Querido lector,
«No quiero limitarme a recomponerlo todo al final de cada libro como si fuese un episodio de Los Simpson».
Llevo diciendo esto desde las primeras e intimidantes entrevistas que di durante la promoción de Ragdoll (Muñeco de trapo). Pero ahora que acabo de terminar el último libro de la trilogía, parece más relevante que nunca incorporar toda la historia y la coherencia global que implica. Creo que he logrado dar una profundidad a estos personajes y al dramatismo de sus relaciones de un modo que no hubiera sido posible de haber escrito novelas independientes. Y aunque he intentado que los nuevos lectores de Ahorcado y Partida final no se sintieran perdidos, es evidente que estos tres libros adquieren muchísimo más sentido si se leen en orden de publicación.
También tengo mi lado friki y me encanta colocar «huevos de Pascua» y sutiles referencias ocultas a mis películas y series de televisión favoritas, a sabiendas de que solo los fans más leales sabrán descubrirlos. Este recurso permite que un mundo de ficción resulte un poco más real y, por eso, los tres libros están llenos de estas referencias.
Este no es ni mucho menos el final de Ragdoll. Siempre tuve en mente que estas tres primeras novelas se centrasen en este equipo de investigadores concreto en este momento concreto. Se superponen. Sus historias se entrelazan. Forman una trilogía… Pero el mundo real no funciona así, la vida tiende a volver para deshacer cualquier lazo que podamos atar. Ya tengo en mente la idea básica del cuarto libro y estoy entusiasmado con ella y con la nueva dirección que va a tomar la serie.
Después de todo, se trata de una única gran historia.
Como siempre, muchísimas gracias a los lectores y mis más sinceras disculpas por mi completa ausencia de interacción digital; lo siento pero no es lo mío. Sois vosotros los que me empujáis a seguir trabajando. Este libro es para vosotros y espero de verdad que disfrutéis leyéndolo tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.
De modo que sin más dilación: señoras y señores, la entrega final de la trilogía Ragdoll (Muñeco de trapo), Partida final…
DANIEL COLE
No me tomes por un héroe…
Mataría hasta al último ser vivo de la tierra por salvarte.
Lunes, 4 de enero de 2016
11.13 h
—Érase una vez… Ya basta.
A través de las ventanillas sucias iba asomando un paisaje suburbano cubierto de nieve y el débil sol calentaba el cuero del interior mientras avanzaban con leves vaivenes hacia su destino.
—Pero es usted, ¿verdad? —insistió el tipo que ocupaba el asiento del conductor—. ¿Es usted William Fawkes?
—Alguien tiene que serlo —suspiró Wolf con auténtico pesar mientras aquellos ojos oscuros lo miraban por el retrovisor, sin perder de vista la calle.
El taxi aminoró la marcha y el motor renqueó al detenerse junto al camino de acceso a una casa.
Wolf pagó al taxista en efectivo, aunque eso ya no tenía ninguna importancia, y se apeó en la tranquila calle. Pero antes de que le diera tiempo siquiera a cerrar la puerta, el vehículo se alejó con un acelerón, salpicándolo de barro, y desapareció por la esquina. Arrepentido de haberle dado propina a ese chismoso, Wolf supuso que había sido una idiotez pensar que un soborno de 1,34 libras le aseguraba la prolongada discreción de ese individuo. Se limpió los pantalones con la manga del largo abrigo negro que había pertenecido a Lethaniel Masse —el asesino del caso Ragdoll—, un recuerdo de su vida anterior, una suerte de trofeo y un recordatorio de todas las personas a las que debería haber salvado la vida.
Mientras conseguía eliminar los lamparones de barro, se percató de que alguien se fijaba en él. Pese a haber perdido más de doce kilos y haberse dejado una desaliñada barba, la imponente altura y los resplandecientes ojos azules podían desvelar su identidad a cualquiera que lo mirase con atención. Desde el otro lado de la calle lo observaba una mujer que paseaba un cochecito en el que debía de haber un bebé cubierto con varias mantas. La mujer sacó el móvil y se lo llevó a la oreja.
Wolf le dedicó una sonrisa tristona, le dio la espalda y cruzó la verja que tenía detrás. En el camino de acceso vio un desconocido Mercedes, solo identificable por el emblema que emergía de la nieve, que parecía abandonado a su suerte, y la familiar casa parecía haberse ampliado desde su última visita. Sabiendo que, como de costumbre, la puerta principal no estaría cerrada, no se molestó en llamar y se sacudió la nieve de los zapatos antes de adentrarse en la lúgubre penumbra del vestíbulo que contrastaba con el cielo sin una sola nube del exterior.
—¿Maggie? —llamó Wolf, con la voz quebrada por el mero hecho de estar de vuelta en esa casa, por aspirar ansioso el aire de su interior, una mezcla de libros viejos, perfume floral, café y otro centenar de cosas que le evocaban inesperados recuerdos de un pasado más sencillo y feliz. Porque aquí se sentía más en casa que en ningún otro lugar del mundo, era el escenario en el que nunca había dejado de pensar desde el día en que se mudó a la capital—. ¿Maggie?
Un chirrido en el piso superior rompió el silencio.
Mientras empezaba a subir por la escalera, oyó unas ligeras pisadas moviéndose con rapidez por los listones de madera del suelo.
—¿Maggie?
Se abrió una puerta.
—¿Will…? ¡Will!
Wolf apenas había llegado al final de la escalera cuando Maggie lo abrazó con tal fuerza que casi hace que ambos caigan rodando de vuelta al recibidor.
—¡Oh, Dios mío! ¡Sí que eres tú!
Lo abrazaba con tal intensidad que él apenas podía respirar. Solo pudo estrujarla también mientras ella rompía a llorar contra su pecho.
—Sabía que vendrías —gimoteó Maggie con voz temblorosa—. Will, todavía no me creo que se haya ido. ¿Qué voy a hacer sin él?
Wolf se deshizo del abrazo y la apartó un poco para poder hablar con ella. Esa mujer siempre inmaculada había entrado ya hacía algunos años en la cincuentena y ahora el maquillaje corrido y la anodina ropa negra que vestía hacían de pronto evidente su verdadera edad. También llevaba el cabello negro rizado suelto y no como solía, recogido en un moño clásico que volvía a estar de moda.
—No dispongo de mucho tiempo. ¿Dónde…, dónde estaba él? —preguntó Wolf lanzando la primera de las incómodas preguntas para las que necesitaba respuestas.
La mano temblorosa de Maggie señaló una astillada puerta en una zona sin moqueta del descansillo. Él asintió y le plantó un tierno beso en la frente antes de dirigirse hacia la última sección incorporada a la casa, mientras Maggie permanecía en el umbral de la habitación vacía. Wolf contempló con orgullo el último proyecto de su amigo, llevado a término con el nivel de exigencia que aplicaba a cualquier cosa que tuviera que ver con sus nietos. Iba a ser su nuevo dormitorio cuando vinieran de visita, una invitación a pasar más tiempo juntos ahora que se había jubilado.
En el centro de la habitación había una silla boca abajo, debajo de la cual una mancha rojo oscuro había empapado los porosos listones del suelo de madera.
Wolf se había convencido a sí mismo de que, una vez dentro, sería capaz de mantenerse impasible, abordar la situación con la desapasionada eficiencia que aplicaba a cualquier otra escena del crimen… Pero, obviamente, estaba equivocado.
—Will, él te quería —dijo Maggie desde la puerta.
Incapaz de seguir conteniendo las lágrimas, Wolf se secó los ojos en cuanto oyó los pasos de alguien en la gravilla del exterior.
—Deberías marcharte —le apremió Maggie haciendo caso omiso de los golpes de nudillo en la puerta—. ¿Will? —Al oír que alguien abría la puerta, corrió hacia la escalera para interceptar al intruso y la expresión de su rostro se relajó al ver aparecer a un hombre rubio con cara de ratón que se disponía a subir—. ¡Jake! —suspiró aliviada—. Pensaba que eras… Da igual.
Wolf observó con suspicacia cómo se abrazaban. Parecían viejos amigos.
—Te he traído algunas cosillas —le dijo el hombre a Maggie, tendiéndole las bolsas con las compras—. ¿Me dejas un minuto con él? —le preguntó a continuación, abandonando el pretexto de que se trataba tan solo de una visita de cortesía.
—Tranquila, Maggie —le dijo Wolf.
Ella, incómoda, bajó por la escalera para dejar las bolsas.
—Saunders —saludó Wolf a su excolega cuando este entró en la habitación.
—Wolf. Cuánto tiempo sin verte.
—Bueno, ya sabes, necesitaba algún tiempo para mí —bromeó, y en ese mismo instante oyó cómo se detenía un vehículo en la calle—. No sabía que os conocíais.
—Y no nos conocíamos. —Saunders se encogió de hombros, manteniéndose a una distancia prudente pese a lo civilizada que estaba siendo la conversación—. No hasta… que pasó todo esto. —Dejó escapar un profundo suspiro—. Colega, siento de verdad lo de Finlay. En serio.
Mientras asentía ante el comentario, Wolf volvió a mirar la mancha del suelo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Saunders sin rodeos.
—Necesitaba verlo con mis propios ojos.
—¿Ver el qué?
Wolf bajó la voz para que no lo oyera Maggie:
—El escenario del crimen.
—¿Crimen? —Saunders se frotó la cara con gesto cansino—. Colega, yo mismo me hice cargo del caso. Lo encontraron solo… en una habitación cerrada… tirado en el suelo junto al arma.
—Finlay jamás se suicidaría.
Saunders lo miró con lástima.
—La gente nunca deja de sorprendernos.
—Ya que hablamos de sorpresas, has aparecido por aquí muy rápido.
—Estaba cerca… cuando he recibido el aviso.
Cuando trabajaban juntos, a Wolf nunca le había caído bien ese detective bocazas, pero ahora empezaba a verlo con otros ojos.
—Gracias por cuidar de ella.
—Lo hago con gusto.
—Y entonces… ¿cuántos tienes ahí fuera? —le preguntó Wolf con el tono aséptico de quien pregunta la hora, y el ambiente en la habitación cambió de inmediato.
Saunders dudó unos instantes.
—Dos en la entrada principal. Dos en la parte posterior de la casa. Otro estará ya acompañando a Maggie y, si todo ha ido según lo planeado, tenemos a otro a un metro escaso de nosotros, detrás de la pared. —Se volvió hacia la puerta abierta—. ¡Hazme una señal si estás en posición!
El chasquido de quitar el seguro a un rifle semiautomático fue la respuesta que llegó desde el pasillo.
Saunders sonrió con una mueca de disculpa y sacó unas esposas del bolsillo.
—Les prometí que no huirías. Por favor, no me hagas quedar como un idiota.
Wolf asintió y con un movimiento lento se arrodilló. Levantó las manos, entrelazó los dedos en el cogote y se quedó contemplando la nieve acumulada tras la ventana, la última visión que debió de tener su mentor antes de morir.
—Lo siento, colega —dijo Saunders acercándose a él para ponerle las esposas—. ¡Sospechoso detenido!
—¿Will? —lo llamó Maggie desde la cocina mientras la casa se llenaba de policías armados.
Se oían los pesados pasos de botas subiendo por la escalera, seguidos de los de Maggie.
—¿Puedo pedirte un favor? —preguntó Wolf desviando la mirada de Saunders a Maggie cuando el último de los agentes cruzó la puerta rota vociferando las instrucciones rutinarias en estos casos para que no se les escapase—. No le digas aún que he vuelto.
—Pero, Will… —gimoteó desesperada, todavía incapaz de poner un pie en la habitación en la que habían encontrado a su marido.
—Tranquila, Maggie, tranquila —la calmó él—. Ya no voy a huir más.
Lunes, 4 de enero de 2016
11.46 h
Thomas Alcock miraba la pantalla del televisor sin sonido mientras se preparaba una taza de té.
—¡Idiota! —susurró al derramar agua hirviendo en la encimera… que acabó goteándole en la mano—. ¡Ya me he quemado! —Hizo una mueca de dolor y sacudió la mano sin apartar la vista de la pantalla.
En Sky News un helicóptero volaba en círculo alrededor de la catástrofe que había asolado la capital hacía dos semanas. Cuando el aparato tapaba el sol, una sombra recorría los escombros y, en algunos momentos, se le unían al menos otros dos helicópteros como buitres acechando desde el aire un animal muerto. Al parecer, el cierre del espacio aéreo sobre la ciudad, que había causado un montón de retrasos y cancelaciones durante el periodo navideño, ya se había derogado y gracias a ello el mundo podía por fin contemplar la magnitud de la destrucción.
Se había logrado evitar por los pelos un desastre todavía mayor, aunque no sin pagar un precio.
Tras la explosión, localizada en los lavabos soterrados de la estación de Ludgate Hill, se había procedido a la evacuación rutinaria de los edificios de los alrededores hasta que los ingenieros comprobasen si habían sufrido daños estructurales. Cuando un turista con ojos de lince se percató de la presencia de grietas en el muro oeste de la catedral de San Pablo, se movilizó de inmediato a los equipos de restauración. Pero antes de que lograsen montar los andamios, se hundió la torre norte. Y después, durante tres días, las columnas se fueron quebrando una tras otra, como piernas incapaces de sostener el peso, hasta que el enorme pórtico se desmoronó; un edificio icónico agonizando debido a las heridas sufridas.
Era una imagen surrealista: faltaba una pieza en el puzle.
Thomas tardó unos instantes en darse cuenta de que la colorida línea que rodeaba la zona estaba formada en realidad por guirnaldas y flores depositadas contra las vallas: un tributo a quienes no lograron salir de Piccadilly Circus, a la agente Kerry Coleman, a todos los que perdieron la vida en Times Square; un detalle emotivo, aunque efímero, dadas las temperaturas bajo cero.
Bebió un sorbo de té.
Por encima de los titulares en amarillo, las lucecitas parpadeantes del árbol de Navidad en la otra habitación le distraían y le recordaban que seguía ahí, junto a los montones de regalos sin abrir bajo una capa de agujas de abeto desprendidas. Thomas dejó que su mente se perdiese por enésima vez en reflexiones egoístas: daba gracias de que entre los muertos y heridos no hubiera ningún conocido suyo; se sentía afortunado por tener de vuelta a su novia sin un rasguño, y, de manera vergonzosa, confiaba secretamente en que los horrores del pasado mes que habían derivado en un incidente de seguridad nacional y culminado con la muerte de un buen amigo, fueran suficiente para ponerla contra las cuerdas y convencerla de dejarlo todo, para que valorase lo que todavía le quedaba y le bastase con ello.
El móvil de Baxter empezó a vibrar, moviéndose sonoramente por la mesa de la cocina.
Thomas lo cogió y respondió con un susurro irritado:
—Este es el teléfono de Emily… Me temo que no. Sigue dormida. Puedo tomar el recado… El miércoles…, a las nueve de la mañana… Se lo diré… De acuerdo. Adiós.
Dejó el móvil sobre los acolchados guantes de horno por si volvían a llamar.
—¿Quién era? —preguntó Baxter desde la puerta, dándole un susto.
Llevaba uno de sus suéteres holgados y un pantalón de pijama a cuadros, una vestimenta casera que suponía un grato cambio con respecto a las habituales pintas de la detective de treinta y cinco años al levantarse. Thomas volvió a sentirse desolado al mirarla y pensar en la factura que le había pasado su trabajo a la mujer que amaba. Tenía puntos en el labio superior. Llevaba dos dedos entablillados, que sobresalían del cabestrillo que llevaba a regañadientes para curar el codo herido, mientras que su ondulado cabello castaño ocultaba la mayor parte de los rasguños y costras que seguían cubriéndole la cara.
Thomas esbozó una nada convincente sonrisa.
—¿Quieres que te prepare algo para desayunar?
—No.
—¿Ni una tortilla?
—No. ¿Quién ha llamado? —volvió a preguntar ella clavándole la mirada a su novio con la confianza de que incluso este modesto nivel de tensión sería demasiado para él.
—Era de tu trabajo —respondió Thomas enojado consigo mismo.
Baxter esperó a que le diera más detalles.
—Un tal Mike Atkins ha llamado para decir que tienes una reunión con él y el FBI el miércoles por la mañana.
—Oh —dijo ella aturdida mientras acariciaba la cabeza a Eco, que había saltado de una encimera a otra para lamerle la mano.
Thomas no soportaba verla tan frágil y hundida. Avanzó hasta ella y la abrazó, pero no tenía claro si Baxter era siquiera consciente de su gesto de cariño, porque permaneció inmóvil con los brazos caídos.
—¿Todavía no ha llamado Maggie? —le preguntó Baxter.
Él la soltó y respondió:
—Todavía no.
—Me voy… dentro de un rato.
—Te llevo yo —se ofreció Thomas—. Puedo quedarme en el coche o tomarme un café mientras tú…
—Estoy bien —insistió ella.
Lo cierto era que la rotundidad de la respuesta a Thomas le levantó un poco el ánimo. En alguna parte, oculta en las profundidades bajo la superficie quebrada, seguía viva la acritud de Baxter.
Su verdadero yo continuaba ahí. Tan solo había que concederle un poco de tiempo.
—Ok —asintió Thomas sonriendo con cariño.
—Voy a… —Completó la frase con el gesto de señalar la segunda planta—. Pero estoy bien —murmuró mientras enfilaba hacia el pasillo, con Eco siguiéndola pegado a ella—. Estoy bien.
El seto sería como cualquier otro de no ser por la mata de pelo anaranjado que aparecía y desaparecía detrás de él.
El primer caso como investigador privado de Alex Edmunds había sido un asunto de poca importancia, que lo había conducido hasta un descampado en el que se acumulaban los carritos de supermercado inservibles frente al Sainsbury’s de la zona. Pero ahora, con su objetivo a la vista y la única salida bloqueada por su equipo, volvió a sentir el cosquilleo de la partida de caza.
Decidió pasar a la acción…
Su objetivo salió huyendo, más rápido de lo que se esperaba, directo hacia la trampa que le había tendido.
—¡Detective 2! —gritó por el walkie-talkie del Toys R Us—. ¡Detective 2, listo para interceptar!
—¿Tengo que hacerlo?
—¡Por favor! —resolló Edmunds justo antes de contemplar cómo su plan se desarrollaba como una bien ensayada coreografía y su novia aparecía de la nada delante de ellos, bloqueando el paso con el cochecito del bebé.
Su presa frenó en seco, dudó unos instantes y huyó trepando al que parecía el árbol más alto de Londres y, ya inalcanzable, en su ascenso hizo caer algo de nieve de las ramas superiores.
—¡Cojones! —refunfuñó Edmunds alzando la vista con una mueca de dolor.
—Detective 1, los hurones pueden trepar a los árboles —le informó la voz distorsionada de Tia mientras se acercaba a él empujando el cochecito de Leila—. ¿Y ahora qué? —preguntó ya sin necesidad del walkie-talkie.
—No…, no pasa nada —le dijo Edmunds con tono confiado—. Está atrapado.
—¿Tú crees? —inquirió ella mientras sacaba el arenero para gatos de la parte posterior del cochecito y lo dejaba sobre el suelo helado.
—Sí, voy a subir ahí —dijo muy decidido Edmunds confiando en que ella se lo impediría.
No lo hizo.
—Voy a subir hasta lo alto de este árbol gigante —aclaró él.
Ella asintió.
—Pues allá voy —asintió él—. Apártate un poco por si me caigo… y la palmo.
—¿Qué te parece si… te espero en casa? —propuso Tia.
—De acuerdo —dijo él encogiéndose de hombros, un poco sorprendido de que ella estuviera dispuesta a perderse el espectáculo. Se acercó al árbol y se agarró a la rama que tenía encima de la cabeza—. Pero esto es divertido, ¿no crees? ¿No quieres quedarte un poco más?
Tia no respondió.
—Decía que… —insistió mientras los pies le resbalaban por el tronco sin conseguir subir—. Oh, ya te has ido.
Tia ya había subido media ladera y se alejaba.
—Bueno, a mí me parece divertido —murmuró para sí mismo Edmunds—. Muy bien, Mr. Scabs —gritó hacia las ramas altas—. ¡Tu reino de terror termina aquí!
Wolf roncaba estruendosamente.
Llevaba más de tres horas confinado en una sala de la comisaría de Hornsey, dos y media de las cuales las había pasado disfrutando del sueño más relajante en semanas. Al oír un portazo en el pasillo, se despertó sobresaltado. En un primer momento se sintió desconcertado por el inhóspito espacio, pero el tintineo de las esposas contra la silla metálica a su espalda fue suficiente para que recordase la ajetreada mañana. Un poco molesto con el desconsiderado individuo que había dado el portazo, le vinieron unas ganas horribles de mear y de moverse un par de minutos por el escaso espacio para que se le despertase la nalga izquierda.
Mientras trataba de flexionarse para destensar el calambrazo, oyó un taconeo por el pasillo que se dirigía hacia él. Se abrió la puerta y entró en la sala un cincuentón muy elegante, cuyo traje a medida combinaba mal con las paredes gris topo.
—Vaya —saludó Wolf al atildado intruso—, pensaba que eras una mujer.
El canoso tipo lo miró confundido y aparecieron unas profundas arrugas en la piel coriácea de su frente.
—Pero no lo eres —lo tranquilizó Wolf.
En la comisura de los labios del desconocido se formó un atisbo de sonrisa.
—Y yo que temía que hubieras perdido tu olfato de detective durante tu ausencia sin permiso.
Cogió una silla y se sentó.
—Hablando de esto —dijo Wolf, que acababa de recordar algo—, y no pretendo ser mezquino ni nada por el estilo, pero todavía me quedaban quince días de permiso cuando sucedió lo de… Masse. No sé si hay algún modo de…
La sonrisa de perplejidad del tipo le hizo detenerse en mitad de la frase, sus dientes blanquísimos casi resplandecían en contraste con su piel anaranjada.
—Sí, probablemente tienes razón. Ya lo arreglaremos en otro momento.
Wolf asintió e infló los carrillos cuando se produjo un incómodo silencio.
—Will, no me reconoces, ¿verdad?
—Hummm…
—Es el comisario Christian Bellamy —aclaró una voz por desgracia familiar desde la puerta mientras la capitana Geena Vanita entraba en la sala.
Vestía un modelo bastante elegante para lo que eran sus estándares: una chaqueta negra que felizmente cubría buena parte de las chillonas prendas que llevaba debajo. Tal vez se debiese al exceso de televisión o a su actual estado de ánimo, pero si Wolf hubiera tenido que describir el modelito, lo habría calificado de «atuendo para el funeral de un teletubby».
Ella seguía hablando.
—Disculpa, ¿qué dices? —preguntó Wolf, que no se había enterado de nada de lo que había dicho, porque estaba pensando en asuntos más importantes: el teletubby Dipsy fallecido por una sobredosis de heroína.
—He dicho que «era solo cuestión de tiempo que te atrapásemos» —repitió la minúscula mujer.
—Supongo que recuerdas la parte en la que no me atrapaste, ¿verdad? —inquirió Wolf—. Porque yo recuerdo con suma claridad que me he entregado.
Vanita se encogió de hombros mientras ya le estaba dando vueltas al comunicado de prensa para anunciar su detención.
—Tú lo cuentas a tu manera, yo…
—¿Poniéndote las medallas? —le sugirió.
—Escucha, Will, no somos enemigos —intervino Christian intentando que dejaran de discutir. Pero al ver las miradas asesinas que se cruzaban de un lado a otro de la mesa, optó por reformular su comentario—: Yo no soy tu enemigo.
Wolf lo miró con escepticismo.
—Pues bien… —continuó Vanita—, William Oliver Layton-Fawkes.
Él hizo una mueca de dolor.
—Ahora que te hemos atrapado…
—Que me he entregado —gruñó Wolf.
—… te enfrentas a una larga condena en prisión para purgar una larga lista de delitos.
Wolf se percató de que Christian fruncía el ceño desaprobando los comentarios de su subordinada.
—Ocultación de pruebas, perjurio, incomparecencia cuando se te requería, delito de lesiones…
—Como mucho, agresión con agravante —opinó Wolf.
—Y la lista sigue y sigue —concluyó Vanita, cruzándose de brazos satisfecha—. Durante años te las has arreglado para salir airoso de un montón de líos, pero esta vez parece que por fin vas a pagar por tus pecados. ¿Tienes algo que decir?
—Sí.
Vanita esperó expectante.
—¿Me puedes rascar la nariz? —le pidió.
—¿Disculpa?
—La nariz —repitió Wolf con tono amable mientras hacía tintinear las esposas a su espalda—. ¿Me la puedes rascar?
Vanita cruzó una mirada con Christian y después soltó una carcajada.
—Fawkes, ¿has escuchado algo de lo que te acabo de decir?
A Wolf se le humedecieron los ojos.
—Vas a pasar una larga temporada entre rejas.
—Venga, por favor —insistió él tratando de frotarse la nariz contra el hombro sin conseguirlo.
Vanita se levantó.
—No tengo tiempo para estas tonterías.
Ya estaba en la puerta cuando Wolf volvió a hablar:
—Léo… Antoine… Dubois.
Vanita se detuvo, con un pie ya en el pasillo. Se dio la vuelta muy lentamente.
—¿Qué pasa con él?
—Primero ráscame la nariz —la provocó Wolf.
—¡No! ¿Qué pasa con Dubois?
—Disculpad mi ignorancia —interrumpió Christian—, pero… ¿de quién habláis?
—De Léo Dubois —resopló Vanita recordando el fiasco en el que se vieron envueltos varios cuerpos y que había logrado borrar de su mente durante años—. Fue un caso muy importante para el departamento: asesinato, tráfico de seres humanos, contrabando de droga. Fawkes tomó parte en él, de modo que, como era de esperar, la cosa acabó en un monumental desastre. —Se volvió hacia Wolf cuando este bostezó sonoramente—. ¿Qué pasa con Dubois?
—Su actual paradero, nombres y fotografías de toda su red, números de cuenta, el nombre del barco que se dirige hacia nuestras costas cargado hasta los topes de trabajadoras sexuales…
De forma inconsciente Vanita dio un paso atrás y se volvió a meter en la sala.
—¡Ah!, y números de matrícula —continuó Wolf—, contactos para blanquear el dinero… Y estoy casi seguro de que ha hackeado la cuenta de Netflix de alguien.
Vanita negó con la cabeza.
—Promesas a la desesperada de un detenido.
—Entregado —le recordó Wolf.
Christian se quedó en silencio, consciente del repentino cambio de actitud de su colega.
—Fawkes, creo que he sido muy injusta a la hora de juzgarte —dijo Vanita de forma teatral—. La escéptica que llevo dentro pensaba que te habías dado a la fuga simplemente para salvar el culo después de haber estado en tratos con un asesino. ¡Pero al final resulta que has conseguido tú solito todas las pruebas necesarias para detener a un destacadísimo señor del crimen! —Se rio de lo que acababa de plantear—. ¡Es ridículo! No puedes pretender que nadie se crea…
—Espero que sí te creas —la interrumpió Wolf— que desde el momento que salí de ese juzgado empecé a acumular material para recuperar mi vida, preparándome para esta ocasión, para hacerte una oferta que no pudieras rechazar.
—Oh, vaya, pues resulta que sí puedo rechazarla —replicó Vanita, olvidando en apariencia que no era la persona de más rango ni siquiera en esa sala—. De modo que ¿en ningún momento Dubois reconoció al hombre que llevaba meses intentando acabar con él? ¿No tuvo ni la más mínima sospecha?
—Sospechó un montón de veces —le aclaró Wolf—. Pero no había nada mejor que disponer de tu cara impresa en todos los periódicos día tras día para dar un poco de credibilidad a mi historia… Y ahora voy a necesitar que me rasques la nariz.
Ella abrió la boca dispuesta a negarse.
—Ráscasela de una vez, ¿de acuerdo? —ladró Christian, ansioso por continuar con el asunto.
Furiosa, Vanita se sacó un caro bolígrafo del bolsillo y lo acercó a la nariz de Wolf, sin hacer el mínimo esfuerzo por ocultar su indignación.
—Un poco más a la derecha —la guio él—. Un poco más. Oh, sí, así. ¿Sabes que te has equivocado de profesión? —le dijo, antes de añadir—: Lo digo en general, no por establecer una comparación con tus habilidades como rascadora de narices.
Apoyándose en el respaldo de la silla, Wolf sonrió victorioso mientras Vanita dejaba caer su bolígrafo favorito sobre la mesa para quien quisiera cogerlo.
—¿Qué quieres, Fawkes? —le preguntó sin dejar de apretar los dientes.
—No pasar ni un día en la cárcel.
Ella soltó una carcajada.
—Lo que has hecho es de dominio público. Al menos parte de ello. Lo máximo a lo que puedes aspirar siendo realista es a que te metan en un ala en la que la vida de un policía no corra peligro.
—De modo que lo que te preocupa es la opinión pública, ¿no? Lo cual explica la implacable cacería que has montado contra mí. —Wolf sonrió—. Aunque no fue tan «implacable», sino más bien «relajada», y no fue exactamente una «cacería», sino que más bien se trató de «echar un vistazo por aquí y por allá».
Vanita se puso tensa.
—Un mes. Régimen abierto —ofreció Wolf.
—Un año —contraatacó Vanita, arrogándose una autoridad que no tenía; sin embargo, Christian no puso ninguna objeción mientras contemplaba el desarrollo de las negociaciones de un lado a otro de la mesa como si fuera el espectador de un partido de tenis.
—Dos meses —propuso Wolf.
—¡Seis!
—Tres…, pero con ciertas condiciones.
Vanita guardó silencio unos instantes y dijo:
—¿Cuáles?
—Nadie le cuenta a Baxter que he vuelto hasta que yo lo haga.
Encantada de evitar cualquier tipo de interacción con su irritable inspectora jefe, Vanita valoró la posibilidad de perdonarle una semana a Wolf en agradecimiento, pero en lugar de hacerlo se limitó a asentir con recelo.
—Y… —continuó él— con toda probabilidad este es el momento oportuno para comentarte que durante el tiempo que pasé infiltrado en la red de Dubois, participé en una paliza a un traficante sexual rival que acabó en la UCI con heridas muy graves.
—¡Por Dios, Fawkes! —dijo Vanita negando con la cabeza.
—¡Al final el tío se recuperó! —añadió rápidamente Wolf.
—Ok, seguro que si es así esto lo podemos manejar.
—De modo que volvimos y lo matamos a tiros.
—¿Algo más? —gruñó Vanita, ya al límite de su paciencia.
—Sí. Voy a necesitar una suspensión de la sentencia —dijo Wolf muy serio.
—¡Oh, por supuesto! —replicó ella con sarcasmo—. Y solo por curiosidad, ¿durante cuánto tiempo la necesitas?
—Durante el tiempo que sea necesario.
—¿Para qué?
—Para cerrar un último caso —les dijo, ya sin atisbo de arrogancia ni maldad en su voz.
—Fawkes, me estás haciendo perder el tiempo —dijo Vanita, y volvió a levantarse para marcharse.
—Espera —la detuvo Christian tomando la palabra por primera vez desde hacía varios minutos.
Vinita miró con rabia a su superior y, obediente, se volvió a sentar.
—¿Qué caso, Will? —le preguntó Christian.
Wolf se volvió para dirigirse al comisario:
—El asesinato del sargento Finlay Shaw.
Ninguno de sus dos interlocutores abrió la boca mientras procesaban la extraña petición. Christian se aclaró la garganta y alzó la mano en el momento en que Vanita se disponía a responder.
—Will, fue un suicido. Lo sabes… Lo siento, pero no hay ninguna investigación a la que puedas sumarte.
—¿Eras amigo suyo? —le preguntó Wolf.
—Su mejor amigo —respondió Christian orgulloso.
—Entonces respóndeme a esto —dijo Wolf mirándolo a los ojos—. ¿Se te ocurre algún motivo verosímil por el que Finlay decidiese dejar sola a Maggie?
Consciente de que había dejado de formar parte de la conversación, Vanita se mantuvo en silencio. Ni siquiera sabía que Finlay estuviera casado.
Christian dejó escapar un sonoro suspiro y negó con la cabeza.
—No. Ninguno. Pero las evidencias son… Son irrefutables.
—Supongo que, siendo amigo suyo, no te importará permitirme que verifique en persona que efectivamente no hay ninguna duda al respecto. Y después soy todo vuestro —prometió Wolf.
Christian pareció dudar.
—No puedes estar pensando en serio en permitírselo —intervino Vanita.
—¡Silencio! —le ordenó Christian y se volvió hacia Wolf—. ¿De verdad estás dispuesto a hacer pasar a Maggie por esto?
—Ella lo entenderá…, si soy yo quien lo lleva a cabo.
Christian seguía dubitativo.
—Vamos. ¿Qué problema hay? —le rogó Wolf dejando entrever por primera vez su desesperación—. Yo confirmo que en efecto fue un suicidio y tú pillas a Dubois.
Wolf observó cómo el comisario sopesaba ambas opciones.
—De acuerdo. Adelante.
Vanita se levantó, abandonó la sala a toda velocidad y dejó a los dos hombres para que hablaran a solas.
—Ordenaré que te pasen el informe junto con una copia firmada de nuestro… acuerdo. —Christian sonrió con los ojos titilantes. Le dio una afectuosa palmada en la espalda a Wolf, tal como solía hacer Finlay, y sin duda le provocó un moretón del que su mentor estaría orgulloso—. Entonces ¿por dónde empezamos?
—¿Empezamos?
—¿Crees que voy a dejarte hacerlo solo? ¡Estamos hablando de Fin!
Wolf sonrió. El viejo amigo de Finlay empezaba a caerle bien.
—Entonces ¿por dónde empezamos? —insistió Christian.
—Empezamos por el principio.
Lunes, 5 de noviembre de 1979
La noche de las hogueras
17.29 h
Christian abrió los ojos y lo cegó la intensa luz que entraba por el tejado ondulado transparente. Al girar el cuerpo para volverse, notó que el suelo se hundía un poco bajo su peso. Al llevarse una mano a la dolorida mandíbula se golpeó la cara con un guante de boxeo. Poco a poco empezó a recordar dónde estaba: él y su colega estaban boxeando… Iba perdiendo sin remisión y al intentar un temerario gancho… erró… Recordaba a su contrincante dirigiéndole un gancho con la izquierda… y después todo se volvió oscuro.
El antipático rostro de Finlay apareció sobre él. Ese escocés de veinticuatro años lucía un cuerpo fornido como un tronco y una cabeza rapada protuberante y asimétrica que parecía una continuación de aquel. Tenía una nariz chata que tendía a cambiar de dirección en cada visita al gimnasio.
—Levántate, nenaza —se burló con su áspero acento de Glasgow.
Gruñendo, Christian se incorporó hasta sentarse en el centro del ring.
—¡Se supone que tienes que entrenarme, no darme una paliza!
Finlay se encogió de hombros y el peculiar movimiento de los músculos bajo la piel le recordó a Christian su cita de la noche anterior, la joven agente que, dormida, se movió bajo las sábanas cuando él salió con sigilo del dormitorio.
—Te estoy enseñando —le replicó Finlay—. La próxima vez esquivarás el golpe.
—Eres un capullo, ¿lo sabes?
Riéndose entre dientes, Finlay lo ayudó a incorporarse.
—¿Qué pinta tengo? —preguntó Christian preocupado, porque tenía intención de volver a salir con su atractiva compañera al acabar el turno de noche.
—Estás estupendo. —Finlay sonrió—. Ya te pareces un poco más a mí.
—¡Joder! Si es así, hubiera sido mejor que me hubieras matado —le dijo Christian, con lo que se ganó un último puñetazo en los riñones.
Casi tres años más joven que su contrincante, Christian estaba en las antípodas del que consideraba su mejor amigo: era un joven apuesto y popular. Lucía una melena rubia hasta los hombros al estilo de las estrellas del pop que salían por televisión. Era inteligente cuando quería serlo, pero era perezoso y, la verdad sea dicha, estaba más interesado en atrapar mujeres que criminales. Sin embargo, los dos colegas compartían ciertos puntos en común: una infancia como hijos de militares, una asombrosa capacidad para meterse en líos y la aversión hacia su nuevo superior.
—Vamos. Nuestro turno empieza en una hora —murmuró Finlay mientras se desanudaba los guantes de boxeo con los dientes—. Vayamos a comprobar qué puta mierda nos tiene preparada el jefe para esta noche.
—Sé que puede parecer una puta mierda —empezó el inspector jefe Milligan a través de una nube de humo de cigarrillo similar a la nube de polución que cubría la capital escocesa. La punta ya curvada de ceniza que colgaba del borde del cigarrillo acabó desprendiéndose y le cayó encima de los pantalones.
—Tal vez parezca una mierda… porque es una mierda —sugirió Christian.
Milligan, que al sacudirse la ceniza la convirtió en una mancha gris sobre el pantalón, se volvió hacia Finlay y preguntó:
—¿Qué ha dicho?
Finlay se encogió de hombros.
Milligan miró de nuevo a Christian.
—Hijo, con ese acento aquí no te entendemos. Recuérdame de qué país procedes.
—¡De Essex! —respondió Christian.
Milligan lo observó unos instantes con suspicacia antes de continuar:
—Esta noche los dos estáis destinados a la vigilancia del astillero. Final de la conversación.
—¿No se pueden encargar French y Wick? —se quejó Finlay.
—No —replicó Milligan, que ya empezaba a estar harto de él—. Porque French y Wick esta noche están destinados en la parada de camiones.
—Que es donde en realidad se va a producir el intercambio —refunfuñó Christian.
Milligan o bien optó por ignorarlo o bien no entendió lo que decía.
—Esto es una pérdida de tiempo —dijo Finlay.
—En cuyo caso, vosotros dos, par de vagos, vais a cobrar el sueldo por pasaros la noche durmiendo en el aparcamiento. ¡Así que todos contentos! Podéis retiraros.
—Pero…
—Podéis… retiraros.
A las 19.28 h Finlay se detuvo junto a la parte exterior de una de las entradas al muelle. Aparcados a unos centímetros de la verja metálica, nada les entorpecía la vista de los almacenes iluminados con reflectores, de un multicolor muro de contenedores apilados como piezas gigantes de Lego, de una solitaria carretilla elevadora que habían dejado allí esa noche y de los trémulos reflejos de todo eso en las oscuras aguas del río Clyde.
Las primeras gotas de lluvia que se estrellaron contra el parabrisas emborronaron los colores y distorsionaron las siluetas como si la pintura se corriese en la tela. Contemplaron cómo se iba intensificando el chaparrón hasta convertirse en una lluvia torrencial mientras ellos daban cuenta de sus hamburguesas del Wimpy y de las primeras cervezas tibias de la noche; toda una tradición en los turnos de vigilancia, como el Ford Cortina sin distintivos del departamento. Después de once años de servicio, el destartalado vehículo probablemente resultaba tan reconocible para los criminales de Glasgow como un coche patrulla con las sirenas a todo trapo, pero ¿quiénes eran ellos para poner en cuestión la providencial sabiduría de sus superiores?
—¿Por qué —refunfuñó Christian entre un bocado y otro— siempre nos tocan a nosotros los trabajos de mierda?
—Pura política —sentenció Finlay muy filosófico—. En este trabajo a veces solo se trata de saber qué culo has de besar. Ya aprenderás… Además, estoy bastante seguro de que Milligan es un jodido racista.
—¡Soy de Essex!
Finlay decidió cambiar de tema:
—¿Qué tal te va con la peluquera?
—Se enteró de lo de la masajista.
—Oh —dijo Finlay, y dio otro mordisco a la hamburguesa antes de continuar—: ¿Era clienta de ella?
—Era su hermana.
—Aaah. Bueno, y entonces ¿qué tal te va con la masajista?
—No se tomó muy bien que yo saliera con la agente.
—Vale. Entonces ¿qué tal con la…?
—Bien —respondió Christian—. Voy a volver a salir con ella el jueves. Creo que todavía está en el cine Mistress of the Apes.
Finlay abrió la boca, pero no llegó a verbalizar su preocupación por la elección de su amigo de la película para su cita. Se metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó una cinta de casete.
—No. ¡Venga ya! ¡Otra vez Status Quo no! —se quejó Christian—. ¡Por favor, no pongas Status Quo!
El tosco mecanismo se tragó la cinta y por los altavoces sonó como preludio el siseo de la electricidad estática…
Era Status Quo…
Había transcurrido una hora.
—¿Sean Connery? —probó Christian, y abrió un poco la ventanilla para evitar que murieran sofocados por el humo acumulado después de pasarse los dos el rato encadenando un cigarrillo tras otro.
—¿Cómo cojones puedes haber pensado en Sean Connery?
—¡Todas tus imitaciones son exactamente iguales!
El comentario pareció ofender a Finlay.
—Siempre me han dicho que tengo muy buen oído para los acentos.
—Y tal vez lo tengas —dijo Christian—. Es cuando lo vocalizas que todo suena igual.
—Vale. A ver si pillas este… —propuso Finlay irritado.
Christian cerró los ojos, aguzó el oído y se estrujó los sesos.
Finlay lo repitió un poco más lento.
—¿Sean Connery?
¡Oh, vete a la mierda!
Las finas manecillas del reloj del salpicadero marcaban las nueve de la noche cuando la primera explosión de color iluminó el cielo.
—Veo… algo que empieza con… F.
—¿Fuegos artificiales? —propuso Finlay con tono aburrido y razonablemente convencido de que había acertado porque con esa letra ya habían utilizado «farola», «faro» y su propio apellido.
Los estallidos y chisporroteos les llegaban a través de la ventanilla que estaba un poco abierta.
—Sí…, era «fuegos artificiales» —suspiró Christian mientras abría la guantera buscando algún otro entretenimiento.
Finlay miró a su alrededor.
—Vale. Veo veo… algo que empieza con…
Ambos pegaron un bote al oír el estruendo sobre el techo del coche, unas fuertes pisadas que hundían la fina chapa metálica sobre sus cabezas. Y a continuación una silueta de notable estatura pisoteó el capó antes de ponerse a escalar la verja metálica. Tanto Finlay como Christian observaron boquiabiertos cómo el intruso con un corte de pelo mullet saltaba la verja y aterrizaba acrobáticamente al otro lado. Sacó unas grandes tenazas de la mochila, rompió la cadena y empujó las puertas para abrirlas.
De pronto la lluvia empezó a centellear, los faros de un automóvil iluminaban la escena desde algún punto detrás de ellos. Al percatarse de que estaban peligrosamente a la vista, Finlay y Christian se escondieron deslizándose hacia abajo en los asientos y vieron aparecer cinco siluetas que pasaban a escasos centímetros de la ventanilla del copiloto, seguidas por una furgoneta negra. El repiqueteo de la lluvia amortiguaba el sonido del motor cuando el vehículo se adentró avanzando muy poco a poco en el muelle.
Finlay palpó a tientas tratando de coger la radio. Por encima del salpicadero vio al grupo de intrusos desplegándose al aproximarse al almacén más grande. Se acercó la radio a los labios.
—¿Crystal? —susurró, ya que llevaba toda la noche oyendo la voz de su operadora favorita—. ¡Crystal!
El ruido de neumáticos rodando sobre el asfalto mojado atravesó la lluvia cuando la furgoneta aceleró agresivamente hacia el almacén, alcanzando la velocidad suficiente para destrozar la enorme persiana que lo cerraba. Los individuos que se movían a pie entraron muy deprisa por la brecha abierta, entre sonidos de disparos de armas automáticas.
En la radio se oyó un chispazo de energía estática.
—Fin, ¿eres tú?
—Sí. Estamos en el muelle de Goven y necesitamos apoyo urgente.
Se oyó una explosión en el interior del almacén. Sin duda, el micrófono de la radio lo había captado, porque el tono dicharachero de la operadora se transmutó en profesional de forma abrupta.
—Refuerzos en camino. Corto.
Finlay acababa de colocar la radio en su soporte cuando una segunda explosión lanzó por los aires desde una ventana del primer piso al tipo del peinado mullet y su cuerpo quedó extendido en el suelo como un amasijo, iluminado por la luz de los reflectores.
—¡Guau! —se rio Christian, ya practicando mentalmente cómo les contaría la historia a sus colegas para impresionarlos.
Pero entonces, de manera increíble, el cuerpo descoyuntado levantó una mano y empezó a incorporarse. El tipo recogió su arma del charco y se dirigió de nuevo hacia el almacén renqueando.
—Hay gente entusiasta de verdad —comentó Christian mientras se acababa la hamburguesa.
Finlay se volvió hacia él con cara de malas pulgas.
—¿Cómo puedes comer en un momento como este?
Christian se encogió de hombros con cara de no haber roto nunca un plato.
—Bueno, ¿qué hacemos, entramos?
—Sí, por qué no —respondió Finlay, y bajó la ventanilla para colocar la sirena magnética sobre el techo del vehículo.
Mientras a lo lejos seguían estallando sobre la ciudad los fuegos artificiales, encendió el motor y volvió a sonar «Rockin’ All Over the World» de Status Quo. Con la sirena a todo trapo se lanzaron hacia el almacén, sin ningún plan concreto más allá de la esperanza de que la aparición de un vehículo policial diese a entender a los delincuentes que estaban a punto de llegar más.
—¡Vuelve el del peinado mullet! —advirtió Christian cuando lo vio salir del edificio empuñando el arma y disparando contra el Ford Cortina—. ¡Pisa el acelerador a tope! —gritó al ver que el coche empezaba a parecer un colador.
—¡Lo estoy haciendo! —bramó Finlay, que dio un volantazo, hizo derrapar el vehículo y arrastró con la parte posterior al tirador.
Se oyó un horrible golpe seco cuando el hombre que cojeaba fue proyectado hacia el río. Finalmente el coche se detuvo, con un único faro delantero en funcionamiento, que iluminó el ensangrentado cuerpo a poco más de un metro de donde lo habían golpeado. Christian y Finlay, ambos jadeando, intercambiaron una mirada nerviosa al caer en la cuenta de que todo parecía indicar que esta vez la situación se les había ido de las manos… A través de las gotas de lluvia que estallaban contra el capó abollado, vieron que la desgarbada silueta volvía a incorporarse.
—¡Qué cojones! —resopló Christian desconcertado.
Con brazos temblorosos, el tipo de la melenita se incorporó hasta quedar apoyado sobre las manos y las rodillas.
Finlay revolucionó el motor de forma amenazadora.
—¡Vuelve a golpearlo! —gritó Christian.
Pese a que tenía un brazo claramente roto, el tipo, ya empapado, se puso en pie. Balanceándose un poco, miró a los dos perplejos policías que lo observaban atónitos a través del parabrisas roto. Y de pronto, sin dudarlo ni un segundo, se volvió y se lanzó a las oscuras aguas del río.
—¿Qué? —dijo Finlay negando con la cabeza y con la mirada todavía clavada en el río—. ¿Sabes lo que te digo?, que le paguen lo que le paguen a este tío, no es suficiente.
Se apearon del coche y corrieron hacia la puerta destrozada del almacén.
Cuando echaron un vistazo, el lugar estaba envuelto en un inquietante silencio. Vieron la furgoneta negra entre los escombros del muelle de carga, con las ruedas todavía girando inútilmente a varios centímetros del suelo. En la pared posterior del almacén había una escalera metálica que llevaba hasta una puerta de aspecto sólido.
—Parece que ya no hay nadie —susurró Christian.
Se recogió el cabello en una coleta y se acercó a la furgoneta. Un rápido vistazo a la cabina le permitió descubrir que el pedal del acelerador estaba presionado por una barra de hierro. Le hizo una señal a Finlay para que se acercase.
—¿Miramos arriba? —sugirió su colega.
—Vamos arriba —asintió Christian.
Subieron por la escalera hasta una puerta metálica ovalada que no hubiera parecido fuera de lugar en un submarino y de la que emergía un silbante chorro de aire frío por un único agujero de bala en el cristal.
—Es una cámara estanca —dijo Finlay frunciendo el ceño y señalando el aire que escapaba.
Le costó abrir la puerta y mientras entraban en un aséptico pasillo oyeron un portazo en otra parte del edificio. Había dos cuerpos desplomados, uno a cada lado del pasillo. Uno era sin duda un miembro del equipo infiltrado, el otro iba ataviado con un mono.
—Quédate detrás de mí —susurró Finlay; le quitó el arma al primer cadáver y, a medida que avanzaba y siguiendo el protocolo, iba comprobando las puertas abiertas: tras ellas había balanzas, máquinas de contar billetes y carros de plataforma.
Continuaron avanzando contra la corriente de aire presurizado que seguía circulando y de pronto se oyó un estruendo en algún punto bajo sus pies.
Ambos se quedaron petrificados.
—Eso no ha sonado muy alentador —murmuró Christian.
Finlay negó con la cabeza y dijo:
—Hagamos esto lo más rápido posible.
Se precipitaron hacia el fondo del pasillo, donde una segunda puerta estanca les bloqueaba el camino. Finlay agarró la larga manija y la movió para abrirla. Christian avanzó con dificultad por el hueco de la puerta, abriéndose paso contra un chorro de aire, fruto del reequilibro de la presión de ambos lados. Haciendo un gran esfuerzo por mantenerla abierta, logró por fin entrar en la sala y al soltarla se cerró de un portazo.
—No te preocupes por mí… He logrado pasar —le dijo a su compañero con sarcasmo, pero este no respondió. Christian estaba contemplando boquiabierto las bolsas de polvo blanquísimo amontonadas hasta una altura de metro y medio y las montañas de fajos de billetes apilados al lado. Finlay se acercó y le pasó su arma a Christian. Hizo un pequeño agujero en una de las bolsas, se lamió el dedo y escupió en el suelo.
—Heroína.
—¿Cuánta debe de haber? —preguntó Christian. La cantidad máxima con la que se había topado en las calles hasta ahora era un kilo.
—No lo sé… Por valor de miles de libras.
Algo volvió a retumbar en el piso inferior. Al percatarse del resplandor que se reflejaba en la pared, Finlay se dirigió hacia la puerta para investigar y notó que se colaba aire caliente por la abertura. Echó un vistazo por el ventanuco y vio la pasarela metálica que recorría el nivel superior del almacén. La puerta deformada se deslizó sin oponer resistencia cuando la movió para pasar y, dubitativo, se acercó al rugido del fuego.
En cuanto salió al exterior de la sala tuvo que cubrirse los ojos para protegerse del calor que irradiaba de aquel infierno. Lo que había sido un laboratorio perfectamente equipado había quedado reducido a una colección de cisternas y contenedores que iban ardiendo por turnos y quemaban los cadáveres esparcidos por el suelo de la planta inferior: tanto el personal del laboratorio como los asaltantes y lo que parecían ser guardias de seguridad sin uniforme.
Al darse cuenta de que las suelas de los zapatos se le estaban fundiendo en la pasarela metálica, Finlay volvió rápidamente a la sala y cerró lo mejor que pudo la puerta rota.
—¿Algún problema? —preguntó Christian con aire preocupado.
—Fuego.
—¿Muy grande?
—Muy grande.
—Mierda.
—Parece que nos hemos perdido un buen tiroteo. Están todos muertos.
Ambos se volvieron hacia el hallazgo capaz de propulsar sus carreras.
—¿Cuál es la prioridad? —le preguntó Christian a su superior—. ¿La droga o el dinero?
Finlay se mostró indeciso mientras la pared a su espalda empezaba a deformarse.
—Fin, ¿la droga o el dinero?
—La droga. Nos llevamos la droga.
Christian parecía tentado de discutirle la decisión cuando el estruendo de cristales rotos lo movilizó.
—He visto un carro en una de las salas por las que hemos pasado.
Finlay asintió y corrieron hacia la puerta presurizada. La abrió con gran esfuerzo para que Christian pudiera pasar y el chorro de aire caliente que se coló le resecó los ojos. En unos instantes Christian reapareció con uno de los cadáveres en el carro, cuya mano colgaba rozando el suelo.
—¡Era un traficante de drogas! —se justificó a la defensiva al ver la mueca de desaprobación de Finlay—. Ahora va a servirnos de tope para mantener la puerta abierta.
Sin delicadeza alguna, Christian tiró el cadáver junto a la puerta para mantenerla abierta y trató de hacer caso omiso al repulsivo crujido que emitió cuando Finlay la soltó para ayudarle a cargar el carro. Noventa segundos después cargaron la última bolsa, con los rostros empapados en sudor porque el almacén se estaba convirtiendo en un horno.
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! —gritó Finlay cuando vio que Christian se quedaba mirando el montón de billetes ya iluminados por la luz anaranjada del incendio que los cercaba en el edificio a punto de desplomarse.
Tanto Christian como Finlay tosían y escupían flemas negruzcas cuando el primero de sus colegas se dirigió corriendo hacia aquel infierno. Después de haberse dejado todas las fuerzas llevando las bolsas a suficiente distancia de las llamas, estaban sentados sobre el pavimento contemplando los fuegos artificiales que iban estallando por encima de la hoguera. Finlay no dijo nada cuando se percató del temblor de las manos de su colega, porque él sentía bajo la fría lluvia palpitaciones de dolor en el brazo por las quemaduras.
Oyeron un portazo en un vehículo.
—Estamos aquí —dijo Christian mientras se incorporaba.
Cuando posaron uno a cada lado de la espectacular cantidad de droga requisada, alzando los pulgares y sonriendo, a sus espaldas se desplomó el almacén. La icónica fotografía en blanco y negro circuló por la prensa nacional durante días: un exitazo de relaciones públicas para la Unidad Antirrobo, para la policía de Strathclyde en su conjunto…, la prueba de que había héroes paseándose entre nosotros.