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Le Début de l’Histoire

Son tiempos de hambruna, son tiempos de un hambre extremo que amenaza con devorarte desde dentro, de forma que solo vales para aguardar la llegada de la muerte. Y la Muerte Sin Fin siempre llega.

Antes del amanecer, oscuridad, silencio. Los cuerpos de los muertos por inanición se han dispuesto sobre los adoquines durante la noche y están a la espera de las carretillas para que se los lleven. Los muertos tienen los ojos muy abiertos, no escuchan, ni se preocupan, ni sienten miedo. Me recuerdan a mi hermana Azelma.

Azelma, que nunca llora, lloró dos días seguidos. No comía ni dormía. Lo intenté todo, incluso decirle que padre iba a venir con dos botellas de whisky en la tripa y la rabia encendida en los ojos. Pero no se movía, sin escuchar, sin preocuparse, sin miedo.

Por fin ha dejado de llorar. Durante las últimas horas ha estado tumbada en la cama con la vista perdida. No me contesta ni me mira. Creo que prefiero que llore.

Azelma solía despertarme con el susurro de «Viens, ma petite chatonne», y yo me acurrucaba en su calor mientras me peinaba y me ayudaba a vestirme.

Ahora me escurro de la cama sin ella y me cambio con el frío, poniéndome un vestido que me queda demasiado corto. Me cepillo dándome tirones y acabo con una trenza mal hecha. Me salpico la cara con agua helada de una jarra de porcelana pesada y me vuelvo para mirarla. Está tumbada de costado con los ojos abiertos, pero sin ver nada.

La posada está tranquila a esta hora. Dudo un momento más, pero no se mueve, así que bajo las escaleras y cojo un balde y una bufanda descolorida de un perchero que hay junto a la puerta. La bufanda es de Azelma y me queda demasiado grande, pero el pozo está a muchas calles de la posada y el trayecto va a ser frío. Odio hacer el viaje sola y en la oscuridad, pero tengo que hacerlo.

Afuera, el aire helado me quema la garganta. Me apresuro hacia el pozo intentando no mirar los cuerpos que dejo atrás en la calle. En el pozo, desciendo el balde y vuelvo a tirar para subirlo lleno, con los dedos entumecidos por el esfuerzo del peso.

El camino de regreso es traicionero, y, con cada paso cauteloso que doy, exhalo bocanadas de aliento que ascienden como nubes. Con cada respiración pienso en mi hermana y el miedo me devora las entrañas.

Cuando llego a la posada, mis brazos temblorosos se alivian al dejar el balde. Vierto un poco de agua en una cacerola y la pongo a hervir, miro entonces a mi alrededor. Hace falta fregar el suelo, aunque eso nunca evita el olor a vino derramado y, en la penumbra, el salón principal es un desorden de platos, jarras de metal y cristal vacías; hay que fregarlo todo.

He secado cientos de platos mientras Azelma me lanzaba burbujas de jabón. Las esquivo y me quejo. Azelma arruga la nariz y me espeta: «Los gatitos odian el agua».

Suspiro y decido empezar con el suelo. La fregona pesa y provoca que los brazos cansados me duelan terriblemente, pero la empujo hacia delante y hacia atrás con fuerza. Quizás, si consigo quitar las manchas, podré también quitarme esa sensación de malestar que me está creciendo en la boca del estómago.

Hermana mía, hermana mía.

Anoche padre no dijo nada cuando Azelma no salió de la habitación por tercera noche consecutiva. Era como si se hubiera olvidado de que existía. Tarareó, tamborileando alegremente con los dedos sobre la mesa. Incluso me lanzó un trozo de brioche caliente, lo que era tan impropio de él que no me atreví a comerlo. Apenas hay harina en la ciudad para el pan, y mucho menos para el brioche, así que no sé de dónde lo sacó. Mi padre es un ladrón; ha robado muchas joyas más brillantes o bolsas de oro más pesadas que ese trozo de masa. Pero ¿de qué sirven las joyas o el oro en tiempos de hambruna?

Mis tripas soltaron un rugido apagado y pesado por el olor del pastel. Pero el miedo me carcomía los huesos más que el hambre, así que le llevé el pan a Azelma y, ahí está, poniéndose rancio en un plato descascarillado junto a su cama.

Tengo las manos rojas de limpiar y me brilla la frente por el sudor, pero todavía estoy tiritando. Si Azelma no come, pronto yacerá con los cadáveres que hay en la intemperie, esperando a que el carretillero la recoja. Pero no tiene fiebre, lo he comprobado. Lo que le pasa es otra cosa, algo terrible. Y lo que es peor, no puedo hacer nada para curarla. Me siento como la gatita con la que Azelma me equipara: diminuta, frágil, batiendo mis patitas contra el viento.

Oigo un sonido en lo alto de la escalera y, cuando me giro, Azelma está ahí: vestida, con el pelo trenzado, con la vista fija en mí. Debería sentirme aliviada, pero su expresión es inquietante.

—Termino yo aquí —dice con una vocecita—. Tienes que ir a por Femi.

Debería alegrarme por dejar de limpiar, pero aprieto los dedos alrededor del mango de la fregona y frunzo el ceño. ¿Por qué tendría que ir a buscar a Femi Vano, al que llaman el Mensajero? Él va y viene según le place, susurrándole cosas al oído de mi padre. Habla con Azelma y le cuchichea cosas y la hace reír. Pero apenas ha amanecido y la posada está vacía, padre ronca en su cama. ¿Por qué tengo que buscar a Femi ahora? ¿No podemos limpiar como siempre hacemos, codo con codo?

Azelma baja las escaleras y me quita la fregona. Mi hermana tiene buena mano con las palabras; su voz es suave, como la miel, y a los clientes les gusta por eso, y porque es guapa, tierna. Pero ahora, incluso en voz bajita, su voz es afilada como una daga.

—Tráelo a la parte de atrás y no se lo digas a nadie. ¿Entendido?

Asiento y me dirijo a la puerta de mala gana.

Azelma siempre me pregunta si llevo bufanda y me recuerda que necesito abrigo. Me dice que tenga cuidado o que no me entretenga. Pero ahora se da la vuelta sin decir nada. No reconozco a esta chica fría. No es mi hermana. Es otra cosa, una cosa hueca con la cara de mi hermana.

Llamo a Femi silbando de la manera en que él me enseñó y aparece de repente, cayendo de la nada.

—Gatita —dice con una reverencia, pero no tengo tiempo para sus galanterías y lo arrastro del brazo hasta la posada. Azelma nos mira inexpresiva y me dice que raspe la cera de las mesas y la meta en la cazuela para que podamos derretirla y hacer velas nuevas. Cuando sale por la puerta trasera para hablar con Femi, voy de puntillas hasta la cocina y me subo al taburete alto en el que me suelo sentar para lavar los platos. Puedo ver la parte superior de sus cabezas a través de la ventana. Están de pie, apoyados contra la pared.

—Viene a por ti. —Escucho a Femi decir.

Le sigue un largo silencio. Cuando Azelma habla, su tono es amargo.

—Padre negociará. Siempre lo hace. Cuando estén ocupados, tienes que llevártela. No se darán cuenta de que no está.

—Podemos escapar. —Femi levanta la voz con desesperación—. Podemos escondernos.

—¿Conoces a alguien que se le haya escapado alguna vez? ¿Cuán lejos crees que llegaríamos antes de que nos encontrara? Incluso si por algún milagro pudiéramos escapar ahora, la condenaríamos si la lleváramos con nosotros, ya que seguramente nos encontrará. Y, si la dejamos atrás, ¿quién crees que probará la furia de mi padre? ¿Has pensado en quién le daría a Kaplan para apaciguarlo? ¿O para castigarme a mí?

Azelma niega con la cabeza, se vuelve hacia la ventana, como si sintiera que la estoy mirando. Me agacho para que no me vea.

—Rumores e historias dulces los que me has contado tú, Femi Vano —dice, y levanto la cabeza justo a tiempo para ver que le toca la mejilla con suavidad—. Pero las palabras se desvanecerán allá donde voy. Si tengo suerte, no recordaré nada. Hazme tu juramento en hueso y hierro de que le encontrarás un protector.

Femi levanta la mano y, con un único movimiento reluciente de su cuchillo, la palma opuesta queda marcada por una línea larga y oscura mientras gotas de sangre comienzan a brotar como diamantes negros.

—Mi palabra, mi sangre —dice—. Te hago mi promesa en hueso y hierro.

Ella apoya la cabeza en su pecho y su voz se suaviza.

—¿Me guardas afecto?

—Sabes que sí.

—Entonces no llores por mí —dice—. Yo ya estoy muerta.

—No, muerta no. Los muertos, al menos, son libres…

Cuando Azelma vuelve a entrar, su rostro es una máscara. Femi la sigue. Como sus antepasados magrebíes, que procedían del norte de África, lleva su espeso pelo en trenzas enrolladas. Sea cual sea el clima, siempre va envuelto en una pesada capa marrón veteada con marcas de lluvia y deshilachada en los bordes, dando la impresión de que tiene unas grandes alas plegadas. Su piel oscura es como el cobre bruñido, su nariz tiene una ligera forma de gancho y sus ojos arden feroces y dorados y, ahora mismo, están enmarcados con rojo.

Azelma me hace una señal. Le cojo la mano, siento la mía pequeña y la suya fría mientras me hace subir las escaleras de vuelta a nuestra habitación.

Hay algunas prendas de ropa vieja esparcidas en la cama: cosas de chicos, holgadas y de decimoquinta mano.

Sus ojos recorren mi delgada figura, implacables. Se pausan en mi cara, estudiándome, como si buscaran algo.

—Dieu soit loué, al menos no eres guapa. —Se le entrecorta la voz.

Tiene razón. Mientras que Azelma es suavidad y curvas, yo soy huesos y ángulos. Lo único que tenemos en común es nuestra piel aceitunada, el legado de la mujer pied-noir que nos dio a luz. Cuando yo era pequeña y los vientos invernales agitaban los cristales como espíritus vengativos que intentaban irrumpir, Azelma me rodeaba con sus brazos suaves y me contaba historias.

—¿Qué quieres escuchar, gatita? —me preguntaba.

—Háblame de nuestra madre.

Padre dice que no era nada más que una rata por dejarnos con él.

—La madre que nos dio a luz no es nuestra verdadera madre —cuenta Azelma—. Nuestra madre es la Ciudad.

Pero hasta yo sabía que no fue la Ciudad la que nos había obsequiado con nuestra piel aceitunada y nuestro pelo negro azabache.

Ahora la mirada de Azelma se posa en la trenza gruesa que tanto me ha costado trenzar a mí sola. Extiende la mano y me acerco a ella. Deshace la trenza con dedos hábiles y delicados y comienza a peinarme.

—Nuestra madre, la Ciudad, no es una madre misericordiosa —dice mientras me coge el pelo con una mano—. Ser una chica en esta ciudad conlleva ser débil. Conlleva que te sobrevengan cosas malas. Y la Ciudad no es amable con las cosas débiles. Envía a la Muerte Sin Fin para separar a los débiles de los fuertes. Esto ya lo sabes.

Oigo el sonido antes de darme cuenta de lo que está sucediendo: un roce de tijera agudo y cortante. Siento una repentina ligereza en la nuca. Abro los ojos de par en par, pero, antes de poder articular palabra, una cola de cabello oscuro aterriza suavemente a mis pies. Azelma me pasa las tijeras por el resto del pelo, recortándome cerca del cuero cabelludo.

—Mantenlo corto —dice, y cuando ha terminado añade—: Quítate ese vestido.

Obedezco perpleja, las manos me tiemblan al desabrochar los botones que ella había cosido. Solía obligarme a estar de pie como una estatua, con los brazos extendidos, mientras ajustaba alguno de sus vestidos viejos a mi cuerpo, con la boca llena de alfileres torcidos y oxidados. Yo siempre cerraba los ojos con fuerza, con miedo a que me hiciera sangre. Ella se reía de mí con los labios apretados.

—No te he pinchado todavía, gatita.

Me quito el vestido y se lo entrego. Estoy de pie frente a ella con una camisa de lino muy remendada.

—Eso también.

El miedo y el frío me queman la piel.

—Escucha mis palabras, pues son lo único que te puedo dar. Envuélvelas alrededor de tu carne como si fueran tu armadura. Puedes olvidarte de mi cara y mi voz, pero nunca olvides lo que te voy a decir.

—No lo haré —prometo mientras intento no temblar.

—Come solo lo justo para mantenerte con vida. Tienes que acostumbrarte al hambre para que no te quebrante. Mantente pequeña para poder entrar en espacios reducidos y así siempre serás útil.

Quiero preguntarle «para quién» y por qué irían a necesitarme, pero su tono es solemne y tengo la lengua pegada al paladar.

—Se acabaron los vestidos. No dejes que los hombres te miren con deseo. —Envuelve un trozo de tela vaporosa alrededor de mi pecho y lo ata con fuerza.

Apenas puedo respirar.

—Enrolla vendas alrededor de cualquier parte de ti que sea blanda. —Me entrega un par de pantalones muy holgados que están tan descoloridos que no se les puede atribuir ningún color en particular. Me los pongo rápidamente y continúo con una camisa larga.

—Viste ropa como si de una máscara se tratara para que nadie pueda verte, ¿entendido? Vístete para esconder tu verdadera cara. No eres Nina, la gatita, eres la Gata Negra. Enseña los dientes y garras cada vez que tengas la oportunidad para que recuerden que eres peligrosa. Solo entonces te habrás ganado una parcelita de seguridad. Para poder dormir solo con un ojo abierto.

Me ato un par de botas gruesas que han visto a muchos dueños y me pongo una gorra grande que se traga a mi cabecita.

—Padre me habrá dado su labia, pero a ti te ha dado su inteligencia. Eres lista, Nina. Eso es un arma. Eres pequeña y rápida, y eso también son armas.

Me agarra de las muñecas y me mira a la cara.

—Sé útil, sé lista y ve un paso por delante de los demás. Sé valiente incluso cuando tengas miedo. Recuerda que todo el mundo tiene miedo.

Ahora tengo miedo, pero de ella. De los dos días de llanto espantoso y miradas perdidas, y del fuego que arde en sus ojos normalmente dulces. ¿Qué le ha pasado a mi hermana?

—Cuando creas que la oscuridad viene a por ti, cuando te sientas pequeña y frágil y temas que nuestra madre la Ciudad está intentando destruirte, no puedes permitírselo. ¿Me entiendes? Tienes que sobrevivir.

—S-sí, lo prometo —respondo con voz temblorosa.

Bajamos las escaleras, Femi está esperando en una sombra.

—Vas a irte con Femi y harás lo que él te diga —me indica Azelma.

Se me acelera el corazón por el pánico.

—¡P-pero quiero quedarme contigo!

Esta figura tallada con la forma de mi hermana se inclina y me mira a los ojos. Su voz es hueca.

—A veces tenemos que pagar un precio terrible para proteger las cosas que queremos.

No entiendo qué quiere decir. Hay mil preguntas que quiero formularle, pero no encuentro las palabras; se me atragantan y las lágrimas me ruedan por las mejillas. Finge que no las ve.

—Ahora tienes que cuidar de ti misma.

Mira a Femi, sus ojos son trocitos de hielo.

—Bueno, llévatela.

No hay adiós, no hay abrazo, no hay proclamación de su amor hacia mí. En su lugar, me empuja hacia fuera como si ya no me quisiera.

—¿Zelle?

Comienza a moverse entre las mesas, limpiando.

—Zelle. —Me dirijo hacia ella, pero Femi me detiene.

—Cállate. —La preocupación altera su voz. Está asustado y no sé por qué.

Entonces lo oigo. Por encima de la percusión de mi propio corazón, escucho el crujido de botas sobre la grava, hay voces fuera.

—¡Marchaos ya! —nos ordena Azelma entre dientes.

Femi me coge, me aprieta contra él, siento el miedo vibrando a través de sus huesos y de los míos. Me arrastra hasta la cocina, lejos de Azelma, que por un instante nos lanza una mirada de angustia por encima del hombro. Entonces se vuelve y endereza la columna. Tiene la cabeza alta y las manos hechas puños a los costados.

Empiezo a llamarla, pero la mano de Femi se cierra con fuerza sobre mi boca.

—¡Thénardier! —Un rugido desde la entrada de la posada rompe el silencio, una orden penetrante, como un gruñido.

Femi se queda inmóvil. Oigo unos pasos lentos y un ruido sordo arriba, el grito parece haber sacado a padre de su sopor. Me asombra que quien ha venido haya sido capaz de despertarlo del estupor de un sueño de borrachera con una sola palabra.

Femi se atreve a mirar por la ventana, sus ojos van de un lado a otro mientras comprueba si hay alguien en el patio.

Se abre la puerta principal.

Escucho llegar desde arriba la voz melosa pero vacilante de mi resacoso padre. Hay incertidumbre en su voz.

—¿Señor Kaplan?

El visitante ha entrado, mientras que en la oscuridad de la cocina Femi nos dirige a ambos lentamente hacia la puerta trasera con el mayor silencio posible.

—Perdóneme —continúa mi padre—. No pensé que usted se ocuparía de tan insignificante asunto.

—¿Tan insignificante asunto, Maestro de Bestias? —ruge como respuesta, y parece sacudir el mismísimo techo de la posada—. ¿Olvidas quién soy? ¿Olvidas cómo llegué a lo que soy? Quería ver si realmente lo harías, si incluso un hombre como tú realmente vendería a alguien de su familia.

¿Vender a alguien de su familia? Al entenderlo siento que me dan un puñetazo que me deja sin aliento.

Azelma… ¿Padre va a vender a Azelma?

—Tengo doce monedas de oro aquí, Thénardier.

—Doce… —repite padre, pero su voz está sopesándolo, está engatusando. Me llena de rabia porque reconozco ese tonito: está haciendo lo que siempre hace. En realidad está regateando, esta vez por un mejor precio por su propia hija.

Le muerdo la mano a Femi, pero él no la afloja y, con un último golpe a la puerta, me arrastra hacia fuera, a la noche.

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2

Los Guardianes de las Puertas

No puedo recordar cuánto tardó Femi en sacarme de allí, solo recuerdo que lo arañé como una salvaje, chillando hasta que perdí la voz y rogándole afónica que me llevara de vuelta con Azelma, pero ni una sola vez me soltó.

Le temblaba la voz al mascullar:

—Te estoy llevando a un lugar al que tienes que entrar. En el ala oeste encontrarás una habitación. En ella, verás a un chico y alrededor de su cuello hay algo que tienes que sustraer o todo habrá sido en vano.

Estas fueron sus instrucciones mientras la emoción se agitaba en mi interior. Quizás, si hacía lo que él decía, podría volver a casa.

Alzo la vista hacia las gigantescas puertas de hierro, en las que hay seis cabezas empaladas con puntas. Son los Guardianes de las Puertas, siempre observando. Las cabezas se han conservado en aceite para evitar que se pudran, pero el viento y la lluvia las han tornado rancias y espantosas. Es una advertencia horripilante a todo el pueblo de qué le acaecerá a todo aquel que haga enojar a la nobleza.

Este es el lugar en el que tengo que entrar.

Una jaula cincelada en oro, el Palacio de las Tullerías.

El pánico me hace sentir una presión en el pecho.

Recuerda que todo el mundo tiene miedo.

Cierro los ojos y pienso en las palabras de Azelma, en las historias que tejió a mi alrededor.

Il était une fois… Seis ratones vivían en la ciudad de los gatos. Moraban en una época de gran sufrimiento y terror. Un día, los ratones comenzaron a hablar y a hacer preguntas que ningún ratón antes se había atrevido siquiera a susurrar.

Abro los ojos y cuento las cabezas en las puntas otra vez, pronunciando los nombres mientras avanzo.

Y estos fueron los nombres asignados a los ratones: Robespierre el Incorruptible, Marat el Horrible, Danton de la Lengua Dorada, Mirabeau el Sabio, Desmoulins el Valiente y St. Juste el Hermoso, el Ángel de la Muerte.

Padre me ha estado llevando a sus asaltos durante más de un año, así que sé bien como trepar silenciosamente y escurrirme en espacios pequeños. Después de todo, soy un suspiro de niña, más sombra que carne.

Me da miedo allanar el palacio. Pero más miedo me da lo que pasará si no lo hago. Solo sé que tengo que volver con mi hermana, así que cuanto más rápido haga lo que me han pedido, más rápido podré volver. Y esa es la razón por la que me lanzo bajo las ruedas de un carruaje en movimiento y me agarro a los bajos, dejando que me lleve al patio; atrás quedan los guardianes. Me mantengo colgada hasta que unos pies en zapatos de piedras preciosas bajan del carruaje y pisan la grava de color hueso y los sirvientes, con zapatos de cuero y botas duras, cierran las puertas con un golpe seco y estridente. El carruaje comienza a moverse hacia el descomunal edificio y, por fin, me suelto.

De alguna manera me las arreglo para escapar del jaleo de ruidos —incluso a esta hora hay bullicio de guardianes, carruajes y sirvientes— y escalo la pared que me llevará al ala oeste.

Me sangran los dedos para cuando he llegado al balcón correspondiente y vuelco mi cuerpo sobre la barandilla para dejarme caer.

Me lleva unos minutos mirar alrededor. Hay una puerta enorme con el cerrojo echado. Pero padre me enseñó a abrir una cerradura incluso antes de que aprendiera a andar. Rebusco en los bolsillos del pantalón y encuentro los imperdibles que Azelma me había guardado. Agradeciéndoselo en silencio, los saco y me pongo manos a la obra. Padre me enseñó bien. La puerta se abre en segundos y, tras empujarla hacia fuera, me encuentro mirando a una enorme habitación bañada por la oscuridad. Un miedo cerval me palpita en la garganta, siempre haciéndome avanzar. Doy un paso y dejo que los ojos se acostumbren.

En ella, verás a un chico…

Está al fondo de la habitación, dormido en una cama inmensa.

No presto atención a ninguno de los ornamentos, ni a los muebles finos o a las fruslerías brillando siniestramente a la luz de la luna que se filtra gradualmente en la habitación. Las cortinas que rodean la cama no están corridas. Me pregunto por qué un chico como él querría tener a la vista tanta oscuridad.

Conteniendo el aliento en la garganta, avanzo hacia él en movimientos fluidos, forzándome a abatir el pánico. Me pregunto quién será. Seguramente sea un noble de importancia, siendo su habitación del tamaño de la posada entera de padre.

Alrededor de su cuello hay algo que tienes que sustraer…

Una camisa de dormir de cuello alto delata un centímetro de piel pálida. Pero no veo nada alrededor del cuello.

Aunque padre me mandara a subir paredes y bajar por chimeneas para hurtar lo que fuera que me ordenara, nunca he robado nada a nadie que estuviera presente en el momento del robo. La regla siempre era esperar hasta que se hubieran ido. Pero esa no es la regla de esta noche.

Me froto las manos para calentarlas y me inclino sobre el chico. Tiene las pestañas largas y su pelo es oscuro y ondulado. Parece tranquilo y, a la luz de la luna, imagino que es bastante guapo, como uno de esos chicos de las historias de Azelma.

Bajo suavemente los dedos hacia su camisa, es mejor no moverse ni muy despacio ni muy rápido. Me limito a la tela, intentando evitar la piel. ¡Ahí está! Una cadena larga y pesada, por eso no le llegaba al cuello. La longitud y el peso indican que está suelta, su extracción será fácil. El extremo del collar se desliza por debajo de las sábanas, y me detengo un segundo al ver el resplandor a la luz de la luna. Es la piedra más grande que haya visto jamás, un zafiro engastado en un revestimiento grueso de oro con perlas más pequeñas y joyas. Reposa pesadamente en su pecho. Es muy probable que se despierte al levantarlo y, de no hacerlo, lo hará cuando intente sacárselo por la cabeza.

Eres pequeña y rápida, y eso también son armas.

Cuento hasta tres y me muevo. Tan fluido como el agua, el collar sale rápidamente, y solo hay un suspiro momentáneo cuando la cadena de metal le roza la piel. Cuando abre los ojos, está mirando directamente a los míos.

Eres lista, Nina, y eso es un arma.

Si grita para pedir ayuda, me privará de esos valiosos segundos que necesito para escapar. Puede que consiga salir hasta el balcón, pero no llegaré mucho más lejos.

Este es el arte del robo… Las palabras de Femi resuenan en mis oídos. Los sordos son los distraídos, los ciegos son los sorprendidos. Aquellos hipnotizados por una cara no advierten dónde pueden deslizarse unas manos.

Necesito distraerlo, mantenerlo sorprendido o, al menos, más sorprendido de lo que ya está. Abre la boca, así que hago lo primero que se me viene a la cabeza: lo beso, presionando mis labios contra los suyos de una manera que he visto representada tantas veces en las esquinas oscuras de la posada de padre. Sabe a chocolate y ese es el último pensamiento que ocupa mi mente mientras me aparto de él y empiezo a correr para saltar hacia el balcón.

Estoy al borde, en la noche helada, los labios aún me arden. Oigo un sonido ahogado mientras me dejo caer y ruedo por el balcón, entonces empiezo a descender por la pared hasta el suelo.

—¡Espera! ¡Por favor!

No debería mirar arriba, pero lo hago. Tengo los dedos en carne viva y el viento a mi espalda. Está observándome a dos pisos por encima de mí. Va a llamar a los guardias, va a exigir que le devuelva el collar, va a hacer que me arresten y habré fallado a Femi y Azelma.

—¿Quién eres? —pregunta.

Aguardo un momento antes de esbozarle una sonrisa. «La Gata Negra», digo. Entonces me suelto y me dejo caer como una sombra en la noche.

Femi y yo nos desplazamos por los tejados en la oscuridad, por encima del ruido de las calles agitadas que no duermen, lejos del centro de la ciudad, sobre barriadas laberínticas y callejones completamente negros. Femi casi vuela, se mueve intrépido y con gracia. De vez en cuando silba, cada vez emite un sonido diferente, tan claro como las campanas de Notre-Dame. Me parece oír el eco de una respuesta en el viento, pero no estoy segura de que no sea mi mente tumultuosa jugándomela.

—¡Vamos, gatita! —me anima Femi, su voz es suave y sus ojos brillan a la luz de la luna—. No pienses, no dudes, solo salta cuando yo salte.

Cada paso que doy está repleto de terror: nunca sé si mi pie aterrizará con solidez o caeré y me quedaré atrás. Padre me enseñó a escalar edificios, pero nunca a volar, siempre saltando como un pájaro de tejado en tejado. Con cada salto, pienso en mi hermana y el estómago me da un vuelco.

Cuando paramos para que pueda recuperar el aliento, Femi me susurra con urgencia el motivo de nuestra misión, las palabras que debo repetir, los gestos que debo hacer. El revoltijo de cosas que debo recordar es aterrador. El pánico crece y me ahoga, pero pienso en Azelma y me muerdo el labio, forzándome a concentrarme. Emprendemos la marcha otra vez y, en la oscuridad, me repito a mí misma las palabras de Femi una y otra vez hasta que me las sé de memoria. Haré lo que sea por volver con Azelma.

Al fin se detiene, y estoy a punto de llorar del alivio, vencida por el viaje, me zumban los oídos con las instrucciones que me ha dado. Veo en el amanecer plateado que estamos a las afueras de un barrio abandonado, sus edificios han sido devastados por el tiempo. Bajamos por el costado de un edificio en ruinas, atravesamos una puerta que está entreabierta y se ve diminuta en comparación con la sombra de una iglesia en ruinas. Un par de puertas pesadas aguardan y nuestra llegada perturba a una bandada de cuervos anidados en el techo. En el interior, lo que no está descompuesto es porque se ha saqueado tiempo ha: bancos, altares y vidrieras que son heridas abiertas y oscuras en las paredes desmoronadas.

—L’église de l’évêque Myriel —dice Femi en un hilo de voz que encuentra su eco en las ruinas—. Dicen que está encantada por el fantasma del fundador, un hombre que se convirtió con fervor tras toda una vida perversa de delincuencia. —Se acerca a mí y me arrastra hacia la oscuridad con él.

—Y hay quien dice que l’évêque Myriel nunca cesó en su vida criminal. Que se hiciera un «hombre de Dios» fue la tapadera perfecta para su ilustre carrera.

Femi me empuja suavemente hacia una pequeña puerta lateral que una vez debió conducir a una sacristía. Entramos y pasamos por otra habitación en descomposición y descendemos por una escalera oscura. Él aminora el paso por mí, señalándome qué piedras pueden moverse bajo nuestros pies. Al pie de la escalera, en la escasa penumbra, hay una puerta monstruosa, más oscura incluso que la oscuridad de este lugar sin luz. Femi posa una mano en ella, y yo lo imito. Noto el frío cuando la palpo. Hierro, que no se pudre, ni se quema, ni se desvanece…

La puerta gigante se abre ante nosotros. Un resplandor de luz me ciega.

—Bienvenida al Gremio de los Ladrones —murmura Femi.

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3

El Señor de los Ladrones

—No te preocupes, pequeña. Thénardier no está esta noche.

Me estremezco al oír el nombre de mi padre, pero Femi me da un ligero golpecito en el hombro.

—Mira arriba.

Señala por encima de nuestras cabezas y estiro el cuello para ver. El techo abovedado es una red de luz titilante.

—La verdadera belleza del Gremio de los Ladrones se encuentra en las alturas —dice Femi—. Una vez al año, el día de San Vicente, el santo patrón de los Ladrones, todos los miembros del Gremio presentan en ofrenda una piedra, un cristal o una moneda de oro brillante. Todos los gatos del Gremio reciben una parte del botín y suben trepando a toda prisa por las paredes y por cuerdas arrojadas desde ventanales en las alturas. El gato que llegue primero al punto más elevado recibe el honor de incrustar su ofrenda en el techo.

Nuestra madre la Ciudad está envuelta por un abrigo de una niebla y un humo tan espesos que nunca he visto las estrellas en la noche, pero imagino que su apariencia debe ser similar. Algo en mi interior se emociona ante su belleza. Pero no hay mucho tiempo para admirarlo antes de que Femi me dirija a otra parte. Parpadeo y absorbo el caos ruidoso del salón.

Es como un palacio, si un palacio no tuviera organización ni hubiera grandes tesoros desperdigados por todas partes. Es un caos de elegantes estatuas de marfil blanco y antiguas gárgolas ennegrecidas que deben de venir de la mismísima Notre-Dame. El suelo está cubierto por alfombras superpuestas de sedas gruesas de colores que sin duda se han birlado de las mejores casas de la ciudad. Cada centímetro de pared tiene cuadros en marcos dorados, grandes y pequeños, que ilustran batallas, barcos en el mar, paisajes, imágenes románticas de mitos, iconos religiosos, y retratos.

El salón centellea y resuena con el vino, el calor y la conversación obscena. De forma soterrada, una extraña corriente de peligro está palpitando. El lugar está vivo, abunda la gente de todas las edades, formas, tamaños, colores de piel y vestimenta. Veo caras con ojos penetrantes, mujeres mayores envueltas en capas, hombres de clase mercantil con capas rígidas, así como algún que otro sacerdote.

—No hay apellidos en la Corte de los Milagros. No hay raza, ni religión —me explica Femi—. Fe, linaje, sangre; estos no son los lazos que unen a los Miserables, porque así es como el mundo nos ve, como miserables. Y, por ende, los Miserables es el nombre que se le atribuye a todos los hijos de la Corte de los Milagros. Lo que nos une es nuestro Gremio. Es un lazo más fuerte que la familia, más espeso que la sangre. Todos a los que aquí ves son los hermanos y hermanas del Gremio de los Ladrones.

Femi señala una horda de niños y niñas harapientos y descalzos que solo tienen algunos años más que yo.

—Esos son los perros: ladrones que manejan sus negocios a pie de calle. También hay caballos, que son asaltantes de caminos, aunque solo quedan dos en todo el Gremio, pues el Caballero ya no cabalga.

Por cada uno de los Miserables que parezca una persona corriente de la calle, hay otros diez que visten ropa tremendamente reluciente y joyas que brillan y centellean. Hombres y mujeres con diamantes y rubíes que les cuelgan del cuello, la nariz, las muñecas, las orejas, los dedos de manos y pies… Cada nudillo está cubierto de piedras brillantes.

—Esos son los gatos —murmura Femi, señalando a las figuras vestidas de colores brillantes—, ladrones que prefieren moverse a hurtadillas por los tejados y colarse por ventanas y chimeneas.

Entrecierra los ojos ante un caballero especialmente corpulento que está vestido de púrpura, oro y rosa. Cada parte de él reluce con joyas tan pesadas que debe serle imposible levantar las manos.

—Los gatos siempre andan presumiendo.

A lo largo de un lateral del salón, hay una fila larga y sinuosa de gente. Femi señala hacia ellos con un gesto.

—Todos los Ladrones entregan su parte a la Gente de la Pluma, trabajadores que pertenecen al Gremio de las Letras. Ejercen como contables, abogados y auditores para los nueve Gremios de la Corte de los Milagros.

Entorno los ojos ante la hilera de hombres y mujeres pálidos e inexpresivos que se sientan tras una mesa larga. Visten túnicas de colores poco definidos.

Tienen las cabezas inclinadas, están tomando una gran cantidad de notas sin apenas decir palabra.

—La Gente de la Pluma está obsesionada con la información —susurra Femi—. Su devoción por el orden y los detalles es más fuerte que su voluntad de ser corruptos. Son tan temidos como respetados por los Miserables, ya que no hay nada sobre nosotros que desconozcan. El paradero de cada Casa Gremial es un secreto estrictamente guardado, excepto para mí, que soy el Mensajero de todos los Gremios y el que informa al Gremio de las Letras. Cuando la Gente de la Pluma llama a la puerta para hacer una auditoría, hasta el más temible Señor Gremial los deja entrar.

Una vez que se acusa recibo de las entregas, se reparten a los empleados, que llevan unas lupas y unos monóculos que les dan la extraña apariencia de búhos. Inspeccionan cada artículo, prueban la plata y el oro, prenden fuego a las cosas, las golpean con martillos, e incluso las muerden antes de anunciar sus hallazgos, que a veces provocan la risa a expensas de los Ladrones, o cuchicheos de celos por los mejores botines.

En el centro de la habitación hay una silla negra tallada intrincadamente. De la parte trasera más alta y puntiaguda cuelgan pilas de collares brillantes, una o dos diademas relucientes y muchos tapices finos con bordados. Sentado en la silla con forma de trono hay un hombre un poco mayor que mi padre. Tiene la misma piel cobriza y los ojos dorados y astutos de Femi.

Deben de ser familia, pienso.

Está vestido de manera más modesta que muchos de los Ladrones que están en torno a él, con un abrigo bien cortado y una camisa de un color sencillo. De hecho, nada en él es destacable salvo las dos cadenas de diferentes longitudes que rodean su cuello: una cuerda brillante de diamantes puros y otro collar de rubíes que brillan a la luz de un centenar de candelabros encendidos.

—Tomasis, el Señor de los Ladrones —dice Femi inclinando la cabeza hacia el hombre.

De pie, junto a la silla del Señor, hay un hombre más mayor. Su rostro es un mapa de arrugas apelmazadas en polvo, esconde su pelo bajo una peluca y está vestido con galas de calidad ya desgastadas de un noble venido a menos.

Femi inclina la cabeza hacia el hombre empolvado.

—Solo hay tres Merveilles, las Maravillas, que aún viven en la Corte. Son criminales de tal fama y notoriedad que se han convertido en leyendas vivientes. Lo máximo que cualquier niño de la Corte puede esperar tras su muerte es que se canten sus canciones y se relaten sus historias una y otra vez, al contrario que los Merveilles, pues sus hazañas se relatan a todos los niños de la Corte mientras aún respiran. Los tres Merveilles que quedan son le Maire, la Pescadora y el Caballero. Le Maire es un miembro del Gremio de las Letras y lleva desaparecido más de una década. La Pescadora es Ni-huang, la Señora del Gremio de los Contrabandistas. El último Merveille es el hombre que está de pie junto al Señor de los Ladrones. El caballero George, el infame bandolero. Y, si te ganas su favor, hay mucho que puede enseñarte.

El Caballero nos ve e inclina la cabeza para susurrarle algo a Tomasis, el Señor de los Ladrones, el cual se gira para mirar vagamente en nuestra dirección. Femi me aprieta el brazo.

—Es la hora, Nina. Recuerda todo lo que te he dicho. No hay marcha atrás.

Femi me lleva hacia los hombres. La gente se aparta para dejarnos pasar, mirándome con un interés voraz que no acaba de gustarme del todo.

Alcanzamos el trono y Femi se apoya sobre una rodilla, arrastrándome con él.

—Monseigneur. Vano, Señor de lo robado, Padre del robo y del saqueo…

—Le escucho, mon frère —dice Tomasis.

Me vuelvo a poner de pie cuando Femi se levanta. Tomasis mira al hombre empolvado y este asiente a Femi.

—Mensajero —dice el hombre con voz melosa.

—Caballero —responde Femi con una ligera inclinación de cabeza y entonces vuelve a Tomasis.

—Tengo una hija nueva para usted, Monseigneur.

Inmediatamente bajo la mirada a las intrincadas alfombras de seda que cubren el suelo. Femi me ha dicho que tengo que estar preparada para observar muchos de los procedimientos de reojo, pese a ello me arriesgo a levantar la vista.

Tomasis esboza una sonrisa curtida, le da un sorbo al vino de una copa tachonada de joyas.

—¿Una hija? —pregunta colocando la copa en una delicada mesa de nácar antes de inmovilizarme con la mirada.

¿Había pensado que tenía la mirada vaga antes? Ahora me devora intensamente con los ojos. A su lado, el Caballero inclina la cabeza hacia mí, como un pájaro cavilando mi potencial.

—Es una gata, Monseigneur —dice Femi.

Tomasis mira a Femi y yo no puedo evitar ver la clara semejanza entre ambos: tienen que ser hermanos.

—¿Lo de reclutar gatitos no es tarea del Maestro de Bestias? La última vez que lo comprobé, aún era usted Aves, el Elanion, Mensajero de la Corte de los Milagros. Es raro, pues, que el que envía mensajes de repente asuma esta nueva responsabilidad, especialmente cuando nunca ha mostrado especial interés por los gatos de este Gremio.

«Tomasis es reconocido por su desconfianza», me había dicho Femi mientras recorríamos los tejados. «Uno ha de ser desconfiado si pretende convertirse en Señor Gremial y ha de seguir desconfiando si quiere mantener el puesto».

Tomasis se fija en mí y, cuando habla, sus palabras son falsamente amables.

—¿Y quién es usted, pequeña, para que el mismísimo Mensajero de la Corte de los Milagros implore por usted?

Trago saliva ya que mi garganta está seca de repente. A pesar del enjambre de conversaciones a mi alrededor, siento el ardor de cientos de ojos sobre la espalda.

—Mi nombre es Eponine Thénardier —digo.

A nuestro alrededor, la sorpresa eleva el volumen de la conversación.

Tomasis entrecierra los ojos ante mi respuesta, observa mis facciones, leyéndolas como si quisiera encontrar un parecido.

—Thénardier es el Maestro de Bestias de este Gremio. Gobierna por debajo de mí y dirige a todos mis hijos, perros, gatos y caballos. Conoce todos mis negocios y tiene un enorme poder en el Salón Titilante.

«El poder que ganó después de que otros Señores murieran en una sucesión frecuente y misteriosa», me había dicho Femi. «Thénardier nunca ha tenido reparos para degollar un par de veces cuando es necesario».

—¿Me va a dar una razón por la que debiera aceptar a un familiar suyo a sus espaldas? —inquiere Tomasis a Femi, con la mirada ardiendo intensamente.

Femi no se inmuta.

—Thénardier ha estado usando su propia carne y hueso para realizar sus mejores robos, puede que todos sus robos, durante los dos últimos años. Las ofrendas que le presentó no eran las suyas.

—¿Entonces es un ladrón? ¿Es eso de lo que lo acusa? El hurto es una práctica muy normal entre estos muros.

El salón resucita con las risas. Tomasis sonríe cordialmente, pero son indiscutibles la dureza de su mirada y la línea sombría de sus labios.

—Y, si las ofrendas que me aporta son diezmos más que suficientes —continúa Tomasis—, ¿qué me importa cómo las haya conseguido?

—Ella no es de los Miserables. No es hija de la Corte de los Milagros ni está vinculada a ningún Gremio, no lleva marca…

—Está evadiendo mi pregunta. ¿Por qué iba a insultar al Maestro de Bestias delante de todo el Gremio al aceptar a una gata, de su propia carne y hueso, a sus espaldas?

—Pregúntele qué tiene que ofrecerle. —La voz de Femi es apenas un suspiro y aun así resuena por todo el salón.

Me acerco a mi abrigo y con los dedos temblorosos saco una cadena a la que sigue la pesada piedra.

—¡Por las bolas de Rennart! ¿Eso es el Talismán de Carlomagno?

El Caballero da un paso al frente y con delicadeza eleva la piedra directamente de mi mano. Saca un monóculo del bolsillo de su chaleco y lo inspecciona, le da la vuelta antes de ponérmelo otra vez en la mano.

—Esta piedra es una de las joyas de la corona —dice.

—Sí —digo, pese a no tener ni idea.

—Están guardadas en el Palacio de las Tullerías.

Asiento.

—¿Dónde estaba la piedra?

—En el cuello de un chico. —Intento que no me vacile la voz.

El Caballero reacciona con sorpresa.

—¿Un chico? El Talismán lo lleva el delfín de Francia.

Así que ese era el chico: el príncipe de la realeza. El futuro rey, heredero del trono de Francia. Dejé escapar el aliento con pesadez. He besado al futuro rey y sabía a chocolate…

Tomasis se ríe con un sonido tremendo rebosante de calidez y humor que llena toda la sala y rebota en las paredes y el techo.

—El Talismán de Carlomagno, robado del cuello del delfín. Es más valioso ver esto que el orgullo de Thénardier —dice mientras se seca los ojos brillantes.

Femi me enarca las cejas sutilmente.

—Esta es la ofrenda que le traigo —digo rápidamente, recitando las palabras que él me había enseñado en los tejados—. Un regalo del —hago una pausa para recordar el nombre— califa al rey de los Caminantes Diurnos, que contiene un pelo de uno de sus santos más sagrados. —Me apoyo sobre una rodilla, con la cabeza gacha—. Acepte este regalo, Señor de los Ladrones. Espero que le complazca y me conceda la gracia. Y que me acepte con ello como hija suya. Permítame vivir en su presencia como una de los Miserables, una hija verdadera de la Corte de los Milagros, y le serviré cada uno de mis días.

El Caballero mira a Tomasis, el cual asiente con la cabeza. El hombre empolvado da un paso hacia delante y se aclara la garganta.

—¿Cuál es tu nombre? —entona.

—No tengo hasta que mi padre lo enuncie.

—¿Quién es tu madre?

—No tengo más madre que la Ciudad.

—¿Y quién es tu padre? —entona.

—No tengo más padre que el Señor de los Ladrones.

El Caballero eleva la cabeza y mira hacia los Ladrones que están en el salón antes de continuar.

—Hoy te despojas de tu piel de barro y renaces en la oscuridad para tu Gremio y los Miserables, tus hermanos y hermanas.

—De ahora en adelante te llamarás por tu verdadero nombre…

Hace una pausa, mira a Femi, que inclinando la barbilla hacia arriba dice: «Gata Negra del Gremio de los Ladrones, hija de Tomasis, hija de la Corte de los Milagros. Que canten tus canciones para siempre».

Que canten tus canciones para siempre. Las palabras resuenan en mis oídos mientras cientos de voces las repiten a mi alrededor.

Tomasis me hace un gesto para que me acerque. Me levanto y le ofrezco el collar. Él se inclina hacia delante, agacha la cabeza y se pone la cadena pesada al cuello. La piedra se acurruca en su pecho, brillando desafiante a los rubíes y diamantes que hay por debajo.

—De hoy en adelante, soy tu Padre —dice Tomasis—. Estás unida a mí en hueso y hierro. Grabo mi marca en tu piel y no reconocerás a nadie más que a mí sobre ti.

—Gracias, Padre —digo. Por el rabillo del ojo veo acercarse a una mujer delgada vestida con sedas con una botella de un líquido oscuro y una pluma de metal en las manos.

—De hoy en adelante yo te protegeré de todo y tú me servirás en todo y cumplirás las leyes de la Corte de los Milagros.

—Así lo haré, mi Señor —respondo e intento no ponerme tensa cuando la mujer se me acerca. Me inclina la cabeza a un lado y, con una rapidez asombrosa y un dolor punzante y ardiente, me tatúa una forma en la piel suave detrás de la oreja.

—De hoy en adelante, el Gremio de los Ladrones será tu familia y tú les servirás y nunca los traicionarás.

Siento la sangre brotar por una punzada de la pluma de la mujer, huelo su fuerte olor metálico cuando termina. Me arde el cuello por el dolor.

Sé que la marca es un diamante porque vi la marca de Thénardier cuando cayó en su desmayo al suelo tras una borrachera.

—No es habitual, Gatita, que se me honre con una ofrenda tan valiosa. —Tomasis sostiene el Talismán en su palma y la inclina para que le dé la luz—. Te voy a dar un regalo, si lo deseas. Pídeme cualquier cosa y será tuya.

A mi lado, Femi se sacude. Me doy cuenta de su advertencia y no le hago caso.

—Deseo que salves a mi hermana —digo apresurada—. Que le concedas tu protección como me la has concedido a mí.

Contengo la respiración e intento no albergar demasiadas esperanzas.

—¿Salvarla? —pregunta Tomasis—. ¿De qué necesita que se la salve?

—Se ha han llevado, la han vendido… —digo con dificultad.

—¿Vendido? Eso es en efecto lamentable. ¿Y Thénardier permitió que esto pasara?

Me muerdo el labio. Mi padre es el Maestro de Bestias de este Gremio, no me atrevo a hablar mal de él, no aquí.

—Ya veo —dice Tomasis, frunciendo el ceño ante mi silencio que lo dice todo—. A Thénardier le ha gustado mucho siempre el dinero. —Se toca el collar, pensando—. Se puede volver a comprar. Pero piensa esto, Gatita: ¿qué pasa si el que la compró no quiere vender?

Alzo mis ojos con ferocidad a los suyos.

—Entonces hay alguien a quien deseo ver muerto —digo.

Tomasis se ríe y todo el salón se ríe con él. Femi es el único que sacude la cabeza frenéticamente, intentando acaparar mi atención.

—¡Cuánta sed de sangre tienes!

Siento que la risa me raspa la piel. No debería haber dicho eso, pues les parece divertido.

—¿No matas a gente?

Tomasis sonríe de oreja a oreja.

—Normalmente no —dice—. Pero conozco a otros que son buenos en gestiones con la muerte. Así que dime: ¿quién es el que se la ha llevado? Di su nombre y se hará.

Femi hace un ruido ahogado.

—He oído que lo llamaban Kaplan.

Se hace el silencio en el salón de inmediato. Femi se ha quedado inmóvil a mi lado.

Tomasis se levanta con la peligrosa gracia de una bestia selvática y en dos zancadas está frente a mí. El golpe aparece de la nada y me manda al suelo. Ignoro el escozor de la mejilla, siento la piedra fría bajo mis dedos mientras intento ponerme de rodillas.

—¡Por favor! —dice Femi, su voz es urgente y chillona—. No sabe quién es Kaplan.

Todo el salón permanece en silencio.

—¿Me traes a los enemigos del Tigre a casa? —pregunta Tomasis a Femi, sus ojos brillan sombríos—. ¿Me engañas para que los acepte como míos?

—Perdóneme, mi Señor. ¡No sabe qué está pidiendo! —Femi dice otra vez con brusquedad, sus palabras son como una espada que se defienden de la ira de Tomasis, conteniéndola.

—Entonces, ¿por qué me la has traído? —ruge Tomasis—. ¿Por qué me ha pedido que lo mate precisamente a él?

La pregunta retumba en las paredes. Todo el mundo está escuchando.

Me propongo no temblar, inhalo todo el aire a mi alrededor para mantenerme estable.

—Pad… Thénardier le vendió a mi hermana —digo mirando a sus pies, intento que el miedo no se intuya en mi voz.

Tomasis suspira y se inclina, poniéndome una mano bajo la barbilla. Cuando miro hacia arriba, sus ojos están clavados en los míos.

—La violencia es rara aquí, en el Salón Titilante. A diferencia del resto de los Gremios, confiamos en nuestra velocidad e ingenio. Se dice que los Ladrones somos buenos robando incluso la furia del corazón de un hermano. —Da un paso atrás, se desploma en la silla—. Voy a perdonarte tu imprudencia porque eres de las más jóvenes de mis hijos. Ninguno me traería lo que tú me has traído. Y ninguno se habría atrevido a pedirme lo que tú acabas de pedirme.

Asiente a Femi, que me está agarrando del brazo y de un tirón me pone en pie.

—El Señor Kaplan, el Tigre, manda en el Gremio de la Carne —dice Tomasis—. Se sienta a la mesa alta con los otros ocho Señores de la Corte de los Milagros. —Cierra los ojos y se pasa la mano por la sien como si estuviera cansado—. Tenemos… acuerdos con el Gremio de la Carne. Ellos no se meten con nosotros y nosotros los dejamos en paz. No desafiaría al Señor Kaplan ni por uno de los míos. Atacar a un Señor sumiría a la Corte en una guerra. Está prohibido, así dice la Ley.

—Así dice la Ley. —Los murmullos resuenan a mi alrededor.

—Nosotros, los Miserables, hijos de la Corte de los Milagros, estamos sometidos a la Ley —continúa Tomasis—. Nos une, nos mantiene, nos protege, nos constriñe. La tenemos grabada en la retina, está escrita en ceniza en las tablas ennegrecidas de nuestros corazones.

—¡Pero es mi hermana! —grito.

—Te daré cien hermanas nuevas —dice Tomasis con una mirada apenada—. Pero no puedo devolverte aquello que te han quitado. Llora por ella, pero asume que se ha ido.

Lucho contra la amarga decepción que nace en mí.

Había creído que este hombre que gobierna con tanto poder en el Gremio de los Ladrones podría ayudarme a salvar a Azelma.

Un temblor se desata en mi interior. Intento controlarlo apretando los puños y dejando las extremidades tensas, pero me domina, mi cuerpo no es capaz de contener todo lo que está sintiendo. Tomasis me coge del brazo y me atrae hacia él. Baja la voz y la suaviza para que solo Femi y yo podamos escucharlo.

—No tengas miedo, pequeña. Eres hija de este Gremio, Kaplan no te tocará. Y aquí estarás a salvo de la ira de Thénardier, sé de su violencia cuando la botella lo posee. Mírame: ya no eres su familia, eres mi hija. Si te levanta una mano, será como si me hubiera golpeado a mí, y ni siquiera él ha estado lo suficientemente borracho como para intentar tal cosa.

—No tengo miedo por mí —digo mordiendo cada palabra con mis dientes castañeantes. Miro a Tomasis a los ojos y veo la pena nadando en las profundidades.

Si puedo averiguar qué tiene planeado el Tigre, o a dónde ha llevado a mi hermana, seguro que soy capaz de hacer algo…

—Has dicho que me harías un regalo, así que te pido la verdad —digo en bajito—. ¿Va a matarla?

Tomasis sacude la cabeza despacio y mira a otra parte.

—No voy a regalarte esta verdad, ya que es conocida por todos. La muerte sería una misericordia para ella —dice con tranquilidad. Me sonríe, una sonrisa envuelta en tristeza, y por un momento se parece a Femi—. Pero el regalo que te he prometido se mantiene. Has de saber que un día me lo podrás pedir y yo te lo otorgaré. —Una mirada severa se apodera de él—. No vayas a buscarla, pues no la encontrarás. No intentes ayudarla, pues no hay nada que pueda liberarte de las garras del Tigre una vez que te han atrapado. No hagas de Kaplan tu enemigo, no cantarás la canción de caza en su nombre. Júrame que así será.

Azelma sacrificó su única oportunidad de escapar para traerme aquí, para darme un poco de seguridad que incluso ahora me pica tras la oreja. Femi arriesgó la ira de su hermano para salvarme y ahora el Señor de los Ladrones se ha comprometido a protegerme del Tigre y de Thénardier. Debo prestar atención a sus palabras, debo respetar su sacrificio. Debo olvidar a mi hermana. Sería tonta de hacer lo contrario.

Asiento.

—Lo juro, mi Señor —digo.

Y siento el sabor amargo de la mentira.