Baltimore, Maryland
3 de agosto de 1939
Mi historia empieza una sofocante noche del mes de agosto, en un lugar que nunca veré. La habitación cobra vida solo en mi imaginación. Casi siempre que la evoco es grande. Las paredes son blancas y limpias, las sábanas tienen el apresto de una hoja seca. La suite privada tiene de todo y de la mejor calidad. Fuera, la brisa es perezosa y las chicharras palpitan en las copas de los árboles, sus escondites frondosos justo debajo de las ventanas. Las mosquiteras se comban hacia dentro mientras el ventilador traquetea en el techo, haciendo circular un aire húmedo que no tiene deseo alguno de moverse.
Entra el aroma de los pinos y los gritos de la mujer aumentan mientras las enfermeras la sujetan con fuerza a la cama. El sudor se le acumula en la piel y le baja por la cara, los brazos y las piernas. Si fuera consciente de ello, estaría horrorizada.
Es bonita. Un alma buena, frágil. No de las que desencadenarían de manera intencionada la serie de desgracias que van a sucederse a partir de este momento. En mis muchos días de vida he aprendido que la mayoría de las personas hacen lo que pueden. Su intención no es hacer daño a los demás. Cuando esto ocurre, no es más que una consecuencia del impulso de sobrevivir.
No es culpa suya todo lo que pasará después de un último y violento empujón. Ha dado a luz lo último que querría. Asoma un cuerpo mudo: una niña diminuta y rubia, bonita como una muñeca, pero azul e inmóvil.
La mujer no tiene manera de conocer el destino de su hija y, si lo hace, para mañana la medicación habrá convertido ese recuerdo en algo borroso. Deja de luchar y se rinde a un sueño narcótico, arrullada por las dosis de morfina y escopolamina que le administran para combatir el dolor.
Para ayudarla a olvidar. Y eso hará.
Mientras los médicos suturan y las enfermeras limpian los restos, intercambian comentarios compasivos.
—Es una pena cuando pasan estas cosas. Qué injusto cuando una criatura no llega viva a este mundo...
—Es difícil de entender a veces... por qué... cuando es un niño tan deseado...
Una mortaja cubre los ojos diminutos. Ojos que nunca verán.
La mujer oye, pero no entiende. Las palabras vienen y van. Es como si intentara atrapar la marea, que se le escapa entre los dedos agarrotados hasta que por fin se deja arrastrar por ella.
Un hombre espera muy cerca, quizá en el pasillo a la salida de la habitación. Su actitud es solemne, digna. No está acostumbrado a sentirse tan impotente. Hoy iba a convertirse en abuelo.
La maravillosa ilusión se ha transformado en angustia desgarradora.
—Señor, lo siento muchísimo —dice el médico al salir de la habitación—. No dude que hicimos todo lo humanamente posible por su hija y por salvar al bebé. Entiendo lo difícil que es esto. Por favor, transmita nuestro pésame al padre cuando consigan ponerse en contacto con él. Después de tantas decepciones, su familia debía de estar muy ilusionada.
—¿Podrá tener más hijos?
—No es aconsejable.
—Esto la matará. Y a su madre también, cuando lo sepa. Christine es nuestra única hija, ¿sabe usted? El correteo de unos piececitos... El principio de una nueva generación...
—Lo entiendo, señor.
—¿Qué riesgo habría si...?
—Podría morir. Y es muy poco probable que su hija lleve otro embarazo a término. Si lo intentara, los resultados podrían ser...
—Entiendo.
El médico apoya una mano en el hombre con el corazón roto para consolarlo, o al menos eso es lo que imagino. Sus miradas se encuentran.
El médico se vuelve para asegurarse de que las enfermeras no pueden oírle.
—Señor, ¿me permite una sugerencia? —dice con voz queda y seria—. Conozco a una mujer en Memphis...
Avery Stafford
Aiken, Carolina del Sur, época actual
Respiro hondo, me acerco al borde del asiento y me estiro la chaqueta mientras la limusina se detiene en el asfalto recalentado. A lo largo de la calle hay aparcadas furgonetas de televisión, lo que subraya la importancia de la en apariencia rutinaria reunión de esta mañana.
Pero hoy no habrá ningún momento dejado al azar. Estos últimos dos meses en Carolina del Sur han estado dedicados a garantizar que los matices son los indicados, a moldear los mensajes de manera que sugieran, pero nada más.
No habrá declaraciones definitivas.
Al menos no de momento.
Y, si de mí depende, no en mucho tiempo.
Me encantaría poder olvidarme de por qué he vuelto a casa, pero el simple hecho de que mi padre no esté leyendo sus notas ni revisando el informe de Leslie, su ultraeficiente jefa de prensa, me sirve de recordatorio ineludible. No hay forma de escapar del enemigo que viaja en silencio en el coche con nosotros. Está ahí, en el asiento trasero, agazapado detrás del traje sastre gris de mi padre que le queda ligeramente holgado a la altura de sus anchos hombros.
Papá mira por la ventana con la cabeza ladeada. Ha mandado a sus asistentes y a Leslie al otro coche.
—¿Te encuentras bien?
Sacudo un cabello rubio largo, mío, del asiento para que no se le pegue a los pantalones cuando salga. Si mi madre estuviera aquí, sacaría un cepillito quitapelusas, pero se ha quedado en casa preparándose para el segundo compromiso del día, una fotografía familiar navideña que hay que hacer con meses de antelación..., no sea que el pronóstico de papá empeore.
Él se endereza más en el asiento, levanta la cabeza. La electricidad estática le ha erizado un poco el pelo y quiero alisárselo, pero no lo hago. Sería saltarse el protocolo.
Si mi madre se implica íntimamente en microaspectos de nuestras vidas tales como quitar pelusas u organizar la fotografía navideña familiar en julio, mi padre es lo contrario. Es distante, una isla de masculinidad acérrima en una casa de mujeres. Sé que nos quiere mucho a mi madre, a mis dos hermanas y a mí, pero rara vez expresa ese sentimiento de viva voz. También sé que soy su favorita, pero también la que más lo desconcierta. Mi padre proviene de una época en que las mujeres iban a la universidad para encontrar marido. No sabe muy bien qué hacer con una hija de treinta años que fue la primera de su promoción en la Facultad de Derecho de Columbia y que ahora disfruta trabajando en el rudo ambiente de la oficina de un fiscal general.
Sea cual sea la razón —quizá porque los puestos de hija perfeccionista e hija cariñosa ya estaban cogidos—, siempre he sido la hija lista. Me encantaba estudiar y había un acuerdo tácito de que sería la abanderada de la familia, la sustituta del hijo, la que sucedería a mi padre. No sé por qué, pero siempre supuse que cuando eso ocurriera sería mayor y estaría preparada.
Ahora miro a mi padre y pienso: ¿Cómo puedes no quererlo, Avery? Es para lo que ha trabajado tu padre toda su vida. Para lo que han trabajado generaciones de Staffords desde la guerra de Independencia, por amor del cielo. Nuestra familia siempre se ha asido con fuerza al timón de la administración pública. Papá no es una excepción. Desde que se graduó en West Point y sirvió en la aviación, antes de que yo naciera, ha llevado el apellido familiar con dignidad y determinación.
Pues claro que lo quieres, me digo. Siempre lo has querido. No esperaba que fuera tan pronto, ni de esta manera. Eso es todo.
Pero, en secreto, me aferro con uñas y dientes al mejor pronóstico: que los enemigos serán derrotados en ambos frentes, el político y el médico. Mi padre se curará gracias a la combinación de la cirugía que lo obligó a volver a casa antes de que terminara la sesión estival del Congreso y la bomba de quimioterapia que debe llevar sujeta a una pierna cada tres semanas. Mi vuelta a Aiken será solo temporal.
El cáncer ya no será parte de nuestras vidas.
Puede vencerse. Otras personas lo han derrotado y, si otros pueden, el senador Wells Stafford también.
No hay en ninguna parte un hombre más fuerte ni mejor que mi padre.
—¿Preparada? —me pregunta mientras se estira el traje. Me siento aliviada cuando se alisa la cresta del pelo. No estoy preparada para cruzar la línea que separa a la hija de la cuidadora.
—Cuando tú quieras.
Haría cualquier cosa por él, pero confío en que falten muchos años aún hasta que tengamos que invertir los papeles de padre e hija. He aprendido lo difícil que es viendo a mi padre obligado a tomar decisiones sobre su madre.
Mi en otro tiempo ingeniosa y divertida abuela Judy es ahora una sombra de lo que fue. Por doloroso que esto resulte, papá no puede hablar con nadie de ello. Si los medios de comunicación se enteran de que la hemos llevado a una residencia, sobre todo a una de lujo, en una finca preciosa a unos escasos quince kilómetros de aquí, sería un desastre desde el punto de vista político. Después del gran rechazo público que despertaron una serie de homicidios por negligencia y malos tratos en varios centros de mayores propiedad de corporaciones en nuestro estado, los enemigos políticos de papá se apresurarían a señalar que solo las personas con dinero pueden permitirse cuidados de calidad. Eso o lo acusarían de internar a su madre porque es un miserable sin corazón al que no le importan las personas mayores. Dirían que está dispuesto a hacer la vista gorda con las necesidades de los desvalidos si con ello beneficia a sus amigos y a los contribuyentes a su campaña.
La realidad es que las decisiones que tomó mi padre respecto a la abuela Judy no tenían nada de políticas. Somos como cualquier otra familia. Cada camino posible está pavimentado de culpa, lleno de dolor y marcado por la vergüenza. Nos avergonzamos de la abuela Judy. Tememos por ella. Nos duele el corazón cuando pensamos adónde puede llevarla este cruel descenso hacia la demencia. Antes de que la trasladáramos a la residencia, mi abuela se escapó de su cuidadora y del personal de servicio de su casa. Llamó a un taxi y estuvo un día entero desaparecida hasta que la encontraron deambulando por un complejo de negocios que había sido en otro tiempo su centro comercial favorito. Cómo consiguió hacer eso cuando ni siquiera recordaba nuestros nombres es un misterio.
Esta mañana llevo puesta una de sus joyas preferidas. Soy vagamente consciente de ella en la muñeca antes de bajar de la limusina. Simulo haber elegido la pulsera de las libélulas en su honor, pero lo cierto es que está ahí a modo de recordatorio silencioso de que las mujeres Stafford cumplen con su deber, incluso cuando no quieren. El lugar donde se celebra hoy el acto me hace sentir incómoda. Nunca me han gustado los hogares de ancianos.
No es más que llegar y saludar, me digo. La prensa ha venido a cubrir el acto, no a hacer preguntas. Estrecharemos manos, visitaremos el edificio, nos uniremos a los residentes en la celebración del cumpleaños de una mujer que cumple los cien. Su marido tiene noventa y nueve. Toda una hazaña.
En el pasillo huele como si alguien hubiera dejado sueltos a los trillizos de mi hermana con botes de espray desinfectante. Un aroma a jazmín artificial llena el aire. Leslie lo olisquea y a continuación asiente con la cabeza en un gesto de aprobación mientras se coloca, acompañada de un fotógrafo y varios becarios y asistentes, a nuestro lado. En esta ocasión no llevamos guardaespaldas. Sin duda han ido a prepararlo todo para el acto de esta tarde en el Ayuntamiento. A lo largo de los años mi padre ha recibido amenazas de muerte de grupos radicales y anticomunistas, así como de toda clase de trastornados que afirman ser francotiradores, bioterroristas y secuestradores. Rara vez se toma las amenazas en serio, pero su personal de seguridad sí lo hace.
Cuando doblamos la esquina, nos reciben la directora de la residencia y dos reporteros con cámaras. Hacemos la visita. Nos graban. Mi padre despliega su encanto. Estrecha manos, posa para fotografías, dedica tiempo a charlar con los presentes, se inclina delante de sillas de ruedas y da las gracias a las enfermeras por el trabajo tan duro y difícil al que se entregan cada día.
Yo le sigo y hago lo mismo. Un caballero mayor y elegante con bombín de tweed coquetea conmigo. Con un encantador acento británico, me dice que tengo unos ojos azules preciosos.
—Hace cincuenta años habría conseguido que aceptara salir conmigo.
—Y ahora también —le digo y reímos a la vez.
Una de las enfermeras me advierte de que el señor McMorris es un donjuán de pelo cano. Él le guiña un ojo a modo de confirmación.
Mientras vamos por el pasillo camino de la fiesta de la mujer centenaria, me doy cuenta de que en realidad lo estoy pasando bien. Las personas aquí parecen contentas. No es tan lujosa como la residencia de la abuela Judy, pero está muy lejos de los centros mal gestionados que citaron los abogados en la última oleada de demandas judiciales. Lo más probable es que ninguno de esos abogados llegue a ver un centavo, con independencia de los daños y perjuicios que sean reconocidos por los tribunales. Los que controlan el dinero detrás de las cadenas de centros de mayores utilizan holdings empresariales y sociedades instrumentales que pueden llevar a la quiebra en cualquier momento para así evitar pagar indemnizaciones. Por eso, que se hayan descubierto vínculos entre una de esas cadenas y un viejo amigo y uno de los principales donantes de las campañas de mi padre ha sido tan potencialmente devastador. Mi padre es muy conocido y, por tanto, un blanco fácil en el que concentrar las iras del público y las acusaciones políticas.
La ira y la culpa son armas poderosas. La oposición lo sabe.
En la sala común han instalado un estrado pequeño. Me siento en una esquina, con el séquito, cerca de las puertas acristaladas que dan a un jardín umbroso donde un caleidoscopio de flores sobrevive al brutal calor del verano.
En uno de los senderos en sombra del jardín hay una mujer sola. Está de espaldas y parece ajena a la fiesta, con la mirada fija en algún punto lejano. Sus manos descansan en un bastón. Lleva un vestido sencillo de algodón color crema y un jersey blanco, a pesar de lo caluroso del día. La espesa melena gris está trenzada y enroscada alrededor de la cabeza y eso, unido al vestido claro, le da una apariencia casi fantasmal, de vestigio de un pasado remoto. Una brisa agita la glicinia, pero no parece tocarla, lo que aumenta la sensación de que no está realmente allí.
Vuelvo a concentrarme en lo que dice la directora de la residencia. Da la bienvenida a todos, explica el motivo de la reunión: al fin y al cabo no todos los días se cumple un siglo de vida. Haber estado casada casi todo ese tiempo y conservar a la persona que quieres a tu lado es aún más notable. Es, de hecho, un acontecimiento digno de la visita de un senador.
Por no mencionar que esta pareja se cuenta entre los seguidores de mi padre desde que trabajaba en el gobierno estatal de Carolina del Sur. Técnicamente lo conocen desde hace más tiempo que yo y lo quieren casi tanto como yo. La homenajeada y su marido levantan sus finas manos unidas y aplauden con furia cuando se menciona el nombre de mi padre.
La directora cuenta la historia de estos dos adorables enamorados sentados en la mesa de honor. Luci nació en Francia cuando por las calles aún circulaban coches de caballos. Cuesta incluso imaginarlo. Trabajó en la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Su marido, Frank, piloto de guerra, fue derribado en combate. Su historia parece salida de una película, un romance cautivador. Luci formaba parte de una cadena de evacuación y ayudó a Frank a disfrazarse y a salir herido del país. Terminada la guerra, volvió a buscarla. Seguía viviendo en la misma granja con su familia, todos apiñados en el sótano, la única parte de la casa que seguía en pie.
Las adversidades que ha superado esta pareja me maravillan. Estas cosas son posibles cuando el amor es verdadero y fuerte, cuando las personas están entregadas la una a la otra, cuando lo sacrifican todo por estar juntas. Es lo que quiero para mí, pero a veces me pregunto si es algo posible para mi generación. Estamos tan ensimismados, tan... ocupados.
Miro mi anillo de compromiso y pienso: Elliot y yo sí podemos. Nos conocemos muy bien. Siempre nos hemos apoyado...
La cumpleañera se levanta despacio y se coge del brazo de su marido. Avanzan juntos, encorvados y torcidos y apoyados el uno en el otro. Verlos es bonito y enternecedor, espero que mis padres vivan hasta esa etapa de la vida. Espero que puedan disfrutar de una larga jubilación... algún día... Dentro de muchos años, cuando mi padre por fin se decida a bajar el ritmo. La enfermedad no puede llevárselo con solo cincuenta y siete años. Es demasiado joven. Se le necesita demasiado, tanto en casa como en el mundo. Todavía le queda trabajo por hacer y, después de eso, mis padres se merecen una jubilación y una vida tranquila, con tiempo para estar juntos.
Un sentimiento de ternura se instala en mi pecho y ahuyento estos pensamientos. Nada de muestras excesivas de emoción en público, es lo que me recuerda siempre Leslie. En el mundo de la política las mujeres no pueden permitírselo. Se ve como signo de incompetencia, de debilidad.
Como si no lo supiera. Un tribunal no es muy diferente. Las mujeres que ejercen la abogacía estamos sometidas a un juicio constante. Nos regimos por reglas distintas.
Mi padre saluda a Frank cuando se reúne con él cerca del estrado. Este se detiene, se yergue y le devuelve el saludo con precisión militar. Sus miradas se encuentran y el momento es genuino. Puede que quede perfecto en la pantalla, pero no está pensado para las cámaras. Mi padre aprieta los labios. Intenta no desmoronarse.
Es raro en él que se le note tanto algo.
Supero otro momento de emoción. Reprimo un suspiro. Bajo los hombros, miro para otro lado, hacia la ventana, y me pongo a estudiar a la mujer en el jardín. Sigue allí, con la mirada perdida. ¿Quién es? ¿Qué busca?
El ruidoso coro que canta el Cumpleaños feliz traspasa el cristal y la hace volverse despacio hacia el edificio. Soy consciente de que la canción sube de volumen y sé que es probable que las cámaras me enfoquen y que pareceré distraída, pero soy incapaz de apartar los ojos del camino del jardín, quiero verle la cara a la mujer, por lo menos. ¿Será tan inescrutable como el cielo de verano? ¿Estará simplemente deambulando, confusa? ¿O habrá huido a propósito de la celebración?
Leslie me tira de la chaqueta desde detrás y me enderezo igual que una colegiala a la que han regañado por hablar en la fila.
—Cumpleaños fe... Céntrate —me canta al oído y asiento mientras ella se aleja para tener mejor ángulo en las fotos que está sacando con el móvil y que después colgará en la cuenta de Instagram de mi padre. El senador está en todas las redes sociales, aunque no sabe usar ninguna. Su community manager es un lince.
La ceremonia prosigue. Hay flashes de cámaras. Familiares felices se enjugan lágrimas y graban vídeos cuando mi padre hace entrega de una carta de felicitación enmarcada.
Llega la tarta en una mesa con ruedas, cien velas encendidas.
Leslie está encantada. La habitación está tan llena de felicidad y emoción que se hincha igual que un globo de helio. Un gramo más de alegría y saldremos flotando.
Alguien me toca la mano y la muñeca, unos dedos me sujetan tan inesperadamente que me sobresalto y al instante me controlo para no llamar la atención. El tacto es frío, huesudo y tembloroso, pero sorprendentemente fuerte. Me vuelvo y veo a la mujer del jardín. Endereza la espalda encorvada y me mira con unos ojos del color de las hortensias del jardín de casa, en Drayden Hill. Un azul suave y claro con un asomo de bruma en los bordes. Los labios rodeados de arrugas le tiemblan.
Antes de que me dé tiempo a recobrarme del susto, viene una enfermera a llevársela, cogiéndola con firmeza.
—May —dice, y me mira como pidiendo disculpas—. Venga conmigo. No debe molestar a los invitados.
En lugar de soltarme la muñeca, la mujer se aferra más fuerte. Parece desesperada, como si necesitara algo, pero no tengo idea de qué puede ser.
Me mira a la cara. Alarga el cuello.
—¿Fern? —susurra.
May Crandall
Aiken, Carolina del Sur, época actual
A veces es como si los goznes de mis recuerdos se hubieran oxidado y gastado. Las puertas se abren y cierran cuando quieren. Un atisbo aquí. Un espacio vacío allí. Un lugar oscuro al que me da miedo asomarme.
Nunca sé lo que me voy a encontrar.
No hay forma de predecir cuándo se abrirá, o por qué, una barrera.
Detonantes. Es como los llaman los psicólogos en los programas de televisión. Detonantes... Como si la pólvora prendiera e impulsara un proyectil por el cañón de una escopeta. Es una metáfora apropiada.
Verle la cara ha detonado alguna cosa.
Se abre una puerta al pasado. Cruzo el umbral inconscientemente primero, preguntándome qué puede haber encerrado dentro de la habitación. En cuanto la llamo Fern, sé que no estoy pensando en Fern. He retrocedido más en el tiempo. A quien veo es a Queenie.
Queenie, nuestra madre, una mujer fuerte cuyos preciosos rizos dorados todos heredamos. Todos menos la pobre Camellia.
Mis pensamientos viajan ligeros como plumas sobre copas de árboles y lechos de valles. Llego hasta una orilla en pendiente del Misisipi, a la última vez que vi a Queenie. El aire cálido y suave de aquella noche de verano en Memphis sopla en remolinos sobre mi cabeza, pero la noche es una impostora.
No es clemente. No perdona.
Después de esta noche no habrá vuelta atrás.
Doce años, aún delgada y fibrosa como la columna de un porche. Balanceo las piernas debajo de la barandilla de nuestra casa flotante a la espera de ver los ojos de un caimán en el parpadeo ámbar del farol. No debería haber caimanes a esta altura del Misisipi, pero se rumorea que alguien ha visto uno hace poco. Eso convierte buscarlos en una suerte de juego. Los niños que viven en el río se divierten como pueden.
Y ahora mismo necesitamos más que nunca una distracción.
A mi lado, Fern se sube a la barandilla y busca luciérnagas entre los árboles. Con casi cuatro años, está aprendiendo a contarlas. Señala con un dedo gordezuelo y se asoma, sin pensar en los caimanes.
—¡He visto una, Rill! ¡La he visto!
Le agarro el vestido y tiro de ella.
—Si te caes a esta hora no pienso tirarme a sacarte.
Lo cierto es que no le vendría mal caerse al agua. Le serviría de lección. El barco está amarrado en un agradable remanso cruzando el río desde la isla de Mud. A la altura de la popa del Arcadia, el agua solo me llega a la cadera. Fern podría tocar el fondo de puntillas, pero, en cualquier caso, los cinco nadamos como renacuajos, incluso el pequeño Gabion, que aún no sabe decir una frase entera. Cuando naces en el río, este se vuelve algo tan natural como respirar. Conoces sus sonidos, sus formas y sus criaturas. Para habitantes del río como nosotros, el agua es un hogar. Un lugar seguro.
Pero ahora mismo hay algo en el aire..., algo que no va bien. Un escalofrío me sube por los brazos y me aguijonea las mejillas. Una parte de mí siempre ha presentido cosas. Nunca se lo he contado a nadie, pero así es. Es una sofocante noche de verano y tengo frío. El cielo está cubierto. Las nubes, maduras como melones a punto de reventar. Se acerca una tormenta, pero eso por sí solo no explica cómo me siento.
Dentro de la casa, los suaves gemidos de Queenie se aceleran, ajenos a la voz espesa como la melaza de la partera.
—A ver, señora Foss, tiene usted que dejar de empujar, y ahora mismo. Si este niño sale mal colocado, no estará mucho tiempo en este mundo, y usted tampoco. Tiene que tranquilizarse. Cálmese.
Queenie emite un sonido grave y abrupto como el de una bota despegándose del espeso cieno del pantano. Nos ha dado a luz a los cinco con apenas un jadeo, pero esta vez está tardando mucho más. Me seco el sudor frío de los brazos y tengo la impresión de que hay algo entre los árboles. Una presencia maligna. Nos está mirando. ¿Qué hace aquí? ¿Ha venido a llevarse a Queenie?
Quiero bajar la pasarela, correr por la orilla y gritar: «¡Largo de aquí! ¡Vete! ¡No te vas a llevar a mi madre!».
Lo haría. No me asusta que pueda haber caimanes. Pero en lugar de ello me quedo quieta igual que un chorlito en su nido. Escucho lo que dice la partera. Habla tan alto que la oigo como si estuviera dentro.
—Por Dios santo, que el cielo se apiade de nosotros. Tiene más de un niño dentro. ¡Desde luego que sí!
Mi padre murmura algo que no consigo oír. Sus botas cruzan la habitación, vacilan, cruzan otra vez.
—Señor Foss —continúa la partera—, no puedo hacer nada. Si no lleva enseguida a esta mujer a un médico, estos niños no llegarán a ver el mundo y su mamá morirá también.
Briny tarda en contestar. Golpea con fuerza los puños contra la pared y hace temblar los marcos de las fotografías de Queenie. Algo se desprende, se oye un sonido de metal chocando contra madera y sé qué es por dónde cae y cómo suena. Veo la cruz de hojalata con el hombre de aspecto triste y quiero entrar corriendo y cogerla y arrodillarme junto a la cama y susurrar palabras polacas misteriosas, como hace Queenie cuando Briny no está en la casa y el agua de lluvia cae a chorros por el tejado y las olas golpean el casco del barco.
Pero no conozco ese lenguaje extraño y seco que Queenie aprendió de la familia que dejó atrás cuando huyó para irse a vivir en el río con Briny. Si juntara en una frase las pocas palabras polacas que sé, no formarían más que una tontería sin sentido. Aun así, si pudiera coger la cruz de Queenie ahora mismo, se las diría al hombre de hojalata al que ella besa cada vez que hay tormenta.
Haría casi cualquier cosa por que terminara el parto y por ver a Queenie sonreír de nuevo.
Al otro lado de la puerta, la bota de Briny araña los tablones y oigo la cruz rodar por el suelo. Briny mira por la ventana empañada sacada de la casa que derribó para construir el barco antes de que yo naciera. Con la madre de Briny en el lecho de muerte y una nueva sequía, el banco se iba a quedar la granja de todos modos. Briny decidió que lo mejor era irse a vivir al río. Y acertó. Para cuando llegó la Depresión, a Queenie y a él les iba bien. Ni siquiera la Depresión puede matar de hambre al río, dice cada vez que cuenta la historia. El río tiene su propia magia. Cuida de su gente. Siempre lo hará.
Pero esta noche la magia ha salido mal.
—¡Señor! ¿Me oye? —La partera se deja de cortesías—. No pienso cargar con sus muertes. Lleve a su mujer al hospital. Ya.
Al otro lado del cristal, Briny arruga el semblante. Cierra los ojos con fuerza. Con un puño se golpea la frente y a continuación la pared.
—Con esta tormenta...
—Por mí como si está el demonio ahí fuera, señor Foss. No puedo hacer nada por esta mujer. Nada. Y no pienso cargar con su muerte en mi conciencia.
—Nunca ha tenido problemas... Con ninguno de los otros. Les...
Queenie suelta un chillido fuerte y agudo y el sonido se pierde en la noche como el aullido de un gato salvaje.
—A no ser que se le olvidara contármelo, nunca ha tenido dos bebés a la vez.
Me levanto, cojo a Fern y la dejo en el porche con Gabion, que tiene dos años, y Lark, que tiene seis. Camellia sigue mis movimientos desde donde está mirando, junto a la ventana delantera. Cierro la cancela que hay en el arranque de la pasarela para encerrarlos a todos en el porche y le digo a Camellia que no deje a los pequeños subirse. Camellia me contesta frunciendo el ceño. A sus diez años, ha heredado la obstinación de mi padre y también su pelo y sus ojos oscuros. No le gusta que le digan lo que tiene que hacer. Es terca como un tocón de ciprés y a veces el doble de dura. Si los pequeños se ponen a armar jaleo, tendremos un problema todavía más gordo.
—Todo va a salir bien —prometo y les acaricio las cabezas suaves y doradas como si fueran cachorros—. Queenie está pasando un mal rato, nada más. No conviene que nadie la moleste ahora. Quedaos aquí. El rugarú anda suelto esta noche, le he oído respirar hace un minuto. No es seguro salir.
Ahora que tengo doce años, no creo ni en el hombre lobo ni en el hombre del saco ni tampoco en Jack, el capitán loco de los piratas del río. Por lo menos no mucho. Dudo de que Camellia se tragara alguna vez las historias llenas de imaginación de Briny.
Agarra el picaporte.
—No —le digo en un susurro—. Voy yo.
Nos han ordenado que nos quedemos fuera, algo que Briny no dice nunca sin motivo. Pero ahora Briny habla como si no tuviera ni idea de qué hacer y me preocupan Queenie y mi nuevo hermanito o hermanita. Todos hemos estado esperando a ver qué era. Aunque se suponía que no tenía que llegar tan pronto. Es pronto, más pronto incluso que cuando nació Gabion, que era tan poquita cosa que salió antes de que a Briny le diera tiempo a llevar el barco a la orilla y encontrar a una mujer que ayudara en el parto.
Este nuevo bebé no parece demasiado dispuesto a poner las cosas tan fáciles. Quizá cuando nazca se parezca a Camellia y sea igual de terco.
Bebés, me corrijo. Caigo en la cuenta de que viene más de uno, como pasa con los cachorros, y que no es normal. Detrás de la cortina que cosió Queenie con cuatro sacos de harina Golden Heart hay tres vidas. Tres cuerpos que intentan separarse los unos de los otros, pero que no pueden.
Abro la puerta y, antes de que me dé tiempo a decidir si entro o no, tengo a la partera encima. Me agarra el brazo con una mano. Es como si sus dedos dieran dos veces la vuelta alrededor de mi brazo. Bajo la vista y veo el círculo de piel oscura contra mi piel pálida. Si quisiera, podría partirme en dos. ¿Por qué no puede salvar a mi hermanito o hermanita? ¿Por qué no puede sacarlo del cuerpo de mi madre y traerlo a este mundo?
La mano de Queenie se aferra a la cortina y chilla y tira, arqueándose en la cama. Se desprenden media docena de arandelas. Veo la cara de mi madre; su pelo largo rubio y sedoso como el maíz pegado a la cara; sus ojos azules, esos preciosos ojos celestes que nos distinguen a todos menos a Camellia, desorbitados. La piel de las mejillas está tan tirante que la recorren arañas de venillas como alas de libélula.
—¿Papá?
Mi susurro llega una vez ha terminado el grito de Queenie, pero aun así parece alterar el aire de la habitación. Jamás llamo a Briny «papá» ni a Queenie «mamá», a no ser que algo vaya muy mal. Eran tan jóvenes cuando me tuvieron que creo que ni se les ocurrió enseñarme las palabras «mamá» y «papá». Siempre hemos sido como amigos de la misma edad. Pero de vez en cuando necesito que sean mis padres. La última vez fue hace semanas, cuando vimos a un hombre colgado de un árbol, muerto, con el cuerpo hinchado.
¿Tendrá Queenie ese aspecto cuando muera? ¿Morirá ella primero y después los bebés? ¿O será al revés?
Tengo el estómago tan encogido que ni siquiera siento ya la manaza de la partera en el brazo. Quizá incluso me alegro de que esté ahí, sosteniéndome, impidiendo que me mueva. Me da miedo acercarme más a Queenie.
—¡Díselo! —La partera me sacude como si fuera una muñeca de trapo y me hace daño. Le brillan los dientes a la luz de la lámpara.
No muy lejos retumba el trueno y una ráfaga de viento golpea la popa y la partera da un traspiés hacia delante llevándome con ella. Los ojos de Queenie encuentran los míos. Me mira como mira un niño pequeño, como si pensara que puedo ayudarla y suplicándome que lo haga.
Trago con dificultad e intento sacar mi voz.
—¿P-papá? —tartamudeo otra vez, pero Briny sigue con la vista perdida. Está paralizado como un conejo cuando presiente peligro cerca.
Por la ventana veo a Camellia con la cara pegada al cristal. Los pequeños se han subido al banco para mirar. A Lark le ruedan gruesas lágrimas por las mejillas regordetas. No soporta ver sufrir a ninguna criatura. Si puede, tira al río los peces que usamos de cebo. Cada vez que Briny caza comadrejas, patos, ardillas o ciervos se comporta como si acabaran de matar a su mejor amigo delante de sus ojos.
Me mira para que salve a Queenie. Todos lo hacen.
De algún lugar lejano llega el fogonazo de un relámpago. Hace retroceder el resplandor amarillo de la lámpara de aceite, luego se apaga. Intento contar los segundos antes de oír el trueno, para saber a qué distancia está la tormenta, pero estoy demasiado nerviosa.
Si Briny no lleva pronto a Queenie al médico, será demasiado tarde. Como siempre, estamos fondeados en la orilla virgen. Memphis está al otro lado del ancho y oscuro río Misisipi.
Toso para expulsar el nudo de la garganta y enderezo el cuello para que no se me vuelva a formar.
—Briny, tienes que llevarla a la otra orilla.
Se vuelve hacia mí despacio. Su expresión sigue siendo perpleja, pero da la impresión de que estaba esperando algo así, que alguien que no fuera la partera le dijera lo que tiene que hacer.
—Briny, tienes que llevarla en el esquife ahora, antes de que llegue la tormenta.
Sé que mover el barco llevaría demasiado tiempo. Briny también lo sabría, si fuera capaz de pensar con claridad.
—¡Díselo! —La partera me espolea. Se vuelve hacia Briny y me empuja hacia él—. Como no baje a esta mujer del barco, para mañana esta niña se habrá quedado sin madre.
Avery Stafford
Aiken, Carolina del Sur, época actual
Avery, baja! ¡Te necesitamos!
Nada te hace retroceder más deprisa de los treinta a los trece años que la voz de tu madre resonando en las escaleras como una pelota de tenis después de un buen saque.
—¡Bajo ahora mismo!
Elliot ríe al otro lado del teléfono. El sonido me resulta a la vez familiar y reconfortante. Me devuelve a un camino de recuerdos que llega hasta mi infancia. Con la madre de Elliot y la mía que no nos quitaban ojo, nunca teníamos ocasión de pasarnos de la raya y mucho menos de hacer esas travesuras que otros adolescentes sí hacían. Estábamos más o menos predestinados a ser buenos. Juntos.
—Parece que te reclaman, cariño.
—Es la foto familiar de Navidad. —Me inclino hacia el espejo y me retiro bucles rubios de la frente que, de inmediato, vuelven a caer. Mi rápida visita al establo a la vuelta de la residencia ha hecho aflorar los rizos que heredé de la abuela Judy. Sabía que pasaría, pero una yegua de cría parió anoche y no puedo resistirme a un potrillo recién nacido. Ahora estoy pagando por ello. No hay alisador de pelo hecho por la mano del hombre que pueda competir con la brisa húmeda del río Edisto.
—¿Foto de Navidad en julio? —Elliot tose y me doy cuenta de cuánto le echo de menos. Esto de vivir separados es duro y solo llevamos así dos meses.
—A mi madre le preocupa la quimio. Le dijeron que papá no se quedaría sin pelo con el tipo de quimio que le están dando, pero le da miedo que pueda pasar.
En realidad no hay médico en todo el planeta capaz de tranquilizar a mi madre sobre el diagnóstico de cáncer de colon de mi padre. Mamá siempre ha estado a cargo del mundo y está decidida a no abdicar ahora. Si dice que papá va a perder pelo, es probable que así sea.
—Genio y figura. —Elliot vuelve a reír. Sabe de lo que habla. Su madre, Bitsy, y la mía están cortadas por el mismo patrón.
—Lo que pasa es que le da mucho miedo perder a papá.
Me cuesta terminar la frase. Estos últimos meses nos han dejado en carne viva, cada uno sangrando en silencio por dentro.
—Lógico. —Elliot calla y la pausa se me hace eterna. Oigo sonido de teclas de ordenador. Me recuerdo a mí misma que está dirigiendo una agencia nueva de corretaje y que el éxito de esta es lo más importante para él ahora mismo. Lo último que necesita es a su prometida llamándolo en plena jornada laboral y sin un motivo concreto—. Está bien que hayas ido, Aves.
—Espero estar ayudando. A veces me parece que estoy empeorando el estrés en lugar de reducirlo.
—Tienes que estar allí. Necesitas pasar un año en Carolina del Sur para restablecer allí tu residencia, por si acaso... —Elliot me recuerda lo mismo cada vez que hablamos de esto, cada vez que me entran ganas de coger un vuelo a Maryland y volver a mi antiguo despacho en la oficina del fiscal general, donde no tenía que preocuparme de tratamientos para el cáncer, fotos de Navidad hechas con meses de antelación, votantes y personas como aquella mujer de aspecto desesperado que me cogió del brazo en la residencia de mayores.
—Oye, Aves, espera. Perdona. Esta mañana está siendo una locura. —Elliot me pone en espera para atender una llamada y mis pensamientos retroceden a esta mañana.
Veo a la mujer, May, en el jardín con su jersey blanco. Luego está a mi lado, la cara le llega apenas a la altura de mi hombro, con sus manos delgadísimas aferradas a mi muñeca y el bastón colgado de su brazo. La expresión de sus ojos me resulta inolvidable incluso ahora. Transmite tanta certeza... Está convencida de que me conoce.
¿Fern?
¿Perdón?
Fernie, soy yo. Tiene lágrimas en los ojos. Cariño, cómo te he echado de menos. Me dijeron que te habías ido. Sabía que no romperías tu promesa.
Durante un segundo quise ser Fern, solo por hacerla feliz, para que pudiera dejar de estar sola en el jardín mirando la glicinia. Parecía tan desvalida. Tan perdida.
Me salvan de tener que decirle que no soy la persona que busca. Interviene la auxiliar, roja de vergüenza y claramente alterada. «Perdón», me susurra. «La señora Crandall es nueva». Le pasa un brazo con firmeza por los hombros a la señora Crandall y le suelta las manos de mi muñeca. La anciana es sorprendentemente fuerte. Se rinde centímetro a centímetro y la enfermera dice con voz queda: «Venga, May. La voy a llevar a su habitación».
La miro ir con la sensación de que debería hacer algo para ayudar, pero no sé qué.
Elliot vuelve a ponerse al teléfono y mis pensamientos regresan al presente.
—Y, en cualquier caso, al mal tiempo buena cara. Tú puedes. Te he visto ganar a los mejores abogados defensores del país. Aiken no puede suponerte un problema.
—Ya lo sé. —Suspiro—. Siento interrumpirte. Es que... necesitaba oír tu voz, supongo. —Me empiezo a ruborizar. Por lo general no soy tan dependiente emocionalmente. Quizá es consecuencia de la salud de papá y de los problemas con la abuela Judy, pero no me quito de encima una dolorosa sensación de mortalidad. Es espesa y persistente como la niebla del río. Lo único que puedo hacer es avanzar a tientas por ella sin ver lo que puede estar acechando.
He tenido una vida muy afortunada. Es posible que nunca haya sido consciente de ello hasta ahora.
—No seas tan dura contigo. —La voz de Elliot es tierna ahora—. Son muchas cosas a la vez. Date tiempo. Preocupándote demasiado no vas a solucionar nada.
—Tienes razón. Sé que la tienes.
—¿Podrías ponerlo por escrito?
La broma de Elliot me arranca una carcajada.
—Jamás.
Cojo el bolso de encima del secreter y busco algo con que recogerme el pelo. Cuando lo vuelco en la cama aparecen dos pasadores plateados. Servirán. Me recojo los mechones delanteros y me los sujeto formando ondas. A la abuela Judy le encantará esta foto. Después de todo, tengo su mismo pelo y ella siempre lo llevaba rizado.
—Esa es mi Aves.
Elliot saluda a alguien que acaba de entrar en su despacho y nos despedimos deprisa mientras me peino y me miro por última vez en el espejo, alisando el vestido verde de tubo que he elegido para la fotografía. Espero que la estilista de mi madre no se ponga a comprobar marcas. El vestido me lo compré en unos grandes almacenes. El pelo, en cambio, me ha quedado bien. Incluso a la estilista le gustará..., si está aquí..., y probablemente está. Leslie y ella coinciden en que necesito «trabajar un poquito el look», tal y como lo expresan ellas.
Llaman a la puerta suavecito.
—No pases, ¡tengo un pulpo gigante encerrado en el armario! —aviso.
Mi sobrina de diez años, Courtney, asoma su cabeza de rizos rubios por la puerta. También ella es un calco de la abuela Judy.
—La última vez dijiste que tenías un oso —se queja y pone los ojos en blanco para hacerme saber que mi chiste podía hacerle gracia cuando tenía nueve años, pero no ahora, que ha alcanzado oficialmente las dos cifras.
—Perdona, pero era un oso mutante que cambia de forma —digo haciendo alusión a un videojuego que la tiene demasiado obsesionada. Con la llegada inesperada de los trillizos, Courtney pasa mucho tiempo sola. No parece que su nueva libertad le moleste, pero a mí me preocupa.
Apoya una mano en la cadera y me mira con desparpajo.
—Si no bajas, te va a hacer falta ese oso, porque Honeybee te va a soltar los perros.
Honeybee, abejita, es el apodo cariñoso que usa mi padre con mi madre.
—Huy, ahora sí que me has asustado.
Los terrier escoceses de Drayden Hill están tan mimados que probablemente esperan que un intruso llegue con chucherías gourmet compradas en una pastelería para mascotas.
Le revuelvo el pelo a Courtney cuando paso a su lado.
—¡Allison! —grito hacia las escaleras y echo a correr—. ¡Tu hija está retrasando la fotografía familiar!
Courtney chilla y echamos una carrera hasta el piso de abajo. Gana ella porque es pequeña y menuda y yo llevo tacones. No necesito los centímetros de más, pero a mi madre no le gustaría que posara para el retrato familiar de Navidad con zapato plano.
En el salón para las visitas, el personal y el fotógrafo están embarcados en una misión. Empieza el frenesí fotográfico. Para cuando hemos terminado, los hijos adolescentes de mi hermana mayor están furiosos y yo necesito una siesta. En lugar de ello cojo a uno de los pequeños y me pongo a hacerle cosquillas en el sofá. Los otros no tardan en unirse a la refriega.
—¡Avery, por amor del cielo! —protesta mi madre—. Tienes la ropa hecha un higo y tienes que salir con tu padre en veinte minutos. —Leslie me mira con un solo ojo, una demostración de su habilidad de iguana para mirar en dos direcciones a la vez. Señala el vestido verde.
—Es demasiado elegante para el encuentro en el Ayuntamiento y lo que llevabas esta mañana es demasiado informal. Ponte el traje pantalón azul con el bajo de cordoncillo. Muy senatorial, pero también discreto. ¿Sabes cuál te digo?
—Sí.
Preferiría quedarme a luchar con los trillizos o hablar con los hijos de Missy sobre sus planes de hacerse monitores de campamento de verano, pero nadie me ofrece esas opciones.
Beso a mis sobrinos y corro escaleras arriba a cambiarme. Al poco estoy otra vez en la limusina con mi padre.
Este saca el móvil y repasa el dosier de la agenda de esta tarde. Entre Leslie, sus numerosos ayudantes y becarios, el personal de aquí y de Washington y los periódicos, siempre está bien informado. Necesita estarlo. Con el clima político actual hay riesgo real de que el equilibrio en la Cámara se vea alterado si el cáncer lo obliga a dejar el escaño. Papá se moriría antes de dejar que eso ocurra. Que estuviera tanto tiempo ignorando los síntomas y se quedara en Washington durante la sesión del Congreso es prueba de ello, como lo es el hecho de que yo haya tenido que volver a casa para recuperar mi residencia, tal y como dice Elliot, por si acaso.
En Carolina del Sur, el apellido Stafford siempre ha estado por encima de ideologías políticas, pero la publicidad generada por el escándalo del centro de mayores nos tiene a todos sudando como turistas en una tarde de verano en Charleston. Cada semana se publica algo nuevo; residentes que murieron porque no les trataban las escaras, centros que contrataban personal no cualificado, otros que no cumplían ni de lejos las regulaciones federales, que exigen al menos 1,3 horas de cuidados a cada paciente y que, aun así, facturaban a Medicare y Medicaid. Familias destrozadas que creían que sus seres queridos estaban en manos competentes. Es desgarrador y horrible, y la ligera conexión con mi padre ha proporcionado a sus enemigos políticos munición de fuerte carga emocional. Quieren que todos crean que, con personas dispuestas a dejarse sobornar, mi padre usaría su influencia para ayudar a un amigo a beneficiarse del sufrimiento humano y luego evitar ser procesado por ello.
Cualquiera que conozca a mi padre sabe que esto es imposible. No está en posición de insistir en que quienes apoyan y financian las campañas políticas enseñen sus balances, y, aunque lo estuviera, la verdad quedaría oculta bajo capa tras capa de entidades corporativas que a primera vista parecen perfectamente legales.
—Será mejor que nos preparemos —dice papá y pulsa el botón del play en su agenda de voz. Sostiene el teléfono entre los dos y se inclina hacia mí, y de pronto vuelvo a tener siete años. Me invade esa sensación de cálida emoción que tenía cada vez que mamá me llevaba por los sacrosantos pasillos del Capitolio, se detenía delante de la puerta de mi padre y me dejaba entrar sola. Muy en silencio y con gran solemnidad, yo iba hasta la mesa de la secretaria y anunciaba que tenía una cita con el senador.
«Muy bien, déjeme confirmarlo», decía siempre la señora Dennison mientras levantaba una ceja y contenía una sonrisa pulsando el intercomunicador. «Senador, está aquí una tal señorita Stafford. ¿La hago pasar?».
Después de ser admitida, mi padre me recibía con un apretón de manos y decía: «Señorita Stafford, buenos días. Qué alegría que haya venido. ¿Está preparada para saludar al público?».
«¡Sí, señor!».
Siempre le brillaban los ojos de orgullo cuando yo me giraba para enseñarle cómo me había vestido para la ocasión. Una de las mejores cosas que puede hacer un padre por su hija es hacerle saber que está a la altura de sus expectativas. Mi padre lo hizo conmigo y, por mucho que haga, nunca podré pagar la deuda que tengo con él. Haría cualquier cosa por él y también por mi madre.
Ahora estamos hombro con hombro escuchando los pormenores de las actividades que nos quedan hoy, los temas a tratar y las preguntas a evitar. Se nos dan respuestas cuidadosamente argumentadas a preguntas sobre maltrato en centros de mayores, intentos de demanda y sociedades instrumentales que entran en bancarrota por arte de magia antes de poder pagar indemnizaciones. ¿Qué tiene intención de hacer mi padre al respecto? ¿Ha estado pidiendo favores, protegiendo a contribuyentes a su campaña y viejos amigos del largo brazo de la justicia? ¿Usará ahora su cargo para ayudar a las miles de personas mayores que tienen problemas para encontrar cuidados de calidad? ¿Y qué pasa con los que siguen viviendo en sus casas, sufriendo las consecuencias de la última e histórica inundación, obligados a elegir entre costear las reparaciones, comer, pagar las facturas de la luz o su medicación? ¿Qué cree mi padre que habría que hacer para ayudarlas?
Las preguntas no se terminan nunca. Cada una viene con al menos una respuesta perfectamente redactada. En muchas hay varias opciones que podemos usar en función del contexto, además de notas para refutarlas. El encuentro de esta tarde en el Ayuntamiento será una comparecencia para la prensa cuidadosamente orquestada, pero siempre existe la posibilidad remota de que un topo se haga con el micrófono. El ambiente podría caldearse.
Nos dicen incluso cómo reaccionar en caso de que alguien saque a relucir la cuestión de la abuela Judy. ¿Por qué pagamos una residencia que cuesta unas siete veces la cantidad por día que asigna Medicaid a los mayores de renta baja?
¿Por qué? Porque el médico de la abuela Judy nos dijo que Magnolia Manor era nuestra mejor opción, puesto que la abuela ya estaba familiarizada con el lugar. Una de sus amigas de infancia vivía en la propiedad antes de que fuera reconvertida, así que para ella es como ir a casa. Queremos que tenga todo lo que le proporcione consuelo, pero también nos preocupa su seguridad. Al igual que muchas familias, nos enfrentamos a un dilema complejo y delicado para el que no existe una respuesta sencilla.
Dilema complejo y delicado... No hay respuesta sencilla...
Me aprendo esas frases de memoria palabra por palabra por si me preguntan. En temas tan personales no me conviene improvisar.
—Muy buen trabajo en la residencia esta mañana, Wells —comenta Leslie cuando se sube al coche durante una parada para comprar café a unas manzanas de donde es el acto—. Nos queda poco para atajar esto de raíz. —Está más intensa de lo habitual—. Que Cal Fortner y su equipo intenten aprovecharse del tema de los cuidados a los mayores. Terminarán ahorcados con su propia soga.
—Cuerda no les falta, desde luego. —El comentario de papá tiene poco de chistoso. Hay un plan de ataque muy bien pensado, una estrategia sistemática para retratar a mi padre como un elitista alejado de las necesidades de los ciudadanos, un político de Washington cuyos años en la capital le han vuelto ciego a los problemas de su estado natal.
—Más a nuestro favor —dice Leslie con convencimiento—. Una cosa: ha habido un pequeño cambio de planes. Vamos a entrar en el edificio por la puerta de atrás, hay una protesta frente a la entrada principal.
A continuación se dirige a mí:
—Avery, esta vez te vamos a sacar. Para el encuentro, el senador estará sentado frente al entrevistador, así le damos un aire informal a la cosa. Tú te sentarás al lado de tu padre en el sofá, a su derecha, la hija preocupada que ha vuelto a casa para cuidar de su salud y ocuparse de los asuntos familiares. Eres la hija soltera y sin niños que educar; tienes planeado casarte aquí, en Aiken, etcétera, etcétera. Ya sabes cómo va esto. No hagas un discurso político, pero que tampoco te dé miedo demostrar que conoces los temas a debatir y los aspectos legales. Lo que buscamos es una charla relajada, sin guion, que dé pie a que te hagan alguna pregunta de tipo más personal. Solo habrá programas de noticias locales, así que es la oportunidad perfecta de darte un poco de visibilidad sin demasiada presión.
—Muy bien. —Me he pasado los cinco últimos años con un jurado escrutando cada uno de mis movimientos y abogados defensores respirándome en el cuello. Los participantes en un encuentro cuidadosamente supervisado en el Ayuntamiento no me asustan.
O eso me digo a mí misma. Por alguna razón, tengo el pulso acelerado y noto la garganta rasposa y seca.
—Ya sabes, cariño. Cara de «aquí estoy yo». —Mi padre me dedica lo que en ocasiones llamamos «el guiño del millón de dólares». Rezuma confianza, como miel caliente, espesa e irresistible.
Si yo tuviera la mitad del carisma de mi padre...
Leslie sigue con el programa. Para cuando llegamos al Ayuntamiento, no ha dejado de hablar. A diferencia de la visita a la residencia de mayores de la mañana, aquí hay seguridad, incluidos agentes del Departamento de Seguridad Pública. Oigo la algarabía delante del edificio y al final de la calle trasera veo un coche de la policía.
Cuando nos bajan de la limusina, Leslie parece dispuesta a enzarzarse con alguien a puñetazos. Yo empiezo a sudar dentro de mi conservador traje de chaqueta azul marino.
—¿Honrarás a tu padre y a tu madre? —grita un manifestante por encima del bullicio.
Quiero dar media vuelta, ir hasta la acera y preguntarle a estas personas cómo se atreven.
—¡Fuera los campos de concentración para mayores! —Esta nos sigue mientras entramos.
—¿Qué son? ¿Locos? —murmuro, y Leslie me dedica una mirada de advertencia y a continuación hace un gesto con los hombros señalando a los agentes de policía. Me está diciendo que me guarde mis opiniones en público, a no ser que hayan sido previamente aprobadas. Pero ahora estoy furiosa..., lo que quizá sea bueno. El pulso se me normaliza poco a poco y noto que se me empieza a poner la cara de «aquí estoy yo».
En cuanto se cierra la puerta, las cosas se tranquilizan. Nos recibe Andrew Moore, el coordinador del programa para los anfitriones del debate de hoy. Andrew, miembro de un CAP, un comité de acción política en defensa de los mayores, parece sorprendentemente joven para un puesto así. No puede tener más de veinticinco años. El traje de chaqueta gris sin una arruga combinado con una corbata ligeramente torcida y una camisa que parece elegida al azar le dan aspecto de niño al que han dejado la ropa preparada por la mañana, pero ha tenido que ponérsela solo. Nos cuenta que lo criaron sus abuelos, que hicieron enormes sacrificios por él. Es su manera de pagarles su esfuerzo. Cuando alguien menciona que he sido fiscal federal, me mira y comenta que al comité de acción política le vendría bien tener un buen abogado en plantilla.
—Lo tendré en cuenta —bromeo.
Mientras esperamos, charlamos de esto y lo otro. Parece agradable, sincero, enérgico y comprometido. Mi confianza en que tengamos un debate justo sobre los temas a tratar aumenta.
Enseguida nos presentan a más personas. Conocemos al periodista local que hará las veces de moderador. Nos meten micrófonos debajo de las chaquetas, nos los enganchan a las solapas y nos sujetan los transmisores a la cintura con una banda.
Esperamos entre bastidores hasta que el presentador entra en el plató, da las gracias a los organizadores y recuerda a todos el formato del debate de hoy antes de presentarnos. El público aplaude y entramos en el plató saludando con alegría. Todos se portan bien aunque, cuando miro hacia el público, veo unas cuantas caras que parecen mostrar preocupación, escepticismo y cierta antipatía. Otras miran al senador con lo que podría considerarse adoración.
Mi padre se las arregla razonablemente bien para contestar preguntas y desviar las pocas que no pueden responderse con una frase jugosa. No hay soluciones sencillas al problema de la financiación de la jubilación, que ahora es mucho más larga que en generaciones pasadas, o a la cuestión de las familias fracturadas y el cambio de tendencia a recurrir a los cuidados profesionales en lugar de ocuparse de los parientes ancianos en casa.
A pesar de sus cuidadas respuestas, me doy cuenta de que mi padre no está hoy en plena forma. Tarda un poco en reaccionar cuando un joven le dice:
—Me gustaría oír qué tiene que decir de la acusación de Cal Fortner de que el objetivo de la cadena de residencias propiedad de una corporación es almacenar a la población mayor de la manera más barata posible y así aumentar los beneficios, y que su aceptación en repetidas ocasiones de contribuciones de L. R. Lawton y sus socios de inversión prueba que apoya este modelo de supeditar a las personas a los beneficios. ¿Admite que estos centros de mayores estaban atendidos por trabajadores con el salario mínimo y poca o nula formación, y eso en el mejor de los casos? La oposición pide que haya una legislación federal que haga responsable a cualquiera que saque beneficios de un centro de asistencia o al holding de empresas propietario de los cuidados que se proporcionan, así como de los daños que se reconozcan en los tribunales. Fortner también pide impuestos para ciudadanos ricos como usted para costear un aumento de las prestaciones de nuestros ciudadanos más pobres. A la vista de los últimos acontecimientos, ¿apoyaría esta propuesta en el Congreso y por qué? En caso contrario, ¿por qué no?
Casi me parece oír rechinar los dientes de Leslie detrás de la cortina. Este tipo de preguntas no estaban en el guion y sin duda no están escritas en la tarjeta que sostiene el joven.
Mi padre duda y parece momentáneamente desconcertado. Vamos, pienso. El sudor me baja por la espalda. Se me tensan los músculos y me agarro al reposabrazos de la silla para tener las manos ocupadas.
El silencio es una tortura. Parece que pasan minutos, pero sé que no es así.
Mi padre se embarca por fin en una larga explicación sobre la existencia de regulaciones federales de las residencias de mayores y sobre los impuestos y los fideicomisos federales que financian Medicaid. Parece competente y sereno. Al mando una vez más. Deja claro que no está en situación de modificar él solo el sistema de financiación de Medicaid, el código impositivo o el estado actual del cuidado de los mayores, pero que son cuestiones prioritarias para él de cara a la próxima sesión del Congreso.
El encuentro vuelve entonces al guion previsto.
Por fin me hacen una pregunta y el presentador me mira indulgente. Contesto lo acordado a si me están preparando o no para ocupar el escaño de mi padre en el Congreso. No digo que sí ni tampoco digo: «Ni en un millón de años». En lugar de eso, termino con: «En cualquier caso, es prematuro pensar siquiera en ello... A no ser que quiera presentarme como su contrincante. ¿Y quién estaría tan loco para hacer algo así?».
El público ríe y remato la faena con el guiño que he heredado de mi padre. Está tan complacido que parece medir dos metros mientras contesta unas cuantas preguntas sencillas más y se termina el encuentro.
Al salir del plató, me preparo para que Leslie me dé palmaditas en la espalda. En lugar de eso, me detiene con cara de preocupación y se pega mucho a mí mientras salimos.
—Han llamado de la residencia. Al parecer te dejaste una pulsera.
—¿Qué? ¿Una pulsera?
De pronto recuerdo haberme puesto una esta mañana. Noto que me falta algo en la muñeca y, sí, la pulsera ha desaparecido.
—La llevaba puesta una de las residentes. La directora ha mirado las fotos del acto y ha comprobado que era tuya.
La mujer de la residencia..., la que me cogió la mano...
Ahora recuerdo las diminutas patas de oro de tres libélulas arañándome la muñeca mientras se llevaban a May Crandall. Debió de quedarse con la pulsera.
—Aaah, ya sé lo que pasó.
—La directora se ha disculpado muchísimo. La paciente es nueva y le está costando adaptarse. La encontraron hace dos semanas en una casa junto al río con el cuerpo muerto de su hermana y una docena de gatos.
—Qué horror. —Mis pensamientos vuelan y, sin poder evitarlo, imagino lo deprimente y espantoso de una escena así—. Seguro que fue un accidente. Lo de la pulsera, quiero decir. Me cogió de la mano mientras hablaba papá. La enfermera casi tuvo que soltarla a la fuerza.
—No debería haber ocurrido algo así.
—No pasa nada, Leslie. No tiene importancia.
—Mandaré a alguien a recogerla.
Recuerdo los ojos azules de May Crandall, la desesperación con la que me miraba. La imagino marchándose con mi pulsera, examinándola sola en su habitación, encajándosela en la muñeca y admirándola, feliz.
Si no fuera una herencia, dejaría que se la quedara.
—¿Sabes qué? Creo que voy a ir yo a buscarla. La pulsera era de mi abuela. —La agenda del día requiere que mi padre y yo nos separemos. Él estará un rato en su despacho antes de cenar con uno de sus electores, mientras mi madre hace de anfitriona de una reunión de un comité de acción política en Drayden Hill—. ¿Puede llevarme alguien? ¿O puedo coger uno de los coches?
Leslie me mira furiosa. Parecemos a punto de embestirnos la una a la otra, así que añado otra excusa, más convincente.
—Además tendría que pasarme a tomar el té con la abuela Judy ahora que estoy libre un rato. Y le gustará ver la pulsera.
El encuentro en el Ayuntamiento me ha dejado sintiéndome culpable por llevar casi una semana sin visitar a mi abuela.
A Leslie le tiembla la mandíbula cuando accede, dejando claro que mi capricho le parece inquietantemente poco profesional.
No puedo evitarlo. No dejo de pensar en May Crandall y en los numerosos artículos en la prensa sobre maltrato en las residencias de mayores. Quizá solo quiero asegurarme de que no acudió a mí porque tiene algún problema.
Quizá su historia triste y macabra ha despertado mi curiosidad. La encontraron hace dos semanas en una casa junto al río con el cuerpo muerto de su hermana...
¿Sería Fern el nombre de su hermana?