Es plena noche y una cortina de nieve entra con fuerza desde el mar. Un hombre joven cruza una vía de tren elevada, en dirección a Estocolmo. Tiene la cara pálida. Sus tejanos están acartonados por la sangre congelada. Camina entre las vías pasando por encima de las traviesas. A cincuenta metros bajo sus pies se intuye el hielo de la ensenada como una sábana de algodón. Los árboles blancos y las cisternas de petróleo del puerto apenas se ven. Allí abajo, en las profundidades, la nieve se arremolina a la luz de la grúa de los contenedores.

La sangre caliente corre por el antebrazo izquierdo del hombre hasta la palma de su mano y gotea desde las puntas de los dedos.

Un tren se acerca al puente de dos kilómetros entre zumbidos y traqueteos.

El joven se tambalea y se sienta en un raíl, pero enseguida vuelve a ponerse de pie y sigue caminando.

El tren empuja el aire y su visión queda nublada por el polvo de nieve. La locomotora Traxx ya va por la mitad del puente cuando el conductor descubre al hombre en las vías. Le hace señales y ve que la figura está a punto de caerse, da un paso largo hacia la izquierda, fuera de los raíles, y se agarra a la barandilla.

La ropa ondea sobre el cuerpo del hombre. El puente tiembla con fuerza bajo sus pies. Se queda quieto, con los ojos abiertos como platos y la mano aferrada a la barandilla.

A su alrededor se forma un gran remolino de nieve y se instala una oscuridad abismal.

Cuando reanuda la marcha, la mano ensangrentada está casi pegada al hierro helado.

Su nombre es Mikael Kohler-Frost. Lleva trece años desaparecido y hace siete que lo dieron por muerto.

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Módulo de seguridad de la planta de psiquiatría forense del hospital Löwenströmska

 

La verja de hierro se cierra con ruido tras el nuevo médico. El eco metálico esquiva su cuerpo y baja por la escalera de caracol.

Acto seguido, se hace un silencio rotundo y Anders Rönn siente un escalofrío que le recorre la espalda.

Hoy empieza a trabajar en el módulo de seguridad de la planta de psiquiatría.

En el búnker de aislamiento vive el ajado Jurek Walter desde hace trece años. Está condenado a vigilancia intensiva con un protocolo de alta especialmente restringido.

Los escasos datos que tiene el joven médico de su paciente son que se le ha diagnosticado «esquizofrenia inespecífica. Pensamiento caótico. Estados reiterados de psicosis con brotes muy agresivos de locura».

Anders Rönn se identifica en la planta cero, deja el teléfono móvil y cuelga la llave de la verja metálica en la taquilla antes de que el guardia le abra la primera puerta de la esclusa. Anders entra y espera a que la puerta se cierre. Se acerca a la siguiente. Cuando se oye una señal, el guardia la abre. Anders se vuelve y saluda con la mano, luego continúa por el pasillo que lleva a la sala de personal del módulo de aislamiento.

El jefe de servicio, Roland Brolin, es un hombre corpulento que ronda los cincuenta, de hombros curvados y con el pelo rapado. Está fumando de pie bajo la campana extractora de la cocinita mientras lee un artículo del periódico del sindicato sobre la brecha salarial entre hombres y mujeres.

—Jurek Walter nunca puede quedarse a solas con nadie del personal —dice el jefe de servicio—. Nunca puede ver a otros pacientes, no puede recibir visitas y nunca puede salir al patio. Tampoco...

—¿Nunca? —pregunta Anders—. No está permitido encerrar a...

—No, no lo está —responde Roland Brolin tajante.

—Pero... ¿qué ha hecho ese hombre?

—Maravillas —contesta Roland, y echa a andar en dirección al pasillo.

A pesar de que Jurek Walter es el peor asesino en serie de Suecia de todos los tiempos, es un completo desconocido para la sociedad. Las vistas en el juzgado y el tribunal de apelación en el palacio Wrangelska, de Estocolmo, fueron a puerta cerrada y todas las actas siguen siendo confidenciales.

Anders Rönn y el jefe de servicio, Roland Brolin, cruzan otra puerta de seguridad y una mujer joven con los brazos tatuados y piercings en las mejillas les guiña un ojo a ambos.

—Vuelve con vida —advierte escueta.

—Tú no te preocupes —le dice Roland a Anders en voz baja—. Jurek Walter es un hombre tranquilo y mayor. No pelea y no levanta la voz. Nuestra norma principal es que nunca entramos en su celda. Pero Leffe, que ayer hizo el turno de noche, se dio cuenta de que Jurek se ha fabricado un cuchillo y que lo tiene escondido bajo el colchón. No hace falta decir que se lo tenemos que confiscar.

—¿Y cómo lo vamos a hacer? —pregunta.

—Nos saltaremos las normas.

—¿Vamos a entrar en la celda de Jurek?

—Entrarás... y le pedirás amablemente que te dé el cuchillo.

—¿Que yo voy a...?

Roland Brolin suelta una carcajada y luego le explica que fingirán que le dan al paciente una inyección de Risperdal, como de costumbre, pero que, en realidad, le van a administrar una sobredosis de olanzapina.

El jefe de servicio pasa su tarjeta por otro lector y teclea un código en el panel. Se oye un pitido y después el zumbido del cerrojo de la puerta de seguridad.

—Espera —dice Roland, y le tiende una cajita con tapones amarillos para los oídos.

—Has dicho que no grita.

Roland esboza media sonrisa, mira a su nuevo compañero con ojos cansados y suelta un profundo suspiro antes de explicarse.

—Jurek Walter hablará contigo, muy relajado, seguramente en tono amable —dice con voz seria—. Pero más tarde, esta noche, cuando vuelvas a tu casa, invadirás el carril contrario y chocarás de frente con un tráiler... o te detendrás en una de las ferreterías Järnia y comprarás un hacha antes de pasar a recoger a los niños por la guardería.

—¿Se supone que me tiene que dar miedo? —Anders sonríe.

—No, pero con un poco de suerte irás con cuidado —responde Roland.

Anders no suele tener suerte, pero cuando leyó el anuncio en el Diario Médico de la larga suplencia a jornada completa en el módulo de seguridad del hospital Löwenströmska, su corazón se puso a latir a toda prisa.

Desde su casa solo hay veinte minutos en coche, y una suplencia de larga duración como aquella podría llevarlo más adelante a un contrato fijo.

Tras hacer las prácticas en el hospital de Skaraborg y en el ambulatorio de Huddinge, ha tenido que arreglárselas aceptando sustituciones puntuales en la clínica de Sankt Sigfrid.

Los largos trayectos hasta Växjö y los horarios irregulares no eran compatibles con el trabajo de Petra en el Departamento de Ocio del ayuntamiento ni con el autismo de Agnes.

Hacía tan solo dos semanas que Anders y Petra se habían sentado a la mesa de la cocina para tratar de resolver la situación.

—No podemos seguir así —dijo él muy tranquilo.

—¿Qué hacemos? —susurró ella.

—No lo sé —respondió Anders secándole las lágrimas de las mejillas.

El personal de apoyo de Agnes en el preescolar les había contado que la pequeña había tenido un día difícil. Se había negado a soltar el vaso de leche y el resto de los niños se habían reído de ella. Agnes no aceptaba que hubiese terminado la hora de la merienda porque Anders no la había ido a buscar como todos los días. Él había ido a la escuela directamente desde Växjö, pero no había llegado hasta las seis. Agnes se había quedado sentada en el comedor con las manos pegadas al vaso.

Cuando llegaron a casa, Agnes se fue a su dormitorio y se puso de cara a la pared, al lado de la casa de muñecas, dando palmadas, sumida en sí misma. No saben qué ve allí, pero la niña les dice que van apareciendo palitos grises que ella tiene que contar y parar. Lo hace cuando le viene la ansiedad. A veces le bastan diez minutos, pero aquella noche se quedó allí más de cuatro horas antes de que pudieran meterla en la cama.

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La última puerta de seguridad se cierra a sus espaldas y cruzan el pasillo hasta la única celda de aislamiento que está en uso. El fluorescente del techo se refleja en el suelo de linóleo. El empapelado está rasgado a un metro de altura debido al roce del carrito de la comida.

El jefe de servicio desliza el pase de autorización y deja que Anders vaya delante hasta la contundente puerta de metal.

A través del cristal blindado, Anders puede ver a un hombre delgado sentado en una silla de plástico. Lleva tejanos azules y camisa también tejana. Va afeitado y sus ojos están asombrosamente relajados. Las abundantes arrugas que cubren su pálido rostro parecen barro agrietado en el lecho de un río seco.

Jurek Walter solo está condenado por dos asesinatos y un intento de homicidio, pero se halla fuertemente vinculado a otros diecinueve asesinatos.

Hace trece años lo pillaron in fraganti en el bosque de Lill-Jansskogen mientras obligaba a una mujer de cincuenta años a meterse en el ataúd de una tumba abierta. Allí la había tenido encerrada durante casi dos años, pero aún seguía viva. La mujer estaba gravemente herida, sufría desnutrición, su tejido muscular se había atrofiado, tenía llagas y unas heridas terribles por congelación, y presentaba daños cerebrales severos. Si la policía no hubiese rastreado a Jurek Walter y no lo hubiera capturado con el ataúd a los pies, probablemente nunca habrían podido detenerlo.

El jefe de servicio saca tres ampollas de vidrio con unos polvos amarillos, añade agua a cada botellita, las ladea y hace girar el líquido en su interior antes de extraerlo con una jeringuilla.

Se pone los tapones para los oídos y luego abre la trampilla de la puerta. Se oye un ruido metálico y enseguida les llega un olor a polvo y hormigón.

Con voz cansina, el jefe de servicio informa a Jurek Walter de que es la hora de la inyección.

El hombre alza la barbilla y se levanta suavemente de la silla, vuelve la mirada hacia la trampilla y se acerca mientras se desabrocha la camisa.

—Para y quítatela —dice Roland Brolin.

Jurek Walter sigue avanzando despacio, y Roland cierra la trampilla y echa el pestillo a toda prisa. Jurek se detiene, se desabrocha los últimos botones y deja caer la camisa al suelo.

Tiene un cuerpo que en su día estuvo bien entrenado, pero ahora le cuelgan tanto los músculos como la piel.

Roland vuelve a abrir la trampilla. Jurek Walter avanza por el último tramo y saca un brazo nervudo moteado con centenares de manchitas de pigmentación.

Anders desinfecta el brazo con alcohol. Roland introduce la jeringuilla en el tierno músculo e inyecta el líquido demasiado rápido. La mano de Jurek da un respingo por la sorpresa, pero no retira el brazo hasta que le dan permiso. El jefe de servicio cierra la trampilla con pestillo, se quita los tapones, sonríe nervioso para sí mismo y luego mira dentro de la celda.

Jurek Walter se dirige a la cama con paso vacilante, se detiene y se sienta.

De repente, el preso mira hacia la puerta y a Roland se le escurre la jeringuilla de los dedos, cae al suelo.

Intenta cazarla, pero se aleja rodando por el hormigón.

Anders da un paso, la recoge y cuando ambos se incorporan y se vuelven otra vez hacia la celda de aislamiento, ven que el interior del cristal blindado está empañado. Jurek le ha echado el aliento y ha escrito «JOONA» con el dedo.

—¿Qué pone? —pregunta Anders con voz débil.

—Ha escrito «Joona».

—¿Qué coño significa eso?

El vaho desaparece y ven que Jurek Walter sigue sentado como si no se hubiese movido del sitio. Se mira el brazo en el que le han puesto la inyección, se masajea el músculo y los observa a través del cristal.

—¿No ponía nada más? —pregunta Anders.

—Yo solo he visto...

Un bramido animal se oye al otro lado de la gruesa puerta. Jurek Walter se ha deslizado de la cama, está de rodillas en el suelo y grita a viva voz. Los tendones del cuello están tensados, las venas hinchadas.

—¿Cuánto le has administrado? —pregunta Anders.

Los ojos de Jurek Walter ruedan hacia arriba y se quedan en blanco, busca apoyo con la mano, estira una pierna pero, acto seguido, cae hacia atrás, se golpea la cabeza en la mesita de noche, grita y todo su cuerpo se agita de forma espasmódica.

—Joder —susurra Anders.

Jurek se deja caer hasta el suelo pataleando descontrolado, se muerde la lengua, escupe sangre sobre su pecho y luego se queda quieto de espaldas, jadeando.

—¿Qué hacemos si muere?

—Al crematorio —responde Brolin.

Jurek sufre nuevas convulsiones, le tiembla todo el cuerpo, las manos se agitan en todas direcciones hasta que se quedan quietas.

Brolin mira la hora. El sudor le corre por las mejillas.

Jurek Walter gime, consigue tumbarse de lado, intenta incorporarse, pero no tiene fuerzas.

—Dentro de dos minutos ya podrás entrar —dice el jefe de servicio.

—¿De verdad me voy a meter ahí?

—Dentro de un momento será inofensivo.

Jurek se arrastra a cuatro patas, la boca le sangra. Se tambalea y sus movimientos son cada vez más lentos, hasta que se desploma y queda quieto en el suelo.

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Anders mira a través del grueso cristal de la puerta. Jurek Walter lleva inmóvil en el suelo diez minutos. Su cuerpo se ha relajado después de los calambres.

El jefe de servicio saca una llave, la introduce en la cerradura, duda, mira por la ventanita y luego abre.

—Que te sea leve —dice.

—¿Qué hacemos si se despierta? —pregunta Anders.

—No va a despertarse.

Brolin abre y Anders entra. La puerta se cierra a su espalda y oye el ruido de la cerradura. En la celda de aislamiento huele a sudor, pero también a algo más. Hay un olor ácido a vinagre. Jurek Walter yace inmóvil, pero un lento vaivén respiratorio se puede intuir bajo el movimiento de su espalda.

Anders guarda las distancias a pesar de saber que el hombre está sumido en un sueño profundo.

Dentro la acústica es curiosa, penetrante, como si los sonidos estuvieran demasiado pegados a los movimientos. Se oye el frufrú de la bata de médico a cada paso que da.

Jurek acelera la respiración.

El grifo gotea en el lavabo.

Anders llega hasta la cama y echa una mirada a Jurek antes de ponerse de rodillas.

De reojo, ve al jefe de servicio, quien lo mira temeroso a través del cristal blindado cuando Anders se agacha e intenta ver algo bajo la cama empotrada.

En el suelo no hay nada.

Se acerca un poco más, observa con atención a Jurek y luego se tumba boca abajo.

Ya no puede vigilarlo con la mirada. Tiene que darle la espalda para buscar el cuchillo.

Una luz débil se filtra por debajo de la cama. Hay motas de polvo junto a la pared.

Anders no puede dejar de imaginar que Jurek Walter ha abierto los ojos.

Hay algo metido entre las maderas del somier y el colchón. Es difícil ver qué es.

Anders se estira, pero no llega. Se ve obligado a tumbarse de espaldas. El espacio es tan estrecho que no puede girar la cabeza. Se mete más hacia dentro. Nota la resistencia muda que le ofrece el somier sobre el pecho cada vez que inspira. Tantea con los dedos. Tiene que entrar un poco más. Una de sus rodillas choca con un listón de madera. Se quita una mota de polvo de la cara con un soplido y hace fuerza para meter más el cuerpo.

De repente, se oye un ruido sordo en la celda de aislamiento. No puede volverse para mirar, así que se queda quieto y escucha. Su respiración es tan acelerada que le cuesta distinguir otros sonidos.

Con cuidado, alarga la mano, alcanza el objeto con las puntas de los dedos, mete aún más el cuerpo y consigue hacerse con él.

Jurek ha fabricado un cuchillo de hoja corta y muy afilada con un trozo de zócalo de hierro.

—¡Sal ya! —grita el jefe de servicio por la trampilla.

Anders intenta salir, hace fuerza hacia fuera y se araña la mejilla.

Se queda atascado, no puede salir, se le ha enganchado la bata y no se la puede quitar allí metido.

Le parece oír que Jurek empieza a moverse.

A lo mejor no es nada.

Anders tira de la bata lo más fuerte que puede. Las costuras crujen, pero aguantan. Tiene que volver a meterse para desenganchar la tela.

—¿Qué haces? —grita Roland Brolin con voz nerviosa.

La trampilla de la puerta trastea y se vuelve a cerrar.

Anders se da cuenta de que uno de los bolsillos de la bata se ha enganchado a un listón suelto. Lo libera rápidamente, aguanta la respiración y hace fuerza hasta que logra salir.

Se da la vuelta resollando y se pone de pie con el cuchillo en la mano.

Jurek está tumbado de lado, tiene un ojo medio abierto que contempla el vacío.

Anders se acerca a la puerta sin perder tiempo, se encuentra con la mirada nerviosa del jefe de servicio, al otro lado del cristal blindado, e intenta dibujar una sonrisa, pero el estrés se le filtra en la voz cuando dice:

—Abre.

Pero Roland Brolin solo abre la trampilla:

—Primero entrégame el cuchillo.

Anders lo mira interrogante y luego le pasa el cuchillo.

—Has encontrado algo más —dice Roland Brolin.

—No —responde Anders, y mira a Jurek.

—Una carta.

—No había nada más.

Jurek empieza a retorcerse en el suelo y a resoplar débilmente.

—Regístrale los bolsillos —dice el jefe de servicio con una sonrisa estresada.

—¿Por qué?

—Porque esto es un registro.

Anders da media vuelta y se acerca con cuidado a Jurek Walter. Ha vuelto a cerrar los ojos, pero se le están formando perlas de sudor sobre la arrugada cara.

A regañadientes, Anders se agacha y hurga en uno de los bolsillos, mientras Jurek suelta un leve gruñido.

En los bolsillos de atrás del pantalón guarda un peine de plástico. Con manos temblorosas, Anders sigue buscando en los estrechos bolsillos.

Le caen gotas de sudor desde la punta de la nariz. Tiene que parpadear con fuerza.

La gran mano de Jurek se cierra varias veces.

En los bolsillos no hay nada.

Anders se vuelve hacia el cristal blindado y niega con la cabeza. Le resulta imposible ver si Roland Brolin está al otro lado de la puerta. La lámpara de la celda de aislamiento se refleja en el cristal como un sol gris.

Tiene que salir ya.

Anders se levanta y se apresura hacia la puerta. El jefe de servicio no está. Anders se pega al cristal, pero no ve nada.

Jurek Walter respira deprisa, como un niño que tiene una pesadilla.

Anders golpea la puerta. Sus manos rebotan en el grueso metal sin apenas emitir ruido. Vuelve a golpear. No se oye nada, no pasa nada. Pega en el cristal con el anillo de compromiso y, de pronto, ve una sombra que se alza en la pared.

Un escalofrío le sube por la espalda y le recorre los brazos. Con el corazón a galope y la adrenalina aumentando en su sangre, da media vuelta. Ve a Jurek Walter sentándose lentamente, con la cara flácida y la mirada al frente. Aún le sangra la boca, y un singular carmín le tiñe los labios.

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Anders golpea la pesada puerta de acero y grita, pero el jefe de servicio no le abre. Siente el pulso retumbando en la cabeza cuando se vuelve hacia el paciente. Jurek Walter sigue sentado en el suelo, parpadea algunas veces mientras lo mira y luego comienza a incorporarse.

—Es mentira —dice Jurek, manchándose de sangre la barbilla—. Dicen que soy un monstruo, pero solo soy una persona...

No tiene fuerzas para ponerse de pie y vuelve a desplomarse en el suelo.

—Una persona —murmura.

Con movimientos agotados, se mete una mano por debajo de la ropa, saca un papel doblado y lo tira a los pies de Anders.

—La carta por la que te ha preguntado antes —dice—. Llevo siete años pidiendo que me dejen ver a un representante legal... No es que tenga esperanzas de que me suelten..., soy quien soy, pero sigo siendo una persona...

Anders se agacha y alarga el brazo para pescar el papel sin quitarle los ojos de encima a Jurek. El arrugado hombre intenta levantarse otra vez, se apoya sobre las manos, se tambalea y al final logra poner un pie en el suelo.

Anders recoge el papel, retrocede y oye por fin el tintineo de una llave que se introduce en la cerradura. Se vuelve, mira por el cristal blindado y siente que le tiemblan las piernas.

—Nunca deberías haberme provocado una sobredosis —murmura Jurek.

Anders no se vuelve, pero sabe que Jurek Walter está de pie mirándolo.

El cristal blindado de la puerta es como una lámina de hielo sucio. No se puede ver quién está al otro lado girando la llave en la cerradura.

—Abre, abre —susurra Anders mientras oye la respiración a su espalda.

La puerta se abre y Anders sale a trompicones de la celda de aislamiento. Se deja caer sobre la pared de hormigón del pasillo y oye el ruido pesado que hace la puerta cuando se cierra y el restallido del mecanismo de la cerradura cuando giran la llave.

Se apoya en la fresca pared resoplando, da media vuelta y descubre que no es el jefe de servicio quien lo ha salvado, sino la mujer joven con piercings en las mejillas.

—No sé qué puede haber pasado —dice ella—. Roland debe de haber tenido un lapsus o algo, porque siempre es muy meticuloso con la seguridad.

—Voy a hablar con él...

—A lo mejor no se encuentra bien..., creo que tiene diabetes.

Anders se seca las manos sudadas en la bata de médico y la vuelve a mirar.

—Gracias por abrirme —dice.

—Por ti, haría cualquier cosa —bromea ella.

Anders intenta esbozar su sonrisa masculina imperturbable, pero las piernas le tiemblan cuando sigue a su compañera para atravesar la puerta de seguridad. Ella se queda en la centralita de vigilancia y lo mira.

—La verdad, el único problema de trabajar aquí abajo —dice— es que está todo siempre tan tranquilo que tienes que comer un montón de chucherías para mantenerte despierta.

—No está mal.

En un monitor se ve a Jurek sentado en la cama descansando la cabeza entre las manos. La sala común con el televisor y la cinta para correr está vacía.

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5

Durante el resto del día, Anders Rönn intenta concentrarse en las nuevas rutinas de las rondas de reuniones de arriba, en la sección 30, en los planes de tratamiento individuales y en las pruebas de altas, pero su cabeza vuelve una y otra vez a la carta que tiene en el bolsillo y a lo que Jurek le ha dicho.

A las cinco y diez de la tarde, Anders abandona la sección de psiquiatría forense y sale al aire libre. La oscuridad del invierno se cierne sobre el recinto del hospital.

Anders se calienta las manos en los bolsillos de la chaqueta, corretea por los adoquines y llega al gran aparcamiento que hay delante de la entrada principal.

Cuando llegó por la mañana, aquello estaba lleno de coches. Ahora está casi vacío.

Entorna los ojos y ve que hay alguien detrás de su coche.

—¡Eh! —grita Anders, y acelera el paso.

El hombre se vuelve, se pasa la mano por la boca y se aparta del coche. Es el jefe de servicio, Roland Brolin.

Anders aminora la marcha en el último tramo y saca la llave del bolsillo.

—Estás esperando una disculpa —afirma Brolin con una sonrisa forzada.

—Preferiría no tener que hablar con la dirección del hospital sobre lo que ha ocurrido —dice Anders.

Brolin lo mira a los ojos, alarga la mano izquierda y la abre.

—Dame la carta —dice relajado.

—¿Qué carta?

—La carta que Jurek quería que encontraras —responde—. Un papelito, un trozo de periódico, un pedazo de cartón.

—He encontrado un cuchillo, que es lo que estábamos buscando.

—Eso era un cebo —dice Brolin—. ¿No creerás que Jurek Walter está dispuesto a exponerse a todo ese dolor por nada?

Anders mira al jefe de servicio, que con una mano se seca el sudor del labio.

—¿Qué hacemos si el paciente quiere una cita con un abogado? —pregunta.

—Nada —susurra Brolin.

—Pero ¿te lo ha pedido alguna vez?

—No lo sé, no lo habría oído, siempre me pongo tapones —dice Brolin sonriendo.

—Pero es que no entiendo por qué...

—Tú necesitas este trabajo —lo corta el médico—. He oído que fuiste el peor de tu promoción, tienes deudas considerables, sin experiencia, sin referencias.

—¿Has acabado?

—Solo tienes que darme la carta —responde Brolin, y aprieta los dientes.

—No he encontrado ninguna carta.

Brolin lo mira a los ojos durante un momento.

—Si alguna vez encuentras una carta —dice—, tienes que dármela sin leerla.

—Entendido —asiente Anders, y abre el coche.

A Anders le da la impresión de que el jefe de servicio parece un tanto aliviado cuando él se sienta, cierra la puerta y arranca el motor. Lo ignora cuando Brolin da unos golpecitos en la ventanilla con los nudillos, mete la primera y se pone en marcha. Por el retrovisor, lo ve de pie mirando, sin sonreír, cómo el coche se aleja.

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6

Cuando Anders llega a casa, cierra la puerta a toda prisa, echa la llave y pone la cadenita de seguridad.

El corazón le palpita agitado en el pecho. Por alguna razón, ha ido corriendo desde el coche hasta casa.

De la habitación de Agnes le llega la tranquila voz de Petra. Anders sonríe. Le está leyendo Los niños de Bullerby. El ritual previo a irse a dormir suele empezar mucho antes del momento del cuento de buenas noches. Debe de haber tenido un buen día. La nueva suplencia de Anders ha hecho que Petra se atreva a reducir de inmediato la jornada laboral.

Una mancha de agua se extiende bajo las botas embarradas de Agnes. El gorro y el cuello de lana están tirados delante de la cómoda. Anders entra, deja la botella de champán sobre la mesa de la cocina y después se queda quieto, con la mirada fija en el jardín oscuro.

Piensa en la carta de Jurek Walter y no sabe qué hacer.

Las ramas del gran lilo dan contra la ventana. Anders mira el cristal negro, ve el reflejo de la cocina, oye el sonido de las ramas contra el vidrio y piensa que debería salir al trastero a buscar las tijeras grandes de podar.

—Espera, espera —oye decir a Petra—. Primero termino de leer...

Anders se acerca a hurtadillas hasta el cuarto de Agnes. La lámpara de princesa que cuelga del techo está encendida. Petra levanta la vista del libro y se cruza con su mirada. Se ha recogido el pelo en una coleta y, para variar, se ha puesto los pendientes de corazones. Agnes está sentada en su regazo repitiendo que le ha salido mal otra vez y que tienen que volver a empezar con el perro.

Anders entra en la habitación y se sienta de rodillas delante de su familia.

—Hola, cielo —saluda.

Agnes se cruza con su mirada y enseguida la aparta. Él le acaricia el pelo, le pasa un mechón por detrás de la oreja y se levanta.

—Caliéntate algo de cena —le dice Petra—. Yo tengo que releer un capítulo.

—El perro no le ha salido bien —repite Agnes mirando al suelo.

Anders va hasta la cocina, saca el plato con comida de la nevera y lo deja en la encimera al lado del microondas.

Saca lentamente la carta del bolsillo de atrás de los pantalones y recuerda a Jurek repitiendo que es una persona.

Con letra pequeña e inclinada, Jurek ha escrito unas pocas frases, casi insulsas, en el fino papel. Por la dirección que aparece en la esquina superior derecha, la carta va dirigida a un bufete de abogados de Tensta y solo contiene una cuestión oficial. Jurek Walter solicita ayuda legal para derivar su condena a atención psiquiátrica. Necesita que le aclaren sus derechos y que lo informen de la posibilidad de que revisen su condena en el futuro.

Anders no sabría decir con exactitud de dónde sale el repentino malestar que lo invade, pero hay algo en el tono de la carta y la correcta elección de las palabras en contraste con los errores ortográficos casi disléxicos.

Las palabras de Jurek permanecen en su cabeza y lo persiguen mientras se dirige al despacho en busca de un sobre. Copia la dirección, introduce la carta en el sobre y le pone un sello.

Abandona su casa y sale a la fría oscuridad, cruza un prado y sube hasta el quiosco de la glorieta. Antes de regresar, y después de echar la carta en el buzón, se queda un rato observando la calle Sandavägen y los coches que pasan.

El viento hace que la hierba escarchada del prado se ondule como el mar. Una liebre sale corriendo en dirección a los jardines viejos.

Abre la verja y mira hacia la ventana de la cocina. La casa parece de muñecas. Todo está iluminado y a la vista. Luego mira hacia el pasillo y ve el cuadro azul que siempre ha estado allí colgado.

La puerta del dormitorio está abierta. En medio del suelo está el aspirador. El cable continúa enchufado a la pared.

De pronto, Anders percibe un movimiento. Hay alguien en el dormitorio, justo al lado de la cama.

Anders está a punto de abalanzarse sobre la puerta cuando se da cuenta de que, en realidad, la persona está en el jardín de atrás.

Lo está viendo a través de la ventana del dormitorio.

Anders sale corriendo por el camino de baldosas, pasa junto al reloj de sol y dobla la esquina.

La persona debe de haberlo oído llegar, porque ya se aleja. Anders lo oye atravesar el seto de lilas. Lo sigue, aparta las ramas, intenta ver algo, pero está demasiado oscuro.

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7

Mikael permanece de pie en la oscuridad cuando el hombre de arena, con un soplido, esparce su terrible polvo por la habitación. Con el tiempo, ha aprendido que no vale la pena contener la respiración porque cuando el hombre de arena quiere que los niños duerman, estos se quedan dormidos.

También sabe que, en breve, se le cansarán tanto los ojos que ya no tendrá fuerzas para mantenerlos abiertos. Sabe que tiene que tumbarse en el colchón y fundirse con la oscuridad.

Su madre solía hablarle de la hija del hombre de arena, Olimpia, la pequeña autómata que entra a hurtadillas a ver a los niños cuando ya están dormidos y les cubre los hombros con la manta para que no tengan frío.

Mikael se apoya en la pared, nota las estrías del hormigón.

La fina arenilla flota como la niebla en la oscuridad. Le cuesta respirar. Sus pulmones luchan por suministrar oxígeno a la sangre.

Tose y se pasa la lengua por los labios. Están secos y ya los siente dormidos.

Los párpados cada vez le pesan más.

Ahora, toda la familia se está meciendo en el balancín. El sol de verano relampaguea entre las hojas del cenador de lilas. Los tornillos oxidados emiten su particular chirrido.

Mikael sonríe abiertamente.

«Nos columpiamos muy alto y mamá intenta frenar, pero papá acelera. La mesa que tenemos delante se lleva un golpe y el zumo de fresa tiembla en los vasos.»

El balancín retrocede y su padre se ríe y levanta los brazos, como si estuvieran en una montaña rusa.

Mikael cabecea y abre los ojos en la oscuridad, se inclina hacia un lado y apoya la mano en la fresca pared. Se vuelve hacia el colchón, siente que tiene que tumbarse antes de desmayarse, pero sus rodillas se doblan sin más.

Cae al suelo de un golpe y sobre un brazo, le duelen la muñeca y el hombro, pero ya está medio sumido en el sueño.

Rueda con pesadez hasta quedar boca abajo e intenta arrastrarse, pero no tiene fuerzas. Se queda jadeando con la mejilla pegada al suelo de hormigón. Trata de decir algo, pero ya no le queda voz.

Aunque procura resistirse, los ojos se le cierran.

Justo cuando se desliza dentro de la oscuridad, oye al hombre de arena entrar a hurtadillas en la habitación. Con los pies desintegrados, sube de puntillas por la pared hasta el techo. Se detiene y alarga los brazos hacia abajo en un intento de alcanzarlo con las puntas de sus dedos de porcelana.

Está todo negro.

Cuando Mikael se despierta, tiene la boca seca y le duele la cabeza. Sus ojos están pegajosos por la arena vieja. Se siente tan cansado que su cerebro intenta volverse a dormir, pero un pedacito de su conciencia le dice que algo ha cambiado por completo.

La adrenalina lo abofetea como un golpe de calor.

Se incorpora en la oscuridad y, por la acústica, deduce que está en otra habitación, una más grande.

Ya no se encuentra en la cápsula.

La soledad lo deja helado.

Con mucho cuidado, se arrastra por el suelo hasta que topa con una pared. La cabeza le va a mil por hora. No consigue recordar cuándo abandonó toda intención de escapar.

Todavía le pesa el cuerpo tras el largo sueño. Se levanta con piernas temblorosas y sigue la pared hasta una esquina, continúa a tientas y da con una plancha de metal. Tantea los bordes, entiende que es una puerta, acaricia la superficie con las manos y encuentra la manija.

También le tiemblan las manos.

En la habitación reina el silencio.

Con cuidado, baja la manija, tan convencido de que la puerta permanecerá cerrada que está a punto de caer de bruces cuando esta se abre.

Con un paso largo se planta en una habitación más clara y tiene que cerrar los ojos durante un rato.

Todo le parece un sueño.

«Dejadme salir», piensa.

La cabeza está a punto de estallarle.

Entorna los ojos, ve que está en un pasillo y avanza a toda prisa con sus débiles piernas. El corazón le late tan deprisa que apenas puede respirar.

Intenta guardar silencio, pero aun así gimotea de miedo.

El hombre de arena no tardará en volver, nunca se olvida de ningún niño.

Mikael no puede abrir del todo los ojos, pero sigue avanzando hacia el resplandor borroso que hay más adelante.

Choca con grandes fardos de espuma aislante, gime, se tambalea hacia un lado y se golpea el hombro contra la otra pared, pero consigue mantener el equilibrio.

Para un momento y tose de la forma más discreta que puede.

El resplandor procede de la ventanilla de una puerta.

Salva los últimos metros a trompicones y baja la manija, pero la puerta está cerrada.

«No, no, no.»

Empieza a dar tirones a la manija, empuja la puerta, tira otra vez. Está cerrada. Está a punto de desplomarse, desesperado, en el suelo. De pronto, oye unos pasitos muy suaves a su espalda, pero no se atreve a mirar.

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8

El escritor Reidar Frost vacía su copa de vino, la deja sobre la mesa del salón y cierra los ojos durante un rato para recobrar la calma. Uno de los invitados aplaude. Verónica lleva un vestido azul, está en la esquina tapándose la cara con las manos y empieza a contar.

Los invitados se dispersan en todas direcciones, los pasos y las risas corren por las múltiples estancias de la mansión.

Las normas son permanecer en la planta baja, pero Reidar se levanta lentamente, se dirige hasta la estrecha puerta secreta y entra en el pasillo que usa el personal. Despacio, sube por la angosta escalera de la doncella, abre la puerta secreta que hay en la pared empapelada y sale a la zona privada.

Sabe que no debería estar allí a solas, pero aun así continúa por los salones dispuestos uno tras otro.

Cada vez que cambia de estancia cierra la puerta tras de sí hasta que llega a la galería del fondo.

En una de las paredes están apiladas las cajas de cartón con la ropa y los juguetes de los niños. Hay una caja abierta y se puede ver una escopeta espacial de color verde claro.

Ahogado por el suelo y las paredes, oye el grito de Verónica: «¡Cien! ¡Voy!».

Por las ventanas puede contemplar los campos arados y los paddock. A lo lejos se alarga la alameda de abedules que lleva hasta la finca de Råcksta.

Reidar arrastra una butaca, se quita la americana y la cuelga en el respaldo. Nota el efecto de la borrachera cuando se sube sobre el cojín. El sudor le moja la camisa por la espalda. Con un movimiento contundente, lanza la soga por encima de la viga de madera. La butaca bajo sus pies cruje con el movimiento. La pesada cuerda supera la viga y el cabo se mece hacia un lado.

Una nubecilla de polvo se disipa en el aire.

Debajo de los zapatos, el cojín de la butaca parece muy blando.

Se oyen risas y gritos apagados procedentes de la fiesta de abajo. Reidar cierra los ojos un instante y piensa en los niños, en sus caritas, esas caritas tan hermosas, sus hombros y sus delgados brazos.

En cualquier momento puede oír sus voces agudas y sus pies correteando a toda prisa por el suelo. Los recuerdos tiran de su alma como una brisa de verano y lo dejan frío y desolado, otra vez.

«Feliz cumpleaños, Mikael», piensa.

Le tiemblan tanto las manos que no consigue hacer el nudo corredizo. Se queda quieto, intenta relajar la respiración y luego vuelve a empezar justo cuando oye que alguien llama a alguna de las puertas.

Espera unos segundos, suelta la soga, baja al suelo y coge la americana.

—¡¿Reidar?! —grita una mujer a lo lejos.

Es Verónica, debe de haber hecho trampas mientras contaba y lo habrá visto desaparecer por la portezuela del servicio. Va abriendo las puertas de los distintos salones y su voz se distingue mejor a medida que se acerca.

Reidar apaga las luces y sale del cuarto de los niños, abre la puerta del siguiente salón y se queda allí.

Verónica se le acerca con una copa de champán en la mano. Un resplandor cálido cubre sus ojos castaños y embriagados.

Es alta y delgada y ahora lleva el pelo negro cortado a lo garçon.

—¿Te he dicho que me gustaría acostarme contigo? —pregunta él.

Ella da una vuelta con cierto descontrol.

—Muy gracioso —contesta con mirada triste.

Verónica Klimt es la agente literaria de Reidar. No ha escrito una sola línea en los últimos trece años, pero las tres obras que publicó en su momento todavía le generan ingresos.

La música comienza a sonar en el comedor, la melodía acelerada del bajo hace zumbar los cimientos de la mansión. Reidar se detiene junto al sofá y se pasa la mano por el pelo plateado.

—Me guardaréis un poco de champán, ¿no? —pregunta, y se sienta.

—No —responde Verónica, y le pasa su copa medio llena.

—Me ha llamado tu marido —suelta Reidar—. Dice que ya es hora de que vuelvas a casa.

—No quiero, quiero divorciarme y...

—No puedes —la interrumpe.

—¿Por qué dices eso?

—Para que no te creas que me importas —contesta.

—No lo hago.

Reidar vacía la copa, la tira en el sofá, cierra los ojos y siente el mareo de la borrachera.

—Parecías triste y me he preocupado un poco...

—Estoy como un rey —vuelve a interrumpirla.

Se oyen risotadas y la música sube de volumen, las vibraciones atraviesan el suelo y las notan en los pies.

—Creo que los invitados empiezan a echarte de menos.

—Pues bajemos a ponerlo todo patas arriba. —Sonríe.

Desde hace siete años, Reidar ha procurado tener gente a su alrededor las veinticuatro horas del día. Su círculo de amistades es enorme. A veces celebra grandes fiestas en la mansión; otras veces, cenas más íntimas. Hay días, cuando es el cumpleaños de alguno de los niños, en los que le resulta muy difícil seguir viviendo. Sabe que sin personas a su alrededor enseguida se vería superado por la soledad y el silencio.

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9

Reidar y Verónica abren las puertas del comedor y la música los golpea en el pecho. La gente se apretuja y baila en la oscuridad alrededor de la gran mesa. Algunos todavía comen solomillo de corzo y tubérculos asados.

El actor Wille Strandberg se ha desabrochado la camisa y resulta imposible oír lo que grita mientras se abre paso hasta Reidar y Verónica sin dejar de bailar.

Take it off! —grita Verónica.

Wille se ríe, se arranca la camisa, se la tira y le dedica un baile con las manos en la nuca. Su barriga redonda y de mediana edad se bambolea con los rápidos movimientos.

Reidar vacía otra copa de vino y luego se acerca a Wille moviendo las caderas.

La música pasa a una fase más tranquila, y el viejo editor David Sylwan coge a Reidar por el brazo y resopla algo con la cara sudada y alegre.

—¿Qué?

—Que hoy no hemos competido —repite David.

—¿Póquer descubierto? —pregunta Reidar—. ¿Tiro, lucha...?

—¡Tiro! —gritan varios.

—Ve a buscar la pipa y unas botellas de champán. —Reidar sonríe.

La canción recupera el ritmo retumbante y ahoga todas las conversaciones que siguen. Reidar descuelga un óleo de la pared y lo saca por la puerta. Es un retrato suyo hecho por Peter Dahl.

—Este cuadro me gusta —dice Verónica en un intento de pararle los pies.

Reidar le aparta la mano del brazo y continúa hasta el recibidor. Casi todos los invitados lo acompañan afuera, al gélido parque. La nieve virgen se amontona suave y lisa sobre la tierra. Unos cuantos copos se arremolinan bajo el cielo negro.

Reidar se adelanta y cuelga el retrato en la rama de un manzano cubierto de nieve. Wille Strandberg lo sigue con una bengala de emergencia que ha encontrado en una caja en el cuartito de la limpieza. Le quita el envoltorio de plástico y tira del cordón. Se oye un petardazo y luego la bengala comienza a arder provocando un chisporroteo y una luz intensa. Entre risas, avanza tambaleándose y clava la bengala en la nieve, debajo del árbol. La luz blanca ilumina el tronco y las ramas desnudas.

Todos pueden ver ahora el retrato de Reidar con un bolígrafo plateado en la mano.

El traductor Berzelius lleva consigo tres botellas de champán y David Sylwan muestra con una sonrisa la vieja Colt de Reidar.

—Esto no tiene gracia —dice Verónica sin gravedad en la voz.

David se coloca al lado de Reidar empuñando la Colt. Mete seis balas en el cargador y hace girar el cilindro.

Wille Strandberg sigue sin camisa, pero la borrachera hace que no sienta el frío.

—Si ganas, te dejo escoger un caballo de las cuadras —murmura Reidar, y le quita el revólver de la mano a David.

—Por favor, tened cuidado —dice Verónica.

Reidar se hace a un lado, apunta con el brazo recto y dispara pero sin tocar nada. El tiro retumba entre los edificios.

Algunos invitados aplauden corteses, como si estuvieran jugando al golf.

—Me toca. —David se ríe.

Verónica está tiritando en la nieve. Lleva unas finas sandalias y el frío le quema los pies.

—Ese cuadro me gusta —repite.

—A mí también —responde Reidar, y efectúa un segundo disparo.

La bala da en la esquina superior de la tela, se oye un chasquido, el marco dorado se suelta un poco y el cuadro queda colgando torcido.

David le quita el revólver entre risitas, se tambalea, cae al suelo y dispara una vez al cielo y luego otra cuando intenta ponerse de pie.

Un par de invitados aplauden, otros brindan entre carcajadas.

Reidar recupera el revólver y le limpia la nieve.

—La última bala decide —dice.

Verónica se le acerca y le da un beso en la boca.

—¿Cómo estás?

—De maravilla —dice él—. No podría estar más feliz.

Verónica lo mira y le aparta el pelo de la frente. Se oyen silbidos y risas procedentes del grupo que está en la escalinata de piedra.

—¡He encontrado una diana mejor! —grita una mujer pelirroja cuyo nombre Reidar no recuerda.

Arrastra un muñeco gigante por la nieve. De pronto, se le escapa de las manos, cae de rodillas y se vuelve a levantar. Su vestido de leopardo tiene manchas de humedad.

—¡Lo vi ayer, estaba debajo de una colcha sucia en el garaje! —sigue con júbilo.

Berzelius se apresura a echarle una mano. Es un muñeco de Spiderman, de plástico rígido e igual de alto que Berzelius.

—¡Bravo, Marie! —grita David.

—Dispara a Spiderman —murmura una de las mujeres que tienen detrás.

Reidar levanta la mirada, ve el gran muñeco y deja caer el arma en la nieve.

—Tengo que dormir —dice tajante.

Aparta de un empujón la copa de champán que Wille le ofrece y se dirige con paso inseguro hacia el edificio principal.

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10

Verónica y Marie buscan a Reidar por la gran mansión. Van de una habitación a otra y revisan los salones. Su americana se encuentra en la escalera que sube y las dos mujeres siguen el rastro hasta el piso de arriba. Está a oscuras, pero al fondo se ve el resplandor del fuego en el hogar. En una gran habitación, ven a Reidar sentado en un sofá delante de la chimenea. Se ha quitado los gemelos y sostiene la camisa en las manos. A su lado, sobre una librería baja, hay cuatro botellas de Château Cheval Blanc.

—Solo quería pedirte perdón —dice Marie, y se apoya en la puerta.

—Pasad de mí —murmura Reidar sin darse la vuelta.

—Ha sido una tontería sacar el muñeco sin preguntar antes —continúa ella.

—Por mí podéis quemar toda esa vieja mierda —responde él.

Verónica se le acerca, se pone de rodillas y lo mira a la cara con una sonrisa.

—¿Has llegado a saludar a Marie? —le pregunta—. Es la compañera de David..., creo.

Reidar levanta la copa hacia la mujer pelirroja y da un trago largo. Verónica le quita la copa, prueba el vino y se sienta.

Se quita los zapatos, se reclina sobre el sofá y apoya los pies desnudos en el regazo de Reidar.

Él le acaricia las pantorrillas con delicadeza y el morado que le han hecho las nuevas bridas de piel de la silla de montar, desliza la mano por el interior del muslo y sube hasta su sexo. Ella lo deja hacer, le da igual que Marie siga en la habitación.

Las llamas se alzan salvajes en la gran chimenea. Bombean calor y Reidar siente que casi le queman la cara.

Marie se acerca cautelosa. Reidar la mira. La temperatura de la sala hace que el pelo haya empezado a rizársele. El vestido de leopardo está arrugado y manchado.

—Una admiradora —dice Verónica, y le aparta la copa a Reidar cuando este intenta cogerla.

—Me encantan tus libros —dice Marie.

—¿Qué libros?

Reidar se levanta, va a buscar una copa nueva de la vitrina y se sirve más vino. Marie malinterpreta el gesto y alarga la mano para cogerla.

—Doy por hecho que irás al váter si tienes ganas de mear —dice Reidar, y da un sorbo.

—No hace falta que seas...

—Y si quieres vino, pues bebe vino, ¡coño! —la interrumpe alzando la voz.

Marie se ruboriza y toma aire. Con mano temblorosa, coge la botella y se sirve. Reidar suelta un suspiro y luego dice en un tono más afable:

—Opino que esta cosecha es de las mejores.

Coge la botella y vuelve a sentarse.

Con una sonrisa, observa a Marie mientras se acomoda a su lado, hace girar el vino en la copa y lo cata.

Reidar se ríe y le llena la copa, la mira a los ojos, se pone serio y la besa en la boca.

—¿Qué haces? —susurra ella.

Reidar la besa otra vez con suavidad. Ella aparta la cabeza, pero no puede dejar de sonreír. Toma un poco de vino, lo mira a los ojos y se inclina para besarlo.

Él le acaricia la nuca, debajo del pelo, sigue con el hombro derecho y nota que el fino tirante del vestido ha resbalado por su piel.

Ella deja la copa, lo vuelve a besar y piensa que está loca cuando le deja que le acaricie un pecho.

Reidar nota una punzada de dolor cuando se obliga a tragarse el nudo que tiene en la garganta y acaricia el muslo de Marie por debajo del vestido, toca su parche de nicotina y continúa subiendo hasta el culo.

Marie le aparta la mano cuando Reidar intenta bajarle las bragas, se levanta y se seca los labios.

—Quizá deberíamos volver a la fiesta —dice ella en un intento de aparentar normalidad.

—Sí —contesta él.

Verónica se queda quieta en el sofá sin devolver la mirada a Marie.

—¿Venís?

Reidar niega con la cabeza.

—Vale —susurra Marie, y se dirige hacia la puerta.

Su vestido titila cuando abandona la sala. Reidar se queda mirando fijamente la salida. La oscuridad parece una cortina de terciopelo sucio.

Verónica se pone de pie, coge su copa de vino de la mesa y bebe. Se le han formado manchas de sudor en el vestido, debajo de las axilas.

—Eres un cerdo —dice ella.

—Solo intento exprimir al máximo la vida —responde él en voz baja.

Reidar caza la mano de Verónica y se la pone en la mejilla, la deja ahí y clava la mirada en sus ojos tristes.

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11

El fuego de la chimenea se ha apagado y la sala está helada cuando Reidar se despierta en el sofá. Le escuecen los ojos y piensa en las historias que contaba su mujer sobre el hombre de arena, el que tira polvo a los ojos de los niños para que duerman toda la noche.

—Maldita sea —susurra Reidar, y se incorpora.

Está desnudo y ha vertido vino sobre el cuero del sofá. Se oye el zumbido lejano de un avión. La luz de la mañana ilumina las ventanas empañadas.

Reidar se levanta y ve que Verónica está acurrucada a los pies de la chimenea. Se ha envuelto en el mantel de la mesa. Un corzo brama fuera, en el bosque. En el piso de abajo continúa la fiesta, pero sin mucho ruido. Reidar coge la botella de vino medio llena y sale de la habitación con pasos inestables. Siente los latidos del dolor de cabeza cuando empieza a subir por la escalera que lleva al dormitorio. Se detiene en el rellano, suspira y vuelve a bajar. Con cuidado, sube a Verónica al sofá, la tapa con una manta de lana, recoge del suelo sus gafas de leer y las deja sobre la mesa.

Reidar Frost tiene sesenta y dos años y es autor de tres best sellers internacionales, la llamada serie «Sanctum».

Se mudó de la casa de Tyresö ocho años atrás, cuando compró la finca Råcksta, a las afueras de Norrtälje. Doscientas hectáreas de bosque, campos de cultivo, cuadras y un paddock muy bonito donde, a veces, entrena a sus cinco caballos. Trece años atrás, Reidar Frost se quedó solo debido a unas circunstancias que nadie debería sufrir. Su hijo y su hija desaparecieron sin dejar rastro una tarde cuando salieron a escondidas de casa para verse con un amigo. Las bicicletas de Mikael y Felicia fueron halladas en un sendero cerca de Badholmen. Salvo un comisario con acento finlandés, todo el mundo dio por hecho que los niños habían jugado demasiado cerca del agua y se habían ahogado en la ensenada de Erstaviken.

La policía dejó de buscar a pesar de no haber encontrado los cuerpos. Al final, Roseanna, la esposa de Reidar, ya no lo soportaba más, ni a él ni su propia nostalgia. Pasado un tiempo, se mudó a casa de su hermana, pidió el divorcio y con el dinero de la repartición de bienes se fue al extranjero. Apenas dos meses después de la separación, la encontraron en la bañera de un hotel en París. Se había suicidado. En el suelo había un dibujo que Felicia le había hecho para el día de la madre.

Los niños fueron declarados muertos. Sus nombres están inscritos en una lápida que Reidar visita muy de vez en cuando. El mismo día que se hizo oficial, invitó a sus amigos a una fiesta en su casa y, desde entonces, ha procurado mantenerla con vida, igual que se alimenta un fuego.

Reidar Frost está convencido de que beberá hasta morir, pero al mismo tiempo sabe que se quitaría la vida si lo dejaran solo.

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12

Un tren de mercancías corta la noche atravesando el paisaje invernal. La locomotora Traxx arrastra un convoy de casi trescientos metros.

El conductor, Erik Johansson, está sentado en la cabina. Descansa la mano sobre los controles. El ruido de la sala de máquinas y las vías es rítmico y monótono.

La nieve parece precipitarse en el túnel de luz que dibujan los dos faros. El resto es todo oscuridad.

Cuando el tren sale de la larga curva alrededor de Vårsta, Erik Johansson vuelve a aumentar la velocidad.

Piensa que hay tanto polvo de nieve que tendrá que parar como muy tarde en Hallsberg para hacer un control de deceleración.

Al fondo de la neblina, dos corzos bajan de un salto del terraplén y salen corriendo por el prado blanco. Se mueven por la nieve con una suavidad mágica y desaparecen en la noche.

Cuando el tren se acerca al puente de Igelstabron, Erik recuerda cuando Sissela a veces lo acompañaba en los trayectos. Solían besarse en cada túnel y en cada puente. Ahora se niega a perderse una sola clase de yoga.

Comienza a reducir de forma progresiva, pasa Hall y sale al puente elevado. Es como volar. La nieve se arremolina a la luz de los faros casi hasta el punto de que las sensaciones de arriba y abajo se confunden.

La locomotora ya ha alcanzado la mitad del puente, muy por encima del hielo de la ensenada de Hallsfjärden, cuando el conductor, Erik Johansson, ve una sombra vacilante en la neblina. Hay alguien en la vía. Erik hace sonar el silbato con insistencia y ve que la figura da un paso largo hacia la derecha, hacia la otra vía.

El tren se acerca a toda velocidad. Durante medio segundo, la persona queda iluminada por la luz de los faros. Un hombre joven y cadavérico. La ropa ondea sobre su cuerpo flaco y después desaparece.

Erik no es consciente de que ha activado el freno de emergencia y que todo el convoy se está deteniendo con un estruendoso chirrido metálico. No sabe si ha arrollado al joven o no.

Está temblando, nota el golpe de la adrenalina en la sangre y llama a SOS Alarm.

—Soy conductor de tren y acabo de cruzarme con una persona en el puente de Igelstabron... Estaba en medio de la vía, pero creo que no lo he atropellado...

—¿Hay algún herido? —pregunta la operadora de emergencias.

—Creo que no lo he tocado, solo lo he visto unos segundos.

—¿Dónde lo has visto exactamente?

—En mitad del puente de Igelstabron.

—¿En la vía?

—Aquí no hay nada más que vía, es un puente ferroviario...

—¿Estaba quieto o caminaba en alguna dirección?

—No lo sé.

—Mi compañero está contactando con la policía y con el servicio de ambulancias de Södertälje ahora mismo. Hay que interrumpir el tráfico de trenes por el puente.

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13

La central de alarma envía de inmediato un coche patrulla a cada extremo del puente. Solo nueve minutos más tarde, el primer coche sale de la calle Nyköpingsvägen con la sirena encendida y sube por el estrecho camino de grava que va paralelo a la calle Sydgatan. Es una cuesta empinada. La máquina quitanieves no ha pasado por allí y la nieve virgen salpica el capó y el parabrisas.

Los agentes de policía bajan del coche en el estribo del puente y luego caminan por la vía con las linternas encendidas. No es fácil andar por los raíles. Bajo sus pies, al fondo del abismo, ven los coches circulando. Las cuatro vías se reducen a dos y avanzan en las alturas sobre el polígono industrial de Björkudden y la ensenada congelada.

El policía que va en cabeza se detiene y señala con el dedo. Está claro que alguien ha caminado antes que ellos por la vía de la derecha. Al intranquilo haz de luz de la linterna comprueban que hay huellas de pisadas casi borradas y gotas de sangre.

Iluminan hacia el fondo, pero no hay nadie en el puente hasta donde les alcanza la vista. La luz del muelle llega desde abajo y hace que la nieve que se filtra por las vías parezca humo.

El segundo coche patrulla llega al estribo al otro lado de la ensenada, a casi dos kilómetros de distancia.

Los neumáticos rechinan cuando el agente de policía Jasim Muhammed gira hacia arriba, al lado de las vías. Su compañero, Fredrik Mosskin, acaba de contactar por radio con la otra patrulla que está en el puente.

El viento sopla tan fuerte en los micrófonos que resulta casi imposible distinguir las voces, pero es obvio que alguien acaba de subir al puente ferroviario.

El coche se detiene y los faros iluminan una pared de piedra gigantesca. Fredrik corta la comunicación y mira al vacío.

—¿Qué pasa? —pregunta Jasim.

—Parece que venía hacia aquí.

—¿Qué han dicho de la sangre? ¿Hay un montón de sangre?

—No lo he oído.

—Vamos a echar un vistazo —dice Jasim, y abre la puerta.

La luz azul barre los árboles y las ramas llenas de nieve.

—La ambulancia está en camino —dice Fredrik.

No se ha formado escarcha en la nieve, por lo que Jasim se hunde hasta las rodillas. Se desabrocha la linterna e ilumina las dos vías. Fredrik resbala al subir al terraplén pero continúa.

—¿Qué animal tiene un ojete de más en el centro de la espalda? —pregunta Jasim.

—No lo sé —murmura Fredrik.

Hay tanta nieve en el aire que no pueden ver los haces de luz de las linternas de sus compañeros al otro lado del puente.

—Un policía montado.

—Joder...

—Mi suegra se lo contó a los niños el otro día. —Sonríe y comienza a caminar por el puente.

No hay huellas en la nieve. El hombre sigue en el puente o ha saltado. La catenaria que tienen encima emite un curioso susurro. El suelo bajo sus pies cae en picado en una pendiente.

Pueden intuir el resplandor del cercano centro penitenciario de Hall a través de la neblina. La instalación reluce como una ciudad subacuática.

Fredrik intenta comunicarse con los compañeros, pero la radio solo emite un chisporroteo.

Siguen avanzando con cuidado por el puente. Fredrik camina detrás de Jasim con la linterna en la mano. Jasim ve su propia sombra haciendo movimientos extraños en el suelo, de un lado a otro.

Es raro que no vean a los compañeros enfrente.

Cuando salen al vacío sobre la ensenada, el viento que entra del mar sopla con mucha fuerza. La nieve les salpica la cara. El frío les adormece las mejillas.

Jasim entorna los ojos y otea el puente. Toda la estructura desaparece más adelante en un torbellino de oscuridad. De repente, ve algo en el borde exterior del haz de luz. Un muñeco de palo sin cabeza.

Jasim pega un resbalón, tantea con la mano hasta cogerse a la barandilla y ve la nieve cayendo cincuenta metros hacia abajo hasta el hielo.

La linterna choca con algo y se apaga.

El corazón le late nervioso y Jasim busca con la mirada, pero ya no puede ver la figura.

Fredrik grita algo por detrás y Jasim se vuelve. Su compañero señala algo, pero le resulta imposible entender sus palabras. Parece asustado, empieza a toquetear la funda de la pistola y Jasim comprende que está intentando advertirlo, que está señalando algo que tiene a su espalda.

Da media vuelta y toma aire.

Una persona se arrastra por la vía hacia él. Jasim retrocede y trata de desenfundar la pistola. La figura se pone de pie y se tambalea. Es un hombre joven. Observa a los agentes con la mirada vacía. Su cara barbuda está descarnada y los pómulos sobresalen. Se tambalea de nuevo, parece que le cuesta caminar.

—La mitad de mi persona sigue bajo el suelo —dice resoplando.

—¿Estás herido?

—¿Quién?

El hombre joven tose y cae de rodillas otra vez.

—¿Qué dice? —pregunta Fredrik con una mano apoyada en la funda de su arma de servicio.

—¿Estás herido en alguna parte? —pregunta Jasim.

—No lo sé, no noto nada, yo...

—Por favor, acompáñame.

Jasim lo ayuda a levantarse y ve que tiene la mano derecha cubierta de hielo rojo.

—Solo soy la mitad... El hombre de arena se ha llevado..., se ha llevado la mitad de...

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14

Las puertas de la entrada de ambulancias del hospital Södersjukhuset se cierran. Una auxiliar de enfermería con mejillas sonrosadas ayuda al técnico a desplegar la camilla y a meterla en urgencias.

—No encontramos ningún documento que lo pueda identificar...

Entregan el paciente a la enfermera que da el triaje para que lo metan en un box de urgencias.

Tras haberle comprobado las constantes vitales, la enfermera lo considera de nivel naranja, el segundo en orden de prioridad, muy urgente.

Cuatro minutos más tarde, la doctora Irma Goodwin entra en el box y la enfermera le hace un informe rápido:

—Vías respiratorias despejadas, no hay traumatismo urgente..., pero tiene mala saturación, fiebre, síntomas de confusión, problemas de circulación.

La doctora echa un vistazo al informe y se acerca al demacrado hombre. Le han cortado la ropa. Su pecho huesudo acompaña su respiración sofocada.

—¿Todavía ningún nombre?

—No.

—Dale oxígeno.

El joven yace con los ojos cerrados, sus párpados tiritan mientras la enfermera le coloca una mascarilla.

Presenta unos síntomas extraños de desnutrición, pero no hay cicatrices visibles de antiguas inyecciones en ninguna parte de su cuerpo. Irma jamás había visto a una persona tan blanca. La enfermera le toma la temperatura en el oído otra vez.

—Treinta y nueve con nueve.

Irma Goodwin pone cruces en las pruebas que se le deben practicar al paciente y luego lo mira otra vez. Su caja torácica se mueve inquieta, tose débilmente y abre los ojos un momento.

—No quiero, no quiero —susurra como poseso—. Tengo que ir a casa, tengo que, tengo que...

—¿Dónde vives? ¿Puedes decirme dónde vives?

—¿Quién... quién de nosotros? —pregunta, y traga con fuerza.

—Está delirando —dice la enfermera impasible.

—¿Te duele algo?

—Sí —responde con una sonrisa desconcertada.

—¿Puedes decirme...?

—No, no, no, no, me está gritando por dentro, no lo soporto, no puedo más, yo...

Pone los ojos en blanco, tose y murmura algo sobre unos dedos de porcelana, y luego respira entre jadeos.

Irma Goodwin decide darle al paciente una inyección de Neurobion, antifebriles, antibiótico intravenoso y bencilpenicilina, a la espera de los resultados del cultivo.

Abandona la sala de urgencias y cruza el pasillo mientras se toca el dedo en el que ha llevado el anillo de matrimonio durante dieciocho años antes de tirarlo por el váter. Su marido le ha sido infiel demasiado tiempo y ya no puede perdonarlo. Ya no le duele, pero todavía le da mucha pena sentir que ha desperdiciado todo el futuro que tenía previsto compartir con él. Se pregunta si debería llamar a su hija aunque sea tan tarde. Desde el divorcio se ha vuelto más ansiosa que nunca y llama a Mia con demasiada frecuencia.

Al otro lado de la puerta que tiene enfrente oye a la doctora adjunta hablando por el teléfono de urgencias. Una ambulancia que ha acudido a una llamada de prioridad 1 de la ruta está a punto de regresar. Accidente grave de tráfico. La adjunta monta un equipo de urgencias con cirujano.

Irma Goodwin se detiene y vuelve rápidamente a la sala donde se encuentra el paciente sin identificar. La auxiliar de las mejillas sonrosadas está ayudando a la enfermera a limpiar una herida con hemorragia en la ingle. Parece que el joven se ha clavado una rama puntiaguda.

Irma Goodwin se queda en el umbral de la puerta.

—Hay que ponerle un suplemento de macrólido al antibiótico —dice con decisión—. Un gramo de eritromicina intravenosa.

La enfermera levanta la cabeza.

—¿Piensas que tiene legionelosis? —pregunta asombrada.

—Veremos qué dice el cultivo...

Irma Goodwin se queda callada al ver que el paciente sufre un espasmo. Lo mira a la cara pálida y ve que poco a poco abre los ojos.

—Tengo que ir a casa —susurra—. Me llamo Mikael Kohler-Frost y tengo que ir a casa...

—Mikael Kohler-Frost —repite Irma—, estás en el hospital Södersjukhuset y...

—¡Está gritando todo el rato!

Irma abandona el box y se dirige a paso ligero a su austero despacho. Cierra la puerta, se pone las gafas de leer, se sienta al ordenador e introduce su nombre de usuario y contraseña. No encuentra al hombre en el registro de pacientes, así que sigue buscando en los archivos del registro civil.

Allí sí lo encuentra.

Irma Goodwin se toquetea sin darse cuenta el dedo vacío en el que solía llevar el anillo y lee, una vez más, los datos sobre el paciente que tiene en el box de urgencias.

Mikael Kohler-Frost lleva siete años muerto y yace enterrado en el cementerio de Malsta, de la parroquia de Norrtälje.

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15

El comisario Joona Linna se encuentra en una habitación pequeña con paredes y suelo de hormigón sin pulir. Está de rodillas mientras un hombre con uniforme de camuflaje lo apunta a la cabeza con una pistola, una Sigsauer de color negro. La puerta está vigilada por otro hombre que, con un fusil de asalto belga, también apunta a Joona.

En el suelo, junto a la pared, hay una botella de Coca-Cola. La iluminación proviene de una lámpara colgada en el techo con pantalla de aluminio abollada.

Un teléfono móvil comienza a vibrar. Antes de que el hombre de la pistola responda, le grita a Joona que baje la cabeza.

El otro hombre pone el dedo sobre el gatillo y da un paso al frente.

El hombre con pistola habla por teléfono y escucha sin quitarle los ojos de encima a Joona. Un poco de grava suena bajo sus botas. Asiente con la cabeza, dice algo más y escucha otra vez.

Al cabo de un rato, el hombre del fusil suelta un suspiro y se sienta en la silla que hay junto a la puerta.

Joona permanece inmóvil de rodillas. Lleva pantalón de chándal y una camiseta blanca empapada de sudor. Las mangas le ciñen los músculos. Levanta la cabeza unos milímetros. Sus ojos son grises como el granito pulido.

El hombre de la pistola habla colérico por el móvil, corta la llamada, parece que reflexiona un momento y luego da cuatro pasos rápidos y aprieta la boca del cañón de la pistola sobre la frente de Joona.

—Y ahora es cuando os reduzco —dice Joona en tono amable.

—¿Qué?

—Me he visto obligado a esperar —explica— hasta que se me ha presentado la oportunidad de tener contacto físico directo.

—Acaban de ordenarme que te ejecute.

—Sí, la situación es bastante urgente puesto que tengo que apartar la pistola de mi cara y, a ser posible, utilizarla en menos de cinco minutos.

—¿Cómo? —pregunta el hombre de la puerta.

—Para usar el efecto sorpresa no puedo reaccionar a sus movimientos —explica Joona—. Por eso lo he dejado acercarse, parar y respirar exactamente dos veces. O sea, espero hasta el final de la segunda exhalación antes de...

—¿Por qué? —pregunta el hombre con pistola.

—Gano unas centésimas de segundo porque es casi imposible que tú reacciones sin coger aire primero.

—Pero ¿por qué justo hasta la segunda exhalación?

—Porque es inesperadamente pronto y justo a la mitad del conteo más típico del mundo: uno, dos, tres...

—Entiendo. —El hombre sonríe desvelando un diente marrón.

—Lo primero que se moverá será mi mano izquierda —explica Joona mirando a la cámara de seguridad que hay en el techo—. La llevaré hasta el cañón de la pistola y la alejaré de mi cara en un solo movimiento. Tengo que agarrarlo, girarlo hacia arriba y ponerme de pie con su cuerpo a modo de escudo. En un solo movimiento. Mis manos tienen que dar prioridad al arma, pero al mismo tiempo tengo que observar al hombre del fusil de asalto porque en cuanto me haya hecho con el control de la pistola, él será la principal amenaza. Golpearé rápido y las veces que haga falta con el codo en la barbilla y el cuello para quedarme con la pistola, efectuaré tres disparos y luego daré una vuelta y abriré fuego tres más.

Los hombres de la salita vuelven a empezar. La situación se repite. El hombre de la pistola recibe la orden por teléfono, duda un instante y luego se acerca rápidamente a Joona y aprieta la boca del cañón contra su frente. El hombre exhala por segunda vez y está a punto de coger aire para decir algo cuando Joona caza el cañón de la pistola con la mano izquierda.

Todo sucede a una velocidad de vértigo, a pesar de que se lo esperan.

Joona aparta el arma a un lado, la retuerce hacia el techo en el mismo movimiento y se pone en pie. Marca cuatro golpes rápidos con el codo en el cuello del hombre, se hace con la pistola y dispara al otro hombre en el estómago.

Los tres tiros de la munición de fogueo resuenan en las paredes.

El primer contrincante todavía se tambalea hacia atrás cuando Joona se vuelve y le dispara al estómago a él también.

El hombre cae contra la pared.

Joona se dirige hacia la puerta, coge el fusil de asalto, el cargador extra y sale de la habitación.

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16

La puerta da un fuerte bandazo contra la pared de hormigón y rebota. Joona entra en la sala contigua mientras cambia el cargador. Las ocho personas que hay allí dentro apartan la mirada de la gran pantalla para dirigirla hacia él.

—Seis segundos y medio hasta el primer disparo —dice uno.

—Es demasiado lento —responde Joona.

—Pero Markus habría soltado la pistola antes si el codazo hubiese sido de verdad —dice un hombre alto con la cabeza afeitada.

—Sí, ahí habrías ganado algo de tiempo. —Una oficial femenina sonríe.

La escena ya se está reproduciendo en la pantalla. El deltoides tenso de Joona, el suave movimiento hacia delante, el ojo y el punto de mira alineados al tiempo que aprieta el gatillo.

—Impresionante de cojones... —dice el jefe de operaciones, y apoya bien separadas las palmas de las manos sobre la mesa.

—... para ser poli —termina Joona.

Todos ríen y se inclinan hacia atrás en las sillas mientras el jefe al mando se rasca la punta de la nariz un tanto ruborizado.

Joona Linna acepta un vaso de agua. Todavía no sabe que dentro de poco sus peores temores cobrarán vida, como una tormenta de fuego. Aún no puede intuir la chispita incandescente que planea sobre un océano de gasolina.

Joona Linna está en el cuartel de Karlsborg instruyendo al Grupo de Operaciones Especiales en combate cuerpo a cuerpo. No lo hace porque sea instructor especializado en la materia, sino porque, seguramente, es la persona con más experiencia de toda Suecia en las técnicas que van a aprender. Cuando Joona tenía dieciocho años, hizo el servicio militar en Karlsborg como paracaidista y fue reclutado de inmediato tras la formación básica para formar parte de una unidad especial dedicada a operaciones que no podían resolverse con unidades ni sistemas de armas convencionales.

A pesar de que hace mucho tiempo que dejó la carrera militar para estudiar en la Escuela de Policías, en ocasiones todavía sueña con sus días como paracaidista. Se ve otra vez dentro del avión de transporte, oye el ruido ensordecedor de las turbinas y mira por la compuerta hidráulica. La sombra del avión se desliza sobre el agua pálida en la profundidad como una cruz gris. En su sueño, Joona baja corriendo por la rampa y salta al frío vacío, oye el silbido de los cordones, siente el tirón en el arnés y da un vaivén cuando se abre el paracaídas. Se acerca al agua a una velocidad de vértigo. Allí abajo, la zódiac negra se balancea entre manchas de espuma al chocar contra las olas.

Joona fue instruido en los Países Bajos en combate cuerpo a cuerpo con navajas, bayonetas y pistolas. Lo entrenaron para aprovechar los cambios en las circunstancias y recurrir a armas innovadoras. Las técnicas concretas eran una forma especializada de combate de contacto que se conoce bajo el nombre hebreo de «Krav Maga».

—Empezaremos con esta situación y la iremos complicando cada vez más a lo largo del día —dice Joona.

—¿Hasta disparar a dos personas con una sola bala? —dice sonriendo el hombre alto y rapado.

—Eso no se puede hacer —responde Joona.

—Hemos oído que tú lo has hecho —replica la mujer con curiosidad.

—¡Qué va! —Joana sonríe, mesándose el pelo rubio y revuelto.

Su teléfono empieza a sonar en el bolsillo interior. Por el número, ve que es Nathan Pollock, de la policía judicial. Nathan sabe dónde está Joona en este momento y solo lo llamaría si se tratara de algo importante.

—Disculpadme —dice Joona, y coge la llamada.

Da un trago al vaso de agua, escucha sonriendo y después se pone serio. De repente, todo el color de su cara desaparece.

—¿Jurek Walter sigue encerrado? —pregunta.

Le tiembla tanto la mano que tiene que dejar el vaso sobre la mesa.

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17

La nieve revolotea en el aire cuando Joona sale corriendo a la calle y se mete en el coche. Cruza la explanada de grava en la que estuvo entrenando a los dieciocho, da un giro brusco, las ruedas se deslizan con ruido y sale del recinto de la fortaleza.

Su corazón late a mil por hora y todavía le cuesta creer lo que le acaba de contar Nathan. Unas perlas de sudor se le forman en la frente y las manos no quieren dejar de temblar.

Adelanta a un tráiler en la autovía E20 poco antes de Arboga. Tiene que sujetar el volante con ambas manos porque la corriente de aire del pesado vehículo hace que el coche dé bandazos.

No puede dejar de pensar en la conversación que ha mantenido en mitad del entreno con el Grupo de Operaciones Especiales.

Nathan Pollock tenía la voz serena cuando le ha dicho que Mikael Kohler-Frost está vivo.

Joona siempre estuvo convencido de que el chico y su hermana pequeña eran dos de las múltiples víctimas de Jurek Walter. Ahora Nathan le acaba de contar que la policía ha encontrado a Mikael en un puente ferroviario en Södertälje y que ha sido ingresado en el hospital Södersjukhuset.

Pollock le ha explicado que el estado del chico es grave, pero que su vida está fuera de peligro. Aún no le han hecho ningún interrogatorio.

—¿Jurek Walter sigue encerrado? —Fue la primera pregunta de Joona.

—Sí, sigue en aislamiento —respondió Pollock.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Y el chico? ¿Cómo sabéis que es Mikael Kohler-Frost? —preguntó Joona.

—Por lo visto, ha repetido su nombre varias veces. Es lo único que sabemos... y que la edad coincide —contestó Pollock—. Obviamente, hemos enviado pruebas de saliva al Laboratorio Estatal de Criminología...

—Pero ¿no habéis informado al padre?

—Antes de hacerlo tenemos que ver si las pruebas de ADN coinciden, quiero decir que no podemos arriesgarnos a equivocarnos...

—Voy hacia allá.