El mar está en calma cuando la embarcación de recreo es avistada a la deriva en la ensenada de Jungfrufjärden, en la zona sur del archipiélago de Estocolmo. El agua tiene un color gris azulado, adormecido, y la lentitud con que se mueve recuerda a la niebla.
El viejo avanza remando con su barca y grita un par de veces, aunque realmente no espera obtener una respuesta. Ha pasado casi una hora entera observando desde tierra firme cómo la embarcación deportiva se deslizaba de popa con la corriente.
El hombre maniobra su barca de manera que uno de los lados topa con la otra embarcación. Recoge los remos, sujeta las amarras del embarcadero, trepa por la escalera metálica y salta la borda. En medio de la cubierta de popa hay una tumbona de color rosa. El viejo se detiene a escuchar unos segundos. Al no oír nada, abre la puerta de cristal y baja un tramo de escaleras hasta el salón. La luz grisácea que se filtra por las ventanas se esparce sobre los muebles de teca barnizada y la tela azul marino que tapiza los sofás. Sigue descendiendo por la empinada escalera revestida de madera brillante, pasa junto a la pequeña cocina y el baño y llega al camarote principal. Un tenue resplandor se cuela por los ventanucos que hay cerca del techo e ilumina una cama doble con la cabecera en forma de punta de flecha siguiendo el contorno de las paredes. En ella está sentada una joven con una cazadora vaquera. Está apoyada contra la pared en una lánguida postura, desplomada, con las piernas separadas y una mano que descansa sobre un cojín rosa. Mira al viejo directamente a los ojos con una expresión interrogante y temerosa.
El hombre tarda unos instantes en comprender que la mujer está muerta.
En el pelo, largo y negro, lleva un pasador en forma de paloma blanca: una paloma de la paz.
Cuando el viejo se acerca y le toca la cara, la cabeza de la joven cae hacia delante y de los labios brota un hilo de agua que le resbala por la barbilla.
En realidad, la palabra «música» significa el «arte de las musas» y hace referencia al mito de la antigua Grecia. Las nueve musas eran hijas del poderoso dios Zeus y de Mnemósine, la diosa de la memoria. Euterpe, la musa de la música, suele ser representada con una flauta doble entre los labios, y su nombre significa «la que deleita».
Eso que llamamos talento musical no tiene en verdad una definición general aceptada. Hay personas que carecen de la capacidad de distinguir las frecuencias de sonido de los distintos tonos y hay otras que nacen con una amplísima memoria musical, con un oído absoluto que les permite dar una nota exacta sin necesitar la más mínima referencia.
A lo largo del tiempo han existido varios genios de la música excepcionales, de los cuales unos pocos han alcanzado una gran fama, como Wolfgang Amadeus Mozart, que desde los seis años recorrió las cortes europeas, o Ludwig van Beethoven, que compuso gran parte de sus mejores obras después de haberse quedado completamente sordo.
El legendario violinista y compositor autodidacta Niccolò Paganini nació en 1782 en la ciudad italiana de Génova. A fecha de hoy, solo contados violinistas han sido capaces de interpretar las rápidas y complejas obras que él compuso. Hasta el día de su muerte, Paganini fue perseguido por el rumor de que, para alcanzar su extraordinaria destreza, había vendido su alma al diablo.
UN PRESENTIMIENTO
Un escalofrío recorre la espalda de Penélope Fernández. De repente el corazón le late más deprisa y echa un vistazo rápido por encima del hombro. Quizá en este momento esté teniendo un presentimiento de lo que le sucederá más tarde ese mismo día.
A pesar del calor que hace en el estudio, Penélope nota una sensación de frescor en la cara. Se lo debe al maquillaje. Le aplican crema fría en la piel con una pequeña esponja y después le quitan el pasador con forma de paloma del pelo para ponerle una espuma que le dejará los rizos como serpentinas.
Penélope Fernández es la presidenta de la Sociedad Sueca por la Paz y el Arbitraje. Le muestran en silencio el camino hasta el plató y la joven toma asiento a la luz de los focos frente a Pontus Salman, director de la fábrica de armamento Silencia Defence.
La presentadora del noticiario, Stefanie von Sydow, cambia de tema, mira fijamente a cámara y comienza a hablar de las rescisiones de contrato que han seguido a la compra de Aktiebolag Bofors por parte del consorcio de defensa británico BAE Systems Limited. A continuación se dirige a Penélope:
—Penélope Fernández, en varios debates se ha mostrado usted muy crítica con la gestión de la exportación de armas en Suecia. Recientemente estableció un paralelismo con el escándalo francés del caso conocido como Angolagate, en el que políticos e importantes hombres de negocios fueron acusados de soborno y tráfico de armas y están ahora condenados a largas penas de prisión... Sin embargo, en Suecia no se ha visto hasta el momento nada parecido.
—Eso puede interpretarse de dos maneras distintas — responde Penélope Fernández—. O bien nuestros políticos funcionan de manera diferente, o bien lo que funciona de otra forma es nuestro sistema judicial.
—Sabe muy bien — dice Pontus Salman— que tenemos una larga tradición en...
—Según las leyes suecas — lo interrumpe Penélope—, la fabricación y la exportación de material de guerra están prohibidas en...
—En eso se equivoca — dice Salman.
—Párrafos tres y seis de la Ley sobre Material Bélico — especifica Penélope.
—Pero Silencia Defence ha obtenido un informe preliminar favorable — replica el hombre sonriendo.
—Sí, porque, de lo contrario, se trataría de un delito a gran escala y...
—Pero resulta que tenemos permiso — la corta él.
—No olvide cuál es el objetivo de todo material bélico...
—Espere un segundo, Penélope — interviene Stefanie von Sydow, y señala con la cabeza al hombre, que ha levantado la mano en señal de que no había terminado.
—Todos los tratos se analizan de antemano — explica Salman a continuación—. O bien directamente por parte del gobierno, o bien por el organismo de Inspección de Productos Estratégicos, el ISP, si es que sabe usted lo que es.
—Francia tiene un homónimo — objeta Penélope—. Y, aun así, ocho mil millones de coronas en material de guerra terminaron en Angola, a pesar del embargo de la ONU, a pesar de una prohibición definitiva...
—Ahora estamos hablando de Suecia.
—Entiendo que haya personas que no quieran perder su empleo, pero igualmente me gustaría oír cómo defiende usted la exportación de enormes cantidades de munición a Kenia. Es un país que...
—No tiene usted absolutamente nada a lo que cogerse — la interrumpe Pontus Salman—. Nada, ni el más mínimo detalle, ¿no es así?
—Lamentablemente, no puedo...
—¿Tiene algo en concreto en lo que basarse? — la interrumpe la presentadora.
—No — responde Penélope Fernández bajando la mirada—. Pero yo...
—Entonces creo que una disculpa no estaría de más — dice Pontus Salman.
Penélope lo mira a los ojos, siente la rabia y la frustración creciendo en su interior, pero hace un esfuerzo por dominarse. Salman sonríe compasivo y después empieza a hablar de la fábrica de Trollhättan. Dice que doscientos puestos de trabajo fueron creados cuando Silencia Defence obtuvo los permisos para iniciar la actividad. Explica qué implica el informe preliminar favorable y cuánto han avanzado en la producción. Poco a poco va ocupando todo el tiempo para que no le quede espacio a su contrincante en el debate.
Penélope escucha y se obliga a alejar el peligroso orgullo de su corazón. Prefiere pensar que pronto se subirá al barco de Björn. Prepararán la cama con la cabecera en forma de punta de flecha del camarote de proa y llenarán el frigorífico y la pequeña nevera portátil. Se imagina los reflejos irisados de los vasos de chupito recién sacados del congelador mientras comen arenques adobados, arenques de mostaza, patatas hervidas, huevos cocidos y pan duro. Instalarán la mesa en la cubierta de popa, echarán el ancla en alguna pequeña isla del archipiélago y se pasarán horas comiendo al sol del anochecer.
Penélope Fernández abandona los estudios de Sveriges Television y echa a andar en dirección a la avenida Valhallavägen. Por la mañana ha pasado dos horas esperando para participar en otro debate televisivo, pero al final el productor le ha explicado que se han visto obligados a cancelarlo para emitir un especial con cinco consejos rápidos para conseguir un vientre plano.
Al final de la gran explanada de Gärdet divisa la carpa de colores del circo Maximum. Un cuidador está lavando a dos elefantes con una manguera. Uno de ellos levanta la trompa y caza el chorro de agua con la boca.
Penélope solo tiene veinticuatro años, el pelo rizado y oscuro le llega más abajo de los hombros. Alrededor del cuello lleva una cadena de plata con el crucifijo de su confirmación. Su piel es de un tono dorado, «como el aceite de oliva o la miel», escribió una vez un compañero suyo del instituto cuando les encargaron un trabajo de descripción. Sus ojos son grandes y serios. Más de una vez ha oído decir que guarda un gran parecido con la estrella de cine Sophia Loren.
Saca su teléfono móvil y llama a Björn para decirle que está de camino, que va a coger el metro en Karlaplan.
—¿Penny? ¿Ha ocurrido algo? — le pregunta él en tono inquieto.
—No, nada.
—Está todo listo, te he dejado un mensaje en el contestador; solo faltas tú.
—Tampoco hay prisa, ¿no?
Cuando Penélope empieza a descender por la escalera mecánica hacia el andén del metro, el corazón comienza a latirle más deprisa al notar una sensación de malestar. La chica cierra los ojos. La escalera baja cada vez más, se va estrechando, y el aire se torna más y más frío.
Penélope Fernández nació en La Libertad, uno de los departamentos más grandes de El Salvador. Su madre, Claudia Fernández, fue encerrada en prisión durante la guerra civil, y Penélope nació en una celda en la que quince mujeres hicieron cuanto pudieron por echar una mano. Claudia era médico y había participado en diversas campañas de búsqueda de personas. Lo que hizo que terminara en la tristemente conocida cárcel del régimen fue que intentó divulgar información sobre el derecho de los trabajadores a organizarse en sindicatos.
Penélope no abre los ojos hasta que llega al andén. La sensación de estar encerrada ha desaparecido. Vuelve a pensar en Björn, que la está esperando en el club náutico de Långholmen. Le encanta lanzarse desnuda al agua desde su barco, zambullirse de cabeza y no ver nada más que el mar y el cielo.
El metro avanza dando sacudidas y, cuando el convoy sale del túnel y entra en la vieja estación de Gamla Stan, el sol penetra implacable a través de las ventanas.
Penélope odia la guerra, la violencia y el poder de las armas. Es una aversión candente que la ha llevado a licenciarse en ciencias políticas en Uppsala y a investigar en la paz y los conflictos. Ha trabajado para la ONG francesa Action contre la Faim en Darfur junto con Jane Oduya. Publicó un artículo en el diario sueco Dagens Nyheter que llamó mucho la atención y que giraba en torno a las mujeres del campo de refugiados y sus intentos de volver a la normalidad del día a día después de cada abuso. Hace dos años pasó a sustituir a Frida Blom como presidenta de la Sociedad Sueca por la Paz y el Arbitraje.
Penélope se apea en la estación de Hornstull y sale a la luz del sol. De pronto se siente inexplicablemente preocupada por algo y baja corriendo por Pålsundsbacken hasta la ribera de Söder Mälarstrand, cruza a toda prisa el puente que lleva a Långholmen y sigue el camino de la izquierda hasta el muelle para pequeñas embarcaciones. El polvillo que levanta al correr por la grava flota como una neblina en el aire inmóvil.
El barco de Björn está amarrado a la sombra del puente de Västerbron. El resplandor creado por el vaivén del agua se refleja en las vigas de acero gris de la elevada estructura.
Penélope lo ve en la cubierta de popa con un sombrero de cowboy en la cabeza. Está inmóvil, rodeándose el torso con los brazos y los hombros encogidos.
La chica se mete dos dedos en la boca y lanza un silbido. Björn da un respingo, su rostro se demuda, como si estuviera muerto de miedo. Dirige la mirada hacia el camino y la descubre. Sus ojos la observan temerosos cuando se acerca a la pasarela.
—¿Qué te pasa? — le pregunta Penélope mientras baja por la escalera que lleva a los barcos.
—Nada — responde él, se acomoda el sombrero e intenta sonreír.
Se abrazan y ella nota que tiene las manos heladas y la camisa empapada en la espalda.
—Estás sudando — dice.
Björn rehúye su mirada.
—Me he dado prisa en venir.
—¿Has cogido mi bolsa?
Él asiente con la cabeza y hace un gesto en dirección al camarote. La embarcación se mece ligeramente bajo sus pies. Penélope percibe el olor a plástico calentado al sol y a madera barnizada.
—Oye — dice con voz suave—, ¿dónde estás?
El pelo pajizo de Björn apunta hacia todos lados en pequeñas rastas enmarañadas. La mirada de sus ojos azules es infantil, sonriente.
—Estoy aquí — responde, y deja caer la mirada.
—¿En qué estás pensando todo el rato?
—En que vamos a estar los dos solos — le contesta abrazándola por la cintura—. Y en que vamos a tener sexo en plena naturaleza.
Le roza el pelo con los labios.
—¿Eso crees? — le susurra ella.
—Sí.
Penélope no puede evitar reírse por su sinceridad.
—La mayoría..., o al menos las mujeres, opinan que está algo mitificado — dice—. Tumbarse en el suelo entre hormigas y piedras...
—Es como bañarse desnudo — insiste Björn.
—Tendrás que convencerme — responde Penélope con picardía.
—Lo haré.
—¿Cómo? — Ella se ríe, y en ese instante el móvil suena en su bolso.
Parece como si Björn se quedara petrificado al oír el sonido, el color desaparece de sus mejillas. Penélope mira la pantalla del teléfono y ve que quien llama es su hermana pequeña.
—Es Viola — le explica rápidamente a Björn antes de contestar—: Hola, hermana.
Se oye la bocina de un coche y la chica que grita algo al otro lado.
—Puto chalado — murmura a continuación.
—¿Qué pasa?
—Se ha acabado — dice la hermana—. He dejado a Sergej.
—Otra vez... — añade Penélope.
—Sí — contesta Viola en voz baja.
—Perdona — dice Penélope—. Entiendo que estés triste.
—No es tan grave, pero... Mamá me ha dicho que ibais a salir con el barco y había pensado... que me gustaría ir con vosotros, si no os importa.
Se hace el silencio.
—Con nosotros — repite entonces Penélope oyendo la ausencia de entusiasmo en su propia voz—. Björn y yo queríamos estar solos, pero...
EL PERSEGUIDOR
Penélope está en el puente de mando con un pareo azul sujeto a las caderas y la parte de arriba de un biquini blanco con el símbolo de la paz estampado sobre el pecho derecho. La luz del verano corre por encima a través del parabrisas. Con cuidado, rodea el faro de Kungshamn y luego maniobra el barco por el interior del estrecho.
Viola, su hermana pequeña, se levanta de la tumbona rosa en la cubierta de popa. La última hora se la ha pasado con el sombrero de cowboy de Björn puesto y unas gafas de sol enormes fumando un porro con movimientos aletargados.
Hace cinco intentos fallidos de pescar la caja de cerillas del pañol con los dedos de los pies antes de rendirse. Penélope no puede reprimir una sonrisa al verla. Viola entra en el salón por la puerta de cristal y pregunta si quiere que la releve.
—Si no, bajo a prepararme un margarita — dice mientras desciende por la escalera.
En la cubierta de proa está Björn con una toalla de baño y una edición de bolsillo de Las metamorfosis de Ovidio a modo de almohada.
Penélope observa que la parte de la borda que queda a sus pies está oxidada en la base. El padre de Björn le regaló el barco cuando cumplió los veinte años, pero él no ha tenido nunca dinero para el mantenimiento. La gran embarcación de recreo es el único regalo que su padre le ha hecho, a excepción de un viaje. Cuando cumplió los cincuenta invitó a Björn y a Penélope a uno de sus hoteles más lujosos, el Kamaya Resort, en la costa este de Kenia. Sin embargo, ella no aguantó más de dos días allí y se fue al campo de refugiados de Kubbum, en Darfur, al sur de Sudán, donde se encontraba la ONG francesa Action contre la Faim.
Cuando se aproximan al puente de Skurusundsbron, Penélope reduce la velocidad de ocho a cinco nudos. Desde allí no se oye el menor ruido del tráfico que pasa por encima. Justo cuando se deslizan hacia el agua en sombra, divisa una lancha neumática negra pegada a los cimientos de hormigón del puente. Es el mismo tipo de lancha que utilizan los guardacostas. Una RIB, una embarcación semirrígida con casco de fibra de vidrio y un motor muy potente.
Penélope ya casi ha dejado atrás el puente cuando se percata de que hay alguien sentado en la lancha. Un hombre se agacha en la penumbra dándole la espalda. No entiende por qué se le acelera el pulso cuando lo descubre. Hay algo extraño en su nuca y la ropa negra que viste, y la joven se siente observada a pesar de que el hombre está de espaldas.
Cuando la embarcación sale de nuevo a la luz del sol, siente un escalofrío que la recorre de pies a cabeza y que hace que se le ponga la carne de gallina.
Tras rebasar el barrio residencial de Duvnäs, Penélope incrementa la velocidad a quince nudos. Los motores interiores rugen y forman una estela de espuma tras el barco.
Su teléfono empieza entonces a sonar. La joven ve que es el número de su madre. Tal vez haya visto el debate en la tele. Piensa que quizá la llame para decirle lo guapa que estaba y lo bien que ha hablado, pero sabe que no debe hacerse ilusiones.
—Hola, mamá — responde.
—Ay — susurra su madre.
—¿Qué pasa?
—La espalda..., tengo que ir al naprápata — dice Claudia, y de fondo se oye como si estuviera llenando un vaso con agua del grifo—. Solo quería saber si habías hablado con Viola.
—Está aquí, en el barco — responde Penélope, y oye que su madre bebe del vaso.
—Ah, así que está con vosotros... Pensé que le sentaría bien.
—Seguro que le sentará bien — dice Penélope.
—¿Qué vais a cenar?
—Hay arenques, patatas, huevos...
—No le gustan los arenques.
—Mamá, Viola me ha llamado porque...
—Ya sé que no contabas con que ella también fuera — la interrumpe Claudia—, por eso te lo pregunto.
—He preparado también albóndigas — dice Penélope armándose de paciencia.
—¿Y llega para todos?
—¿Que si llega? Depende... — Penélope se queda callada mirando el agua resplandeciente—. Puedo darle mi parte — añade, serena.
—Si no hay para todos — responde Claudia—. Solo es eso lo que digo.
—Ya te he entendido — asume ella en voz baja.
—A ver si ahora la pobrecita vas a ser tú — replica su madre con irritación contenida.
—Lo que pasa es que Viola ya no es ninguna niña y...
—Qué decepción.
—¿Cómo dices?
—Tú sueles comerte mis albóndigas en Navidad y en Midsommar,[1] y...
—No tengo por qué hacerlo — suelta Penélope.
—Vale — responde su madre, cortante—. Pues quedamos así.
—Lo único que digo es que...
—No hace falta que vengas para Midsommar — la interrumpe su madre, alterada.
—Pero, mamá, ¿por qué siempre tienes que...?
Se oye un clic cuando su madre corta la llamada. Penélope se interrumpe y siente la frustración temblar en su interior, mira el teléfono y luego lo apaga.
El barco avanza despacio entre los reflejos verdes de frondosas colinas. La escalera de la cocina cruje y al cabo de un momento aparece Viola con el margarita en la mano.
—¿Era mamá?
—Sí.
—¿Teme que vaya a pasar hambre? — pregunta Viola sonriendo.
—Hay comida de sobra — responde Penélope.
—Mamá cree que no puedo ocuparme de mí misma.
—Solo se preocupa.
—Nunca se preocupa por ti.
—Yo me las apaño sola.
Viola da un sorbo al cóctel y mira a través del parabrisas.
—Vi el debate por la tele — dice.
—¿Esta mañana, cuando me las he visto con Pontus Salman?
—No, fue... la semana pasada — aclara—. Hablabas con un hombre arrogante que... tenía un nombre bonito y...
—Palmcrona — dice Penélope. — Eso, Palmcrona...
—Me enfadé, me puse roja de ira y se me llenaron los ojos de lágrimas. Me entraron ganas de empezar a cantar el «Masters of War» de Bob Dylan o salir corriendo y dar un portazo.
Viola mira a su hermana mientras esta se estira para abrir la claraboya.
—Pensaba que no te depilabas las axilas — le dice en tono desenfadado.
—No, pero como últimamente he tenido que hacer numerosas apariciones en los medios...
—Finalmente ha aflorado tu vanidad — bromea Viola.
—No quería que me rechazaran como pacifista activa solo por tener cuatro pelos en los sobacos.
—¿Cómo llevas la línea del biquini?
—Así, así...
Se levanta el pareo y Viola suelta una carcajada.
—A Björn le gusta — dice Penélope, sonriente.
—Bueno, con las rastas que lleva él, no puede quejarse.
—Sin embargo, tú te depilas enterita, como debe ser — dice Penélope un poco cortante—. Para tus hombres casados y esos idiotas con musculitos que...
—Ya sé que no tengo buen criterio — la interrumpe Viola.
—Para algunas cosas, no.
—Nunca he hecho nada bien.
—Te bastaría con mejorar un poco las notas y...
Viola se encoge de hombros.
—Al final hice la prueba de acceso a la universidad.
La embarcación continúa deslizándose por el agua cristalina mientras las gaviotas la siguen en el cielo a gran altura.
—¿Qué tal te fue? — pregunta Penélope.
—Me pareció fácil — responde su hermana, y da un lametón a la sal del borde de su copa.
—O sea, que te fue bien.
Viola asiente con la cabeza y deja la copa.
—¿Cómo de bien? — pregunta Penélope dándole un leve codazo en el costado.
—La máxima puntuación — dice Viola con la mirada baja.
Penélope grita de alegría y la abraza con fuerza.
—¿Entiendes lo que eso significa? — grita, exaltada—. ¡Puedes estudiar lo que quieras! Puedes ir a cualquier universidad, solo tienes que elegir: economía, medicina, periodismo...
Viola se ríe, sonrojada, y con el segundo abrazo que le da se le cae el sombrero. Penélope le pasa la mano por el pelo, se lo arregla como siempre hacía cuando eran pequeñas, se quita el pasador con la paloma de la paz y se lo coloca a su hermana. La mira y sonríe satisfecha.
UN BARCO A LA DERIVA EN LA ENSENADA DE JUNGFRUFJÄRDEN
La quilla de la embarcación corta la superficie del agua como un cuchillo, con un sonido pegajoso.
Navegan muy deprisa. Las grandes olas rompen en la orilla. Hacen virajes escarpados contra las olas que vienen de frente, botan con un tableteo y el agua salpica a su alrededor. Penélope se adentra en la ensenada con los motores a toda marcha. La proa se eleva y al paso de la popa queda una estela de agua blanca y espumosa.
—¡Estás loca! — grita Viola mientras se quita el pasador del pelo, tal como hacía de pequeña en cuanto terminaban de peinarla.
Björn se despierta justo cuando se detienen en la isla de Gåsö. Compran un helado y toman café. Viola quiere jugar al minigolf en el pequeño campo y emprenden de nuevo la marcha a última hora de la tarde.
A babor, la ensenada se abre ante ellos como una vertiginosa extensión de piedra.
El plan es amarrar en Kastskär, un islote alargado sin edificar. En el lado sur hay una cala reverdecida donde echarán el ancla, podrán bañarse, encenderán la barbacoa y pasarán allí la noche.
—Voy a bajar a acostarme un rato — dice Viola con un bostezo.
—Adelante. — Penélope sonríe.
Su hermana baja por la escalera y Penélope sigue mirando al frente. Reduce la marcha al tiempo que se acerca a Kastskär con los ojos fijos en la sonda electrónica que advierte de la poca profundidad de las aguas. El lecho marino asciende rápidamente de cuarenta a cinco metros.
Björn entra en el puente de mando y besa a Penélope en la nuca.
—¿Quieres que me ponga con la cena? — le pregunta.
—Creo que Viola necesita dormir un poco.
—Ahora pareces tu madre — dice él con dulzura—. ¿Ya te ha llamado?
—Sí.
—¿Para comprobar si habíamos dejado que viniera con nosotros?
—Sí.
—¿Habéis discutido?
Penélope niega con la cabeza.
—¿Qué pasa? — pregunta él—. ¿Estás triste?
—No, solo que mi madre...
—¿Qué?
Ella sonríe y se seca unas lágrimas que ruedan por su mejilla.
—No quiere que vaya en Midsommar — le explica.
Björn la abraza.
—Deberías pasar de ella.
—Lo hago — responde Penélope.
Maniobra el barco muy despacio hasta el fondo de la cala. Los motores murmullan suavemente. Están tan cerca de tierra firme que incluso perciben el olor de la vegetación del islote.
Echan el ancla, van soltando cuerda y se aproximan a las rocas. Björn salta sobre la playa empinada con el cabo en la mano y lo sujeta al tronco de un árbol.
El suelo está cubierto de musgo. Se queda quieto mirando a Penélope. Unos pájaros aletean en las copas, molestos por el restallido del cabrestante.
Ella se pone unos pantalones cortos y las zapatillas de deporte blancas, salta a tierra y le coge la mano. Él la rodea con los brazos.
—¿Quieres que exploremos la isla?
—¿No tenías que convencerme de algo? — dice ella haciéndose de rogar.
—Las ventajas de la Allemansrätt[2] — dice Björn.
Ella asiente sonriendo con la cabeza, él le aparta el pelo y le desliza el dedo por la mejilla y por la ceja negra y tupida.
—¿Cómo puedes ser tan hermosa?
La besa con suavidad en los labios y después echan a andar en dirección al bosque.
En medio del islote hay un pequeño claro con hierba alta y grandes matojos. Mariposas y abejorros revolotean sobre las flores. Al sol hace calor, el agua titila al norte entre los árboles. Se quedan quietos, dudan, se miran sonrientes y luego adoptan una expresión seria.
—¿Y si viene alguien? — dice Penélope.
—En esta isla solo estamos nosotros.
—¿Estás seguro?
—¿Cuántas islas hay en el archipiélago de Estocolmo? ¿Treinta mil? Seguro que más — dice él.
Penélope se quita la parte de arriba del biquini, las zapatillas, los pantalones cortos y la braguita, quedando así desnuda entre la hierba. La sensación inicial de incomodidad se convierte casi de inmediato en pura alegría. Piensa que en realidad es muy excitante sentir la brisa marina contra la piel, el calor que todavía mana del suelo.
Björn la observa, murmura que no es machista pero que tiene que examinarla detenidamente. Penélope es alta, tiene los brazos musculosos y, aun así, algo blandos. La cintura estrecha y los muslos fuertes le dan la apariencia de una diosa antigua y juguetona.
Björn nota que le tiemblan las manos cuando se quita la camiseta y el bañador de flores, que le llega por debajo de la rodilla. Es menor que ella, su cuerpo es casi adolescente, lampiño, y tiene los hombros quemados por el sol.
—Ahora quiero mirarte yo — dice ella.
Él se sonroja y se le acerca con una amplia sonrisa.
—¿No puedo?
Él niega con la cabeza y esconde la cara entre el cuello y el pelo de ella.
Empiezan a besarse sin moverse, pegados el uno al otro. Penélope nota la lengua caliente de Björn en su boca y un estremecimiento de felicidad le recorre el cuerpo. Hace un esfuerzo para borrar la sonrisa de su rostro y seguir besándolo. Su respiración se acelera. Nota la erección de Björn, su corazón latiendo más deprisa. Se tumban sobre la hierba, entusiasmados, se hacen un hueco entre los matorrales. Él baja hasta sus pechos, sus pezones oscuros, le besa la barriga y le separa los muslos. Cuando la mira, piensa que es como si sus cuerpos brillaran por sí solos bajo el sol del atardecer. De pronto todo es extremadamente íntimo y delicado. El sexo de Penélope está ya húmedo e hinchado cuando empieza a lamerla, despacio y con suavidad. Al cabo de un momento ella le aparta la cabeza. Junta las piernas, sonríe, se sonroja. Le susurra que suba, tira de él hacia sí, lo guía con la mano y deja que la penetre. Él le respira profundamente junto a su oído mientras ella contempla el cielo teñido de rosa sobre sus cabezas.
Un rato más tarde, Penélope vuelve a estar de pie desnuda sobre la hierba, se despereza, da unos pasos y mira en dirección a los árboles.
—¿Qué pasa? — pregunta Björn con voz grave.
Ella se vuelve hacia él, que sigue sentado desnudo en el suelo, sonriéndole.
—Te has quemado los hombros.
—Como todos los veranos.
Se acaricia con cuidado la piel enrojecida.
—Volvamos al barco, tengo hambre — dice ella.
—Me gustaría nadar un poco.
Penélope se pone la braguita del biquini y los pantalones, se calza y se queda de pie con la parte de arriba en la mano. Pasea la mirada por el torso sin vello de Björn, los músculos de sus brazos, el tatuaje del hombro, la quemazón descuidada y su mirada brillante y juguetona.
—La próxima vez te toca a ti debajo — le dice sonriente.
—La próxima vez... — repite él, alegre—. Sabía que te iba a gustar.
Penélope se ríe y niega con un gesto de la mano. Björn se tumba boca arriba con una sonrisa y mira al cielo. Lo oye silbar cuando cruza el bosque de camino hacia la pequeña playa empinada donde han amarrado el barco.
Se detiene un momento y se pone la parte de arriba del biquini antes de continuar.
Cuando sube a bordo se pregunta si Viola todavía estará durmiendo en el camarote de popa. Piensa en poner a hervir una olla con patatas y eneldo y luego ir a ducharse y cambiarse de ropa. Curiosamente, la cubierta de popa está mojada, como después de un chubasco. Viola debe de haberla fregado por algún motivo. El barco parece ahora distinto. Penélope no sabe decir qué es, pero de repente nota la carne de gallina por un extraño malestar. Los pájaros dejan de cantar y se hace un silencio casi absoluto. Solo se oye el chapoteo del agua contra el casco y un crujido sordo del cabo alrededor del árbol. Acto seguido, la chica toma conciencia de sus movimientos. Baja por la escalera de popa, ve que la puerta del camarote de invitados está abierta y la lámpara encendida, pero Viola no está allí. Cuando llama a la puerta del lavabo pequeño se da cuenta de que le tiembla la mano. Abre, asoma la cabeza y luego sale a cubierta de nuevo. Un poco más allá, en la cala, ve a Björn metiéndose en el agua. Lo saluda agitando el brazo, pero él no la ve.
Penélope abre las puertas de vidrio del salón, pasa por los sofás azules, la mesa de teca y el puente de mando.
—¿Viola? — llama en voz baja.
Desciende hasta la cocina y saca una olla, pero la deja de cualquier manera sobre la plancha eléctrica porque el corazón empieza a latirle con más fuerza en el pecho. Mira en el interior del lavabo grande y después sigue hasta el camarote de proa, donde Björn y ella suelen dormir. Abre la puerta, echa un vistazo a la oscura estancia y al principio cree que está viendo su imagen en el espejo.
Viola está sentada inmóvil en el borde de la cama con la mano apoyada sobre el cojín rosa que compraron en los almacenes Myrorna.
—¿Qué haces aquí dentro?
Penélope se oye a sí misma preguntarle a su hermana qué está haciendo en el camarote, a pesar de haber comprendido ya que algo no marcha bien. Viola está pálida, tiene la cara húmeda, el pelo empapado y desgreñado.
Penélope se le acerca, le toma el rostro entre las manos, susurra primero y grita después pegada a su cara:
—¿Viola? ¿Qué ocurre? ¿Viola?
Sin embargo, ya sabe lo que ocurre, qué es lo que va mal. Su hermana no respira, su piel no despide calor, ya no queda nada de ella, la llama de la vida ha dejado de arder en su interior. El estrecho cubículo se oscurece cerrándose alrededor de Penélope. Con un timbre de voz desconocido, se lamenta y retrocede trastabillando, tira ropa al suelo, se golpea fuertemente el hombro contra el marco de la puerta, da media vuelta y sube corriendo por la escalera.
En cuanto sale a cubierta intenta recuperar el aliento como si hubiese estado a punto de ahogarse. Tose mirando a su alrededor con un miedo helado atenazándole el cuerpo. Cien metros más abajo, en la playa, ve a un hombre vestido con ropas negras. De algún modo, Penélope comprende que todo tiene relación. Sabe que es el mismo hombre que estaba a la sombra bajo el puente en la lancha neumática, el que les daba la espalda cuando pasaron por su lado. Comprende que el hombre de negro es quien ha matado a Viola y que aún no ha terminado.
El individuo está en la playa haciéndole un gesto a Björn, que nada a unos veinte metros de la orilla, le dice algo a gritos y levanta el brazo. Él lo oye y se para, se mantiene a flote impulsándose en el agua con los pies y buscando en la playa con la mirada.
El tiempo parece haberse detenido. Penélope se apresura hasta el puente de mando, revuelve en el cajón de las herramientas, encuentra un cuchillo y corre de nuevo a la cubierta de proa.
Observa las brazadas lentas de su novio, los anillos que se forman en el agua a su alrededor. Björn mira al hombre y parece dudar. Él le hace un gesto con la mano, quiere que se acerque. Björn sonríe inseguro y nada hacia la orilla.
—¡Björn! — grita Penélope con todas sus fuerzas—. ¡Nada hacia dentro!
El hombre de la playa se vuelve entonces hacia ella y echa a correr en dirección al barco. Penélope corta el cabo, resbala en la cubierta mojada, se incorpora, tropieza hasta el puente de mando y pone en marcha el motor. Sin mirar, leva el ancla y mete marcha atrás al mismo tiempo. Björn debe de haberla oído, porque ha dado media vuelta y ahora nada hacia el barco. Penélope se dirige a su encuentro y ve que el hombre de negro ha cambiado de dirección y que está corriendo cuesta arriba hacia el otro lado de la isla. Sin llegar a pensarlo detenidamente, la chica comprende que el hombre ha amarrado su lancha en la cala norte.
Sabe que no tienen ninguna posibilidad contra esa embarcación.
Con un rugido hace virar el barco en dirección a Björn. Le grita, se acerca, reduce la marcha y le alarga un bichero. El agua está fría. Björn parece asustado y exhausto. Su cabeza desaparece todo el rato debajo del agua. Penélope le corta sin querer con la punta del bichero y empieza a manarle sangre de la frente.
—¡Tienes que agarrarte! — grita.
La lancha neumática negra ya ha empezado a rodear la isla. Penélope oye claramente el ruido del motor. Björn hace muecas de dolor. Después de varios intentos, por fin logra sujetarse al bichero. Ella lo lleva tan deprisa como puede hasta la plataforma de baño y Björn se sujeta al borde. El bichero resbala de las manos de la chica y lo ve alejarse por el agua.
—¡Viola está muerta! — grita, y oye la desesperación y el pánico mezclándose en su propia voz.
En cuanto Björn se ha agarrado a la escalera, ella vuelve corriendo al puente de mando y acelera a fondo. Él trepa por la borda y Penélope lo oye gritar que vaya en línea recta hacia la punta de Ornäs.
El rugido del motor de la lancha neumática se les acerca por detrás.
La embarcación de Penélope describe un arco cerrado, el casco retumbando bajo sus pies.
—Ha matado a Viola — gime ella.
—Cuidado con el islote — le advierte Björn, al que le castañetean los dientes.
La lancha negra ya ha rodeado Stora Kastskär y ha aumentado la velocidad en las aguas quietas y abiertas.
La sangre corre por la cara de Björn.
Se están aproximando rápidamente a la gran isla. Él mira hacia atrás y ve la lancha a unos trescientos metros de distancia.
—¡Al pantalán!
Penélope gira, mete marcha atrás y, cuando apaga el motor, la proa choca contra el pantalán con un crujido. El lateral araña la húmeda escalera de madera. Las olas que se han levantado con la brusca maniobra se estrellan contra la roca y luego retroceden. El barco se escora y la escalera queda hecha trizas. El agua empieza a entrar por la borda. Abandonan la embarcación y saltan al embarcadero. Mientras se alejan a toda prisa oyen el ruido del casco chocando en su balanceo contra la pasarela. Corren hacia tierra firme mientras la rápida lancha neumática se aproxima con un bramido. Penélope resbala, apoya la mano en el suelo y, resoplando, sube por la empinada playa hasta la linde del bosque. El motor de la lancha enmudece allí abajo y Penélope sabe que su ventaja es insignificante. Björn y ella corren pegados entre los árboles adentrándose cada vez más en el bosque, al tiempo que sus pensamientos fluyen aterrados y su mirada busca un lugar donde esconderse.
EL HOMBRE QUE LEVITA
El artículo 21 de la ley policial describe cómo debe prepararse un agente para irrumpir en una casa, una habitación o cualquier otro lugar si hay razones para creer que en su interior hay alguien muerto, inconsciente o incapacitado para pedir ayuda.
El motivo por el que este sábado del mes de junio el agente de policía John Bengtsson recibe la misión de investigar el último piso del número 2 de la calle Grevgatan es que el director general del ISP sueco, el organismo de Inspección de Productos Estratégicos, Carl Palmcrona, se ha ausentado inexplicablemente de su trabajo y de una reunión programada con el ministro de Exteriores.
No es en absoluto la primera vez que Bengtsson entra en una vivienda en busca de muertos o heridos. En la mayoría de los casos se trata de familiares que sospechan un suicidio. Padres taciturnos y aterrados que tienen que esperar en el rellano mientras él entra a comprobar las habitaciones. Algunas veces se ha topado con hombres jóvenes con el pulso casi imperceptible después de una sobredosis de heroína, y otras se ha encontrado con crímenes, mujeres maltratadas hasta la muerte al resplandor del televisor de una sala de estar.
Cuando entra en el amplio portal, John Bengtsson lleva consigo diversas herramientas para forzar puertas y un juego de ganzúas. Coge el ascensor hasta la quinta planta y llama al timbre. Espera un momento, deja la pesada bolsa en el suelo del rellano y estudia la cerradura de la puerta blindada. De repente oye un leve sonido en la escalera, una planta más abajo. Parece como si alguien estuviera intentando bajar sin hacer ruido, casi de puntillas. El agente John Bengtsson se queda escuchando un instante, luego alarga la mano y acciona la manija: la puerta no está cerrada con llave y se desliza suavemente sobre los goznes.
—¿Hay alguien en casa? — pregunta.
John Bengtsson espera unos segundos y luego entra con la bolsa. Cierra la puerta tras de sí, se limpia los zapatos en la alfombrilla y, a continuación, avanza por el amplio recibidor.
Se oye una música tranquila procedente de una habitación contigua. Se dirige hacia allí, llama a la puerta y entra. Es una sala espaciosa, amueblada de forma espartana, con tres sillones de la firma Carl Malmsten, una mesa baja de cristal y un pequeño cuadro de un buque en plena tormenta colgado de la pared. Una luz azul de hielo sale de un equipo de música plano y transparente. Los altavoces emiten una música de violines melancólica, casi enigmática.
El agente avanza hasta la doble puerta, la abre y mira directamente al centro de un salón con unos grandes ventanales modernistas. La luz veraniega del exterior se cuela por los cristales de las partes superiores.
Hay un hombre levitando en mitad de la estancia.
La escena parece sobrenatural.
Bengtsson se queda mirando al hombre muerto. Siente que transcurre una eternidad hasta que se percata de la cuerda de tender que está atada al gancho de la lámpara.
El hombre, bien vestido, permanece inmóvil, como si lo hubieran congelado en un gran salto, con los tobillos estirados y las puntas de los zapatos señalando al suelo.
Está ahorcado, pero hay algo más, algo que no encaja, algo que está mal.
John Bengtsson no está autorizado a cruzar el umbral del salón. La escena del crimen debe permanecer intacta. Los latidos de su corazón son rápidos, nota el ritmo pesado del pulso, traga con fuerza, pero no consigue apartar los ojos del hombre que parece levitar en el salón vacío.
Un nombre ha empezado a sonar en su cabeza, como un susurro: «Joona, tengo que hablar con Joona Linna».
No hay muebles en la sala, solo un hombre ahorcado, que sin duda es Carl Palmcrona, el director general del ISP.
La cuerda está sujeta al gancho de la lámpara en el techo, en el centro del rosetón.
«No tenía cómo subirse ahí», piensa Bengtsson. La altura del techo es por lo menos de tres metros y medio.
Intenta calmarse, poner orden en su cabeza y registrar todo lo que ve. El ahorcado está pálido como el azúcar mojado, y no le parece ver más que unos pocos puntos de sangre en los ojos, abiertos de par en par. El hombre calza zapatos y lleva un gabán de verano encima del traje gris claro. Un maletín negro y un teléfono móvil descansan sobre el suelo de parquet, algo más allá del charco de orina que hay justo debajo del cuerpo.
De repente, el hombre se agita.
John Bengtsson contiene el aliento.
El techo tiembla pesadamente, se oyen unos martillazos en el trastero del desván. Alguien está caminando allí arriba. El techo vuelve a temblar y el cuerpo de Palmcrona se zarandea. Se oye el ruido de un taladro y luego silencio. Un hombre grita algo. Necesita más cable; «mierda de cable», grita.
Bengtsson siente que se le relaja el pulso mientras se aleja del salón. En el recibidor se encuentra con la puerta abierta. Piensa que está seguro de que la ha cerrado bien, pero entiende que puede haberse equivocado. Sale del piso y, antes de informar a su departamento, saca el móvil y llama a la comisaría de la policía judicial para hablar con Joona Linna.
LA COMISIÓN CONTRA EL CRIMEN
Corre la primera semana de junio. En Estocolmo la gente lleva ya muchos días despertándose demasiado temprano por la mañana. El sol sale a las tres y media de la madrugada y es de día durante casi toda la noche. El principio del verano ha sido más caluroso de lo habitual. Los cerezos alisos y las lilas han florecido a la vez. Los pesados racimos de flores esparcen sus aromas desde el parque de Kronoberg hasta la entrada de la comisaría.
La Dirección Nacional de Policía Judicial es el único cuerpo operativo central de Suecia responsable de combatir los crímenes más graves, tanto a nivel nacional como internacional.
Su jefe, Carlos Eliasson, está junto a la ventana de la octava planta mirando las colinas del parque de Kronoberg. Tiene un teléfono en la mano, marca el número de Joona Linna, pero una vez más salta el buzón de voz. Cuelga, deja el teléfono sobre el escritorio y mira la hora.
Petter Näslund entra en el despacho de Carlos carraspeando levemente, se detiene y se apoya junto a un cartel que reza: «Vigilamos a los malhechores, los marcamos de cerca, los ponemos nerviosos».
Desde la sala contigua se oye una cansada conversación telefónica al respecto de unas órdenes de arresto europeas y el aparato informativo de Schengen.
—Pollock y sus muchachos llegarán en breve — dice Petter.
—Sé la hora que es — responde Carlos en tono suave.
—Los bocadillos ya están listos — añade Petter.
El jefe se esfuerza por borrar la sonrisa de su rostro y pregunta:
—¿Te has enterado de que están reclutando?
Petter enrojece y baja la mirada, se concentra y luego la vuelve a levantar.
—Yo iba... ¿Se te ocurre alguien que encaje mejor en la Comisión contra el Crimen? — pregunta.
La Comisión contra el Crimen está compuesta por seis expertos que ayudan a resolver casos de asesinato por todo el país. La comisión trabaja de manera muy sistemática apoyándose en un método simplificado de la investigación policial de crímenes graves.
La presión a la que están sometidos los miembros fijos de la comisión es enorme. Están tan solicitados que casi nunca tienen tiempo de reunirse en la comisaría de policía.
Cuando Petter Näslund ha salido del despacho, Carlos se sienta en la silla y se queda mirando los peces paraíso de su acuario. En el mismo momento en que alarga el brazo para coger el tarro de comida llaman al teléfono.
—Sí — contesta.
—Están subiendo — le informa Magnus, de recepción.
—Gracias.
Carlos hace un último intento de ponerse en contacto con Joona Linna antes de levantarse de la silla. Luego se mira un instante al espejo y abandona el despacho. En cuanto sale al pasillo se oye una campanilla y las puertas del ascensor se abren sin hacer ruido. Con la visión de la Comisión contra el Crimen, una imagen fugaz pasa por su mente. Un recuerdo de un concierto de los Rolling Stones al que asistió con unos amigos hace años. Los integrantes del grupo, vestidos todos con traje oscuro y corbata, parecían hombres de negocios relajados, exactamente igual que los miembros de la comisión.
En cabeza va Nathan Pollock, con el pelo gris recogido en una coleta; detrás tiene a Erik Eriksson, con sus gafas con brillantes, motivo por el que el grupo lo llama Elton; lo siguen Niklas Dent y P. G. Bondesson, y por último va el tipo de la científica, Tommy Kofoed, encorvado, mirando malhumorado al suelo.
Carlos les muestra el camino hasta la sala de reuniones. Benny Rubin, el jefe operativo, ya está sentado a la mesa redonda con una taza de café solo en la mano, esperando su llegada. Tommy Kofoed coge una manzana del frutero y empieza a comérsela con ruidosos bocados. Nathan Pollock lo mira sonriente y sacude la cabeza cuando el otro se detiene interrogante antes de volver a morder la manzana.
—Bienvenidos — dice Carlos—. Me alegra que todos tuvierais tiempo y la posibilidad de venir, puesto que tenemos algunos puntos importantes en el orden del día que debemos discutir.
—¿No iba a venir también Joona Linna? — pregunta Tommy Kofoed.
—Sí — tarda un poco en responder Carlos.
—Ese hace lo que quiere — señala Pollock, impasible.
—Joona resolvió los asesinatos de Tumba el año pasado — dice Tommy Kofoed—. No puedo dejar de pensar en ello, que lo tuviera tan claro... Sabía exactamente en qué orden habían tenido lugar.
—Contra toda lógica — apunta Elton, sonriente.
—Lo sé casi todo de ciencia criminal — continúa Tommy Kofoed—. Pero a Joona le bastó con entrar y observar los rastros de sangre, no lo entiendo...
—Observó el caso en su totalidad — añade Nathan Pollock—. El grado de violencia empleada, el estrés y lo cansadas que parecían las pisadas de la casa adosada en comparación con las del vestuario.
—Todavía me resulta difícil de creer — murmura Tommy Kofoed.
Carlos carraspea y baja la mirada al orden del día que tiene delante.
—La policía marítima ha llamado esta mañana — explica—. Por lo visto, un viejo pescador ha encontrado a una mujer muerta.
—¿En su red?
—No. Vio una gran embarcación de recreo a la deriva en la isla de Dalarö, se acercó a remo, subió al barco y la encontró sentada en la cama del camarote de proa.
—Eso no es competencia de la comisión — dice Petter Näslund con una sonrisa en los labios.
—¿La han asesinado? — pregunta Nathan Pollock.
—Suponemos que se trata de un suicidio — responde Petter rápidamente.
—Nada urgente — dice Carlos cogiendo un pedazo de bizcocho—. Pero quería mencionároslo de todos modos.
—¿Alguna otra cosa? — pregunta Tommy Kofoed con sequedad.
—Tenemos una solicitud de información de la policía de Västra Götaland — dice Carlos—. El documento está sobre la mesa.
—Yo no podré hacerlo — dice Pollock.
—Estáis todos hasta arriba de trabajo, lo sé — repone Carlos recogiendo las migas de la mesa—. Quizá deberíamos empezar por otro lado y hablar de..., del reclutamiento para la Comisión contra el Crimen.
Benny Rubin mira a su alrededor con ojos un tanto severos y luego explica que la dirección está al corriente del gran volumen de trabajo que tienen y que por eso han decidido ampliar la Comisión contra el Crimen con un miembro fijo más.
—Vosotros tenéis la palabra — dice Carlos.
—¿No sería mejor que Joona estuviera presente para hablar de ese punto? — pregunta Tommy Kofoed al tiempo que se inclina por encima de la mesa y hurga entre los bocadillos envueltos.
—No es seguro que vaya a venir — dice Carlos.
—Podemos picar algo primero — propone Erik Eriksson acomodándose sus brillantes gafas.
Kofoed retira el plástico a un bocadillo de salmón, le quita la ramita de eneldo, echa unas gotas de limón y luego desenrolla la servilleta que contiene los cubiertos.
De pronto se abre la puerta de la gran sala de reuniones y aparece Joona Linna con su pelo rubio peinado hacia un lado.
—Syö tilli, pojat — dice en finlandés sonriendo.
—Exacto. — Nathan Pollock ríe—. Dice que os comáis el eneldo, chicos.
Nathan y Joona se miran alegres a los ojos. Tommy Kofoed se sonroja y sacude sonriente la cabeza.
—Eneldo — repite Nathan, y suelta una carcajada cuando Joona se acerca y vuelve a poner la ramita de eneldo al bocadillo de Tommy Kofoed.
—¿Qué tal si continuamos con la reunión? — sugiere Petter.
Joona le estrecha la mano a Nathan Pollock, luego camina hasta una silla vacía y cuelga la americana en el respaldo antes de sentarse.
—Os pido disculpas — dice con calma.
—Eres más que bienvenido — dice Carlos.
—Gracias.
—Justo ahora íbamos a tocar el tema del reclutamiento — explica Carlos.
Se pellizca el labio inferior y Petter Näslund se revuelve en su silla.
—Creo que..., creo que será mejor cederle la palabra a Nathan — continúa Carlos.
—Vale, con mucho gusto. Ahora no hablo solo por mí — empieza diciendo Nathan Pollock—, sino que... estamos todos de acuerdo. Esperamos que quieras unirte a nosotros, Joona.
Se hace el silencio en la sala. Niklas Dent y Erik Eriksson asienten. Sentado a contraluz, la cabeza de Petter Näslund parece un disco negro.
—Nos alegraría mucho — dice Tommy Kofoed.
—Agradezco el ofrecimiento — responde Joona pasándose los dedos por el espeso cabello—. Sois muy buenos, lo habéis demostrado, y respeto vuestro trabajo... — Sonríe a la mesa—. Pero... no creo que pudiera trabajar con el método simplificado — explica.
—Lo sabemos, lo entendemos — se apresura a decir Kofoed.
—Es algo rígido, pero puede ser de ayuda. Ya se ha comprobado que... — Se interrumpe—. Aun así, queríamos preguntártelo — dice Nathan Pollock.
—No creo que el puesto encaje conmigo — responde Joona Linna.
Dejan caer las miradas, alguien asiente con la cabeza y Joona se disculpa cuando empieza a sonar su teléfono. Se levanta de la mesa y abandona la sala. Al cabo de unos minutos vuelve y recoge su americana de la silla.
—Lo siento — dice—. Me quedaría a la reunión con mucho gusto, pero...
—¿Ha pasado algo grave? — pregunta Carlos.
—Era John Bengtsson, de Seguridad Ciudadana — dice Joona—. Acaba de encontrar a Carl Palmcrona.
—¿«Encontrar»? — inquiere Carlos.
—Ahorcado — responde Joona.
Su rostro simétrico se torna grave y los ojos le brillan como cristal gris.
—¿Quién es Palmcrona? — pregunta Nathan Pollock—. No consigo ubicarlo.
—El director general del ISP — responde Tommy Kofoed rápidamente—. El organismo que decide sobre la exportación de armas en Suecia.
—¿No están clasificados como confidenciales todos los cargos del ISP? — pregunta Carlos.
—Sí — asiente Kofoed.
—Entonces debería ir alguien de la secreta.
—Acabo de prometerle a Bengtsson que me pasaría por allí — responde Joona—. Dice que hay algo que no cuadra.
—¿El qué? — pregunta Carlos.
—Pues... no sé, pero será mejor que vaya a verlo con mis propios ojos.
—Suena interesante — comenta Tommy Kofoed—. ¿Puedo ir contigo?
—Si quieres... — dice Joona.
—En ese caso, creo que yo también me apunto — se apresura a añadir Pollock.
Carlos intenta decir algo acerca de la reunión en curso, pero comprende que no vale la pena. Los tres hombres abandonan la sala inundada de sol y salen al fresco pasillo.
CÓMO LLEGÓ LA MUERTE
Veinte minutos más tarde, el comisario Joona Linna aparca su Volvo negro en Strandvägen. Detrás de él se detiene un Lincoln Towncar gris plateado. Joona baja del coche y espera a sus dos compañeros de la Comisión contra el Crimen. Juntos doblan la esquina y entran en el número 2 de Grevgatan.
Mientras suben en el viejo y ruidoso ascensor hasta la última planta, Tommy Kofoed le pregunta a Joona, con su habitual tono de resquemor, qué es lo que sabe hasta el momento.
—El ISP notificó que no encontraban a Carl Palmcrona — explica Joona—. No tiene familia, y ninguno de sus compañeros se relaciona con él en privado. Pero, al no presentarse en su lugar de trabajo, Seguridad Ciudadana debía comprobarlo. John Bengtsson fue a ver, encontró a Palmcrona ahorcado en su apartamento y me llamó. Me dijo que sospecha que se trata de un asesinato y quería que me pasara a echar un vistazo.
Nathan Pollock arruga su cara curtida.
—¿Qué le hace sospechar que se trata de un asesinato? — inquiere.
El ascensor se detiene y Joona abre la puerta enrejada. John Bengtsson está en el rellano, delante del piso de Palmcrona. Se mete un libro en el bolsillo y Joona le estrecha la mano.
—Estos son Tommy Kofoed y Nathan Pollock, de la Comisión contra el Crimen — explica el comisario.
Se saludan.
—La puerta no estaba cerrada con llave cuando llegué — les cuenta John—. Oí música y encontré a Palmcrona ahorcado en su salón. He descolgado a unos cuantos hombres durante todos estos años, pero esta vez, quiero decir..., no se trata de un suicidio, y teniendo en cuenta la posición social de Palmcrona...
—Has hecho bien en llamar — dice Joona.
—¿Ha examinado al muerto? — pregunta Tommy Kofoed con dureza.
—Ni siquiera he entrado en el salón — responde John.
—Muy bien — murmura Kofoed, y junto con John Bengtsson comienza a colocar planchas protectoras en el suelo donde poder pisar.
Al cabo de un momento, Joona Linna y Nathan Pollock pueden entrar en el recibidor. John Bengtsson los está esperando junto a un sofá azul. Señala la doble puerta entreabierta a través de la cual se ve parte de una gran sala iluminada. Joona avanza sobre las planchas y abre las puertas de par en par empujándolas levemente.
La luz del sol penetra con calidez a través de los grandes ventanales. Carl Palmcrona cuelga en el centro del salón. Lleva un traje de color claro, un gabán de verano y calzado ligero. Hay moscas merodeándole el pálido rostro, alrededor de los ojos y las comisuras de los labios, poniendo huevas amarillas y sobrevolando el charco de orín y el elegante maletín que reposa en el suelo. La cuerda de tender ha hecho un corte en el cuello de Palmcrona, el surco es de un oscuro tono rojo, y la sangre se ha abierto paso hasta caer por la parte interior de la camisa.
—Ejecutado — constata Tommy Kofoed mientras se pone un par de guantes de látex.
De pronto no queda rastro de hosquedad en su voz ni en su rostro. Sonriendo, se arrodilla y empieza a fotografiar el cuerpo en vilo.
—Seguro que encontraremos heridas en las vértebras cervicales — dice Pollock señalando con el dedo.
Joona mira primero al techo y luego al suelo.
—Parece que se trata de una exhibición — prosigue Kofoed disparando el flash de su cámara hacia el muerto—. Quiero decir, el asesino no pretende ocultar el crimen; más bien al contrario: parece que quiera decirnos algo.
—Sí, eso fue lo que yo pensé — dice John Bengtsson con ansiedad—. La habitación está vacía, no hay sillas ni ninguna escalera para subirse.
—¿Qué es eso que dicen? — continúa Tommy Kofoed mientras baja la cámara y examina el cuerpo con los ojos entornados—. El ahorcamiento se vincula a la traición. Judas Iscariote...
—Espera un momento — replica Joona con suavidad.
Los tres ven su impreciso gesto en dirección al suelo.
—¿Qué ocurre? — pregunta Pollock.
—Creo que se trata de un suicidio — apunta Joona.
—Sí, el típico suicidio — dice Tommy Kofoed riendo en un tono demasiado alto—. Subió volando hasta ahí...
—El maletín — continúa Joona—. Si colocó el maletín de lado pudo llegar hasta ahí.
—Pero no al techo — replica Pollock.
—La soga pudo haberla colgado antes.
—Sí, pero creo que te equivocas.
Joona se encoge de hombros y murmura:
—Si tenemos en cuenta la música y los nudos...
—¿No deberíamos echarle un vistazo al maletín? — pregunta Pollock, dominándose.
—Primero tengo que recoger algunas pistas — dice Kofoed.
Observan en silencio mientras Tommy Kofoed, con su cuerpo encorvado y corto, gatea por el suelo y despliega un plástico negro con una fina capa de gelatina sobre el piso. Después fija cuidadosamente la película con un rodillo de goma.
—¿Puedes pasarme un par de bolsas y una caja grande? — pregunta señalando el maletín del material.
—¿Cartón corrugado? — pregunta Pollock.
—Sí, gracias — responde Kofoed mientras coge las bolsas que Pollock le lanza describiendo una gran parábola.
Recoge los restos biológicos del suelo y luego llama a Pollock para que entre en el salón.
—Encontrarás huellas de zapatos en el borde del maletín — dice Joona—. Este se ha volcado hacia atrás y el cuerpo se ha balanceado en diagonal.
Nathan Pollock no dice nada, sino que se limita a acercarse hasta el maletín de piel y se pone en cuclillas. Cuando se estira hacia delante para levantarlo de lado, la coleta plateada cae sobre la hombrera de su americana. En el cuero negro pueden verse claramente unas huellas grisáceas de zapato.
—¿Qué os he dicho? — señala Joona.
—Hay que joderse — dice Tommy Kofoed, impresionado, y le sonríe a Joona con gesto cansado.
—Suicidio — murmura Pollock.
—Por lo menos, técnicamente — dice Joona.
Los cuatro hombres se quedan mirando el cuerpo colgado.
—Pero ¿qué es lo que tenemos? — pregunta Kofoed, todavía sonriendo—. Un tipo que decide sobre la exportación de material bélico se ha suicidado.
—No es cosa nuestra — suspira Pollock.
Tommy Kofoed se quita los guantes y hace un gesto en dirección al hombre ahorcado.
—Joona, ¿qué decías de la música y los nudos? — pregunta.
—Eso es un nudo de tejedor doble — dice Joona señalando el nudo del gancho de la lámpara—. Supongo que guarda relación con la larga carrera de Palmcrona en la Armada.
—¿Y la música?
Joona se detiene y lo mira meditabundo.
—¿Qué dices tú de la música?
—No sé, es una sonata para violín — responde Kofoed—. Principios del siglo XIX o...
Se interrumpe porque en ese instante llaman a la puerta. Los cuatro intercambian una mirada. Joona echa a andar hacia el recibidor y los demás lo siguen, aunque permanecen en el salón para no ser vistos desde el rellano.
El comisario continúa por el pasillo hasta el recibidor, se detiene y durante un segundo sopesa utilizar la mirilla, pero se abstiene. Cuando alarga la mano para accionar la manija, nota el aire que entra por la cerradura. La pesada puerta se abre. El descansillo está a oscuras. El temporizador de la luz ha tenido tiempo de agotarse y la claridad que dejan pasar los cristales de color rojizo de la escalera es tenue. De pronto Joona oye una respiración lenta, alguien que coge aire muy cerca de él; la respiración dura, casi pesada, de una persona oculta. Él se lleva la mano a la pistola mientras mira con atención al otro lado de la puerta. El haz de luz que se cuela por la rendija de las bisagras le descubre a una mujer alta con las manos grandes. Debe de rondar los sesenta y cinco. Permanece inmóvil. En la mejilla lleva una gran tirita de color salmón. Tiene el pelo cano y muy corto. Mira a Joona directamente a los ojos sin el menor atisbo de sonrisa.
—¿Lo han bajado? — pregunta.
GENTE SOLÍCITA
Joona pensaba que tendría tiempo de asistir a la reunión de la una de la Comisión contra el Crimen.
Solo había quedado para comer con Disa en los jardines de Rosendal, en Djurgården. Llegó pronto y se quedó un rato esperando al sol y observando el humo que cubría la pequeña viña. Al cabo vio a Disa, que llegaba con su bolso de tela colgado del hombro. Su delicado rostro de rasgos inteligentes estaba cubierto de pecas que le salían siempre en verano. El pelo, que habitualmente se recogía en dos trenzas gruesas, lo llevaba suelto esta vez. Se había arreglado y llevaba un vestido de flores y un par de sandalias de verano con tacón de cuña.
Se abrazaron con dulzura.
—Hola — dijo Joona—. Qué guapa estás.
—Tú también — repuso Disa.
Se sirvieron comida en el bufet y fueron a sentarse a una mesa de la terraza. Joona se percató de que ella se había pintado las uñas. Disa, que era arqueóloga, solía llevar las uñas cortas y sucias de tierra. Apartó la mirada de sus manos y la dirigió hacia el jardín de árboles frutales.
Disa empezó a comer y al poco dijo con la boca llena:
—El duque de Kurland le regaló un leopardo a la reina Cristina por su cumpleaños. Lo tenía aquí, en Djurgården.
—No lo sabía — repuso Joona sin inmutarse.
—Leí que el Tesoro pagó cuarenta daler de plata para contribuir al funeral de una criada a la que mató el leopardo.
Se reclinó en la silla y cogió su vaso.
—No hables tanto, Joona Linna — dijo a continuación con ironía.
—Lo siento — repuso él—. Yo...
Se quedó callado y de repente sintió que toda la energía escapaba de su cuerpo.
—¿Qué pasa?
—Por favor, sigue hablando del leopardo.
—Pareces triste...
—Estoy pensando en mi madre... Ayer se cumplió un año de su muerte. Fui a dejar un lirio blanco en su tumba.
—Echo mucho de menos a Ritva — dijo Disa.
Dejó los cubiertos sobre el plato y permaneció un rato en silencio.
—La última vez que la vi, ¿sabes qué me dijo? Me cogió la mano — explicó Disa—, y me dijo que te sedujera y que procurara quedarme preñada.
—Me lo creo. — Joona rio.
El sol se reflejaba en los vasos y rebotaba en los ojos oscuros de Disa.
—Le contesté que creía que no iba a poder ser, y entonces me dijo que te dejara y que nunca más mirara atrás, que nunca volviera contigo.
Él asintió con la cabeza, pero no supo qué decir.
—Entonces te quedarías solo — continuó Disa—. Un finlandés grande y desamparado.
Joona le acarició los dedos.
—No quiero.
—¿El qué?
—Ser un finlandés grande y desamparado — dijo con cariño—. Quiero estar contigo.
—Y yo te quiero morder, y bastante fuerte, la verdad. ¿Puedes explicarlo? Siempre que te veo siento un cosquilleo en los dientes — bromeó Disa.
Joona alargó la mano de nuevo para tocarla. Sabía que ya llegaba tarde a la reunión con Carlos Eliasson y la Comisión contra el Crimen, pero aun así se quedó sentado frente a Disa, charlando y al mismo tiempo pensando en que iba a bajar al Museo Nórdico para admirar la corona de novia saami.
A la espera de que llegara Joona Linna, Carlos Eliasson le había explicado a la Comisión contra el Crimen el caso de la joven mujer que había sido encontrada muerta en una embarcación de recreo en el archipiélago de Estocolmo. En el informe, Benny Rubin anotó que el caso no era urgente, que esperarían el informe de la policía marítima.
Joona llegó un poco tarde y apenas tuvo tiempo de empezar la reunión cuando recibió una llamada del agente Bengtsson, de Seguridad Ciudadana. Se conocían desde hacía muchos años, habían jugado a innebandy[3] juntos durante más de una década. John Bengtsson era un tipo afable, pero cuando le diagnosticaron cáncer de próstata casi todos sus amigos se esfumaron. A día de hoy, John estaba curado, pero tal como solía ocurrirles a muchas personas que experimentaban tan de cerca la proximidad de la muerte, seguía acarreando un aura delicada y vacilante.
Joona estaba en el pasillo delante de la sala de reuniones escuchando las lentas palabras de John Bengtsson. Tenía la voz llena del cansancio afilado que aparece los minutos posteriores a un aumento del estrés. Le describió cómo acababa de encontrarse al director general del organismo de Inspección de Productos Estratégicos ahorcado en su casa.
—¿Suicidio? — preguntó Joona.
—No.
—¿Asesinato?
—¿No puedes venir simplemente? — le preguntó John—. Es que no consigo que encaje lo que he visto. El cuerpo está flotando en el aire, Joona.
Acompañado de Nathan Pollock y Tommy Kofoed, Joona acababa de constatar que se trataba de un suicidio justo cuando llamaron a la puerta en casa de Palmcrona. En la oscuridad del rellano había una mujer alta con unas bolsas de la compra entre sus grandes manos.
—¿Lo han bajado? — preguntó.
—¿Bajado? — repitió Joona.
—Al director Palmcrona — respondió ella.
—¿A qué se refieren con «bajar»?
—Les pido disculpas. Yo solo soy la asistenta, pensé que...
La situación la incomodaba y comenzó a bajar por la escalera, pero se detuvo en seco cuando Joona contestó a su primera pregunta.
—Sigue colgado.
—Ah — respondió ella, y se volvió para mirarlo con semblante inexpresivo.
—¿Lo ha visto usted colgado?
—No — dijo ella.
—Entonces, ¿por qué ha preguntado si lo habíamos bajado? ¿Ha pasado algo? ¿Ha visto usted algo fuera de lo normal?
—Una cuerda colgando del gancho de la lámpara del salón pequeño.
—¿Había visto usted la cuerda?
—Por supuesto.
—¿Y no temía que fuera a utilizarla? — preguntó Joona.
—Morir no es ninguna pesadilla — contestó ella reprimiendo una sonrisa.
—¿Cómo dice?
Pero la mujer negó con la cabeza.
—¿Cómo cree que ha muerto? — preguntó entonces el comisario.
—Imagino que la cuerda se le cerró alrededor del cuello — respondió en voz baja.
—¿Y cómo llegó su cuello hasta la cuerda?
—No lo sé... Quizá necesitó ayuda — dijo ella, interrogante.
—¿A qué se refiere con ayuda?
Los ojos de la mujer se revolvieron y Joona creyó que iba a desmayarse, pero se apoyó en la pared y entonces sus miradas volvieron a encontrarse.
—En todas partes hay gente solícita — dijo casi murmurando.
NÅLEN
La piscina cubierta de la comisaría está vacía y en silencio, reina la oscuridad tras la pared de cristal y en la cafetería no hay clientes. El gran depósito azul está prácticamente inmóvil. El agua, iluminada desde abajo, se mece suavemente por las paredes y el techo con el reflejo de la luz. Joona Linna hace un largo tras otro a un ritmo constante, controlando la respiración.
Mientras nada, los recuerdos dan vueltas en su cabeza. El rostro de Disa cuando le dijo que sentía un cosquilleo en los dientes cada vez que lo veía.
Toca el borde de la piscina, se vuelve dentro del agua y se da impulso con las piernas. No es consciente de que nada más deprisa cuando se pone a pensar en el piso de Grevgatan de Carl Palmcrona. Una vez más contempla el cuerpo colgando, el charco de orina, las moscas en la cara. El muerto llevaba ropa de calle, gabán y zapatos, pero aun así se había tomado su tiempo en poner música.
La escena le causaba la sensación de que había sido algo tan planificado como impulsivo, lo que quedaba lejos de ser habitual tratándose de un suicidio.
Sus brazadas son cada vez más rápidas. Gira y acelera el ritmo todavía más mientras repasa el momento en el que cruzó el recibidor de Palmcrona y abrió la puerta tras oír el repentino timbre. Revisa cuando vio a la mujer alta con las manos grandes oculta al otro lado de la puerta, en la oscuridad del rellano.
Joona se detiene en el borde de la piscina y respira con fuerza, se sujeta con los brazos a la rejilla de plástico del canal de desagüe. Pronto su respiración se regulariza, pero el peso del ácido láctico en los músculos de los hombros sigue en aumento. Un grupo de policías con ropa de deporte entra entonces en la piscina. Llevan dos maniquís de socorrismo, uno de un niño y otro de un adulto con sobrepeso.
«Morir no es ninguna pesadilla», había dicho la mujer con una sonrisa.
Joona sale de la piscina sintiendo un extraño desasosiego. No sabe qué es, pero el caso de la muerte de Carl Palmcrona no le deja indiferente. Por alguna razón sigue pensando en el salón vacío y luminoso, en la apaciguada música de violín mezclada con el zumbido apático de las moscas.
Sabe que se trata de un suicidio e intenta decirse a sí mismo que la policía judicial no pinta nada en el caso. Sin embargo, le gustaría salir corriendo hacia el lugar de los hechos y examinarlo todo otra vez, investigar, registrar cada habitación y descubrir si ha pasado algo por alto.
Durante la conversación con la asistenta pensó que la mujer estaba mareada, que el shock la había atrapado como una espesa niebla, que la había desorientado y hecho responder de forma extraña e incoherente. Pero, ahora, Joona prueba dar la vuelta a sus ideas. Quizá no estuviera en absoluto confundida, ni afectada, sino que contestaba a sus preguntas lo mejor que podía. En ese caso, Edith Schwartz, la asistenta, sostenía que la muerte de Carl Palmcrona no era un suceso provocado por él mismo, que no había estado solo.
«Hay algo que no cuadra.»
Sabe que está en lo cierto, pero no consigue delimitar la sensación.
Cruza la puerta del vestuario masculino, abre el cerrojo de su taquilla, coge el móvil y llama a Nils Åhlén, el forense, más conocido como Nålen.
—Aún no he terminado — responde Nålen después de llevarse el teléfono a la oreja.
—Se trata de Palmcrona. ¿Cuál es tu primera impresión? Aunque no hayas...
—No he acabado — lo interrumpe Nålen.
—Aunque no hayas acabado — dice Joona terminando la frase.
—Pásate el lunes.
—Me paso ahora — dice él.
—A las cinco me voy con mi mujer a ver un sofá.
—Llegaré dentro de veinticinco minutos — añade Joona, y corta la llamada antes de que Nålen tenga tiempo de repetir que aún no ha acabado.
Después de ducharse y cambiarse de ropa, Joona oye el murmullo de risas y voces de niños y entiende que la clase de natación en la comisaría está a punto de empezar.
Trata de reflexionar acerca de las implicaciones que entraña el hecho de que hayan encontrado ahorcado al director general del ISP. El hombre que tiene la última palabra sobre la fabricación y la exportación de material bélico en Suecia está muerto.
«¿Y si me equivoco? ¿Y si en realidad lo asesinaron? — se dice Joona—. Tengo que hablar con Pollock antes de ir a ver a Nålen. Quizá él y Kofoed hayan podido echarle un vistazo al material que sacaron del lugar del crimen.»
Atraviesa el vestíbulo a grandes zancadas, baja corriendo por la escalera y llama a su asistente, Anja Larsson, para saber si Nathan Pollock está en la comisaría.
CUERPO A CUERPO
El espeso cabello de Joona está todavía empapado cuando abre la puerta de la sala 11, donde Pollock está dando una clase a un grupo exclusivo de hombres y mujeres que se están especializando en situaciones de rescate de rehenes.
En la pared que Pollock tiene detrás se está proyectando un modelo anatómico del cuerpo humano. Sobre una mesa hay alineadas siete armas de fuego distintas, desde una pequeña Sig Sauer P238 plateada, hasta una carabina automática negra de la marca Heckler & Koch con un lanzagranadas añadido de 40 mm.
Uno de los jóvenes agentes está delante de Pollock, que ha desenfundado una navaja y la oculta pegándola al cuerpo. Luego se abalanza sobre el policía, le hace una marca en el cuello y después se vuelve hacia el grupo.
—Los inconvenientes de un corte de este tipo es que el enemigo puede gritar, que no se controlan los movimientos del cuerpo y que el desangramiento tarda un poco, puesto que solo se ha abierto una de las arterias — explica.
Se acerca de nuevo al joven agente y le pasa el brazo por la cara, de modo que la parte anterior del codo le tapa la boca.
—Pero si hago esto, puedo silenciar el grito, controlar la cabeza y abrir las dos arterias con un único corte — añade.
Pollock suelta entonces al joven y se percata de la presencia de Joona Linna en la puerta. Debía de haber entrado tan solo un momento antes, mientras estaba haciendo la demostración. El joven agente se toca la boca y vuelve a su sitio. Pollock compone una amplia sonrisa y le hace un gesto a Joona para que se acerque, pero él niega con la cabeza.
—Tengo que hablar un segundo contigo, Nathan — dice en voz baja.
Algunos policías se vuelven para mirar. Pollock se aproxima a la puerta y le estrecha la mano. Joona lleva el cuello de la americana mojado.
—Tommy Kofoed sacó las huellas de un zapato en casa de Palmcrona — dice el comisario—. Necesito saber si encontró algo inesperado.
—Pensaba que no corría prisa — repone Nathan con calma—. Fotografiamos todas las impresiones que hicimos, pero aún no hemos tenido tiempo de analizar los resultados. La verdad es que todavía no me he hecho ninguna idea general...
—Pero viste algo — dice Joona.
—Cuando introduje las fotos en el ordenador... Podría tratarse de un dibujo, pero es demasiado pronto para...
—Dímelo, tengo que irme.
—Parece que hay huellas de dos zapatos diferentes en dos lugares alrededor del cuerpo — explica Nathan.
—Ven conmigo a ver a Nålen — le propone Joona.
—¿Ahora?
—Tengo que estar allí dentro de veinte minutos.
—Joder, no puedo — responde Nathan indicando la clase con un gesto—. Pero tengo el teléfono encendido, por si quieres preguntar algo.
—Gracias — dice Joona, y da media vuelta para marcharse.
—Oye..., ¿no te gustaría saludar a estos chicos? — pregunta Nathan.
Toda la clase se ha vuelto hacia ellos y Joona se limita a dirigirles un rápido saludo con la mano.
—Este es el comisario Joona Linna, de quien ya os he hablado — dice Nathan Pollock alzando la voz—. Estoy tratando de convencerlo para que venga a daros una clase de combate cuerpo a cuerpo.
Se hace el silencio mientras todos miran a Joona.
—Seguro que la mayoría de vosotros sabéis más de deportes de lucha que yo — señala Joona con una media sonrisa—. Lo único que yo he aprendido es que, cuando va en serio, las reglas que cuentan son otras; entonces solo es lucha, no deporte.
—Prestad atención — dice Pollock con voz firme.
—A la hora de la verdad solo te salvas si tienes la capacidad de adaptarte a las nuevas condiciones y utilizarlas en tu favor — prosigue Joona—. Ejercitaos en aprovechar las circunstancias..., puede que os encontréis en un coche o en un balcón. La habitación puede estar llena de gas lacrimógeno. Quizá el suelo esté cubierto de cristales rotos. Puede haber armas o algo equivalente de por medio. Nunca sabes si estás al principio o al final de una cadena de acontecimientos. Lo más probable es que tengas que reservar las fuerzas para seguir trabajando, aguantar una noche entera..., así que nada de patadas circulares ni patadas voladoras.
Algunos se ríen.
—En el combate cuerpo a cuerpo sin armas — continúa Joona—, se trata de aceptar una buena dosis de dolor para poder terminar pronto, pero... yo no sé mucho sobre eso.
Luego abandona el aula. Dos policías aplauden. La puerta se cierra y la sala queda repentinamente en silencio. Nathan Pollock sonríe para sus adentros y vuelve a la mesa.
—La verdad es que quería reservaros esto para más adelante — dice mientras empieza a teclear en el ordenador—. Esta grabación de vídeo ya es un clásico... de la tragedia con rehenes en la oficina central del banco Nordea en la calle Hamngatan, hace nueve años. Dos asaltantes. Joona Linna ya ha sacado a los rehenes, ha dejado fuera de combate a uno de los asaltantes, que iba armado con un subfusil Uzi. Ha sido un tiroteo bastante violento. El otro asaltante está escondido, pero solo lleva un cuchillo. Han pintado con espray todas las cámaras de seguridad, pero se dejaron esta... Lo pasaré a cámara lenta porque no son más que unos pocos segundos en total.
Pollock teclea en el ordenador y la película comienza a reproducirse lentamente. Se ve la imagen granulosa de la sucursal de un banco grabada en diagonal desde el techo. El temporizador va marcando uno a uno los segundos en la esquina inferior de la pantalla. Hay muebles volcados, el suelo está lleno de papeles y folletos. Joona avanza lentamente de costado, lleva la pistola en alto, el brazo estirado. Se mueve despacio, como si estuviera bajo el agua. El asaltante está escondido detrás de la puerta abierta de la caja fuerte con un cuchillo en la mano. De repente se encamina hacia él dando grandes zancadas. Joona le apunta con la pistola directamente al pecho y aprieta el gatillo.
—Le falla la pistola — explica Pollock—. Una bala se ha quedado encasquillada.
La imagen granulada parpadea. Joona se aparta hacia atrás mientras el hombre con el cuchillo avanza a toda prisa. Hay un silencio sepulcral. Joona libera el cargador, la pieza cae girando hasta el suelo. Busca uno nuevo, pero se da cuenta de que no tiene tiempo. Entonces sujeta la inservible pistola por el cañón, de modo que este queda alineado con su antebrazo.
—No lo entiendo — dice una mujer.
—Convierte la pistola en una tonfa — aclara Pollock.
—¿Qué?
—Es un tipo de porra que suele utilizar la policía de Estados Unidos. Tiene un mayor alcance e imprime más fuerza al golpe porque reduce la superficie de impacto.
El hombre con el cuchillo ya casi ha alcanzado a Joona. Da un paso largo. El filo del arma brilla de camino al torso de Joona. Tiene la otra mano levantada y con ella acompaña el movimiento del cuerpo. Joona no mira en ningún momento el cuchillo, sino que da un paso al frente y, al mismo tiempo, golpea a su atacante en línea recta. Con la boca del cañón le acierta en el cuello, justo debajo de la nuez.
El cuchillo cae al suelo y el hombre se desploma sobre sus rodillas, abre la boca, se lleva las manos a la garganta y, acto seguido, cae de bruces hacia delante.