Presentación

Puede que Ramón del Valle-Inclán sea, entre los clásicos españoles del siglo XX, el que con más razones venía reclamando una edición popular de sus Obras completas. Por un lado, su figura y su personalidad extravagantes, rodeadas de un fabuloso anecdotario, han solido distraer, cuando no eximir, la lectura de sus libros. Por otro, la enmarañada historia editorial de sus publicaciones ha plagado de confusiones y malentendidos la transmisión de no pocos de sus títulos, dificultando la obtención de una adecuada perspectiva de conjunto.

El caso es que la obra de Valle-Inclán exige como pocas ser contemplada en todo su recorrido. Entre otros motivos, porque sólo así es posible apreciar la espectacular evolución de su estética, que en pocos años transita desde el preciosismo decadentista de sus primeros años a la furia guiñolesca del esperpento. Sólo observándola en su desarrollo se explica por qué la obra de Valle, conforme ha dicho Pere Gimferrer, constituye, al menos en España, «el gozne en el que se produce el quiebro o cambio de óptica que separa a la narrativa clásica —cuyos últimos representantes son Galdós y Clarín— de la narrativa contemporánea». Una opinión que cabe extender, con más fundamento todavía, al teatro. Y a la que debe añadirse otra consideración pendiente aún de ser suficientemente atendida, relativa a la lengua empleada por Valle. Éste quizá sea el escritor contemporáneo que con más vigor y atrevimiento ha planteado la posibilidad de un español total, de un idioma que combina con admirable naturalidad una multitud asombrosa de variedades y de registros, tanto peninsulares como de América, ensayando una lengua de asombrosos colorido y eficacia que sigue destellando —incluso décadas después de acontecido el llamado boom de la literatura latinoamericana— con fulgores de utopía.

La edición de las obras de Valle-Inclán entraña enormes dificultades, que explican las limitaciones a que han debido resignarse hasta hoy mismo los sucesivos proyectos de publicar sus Obras completas. Sólo desde hace pocos años se dispone de un censo fiable y contrastado de todos los textos publicados por el autor, dispersos en todo tipo de publicaciones (españolas y extranjeras) y a menudo repetidos bajo títulos distintos. A los múltiples aprovechamientos que hacía Valle de sus propios escritos, hay que sumar las continuas y a menudo profundas revisiones a que solía someterlos toda vez que volvía a publicarlos, especialmente con motivo de recogerlos en Opera Omnia, proyecto de «obras completas» que él mismo impulsó en fecha tan temprana como 1913. Es comprensible, así, que sólo muy lentamente, y no sin grandes esfuerzos, estén viendo la luz ediciones críticas de unos textos que entrañan problemas a veces complejísimos a la hora de fijarlos con alguna seguridad.

La presente edición de las Obras completas de Valle, en el marco de una colección de bolsillo, tiene una vocación eminentemente divulgativa, razón por la cual no entra, ni mucho menos, en el detalle de los problemas apuntados, como tampoco aspira a una exhaustividad por el momento aún difícil de garantizar. Se sirve del ímprobo trabajo de editores anteriores para brindar al lector, pulidas en lo posible de erratas y confusiones, las últimas ediciones revisadas por el autor de unos textos que, según se lleva dicho, conocen a menudo versiones muy diferentes. La edición de referencia empleada ha sido la de las Obras completas de Ramón del Valle-Inclán publicadas por Espasa-Calpe en 2002, en dos gruesos volúmenes. Esta edición, que se presenta sin firma alguna, es la más abarcadora de cuantas se han impulsado hasta la fecha, y cosecha en amplio grado las múltiples aportaciones hechas por distintos estudiosos en las por lo general concienzudas ediciones de los libros de Valle publicadas en la «Colección Austral». Se han consultado además otras ediciones también solventes (como las aparecidas en la colección «Letras Hispánicas» de Cátedra), así como las muy poco conocidas Obras completas en treinta volúmenes (de los cuales tres no llegaron a ver la luz, por problemas de derechos) emprendidas en 1990 por Círculo de Lectores bajo la dirección de Alonso Zamora Vicente, que contó, para prologar y anotar los sucesivos volúmenes, con un extenso elenco de eminentes valleinclanistas. Ya en marcha la presente edición, han empezado a aparecer en la Biblioteca Castro las Obras completas de Valle en cinco volúmenes, editados bajo la dirección de Margarita Santos Zas. Se trata, una vez más, de una edición de características muy distintas de la presente, y que en adelante se irá consultando en la medida de lo posible.

La ordenación de los seis volúmenes que integran estas Obras completas combina dos criterios: el de género y el cronológico. En general, se evita duplicar piezas cuyo contenido, por muchas variantes que presente, viene a resultar muy parecido, tanto más si no se cotejan las distintas versiones. Esto conlleva la aparente «omisión» de algunos títulos, subsumidos con posterioridad en otros. En el prólogo y en las «Notas bibliográficas» específicas de cada volumen se detallan este tipo de cuestiones y se justifican las decisiones tomadas en cada caso. Por lo demás, las «Notas bibliográficas», reunidas siempre al final, se limitan a dar escueta noticia de la historia particular de cada uno de los títulos recogidos en el volumen en cuestión, detallando el lugar en que fueron originalmente publicados y esbozando el recorrido editorial en vida del autor.

Especial comentario requiere la puntuación de los textos, que difiere a veces muy notoriamente de la empleada por Valle. Recordaba Alonzo Zamora Vicente cómo «Valle-Inclán declamaba sus escritos, y no los daba por buenos hasta que sonaban bien: ése es el origen de las comas mal colocadas en su prosa, comas que reflejan una pausa prosódica pero no ortográfica, comas que los correctores de imprenta han ido eliminando poco a poco». Lo cierto es que respetar la puntuación de Valle, sobre todo en lo que respecta a sus primeros escritos, daría por resultado un texto a veces ilegible. En la presente edición no se ha tenido empacho en adaptar la puntuación a los usos corrientes, a efectos de no añadir dificultades a la lectura de unos textos ya de por sí bastante exigentes. Se han respetado, sin embargo, algunas peculiaridades que se estiman características, como es el recurrente empleo de los dos puntos a modo de pausa, no siempre en sentido concluyente. O como la combinación de los signos de exclamación y de interrogación para según qué frases en las que se mezclan los dos registros. También se ha solido respetar, en general, el empleo que hace Valle de las mayúsculas, mucho más abundante del que suele hacerse hoy, en particular por lo que se refiere a los tratamientos de todo tipo y a las frases que comienzan a continuación de los dos puntos. De igual manera, se mantienen ciertos rasgos significativos, como los laísmos en que incurre ocasionalmente el autor.

Por último, añadir que los textos se presentan limpios de toda intromisión de los editores, es decir, sin aclaraciones entre corchetes ni llamadas de notas de ningún tipo. Enmendadas por lo general las eventuales fallas e inconsecuencias que ofrecen las versiones empleadas como base, la mayor parte de las perplejidades que los textos puedan ocasionar al lector derivan de la extraordinaria riqueza léxica que es propia de Valle. Los glosarios añadidos al final de cada volumen tratan de esclarecer aquellos términos no registrados en la última edición del DRAE (así sea en acepciones raras o remotas), al tiempo que, de paso, procuran aclarar también ciertas referencias que pueden resultar oscuras para el lector común. Para esta tarea, realizada de modo muy sumario, se ha recurrido muy a menudo a los glosarios y a las notas de las ediciones consultadas, a cuyos responsables se expresa aquí sincera gratitud, extensiva a la legión de valleinclanistas que de un modo u otro han allanado con su labor una edición como la presente.

cap-2

Prólogo

Valle-Inclán publicó Tirano Banderas en 1926, a los sesenta años de edad. Llevaba entonces más de quince años sin publicar novela alguna, entregado sobre todo a la escritura teatral. Tanto mayor fue, en consecuencia, el impacto y la sorpresa que produjo un libro a todas luces excepcional, que se situaba a la vanguardia de la narrativa europea del momento.

La última novela publicada por Valle antes de aparecer Tirano Banderas había sido Gerifaltes de antaño (1909), tercera entrega de su interrumpida serie sobre la guerra carlista. Cabe preguntarse qué fue lo que movió a Valle a abandonar aquel proyecto y, con él, durante tanto tiempo, el género novelístico.

La serie sobre la guerra carlista fue emprendida en 1908, y su concepción aparece muy ligada tanto al ciclo narrativo de las «Sonatas» (1901-1905) como al ciclo dramático de las «Comedias bárbaras» (1907-1908, pero completado en 1923). De hecho, Los cruzados de la causa (1908), primera entrega de la serie, es protagonizada por el Marqués de Bradomín, Juan Manuel de Montenegro y su hijo Miguel, Cara de Plata, personajes ya familiares para el conocedor de aquellos dos ciclos. Uno tiene la impresión, al comenzar la lectura de esta novela, de adentrarse en un mundo conocido, del que progresivamente se irá alejando en las siguientes entregas, conforme la acción se desplace desde Galicia a Navarra, escenario principal de los enfrentamientos entre carlistas y liberales.

Ya en Navarra, la acción integrará un número creciente de personajes, cuya proliferación es proporcional al incremento de la perspectiva que se aspira alcanzar sobre la guerra; una aspiración cada vez más compleja, en cuanto no sólo se pretende ofrecer una visión de los dos bandos en conflicto sino que, de cada uno, se quiere ofrecer además una visión plural, compuesta a partir de la muy diversa vivencia de la guerra que tienen los personajes, según pertenezcan a una u otra bandería o clase social, y se hallen más o menos determinados por su ideología y sus creencias religiosas.

Tanto por el hecho de haber quedado inconclusa como por el de asociarse a uno de los aspectos más discutibles y problemáticos de la trayectoria de Valle-Inclán —el de su adscripción a «la Causa» (como se referían sus partidarios a la reclamación que hacía don Carlos del trono de España, y a todo el aparato ideológico que connotaba, de signo abiertamente reaccionario)—, la serie sobre la guerra carlista no parece haber acaparado todo el interés que sin duda merece, y con frecuencia se pasa por alto su verdadera importancia. Su escritura coincide, sin duda, con el período en que Valle militó más resueltamente en el carlismo, y hasta cierto punto cabe entender la serie en términos de agitación y de propaganda en favor del mismo. Así lo sugiere el dato de que algunas de las emisiones de las sucesivas novelas de la serie llevaran en la cubierta el siguiente reclamo: «La España tradicional vista por don Ramón del Vallé-Inclán». Pero sería erróneo adjudicar a Valle una intencionalidad política capaz de imponerse a su propia exigencia como escritor y menos aún de determinar los rumbos de su literatura. Las simpatías de Valle por el carlismo son consecuentes con su visceral rechazo de los valores burgueses y del sistema político surgido de la Restauración. Canalizan una instintiva atracción por el pueblo llano y por cuanto se conserva en él de un mundo menos contaminado por el progreso y sus desórdenes, más ligado a la tierra y a la tradición. Por los años en que escribió la serie sobre la guerra carlista, Valle, dejando atrás el pronunciado decadentismo de sus primeros pasos (la primera vía que ensayó para manifestar su oposición al orden y a la moral burgueses), llevaba tiempo indagando, tanto en su teatro como en su narrativa, la forma de insuflar a su literatura un aliento épico, entendiendo por tal aquél capaz de contener y de reflejar el espíritu profundo de todo un pueblo.

Conviene no olvidar que, al tiempo que culmina el ciclo de las «Sonatas», Valle se empeña casi obsesivamente en dar forma a Flor de santidad (1904), relato con el que indaga un modo de narrar que «en el estilo, en el ambiente y en el asunto se diferencia totalmente de la moderna manera de novelar», como él mismo dijo. Es en la estela de ese empeño en el que debe encajarse el proyecto de la serie sobre la guerra carlista. Con ella intenta Valle ampliar los logros de aquella perfecta miniatura, ofreciendo un amplio cuadro del que desde tiempos inmemoriales viene constituyendo el asunto épico por excelencia: la guerra. Para ello discurrirá Valle todo un conjunto de técnicas narrativas —fragmentación, simultaneidad, contrapunto, multiplicación de la líneas argumentales, construcción coral— que beben a la vez tanto de los viejos procedimientos de la épica oral como de las más avanzadas técnicas de la narrativa moderna (cada vez más influida por el periodismo y por el cine, y compañera de aventura de las vanguardias plásticas). El resultado es deslumbrante, sobre todo si se consideran la fecha tan temprana en que Valle concibió su proyecto y el contexto literario en el que irrumpió. Pero, abrumado acaso por la amplitud del asunto que se proponía reflejar, tanto más inabarcable cuanto más avanzaba en su desarrollo, Valle desistió de prolongarla, y en los años siguientes fue en su producción teatral, muy en particular en Voces de gesta (1912), donde seguiría ensayando fórmulas mediante las que restaurar el viejo espíritu épico y dar voz a «todo un pueblo», persuadido como estaba a esas alturas de que «sólo son grandes los libros que recogen voces amplias plebeyas: la Ilíada, las dramas de Shakespeare...» (declaraciones tomadas en 1910 por el periodista Luis Antón del Olmet).

Con sus maneras arcaizantes, Voces de gesta supone, en los rumbos que Valle sondea, una vía muerta, como él mismo no tardó en ver, a pesar del éxito que obtuvo la pieza en su estreno. También Los cruzados de la Causa, como inmediatamente después El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño, las dos publicadas en 1909, tuvieron una excelente recepción por parte del público tanto como de la crítica, lo cual descarta la posibilidad de que Valle se sintiera defraudado en este sentido y fuera éste el motivo de que descartara proseguir la senda emprendida. Parece más adecuado pensar que se produjo en Valle una íntima colisión entre los inflamados ideales tradicionalistas que lo habían impulsado a cantar la gesta guerrera del carlismo, y la comprensión que, como artista, iba obteniendo de unos hechos que, conforme penetraba en ellos, se tornaban cada vez menos heroicos. Es sin duda su conciencia artística —a la que no son ajenas su conciencia moral ni su inteligencia crítica— la que siembra en Valle el desasosiego que le impide perseverar en la escritura de Las banderas del Rey, como había de titularse la cuarta entrega de la serie sobre la guerra carlista. No deja de ser significativo, a este respecto, que la suspensión de su proyecto se produjera al poco de haber hecho Valle, en el verano de 1909, su primer viaje a Navarra, durante el cual visitó, lleno de emoción, los lugares legendarios del carlismo. Cabe especular con la posibilidad de que ese viaje sembrara en él una creciente desazón, derivada del acusado contraste entre la realidad y lo imaginado o, más probablemente, entre la complejidad de las circunstancias, la labilidad de los ideales y de las motivaciones puestas en juego, y el tipo de lente empleada para abarcar todo ello.

Dejando ahora a un lado sus veleidades políticas, y ciñéndonos a su faceta de narrador, lo cierto es que hacia 1910 Valle experimenta a fondo, y de manera particularmente crítica, un problema que recorre en buena medida la literatura europea de la época: el de cómo dar nuevo curso a las viejas formas épicas, asfixiadas por el psicologismo, por el solipsismo, por el intelectualismo, por el sociologismo que habían terminado por hacerse dueños de la novela moderna. El largo periodo que transcurre entre 1910 y 1926 —durante el cual no escribe, como ya se ha dicho, ninguna novela— es un periodo en el que Valle no cesa de tantear nuevas vías capaces de resolver artísticamente las tensiones a que da lugar la observación crítica de una realidad cada vez más conflictiva y degradada y la resuelta determinación de articular una visión integradora de la misma, capaz de trascender los límites del individuo.

El periodo considerado es jalonado por una fecha clave en la trayectoria de Valle: 1916. Este año publica La lámpara maravillosa, libro en el que hace recuento de su propia trayectoria espiritual, sintetiza sus ideas sobre el arte y anticipa las premisas de lo que en adelante será su programa literario: «el quietismo estético». El libro, lleno de resonancias teosóficas, desconcertó a propios y extraños, dado el cripticismo y el esoterismo que lo caracterizan, pero conviene no obviar la fundamental importancia que Valle le atribuyó siempre, y buscar en él no pocas de las claves de toda su obra posterior.

El mismo año de 1916 en que se publicó La lámpara maravillosa Valle, que se había manifestado abiertamente a favor del bando aliado ya desde los comienzos de la Primera Guerra Mundial, fue invitado por el Gobierno francés a visitar el frente bélico. De los decisivos efectos que sobre él tuvo la visita a las trincheras dejan constancia las crónicas que fue publicando sobre ella, reelaboradas luego en un título que con el correr del tiempo ha sido considerado como gozne de toda su trayectoria: La media noche. Visión estelar de un momento de guerra, primera parte de un proyecto que había de titularse Un día de guerra.

Valle acudió al frente de guerra imbuido de las premisas estéticas formuladas en La lámpara maravillosa. Lo que allí experimentó dio una dimensión nueva a lo previamente discurrido y, más que infundirle, le confirmó la idea de que «todos los relatos están limitados por la posición del narrador», de la que había de derivar el propósito de obtener de la guerra «una visión astral, fuera de geometría y de cronología, como si el alma, descarnada ya, mirase a la tierra desde una estrella». Las crónicas que hace Valle del frente ensayan «esta intuición taumatúrgica de los parajes y los sucesos, esta comprensión que parece fuera del espacio y el tiempo», que según él no es en absoluto «ajena a la literatura». Por el contrario: «puede asegurarse que es la engendradora de los viejos poemas primitivos, vasos religiosos donde dispersas voces y dispersos relatos se han juntado, al cabo de los siglos, en un relato máximo, cifra de todos, en una visión suprema, casi infinita, de infinitos ojos que cierran el círculo».

Pertenecen estas palabras a la «Breve noticia» que Valle antepuso a La media noche, donde admite haber «fracasado» en su empeño de obtener esa «visión estelar de un día de guerra», pues que lo que ofrece allí —de hecho, un puñado de crónicas de prensa, escritas, eso sí, con un impulso completamente nuevo— no es más que el «balbuceo de un ideal soñado». Este sentimiento de fracaso permite especular sobre el que presumiblemente disuadió a Valle de continuar su serie sobre la guerra carlista. Sólo que por entonces no era capaz aún de formular ese «ideal soñado», y sólo intuitivamente se acercó —con extraordinaria perspicacia y solvencia, todo sea dicho— a esa visión que, conforme dice en la ya mencionada «Breve noticia», es cifra de otras muchas que, superpuestas, dan «la visión colectiva, la visión de todo el pueblo que estuvo en la guerra, y vio a la vez todos los parajes y todos los sucesos».

Si en su serie sobre la guerra carlista Valle quedó desbordado por la amplitud de los hechos abarcados, y si el empeño que subyacía a La media noche quedó confinado a la urgencia y a los límites de extensión de una cuantas crónicas de guerra, en Tirano Banderas, por el contrario, un Valle tan lúcido respecto a sus intenciones como dueño de sus recursos consigue por fin la obra redonda, rotunda: una novela en la que se cumplen a la perfección todos sus propósitos.

La redacción de esta novela ocupó a Valle varios años, y sus primeros latidos deben remitirse al viaje que en 1921 realizó el autor a México, adonde fue invitado oficialmente por el presidente de la República, el general Álvaro Obregón, para asistir como huésped de honor a los actos de celebración del centenario de la independencia.

En una de las cartas que, durante la redacción de Tirano Banderas, envió Valle a su amigo Alfonso Reyes, le dice estar escribiendo «la novela de un tirano con rasgos del Doctor Francia, de Rosas, de Melgerajo, de López y de Don Porfirio», retahíla de dictadores latinoamericanos que, en su diversidad, delatan el proyecto de abstraer de todos ellos una suerte de arquetipo. Son incontables, de hecho, los referentes reales en que Valle se basa para construir tanto la figura del tirano como de no pocos de los personajes de la novela. En cuanto a la trama, en una célebre entrevista de 1928 publicada en el diario ABC, Valle declara:

Pensé que América está constituida por el indio aborigen, por el criollo y por el extranjero.

Al indio, que tanto es allí alguna vez presidente como de ordinario paria, lo desenvolví en tres figuras: Generalito Banderas, el paria que sufre el duro castigo del chicote, y el indio del plagio y de la bola revolucionaria, Zacarías el cruzado.

El criollo es tipo que, a su vez, desenvolví en tres: el elocuente Doctor Sánchez Ocaña; el guerrillero Filomeno Cuevas y el criollo cargado de sentido religioso, de resonancia del de Asís, que es Don Roque Cepeda.

El extranjero también lo desenvolví en tres tipos: el Ministro de España; el ricacho Don Celes y el empeñista Señor Peredita. Sobre estas normas, ya lo más sencillo era escribir la novela.

Esta estudiada estructura ordena una acción múltiple que transcurre en escasísimo tiempo (apenas tres días) y en la que concurren una gran diversidad de personajes y de escenarios. Tal es el principal aprendizaje que Valle había derivado de su intento de conseguir una «visión estelar» de un día de guerra: la máxima concentración de acciones, personajes y escenarios en una mínima unidad temporal. En otra carta a Alfonso Reyes, le dice Valle: «Ahora, en algo que estoy escribiendo, esta idea de llenar el tiempo como llenaba el Greco el espacio, totalmente, me preocupa». A esta referencia al Greco cabría añadir la del cubismo, con su sistema de representación de un mismo objeto por medio de la superposición de diferentes perspectivas. No en vano el adjetivo «cubista» es empleado en dos ocasiones en Tirano Banderas, la más famosa de las cuales, en lo que parece casi una prefiguración del Guernica de Picasso, describe de este modo una carga de la policía del Tirano contra los participantes en un mitin: «Los gendarmes comenzaban a repartir sablazos. Cachizas de faroles, gritos, manos en alto, caras ensangrentadas. Convulsión de luces apagándose. Rotura de la pista en ángulos. Visión cubista del Circo Harris».

La técnica «cubista», lo mismo que la cinematográfica, también invocada con frecuencia para describir la yuxtaposición en la novela de un gran número de rápidos cuadros en los que se reparte la acción, no sólo persigue —de manera mucho más eficaz y sofisticada que la utilizada tantos años atrás en la serie sobre la guerra carlista— un efecto de simultaneidad: trata, además, de transmitir al texto la peculiar concepción del tiempo que desprende de las doctrinas expresadas en ese «manual de quietismo estético» que es La lámpara maravillosa.

«Toda expresión suprema de arte —escribe allí Valle— se resume en una palpitación que engendra infinitos círculos, es un centro y lleva consigo la idea de quietud y eterno devenir»: en ninguna otra frase como en ésta de La lámpara se expresa mejor el sentido de la estructura de Tirano Banderas. Su circularidad, así como su diseño a partir de los números «mágicos» 3 y 9, vienen a sugerir la mutación a través de lo inmutable. ¿Y qué es lo inmutable en este caso? La muerte, personificada en la figura de Santos Banderas, de quien no por casualidad se dice que «parece una calavera con antiparras negras y corbatín de clérigo».

Se ha dicho muchas veces que Tirano Banderas funda todo un subgénero —el de la «novela de dictador»— que, en el ámbito de la narrativa latinoamericana, cuenta con una tradición memorable. Con menos frecuencia se ha destacado la visión fatalista que se desprende de la novela, en la que el triunfo de los rebeldes no parece sino perpetuar el ciclo eterno conforme al cual las tiranías dan lugar a revoluciones que se traducen nuevamente en tiranías. «En las mudanzas del mundo», se dice en La lámpara maravillosa, «sólo hallaron los hombres el terror de la muerte». Y ese terror de la muerte es el que en la novela encarna el Generalito Banderas, del que no debe olvidarse que es tan indio como aquellos en cuyo nombre se echa a rodar «la bola revolucionaria».

Es probablemente esta dimensión metafísica que posee la tiranía encarnada por Santos Banderas la que confiere a su figura una validez universal, que va más allá del ámbito hispano y bananero en el que, demasiado a menudo, se ha confinado a la novela. En el contexto de la literatura europea, y atendiendo al año de su publicación, 1926, Tirano Banderas era casi una obra profética y, en cualquier caso, daba cuerpo a muchas de las pesadillas que en breve iban a conmocionar el continente y el mundo entero.

La rigurosa estructura de Tirano Banderas ampara, por otra parte, una multitud de personajes que Valle caracteriza sirviéndose en buena medida de las técnicas esperpénticas, que por las fechas en que se escribió la novela tenía ya muy ensayadas y que aplica en especial a los miembros del Cuerpo Diplomático y de la Colonia Española. Durante su visita a México como huésped del presidente Obregón, Valle no se privó de criticar abiertamente a los representantes de una y otra, denunciando sus intereses y ganándose su hostilidad. En Tirano Banderas se percibe muy claramente el rastro de esa beligerancia, que da ocasión a algunos de los mejores pasajes de la novela, sobre todo aquellos en los que se hace parodia de sus retóricas huecas. La parodia retórica es, de hecho, uno de los recursos que en Tirano Banderas adquiere mayor relieve, y se emplea tanto en relación al tirano y su entorno como a sus enemigos. Al cabo, el modelo más acabado y extenso de discurso político completamente hinchado de tópicos y de soflama se pone en la novela en boca del Licenciado Sánchez Ocaña, el representante más destacado de la oposición a la tiranía, lo cual abre escasas perspectivas de que la revolución en marcha cambie nada. Sencillamente, sustituirá unos discursos por otros.

Lo más portentoso de Tirano Banderas es cómo la vaciedad de un lenguaje que degrada al hombre, pervierte su pensamiento y sus acciones y desplaza el centro real de su conciencia, es expresada por medio de la prosa más brillante, más rica y más trabajada, más expresiva, en suma, que ha dado el castellano moderno. En esta novela Valle se propuso como en ninguna otra obra suya la renovación de la prosa y de la lengua castellana, y se lo propuso en el marco supranacional de todo el ámbito de habla hispana. En su contacto con América, Valle percibió una veta profunda del idioma de la que podía extraerse el caudal necesario para apartar al español de su triste destino de lengua «momificada».

«En Tirano Banderas hay la voluntad literaria de sumar al castellano castizo el vocabulario creado en la América española», declaró Valle en una entrevista. Y el resultado de esta voluntad es unos de los más gigantescos logros de la prosa castellana contemporánea a la hora de ensanchar sus límites y nutrirse de una nueva expresión. Como dijera Alonso Zamora Vicente, «el español de Tirano Banderas ya no es español de España, sino una lengua hispánica, forjada en el crisol de numerosas geografías y de muy diversos horizontes sociales [...] Se trata de una extraordinaria conjunción de hablas que, sin dar idea exacta de una región concreta de América, produce el espejismo de la lengua coloquial americana, sometida férreamente al español».

Asombra la capacidad de Valle para inventarse un «dialecto en que confluyen —deliberadamente— formas de expresión de México, de Cuba, del Perú, de Venezuela, de Chile, del Río de la Plata». Más todavía: en la lengua de Tirano Banderas, que es una lengua total, se suman al castellano corriente, aparte de americanismos, también arcaísmos, neologismos, localismos peninsulares, extranjerismos. Todo ello de un modo muy libre, pues Valle deforma a menudo la expresión y el sentido precisos de los términos que utiliza.

Nadie después de Valle ha sido capaz de seguir por la ruta marcada en Tirano Banderas, que era la de una revolución idiomática sin precedentes en la lengua castellana. La razón parece clara: para hacerlo se requeriría un talento lingüístico equiparable al suyo, cosa que muy pocos pueden pretender. El propio Valle no dejó de manifestar un cierto orgullo por cuanto logró en Tirano Banderas: «Lo que he escrito antes de Tirano Banderas es musiquilla de violín... —diría en otra entrevista—. Esta es la primera novela que escribo. Mi labor empieza ahora». Pero lo que vino después, el ciclo de «El ruedo ibérico», que bien se puede decir que comparte la misma genialidad que Tirano Banderas, quedó incompleto. Y ya en su lecho de muerte, Valle-Inclán mostraría una clara preferencia por Tirano Banderas como muestra paradigmática de lo que, al alcance de sus inmensas posibilidades, debía ser una auténtica literatura de creación.

I.E.

cap-3

Nota sobre esta edición

La que se conoce comúnmente como «trilogía de la guerra carlista» no fue concebida como tal, sino como una serie novelística en principio abierta, que quedó interrumpida tras la tercera entrega. Los cruzados de la Causa se publicó por entregas entre noviembre y diciembre de 1908 y apareció como libro a finales de ese mismo año. El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño también se publicaron primero por entregas y poco después como libro, las dos a lo largo del año 1909. En distintas ocasiones anunció Valle la publicación de una cuarta entrega, que había de titularse Las banderas del Rey, pero que nunca vio la luz. En una entrevista publicada por El Correo Español en noviembre de 1911, el autor aseguraba tener en prensa esta novela, y anunciaba además la publicación, poco después, de una nueva entrega: La guerra en las montañas. En la misma entrevista decía que «otros tomos vendrán a continuar esta serie; el asunto es difícil de agotar, pero quisiera contar tantos y tan bellos hechos, que temo que mi pluma no supiera hacerlo, o que empequeñeciese su grandeza al describirlos». Para cuando hizo estas declaraciones, sin embargo, hacía ya varios meses que Valle había abandonado su proyecto, acerca del cual dio muestras de estar insatisfecho el mismo año de 1909 en que lo suspendió.

También de 1909 es Una tertulia de antaño, relato indudablemente ligado a la serie de la guerra carlista, pese a que, debido a su corta extensión, se publicó al margen de las novelas, en una colección popular. Hay indicios de que Valle había planeado que este relato, convenientemente desarrollado, constituyera la segunda entrega de la serie. De hecho, cuando ésta se anunció desde las páginas de El Mundo —donde la serie fue publicada por entregas—, los títulos que se anticiparon fueron Los cruzados de la Causa, Una historia galante y El resplandor de la hoguera. No hay duda de que Una historia galante era por entonces el título provisional de lo que terminó siendo Una tertulia de antaño, texto que, por las razones que sea, Valle se contentó con dejar tal como lo conocemos. El hecho de que en enero de 1909 se publicara en El Correo Español un fragmento de este relato como adelanto de El resplandor de la hoguera invita a pensar que Valle consideró en algún momento encajarlo en esta novela, pero lo cierto es que finalmente desistió de hacerlo.

En cuanto a La Corte de Estella, otro relato vinculado indudablemente a la serie de la guerra carlista, se publicó en enero de 1910 en Por esos mundos, suplemento del semanario Nuevo Mundo, y es muy posible que sea un fragmento de Las banderas del Rey o de cualquier otro de los títulos con que Valle proyectó prolongar la serie finalmente abortada.

Sirva este recuento para justificar que, bajo el título común de «La guerra carlista», se den aquí todas las piezas narrativas de Valle relacionadas más o menos directamente con esta serie inacabada. Son cinco en total: tres novelas y dos relatos o fragmentos narrativos, unas y otros con personajes y referencias comunes.

Como se ha dicho en el prólogo, tras Gerifaltes de antaño Valle no volvió a publicar una novela propiamente dicha hasta 1926, año en que ve la luz Tirano Banderas. Pero en el largo camino que va desde aquella novela hasta 1926 tuvo lugar la visita que, en mayo de 1916, invitado por el Gobierno francés, hizo Valle a las trincheras en que, a pocos kilómetros de París, los franceses resistían el avance de los alemanes, durante la Primera Guerra Mundial. Las crónicas que de su visita mandó Valle al diario El Imparcial fueron posteriormente reescritas y reunidas en un librito titulado La media noche. Visión estelar de un momento de guerra, publicado en junio de 1917. Valle consideraba este librito como la «primera parte» de una pieza mayor que había de titularse Un día de guerra, constituido por La media noche más las crónicas del frente publicadas en enero y febrero de 1917, también en El Imparcial, bajo el título «En la luz del día». Pero este proyecto también quedó en suspenso, y sólo mucho tiempo después, muerto ya Valle, las crónicas de «En la luz del día» fueron rescatadas del olvido en que quedaron enterradas durante varias décadas.

Se detalla todo esto porque Un día de guerra constituye un eslabón fundamental en la trayectoria narrativa de Valle. No sólo porque se ensayan allí planteamientos y técnicas que empleará luego en Tirano Banderas, sino también, y sobre todo, porque en esos textos Valle vislumbra la solución para tratar adecuadamente el asunto principal de su serie sobre la guerra carlista —la guerra misma—, que en su momento abandonó, como ya se ha dicho, por insatisfacción respecto a sus logros. Tendría, en consecuencia, bastante sentido intercalar en este volumen, entre las piezas de «La guerra carlista» y Tirano Banderas, Un día de guerra; pero se ha desestimado hacerlo por entender que no se trata de un texto estrictamente narrativo, juzgándose preferible darlo en el volumen que reúne las colaboraciones periodísticas de Valle; una decisión que se toma con tanto más motivo en cuanto en el mismo volumen se da también La lámpara maravillosa, un texto con el que Un día de guerra tiene estrechas conexiones, como en su momento se verá.

En el marco de las presentes Obras completas de Ramón del Vallé-Inclán, pues, el presente volumen, segundo de los tres que contienen la totalidad de su narrativa, reúne la extensa etapa intermedia que, con un gran vacío entre sus dos extremos, recorre desde el final del período modernista y decadentista —cuya cumbre son las «Sonatas»— hasta el que ocupa casi enteramente el ciclo también inacabado de «El ruedo ibérico» y sus aledaños, ya bien consolidada la estética esperpéntica.

Por lo que toca a la serie sobre la guerra carlista, no sería de extrañar que el lector echara en falta una guía de los acontecimientos históricos que muy libremente recrea. No hubiera estado de más procurársela, sin duda, pero, aparte de que todas las piezas que integran la serie admiten con toda naturalidad ser leídas sin ningún tipo de agarradero, resulta muy sencillo, en la actualidad, obtener en la red resúmenes solventes y bien articulados de aquellos sucesos. Baste recordar aquí que los hechos bélicos a los alude Valle remiten a los primeros meses de la tercera y última guerra carlista, la que se desarrolló entre 1872 y 1876, cuyos ecos llegó a escuchar el propio Valle durante su infancia. Concretamente, la acción de El resplandor de la hoguera y de Gerifaltes de antaño admite ser ubicada en la primavera y el otoño del año 1873, respectivamente. Si bien Valle se documentó profusamente para escribir la serie, se permite toda clase de licencias con los datos en juego y mezcla personajes ficticios con otros bien reales, empezando por el mismísimo Pretendiente, Carlos VII, duque de Madrid, y su familia. En Gerifaltes de antaño, la figura del cura Santa Cruz es rigurosamente histórica, como le es también su enfrentamiento con el general carlista Antonio Lizárraga, su superior en la zona. Todo apunta a pensar que Valle proyectaba adentrarse progresivamente en el desarrollo de la guerra, atraído sobre todo por el espíritu que animaba las partidas de voluntarios, como la que lideraba Santa Cruz. Probablemente fue la dificultad de orquestar una visión global de los hechos militares con la acción anárquica de las partidas una de las razones que disuadieron a Valle de perseverar en su empeño, que exigía una cronología implícita casi imposible de imponer a una acción tan fragmentada. A lo que cabe sumar el presumible desinflamiento de la visión altamente idealizada que en un principio tenía Valle de la guerra, una visión de la que se iría alejando conforme sus trabajos de documentación y su propia recreación imaginaria de los acontecimientos lo enfrentara cada vez más crudamente a los horrores del conflicto.

cap-4

LA GUERRA CARLISTA

cap-5

LOS CRUZADOS DE LA CAUSA