Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda. Rendirse es parecido: nace y crece la ponzoña de la derrota durante un mal día, con la claridad de un mal día, forzada por la cosa más tonta, la misma que antes, en mejores condiciones, no nos hubiera hecho daño y que sin más consigue aniquilarnos, si es que coincide por fin ese último golpe con el límite de nuestras fuerzas. De pronto, aquello en lo que no habíamos reparado siquiera nos destruye, como las trampas de un cazador que nos supera en habilidad y a las que no prestábamos atención mientras nos distraíamos con el señuelo. A qué negar, en cambio, que mientras pudimos también cazamos así, utilizando trampas, señuelos y grotescos pero muy efectivos camuflajes.
Si uno mira con cuidado el jardín de esta casa, sabrá enseguida que vivió tiempos mejores, que la alberca vacía no desentona con el zumbido de los aviones que cada noche castigan no ya esta propiedad sino todas las de nuestro valle. Cuando ella se acuesta intento tranquilizarla, pero lo cierto es que sé que algo se derrumba y que no podremos levantar nada nuevo en su lugar. Cada bomba en esta guerra abre un agujero que no vamos a ser capaces de rellenar, lo sé yo y lo sabe ella, aunque jugamos y nos hacemos los tontos a la hora de dormir, buscando una tranquilidad que ya no encontramos, un tiempo como el de antes. Algunas noches, con tal de soñar mejor hasta recordamos.
En ese otro tiempo disfrutamos de lo que entonces pensábamos que iba a ser nuestro para siempre. El agua fresca del lago, lo llamábamos lago pero era más bien una charca grande, no sólo aliviaba los días de calor, sino que nos ofrecía toda clase de juegos y aventuras seguras. Esto último, «aventuras seguras», es sin duda una contradicción de la que entonces no éramos conscientes.
Teníamos una pequeña barca de remos, con la que los niños pasaban las horas jugando a piratas y con la que a veces, en las tardes de verano, la llevaba a ella a navegar, también es un decir, enredados los dos en nuestros propios pensamientos, sin hablar demasiado, pero tranquilos.
Ayer llegó una carta de Augusto, nuestro hijo, nuestro soldado, que nos cuenta que hace un mes estaba aún vivo aunque eso no confirma que hoy no esté muerto. La alegría que sentimos al leerla hace un poco más grande nuestro miedo. Desde que se interrumpieron las señales de pulso, por decisión del gobierno provisional, hemos vuelto a esperar al cartero, como hacían nuestros abuelos. No hay otra vía de comunicación. De Augusto al menos tenemos noticias del mes pasado, de Pablo hace casi un año que no sabemos nada. Cuando se marcharon al frente, las señales de pulso nos daban cuenta constante del latido de sus corazones; ella decía que era casi como tenerlos dentro, como cuando los sentía vivos durante la gestación. Ahora estamos obligados a soñarlos vivos en silencio. La guerra para los padres no es la guerra de los hombres que pelean, es una guerra distinta. Aguardar es nuestra única tarea. Mientras tanto el jardín se desespera y se va muriendo, agotado. Ella y yo, por otro lado, nos levantamos cada día bien dispuestos.
Nuestro amor, enfrentado a esta guerra, se va haciendo fuerte.
No es fácil precisar ahora cuánto nos quisimos antes; claro está que en nuestra boda los besos fueron sinceros, pero esa sinceridad estaba pegada al cuerpo de lo que éramos entonces, y es evidente que el tiempo nos ha convertido en otra cosa. Esta misma mañana he caminado por la propiedad para certificar una vez más que este lugar apenas se parece ya a lo que fue nuestra casa. El lago está casi seco; alguien, es de suponer que el enemigo, ha puesto diques en los arroyos del monte. Las orillas del lago, antes verdes como una jungla, ahora agonizan.
La guerra no cambia nada por sí misma, sólo nos recuerda, con su ruido, que todo cambia.
Y a pesar de la guerra, o gracias a la guerra, seguimos adelante, buenos días, buenas noches, una jornada tras otra, como si nada, un beso tras otro, contra lo sensato. El agua hierve, la tetera heredada con su funda de punto, las últimas bolsitas de té… Lo poco que nos queda hierve y se protege y continúa. Algo se muere y vive entre nosotros, algo que no tiene nombre y que decidimos, con muy buen criterio, ignorar. La pasión ignora la mala suerte, o muere. Hemos tomado decisiones; no estar solos es una de ellas. Querer es renunciar a cualquier demonio que nos diga que no querer es posible.
Contra el demonio, afortunadamente, se multiplica lo cercano.
Puedo hablar de sus manos porque las conozco, porque están cerca. De lo que se aleja demasiado ya no se puede decir nada. En el sótano el niño llora, no es nuestro hijo pero tratamos de cuidarlo lo mejor que podemos. Nos gusta cuidar de algo, en eso al menos coincidimos, a pesar de la muerte prematura del jardín. El crío llegó en verano, hace más de seis meses, no sabemos su edad aunque le calculamos nueve años, hemos tenido hijos y sus diferentes estaturas están marcadas con lápiz en la pared del dormitorio de los niños. Utilizando la estatura de los nuestros, calculamos la edad de este extraño, aunque sabemos que no es un cálculo preciso. Tampoco es nuestro hijo, este a quien ahora medimos, pero llegó solo y cuidamos de él.
Estaba herido al venir, lo que nos ayudó a empezar a cuidarlo. No somos buenos, lo sé, pero eso nos hace menos inmisericordes. Por otro lado, desde que se fueron nuestros hijos en la casa sobra sitio. Si lo escondemos en el sótano es porque aún no hemos decidido qué hacer con él. La guerra quita muchas cosas y a cambio ofrece posibilidades; no estábamos acostumbrados a tenerlas y por eso nos demoramos a la hora de decir sí o no a las ofertas que se nos presentan. La gente bien dispuesta no tiene miedo, nosotros sí lo tenemos, o al menos yo lo tengo, no me atrevo a hablar por ella. El miedo es cosa de cada cual. En cualquier caso, no creemos haber robado a un niño, preferimos pensar que lo hemos recogido.
El crío, por su parte, aún no ha dicho nada. Su silencio nos inquieta y nos consuela a la vez, esperamos su primera palabra y la tememos.
¿Y si su primera palabra no es «gracias»?
¿Qué haremos entonces con él?
A veces llora por la noche mientras follamos, pero no nos detenemos, también antes conseguíamos follar contra los llantos de nuestros propios hijos. No estamos locos, así se concibe la gente. Es un cauce natural. La vida no amenaza a la vida, la estimula. Ayer le regalé un ajedrez a nuestro prisionero; lo llamamos así porque no le hemos puesto nombre, pero su puerta no tiene llave. Podría irse si quisiera, igual que llegó hasta aquí porque quiso, y sin embargo se queda. Supongo que la voluntad que le trajo es la voluntad que le sujeta. A cambio le damos bien de comer con lo poco que tenemos. No le gustan los plátanos, eso ya lo sabemos, no es un mono, las patatas con chorizo le vuelven loco, tiene muy buena disposición, se rechupetea los dedos. Da gusto ver comer a un niño aunque no sea tuyo.
Nos parece a los dos buena gente, este maldito crío, aunque no sabemos de dónde viene. Si todo va sobre ruedas y la criatura se comporta, tal vez lo traslademos finalmente al cuarto de nuestros propios hijos. Ella insiste en que lo hagamos ya, pero yo me muestro prudente, su verdadera conducta aún está por ver. También está por ver que nuestros verdaderos hijos no mueran en esta guerra y vuelvan a necesitar su habitación. Todo está por ver en realidad, ése es mi único consuelo. Si algo he aprendido viendo morir nuestro jardín es que ni lo bueno ni lo malo se detiene a revisar nuestros cálculos, ni aprecia nuestros esfuerzos, simplemente sucede.
Ella fue la primera en ver al niño, lo vio llegar andando por el monte y lo vio entrar en el jardín sangrando y sin quejarse de nada. Ella lo metió en la casa, ella curó sus heridas, ella le dio la ropa pequeña de nuestros hijos que había guardado cuidadosamente, ella lo bañó y preparó la cena, ella le hizo la cama, en el cuartito de juegos del sótano. Yo propuse llamar a la policía y ella dijo que no. Ella prefería un niño a una investigación, ella sabe muy bien lo que no quiere.
De esto hace más de seis meses, pero el crío sigue callado, me gusta pensar que nada le incomoda. Se comporta bien, a veces tira algo cuando juega, aunque aún no ha roto objetos de valor. No se parece a nuestros hijos, es moreno y muy delgado, y los nuestros eran y son, al menos hasta que confirmen su desaparición, rubios y fuertes. Es extraño, pero su presencia nos resulta cada vez más familiar. Ve la televisión con nosotros, evitamos las películas tristes, las canciones tristes, todo lo triste en realidad, le gustan las comedias, se ríe. Es alegre y come bien, lo cierto es que no tenemos queja. Ella le acaricia el pelo cuando se duerme en el sofá y él se deja hacer, luego yo lo llevo en brazos a la cama y lo arropo. No me atrevo a darle un beso de buenas noches como hacía con nuestros niños, al fin y al cabo este crío, por simpático que sea, no es nuestro.
Esta mañana ha venido el agente de zona a preguntar por nuestras condiciones. Parece que la guerra se alarga, que las bombas caerán cada vez más cerca, le preocupa que no podamos resistir; por supuesto hemos mentido. O tal vez no, tal vez este niño esté reconstruyendo nuestra antigua capacidad de resistencia. La despensa está casi vacía. Nos queda poco té, menos café aún, el vino lo bebemos en copas cada vez más pequeñas, verduras no tenemos, alubias sí, chorizo, salchichas y patatas para dos semanas, latas de tomate frito para un mes, la leche no es problema, las dos vacas que quedan en la comarca sobreviven a esta guerra milagrosamente teniendo en cuenta lo seco que está el pasto; el pan no llega desde que detuvieron al panadero, dicen que redactaba informes a escondidas, y que daba noticias puntuales al enemigo acerca de todos nosotros y que hasta ocultaba una unidad de pulso clandestina. Imposible saber si es cierto, una pena en cualquier caso porque era un buen panadero. Desde que empezó la guerra, las sospechas han hecho más daño que las balas.
El agente de zona nos ha avisado de que habrá un simulacro de evacuación la semana que viene, no sabemos qué haremos con el niño, ni durante el simulacro ni si la evacuación finalmente se produce. Antes de la guerra nunca pensamos en abandonar esta casa, sin decirlo creo que ella y yo contábamos con morir aquí. Ahora todo es distinto. Habrá que hacer otros planes.
Lo más divertido es perseguir al niño después del baño; corre envuelto en la toalla, se resbala por el suelo de madera pero sigue adelante, ella y yo nos reímos corriendo detrás con el pijama en las manos, ella lleva el pantalón, yo la camisa. Hacía mucho tiempo que no éramos felices. Creo que a ella le gusta mirarme a mí corriendo como un loco tanto como me gusta a mí verla a ella alegre de nuevo. Cuando por fin está vestido, con el pijama puesto, encendemos el televisor y sacamos la manta de lana; el carbón se ha terminado y a pesar de la chimenea hace frío. Nos apiñamos los tres para ver comedias, a todos nos gustan las comedias. Mientras se ríe le ponemos los calcetines. En la televisión ya sólo hay comedias o dramas, y canciones tristes o marchas militares, las noticias y todo lo demás se lo llevaron cuando suspendieron la red de pulso, cuando WRIST cortó definitivamente las comunicaciones. Antes, con mirarse uno el dorso de la muñeca podía saber, si es que quería, todo lo que pasaba en el mundo, y lo que es más importante, podía ver y escuchar en tiempo real a sus seres queridos y hasta seguir el murmullo del latido de sus corazones, pero la luz azul que cubría la piel de la muñeca hace tiempo que está apagada. Ahora no nos queda otra que reírnos con las comedias de la televisión, aunque las hayamos visto un millón de veces. Algo es algo. Al menos el crío se divierte.
Cuando ya se ha dormido el niño, ella y yo caemos rendidos y abrazados, como antes. No estamos haciendo nada malo, el niño llegó solo, nadie lo trajo y queremos pensar que no es de nadie.
Ella y yo, por otro lado, somos muy distintos. Ella es una señora, y yo antes de ser su marido fui su empleado. Su vida no es la mía. Todo lo que convive bajo un mismo techo guarda su propio nombre.
Ella es y fue siempre señora, y yo antes de ser señor fui un criado, lo sabe todo el mundo, no tiene sentido ocultarlo.
Nací jornalero, pero llegué a capataz, y después ella me educó, contra mi naturaleza, como señor, padre y marido. Lo hizo despacio, dulce y firmemente, como lo hace todo.
El agente de zona no sospecha de nosotros, tenemos dos hijos luchando en esta guerra, nos trata con respeto pero su enorme responsabilidad y su pequeño poder le llevan a preguntar más de la cuenta. Ella sabe cómo responderle. Ella dice no como si no hubiera nada detrás, elimina la segunda pregunta con su primera respuesta, tiene un don. Durante la visita del agente de zona, el niño dormía, o se hacía el dormido, ella le convenció y el niño no puso ninguna pega. El niño sabe bien lo que se hace, venga de donde venga no parece que esté loco por volver. Nuestro poco calor y nuestra poca comida le resultan suficientes; eso, a qué negarlo, nos tranquiliza. Los hijos propios siempre exigen más. O así me parecía a mí, que los veía tan iguales a su madre que se me mezclaba el orgullo con la responsabilidad y todo se me hacía poco para ellos. Nuestros hijos, Augusto y Pablo, no se llevan ni dos años, crecieron muy juntos y juntos se alistaron y juntos se fueron a la guerra. Para un hombre que no ha luchado, resulta extraño tener hijos soldados. Siento que debería ser yo el que los protegiera a ellos con mis armas, y no al revés. Me siento inútil. El niño prisionero, que no lo es, me ayuda a olvidarme de eso y de casi todo lo demás; cuando sonríe recuerdo el tiempo en el que cuidaba de los míos. A veces, por las noches, cojo mi vieja escopeta Remington y patrullo por la casa, sé que es ridículo pero me reconforta. Tal vez le enseñe al niño nuevo a cazar. En el bosque aún queda al menos un zorro, no puedo verlo y sin embargo sé que alguno hay porque he encontrado marcas de dientes en la madera de las cercas.
Nos han dado instrucciones muy precisas para el simulacro de evacuación. Qué cosas llevar, en qué fila ponernos, los documentos de identificación que debemos portar. Nos preocupa el niño, cómo esconderlo, con qué documentos acreditarlo. Ayer discutimos al respecto. Ella cree que si la evacuación llega a producirse, con el enemigo, por así decirlo, a las puertas, no habrá tiempo de ser muy meticulosos y nadie preguntará demasiado, pero yo desconfío, conozco a la gente de la comarca y la envidia que algunos nos tienen, y no quiero darles la oportunidad de hacernos daño. Por otro lado, los dos coincidimos en que de ninguna manera podemos dejar al niño solo, a merced del enemigo o, peor, de la hambruna, si es que el enemigo tarda en llegar.
El simulacro de evacuación se ha suspendido, al parecer ya no hay tiempo. Esta mañana nos han anunciado el traslado definitivo porque la guerra se está perdiendo, y por nuestro propio bien, así nos lo han dicho, debemos abandonar nuestras casas. Nos van a proteger mejor.
Es todo por nuestro bien.
Aquí mismo, entre lo nuestro, según se rumorea, crecen los espías y se esconden las ratas, o crecen las ratas y se esconden los espías, no lo he entendido muy bien. El caso es que nuestras propiedades serán confiscadas pero respetadas, y que tal vez, en el mejor de los tal veces, podamos volver algún día a nuestras tierras, cuando acabe la guerra y se termine la desconfianza.
Dicen que el nuevo lugar es más limpio que éste, un espacio cerrado y diáfano donde nada malo podrá esconderse ni hacernos daño. Lo llaman la ciudad transparente.
Los responsables de lo nuestro piensan por nosotros mientras piensan en nosotros. El agente de zona habla con mucho sentido y dice lo que le dice el gobierno que diga. Es de suponer que el gobierno sabe bien por qué dice y hace las cosas.
Tenemos una semana para preparar la partida. Nos han reunido en el consistorio y nos han explicado que esta ciudad transparente no es un exilio, ni una cárcel, sino un refugio. No sé si todos lo han entendido y se han escuchado muchos murmullos, preguntas, por otro lado lógicas, y más de una protesta. El de la piscifactoría ha preguntado cuánto tiempo se suponía que íbamos a pasar en ese refugio y si eso nos convertiría en refugiados, y el agente de zona nos ha explicado que no se trata de un refugio temporal sino de una ciudad segura en la que comenzar a pensar en el futuro. Entonces otra, que creo que es contable en la administración local, ha preguntado si es que no vamos a volver nunca, y uno del fondo, al que no he reconocido, ha dicho que ni hablar, que a ellos no los movía nadie, y el agente ha empezado a impacientarse con tantas preguntas y ha tratado de zanjar el tema diciéndonos que toda la información pertinente nos será dada al llegar. Con eso yo ya tenía bastante, pero el resto de los vecinos no, y muchos se han puesto a gritar más preguntas y más protestas, hasta que el agente de zona ha sacado el revólver y ha disparado al aire para que se callaran todos. Establecido el silencio por las malas, ha terminado diciendo que nuestras preguntas escapaban a sus competencias, pero que cada una de nuestras por otro lado lógicas inquietudes sería resuelta por una autoridad superior en su debido momento.
Nosotros no hemos dicho ni mu. Tenemos nuestros propios problemas.
No sabemos cómo esconder al niño que no es nuestro, estamos tratando de idear algo que justifique su presencia y resulte creíble. Cuando se para el ruido de las bombas, crece el rumor de las sospechas. Todos los días detienen a algún vecino. Nunca dan explicaciones, los culpables saben bien lo que se traían entre manos, los inocentes estamos a salvo. A la ciudad transparente sólo irán aquellos que estén libres de sospecha. Hay delatores que delatan a otros delatores. Ayer se llevaron al jefe de correos, dicen que leía las cartas y las cerraba de nuevo antes de entregarlas. Dicen que el enemigo no duerme, que podría estar en todas partes y ser cualquiera. Tenemos dos hijos en la guerra y eso nos hace estar por ahora tranquilos, el valor de nuestros hijos asegura nuestra condición y nos hace merecedores del respeto de los vecinos. Somos padres de combatientes y por eso al pueblo no le cabe duda de nuestra lealtad; nadie traiciona a sus propios hijos. El problema es el niño y lo sabemos. Escondemos a un niño sin saber de dónde viene y eso podría hacernos parecer culpables. Hay que hacer algo con el crío. Mientras preparamos las maletas, también hacemos planes. Hablamos en voz baja por las noches, con la luz apagada, como si alguien nos espiara. Creo que los dos tenemos miedo.
Ella está de acuerdo en que lo hagamos pasar por un sobrino, parece la opción más sensata. Mucha gente ha muerto en esta guerra y no es extraño que cuidemos de los hijos de nuestros muertos. Yo no tengo hermanos, pero ella tiene dos en la capital, no en edad de ser soldados pero bien podrían haber sido víctimas de los bombardeos. Para que te caiga una bomba encima no hay edad ni condición precisa, cualquiera sirve. Ella no sabe nada de sus hermanos desde hace tiempo, podrían estar muertos. Los teléfonos dejaron de funcionar hace más de un año, el correo llega tarde (y al parecer ya leído), todo es posible en principio. Ni que decir tiene que al niño le estamos buscando un nombre y esperamos que responda al decirlo, o que al menos se gire. Si uno se gira al oír un nombre, quiere decir que ese nombre es el suyo.
No nos ponemos de acuerdo con el asunto del nombre pero coincidimos en que cuanto antes se lo aprenda mejor, tiene que acostumbrarse el pobrecito. A mí me gusta Julio pero ella prefiere Edmundo, que a mí me suena largo y complicado y a nombre falso. Creo que si insisto lo suficiente, se llamará Julio. Los nombres de nuestros verdaderos hijos los eligió ella, me parece justo elegir yo el nombre de este extraño.
Estamos ya en la semana de la partida, por la noche miramos la casa desde fuera, desde el jardín muerto, para hacernos a la idea. Hemos follado un par de veces desde que nos dijeron que tendríamos que irnos, no sabemos si en la ciudad transparente se podrá seguir follando.
Es bien sabido que la transparencia afecta a la intimidad.
Esta mañana nos ha llegado un rumor, y por la tarde nos lo ha confirmado el agente de zona; a la ciudad habrá que llevar muy pocas cosas. Muebles no, que no hay camiones previstos para el traslado, y libros tampoco, que allí ya tienen, dos retratos por pareja, de los padres de cada cual, y las fotos de los hijos para quien los tenga, pero sólo una por hijo, no más. En la ciudad transparente casi todo tiene que empezar de nuevo. Nada que limpie porque la limpieza corre a cargo del gobierno provisional, nada que manche para no hacer más difícil su trabajo, algo con lo que practicar deporte, una pelota, una raqueta, un ajedrez, por más que muchos se lo tomen a broma el ajedrez es un deporte, nada de armas, que la ciudad nos protege, esquís no porque no hay nieve. Un bañador por persona porque hay piscina, las gafas de ver y las lentillas, ninguna medicina, que éstas nos serán administradas una vez allí de acuerdo a una somera revisión de nuestras dolencias. El agente de zona dice que allí podremos ser tan felices como en cualquier otro sitio, y que estaremos sobre todo, y por encima de todo, protegidos. Ella lo duda, y yo me temo que también, pero qué le vamos a hacer, hay que confiar en el gobierno, aunque sea provisional. La alternativa es la muerte o la anarquía. Dos cosas que ni ella ni yo queremos en realidad. Casi me hace ilusión esta aventura tan segura.
Mientras nos preparamos vamos llamando al niño por los dos nombres, Julio y Edmundo, y no se gira al oír ninguno, es de suponer que tiene nombre propio pero ése seguimos sin saberlo, como no dice nada…
Ella grita Edmundo y yo grito Julio, pero el crío no hace ni caso, al final ella se ha agotado y ha cedido. Será Julio a partir de ahora.
Queda poco para salir de aquí, nos han dicho que hay que quemar la casa, para que no pueda servir de morada al enemigo, pero que el terreno seguirá por ahora a nuestro nombre, y que después de la guerra, si es que el gobierno así lo decide y se considera pertinente, habrá ayudas oficiales para la reconstrucción. Alguien ha preguntado si eso quería decir que podríamos volver, y el agente de zona ha dicho que eso no quería decir nada todavía, y otro ha preguntado si nos devolverían WRIST y las unidades de pulso, y el agente ha afirmado con rotundidad que el sistema WRIST ya no volvería nunca, pues había quedado demostrado que era fuente de sedición, y a la siguiente pregunta, ¿Habrá que lavar a mano o a máquina?, el buen hombre se ha hartado, no sin cierta razón, de dar explicaciones y se ha limitado a contestar que esa información en concreto superaba y excedía con creces su conocimiento y sus competencias.
Lo cierto es que el agente de zona no parece saber mucho mejor que nosotros ni dónde estamos ni adónde vamos. He de reconocer, y no es por presumir, que de eso me di cuenta hace tiempo, y por eso nunca pregunto nada. Por si acaso no voy a llevar prendas delicadas. No vaya a ser que lo laven todo junto.
Nos han dado dos bidones de gasolina para quemar la casa. Claro que he pensado en rellenar el depósito del coche y largarnos por nuestra cuenta, pero ayer nos los requisaron, porque ellos habían pensado mucho antes en lo mismo. A la ciudad transparente iremos en autobuses con aire acondicionado. Las vías del tren han sido saboteadas.
Quemar nuestra casa no va a ser fácil, porque es nuestra, ella se echa a llorar con sólo pensarlo y yo trato de consolarla; no es que a mí no me dé pena, es que he adquirido con el tiempo el hábito de hacerlo. La casa, además, es de ella y antes fue de la familia de su primer marido, así que es normal que a ella se le remueva más el alma por dentro.
Ella, como todas las mujeres, es más fuerte que los hombres, pero a veces se rompe y la abrazo. Lo hago ya sin darme cuenta, es lo que he hecho toda la vida. Mi padre también lo hacía con mi madre.
Julio sonríe como si la cosa no fuera con él, tiene la ventaja de ser inocente, al menos por ahora; si algún día descubren que no es nuestro, se va a enterar… En fin, Dios no lo quiera.
Nos quedan sólo dos días para quemarlo todo y salir de aquí, las maletas ya están hechas. Hemos dormido fatal, pero eso es algo que cualquiera en su sano juicio puede comprender, no se abandona lo que ha sido un hogar así como así, y además había luna llena. La luz blanca se colaba entre las cortinas y no tuvimos más remedio que contemplar lo que era nuestro hasta hace nada con excesiva claridad.
Al amanecer caímos por fin rendidos.