9501 a. C. Samotracia, Grecia
—Esos cabrones le han rebanado el cuello. Le han destrozado las cuerdas vocales.
Falcyn soltó una palabrota mientras se trasladaba desde las gélidas profundidades de su guarida y se materializaba en la oscura cueva de su hermano Maxis, que llegaba arrastrando tras él a Illarion. Habían pasado años buscando a su hermano menor, un dragón que había sido capturado por los humanos, a cuyas manos sabrían los dioses qué horrores había padecido. Pero la búsqueda del joven dragón había sido infructuosa.
Hasta ese momento.
Maxis, que era tan grande que apenas podía pasar por la entrada de la cueva, soltó a su hermano pequeño y lo dejó tirado en el suelo. La sangre cubría sus escamas amarillentas y anaranjadas. Tenía las alas rotas, extendidas sobre el frío suelo de tierra.
Illarion luchaba para mantenerse consciente y respiraba de forma superficial. Parpadeó despacio con sus ojos ofídicos de color amarillo. Hasta ese gesto le dolía.
Todo ese dolor innecesario irradiaba del joven dragón y le llegaba a Falcyn hasta el alma. Y lo cabreaba tanto que sus ojos adoptaron un intenso tono rojo a medida que lo abrumaba la sed de venganza. Consciente de que no podía ayudar a su hermano en su forma natural de dragón, adoptó la odiada forma humana.
En cuanto lo hizo, Illarion soltó un siseo desde el fondo de la garganta y se colocó en posición de ataque, aunque el simple hecho de moverse debía de provocarle un dolor agónico.
—Tranquilo, hermanito —le dijo Falcyn en drakyn, su lengua materna, la lengua verdadera que hablaban todos los dragones y que en los oídos humanos sonaba incomprensible y feroz. Extendió las manos hacia Illarion para tranquilizarlo. Aunque hubiera adoptado temporalmente apariencia humana, era y siempre sería un dragón en su corazón y en su alma—. Me conoces. Necesito adoptar esta forma para curarte. Cálmate para evitar males mayores.
Una solitaria lágrima cristalina resbaló desde la esquina de uno de los ojos ofídicos de Illarion.
En ese momento, Falcyn odió a los humanos más que nunca, algo que jamás habría creído posible. Extendió una mano para acariciar el hocico cubierto de escamas grises de su hermano.
—Tranquilo...
Illarion retrocedió, lo que provocó que perdiera el conocimiento.
Maxis jadeó mientras acariciaba con delicadeza a su hermano, bastante más menudo que él, y plegó las alas.
Aunque Max era una bestia gigantesca capaz de tragárselo de un solo bocado mientras siguiera en forma humana, Falcyn le dio un empujón en la cabeza para apartarlo de Illarion.
—Yaya, ha perdido el conocimiento a causa del dolor. Quita ese culo de en medio para que pueda ayudarlo.
Max se apartó para dejarle espacio.
—¿Vivirá?
—No lo sé. ¿Dónde lo has encontrado?
—No he sido yo. Me ha encontrado él a mí. —La culpa y el sufrimiento brillaron en los ojos de Max—. Ya no puede lanzar el grito de guerra. Esos cabrones le han robado la habilidad al rebanarle el cuello.
Falcyn apretó más los dientes mientras la rabia se apoderaba de él.
—En ese caso, tendremos que enseñarle otra manera de llamarnos. Una que nadie le pueda arrebatar.
Max asintió con la cabeza y desvió la vista.
—Esto es culpa mía.
—¡No empieces!
—Lo es y lo sabes. Mi madre se lo entregó a los humanos para vengarse de mí por lo que le dije. Si hubiera cooperado... si le hubiera dado lo que...
—Habría destrozado el mundo e Illarion habría sufrido de todas formas su crueldad. Las lilit carecen de la capacidad de preocuparse por sus crías. Lo sabes. Mi propia madre fue testigo de cómo me sacrificaban nada más nacer. Eso me enseñó que estamos solos en este mundo, desde que nacemos hasta que morimos, lo que me dejó amargado y asqueado.
Max tragó saliva antes de volver a hablar.
—¿Por eso puedes adoptar forma humana mientras que ningún otro dragón puede hacerlo?
Falcyn no respondió a esa pregunta. Era el único tema del que no hablaba.
Con nadie.
Nadie tenía por qué saberlo todo sobre él. Ni siquiera aquellos a quienes consideraba sus hermanos.
Y tampoco era el único dragón capaz de cambiar de forma.
Claro que había muchas cosas que sus hermanos y hermanas no tenían por qué conocer sobre el mundo.
—Sus heridas físicas no son demasiado graves —dijo, cambiando de tema—. No deberíamos tener problemas para curarlo.
—¿Pero?
—Solo es un niño. Me asusta que le hayan provocado algún daño mental.
—A mí también. Lo utilizaban para luchar en sus guerras. Montándolo como si fuera una bestia sin raciocinio.
Falcyn se estremeció. Era una lástima que Illarion no fuera un drakomas ya desarrollado. Porque los humanos merecían esa ferocidad.
No la del pequeño que yacía indefenso a sus pies. Un pequeño dragón que había sido incapaz de luchar contra ellos y de combatirlos con el fuego de dragón y la furia que merecían.
En ese momento sintió cómo se agitaba el demonio que moraba en su interior. Ansiaba prenderle fuego al mundo y observar cómo quedaba reducido a cenizas. Si los humanos supieran hasta qué punto lo tentaba la idea de destruirlos, jamás volverían a pegar ojo.
En ocasiones como esa, debía echar mano de toda su fuerza de voluntad para no rendirse a la oscuridad que lo quemaba por dentro y que reclamaba los corazones y las almas de todos los seres vivos.
Hasta de los mismos dioses.
Por eso le resultaba tan difícil identificarse con Maxis.
Su hermano era medio arel, mientras que él era todo lo contrario. Maxis solo veía el bien, incluso en los seres más corruptos.
La verdad, resultaba vomitivo. El afán de su hermano por ayudar a los demás. Esa necesidad innata que tenía de proteger y de servir. Repugnante, incluso.
Illarion había probado por primera vez lo que era la humanidad. Y al igual que le sucedió a él, había sido una experiencia amarga. Si el joven dragón sobrevivía a la experiencia, no contaría con la sangre de Max, que ansiaba proteger a esas sabandijas humanas que lo habían torturado.
El padre de Illarion era el dios griego Ares. El dios de la guerra. Los humanos no sabían con qué habían estado jugando. Dada la sangre que corría por sus venas, podría convertirse en uno de los más fuertes de su especie cuando alcanzara la madurez.
Un dragón con poderes increíbles e inigualables.
La mano de Falcyn se demoró sobre el lugar donde los humanos habían marcado a Illarion como si fuera ganado. La marca estaba infectada y sangraba.
Era una lástima, pero le dejaría una cicatriz tan horrorosa como la que iba a sufrir su mente a causa de la terrible experiencia.
Que los dioses se apiadaran de ellos.
Porque Illarion no iba a hacerlo.
Año 619, día de San Jorge
—Si estuvieras como una cuba, supongo que la mayoría de los candidatos de esta noche tendrían una oportunidad al enfrentarse a ti.
Edilyn ferch Iago contuvo una carcajada al oír las inesperadas palabras de Virag.
—Chitón... no me metas en más líos.
Virag, que era apenas tan grande como su dedo índice, la miró con una fingida expresión de inocencia y una ceja enarcada.
—¿Qué quieres que haga si esos capullos son tan imbéciles que no reconocen tu exuberancia cuando la ven?
Recorrió el sucio y desgastado alféizar de la ventana abierta imitando las voces de los lugareños que oía pasar por delante, haciendo muecas y gestos obscenos para acompañar las conversaciones inocentes de esas personas.
A Edilyn le costó la misma vida no echarse a reír.
—Como no pares, tendré que meterte de nuevo en tu frasco.
Él resopló con desdén.
—Menuda amenaza. Me gusta mi frasco. Es mucho mejor que estar aquí fuera con todos estos... —Miró la calle e hizo un mohín con la nariz antes de añadir—: Seres. —Se estremeció y se sentó en el alféizar mientras la observaba con más desdén si cabía. Una ligera brisa le agitaba las delicadas alas doradas—. ¿Por qué te has vuelto a vestir así?
—Es el día de San Jorge.
—Ah. —Virag soltó un largo suspiro—. El año ha pasado deprisa. Bueno, ¿qué vas a hacer para que los dragones no te acepten esta vez?
Edilyn se mordió el labio y se acercó para enseñarle el frasquito que le había comprado a la vieja bruja que vivía en la linde del bosque. Se lo ofreció.
—Es el extracto de entrañas de oso podridas.
Virag protestó con vehemencia y se dejó caer de espaldas entre arcadas.
—Seguro que funciona —consiguió decir entre jadeos—. Sí. Y por favor... báñate antes de volver esta noche. Se me han llenado los ojos de lágrimas. Y me arden.
Bizqueó, sacó la lengua y fingió sufrir los estertores de la muerte al tiempo que dejaba la pierna y el brazo izquierdos colgando por el alféizar mientras jadeaba y echaba espumarajos por la boca.
Edilyn se echó a reír al ver las payasadas de su hermano. Costaba mucho tomárselo en serio cuando adoptaba su forma natural: la de silfo de piel, pelo y ojos dorados, con alas y todo. Con esa apariencia poseía una belleza etérea muy distinta de la bestia oscura y aterradora en la que sabía que se podía transformar.
—¿Qué clase de hada eres?
—No soy un hada —masculló, indignado, a la vez que agitaba las piernas cubiertas de pelo en su dirección—. ¡Soy una kikimora macho! ¡Por favor! Respirar los vapores de ese extracto ya te ha alterado el seso. Si inhalas un poco más, te volverás tan idiota como esos burros de ahí fuera.
Edilyn resopló.
—Como si tú no olieras peor casi siempre.
Él se echó a reír.
—Solo cuando me emborracho con bayas de saúco, o con moras, o... —Hizo una pausa para admitir la veracidad de su acusación—. En fin, a lo mejor tienes razón.
Se incorporó y dobló una rodilla para apoyar la barbilla en ella y observar a Edilyn mientras ella acababa de vestirse con una ropa muy poco favorecedora.
Virag era muy atractivo, con su pelo corto y de punta y sus facciones afiladas. Pero era su personalidad, así como su forma de cuidarla, lo que hacía que Edilyn lo quisiera con locura.
Desde el día que apareció por arte de magia en su habitación, tres días después de la muerte de su padre, Edilyn se había consagrado por completo a su hermano mayor. Haría cualquier cosa por él.
Claro que Virag no necesitaba su ayuda, porque poseía poderes divinos. A decir verdad, no entendía por qué había llegado a su vida ni por qué seguía en ella. Le gustaba pensar que la quería, pero la leyenda decía que las kikimoras eran incapaces de experimentar esa emoción. Al parecer, los espíritus inmortales de las pesadillas carecían de emociones tiernas.
En cambio, eran criaturas egoístas y vanidosas que utilizaban las debilidades humanas para aprovecharse de los demás. Para manipular a los humanos en nombre de los dioses o de los poderes superiores a los que estaban esclavizados o con los que se habían visto obligados a hacer un trato.
Sin embargo, y pese a sus esporádicas y rudas amenazas, Virag permanecía a su lado. Leal en todo momento. Protector en todo momento, incluso amable con ella.
Era igual que su madre, que como él también fue una kikimora pura. Solo que su madre había hecho un trato y había renunciado a su inmortalidad a fin de convertirse en humana para poder casarse con el padre de Edilyn.
Era algo de lo que nunca hablaban, ya que enfurecía muchísimo a Virag.
—¿Qué tal estoy?
Edilyn se volvió y extendió los brazos para mostrarle la vestimenta que había escogido ese día.
Él se echó a reír con unas carcajadas que la habrían ofendido de no ser esa la reacción que buscaba.
—Ridícula.
Sonrió mientras cogía el casco con cuernos.
—Bien. Eso era lo que quería.
Virag soltó un gruñido asqueado y desdeñoso.
—En nombre de Samhaim, ¿qué llevas en la cabeza?
—Mi casco de combate.
Su hermano hizo una mueca de absoluto espanto.
—¿Qué eres? ¿Un toro?
—¿Qué? —Fingió una expresión inocente—. Los dragones tienen cuernos. Solo intento mimetizarme.
—No eres un dragón —le recordó Virag con voz seca y hosca.
—Cierto.
Su hermano soltó otro gemido.
—Gracias a los dioses que tus padres están muertos. Me estremezco al pensar lo que dirían si te vieran de esta guisa.
Ella le sacó la lengua.
—¿No tienes que asustar o atormentar a alguna ancianita?
Virag se rascó el mentón y dejó que las piernas colgaran por el alféizar de la ventana para mecerlas en el aire.
—La verdad es que no. Prefiero darte la tabarra a ti. Es mucho más divertido.
—Genial. —Edilyn soltó un suspiro cansado.
Estaba a punto de extenderse el extracto de entrañas por la piel cuando Virag la detuvo.
—En serio, preciosa... es demasiado. Con lo espantosa que es esa ridícula ropa que llevas, no necesitas apestar. Ningún dragón va a elegir a alguien con ese scytel. Tendrás suerte si no salen corriendo al verte llegar. Seguramente se largarán del salón como si hubiera un incendio. Incluso puede que se marchen de Ynys Prydein.
Edilyn cerró el frasquito y sonrió de nuevo.
—Bien. —Lo último que le apetecía era que la obligaran a emparejarse con una criatura híbrida que se había comido a su padre. Y seguramente también se habría comido al suyo propio—. No entiendo por qué los necesitamos para nuestro ejército. ¿Qué hay de malo en ir a lomos de un caballo?
—En primer lugar, no pueden volar. —Virag agitó las alas para que ella las viera—. Algo que a mí me gusta bastante y que recomiendo encarecidamente. Pobrecita, lo que te pierdes.
—¿Y qué? Ir por la vida con los pies plantados en el suelo tiene muchas ventajas. No puedo romperme un ala y caer desde cien metros de altura para acabar en el suelo con todos los huesos machacados y convertida en un charco de sangre que alguien tendrá que recoger después con una cuchara.
—En segundo lugar... —siguió él, que pasó por alto su interrupción—, los caballos acaban envueltos en llamas cuando los dragones atacan con su aliento de fuego. Otros dragones no hacen eso. Responden con su propio fuego.
En eso tenía razón. Aun así, no pensaba admitirlo.
—Los caballos ocupan mucho menos sitio y no comen tanto como para acabar perdiendo la casa.
—Yo no estoy muy de acuerdo. Los caballos comen mucho, incluidos tus zapatos.
—Tonterías. —Edilyn hizo un mohín con la nariz mientras se ceñía la espada al cinto—. Es una estupidez celebrar esta tradición el mismo día que se conmemora a un santo que mataba dragones, ¿no crees?
—Tal vez. Pero es más una tradición de domesticación. El hombre que somete a la bestia y todas esas chorradas.
—¿De verdad lo crees?
—¿Le estás preguntando a un demonio de las pesadillas si cree que un mero mortal puede domesticar a un dragón? Claro. ¿Por qué no? Me lo voy a tragar. He visto cosas más raras en mis tiempos, como una kikimora que renuncia a su inmortalidad para convertirse en una sucia labriega en un reino perdido de la mano de los dioses del que nadie ha oído hablar en la vida. Penllyn... ¿en serio?
Edilyn puso los ojos en blanco al oír el sarcasmo con el que hablaba de la decisión de su madre, un tema que seguía echándole en cara. Mientras tanto, la soñadora que moraba en ella creía que era lo más romántico que había oído en la vida.
Aunque no lo más práctico, sobre todo teniendo en cuenta que a la postre le había costado la vida a su madre.
Y también a su padre.
Por desgracia, nunca había conocido a un hombre tan honorable como su padre. Ni tan cariñoso o feroz. Si existía, desde luego que no vivía en Penllyn. Con razón su madre no había querido renunciar a un individuo tan excepcional como él. Un unicornio de semejante calibre había que atesorarlo y retenerlo.
Edilyn miró a Virag con una sonrisa nostálgica.
—Solo quiero ser una guerrera. Como mi padre.
—En ese caso, yo quiero lo mismo para ti.
—Gracias.
—De nada. Que nunca vivas para arrepentirte de las decisiones que tomas.
Y tras decir eso, se puso en pie y voló desde el alféizar hasta el frasquito verde que era su hogar. Con un destello de luz blanca, desapareció en su interior.
Edilyn cogió el frasco con cuidado y se lo ató en torno al cuello con un grueso cordón de cuero negro antes de ocultarlo bajo la túnica.
—No puedo ver. ¡Déjame salir!
—¿Estás seguro?
—Totalmente. Quiero presenciar toda la farsa con mis propios ojos.
Se echó a reír al oír el tono seco de su hermano y le dio el gusto, permitiendo que el frasquito colgara por fuera de la túnica naranja, de modo que pudiera ver. Acto seguido, cogió el arco que su padre le había hecho y se dispuso a ir al Gran Salón, donde la celebración estaría en pleno apogeo.
Pero como de costumbre, su corazón no estaba para celebraciones y ni mucho menos lo sentía ligero.
—¿Por qué la humanidad carga con la maldición de que los sueños más anhelados son los más difíciles de conseguir?
Edilyn suspiró al hacer esa pregunta retórica, la misma que la atormentaba desde hacía años. Una mujer en sus cabales se rendiría y abandonaría la infructuosa búsqueda de su corazón.
Ojalá fuera una mujer en sus cabales...
Tomó una honda bocanada de aire y echó un vistazo por la espartana y poco acogedora estancia que le servía de dormitorio desde que su padre murió en combate. Rezaba para no tener que volver a verla a partir de ese día, y para no verse obligada a trabajar en los terribles campos con el resto de los huérfanos empobrecidos que la iglesia había acogido.
Ese año por fin conseguiría hacerle entender al brenin Cynfryn que podía ser una guerrera sin un dragón como compañero.
Decidida a no desviarse de su objetivo, cogió el usado arco de guerra con una mano enguantada. Al hacerlo, la asaltó el recuerdo de esos ocho años de fracasos y penas, un recuerdo que le provocó un amargo nudo en la garganta. «No pienses en eso», se ordenó. El pasado no tenía importancia.
Solo importaba el presente.
Ese día sería distinto. Lo sentía en lo más hondo. El destino por fin se fijaría en ella y la recompensaría por su diligencia y su perseverancia.
Lo haría.
Confiaba con desesperación en no estar engañándose, una vez más. Edilyn alzó la barbilla y se colgó el carcaj de cuero marrón al hombro antes de salir de la pequeña cabaña y poner rumbo al Gran Salón, donde todos los habitantes del pueblo se habían reunido para disfrutar de las celebraciones del día y realizar las pruebas de armas.
Llevaba ocho años ganando todas las pruebas en las que participaba. Todo el mundo sabía que, al igual que su padre, era la mejor arquera de todos los presentes. Su habilidad con la espada era comparable a la de los mejores guerreros de su clan, y aunque podían vencerla con la fuerza bruta, jamás lo harían en habilidad. Incluso había ganado la carrera de obstáculos a pie.
Ocho años seguidos.
Pero el brenin Cynfryn seguía negándose a darle la libertad.
«¡Ya basta! La vida no es justa, lo sabes. No se supone que debe serlo.»
Si lo fuera, sus padres seguirían a su lado.
Se negaba en redondo a dejar que los pensamientos negativos le arrebatasen el valor o minasen su confianza mientras se acercaba al enorme edificio que dominaba su pueblecito.
Nada ni nadie se interpondría en su camino. No en esa ocasión. De una forma o de otra, iba a demostrarles a todos que era digna de ser uno de los marchawgion del brenin.
—¡Largo! ¡Aquí no te queremos!
Preocupada por la posibilidad de que el furioso grito fuera dirigido a ella, Edilyn aminoró el paso al acercarse a las enormes puertas de roble, decoradas con recargadas bisagras de hierro. En ese momento se percató de que los dos guardias empujaban a un anciano que iba envuelto en harapos y pieles sucias.
—¿Cuántos años vamos a tener que echarte, piltrafa?
Con una obstinación admirable, el anciano se negó a moverse.
—Me han entregado una invitación, como a todos los demás. ¿No está abierto a todo el mundo?
La vieja voz apenas era un susurro ronco que brotaba de la profundidad de su harapienta capucha, más grande de la cuenta y con forma de cabeza de lobo para no dejar a la vista sus facciones.
—Los mendigos no son bienvenidos. ¡Ahora largo, antes de que te eche a los perros! ¡No nos molestes más!
En esa ocasión lo empujaron con tanta fuerza que se habría caído si Edilyn no lo hubiera sujetado. Sin embargo, el gesto amable le salió caro, ya que recibió un doloroso golpe en el pecho; el anciano pesaba más y era mucho más corpulento de lo que indicaba su aspecto encorvado y harapiento.
Contuvo el grito de dolor, lo ayudó a recuperar el equilibrio y después se apartó para hablarles a los guardias.
—Tiene razón. Es el día de San Jorge. ¿No deberíamos mostrar nuestro mejor comportamiento? Al fin y al cabo, antes de morir el bendito santo lo entregó todo a los que eran menos afortunados que él. Seguro que nosotros también podemos ser un poco caritativos con aquellos que están pasando necesidades, ¿no?
El guardia la miró con desdén.
—¿Comerías con alguien que apesta como la mierda que sale del culo de un caballo?
«Antes que comer con un dragón...»
Tuvo el buen juicio de reservarse la opinión.
Lo que hizo fue mirar con una sonrisa amable al anciano, que guardaba un extraño silencio.
—Mejor comer con alguien que huele a culo que comportarse como alguien que piensa con eso mismo. El hedor se puede lavar. El que es imbécil hoy lo será también mañana.
El guardia hizo una mueca al ver que Edilyn se cogía del brazo del anciano y, desafiando su manifiesta crueldad, lo acompañaba al interior. Sin embargo, su victoria solo duró hasta que las palabras del guardia la golpearon como un mazazo.
—Hablando de culos: por lo gordo que tiene el suyo, está claro que no se ha saltado ni una sola comida y que come a todas horas y en cualquier sitio. Además de con cualquiera.
El otro guardia se echó a reír por la grosería mientras ella apretaba los dientes y se negaba a darles la satisfacción de que supieran que esas palabras tan crueles habían dado en el blanco y habían dejado otra herida sangrante en su corazón.
—No les haga caso, milady. Usted es con diferencia la más hermosa de este lugar.
Sonrió al oír las palabras amables del anciano y le dio unas palmaditas en el brazo. El hombre tenía que ser ciego además de pobre.
—Muchas gracias, amable caballero. Pero no soy una dama. Solo soy la hija de un arquero.
—Supongo que tu padre está muy orgulloso de ti —dijo él, tuteándola.
Esas palabras le provocaron un nudo en la garganta.
—Me gustaría creer que es así.
—¿Ha muerto?
—Sí. Murió cuando yo era una niña.
—Siento oírlo.
Lo miró con una sonrisa amable.
—Yo también lo sentí. Lo era todo para mí: un buen hombre de carácter alegre y un padre maravilloso. Lo echo muchísimo de menos.
El frasquito que llevaba al cuello se calentó, como siempre sucedía cuando Virag quería hacerle saber que estaba a su lado y le enviaba su amor y su cariño.
Edilyn soltó el brazo del anciano para mostrarle su más preciada posesión, su adorado arco.
—Pero me dio esto, justo antes de que la guerra me lo arrebatara.
Con una sonrisa agridulce, acarició las runas que su padre había tallado justo por encima de la empuñadura mientras ella lo veía trabajar la madera con mirada ansiosa.
—¿Mi querida Edilyn?
Asintió con la cabeza y parpadeó para contener las repentinas lágrimas. Echaba muchísimo de menos a su padre. En lugar de superar poco a poco la pérdida, su ausencia parecía dolerle más con el paso de los años.
Lo mismo podía decir de su madre.
Carraspeó antes de contestar:
—Me fabricó el arco con la madera de tejo más dura que pudo encontrar y luego me lo regaló en mi cumpleaños. Como solo estábamos nosotros dos, pasábamos horas practicando. Todos los días. Las mujeres del pueblo solían decir que usaba tanto mi arco que tenía los brazos de un hombre.
Frunció el ceño al recordar que, según la tradición, talar un tejo daba mala suerte. Se suponía que cualquiera que se atreviera a hacerlo moriría en menos de un año.
¿Era una coincidencia que su padre hubiera muerto el décimo tercer día del undécimo mes después de haber cortado la madera para su arco? Siempre se lo había preguntado.
Reticente a seguir pensando en algo que siempre la acompañaba cada vez que empuñaba el arco, condujo al anciano a un asiento.
—Descansa aquí, te traeré algo de comida.
Él la obedeció sin quitarse siquiera la sucia y ajada capa.
Mientras se abría paso por la estancia, oyó incontables conversaciones que le resultaban familiares...
Aunque las estaciones y los años pasaban, la gente y sus preocupaciones siempre eran las mismas. Había oído tantas veces sus cotilleos y sus lamentos que se los sabía de memoria. Al llegar a esa repentina conclusión, tuvo que contener una carcajada al recordar los aspavientos de Virag en su cabaña.
Su hermano era pura maldad.
—¿Crees que vendrá este año?
—¿El Venerable Draco? No, no creo. Nunca lo hace. Me han dicho que no le gustan la pompa y el boato.
—Tengo entendido que el brenin le ofreció a su única hija en matrimonio para que se uniera a nuestras filas.
Otro noble resopló.
—Yo he oído que entregaría a uno de sus hijos en matrimonio con tal de que fuera nuestro guardián. Así son sus habilidades. Se dice que nadie puede derrotarlo.
—Lo del hijo no es nada. Yo tengo entendido que le entregaría los testículos para conseguirlo.
Se echaron a reír por algo que parecía bastante cierto, conociendo a su brenin. Algo que también explicaba que Morla fuera ataviada con una armadura tan hermosa y cara. No cabía la menor duda de que esperaba cumplir los deseos de su padre y llamar la atención de uno de los dragones más viejos y letales del clan. El misterioso Illarion Kattalakis, a quien nadie había visto jamás.
Ni siquiera los propios dragones. Sus hazañas se comentaban entre susurros, como si temieran ofenderlo al pronunciar su nombre en voz demasiado alta.
Era más una leyenda que una realidad. Un hechicero misterioso cuyo poder y habilidades no tenían parangón y que odiaba a los humanos con una ferocidad igual de legendaria. Más viejo que el mundo, solo abandonaba su guarida para dar caza a aquellos que lo habían enfurecido. Y a esos necios los aniquilaba con su aliento de fuego.
Corrían rumores de que protegía antiguos tesoros y armas forjadas por los ancestrales dioses paganos. Algunos incluso creían que era el guardián del Santo Grial. Otros especulaban con la idea de que fue la serpiente que tentó a Eva en el Jardín del Edén.
No sabía de ninguna otra criatura que suscitara rumores más descabellados. Muchos aseguraban que era el personaje en el que se basaba el nuevo poema que cantaban los gautas, los jutos y los ylfing que habían llegado a sus costas y que narraba la historia del noble Beowulf, asesinado después de que un esclavo robara una copa dorada de la misteriosa cueva de un dragón. Furioso por el robo, el dragón había asolado sus asentamientos y había exigido que devolvieran la copa encantada y la cabeza de su ladrón.
Después de todas las nobles batallas y las victorias, entre las que se incluía la muerte del infame Grendel y de su madre, Beowulf había sucumbido a la feroz habilidad del dragón.
Algunos poemas decían que Beowulf había matado al dragón antes de morir a causa de sus heridas, pero otros decían que eso era una absoluta falsedad, inventada por el clan de Beowulf para no sentirse humillados. Que el dragón había recuperado su copa y se había dado un festín con los corazones y las cabezas de todos los que habían participado en el robo.
La historia la llevaba a preguntarse qué aspecto tendría en realidad semejante bestia. Aunque le daba lo mismo. Odiaba a todos los dragones por lo que les habían hecho a su padre y a su pueblo. El único dragón bueno era el dragón muerto. Lo que sentía era simple curiosidad por esa criatura que inspiraba leyendas tan fantasiosas.
Nada más.
Mientras su cabeza divagaba sobre cómo iba a ser el día que estaba por llegar y cómo quería que acabase, con las cosas a su favor, por supuesto, Edilyn preparó un plato para el desconocido.
Hizo ademán de coger una copa de aguamiel y en ese momento sintió que unos furiosos ojos la fulminaban. Levantó la vista y vio que Morla miraba su ropa con expresión asqueada.
Alta, delgada y con un pelo tan dorado que parecía tejido por las hadas, la muchacha de noble linaje observó el plato de comida que había preparado.
—¿No tienes comida en casa?
Su amiga de cabello oscuro, lady Nesta, resopló.
—Con razón tiene el cuerpo de un hombre, si come como tres.
Molesta por esas malcriadas que nunca habían pasado hambre ni penurias en la vida, mucho menos el dolor que la acompañaba a ella a todas horas, ni se molestó en sacarlas de su error. No valía la pena malgastar el tiempo con ellas. Así que le llevó el plato a su invitado, que parecía observar a Morla y a Nesta con mucho interés. Claro que no podía culparlo. Eran dos de las muchachas más ricas y hermosas del pueblo, y todos los hombres, ya fueran jóvenes o ancianos, venderían su alma por pasar una noche con ellas.
Ojalá ellas no lo supieran. Y ojalá no hubieran dejado que esa certeza se les subiera a la cabeza. Porque si se les subía un poco más, acabarían saliendo por el techo del Gran Salón y no volverían a tocar el suelo en la vida.
Pero eso era problema de ellas. No suyo.
Dando gracias por no tener que vivir con esos dos egos enormes y con sus malcriados cambios de humor, Edilyn dejó el plato de comida delante de su nuevo amigo. En cuanto se apartó, las puertas se abrieron para dar paso a sus esperados invitados de honor.
El clan de los dragones.
Al verlos entrar en el salón, ataviados con sus elegantes atuendos, hizo una mueca desdeñosa sin darse cuenta. Las armaduras de cuero oscuro estaban ribeteadas de oro y de plata, unos adornos que relucían a la luz del sol que se colaba por las ventanas. Más hermosos que cualquier humano, asistían a la Trilla por un motivo: iban a escoger a los guerreros más nobles y más habilidosos del clan para que fueran sus compañeros en la guerra.
Y en la vida.
El hecho de que la escogieran supuestamente era el mayor honor que podía recibir. Los hombres y las mujeres del clan se daban codazos por disfrutar de esa oportunidad y casi no hablaban de otra cosa durante el resto del año. Todos los jóvenes con la edad apropiada practicaban para ese día con la esperanza de ser elegidos para vivir con ellos.
Era lo último que ella deseaba.
—¿Por qué tiemblas tanto?
Temblaba de rabia. Pero no le contestó al anciano. No podía.
—¿Tienes miedo?
—No —respondió con desdén.
—¿Ni siquiera un poquito?
Ella negó con la cabeza.
—Ni siquiera un poquito —dijo, repitiendo sus palabras—. Es que me preocupa pasar la prueba.
—¿A qué te refieres?
El dolor se le clavó en el alma al oír la inocente pregunta, porque la obligó a recordar cosas que prefería mantener enterradas. Pero ¿qué sentido tenía? Antes de poder contenerse, la verdad brotó de sus labios.
—Todos los años me presento ante el brenin con mis habilidades y gano a todos los hombres de mi clan.
—En ese caso, ¿cuál es el problema? ¿Por qué no estás emparejada con un dragón?
—No quiero estarlo. De hecho, quiero que el brenin me escoja como marchoges.
—Pero ¿no para los dragones? ¿Por qué?
—Porque sabe que les rompería las espaldas y los dejaría lisiados —dijo Gryffyth al pasar junto a ellos.
Sus amigos estallaron en carcajadas.
Edilyn reprimió las ganas de tirarle algo a la cabeza a ese capullo arrogante y fulminó al muy imbécil con la mirada mientras sus amigos y él se internaban en la multitud.
Claro que no era tan maleducada como para llegar a ese extremo.
Se volvió de nuevo hacia el anciano.
—No tengo el menor interés en que me escoja un dragón. De hecho, nunca me presento a la Trilla. Siempre me aparto cuando empieza. Quiero valerme por mí misma. Pero el brenin me niega esa posibilidad. Todos los años. Solo quiere draigogion para su ejército.
Nada más decirlo llamaron a los participantes para que se reunieran.
Edilyn miró a su invitado.
—¿Necesitas algo más antes de que me reúna con ellos?
—No, milady. Buena suerte.
—Lo mismo te digo... —Se puso colorada al darse cuenta de lo grosera que había sido—. Siento mucho no haberte preguntado tu nombre. Qué maleducada.
—Has sido de todo menos maleducada, querida Edilyn. Llámame Emanon.
—Emanon. Ha sido un placer ayudarte. —Hizo una leve genuflexión y luego corrió para reunirse con los demás.
El anciano permaneció sentado en silencio mientras veía a Edilyn abrirse paso entre la multitud. Era más alta que la mayoría de los hombres y tenía una belleza exótica que la hacía destacar sobre los demás. O tal vez fuera su ansia de vivir. Su inocente exuberancia al enfrentarse a la negatividad del resto de los presentes.
Era como un faro en mitad de su tormenta de tedio.
Nunca había visto a una persona tan decidida a enfrentarse a la adversidad. Se puso en pie y se mantuvo por detrás de la multitud para poder ver cómo competía. Su largo pelo negro ondeaba a su espalda como un pendón de ébano al viento mientras corría para colocarse junto a los demás. Tenía las mejillas sonrojadas por el ejercicio, y sus generosos pechos subían y bajaban por la emoción.
Sí, su cuerpo exuberante y generoso delataba que no solo tenía un gran apetito por la vida, sino en todos los aspectos.
Varias mujeres hicieron muecas desdeñosas o pusieron los ojos en blanco al verla aparecer.
Ella sonrió en respuesta y les deseó suerte con un gesto atrevido. Era una muchacha muy alegre y dispuesta, aunque llevara una horrenda túnica naranja que le llegaba hasta los pies. La prenda estaba decorada con cintas verdes y azules de aspecto sucio o desvaído. Se había colocado unas ramitas con hojas en el pelo y un casco con cuernos. Emanon no sabía si quería parecen un silfo borracho, una flor ajada o...
O un toro borracho que se había estado revolcando en el campo.
Esa idea le arrancó una sonrisa poco habitual en él. Si había algo que apreciara en la vida, era que alguien se mostrara así de desafiante ante aquellos que querían hacerle daño.
—¿Ha venido contigo?
Emanon miró con los ojos entrecerrados al hombre que tenía más cerca tras oír la pregunta, formulada por el brenin con voz gruñona y dirigida a Tario Kattalakis. Tario, uno de los pocos Katagarios Dracos, era el líder del grupo que había ido para encontrar pareja entre los humanos. El ritual se practicaba desde hacía décadas en primavera, y era algo que asqueaba a Emanon.
Los dracos asistían todos los años, observaban a los humanos y desafiaban el decreto de los dioses griegos al escoger un compañero cuando todos sabían que solo las Moiras podían asignarles pareja. Esa era la clase de arrogancia que había provocado que su raza fuera maldecida.
Sin embargo, los Katagarios Dracos se creían por encima de dicho decreto porque su progenitor, Illarion, era hijo de Ares y lo habían vinculado biológicamente en contra de su voluntad con el príncipe arcadio que era nieto de la diosa Nix.
Imbéciles.
Illarion nunca intervendría para salvarlos de la ira de los dioses. A decir verdad, no le tenía más cariño a su especie híbrida que a los humanos. De hecho, había hecho todo lo posible para que su hermano los dejara morir después de que los creasen. Si habían sobrevivido, era por la benevolencia de Maxis Drago. Era a él a quien deberían pedirle ayuda.
No a Illarion.
Él era el dragón que se los entregaría gustoso a sus enemigos y que se reiría a carcajadas mientras los veía desangrarse a sus pies. Al hijo de Ares le daban igual esas criaturas. Le daban igual su raza y sus guerras. No sentía la menor obligación hacia ellos.
Y nunca la sentiría.
«Arded en el Tártaro, cabrones...»
Esa forma de tratar a Edilyn era justo el motivo de que Illarion detestara a los humanos. Precisamente el problema de los humanos era que rara vez se comportaban como tales. Y aquellos cuya genética estaba mezclada con la de un animal eran todavía peores. En vez de ser mejores, habían alcanzado nuevas cotas de crueldad.
Emanon apretó los dientes e hizo ademán de marcharse para no tener que aguantar un instante más su nauseabunda presencia, pero seguía mirando a Edilyn.
La vio frotar el frasquito que llevaba colgado al cuello con un cordón y esbozar esa sonrisa que lo encandilaba como ninguna otra cosa en el mundo. Joder. Lo dejaba sin aliento.
Y lo peor de todo era que le aceleraba el pulso y despertaba en él la necesidad de saborear sus labios. Por primera vez en su larguísima vida, sintió deseos de saborear la piel humana para disfrutar algo más que un rápido aperitivo sangriento.
Se moría por ella.
«En nombre de Hades, ¿qué me pasa?»
Mientras tanto, los hombres que tenía delante seguían hablando.
—No, no ha venido. Pero no temas. Somos más que capaces de proteger a tu pueblo.
—¿No ha recibido mi ofrecimiento de casarse con mi hija?
Tario suspiró.
—No se trata de eso. Dicen que es estéril.
—Yo he oído que está loco —añadió Bracis—. Al ser el primero de nuestra raza, fue incapaz de soportar el cambio de bestia a hombre. Aunque sobrevivió físicamente, su mente quedó destrozada.
—Es una pena. —El brenin soltó un suspiro cansado—. Nuestros enemigos son cada vez más osados y más fuertes. Perdimos la mitad de nuestros mejores guerreros en la última batalla.
—En fin, ya estamos aquí y nos ocuparemos de todo. —Tario volvió la cabeza hacia los participantes—. ¿Quién es la morena desarrapada que gana siempre?
—¿Edilyn?
—Sí. Se presenta todos los años. —Tario resopló y miró con sorna a Bracis—. Está bien entrada en carnes, ¿no?
El brenin meneó la cabeza.
—Creo que espera que uno de vosotros la escoja porque ninguno de mis hombres la quiere.
—¿Por qué no?
—Es una huérfana sin tierras. Sin dote. Sin familia. Lo único que tiene en este mundo es el arco que lleva consigo. Da pena, la verdad.
Sin embargo, ella, que tenía tan poco, demostraba más amabilidad que todos los demás juntos. Lo último que Emanon pensaría de Edilyn era que daba pena.
Después de verla correr, la respetó todavía más. Los otros participantes hacían todo lo posible por ponerle la zancadilla, sacarla del camino o hacer que se desviara del objetivo.
Edilyn no flaqueó ni tropezó. Firme y decidida, corrió con la cabeza bien alta y la vista clavada en el objetivo, sin prestar atención a los demás ni a las artimañas que usaban para entorpecerla. Nada ni nadie podría detenerla.
Al final cruzó la línea de meta en primer lugar. Muy por delante de los demás.
Había pasado mucho, muchísimo tiempo desde que presenciara semejante muestra de valor. Y en lugar de felicitarla por haber conseguido la victoria pese a las malas artes de los otros participantes, la fulminaron con la mirada. El odio que le profesaban aumentó de tal manera que él lo sintió como si fuera un ser vivo que crepitara en el aire, a su alrededor. Se le erizó el vello de la nuca al ver un mal tan evidente.
Aun así, ella continuó con elegancia y determinación. Incluso se volvió hacia él, le sonrió y lo saludó con la mano.
Sorprendido por el inesperado gesto, la miró boquiabierto y una extrañísima sensación invadió su estómago. Una sensación que aumentó su ansia. No la identificaba en absoluto. Nunca había experimentado nada parecido.
Edilyn se secó el sudor de la frente y se acercó a su arco para completar la última prueba. A Emanon no le había pasado desapercibido el gesto tierno que aparecía en sus exóticas facciones cada vez que tocaba la madera.
Sí, le tenía muchísimo cariño a ese arco.
La vio morderse el labio, una mueca entrañable de nerviosismo, mientras acariciaba con una mano enguantada las runas que había grabado su padre, como si la consolaran. Después, se colocó en su lugar delante del blanco que le correspondía y armó la flecha con sumo cuidado. Sostuvo el arco con la flecha preparada contra el muslo mientras esperaba pacientemente su turno para disparar.
Uno a uno los arqueros dispararon.
Cuando le tocó a Edilyn, levantó los brazos con la precisión que solo se conseguía tras años de práctica.
—Puedes hacerlo —susurró ella en voz tan baja que Emanon estaba convencido de que solo él la había oído.
Sin embargo, cuando tensó la cuerda para disparar, sucedió lo impensable.
El arco se partió por la mitad. La parte superior, junto con la flecha, cayó al suelo mientras que la parte inferior permanecía en sus manos, sujeta por la cuerda.
—¡No!
Se le llenaron los ojos de lágrimas al perder el último vínculo que le quedaba con su padre.
Morla, que iba vestida de punta en blanco, chasqueó la lengua.
—Una pena, la verdad. Pero de todas formas nadie te iba a escoger. Nadie te estaba prestando atención.
Acto seguido, disparó su flecha.
Emanon dio un paso hacia Edilyn de forma involuntaria, antes de ser consciente siquiera de lo que estaba haciendo. Sabía que nadie podría ofrecerle consuelo por lo que acababa de suceder.
Por lo que esa zorra rica acababa de arrebatarle sin miramientos y sin motivos, sin pensar en las consecuencias ni demostrar la mínima compasión.
Morla había roto el valioso arco de Edilyn para echarla de la competición porque sabía que no tenía la habilidad necesaria para batirla. Porque se negaba a pasar años practicando, hasta conseguir ese grado de habilidad. Además, tampoco le importaba lo que le arrebatase a otra persona. Solo le importaba conseguir lo que ella quería. A la mierda lo demás.
¿Cómo era capaz de hacer algo así?
De pronto se oyó un grito. En cuanto se acalló, la multitud que los rodeaba los atacó al unísono con saña. Se quitaron las capas y aparecieron los soldados que habían asistido a las celebraciones disfrazados de participantes.
Morla y el resto de los que habían competido para emparejarse con los dragones corrieron a ocultarse.
Menudos guerreros y menuda demostración de sus habilidades. Eso dejaba bien claras su lealtad y su valentía.
La única que permaneció firme fue Edilyn.
La vio coger el arco que Morla había soltado y después se colgó el carcaj en la espalda y empezó a disparar a sus enemigos, que estaban dando buena cuenta de los dragones Kattalakis y de los súbditos del brenin.
Asombrado e impresionado, Emanon vio cómo Edilyn protegía sin demostrar temor a los mismos capullos que habían sido tan crueles con ella. ¿Por qué? Era incapaz de entenderlo. Si fuera por él, los dejaría morir a todos. Solo protegería a sus hermanos y a su hermana.
Nadie más merecía que perdiera una sola gota de sangre.
Ese había sido su lema y su juramento.
Hasta que vio que estaban a punto de asestarle un golpe mortal a Edilyn por la espalda. Un golpe que no podría anticipar porque estaba luchando contra otros atacantes. En el tiempo que su corazón tardaba en latir, tomó la decisión que había jurado no tomar jamás.
Se abalanzó para salvar la vida de una humana y adoptó su verdadera forma de dragón.
Edilyn se quedó paralizada al ver que un gigantesco dragón se acercaba a ella. Con una enorme cabeza llena de púas, conformaba un muro de escamas amarillentas y anaranjadas que brillaban y reflejaban la luz del día. Aterrada, al principio creyó que la iba a atacar.
Sin embargo, en lugar de abalanzarse sobre ella, soltó una bocanada de fuego contra aquellos que se habían colado en su pueblo. Con un feroz siseo agitó la cola y bajó un ala negra hacia ella.
—Sube, mi señora Edilyn.
Ella se quedó boquiabierta al reconocer la voz grave que ya no hablaba con el deje de un anciano.
—¿Emanon?
Esos ofídicos ojos de color amarillo adoptaron una expresión tierna al tiempo que la miraba con una sonrisa tímida.
—Illarion. Y será un honor servirte.
En cuanto pronunció su verdadero nombre telepáticamente, sus enemigos corrieron hacia las puertas, batiéndose en retirada.
Pero Illarion no pensaba permitirlo. Una vez que Edilyn estuvo segura sobre su lomo, los persiguió para asegurarse de que nunca más amenazaban a su pueblo.
Edilyn se aferró con fuerza a sus escamas mientras sentía cómo los músculos de Illarion se tensaban bajo sus muslos. Una silla de montar y unas riendas apareciendo por arte de magia para ella, junto con un arnés que la afianzaba de tal manera que nada podría arrancarla de su montura. Era como si estuviera soldada a la silla.
El miedo y el respeto por el inmenso poder de ese dragón se mezclaron en su interior mientras observaba cómo reducía a cenizas a sus enemigos sin esforzarse siquiera. Contuvo el aliento, maravillada y presa de los temblores, mientras rezaba para que nunca desatara su furia contra ella.
—No tienes nada que temer de mí, Edilyn.
Ella no lo tenía tan claro. Y aunque siempre había despreciado las historias que hablaban de los poderes del Venerable Draco como meras fantasías, empezaba a preguntarse cuántos de esos rumores eran verdad.
Por el amor de Dios, era tal cual decían. Sus poderes sobrepasaban los de cualquier dragón que hubiera visto o que conociera.
Una vez que acabó con sus enemigos sin prácticamente esforzarse, volvió al campo donde se celebraba el torneo de arco y le permitió desmontar. Los cuerpos de los heridos y de los muertos los rodeaban. La zona estaba sumida en el caos mientras la gente buscaba a sus seres queridos e intentaba ayudar.
Aunque nunca le había gustado el trato que le habían dado a lo largo de los años, a Edilyn no le reportó satisfacción alguna verlos así. ¿Cómo podría alguien complacerse por el dolor ajeno? ¿Cómo podían querer hacer daño sin motivo? Nunca había entendido la crueldad.
¿Qué le pasaba a la gente?
Allí, delante de ella, Illarion adoptó la forma de un hombre. Solo que en esa ocasión no era un anciano ni iba encorvado.
Era glorioso.
Edilyn jadeó al clavar la vista en unos ojos entre azules y plateados en los que brillaban la inteligencia y la pasión. Nunca había visto unos ojos de semejante color. Y la miraban desde una cara que era la perfección masculina. Un mentón definido y fuerte, unos pómulos afilados y una nariz aguileña. Lo mejor de todo eran sus labios, que no se reían de ella ni esbozaban una sonrisa desdeñosa. Su largo pelo castaño cobrizo caía suelto y lucía varias trencitas adornadas con plumas.
—¿Has sufrido alguna herida durante la lucha? —le preguntó ella.
—Jamás a manos de un humano.
Se estremeció al darse cuenta de que la voz de Illarion no procedía de sus labios. De hecho, hablaba directamente a sus pensamientos. Con razón se había mantenido cubierto de los pies a la cabeza hasta ese momento. Seguro que quería ocultar que el anciano no hablaba de verdad, sino que enviaba sus pensamientos de forma telepática.
Con una ternura que desentonaba con su tamaño y con su fuerza, Illarion le secó las mejillas, mojadas por las lágrimas derramadas al ver su arco roto. La curiosidad ensombreció sus ojos mientras le rozaba los labios con el pulgar.
—¡Espera! —El brenin apareció corriendo—. Has elegido a la mujer equivocada. No es mi hija. Morla es guapa y rica. Es la mujer que buscas.
Illarion miró con irritación al hombre, mucho más bajo que él, al tiempo que apartaba la mano de la mejilla de Edilyn.
—No he venido a por una falsa princesa con un corazón marchito y un alma cruel que no valora nada, salvo su inflado ego.
Edilyn frunció el ceño al oír el deje desdeñoso de su voz.
—En ese caso, ¿qué has venido a buscar?
Illarion hizo un gesto muy típico de los dragones: ladeó la cabeza para mirar a sus congéneres y luego al brenin.
—Nada. En serio. Todos los años vengo para reírme un rato, esperando siempre lo mismo, y todos los años me echan unos imbéciles que reafirman la pésima opinión que tengo de los humanos. Para mí siempre ha sido un juego comprobar hasta dónde puedo llegar. —Miró a Morla con una mueca—. La promesa de una princesa no es ni mucho menos lo que me ha atraído, porque las princesas son criaturas vanidosas e insignificantes que solo se preocupan por sus necesidades egoístas. No quiero semejante molestia. —Acto seguido, se volvió hacia Edilyn y sus labios esbozaron el asomo de una sonrisa—. En cambio, he encontrado la visión más insólita de todas. —La miró a los ojos y la sinceridad de esas profundidades cristalinas le provocó a Edilyn un escalofrío—. He encontrado a la reina más hermosa, que sabe lo que quiere y que no teme proteger a quienes la rodean. Una reina que ve lo que hay a su alrededor y que no está ciega a los sentimientos de los demás ni a su valía. He recorrido este mundo durante más de diez mil años. Nunca he conocido a nadie igual, ni de corazón ni de cuerpo. Y si me aceptas, por más repugnante y asqueroso que te resulte, juro que siempre seré tu siervo fiel.
Tras pronunciar esas palabras, Illarion le entregó el arco que su padre había hecho con tanto cariño y que Morla había roto e intentado destruir con tanta crueldad para vanagloriarse.
Estaba totalmente reparado.