Cuando no puedo caminar, escalar o navegar para alejarme del mundo, sé aislarme de él.
Me llevó tiempo aprender. Solo cuando me di cuenta de que tenía una necesidad inmensa de silencio fui capaz de ponerme a buscarlo: y allí, en lo más recóndito del estruendo del tráfico y la cacofonía de los pensamientos, la música y el sonido de las máquinas, los iPhone y las quitanieves, me esperaba agazapado. El silencio.
No hace mucho trataba de convencer a mis tres hijas de que los secretos del mundo se esconden en el silencio. Era domingo y estábamos sentados a la mesa de la cocina para cenar. La del domingo ha resultado ser la única cena de la semana en la que todos tenemos tiempo de quedarnos sentados charlando cara a cara. Los demás días hay demasiadas cosas que hacer. Las niñas me miraron con escepticismo. ¿El silencio? Pero si el silencio no es nada... Antes de que yo hubiera empezado a explicarles que el silencio puede ser un amigo y que es un lujo mucho más valioso que ese bolso de Marc Jacobs que tanto desean, ya habían sacado sus conclusiones: el silencio está muy bien cuando te vas a dormir. Aparte de eso, no tiene ningún valor.
Mientras estábamos allí, sentados a la mesa, recordé de pronto la curiosidad que las tres sentían de niñas. Cómo se maravillaban pensando en lo que habría detrás de una puerta. Su expresión cuando miraban un interruptor y me preguntaban si podía «abrir la luz».
Preguntas y respuestas, preguntas y respuestas. La capacidad de maravillarse es el motor mismo de la vida. Pero mis hijas tienen trece, dieciséis y diecinueve años y cada vez se asombran menos. Y cuando lo hacen, sacan rápidamente el móvil para encontrar respuestas. Siguen teniendo curiosidad, pero la expresión de su cara es menos infantil, más adulta, tienen en la cabeza más ambiciones que preguntas. A ninguno de nosotros le interesaba lo más mínimo seguir hablando del silencio, así que decidí contar una historia con la intención de provocar eso, precisamente, silencio:
Dos amigos míos tenían planeado escalar el Everest. Una mañana muy temprano dejaron el campamento base para subir por la cara suroeste de la montaña. Escalaron sin problemas. Los dos alcanzaron la cima, pero entonces estalló una tormenta. Enseguida comprendieron que no podrían descender con vida. El primero consiguió ponerse en contacto telefónico vía satélite con su mujer, que estaba embarazada. Entre los dos decidieron cómo iba a llamarse el niño que estaban esperando. Y luego se durmió en la cima misma de la montaña. El otro no pudo localizar a nadie antes de morir. Nadie sabe lo que pasó en la montaña aquella tarde. Gracias al clima seco y frío que hay a más de ocho mil metros de altura, estarán congelados. Estarán allí tranquilamente, como eran, más o menos como estaban la última vez que los vi hace veintidós años.
Por una vez se hizo el silencio en la mesa. Se oyó el pitido de un mensaje en uno de los móviles, pero a nadie se le ocurrió ir a mirarlo en ese momento. El silencio se llenó de nosotros mismos.
Poco después me invitaron a dar una conferencia en la Universidad de Saint Andrews, en Escocia. Sobre un tema de mi elección. Por lo general suelo hablar de viajes extremos a los confines de la tierra, pero en esta ocasión los pensamientos me llevaron a casa, a la cena de aquel domingo con mi familia. De modo que elegí el silencio. Me preparé bien, pero como en otras muchas ocasiones estaba un tanto nervioso. ¿Y si unas ideas sueltas sobre el silencio eran algo apropiado para la cena del domingo, pero no como tema de discusión con un grupo de estudiantes? No es que temiera que fueran a abuchearme en el transcurso de los dieciocho minutos que duraría mi intervención, pero quería transmitir a los alumnos interés por aquello que me preocupaba.
Empecé la conferencia proponiéndoles un minuto de silencio. Se hizo un silencio absoluto. Los diecisiete minutos siguientes estuve hablando del silencio que nos rodeaba, pero también les hablé de algo que considero más importante aún, el silencio que llevamos dentro. Los alumnos se quedaron callados. Escuchando. Se diría que hubieran estado echando de menos el silencio.
Aquella misma noche fui a un pub con algunos de esos alumnos. Ya dentro, al otro lado de la puerta azotada por el viento, cada uno con una copa delante, vi que casi todo estaba igual a como yo lo recordaba de mis años de estudiante en Gran Bretaña. Gente estupenda y llena de curiosidad, buen ambiente, conversaciones interesantes. ¿Qué es el silencio? ¿Dónde está? ¿Por qué es más importante que nunca? Eran tres preguntas para las que querían respuestas.
Disfruté muchísimo aquella noche, no solo porque la pasé en buena compañía sino porque, gracias a los alumnos, comprendí lo poco que yo mismo sabía. Una vez en casa, no podía dejar de pensar en aquellas tres preguntas. Se convirtió en un tormento. Empecé a escribir, a pensar y a leer, sobre todo para satisfacer mi curiosidad. Me pasaba noche tras noche sentado dándoles vueltas a las tres preguntas.
Al final, llegué a estos treinta y tres intentos de respuesta.
Para un aventurero la cuestión es sobre todo maravillarse. Es una de las formas más puras de felicidad que se me ocurren. Me gusta esa sensación. Yo me maravillo a menudo, sí, casi en todas partes: cuando viajo, cuando leo, cuando conozco gente, cuando escribo o cuando noto cómo me late el corazón y veo el sol en el cielo. La capacidad de maravillarse es para mí una de las fuerzas más potentes con las que contamos al nacer. Se trata, además, de una de las cualidades más preciadas que existen. Y no recurro a ella solo en calidad de aventurero, también como padre y como editor. Es algo de lo que disfruto. Preferiblemente, sin que me molesten.
Los investigadores son capaces de encontrar verdades. A mí también me habría gustado poder encontrar verdades, pero no es lo mío. A estas alturas de la vida, he cambiado de opinión prácticamente acerca de todo. Y me maravillo por la sensación misma de maravillarme. Es un objetivo per se. Algo así como el viaje que lleva a un descubrimiento. Aunque a veces también es la semilla que nos conduce a más conocimiento.
En otras ocasiones no es un acto voluntario, no lo elijo, pero me maravillo porque no puedo hacer otra cosa. Algo conocido y desagradable aparece de pronto. Una idea o una vivencia. Me corroe por dentro y no puedo evitar darle vueltas a qué será.
Una noche vino a cenar mi prima y me regaló un libro de poemas de Jon Fosse. Cuando se fue, me quedé hojeando el libro en la cama. Un poco antes de apagar la luz, se me vinieron a la cabeza estas palabras: «Existe un amor que nadie recuerda». ¿Qué quería decir Fosse? ¿Un amor invisible que se encuentra en estado de hibernación? ¿Estaría escribiendo sobre el silencio, en realidad? Dejé el libro y me quedé tumbado pensando en aquello. Los buenos poetas me recuerdan a los grandes descubridores. Al elegir las palabras precisas, me despiertan el pensamiento, como los relatos de exploradores que leía de niño. Antes de dormirme decidí que, a la mañana siguiente, escribiría a Fosse para hablar con él.
«En cierto modo, es el silencio el que tiene que hablar», respondió Fosse seis minutos después de que le enviara un correo electrónico. Casi parecía haber estado esperando la pregunta, aunque no es nada probable, después de tanto tiempo como llevaba sin saber de mí.
Hablar es, precisamente, lo que debe hacer el silencio. El silencio debe hablar, y uno debe conversar con él y utilizar el potencial que posee. «Quizá sea porque el silencio conlleva el hecho de maravillarse, pero también le es inherente una suerte de poderío, es como un mar, sí, como una gran extensión nevada. Y quien no se maravilla ante ese poderío es porque le tiene miedo. Seguramente sea esa la razón por la que muchas personas temen el silencio (y por eso hay hilo musical por todas partes y por encima de todo otro ruido)».
Conozco el miedo del que habla Fosse. Cierto vago temor de algo que casi ni sé qué es. Que hace que deje de estar presente en mi propia vida. Al contrario, me limito a hacer cosas, evito el silencio y vivo a través de cada cosa nueva que hago. Escribo mensajes, pongo música, escucho la radio o simplemente dejo volar el pensamiento, en lugar de detenerme y, por qué no, aislarme del mundo un instante.
Creo que el miedo al que Fosse no pone palabras es el temor a conocerse mejor a uno mismo. Evitar eso huele a cobardía.

De todos los lugares en los que he estado, la Antártida es el más silencioso. Fui en solitario al Polo Sur, y en la monotonía de aquel paisaje inmenso no había ningún sonido humano aparte de los que yo mismo producía. En medio del hielo, en lo más remoto de aquella nada ingente y blanca, lo único que podía oír y sentir era aquel silencio.
Cuando recorres el continente más frío del mundo todo parece plano y blanco hasta el horizonte, kilómetro tras kilómetro. Bajo tus pies hay treinta millones de metros cúbicos de hielo que aplastan la superficie de la tierra.
Después de mucho tiempo en la soledad más absoluta empecé a darme cuenta de que nada era completamente plano, pese a todo. El hielo y la nieve componían formaciones abstractas, pequeñas y no tan pequeñas. Aquella blancura uniforme iba dando paso a infinitos tonos de blanco. Aparecía en la nieve una pincelada de azul, algo de rojo, de verde e incluso de rosa. Sentía que la naturaleza iba cambiando a lo largo del camino, pero me equivocaba. El entorno seguía siendo el mismo, era yo el que estaba cambiando. El día vigésimo segundo escribí en el diario: «Cuando estoy en casa dispongo siempre de “grandes porciones”. Aquí aprendo a valorar pequeños placeres. Los tonos de color en la nieve. El viento que cesa. Formaciones de nubes. El silencio».
Recuerdo que de niño me fascinaban los caracoles, que eran capaces de llevar consigo su propia casa adonde quiera que fuesen. Durante la expedición por la Antártida, aquella fascinación no hizo más que crecer. Llevaba en un trineo la comida, los enseres y el combustible que necesitaría en el transcurso del viaje, y nunca tenía que abrir la boca para hablar. Mantenía el pico cerrado. A lo largo de cincuenta días con sus noches no tuve contacto ni por radio ni por internet, ni vi a ningún ser vivo. Me limitaba a caminar hacia el sur día tras día. No solté ningún improperio ni cuando se aflojaba una cuerda ni cuando estaba a punto de caerme en una grieta en el hielo. (Soltar improperios te hunde, agrava el mal humor, por eso nunca me cabreo en las expediciones.)
En casa siempre pasa algún coche, suena el timbre, el pitido o el zumbido del teléfono, alguien habla, susurra o grita. En conjunto suman tantos sonidos que apenas los oímos. Allí era totalmente distinto. La naturaleza me decía que guardara silencio. Cuanto más silencio hubiera, tanto más oiría yo.
Cada vez que me tomaba un descanso y no soplaba el viento, sentía un silencio ensordecedor. Cuando se ha calmado el viento, incluso la nieve guarda silencio. Cada vez prestaba más atención a ese mundo del que yo formaba parte. Porque ni me debilitaba ni me importunaba. Estaba solo con mis ideas y mis pensamientos. El futuro carecía ya de importancia, el pasado no me preocupaba; de pronto, estaba presente en mi propia vida. El mundo desaparece cuando te fundes con él, aseguraba el filósofo Martin Heidegger. Y eso fue exactamente lo que sucedió.
Me sentía como una prolongación de mi entorno. Puesto que no tenía con quién hablar, establecí un diálogo con la naturaleza. Enviaba mis pensamientos a las grandes llanuras y las montañas, y ellas me devolvían otras ideas.
En el diario de la expedición al sur anoté lo fácil que es pensar que un continente al que no podemos viajar, que no podemos conocer ni ver, no tiene mucho valor. Tienes que haber estado allí, haber hecho fotografías y haberlas compartido para que tenga algún valor. «La Antártida es aún hoy un lugar remoto y desconocido para la mayoría. Mientras lo recorro, confío en que siga siendo así. No porque quiera privar a otros de esta experiencia, sino porque siento que la Antártida tiene una misión que cumplir como tierra desconocida», escribí el día vigésimo séptimo. Además, creo que necesitamos saber que existen zonas que no han sido exploradas en su totalidad y que solo conoce una minoría. Que existe un continente misterioso que casi nadie ha pisado, «que puede ser un estado de nuestra imaginación», y que, para la humanidad, quizá ese sea uno de los principales valores de la Antártida.
El secreto para llegar al Polo Sur es ir poniendo un pie detrás del otro el número suficiente de veces. Desde un punto de vista meramente técnico es sencillo. Incluso un ratón puede comerse a un elefante si da el número suficiente de mordiscos. El reto consiste en querer hacerlo. El mayor reto es levantarse por las mañanas cuando estás a 50 grados bajo cero. Hoy y en la época de Roald Amundsen y Robert Scott. ¿Y después? Estar a gusto contigo mismo.
El silencio se me metió dentro. Sin contacto con el mundo exterior, aislado conmigo mismo y con mis cosas, me vi obligado a seguir pensando en las ideas que ya me ocupaban antes. Y peor aún, en mis sentimientos. La Antártida es el desierto más grande del mundo, compuesto de agua, con más horas de sol que el sur de California. No hay ningún lugar donde esconderse. Las pequeñas mentiras cotidianas y las medias verdades que contamos en la civilización resultan totalmente absurdas en la distancia.
Podría pensarse que me estuve dedicando a la meditación: no fue así. En ocasiones el frío y el viento se apoderaban de mí agarrándome como unos alicates helados. Lloraba de frío. La nariz, los dedos de las manos y de los pies se iban poniendo blancos y perdían toda sensibilidad. Cuando se congelan los miembros empieza a notarse el dolor, después no se siente nada.

© Erling Kagge.

© Kjell Ove Storvik.