
—Perdone.
Mutismo. La recepcionista siguió aporreando las teclas del ordenador.
Annie volvió a intentarlo.
—Perdone.
Era un «perdone» de nivel dos, por encima del que solía usar con los turistas que bloqueaban las escaleras mecánicas y por debajo del que se reservaba para los que ocupaban con su bolso un asiento del tren. Nada.
—Perdone —insistió, elevándolo al nivel tres (robo descarado de una plaza de aparcamiento, agresión involuntaria con el paraguas y casos similares.)—. ¿Le importa atenderme, por favor? Llevo cinco minutos esperando.
—¿Qué? —dijo al fin la mujer sin dejar de teclear.
—Necesito modificar la dirección en el historial de una paciente. Este es el cuarto departamento al que me envían.
La recepcionista extendió una mano sin levantar la mirada. Annie le entregó el formulario.
—¿Es usted?
—Bueno, no.
Obviamente.
—Solo puede modificar la dirección el propio paciente.
—Mmm, ya, pero es que la paciente no puede hacerlo.
Lo cual sería evidente si alguien del hospital se dignara leer los papeles.
El formulario aterrizó sobre el mostrador.
—No puede modificarla nadie más. Por lo de la protección de datos, ya sabe.
—Pero… —De pronto Annie tuvo la horrible sensación de que estaba a punto de echarse a llorar—. ¡Necesito modificar la dirección para que me envíen su correo a casa! ¡Ella ya no puede ni leerlo! Por eso he venido. ¡Por favor! Solo… solo es eso, cambiar la dirección. No entiendo por qué es tan difícil.
—Lo siento —resopló la recepcionista mientras se limpiaba algo de debajo de la uña.
Annie cogió el formulario.
—Mire, llevo horas metida en este hospital. Me han mandado de una oficina a otra. Historiales. Neurología. Pacientes externos. Recepción. Neurología otra vez. ¡Y, por lo visto, nadie tiene ni la más remota idea de cómo hacer algo tan sencillo como modificar una simple dirección! No he comido. No me he duchado. Y no puedo irme a casa hasta que usted no entre en el ordenador e introduzca un puñado de palabras. Es lo único que tiene que hacer.
La recepcionista seguía sin mirarla a la cara. Clac, clac, clac. Annie sintió bullir en su interior la rabia, el dolor, la frustración.
—¿Quiere hacer el favor de ESCUCHARME?
Se inclinó sobre el mostrador y giró la pantalla del ordenador. Las cejas de la mujer desaparecieron bajo su flequillo ahuecado.
—Señora, voy a tener que llamar a seguridad si no…
—Solo quiero que me mire a la cara cuando le hablo. Necesito que me ayude. Por favor. —Y, de pronto, ya era demasiado tarde. Estaba llorando. Notaba en la boca el creciente sabor de la sal—. Lo siento. Lo siento. Es que… es… De verdad, solo necesito modificar una dirección.
—Mire, señora… —La recepcionista estaba hinchándose por momentos, con la boca abierta, a punto de decirle a Annie adónde podía irse. Pero entonces ocurrió algo extraño. En vez de mandarla a paseo, su rostro se contrajo hasta dibujar una sonrisa—. Hola, Pe.
—Eh, hola. ¿Todo bien por aquí?
Annie se dio la vuelta para ver quién las había interrumpido. En la puerta de la oficina había una mujer alta que lucía todos los colores del arcoíris. Zapatos rojos. Medias lilas. Vestido tan amarillo como los limones sicilianos. Gorro de lana verde. Su bisutería de ámbar despedía un brillo anaranjado y sus ojos eran de un azul intenso. Semejante despliegue cromático debería desentonar, pero extrañamente sucedía todo lo contrario. Se inclinó sobre Annie, tocándole el brazo, y esta retrocedió.
—Lo siento, no pretendo colarme. Solo necesito un segundito de nada para pedir cita.
La recepcionista empezó a teclear, esa vez con más brío que antes.
—Para la semana que viene, ¿verdad?
—Gracias, eres un sol. ¡Disculpa si me he colado vilmente! —El arcoíris volvió a sonreír—. ¿Has podido ayudar a esta señorita tan encantadora, Denise?
Hacía mucho tiempo que nadie llamaba «señorita encantadora» a Annie. Se tragó las lágrimas e intentó que su voz sonara firme.
—Pues no. Por lo visto, es complicadísimo hacer un simple cambio en el historial de un paciente. Esta es la cuarta oficina a la que me envían.
—Ah, seguro que Denise puede ayudarte. Guarda todos los secretos del hospital en la punta de esos maravillosos dedos.
La mujer tecleó en el aire. Tenía una gran herida rojiza en el dorso de la mano, cubierta en parte con un apósito.
Denise asintió a regañadientes.
—Está bien. Traiga eso.
Annie le entregó el formulario.
—¿Puede ponerlo a mi nombre, por favor? Annie Hebden.
Denise empezó a teclear y, en cuestión de diez segundos, aquello que Annie llevaba esperando todo el día ya estaba hecho.
—Mmm… Gracias.
—De nada, señora —contestó Denise, y Annie sintió que la mujer le reprochaba que hubiera sido tan borde, la propia Annie lo reconocía, pero es que todo era tan complicado y frustrante…
—Guay. Adiós, guapa. —La mujer arcoíris se despidió con la mano de Denise y luego volvió a apoyarla en el brazo de Annie—. Oye, siento que estés teniendo un mal día.
—Que… ¿qué?
—Se te nota que estás teniendo un día horrible.
Annie no supo qué responder.
—Estoy en un puñetero hospital. ¿Te parece que la gente viene aquí a pasar un buen día?
La mujer volvió la cabeza hacia la sala de espera que tenían detrás. La mitad de las personas llevaban muletas y algunas tenían la cabeza rapada y la cara pálida; había una señora con un camisón de hospital encogida en una silla de ruedas y un montón de niños que trataban de matar el aburrimiento vaciando los bolsos de sus madres mientras estas aporreaban la pantalla del móvil.
—No veo por qué no.
Annie retrocedió, furiosa.
—Gracias por tu ayuda, aunque no tendría que haberla necesitado. Este hospital es un desastre. De todos modos, no tienes ni idea de por qué estoy aquí.
—Es verdad.
—Bueno, pues me voy.
—¿Te gusta la tarta? —preguntó la mujer.
—¿Qué? Claro que me… ¿Cómo?
—Espera un segundo.
Salió corriendo. Annie miró a Denise, que volvía a tener la mirada fija en el teclado. Contó hasta diez, molesta consigo misma por estar allí plantada, sacudió la cabeza y echó a andar por el pasillo, con su paleta de colores verde bilis y azul desesperación. Ruido de camillas, puertas abriéndose y cerrándose, llantos a lo lejos. Un anciano, diminuto, tumbado en una camilla gris. Menos mal que ya había terminado. Necesitaba volver a casa, poner la televisión, esconderse debajo de la colcha…
—¡Espera! ¡Annie Hebden!
Annie se volvió. Aquella mujer tan irritante se dirigía hacia ella corriendo, más bien se deslizaba, con un cupcake cubierto de glaseado de chocolate en la mano.
—Para ti —dijo entre jadeos, y la obligó a cogerlo.
Tenía las uñas pintadas una de cada color. Annie se quedó muda por segunda vez en los últimos cinco minutos.
—¿Por qué?
—Porque sí. Los cupcakes tienen la virtud de hacer que todo sea un poquito mejor. Bueno, todo menos la diabetes tipo dos, claro.
—Eh… —Annie miró la magdalena que tenía en la mano. Un poco chafada—. Gracias.
—De nada. —La mujer se lamió de la palma de la mano los restos del glaseado—. Ups, espero no coger una infección. Aunque ya poco me importa. Soy Polly, por cierto. Y tú eres Annie.
—Sí…
—Que tengas un buen día, Annie Hebden. O, al menos, un poco mejor de lo que lo estabas teniendo hasta ahora. Y recuerda que hay que soportar el chaparrón para poder contemplar el arcoíris.
Le dijo adiós con la mano y se alejó brincando (Annie nunca había visto a nadie recorrer el Pasillo Maldito dando saltitos) hasta que la perdió de vista.
Annie esperó el autobús bajo la lluvia, una lluvia gris y turbia en la que Lewisham parecía haberse especializado. Pensó en lo absurdo que era lo que le había dicho aquella mujer. No siempre había arcoíris después de un chaparrón, pero sí, invariablemente, calcetines empapados y el pelo hecho un asco. Pero al menos ella tenía una casa a la que volver. Debajo de la marquesina había un vagabundo sentado; el agua le goteaba sobre la cabeza y formaba un charco alrededor de sus pantalones sucios. Annie se sintió fatal por él, pero ¿qué podía hacer? No podía ayudarlo. Ni siquiera podía ayudarse a sí misma.
Cuando por fin llegó el autobús, iba tan lleno que tuvo que quedarse de pie apretujada entre un cochecito de bebé y un montón de bolsas de la compra que la golpeaban cada vez que el vehículo tomaba una curva. En la siguiente parada, una anciana subió las escaleras con paso inseguro y tirando de un carrito de la compra. Una vez arriba, avanzó arrastrando los pies, pero nadie levantó la mirada del móvil para ofrecerle su asiento. Al final, Annie explotó. ¿Qué pasaba con la gente? ¿Es que no quedaba ni una pizca de amabilidad en toda la ciudad?
—¡Por el amor de Dios! —gruñó—. ¿Alguien va a tener la gentileza de ceder el asiento a esta señora, por favor?
Se levantó un chico con unos auriculares enormes, visiblemente avergonzado.
—No hacía falta mentar el nombre de Dios en vano —dijo la anciana, y chasqueó la lengua mientras se sentaba.
Annie no despegó los ojos de sus pies, que habían dejado unas marcas mugrientas en el suelo húmedo del autobús, hasta que llegó a su parada.
¿En qué momento su vida se había convertido en… eso?, pensó. Perdía los papeles en público, lloraba delante de desconocidos… No hacía mucho, ella misma habría arqueado las cejas si alguien se hubiera comportado de aquella manera en su presencia. Le habría ofrecido un pañuelo de papel y le habría dado unas palmaditas en la espalda. No sabía qué había sido de esa mujer. La persona que solía ser.
A veces sentía que su vida había cambiado en un abrir y cerrar de ojos.
Ojos cerrados… y volvía a estar en el dormitorio de su preciosa casa, en aquella última mañana soleada. Todo iba bien. Tenía una vida llena de ilusiones, de esperanza y de una felicidad un tanto extenuante. La perfección.
Ojos abiertos… y estaba otra vez en el autobús, de camino a su horrible piso, bajo la lluvia, totalmente despierta, llena de miedos y de tristeza.
Un parpadeo, la perfección. Dos parpadeos, el horror. Pero daba igual las veces que cerrara los ojos, nunca volvería a ser como antes.

El timbre estaba sonando. Annie se despertó de golpe, con el pulso acelerado. ¿Quién sería? Otra vez la policía, la ambulancia… Pero no, lo peor ya había pasado.
Se incorporó y vio que había vuelto a quedarse dormida en el sofá, con la ropa con la que había ido al hospital. Ni siquiera recordaba lo que estaba viendo en la tele. ¿Tattoo Fixers, quizá? Le gustaba ese programa. Se sentía mejor sabiendo que algunos tomaban decisiones aún peores que las suyas.
Riiing. Apartó la manta con la que Costas la había tapado. Al levantarse, de entre su ropa cayeron al suelo migas, pañuelos usados y un mando a distancia. Era como si hubiera vuelto a casa borracha, pero borracha de tristeza, de dolor, de rabia.
¡Riiing!
—¡Ya voy!
Dios. Pero ¿qué hora era? Miró el reloj del televisor. Las 9.23 de la mañana. Tenía que darse prisa o no llegaría al horario de visitas. Costas se había ido hacía siglos para cubrir el turno de los desayunos; entraba y salía sin apenas cruzarse con ella. De pronto sintió vergüenza de sí misma: la Annie de hacía dos años jamás se habría dormido vestida.
—¡Annie Hebden! ¿Estás en casa?
Annie frunció el ceño. A través de la cadena de la puerta vio una mancha de color verde esmeralda. Era la rarita del hospital. Polly no sé qué.
—Eh… ¿Sí?
—Te he traído una carta. —Una mano asomó por el hueco de la puerta, esa vez con las uñas plateadas, y agitó un sobre delante de la nariz de Annie. Iba a su nombre, pero con otra dirección—. Supongo que tú has recibido la mía —añadió alegremente.
Annie miró la montaña de cartas apiladas sobre la alfombra. Facturas. Una suscripción a Tu jardín que ya debería haber cancelado hacía tiempo. Y un sobre blanco, inmaculado, a nombre de Polly Leonard.
—¿Qué ha pasado?
—Supongo que Denise se lio con los nombres cuando cambiaste la dirección. Ya la he llamado para que lo arregle, así que problema solucionado.
¿El hospital podía facilitar sus datos tan alegremente a cualquiera?
—¿Y has venido hasta aquí solo para darme una carta?
Se tardaba más de media hora desde casa de Polly, en Greenwich, hasta la de Annie, en Lewisham, más aún en hora punta.
—Claro. Nunca había estado en esta parte de la ciudad, así que me he dicho: «¿Por qué no?».
A Annie se le ocurrían millones de razones para no poner un pie en Lewisham. La elevadísima tasa de criminalidad. La monstruosidad que era su centro comercial de los setenta. El hecho de que llevaran años poniendo la zona patas arriba, hasta convertirla en un infierno de coches, martillos neumáticos y alquitrán chorreante.
—Vaya. Pues gracias por traérmela. —Hizo pasar la carta de Polly por el hueco de la puerta—. Bueno, adiós.
Polly no se movió de donde estaba.
—¿Hoy también irás al hospital?
Su instinto le decía que mintiera, pero por alguna razón Annie no pudo.
—Ah… sí. Sí que he de ir, pero…
—¿Tienes hora con el médico?
—No exactamente.
No tenía ganas de dar explicaciones.
—Yo también he de ir. He pensado que podríamos hacer juntas el trayecto.
De vez en cuando, Annie se quedaba en la oficina, a veces hasta veinte minutos más, para asegurarse de que sus compañeros se hubieran ido y así no tener que coger el autobús con ellos.
—No estoy vestida —replicó.
—No pasa nada. Puedo esperar.
—Pero… pero… —Su estúpido cerebro era incapaz de pensar en una sola excusa para que esa desconocida tan molesta y multicolor no entrara en su hogar—. Supongo que… Bueno, pasa —dijo finalmente, y la dejó entrar.
—Así que esta es tu casa…
Polly se plantó en el centro de la anodina sala de estar como un árbol de Navidad. Esa vez llevaba lo que parecía ser un vestido de cóctel largo hasta los tobillos, de un raso del color de la crema de menta, con unas botas de motorista. Una chaqueta de piel sintética y un gorro de lana completaban el conjunto. El bajo del vestido estaba sucio y empapado, como si hubiera recorrido las calles de Lewisham bajo la lluvia. Parecía la modelo de un anuncio de moda urbana.
—No puedo decorarla a mi gusto. El dueño no me deja. —El piso, un décimo, aún tenía el suelo laminado y el gotelé setentero original, y siempre olía a humedad y a los guisos de los vecinos—. Mmm, tengo que ducharme. ¿Te apetece… un té o algo?
—No te preocupes. Te espero aquí, leyendo, por ejemplo.
Polly miró a su alrededor: la habitación hecha un asco, la ropa tiesa en el tendedero, con los pantalones y las mallas de Annie descoloridos y desgastados por haber pasado demasiadas veces por la lavadora.
Polly cogió un papel de la polvorienta mesa de centro.
—«Cómo conseguir un poder notarial» —leyó—. Parece interesante.
¿Era sarcasmo?, se preguntó Annie. Un escueto panfleto con una triste foto de archivo en la que alguien sujetaba la mano de un anciano, cuando en realidad el objetivo de un poder notarial era más bien coger la mano al abuelo y atársela antes de que pudiera hacer daño a alguien. O a sí mismo.
—Bueno, vale. No tardaré mucho.
Annie entró en el aseo —espejo con manchas negras, cortina de baño llena de moho— preguntándose si había perdido el juicio. Había una mujer rarísima en su casa, y estaba consintiéndolo. Una mujer de la que no sabía nada, que podría estar loca… Bueno, seguramente lo estaba a juzgar por su ropa. Quizá por eso la había conocido en el departamento de Neurología. La pobre debía de haberse dado un golpe en la cabeza que la había transformado en una persona que ignoraba dónde estaban los límites, que irrumpía en las casas ajenas y leía sus deprimentes folletos.
Annie se dio la ducha más rápida de la historia, lo que su madre solía llamar «sacarse lustre». Cuando su vida se hizo añicos, la ducha fue durante meses el lugar en el que solía llorar, con el puño metido en la boca para no hacer ruido. Pero hoy no había tiempo que perder, así que tras asearse se vistió con lo primero que pilló, que resultó ser prácticamente idéntico a lo que había llevado el día anterior. No tenía sentido ponerse guapa para ir a un sitio en el que la gente o bien estaba muriéndose, o bien deseaba estar muerta.
Cuando salió de su habitación —sin maquillaje, con el pelo mojado y recogido de cualquier manera—, oyó voces en la sala de estar y se le cayó el alma a los pies. Por lo visto, él había tenido un turno corto ese día.
—¡Annie! —Polly sonrió de oreja a oreja al verla aparecer—. ¡Acabo de conocer a este cielo de amigo que tienes!
—¡Hola, Annie! —la saludó Costas.
Costas era griego, guapísimo, y tenía unos abdominales en los que podían partirse nueces. Tenía veintidós años, había convertido el cuarto de invitados en un cuchitril infecto y, por increíble que pareciera, trabajaba en un Costa Coffee. Al menos a él le parecía increíble.
—Es mi compañero de piso. Tenemos que irnos ya.
—Un minuto. ¡Costas ha traído pastitas!
—Mi jefe me ha dicho que me las llevara. ¡Aún están buenas! —Tenía una bolsa de papel abierta entre las manos llena de cruasanes y galletas danesas. Miró a Polly y sonrió—. Si vienes al Costa algún día, te preparo un café griego especial. ¡Está tan fuerte que te explotará la cabeza!
De repente Annie se puso furiosa. ¿Cómo se atrevía aquella mujer a presentarse en su casa y levantar la tapa de su vida, descubrir la sordidez de su piso, los platos acumulados en la cocina?
—Yo me voy —anunció—. Costas, ¿te importa lavar tus cacharros? Anoche dejaste la bandeja del horno cubierta de algo verde.
—Spanakopita… Hay que humedecerlo un poco.
—¡Oh, me encanta el spanakopita! —exclamó Polly—. Estuve en Grecia de mochilera cuando tenía dieciocho años. Yiasou!
—Yiasou! —Costas levantó el pulgar y le regaló una sonrisa de oreja a oreja. Siempre estaba sonriendo. Era agotador—. Muy bien, Polly.
Annie se puso el abrigo con la actitud más pasivo-agresiva que fue capaz de mostrar.
—Al final llegaré tarde.
—¡Ah! Es verdad, en marcha. Encantada de conocerte, Costas, amigo de Annie.
—Es mi compañero de piso —replicó la aludida, y abrió la puerta de un tirón.
Estaba cabreada. Aunque no sabía muy bien por qué.
—Señores pasajeros, tenemos que hacer una parada para cambiar de conductor. Tardaremos… pues… no lo sé.
Una marea de resoplidos recorrió el autobús.
—Ahora sí que llego tarde —murmuró Annie.
—Menuda panda de ineptos —refunfuñó el anciano que iba sentado a su lado, vestido con un traje de pana que olía a humedad—. Dos libras por trayecto para esto. Se llenan los bolsillos a nuestra costa, eso es lo que hacen.
—Bueno, así podemos aprovechar para echar un vistazo a nuestro alrededor —dijo Polly alegremente.
Annie y el anciano intercambiaron una mirada de incredulidad. Al otro lado de la ventana había un supermercado Tesco enorme y un descampado con un coche carbonizado en el medio.
—O para hablar —continuó Polly—. ¿Adónde va usted, señor?
—A un entierro —masculló el anciano apoyándose en su bastón.
—Vaya, lo siento. ¿De un amigo?
Annie se encogió en su asiento. Un hombre con los vaqueros manchados de pintura había puesto los ojos en blanco. ¿Y si los demás creían que iban juntas? Ella y la mujer que abordaba a los desconocidos en el autobús para hablar. La plaga más peligrosa de todo Londres, peor que los zorros urbanitas o las palomas.
—Mi viejo compadre Jimmy. Ha tenío una vida larga, eso también es verdá. Fue piloto de caza durante el Blitz, los bombardeos nazis aquí, ya sabe.
—Ah, qué interesante. ¿Y cómo se conocieron?
Una mujer con un pañuelo en la cabeza se quitó un auricular de la oreja y chasqueó la lengua. Annie no sabía dónde meterse.
—Crecimos en la misma calle. En Bermondsey. Él estaba en la RAF, yo en la Marina. Podría contarte unas cuantas historias, bonita —dijo el anciano, y soltó una carcajada que sonó enfisematosa.
Annie cogió un ejemplar de Metro abandonado y, mientras el hombre contaba sus batallitas, se entregó a la lectura de un artículo sobre apuñalamientos relacionados con la mafia.
—… Jimmy se escondió en el armario hasta que el marío se quedó dormío y entonces salió por la ventana…
—Qué pena —exclamó Annie en voz alta sacudiendo el periódico—. Tres apuñalamientos en un solo mes.
—Pandilla de matones —dijo el anciano—. Jimmy y yo éramos el terror del barrio, pero nunca apuñalamos a nadie. Un puñetazo en la cara, eso sí que es civilizao. Propio de caballeros.
Annie cerró los ojos; no podía soportarlo ni un segundo más. Por suerte, el autobús reemprendió la marcha y el compadre de Jimmy se bajó en la siguiente parada, no sin antes coger la mano de Polly y plantarle un beso.
—Un placer hablar con usted, señorita.
—Llevo gel antiséptico en el bolso —dijo Annie.
Polly se echó a reír.
—Seguro que ese hombre vive más tiempo que yo.
Annie volvió a levantar el periódico. Todo el mundo llevaba los auriculares puestos, como la gente decente. Solo Polly insistía en mirar a su alrededor, saludar a niños y perros, establecer contacto visual a diestro y siniestro. Si seguía comportándose así, acabaría apareciendo la policía y no llegarían al hospital.
Pero al final sí llegaron. El vagabundo seguía sentado bajo la marquesina del autobús. Annie se preguntó si habría pasado allí la noche. Tenía la cabeza gacha. Polly se agachó junto a él, para vergüenza de Annie, que optó por desviar la mirada.
—Hola. ¿Cómo te llamas? Yo soy Polly.
El hombre levantó la cabeza lentamente y carraspeó. Su voz sonaba carrasposa, a lija.
—Jonny.
—¿Quieres que te traiga algo cuando salga? ¿Una bebida calentita?
Annie se puso roja por la vergüenza ajena. ¿No era un gesto un poco condescendiente ofrecerle una bebida caliente en lugar de dinero?
El hombre parecía sorprendido.
—Un café estaría bien. O cualquier cosa que esté caliente.
—¿Con azúcar?
—Eh… Sí, dos, por favor. Gracias.
—Vale, pues nos vemos dentro de un rato. Ahora tengo que entrar.
—Ah. Buena suerte.
Annie había echado a andar, muerta de la vergüenza. Una vez dentro, intentó quitarse a Polly de encima.
—Yo me voy por aquí, así que…
—Yo también. A mi querida planta de Neurología. —Pasó un brazo alrededor del de Annie—. Es el mejor departamento con diferencia, donde te tratan el cerebro. Todo lo que eres está aquí dentro. Mucho mejor que el corazón o que las piernas, o que el peor departamento de todos: Dermatología.
—Sí —dijo Annie con ironía—, es genial cuando el cerebro se te hace papilla dentro de la cabeza. —Se encontraban ya delante de la unidad de Ingresos—. Bueno, yo me quedo aquí.
—Vale —dijo Polly sin moverse.
—Es que… solo puede entrar una persona. O sea, que sería mejor que…
¿Por qué no se iba? Si seguía allí, acabaría viendo a…
—Hola. ¡Hola!
Annie se encogió al oír la voz aguda y nerviosa de una mujer que se dirigía hacia ellas, tambaleándose y ataviada con un camisón de hospital, y señalando a Annie con un dedo largo y huesudo.
—Usted. Señorita. ¿Es la enfermera?
—Qué pena —murmuró Polly—. Señora, ¿podemos ayudarla en algo?
Annie intentó bloquear a Polly.
—No creo que debamos…
—Estoy buscando a la enfermera. —Annie sabía que la mujer apenas tenía sesenta años, aunque aparentaba ochenta. Tenía las mejillas hundidas, el pelo lleno de canas y, por debajo del camisón del hospital, las piernas atrofiadas y cubiertas de moretones, una de ellas vendada—. Necesito… ¡Ay, se me ha olvidado!
—Seguro que enseguida se acuerda. ¿Quiere que la acompañemos a su habitación?
Polly la había cogido del brazo, salpicado de cicatrices que nunca parecían curarse.
—No deberías hacer eso.
Annie tenía ganas de gritar.
—Ah, venga ya, Annie, necesita ayuda.
—Déjalo, ¿quieres? —le espetó Annie—. ¡Vete a tu puñetera cita de una vez!
La mujer se la quedó mirando.
—Yo a ti te conozco, ¿verdad? ¿Eres la enfermera?
—Yo… eh… —Se le había atascado la voz en la garganta. Polly también la estaba mirando con el ceño fruncido—. No, soy…
Justo en ese momento apareció por la puerta una enfermera visiblemente agobiada.
—¡Maureen! Ven, te acompaño a la cama. No puedes caminar con la pierna así.
Pero Maureen no se movía. Seguía con la mirada fija en Annie.
—Yo te conozco. ¡Te conozco!
Demasiado tarde para disimular.
—Sí. Soy yo, mamá. Annie. Ahora mismo iba a verte.
Charity, que era una de las enfermeras más agradables, a pesar de que insistía en rezar por los pacientes, le dedicó una mirada llena de comprensión.
—Vamos, Maureen. Tu hija irá a verte enseguida.
Cuando se cerraron las puertas, Polly miró a Annie.
—¿Por eso has venido? ¿No estás enferma?
—No. Mi madre… tiene demencia. Demencia precoz. El fin de semana pasado se cayó al suelo mientras intentaba coger una freidora del armario. Y eso que no tiene freidora desde 2007. Pero bueno, le darán el alta pronto y entonces… No sé qué pasará entonces.
Respiró hondo. La expresión de Polly no había cambiado. Interés, comprensión, pero ni un ápice de lástima.
—Supongo que eso explica que te cueste tanto contener la ira.
Annie sintió que algo se rompía en su interior.
—Oye, no te conozco de nada… y no tienes derecho a decir eso. Mi madre no ha cumplido aún sesenta años y ya tiene una demencia severa. ¿Por qué no debería estar furiosa? Claro que lo estoy. Déjame en paz, ¿vale? No tienes derecho a… a plantarte en mi casa, inmiscuirte en mi vida y…
El resto de la frase quedó sepultada bajo un inoportuno torrente de lágrimas. Polly reaccionó de un modo extraño a su exabrupto, que la había dejado jadeando y sin respiración.
—Ven conmigo —dijo.
Y la cogió de la mano. La suya estaba helada, aunque tenía una fuerza sorprendente. La arrastró por el pasillo.
—¿Qué? No, no quiero… ¡Suéltame!
—Ven, que voy a enseñarte algo.
Habían llegado a una puerta en la que se leía: «Dr. Maximilian Fraser, especialista en neurología». Debajo, alguien había pegado un cartel escrito a mano con tinta verde: «Esto no es un almacén de material». Polly abrió la puerta.
—¡Doctor Cascarrabias! Aquí está tu paciente favorita.
Una voz respondió desde la oscuridad:
—Adelante, Polly, no te cortes. Qué más da que esté revisando un caso altamente confidencial.
—A mí no me engañas. Estás comiéndote un Crunchie y mirando vídeos de gatos en YouTube —replicó Polly, y era cierto.
La estancia era minúscula, no mucho más grande que un armario, con una de las paredes recubiertas de un cristal oscuro. Detrás del ordenador había un hombre vestido con una bata blanca, con barba de varios días y el pelo oscuro y abundante, de punta, como si se lo hubiera despeinado con las manos.
—¿Y ahora qué quieres?
Tenía acento escocés. Annie reparó en que se fijaba en ella, así que agachó la cabeza y se miró los viejos mocasines negros.
—Quiero enseñarle el escáner a mi nueva amiga Annie.
—Otra vez no. Crees que no tengo nada mejor que hacer, ¿verdad? Que vamos tan sobrados de fondos en el hospital que básicamente soy tu esclavo particular.
—Venga. Soy tu mejor paciente y lo sabes.
—Él es mi mejor paciente. Nunca me molesta.
Annie vio que señalaba con la cabeza hacia un bote de cristal en cuyo interior flotaba un cerebro humano.
—Está bien, adelante —dijo el médico con un suspiro.
Hizo clic con el ratón y la pantalla de la pared cobró vida para mostrar otro cerebro, esa vez en una imagen espectral. Era blanco y esponjoso. Una mitad era más oscura que la otra y la atravesaban unos finos tentáculos negros.
—Eso es mi cerebro —anunció Polly con orgullo.
—Ah —dijo Annie, sin saber muy bien qué era lo que estaba viendo.
Polly cruzó el despacho y dio unos toquecitos con el dedo en el cristal.
—Cuidado con dejar huellas —refunfuñó el doctor, pero ella no hizo ni caso.
—Esto es mi árbol. Mi glioblastoma. ¿Sabías que significa «rama»?
Annie miró al médico en busca de orientación.
—Nadie sabe qué significa, Polly —dijo él.
—Bueno, deja que se lo explique a Annie. Esto es mi cerebro y esto de aquí con forma de árbol… es mi tumor. —Polly sonrió—. Yo lo llamo Bob.
—Respire hondo.
Annie cogió aire. Estaba sentada en la silla del médico. Él se había arrodillado en el suelo y la miraba fijamente a los ojos. Los suyos, marrones, tenían una expresión inteligente, como los de un perro.
—¿Puede seguir el dedo? —le preguntó al tiempo que levantaba el índice.
—Pues claro —replicó ella, irritada—. Estoy bien. No he llegado a desmayarme.
No entendía por qué se había alterado tanto. Apenas conocía a Polly, con tumor cerebral o sin él. Esa Polly que había ido a buscar un «té calentito y muy dulce», según sus propias palabras, porque «¿no es lo que se hacía durante la guerra?».
—Es comprensible —dijo el médico—, usted no lo sabía. ¿Nunca se ha preguntado por qué Polly se pasa el día en el hospital?
—Nos conocimos ayer. Y se comporta como si fuéramos uña y carne.
—Polly es así. Es bastante difícil no acabar siendo amigo suyo.
El doctor Fraser tenía un acento muy marcado, sobre todo al pronunciar las erres. Se puso en cuclillas.
—Así pues… está enferma.
—Muy enferma.
—¿Y no se puede… hacer nada?
El médico se levantó con una mueca.
—Dios, estoy haciéndome viejo. No debería contarle nada, por lo de la confidencialidad. Pero acaba de ver un escáner de su cerebro, así que supongo que podría considerarse que la paciente ha dado su consentimiento. Por la localización actual de Bob, es bastante probable que, si intentamos extraerlo, acabemos dañando seriamente el cerebro. —Annie recordó lo que Polly le había dicho. Lo de que el cerebro es todo lo que somos—. Le hemos administrado quimio y con eso ha ganado algo de tiempo. De momento, lo tenemos vigilado. Le hacemos un montón de resonancias magnéticas que cuestan un dineral. Si se acerca al córtex frontal, se acabó lo que se daba, y estamos hablando de un tumor muy agresivo. Y en un estado muy avanzado.
—¿Si se acerca?
—Cuando se acerque.
—¿Cuánto le queda? —preguntó Annie.
El doctor Fraser alzó las cejas.
—Que conste que los médicos odiamos esa pregunta. No somos adivinos. Pero a ella le hemos dicho que unos tres meses.
Annie se quedó con la boca abierta. Era muy poco tiempo. Apenas un semestre académico. Un trimestre fiscal. Una temporada de una serie estadounidense. Imagina que solo te quedaran tres meses y tuvieras que concentrar toda una vida en tan poco tiempo.
—Vaya —dijo; teniendo en cuenta las circunstancias, era lo único que se le ocurría.
La puerta se abrió de repente.
—¡Tampoco hace falta que me desmontes el despacho! —exclamó el doctor Fraser justo cuando Polly aparecía con un vaso de plástico.
—¡Ups! —Se le derramó un poco de té en la mano y se lo limpió de un lametazo—. Toma, bébetelo.
Annie observó el contenido del vaso. Tenía un aspecto asqueroso, como si fuera agua de aclarar la vajilla, turbia y jabonosa. De pronto se sintió superada por la situación: el minúsculo y oscuro despacho, la extraña mujer del tumor, su propia madre a escasos metros de allí, también con un cerebro moribundo en su interior. Se levantó de la silla; la cabeza le daba vueltas.
—Lo siento… de verdad, pero no puedo más. Lamento que estés enferma, Polly. Te lo digo de corazón. Pero tengo que irme.
Y salió corriendo de allí, dejando tras de sí un charco de té en el suelo.

—¡Buenos días, Annie Hebden!
A Annie nunca le habían gustado las mañanas, ni siquiera cuando Jacob la despertaba a primer hora y ella se abrazaba a su cuerpo calentito, tumbado a su lado, con la suave caricia de su aliento en el cuello. Últimamente tampoco le gustaban las noches. A veces había un momento del día, a eso de las cuatro de la tarde, después de tomarse un montón de cafés de la mugrienta máquina del trabajo que nadie limpiaba desde 2011, en que no se sentía mal del todo. Pero a las seis de la mañana… Era demasiado pedir, para ella y para cualquiera. Cruzó la sala de estar hasta la puerta que Polly no dejaba de aporrear.
—¿Qué hora es? Aún es de noche.
—Hace un día precioso.
Polly no parecía cansada.
—Mentira. Son las seis de la mañana de un miércoles del mes de marzo.
¿Y qué hacía Polly en su casa tan temprano? Es más, ¿qué hacía en su casa, a secas?
—Bueno, vale, pero ya verás como luego hace un día precioso, y traigo café y cruasanes, así que ¡déjame entrar!
Dos mañanas seguidas despertándose por culpa de Polly, y eso a pesar de que el día anterior había huido vilmente de ella. Por un instante pensó en fingir que la puerta se había quedado atascada por un extraño accidente. Luego suspiró y la abrió. Esa vez ni se molestó en pasar la cadena. Veinticuatro horas y ya sabía que no había nada que pudiera impedir la entrada a aquella mujer.
Polly estaba fresca como una rosa, vestida con unos vaqueros y una camiseta en la que ponía «Yes We Can». En los pies llevaba unas botas camperas de color rojo cereza.
—¿Qué te parece? —Movió la cabeza de lado a lado—. ¿Hannah Montana muriéndose de cáncer?
Llevaba el pelo corto y rizado recogido en una coleta que dejaba al descubierto una calva bastante grande fruto de la quimioterapia, y tenía la piel salpicada de manchas rojizas.
—Ja.
Annie no se acostumbraba a las bromas que Polly hacía sobre el cáncer. Ni siquiera estaba acostumbrada al cáncer.
Polly levantó una bandeja con dos vasos de plástico.
—¡Café! ¿Tienes alguna taza bonita? Es una lástima bebérselo en estos vasos de plástico.
—Ya me ocupo yo. Tú siéntate.
—Tranquila, no tengo intención de morirme ahora mismo, Annie. ¿Y las tazas?
Annie señaló hacia la cocina mientras se sentaba en su horrible sofá de piel sintética rajado por un lateral.
—¿Tú duermes en algún momento del día?
—Ah, no tengo tiempo para eso. ¡Me quedan tres meses de vida! —Seguro que era la primera vez que alguien decía esa frase con tanta alegría—. O eso es lo que dice el doctor Cascarrabias. Así es como lo llamo yo.
—Es verdad, sí que parecía un poco… gruñón.
Polly inspeccionó una taza de Cartman de South Park antes de descartarla. Se la habían regalado a Annie en el trabajo, en un amigo invisible, a pesar de que nunca había visto un solo episodio de South Park ni expresado el más mínimo interés por la serie.
—Es un bendito. El típico médico cascarrabias con complejo de Dios que no puede salvar a todo el mundo, pero es el mejor en lo suyo. —Se oyó el eco de la voz de Polly desde el interior del armario de la cocina—. En serio, Annie, deberíamos hablar de tu gusto por la vajilla.
Era como si en el mundo de Polly las tazas fueran un problema y el cáncer una realidad más de la vida. Al final, encontró unas de flores que los padres de Annie habían recibido como regalo de bodas.
—Oooh, ¡qué vintage!
—No, son trastos viejos, sin más. —Annie bostezó—. Hoy sí que tengo que ir a trabajar. No han querido darme más días por lo de mi madre.
—Por eso he venido tan temprano. Para que podamos trazar un plan.
—¿Qué plan?
Annie no tenía fuerzas para nada esa mañana.
—Te lo explico. A ver…
Polly había servido el café en aquellas tacitas minúsculas y los cruasanes en un plato de flores, sembrando el suelo de migas en el proceso. Un suelo en el que ya había polvo y restos de tostada. Tenía la casa muy abandonada. Costas había crecido con siete hermanas; antes de instalarse en Inglaterra, apenas sabía hervir un cazo de agua, así que las faenas de la casa no eran su fuerte precisamente.
—Como ya sabes —dijo Polly mientras se ponía cómoda; había sacado una libreta con las tapas fucsias y los bordes plateados—, me quedan tres meses de vida. Cuando me enteré me llevé un disgusto enorme, claro. Lo típico: negación, lloros sentada bajo la ducha, una semana entera metida en la cama…
Annie conocía bien el proceso. Casi podía decirse que lo había inventado ella.
—… pero al final me di cuenta de que, en realidad, es una oportunidad increíble. Ya no tengo que preocuparme de las tonterías que nos hacen perder el tiempo: las facturas, las pensiones, ir al gimnasio. Ahora mi vida, o lo que me resta de ella, está concentrada gracias a mi buen amigo Bob el tumor. Y tengo intención de vivirla al máximo.
Annie cogió un cruasán.
—No me digas que has escrito una lista de cosas que te gustaría hacer antes de morir.
—Es lo típico cuando te quedan tres meses de vida. Pero no, es un poco más complicado que eso. No quiero limitarme a ir tachando líneas. Nadar con delfines, ir al Gran Cañón… Además, todo eso ya lo he hecho, obviamente.
—Obviamente, claro —murmuró Annie con la boca llena de cruasán.
—No deseo… sentirme obligada a hacer lo que hace cualquiera. Quiero cambiar las cosas, dejar mi propia huella, ¿entiendes?, antes de desaparecer para siempre. Quiero demostrar al mundo que se puede ser feliz y disfrutar de la vida incluso cuando parece que las cosas no podrían ir peor. ¿Sabías que la gente a la que le toca la lotería retrocede, pasados unos años, al nivel de felicidad que tenía antes de que le tocara? ¿Y que lo mismo ocurre con las víctimas de accidentes graves, una vez que se han adaptado a los cambios en su vida? La felicidad es un estado mental, Annie.
Annie apretó los dientes. Lo que le había pasado a ella no era un estado mental; era real.
—Entonces ¿cuál es el plan?
—¿Has oído hablar del Reto de los Cien Días Felices? Es una de esas historias que se hacen virales en internet, ¿te suena?
—No.
A la Annie de antes le encantaban esas cosas, las colgaba en Facebook, compartía frases inspiradoras. La de ahora, en cambio, odiaba los proyectos, los planes y las listas. Carecían de sentido cuando tu vida se había desmoronado de un día para otro.
—En realidad, es fácil. Solo tienes que hacer una cosa cada día que te haga feliz. Puede ser un detalle sin importancia. O algo grande. De hecho, ahora mismo ya estamos haciendo algo.
—Ah, ¿sí?
Annie miró a su alrededor sin demasiado convencimiento.
—Desayunar en una vajilla bonita. Ver el amanecer junto a una amiga. —Polly levantó la taza hacia el cielo rojizo que asomaba a través de la ventana y Annie pensó: «¿Una amiga? ¿Así de fácil? ¿Y cómo puede algo tan insignificante marcar la diferencia?»—. Creo que, con un poco de suerte, me queda eso, cien días, así que he decidido empezar el reto. Y quiero que me ayudes.
—¿Yo?
Polly dejó la taza sobre la mesa. Tenía una mancha de espuma en el labio y el pelo incendiado, del mismo color rojizo que el sol, que por fin había hecho acto de presencia, brillante y cegador.
—Annie… No te ofendas, pero eres la antítesis de una persona feliz.
Annie parpadeó.
—Estoy pasando una mala racha. Ya viste a mi madre el otro día.
—Tiene que haber algo más —replicó Polly—. Se necesitan años de trabajo para conseguir una actitud como la tuya.
—Bueno, vivo en un apartamento de mierda lleno de moho, que encima tengo que compartir con un chico griego que no ha lavado un solo vaso en toda su vida.
—¿Costas? ¡Es adorable!
—Puede que sí. Pero cuando te acostumbras a encontrarte sus calzoncillos sucios en cualquier parte o a tener que rascar el queso reseco de los platos… deja de serlo. Mira. —Annie hundió la mano entre los cojines del sofá y palpó hasta encontrar una cáscara de pistacho—. Las deja por todas partes. Me pone histérica. Y aún no he hablado del trabajo, que lo odio, y al que voy a llegar tarde si no me espabilo.
—Vale. Eres una desgraciada. Por eso te propongo que hagamos el reto juntas. ¿Qué me dices? Durante los próximos cien días, si es que aguanto, tenemos que pensar en algo positivo cada uno de ellos y escribirlo. Podemos retroceder al día que nos conocimos, así nos quitamos un par de encima. Quiero demostrar que es posible ser feliz, incluso cuando todo va mal.
Annie pensó en una respuesta.
—Pero… No sé si creo en esa teoría, Polly.
—Puedes intentarlo al menos. ¿Qué tienes que perder?
Por un instante Annie estuvo a punto de contárselo, de explicarle que lo peor de todo no era la madre enferma, el pesado de Costas o el piso de mierda, pero no fue capaz. Polly era una completa desconocida. En vez de eso, dijo:
—Se me ocurren unas cuantas cosas. Ahora debo irme a trabajar o llegaré tarde… otra vez. —Se levantó y apuró la taza de café espumoso, una mejora considerable, reconoció, con respecto al amargo instantáneo que solía prepararse—. Mira, Polly, te agradezco que hayas querido incluirme en tu… proyecto —añadió, si bien pensó: «Es una maldita intromisión en mi vida»—. Sin embargo, eso de los retos no va conmigo. Ahora mismo tengo demasiado lío en la cabeza. Gracias por el desayuno. Seguro que algún día volveremos a vernos en el hospital.