INTRODUCCIÓN

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Imagínense a alguien que enseña meditación, y lo más probable es que no me parezca mucho a esa persona. Visto de traje con frecuencia, por ejemplo, y mi lugar de trabajo está en Midtown Manhattan. No soy nada New Age. Me considero un escéptico nato, y estoy aún más obsesionado con la ciencia de lo que lo estoy con el béisbol, que ya es decir. No me interesan las creencias pseudocientíficas. Mis amistades cuentan siempre el mismo chiste sobre mí: «¿Cómo puede un vegetariano ser tan de carne con patatas?». Me gustan las cosas sencillas, prácticas, y rigurosa e irrefutablemente lógicas.

Y durante más de cuarenta y cinco años he trabajado a jornada completa en la enseñanza de la técnica de la meditación trascendental (MT). Dicha técnica procede de la tradición de meditación continua más antigua del mundo. Su práctica no va asociada a ninguna filosofía, a ningún cambio en el estilo de vida, ni a ninguna religión. Durante más de cinco mil años, la técnica de la MT ha ido pasando de maestro a alumno, de manera individual: nunca en grupos, nunca mediante un libro. Hunde sus raíces en la antigua nobleza guerrera, cuando actuar por miedo o ira conducía al desastre y la derrota. Hoy en día está destinada a todos los que buscamos mayor equilibrio en la vida, así como más creatividad, mejor salud, menos estrés..., y la felicidad.

A lo largo de esos miles de años, la técnica de la MT se ha concentrado en dos periodos de veinte minutos: uno por la mañana, preferiblemente antes del desayuno; y otro a última hora de la tarde, preferiblemente antes de cenar. Esta meditación se aprende con un profesor cualificado en sesiones particulares. Ese maestro da al alumno un mantra personal —una palabra o un sonido que no tiene ningún significado— y le enseña cómo concentrarse en él adecuadamente, lo cual quiere decir con facilidad, sin esfuerzo y en silencio. Le enseña también que no hay por qué evitar los pensamientos, ni observar la respiración, ni controlar las sensaciones del cuerpo, ni visualizar nada. Tampoco es necesario sentarse de una manera determinada. Uno puede sentarse cómodamente en una silla en casa, en el trabajo, en un tren o en un avión, en el banco de un parque...; en pocas palabras, donde se esté cómodo. La sesión matinal activa el cerebro y proporciona energía y resistencia para que las exigencias y los retos del día no nos estresen. Luego se vuelve a meditar, preferiblemente a última hora de la tarde, antes de cenar, para empezar la siguiente parte del día como nuevos. Dos veces al día, la MT nos permite resetearnos.

He enseñado a meditar a muchos miles de personas. Entre mis alumnos hay líderes de empresas de la lista Fortune 100 y cajeros de pequeñas tiendas familiares. Unos van a universidades privadas, y otros, a escuelas públicas. Pueden ser cristianos, judíos, budistas, musulmanes e hindúes, o no practicar ninguna religión. Abarcan un espectro muy amplio que va desde atletas profesionales a personas que viven en centros de acogida. Sea quien sea la persona que tengo enfrente, ya se trate de un alto ejecutivo de una de las instituciones financieras más importantes del mundo, de una madre trabajadora soltera con dos niños pequeños en casa o de un veterano de guerra que no ha dormido más de dos horas diarias durante meses, todos tienen la misma mirada en los ojos cuando vienen a verme para hablar de meditación. Necesitan un cambio en su vida.

Hubo un tiempo en que me vi en una situación similar, y quizá era más escéptico que ninguno de ellos. En 1969 yo era un universitario con una sensación persistente de que tenía que haber algo más que pudiera hacer para ser más feliz, más útil y estar más sano. Conocía a mucha gente que se suponía que había conseguido todo lo necesario para sentirse así, y sin embargo se la veía agobiada, llena de preocupaciones y muy a menudo infeliz. Un amigo en quien confiaba, y que había observado mi creciente nivel de estrés debido a la presión académica, me sugirió que podía gustarme la meditación trascendental. Me mostré reacio. No me interesaba. La palabra meditación ni siquiera formaba parte de mi vocabulario. Era (y soy) una persona muy activa, práctica, realista. Mis planes consistían en estudiar Derecho con el fin de presentarme a un cargo público y, en última instancia, llegar a senador. Quería contribuir a cambiar el mundo. (Sí, entonces pensábamos en esas cosas). Sentarme a «meditar» no encajaba en mi visión de la vida.

Pero dormía mal y me flaqueaba la memoria, y valoraba la opinión de mi amigo, así que decidí que al menos probaría la MT. A pesar de la reticencia y el escepticismo iniciales, la experiencia me pareció extraordinaria, significativa, auténtica. Era asombrosamente fácil de hacer, enormemente relajante y a la vez increíblemente vigorizante, como nada que hubiera experimentado antes. De alguna manera supe desde el principio que quería enseñárselo a los demás; y, en particular, quería enseñárselo a niños de escuelas de barrios pobres. Unos años después, en enero de 1972, interrumpí mis estudios durante un semestre y me matriculé en un curso de posgrado de cinco meses de duración para la formación de profesorado de MT que impartía Maharishi Mahesh Yogi, físico de formación y el profesor de meditación más destacado de esa generación. Durante el curso, Maharishi y un equipo de neurocientíficos, médicos y psicólogos analizaron los conocimientos antiguos y modernos de la ciencia de la consciencia, así como el impacto del estrés y los traumas en el cerebro y el sistema nervioso. Aprendimos los mecanismos únicos de la práctica de la MT y el papel de esta meditación en el desarrollo de la creatividad y la inteligencia, al parecer ilimitadas, que alberga la mente humana, así como su capacidad para abordar muchos de los espinosos males de la sociedad. Y lo que es más importante, Maharishi nos instruyó en la técnica, sencilla pero precisa, de cómo enseñar individualmente a cualquier persona a trascender —a acceder sin esfuerzo a la profunda calma que hay en el interior de todo ser humano— con un programa diseñado específicamente para esa persona.

Desde que empezó a enseñar MT en 1958, Maharishi se centró en la investigación y la comprensión de la ciencia de la meditación trascendental. Desafió a doctores de Harvard, de la UCLA y otras facultades de Medicina a que estudiaran los cambios neurofisiológicos durante y después de la técnica. Los resultados son meridianamente claros hoy. Desde entonces, más de cuatrocientos estudios científicos han demostrado los múltiples beneficios de la técnica de la MT en la mejora del funcionamiento cerebral y cognitivo, la salud cardiovascular y el bienestar emocional. Dichos estudios se han publicado en destacadas revistas científicas con procesos de evaluación externos, como la JAMA Internal Medicine, de la Asociación Médica Estadounidense, y Stroke e Hypertension, de la Asociación Estadounidense del Corazón, entre otras. (Evidentemente, es muy importante que esos trabajos de investigación se validen. El arbitraje médico supone que unos expertos evalúan la credibilidad del estudio, y garantizan que los profesionales clínicos que participan en ese estudio cumplen los protocolos de calidad establecidos). Los Institutos Nacionales de la Salud estadounidenses han proporcionado decenas de millones de dólares para el estudio de los efectos de la MT sobre el estrés y la salud cardiovascular, mientras que el Departamento de Defensa de Estados Unidos ha concedido varios millones de dólares para analizar su impacto en el trastorno por estrés postraumático (TEPT) en veteranos de las guerras de Irak y Afganistán.

El cambio ha tardado en llegar, pero en la actualidad la técnica de la meditación trascendental está reconocida como tratamiento y modalidad preventiva para muchos trastornos que tienen su origen en el estrés de nuestro tiempo, además de como herramienta sumamente práctica para mejorar de forma notoria la salud y el rendimiento. De la misma manera que ahora reconocemos la importancia del ejercicio y la alimentación saludable, el mundo ha avanzado mucho respecto a la comprensión de la importancia decisiva de la meditación en general y de la meditación trascendental en particular.

Claro que no siempre fue así. Al principio, cuando empecé a trabajar, a veces la forma más rápida de poner fin a una conversación consistía en decir que era profesor de meditación. Ahora, si alguien me pregunta qué hago, ladea la cabeza cuando digo que dirijo una organización sin ánimo de lucro que enseña meditación trascendental. En general, esa persona abre mucho los ojos y dice: «Ah, eso me vendría bien a mí».

Entonces ¿qué ha sucedido? ¿Por qué hay tanto interés en la meditación? Yo lo atribuyo a una tormenta perfecta de tres factores:

Uno, vivimos una epidemia de estrés. Nos enfrentamos a más estrés tóxico ahora que en ningún otro momento de la historia. El estrés debilita el sistema inmunitario, dificulta el desarrollo cognitivo y emocional y eleva la presión arterial, razón esta última por la que diez millones de personas corren el riesgo de padecer una enfermedad cardíaca, principal causa de muerte en los tiempos que vivimos. El estrés tóxico contribuye también a un alarmante abanico de trastornos: alimentarios, del sueño, del aprendizaje, obsesivo-compulsivo, bipolar, y otros. Acelera el proceso de envejecimiento y acorta la esperanza de vida. Día tras día, el estrés nos llena de tanta tensión y ansiedad que con frecuencia hasta es difícil disfrutar de las pequeñas cosas que antes nos hacían felices.

Viajo mucho debido a mi trabajo, y veo ese estrés en la cara de las personas con las que me encuentro. Independientemente de quiénes sean, de dónde sean o de lo que hagan, todas me dicen que muchas veces reaccionan de forma exagerada ante los pequeños contratiempos, ya no hablemos de los mayores desafíos de la vida. Reconocen que dan un respingo al oír el incesante sonido del teléfono móvil, y les atemoriza encontrarse con la bandeja de entrada repleta de mensajes. No es imaginación suya: el estrés, de hecho, agudiza nuestra sensibilidad a nuevos desencadenantes de estrés. En otras palabras, el estrés engendra más estrés. Sin ninguna exageración, y para ser descarnadamente francos al respecto, el estrés mata.

Y ahora todos estamos en contacto permanente, viviendo en un mundo conectado las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, que no para nunca. Estamos saturados de información, exigencias y estímulos sensoriales. Estamos atrapados en un interminable bucle de peticiones para que leamos, revisemos, tomemos una decisión, guardemos, borremos, contestemos y pasemos a la siguiente petición. Cuantos más triunfos conseguimos, más decisiones arriesgadas nos vemos obligados a tomar.

En efecto, mucha gente trabaja demasiado, y, sí, a mucha gente no le gusta su trabajo. Pero también me encuentro con personas que aman su trabajo y que disfrutan con la presión. Piensan que ojalá el día tuviera más horas para hacer las cosas. En la plenitud de sus carreras, la gente disfruta con los retos. Pero tanto si nos gusta el trabajo como si lo detestamos, el estrés físico y emocional acaba pasando factura. Se puede disfrutar del trabajo, pero aun así vérselas y deseárselas para hacerlo eficazmente si resulta difícil levantarse de la cama porque nos despertamos rendidos o desanimados por un trasfondo constante de inquietud. O a lo mejor nos despertamos pletóricos de energía, pero esa energía decae después de mediodía, y ni siquiera un par de cafés nos dan el impulso necesario para terminar el día. Cosas que antes no nos molestaban empiezan a hacerlo. Por primera vez, tenemos dolores de cabeza debidos a la tensión, o recurrimos a somníferos para conciliar el sueño.

Es un círculo vicioso. Hemos leído el diagnóstico y el pronóstico, y ninguno de los dos es halagüeño. El estrés les cuesta a las empresas estadounidenses más de trescientos mil millones de dólares al año debido a que sus sobrecargados empleados están cada vez más desmotivados, exhaustos, sin objetivos y con síndrome de agotamiento profesional.[1] En Reino Unido, el estrés es la razón más frecuente por la que los empleados reciben bajas de larga duración por enfermedad, más que por lesiones por movimientos repetitivos, enfermedades coronarias y cáncer.[2] Y en Japón, el Gobierno ha catalogado oficialmente el estrés tóxico como un fenómeno mortal, con un Ministerio de Trabajo que elabora estadísticas de karoshi (muerte por exceso de trabajo) desde 1987.[3]

E iniciamos a nuestros hijos en ese camino a edades cada vez más tempranas. Hace poco estuve en una clase de niños de segundo de primaria. Miraba todas aquellas caritas mientras les explicaba el trabajo que hago. En términos delicados, les hablé de los adultos que se sentían estresados, y pregunté de manera despreocupada: «¿Cuántos de vosotros os sentís estresados?».

Todos, sin excepción, levantaron la mano. ¡Niños de segundo de primaria! Me quedé atónito. El estrés no solo afecta a los niños que viven con estrecheces, en ambientes de violencia y hogares inestables. Los pediatras ven cada vez más niños de familias acomodadas con niveles de ansiedad como los de los adultos que pueden vincularse a la presión por alcanzar un buen rendimiento escolar.

Así que somos conscientes de que tenemos un problema, y sabemos que necesitamos una solución. La segunda razón de este repentino interés por la meditación estriba en que no existe una píldora mágica que nos libre de esa epidemia. Por lo general, es ahí donde buscamos las respuestas: en el botiquín. Seguro que hay un valiosísimo tesoro de medicamentos para manejar todas esas abrumadoras dolencias relacionadas con el estrés. Tomamos Ambien para dormir, Xanax para calmar los nervios, y Adderall para aumentar el rendimiento en el trabajo. O recurrimos a drogas sin receta, por así decir, para enmascarar los síntomas, y tomamos múltiples tazas de café para pasar el día. Y después unas copas de vino para relajarnos a última hora de la tarde. Y los niños, a edades cada vez más tempranas, dependen de antidepresivos, ansiolíticos y medicación para controlar los trastornos por déficit de atención.

Pero la verdad es que poco ofrecen las empresas farmacéuticas para prevenir o curar el estrés tóxico. La Asociación Estadounidense de Psicología llegó a la conclusión de que su estudio nacional de 2014 «describe un panorama de altos niveles de estrés y unos mecanismos de defensa ineficaces que parecen estar arraigados en nuestra cultura, perpetuando unos estilos de vida y unos patrones de comportamiento poco o nada saludables para las generaciones futuras».[4] Los fármacos de la gran industria farmacéutica (Big Pharma) con frecuencia resultan ineficaces, y aquellos que funcionan pueden tener peligrosos efectos secundarios. Dado que los riesgos no dejan de crecer, cada vez son más las personas que buscan soluciones en otra parte.

Lo que nos lleva a la tercera razón del auge del interés por la meditación: ciencia, ciencia y más ciencia. Hay tantas pruebas que validan los beneficios de la meditación que hasta los más escépticos tienen que reconocer (puede que a regañadientes) que algo significativo, algo importante, ocurre cuando meditamos.

Pero ¿qué significa «meditar»? La meditación y el mindfulness están de moda en la cultura de masas, pero también reina una gran confusión. ¿Qué es exactamente?

Cuando hablo de meditación, utilizo una analogía. Les digo a mis alumnos: Estáis en un pequeño bote en medio del océano Atlántico, y, hasta donde os alcanza la vista, lo único que hay es una gran extensión azul.

Pero, de repente, el agua empieza a picarse y os veis rodeados de enormes olas de nueve metros. Y fácilmente podríais pensar: «¡El océano entero está levantándose!».

¿El océano entero? En realidad, no. Porque si pudiéramos mirar una sección transversal hacia abajo, veríamos que solo la superficie está agitada. El Atlántico tiene varios kilómetros de profundidad, y el fondo del océano está en calma. Allí abajo hay una inmensa extensión de paz y tranquilidad que no se ve afectada por la turbulencia de arriba.

Como las olas en la superficie del océano, la superficie de la mente puede estar activa, incluso ruidosa y turbulenta. Hay quien describe la superficie de la mente como la «mente inquieta» (monkey mind). A mí me gusta llamarla la mente «tengo que, tengo que, tengo que». La mente hiperactiva tipo A está siempre pensando «Tengo que hacer esto. Tengo que hacer lo otro. Tengo que llamarlo. Tengo que llamarla. Tengo que hacer una lista. Tengo que encontrar la lista. Tengo que hacer otra lista. Tengo que bajar el ritmo. Tengo que irme. Tengo que dormir, tengo que levantarme».

¿Les suena?

Casi todo el mundo ha vivido esa experiencia. Y casi todo el mundo ha pensado en algún momento: «Necesito un descanso de todo este ruido mental; de este parloteo mental constante. Me gustaría tener un poco de calma interior, de claridad interior, de creatividad interior, de enfoque interior, de paz interior».

La palabra clave aquí es interior. Y la pregunta es: ¿existe esa cosa llamada interior? Y si es así, ¿cómo accedemos a él?

«Cómo accedemos a él» ha sido el dominio de la meditación desde tiempos inmemoriales. La meditación se ha asociado con ideas de ecuanimidad interior, claridad, atención, creatividad, fortaleza. Pero, claro, hay muchas clases diferentes de meditación. ¿Son todas iguales? ¿Todas funcionan?

Llevo mucho tiempo practicando y enseñando meditación. Cuando empecé a ejercer, la palabra «medito» —si se tomaba en serio— con frecuencia expresaba cosas como «hago jogging», «escucho música relajante», «observo cómo mis pensamientos vienen y van», «respiro profundamente» o «repito un sonido mentalmente». Todo se agrupaba bajo el gran paraguas de la «meditación».

Pero ahora ese supuesto ya no se sostiene. Gracias a la neurología sabemos que, en esencia, hay tres planteamientos diferentes de la meditación. Ello es así porque cada experiencia específica cambia el cerebro de forma específica: el cerebro no responde de la misma manera cuando escuchamos música clásica que cuando escuchamos música electrónica, cuando vemos una película romántica o una de terror. Del mismo modo, los científicos han encontrado marcadas, e importantes, diferencias en la forma en que funciona el cerebro durante estas diferentes prácticas. Asimismo, los sistemas cardiovascular, respiratorio y nervioso responden cada uno de manera diferente a cada técnica de meditación.

Comprender estos tres enfoques es importante porque cada uno requiere diferentes grados de esfuerzo y dificultad para practicarlo; cada uno impacta en el cerebro de manera diferente; y cada uno produce un resultado distinto para la salud mental y la corporal.

Estas tres técnicas son: atención focalizada, atención abierta y trascendencia automática.[5] 

La meditación de atención focalizada incluye la clásica descripción de la meditación en la cultura popular: una persona sentada con la espalda recta, las piernas cruzadas en el suelo o sobre un cojín, los ojos cerrados, ensimismada en un estado de profunda y firme paz interior. Quien haya asistido a clases de yoga es probable que haya conocido este enfoque. Los pensamientos se consideran disruptores de la calma mental, por lo que se pide al alumno que minimice —o, mejor aún, que detenga—, las divagaciones de la mente «inquieta», para vaciarla de pensamientos.

Volviendo a la analogía del océano, intentar vaciar la mente de pensamientos es como querer detener las olas de la superficie del mar. Requiere una hipervigilancia constante, y a muchas personas les cuesta demasiado trabajo. Algunas se rinden, e insisten: «No puedo hacerlo. La meditación no es para mí».

¿Cómo afectan las técnicas de meditación de atención focalizada al cerebro? Una forma de saberlo es mediante una electroencefalografía (EEG), la cual mide la actividad eléctrica del cerebro. Las lecturas de EEG tomadas mientras los sujetos del estudio practican meditación de atención focalizada muestran que esas técnicas activan las ondas gamma del córtex prefrontal izquierdo, que es la parte del cerebro implicada en los procesos de toma de decisiones. Eso significa que la actividad eléctrica en el cerebro alcanza una frecuencia por segundo de, aproximadamente, 20 a 50 hercios (Hz), o ciclos por segundo. Se ven resultados similares cuando un estudiante se concentra en un problema matemático, lo cual tiene sentido, porque las ondas gamma se encuentran cuando uno se enfrasca en una tarea desafiante.

En contraste con el intento de apartar todo pensamiento de la mente, la segunda categoría de meditación, la meditación de atención abierta, consiste en aprender a observar los pensamientos desapasionadamente, sin enjuiciarlos, según vienen y van. Ello es porque no se considera que los pensamientos en sí mismos sean los que alteran la calma, sino que es el contenido o el significado de los pensamientos lo que puede alterarla. Así pues, aprendemos a tener pensamientos sobre disgustos en el trabajo o sobre un agravio recurrente con un colega mientras permanecemos calmados, inalterados y presentes.

Volvamos a la analogía del océano. Estamos en ese pequeño bote, y en lugar de intentar detener las olas, las observamos subir y bajar sin emoción. Mientras eso ocurre, generamos ondas cerebrales theta, con unos patrones eléctricos que se ralentizan de 6 a 8 Hz, como cuando soñamos despiertos. Las ondas theta se asocian con la creatividad, la fantasía y las tareas de la memoria. Varios estudios sobre prácticas de mindfulness, muchas de las cuales se incluyen en la clasificación de meditación de atención abierta, muestran también ondas cerebrales alfa-2 (entre 10 y 12 Hz) en la parte posterior del cerebro. Estas ondas se asocian con la desconexión de áreas cerebrales —en este caso, el sistema visual— y las ondas beta (entre 16 a 20 Hz), lo que significa que estamos activamente ocupados en dirigir nuestra atención. Además, la neuroimagen muestra que tales prácticas de mindfulness activan las cortezas cingulares anteriores, las cuales están relacionadas con las emociones, el aprendizaje y la memoria.

La meditación de atención abierta puede ayudarnos a estar más presentes y centrados durante experiencias estresantes. Puede ayudar a calmar la amígdala —el área del cerebro que gobierna las emociones y la conducta emocional—, de manera que no reaccionemos de forma excesiva ante una situación. Podemos tomarnos unos minutos, respirar profundamente, fijarnos en cómo estamos reaccionando, tranquilizarnos y volver a entrar en liza. Para muchas personas, se trata de una herramienta útil y práctica para afrontar los problemas.

La meditación de atención abierta es un proceso cognitivo como la meditación de atención focalizada. Por definición, mantiene la atención en el momento presente, en ese nivel en el que presenciamos el pensamiento del nivel superficial de la mente.

He tenido la suerte de aprender meditación de atención focalizada y meditación de atención abierta con algunos de los mejores profesores, de manera que conozco de primera mano que ambas prácticas son valiosas. Pero la que yo practico regularmente desde hace casi cincuenta años —la que encuentro más fácil de hacer y la que reporta los beneficios más inmediatos y a largo plazo para el cuerpo y la mente— es el tercer tipo: la meditación de trascendencia automática.

La meditación trascendental entra en esta categoría. Volvamos a la analogía del océano una vez más: hay olas activas, a menudo turbulentas, en la superficie, pero el fondo está en calma. Del mismo modo, planteamos la hipótesis de que mientras la mente está activa en la superficie, en lo profundo hay un nivel en el que está en calma pero alerta; silenciosa pero espabilada por completo. Los textos antiguos de meditación se refieren a este nivel como la «fuente del pensamiento» o «consciencia pura», un territorio de creatividad ilimitada, inteligencia y energía interior. Los científicos ofrecen una descripción más aséptica: un estado de «alerta apacible». Está ahí. En lo profundo. Ahora mismo y en todo momento. Lo creamos o no. El problema radica en que hemos perdido el acceso a él.

El propósito de la MT es abrir la puerta a ese territorio sin límites. No hay concentración ni control de la mente; nada guiado; ninguna indicación ni observación pasiva. En cambio, la MT sencillamente permite que la mente de pensamiento activo se instale en su propio estado de calma interior, que se encuentra en el nivel más profundo de la consciencia, el que va más allá, el que trasciende a todos los pensamientos y sentimientos. Es nuestro callado yo interior, antes de que empecemos a pensar, crear, planear, hacer listas, decidir, preocuparnos o festejar. Siempre ha estado ahí, dentro de nosotros. Simplemente se pierde o se eclipsa con facilidad debido al ruido y las constantes distracciones del día.

En el contexto de la analogía del océano diríamos que no intentamos controlar esas olas turbulentas de la superficie, y tampoco las observamos de modo desapasionado. Sencillamente accedemos a la calma de la profundidad del océano.

Es como un esprínter que reduce la velocidad desde una carrera rápida a un trote ligero, luego a un paseo lento, hasta quedarse parado y sentarse. Es la misma persona, solo que con diferentes grados de actividad. Así de fácil.

Las lecturas del EEG y las imágenes cerebrales revelan que la meditación trascendental fortalece las conexiones neuronales entre las diferentes zonas del cerebro, también dentro de la corteza prefrontal, con lo que se potencia un mejor aprendizaje y una mejor toma de decisiones. Calma la amígdala cerebral —esa sensible central de alarma del estrés—, que es importante porque si está sobreexcitada nos hace reaccionar de manera exagerada tanto a pequeños problemas técnicos como a los grandes retos del día. O puede paralizarnos, haciendo que rehuyamos nuevos pero factibles retos.

Durante la práctica de la MT, nuestro patrón de ondas cerebrales característico cambia a alfa-1 (de 8 a 10 Hz), lo que se ve principalmente en la parte delantera del cerebro, la corteza prefrontal. Alfa-1 indica que la mente está en profundo reposo, reflexiva y totalmente despierta. La MT activa la red neuronal por defecto, una red a gran escala del cerebro que está ligada a la mejora de la creatividad y la toma de decisiones. También actúa sobre el núcleo accumbens, el centro de recompensa del cerebro, que se asocia con la felicidad e incluso con la euforia. Al mismo tiempo, hay un incremento del flujo sanguíneo al cerebro, lo que significa que este está recibiendo más alimento. Finalmente, y de manera exclusiva, el cuerpo consigue un profundo estado de descanso y relajación que va acompañado de una mayor atención mental. Esto significa que la MT proporciona algo más que descanso. Produce descanso profundo y alerta interior a la vez; o, como he dicho, un estado único de alerta reposada.

La experiencia de esa alerta reposada desencadena una constelación de cambios neurofisiológicos y bioquímicos en nuestro organismo, entre los que se incluyen una reducción de la presión arterial elevada; un incremento de la respuesta galvánica de la piel, que es un indicador de profunda calma fisiológica; una reducción del 30 por ciento en el cortisol, la hormona del estrés; y un incremento de la serotonina, que es el neurotransmisor, o sustancia química cerebral, asociado con el equilibrio del estado de ánimo y la felicidad. Nuestro cuerpo lo hace automáticamente cuando el cerebro funciona de una forma más integrada y coherente. Y aquí viene lo más importante: esos efectos son acumulativos. Los beneficios de la meditación duran todo el día, muchas horas después de haber terminado nuestros veinte minutos.

Mi amigo y estudiante el doctor Peter Attia a veces prescribe MT a quienes acuden a sus oficinas en Nueva York y San Diego. El doctor Attia fue cirujano en el hospital Johns Hopkins, especialista en cirugía oncológica en el Instituto Nacional del Cáncer, y ha contado con el apoyo de los más destacados lipidólogos, endocrinólogos, ginecólogos, fisiólogos del sueño y expertos en envejecimiento de Norteamérica. Este doctor, que se mantiene en un excelente estado de forma, está tan interesado en la fisiología humana que lleva puesto un medidor continuo de glucosa veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, y un aparato para medir con precisión la calidad del sueño mediante la variabilidad del ritmo cardíaco todas las noches. Él es su propio caso de estudio en la búsqueda de la excelencia fisiológica. Su pasión es su consultorio médico, Attia Medical, que está centrado en la ciencia aplicada de la longevidad y el rendimiento óptimo. Sus clientes son grandes estrellas en sus respectivos campos profesionales; son esa clase de personas que trabajan al máximo rendimiento. Ahora muchos de ellos hacen MT por recomendación suya.

«Siempre cuento esta broma en la clínica», dice el doctor Attia. «No tengo nada en contra de los Toyota, pero no disfruto poniendo a punto Toyotas, yo quiero tunear Ferraris». La metáfora describe a sus pacientes perfectamente. «Cuando corres al límite de la máquina, como un Ferrari —dice—, todo importa. Solo que a veces es más obvio cuando haces una mejora en condiciones de estrés elevado, y por estrés no me refiero a estrés fisiológico, sino a estrés global, como el estrés de la máquina».

La mayoría de sus pacientes, hombres y mujeres, son auténticos líderes que quieren trabajar más durante más tiempo, crear más empresas, pertenecer a más consejos de administración; en esencia, cambiar el mundo de una forma u otra. Mientras los retos que desarrollan sus pacientes los llevan a la primera página del Wall Street Journal, el estrés asociado de su trabajo puede matarlos. «Si la única forma de tratamiento consiste en evitar todos los agentes estresantes, me temo que estaremos jugando al juego de Dale-al-topo —me dijo—. Una estrategia más inteligente es: ¿podemos modificar nuestra respuesta