Siria Palestina, 327 d.C.
El despiadado sol de Jerusalén había abrasado la tierra hasta dejarla compacta como la piedra. A pesar del calor ardiente de mediodía, los trabajadores, de piel curtida, balanceaban de un lado a otro sus pesados picos y no osaban tomarse un descanso. La señora estaba cerca, observando sus más nimios movimientos, atenta a la sinfonía que formaban aquellos instrumentos de hierro al chocar con el duro suelo.
Ella permanecía a cubierto del sol, supervisando la excavación desde una tienda montada sobre un montículo de detritos aplanados. Soldados romanos de rostro impenetrable montaban guardia a ambos lados de la abertura. Ni ellos ni los compañeros que conformaban un círculo impenetrable alrededor del lugar eran legionarios comunes, sino una división de centuriones de élite escogidos por el mismo emperador. No es que existieran amenazas concretas contra la señora, ni tampoco que flotara en el aire la menor sensación de peligro. En verdad, la mayor parte del pueblo de Jerusalén apoyaba sus acciones y agradecía su generosidad para con los pobres, pero no había margen para el menor error. Cualquier rebelde armado con una honda podría causar un desastre. Y ella era la madre del emperador, emperatriz por derecho propio.
Flavia Julia Helena Augusta.
La tabernera que desposó a un emperador, Constancio Cloro, y dio a luz a otro, aún más poderoso, al que la historia bautizaría como Constantino el Grande. El hombre que desafió siglos de tradición romana, barrió el panteón de dioses y abrazó el cristianismo.
Y si Constantino se ocupó del barrido, Helena fue la escoba.
Esa joven religión cristiana la tenía tan fascinada que, pese a estar a punto de cumplir los ochenta años, una edad en la que la mayoría de las damas nobles y ricas se limitaban a dejarse llevar de una estancia a otra en sus cómodas villas romanas, la ágil Helena se embarcaba en peregrinajes a lejanas tierras en busca de los restos de Jesús.
A su llegada a la Ciudad Santa de Jerusalén acompañada de su séquito, asombró a la plebe paseándose entre la gente por los mercados y las iglesias, preguntando por los relatos de sus ancestros sobre la ubicación de la tumba de Jesucristo y sobre el Gólgota, el lugar donde fue crucificado. La tradición oral era poderosa. En una tierra tan antigua y rica en contadores de historias, tres siglos no eran más que un grano de arena. Ahora, tras dos años de expedición, el final se anticipaba próximo y la misión de Helena ofrecía un resultado deslumbrante. Había ordenado construir iglesias en el pueblo de Belén, donde, según ella, había nacido Jesús, y en el monte de los Olivos, desde el cual Cristo ascendió a los cielos. Esos descubrimientos no eran más que nimiedades si se comparaban con la ingente tarea realizada en el monte Calvario, el lugar donde, conforme a la mayoría de los relatos de la gente, había sido enterrado. Doscientos años antes, tras las violentas y destructivas revueltas judías, el emperador Adriano había emprendido la reconstrucción de Jerusalén. Cubrió el montículo del Calvario de tierra y allí alzó un gran templo dedicado a Venus, y a Helena le había correspondido la tarea de derribar aquel edificio piedra a piedra.
El venerado obispo Macario de Jerusalén era el compañero constante de Helena, su consejero espiritual y la persona que había escogido el lugar exacto donde excavar una vez completada la demolición del templo. Un grupo de trabajadores, formado en su mayor parte por sirios y griegos, provistos de picos y palas y dirigidos por el capataz, un sirio servil llamado Safar, había encontrado enseguida una vieja tumba excavada en la piedra al estilo judío. Safar ayudó a Macario a descender al fondo del foso y, cuando este regresó junto a Helena, proclamó con los ojos anegados en lágrimas que aquella era la auténtica tumba del Salvador. Semanas más tarde, no muy lejos de allí, los excavadores extrajeron tres juegos de maderos podridos y petrificados. Una vez sacados del foso y sometidos a la inspección de Helena, ella y Macario anunciaron con orgullo que se trataba de las cruces de Jesús y los dos ladrones. Pero ¿cuál de ellas era la cruz de Cristo?
Macario propuso una solución a aquel irritante problema.
Llevaron tres pedazos de madera, uno de cada cruz, junto al lecho donde agonizaba una anciana, aquejada de un tumor en el estómago. Primero, colocaron en sus manos uno de esos trozos, sin resultado alguno. Lo mismo sucedió con el segundo. Con el tercero, en cambio, se obró el milagro. Aferrada a la madera, el color de su cara pasó de amarillento a sonrosado y la hinchazón del estómago disminuyó. Por primera vez en mucho tiempo la anciana se incorporó y sonrió.
Habían encontrado la Vera Cruz.
Ahora Helena se enfrentaba a una última búsqueda antes de reunir las reliquias y viajar de regreso a Roma: hallar los clavos que se habían usado para la crucifixión.
—¿Serán tres o cuatro? —preguntó a Macario.
El obispo, sentado junto a ella en la tienda, respondió:
—No sabría deciros, señora. Había verdugos que preferían un clavo distinto para cada tobillo mientras que otros los atravesaban ambos con uno solo.
—Ojalá se den prisa —dijo ella—. Ya no soy joven.
Como era de esperar, el obispo se echó a reír. Le había oído decir lo mismo muchas veces.
En el fondo del foso y oculto a la vista, Safar observaba a sus hombres rascar la tierra del lugar donde habían encontrado la Vera Cruz. Su ojo, siempre avizor, distinguió algo. Apartó al hombre que tenía más cerca y continuó la tarea con su pico. Se arrodilló y extrajo una estaca grande, negra por el óxido. Tenía la misma longitud que la mano de un hombre, era de caña cuadrangular y su cabeza plana se mantenía intacta. Estaba a punto de sacarla del todo cuando su mirada se posó en un segundo clavo, más corto, con el extremo roto. Entonces, uno de los trabajadores gritó algo en sirio desde unos metros de distancia. Había desenterrado otro clavo, y luego el propio Safar dio con un punto negro más mientras limpiaba el foso. Ya tenía los cuatro clavos. Al último le faltaba la mitad de la cabeza: debía de haberse partido cuando lo clavaron o extrajeron de la cruz.
—La señora estará contenta, ¿no? —dijo el trabajador a Safar.
—Estoy seguro de que estará encantada —repuso Safar, elevando la mirada al cielo pálido—. Su trabajo ha terminado. Ahora nos dejará en paz.
—¿Recibiremos algunas monedas? —preguntó el hombre a Safar.
—Me dará una bolsa llena y, si tienes la boca cerrada, yo me encargaré de que cobres tu parte.
—¿Tener la boca cerrada? ¿Sobre qué?
—Pienso darle solo tres clavos.
—¿Y el cuarto?
—Ese es mío —dijo Safar, señalando el último que habían encontrado, el de la cabeza rota—. He aguantado lo mío trabajando bajo el yugo de una mujer.
—Es una emperatriz.
—Sigue siendo una mujer. Esta es mi recompensa por tanta indignidad. Además, si lo ve roto, aún nos acusará de haber causado el daño. Yo venderé la reliquia. Y tú, si te atreves a hablar, morirás pobre.
Safar picó la tierra que rodeaba el cuarto clavo hasta que pudo sacarlo. Cerró el puño en torno a él con avaricia, pero enseguida aflojó la mano. Notó un temblor en la muñeca, un calor ligeramente desagradable, así que guardó el clavo en el bolsillo delantero de la túnica.
El otro trabajador salió del foso y fue corriendo hacia la tienda de Helena.
—¡Safar ha encontrado los clavos, majestad! —anunció.
La cara llena de arrugas de Helena se iluminó ante la noticia.
—¿Cuántos son? —preguntó, al tiempo que Safar se acercaba—. ¿Tres o cuatro?
El sirio esbozó una sonrisa mellada.
—Tres, majestad. Solo tres.
Asunción, Paraguay, 1955
Era un chico de once años, sensible y con tendencia a achantarse cuando su padre se enfadaba con él, lo cual solo servía para enojar aún más a aquella figura imponente.
—¡Compórtate como un hombre, maldita sea! ¡Basta de gimotear!
Su padre era como un volcán. Cuando la presión interior alcanzaba el límite, entraba en erupción. El aislamiento de Otto Schneider era tan absoluto que solo podía descargar su ira sobre su esposa y su hijo. Pero por cada diez veces que el padre amenazaba con castigar al joven Lambret por alguna travesura real o imaginaria, solo en una de ellas llegaba el bofetón. Esta proporción de diez a uno se manifestaba con tanta precisión que el joven Lambret sabía perfectamente cuándo tocaba moratón, y se armaba de valor. Su madre no soportaba los castigos corporales, así que cuando percibía que era inminente abandonaba la habitación deshecha en lágrimas y no regresaba hasta que el momento había pasado, siempre provista de besos de consuelo y de un trozo de tarta. Y si era ella la que recibía el golpe, ya fuera con la mano abierta o algo peor, el chico imitaba su amabilidad y acudía a su lado con unos cuantos caramelos.
—Lo odio.
—No habla en serio, Lambret. Debes quererlo. Está sometido a mucha presión. Era un general, un gran hombre. Y ahora… bueno, ahora es tu padre. Tenemos que entenderlo.
El chico no asistía al colegio. Su padre se negaba a que aprendiera español, un idioma que consideraba propio de degenerados. Además, cuanta menos gente supiera que en aquella modesta casa habitaba una familia alemana, mejor. Su madre había sido profesora de idiomas en su patria y era ella quien se ocupaba del mundo que quedaba más allá de la verja del jardín. Daba clases en casa a Lambret seis días por semana, cinco horas al día, un número que podía aumentar si el padre del chico pensaba que lo estaban malcriando. Lambret estaba sometido a un rígido currículum de latín y griego, acompañado de lecciones sobre literatura y cultura germánicas. La única asignatura que interesaba a Otto era la historia, especialmente todo lo referido a las pruebas y tribulaciones soportadas por la raza aria. El chico tenía que saber la verdad, no aquella propaganda sionista que él calificaba de meras paparruchas. Lambret había nacido en Berlín a finales de 1944, cuando la guerra ya empezaba a perderse. Otto le había puesto ese nombre, que en alemán antiguo significaba «luz de la tierra», en un gesto ridículamente optimista, dada la oscuridad que se cernía sobre Alemania. En uno de los cajones del escritorio, cerrado con llave, había una foto de Himmler besando la mejilla de Lambret cuando este era un bebé.
Aquel escritorio era para el chico una fuente de fascinación constante. A lo largo de los años había visto a su padre abrir sus cajones y sacar de ellos todo tipo de artefactos maravillosos. Cuando preguntaba por ellos, siempre recibía una respuesta airada, hasta aquella vez en que su padre le dijo que algún día todos los tesoros del escritorio serían para él.
—¿Cuándo?
—Cuando yo muera.
—¿Y cuándo será eso?
—Más pronto que tarde si esos desgraciados se salen con la suya.
Aunque Lambret ignoraba a qué desgraciados se refería, los animó en silencio.
En los últimos tiempos, el muchacho empezó a dar rienda suelta a su curiosidad por los objetos ocultos en aquel escritorio; aprovechando los ratos en que su padre dormía la siesta y su madre preparaba la cena, hacía incursiones en el estudio en busca de la llave. La habitación era lo bastante grande para contener un buen número de escondrijos. Había cientos de libros, ceniceros, un montón de pipas, jarras de cerveza clásicas y decorativas, y muchos otros objetos. Incluso cabía la posibilidad de que su padre llevara siempre la llave encima. Eso, sin embargo, no detenía a Lambret. No dedicaba más de cinco minutos al día a aquella búsqueda clandestina y trataba de no pensar en las consecuencias de que lo descubrieran: eran demasiado graves para detenerse a pensar en ellas.
Lambret lo intentó de nuevo. Sin dejar de mirar el reloj de péndulo que había sobre la repisa de la chimenea para no despistarse con el tiempo, el chico buscó dentro de cada una de las jarras y debajo de ellas, a pesar de que ya había cubierto aquel terreno con anterioridad. Oyó el ladrido del perro de un vecino. El reloj sonó una vez anunciando la media. Se le ocurrió que lo que no había registrado nunca era precisamente el reloj. Acercó una silla y se subió a ella; con mucho cuidado cogió el reloj, protegido por una cubierta de cristal, y lo depositó sobre el escritorio. Había algo inscrito en la base de latón: una inscripción honorífica destinada a su padre, de parte de su regimiento, y una esvástica grabada con pequeñas piedras de color rubí. Levantó el reloj para echar un vistazo debajo. ¡Ahí estaba! La llave del escritorio colgaba de un cordón de cuero.
El perro volvió a ladrar.
Con manos temblorosas, el chico cogió la llave y la introdujo en la cerradura del cajón superior. La hizo girar y a sus oídos llegó un sonido satisfactorio cuando el mecanismo abrió los cajones laterales. A lo lejos oyó que su madre ponía una pesada cazuela al fuego. Le quedaba la mitad del tiempo de exploración y fue directo a por el último cajón del lado derecho. Del cajón del que, tiempo atrás, había visto a su padre sacar un artefacto que, incluso en aquel momento, le encendía la imaginación. Dentro había un único objeto envuelto en terciopelo azul.
Pesaba.
Se sentó en la silla de su padre, lo dejó sobre el escritorio y lo desenvolvió con sumo cuidado.
Era tal y como lo recordaba.
La punta de lanza debía de medir sesenta centímetros desde el extremo más afilado hasta la base vacía. En su parte más ancha llegaba a los cinco centímetros. Era de un acero oscuro, casi negro. Lambret estaba hipnotizado por su peso y sus adornos. Una fina capa de oro batido, tan brillante que le dolían los ojos al mirarla, recubría la parte central de la hoja. Por encima de la capa dorada, en una cavidad central tallada sobre el acero, había una estaca fina y negra. Se mantenía en su sitio gracias a cuatro anillos de alambre separados entre sí. La lanza parecía la materialización de la fuerza física y, al sostenerla en sus manitas, el chico casi pudo sentir su poder de destrucción.
—¿Qué estás haciendo?
Lambret estuvo a punto de dejar caer el arma.
Su padre se hallaba en la puerta, descalzo.
—Lo siento —farfulló el muchacho.
—Sabes que voy a tener que castigarte, ¿no?
Lambret era consciente de ello y tenía la sospecha de que esa paliza iba a ser de las que no se olvidaban fácilmente. Pero algo no encajaba. Su padre aparentaba una serenidad increíble, dadas las circunstancias, y eso lo puso aún más nervioso.
El muchacho tenía la boca tan seca que casi no pudo responder.
—Lo sé.
—Oí ladrar al perro —dijo su padre con aire ausente.
Entró en la estancia y, por un instante, Lambret se planteó la posibilidad de defenderse con el arma.
—¿Sabes lo que es? —preguntó su padre.
—¿Una lanza?
—Una lanza romana, para ser exactos. La punta de una lanza romana. Es una réplica. ¿Sabes lo que significa eso?
—¿Que no es de verdad?
—Claro que es de verdad. Significa que no es la original, pero aun así es bastante especial. Es una réplica de la lanza de Longino, también conocida como la Lanza del Destino. ¿Has oído hablar alguna vez de ella?
El muchacho negó con la cabeza.
—Longino fue el soldado romano que usó su lanza para rematar a Jesús cuando estaba en la cruz. Los cristianos afirman que la lanza es sagrada.
—¿Y lo es?
—Lo ignoro, pero sí sé que posee algún poder. La auténtica, claro está.
Lambret estaba fascinado ante la fluidez de la conversación. Normalmente, antes de un castigo solo recibía una rápida andanada de gritos e insultos.
—¿Dónde la encontraste?
—El mismo Heinrich Himmler me la entregó en los últimos días de la guerra. Sabes quién fue, ¿verdad?
—Sí.
—Himmler poseía la auténtica Lanza Sagrada pero, como era demasiado valiosa para mostrarla, mandó hacer esta réplica a un famoso espadero japonés, que viajó a Alemania desde Kioto. Al final de la guerra, Himmler me la regaló como recompensa por mis servicios al Reich. Fue un momento inolvidable.
—¿Y dónde está la de verdad?
—Ah, esa conversación la dejaremos para cuando seas un poco más mayor. Tengo grandes esperanzas puestas en ti, Lambret. Intento que hagas honor a tu nombre y restaures la luz y la esperanza de nuestra maltrecha patria. Creo que tu destino consiste en encontrar…
Un breve grito llegó hasta ellos, procedente de la cocina. Al oír la voz de su madre, el chico soltó la lanza y esta cayó sobre la alfombra.
Otto Schneider se precipitó hacia la ventana del estudio y apartó la cortina. Un sedán negro doblaba la esquina.
Lambret oyó pasos recorriendo el pasillo.
—Cerdos israelíes —espetó su padre—. Ya están aquí.
En dos zancadas cubrió la distancia que separaba la ventana del escritorio. Abrió el cajón central y sacó una pequeña pistola de color negro, el mismo modelo Walther que Hitler había usado para suicidarse. Lambret vio cómo su padre se la llevaba a la sien.
—¿Papá?
—¡Mírame! —gritó Otto Schneider—. ¡No quiero que desvíes la mirada! ¡Esto hará de ti un hombre!
La puerta del estudio se abrió y un intruso gritó:
—¡No!
Lambret obedeció a su padre y vio cómo se volaba los sesos de un disparo.
Abruzos, Italia, en la actualidad
El joven sacerdote Giovanni Berardino despertó de la siesta cubierto de sudor. Las persianas estaban bajadas y en la habitación reinaban la oscuridad y el calor, a pesar del ventilador de mesa. Incluso un acto tan simple como encender la lámpara de la mesita de noche le costaba Dios y ayuda. Ya había aprendido a salir de la cama sin usar las manos, bajando las piernas con rapidez y aprovechando el impulso para incorporarse. Una vez de pie, examinó a regañadientes sus muñecas vendadas. Estaban manchadas de sangre. Se tragó las lágrimas, juntó las palmas de las manos e inclinó la cabeza para rezar.
El doloroso sangrado había empezado hacía un mes. Hasta el momento había logrado ocultarlo a sus nuevos feligreses de la ciudad medieval de Monte Sulla, pero temía que alguien lo descubriera y lo instara a acudir al médico. Las monjas y algunos feligreses ya habían notado que el talante jovial que había mostrado a su llegada se había agriado y empezaban a circular rumores. Quizá le preocupara algo. Tal vez lo acosaran aquellas dudas de fe que suelen cernirse sobre muchos jóvenes en los primeros años de sacerdocio. O tal vez no se sentía a gusto entre sus nuevos hermanos y hermanas…
La casa del cura se alzaba justo al otro lado de la plaza de la antigua iglesia de la Santa Cruz. La pequeña habitación estaba provista de cuarto de baño y fue allí donde, ya con los pantalones negros puestos, se dispuso a quitarse lentamente las gasas. No le gustaba ver las llagas. Eran profundas, sanguinolentas, del diámetro de una moneda de dos euros. Les aplicó un poco de ungüento y las vendó con la última gasa que le quedaba. Tendría que volver a la farmacia esa misma tarde. El farmacéutico ya le había soltado alguna bromita referida a esa necesidad constante de vendas. «¿Acaso está fabricando una momia, padre?». Odiaba llamar la atención, pero no le quedaba otra. No podía mandar a la hermana Teresa o a la hermana Vera a comprárselas.
Pese al calor, se había visto obligado a recurrir a las camisas negras de clérigo de manga larga en lugar de usar las de verano. Se puso una sobre la camiseta interior y emprendió la lenta y laboriosa tarea de abotonarla. Cuando terminó, consiguió colocarse el alzacuellos de plástico, no sin que se le escapara un gemido de dolor.
La visión apareció de la manera tan súbita e inesperada en que lo hacía siempre. Desde que le salieron los estigmas no había pasado un solo día sin que tuviera al menos una. Esa era la segunda desde el desayuno. Había llegado a desear esos episodios por muchas razones, una de las cuales era la remisión del dolor que conllevaban. Cerró los ojos con fuerza y dejó caer los brazos a ambos lados, ayudando así a que la visión embargara todo su cuerpo, lo atravesara.
Los rasgos de su cara se suavizaron.
—Sí, sí, sí, sí —repitió.
En ese mismo momento, Irene Berardino estaba de compras en el centro de Francavilla al Mare, una ciudad situada en la costa adriática, a unos noventa kilómetros de Monte Sulla.
Cargada con una pesada bolsa de nailon, Irene salió del refrigerado ambiente del supermercado al bochorno húmedo de viale Nettuno. Se encaminaba hacia el piso que compartía con su madre cuando de repente se paró en seco al ver al hombre que entraba en uno de los establecimientos. De entrada pensó que el cambio brusco de temperatura le estaba jugando una mala pasada, pero no tardó mucho en decidir que sus ojos no la engañaban.
No podía existir nadie tan parecido a su hermano y esa era, además, su heladería favorita.
Era fácil distinguirlo: más de metro ochenta, complexión rolliza, el corto pelo negro en forma de uve y las patillas largas, pasadas de moda. Y aquellos pies, tan grandes que habían sido objeto de todo tipo de burlas. «¿Qué llevas: zapatos o remos?», le preguntaban los críos. Y, por supuesto, el alzacuellos de rigor.
—¿Giovanni? —gritó ella cuando él ya había entrado en la heladería.
Corrió calle abajo y atisbó hacia el interior del local desde el exterior. El dueño estaba al otro lado de la barra, sirviendo a una madre y sus dos niños sendas tarrinas de helado de chocolate con chips. No había ni rastro de Giovanni.
Irene empujó la puerta y entró.
—Disculpe —dijo—, ¿adónde ha ido el cura?
—¿Qué cura? —preguntó el dueño.
—El que acaba de entrar.
—No he visto a ningún cura.
—Perdone —insistió Irene—. Acabo de ver cómo entraba.
La clienta miró a la joven por encima de las gafas.
—Aquí no ha entrado nadie —puntualizó.
—Eso es imposible. ¿Tienen lavabo o una puerta trasera? —preguntó Irene.
—Detrás de la barra —contestó el dueño, que ya empezaba a irritarse—, pero ya le he dicho que no ha entrado nadie más. Dígame: ¿quiere un helado o prefiere marcharse?
Cambridge, Massachusetts, tres meses más tarde
Su contrincante era veinticinco años más joven: una rara avis en el club de boxeo de Harvard, cuyos miembros, por regla general, no se habían puesto unos guantes en su vida. El chaval, un estudiante de último curso procedente de Luisiana, era la excepción. Había formado parte de un club de boxeo juvenil en el instituto, donde había llegado a ser capitán.
Cal Donovan ya había entrenado con él, aunque eso había sido bastante tiempo atrás. Había tenido un año frenético por la carga de trabajo que conllevaba el curso y sus múltiples artículos y conferencias. Como consecuencia, sus horas de gimnasio se habían resentido.
Al subir al ring, el chico le gritó:
—No lo he visto por aquí últimamente.
—He estado entrenando en secreto —dijo Cal, al tiempo que entrechocaba los guantes.
El improvisado ring de boxeo se hallaba en una tienda de campaña que habían montado en el patio central de la facultad de Ciencias. Se celebraba la «noche de combate» anual del club y muchos estudiantes curiosos entraban en la tienda, tomaban asiento y, a medida que avanzaba la cálida tarde, se entregaban a los gritos e imprecaciones de rigor.
El club era una rareza atlética en la vida universitaria, dado que sus miembros procedían tanto del cuerpo estudiantil como del docente, aunque en los últimos años Cal había sido el único representante del segundo. Su primera incursión en el boxeo había tenido lugar durante su breve paso por el ejército, antes de que llegara a la conclusión de que, al fin y al cabo, tal vez la universidad no fuera tan mala idea. A lo largo de los años ese deporte le había servido para liberar tensión, a pesar de que no todos, entre ellos su joven asistente de hoy en la esquina, lo veían con buenos ojos.
Joe Murphy hablaba con un purísimo acento irlandés, como si acabara de llegar de Galway.
—¿Has visto su tamaño? —preguntó, al ver al chico bailar en el cuadrilátero mientras daba puñetazos al aire—. Y además es rápido. Creo que deberías retirarte.
—Se supone que tu papel es motivarme —dijo Cal—. Anda, haz algo útil y échame un poco de vaselina.
—¿Dónde?
—En las cejas, Joe. ¿Nunca has visto un combate?
—Jamás. ¿Cómo te va alcanzar en la ceja con el protector que llevas?
—Te sorprenderías.
Murphy hizo lo que se le pedía y luego bajó del ring a coger una toalla.
—¿Para qué la quieres? —preguntó Cal.
—Me preparo para la rendición. Hay que tirar la toalla, ¿no?
El presentador, un entrenador de la sección de atletismo de Harvard que hacía las funciones de entrenador del club, se acercó al micrófono.
—Muy bien, damas y caballeros, prepárense para el último combate de la noche. Pesos pesados de más de ochenta kilos. ¡Con el calzón granate, procedente de Baton Rouge, demos la bienvenida al capitán del club y estudiante de último año Jason «Kid Bayou» Moran!
Un rugido de ánimo se alzó de la zona ocupada por los residentes de la Casa Adams, los compañeros de Moran.
—Y con calzón azul, sin duda el miembro más especial de nuestro club, procedente de Cambridge, ¡aquí tenemos a Calvin «el Destripador» Donovan, profesor de Historia de las religiones y Arqueología de la facultad de Teología de Harvard! ¿Qué os parece el plan?
Cal no recibió muchos vítores más allá de algún aplauso de cortesía, pero una mujer que estaba sentada unas filas más atrás gritó:
—¡Ánimo, Cal!
Cal se volvió hacia ella y le dedicó una profunda reverencia.
La mujer no iba sola; la acompañaba la que se encontraba sentada a su lado.
—¿Lo conoces? —preguntó esta última.
—Oh, sí. Lo conozco.
—¿En más de un sentido? —insistió.
—En todos los sentidos. Salimos juntos hace años.
—Salimos. En pasado. Eso me gusta. Está buenísimo. ¿Soltero?
—Que yo sepa sí, pero las cosas siempre fluyen con Cal.
—¿Edad?
—No sé, unos cuarenta y cinco.
—La mayoría de los hombres de esa edad parecen bolos. Esos abdominales podrían usarse de tabla para lavar. ¿Nos presentarás?
—Con una condición.
—¿Cuál?
—Prométeme que no me odiarás por haberlo hecho.
Después de recibir las instrucciones por parte del árbitro, el chaval apartó con la lengua su protector bucal y dijo:
—Veo que ha traído a un cura. Genial.
Luego volvió a colocarse hábilmente el protector en su sitio.
Cal temió que, si intentaba la misma maniobra, el protector bucal acabara en la lona, así que se contentó con responder con una sonrisa y un gruñido. Desde el rincón, el padre Murphy gritó:
—Mantente alejado de su izquierda, y, ya que estás, también de su derecha.
Cuando sonó la campana, el chico saltó con agilidad al centro y aguardó a que Cal llegara a su altura. En cuanto lo hizo, le propinó una serie de jabs con la izquierda, la mitad dirigidos a la cara. El casco de Cal sofocó el dolor, aunque no logró hacer lo mismo con el fuerte derechazo que recibió en la mandíbula. Ese lo sintió por todo el cuerpo, hasta las plantas de los pies.
Cal retrocedió mientras el chico seguía adelante, atizándole con la izquierda y buscando el momento para lanzarle un nuevo derechazo.
Cal se dijo que ya iba siendo hora de dejar de ser el saco de los golpes del chico. Intentó una combinación de izquierda y derecha, pero tropezó con las enormes zapatillas de Jason y acabó sobre la lona.
—¡Resbalón! —gritó el árbitro, y mantuvo alejado al chaval mientras Cal se incorporaba.
—¿Por qué diablos no te has quedado en el suelo? —gritó Murphy.
Era imposible hacerle una peineta al cura con las manos enfundadas en guantes de boxeo. Al retomar la pelea, Cal encajó unos cuantos golpes más en la cabeza y apenas logró soltar un rápido uppercut cuando tuvo encima al chaval. Aunque le dio en la frente, el golpe no pareció frenarlo demasiado. Jadeante por culpa del esfuerzo, Cal se propuso mantener las distancias hasta el final del asalto para evitar que el chico lo golpeara de nuevo, pero Jason no estaba dispuesto a soltarlo. Siguió acosándolo, aprovechando el mayor alcance de sus brazos para lanzarle efectivas series de golpes a la cara. Cal empezaba a sentirse mareado. Podía pegarle abajo o intentar alguna otra cosa. La cabeza del chaval le quedaba demasiado lejos, pero el estómago estaba a su alcance. Consiguió propinarle un sólido derechazo justo en la barriga en el mismo momento en que sonaba la campana.
Murphy lo esperaba en el rincón con una banqueta, una botella de agua y la escupidera.
—Si te soy sincero, no creo que pueda soportarlo mucho más —dijo mientras rociaba con agua la boca de Cal—. No tenía ni idea de que podía ser tan violento.
—¿No sabías que el boxeo era violento? —masculló Cal, jadeante.
—No en su versión universitaria, la verdad.
—¿Ves eso? —preguntó Cal, al tiempo que señalaba con la mirada el rincón opuesto.
—¿Si veo el qué?
—Se está frotando el estómago. Creo que le he hecho daño. Lo he notado algo blando allí. Es probable que se esté descuidando un poco, como todos los estudiantes de último año. Mucha cerveza, mucho pan y mucha pasta.
—¿Te importaría no hablar de mi dieta en ese tono tan despectivo?
—Voy a intentar algo. Si no funciona, necesitaré una ambulancia que me lleve al hospital de Cambridge City.
Murphy se ajustó el alzacuellos, que se le había torcido.
—Cuando acepté ser tu becario no tenía ni idea de lo variadas que iban a ser mis funciones.
Cuando la campana anunció el segundo asalto, Cal dejó que el chaval se aproximara a él. Adoptó una postura puramente defensiva: doblado por la cintura, protegiéndose la cara con los guantes y usando brazos y codos para salvaguardar las costillas. Su contrincante mordió el anzuelo: se acercó y lanzó toda una serie de uppercuts contra los guantes de Cal, intentando que los separara para alcanzarlo en la cara.
Cal aguantó la lluvia de golpes durante más de treinta segundos, hasta que percibió que el chaval perdía fuelle. Entonces, cuando el joven bajó la mano derecha para darse más impulso en un uppercut, Cal se abalanzó sobre él y soltó un derechazo directo hacia la barriga del chico.
El chaval acusó el impacto con un gruñido y, por un instante, bajó ambas manos. Cal insistió con un golpe de izquierda en el mismo punto, seguido de un poderoso derechazo y de otra izquierda. El chaval gruñó de nuevo y retrocedió un par de pasos. Cal vio su expresión vidriosa y dejó de atacar. Antes de que el árbitro pudiera reaccionar, la protección bucal de Jason había saltado a la lona, seguida del almuerzo.
La Casa Adams aulló en pleno, profiriendo acusaciones de ensañamiento contra su chico y arrojando al ring programas arrugados.
Fue ahí cuando el árbitro decidió parar la pelea y proclamar vencedor a Cal. Este se acercó al chaval y le rodeó los hombros caídos con un brazo.
—Buen combate, Jason. Me alegro de que te gradúes pronto; ya no podrás tomarte la revancha.
Murphy subió al ring a felicitar a su mentor.
—Buen trabajo, profesor. Es usted un héroe en este deporte de bárbaros.
Cal señaló los restos de vómito que manchaban el centro del ring.
—Te dije que el chaval comía demasiada pasta.
Cuando las dos mujeres se acercaron, Cal estaba sentado en primera fila quitándose los vendajes.
—Ha sido impresionante, Cal. —Su exnovia era profesora adjunta de Antropología.
—Ey, Cary. Ha sido suerte —repuso él, sonriente.
—Esa es la historia de tu vida. Un tipo con suerte. Me gustaría presentarte a una amiga. Deborah acaba de unirse a la universidad, al departamento de química.
—Hola —dijo Deborah sin ocultar su entusiasmo.
—Bueno, misión cumplida. Os dejo solos —se despidió Cary.
—¿Esto es una especie de encerrona? —preguntó Cal, aún ocupado con los vendajes.
—Algo así. Soy nueva en la ciudad. Hay que ponerse un poco agresiva para conocer a gente interesante.
Aunque tenía un aspecto demasiado sano y típicamente norteamericano para su gusto, a Cal le agradó su descaro.
—Bueno, no es que sea un experto en el departamento de química, pero no me cabe duda de que puedo darte algunos consejos generales sobre la supervivencia en el mundo académico. ¿Comemos mañana en el club de la facultad?
—¿Dónde está?
—Sí que eres novata… Te recojo a las doce, delante del laboratorio Mallinckrodt.
El club de la facultad, una sala con una elegancia sutil rebosante de luz natural, servía un almuerzo en forma de bufet. Cal y Deborah volvieron a la mesa para dos, situada junto a una de las ventanas, con los platos llenos.
El camarero les ofreció la carta de vinos, pero ella la rechazó, aduciendo que no bebía alcohol.
—Yo sí —respondió Cal antes de pedir una copa de blanco.
—Cary me dijo que te gusta empinar el codo.
—¿Y qué más te contó?
—Que fue ella quien cortó contigo, no al revés.
—Hasta aquí es una testigo fiel de la historia.
—Tampoco le pregunté demasiadas cosas —añadió ella—. Prefiero formarme mis propias opiniones sobre la gente.
—Admirable.
—Estuve investigando sobre ti, eso sí. Solo datos concretos.
—¿No buscaste en mis antecedentes penales?
—Para eso habría necesitado tu número de la Seguridad Social.
—¿Y qué revelaron esas investigaciones?
—Nada que pueda sorprenderte. Uno de los catedráticos más jóvenes de la historia de Harvard…
—El decimoquinto más joven, pero ¿quién cuenta esas cosas? Si no hubiera perdido dos años en el ejército, podría haber sido el undécimo.
—Tu curso de Historia de la religión es uno de los más populares de la universidad.
—Soy generoso con las notas.
—Has publicado veinte libros y trescientos artículos.
—El diablo se ensaña con los cerebros ociosos.
—Eres de respuesta rápida.
—¿Eso también constaba en mi página de Wikipedia?
—No, eso era una observación personal. ¿Y por qué el ejército, si no te molesta la pregunta?
—El acto de rebeldía de un joven de dieciocho años. Digamos que pasé por una educación… interesante. Mis padres tenían un matrimonio abierto, lo cual, a pesar de que suena a bohemia y sofisticación, para mí era más bien un lío. Había un montón de gente rara que no paraba de entrar y salir de nuestra vida, cargándose la tranquilidad del hogar. Mi padre era Walter Donovan, el octavo catedrático más joven de Harvard, irlandés católico de Boston, para más señas. Mi madre era judía y procedía del Upper East Side de Manhattan. Él me dio su apellido y ella consiguió imponer mi segundo nombre, Abraham. En un singular acto de consenso eligieron un nombre de lo más protestante, Calvin.
—Cary me contó que tus iniciales, CAD,[1] lo decían todo.
—Una observación muy poco original.
—¿Cómo es que saliste del ejército después de solo dos años?
—Es una larga historia pero, resumiendo, le aticé un puñetazo a mi sargento. Deberían haberme expulsado sin honores, pero mi padre convenció a nuestro senador para que obrara su magia. De todos modos, también me aceptaron en Harvard gracias a mi padre. Pero, bueno, ya basta de hablar de mí. ¿Sueles ir a muchos combates de boxeo?
—Era el primero. Cary pensó que sería interesante.
—¿Y lo fue?
—Diría que sí.
Deborah era una flamante ayudante de cátedra que había desarrollado la mayor parte de su carrera en Penn. Se acercaba el final del año académico y planeaba aprovechar el verano para preparar el laboratorio y trabajar en el currículum del primer curso que impartiría, en otoño. Era una profesora titular con un millón de preguntas sobre el proceso de contratación de la universidad. Ella no tomó postre; él engulló una buena ración de pudin. Después del café, Cal le dijo que tenía que volver al despacho.
—Lo he pasado bien —comentó Deborah.
Él también, reconoció.
—¿Vas a estar por aquí en verano?
—En parte, sí. Suelo hacer trabajo de campo, pero tengo una fecha de entrega para un libro. Pasaré al menos un mes en Roma, como siempre.
—Suena estupendo. —Ella sacó una de sus tarjetas de visita del bolso y escribió su número de teléfono en el dorso—. Por si te apetece tomar una copa algún día.
Él la guardó en el bolsillo de la cazadora con una ligera sonrisa.
—Pensaba que no bebías.
—Cary me advirtió que, si empezaba a quedar contigo, eso no duraría mucho.
La facultad de Teología era el edificio más antiguo de Harvard después del patio enclaustrado. Construida en 1826, la sencilla fachada de ladrillo rojo era el testimonio de la sobriedad del protestantismo. En su historia sobre la facultad, George Hunston Williams escribió que los estudiantes de Teología debían convivir al margen de los otros alumnos para evitar que «se impregnaran más del espíritu de la universidad que del espíritu de su carrera». Para Cal, representaba una ubicación ideal, ya que solo tenía que bajar los escalones de granito y cruzar la Divinity Avenue para acceder a su segundo hogar, el Museo Peabody de Arqueología y Etnología.
En su despacho reinaba el más absoluto orden. Los libros que ya no cabían en los estantes se guardaban sobre su mesa y otras mesitas auxiliares, alineados con precisión en posición vertical. El portátil de la mesa estaba encendido y mostraba el capítulo del nuevo libro sobre santo Tomás de Aquino en el que estaba trabajando, con el cursor, vacilante, señalando la palabra «Dios». En el suelo reposaban los archivadores donde tenía anotadas sus investigaciones sobre el tema. Cal se tomaba muy en serio todo lo relacionado con su archivo de notas. Su técnica al respecto resultaba anacrónica en la era de la informática: anotaciones a mano en tarjetas de 7 × 13 cm. Cuando llegaba el momento de ponerse a escribir, mezclaba y ordenaba las tarjetas hasta componer el contenido de un capítulo. Así había visto trabajar a su padre y, aún hoy, seguía usando las antiguas plumas Montblanc paternas.
El padre Murphy se hallaba al otro lado de la mesa, listo para la revisión semanal de su tesis, unos encuentros que Cal ofrecía de forma altruista para que el joven sacerdote no se fuera por las ramas y pudiera presentarla el año siguiente. La tesis abordaba una revisión de la figura del papa Gregorio I, uno de los primeros cronistas de la orden fundada por san Benito. Después de haber leído la última parte que le había entregado Murphy, Cal le estaba hablando sobre la traducción del latín de una de las epístolas papales de Gregorio I que se conservaban.
—Me parece que estás forzando el sentido del texto para ajustarlo a tu tesis —le reconvino.
—Yo diría que no —contestó Murphy poniéndose a la defensiva, aunque al final admitió que sí.
Una de las secretarias del departamento llamó a la puerta del despacho.
—Estoy reunido —dijo Cal.
—Lo siento, profesor, pero el cardenal quiere hablar con usted —se justificó la mujer, azorada.
—¿Cuál? Hay doscientos diecinueve.
—El cardenal Da Silva.
El cardenal de Boston era un viejo amigo de Cal, así que Murphy recogió sus papeles, consciente de que la reunión había terminado. Cal miró hacia el teléfono que había en su mesa: ninguna señal de línea parpadeaba.
—Bueno, no podemos hacerlo esperar —decidió—. Páseme la llamada.
—Es que no está al teléfono, sino aquí —repuso ella—. Me ha dicho que lamenta la intrusión, pero que se trata de un asunto urgente.
—Yo ya me iba —apuntó Murphy.
—¿No quieres que te lo presente? —preguntó Cal.
—Lo saludaré cuando salga. Con eso bastará.
—Con esa actitud nunca llegarás a obispo.
—Tampoco entra en mis planes.
El cardenal entró con rapidez y saludó calurosamente a Cal con unas vigorosas palmadas en los hombros. Era un hombre bajo y corpulento. La túnica negra y la banda de color rojo púrpura suponían la vestidura ideal para ocultar su amor por la comida. En la cabeza, grande y calva, llevaba un solideo del mismo color de la banda que se le ajustaba a la perfección.
—Has sido muy amable al recibirme sin cita previa —dijo mientras se dejaba caer en la silla, cuyo cojín aún desprendía el calor del cuerpo Murphy.
—Minha casa é sua casa —contestó Cal.
Su acento portugués era bastante deplorable, pero el cardenal apreció el esfuerzo.
—¿Hay algo que no sepas? —exclamó el cardenal.
—Ignoro muchas más cosas de las que me gusta admitir —dijo Cal—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Bueno, no tengo por costumbre irrumpir en los despachos ajenos, sobre todo de personas tan ocupadas como tú, pero hoy pasaba por Cambridge y tenía algo urgente que consultarte.
Cal conocía a Da Silva desde hacía años, cuando este último era obispo de Fall River, que tenía una considerable población portuguesa. Ambos compartieron una mesa redonda en la que se debatía la postura de la Iglesia sobre la mujer y la liturgia; discutieron cordialmente en público y a partir de ahí se hicieron amigos. Cal estuvo a su lado en el nombramiento de arzobispo de la archidiócesis de Boston y lo acompañó a Roma cuando Da Silva recibió el solideo cardenalicio de manos del papa.
—¿Y qué le ha traído a nuestra hermosa ciudad? —preguntó Cal.
—Un motivo triste. Un apreciado feligrés se encuentra en el hospital, a las puertas de la muerte. Ambos somos del mismo pueblo de las Azores y para la familia sería un consuelo que fuera yo quien le administrara los últimos sacramentos.
—Muy amable por su parte.
—Cuando me disponía a salir del despacho, recibí una llamada del santo padre. Como casi nunca me telefonea directamente, comprendí al instante que se trataba de algo urgente. Y tenía que ver contigo.
Cal parpadeó, asombrado.
—¿Conmigo?
—Sí. Solicitó tu ayuda específica en un asunto delicado.
—No sabía que hubiera oído hablar de mí. No nos conocemos.
—Ya sabes que es un gran lector. Un hombre de gran curiosidad intelectual. —El cardenal se levantó de la silla y apoyó el dedo índice en uno de los tomos de la biblioteca—. Esta es la causa de su elección.
El libro, escrito por Cal, llevaba el título de Llagas sagradas: una historia de los estigmas desde la Edad Media hasta la actualidad.
—¿Lo ha leído? —preguntó Cal, que no daba crédito a lo que acaba de oír.
—Según parece, sí. Le dedicó grandes elogios. Dijo haberlo encontrado equilibrado y sensible. Me pidió que lo ayudara a ponerse en contacto contigo y se mostró encantado cuando le conté que no solo te conocía, sino que éramos amigos.
—No puedo sentirme más halagado.
—¿Has oído la historia del joven sacerdote italiano que declara tener estigmas en las muñecas?
—Giovanni Berardino. Por supuesto.
Da Silva aplaudió con sus manos rollizas.
—¿Ves como estás al tanto de todo?
—Tengo el caso por revisar. He acumulado toda una carpeta de recortes de periódicos italianos. Si me da por actualizar el libro de los estigmas, tendré que incluirlo. ¿Por qué se ha convertido en un asunto papal?
—En los escasos meses transcurridos desde que los estigmas saltaron a la luz pública, el pueblecito de ese sacerdote se ha visto invadido por bandadas de peregrinos y turistas. Por lo que parece, la situación se les ha ido por completo de las manos. Los feligreses de siempre apenas consiguen encontrar sitio en misa. La policía local y las autoridades municipales están abrumadas con esas multitudes, sobre todo los domingos, y el Vaticano no para de recibir requerimientos de la prensa, que desea saber cuál es la posición de la Iglesia en este asunto.
—Pensaba que la Iglesia actuaría como hace siempre en esta clase de situaciones: convocar una comisión para certificar o no el milagro y emitir un comunicado.
—El santo padre es de la opinión de que, dada la notoriedad del caso, hace falta un paso intermedio. Una comisión de esa índole puede tardar meses o años en alcanzar un veredicto. Está convencido de que posees la credibilidad y la perspectiva histórica y teológica suficientes para realizar una investigación discreta y rápida a fin de descartar el hallazgo más obvio.
—Esto es, que el cura sea un charlatán.
El cardenal asintió.
—Si el joven es el autor de sus estigmas, se le alejará discretamente de su puesto y recibirá la ayuda necesaria.
—Esta clase de investigaciones requieren un examen clínico. Yo no soy médico.
—Se te proporcionará la ayuda de un galeno competente procedente de la Consulta Médica. ¿Conoces la existencia de este grupo?
—Claro. Se trata de un conjunto de médicos católicos que revisan las pruebas de las curaciones milagrosas en los casos de investigaciones de santidad.
—Exactamente. La Consulta Médica suele trabajar en sintonía con la Congregación de las Causas de Santidad, la oficina que supervisa las peticiones de canonización de santos. Es por ello que el santo padre no quiere usar a la CCS, ya que no se trata de la investigación de un santo potencial. —Se interrumpió y soltó una carcajada—. Al menos aún no. En su lugar usaremos el cuerpo que investigó al padre Pío, la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por el cardenal Gallegos. Tú serías su consultor.
—¿Y para cuando me necesita Su Santidad? —preguntó Cal con un suspiro.
—Tan pronto como sea posible, teniendo en cuenta tu agenda.
La última frase provocó que Cal frunciera el ceño.
—Deberá pedirle permiso a santo Tomás de Aquino.
—Ahora no te entiendo.
Cal volvió el portátil hacia su visitante.
—Mi libro a medias sobre santo Tomás.
—Ah, ya. Bueno, estoy seguro de que santo Tomás estaría más ansioso de que sirvieras al santo padre. Y, por lo que a mí se refiere, me viene a la cabeza una de las frases del propio santo: «Nada hay en la tierra más valioso que la amistad verdadera». Eres un amigo de verdad, Cal.
—Solo me gustaría pedir una cosa a cambio del favor.
—¿Y cuál es?
—Me gustaría conocer al papa.
—Eso no será ningún problema. El santo padre espera que le entregues tu informe en persona.