La cabeza de la chica descansaba sobre un montón de hojas de color naranja y marrón.
Sus ojos almendrados contemplaban con fijeza las copas de los sicomoros, hayas y robles, pero no veían los vacilantes rayos del sol que se colaban entre las ramas y salpicaban de oro el suelo del bosque. No parpadeaban cuando los brillantes escarabajos negros correteaban sobre sus pupilas. Ya nunca verían nada, salvo la oscuridad.
A poca distancia, una mano pálida sobresalía de su propia mortaja de hojas como si pidiera ayuda, o la tranquilizadora confirmación de que no estaba sola. Nadie podía proporcionársela. El resto de su cuerpo, inaccesible, estaba oculto en varios rincones recónditos de la espesura.
Cerca de allí, se oyó el crujido de una ramita, atronador como un petardo en medio de aquella quietud, y una bandada de pájaros se elevó de la maleza con un aleteo estrepitoso. Alguien se aproximaba.
Ese alguien se arrodilló junto a la chica de ojos ciegos. Unos dedos trémulos de emoción le acariciaron con delicadeza el cabello y la fría mejilla. Le levantaron la cabeza, le desprendieron unas hojas que se le habían adherido al borde irregular del cuello y la depositaron con cuidado en una bolsa, donde quedó asentada entre trozos de tizas rotas.
Tras reflexionar por unos instantes, acercó la mano para bajarle los párpados. Acto seguido, cerró la bolsa, se enderezó y se la llevó de allí.
Unas horas después, aparecieron los agentes de policía y el equipo forense. Numeraron, fotografiaron y examinaron las partes del cuerpo de la joven antes de transportarlo al depósito de cadáveres, donde permaneció durante varias semanas, como aguardando el momento en que lo completaran.
Ese momento jamás llegó. Hubo búsquedas exhaustivas, interrogatorios y peticiones de colaboración ciudadana, pero, a pesar de los diligentes esfuerzos de todos los agentes de policía y funcionarios del ayuntamiento, nunca encontraron la cabeza, por lo que fue imposible recomponer el cuerpo de la chica del bosque.
Empecemos por el principio.
El problema es que nunca nos hemos puesto de acuerdo respecto a cuál fue exactamente el principio. ¿Cuando Gav recibió un cubo de tizas por su cumpleaños? ¿Cuando nos dio por dibujar las figuras con tiza o cuando empezaron a aparecer por sí solas? ¿Fue el terrible accidente? ¿O el día en que encontraron el primer cadáver?
Existen unos cuantos principios. Cualquiera de ellos podría considerarse el inicio de la historia, supongo. Pero, en realidad, creo que todo empezó el día de la feria. Es el día que recuerdo con más claridad. Por la Chica de la Ola, claro, pero también porque fue el día en que todo dejó de ser normal.
Si nuestro mundo fuera una bola de cristal con nieve, habría sido el día en que un dios distraído pasó por allí, la agitó con fuerza y la dejó donde estaba. Incluso después de que la espuma y los copos se depositaran en el fondo, las cosas no volvieron a ser como antes. No del todo. Aunque, a través del cristal, nada parecía haber cambiado, en el interior todo era distinto.
Fue también el día en que conocí al señor Halloran, por lo que supongo que se trata de un principio tan bueno como cualquier otro.
—Hoy habrá tormenta, Eddie.
Mi padre era aficionado a emitir pronósticos meteorológicos con voz profunda y categórica, como los hombres del tiempo de la tele. Sus afirmaciones siempre destilaban una certeza absoluta a pesar de que se equivocaba a menudo.
Dirigí la mirada a la ventana y vi un cielo de un azul impecable, tan resplandeciente, que tuve que entornar un poco los ojos para mirarlo.
—No tiene pinta de que vaya a caer una tormenta, papá —dije mientras masticaba un bocado de sándwich de queso.
—Eso es porque no va a caer —dijo mamá, que había entrado en la cocina de pronto y sin hacer ruido, como una especie de guerrero ninja—. En la BBC anuncian un fin de semana caluroso y soleado... Y no hables con la boca llena, Eddie —añadió.
—Hummm —dijo papá, como siempre que no estaba de acuerdo con mi madre pero le faltaban arrestos para plantarle cara.
Nadie se atrevía a contradecir a mamá. Daba —y sigue dando, de hecho— un poco de miedo. Era alta, tenía el pelo negro corto y unos ojos castaños capaces de titilar cuando estaba de buen humor o de ennegrecerse y relampaguear cuando se enfadaba (y, un poco como con el increíble Hulk, todos procurábamos no hacerla enfadar).
Mi madre era médico, pero no de esos médicos normales que cosen las piernas a la gente o ponen inyecciones. Papá me dijo una vez que ella «ayudaba a mujeres que se habían metido en un lío». No me aclaró a qué clase de lío se refería, pero supuse que debía de ser bastante gordo para que necesitaran un médico.
Mi padre también trabajaba, pero en casa. Escribía para revistas y periódicos, aunque no siempre. A veces se quejaba de que nadie le daba trabajo o comentaba con una carcajada amarga: «Supongo que no he encontrado mi público este mes, Eddie».
De pequeño, yo tenía la sensación de que no había conseguido un «empleo decente». Un empleo propio de un padre. Los papás debían llevar traje y corbata, salir a trabajar por la mañana y regresar a casa por la tarde, a la hora de la cena. Mi padre se iba a trabajar a la habitación libre que teníamos y se sentaba frente a un ordenador, vestido con pantalón de pijama y camiseta, y en ocasiones sin haberse peinado siquiera.
Su aspecto tampoco era como el de la mayoría de los padres. Lucía una barba crecida, frondosa, y una cabellera larga recogida en una cola de caballo. Llevaba vaqueros recortados y llenos de rotos, incluso en invierno, y camisetas desteñidas con nombres de grupos prehistóricos como Led Zeppelin y The Who. A veces iba en sandalias.
Gav el Gordo dijo que mi padre era un «puñetero jipi». Seguramente tenía razón. Pero en aquel momento me lo tomé como un insulto, le propiné un empujón, él me levantó y me tiró al suelo como en un combate de lucha libre, y yo me marché dando tumbos, con algunos moretones y sangrando por la nariz.
Más tarde hicimos las paces, claro. Gav el Gordo podía portarse como un auténtico capullo —era uno de esos chicos rellenitos que siempre tienen que ser los más ruidosos y desagradables para que los abusones de verdad los dejen en paz—, pero también era uno de mis mejores amigos, además de la persona más leal y generosa que conocía.
—Cuida bien de tus amigos, Eddie Munster —me aconsejó un día con toda solemnidad—. Los amigos son lo más importante.
«Eddie Munster» era mi apodo. Me lo habían puesto porque mi apellido es Adams, casi igual que el de La familia Addams. Cierto, el crío de La familia Addams se llamaba Pugsley, y Eddie Munster era un personaje de La familia Monster, pero en aquel entonces parecía tener sentido, de modo que, como suele ocurrir, se me quedó el apodo.
Eddie Munster, Gav el Gordo, Metal Mickey (a quien llamábamos así por los enormes correctores que llevaba en los dientes), Hoppo (David Hopkins) y Nicky: esos éramos los miembros de la panda. Nicky no tenía apodo porque era una chica, aunque hacía todo lo posible por fingir que no lo era. Soltaba tacos como un chico, trepaba a los árboles como un chico y peleaba casi tan bien como la mayoría de los chicos. Pero seguía pareciendo una chica. Una chica muy bonita, de largo pelo rojo y tez pálida, salpicada de diminutas pecas marrones. Aunque no es que me fijara mucho en ella, ni nada.
Habíamos quedado en vernos todos ese sábado. Nos juntábamos casi todos los sábados para ir a casa de uno u otro, a la zona de juegos o, a veces, al bosque. Sin embargo, ese sábado era especial, debido a la feria. Llegaba a nuestra localidad todos los años y se instalaba en el parque, cerca del río. Sería el primer año en que nos dejarían ir por nuestra cuenta, sin un adulto que nos supervisara.
Esperábamos ansiosos ese día desde que, semanas atrás, habían aparecido los carteles por toda la ciudad. Habría coches de choque, una Centrífuga, un Barco Pirata y un Pulpo. Seguro que sería la repera.
—Bueno —dije, despachando el sándwich de queso lo más deprisa posible—. He quedado con los demás fuera del parque, a las dos.
—Pues no te desvíes de las calles principales —me aleccionó mi madre—. No tomes atajos ni hables con desconocidos.
—No lo haré.
Me deslicé de la silla y me encaminé hacia la puerta.
—Y llévate la riñonera.
—¡Pero mamá...!
—Si montas en las atracciones, se te puede caer la cartera del bolsillo. La riñonera. Y no me discutas.
Abrí la boca, pero la cerré enseguida. Me ardían las mejillas. Detestaba la riñonera de las narices. Los turistas gordos llevaban riñonera. Me haría quedar en ridículo delante de todos, sobre todo de Nicky. Pero cuando mamá se ponía así, discutir no servía de nada.
—Está bien.
En realidad no me parecía bien, pero veía que el reloj de la cocina estaba a punto de dar las dos y tenía que marcharme cuanto antes. Subí corriendo las escaleras, cogí la riñonera de las narices y guardé mi dinero dentro. Nada menos que cinco libras. Una fortuna. Acto seguido, bajé a toda velocidad.
—Nos vemos luego.
—Pásalo bien.
No me cabía la menor duda de que así sería. Brillaba el sol. Llevaba puestas mi camiseta preferida y mis Converse. Ya alcanzaba a oír el débil «chunda, chunda» de la música de feria, y a oler las hamburguesas y el algodón de azúcar. Sería una tarde perfecta.
Gav el Gordo, Hoppo y Metal Mickey ya estaban esperando frente a la entrada cuando llegué.
—¿Qué hay, Eddie Munster? ¡Bonita mariconera! —exclamó Gav el Gordo.
Colorado como un tomate, le mostré el dedo medio. Hoppo y Metal Mickey se rieron de la pulla de Gav.
—Más mariconada es el pantalón corto que llevas tú, cabeza de polla —dijo Hoppo, que siempre era el más amable y conciliador.
Gav el Gordo desplegó una gran sonrisa, se agarró el dobladillo del pantalón y se marcó un bailecillo, alzando mucho las rollizas piernas, como una bailarina de ballet. Así era Gav el Gordo: resultaba imposible insultarlo de verdad porque todo le resbalaba. O al menos eso hacía creer a todo el mundo.
—Da igual —dije, porque, a pesar del cable que me había echado Hoppo, me parecía que la riñonera me quedaba fatal—. No pienso llevarla puesta.
Desabroché el cinturón, me guardé la cartera en el bolsillo del pantalón y paseé la mirada alrededor. Un espeso seto cercaba el parque. Escondí la riñonera entre las hojas, de manera que la gente no la viera al pasar, pero no tan adentro como para no poder recuperarla más tarde.
—¿Seguro que quieres dejarla allí? —preguntó Hoppo.
—Eso, ¿y si se entera tu mami? —dijo Metal Mickey con su sonsonete burlón de siempre.
Aunque Mickey formaba parte de nuestra panda y era el mejor amigo de Gav el Gordo, nunca me cayó muy bien. Había algo en su carácter tan frío y desagradable como los aparatos que tenía por toda la boca. Por otro lado, considerando el hermano que le había tocado en suerte, quizá no era de extrañar.
—No me importa —mentí, encogiéndome de hombros.
—A nadie le importa —dijo Gav el Gordo con impaciencia—. ¿Podemos olvidarnos de la dichosa riñonera y entrar de una vez? Quiero montar primero en el Pulpo.
Metal Mickey y Hoppo echaron a andar; casi siempre acabábamos haciendo lo que Gav quería. Seguramente porque era el más corpulento y el que más gritaba.
—Pero aún no ha llegado Nicky —observé.
—¿Y qué? —dijo Metal Mickey—. Siempre llega tarde. Vamos, ya nos encontrará.
Mickey tenía razón. Nicky siempre llegaba tarde. Por otra parte, no era eso lo que habíamos convenido. Se suponía que iríamos todos en grupo. Andar cada uno por separado en la feria podía ser peligroso. Sobre todo para una chica.
—Démosle cinco minutos más —propuse.
—¡Estás de guasa! —exclamó Gav el Gordo, ofreciéndonos su mejor imitación (bastante mala, por cierto) de John McEnroe.
Gav el Gordo hacía imitaciones a todas horas. Por lo general de americanos. Eran tan lamentables que nos desternillábamos.
Metal Mickey no se rio con tantas ganas como Hoppo y yo. No le gustaba la sensación de que la panda se había vuelto en contra de él. De todos modos, daba igual porque cuando se nos empezaba a pasar la risa, oímos una voz conocida.
—¿Qué os hace tanta gracia?
Nos dimos la vuelta. Nicky subía por la pendiente hacia nosotros. Como de costumbre, sentí un extraño cosquilleo en el estómago al verla. Como si de pronto me hubieran entrado un hambre voraz y unas ligeras náuseas.
Ese día llevaba suelto el cabello rojizo, que le caía en una mata enmarañada por la espalda casi hasta rozarle la cintura de los vaqueros cortos deshilachados. Se había puesto además una blusa amarilla sin mangas, con florecitas azules en torno al cuello. Capté un destello plateado en su garganta: una pequeña cruz colgada de una cadenilla. Llevaba en bandolera una bolsa de arpillera grande y de aspecto pesado.
—Llegas tarde —señaló Metal Mickey—. Te estábamos esperando.
Como si él lo hubiera decidido.
—¿Qué llevas en la bolsa? —preguntó Hoppo.
—Mi padre quiere que reparta esta mierda por la feria. —Sacó un panfleto de la bolsa y nos lo mostró.
«Venid a la iglesia de Saint Thomas para alabar al Señor. ¡La atracción más emocionante que existe!»
El padre de Nicky era el párroco local. Yo nunca había ido a la iglesia —a mis padres no les iban esas cosas—, pero lo había visto por el pueblo. Llevaba unas gafitas redondas y tenía la calva cubierta de pecas, como la nariz de Nicky. Aunque siempre saludaba con una sonrisa, me daba un poco de miedo.
—Eso es un zurullo como el estado de Texas, muchacho —dijo Gav el Gordo.
«Un zurullo como el estado de Texas» o «un gran zurullo» figuraban entre las expresiones favoritas de Gav el Gordo, que solía rematarlas con un «muchacho», pronunciado con acento pijo por alguna razón.
—No pensarás hacerlo, ¿verdad? —pregunté, imaginando de pronto cómo sería desperdiciar el día entero pateándonos la feria con Nicky mientras repartía los folletos.
Ella me miró con una cara que me recordó un poco a mi madre.
—Claro que no, so memo —contestó—. Solo llevaremos unos cuantos, los esparciremos por ahí, como si la gente los hubiera tirado al suelo, y echaremos el resto a una papelera.
Sonreímos de oreja a oreja. No había nada mejor que cometer alguna trastada y de paso tomarle el pelo a un adulto.
Una vez que dispersamos los folletos y tiramos la bolsa a la basura, pudimos centrarnos en lo importante. Subimos al Pulpo (que, en efecto, resultó ser la repera), a los coches de choque (donde Gav me embistió con tal fuerza que creí que me había partido el espinazo), a los Cohetes Espaciales (un poco aburridos, aunque el año anterior me habían divertido bastante), al tobogán en espiral, la Centrífuga y el Barco Pirata.
Comimos perritos calientes, Gav y Nicky intentaron pescar patitos, aprendieron la dura lección de que conseguir siempre un premio no es lo mismo que conseguir el premio que quieres, y se marcharon de la caseta carcajeándose y tirándose uno a otro los peluches pequeños y cutres que habían ganado.
La tarde se nos escurría entre los dedos. Se me empezaban a pasar los efectos de la emoción y la adrenalina, a lo que se sumó el descubrimiento de que seguramente solo me quedaba dinero suficiente para montar en dos o quizá tres atracciones más. Me llevé la mano al bolsillo para sacar la cartera. Por poco se me salió el corazón por la boca. No estaba allí.
—¡Me cago en todo!
—¿Qué pasa? —preguntó Hoppo.
—La cartera. La he perdido.
—¿Estás seguro?
—Claro que estoy seguro, joder.
De todos modos, palpé el otro bolsillo, por si acaso. Los dos estaban vacíos. Mierda.
—Bueno, ¿dónde la has sacado por última vez? —preguntó Nicky.
Intenté hacer memoria. Sabía que aún la tenía tras bajar de la última atracción, porque lo había comprobado. Además, habíamos comprado perritos calientes después. No había probado suerte con los patitos, así que...
—El puesto de perritos.
El puesto de perritos estaba en el otro extremo de la feria, en dirección contraria al Pulpo y la Centrífuga.
—Mierda —mascullé de nuevo.
—Venga —dijo Hoppo—. Vayamos a echar un vistazo.
—¿De qué serviría? —protestó Mickey—. Ya la habrá cogido alguien.
—Te dejaría algo de pasta —dijo Gav—, pero no me queda mucha.
Yo estaba casi seguro de que mentía. Gav el Gordo siempre tenía más dinero que los demás, además de los mejores juguetes y la bici más nueva y reluciente. Su padre era el dueño del Bull, un pub local, y su madre trabajaba como vendedora de Avon. Gav el Gordo era generoso, pero yo sabía que se moría de ganas de montar en más atracciones.
Sacudí la cabeza de todos modos.
—No pasa nada, gracias.
Sí que pasaba. Me ardían los ojos de contener las lágrimas. No era solo por haber perdido dinero, sino por lo estúpido que me sentía por haber fastidiado el día. Por saber que mi madre se mosquearía y me diría «te lo advertí».
—Vosotros seguid —dije—. Yo volveré atrás para echar una ojeada. No tiene sentido que perdamos todos el tiempo con esto.
—Genial —comentó Metal Mickey—. Venga, vámonos.
Dicho esto, reanudaron la marcha. Saltaba a la vista que se sentían aliviados. No era su dinero el que se había perdido, ni su día el que se había ido al garete. Yo eché a andar arrastrando los pies para cruzar el parque en dirección al puesto de perritos. Estaba justo al otro lado de la Ola, así que utilicé esta vieja atracción como punto de referencia. No tenía pérdida; estaba justo en el centro de la feria.
Sonaba una música atronadora, distorsionada por los altavoces antediluvianos. Las luces multicolores relumbraban, y los ocupantes de los coches de madera soltaban chillidos mientras daban vueltas y vueltas cada vez más deprisa sobre la plataforma giratoria, también de madera.
Cuando ya estaba cerca, empecé a mirar hacia abajo, caminando a paso más lento y con más cuidado, escudriñando el suelo. Basura, envoltorios de perritos, pero ni rastro de mi cartera. Era de esperar. Metal Mickey tenía razón: seguro que alguien la había recogido y me había birlado el dinero.
Suspirando, alcé los ojos. Lo primero que vi fue al Hombre Pálido. No se llamaba así, claro. Más tarde me enteré de que se apellidaba Halloran y era nuestro nuevo profesor.
Habría sido difícil pasar por alto al Hombre Pálido. Para empezar, era muy alto y delgado. Llevaba unos vaqueros lavados a la piedra, una camisa blanca holgada y un gran sombrero de paja. Se parecía a ese cantante carroza de los setenta que le gustaba a mi madre. David Bowie.
El Hombre Pálido estaba parado cerca del puesto de perritos, bebiéndose un granizado azul y contemplando la Ola. Bueno, al menos, eso me pareció.
Seguí la dirección de su mirada casi sin querer y fue entonces cuando avisté a la chica. Aunque todavía estaba cabreado por haber perdido la cartera, yo era un muchacho de doce años con unas hormonas que empezaban a entrar en efervescencia. Por las noches, en mi habitación, no me dedicaba solo a leer cómics a la luz de la linterna bajo las sábanas.
La chica estaba con una amiga rubia cuya cara me sonaba del pueblo (su padre era policía o algo así), pero mi mente se desentendió de ella enseguida. Es una triste realidad de la vida que la belleza, la auténtica belleza, eclipsa todas las cosas y personas que la rodean. La amiga rubia era mona, pero la Chica de la Ola —que es como la llamaría para mis adentros, incluso después de saber su nombre— era realmente hermosa. Alta y esbelta, con una larga cabellera negra y piernas aún más largas, tan tersas y morenas que relucían al sol. Llevaba una falda corta con volantes, una camiseta ancha con la palabra «Relax» garabateada y un sujetador-top verde fosforito. Cuando se colocó el pelo detrás de la oreja, vislumbré el brillo de un aro dorado.
Me avergüenza reconocer que al principio apenas me fijé en su cara, pero cuando se volvió para hablar con su amiga rubia, no me decepcionó. Era tan bonita que dolía el corazón solo de verla, con unos labios carnosos y los ojos almendrados y sesgados.
Y de pronto desapareció.
Un momento antes, ella estaba allí, su cara estaba allí, y al momento siguiente un ruido sobrecogedor me taladró los tímpanos, como si una bestia gigantesca hubiera proferido un rugido desde las entrañas de la tierra. Más tarde me enteré de que había sido el sonido del rodamiento del eje de la antigua atracción al partirse por exceso de uso y falta de mantenimiento. Vi un destello plateado, y la cara de la chica, o más bien la mitad, se desgarró, dejando tras sí una gran masa de cartílago, hueso y sangre. Mucha sangre.
Unas fracciones de segundo después, sin darme tiempo a abrir la boca para gritar, un objeto enorme, morado y negro, pasó como un bólido junto a mí. Sonó un estrépito ensordecedor —el coche suelto de la Ola se había estrellado contra el puesto de perritos entre una lluvia de trozos de metal y astillas de madera—, seguido de más alaridos y gritos de la gente que se apartaba tirándose al suelo. Algo chocó contra mí y me derribó.
Varias personas me cayeron encima. Alguien me pisó la muñeca con fuerza. Una rodilla me golpeó la cabeza. Una bota me asestó una patada en las costillas. Se me escapó un chillido, pero de alguna manera conseguí hacerme un ovillo y rodar hacia un lado. Entonces chillé de nuevo. La Chica de la Ola yacía junto a mí. Por fortuna, el cabello le tapaba el rostro, pero reconocí la camiseta y el top fosforescente, pese a que ambos estaban empapados en sangre. La pierna también le sangraba a mares. Una segunda pieza afilada de metal le había hendido el hueso, justo por debajo de la rodilla. La parte inferior de la pierna, que se le había desprendido casi por completo, le colgaba solo de unos tendones correosos.
Empecé a alejarme con dificultad; era evidente que estaba muerta. No podía hacer nada por ella... De repente, extendió la mano y me agarró del brazo.
Volvió hacia mí la cara sanguinolenta y destrozada. En medio de todo aquel amasijo rojo, un solitario ojo castaño me miraba. El otro pendía laxo sobre su destrozada mejilla.
—Ayúdame —imploró con voz ronca—. Ayúdame.
Yo solo quería huir. Quería desgañitarme, llorar y vomitar, todo a la vez. Quizá habría hecho las tres cosas si una mano grande y firme no me hubiera sujetado el hombro con fuerza y una voz suave no me hubiera dicho:
—Tranquilo. Sé que estás asustado, pero necesito que me escuches con mucha atención y sigas mis instrucciones al pie de la letra.
Me di la vuelta. El Hombre Pálido me contemplaba desde arriba. Solo entonces me percaté de que, bajo el sombrero de ala ancha, tenía la tez casi tan blanca como la camisa. Incluso sus ojos eran de un gris nebuloso y traslúcido. Parecía un fantasma o un vampiro, y en cualquier otra circunstancia seguramente me habría atemorizado. Pero en ese momento no era para mí más que un adulto, y yo necesitaba que un adulto me indicara lo que tenía que hacer.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Ed... Eddie.
—Muy bien. Eddie. ¿Te has hecho daño?
Sacudí la cabeza.
—Me alegro. Pero esta jovencita sí, de modo que debemos ayudarla, ¿de acuerdo?
Asentí.
—Quiero que hagas lo siguiente: agárrale la pierna por aquí y aprieta muy muy fuerte. —Me cogió las manos y las colocó en torno a la pierna de la chica. Noté el tacto cálido y viscoso de la sangre—. ¿La tienes?
Asentí otra vez. Percibía en la lengua el sabor amargo y metálico del miedo. Notaba la sangre que se me escapaba entre los dedos, pese a que estaba apretando mucho, con todas mis fuerzas...
Oía sonidos lejanos, mucho más distantes de lo que estaban en realidad: el ritmo sordo de la música, los gritos de diversión. Los alaridos de la chica habían cesado. Se había quedado inmóvil y en silencio, salvo por el susurro áspero de su respiración, e incluso esto sonaba cada vez más débil.
—Eddie, tienes que concentrarte, ¿vale?
—Vale.
Observé al Hombre Pálido. Se había quitado el cinturón de los vaqueros. Era largo, demasiado para su estrecha cintura, y él le había hecho agujeros adicionales para poder apretárselo.
Resulta curioso, pero en los momentos más jodidos uno se fija en cosas de lo más raras. Por ejemplo, me di cuenta de que a la Chica de la Ola se le había caído un zapato. Un zapato de plástico rosa con purpurina. Y se me ocurrió que probablemente ya no lo necesitaría, ahora que tenía la pierna prácticamente cortada en dos.
—¿Me estás escuchando, Eddie?
—Sí.
—Bien. Casi hemos terminado. Lo estás haciendo muy bien, Eddie.
El Hombre Pálido ciñó con el cinturón la parte de arriba de la pierna de la chica. Tiró con fuerza, con mucha mucha fuerza. Era más vigoroso de lo que parecía. Casi de inmediato, noté que el chorro de sangre disminuía.
El hombre me miró e hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Ya puedes soltarla. Lo tengo controlado.
Aparté las manos. Como el momento de tensión había pasado, empezó a temblarme el pulso. Me abracé el torso y me sujeté las manos bajo las axilas.
—¿Se pondrá bien?
—No lo sé. Con un poco de suerte, podrán salvarle la pierna.
—¿Y la cara? —musité.
Alzó la vista hacia mí, y algo en aquellos ojos gris pálido me tranquilizó.
—¿Estabas mirándole la cara antes, Eddie?
Abrí la boca, pero no supe qué decir, ni entendía por qué su tono de voz ya no me parecía tan amigable.
—Sobrevivirá —murmuró, apartando la mirada—. Eso es lo que importa.
En ese momento se oyó el estruendo de un trueno en lo alto y empezaron a caer las primeras gotas de lluvia.
Supongo que fue entonces cuando comprendí por primera vez que las cosas pueden cambiar en un instante. Todo aquello que damos por sentado nos puede ser arrebatado sin más. Quizá por eso lo cogí. Para aferrarme a algo. Para guardarlo en un lugar seguro. Por lo menos, eso me dije.
Pero, como tantas cosas que nos decimos, seguramente no era más que un zurullo como el estado de Texas.
El periódico local nos calificó de héroes. Nos convocó al señor Halloran y a mí en el parque para hacernos algunas fotografías.
Aunque parezca mentira, los dos ocupantes del coche de la Ola que salió despedido solo sufrieron fracturas, cortes y moretones. Algunas personas que pasaban por allí acabaron con heridas feas que requerían puntos, y durante la desbandada de quienes intentaban ponerse a salvo se produjeron otras roturas de huesos y fisuras de costillas.
Hasta la Chica de la Ola (que en realidad se llamaba Elisa) sobrevivió. Los médicos consiguieron reimplantarle la pierna y, de algún modo, salvarle el ojo. Según los periódicos, fue un milagro. No opinaron lo mismo respecto al resto de su rostro.
Poco a poco, como suele ocurrir con los dramas y las tragedias, el interés por el suceso empezó a decaer. Gav el Gordo dejó de hacer bromas de mal gusto (especialmente sobre personas sin piernas), e incluso Metal Mickey se cansó de llamarme «Chico Héroe» y de preguntarme dónde me había dejado la capa. Otras noticias y cotilleos lo desplazaron como tema de actualidad. Hubo un accidente de coche en la A36, el primo de un chico del colegio murió, y luego Marie Bishop, que estaba en quinto grado, se quedó embarazada. Así pues, la vida, como era su costumbre, seguía su curso.
Esto no me molestó demasiado. Yo mismo me había hartado un poco de la historia. Por otro lado, tampoco era la clase de chico al que le gusta ser el centro de atención. Además, cuanto menos hablaba de ello, menos me venían a la cabeza imágenes de la cara arrancada de la Chica de la Ola. Poco a poco, dejé de tener pesadillas. Mis escapadas furtivas al cesto de la ropa sucia con sábanas mojadas se volvieron menos frecuentes.
Mi madre me preguntó en un par de ocasiones si me apetecía visitar a la Chica de la Ola en el hospital. Siempre le respondía que no. No quería volver a verla. No quería contemplar su rostro desfigurado. No quería que esos ojos castaños se clavaran en mí con expresión acusadora: «Sé que ibas a huir, Eddie. Si el señor Halloran no llega a frenarte, me habrías dejado morir allí tirada».
Creo que el señor Halloran la visitaba. A menudo. Supongo que tenía tiempo de sobra. No empezaría a dar clase en nuestro colegio hasta septiembre. Por lo visto, había decidido mudarse a una pequeña casa alquilada con unos meses de antelación para aclimatarse al pueblo.
A mi juicio, fue una buena idea: de ese modo les dio a todos la oportunidad de acostumbrarse a verlo por ahí y responder a todas las preguntas de los niños antes de que él pusiera un pie en el aula.
«¿Qué problema tiene en la piel?» Era albino, explicaban los adultos, armados de paciencia. Eso significaba que le faltaba algo llamado «pigmento», que confería a la piel de la mayoría de la gente un tono rosado o marrón. «¿Y a sus ojos?» Lo mismo. Simplemente carecían de pigmento. «¿O sea que no es un bicho raro, un monstruo o un fantasma?» No, solo un hombre normal con un trastorno médico.
Se equivocaban. El señor Halloran era muchas cosas, pero normal desde luego que no.
La carta llega sin ceremonias, fanfarrias o un mal presentimiento siquiera. Cae en el buzón y se cuela entre una solicitud de donación de una asociación benéfica y el folleto de un nuevo local de pizzas para llevar.
En cualquier caso, ¿quién envía cartas en estos tiempos? Incluso mi madre, a sus setenta y ocho años, se ha enganchado al correo electrónico, Twitter y Facebook. De hecho, la tecnología se le da mucho mejor que a mí. Yo soy un poco ludita. Esto constituye una fuente inagotable de diversión para mis alumnos, cuyas conversaciones sobre Snapchat, favoritos, etiquetas e Instagram me suenan a chino. «Yo creía que era profesor de lengua —suelo decirles, avergonzado—. Pero no entiendo nada de lo que decís.»
No reconozco la letra del sobre, pero en estos tiempos de teclados y pantallas táctiles, a duras penas soy capaz de reconocer la mía.
Rasgo el sobre y estudio la carta, sentado a la mesa de la cocina, tomando sorbos de café. En realidad, esto no es del todo cierto. Estoy sentado a la mesa, contemplando la carta mientras una taza de café se enfría junto a mí.
—¿Qué es eso?
Doy un respingo y miro hacia atrás. Chloe entra en la cocina, descalza, cayéndose de sueño y bostezando. Lleva suelto el pelo teñido de negro, y unos mechones tiesos le sobresalen del irregular flequillo. Luce una vieja sudadera de The Cure y restos del maquillaje de anoche.
—Esto —digo, doblándolo con cuidado— es lo que llamamos una carta. La gente las usaba antaño como medio de comunicación.
Fulminándome con la mirada, me muestra el dedo medio.
—Te veo hablar, pero no oigo más que blablablá.
—Ese es el problema que tenéis los jóvenes de hoy en día. No sabéis escuchar.
—Ed, apenas eres lo bastante mayor para ser mi padre. ¿Por qué hablas como si fueras mi abuelo?
No le falta razón. Tengo cuarenta y dos años, y Chloe raya en la treintena (o eso creo; nunca me lo ha dicho y yo soy demasiado caballeroso para preguntárselo). Aunque no nos llevamos muchos años, a menudo me da la impresión de que nos separan décadas.
Chloe es juvenil, moderna y parece una adolescente. Yo, en cambio, podría pasar por jubilado. Calificar mi aspecto de «desmejorado por la ansiedad» sería benévolo. Aunque he descubierto que lo que desmejora no es la ansiedad, sino las preocupaciones y el arrepentimiento.
Pese a que sigo teniendo el pelo abundante y en su mayor parte negro, hace tiempo que mis líneas de expresión perdieron el sentido del humor. Como muchas personas altas, ando encorvado, y Chloe describe la ropa que más me gusta como «chic de tienda solidaria de segunda mano». Trajes, chalecos y zapatos de vestir. Tengo algunos vaqueros, pero no me los pongo para trabajar, que es a lo que dedico buena parte del día —aparte de arrellanarme de vez en cuando en mi estudio—, e incluso imparto tutorías durante las vacaciones.
Podría decir que esto es porque me encanta la docencia, pero a nadie le gusta tanto su trabajo. Lo hago porque necesito el dinero. Y Chloe vive aquí por esa misma razón. Es mi inquilina y me gusta pensar que también es mi amiga.
He de reconocer que formamos una extraña pareja. Chloe no es el tipo de persona a la que normalmente aceptaría como inquilina. Pero ya me habían dado calabazas varios interesados en alquilar la habitación, y la hija de un conocido sabía de «una chica» que necesitaba con urgencia un sitio donde vivir. El arreglo parece funcionar, y el alquiler me viene bien. También la compañía.
Puede parecer extraño que me haga falta un inquilino. Me pagan relativamente bien, vivo en una casa que me regaló mi madre, y seguro que la mayoría de la gente se imagina que esto supone una existencia cómoda y libre de hipotecas.
La triste realidad es que mis padres compraron la casa cuando los tipos de interés superaban el diez por ciento, la rehipotecaron a fin de costear las reformas y luego la rehipotecamos por segunda vez para pagar los cuidados de mi padre cuando ya no podíamos ocuparnos de él.
Mamá y yo vivimos aquí juntos hasta hace cinco años, cuando conoció a Gerry, un jovial exbanquero que decidió mandarlo todo a la porra para llevar una vida autosuficiente en una casa sostenible construida por él mismo en la campiña de Wiltshire.
No tengo nada en contra de Gerry. En realidad, tampoco tengo nada a favor, pero al parecer hace feliz a mamá, y, según la mentira que tanto nos gusta repetir, esto es lo más importante. Supongo que, aunque tengo cuarenta y dos años, una parte de mí no quiere que mamá viva feliz con ningún hombre que no sea mi padre. Es una actitud infantil, inmadura y egoísta. Y a mucha honra.
Por otro lado, a sus setenta y ocho años, para ser sinceros, a mi madre se la suda lo que yo piense. No fue esta la frase textual que empleó para comunicarme que había decidido irse a vivir con Gerry, pero capté el trasfondo de sus palabras:
—Necesito alejarme de este lugar, Ed. Me trae demasiados recuerdos.
—¿Quieres vender la casa?
—No, quiero que te quedes con ella, Ed. Con un poco de cariño, podrías convertirla en un maravilloso hogar familiar.
—Mamá, ni siquiera tengo pareja, mucho menos una familia.
—Nunca es demasiado tarde.
No respondí.
—Si no quieres la casa, véndela y ya está.
—No. Yo solo... Solo quiero que seas feliz.
—Bueno, ¿y quién te ha enviado esa carta? —pregunta Chloe, acercándose a la cafetera para servirse una taza.
Me guardo el sobre en el bolsillo de la bata.
—Nadie importante.
—Oooh, qué misterioso.
—No tanto. Es de... una persona que conozco de hace tiempo.
Ella arquea una ceja.
—¿Otra? Vaya. Salen hasta de debajo de las piedras. No tenía ni idea de que fueras tan popular.
Frunzo el ceño. Entonces me acuerdo de que ya le había comentado que tendría un invitado a cenar esta noche.
—No te hagas la sorprendida.
—Lo estoy. Para ser tan antisocial, me asombra que tengas amigos.
—Tengo amigos aquí, en Anderbury. Y los conoces. Gav y Hoppo.
—Esos no cuentan.
—¿Por qué no?
—Porque no son amigos de verdad. Solo son conocidos tuyos de toda la vida.
—¿No es esa la definición de amigos?
—No, esa es la definición de parroquianos. Tipos a los que te sientes obligado a frecuentar por costumbre más que por un deseo sincero de estar con ellos.
Tiene razón. En parte.
—En fin —digo para cambiar de tema—. Más vale que vaya a vestirme. Hoy me toca ir al instituto.
—¿No estabas de vacaciones?
—Al contrario de lo que suele creerse, el trabajo de un profesor no termina cuando se interrumpen las clases en verano.
—Eso es de una canción de Alice Cooper. No sabía que fueras fan suyo.
—Me encanta cómo canta esa tía —aseguro con cara de póquer.
Chloe esboza una sonrisa extraña y torcida que convierte su rostro normalito en algo extraordinario. Hay mujeres así: a primera vista presentan un aspecto poco común, incluso raro, pero de pronto una sonrisa o el sutil arqueo de una ceja las transforma.
Supongo que estoy un poco colado por Chloe, aunque jamás lo reconocería en voz alta. Sé que ella me ve más como un pariente protector que como un novio en potencia. Por nada del mundo querría incomodarla dándole a entender que siento por ella algo más que un afecto paternal. Además, soy muy consciente de que, dada mi situación, una relación con una mujer mucho más joven podría malinterpretarse fácilmente en una ciudad tan pequeña.
—¿Y a qué hora llegará esa «persona que conoces de hace tiempo»? —me pregunta mientras se acerca a la mesa con su café.
Echo mi silla hacia atrás y me levanto.
—Hacia las siete. —Hago una pausa—. Si quieres, puedes cenar con nosotros.
—Creo que paso. No quiero molestar mientras habláis de vuestras cosas.
—Tú misma.
—A lo mejor en otra ocasión. Por lo que he leído, parece un personaje interesante.
—Sí —digo con una sonrisa forzada—. «Interesante» es una forma de describirlo.
El instituto está a quince minutos de mi casa, andando a paso rápido. En un día como hoy —hace una agradable y templada temperatura de verano, y se alcanza a entrever un poco de azul tras la fina capa de nubes—, resulta un paseo relajante. Me permite poner mis pensamientos en orden antes de empezar a trabajar.
En época de clases, esto a veces resulta útil. Muchos de mis alumnos del instituto de Anderbury constituyen lo que llamamos «un reto». En mis tiempos, los habrían llamado «una panda de niñatos de mierda». Hay días en que necesito mentalizarme para lidiar con ellos. Y otros en los que el único preparativo que sirve de algo es un chorrito de vodka en mi café matinal.
Como muchas poblaciones pequeñas que son núcleo comercial de su zona, Anderbury le parecería a un observador superficial un lugar pintoresco donde vivir. Hay cantidad de calles adoquinadas, salones de tés y una catedral más o menos famosa. Se celebra un mercado dos veces por semana, y abundan los parques bonitos y los senderos a la orilla del río. Está a pocos minutos en coche de las arenosas playas de Bournemouth y del brezal abierto de New Forest.
Sin embargo, si se rasca un poco bajo la superficie se descubre que el relumbrón turístico no es más que eso. Gran parte del empleo es estacional, y hay una tasa de paro elevada. Grupos de jóvenes aburridos se pasan el día cerca de las tiendas y en los parques. Madres adolescentes van y vienen por la calle principal empujando cochecitos en los que berrean sus bebés. Esto no es nuevo, pero sí parece haberse vuelto frecuente. O quizá se trate solo de una percepción mía. A menudo la edad no trae consigo sabiduría, sino intolerancia.
Llego ante la verja del parque Old Meadows, mi territorio durante la adolescencia. Ha cambiado mucho desde entonces. Como no podía ser de otra manera. Hay una nueva pista de monopatín, y la zona de juegos donde nuestra panda solía pasar las horas muertas ha quedado eclipsada por un «área recreativa» nueva y moderna, en el otro extremo del parque. Hay columpios de cuerda, un enorme tobogán túnel, tirolinas y toda clase de artilugios alucinantes con los que ni siquiera soñábamos cuando éramos jóvenes.
Curiosamente, la vieja zona de juegos todavía existe, aunque abandonada y descuidada. La torre de escalada está oxidada, los columpios enredados por encima de las barras, y la pintura del carrusel de madera, antes tan brillante, está llena de ampollas y descascarillada, cubierta de antiguas pintadas realizadas por personas que han olvidado hace tiempo por qué «Helen es una zorra» y por qué diablos proclamaban su amor por Andy W. con un corazón.
La contemplo durante un rato, rememorando.
El tenue chirrido del columpio para bebés, el aire frío y cortante de la madrugada, la nitidez de los trazos de tiza blanca sobre el asfalto negro. Otro mensaje. Pero este era distinto. No era un hombre de tiza..., sino otra cosa.
Aparto la vista de golpe. Ahora no. Otra vez no. No me dejaré arrastrar de nuevo.
El trabajo en el instituto no me lleva mucho tiempo. Termino antes de la hora del almuerzo. Recojo mis libros, cierro con llave y me encamino de vuelta hacia el centro del pueblo.
El Bull está en una esquina de la calle principal, el último de los bares de barrio que quedan. Antes había dos pubs más en Anderbury, el Dragon y el Wheatsheaf, pero entonces llegaron las grandes cadenas. Los viejos bares de barrio cerraron, y los padres de Gav se vieron obligados a bajar los precios, a ofrecer noches de chicas, horas felices y un «ambiente familiar» para sobrevivir.
Al final, se habían hartado y se habían mudado a Mallorca, donde regentaban un bar llamado Britz. Gav, que había trabajado a tiempo parcial en el pub desde que había cumplido los dieciséis, se había hecho cargo de los tiradores de cerveza, y a eso se dedicaba desde entonces.
Empujo la pesada puerta para abrirla y entro en el local. Hoppo y Gav están sentados frente a nuestra mesa de siempre, en el rincón próximo a la ventana. De cintura para arriba, Gav sigue siendo corpulento, lo bastante para recordarme por qué lo llamábamos Gav el Gordo. Pero ahora la corpulencia consiste más en músculo que en grasa. Tiene los brazos gruesos como troncos, y se le marcan unas venas azules, tirantes como alambres. De facciones cinceladas, lleva muy corto el pelo cano y ralo.
Hoppo se conserva casi igual. Con su mono de fontanero, si uno lo mirara con los ojos entrecerrados, podría confundirlo con un chico de doce años disfrazado.
Los dos están tan enfrascados en la conversación que apenas tocan los vasos que reposan sobre la mesa. El de Hoppo contiene Guinness, y el de Gav, Coca-Cola light, pues rara vez bebe alcohol.
Le pido una Taylor’s Mild a la chica de aspecto hosco que está detrás de la barra, y ella me mira a mí y luego al tirador, con el entrecejo arrugado, como si este le hubiera inferido una ofensa mortal.
—Tengo que cambiar el barril —farfulla.
—Pues vale.
Me quedo esperando. Ella pone cara de exasperación.
—Ahora lo traigo.
—Gracias.
Doy media vuelta y atravieso el pub. Cuando echo un vistazo hacia atrás, compruebo que la chica no se ha movido del sitio. Me siento en un taburete desvencijado, junto a Hoppo.
—Buenas.
Alzan la vista, y noto de inmediato que algo va mal. Ha ocurrido algo. Gav se da impulso para salir de detrás de la mesa. Los músculos de sus brazos contrastan de forma pronunciada con las atrofiadas extremidades inferiores que descansan laxas sobre su silla de ruedas.
Me vuelvo en mi taburete.
—Gav, ¿qué...?
Su puño sale disparado hacia mi cara, siento un estallido de dolor en la mejilla izquierda y caigo al suelo de espaldas. Él me clava los ojos desde arriba.
—¿Desde cuándo lo sabías?