seis episodios—. Nunca habría accedido a dejarse entrevistar para el documental si no lo quisiera.» Y, en efecto, Robert Durst se hallaba actualmente en la cárcel. La cuestión era: ¿quería ella que la descubrieran?

De no ser así, ¿por qué ya de entrada le había enviado un mensaje? En su momento se dijo que lo hacía porque si él llamaba y oía de fondo el ruido del gimnasio del instituto Coughlin —las ovaciones del público, los chirridos de las zapatillas en el parqué, los trompetazos—, lógicamente le preguntaría dónde estaba y qué hacía allí. Pero podría haber dejado que la llamada pasara al buzón de voz, ¿no? ¿Y devolverla más tarde?

No se me ha ocurrido, se dijo. Estaba nerviosa y alterada.

¿Verdadero o falso? Esa mañana se inclinaba a pensar que era lo segundo. Que había estado urdiendo una enmarañada red a propósito. Que quería obligar a Clint a que la obligara a ella a confesar, y que fuera él quien deshiciera la madeja.

Tristemente, se dijo que, pese a sus numerosos años de experiencia en las fuerzas del orden, era su marido, el psiquiatra, quien podría convertirse en mejor delincuente con diferencia. Clint sabía guardar un secreto, ¿no?

Lila se sentía como si de pronto hubiese averiguado que su casa tenía una planta más. Por casualidad, se apoyó en cierto punto desgastado de la pared y apareció una escalera. A la entrada del pasadizo secreto había un gancho, y del gancho colgaba una chaqueta de Clint. La conmoción fue considerable, el dolor fue mayor, pero ni lo uno ni lo otro podía compararse con la vergüenza: ¿cómo podía una no percibirlo? Y en cuanto una se enteraba, en cuanto una despertaba a la realidad de su vida, ¿cómo podía seguir viviendo un solo segundo más sin anunciarlo a gritos? Si el descubrimiento de que su marido, un hombre con el que había hablado a diario durante más de quince años, el padre de su hijo, tenía una hija a la que nunca había mencionado… si eso no justificaba un grito, un desgarrador alarido de rabia y pesar, ¿qué lo justificaba? En cambio, le había deseado buenos días y se había acostado.

Al cabo de un rato el cansancio empezó a imponerse y a atenuar su angustia. Por fin sucumbía al sueño, y eso era bueno. Aquella situación le parecería más sencilla después de dormir cinco o seis horas; su determinación sería mayor; se vería capaz de hablar con él; y tal vez Clint la ayudara a comprender. En eso consistía el trabajo de él, ¿no? En dar sentido a los embrollos de esta vida. ¡Y vaya si era un embrollo aquello que ella tenía que plantearle! Arena para gatos por toda la calzada. Mierda de gato en el pasadizo secreto, arena para gatos y mierda de gato en la cancha de baloncesto, donde una chica, Sheila, se llamaba, bajó el hombro, obligando a retroceder a la defensora, dribló y enfiló hacia el aro.

Mientras una lágrima le resbalaba por la mejilla, Lila exhaló un suspiro, ya cerca de la escapatoria del sueño.

Algo le hizo cosquillas en la cara. Parecía un mechón de pelo o quizá un hilo desprendido de la funda de la almohada. Lo apartó, se sumió un poco más en el sueño verdadero, y estaba ya casi dormida cuando el teléfono, con un toque de clarín, reclamó su atención desde el cinturón reglamentario, que había dejado en el arcón de cedro situado al pie de la cama.

Abrió los ojos y se incorporó en el acto. El hilo o el pelo o lo que fuera le rozó la mejilla; lo apartó de un manotazo. Clint, si eres tú…

Cogió el teléfono, miró la pantalla. No era Clint. Se leía una única palabra: BASE. El reloj marcaba las 7.57. Lila pulsó ACEPTAR.

—¿Sheriff? ¿Lila? ¿Estás levantada?

—No, Linny, todo esto es un sueño.

—Es posible que tengamos un problema grave, me parece.

Linny era concisa y profesional. A ese respecto Lila le daba un sobresaliente, pero el acento asomaba de nuevo a su voz: no «tenemos un problema grave, me parece», sino me parese, de lo que se deducía que estaba preocupada y hablaba muy en serio. Lila abrió los ojos de par en par, como si con eso fuera a despertarse más deprisa.

—La persona que ha llamado ha denunciado un homicidio múltiple cerca del almacén de madera de Adams. Puede que se haya equivocado, o que haya mentido, o incluso que fuera una alucinación, pero desde luego sí ha habido una explosión de las gordas. ¿No lo has oído?

—No. Dime exactamente qué tenemos.

—Puedo ponerte la grabación de la llamada…

—Solo dímelo.

Linny la puso al corriente: una mujer colocada, histérica, dice que hay dos muertos, la chica de Avon es la autora, explosión, humo visible.

—Y has mandado…

—A la Unidad Cuatro. Terry y Roger. Según su última comunicación, están más o menos a un kilómetro de allí.

—De acuerdo. Bien.

—¿Vas…?

—De camino.

3

Estaba a medio camino del coche patrulla, aparcado en la vía de acceso, cuando advirtió que la miraba Anton Dubcek. Descamisado, con los pectorales relucientes, el pantalón (apenas) por encima de los huesos de la cadera, el chico de la piscina parecía estar presentándose a un casting para la foto de mayo del calendario de Chippendales. De pie en la acera, al lado de su camioneta, sacaba algún elemento de su equipo de limpieza de piscinas. ANTON EL CHICO DE LA PISCINA, se leía en el costado del vehículo en letra florentina.

—¿Qué estás mirando?

—El esplendor de la mañana —contestó Anton, y le dedicó una sonrisa radiante que probablemente debía de haber encandilado a todas las camareras de la zona de los Tres Condados.

Ella bajó la vista y vio que no se había remetido ni abotonado la camisa. El sencillo sujetador blanco mostraba mucho menos que cualquiera de sus dos biquinis (y era mucho menos sugerente), pero los hombres tenían algo con la ropa interior; veían a una chica en sujetador, y era como si acabaran de ganar cincuenta dólares por un billete de lotería de cinco pavos. Por Dios, pero si Madonna en su día había hecho carrera con eso. Seguramente antes de que Anton naciera, Lila cayó en la cuenta.

—¿Te da resultado esa frase, Anton? —preguntó ella al tiempo que se abotonaba y remetía la camisa—. ¿Alguna vez?

Él desplegó una sonrisa aún más amplia.

—La sorprendería.

Vaya, qué dientes tan blancos. No la sorprendería.

—Dejo abierta la puerta de atrás por si quieres una Coca-Cola. Ciérrala al salir, ¿vale?

—Recibido, procedo. —Le dirigió un apático saludo militar.

—Y nada de cerveza. Es demasiado temprano incluso para ti.

—Siempre son las cinco de la tarde en algún…

—No me vengas con letras de country, Anton. He tenido una larga noche y, si no consigo dar una cabezada en algún momento, va a ser un largo día.

—Recibido también. Pero, oiga, jefa, tengo que darle una mala noticia: casi seguro que allí, al fondo, tiene grafiosis del olmo. ¿Quiere que le deje el número de teléfono de mi experto en árboles? No le conviene que…

—Tú mismo, gracias.

A Lila la traían sin cuidado los árboles, al menos esa mañana, aunque debía reconocer lo inoportuno del momento: sus propias mentiras, las omisiones de Clint, el agotamiento, el incendio, los cadáveres, y para acabar una plaga en los árboles, y todo antes de las nueve de la mañana. Ya solo faltaba que Jared se rompiera un brazo o algo así, y a Lila no le quedaría más remedio que ir a St. Luke y rogar al padre Lafferty que la oyera en confesión.

Salió del camino de acceso marcha atrás, se dirigió hacia el este por Tremaine Street, se saltó un stop, cosa que le habría valido una multa de no haber sido sheriff, vio la columna de humo que se elevaba cerca de la Interestatal 17 y encendió las luces de emergencia. Pondría la sirena en las tres manzanas que constituían el centro de Dooling. Para sobresaltarlos a todos.

4

En el semáforo de delante del instituto, Frank Geary tamborileaba con los dedos sobre el volante. Iba camino de la casa del juez Silver. El viejo juez lo había llamado al móvil; por su tono de voz, era obvio que a duras penas mantenía la compostura. Habían atropellado a su gata, Cocoa.

Una indigente a la que ya conocía, envuelta en tal cantidad de capas de ropa que no se le veían los pies, cruzó por delante de su furgoneta empujando un carrito. Hablaba sola con una expresión risueña y jubilosa. Tal vez una de sus personalidades planeaba organizar una fiesta de cumpleaños sorpresa para otra de sus personalidades. A veces Frank pensaba que no le desagradaría volverse loco, loco no como Elaine creía que estaba, sino loco de verdad, loco como para hablar solo y empujar un carrito que contuviera bolsas de basura y la mitad superior de un maniquí masculino.

¿Qué razones tenían los dementes para preocuparse? Razones disparatadas, era probable, pero Frank, en su fantasía de la locura, quería imaginar que en ese estado todo era más sencillo. ¿Me echo la leche y los cereales por encima de la cabeza o lo echo todo en el buzón? Si uno estaba como un cencerro, quizá esa fuera una decisión estresante. Para Frank, una fuente de estrés eran los recortes inminentes en el presupuesto municipal anual de Dooling, que podían costarle el empleo, y otra fuente de estrés era tratar de controlarse los fines de semana cuando veía a su hija, y otra fuente de estrés era saber que Elaine esperaba que él fuera incapaz de controlarse. Su propia mujer deseando que fracasara, ¿qué tal eso como fuente de estrés? En comparación, la decisión entre echarse la leche y los cereales en la cabeza o echarlos al buzón era, a su juicio, perfectamente manejable. Los cereales en la cabeza, la leche en el buzón. Listo. Problema resuelto.

El semáforo se puso en verde, y Frank dobló a la izquierda por Malloy.

5

En la otra acera, la indigente —conocida como Vieja Essie entre los voluntarios del albergue, Essie Wilcox en un tiempo lejano— empujó cuesta arriba el carrito bamboleante por el corto terraplén cubierto de hierba que rodeaba el aparcamiento del instituto. Al acceder a la superficie asfaltada, se encaminó hacia los campos de deporte y la zona de bosque y matorral que se extendía más allá, donde vivía en los meses cálidos.

—¡Deprisa, niñas! —Essie dirigía la voz al frente, como si hablase al ruidoso contenido de su carrito, aunque en realidad se lo decía a su familia invisible, compuesta por cuatro niñas idénticas, que la seguían en fila, como patitos—. Tenemos que llegar a casa a la hora de la cena, ¡o si no, podríamos acabar convertidas en cena! ¡En la olla de una bruja!

Essie dejó escapar una risa, pero las niñas empezaron a llorar e inquietarse.

—¡Serán bobaliconas estas niñas! —exclamó—. Lo decía en broma.

Essie llegó al final del aparcamiento y siguió empujando el carrito por el campo de fútbol. A su espalda, las niñas se habían animado. Sabían que su madre nunca consentiría que les pasara nada. Eran niñas buenas.

6

Evie se hallaba entre dos palés de tablones de pino recién cortados en el lado izquierdo del almacén de madera de Adams cuando la Unidad Cuatro pasó a toda velocidad. Quedaba oculta a los curiosos que se hallaban delante del edificio principal, pero no a los que pasaban por la carretera. Así y todo, los agentes que acudían al aviso no se fijaron en ella, pese a que solo cubría su cuerpo la camisa de Truman Mayweather y presentaba en la cara y los brazos manchas de sangre de Truman Mayweather. Los polis solo tenían ojos para el humo que se elevaba en el linde de un bosque sumamente seco.

Terry Coombs se echó hacia delante en el asiento y señaló.

—¿Ves esa roca grande donde pone TIFFANY JONES LA CHUPA pintado con espray?

—Sí.

—Justo detrás verás un camino de tierra. Dobla por ahí.

—¿Seguro? —preguntó Roger Elway—. Parece que el humo está al menos un kilómetro más allá.

—Hazme caso. He estado aquí antes, en los tiempos en que Tru Mayweather se consideraba chulo de caravana a jornada completa y señorito cultivador de hierba a tiempo parcial. Supongo que ha medrado en la vida.

La Unidad Cuatro derrapó en la tierra, pero los neumáticos enseguida recuperaron la tracción. Roger avanzó a setenta, y la parte de atrás del coche patrulla a veces tocaba el suelo pese a la suspensión dura. Los altos hierbajos que crecían en el montículo central del camino zumbaban contra los bajos. Ya olían el humo.

Terry cogió el micrófono.

—Unidad Cuatro a Base; Base, aquí Cuatro.

—Cuatro, aquí Base —respondió Linny.

—Llegaremos al lugar de los hechos en tres minutos, siempre y cuando a Roger no se le vaya el coche a la cuneta.

Roger apartó una mano del volante el tiempo necesario para hacer una peineta a su compañero.

—¿Cuál es la situación de los bomberos? —preguntó Terry.

—Han puesto en marcha los cuatro camiones, además de la ambulancia. Van también algunos voluntarios. Deberían estar justo detrás de vosotros. Cuidado con la chica de Avon.

—La chica de Avon, entendido. Corto.

Terry dejó el micro en la horquilla justo cuando el coche patrulla superaba un bache y quedaban suspendidos en el aire momentáneamente. Roger detuvo el vehículo con un derrape. Más adelante salpicaban el camino fragmentos de tejado acanalado, bombonas de propano hechas añicos, garrafas de plástico y papeles rotos, algunos de ellos llameantes. Alcanzó a ver un disco negro y blanco que parecía el mando de un fogón.

Una pared del cobertizo, apoyada contra un árbol muerto, ardía como una antorcha tiki. El fuego había prendido también en dos pinos próximos a lo que fuera la parte de atrás del cobertizo, al igual que en los matorrales que delimitaban el camino.

Roger abrió el maletero, cogió el extintor y empezó a rociar la maleza con espuma blanca. Terry agarró la manta ignífuga y se puso a golpear con ella los restos en llamas dispersos por el camino. Los bomberos no tardarían en llegar; de momento sus esfuerzos debían concentrarse en la contención.

Roger se acercó al trote, extintor en mano.

—Ya está vacío, y tú con eso no vas a apagar una mierda. Larguémonos de aquí o nos quedaremos atrapados, ¿cómo lo ves?

—Me parece una idea excelente. Veamos qué ha pasado chez Mayweather.

El sudor perlaba la frente de Roger y resplandecía entre su escaso cabello, rubio claro. Entrecerró los ojos.

—¿Che? ¿Qué es eso de che?

A Terry le caía bien su compañero, pero no habría querido a Roger en su equipo en el concurso de preguntas de los miércoles en el Squeaky Wheel.

—Déjalo. Tú conduce.

Roger se sentó al volante. Terry rodeó el vehículo a toda prisa. A cuarenta metros por detrás de ellos, un camión bomba del departamento de Bomberos de Dooling dobló el recodo, escorado, rozando con sus altos flancos las ramas de los árboles que prácticamente invadían el camino. Terry los saludó con la mano y después desprendió la escopeta anclada bajo el salpicadero. Más valía prevenir que curar.

Llegaron a un claro donde una caravana pintada de un turquesa horrendo, como el de los guijarros de un acuario, se alzaba sobre gatos hidráulicos. Los peldaños eran bloques de hormigón. Una furgoneta F-150 oxidada descansaba sobre un par de neumáticos pinchados. Había una mujer desplomada contra el portón trasero, su rostro oculto tras una melena de color castaño claro. Vestía vaqueros y un top sin mangas. Tenía decorada con tatuajes la mayor parte de piel a la vista. Terry leyó la palabra AMOR en el antebrazo derecho. Iba descalza y una capa de mugre le cubría los pies. De tan flaca parecía demacrada.

—Terry… —Roger tomó aire y se aclaró la garganta con un ruido que semejaba más bien una arcada—. Allí.

Lo que Terry vio le trajo a la memoria la caseta de una feria de pueblo en la que había jugado de niño. Un hombre asomaba la cabeza a través de una silueta de Popeye, y por diez centavos podías lanzarle tres bolsas de plástico con agua coloreada. Solo que lo que había bajo la cabeza que sobresalía de la pared de la caravana no era agua coloreada.

A Terry le sobrevino un inmenso cansancio. Todo su cuerpo pareció aumentar de peso, como si sus entrañas se hubiesen convertido en hormigón. Ya había experimentado esa sensación antes, sobre todo en lugares donde se habían producido accidentes de tráfico graves, y sabía que era algo pasajero, pero mientras duraba era atroz. Se producía en el momento en que uno miraba a un niño sujeto todavía a su sillita por el cinturón pero con el pequeño cuerpo abierto igual que una bolsa de ropa sucia —o en el momento en que uno miraba una cabeza que asomaba de una caravana, con la piel arrancada de las mejillas por efecto del brutal modo en que había traspasado la pared— y se preguntaba por qué demonios se había creado el mundo ya de entrada. Las cosas buenas escaseaban, y el resto, en su mayor parte, se había podrido.

La mujer que estaba sentada en el portón trasero de la furgoneta levantó la cabeza. Estaba pálida y ojerosa. Tendió los brazos en dirección a ellos y en el acto volvió a bajarlos hacia los muslos, como si le pesaran demasiado, sencillamente demasiado. Terry la había visto ya allí; era una de las chicas de Tru Mayweather antes de que este entrara en el negocio de la meta. Tal vez continuaba allí porque él la había ascendido a seminovia, si es que a eso podía llamárselo ascender.

Salió del coche patrulla. Ella se deslizó por el portón, y habría caído de rodillas si Terry no la hubiese sujetado a medio camino. Al tocarla, notó su piel fría y las costillas muy marcadas. De cerca vio que algunos de los tatuajes eran en realidad magulladuras. Ella se aferró a él y se echó a llorar.

—Ya, ya —dijo Terry—. Ya, ya, chica. Estás a salvo. No sé qué ha pasado aquí, pero, sea lo que sea, ya ha terminado.

En otras circunstancias habría considerado a la única superviviente la sospechosa principal y habría pensado que todo eso de la chica de Avon no eran más que mentiras, pero el saco de huesos que tenía entre los brazos jamás habría podido empotrar la cabeza de aquel individuo en la pared de la caravana. Terry ignoraba cuánto tiempo llevaba Tiffany colocándose con el alijo de Truman, pero en su estado actual, pensó, solo sonarse la nariz le habría supuesto un esfuerzo sobrehumano.

Roger se acercó con una actitud extrañamente jovial.

—¿Es usted quien ha llamado, señora?

—Sí…

Roger sacó el cuaderno.

—¿Su nombre?

—Es Tiffany Jones —contestó Terry—. Es así, ¿no, Tiff?

—Sí. Yo a usted ya lo he visto antes. Aquella vez que fui a recoger a Tru cuando salió de la cárcel. Me acuerdo. Me trató bien.

—¿Y ese tío? ¿Quién es?

Roger señaló con el cuaderno la cabeza que asomaba de la pared; fue un gesto despreocupado, como si indicase un lugar turístico interesante en la zona, y no a un ser humano destrozado. Esa despreocupación daba grima, y Terry se la envidió. Si él fuera capaz de aprender a adaptarse a imágenes de esa índole tan fácilmente como Roger sería un hombre más feliz, pensó, y quizá un policía mejor.

—No lo sé —respondió Tiffany—. Era solo un amigo de Trume. Vino la semana pasada, de Arkansas, según decía. O quizá hace ya dos semanas.

Más abajo en el camino, se oían las voces de los bomberos y el zumbido del agua, procedente, cabía suponer, de un camión cisterna; allí no llegaba la conducción del agua. Terry vio un arcoíris momentáneo en el aire, frente al humo, que adquiría ya un color blanco.

Terry sujetó a Tiffany con delicadeza por las muñecas, finas como palos, y le escudriñó los ojos, inyectados en sangre.

—¿Qué sabes de la mujer que ha hecho esto? Has dicho a la operadora que ha sido una mujer.

—El amigo de Tru la llamó «chica de Avon», pero desde luego no lo era. —Una pizca de emoción afloró en Tiffany pese al estado de shock. Se irguió y, temerosa, miró alrededor—. Se ha ido, ¿no? Más vale.

—¿Cómo era?

Tiffany negó con la cabeza.

—No me acuerdo. Pero le ha robado la camisa a Tru. Creo que debajo iba desnuda.

Se le cerraron los ojos, y al cabo de un momento volvió a abrirlos lentamente. Terry reconoció los síntomas. Primero el trauma fruto de un suceso violento inesperado; a continuación la llamada histérica al novecientos once, y en ese momento el shock posterior al suceso. A eso debían sumarse las drogas que había consumido, independientemente de cuáles fuesen y durante cuánto tiempo las hubiera tomado. Subidón, bajón. Por lo que él podía adivinar, Truman Mayweather, Tiffany y el colega de Arkansas de Truman Mayweather llevaban tres días colocados.

—¿Tiff? Quiero que te sientes en el coche patrulla mientras mi compañero y yo echamos un vistazo. Siéntate aquí, en la parte de atrás. Relájate.

—Hora de echarse un sueñecito, chica —dijo Roger, sonriente, y por un momento Terry sintió el impulso casi irresistible de darle una patada en el culo a aquel paleto.

En lugar de eso, mantuvo abierta la puerta del coche para ella, y eso le trajo otro recuerdo: la limusina que había alquilado para ir al baile de graduación con Mary Jean Stukey. Ella con un vestido rosa sin tirantes y las mangas abullonadas, y el ramillete que él le había regalado prendido en la muñeca; él con un esmoquin de alquiler. Eran los tiempos dorados en que aún no había visto el cadáver de ojos blancos de una chica guapa con el cráter de un disparo de escopeta en el pecho; o un hombre ahorcado en un pajar; o una prostituta de ojos hundidos, adicta a la meta, a la que no parecían quedarle más de seis meses de vida.

Ya estoy viejo para este trabajo, se dijo Terry. Debería retirarme.

Tenía cuarenta y cinco años.

7

Aunque en realidad Lila nunca había herido a nadie de un tiro, sí había desenfundado el arma en cinco ocasiones y había disparado al aire una vez (y la de papeleo que tuvo que hacer solo por eso). Al igual que Terry y Roger, y todos los demás miembros de su pequeña banda de caballeros de azul, había retirado restos humanos de las carreteras del condado después de muchos accidentes de tráfico (normalmente con el olor a alcohol flotando todavía en el aire). Había esquivado objetos voladores, disuelto disputas familiares que llegaron a las manos, había practicado la reanimación cardiopulmonar, y había entablillado brazos y piernas rotos. Ella y sus hombres habían encontrado a dos niños perdidos en el bosque, y le habían vomitado encima en unas cuantas ocasiones. A lo largo de catorce años en las fuerzas del orden, había acumulado numerosas experiencias, pero nunca se había encontrado con una mujer manchada de sangre sin más ropa que una camisa de franela caminando por la línea central de la carretera principal del condado de Dooling. Era su primera vez.

Rebasó el cambio de rasante de Ball’s Hill a ciento treinta kilómetros por hora, y allí apareció la mujer, a menos de treinta metros del coche patrulla. No hizo siquiera ademán de apartarse a derecha o izquierda para esquivar el vehículo, pero en ese brevísimo instante Lila no advirtió en su rostro la característica expresión de ciervo asustado por los faros, sino solo serena observación. Y se fijó también en algo más: era guapísima.

Lila no podría haber parado a tiempo aunque hubiese dormido toda la noche, no a ciento treinta por hora. Se limitó a girar el volante a la derecha y sorteó a la mujer de la carretera por escasos centímetros, sin sortearla del todo, en realidad; oyó un ruido sordo, y de repente el retrovisor exterior no reflejaba la carretera, sino a la propia Lila.

Entretanto, tenía que lidiar con la Unidad Uno, ya un proyectil apenas bajo control. Embistió un buzón, que salió volando por los aires; antes de caer al suelo, el poste dio vueltas como el bastón de una majorette. El pesado coche patrulla levantó una polvareda, y Lila notó que amenazaba con deslizarse hacia la cuneta. Frenar no la salvaría, así que optó por pisar el acelerador, aumentando la velocidad. El coche patrulla rodó por el arcén derecho, y la grava repiqueteó en los bajos. Avanzaba ya con una inclinación considerable. Si la cuneta la atrapaba, volcaría, y sus probabilidades de llegar a ver a Jared graduarse en el instituto se reducirían de manera drástica.

Lila giró el volante ligeramente a la izquierda. Al principio el coche derrapó, pero al cabo de un momento recuperó la tracción y volvió a la calzada con un rugido. Con el asfalto de nuevo bajo las ruedas, Lila pisó el freno, el morro se hundió, y la deceleración la impulsó con tal fuerza contra el cinturón de seguridad que tuvo la sensación de que los ojos se le salían de las órbitas.

Paró al final de una larga huella doble de caucho quemado. El corazón le palpitaba con violencia. Ante sus ojos flotaban puntos negros. Se obligó a tomar aire para no desmayarse y echó un vistazo por el retrovisor.

La mujer no se había adentrado en el bosque, ni corría cuesta arriba por Ball’s Hill, donde había otra carretera que se desviaba hacia el transbordador de Ball Creek. Se quedó allí sin más, volviendo la cabeza por encima del hombro. Esa mirada atrás, unida al trasero desnudo que asomaba por debajo del faldón de la camisa, resultaba extrañamente coqueta; parecía una foto de algún calendario de Alberto Vargas.

Con la respiración acelerada y un sabor metálico en la boca a causa de la adrenalina consumida, Lila retrocedió por el camino de acceso de una casa unifamiliar pequeña y cuidada. En el porche había una mujer con un niño en brazos. Lila bajó la ventanilla eléctrica y dijo:

—Entre en casa, señora. Inmediatamente.

Sin esperar a ver si la mujer obedecía, Lila arrancó y, atenta para esquivar el buzón caído, volvió a subir por Ball’s Hill hacia donde se hallaba la mujer. Oía el roce del guardabarros abollado contra uno de los neumáticos.

La radio emitió un sonido. Era Terry Coombs.

—Unidad Uno, aquí Cuatro. ¿Estás ahí, Lila? Contesta. Tenemos a dos cocineros de meta muertos cerca del almacén de madera.

Lila agarró el micrófono.

—Ahora no, Ter —dijo, y dejó caer el micro en el asiento.

Se detuvo delante de la mujer, desabrochó el cierre de la pistolera y, al tiempo que se apeaba de la Unidad Uno, desenfundó su arma reglamentaria por sexta vez en toda su carrera al servicio de las fuerzas del orden. Mientras contemplaba aquellas piernas largas y bronceadas y aquellos pechos turgentes, se retrotrajo por un instante a su propio camino de acceso… ¿era posible que hubieran pasado solo quince minutos? «¿Qué estás mirando?», había preguntado. Anton había contestado: «El esplendor de la mañana».

Esa mujer, allí en medio de la carretera de Dooling, sí era el esplendor de la mañana, un esplendor como Lila nunca había visto.

—Levante las manos. Levántelas, ahora mismo.

La chica de Avon, alias Esplendor de la Mañana, alzó las manos.

—¿Sabe lo cerca que ha estado de morir?

Evie desplegó una sonrisa que iluminó todo su rostro.

—No tan cerca —dijo—. Lo has tenido bajo control todo el tiempo, Lila.

8

El viejo hablaba con un ligero temblor.

—He preferido no moverla.

La gata, una atigrada marrón, yacía en la hierba. El juez Oscar Silver estaba en el suelo a su lado, manchándose las rodillas de los pantalones caquis. Tendido de costado, el animal casi parecía normal, salvo por la pata delantera derecha, que colgaba, laxa, en una grotesca V. De cerca, se veían también volutas de sangre en sus ojos, alrededor de las pupilas. Tenía la respiración superficial y, conforme al instinto de los felinos heridos, contrario a la lógica, ronroneaba.

Frank se sentó en cuclillas junto a la gata. Se levantó las gafas de sol por encima de la frente y entornó los ojos, deslumbrado por la implacable luz de la mañana.

—Lo siento, juez.

Silver ya no lloraba, pero había llorado. Frank lamentó verlo, pero no le sorprendió: las personas querían a sus animales, a menudo con un grado de franqueza que no se permitían expresar con sus congéneres.

¿Cómo definiría eso un psiquiatra? ¿Como desplazamiento? Bueno, el amor era difícil. Lo único que Frank sabía era que de quienes uno realmente debía cuidarse en este mundo era de los que no podían sentir amor ni por un gato ni por un perro. Y uno debía cuidarse de sí mismo, naturalmente. Mantener las cosas bajo control. Conservar la calma.

—Gracias por venir tan pronto —dijo el juez Silver.

—Es mi trabajo —respondió Frank, aunque no era exactamente así.

Como único funcionario a jornada completa del departamento de Control Animal del condado, se ocupaba más de mapaches y perros callejeros que de gatos moribundos. No obstante, consideraba a Oscar Silver un amigo, o algo parecido. Antes de que el juez pasara al dique seco por culpa de sus riñones, Frank había compartido con él no pocas cervezas en el Squeaky Wheel, y fue Oscar Silver quien le había facilitado el nombre de un abogado matrimonialista y le había sugerido que pidiese hora con él. Silver le recomendó también «alguna forma de orientación psicológica» cuando Frank reconoció que a veces levantaba la voz a su mujer y a su hija (guardándose de mencionar aquella ocasión en que atravesó la pared de la cocina de un puñetazo).

Frank no había ido a ver al abogado ni al psicoterapeuta. Con respecto a lo primero, aún creía que podía resolver las cosas con Elaine. Con respecto a lo segundo, tenía la sensación de que podía controlar bastante bien su mal genio si los demás (Elaine, por ejemplo, pero también Nana, su hija) tomaban conciencia de que él solo pensaba en el interés de ellos.

—La he tenido desde que era una cría —decía entonces el juez Silver—. La encontré detrás del garaje. Fue poco después de que falleciera Olivia, mi mujer. Sé que suena ridículo, pero me pareció… un mensaje.

Recorrió con el índice el valle entre las orejas de la gata, frotándole la piel con delicadeza. Si bien la gata siguió ronroneando, no alargó el cuello hacia el dedo ni reaccionó. Sus ojos ensangrentados permanecían fijos en la hierba verde.

—Quizá lo fuera —dijo Frank.

—Fue mi nieto quien le puso Cocoa. —Meneó la cabeza y torció el gesto—. Ha sido un Mercedes. Lo he visto. Yo salía a por el periódico. Ese maldito coche debía de ir casi a cien. ¡En un barrio residencial! ¿Qué razón hay para eso?

—Ninguna. ¿De qué color era ese Mercedes?

Frank estaba pensando en algo que Nana le había comentado unos meses antes. En una de las casas grandes de lo alto de Briar, por delante de la cual pasaba cuando repartía el periódico, vivía un hombre que tenía un coche de lujo. Un Mercedes verde, le había dicho, si Frank no recordaba mal.

—Verde —dijo entonces el juez Silver—. Era verde.

Un gorgoteo acompañaba ya el ronroneo de la gata. Su costado subía y bajaba más rápidamente. Sin duda estaba sufriendo.

Frank apoyó una mano en el hombro de Silver y le dio un apretón.

—Tengo que hacerlo ya.

El juez se aclaró la garganta, pero no habría sido capaz de hablar. Se limitó a asentir con la cabeza.

Frank abrió la cremallera de la bolsa de piel que contenía la aguja hipodérmica y los dos viales.

—La primera solo la relaja. —Clavó la aguja en el vial y llenó la jeringuilla—. La segunda la deja dormida.

9

Hubo un tiempo, mucho antes de los acontecimientos narrados aquí, en que la zona de los Tres Condados (McDowell, Bridger y Dooling) elevó una petición para que el desaparecido reformatorio juvenil de Ash Mountain pasara a ser una muy necesaria cárcel de mujeres. El estado pagó el terreno y los edificios, y se le puso el nombre del condado —Dooling— que más dinero aportó a la reforma del Centro Penitenciario. Este abrió sus puertas en 1969, e integraban el personal residentes de los Tres Condados muy necesitados de empleo. En su día se había considerado aquella prisión «de última generación» y «un punto de referencia en el sector penitenciario femenino». Parecía más un instituto de las afueras que una cárcel si pasabas por alto la concertina que coronaba los metros y metros de alambrada del perímetro.

Casi medio siglo después, seguía pareciendo un instituto, pero uno que atravesaba tiempos difíciles y tenía una base tributaria decreciente. Los edificios habían empezado a deteriorarse. La pintura (rica en plomo, según rumores) se desconchaba. Las cañerías tenían escapes. El sistema de calefacción estaba obsoleto, y en lo más crudo del invierno solo la zona de administración mantenía la temperatura por encima de los dieciocho grados. En verano las reclusas se asaban en sus módulos. La iluminación era tenue; el antiguo cableado eléctrico era una catástrofe en ciernes, y el vital equipo de vigilancia de las reclusas se averiaba como mínimo una vez al mes.

En cambio disponía de un excelente patio de ejercicio, con pista de atletismo, una cancha de baloncesto en el gimnasio, otra de shuffleboard, un pequeño diamante para softball y un huerto contiguo a la zona de administración. Era allí, cerca de los guisantes y el maíz en flor, donde la directora Janice Coates, sentada en una caja de plástico azul para el reparto de la leche, con el bolso de punto de color beige abandonado en la tierra a sus pies, fumaba un Pall Mall sin filtro y veía acercarse el coche de Clint Norcross.

El psiquiatra mostró su carnet (algo innecesario, puesto que todo el mundo lo conocía, pero exigido por el protocolo) y la verja principal se deslizó sobre su riel. Accedió al espacio de seguridad intermedio y esperó a que se cerrara la verja. Cuando la funcionaria de guardia —esa mañana Millie Olson— vio una señal verde en su tablero, lo que indicaba que la verja exterior estaba bien cerrada, abrió la interior. Al volante de su Prius, Clint avanzó lentamente junto a la valla hasta el aparcamiento del personal, que a su vez disponía de verja. Allí un letrero advertía: ¡NO DESCUIDE LA SEGURIDAD! ¡CIERRE BIEN SU VEHÍCULO!

Al cabo de dos minutos, estaba de pie junto a la directora, con el hombro apoyado en el viejo muro de ladrillo y el rostro vuelto hacia el sol de la mañana. Lo que siguió se asemejó a un salmo responsorial en una iglesia fundamentalista.

—Buenos días, doctor Norcross.

—Buenos días, directora Coates.

—¿Preparado para un nuevo día en el maravilloso mundo penitenciario?

—La verdadera pregunta es si el maravilloso mundo penitenciario está preparado para mí. Así de preparado estoy. ¿Y usted, Janice?

Ella se encogió de hombros en un gesto parco y dejó escapar el humo.

Clint señaló el cigarrillo con el mentón.

—Pensaba que lo había dejado.

—Y así era. Me gusta tanto dejarlo que lo dejo una vez por semana. En ocasiones dos.

—¿Todo en orden?

—Esta mañana, sí. Anoche tuvimos una crisis nerviosa.

—No me lo diga, a ver si lo adivino: Angel Fitzroy.

—No. Kitty McDavid.

Clint enarcó las cejas.

—Eso no me lo esperaba. Cuénteme.

—Según su compañera de celda, Claudia Stephenson, a la que las otras mujeres llaman…

—Claudia Cuerpo de Dinamita —completó Clint—. Muy orgullosa de esos implantes. ¿Fue Claudia la que inició algo?

Clint no tenía nada en contra de Claudia, pero confiaba en que fuera el caso. Los médicos, como seres humanos que eran, tenían sus preferencias, y Kitty McDavid era una de las suyas. Kitty se hallaba en mala forma cuando llegó: autolesiones, humor muy variable, alto nivel de ansiedad. Habían avanzado mucho desde entonces. Los antidepresivos habían surtido un efecto óptimo y, Clint se complacía en creer, las sesiones de psicoterapia también habían ayudado un poco. Al igual que él, Kitty era producto del sistema de acogida familiar de la región de los Apalaches. En una de sus primeras entrevistas, Kitty le había preguntado con acritud si se hacía una mínima idea, en su enorme cabeza de zona residencial, de cómo se sentía uno sin hogar ni familia.

Clint no titubeó.

—No sé cómo fue para ti, Kitty, pero yo me sentí como un animal. Como si estuviera siempre cazando o siendo cazado.

Ella se quedó mirándolo con los ojos como platos.

—¿Usted…?

—Sí, yo —contestó él, queriendo decir: «Yo también».

Kitty había pasado a recibir informes de buena conducta casi a diario y, mejor aún, había llegado a un acuerdo con la fiscalía para atestiguar en el caso de los hermanos Griner, fruto de una importante redada por un asunto de droga organizada ese invierno por la mismísima sheriff de Dooling, Lila Norcross. Si Lowell y Maynard Griner caían, la libertad condicional era una clara posibilidad para Kitty. De conseguirla, tal vez saliera adelante, pensaba Clint. Ella entendía ya que, si bien quedaría en sus propias manos encontrar un lugar en el mundo, para asumir esa responsabilidad necesitaría apoyo continuo, tanto médico como de la comunidad. Clint consideraba que Kitty poseía la fortaleza suficiente para pedir ese apoyo, para luchar por él, y se fortalecía cada día más.

Janice Coates era menos optimista. En lo que se refería a las reclusas, su postura consistía en no hacerse demasiadas ilusiones. Quizá por eso ella era la directora —la mandamás—, y él, solo el psiquiatra residente de ese hotel del Estado.

—Según Stephenson, McDavid la despertó —explicó Janice—. Primero empezó a hablar dormida, luego levantó la voz y al final gritó. Decía que venía el Ángel Negro o algo así. O tal vez fuera la Reina Negra. Sale en el informe del incidente. «Con telarañas en el pelo y muerte en las yemas de los dedos.» Daría para un buen programa de televisión, ¿no cree? Para el canal de ciencia ficción. —La directora dejó escapar una risa sin sonreír—. Seguro que se lo pasaría usted en grande con eso, Clint.

—Suena más a película —comentó Clint—. Puede que alguna que vio de niña.

Coates alzó la vista al cielo.

—¿Lo ve? Citando a Ronnie Reagan: «Ya está otra vez con lo mismo».

—¿Qué? ¿No cree en los traumas infantiles?

—Yo creo en una cárcel agradable y tranquila, en eso creo. Se la llevaron al módulo A, la Tierra de los Chiflados.

—Políticamente incorrecto, directora Coates. El término preferido es Centro de Apretado de Tornillos. ¿Tuvieron que ponerla en la silla de inmovilización?

Aunque a veces era necesaria, Clint detestaba esa silla, que parecía el asiento envolvente de un coche deportivo transformado en instrumento de tortura.

—No, le dimos medicación amarilla, y se calmó. No sé cuál, tampoco me importa demasiado, pero constará en el informe del incidente, si quiere consultarlo.

En Dooling había tres niveles de medicación: rojo, que solo podía administrar personal médico; amarillo, que podían administrar los funcionarios; y verde, que las reclusas podían tener en las celdas siempre y cuando no estuvieran en el módulo C ni hubieran sido objeto de informes de mala conducta.

—De acuerdo —dijo Clint.

—Ahora mismo, su chica, McDavid, está durmiendo la mona…

—No es mi chica…

—Y con eso concluye el parte de la mañana. —Janice bostezó, restregó el cigarrillo contra la pared y echó la colilla bajo la caja de reparto de leche, como si por no estar a la vista de algún modo fuera a desaparecer.

—¿No la dejo dormir, Janice?

—No es usted. Anoche cené comida mexicana. Me he levantado no sé cuántas veces para ir al váter. Eso que dicen es verdad: lo que sale se parece sospechosamente a lo que entra.

—Exceso de información, directora.

—Es usted médico, puede manejarla. ¿Va a ir a ver cómo está McDavid?

—A lo largo de la mañana, sin duda.

—¿Quiere que le diga cuál es mi teoría? Pues bien, es esta: de pequeña sufrió malos tratos por parte de alguna mujer que se hacía llamar la Reina Negra. ¿Qué le parece?

—Podría ser —dijo Clint, sin morder el anzuelo.

Podría ser. —La directora negó con la cabeza—. ¿Por qué investigar su infancia, Clint, cuando todavía son niñas? En esencia por eso están aquí la mayoría de ellas: comportamiento infantil en primer grado.

Eso llevó a Clint a pensar en Jeanette Sorley, que después de soportar los crecientes malos tratos en su matrimonio había apuñalado a su marido con un destornillador y se había quedado mirando cómo moría desangrado. Si no hubiese actuado así, al final Damian Sorley habría acabado matándola. A ese respecto Clint no albergaba la menor duda. Para él eso no era comportamiento infantil, sino instinto de supervivencia. En todo caso, si se lo decía a la directora Coates, ella se negaría a oírlo: en ese sentido, era de la vieja escuela. Más valía limitarse a dar por concluido el salmo (responsorial).

—Iniciemos, pues, directora Coates, un día más en la vida de la cárcel femenina, a orillas del Canal Real.

Ella cogió su bolso, se puso en pie y se sacudió los fondillos del pantalón del uniforme.

—No hay canal, pero siempre está el transbordador de Ball’s Creek, a un paso de aquí carretera abajo, así que sí. Iniciemos el día.

Prendiéndose las tarjetas de identificación en sus respectivas camisas, entraron juntos aquel primer día de la enfermedad del sueño.

10

Magda Dubcek, madre del joven y apuesto limpiador de piscinas del pueblo conocido como Anton el Chico de la Piscina (además, se había convertido en sociedad, así que tengan la bondad de extender los cheques a nombre de Anton el Chico de la Piscina, S. R. L.), entró tambaleante en el salón del dúplex que compartía con su hijo. Llevaba el bastón en una mano y un tonificante matutino en la otra. Se desplomó en su sillón con un suspiro y un pedo y encendió el televisor.

A esa hora del día, normalmente habría sintonizado la segunda parte de Good Day Wheeling, pero esa mañana puso NewsAmerica. Había una noticia que le interesaba, lo cual era bueno, y conocía a una de las corresponsales que la cubrían, lo cual era aún mejor. La pequeña Michaela Coates, que en ese momento se hacía llamar Michaela Morgan pero para Magda sería por siempre jamás la pequeña Mickey, a quien había cuidado cuando era niña, hacía ya muchos años. Por aquel entonces Jan Coates era solo celadora en la prisión de mujeres situada en el extremo sur del pueblo, una madre viuda que intentaba salir adelante como buenamente podía. Se había convertido en la directora, la jefa de toda la banda, y su hija Mickey, en una corresponsal de televisión conocida a nivel nacional y establecida en Washington, famosa por sus preguntas contundentes y sus faldas cortas. No cabía duda de que las Coates habían llegado a algo en la vida. Magda se enorgullecía de ellas, y si sentía un amago de tristeza por el hecho de que Mickey nunca la telefoneara ni le escribiera, o porque Janice nunca se dejase caer por allí para pegar la hebra, bueno, las dos tenían trabajos que atender. Magda no pretendía siquiera comprender las presiones bajo las que las dos actuaban.

Esa mañana el presentador de turno era George Alderson. Con sus gafas y sus hombros cargados, y el pelo ralo, no se parecía en nada a los ídolos de los informativos vespertinos que solían leer las noticias sentados tras grandes mesas. Alderson parecía el empleado de un depósito de cadáveres. Además, tenía una voz poco afortunada para dedicarse a la televisión. Una especie de graznido. En fin, Magda suponía que por alguna razón NewsAmerica era la cadena número tres por detrás de FOX y CNN. Esperaba con impaciencia el día en que Michaela ascendiera a una de esas otras. Entonces ya no tendría que soportar a Alderson.

«A esta hora todavía seguimos con atención una noticia reciente que empezó en Australia», dijo Alderson. En su semblante intentaba combinar preocupación y escepticismo, pero el resultado parecía más bien una mueca de estreñimiento.

«Deberías jubilarte y quedarte calvo en la comodidad de tu casa», pensó Magda, y brindó con el primer cubalibre del día. «Ve a encerarte la cabeza, George, y deja paso a mi Michaela.»

«Responsables médicos de Oahu, Hawái, informan de que continúa propagándose el brote de lo que algunos llaman “enfermedad del desvanecimiento asiática”, y otros, “gripe del desvanecimiento australiana”. Según parece, nadie sabe con certeza dónde se originó en realidad, pero hasta el momento las únicas víctimas han sido mujeres. Ahora nos llega la noticia de que se han observado algunos casos en nuestras costas, primero en California, luego en Colorado y ahora en las Carolinas. Damos paso a Michaela Morgan, que nos trae más información.»

—¡Mickey! —exclamó Magda, y brindó de nuevo en dirección al televisor (derramándose un poco de cubalibre en la manga de la rebeca). Esa mañana Magda tenía solo un leve dejo checo, pero para cuando Anton llegara a casa a las cinco hablaría como si acabara de desembarcar, pese a llevar casi cuarenta años viviendo en la zona de los Tres Condados—. ¡La pequeña Mickey Coates! Yo perseguía tu trasero desnudo por el salón de tu madre, y nos partíamos las dos de risa. Te cambiaba los pañales sucios, locuela. ¡Quién te ha visto y quién te ve!

Michaela Morgan, antes Coates, vestida con una blusa sin mangas y una de sus características minifaldas, se hallaba delante de un complejo de edificios dispersos de color rojo establo. Magda opinaba que esas minifaldas le hacían un buen servicio. Incluso los políticos de altos vuelos podían quedar hipnotizados por un atisbo de muslo, y a veces, cuando se hallaban sumidos en ese estado, la verdad escapaba de sus bocas mentirosas. No siempre, claro, pero sí a veces. En lo referente a la nueva nariz de Michaela, Magda albergaba sus dudas. Echaba en falta la graciosa naricilla que tenía su chica de pequeña, y en cierto modo, con su afilada nariz actual, Mickey ya no se parecía mucho a Mickey. Por otro lado, estaba espectacular. Uno no podía apartar la vista de ella.

«Estoy en el centro de cuidados paliativos Loving Hands, de Georgetown, donde esta mañana temprano se han observado los primeros casos de lo que algunos llaman “gripe del desvanecimiento australiana”. Hay aquí internados casi cien pacientes, en su mayoría geriátricos, y más de la mitad son mujeres. La gerencia no quiere confirmar ni desmentir el brote, pero he hablado con un auxiliar hace unos minutos, y lo que ha dicho, aunque breve, resulta inquietante. Ha pedido que se respete su anonimato. Aquí lo tienen.»

La entrevista grabada era ciertamente breve, apenas un puñado de frases. Mostraba a Michaela conversando con un hombre que vestía una bata blanca; este tenía la cara pixelada y la voz alterada electrónicamente, de modo que parecía el siniestro jefe supremo alienígena de una película de ciencia ficción.

«¿Qué está pasando ahí dentro? —preguntó Michaela—. ¿Puede ponernos al corriente?»

«La mayoría de las mujeres están dormidas, y es imposible despertarlas —dijo el auxiliar con su voz de jefe supremo alienígena—. Pasa lo mismo que en Hawái.»

«Pero ¿los hombres…?»

«Los hombres como si nada. En pie y desayunando.»

«En Hawái se ha informado de… excrecencias en las caras de las mujeres dormidas. ¿Ocurre aquí lo mismo?»

«Creo… creo que no debo hablar de eso.»

«Por favor —insistió Michaela con un pestañeo—, la gente está preocupada.»

—¡Así se hace! —graznó Magda, saludó al televisor con su copa y se derramó un poco más de cubalibre en la rebeca—. ¡Ponte sexy! ¡En cuanto te los metes en el bolsillo, puedes sacarles cualquier cosa!

«No hay excrecencias en el sentido de tumores —dijo la voz del jefe supremo—. Parece más bien como si tuvieran algodón pegado. Ahora tengo que irme.»

«Solo una pregunta más…»

«Tengo que irme. Pero… crece, esa especie de algodón. Da… asco.»

Las imágenes dieron paso a la toma en directo.

«Una declaración inquietante de una persona con información de primera mano… de ser cierta. Te devuelvo la palabra, George.»

Una vez que había visto a Mickey, Magda apagó el televisor. Esperaba que aquello fuera un bulo, otro rumor falso para sembrar el pánico, como lo del Efecto 2000 o el SRAG; aun así, la idea de que una enfermedad provocara en las mujeres no solo el sueño sino además el crecimiento de algo era, como decía Mickey, inquietante. Se alegraría cuando Anton llegara a casa. Sin más compañía que el televisor, se sentía sola, aunque no era de las que se quejaban. Magda no quería causar preocupaciones a su hijo, un joven muy trabajador, eso ni hablar. Ella le había prestado el dinero para abrir el negocio, pero era él quien lo mantenía en marcha.

De momento, sin embargo, quizá una copita más, solo un trago, y después una siesta.