Esta recopilación de entrevistas abarca desde 1976 hasta 2000 y una amplia variedad de temas. A excepción de la primera, que apareció en Diacritics, publicación de la Universidad de Cornell, y que fue un diálogo escrito con los redactores, todas las demás fueron, por decirlo así, cara a cara. De modo que reflejan necesariamente la inmediatez de tales encuentros, el toma y daca, el lenguaje informal de preguntas y respuestas, las vueltas y revueltas en torno a un tema, la formulación y reformulación de un argumento, el reto y el contrarreto del entrevistador y el entrevistado. Estas conversaciones fueron revisadas inicialmente por los periódicos o las revistas que las llevaron a cabo (y donde fueron publicadas), luego por Gauri Viswanathan y Shelley Wanger, y finalmente por mí. Como entonces, son una mezcla de discurso directo y aclaración posterior. Ninguno de los que han participado en estas entrevistas ha hecho ningún esfuerzo para que parecieran «mejor escritas». Por ello son, principalmente, el reflejo de diversas circunstancias, situaciones, preocupaciones y estados de ánimo en varios lugares (de Estados Unidos, Europa u Oriente Próximo), en diferentes publicaciones y con distintos entrevistadores.
El papel de las entrevistas no es el de los libros y los ensayos. En mi caso, estas han surgido a menudo como respuesta a lo que había escrito en mis libros y artículos, y como tales, reflejan los intereses del entrevistador. Debo decir, de todos modos, que son un elemento constante en la vida del profesor que publica y del crítico público. Siempre que doy una conferencia o publico un libro estoy muy agradecido a esos individuos amables e intelectualmente generosos que me brindan la oportunidad de responder a sus preguntas, a bocajarro y sin preparación. De muchas maneras, las entrevistas son actos de continuo descubrimiento, no solo para la persona entrevistada, sino para el entrevistador más experto. Así, resulta reconfortante que quien ha preparado una larga serie de preguntas escritas de forma meticulosa descarte la lista y pase simultánea y directamente a hablar conmigo —a partir de nuestra discusión más que a partir de una página escrita—, con lo que se suelen descubrir más cosas, con resultados por lo general impredecibles. Toda situación, por tanto, refleja un conjunto particular de circunstancias, y puesto que he andado metido en la vida pública como activista político, como intelectual y estudioso, surgen todo tipo de desafíos que siempre he procurado afrontar. En cualquier caso, espero que, a pesar de su informalidad y su naturaleza relativamente variada, estas entrevistas también respondan a los intereses y las preocupaciones del lector… en otro tiempo, en otro lugar.
EDWARD W. SAID
Nueva York, 20 de marzo de 2001
Pocos escritores actuales son tan prolíficos como Edward W. Said. Autor de casi dos docenas de libros, Said ha escrito acerca de una amplia variedad de temas que van de la crítica literaria a la política en Oriente Próximo pasando por la ópera, el cine y los viajes. Sus opiniones, marcadas por una seductora energía comunicativa, han alcanzado a un vasto público a través de sus publicaciones, artículos y libros, ya traten de Joseph Conrad o de Palestina y el proceso de paz. También se le han dedicado varias obras íntegras y antologías de ensayos críticos; de hecho, cada año aparece media docena de publicaciones sobre su obra, y los libros que ofrecen una perspectiva crítica sobre Edward Said se han convertido en una industria en sí mismos. Hay tanto escrito por él y sobre él que deberíamos perdonar a quien preguntara qué nuevas ideas puede ofrecernos un libro de entrevistas, ideas que no estén ya presentes en los textos de Said o en los libros sobre él.
La respuesta es sencilla: las entrevistas concedidas por Said en las tres últimas décadas proclaman con audacia que ni sus libros ni los ensayos escritos sobre él tienen la última palabra. Lo primero que conviene observar es no solo la cantidad de entrevistas concedidas por el autor, tanto a los medios escritos como a los audiovisuales, sino también los distintos lugares donde se efectuaron (Asia y Oriente Próximo, Europa y Estados Unidos). Todo ello confirma su presencia en la escena internacional como uno de los intelectuales más vehementemente públicos de nuestro tiempo, un hombre que despierta el interés del lector por su apasionado humanismo, su refinamiento y erudición, sus opiniones provocativas y su inquebrantable compromiso con la causa de la autodeterminación palestina. Dispersas en numerosas publicaciones de todo el mundo, estas entrevistas no habían sido recogidas en libro. Juntas revelan una mente en perpetua exploración que regresa a ideas anteriores de sus libros o artículos para reelaborarlas. La fluidez y variedad del pensamiento de Said se puede medir por su capacidad para retomar argumentos aparecidos en sus libros y ensayos, no solo para defenderlos y ampliarlos, sino, lo que es más importante aún, para señalar sus límites y sondear sus ulteriores posibilidades, sobre todo en contextos distintos de aquellos que los originaron. En otras palabras, Said viaja con sus ideas tan lejos como puede mucho tiempo después de haberlas expresado por primera vez, y aplica a la asimilación acrítica de su obra el mismo escepticismo que reserva en general para su formulación ahora famosa acerca de la «teoría itinerante». En el ensayo del mismo nombre publicado en El mundo, el texto y el crítico (1983), Said argumentaba que las teorías desarrolladas en contextos locales suelen perder su elasticidad y diluirse en potencia y significado cuando se transportan a otro lugar. En su forma más débil, las teorías no pueden ser más que métodos estratégicos en los que el sistema y el procedimiento ocupan el lugar del pensamiento genuino.
La fuerza debilitada de las teorías itinerantes pone en entredicho la idea convencional de que una de las maneras de que la influencia sea válida consiste en reivindicar su aplicación general y borrar las distinciones entre gentes y lugares. Ese es también el poder del imperio, que «lo universal siempre se alcanza a expensas de lo nativo» («Crítica, cultura y música»). Solo cuando el saber local sea relevante para los textos y estos se reinstalen en sus situaciones y escenarios, las lecturas podrán enfrentarse a los lenguajes del universalismo y la estandarización. Un ejemplo de los usos productivos del contexto local es la descripción que hace Said de cómo Albert Camus se sirve del discurso cultural de la escuela francesa para demorar la aparición de una Argelia independiente (p. 143). Es un método interpretativo que Said utiliza cuando lee su propia obra en respuesta a las preguntas de los entrevistadores. Al extender la crítica del universalismo a su propia obra, Said llama la atención hacia las condiciones localizadas de producción del saber que afectan a la manera como uno comprende no solo las obras que estudia, sino también las que escribe. Al ser entrevistado en tantas partes del mundo, invariablemente se le pide que responda a las preocupaciones más pertinentes en esos lugares, y reconsidere su propia obra con relación a esas diferentes preocupaciones. Tomemos, por ejemplo, la influencia de Said sobre los historiadores de la India. En Calcuta le pregunta un entrevistador («Siempre aprendo cuando enseño») si no es el caso que, como resultado de su influencia sobre los estudios del discurso colonial, los libros de historia de la India se han «desviado» de la historia social. Lo que sugiere el entrevistador es que la historia de la India poscolonial podría haber mantenido la trayectoria marxista predominante en la historiografía india de no haber sido por las intervenciones de Said en política cultural, lo que provocó que el análisis académico abandonara el estudio de las clases sociales y pasara al estudio del poder discursivo de los textos coloniales y su representación. La pregunta del entrevistador pone de relieve el hecho de que, en las sociedades poscoloniales, no existe un enfoque en el que todos coincidan a la hora de descolonizar la mentalidad, utilizando la famosa expresión de N’gugi wa Thiong’o. Con el advenimiento de los estudios poscoloniales, estimulados en gran medida por la obra de Said, sabemos que lo que podría parecer un momento revolucionario en el mundo académico occidental se recibe con reserva y cautela en algunas sociedades poscoloniales.
Sin minimizar la especificidad de las diferentes historias coloniales, Said lamenta en su respuesta la tendencia a considerar el estudio de la historia como algo divorciado de las consideraciones de lenguaje y forma, al igual que la literatura se considera separada de la historia y la política. Tanto la literatura como la historia implican cribar pruebas e interpretaciones, señala, y la idea de que, de algún modo, la historia pueda secuestrarse centrándose en los discursos del poder plantea la cuestión de si los hechos pueden estudiarse al margen de la forma en que han sido presentados y registrados por el lenguaje. No obstante, el diálogo nos recuerda que las resistencias a la influencia de un escritor también apuntan a un intento de restablecer la densidad local de las distintas historias. De manera irónica, tanto Said como sus entrevistadores coinciden en esta idea, aunque el punto de partida al plantearla es la acusación de que en la crítica de inspiración saidiana se pierde la idea de lo local. De nuevo, a Said se le ofrece la oportunidad de extenderse en sus razonamientos y, mediante el cuestionamiento de los límites de su teoría, acercarse a las preocupaciones específicas de las culturas de los periodistas y estudiosos con los que habla.
Las respuestas de Said a las preguntas de los entrevistadores representan la manera como el saber surge de la interacción con los demás según lo describe en Orientalismo, El mundo, el texto y el crítico y Cultura e imperialismo. El modo como la gente llega a saber algo es una parte importante de sus inquietudes, sobre todo cuando se formula como diálogo cultural y político, y las entrevistas son una extraordinaria herramienta para iluminar este proceso. Como señala repetidamente Said, su interés dominante reside en saber cómo nacen los sistemas y las instituciones, cómo adquieren la fuerza que tienen y a qué nuevas formas de pensamiento y representación dan estabilidad a través de su poder discursivo. Que Said interiorice esas cuestiones en sus propios escritos da la medida de la insistencia con que se somete a los mismos criterios de responsabilidad ante las exigencias y circunstancias históricas que aplica a las obras que estudia. Las entrevistas muestran que la investigación de la producción del saber es a la vez un proyecto introspectivo para Said, aunque no necesariamente en el sentido de que su objetivo último sea el autoanálisis hermenéutico o psicoanalítico, pues las entrevistas tienen la virtud de obligar a los escritores a dirigir su mirada crítica a las circunstancias que producen su obra, con lo que las entrevistas hacen de catalizador para el examen de uno mismo, y no solo en términos autobiográficos. En el caso de Said, la introspección reproduce las formas y los procedimientos del examen crítico de otros textos.
Este doble movimiento es evidente en las entrevistas aquí reunidas. Tomemos, por ejemplo, las reflexiones de Said sobre la obra que lo catapultó a la escena internacional, Orientalismo. Evidentemente, muchos entrevistadores regresan a esa obra como un punto de referencia fundamental para sus propias investigaciones acerca de la relación entre saber y poder o representación y autoridad, y sobre la influencia de pensadores como Foucault, Gramsci y Vico en el modo como Said articula esas relaciones. Muchos investigadores, montados en la ola posestructuralista, instan a Said a una nueva reflexión sobre lo que podría interpretarse como una visión pesimista del albedrío. Según esta percepción, las redes del poder construido por y alrededor del discurso despojan a los individuos de la capacidad para resistirse al poder o para reescribirlo a fin de recuperar ese albedrío. En otras palabras, ¿cree realmente Said que los individuos están condenados a habitar las representaciones que usurpan su propia realidad vivida? ¿No hay manera de salir de las representaciones orientalistas?
No obstante, lejos de atribuir un poder coactivo total al discurso, Said se refiere en más de una ocasión al orientalismo como un sistema de dominio discursivo con (no sin) «sentido». En un movimiento que lo distancia de Foucault, Said prefiere ver las representaciones orientalistas por lo que posibilitan a través de los mecanismos de poder. A primera vista, «posibilitar» parece sugerir tan solo que el orientalismo produce todo un campo de estudios en forma de religión comparada, teoría literaria y antropología, de manera que su valor productivo —su creación de disciplinas académicas— es realmente un resultado irónico de las percepciones negativas del mundo no occidental. Después de todo, Foucault ya había sugerido con anterioridad que el discurso del poder, más que coaccionar a los individuos, lo que hizo fue producir súbditos civiles del Estado, con lo que el análisis de Said podría parecer meramente una extensión ortodoxa del de Foucault.
Pero al colocarse él mismo en esa narración como antiguo súbdito colonizado, tras haber pasado por una educación inglesa en El Cairo que lo llevó a saber más sobre el cercamiento de las tierras comunales inglesas que sobre historia árabe, Said deja espacio para un concepto dinámico de la conciencia crítica. Con una jugada maestra convierte el orientalismo en un dispositivo tanto para la crítica como para el autoexamen. Dejemos una cosa clara: lo autobiográfico no suele entrometerse en las obras de Said. Cuando lo hace, como en el capítulo introductorio de Orientalismo, la autobiografía adquiere un efecto devastador. En la subsección titulada «La dimensión personal», Said se refiere al «destino casi intolerable» de ser palestino en Occidente, rehén de ideologías deshumanizadoras. Esta experiencia desalentadora lo lleva a estudiar el orientalismo, tal como dice, para «hacer inventario de los vestigios» que hay en él de la cultura dominante. La expresión «hacer inventario», que toma prestada del pensador italiano Antonio Gramsci, se refiere a la vez a catalogar y a completar la historia personal. Opino que el pasaje más significativo en la obra de Said aparece en Orientalismo: «He intentado mantener una conciencia crítica y utilizar esos instrumentos de la investigación histórica, humanística y cultural de los que mi educación me ha hecho el afortunado beneficiario».
Es esta una clave vital del método y propósito de Said: el orientalismo no es, en última instancia, un sistema aniquilador; más bien, en un efecto bumerán, equipa a sus súbditos con un repertorio crítico que al final se utiliza, irónicamente, para refutar el poder y el alcance del orientalismo mismo. Esta convicción impregna gran parte de las obras y entrevistas de Said, y proporciona la energía dialéctica para analizar las representaciones negativas de los «orientales», no con el fin de regodearse en una retórica victimista, sino para desviar esas representaciones hacia sus perpetradores utilizando las herramientas de la investigación humanística proporcionadas por los orientalistas. Ello explica en parte el declarado humanismo de Said, su reiterada insistencia en los placeres del texto. No poco del placer que Said obtiene de las obras que estudia y enseña procede de ser capaz de leerlas con una aplicada atención a la imaginería, el vocabulario y la estructura de las representaciones orientalistas, cuya presencia en el núcleo estético de muchos textos literarios nos muestra de manera insistente. Lejos de despachar esas obras como productos despreciables del orientalismo moderno, Said está claramente fascinado por ellas, y cree que su valor estético no se ve comprometido, sino que más bien está definido por los intereses políticos que determinan su escritura. Por tanto, leer literatura fuera de sus contextos y orígenes políticos en nombre de la apreciación estética produce tan solo lecturas falsas o incompletas. Tales aproximaciones, argumenta, no permiten apreciar la vital conjunción entre estética y poder.
El amor de Said por la literatura está patente en todas las entrevistas, incluso en aquellas donde el tema principal es Palestina y el proceso de paz. Es interesante que evoque los placeres de la estética para remachar su argumento de que el pensamiento sistematizado estrecha la propia perspectiva y produce rigidez en lugar de una apertura creativa al descubrimiento y el saber. Más incluso que sus textos, las entrevistas revelan a un hombre en profundo conflicto con las esquematizaciones. A veces, el conflicto es tan intenso que hace palpable la irritación de Said con el razonamiento predecible o pautado. Lo hace de una manera que evoca de modo consciente los peligros y riesgos de la exploración de lo desconocido. Por ejemplo, en la entrevista de Diacritics, «Comienzos», Said señala la oposición entre pensamiento sistemático y hedonismo, y define este último como la negativa a someterse al camino trillado. El uso de la palabra «hedonismo» llama la atención y explica, quizá, el motivo por el que los textos literarios impregnados de las perversiones de la lógica orientalista le fascinan como si hubiera en ellos un atractivo elemento de alienación. De hecho, a veces lo literario se convierte en sinónimo de una compleja mezcla de sorpresa, voluptuosidad y conocimiento no regulado, incluso desmedido. La literatura —y esto es lo fundamental—, al tiempo que evoca la tradición y la herencia cultural, exhibe una resistencia a los regímenes predecibles que la aparta de cualquier idea del pasado, lo que Said describe como «liberarse de las ataduras, hábitos y alianzas» del pasado. El hedonismo residual en los actos críticos es para él, de este modo, una forma estratégica de conocimiento.
Las preocupaciones estéticas de Said son, por tanto, más amplias de lo que permiten las discusiones centradas primordialmente en el discurso y el poder en Orientalismo. Tales discusiones limitan su crítica literaria al análisis de representaciones y estereotipos, y minimizan la idea de la experiencia estética, que para Said es tanto una respuesta como una explicación frente a múltiples influencias culturales. Por el contrario, su obra más reciente, Reflexiones sobre el exilio: ensayos literarios y culturales, es la culminación de un camino crítico iniciado por las presiones para que revelara no solo una identidad o una conciencia, sino una amalgama de culturas, identidades y afiliaciones. Dichas formaciones complejas señalan el advenimiento de la novela moderna y el sujeto moderno, desarraigado y desplazado de un lugar y una época. En Cultura e imperialismo, Said ya había comenzado a explorar el impacto del imperialismo sobre la forma de la novela buscando las disonantes texturas que localizaban de manera firme la novela europea en el espacio y el tiempo del imperio. Al evocar el concepto musical del contrapunto, amplió el ámbito del análisis de los textos literarios a la múltiple mezcla de voces que se contraponen. En su entrevista con Bonnie Marranca, Marc Robinson y Una Chaudhuri en «Crítica, cultura y música», Said vincula explícitamente su método crítico con la experiencia del exilio: «Si eres un exiliado —y, en muchos aspectos, yo siento que lo he sido—, siempre te acompaña el recuerdo de lo que dejaste atrás y lo que recuerdas, y lo contrapones a tu experiencia del momento». Esta maravillosa ilustración de los usos productivos del contrapunto muestra el profundo y permanente interés de Said por la música, pues le ofrece unos medios expresivos para vivir, pensar y leer en términos de simultaneidad, relación y oposición.
Aun cuando Said se distancia de las lecturas de Orientalismo que hacen hincapié tan solo en su filiación foucaultiana, hay otro tipo de distanciamiento que tiene lugar cuando se le entrevista en distintas partes del globo, sobre todo en el mundo árabe. Una de sus entrevistas más reveladoras, «Orientalismo, intelectuales árabes, marxismo y mito en la historia palestina», se publicó en la revista árabe Al Jadid, y en ella responde a las preguntas del entrevistador acerca de la recepción de Orientalismo entre las distintas personalidades del islam. Said se muestra categórico en su rechazo de las lecturas que se apropian del libro para proponer un programa islámico basándose en la premisa de que su crítica de las representaciones occidentales del islam abre la puerta a que se le reivindique como portavoz del islam. Es un asunto delicado, pues podría argüirse fácilmente que los autores que critican las distorsiones en los medios de comunicación y la literatura lo hacen con el fin de defender alguna idea de representación «verdadera» con la que simpatizan. Repudiar la simpatía seguramente origina la acusación de insinceridad (en el mejor de los casos) y de traición (en el peor). Said es consciente de ello, como también es consciente del poco control que los autores ejercen sobre la forma en que se interpreta o utiliza una obra.
Una de las funciones útiles de las entrevistas es hacer aflorar este dilema. Si Orientalismo se ha convertido en un texto alrededor del cual se concentran y movilizan quienes están frustrados por las persistentes distorsiones de su cultura y religión, Said se enfrenta al reto de acomodar interpretaciones que amplían los límites de sus propósitos. Se da cuenta de que no puede poner límites y afirmar que ha escrito su libro solo para corregir los documentos históricos de Occidente y no para vindicar a quienes han sido perjudicados por esa historia. El dilema ya se suscitó cuando le pidieron que comentara el hecho de que la cubierta de uno de sus libros lleva la imagen de una pintada palestina donde se proclama que Hamás es la resistencia (el entrevistador no especifica de qué libro se trata.) Frente a lo que probablemente esperaba el entrevistador —que se pondría a la defensiva o se mostraría desconcertado—, Said afirma con tranquilidad que la imagen, elegida por sus editores, no entra en conflicto con el tema del libro, que es la protesta y la cólera, y que escribir sobre los muros es una forma legítima de protesta. Negándose de modo categórico a permitir que la conversación se desvíe hacia el asunto de si apoya a Hamás o no, consigue que la atención no se aleje de la injusticia y la opresión. Se nos recuerda que son dos cosas que nunca hay que perder de vista, y que Said las mantenga delante de nuestros ojos sin legitimar los actos violentos es una parte no despreciable del reto al que se enfrenta en esa entrevista, y del que sale plenamente airoso.
Pero volviendo a la recepción de Orientalismo en Oriente Próximo, en la misma entrevista Said le restituye a la discusión una dimensión pedagógica al recordar a sus lectores que la polémica siempre es mucho más fácil que una investigación y una reflexión concienzudas y serias. A ese fin, sostiene, las intenciones de su estudio son equipar a sus lectores con el aparato crítico que les permita emprender un debate y un argumento racionales, y no tan solo una sustitución de términos, es decir, derribar el orientalismo e instaurar el occidentalismo en su lugar. A quienes luchan en primera línea esto les parecerá un argumento intelectualizado más que activista, y el tono de algunas entrevistas refleja la tensión entre esos dos modelos de actuación. La tensión nunca acaba de resolverse. El llamamiento a la acción que Said hace en numerosas ocasiones puede leerse, a veces, en términos de escrupulosa investigación, crítica o comprensión de uno mismo. Desde el punto de vista de quienes forman parte del mundo académico, estos llamamientos poseen un imperioso atractivo; pero entre quienes se encuentran en los lugares que alimentan la fantasía occidental con falsas imágenes y estereotipos, a la pedagogía de Said se le exige mucho más de lo que esta puede ofrecer. Uno puede oír las exigencias de una acción programática en las voces de los entrevistadores, sobre todo en Asia y Oriente Próximo, exigencias que favorecen una viva dinámica entre Said y sus interlocutores. Así se muestra, en algunos aspectos, cómo ve Said la autodeterminación palestina desde el terreno de la responsabilidad intelectual y la crítica.
Aunque por un afán de claridad este libro se divide en dos partes, las distinciones son inevitablemente arbitrarias, pues Said rara vez habla de literatura sin meterse también en política, y viceversa. Pero la división pretende facilitar que el lector pueda seguir los hilos, paralelos y a menudo entrecruzados, del poder y la cultura. Las entrevistas están ordenadas de forma cronológica; en la primera sección encontramos el pensamiento que se plasmó en obras como Beginnings, Orientalismo, Cultura e imperialismo, y textos sobre ópera e interpretación; y en la segunda, desde las primeras formulaciones de la autodeterminación de Palestina hasta la desilusión por un proceso de paz desacreditado. Las entrevistas tienen lugar en sitios distintos. De hecho, la diversidad geográfica revela el compromiso de Edward Said no solo con múltiples temas, sino con las muchas y distintas circunstancias culturales y políticas de los lugares en los que es entrevistado. Sus entrevistas en los medios de comunicación norteamericanos y europeos contrastan enormemente con las realizadas en la India, Pakistán, Líbano, Cisjordania o Israel, y en ellas las preguntas de los entrevistadores iluminan las preocupaciones, crisis y complicaciones específicas de sus propias sociedades. Como observa el propio Said, aunque gran parte de su obra se refiere a Oriente Próximo, sus escritos a menudo se reciben con más entusiasmo en lugares que no pertenecen al mundo árabe, como Latinoamérica, África o Japón, y le da la vuelta a esta observación para contemplar la relativa vitalidad de la cultura intelectual en diversas sociedades poscoloniales.
La idea de este libro partió de Anita Roy, antigua editora de Oxford University Press en la India. Hace unos años me planteó si estaría interesado en preparar un libro de conversaciones con Edward Said. Al haber estudiado con él y aprendido, en efecto, a pensar en cuestiones de investigación, historia, saber y poder a través de su estímulo, no hizo falta que me convencieran sobre los méritos de un libro que podría captar su voz, su presencia y su compromiso pedagógico. Puede que el libro haya cambiado un poco de forma desde que Anita Roy lo ideó y que se haya ampliado considerablemente para incluir entrevistas ya publicadas en otras obras, pero el motivo original sigue siendo el mismo. El mayor valor que se les puede atribuir a las entrevistas es que, al contrario que los libros y ensayos, conservan la voz del orador, el profesor, el polemista y el interlocutor. Said es una voz extraordinaria en la crítica contemporánea. Lo hemos visto ampliamente por escrito. Pero quienes han tenido el privilegio de asistir a sus clases saben que es un orador y profesor impactante, y saben lo mucho que disfruta con la ocasión de dialogar que le proporciona el formato de preguntas y respuestas. Puede que en las entrevistas no se dé la misma interacción que en el aula, pero pocas cosas consiguen captar mejor la dinámica de las clases. Pocos profesores, a no ser que se graben en vídeo sus clases, cuentan con la oportunidad de legar una serie de preguntas que estimulen la discusión y argumentos que promuevan el debate. Al final de la clase sabemos que hemos llegado a un punto que no habíamos previsto al principio y a menudo nos encontramos cavilando sobre cómo hemos alcanzado ciertas conclusiones a través del estímulo y la provocación. Por fortuna, las entrevistas publicadas pueden captar esa chispa, ese momento de combustión en el que una pregunta meditada es capaz de desencadenar una exuberante cadena de reflexión y diálogo. Y cuando la persona que tienes delante es tan elocuente y reflexiva, cuando se expresa tan bien como Edward Said, leer las entrevistas es lo más parecido que hay a estar en un aula abarrotada.
Quiero dar las gracias a Shelley Wanger, de Pantheon Books, por su apoyo incondicional y atención al detalle; a Zaineb Istrabadi por desenterrar muchas de las entrevistas aquí recogidas; y a Edward W. Said por sus consejos y su amistad.
GAURI VISWANATHAN
El poder de la cultura