culpa_tuya-2

Prólogo

La lluvia caía sobre nosotros, empapándonos, congelándonos, pero daba igual: nada importaba ya. Sabía que todo estaba a punto de cambiar, sabía que mi mundo estaba a punto de desmoronarse.

—Ya no hay vuelta atrás, ni siquiera puedo mirarte a la cara...

Lágrimas desoladas rodaban por su rostro.

¿Cómo podía haberle hecho eso? Sus palabras se clavaron en mi alma como cuchilladas que me desgarraban desde dentro hacia fuera.

—Ni siquiera sé qué decir —dije intentando controlar el pánico que amenazaba con derrumbarme. No podía dejarme... No lo haría, ¿verdad?

Me miró fijamente a los ojos, con odio, con desprecio... Una mirada que nunca pensé que podría dirigirme a mí.

—Hemos terminado —susurró con voz desgarrada, pero firme.

Y con esas dos palabras mi mundo se sumió en una profunda oscuridad, tenebrosa y solitaria... Una prisión diseñada expresamente para mí, pero me lo merecía, esta vez me lo merecía.

1

NOAH

Por fin cumplía dieciocho años.

Aún recordaba cómo once meses atrás contaba los días para que por fin pudiese ser mayor de edad, tomar mis propias decisiones y largarme corriendo de ese lugar. Obviamente, las cosas ya no eran como hace once meses. Todo había cambiado tanto que parecía increíble incluso pensarlo. No solo había terminado por acostumbrarme a vivir aquí, sino que ahora no me veía viviendo en otra parte que no fuese esta ciudad. Había conseguido hacerme un hueco en mi instituto y también en la familia con la que me había tocado vivir.

Todos los obstáculos que había tenido que ir superando —no solo en estos meses, sino desde que había nacido— me habían convertido en una persona más fuerte, o al menos eso creía. Habían pasado muchas cosas, no todas buenas, pero me quedaba con la mejor: Nicholas. ¿Quién iba a decir que terminaría enamorándome de él? Pues estaba tan locamente enamorada que me dolía el corazón. Habíamos tenido que aprender a conocernos, aprender a subsistir como pareja, y no era fácil, era algo en lo que trabajábamos todos los días. Ambos teníamos personalidades que chocaban a menudo y Nick no era una persona fácil de llevar, pero lo quería con locura.

Por ese motivo estaba más triste que contenta ante la inminente fiesta de mi cumpleaños. Nick no iba a estar. Hacía dos semanas que no lo veía, se había pasado los últimos meses viajando a San Francisco... Le quedaba un año para terminar la carrera y él había aprovechado cada una de las muchas puertas que le había abierto su padre. Lejos quedaba el Nick que se metía en problemas; ahora era distinto: había madurado conmigo, había mejorado, aunque mi miedo era que en cualquier momento su antiguo yo volviese a salir a la luz.

Me observé en el espejo. Me había recogido el pelo en un moño flojo en lo alto de la cabeza, aunque elegante y perfecto para llevarlo con el vestido blanco que mi madre y Will me habían regalado por mi cumpleaños. Mi madre se había vuelto loca con la fiesta que había organizado. Según ella, esta sería su última oportunidad de representar su papel, puesto que en una semana me graduaba en el instituto y poco después me mudaba a la universidad. Había mandado solicitudes a muchas universidades, pero finalmente me había decantado por la UCLA de Los Ángeles. Ya había tenido demasiados cambios y demasiadas mudanzas, no quería largarme a otra ciudad y, menos aún, alejarme de Nick. Él estaba en esa misma universidad y, aunque sabía que lo más probable era que terminara trasladándose a San Francisco para trabajar en la nueva empresa de su padre, decidí que ya me preocuparía por eso más tarde: aún quedaba mucho tiempo y no quería deprimirme.

Me levanté del tocador y, antes de ponerme el vestido, mis ojos se fijaron en la cicatriz de mi estómago. Uno de mis dedos acarició aquella parte de mi piel que estaría dañada y marcada de por vida, y sentí un escalofrío. El estruendo del disparo que acabó con la vida de mi padre resonó entonces en mi cabeza y tuve que respirar hondo para no perder la compostura. No había hablado con nadie de mis pesadillas ni del miedo que sentía cada vez que pensaba en lo ocurrido, ni cómo mi corazón se disparaba enloquecido irremediablemente cuando un estruendo demasiado fuerte sonaba cerca de mí. No quería admitir que mi padre había vuelto a causarme un trauma, bastante tenía ya con no poder quedarme a oscuras a no ser que fuese con Nick a mi lado... No pensaba admitir que ya no podía dormir tranquilamente, ni que no podía dejar de pensar en mi padre muerto justo a mi lado, ni en cómo su sangre salpicando mi rostro me había convertido en una loca. Eran cosas que me guardaba para mí: no quería que nadie supiese que estaba más traumatizada que antes, que mi vida seguía presa por los miedos que aquel hombre me había ocasionado. Mi madre, en cambio, estaba más tranquila que en toda su vida, puesto que aquel miedo que siempre había intentado ocultar había desaparecido; ahora era completamente feliz con su marido: ya era libre. A mí, por el contrario, me quedaba un largo camino por recorrer.

—¿Aún no te has vestido? —me preguntó entonces aquella voz que me hacía reír a carcajadas casi todos los días.

Me volví hacia Jenna y una sonrisa apareció en mi rostro. Mi mejor amiga estaba espectacular, como siempre. Hacía poco que se había cortado su larga melena y ahora la llevaba a la altura de los hombros. Había insistido en que yo hiciese lo mismo, pero yo sabía que a Nick le encantaba mi pelo largo, así que lo había dejado tal cual. Ya me llegaba casi hasta la cintura, pero me gustaba tal como estaba.

—¿Te he dicho ya lo mucho que admiro tu culo respingón? —me soltó adelantándose y dándome una palmadita en el trasero.

—Estás loca —repuse cogiendo mi vestido y pasándomelo por la cabeza. Jenna se acercó a la caja fuerte, justo debajo de donde estaban los zapatos. No tenía ni la combinación ni nada porque no la utilizaba, pero desde que Jenna la había descubierto, le había dado por guardar en ella todo tipo de cosas.

Solté una carcajada cuando sacó una botella de champán y dos copas.

—Brindemos por tu mayoría de edad —propuso sirviendo las copas y tendiéndome una. Sonreí; sabía que si mi madre me viera me mataría, pero, al fin y al cabo, era mi cumpleaños y tenía que celebrarlo, ¿no?

—Por nosotras —agregué yo.

Brindamos y nos llevamos la copa a los labios. Estaba riquísimo, tenía que estarlo —era una botella de Cristal y costaba más de trescientos dólares—, pero Jenna lo hacía todo a lo grande, estaba acostumbrada a ese tipo de lujos y nunca le había faltado de nada.

—Ese vestido es impresionante —declaró observándome embobada.

Sonreí y me observé en el espejo. El vestido era precioso, blanco, ajustado al cuerpo, y con un encaje delicado que me llegaba hasta las muñecas, dejando entrever mi piel clara en distintos dibujos geométricos. Los zapatos también eran increíbles y me hacían estar casi a la misma altura que Jenna. Ella iba con un vestido corto de vuelo de color burdeos.

—Abajo hay un montón de gente —anunció dejando su copa de champán junto a la mía. Yo hice lo contrario: la cogí y me bebí todo el líquido burbujeante de un solo trago.

—¡No me digas! —exclamé, poniéndome nerviosa. De repente, me faltaba el aire. Aquel vestido era demasiado apretado, no me dejaba respirar con libertad.

Jenna me observó y sonrió de forma cómplice.

—¿De qué te ríes? —repliqué, envidiándola por no tener que pasar por aquello.

—De nada, es que sé cómo odias este tipo de cosas, pero tranquila —contestó acercándose a mi oreja—; yo estoy aquí para asegurarme de que lo pasamos en grande —añadió sonriendo y besándome en la mejilla.

Le sonreí agradecida. Quizá mi novio se perdería mi cumpleaños, pero al menos tendría a mi mejor amiga a mi lado.

—¿Bajamos? —me propuso entonces acomodándose el vestido.

—¡Qué remedio!

Habían transformado todo el jardín. Mi madre se había vuelto loca; alquiló una carpa blanca que habían colocado en el jardín. Esta albergaba, además de un montón de globos, muchas mesas redondas de color rosa y vistosas sillas, entre las cuales se movían camareros con chaquetas y pajarita. En un extremo del espacio, se servían bebidas en una barra y, asimismo, sobre mesas largas había numerosas bandejas con todo tipo de comida que había suministrado un catering. Esto no me pegaba nada, pero sabía que mi madre siempre había querido organizarme una fiesta de cumpleaños así, siempre había bromeado con mis dieciocho años y mi traslado a la universidad, habíamos jugado a imaginar las cosas que contrataríamos en la fiesta si nos tocaba la lotería y... ¡al final nos había tocado! Aquello era pasarse de la raya.

Cuando aparecí en el jardín todos me gritaron feliz cumpleaños al unísono, como si no hubiese sabido que estaban todos allí esperándome. Mi madre se me acercó y me dio un gran abrazo.

—¡Felicidades, Noah! —dijo estrechándome con fuerza. La abracé y vi aturdida cómo tras ella se creaba una cola para desearme feliz cumpleaños. Habían acudido todos mis amigos del colegio, junto con muchos padres de los que mi madre se había hecho amiga y también muchos de nuestros vecinos y amigos de William. Me puse tan nerviosa que, inconscientemente, mi mirada empezó a buscar a Nicholas por el jardín: solo él conseguiría calmarme. Sin embargo, no había ni rastro de él... Ya lo sabía, no iba a venir, estaba en otra ciudad, no lo vería hasta al cabo de una semana, para mi graduación, pero una pequeña parte de mí aún esperaba verlo entre toda aquella gente.

Estuve saludando a los invitados más de una hora hasta que finalmente Jenna se acercó a mí para arrastrarme hasta la barra de bebidas. Había dos zonas, una para los menores de veintiún años y otra para los padres.

—Tienes tu propio cóctel —me comunicó soltando una risa.

—Mi madre ha terminado por perder la cabeza —comenté mientras un camarero nos servía mi cóctel. El chico me observó y sonrió intentando no soltar una carcajada. Genial, seguro que pensaba que era una esnob.

Cuando vi la bebida, casi me da algo. Era una copa de martini con un líquido de color rosa chillón con azúcar de colores pegada por el borde y una fresa decorativa en uno de los lados. Atada en la parte baja de la copa había un lacito con un 18 hecho con pequeñas perlas de color blanco.

—Le falta el toque especial —apuntó Jenna sacando una petaca a escondidas y echando alcohol en nuestras copas. A este ritmo, iba a tener que controlarme si no quería ponerme como una cuba antes de medianoche.

Un disc-jockey bastante bueno estaba pinchando todo tipo de música y mis amigos ya estaban bailando como posesos. La fiesta era un éxito.

Jenna me había arrastrado a bailar con ella y ambas estábamos pegando saltos como locas. Estaba muerta de calor: el verano se encontraba a la vuelta de la esquina y se notaba.

Lion nos observaba atentamente desde un lado de la pista. Estaba apoyado en una de las columnas y se fijaba en cómo Jenna movía el culo con frenesí. Me reí y, ya cansada, dejé a Jenna bailando con los demás.

—¿Te aburres, Lion? —pregunté deteniéndome a su lado.

Él me sonrió divertido, aunque vi que algo le preocupaba. Sus ojos seguían fijos en Jenna.

—Felicidades, por cierto —dijo, ya que aún no había tenido la oportunidad de verlo a solas. Me parecía raro verlo allí sin Nick. Lion no conocía mucho a los de nuestra clase; Lion y Nick nos sacaban cinco años a Jenna y a mí, y se notaba la diferencia de edad. Los de mi clase eran bastante más inmaduros que ellos dos y era normal que no quisiesen venir con nosotras cuando salíamos con nuestros amigos.

—Gracias —respondí—. ¿Sabes algo de Nick? —pregunté sintiendo un pinchazo en el estómago. Aún no me había llamado ni mandado ningún mensaje.

—Ayer me comentó que estaba hasta arriba de trabajo, que en el bufete apenas le dejan ir a comer, pero le faltó tiempo para decirme que no te quitara los ojos de encima —agregó mirándome y sonriendo.

—Tus ojos sí que parecen estar fijos en una persona en particular —afirmé viendo cómo miraba de nuevo a Jenna. Esta se volvió en aquel instante y una sonrisa de verdadera felicidad apareció en su rostro. Estaba enamoradísima de Lion, cuando se quedaba a dormir aquí nos quedábamos horas hablando sobre lo afortunadas que éramos de habernos enamorado de dos chicos que eran íntimos amigos. Sabía de primera mano que Jenna no iba a querer a nadie que no fuese él y me encantaba pensar que Lion estaba igual de pillado que ella. En este tiempo había terminado por adorar a Jenna, era de verdad mi mejor amiga, la quería muchísimo, había estado ahí siempre que la había necesitado y me había hecho comprender cómo debía ser de verdad una amiga; no era celosa, ni manipuladora ni rencorosa como había sido Beth en Canadá y, por supuesto, sabía que era incapaz de hacerme daño, al menos intencionadamente.

Ella se acercó a nosotros y le dio un sonoro beso a Lion. Él la sujetó con cariño y yo me aparté de ellos poniéndome triste de repente. Echaba de menos a Nick, quería que estuviese aquí, lo necesitaba. Volví a mirar mi teléfono y nada, no había ninguna llamada ni ningún mensaje suyo. Estaba empezando a molestarme, no le llevaría nada más que unos segundos mandarme un mensaje. ¿Qué demonios le ocurría?

Me acerqué a la barra, donde un barman servía copas a los pocos mayores de veintiún años que aún quedaban por allí. Era el mismo que antes se había encargado de servir mis cócteles con la ayuda de otra camarera.

Me senté a la barra y lo observé, planteándome cómo camelármelo para que me sirviera una copa.

—¿Sería mucho pedir que me sirvieras algo que no sea rosa y que tenga alcohol? —le comenté, sabiendo que me iba a mandar a Dios sabe dónde.

Para mi sorpresa sonrió y, tras asegurarse de que nadie lo veía, sacó un vaso de chupito y lo rellenó con un líquido blanco.

—¿Tequila? —pregunté sonriendo.

—Si preguntan, yo no he sido —contestó mirando hacia otro lado.

Me reí y me llevé rápidamente el chupito a los labios. El trago me quemó la garganta, pero estaba realmente bueno.

Me volví y vi a Jenna arrastrando a Lion a una esquina a oscuras. Me estaba entrando depresión de ver a mis amigos abrazados y besándose.

«Maldito seas, Nicholas Leister, por no desaparecer de mi cabeza ni un segundo del día.»

—¿Uno más? —propuse al camarero; sabía que estaba abusando, pero era mi fiesta, me merecía tomar lo que quisiese, ¿no?

Iba a bebérmelo cuando, de repente, una mano apareció de la nada, deteniéndome y arrebatándomelo.

—Creo que ya has bebido suficiente —aseveró una voz.

Esa voz.

Levanté la mirada y ahí estaba él: Nick. Ataviado con camisa y pantalones de vestir, con su pelo oscuro ligeramente despeinado y sus ojos celestes brillando con una emoción contenida, misteriosa y, al mismo tiempo, rebosante de felicidad.

—¡Dios mío! —exclamé llevándome las manos a la boca. Una sonrisa apareció en su rostro, mi sonrisa. Salté a sus brazos un segundo después—. ¡Has venido! —grité con mi mejilla apoyada en la suya, apretujándolo contra mí, percibiendo su olor, sintiéndome entera otra vez.

Me estrechó con fuerza; por fin podía respirar. Estaba allí, ¡oh, Dios mío!, estaba allí conmigo.

—Te he echado de menos, Pecas —me confesó al oído para después tirar de mi cabeza hacia atrás y posar sus labios sobre los míos.

Sentí cómo mis terminaciones nerviosas se despertaban, hacía catorce largos días que no sentía su boca contra la mía, ni sus manos sobre mi cuerpo.

Me apartó y sus ojos recorrieron mi cuerpo con avidez.

—Estás preciosa —musitó con voz ronca, colocando sus manos en mi cintura y apretándome contra él.

—¿Qué haces aquí? —pregunté intentando controlar las ganas que tenía de seguir besándolo. Sabía que no podíamos hacer nada, estábamos rodeados de gente y nuestros padres rondaban por allí... Me puse nerviosa.

—No pensaba perderme tu cumpleaños —aseguró y sus ojos volvieron a desviarse a mi cuerpo. Notaba cómo la electricidad surgía entre los dos. Nunca habíamos pasado tanto tiempo separados, por lo menos desde que empezamos a salir. Me había acostumbrado a tenerlo conmigo casi todos los días.

—¿Cómo has conseguido venir? —inquirí contra su pecho. No quería dejar de abrazarlo.

—Mejor no preguntes —respondió besándome en lo alto de la cabeza. Olí su perfume y cerré los ojos extasiada.

—Bonita fiesta —dijo riéndose.

Me separé de su pecho y lo miré con mala cara.

—No ha sido idea mía.

—Lo sé —aseguró con una gran sonrisa.

Sentí que mi corazón se hinchaba de felicidad. Había echado de menos aquella sonrisa.

—¿Quieres probar mi cóctel a la Noah? —dije volviéndome hacia el barman, que me oyó y puso manos a la obra.

—¿Tienes tu propio cóctel, Pecas? —preguntó frunciendo el ceño cuando el barman le sirvió el líquido rosa, fresa incluida, y se lo tendió unos segundos después.

Se lo quedó mirando con una expresión que me hizo reír.

—Supongo que tendré que probarlo...

El pobre se lo bebió entero sin rechistar, y eso que sabía a chuche derretida.

Mi sonrisa de felicidad no me cabía en el rostro y él se contagió de mi alegría. Su mano tiró de mí y sus labios fueron directos a mi oreja. Me rozó apenas la piel sensible de mi cuello y sentí que me moría ante ese simple contacto de su boca sobre mi piel.

—Necesito estar dentro de ti —me soltó entonces.

Me temblaron las piernas.

—Aquí no podemos —contesté en un susurro, intentando controlar mi nerviosismo.

—¿Confías en mí? —preguntó entonces.

¿Qué pregunta tonta era esa? No había nadie en quien confiase más.

Lo miré a los ojos, esa era mi respuesta.

Sonrió de esa forma que me volvía loca.

—Espérame en la parte de atrás de la casa de la piscina —me indicó dándome un pico rápido en los labios. Antes de que se fuera me aferré a su brazo con fuerza.

—¿No vienes conmigo? —dije nerviosa.

—Creo que el truco está en que nadie se dé cuenta de lo que vamos a hacer, amor —confesó con esa sonrisa pícara que me hacía temblar de pies a cabeza.

Lo vi marcharse a saludar a los invitados, desprendía seguridad por todos los poros de su piel. Me quedé unos segundos observándolo, sintiendo que las mariposas empezaban a hacer de las suyas en mi estómago. No quería admitir que me daba miedo ir allí sola, a oscuras y alejada de la gente.

Intentando controlar mi respiración cogí el chupito que estaba en la barra y me lo llevé a la boca. El líquido me tranquilizó durante unos segundos. Respiré hondo y me encaminé a la piscina que estaba más allá de la carpa en donde la gente bailaba y se divertía. Caminé por el borde intentando no caerme al agua hasta llegar a la pequeña casa que había detrás. Al otro lado estaban los árboles que la rodeaban y, un poco más allá, el ruido de las olas del mar al chocar contra el acantilado me llegó hasta los oídos. Apoyé la espalda contra la pared trasera de la casa, aún escuchando los ruidos de los invitados y procurando no perder la compostura.

Cerré los ojos nerviosa y entonces lo oí llegar. Sus labios se posaron tan deprisa sobre los míos que apenas pude decir nada. Abrí los ojos y me encontré con su mirada.

Sus ojos lo decían todo.

—No tienes ni idea de cómo he echado de menos hacer esto —comentó cogiéndome del cuello y besándome suavemente.

Me derretí, literalmente, entre sus brazos.

—¡Dios..., cómo he ansiado tocarte! —exclamó y sus manos me recorrieron el costado, de arriba abajo mientras su nariz acariciaba mi cuello con infinita lentitud.

Mis manos volaron hasta su nuca y lo atraje de nuevo a mi boca. Esta vez nos besamos con más desesperación, calentándonos como el fuego ardiente de un incendio, su lengua enroscándose ferozmente con la mía y su cuerpo apretándose contra mí. Quería tocarlo, quería sentir su piel bajo mis dedos.

—¿Me has echado de menos, Pecas? —preguntó acariciando mi mejilla con una mano y observándome como si fuese yo el regalo y no al revés.

Intenté asentir, pero tenía la respiración tan acelerada que me salió un simple jadeo, que se intensificó cuando sus labios se dirigieron a mi cuello.

—No pienso volver a marcharme —dijo entre beso y beso.

Me reí sin alegría.

—Eso no depende de ti.

Me buscó con la mirada.

—Te llevaré conmigo... a donde sea que vaya.

—Suena muy romántico —respondí besándolo en la mandíbula.

Nick me sostuvo la cara con las manos.

—Lo digo en serio, tenía mono de ti.

Volví a reírme y entonces su boca me silenció con un beso lleno de pasión contenida.

—Quiero quitarte este maldito vestido —gruñó entre dientes levantándome el vestido hasta que este se quedó enrollado en torno a mi cintura. Sus ojos se clavaron en mi piel desnuda y me miró con el deseo reflejado en su mirada, un deseo oscuro alimentado por la distancia y el tiempo que habíamos estado separados.

—Te haría el amor durante toda la noche —soltó. Sus manos se detuvieron en el elástico de mi ropa interior.

Me estremecí de arriba abajo.

—¿Prefieres esperar? —preguntó con el deseo brillando en sus ojos oscurecidos—. Te llevaría a mi apartamento, pero supongo que te echarían de menos.

—Sí, supones bien... —dije mordiéndome el labio. Nunca lo había hecho con él en esas circunstancias, pero no quería esperar. Nick me apretujó contra la pared y sentí el roce de su cuerpo excitado contra el mío.

—Lo haremos rápido, nadie nos verá —me aseguró al oído sin dejar de besarme.

Finalmente asentí con la cabeza y entonces sus dedos me bajaron la ropa interior hasta dejarla caer en el suelo.

Mis dedos se dirigieron a su corbata y tiré de ella hasta quitársela.

—Quiero verte —dije, apartándome.

Sonrió con ternura y me besó en la punta de la nariz. Me llevó mis manos hasta que las pude entrelazar en su nuca.

Lo observé sin moverme mientras se desabrochaba los pantalones. Un segundo después me tenía aprisionada contra la pared. Me miró dulcemente, con las pupilas dilatadas, preparándome con la mirada, transmitiendo miles de cosas. Me besó y entonces se introdujo en mi interior. Hacía meses que había empezado a tomar pastillas anticonceptivas y agradecí la sensación de sentirlo de verdad, sin barreras. Se me escapó un grito ahogado y su mano se movió para taparme la boca.

—No puedes hacer ruido —me advirtió aún inmóvil.

Asentí con todos mis nervios en tensión. Empezó a moverse, despacio primero y acelerando el ritmo después. El placer empezó a crecer en mi interior con cada una de sus arremetidas, su mano se apartó de mi boca y me acarició allí donde más ansiaba su contacto.

—Nick...

—Espera... —me pidió sujetándome con fuerza por los muslos. Cerré los ojos intentando contenerme—. Hagámoslo juntos... —susurró en mi oído.

Sus dientes se apoderaron de mi labio inferior, me mordió y el placer en mi interior creció, hasta tal punto que ya no pude aguantarlo más. El grito que salió de mis labios fue amortiguado por su boca sobre la mía. Inmediatamente lo noté tensarse hasta que gruñó, acompañándome en ese viaje de placer infinito.

Eché mi cabeza hacia atrás, intentando controlar mi respiración, mientras Nicholas me sostenía fuertemente con sus brazos.

—Te quiero, Nick —declaré, cuando sus ojos se clavaron fijamente en los míos.

—Tú y yo no estamos hechos para estar separados —contestó.

2

NICK

¡Joder, cómo la había echado de menos...! Los días se me habían hecho interminables y ni que decir tiene las semanas. Había tenido que trabajar el doble de horas para que me dejasen regresar antes, pero había merecido la pena solo por eso.

—¿Estás bien? —pregunté con la respiración acelerada. Nunca lo habíamos hecho así, nunca. Con Noah me controlaba, la trataba como se merecía, pero esta vez no había podido esperar. En cuanto la vi, había querido hacerla mía.

Nuestros ojos se encontraron y una sonrisa increíble apareció en su boca.

—Ha sido... —dijo, pero la callé con un beso. Temía lo que pudiese decir, me había perdido en el deseo del momento. Aquella noche estaba espectacular, más que nunca, ese vestido virginal que se había puesto me enloquecía.

—Te quiero con locura, lo sabes, ¿verdad? —afirmé apartándome de ella.

—Yo te quiero más —contestó, y cuando lo hizo me fijé en que tenía un poco de sangre en el labio.

—Te he hecho daño —observé acariciándole el labio inferior con mi dedo y limpiando la pequeña gota de sangre que había salido. Mierda, era un bruto gilipollas—. Lo siento, Pecas.

Ella se chupó el labio distraída... mirándome.

—Esto ha sido diferente —soltó un segundo después. Y tanto que lo había sido.

Me aparté de ella y me abroché los pantalones. Me sentía culpable: Noah se merecía hacerlo en una cama y no contra una pared, al estilo de aquí te pillo aquí te mato.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella mirándome preocupada.

—Nada, perdona —contesté besándola otra vez. Le bajé el vestido por las caderas conteniendo las ganas de empezar donde lo habíamos dejado—. Feliz cumpleaños —le deseé sonriendo y sacando una cajita blanca de mi bolsillo.

—¿Me has traído un regalo? —preguntó emocionada. Era tan dulce y tan perfecta... Solo con verla me ponía de buen humor, solo con tocarla me ponía como una moto.

—No sé si te gustará... —comenté poniéndome nervioso de repente.

Sus ojos se abrieron al mirar la caja.

—¿Cartier? —Me miró sorprendida—. ¿Te has vuelto loco?

Negué con el ceño fruncido esperando a que lo abriera. Cuando lo hizo, el pequeño corazón de plata refulgió en la oscuridad. Una sonrisa apareció en su rostro y suspiré aliviado.

—¡Es precioso! —exclamó tocándolo con los dedos.

—Así llevarás mi corazón a donde quiera que vayas —declaré besándola en la mejilla. Esto era lo más cursi que había dicho en mi vida, pero ella conseguía eso de mí, me convertía en un completo idiota enamorado.

Sus ojos me miraron y vi que se humedecían.

—¡Te quiero, me encanta! —clamó y a continuación me dio un beso en los labios.

Sonreí y le pedí que se volvería para poder colocarle el colgante. El cuello le quedaba al descubierto con ese vestido y tuve que besarla en la nuca. Se estremeció y hube de respirar hondo para no tomarla de nuevo en ese instante. Le puse el colgante y la observé cuando se dio la vuelta sonriente.

—¿Cómo me queda? —preguntó mirando hacia bajo.

—Estás perfecta, como siempre —contesté.

Sabía que teníamos que regresar y era lo último que me apetecía hacer en aquel instante. Quería estar con ella a solas, bueno, la verdad es que siempre quería estar con ella a solas, pero sobre todo lo deseaba en ese momento, después de tanto tiempo sin vernos.

—¿Estoy presentable? —dijo con inocencia.

Sonreí.

—Claro que sí —respondí mientras me abrochaba los botones de la camisa y cogía la corbata que estaba en el suelo.

—Déjame a mí —me pidió y solté una carcajada.

—¿Desde cuándo sabes hacer el nudo de la corbata? —pregunté a sabiendas de que nunca había sabido hacerlo; es más, era yo quien se lo hacía cuando vivía en esa casa.

—Tuve que aprender porque mi atractivo novio me dejó a cambio de un piso de soltero —replicó mientras terminaba de hacer el nudo.

—Atractivo, ¿eh?

Ella puso los ojos en blanco.

—Regresemos o todo el mundo sabrá lo que hemos estado haciendo.

Me hubiese gustado que todo el mundo se enterase, así los niñatos se mantendrían alejados de mi novia. Sin embargo, a pesar de todo lo que habíamos vivido juntos, para la mayoría seguíamos siendo hermanastros.

Dejé que ella se fuera primero y fumé un cigarrillo mientras tanto. Sabía que a Noah no le gustaba que fumara, pero si no lo hacía me volvería loco. Antes de marcharme algo captó mi atención. Su ropa interior estaba tirada bajo mis pies.

¡¿Se había ido sin nada debajo?!

Cuando regresé, la vi hablando con un grupo de amigos. Había dos chicos en él y uno de ellos tenía la mano puesta en su espalda. Respiré para tranquilizarme y me acerqué a ellos. En cuanto Noah me vio, pasó su brazo por mi espalda y apoyó el rostro en mi pecho.

Me calmé. Ese gesto había sido suficiente.

—¿Has visto a Lion? —le pregunté mientras buscaba a mi amigo con la mirada. Estaba un poco preocupado por él. Me había llamado cuando estaba en San Francisco y me había dicho que su hermano Luca salía de la cárcel pronto. Llevaba cuatro años en prisión, lo habían pillado vendiendo maría, y nadie pudo evitar que lo encerraran en el trullo. Para ser sincero, no me hacía mucha gracia que Luca saliese; no es que no me alegrase por Lion, al fin y al cabo, mi amigo estaba solo y la única familia que le quedaba era su hermano mayor, pero sabía cómo podía llegar a ser el hermano de mi amigo y no tenía muy claro si a Lion le convenía tener a un exconvicto a su lado en esa etapa de su vida.

—Pues la verdad es que hace rato que no lo veo —dijo Noah—. De todos modos, creo que ahora deberías ir a saludar a nuestros padres... —añadió y me puse tenso al instante.

Tras el secuestro de Noah, fue muy evidente que lo nuestro iba en serio y a nuestros padres no les gustó nada. Desde entonces se habían preocupado de que nos quedase claro cada vez que nos veían juntos. Ya sabía que mi padre no iba a permitir un escándalo de ese tipo: al fin y al cabo, éramos una familia pública y nos había dejado clarísimo que, de puertas hacia fuera, teníamos que seguir siendo solo hermanos, pero me había sorprendido que Raffaella no se pusiera de nuestro lado. Al contrario, a partir de aquel momento, me miraba con un recelo que me ponía de los nervios.

—¡Vaya! Mi hijo ha regresado —exclamó mi padre esbozando una sonrisa falsa.

—Papá —contesté a modo de saludo—. Hola, Ella —saludé con el mejor tono que pude conseguir. Raffaella, para mi sorpresa, me sonrió y me dio un abrazo.

—Me alegro de que hayas podido venir —declaró desviando su mirada a la de Noah—. Estaba muy triste hasta que te ha visto.

Miré a Noah, que se había ruborizado y le guiñé un ojo.

—¿Qué tal en el bufete? —preguntó mi padre.

El muy cabrón me había puesto a trabajar para Steve Hendrins, un gilipollas autoritario que se encargaba del bufete hasta que yo tuviese experiencia suficiente para heredar el liderazgo. Todos sabían que estaba perfectamente cualificado, pero mi padre seguía sin fiarse de mí.

—Agotador —respondí intentando no fulminarlo con la mirada.

—Como la vida misma —me soltó entonces. Sus palabras me pusieron de mal humor. Estaba harto de escuchar ese tipo de chorradas, hacía meses que había dejado de comportarme como un niñato, había adoptado el papel que me correspondía y no paraba ni un minuto del día. No solo trabajaba para mi padre, sino que me quedaba un año de carrera y muchos exámenes por delante. La mayoría de los compañeros de mi clase ni siquiera sabía aún lo que era un bufete, y yo tenía más experiencia que muchos de los que ya tenían el título. Sin embargo, mi padre seguía sin confiar en mí.

—¿Bailas conmigo? —interrumpió Noah en aquel momento, evitando así que le soltara algún despropósito.

—Claro.

La acompañé hasta la pista de baile. Habían puesto una canción lenta, y la atraje hacia mí con cuidado, intentando no dejar que mi mal humor o mi enfado recayeran sobre la única persona que me importaba en esa fiesta.

—No te enfades —me pidió acariciándome la nuca. Cerré los ojos dejando que su tacto me relajara.

Mi mano bajó hasta su cintura, rozando la parte baja de su espalda.

—Es imposible enfadarme contigo sabiendo que no llevas nada debajo del vestido.

—No me había dado ni cuenta —contestó deteniendo la caricia.

La miré. Era preciosa.

Junté mi frente con la de ella.

—Lo siento —me disculpé observándola y deleitándome con sus preciosos ojos.

Me sonrió un segundo después.

—¿Te quedarás esta noche? —preguntó entonces.

¡Joder!, otra vez la misma discusión. No pensaba quedarme allí, ya me había mudado hacía meses y odiaba estar bajo el escrutinio de mi padre. No veía la hora de que Noah se trasladase a la ciudad, todo sería mejor teniéndola a mi lado.

—Sabes que no —dije desviando la mirada hacia la gente que nos observaba de vez en cuando. Seguramente los hermanos no bailaban así, pero en ese momento me importaba una mierda.

—Hace dos semanas que no te veo, podrías hacer un esfuerzo y quedarte —me pidió, cambiando el tono de voz. Sabía que, si seguíamos así, terminaríamos discutiendo y no era eso lo que quería.

—¿Para dormir separados? No, gracias —solté de mal humor.

Ella miró hacia abajo en silencio.

—Vamos, Pecas, no te enfades... Sabes que odio quedarme aquí, odio no poder tocarte y odio escuchar las gilipolleces que mi padre tiene que decirme.

—Pues entonces no sé cuándo vamos a vernos, porque no puedo ir a la ciudad esta semana. Estaré liada con los exámenes finales y la graduación.

Hostia.

—Te recogeré y pasaremos algún rato juntos —propuse calmando mi tono de voz y acariciándole la espalda.

Ella suspiró y desvió la mirada hacia otra parte.

—No me hagas sentir culpable, por favor, sabes que no puedo quedarme aquí —le pedí cogiéndole el rostro y obligándola a mirarme.

Me observó en silencio unos segundos.

—Antes te quedabas...

Sus ojos por fin volvieron a los míos.

—Antes no estábamos juntos —zanjé.

Noah no dijo nada más y seguimos bailando en silencio. La mirada de Raffaella no se apartó de nosotros durante todo el tiempo que estuvimos en la pista.

3

NOAH

Ya se habían ido casi todos los invitados. Jenna estaba saludando a mi madre y Nick estaba fumando un cigarrillo con Lion en la parte de atrás. Miré a mi alrededor, al desorden que había quedado tras la fiesta, y agradecí por primera vez tener a alguien que limpiase la casa todos los días.

Después de tanto rato socializando, me gustó tener un momento a solas para poder apreciar la suerte que tenía. La fiesta había sido increíble: todos mis amigos habían estado allí y me habían traído regalos espectaculares que ahora reposaban en una pila enorme sobre el sofá del comedor. Iba a llevarlos a mi habitación cuando noté que alguien me rodeaba la cintura con los brazos.

—Te han hecho un montón de regalos —susurró Nick en mi oído.

—Sí, pero ninguno se puede comparar con el tuyo —repuse girándome para mirarlo a los ojos—. Es lo más bonito que me han regalado nunca y significa mucho porque viene de ti.

Él pareció sopesar mis palabras por unos instantes hasta que un atisbo de sonrisa apareció en sus labios.

—¿Lo vas a llevar siempre? —me preguntó entonces. Una parte de mí comprendió que para él aquello era muy importante, en cierto modo había puesto su corazón en ese colgante y sentí un calor intenso en el centro de mi pecho.

—Siempre.

Sonrió y me atrajo hacia él. Sus labios rozaron con infinita dulzura los míos, con demasiada dulzura. Me adelanté para profundizar el beso, pero me sujetó quieta donde estaba.

—¿Quieres más? —me ofreció junto a mis labios entreabiertos. ¿Por qué no me besaba como Dios manda?

Abrí los ojos y me lo encontré mirándome. Sus iris eran espectaculares, de un azul tan claro que me causaba escalofríos.

—Sabes que sí —contesté con la respiración acelerada y los nervios a flor de piel.

—Ven esta noche conmigo.

Suspiré. Quería ir, pero no podía. Para empezar, a mi madre no le hacía gracia que me quedase a dormir con Nick y la mayoría de las veces mentía y decía que estaba en casa de Jenna. Además, tenía que estudiar, esa semana tenía cuatro exámenes finales y me jugaba todo si suspendía.

—No puedo —respondí cerrando los ojos.

Su mano bajó por mi espalda con cuidado, en una caricia tan delicada que se me pusieron los pelos de punta.

—Sí que puedes, y empezaremos donde lo dejamos en el jardín —replicó alcanzando mi oreja con sus labios.

Sentí mariposas en el estómago y el deseo crecer en mi interior. Su lengua acarició mi lóbulo izquierdo para después dejar paso a sus dientes... Quería ir... Pero no podía.

Me aparté y, al abrir los ojos y fijarme en los suyos, me estremecí... Había echado de menos esa mirada oscura, ese cuerpo que me intimidaba y me proporcionaba una seguridad infinita al mismo tiempo.

—Ya nos veremos, Nick —dije dando un paso hacia atrás.

Sus ojos me escrutaron entre divertidos y molestos.

—Sabes que si no vienes no habrá sexo hasta tu graduación, ¿no?

Respiré hondo: estaba jugando sucio, pero era la verdad. Yo no iba a tener apenas tiempo y menos de bajar a la ciudad a verlo, y si él no quería venir a casa porque no deseaba encontrarse con su padre...

—Podemos ir al cine —propuse con la voz entrecortada.

Nick soltó una carcajada.

—Está bien, como tú quieras, Pecas —aceptó acercándose y posando sus labios en mi frente en un tierno y casto beso. Lo hacía a propósito, estaba claro—. Nos vemos dentro de dos días para ir al cine. Y para lo que venga.

Quise retenerlo y rogarle que se quedara, quise decirle que lo necesitaba porque solo con él dejaba de tener pesadillas, que ese día era mi cumpleaños, que le tocaba a él ceder esa vez y complacerme, pero sabía que nada de lo que dijera iba a hacer que se quedase bajo ese techo.

Lo observé mientras bajaba las escaleras con soltura, se subía a su Range Rover y se marchaba sin mirar atrás.

Los siguientes dos días apenas salí para respirar aire fresco. Tenía que meterme tanta información en la cabeza que parecía que me iba a explotar el cerebro. Jenna no dejaba de llamarme para criticar a los profesores, a su novio y a la vida en general. Siempre que había exámenes se ponía histérica y, además, ella era la encargada de la fiesta de graduación y sabía que se estaba poniendo enferma al no poder estar dedicándole todo el tiempo que se merecía.

Aquella noche había quedado con Nick, supuestamente íbamos a ir al cine, pero llevaba fatal el examen del viernes, el último que me quedaba. Deseaba verlo más que nada en el mundo, pero sabía que eso me iba a descentrar completamente, porque su sola presencia causaba estragos en mí y sabía que si quedábamos me resultaría imposible seguir estudiando después. Temía llamarlo para decírselo, sabía que se enfadaría, llevábamos dos días sin vernos, desde mi cumpleaños, y aunque hablábamos por teléfono había estado bastante dispersa.

Por eso mismo decidí mandarle un mensaje. No quería oír su voz y distraerme, no deseaba empezar una discusión, así que le di a «Enviar», puse el móvil en silencio e intenté olvidarme de él por un período de veinticuatro horas; cuando terminase los exámenes lo vería y haría lo que él quisiese, pero ahora me jugaba todo con ese último examen y quería sacar la mejor nota posible.

Dos horas más tarde, yo seguía en mi cuarto con una pinta desastrosa, el cabello hecho un asco y unas ganas terribles de echarme a llorar, o más bien de matar a alguien. En ese momento, la puerta de mi habitación se abrió sin apenas hacer ruido.

Levanté la cabeza y allí estaba él. Con el pelo revuelto y una camisa blanca, mi preferida.

¡Mierda!, se había arreglado para salir conmigo. Dibujé una sonrisa de circunstancias en mis labios y puse cara de no haber roto un plato en mi vida.

—Estás guapo.

Nick levantó las cejas mirándome de aquella forma que me hacía complicadísimo saber qué le pasaba en ese instante por la cabeza y se acercó hasta mi cama sin quitarme los ojos de encima.

—Me has dejado plantado —me reprochó tranquilo y no supe si estaba reprochándomelo o es que aún intentaba hacerse a la idea.

—Nick... —dije temiendo su reacción y sintiéndome culpable.

—Ven —me pidió con voz dulce. Tenía una mirada extraña, parecía estar sopesando algo, y me extrañó que no se pusiese a despotricar de inmediato.

Quería besarlo. Siempre quería besarlo. Si por mí fuera, me pasaría todo el día con él, entre sus brazos. Me incorporé y fui de rodillas hasta la punta de la cama, donde me esperaba de pie, aguardando.

—Creo que es la primera vez en mi vida que una tía me deja plantado, Pecas —dijo. Colocó sus manos en mi cintura—. No sé cómo tomármelo.

—Lo siento —contesté entrecortadamente—. Estoy de los nervios, Nick, creo que no aprobaré. No sé nada y, como suspenda, no voy a graduarme, ni a entrar en la universidad, ni a trabajar en lo que me gusta: voy a ser una inculta, terminaré viviendo con mi madre, ¿te imaginas? Creo que...

Sus labios me callaron con un beso rápido.

—Eres la persona más empollona que conozco, no vas a suspender. —Sus labios se apartaron y sus ojos me miraron con cariño.

—Voy a suspender, Nick, te lo digo en serio, creo que sacaré un cero, ¿te imaginas? ¡¿Un cero?! Dejaré de ser la preferida del profesor Lam, y eso que he tenido las mejores notas de toda la clase. Ya no me va a tratar de forma diferente y mira que me cae...

Cerré la boca al notar que me advertía silenciosamente con la mirada. Vale, me estaba yendo por las ramas, pero... Una sonrisa traviesa apareció en su semblante.

—¿Quieres que te ayude a relajarte?

«Esa mirada, no, no me mires así, por favor... No cuando estás tan bueno con esa camisa y yo estoy que doy asco.»

—Estoy relajada —mentí.

—¿Prefieres que te ayude a estudiar, entonces? —Su mano me apartó un mechón de pelo del rostro y suspiré internamente ante la ternura de ese gesto.

¿Nicholas ayudándome a estudiar? Eso no podía acabar bien.

—No hace falta —contesté con la boca pequeña. Me daba miedo que, si se quedaba, hiciéramos de todo menos terminar el tema ocho de historia, y, aunque Nick estaba muy bueno, no podía arriesgarme a suspender.

Sonrió de lado, de esa forma tan seductora, y observé cómo daba un paso hacia atrás. Se arremangó la camisa, se quitó los zapatos y rodeó la cama para sentarse a la vez que cogía mi libro.

Me estremecí al imaginarnos sobre esa misma cama, haciendo otras cosas que nada tenían que ver con estudiar. Nick empezó a pasar las páginas hasta llegar a donde lo había dejado unos minutos antes.

Me olvidé de todo, de los exámenes, de la prueba de acceso a la universidad; de repente, solo quería sentarme sobre su regazo y pasar la punta de mi lengua por su mandíbula.

Empecé a acercarme y él negó con la cabeza, levantando la vista hacia mí.

—Quieta ahí —ordenó divertido—. Vamos a estudiar, Pecas, y cuando te lo sepas, a lo mejor te doy un beso.

—¿Solo uno?

Soltó una carcajada y volvió a centrarse en los apuntes.

—Empecemos y, si cuando acabemos te lo sabes, prometo quitarte todo el estrés que tienes encima.

Y lo dijo con toda la tranquilidad del mundo mientras mi cuerpo se estremecía al oírlo.

Dos horas y media después me sabía el tema de principio a fin. Nick era buen profesor... Para mi sorpresa, tenía paciencia y me explicó las cosas como si se tratara de un cuento; en más de una ocasión me quedé embobada escuchándolo, atenta e interesada de verdad en la guerra de Secesión americana, incluso me contó datos y cosas que no salían en el libro ni en mis apuntes.

Cuando cerró el libro, después de que le relatara el tema con pelos y señales, sonrió orgulloso y con una chispa de deseo en sus ojos azules.

—Sacarás un diez.

Sonreí de oreja a oreja y me tiré sobre él, que me cogió y me apretó contra su cuerpo. Giramos en la cama y me besó, sediento de mis besos. Metí la lengua en su boca y él jugueteó con ella para después morderme el labio, chuparlo y metérselo en la boca.

Gemí mientras su mano fue bajando por mis caderas, me levantó la pierna y la enroscó sobre su cintura. Al notar su cuerpo contra el mío casi puse los ojos en blanco cuando una dulce presión me llevó casi al quinto cielo.

—Me enfadé al leer tu mensaje —comentó levantando mi camiseta y besando mi estómago con deleite.

Cerré los ojos y eché el cuello hacia atrás.

—Me lo imagino —respondí, abriendo los ojos y fijándome en él, que había alzado la cabeza y me observaba entre excitado y divertido.

—Pero me ha gustado estudiar contigo, Pecas... Me he dado cuenta de todo lo que aún puedo enseñarte.

Al decir esto, me quitó el pantalón corto y me quedé en ropa interior, debajo de él, con su boca demasiado cerca del sur de mi cuerpo como para estar tranquila.

Me puse nerviosa y me removí un poco sobre el colchón.

Su mano se colocó sobre mi estómago, obligándome a quedarme quieta.

—Te prometí un beso, ¿verdad?

Sus ojos ardieron sobre los míos y a punto estuve de derretirme. Cuando comprendí a lo que se refería, me tensé involuntariamente.

—Nick... —No sabía si estaba preparada para eso... Nunca habíamos hecho nada parecido y, de repente, quise levantarme de la cama y salir corriendo.

Nicholas se acercó a mi boca, con sus codos a ambos lados de mi cara y me miró con calma.

—Solo relájate —me indicó enterrando la nariz en mi cuello, oliéndome y besándome con cuidado.

Cerré los ojos y me retorcí bajo su cuerpo.

—Eres tan dulce... —dijo bajando por mi estómago, sus labios me rozaban la piel y me causaban escalofríos.

Cuando llegó a su destino se detuvo unos instantes. Me pareció tremendamente erótico verlo ahí, entre mis piernas, con esa mirada de puro deseo, deseo por mí, por nadie más.

Tiró de mis braguitas hacia abajo, con cuidado y me dio tanta vergüenza que cerré los ojos, accediendo a que pasara sin saber si me iba a gustar o no, pero sin querer pensar mucho en ello.

Su boca empezó besando mis muslos, primero uno y después el otro. Me abrió las piernas con delicadeza mientras se acomodaba en medio y me estremecí.

Lo que vino después fue peor, mucho peor.

—¡Dios...! —exclamé sin poder evitar moverme.

Sus manos me cogieron por la cintura y, de repente, sentí sus besos trazando círculos sobre mi piel hipersensible... Cerré los ojos y me dejé perder en sus caricias y en ese momento tan perfecto. Cuando sentí que todo se volvía demasiado intenso, una de mis manos fue a buscarlo para pedir una tregua.

—Es incluso mejor de lo que había imaginado —confesó deteniéndose un instante para después volver a acariciarme con muchísima suavidad. Se me quedó mirando con los ojos brillantes—. ¿Quieres que siga?

Joder...

—Sí..., por favor —contesté con un suspiro. Lo último que vi antes de volver a cerrar los ojos fue su inmensa sonrisa y de nuevo me dejé llevar por sus caricias hasta que se hicieron tan intensas que terminé agarrándome a las sábanas con fuerza.

¡Dios...! Acababa de tener la experiencia más erótica de mi vida.

Cuando me recuperé, Nicholas tenía la barbilla apoyada en mi estómago y me miraba como quien ha encontrado un tesoro en el fondo del océano.

Me ruboricé y él se rio impulsándose hacia arriba y colocándose a mi lado. Me cubrí con la sábana y él me atrajo hacia sus brazos.

—Joder, Noah..., dime por qué no te había hecho esto antes.

Me di la vuelta y enterré la cara en su pecho. Nicholas seguía vestido y no me hacía falta mirar para comprobar que se le marcaba una erección entre los pantalones.

¿Tendría yo que hacer lo mismo?

Los nervios volvieron a asaltarme, pero Nick me besó en la cabeza y se incorporó bajándose de la cama.

—¿Adónde vas? —pregunté cuando empezó a caminar hacia la puerta.

—Si no me voy ahora, no lo haré en toda la noche —me explicó y noté su voz un poco tirante.

Cogí el pantalón que estaba a mi lado sobre la almohada, donde lo habíamos dejado caer, y me lo puse. Bajé de la cama y fui hacia él.

—El viernes termino, Nick, y tendremos todo el verano para nosotros.

Me acerqué y le di un abrazo amoroso.

Nick me estrechó entre sus brazos y suspiró con resignación.

—Como no saques un diez en ese examen, te las tendrás que ver conmigo.

Me reí y me aparté de su pecho para poder observarlo.

—Gracias... por todo —dije notando otra vez cómo me sonrojaba.

Extendió la mano y me rozó la mejilla.

—Eres lo más bonito que me ha pasado en la vida, Pecas, no me des las gracias por nada.

Sentí que mi corazón se henchía de felicidad y una pena inmensa cuando me besó en la coronilla y se marchó dejándome allí.

El examen me salió perfecto. No me podría haber ido mejor y, cuando me encontré con Jenna en el pasillo cinco minutos después, las dos nos miramos y nos pusimos a saltar como locas. La gente nos empezó a observar, algunos estudiantes se reían mientras otros dibujaban un gesto molesto en sus rostros, pero no me importaba... Mi tiempo allí había acabado, ya no iba a tener que ponerme ningún uniforme más, ni ser tratada como una niña, ni tener que enseñarle mis notas a mi madre para que las firmara ni ninguna tontería por el estilo: era libre, éramos libres y no podía estar más contenta.

—¡No me lo creo! —gritó Jenna abrazándome como loca el día que recogimos las notas. Fuimos a la cafetería y, cuando entramos, oímos cómo todos nuestros compañeros estaban liándola como nunca, gritando, bailando, riéndose, aplaudiendo: era una locura, una fiesta en toda regla. Los demás alumnos nos miraban como si estuviésemos locos, algunos con envidia, ya que a la mayoría les quedaban años por delante antes de poder largarse de allí.

—Están planeando hacer una hoguera en la playa para quemar los uniformes —nos informó un chico con una sonrisa radiante—. ¿Os apuntáis?

Jenna y yo nos miramos.

—¡Claro! —gritamos a la vez, lo que nos hizo reír como histéricas; parecíamos borrachas, borrachas de felicidad.

Una hora más tarde, después de festejar con la clase, recorrer las aulas haciendo el tonto y perdiendo el tiempo, salí de ese colegio que me había traído más cosas buenas que malas. Recordaba haberlo odiado al principio, pero, si no hubiese sido por él, no me habrían admitido en la UCLA ni podría estudiar filología inglesa, como había soñado siempre.

Salí pitando cuando Nick me envió un mensaje diciéndome que me esperaba en la puerta. Estaba junto a su coche y una sonrisa increíble apareció en su rostro cuando me vio radiante de felicidad. Incapaz de controlar la dicha, salí corriendo y me tiré a sus brazos. Sus manos me sostuvieron con rapidez y busqué sus labios con los míos hasta que nos fundimos en un beso digno de una película romántica.

Había terminado el colegio, había sacado las mejores notas, iría a una universidad que jamás habría podido permitirme, tenía al mejor novio del mundo, al cual adoraba y, al cabo de dos meses, me iría a vivir por mi cuenta a un campus universitario con un futuro magnífico por delante.

Nada podía ir mejor.

4

NICK

Mi chica se había graduado. No podía evitar sentirme el hombre más orgulloso del mundo; no solo era preciosa, sino que además era increíblemente lista. Había acabado el curso con las mejores notas, las universidades se la habían rifado y finalmente había decidido ir a mi universidad, aquí en Los Ángeles. No sé qué habría hecho si hubiese regresado a Canadá, como en un principio se había planteado.

No veía la hora de que se mudara a mi piso, aún no se lo había dicho, pero mi intención era que viniese a vivir conmigo. Estaba harto de tener que soportar todas las malditas restricciones que nuestros padres no habían dejado de imponernos nada más empezar a salir. Desde el secuestro de Noah, su madre se había vuelto completamente paranoica y no solo eso, sino que ambos, mi padre y Raffaella, habían empezado a demostrar lo poco que les entusiasmaba que sus hijos estuviesen saliendo juntos. La cosa se había ido enfriando poco a poco y, ahora que ya no vivía con ellos, en vez de normalizarse todo, como yo había supuesto en un principio, había ocurrido todo lo contrario. Apenas dejaban que Noah viniese a mi casa ni que se quedase a dormir. Habíamos tenido que inventarnos todo tipo de gilipolleces con tal de poder estar juntos sin interrupciones. A mí me daba prácticamente igual lo que mi padre o su mujer tuviesen que decir, ya era mayorcito, tenía veintidós años y pronto cumpliría veintitrés, haría lo que me diese la real gana, pero no era lo mismo para Noah. Era consciente de que llevarnos cinco años iba a suponernos varios problemas de cara al futuro, pero nunca pensé que me causarían tantos putos dolores de cabeza.

Pero ahora no era momento de pensar en esto: estábamos de celebración. Iba a llevar a Noah a la dichosa hoguera en la playa que organizaban los de su clase. No es que me apeteciera especialmente, pero, al menos, pasaríamos un rato juntos. Al día siguiente, Noah iba a estar muy liada con la fiesta de graduación y su madre quería cenar con ella después de la ceremonia, por lo que, o salíamos ese día u otra vez iba a tener que compartirla con todo el mundo. Sabía que sonaba egoísta, pero esos últimos meses, con todas las cosas del colegio, mis viajes a San Francisco y las trabas de nuestros padres no había pasado ni la mitad del tiempo que había querido estar con ella, así que iba a aprovechar la ocasión.

El trayecto hasta la playa fue agradable, Noah estaba emocionada por su graduación y no se calló en los veinte minutos que tardamos en llegar. A veces me hacía gracia su manera de gesticular con las manos cuando estaba excitada por algo: en esos momentos, por ejemplo, sus manos parecían tener vida propia.

Aparqué el coche todo lo cerca que me permitía la aglomeración de gente que había allí reunida. No solo parecían estar los alumnos del curso de Noah en la playa, sino todas las malditas clases graduadas del sur de California.

—Se suponía que íbamos a ser unos pocos —comentó ella mirando perpleja, igual que yo.

—Si unos pocos es medio estado...

Noah sonrió ignorando mi respuesta y se volvió hacia Jenna, que apareció justo en ese momento con la parte superior de un biquini y unos pantalones cortos que se le pegaban como una segunda piel.

—¡A beber! —gritó Jenna.

Todos los tíos en medio metro la vitorearon, levantando sus vasos al aire.

Noah la abrazó partiéndose de risa. Cuando llegó mi turno, me aproveché de mi altura y fuerza para arrancarle el vaso de la mano y tirar el líquido a la arena.

—¡Eh! —protestó indignada.

—¿Dónde está Lion? Debería estar aquí —dije sonriendo abiertamente ante su mohín disgustado.

—¡Idiota! —me espetó para luego ignorarme deliberadamente.

Noah sacudió la cabeza y se me acercó rodeándome el cuello con sus brazos y poniéndose de puntillas para verme mejor.

—¿Estás seguro de que no te molesta estar aquí? —preguntó acariciándome la nuca con sus largos dedos.

—Diviértete, Pecas, no te preocupes por mí —contesté inclinando la cabeza para presionar mis labios cerrados sobre los suyos. Los tenía tan gruesos que me volvían loco—.Voy a ver dónde está Lion, ven a buscarme cuando me eches de menos.

—Ya te echo de menos —respondió y justo en ese preciso instante Jenna tiró de su brazo en su dirección para arrancarla de mi lado y llevársela a hacer Dios sabe qué tipo de locuras.

La miré con cara de pocos amigos y dejé que se fuera en dirección a donde sus amigos preparaban los uniformes para tirarlos al fuego. Típica tradición... Aún recordaba el glorioso momento cuando yo había hecho lo mismo.

Me acerqué a una de las pequeñas hogueras en donde apenas había gente y me quedé observando el fuego, con las manos metidas en los bolsillos y dándole vueltas a la cabeza, fantaseando con todo lo que quería hacer ese verano con Noah, con todas las posibilidades que se nos abrían en los próximos meses.

De pronto me fijé en Lion, que estaba solo en la hoguera más alejada de la gente. Tenía una cerveza en la mano y miraba fijamente las llamas como yo unos segundos antes, solo que él parecía melancólico y preocupado. Me acerqué a hablar con él.

—¿Qué pasa, tío? —pregunté dándole una palmada en la espalda y cogiendo una de las botellas sin abrir que tenía en una caja a sus pies.

—Estoy intentando que el tiempo pase más rápido en esta mierda de fiesta —contestó y, acto seguido, dio un largo trago a su cerveza.

—¿Emborrachándote? Jenna ya está bastante pedo, alguno de los dos tendrá que conducir, así que yo, en tu lugar, aflojaba con eso —le advertí; él me ignoró, pues se llevó la botella a los labios otra vez.

—No quería venir aquí, Jenna se ha puesto de lo más pesada —me contó mirando hacia delante.

—Se ha graduado, Lion, no la culpes por no entender qué mierda te pasa, yo tampoco lo entiendo.

Soltó un profundo suspiro y tiró la botella al fuego, que inmediatamente se hizo añicos.

—El taller no está yendo tan bien como antes y lo último que quiero es que mi hermano salga de la cárcel y vea que no he sido capaz de mantener el negocio familiar a flote...

—Si necesitas dinero...

—No, no quiero tu dinero, Nicholas, ya hemos tenido esta conversación mil veces. Puedo solucionarlo, solo que las cosas no han terminado saliendo como yo quería, eso es todo.

Me fijé en su expresión y supe que no me estaba contando toda la historia.

—Lion, antes de que te metas en ningún lío...

Se volvió hacia mí y cerré la boca.

—Antes no tenías ningún problema en meterte en líos. ¿Qué coño te ha pasado, Nicholas?

Le mantuve la mirada sin pestañear.

—Que secuestraron a mi novia, eso es lo que me ha pasado.

Lion pareció arrepentido, desvió la mirada por encima de mi hombro y sacó un cigarrillo del bolsillo trasero de sus vaqueros.

—Hablando del rey de Roma... Noah viene hacia aquí —anunció separándose de mí. Me di la vuelta y, en efecto, vi que Noah se acercaba con una gran sonrisa en los labios y la melena ondeando al viento.

Forcé una sonrisa y le abrí los brazos cuando se me acercó para darme un abrazo. Me dio un beso en el pecho y luego se dirigió hacia mi amigo.

—Jenna te está buscando —le informó con una sonrisa.

—Genial —contestó el capullo en un tono muy borde. A Noah se le borró la sonrisa de los labios y a mí me entraron ganas de quitarle el mal humor a hostias.

Sin pronunciar palabra, se alejó y empezó a caminar en dirección a donde estaba el resto de la gente. Noah me miró a los ojos.

—¿Le pasa algo?

Negué con la cabeza y la besé en la coronilla.

—Tiene un mal día, tú pasa de él —le aconsejé inclinándome para besar su mejilla caliente por el fuego y después perderme en su cuello. Mis labios ansiaban su piel desde hacía días y lo último que quería ahora era verla disgustada por una gilipollez sin importancia—. Te quiero —declaré bajando por su garganta, saboreando su piel y disfrutando al ver cómo se estremecía con mis caricias.

—Nick —dijo un minuto después, cuando mi boca había empezado a bajar hacia la curvatura de sus pechos.

Me separé un segundo, embelesado con ella pero viendo que habíamos despertado el interés de varias personas a nuestro alrededor, que nos estaban mirando, seguramente ansiosas por contemplar un bonito y erótico espectáculo.

Maldije entre dientes y le cogí la mano para tirar de ella en dirección contraria.

—Demos un paseo —propuse alejándonos de las hogueras y adentrándonos en la oscuridad de la noche y en el ruido armonioso del mar. No había mejor lugar que ese, y me gustaba sentirlo en calma, no con todo el alboroto de una estúpida fiesta.

Noah estaba extrañamente callada, sumida en sus pensamientos, y preferí no molestarla. Finalmente se volvió hacia mí.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —soltó con un deje de nerviosismo en la voz.

Bajé la mirada hacia ella y sonreí divertido.

—Claro, Pecas —contesté deteniéndome junto a un árbol que había echado raíces bajo la arena y que se cernía imponente sobre nosotros. Me senté a sus pies y atraje a Noah entre mis piernas. Así podía mirarla a los ojos sin el inconveniente de la altura—. ¿Qué ocurre? —inquirí al ver que no hablaba.

Me miró y luego negó con la cabeza.

—Nada, déjalo, era una pregunta estúpida —respondió evitando mirarme a los ojos. Vi que volvía a sonrojarse y mi curiosidad aumentó a niveles insospechados.

—De eso nada... ¿Qué ocurre? —insistí observándola con interés.

—No, en serio, es una estupidez.

—Te has puesto roja como un tomate y eso solo ha avivado aún más mi curiosidad. Desembucha —volví a insistir.

Odiaba que me hiciese eso, quería saber todo lo que pensaba o sentía, no quería que se avergonzase de absolutamente nada; además, estaba tan intrigado que no dejaría que se fuese de rositas sin decirme qué le estaba rondando por la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los míos unos segundos y luego empezó a jugar con un mechón de su pelo.

—Estaba pensando..., ya sabes, lo que ocurrió la otra noche, cuando tú... —habló poniéndose de color escarlata.

Intenté no sonreír. Nunca habíamos hecho nada parecido, había querido ir despacio con Noah, introducirla en el sexo poco a poco y, sobre todo, esperar a que estuviese preparada.

—¿Cuando te inicié en el sexo oral de forma espectacular? —pregunté, disfrutando de su reacción.

—¡Nicholas! —exclamó alarmada, dirigiendo la mirada a izquierda y derecha, como si alguien fuese a oírnos estando donde estábamos—. Dios, olvídalo, ni siquiera sé cómo se me ha ocurrido hablar de esto.

Tiré de ella hacia mí y la obligué a devolverme la mirada.

—Eres mi novia, puedes hablar conmigo de lo que quieras... ¿Qué pasa con lo del otro día? —dije intentando tranquilizarla, puesto que sabía que se moría de vergüenza con esos temas: ya lo había comprobado cuando a veces se me escapaba alguna grosería—. ¿No te gustó?

Claro que le había gustado, había tenido que cubrirse la cara para que no se escucharan sus gritos. Joder, ¿teníamos que hablar de eso justo ahora? Noté cómo me excitaba al recordarlo.

—Sí que me gustó, no es eso —repuso mirando hacia otro lado—. Pero... me preguntaba si tú querías... Bueno, que hiciese lo mismo contigo.

Casi me atraganto con mi propia saliva.

Los ojos de Noah volvieron a posarse en los míos y me miraron llenos de vergüenza y también de deseo. Sí, veía el deseo bajo aquellos ojos color miel y, ¡Dios mío!, no podía seguir teniendo conversaciones de sexo con Noah en sitios públicos. Me ponía nervioso solo de pensarlo...

—Joder, Noah... —solté apoyando mi frente contra la suya—, ¿quieres matarme de un infarto?

Ella sonrió divertida y clavó sus ojos en los míos.

—O sea que sí lo habías pensado —respondió y me aparté de su frente para contemplarla alucinado.

—Creo que cualquier tío con ojos y que te tuviese delante pensaría justo en eso, amor. Claro que lo he pensado, pero no es algo que tengamos que hacer a no ser que tú quieras hacerlo.

Noah se mordió el labio con nerviosismo.

—Pero... no es justo, quiero decir, tú has tenido que pasar por eso y yo...

Solté una carcajada.

—¿Pasar por eso? Lo dices como si hubiese sido una tortura —contesté intentando entenderla—. Noah..., lo hice con mucho gusto; es más, quiero repetirlo en cuanto tenga ocasión.

Los ojos de Noah se abrieron entre sorprendidos y excitados. A veces me olvidaba de lo inocente que podía llegar a ser.

—Entonces yo haré lo mismo... —afirmó resuelta, aunque vi alguna duda en sus ojos.

—No —negué, mirándola divertido—. Esto no va así. Las cosas que te hago son independientes de lo que tú quieras hacer conmigo; esto no es un hoy por ti, mañana por mí. Cuando quieras hacerlo, lo harás y, si nunca llega ese momento, bueno..., ya me buscaré a otra —bromeé. Ella me dio un manotazo en el brazo.

—¡Hablo en serio! —repuso llamándome la atención.

Intenté ponerme serio como ella.

—Lo sé, lo siento, pero no quiero que hagas nada que no quieras hacer, ¿de acuerdo? —le contesté besándola en la nariz.

Noah pestañeó varias veces y luego volvió a fijarse en mí.

—Entonces, ¿no te importa?... No estoy diciendo que no quiera, solo creo que... Bueno, creo que aún no estoy preparada.

Y por eso estaba enamorado de mi novia. Cualquier chica sin personalidad habría cedido solo por tenerme contento. Noah no era así, si no estaba segura de algo, ya podías hacer lo que fuera para convencerla, que ella seguiría fiel a sí misma.

—Ven aquí —dije tirando de ella y besándola como si fuese nuestra última vez—. Me conformo con tenerte a mi lado, amor.

Noah sonrió con dulzura y, unos instantes después, nos dimos el lote de forma épica.