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Madrugada del 8 de diciembre

Erik Maria Bark es arrancado repentinamente de su sueño cuando suena el teléfono. Antes de despertar del todo se oye a sí mismo decir con una sonrisa:

—Globos y serpentinas.

El corazón le palpita por el súbito despertar. Erik no sabe lo que ha querido decir con sus palabras, no tiene ni idea de lo que trataba el sueño.

Para no molestar a Simone, sale sigilosamente del dormitorio y cierra la puerta antes de contestar.

—Sí, soy Erik Maria Bark.

Un comisario de la policía judicial de nombre Joona Linna le pregunta si está lo suficientemente despierto como para asimilar una información importante. Mientras escucha al comisario, sus pensamientos todavía caen en el oscuro espacio vacío posterior al sueño.

—Me han dicho que es usted muy bueno en el tratamiento de traumas agudos —dice Joona Linna.

—Sí —responde Erik con brevedad.

Se toma un analgésico mientras escucha el relato. El comisario explica que necesita interrogar a un testigo. Un chico de quince años ha presenciado un doble asesinato. El problema es que el muchacho ha sido gravemente herido. Su estado es inestable, se encuentra inconsciente, en estado de shock. Durante la noche ha sido trasladado de la sección de neurología del hospital de Huddinge a la de neurocirugía del hospital universitario Karolinska de Solna.

—¿Quién es el médico responsable? —pregunta Erik.

—Daniella Richards.

—Es muy competente, estoy seguro de que ella puede...

—Es ella quien me ha pedido que lo llamara —lo interrumpe el comisario—. Necesita su ayuda urgentemente.

Erik vuelve al dormitorio para coger su ropa. La luz de una farola de la calle se filtra entre los dos estores. Simone está tumbada boca arriba y lo observa con una mirada extraña, vacía.

—No quería despertarte —dice él en voz baja.

—¿Quién era? —pregunta ella.

—Un policía..., un comisario, no he entendido cómo se llamaba.

—¿De qué se trata?

—Tengo que ir al Karolinska —contesta él—. Necesitan ayuda con un chico.

—Pero ¿qué hora es?

Ella mira el despertador y cierra los ojos. Erik observa que en sus hombros pecosos hay marcas de los pliegues de la sábana.

—Duérmete, Sixan —susurra él.

Luego saca su ropa al recibidor, enciende la lámpara del techo y se viste rápidamente. Una hoja de acero brillante relampaguea a su espalda. Erick se vuelve y ve que su hijo ha colgado los patines en la manija de la puerta de la calle para no olvidárselos. Pese a que tiene prisa, va al armario, saca el baúl y busca los protectores de los patines. Los coloca en las cuchillas afiladas, luego deja los patines sobre la alfombra del recibidor y sale del apartamento.

Son las tres de la madrugada del martes 8 de diciembre cuando Erik Maria Bark se sienta en su coche. La nieve cae lentamente del cielo negro. No hace nada de viento y los pesados copos se posan somnolientos sobre la calle vacía. Gira la llave en el contacto y la música empieza a sonar en suaves oleadas: Miles Davis, Kind of Blue.

Conduce el breve trayecto por la ciudad dormida, desde la calle Luntmakargatan, por Sveavägen, hasta Norrtull. El lago de Brunnsviken se adivina como una abertura grande, negra, tras la nieve que cae. Entra a poca velocidad en el área hospitalaria, entre el hospital Astrid Lindgren, falto de personal, y la maternidad, pasa por delante del edificio de radioterapia y psiquiatría, aparca en su plaza habitual, en el exterior de la clínica de neurocirugía, y sale del coche. El resplandor de las farolas se refleja en las ventanas del alto complejo. Solo hay unos pocos coches en el aparcamiento de visitantes. Los mirlos se mueven con alas crepitantes en la oscuridad que rodea los árboles. Erik se percata de que a esa hora no se oye el rumor de la autovía.

Introduce la tarjeta de acceso, marca el código de seis cifras y entra en el vestíbulo, sube en el ascensor hasta la quinta planta y recorre los pasillos. Los fluorescentes del techo brillan en el suelo de goma azul como el hielo en una zanja. Es entonces cuando nota el cansancio tras la repentina subida de adrenalina. El sueño era muy bueno, aún tiene un regusto feliz. Pasa frente a un quirófano, continúa ante las puertas de la enorme cámara hiperbárica, saluda a una enfermera y piensa una vez más en lo que le ha contado por teléfono el comisario de la judicial: un chico con varias hemorragias internas, tiene cortes por todo el cuerpo, suda profusamente, no quiere estar tumbado, está inquieto y tiene mucha sed. Hacen un intento de hablar con él, pero su estado empeora rápidamente. Su conciencia se hunde al mismo tiempo que el corazón se acelera y la médico responsable, Daniella Richards, toma la adecuada decisión de no permitir que el policía se acerque al paciente.

Dos agentes uniformados están de pie ante la puerta de la sección número 18. Erik tiene la impresión de que la preocupación aparece en sus caras cuando él se acerca. Quizá solo estén cansados, piensa cuando se detiene ante ellos y se identifica. Echan un vistazo rápido a la tarjeta, luego pulsan un botón y la puerta se abre con un zumbido.

Erik entra en la sala, le estrecha la mano a Daniella Richards y se da cuenta del gesto tenso en su boca, del estrés contenido en sus movimientos.

—Tómate un café —dice ella.

—¿Tenemos tiempo? —pregunta Erik.

—Tengo la hemorragia del hígado bajo control.

Un hombre de unos cuarenta y cinco años, vestido con unos vaqueros y una chaqueta negra, está de pie dando golpecitos a la máquina de café. Tiene el pelo rubio completamente revuelto, los labios serios, apretados. Erik piensa que quizá se trate de Magnus, el marido de Daniella. No lo ha visto nunca en persona, solo en la fotografía del despacho de ella.

—¿Es tu marido? —pregunta Erik señalando con un gesto.

—¿Qué? —dice ella entre divertida y sorprendida.

—Pensaba que quizá Magnus te habría acompañado.

—No —se ríe ella.

—¿Estás segura? Puedo preguntárselo —bromea Erik, y empieza a caminar hacia el hombre.

El teléfono de Daniella suena y ella lo abre riéndose.

—Erik, para ya —dice antes de llevarse el teléfono a la oreja, y contesta—: Sí, soy Daniella.

Escucha pero no oye nada.

—¿Hola?

Espera unos segundos y luego se despide irónicamente con el saludo hawaiano: «Aloha». A continuación cierra el teléfono y sigue a Erik.

Él se ha acercado al hombre rubio. La máquina del café emite zumbidos y silbidos.

—Tómese un café —dice el hombre, y le tiende un vaso a Erik.

—No, gracias.

El hombre prueba la bebida caliente, sonríe y se le forman unos pequeños hoyuelos en las mejillas.

—Está bueno —dice, e intenta volver a darle el vaso a Erik.

—No quiero.

El hombre bebe un poco más mientras lo observa.

—¿Le importaría prestarme su teléfono? —dice de repente—. Me he dejado el mío en el coche.

—¿Quiere que le deje mi teléfono? —pregunta Erik, muy serio.

El hombre rubio asiente con la cabeza y lo mira con sus ojos claros, grises como el granito pulido.

—Puede volver a usar el mío —dice Daniella.

—Gracias.

—De nada.

El hombre rubio coge el teléfono, lo mira y luego la mira a ella.

—Le prometo que se lo devolveré —asegura.

—Al fin y al cabo, solo lo usa usted —bromea ella.

Él se ríe y se aparta.

—Tiene que ser tu marido —dice Erik.

Ella sacude la cabeza sonriendo; se la ve muy cansada. Se ha restregado los ojos y el perfilador gris plateado se le ha corrido por el pómulo.

—¿Puedo pasar a ver al paciente? —pregunta Erik.

—Por favor —asiente ella.

—Ya que he venido... —se apresura a añadir él.

—Erik, quiero escuchar tu opinión, me siento insegura.

Ella abre la pesada puerta en silencio y él la sigue al interior de la cálida habitación anexa al quirófano. En la cama yace un chico delgado. Dos enfermeras le vendan las heridas. Tiene cientos de cortes y pinchazos por todo el cuerpo. En las plantas de los pies, en el pecho y en el vientre, en el cuello, en la coronilla, en la cara, en las manos.

Su pulso es débil pero muy rápido. Tiene los labios grises como el aluminio, está sudando y sus ojos están fuertemente cerrados. La nariz parece estar rota. Un hematoma se extiende como una nube oscura bajo la piel, desde el cuello hasta el pecho.

Erik nota que, pese a las heridas, el rostro del chico es hermoso.

Daniella explica en voz baja su evolución, cómo ha variado el estado del muchacho, cuando de repente se interrumpe al oír un golpecito. Es el hombre rubio otra vez. Los saluda con la mano tras el cristal de la puerta.

Erik y Daniella se miran y abandonan la habitación. El hombre rubio vuelve a estar junto a la sibilante máquina de café.

—Un capuchino largo —le dice a Erik—. Podría hacerte falta antes de ver al agente que encontró al chico.

Entonces Erik comprende que el hombre rubio es el comisario de la policía judicial que lo ha despertado hace menos de una hora. Su acento finlandés no era tan evidente por teléfono, o tal vez Erik estaba demasiado cansado para notarlo.

—¿Por qué iba a querer ver al agente que encontró al chico? —le pregunta.

—Para entender por qué necesito interrogar...

Joona se interrumpe cuando suena el teléfono de Daniella. Lo saca del bolsillo de su chaqueta, hace caso omiso de la mano tendida de ella y echa un vistazo a la pantalla.

—Probablemente es para mí —dice Joona, y contesta—: Sí... No, lo quiero aquí. Vale, pero eso me da igual.

El comisario sonríe cuando escucha las objeciones de su compañero por el teléfono.

—Pero me he dado cuenta de una cosa —contesta.

Su interlocutor grita algo.

—Lo hago a mi manera —replica Joona con voz calmada, y luego finaliza la llamada.

Le devuelve el teléfono a Daniella y le da las gracias en silencio.

—Tengo que interrogar al paciente —explica a continuación con seriedad.

—Lo siento —dice Erik—. Soy de la misma opinión que la doctora Richards.

—¿Cuándo podré hablar con él? —pregunta Joona.

—No mientras se encuentre en estado de shock.

—Sabía que iba a decir eso —dice Joona en voz baja.

—Su estado aún es crítico —explica Daniella—. La pleura está afectada, el intestino delgado también, el hígado y...

En la sala entra entonces un hombre con un uniforme de policía sucio. Su mirada es de preocupación. Joona le hace una seña, se le acerca y le da la mano. Dice algo en voz baja y el policía se pasa la mano por la boca mirando a los médicos. El comisario de la judicial le repite al agente que necesitan conocer los detalles; eso podría serles de gran ayuda.

—Bueno, en fin —comienza el policía, y carraspea ligeramente—. Nos dicen por radio que un limpiador ha encontrado a un hombre muerto en el baño del polideportivo de Tumba. Vamos en el coche por la carretera de Huddinge..., solo tenemos que girar por Dalvägen y subir hacia el lago. Janne, mi compañero, entra mientras yo hablo con el limpiador. Primero pensamos que se trata de una sobredosis, pero enseguida me doy cuenta de que no es así. Janne sale del vestuario muy pálido y parece que no quiere dejarme pasar. Dice tres veces «No hay más que sangre», se sienta en la escalera y...

El policía se interrumpe, se sienta en una silla y mira al vacío con la boca entreabierta.

—¿Puedes continuar? —pregunta Joona.

—Sí... La ambulancia llega al lugar, el muerto es identificado y se me encarga que hable con los familiares. Vamos un poco justos de personal, así que voy solo. Me manda mi jefa, dice más o menos que no quiere que Janne vaya en el estado en que se encuentra, y es comprensible...

Erik mira su reloj.

—Seguro que tiene tiempo para escuchar esto —le dice Joona con su tranquilo deje finlandés.

—El fallecido —continúa el policía con la mirada baja—era profesor en el instituto de Tumba y vivía en la nueva urbanización de casas unifamiliares que hay en lo alto de la colina. Nadie abre la puerta. Llamo varias veces. En fin, no sé por qué pero finalmente rodeo toda la hilera de casas e ilumino el interior con la linterna a través de una ventana.

El policía se calla, la boca le tiembla y empieza a arañar el reposabrazos de la silla.

—Sigue, por favor —le pide Joona.

—¿Es necesario? Porque yo..., yo...

—Encontraste al chico, a la madre y a una niñita de cinco años. El chico era el único que aún seguía con vida.

—Pero yo creía..., yo...

Se calla, está muy pálido.

—Gracias por venir, Erland —dice Joona.

El policía asiente con rapidez y se levanta de la silla, se pasa la mano confuso por la chaqueta sucia y se marcha de la sala.

—Los habían apuñalado a todos —continúa Joona—. Una locura... Presentaban graves lesiones, les habían propinado patadas, golpes, cuchilladas, y la niñita... estaba cortada en dos. La parte inferior del tronco y las piernas estaban en el sillón delante de la televisión y... —Se interrumpe y observa a Erik antes de continuar—. Parece que el asesino sabía que el padre de familia se encontraba en el polideportivo —explica Joona—. Había partido de fútbol, él era árbitro. El criminal esperó a que se quedara solo antes de matarlo, lo descuartizó..., lo descuartizó de un modo salvaje y luego fue a la casa para matar a los demás.

—¿Los hechos sucedieron en ese orden? —pregunta Erik.

—Así lo entiendo yo —contesta el comisario.

Erik nota que la mano le tiembla cuando se la pasa por la boca. Padre, madre, hijo, hija, piensa lentamente, y luego mira a Joona Linna.

—El asesino lo que pretendía era eliminar a la familia entera —constata Erik con voz débil.

Joona hace un gesto de duda.

—Eso es lo que... Pero falta uno de los hijos, la hermana mayor. Una chica de veintitrés años. No conseguimos dar con ella. No se encuentra en su piso de Sundbyberg, ni tampoco en casa de su novio. Creemos que es posible que el asesino vaya también a por ella, por eso necesitamos interrogar al testigo cuanto antes.

—Entraré a hacerle una exploración detallada —dice Erik.

—Gracias —asiente Joona.

—Pero no podemos poner en riesgo la vida del paciente con...

—Lo comprendo —lo interrumpe Joona—. Es solo que, cuanto más tiempo pase antes de que averigüemos algo con lo que trabajar, más tiempo tendrá el criminal para encontrar a la hija mayor.

—Quizá deberían investigar a fondo la escena del crimen —dice Daniella.

—Estamos en ello —contesta él.

—Vaya allí y métales prisa —insiste ella.

—De todas formas no dará ningún resultado —replica el comisario.

—¿Qué quiere decir?

—En ambos lugares encontraremos el ADN de cientos de personas.

Erik vuelve junto al paciente. Se queda de pie ante la cama, observa la palidez de su rostro, cubierto de heridas. La respiración pesada. El entumecimiento de los labios. Erik pronuncia su nombre y algo se tensa dolorosamente en la cara del chico.

—Josef —repite lentamente—. Me llamo Erik Maria Bark, soy médico y voy a examinarte. Puedes asentir si entiendes lo que digo.

El chico está completamente inmóvil, su vientre se sacude con inspiraciones cortas. Sin embargo, Erik está convencido de que ha entendido sus palabras, aunque el nivel de conciencia ha caído después y el contacto se ha perdido.

Cuando Erik sale de la habitación media hora más tarde, Daniella y el comisario de la policía judicial lo miran.

—¿Saldrá adelante? —pregunta Joona.

—Es demasiado pronto para decirlo, pero...

—El chico es nuestro único testigo —lo interrumpe el policía—. Alguien ha matado a sus padres y a su hermana pequeña, y probablemente esa misma persona esté yendo en este momento a por su hermana mayor.

—Lo sabemos —dice Daniella—, pero pensamos que quizá la policía debería dedicar su tiempo a buscarla en lugar de molestarnos a nosotros.

—Estamos buscando, pero el proceso es demasiado lento. Necesitamos hablar con el chico porque probablemente él viera a su atacante.

—Podrían pasar semanas antes de que podamos interrogarlo —interviene Erik—. No podemos sacudirlo para insuflarle vida y contarle que toda su familia está muerta.

—Pero bajo un estado de hipnosis... —dice Joona.

Se hace el silencio en la sala. Erik piensa en la nieve que caía sobre el lago de Brunnsviken de camino hacia allí, en cómo descendía revoloteando entre los árboles sobre el agua oscura.

—No —murmura para sí.

—¿La hipnosis no funcionaría?

—No sé nada de eso —replica Erik.

—Tengo muy buena memoria —dice Joona con una amplia sonrisa— y sé que es un hipnotista famoso. Usted podría...

—Yo era un incompetente —lo interrumpe Erik.

—Eso no es lo que tengo entendido —dice Joona—. Además, esta es una situación de emergencia.

Daniella se ruboriza y sonríe bajando la mirada.

—No puedo —repone Erik.

—En realidad, soy yo la responsable del paciente —dice Daniella en voz más alta—, y no me atrae especialmente la idea de permitir que se practique el hipnotismo con él.

—¿Y si supiera que no sería peligroso para el paciente? —pregunta Joona.

Erik se da cuenta de que el comisario de la judicial había pensado desde el principio en el hipnotismo como un posible atajo. Entiende que no se trata en absoluto de una ocurrencia repentina. Joona Linna le ha pedido que vaya al hospital para intentar convencerlo de que hipnotice al paciente, no porque sea un experto en el tratamiento de los estados de shock y los traumas agudos.

—Me prometí a mí mismo que no volvería a practicar el hipnotismo —dice Erik.

—Vale, lo comprendo —asiente Joona—. Me han dicho que era usted el mejor, pero estoy obligado a respetar su elección.

—Lo siento —dice Erik.

Mira al paciente a través de la ventana y luego se vuelve hacia Daniella.

—¿Le habéis dado desmopresina?

—No, pensaba posponer el tratamiento —contesta ella.

—¿Por qué?

—Por el riesgo de complicaciones tromboembólicas.

—He seguido el debate sobre el tema, pero personalmente no estoy de acuerdo. Yo le doy desmopresina a mi hijo a menudo —comenta Erik.

Joona se levanta de la silla.

—Le agradecería que me recomendara a otro hipnotista —dice.

—No sabemos siquiera si el paciente recuperará la conciencia —replica Daniella.

—Cuento con que...

—Tiene que estar consciente para que se lo pueda hipnotizar —concluye ella, y tensa un poco la boca.

—Estaba escuchando cuando Erik le ha hablado —dice Joona.

—No lo creo —masculla ella.

—Sí, la verdad es que me ha oído —interviene Erik.

—Podríamos salvar a su hermana... —continúa Joona.

—Me voy a casa —dice Erik en voz baja—. Dale desmopresina al paciente y evalúa la posibilidad de trasladarlo a la cámara hiperbárica.

Se marcha de la sala y se quita la bata de médico mientras recorre el pasillo y entra en el ascensor. En el vestíbulo hay algunas personas. Las puertas están abiertas y ve que el cielo ha empezado a clarear. Tras sacar el coche de su plaza de parking se estira para coger la cajita de madera que lleva en la guantera. Sin quitar la vista de la calzada, levanta la tapa, en la que se ve un papagayo y un indígena, saca tres pastillas y se las traga con rapidez. Tiene que conseguir dormir un par de horas esa mañana antes de despertar a Benjamin y administrarle su inyección.

cap-4

2

Martes 8 de diciembre, por la mañana

El comisario de la policía judicial Joona Linna pide una tostada grande de parmesano, bresaola y tomates secos en Il Caffè, el pequeño establecimiento donde sirven desayunos de la calle Bergsgatan. Es primera hora de la mañana y la cafetería acaba de abrir: a la chica que toma nota de su pedido aún no le ha dado tiempo de sacar los panes de las bolsas.

Tras inspeccionar el día anterior a última hora de la noche las escenas del crimen en Tumba, visitar a la víctima superviviente en el hospital Karolinska de Solna y hablar de madrugada con los dos médicos, Daniella Richards y Erik Maria Bark, Joona se fue a casa, a su piso de Fredhäll, donde durmió tres horas.

Mientras espera su desayuno, mira hacia el Palacio de Justicia a través del cristal empañado de la ventana y piensa en el pasadizo subterráneo que se extiende bajo el parque entre dicho edificio y la comisaría de policía. Le devuelven su tarjeta de crédito, coge prestado un bolígrafo enorme que hay sobre el mostrador de cristal, firma el recibo y sale del café.

El aguanieve cae profusamente del cielo mientras se apresura calle Bergsgatan arriba con su tostada caliente en una mano y la bolsa de deporte con el palo de bandy en la otra.

«Esta noche nos enfrentamos a los de investigación... Pobres de nosotros —piensa Joona—. Nos van a dar una paliza, tal y como han prometido.»

El equipo de bandy de la policía judicial pierde habitualmente contra la policía de Seguridad Ciudadana, la policía de tráfico, la policía marítima, las fuerzas de operaciones especiales, la policía antidisturbios y el servicio secreto. Pero eso les proporciona un motivo válido para quedar y consolarse luego en el pub.

«A los únicos a los que hemos ganado son los viejos del laboratorio», piensa Joona.

Mientras camina a lo largo de la fachada de la comisaría, por delante de la entrada principal, no tiene ni idea de que ese martes ni jugará al bandy ni irá al pub. Observa que alguien ha dibujado una esvástica en el cartel que señala la sala de vistas de los juzgados. Continúa a grandes pasos hacia la prisión de Kronoberg y ve que la alta valla se cierra sin hacer ruido detrás de un coche. Los copos de nieve se derriten en el gran cristal de la garita de vigilancia. Joona pasa frente a la piscina cubierta de la policía y cruza el césped hacia el muro del enorme complejo. Bajo el agua, la fachada parece hecha de cobre oscuro, bruñido, se dice. No hay bicicletas en la larga estructura pensada para estacionarlas junto a la sala de vistas, las banderas cuelgan mojadas a lo largo de ambas astas. Joona pasa medio corriendo entre dos bolardos de metal y, bajo el alto techo de cristal escarchado, golpea con los pies en el suelo para sacudirse el agua de los zapatos. Luego accede a través de las puertas de entrada de la Dirección General de Policía.

En Suecia, el Ministerio de Justicia es responsable de la estructura policial, pero carece de competencias para decidir cómo aplicar la ley. La autoridad administrativa central es la Dirección General de Policía. De ella dependen la Dirección General de Policía, la Dirección Nacional de Policía Judicial, el servicio secreto, la Escuela Superior de Policía y el Laboratorio Nacional de la Policía Científica.

La Dirección Nacional de Policía Judicial es el único cuerpo operativo central de Suecia con competencias para luchar contra la delincuencia más grave a nivel nacional e internacional. Joona Linna trabaja allí como comisario desde hace nueve años.

Joona recorre su pasillo, se quita el gorro junto al tablón de anuncios, pasea la mirada por los carteles sobre yoga, el de alguien que quiere vender una autocaravana, información del sindicato OFR/P y los cambios de horario del club de tiro.

El suelo, que se fregó el viernes anterior, está ya muy sucio. La puerta de Benny Rubin está entreabierta. El hombre, de unos sesenta años, bigote canoso y piel arrugada, destrozada de tomar el sol, formó parte del grupo Palme[1] durante algunos años, pero ahora se dedica al trabajo relacionado con la central de comunicaciones y la transición al nuevo sistema de radio, llamado Rakel. Está sentado ante el ordenador con un cigarrillo en la oreja, y escribe con una lentitud pasmosa.

—Tengo ojos en el cogote —dice de repente.

—Quizá eso explique por qué escribes tan mal —bromea Joona.

Se da cuenta de que el último hallazgo de Benny es un póster publicitario de la compañía aérea SAS: una mujer joven, un tanto exótica, de pie con un biquini minúsculo, que bebe un cóctel de frutas con una pajita. Benny se tomó como una provocación la prohibición de colgar calendarios con chicas ligeras de ropa, hasta tal punto que la mayoría pensó que presentaría su dimisión. En lugar de eso, sin embargo, lleva muchos años dedicado a una protesta silenciosa y obstinada. El primero de cada mes cambia la decoración de la pared. Nadie ha dicho que estén prohibidos los anuncios de compañías aéreas, imágenes de patinadoras sobre hielo con las piernas muy abiertas, posturas de yoga o anuncios de ropa interior de H&M. Joona recuerda un póster de la velocista Gail Devers con unos shorts ajustados, así como una atrevida litografía del artista Egon Schiele que representaba a una mujer pelirroja con un par de pololos sentada con las piernas abiertas.

Joona se detiene para saludar a su asistente y compañera Anja Larsson. Está sentada ante el ordenador con la boca medio abierta y su cara redonda muestra una expresión tan concentrada que opta por no molestarla. En lugar de eso, continúa hasta su despacho, cuelga el abrigo mojado tras la puerta, enciende la estrella de Navidad que cuelga de la ventana y repasa rápidamente su bandeja: un memorándum sobre el entorno laboral, una propuesta sobre bombillas de bajo consumo, una solicitud de la fiscalía y una invitación personal al bufet navideño del Skansen.[2] 

Luego sale de su despacho, entra en la sala de reuniones, se sienta en su sitio habitual, abre el paquete con la tostada y empieza a comer.

En la gran pizarra blanca que cuelga de la larga pared de la sala puede leerse: «Vestimenta, equipamiento de protección corporal, armas, gas lacrimógeno, equipos de comunicación, vehículos, otros recursos técnicos, canales, señales de radio, opciones de vigilancia, silencio radiofónico, códigos, pruebas de conexión».

Petter Näslund se detiene en el pasillo, sonríe complacido y se apoya contra el marco de la puerta, dando la espalda a la sala de reuniones. Petter es un hombre musculoso y calvo de unos treinta y cinco años, comisario con funciones especiales, lo que lo convierte en el superior más directo de Joona. Lleva varios años flirteando con Magdalena Ronander sin percatarse de sus miradas molestas y sus constantes intentos de pasar a un tono más profesional. Magdalena es inspectora en el Departamento de Investigación desde hace cuatro años, y tiene como objetivo finalizar sus estudios de derecho antes de cumplir los treinta.

Petter baja la voz y le pregunta a Magdalena qué arma reglamentaria prefiere utilizar ella, y con qué frecuencia cambia de pistola porque las estrías se le han desgastado. Como si no se diera cuenta del doble sentido, ella le explica que lleva un cálculo meticuloso de los disparos realizados.

—Pero te gustan bien grandes, ¿no? —dice Petter.

—No, yo uso una Glock 17 —contesta ella—, porque acepta muchas de las municiones de nueve milímetros reglamentarias.

—¿No usas checas?...

—Sí, aunque... mejor la m39B —dice ella.

Los dos entran en la sala de reuniones, se sientan en sus sitios y saludan a Joona.

—Además, la Glock tiene la salida de los gases de la pólvora a un lado del punto de mira —continúa ella—. El retroceso se reduce un montón y así puedes realizar el siguiente disparo con mayor rapidez.

—¿Qué opina el Mumin?[3] —pregunta Petter.

Joona sonríe levemente y sus ojos gris claro se vuelven traslúcidos como el hielo cuando contesta con su cantarín acento finlandés:

—Que no tiene ninguna importancia; son cosas totalmente diferentes las que resultan decisivas.

—Entonces no necesitas saber disparar —se ríe Petter.

—Joona es un buen tirador —dice Magdalena Ronander.

—Él es bueno en todo —suspira Petter.

Magdalena lo ignora y se vuelve hacia Joona.

—La mayor ventaja de la Glock compensada es que los gases de la pólvora no se ven salir del cañón cuando está oscuro.

—Efectivamente —asiente Joona en voz baja.

Ella parece estar contenta mientras abre su cartera de piel negra y empieza a hojear sus papeles. Benny entra, se sienta, mira a todos los presentes, golpea con fuerza el tablero de la mesa con la palma de la mano y luego sonríe ampliamente cuando Magdalena Ronander le lanza una mirada irritada.

—He cogido el caso de Tumba —dice Joona.

—¿Qué caso? —pregunta Petter.

—El de una familia entera que ha sido asesinada a cuchilladas.

—No tiene nada que ver con nosotros —replica Petter.

—Creo que podría tratarse de un asesino en serie, o al menos...

—Venga ya —lo interrumpe Benny, mira a Joona a los ojos y vuelve a golpear la mesa con la palma de la mano.

—Ha sido solo un ajuste de cuentas —continúa Petter—. Préstamos, deudas, juego... El hombre era conocido en el hipódromo de Solvalla.

—Un ludópata —confirma Benny.

—Le habían prestado dinero en círculos delictivos locales y tuvo que pagar por ello —concluye Petter.

Se hace el silencio. Joona bebe un poco de agua, coge algunas migas de la tostada y se las lleva a la boca.

—Tengo un presentimiento acerca de este caso —dice luego a media voz.

—Entonces pide el traslado. —Petter sonríe—. Esto no es para la judicial.

—Yo creo que sí.

—Tendrás que trasladarte a Seguridad Ciudadana de Tumba si quieres el caso —dice Petter.

—Pienso investigar esos asesinatos —insiste Joona, obstinado.

—Soy yo el que decide esas cosas —replica Petter.

Yngve Svensson entra entonces y se sienta. Lleva el pelo engominado y peinado hacia atrás, luce unas grandes ojeras de color azulado, barba rojiza de dos días y, como de costumbre, viste un traje negro arrugado.

—Yngwie —dice Benny con satisfacción.

Yngve Svensson es uno de los principales expertos en crimen organizado del país, es responsable de la sección de análisis y pertenece a la unidad internacional de cooperación policial.

—Yngve, ¿qué opinas tú de lo de Tumba? —pregunta Petter—. Lo acabas de ver, ¿verdad?

—Sí, y parece ser algo local. El cobrador va a la casa. El padre debería haber estado allí a esas horas, pero resulta que está haciendo una sustitución como árbitro en un partido de fútbol. El cobrador probablemente se ha metido speed y Rohypnol, está desequilibrado, nervioso, y algo lo provoca. Entonces ataca a la familia con un cuchillo de caza para que le digan dónde está el hombre; seguramente le cuentan la verdad, pero se le cruzan los cables y los mata a todos antes de marcharse al polideportivo.

Petter sonríe con desdén, bebe un par de tragos largos de agua, eructa tapándose la boca con la mano, mira a Joona y pregunta:

—¿Qué dices a esa explicación?

—Que sería buena si no estuviera totalmente equivocada —contesta él.

—¿Qué es lo que está equivocado? —inquiere Yngve.

—El asesino mató primero al hombre en el campo de fútbol —contesta Joona tranquilamente—. Luego fue a la casa y mató a los demás.

—Entonces, difícilmente podría ser un ajuste de cuentas —interviene Magdalena Ronander.

—Ya veremos qué dice la autopsia —masculla Yngve.

—Dirá que tengo razón —replica Joona.

—Idiota —le espeta Yngve, y se mete un par de pastillas de tabaco bajo la lengua.

—Joona, no voy a darte este caso —dice Petter.

—Lo comprendo —suspira él, y se levanta de la mesa.

—¿Adónde vas? Estamos en una reunión —dice Petter.

—Tengo que hablar con Carlos.

—No sobre esto.

—Sí —contesta Joona, y sale de la habitación.

—Quédate —lo llama Petter—. De lo contrario, tendré que...

Joona no oye con qué lo amenaza, tan solo cierra la puerta tranquilamente tras de sí, continúa por el pasillo y saluda a Anja, que lo mira con gesto inquisitivo por encima de la pantalla del ordenador.

—¿No estabas reunido? —pregunta ella.

—Sí —contesta él, y continúa hasta el ascensor.

En la quinta planta están la sala de juntas de la Dirección General de Policía y la secretaría, y allí se encuentra también Carlos Eliasson, jefe de la Dirección Nacional de Policía Judicial. La puerta está entreabierta, pero como de costumbre está más cerrada que abierta.

—Pasa, pasa —dice Carlos.

Cuando Joona entra, el rostro de Carlos muestra una expresión tanto de preocupación como de alegría.

—Iba a dar de comer a mis chiquitines —dice, y da unos golpecitos en el borde del acuario.

Mira sonriente los peces que nadan hacia la superficie y luego espolvorea un poco de comida sobre el agua.

—Ahí tienes un poquito —murmura.

Carlos señala la comida al pez más pequeño, Nikita, y luego se vuelve y dice amablemente:

—El Departamento de Homicidios ha preguntado si podías echar un vistazo al asesinato de Dalarna.

—Eso pueden resolverlo ellos solos —dice Joona.

—Pues ellos no parecen pensar lo mismo: Tommy Kofoed ha estado aquí para intentarlo...

—No tengo tiempo —lo interrumpe Joona.

Se sienta enfrente de Carlos. El despacho huele bien, a cuero y madera. El sol entra jugueteando a través del acuario.

—Quiero encargarme del caso de Tumba —suelta Joona sin rodeos.

Una expresión preocupada domina por un instante el rostro arrugado y cálido de Carlos.

—Petter Näslund me ha llamado hace un segundo; tiene razón, esto no es asunto de la policía judicial —dice con precaución.

—Yo creo que sí —se empeña Joona.

—Solo si el ajuste de cuentas tiene relación con el crimen organizado, Joona.

—No ha sido un ajuste de cuentas.

—¿No?

—El asesino atacó primero al padre —afirma Joona—. A continuación fue a la casa para seguir con la familia. Quería matarlos a todos. Encontrará a la hija mayor y encontrará también al chico, si es que sobrevive.

Carlos dirige una rápida mirada a su acuario, como si tuviera miedo de que los peces hayan podido oír algo desagradable.

—Ah —dice, escéptico—. ¿Cómo lo sabes?

—Porque las pisadas sobre la sangre eran más cortas en la casa.

—¿Qué quieres decir?

Joona se inclina hacia delante.

—Había huellas de pisadas por todos los lados —dice—; no las medí, pero tuve la sensación de que los pasos del vestuario eran..., bueno, más ágiles, y los de la casa, más cansados.

—Ya estamos... —dice Carlos, agotado—. Ya la estás liando otra vez.

—Pero tengo razón —contesta Joona.

Carlos niega con la cabeza.

—No creo que la tengas esta vez.

—Sí que la tengo.

Carlos se vuelve de nuevo hacia los peces.

—Este Joona Linna es la persona más testaruda que he conocido nunca —dice.

—¿Por qué debo echarme atrás cuando sé que tengo razón?

—No puedo pasar por encima de Petter y asignarte el caso sobre la base de un presentimiento —explica Carlos.

—Sí puedes.

—Todos creen que se trata de un ajuste de cuentas por deudas de juego.

—¿Tú también? —pregunta Joona.

—La verdad es que sí.

—Las huellas eran más ágiles en el vestuario porque el asesino mató primero al hombre —insiste Joona.

—No te rindes nunca, ¿verdad?

Joona se encoge de hombros y sonríe.

—Es mejor que llame directamente al instituto forense —masculla Carlos, y coge el teléfono.

—Dirán que tengo razón —replica el comisario con la mirada baja.

Joona Linna es consciente de que es una persona testaruda, y sabe que necesita de su testarudez para avanzar. Quizá todo empezó con su padre, Yrjö Linna, que era patrullero en el distrito policial de Märsta. En una ocasión se encontraba en el camino antiguo de Uppsala, al norte del hospital Löwenströmska, cuando la central recibió un aviso y lo mandaron a la calle Hammarbyvägen, en Upplands Väsby. Al parecer, un vecino había llamado a la policía para denunciar que estaban pegando otra vez a los hijos de Olsson. Suecia había sido el primer país del mundo en prohibir el castigo físico a los niños, en el año 1979, y la policía había recibido instrucciones de que se tomaran en serio la nueva ley. Yrjö Linna entró en el patio del bloque de pisos con el coche y estacionó delante del portal. Esperó a su compañero, Jonny Andersen, pero al ver que no aparecía lo llamó pasados unos minutos. Resultó que Jonny estaba en la cola del puesto de salchichas De Mamá, y le dijo que, en su opinión, un hombre debía demostrar a veces quién mandaba en casa. Yrjö Linna era un tipo callado. Sabía que el reglamento exigía que acudieran dos agentes a las intervenciones de ese tipo, pero no insistió; no dijo nada pese a ser consciente de que tenía derecho a solicitar refuerzos. No quería dar la lata, no quería parecer cobarde y no podía esperar, así que subió la escalera hasta el tercer piso y llamó a la puerta. Le abrió una niña de ojos asustados. Él le pidió que se quedara en el rellano, pero ella negó con la cabeza y corrió hacia el interior del piso. El policía la siguió, entró en el salón y vio que la pequeña golpeaba la puerta del balcón. Yrjö descubrió entonces que fuera había un niñito que solo llevaba puesto un pañal; aparentaba dos años. Se apresuró a cruzar la habitación para socorrer al pequeño, pero se percató demasiado tarde de la presencia del borracho. Estaba tranquilamente sentado en el sofá, tras la puerta, con la cara vuelta hacia el balcón. Yrjö tenía que usar las dos manos para quitar el pestillo y girar el picaporte, pero se detuvo al oír el clic de la escopeta de postas. Treinta y seis perdigones de plomo le atravesaron la columna vertebral y lo mataron casi instantáneamente.

Joona, que por aquel entonces tenía once años, se trasladó con Ritva, su madre, de la luminosa casa en Märsta Centrum al piso de dos dormitorios de su tía materna en Fredhäll, en Estocolmo. Tras terminar la escuela primaria y pasar tres años en el instituto de bachillerato de Kungsholmen, solicitó el ingreso en la Escuela Superior de Policía. Todavía piensa con frecuencia en su grupo de amigos, en los paseos por las grandes extensiones de hierba, la tranquilidad previa al período de prácticas y los primeros años tras licenciarse como policía. Durante todos estos años, a Joona Linna le han caído sus buenas dosis de trabajo de oficina; ha colaborado en los planes de igualdad y trabajo sindical; ha hecho de guardia de tráfico en el maratón de Estocolmo y en cientos de accidentes; se ha sentido avergonzado cuando los gamberros se han metido con sus colegas femeninas cantando a voz en grito en los vagones del metro: «Mujer policía, ¿qué haces con esa porra? ¡Para adentro y para afuera!»; ha encontrado heroinómanos muertos con heridas necrosadas; ha mantenido conversaciones con numerosos rateros; ha ayudado al personal de las ambulancias con borrachos que vomitaban; ha hablado con prostitutas temblorosas por el síndrome de abstinencia, enfermas de sida, asustadas; ha visto a cientos de hombres que habían maltratado a sus esposas y a sus hijos, siempre con el mismo patrón, borrachos pero con control, con la radio a todo volumen y las persianas bajadas; ha parado a conductores por exceso de velocidad y a otros que iban bebidos; se ha incautado de armas, drogas y alcohol de fabricación casera. Una vez, cuando estaba de baja por un pinzamiento vertebral y había salido a dar un paseo para no entumecerse, vio que un cabeza rapada agarraba del pecho a una mujer musulmana en el exterior de la escuela de Klastorp. A pesar del dolor de espalda, corrió tras el neonazi a lo largo de la orilla del lago, a través de todo el parque, pasó de largo Smedsudden, subió por el puente Västerbron, cruzó el lago y la isla de Långholmen hasta la de Södermalm y lo atrapó en los semáforos de la calle Högalidsgatan.

Sin un verdadero deseo de hacer carrera, Joona Linna ha ascendido en el escalafón. Le gustan las misiones cualificadas y nunca se rinde. Lleva en su distintivo de rango una corona y dos galones de hojas de roble, pero le falta el cordón cuadrado por servicios especiales. Sencillamente no le interesa la jefatura y se niega a ingresar en el Departamento Nacional de Homicidios.

En esta mañana de diciembre, Joona sigue aún sentado en el despacho del jefe de la policía judicial. Aún no siente el cansancio tras la larga noche en Tumba y el hospital Karolinska mientras escucha hablar a Carlos Eliasson con el director adjunto del instituto forense de Estocolmo, el profesor Nils Åhlén, más conocido como Nålen.

—No, solo necesito saber cuál es la primera escena del crimen —dice Carlos, y luego escucha durante un rato—. Lo comprendo, lo comprendo... Pero, por el momento, ¿cuál es tu impresión?

Joona se reclina en el respaldo del asiento, se rasca la cabeza —lleva el pelo rubio revuelto— y observa cómo el jefe de la judicial enrojece cada vez más. Carlos escucha la voz monótona de Nålen y, en lugar de responder, solo asiente y luego cuelga sin despedirse.

—Ellos..., ellos...

—Ellos han constatado que mataron primero al padre —Joona termina la frase por él.

Carlos asiente.

—¿Qué te había dicho? —dice Joona, sonriente.

Carlos baja la mirada y carraspea.

—Vale, a partir de ahora estás al mando de la investigación —dice—. El caso de Tumba es tuyo.

—Un momento... —contesta Joona, serio.

—¿Cómo que un momento?

—Primero quiero oír una cosa. ¿Quién es el que tenía razón? ¿Tú o yo?

—¡Tú! —grita Carlos—. Por Dios, Joona, ¿qué te pasa? ¡Tenías razón como siempre!

Joona se cubre la boca con la mano para que su jefe no vea que está sonriendo, y se levanta.

—Ahora tengo que interrogar a mi testigo antes de que sea demasiado tarde.

—¿Vas a interrogar al chico? —pregunta Carlos.

—Sí.

—¿Has hablado con el fiscal?

—No tengo intención de transferirles las diligencias mientras no tenga un sospechoso —dice Joona.

—No, no quería decir eso —contesta Carlos—. Tan solo que, en mi opinión, es buena idea que el fiscal tome parte si vas a hablar con un chico que se encuentra en un estado tan grave.

—Vale, lo que dices es sensato, como siempre. Llamaré a Jens —conviene Joona, y se marcha.

cap-5

3

Martes 8 de diciembre, última hora de la mañana

Tras la conversación con el jefe de la policía judicial, Joona Linna se sienta en su coche para conducir el corto trayecto hasta el instituto forense de Estocolmo, en el recinto del Karolinska. Gira la llave del contacto, mete primera y sale lentamente del aparcamiento.

Antes de llamar a Jens Svanehjälm, el fiscal jefe, tiene que repasar lo que ha averiguado hasta el momento del caso de Tumba. La carpeta en la que ha guardado sus notas sobre la investigación está en el asiento del copiloto. Conduce hacia Sankt Eriksplan e intenta recordar lo que ya ha comunicado a la fiscalía sobre la investigación inicial de la escena del crimen y lo que contenían las notas de la conversación de la noche anterior con los servicios sociales.

Joona cruza el puente, ve el pálido palacio de Karlberg a la izquierda y recuerda las objeciones que pusieron ambos médicos por los riesgos de interrogar a un paciente que se encuentra en un estado tan grave. Decide entonces repasar las últimas doce horas una vez más.

Karim Muhammed llegó a Suecia como refugiado desde Irán. Era periodista y fue encarcelado cuando Ruhollah Jomeini volvió al país. Tras ocho años en la cárcel, consiguió escapar por la frontera con Turquía y continuó hacia Alemania y hasta Trelleborg. Karim Muhammed lleva casi dos años empleado por Jasmin Jabir, que es propietario de la sociedad Limpiezas Johansson, con sede social en la calle Alice Tegnér, número 9, de Tullinge. El ayuntamiento de Botkyrka concedió a la empresa la limpieza de los colegios Tullingebergsskolan, Vistaskolan, Broängsskolan, la piscina Storvretsbadet, el instituto y el polideportivo de Tumba y los vestuarios del Rödstuhage.

Karim Muhammed llegó al polideportivo Rödstuhage a las 20.50 horas del día anterior, lunes 7 de diciembre. Era su último servicio esa tarde. Estacionó su furgoneta Volkswagen en el aparcamiento, no lejos de un Toyota rojo. Los focos en las altas torretas que rodean el campo de fútbol estaban apagados, pero la luz del vestuario aún permanecía encendida. Abrió las puertas traseras de la furgoneta, bajó la rampa, subió al vehículo y soltó las sujeciones del carro de limpieza más pequeño.

Cuando llegó al edificio de madera bajo e intentó girar la llave en la cerradura de la puerta del vestuario de hombres, notó que no estaba echada. Llamó con los nudillos, no obtuvo respuesta y abrió. Tras sujetar la puerta con una cuña de plástico descubrió la sangre en el suelo. Entró, vio al hombre muerto, volvió a la furgoneta y llamó a emergencias.

La central se puso en contacto con un coche patrulla que estaba en la carretera de Huddinge, no lejos de la estación de cercanías de Tumba, y dos asistentes de policía, Jan Eriksson y Erland Björkander, fueron enviados al polideportivo.

Mientras Erland Björkander se encargaba del relato de Karim Muhammed, Jan Eriksson entró en el vestuario. A Eriksson le pareció oír que la víctima decía algo, creyó que aún vivía, y se apresuró a llegar hasta él. Cuando el policía dio media vuelta al cuerpo del hombre comprendió que era imposible: presentaba gravísimas lesiones, le faltaba el brazo derecho y tenía el pecho tan lacerado que parecía un cuenco lleno de una masa sanguinolenta. Llegó la ambulancia y, poco después, la inspectora de policía Lillemor Blom. La víctima fue identificada sin problemas como Anders Ek, profesor de física y química en el instituto de bachillerato de Tumba, casado con Katja Ek, empleada en la biblioteca central de Huddinge. Vivían en un adosado en el número 8 de Gärdesvägen con sus hijos, Lisa y Josef.

Como era tarde, la inspectora Lillemor Blom pidió al agente Erland Björkander que hablara con la familia de la víctima; mientras tanto, ella se encargaría personalmente del informe de Jan Eriksson y de acordonar la escena del crimen.

Erland Björkander llegó a la casa de Tumba, aparcó y llamó a la puerta. Como no abrían, rodeó la hilera de adosados para ir a la parte de atrás, encendió la linterna e iluminó el interior de la casa. Lo primero que vio fue un gran charco de sangre en la moqueta del dormitorio, marcas en el suelo, como si hubieran arrastrado a alguien a través del umbral, y un par de gafas de niño. Sin pedir refuerzos, Erland forzó la puerta de la terraza y entró con el arma en ristre. Registró la casa y encontró a las tres víctimas, solicitó inmediatamente que acudieran al lugar más agentes de policía y también una ambulancia, y no se dio cuenta en absoluto de que el chico aún seguía con vida. Accidentalmente, Björkander hizo la llamada a través de un canal que cubría toda el área de Estocolmo.

Eran las 22.10 cuando Joona Linna conducía su coche por la carretera de Drottningsholm y oyó la conmocionada llamada. Un asistente de policía llamado Erland Björkander gritaba que los niños habían sido masacrados, que estaba solo en la casa, que la madre estaba muerta, que todos estaban muertos. Un rato más tarde estaba frente al adosado, ya más calmado, mientras explicaba que la inspectora Lillemor Blom lo había enviado solo a la casa de Gärdesvägen. Björkander se interrumpió entonces bruscamente, masculló que se había equivocado de canal y cortó la comunicación.

En el coche de Joona se hizo el silencio. Los limpiaparabrisas quitaban las gotas de agua del cristal. Mientras circulaba lentamente por Kristineberg pensó en su padre, que no había tenido refuerzo alguno.

Joona detuvo el vehículo en el arcén, junto al colegio Stefanskolan, irritado por la falta de superiores en Tumba. Ningún agente debería hacer una intervención de esa clase por su cuenta. Suspiró, cogió el teléfono y pidió que le pasaran con Lillemor Blom.

La inspectora Blom ingresó en la Escuela Superior de Policía el mismo año que Joona, y se casó tras el período de prácticas con un compañero de la unidad de investigación llamado Jerker Lindkvist. Dos años más tarde tuvieron un hijo al que llamaron Dante. Jerker nunca cogió la baja remunerada por paternidad, pese a estar establecida por la ley, y su decisión tuvo como consecuencia una pérdida económica para la familia y un considerable retraso en la carrera de Lillemor. Luego Jerker la dejó por una agente de policía más joven que acababa de terminar su formación. Joona se enteró posteriormente de que el tipo ni siquiera va a ver a su hijo cada quince días.

El comisario se presentó brevemente cuando Lillemor contestó al teléfono. Aligeró las frases de cortesía y explicó después lo que había oído por la radio.

—Tenemos poca gente, Joona —explicó ella—. La verdad es que evalué la situación...

—Pues tu evaluación fue desastrosa —la interrumpió él.

—No me estás escuchando —repuso ella.

—Ya, pero...

—¡Pues escúchame!

—Ni siquiera a Jerker puedes mandarlo solo a la escena de un crimen —continuó Joona.

—¿Has terminado?

Tras un breve silencio, Lillemor Blom le explicó que Erland Björkander solo tenía órdenes de informar a la familia de la muerte de Anders Ek, y que tomó por su cuenta la decisión de forzar la puerta trasera del adosado. Joona le dijo entonces que había hecho lo correcto, se disculpó varias veces y preguntó, más que nada por cortesía, qué era lo que había sucedido en Tumba.

Lillemor le repitió el informe del agente Björkander sobre los cuchillos y los cubiertos que estaban tirados en el suelo de la cocina, manchados de sangre, las gafas de la niña, las huellas, los rastros de sangre y la ubicación en la casa de los cadáveres y las distintas partes de los cuerpos mutilados. Luego le contó que Anders Ek, que ella supuso que era la última víctima, era conocido de los servicios sociales por su ludopatía. Había hecho una reestructuración de deudas, pero al mismo tiempo había obtenido préstamos de delincuentes importantes del municipio. Un cobrador había atacado a su familia para atraparlo. Lillemor describió el cuerpo mutilado de Anders Ek en el vestuario y añadió que habían encontrado el cuchillo de caza y un brazo cortado en la ducha. Le refirió lo que sabía de la familia en la casa y explicó que al hijo lo habían llevado al hospital de Huddinge. Repitió varias veces que andaban faltos de personal y dijo que la investigación de la escena del crimen tendría que esperar.

—Me pasaré por allí —comentó entonces Joona.

—¿Por qué? —preguntó ella, sorprendida.

—Quiero echar un vistazo.

—¿Ahora?

—Sí —contestó él.

—Genial —dijo ella con un tono que le hizo pensar que lo decía en serio.

Joona no comprendió inmediatamente qué era lo que había atrapado su interés por el caso. En primera instancia no se trataba de la gravedad del crimen, sino de algo que no encajaba al cotejar la información que había recibido con las conclusiones que se habían sacado.

Después de visitar ambas escenas del crimen, el vestuario del polideportivo de Rödstuhage y la casa unifamiliar de Gärdesvägen, en Tumba, tuvo la seguridad de que su impresión inicial se podía relacionar con observaciones concretas. Por supuesto, no se trataba de pruebas, pero las apreciaciones eran tan destacadas que no podía pasarlas por alto. Estaba convencido de que el padre había sido asesinado antes de que atacaran al resto de la familia. Para empezar, las pisadas sobre la sangre del suelo del vestuario parecían más vigorosas, más enérgicas, en comparación con las del adosado. Por otra parte, el cuchillo de caza que estaba en la ducha del polideportivo tenía la punta rota, lo que explicaría los cubiertos esparcidos por el suelo de la cocina de la casa: el asesino sencillamente había buscado una nueva arma.

Joona pidió a un médico internista del hospital de Huddinge que lo ayudara como experto mientras esperaban a los forenses y a los técnicos del Laboratorio Nacional de la Policía Científica. Realizaron una inspección inicial de la escena del crimen en el adosado y luego el comisario habló con el instituto forense de Estocolmo y solicitó una autopsia completa de los cadáveres.

Lillemor Blom estaba fumando de pie junto a un armario de contadores situado junto a una farola cuando Joona salió del adosado. Hacía mucho tiempo que no sentía semejante desazón. Se habían ensañado especialmente con la niñita.

Un técnico forense ya estaba de camino. Joona pasó por encima del precinto ondeante de plástico azul y blanco que acordonaba la zona y continuó avanzando hasta llegar junto a Lillemor.

Hacía viento y estaba oscuro. De vez en cuando, algunos copos de nieve secos les azotaban la cara. Lillemor era una mujer hermosa, aunque su aspecto era algo descuidado. Su rostro estaba en la actualidad lleno de arrugas de cansancio y se maquillaba en exceso, pero a Joona siempre le había parecido atractiva, con su nariz recta, sus pómulos altos y sus ojos rasgados.

—¿Habéis empezado ya las diligencias? —preguntó él.

Ella negó con la cabeza y exhaló el humo de su cigarrillo.

—Yo lo haré —dijo él.

—Entonces me voy a casa a dormir.

—Eso suena bien. —Él sonrió.

—Acompáñame —bromeó ella.

—Comprobaré si se puede hablar con el chico.

—Precisamente he llamado al laboratorio de la científica en Linköping para que se pongan en contacto con el hospital de Huddinge.

—Joder..., genial.

Lillemor tiró el cigarrillo en la cuesta y pisó la colilla.

—En realidad, ¿qué tiene que ver la judicial con este caso? —preguntó ella, y desvió la mirada hacia su coche.

—Eso ya lo veremos —masculló Joona.

Volvió a pensar que el móvil de los asesinatos no había sido un intento de cobrar deudas de juego: sencillamente, no cuadraba. Alguien quería eliminar a la familia entera, pero las motivaciones que había tras ese deseo estaban aún ocultas.

Cuando Joona montó de nuevo en su coche, llamó al hospital de Huddinge, donde le informaron de que el paciente había sido trasladado a la sección de neurocirugía del hospital Karolinska de Solna. Dijeron que su estado había empeorado una hora después de que los técnicos de la científica de Linköping hubieron encargado que un médico le tomara muestras biológicas.

Era plena noche cuando Joona empezó a conducir de vuelta a Estocolmo. En la carretera de Södertälje llamó a los servicios sociales para iniciar la colaboración relacionada con los interrogatorios previstos dentro del marco de las diligencias. Le pasaron con una persona de apoyo a los testigos que estaba de guardia llamada Susanne Granat; le refirió las circunstancias especiales y le pidió poder llamarla de nuevo cuando conociera con exactitud cuál era el estado del paciente.

A las 2.05 de la madrugada, Joona estaba en la sección de cuidados intensivos de neurocirugía del hospital Karolinska. Quince minutos después tuvo ocasión de hablar con la médico responsable, Daniella Richards, quien le explicó que, aunque el chico sobreviviera a las lesiones, seguramente no podría ser interrogado hasta dentro de varias semanas.

—Se encuentra en estado de shock —le dijo la doctora.

—¿Qué implica eso?

—Ha perdido mucha sangre; el corazón intenta compensar eso y su ritmo se acelera.

—¿Han conseguido detener las hemorragias?

—Creo que sí; así lo espero, vamos. Le estamos suministrando sangre todo el tiempo, pero la falta de oxígeno en el organismo hace que no puedan eliminarse las sustancias de desecho, la sangre se vuelve más ácida y puede dañar el corazón, los pulmones, el hígado, los riñones...

—¿Está consciente?

—No.

—¿Se podría hacer algo si tuviera que hablar con él? —quiso saber Joona.

—El único que posiblemente podría acelerar la recuperación del chico es Erik Maria Bark.

—¿El hipnotista? —preguntó Joona.

Ella sonrió abiertamente y sus mejillas se ruborizaron.

—No lo llame así si quiere que lo ayude —dijo a continuación—. Es nuestro mejor experto en el tratamiento de estados de shock y traumas.

—¿Hay algún problema si le pido que venga?

—Al contrario, yo también lo había pensado.

Joona buscó su teléfono en los bolsillos, se dio cuenta de que se lo había dejado en el coche y le pidió a Daniella Richards que le prestara el suyo. Tras relatar las circunstancias a Erik Maria Bark, volvió a llamar a Susanne Granat, de servicios sociales, y le explicó que esperaba poder hablar pronto con Josef Ek. Susanne Granat le contó entonces que la familia se encontraba en sus archivos, que el padre era adicto al juego y que habían tenido contacto con la hija hacía tres años.

—¿La hija? —preguntó Joona, escéptico.

—La hija mayor, Evelyn —explicó Susanne.

cap-6

4

Martes 8 de diciembre, por la mañana

Erik Maria Bark acaba de llegar a casa tras su visita nocturna al hospital Karolinska, donde ha conocido al comisario de la policía judicial Joona Linna. A Erik le ha caído bien, pese a que ha intentado hacerle romper su promesa de que no volvería a practicar el hipnotismo. Quizá ha sido la sincera y abierta preocupación que el comisario ha mostrado por la hija mayor de la familia asesinada lo que ha hecho que le resultara tan simpático. Probablemente en ese momento alguien estuviera dando caza a la chica.

Erik entra en el dormitorio y observa a su esposa Simone, que está en la cama. Se siente muy cansado, las pastillas han empezado a hacer efecto, nota los ojos sensibles y pesados, el sueño está llegando. La luz se posa sobre Simone como una luna de cristal rayado. Ha pasado casi una noche entera desde que la dejó para examinar al chico herido. Simone ha ocupado toda la cama. Su cuerpo está pesado. El edredón está a los pies, el camisón se le ha subido hasta la cintura. Descansa relajada boca abajo. Tiene la piel erizada en brazos y hombros. Erik le echa cuidadosamente el edredón por encima. Ella dice algo con voz débil y se acurruca. Él se sienta, le acaricia el tobillo y ve que los dedos de los pies reaccionan, se mueven.

—Voy a darme una ducha —dice él, y se echa hacia atrás.

—¿Cómo se llamaba el policía? —pregunta ella balbuceante.

Pero antes de que le dé tiempo a contestar, Erik se encuentra en el parque Observatorielunden. Está excavando en la arena del área de juegos y encuentra una piedra amarilla, redonda como un huevo, grande como una calabaza. Pasa las manos por encima de ella e intuye un relieve en el lateral, una hilera de dientes punzantes. Cuando da la vuelta a la pesada piedra ve que es el cráneo de un dinosaurio.

—Vete a la mierda —grita Simone.

Él da un respingo y se da cuenta de que se ha quedado dormido y ha empezado a soñar. Las fuertes tabletas han hecho efecto y se ha quedado traspuesto en mitad de la conversación. Intenta sonreír y busca la mirada fría de Simone.

—Sixan..., ¿qué pasa?

—¿Ya estamos otra vez? —pregunta ella.

—¿Qué?

—¡Qué! —repite Simone, irritada—. ¿Quién es Daniella?

—¿Daniella?

—Lo juraste, era una promesa, Erik —dice ella, alterada—. Yo confiaba en ti, fui tan tonta como para confiar...

—¿De qué estás hablando? —la interrumpe él—. Daniella Richards es una compañera del Karolinska. ¿Qué pasa con ella?

—No me mientas.

—Esto es absurdo, la verdad. —Sonríe él.

—¿Te resulta divertido? —pregunta ella—. A veces he pensado..., he creído incluso que podría olvidar lo que pasó.

Erik se duerme de nuevo unos segundos, aunque oye sus palabras.

—Quizá sea mejor que nos separemos —murmura Simone.

—No ha pasado nada entre Daniella y yo.

—No importa —dice ella, cansada.

—¿No? ¿No importa? ¿Quieres separarte por algo que sucedió hace diez años?

—¿«Algo»?...

—Estaba borracho y...

—No quiero oírlo, ya lo sé todo, yo... ¡Joder! No quiero interpretar ese papel. No soy una persona celosa, pero soy leal y exijo lealtad a cambio.

—No he vuelto a engañarte, y jamás voy a...

—¿Y por qué no me lo demuestras? —lo interrumpe ella—. Es lo que necesito.

—Tienes que confiar en mí —dice.

—Ya —suspira ella, y sale de la habitación con una almohada y un edredón.

Él respira pesadamente, sabe que debería seguirla, no rendirse sin más, debería traerla de vuelta a la cama o tumbarse en el suelo junto al sofá cama del cuarto de invitados, pero el sueño es ahora mismo mucho más poderoso. Ya no tiene fuerzas suficientes para resistirse. Se hunde en la cama, siente la dopamina de las pastillas desplazarse por su cuerpo, el placentero relax que se extiende por su rostro, los dedos de los pies y las puntas de los dedos de las manos. El sueño pesado, químico, envuelve su conciencia como una nube harinosa.

Dos horas después, Erik abre los ojos lentamente y observa la pálida luz que presiona la cortina. De inmediato, las imágenes de la noche empiezan a desfilar frente a él: las acusaciones de Simone, el chico herido, su cuerpo iluminado y cubierto de cientos de cuchilladas negras, las profundas heridas en el cuello, la garganta y el torso.

Erik piensa en el comisario de la policía judicial, que parecía convencido de que el agresor había querido asesinar a la familia entera. Primero al padre, luego a la madre, el hijo y la hija.

El teléfono suena en la mesilla junto a él.

Erik se levanta, pero en lugar de contestar, abre las cortinas y mira con los ojos entornados la fachada de enfrente. Aguarda un momento e intenta ordenar sus pensamientos. A la luz del sol de la mañana se ve claramente el polvo sobre los cristales de la ventana.

Simone ya se ha marchado a la galería de arte. Él no entiende su reacción, por qué ha hablado de Daniella. Se pregunta si no se tratará de otra cosa. Quizá de las pastillas. Es consciente de que se encuentra muy próximo a un estado de dependencia seria, pero tiene que dormir. Las noches de guardia pasadas en el hospital le han alterado el sueño. Sin las pastillas estaría acabado, piensa, y se estira para coger el despertador, le da un golpe sin querer y lo tira al suelo.

El teléfono deja de sonar, pero solo permanece en silencio un momento antes de volver a empezar.

Sopesa ir a la habitación de Benjamin y echarse al lado de su hijo, despertarlo con cuidado, preguntarle si ha soñado algo.

Erik coge el teléfono de la mesilla de noche y contesta.

—Erik Maria Bark.

—Hola, soy Daniella Richards.

—¿Aún estás en el hospital? Pero ¿qué hora es?

—Las ocho y cuarto. Empiezo a estar un poco cansada.

—Vete a casa.

—Al contrario —dice Daniella sosegadamente—. Tienes que volver. El comisario viene de camino hacia aquí. Parece estar aún más convencido de que el asesino está buscando a la hija mayor. Insiste en que tiene que hablar con el chico.

Erik siente un peso repentino y oscuro en los ojos.

—No es una buena idea —dice—, teniendo en cuenta que...

—Pero ¿y la chica? —lo interrumpe ella—. Creo que voy a permitirle al comisario que interrogue a Josef.

—Si consideras que el paciente lo soportará... —dice Erik.

—¿Soportarlo? No lo hará, es demasiado pronto, su estado es... Se enterará de lo que le ha pasado a su familia de repente, sin ninguna preparación previa... Podría sufrir un brote psicótico...

—La evaluación es cosa tuya —la interrumpe Erik.

—Por un lado, no quiero dar acceso a la policía, pero tampoco puedo quedarme sentada esperando si su hermana está en peligro.

—Pero es...

—Un asesino va detrás de esa chica —replica Daniella elevando la voz.

—Probablemente.

—Perdona, no sé por qué me altero tanto por esto —dice ella—. Tal vez sea porque aún no es demasiado tarde, porque aún hay algo que puede hacerse. Esto no sucede con frecuencia, pero esta vez podríamos salvar a la chica antes de que la...

—¿Qué es lo que quieres? —la interrumpe Erik.

—Que vengas aquí y hagas lo que se te da bien.

—Puedo hablar con el chico de lo sucedido cuando se encuentre mejor.

—Ven a hipnotizarlo —dice ella con seriedad.

—No, eso no —contesta él.

—Es la única salida.

—No puedo.

—Pero no hay nadie tan bueno como tú.

—Ni siquiera tengo autorización para practicar el hipnotismo en el Karolinska.

—Eso lo arreglo yo antes de que llegues.

—Prometí no volver a hacerlo nunca más.

—¿No puedes venir sin más?

Se hace el silencio durante un corto instante y luego Erik pregunta:

—¿Está consciente?

—Pronto lo estará.

Él oye su propia respiración resonar en el teléfono.

—Si no hipnotizas al chico, dejaré pasar a la policía.

Y cuelga.

Erik se queda de pie con el auricular en su mano temblorosa. El peso en los ojos se desplaza hacia el cerebro. Abre un cajón de la mesilla de noche. La caja de madera con el papagayo no está ahí. Debe de haberla olvidado en el coche.

El sol inunda ya todo el apartamento cuando cruza las habitaciones para despertar a Benjamin.

El chico duerme con la boca abierta; tiene el rostro pálido y cansado, pese a toda una noche de sueño.

—¿Benni?

Benjamin abre los ojos soñolientos y lo mira como si fuera un completo desconocido antes de dibujar una sonrisa que tiene el mismo aspecto desde que nació.

—Es martes. Hora de levantarse.

El chico se incorpora bostezando, se rasca la cabeza y luego mira el teléfono que lleva colgado del cuello. Es lo primero que hace todas las mañanas: comprueba si ha pasado por alto algún mensaje durante la noche. Erik saca la bolsa amarilla con un puma dibujado que contiene el preparado del factor de coagulación, desmopresina, desinfectante, jeringuillas esterilizadas, gasas, esparadrapo y calmantes.

—¿Ahora o después del desayuno?

Benjamin se encoge de hombros.

—Da igual.

Erik humedece rápidamente el delgado brazo de su hijo, lo vuelve hacia la luz que entra por la ventana, nota la flacidez de los músculos, da unos golpecitos a la jeringuilla y clava cuidadosamente la aguja en la piel. Mientras la inyección se vacía lentamente de su contenido, Benjamin está sentado y teclea en su móvil con la mano libre.

—Mierda, casi no me queda batería —dice, y luego se tumba mientras Erik le presiona el brazo con una gasa para detener el sangrado.

Benjamin permanece así durante un rato hasta que su padre se la fija con esparadrapo en el brazo. Con precaución, flexiona las piernas del chico varias veces, luego mueve las delgadas articulaciones de la rodilla y finaliza masajeando los pies y los dedos.

—¿Qué tal? —pregunta, mirando todo el tiempo la cara de su hijo.

Benjamin hace una mueca.

—Como siempre —dice.

—¿Quieres un analgésico?

Él niega con la cabeza y Erik piensa de repente en el testigo inconsciente, el muchacho con las cuchilladas. Quizá el asesino esté buscando a su hermana mayor en ese mismo momento.

—Papá, ¿qué pasa? —pregunta Benjamin con cautela.

Erik le devuelve la mirada y dice:

—Te llevo al colegio si quieres.

—¿Y eso por qué?

El tráfico de la hora punta ruge lentamente. Benjamin está sentado junto a su padre y se deja adormecer por el vaivén del coche. Bosteza ampliamente y nota que su cuerpo aún alberga un calor suave tras el sueño de la noche. Piensa que su padre tiene prisa, sin embargo se toma el tiempo para llevarlo al colegio. Benjamin sonríe para sus adentros. «Siempre ha sido así —piensa—. Cuando papá se las tiene que ver con cosas horribles en el hospital, se preocupa aún más de que me pueda pasar algo.»

—Hemos olvidado los patines —dice Erik de repente.

—Es verdad.

—Daremos media vuelta —añade él.

—No, no hace falta, no importa —dice Benjamin.

Erik intenta cambiar de carril, pero un coche le impide incorporarse. Cuando se ve obligado a volver al suyo, casi choca con un camión de la basura.

—Nos da tiempo a volver y...

—Pasa de los patines, no me importa —dice Benjamin elevando la voz.

Erik lo mira de reojo, sorprendido.

—Creía que te gustaba patinar.

Su hijo no sabe qué contestar, detesta que lo interroguen, no quiere tener que mentir.

—¿No? —pregunta Erik.

—¿El qué?

—¿No te gusta patinar?

—¿Por qué iba a gustarme? —masculla él.

—Hemos comprado unos nuevos...

—¿Y qué tiene de divertido? —lo interrumpe Benjamin, cansado.

—¿Así no doy media vuelta para ir a por ellos?

Benjamin suspira por toda respuesta.

—Los patines son un rollo —dice Erik—. El ajedrez y los videojuegos son un rollo. ¿Qué es divertido, en realidad?

—No lo sé —contesta el chico.

—¿Nada?

—No.

—¿Ver películas?

—A veces.

—¿A veces? —Erik sonríe.

—Sí —contesta Benjamin.

—Tú, que eres capaz de ver tres o cuatro películas en una tarde —dice Erik, divertido.

—¿Y qué pasa con eso?

—No, nada —continúa su padre, sonriente—. ¿Qué va a pasar? Pero uno podría preguntarse cuántas películas verías al día si te gustara realmente el cine, si te encantara...

—Para ya.

—Quizá tendrías una pantalla doble o pondrías el avance rápido para que te diera tiempo a ver más.

Benjamin siente que no puede evitar sonreír cuando su padre se pone cariñoso con él.

De repente se oye una detonación amortiguada y en el cielo se ve una estrella azul claro con las puntas de color humo que descienden.

—Qué hora tan rara para lanzar fuegos artificiales —comenta Benjamin.

—¿Qué? —pregunta su padre.

—Mira —dice el chico.

En el cielo hay una estrella de humo. Por algún motivo, Benjamin ve a Aida ante sí y el estómago le da un vuelco, siente un repentino calor. El viernes pasado estuvieron sentados en silencio, pegados, en el sofá del pequeño salón de Aida en Sundbyberg. Vieron la película Elephant mientras su hermano pequeño jugaba en el suelo con cartas de Pokémon y hablaba consigo mismo.

Cuando Erik aparca el coche en el exterior del patio del colegio, Benjamin descubre de repente a Aida. Está de pie al otro lado de la verja y lo está esperando. Cuando la chica lo ve, le hace señas con la mano. Benjamin coge su bolsa y se apresura a decir:

—Adiós, papá, gracias por traerme.

—Te quiero —dice Erik en voz baja.

Benjamin asiente con la cabeza y se aparta.

—¿Vemos una película esta noche? —pregunta Erik.

—No lo sé —contesta él con la mirada baja.

—¿Esa chica es Aida? —pregunta su padre.

—Sí —responde Benjamin casi sin voz.

—Me gustaría saludarla —dice entonces Erik, y sale del coche.

—Pero ¿por qué?

Ambos avanzan hacia ella. Benjamin apenas se atreve a mirarla, se siente como un crío. No quiere que ella piense que él quiere que su padre le dé su aprobación. A él no le importa lo que opine su padre. Aida parece nerviosa cuando se acercan. Mira alternativamente hacia él y hacia Erik. Antes de que a Benjamin le dé tiempo a pensar en alguna explicación, Erik alarga la mano y la saluda:

—Hola.

Aida le estrecha la mano, expectante. Benjamin se da cuenta de que su padre se sobresalta al ver su tatuaje: lleva una cruz gamada tatuada en el cuello, y al lado, una pequeña estrella de David. Lleva los ojos pintados de negro, el pelo recogido en dos trenzas infantiles y va vestida con una chaqueta de cuero negra y una falda ancha de tul negro.

—Soy Erik, el padre de Benjamin —dice él.

—Aida.

Su voz es clara y fina. Benjamin se ruboriza, la mira nervioso y luego mira al suelo.

—¿Eres nazi? —pregunta Erik.

—¿Y usted? —replica ella.

—No.

—Yo tampoco —dice ella, y lo mira a los ojos muy brevemente.

—¿Por qué llevas una...?

—Por nada —lo interrumpe ella—. No soy nada, solo soy...

Benjamin interviene, el corazón le late a toda velocidad por la vergüenza que le está haciendo pasar su padre.

—Estuvo en ciertos círculos hace algunos años —dice en voz alta—, pero llegó a la conclusión de que eran unos idiotas y...

—No tienes que darle explicaciones —lo interrumpe Aida, irritada.

Benjamin se queda mudo durante un breve instante.

—Yo..., yo creo que es muy valiente por asumir sus errores —dice a continuación.

—Sí —conviene Erik—, pero yo interpreto que el hecho de no quitársela es seguir sin comprender...

—Para ya —grita Benjamin—. No sabes nada de ella...

Aida se da media vuelta sin más y se aleja. Benjamin se apresura a ir tras ella.

—Perdona —dice, jadeante—. Mi padre es tan penoso...

—Entonces, ¿no tiene razón? —inquiere la chica.

—No —responde Benjamin débilmente.

—Pues yo creo que quizá la tenga —dice ella, sonríe a medias y lo coge de la mano.

cap-7

5

Martes 8 de diciembre, por la mañana

El instituto forense está situado en un edificio de ladrillo rojo en el número 5 de la calle Retzius väg, enfrente del gran campus del instituto Karolinska, circundado de construcciones más grandes por todos lados. Joona Linna rodea el edificio cerrado, se detiene y deja el coche en el aparcamiento para visitantes. Luego cruza el parterre de césped escarchado y una rampa de acero de camino a la entrada principal.

El comisario piensa que es curioso que en sueco la palabra «autopsia» tenga su origen en un término latino que significa cubrir, ocultar, envolver, cuando en realidad lo que se hace durante el procedimiento sea todo lo contrario. Quizá sencillamente sea que de manera inconsciente se desea poner énfasis en el final, cuando el cuerpo se cierra tras la autopsia y el interior vuelve a ocultarse.

Tras dar su nombre a la chica de la recepción, puede pasar a ver a Nils Åhlén, el catedrático de medicina forense, generalmente conocido como Nålen, ya que siempre firma sus informes como «N. Åhlén».

El despacho de Nålen es de decoración moderna, con unas limpias superficies blancas de acabado brillante y gris claro mate. Es caro y de diseño. Las pocas butacas que hay están hechas de acero mate y tienen los asientos de cuero blanco, tenso. La luz que baña el escritorio procede de una gran lámpara de cristal suspendida.

Nålen le da la mano a Joona sin levantarse. Lleva un jersey blanco de cuello alto debajo de su bata de médico y unas gafas de piloto de montura blanca. Su rostro delgado está bien afeitado, lleva el pelo canoso cortado a cepillo, tiene los labios pálidos y la nariz larga y abultada.

—Buenos días —dice entre dientes.

En la pared cuelga una fotografía descolorida de Nålen y algunos de sus compañeros: forenses, patólogos, especialistas en genética y odontología forense. Todos llevan batas blancas de médico y parecen contentos. Están reunidos alrededor de unos fragmentos de hueso de color oscuro dispuestos sobre una mesa. El texto bajo la imagen cuenta que se trata de un hallazgo realizado en una excavación de las tumbas del siglo IX en las afueras del enclave comercial de Birka, en la isla de Björkö.

—Otra foto nueva —comenta Joona.

—Tengo que colgar las fotos con cinta adhesiva —dice Nålen, insatisfecho—. En la antigua sección de patología había un cuadro de dieciocho metros cuadrados.

—Vaya —dice Joona.

—Pintado por Peter Weiss.

—¿El autor?

Nålen asiente y la luz de la lámpara de escritorio se refleja en sus gafas de piloto.

—Sí, pintó toda la institución en los años cuarenta. Medio año de trabajo por el que recibió seiscientas coronas, según me han dicho. Mi padre está entre los forenses del cuadro. Está cerca de los pies, junto a Bertil Falconer.

Nålen inclina la cabeza y dirige su atención hacia el ordenador.

—Estoy con el informe de la autopsia de los asesinatos de Tumba —dice, dubitativo.

—¿De veras?

Nålen mira a Joona con los ojos entornados.

—Carlos me ha llamado esta mañana para acosarme.

Joona sonríe.

—Lo sé.

Nålen se sube las gafas con el dedo.

—Al parecer, era muy importante establecer la hora de las muertes.

—Sí, necesitábamos saber en qué orden...

Nålen busca en el ordenador con los labios fruncidos.

—Solo es una evaluación preliminar, pero...

—¿El hombre murió primero?

—Eso es... Me he basado solo en la temperatura corporal —dice, y señala la pantalla—. Erixon dijo que en los dos escenarios, el vestuario y la casa, había la misma temperatura, así que mi evaluación fue que el hombre murió poco más de una hora antes que los otros dos.

—¿Has cambiado de opinión?

Nålen niega con la cabeza y se levanta con un quejido.

—Hernia de disco —dice a modo de explicación; luego sale del despacho y empieza a andar por el pasillo.

Joona Linna sigue a Nålen, que cojea lentamente hacia la sección de autopsias. Pasan junto a una sala a oscuras en la que hay una mesa de acero inoxidable; parece una encimera de cocina, pero con secciones cuadradas y bordes elevados a su alrededor. Luego entran en una sala más fresca, en la que se conservan los cadáveres en cajones tras su examen, a cuatro grados de temperatura. Nålen se detiene, comprueba el número, tira de un cajón grande y ve que está vacío.

—No está. —Sonríe y echa a andar por el pasillo, en cuyo suelo hay miles de pequeñas marcas de ruedas. Abre una nueva puerta y la sujeta para que pase Joona.

Se detienen en una sala iluminada de azulejos blancos con un gran lavabo adosado a la pared. El agua de una manguera naranja cae en un desagüe. En la larga mesa de autopsias recubierta de plástico hay un cuerpo desnudo exento de color, cubierto de cientos de heridas oscuras.

—Katja Ek —constata Joona.

La boca de la mujer muerta está entreabierta, y sus ojos miran con serenidad. Parece como si estuviera escuchando una música hermosa. El gesto de su semblante no encaja en absoluto con los largos cortes en la frente y las mejillas. Joona desliza la mirada sobre el cuerpo de Katja Ek, en el que el rastro de una arteria se adivina en torno al cuello.

—Esperamos que por la tarde nos dé tiempo a hacer el estudio del interior.

—Sí, por favor —suspira Joona.

En ese momento se abre la otra puerta y entra un hombre joven con una sonrisa insegura. Lleva varios piercings en las cejas, y el pelo teñido de negro recogido en una coleta le cuelga por la espalda, sobre la bata de médico. Con una media sonrisa, Nålen levanta un puño, el saludo propio de los amantes del heavy metal, que el joven corresponde inmediatamente.

—Es Joona Linna, de la policía judicial —los presenta Nålen—. Viene a vernos de vez en cuando.

—Frippe —dice el joven, y le da la mano a Joona.

—Se está especializando en medicina forense —explica Nålen.

Frippe se pone un par de guantes de látex y Joona lo sigue hasta la mesa de autopsias; de inmediato nota la pestilencia que rodea a la mujer.

—Ella fue la que sufrió menos la violencia —señala Nålen—, pese a los múltiples cortes e incisiones. —Los tres observan a la mujer muerta. El cuerpo está cubierto de lesiones grandes y pequeñas—. Además, a diferencia de los otros dos, no está mutilada ni descuartizada —continúa Nålen—. La causa directa de la muerte no son las lesiones en el cuello, sino esto, que va directamente al corazón, según la tomografía por ordenador.

—Pero es algo difícil ver las hemorragias en las fotos —explica Frippe.

—Por supuesto, eso lo comprobamos al abrirla —dice Nålen dirigiéndose a Joona.

—Opuso resistencia —señala el policía.

—Mi impresión es que en un primer momento se defendió activamente —contesta Nålen—, a juzgar por las lesiones en las palmas de las manos, pero luego intentó zafarse y solo protegerse. —Nålen ve que el joven médico lo mira—. Observa las lesiones en los laterales de los brazos —dice entonces.

—Heridas defensivas —murmura Joona.

—Exactamente.

El comisario se inclina hacia delante y observa las manchas marronosas que se aprecian en los ojos abiertos de la mujer.

—¿Estás mirando las manchas?

—Sí...

—Aparecen algunas horas después de la muerte; a veces, varios días después —dice Nålen—. Al final se vuelven totalmente negras. Es debido a que la presión ocular desciende.

Nålen coge un martillo de reflejos de un estante y anima a Frippe para que compruebe si aún hay contracción idiomuscular. El joven médico golpea el bíceps de la mujer y palpa el músculo con los dedos para ver si hay contracciones.

—Ahora es mínima —le dice a Joona.

—Suele desaparecer pasadas trece horas —explica Nålen.

—Los muertos no están muertos del todo —dice Joona, y se estremece al adivinar un movimiento fantasmagórico en el brazo flácido de Katja Ek.

—Mortui vivos docent: «Los muertos enseñan a los vivos» —contesta Nålen, y sonríe para sí cuando él y Frippe colocan boca abajo el cuerpo de la mujer.

Señala las manchas difusas de color violáceo en las nalgas y la zona del sacro, en los omóplatos y en los brazos.

—Las livideces cadavéricas son débiles cuando la víctima ha perdido mucha sangre —declara.

—Es lógico —asiente Joona.

—La sangre es pesada y, cuando una persona muere, ya no hay un sistema de presión interno —le explica a Frippe—. Quizá resulta evidente, pero la sangre fluye hacia abajo y sencillamente se acumula en los lugares más bajos, y con frecuencia se aprecia en las zonas de contacto sobre las que reposa el cuerpo. —Presiona con el pulgar una mancha de la pantorrilla derecha hasta que casi desaparece—. Ahí lo tienes..., se pueden hacer desaparecer mediante la presión hasta veinticuatro horas después de la muerte.

—Pero antes me ha parecido ver manchas sobre las caderas y los senos —apunta Joona, dubitativo.

—Bravo —dice Nålen, y lo mira sonriendo con una leve expresión de sorpresa—. Pensaba que no las descubrirías.

—Al morir, quedó tumbada boca abajo, y luego le dieron la vuelta —señala Joona con sobriedad.

—Durante unas dos horas, me atrevería a aventurar.

—Así que el agresor se quedó dos horas en la casa —medita Joona—. O bien se marchó y regresó más tarde, o quizá fue otra persona la que le dio la vuelta al cadáver.

Nålen se encoge de hombros.

—Aún estoy lejos de haber finalizado mi evaluación.

—¿Puedo preguntar una cosa? Me he dado cuenta de que una de las heridas del vientre parece una cesárea...

—¿Cesárea? —Nålen sonríe—. ¿Por qué no? ¿Lo miramos?

Ambos médicos giran de nuevo el cuerpo.

—¿Te refieres a esto?

Nålen señala una gran incisión que parte del ombligo y recorre quince centímetros hacia abajo.

—Sí —contesta Joona.

—No he tenido tiempo aún de explorar todas las lesiones.

—Vulnera incisa s scissa —dice Frippe.

—Sí, parece una herida incisiva —conviene Nålen.

—No una herida punzante —dice Joona.

—Teniendo en cuenta la forma regular de la línea y que la superficie de la piel circundante está intacta...

Nålen presiona la herida con el dedo y Frippe se inclina hacia delante para mirar.

—Sí...

—En las paredes no hay mucha sangre —continúa Nålen—, pero...

Se interrumpe bruscamente.

—¿Qué ocurre? —pregunta Joona.

Nålen lo observa con una mirada peculiar.

—Este corte se lo han hecho después de morir —dice.

Se quita los guantes.

—Debo echar un vistazo a la tomografía por ordenador —dice, agobiado. Luego va hasta el portátil que hay en la mesa junto a la puerta y lo abre. Avanza tecleando por las imágenes en 3D, se detiene, sigue avanzando y cambia de ángulo—. La herida parece llegar al útero —murmura—. Parece seguir antiguas cicatrices.

—¿Antiguas? ¿Qué quieres decir? —inquiere Joona.

—¿No lo ves? —Nålen sonríe y vuelve junto al cadáver—. Una cesárea.

Señala la herida vertical. Joona mira más de cerca y ve que a lo largo de uno de los bordes de la herida hay, como un fino hilo de color rosa pálido, tejido cicatrizado debido a una cesárea curada desde hace mucho.

—Pero ¿ahora estaba embarazada? —pregunta Joona.

—No. —Nålen se ríe y se sube las gafas de piloto con el dedo.

—¿Así que nuestro asesino tiene formación quirúrgica? —pregunta entonces Joona.

Nålen menea la cabeza y Joona piensa que alguien mató a Katja Ek con gran violencia y mucha saña. Dos horas más tarde, el asesino regresó a la casa, la puso boca arriba y la abrió por la antigua cesárea.

—Comprueba si hay algo similar en los otros cuerpos.

—¿Le damos prioridad a esto? —pregunta Nålen.

—Sí, creo que sí —contesta Joona.

—¿Tienes dudas?

—No.

—Pero quieres que demos prioridad a todo —dice Nålen.

—Más o menos. —Joona sonríe y se marcha de la sala.

Cuando se sienta en su coche, en el aparcamiento, siente frío. Arranca el motor, avanza por Retzius väg, sube la calefacción del vehículo y marca el número del fiscal Jens Svanehjälm.

—Svanehjälm —contesta el otro.

—Soy Joona Linna.

—Buenos días... Acabo de hablar con Carlos: me ha dicho que me llamarías.

—Es un poco difícil decir lo que tenemos —señala Joona.

—¿Estás conduciendo?

—Acabo de terminar en el instituto forense y había pensado pasarme por el hospital. Necesito hablar con el chico superviviente.

—Carlos me ha explicado la situación —dice Jens—. Tenemos que acelerar esto. ¿Has puesto en marcha al grupo de identificación de perfiles?

—No basta con un perfil del agresor —contesta Joona.

—No, lo sé, yo opino lo mismo. Si queremos tener alguna posibilidad de proteger a la hija mayor, es necesario que hablemos con el chico, no hay más.

De repente Joona ve cómo estalla un cohete de fuegos artificiales a lo lejos sin hacer ruido; una estrella de color azul claro sobre los tejados de Estocolmo.

—Estoy en contacto con... —continúa, y se aclara la garganta—. Estoy en contacto con Susanne Granat, de servicios sociales, y tenía pensado llevar al psiquiatra Erik Maria Bark, que es especialista en tratar estados de shock y traumas.

—Es procedente —dice Jens con tono tranquilizador.

—Entonces me voy a neurocirugía directamente.

—Me parece bien.

cap-8

6

Madrugada del 8 de diciembre

Por algún motivo, Simone está despierta antes de que el teléfono suene en la mesilla de Erik con el volumen al mínimo.

Erik farfulla algo sobre globos y serpentinas, coge el teléfono y se apresura a salir de la habitación.

Cierra la puerta antes de contestar. La voz que ella oye a través de la pared le resulta delicada, casi tierna. Después de un rato, Erik se desliza de nuevo en la habitación y ella le pregunta quién ha llamado.

—Un policía..., un comisario, no he entendido cómo se llamaba —contesta Erik, y luego le explica que tiene que ir al hospital Karolinska.

Ella mira el despertador y cierra los ojos.

—Duérmete, Sixan —susurra él, y sale de la habitación.

El camisón se le ha enroscado en el cuerpo y le presiona el pecho izquierdo. Lo acomoda, se tiende de lado y luego permanece tumbada en la cama, inmóvil, mientras escucha los movimientos de Erik.

Él se viste, rebusca algo en el ropero, utiliza el calzador, sale del piso y cierra la puerta tras de sí. Después de un momento, Simone oye cerrarse el portal.

Se queda tumbada en la cama, intenta volver a dormirse durante un largo rato pero no lo consigue. Tiene la impresión de que Erik no estaba hablando con un policía; parecía demasiado relajado. Aunque quizá solo estuviera cansado.

Se levanta para ir al baño, toma un poco de yogur y vuelve a acostarse. Luego empieza a pensar en lo que pasó hace diez años y no logra conciliar el sueño. Se queda tumbada durante media hora, luego se incorpora, enciende la lámpara de la mesilla, coge el teléfono, mira la pantalla y encuentra la última llamada recibida. Sabe que debería apagar la lámpara y dormir, pero de todas formas llama a ese número. Suenan tres señales. Entonces contestan y oye a una mujer que se ríe, algo alejada del teléfono.

—Erik, para ya —dice la mujer animadamente, y luego su voz suena más cerca—: Sí, soy Daniella... ¿Hola?

La mujer espera un poco y luego, con una voz cansadamente inquisitiva, dice «Aloha» y corta la comunicación. Simone se queda sentada con el teléfono en la mano. Trata de entender por qué razón Erik ha dicho que era un policía, un hombre, el que había llamado. Quiere encontrar una explicación razonable pero no puede evitar que su mente se traslade al pasado, a aquella ocasión hace diez años cuando, de repente, se dio cuenta de que Erik la engañaba.

Coincidió que fue el mismo día en que él le comunicó que había dejado el hipnotismo para siempre.

Simone recuerda que ella, por una vez, no estaba esa mañana en su galería, recientemente abierta. Quizá Benjamin no había ido al colegio, quizá se había tomado el día libre, no recuerda, pero el caso es que estaba sentada a la mesa de la cocina de su casa de Järfälla revisando el correo cuando vio un sobre celeste dirigido a Erik. En el remite solo se leía un nombre de pila: Maja.

Hay momentos en los que uno sabe en cada átomo de su cuerpo que algo va mal. Quizá Simone había adquirido su miedo a la traición al ver a su padre engañado. Él, que había trabajado de policía hasta la jubilación e incluso había sido condecorado por un excelente trabajo de investigación, había necesitado muchos años para descubrir la cada vez más patente infidelidad de su mujer.

Recuerda haberse escondido la noche en que sus padres tuvieron aquella terrible pelea, cuya consecuencia fue que su madre abandonó a la familia. El tipo con el que había estado viéndose durante los últimos años era un vecino, un hombre prejubilado, alcohólico, que en el pasado había grabado algunos discos con una orquesta de baile. Su madre se mudó con él a un piso en Fuengirola, en la Costa del Sol española.

Simone y su padre siguieron con sus vidas, hicieron de tripas corazón y constataron que, después de todo, siempre habían sido solo dos en la familia. Ella había crecido y tenía la misma piel pecosa que su madre, el mismo pelo cobrizo y rizado. Pero, a diferencia de ella, Simone tenía una boca risueña. Erik se lo había dicho en una ocasión, y a ella le gustó esa descripción.

De joven, Simone quería ser artista, pero finalmente desistió, no se atrevió. Su padre, de nombre Kennet, la convenció de que tuviera un empleo como era debido, sin riesgos. Y ella tuvo que hacer concesiones. Empezó a estudiar historia del arte, se sintió inesperadamente a gusto entre los estudiantes y escribió varios trabajos sobre el artista sueco Ola Billgren.

En una fiesta de la facultad conoció a Erik. Se acercó a ella y la felicitó, creía que era ella la que se había doctorado. Cuando se dio cuenta de su error, se ruborizó, le pidió disculpas e hizo ademán de marcharse. No obstante, algo, no solo que fuera alto y guapo, sino sobre todo sus maneras cuidadosas, hizo que ella quisiera entablar una conversación con él. Su charla resultó de inmediato interesante y divertida, y siguió y siguió. Luego quedaron para ir al cine al día siguiente, a ver Fanny y Alexander de Ingmar Bergman.

Simone llevaba ocho años casada con Erik cuando abrió con dedos temblorosos el sobre remitido por «Maja». Diez fotografías cayeron sobre la mesa de la cocina de la casa unifamiliar. Las fotos no estaban hechas por un fotógrafo profesional. Primeros planos borrosos de un seno de mujer, una boca, un cuello desnudo, bragas de color verde claro y negras, el pelo muy rizado. En una de las imágenes se veía a Erik. Parecía sorprendido y contento a la vez. Maja era una mujer guapa, muy joven, con unas cejas oscuras muy marcadas. Tenía una boca grande, seria. Estaba tumbada en una cama estrecha, desnuda salvo por las bragas, con el pelo negro cayendo en mechones sobre sus grandes y blancos senos. Parecía contenta, ruborizadas las mejillas.

Es difícil evocar la sensación de haber sido traicionada. Todo es solo pena y un extraño anhelo en el estómago, un deseo de evitar los pensamientos dañinos. Sin embargo, Simone recuerda que lo primero que sintió fue sorpresa. Una sorpresa enorme, tonta, por haber sido engañada por completo por alguien en quien ella confiaba plenamente. Luego vino la vergüenza, seguida del sentimiento desesperado de no valer lo suficiente, una rabia ardiente y una inmensa sensación de soledad.

Simone está tumbada en la cama mientras los pensamientos dan vueltas en su cabeza y van hilándose por diferentes caminos dolorosos. Lentamente amanece sobre la ciudad. Se queda dormida unos minutos antes de que Erik vuelva del hospital Karolinska. Él intenta no hacer ruido, pero cuando se sienta en la cama, ella se despierta. Erik dice que se va a duchar. Ella se da cuenta de que ha vuelto a tomar muchas pastillas. Con el corazón desbocado, le pregunta cómo se llamaba el policía que lo llamó por la noche, pero él no contesta y ella se da cuenta de que se ha quedado dormido en mitad de la conversación. Entonces Simone le cuenta que ha telefoneado a ese número y que no ha contestado un policía, sino una mujer que se reía llamada Daniella. Erik no consigue mantenerse despierto y vuelve a dormirse. Entonces ella le grita, exige saber, lo acusa de haberlo estropeado todo justo cuando ella había empezado a confiar de nuevo en él.

Simone permanece sentada en la cama, mirándolo. Él no parece entender por qué está tan alterada. Ella considera que no aguanta más mentiras, y entonces dice las palabras que ha pensado muchas veces pero que, al mismo tiempo, siente muy lejanas, muy dolorosas, las siente como un fracaso:

—Quizá sea mejor que nos separemos.

Simone sale de la habitación con una almohada y un edredón, oye que la cama cruje a sus espaldas y espera que Erik la siga, la consuele y le cuente lo que ha pasado. Pero él se queda en la cama y ella se encierra en el cuarto de invitados y llora durante mucho rato. Luego se suena la nariz, se tumba en el sofá cama e intenta dormir, pero se da cuenta de que no tiene fuerzas para ver a su familia esa mañana. Va al baño, se lava la cara, se cepilla los dientes, se maquilla y se viste, ve que Benjamin está durmiendo aún, le deja una nota en la mesilla y se marcha del piso para ir a desayunar a algún sitio antes de ir a la galería.

Permanece largo rato sentada, leyendo, mientras toma una tostada y un café en la cafetería acristalada del jardín Kungsträdgården. A través del gran ventanal ve a una decena de personas que están preparando algún tipo de evento. Hay carpas de color rosa delante de un escenario grande. Colocan vallas de protección alrededor de una pequeña rampa de lanzamiento. De repente algo sale mal. Hay un chisporroteo y un cohete sale disparado hacia arriba. Los hombres se alejan tropezando y se gritan entre sí. El cohete estalla con un resplandor azul contra el cielo claro y el estruendo resuena contra las fachadas.