cap-3

1

Siempre recordaré con exactitud dónde me encontraba y qué estaba haciendo cuando me enteré de que mi padre había muerto…»

Con la pluma aún suspendida sobre la hoja de papel, levanté la mirada hacia el sol de julio… o al menos hacia el pequeño rayo de luz que se las había ingeniado para colarse entre el cristal y la pared de ladrillos rojos que tenía a pocos metros de distancia. Todas las ventanas de nuestro minúsculo apartamento daban directamente a su insipidez, así que, a pesar del fantástico tiempo que hacía aquel día, el interior estaba oscuro. Era muy diferente al hogar de mi infancia, Atlantis, a orillas del lago de Ginebra.

Me di cuenta de que, cuando CeCe entró en nuestro triste saloncito para decirme que Pa Salt había muerto, estaba sentada exactamente en el mismo lugar que en aquel momento.

Dejé la pluma sobre la mesa y fui a servirme un vaso de agua del grifo. El ambiente era húmedo y sofocante a causa del calor pegajoso, de manera que bebí con avidez mientras sopesaba el hecho de que en realidad no necesitaba hacer todo aquello, someterme al dolor del recuerdo. Había sido Tiggy, mi hermana pequeña, quien me había sugerido la idea cuando la vi en Atlantis justo después de la muerte de Pa.

«Star, cariño —me dijo cuando varias de las hermanas salimos a navegar por el lago con el único objetivo de intentar distraernos de nuestra pena—, sé que te cuesta hablar de cómo te sientes. También sé que estás llena de dolor. ¿Por qué no pruebas a escribir lo que piensas?»

Hacía dos semanas, durante el vuelo de regreso a casa desde Atlantis, había reflexionado sobre las palabras de Tiggy. Y aquella era la tarea que había emprendido esa mañana.

Clavé la vista en la pared de ladrillos y pensé que era una metáfora perfecta de mi vida en aquellos precisos instantes, cosa que al menos me hizo sonreír. Y la sonrisa me llevó de vuelta a la mesa de madera arañada que nuestro turbio casero debía de haber conseguido casi gratis en una tienda de segunda mano. Volví a sentarme y agarré de nuevo la elegante pluma que Pa Salt me había regalado cuando cumplí veintiún años.

—No comenzaré con la muerte de Pa —me dije en voz alta—. Empezaré con cuando llegamos aquí, a Londres.

Me sobresalté con el estrépito de la puerta de entrada al cerrarse y enseguida supe que se trataba de mi hermana, CeCe. Todo lo que hacía era estruendoso. Parecía ser superior a sus fuerzas posar una taza de café sin estamparla contra la superficie y derramar su contenido por todas partes. Tampoco había llegado nunca a comprender el concepto de «voz de interior» y hablaba a gritos, hasta el punto de que una vez, cuando éramos pequeñas, Ma se preocupó tanto que la llevó a que le examinaran el oído. Por supuesto, le dijeron que CeCe no tenía ningún problema de audición. Al igual que tampoco me detectaron ningún problema a mí cuando, un año más tarde, Ma me llevó a un logopeda intranquila por mi falta de habla.

—Las palabras están ahí, pero prefiere no usarlas —le había explicado el terapeuta—. Ya lo hará cuando esté lista.

En casa, en un intento por comunicarse conmigo, Ma me había enseñado los rudimentos del lenguaje de signos francés.

—De esta forma, siempre que quieras o necesites algo —me dijo—, podrás utilizarlo para decirme cómo te sientes. Y así es como me siento yo ahora mismo respecto a ti. —Se señaló a sí misma, cruzó las palmas de las manos sobre su corazón y luego me señaló a mí—. Te quiero.

CeCe también lo aprendió enseguida y las dos adaptamos y expandimos lo que había comenzado como una forma de comunicación con Ma hasta transformarla en nuestro propio idioma secreto, una mezcla de signos y palabras inventados que utilizábamos cuando había gente a nuestro alrededor y necesitábamos hablar. Las dos habíamos disfrutado con las caras de asombro de nuestras hermanas cada vez que yo le signaba un comentario malicioso durante el desayuno y las dos estallábamos en carcajadas incontenibles.

Al mirar hacia atrás, me daba cuenta de que CeCe y yo nos habíamos ido convirtiendo en antitéticas mientras crecíamos: cuanto menos hablaba yo, más alto y más a menudo hablaba ella por mí. Y cuanto más lo hacía ella, menos necesitaba hacerlo yo. En pocas palabras, nuestras personalidades se habían exagerado. Era algo que no parecía importar cuando éramos niñas, apiñadas como estábamos en el medio de nuestra familia de seis hermanas: siempre podíamos recurrir la una a la otra.

El problema era que ahora sí importaba…

—¿A que no sabes qué? ¡Lo he encontrado! —CeCe irrumpió en el salón—. Y podemos mudarnos dentro de unas semanas. El constructor todavía tiene que rematar los acabados, pero cuando lo termine será increíble. Dios, qué calor hace aquí dentro. Qué ganas tengo de salir de este sitio.

CeCe se dirigió a la cocina y oí el ruido del grifo cuando se abre a tope. Supe que, muy probablemente, el agua habría salpicado todas las encimeras que yo había limpiado con tanta meticulosidad hacía un rato.

—¿Quieres un poco de agua, Sia?

—No, gracias.

Aunque CeCe solo lo usaba cuando estábamos a solas, me reprendí mentalmente por permitir que el apodo que mi hermana me había puesto cuando éramos pequeñas me molestara. Procedía de un libro que Pa Salt me había regalado por Navidad, La historia de Anastasia, que trataba de una joven que vivía en los bosques de Rusia y descubría que era una princesa.

—Se parece a ti, Star —había dicho una CeCe de cinco años mientras contemplábamos los dibujos del cuento—. A lo mejor tú también eres una princesa; desde luego, con ese pelo dorado y esos ojos azules, eres tan guapa como una de ellas. Voy a llamarte «Sia». ¡Y, además, queda perfecto con «Cee»! Cee y Sia, las gemelas.

Y se puso a dar palmas, encantada.

Solo más tarde, cuando descubrí la verdadera historia de la familia real rusa, comprendí lo que les había ocurrido a Anastasia Romanova y sus hermanos. No tenía nada que ver con un cuento de hadas.

Y por otra parte yo ya no era una niña, sino una mujer de veintisiete años.

—Estoy completamente segura de que te va a encantar el apartamento. —CeCe reapareció en el salón y se desplomó sobre el rasguñado sofá de cuero—. He concertado una cita para que vayamos a verlo mañana por la mañana. Es un montón de pasta, pero ahora puedo permitírmelo, sobre todo teniendo en cuenta que el agente inmobiliario me ha comentado que la City está revuelta. No puede decirse que los sospechosos habituales estén haciendo cola para comprar en estos momentos, así que hemos acordado un precio rebajado. Ya es hora de que nos busquemos un hogar como es debido.

«Ya es hora de que me busque una vida como es debido», pensé yo.

—¿Vas a comprarlo? —pregunté.

—Sí. Mejor dicho, lo compraré si te gusta.

Me quedé atónita, no sabía qué decir.

—¿Estás bien, Sia? Pareces cansada. ¿No has dormido bien esta noche?

—No.

A pesar de todos mis esfuerzos, se me llenaron los ojos de lágrimas al pensar en las largas horas de insomnio que se desbordaban hasta el amanecer mientras lloraba a mi adorado padre, pues seguía siendo incapaz de creer que se hubiera marchado.

—Todavía estás en estado de choque, ese es el problema. Al fin y al cabo, solo han pasado un par de semanas. Te sentirás mejor, te lo prometo, especialmente cuando mañana veas nuestro nuevo apartamento. Lo que te está deprimiendo es este lugar asqueroso. A mí me deprime, eso está clarísimo —añadió—. ¿Has escrito ya al tipo del curso de cocina?

—Sí.

—¿Y cuándo empieza?

—La semana que viene.

—Bien. Así tendremos tiempo de ir eligiendo los muebles para nuestra nueva casa. —CeCe se acercó a mí y me dio un abrazo espontáneo—. Estoy impaciente por enseñártela.

—¿No es increíble?

CeCe abrió los brazos de par en par para abarcar el espacio cavernoso; su voz retumbó contra las paredes mientras se dirigía al frontal acristalado y deslizaba una de las puertas hasta abrirla.

—Y mira, este balcón es para ti —anunció al tiempo que me hacía gestos para que la siguiera.

Salimos al exterior. «Balcón» era una palabra demasiado humilde para describir el lugar donde nos hallábamos. Se trataba más bien de una terraza larga y preciosa suspendida sobre el río Támesis.

—Puedes llenarla de todas tus hierbas y de esas flores con las que te gustaba entretenerte en Atlantis —agregó CeCe cuando se acercó a la barandilla para examinar el agua gris que se divisaba mucho más abajo—. ¿No te parece espectacular?

Asentí, pero mi hermana ya estaba regresando al interior, así que eché a andar tras ella.

—La cocina aún no está montada, pero en cuanto haya firmado tendrás total libertad para escoger qué fogones quieres, qué frigorífico y todo lo demás. Para eso vas a ser profesional —dijo guiñándome un ojo.

—Lo dudo, CeCe. No voy a hacer más que un curso corto.

—Pero tienes mucho talento; estoy segura de que conseguirás trabajo en algún sitio cuando vean lo que eres capaz de hacer. Como sea, pienso que es perfecto para nosotras dos, ¿no crees? Puedo utilizar ese extremo para mi estudio. —Señaló una zona aprisionada entre la pared más alejada y una escalera de caracol—. La luz es simplemente fantástica. Y tú te quedas con una cocina enorme y el espacio exterior. Es lo más cercano a Atlantis que he podido encontrar en el centro de Londres.

—Sí. Es precioso. Gracias.

Me daba cuenta de lo emocionada que estaba con su hallazgo, y lo cierto era que el apartamento era impresionante. No quise reventar su burbuja diciéndole la verdad: que vivir en lo que equivalía a una caja de cristal inmensa e impersonal con vistas a un río turbio no podría ser más distinto a vivir en Atlantis ni aunque lo hubiera intentado.

Mientras CeCe y el agente inmobiliario hablaban de los suelos de madera clara que iban a instalarse, sacudí la cabeza para alejar mis pensamientos negativos. Sabía que me estaba comportando como una cría caprichosa. A fin de cuentas, en comparación con las calles de Nueva Delhi o con los poblados chabolistas que había visto a las afueras de Nom Pen, un apartamento a estrenar en el centro de Londres no era exactamente una desdicha.

Pero el caso era que en realidad yo habría preferido una cabaña diminuta y sencilla —que por lo menos tendría los cimientos asentados con firmeza en la tierra—, con una puerta principal que diera directamente a un pequeño terreno exterior.

Sin prestar atención, oí a CeCe charlar acerca de un mando a distancia que abría y cerraba las persianas y otro que activaba los invisibles altavoces de sonido envolvente. A espaldas del agente inmobiliario, mi hermana me signó «Marrullero» y puso los ojos en blanco. Conseguí dedicarle una leve sonrisa a modo de respuesta, a pesar de que me sentía desesperadamente claustrofóbica por no poder abrir la puerta y salir corriendo… Las ciudades me asfixiaban; el ruido, los olores y las hordas de gente me abrumaban. Pero al menos el apartamento era amplio y espacioso…

—¿Sia?

—Perdona, Cee, ¿qué has dicho?

—¿Vamos al piso de arriba a ver nuestra habitación?

Subimos por la escalera de caracol hasta el cuarto que CeCe había dicho que compartiríamos pese a que había otro dormitorio. Y sentí que un escalofrío me recorría de arriba abajo aun cuando me puse a contemplar las vistas, que desde allí arriba sí que eran espectaculares. Después examinamos el maravilloso cuarto de baño adjunto y me convencí de que CeCe había hecho todo lo posible por encontrar un apartamento bonito que nos fuera bien a las dos.

Pero la verdad era que no estábamos casadas. Éramos hermanas.

Después, CeCe insistió en arrastrarme hasta una tienda de muebles en King’s Road; a continuación, cogimos el autobús para volver cruzando el río sobre el Albert Bridge.

—Este puente lleva el nombre del marido de la reina Victoria —le dije por costumbre—. Que también tiene un monumento conmemorativo en Kensington…

CeCe me interrumpió realizando el signo de «fanfarrona» delante de mi cara.

—En serio, Star, ¿no me digas que todavía vas por ahí arrastrando una guía de viaje?

—Sí —reconocí, e hice nuestro signo para «empollona».

Me encantaba la historia.

Nos bajamos del autobús cerca de nuestro apartamento y CeCe se volvió hacia mí.

—¿Por qué no vamos a picar algo al final de la calle? Deberíamos celebrarlo.

—No tenemos dinero.

«O al menos —pensé—, está claro que yo no lo tengo.»

—Yo invito —me tranquilizó CeCe.

Fuimos a un pub de la zona y CeCe pidió una cerveza para ella y una copa de vino pequeña para mí. Ninguna de las dos bebíamos mucho; mi hermana, en particular, era casi incapaz de tolerar el alcohol, algo que había aprendido por las malas después de una fiesta adolescente especialmente escandalosa. Mientras ella esperaba junto a la barra, yo reflexioné acerca de la misteriosa aparición de los fondos a los que CeCe había accedido al día siguiente de que Georg Hoffman, el abogado de Pa, nos hubiera entregado a todas las hermanas unos sobres de parte de nuestro padre. CeCe había ido a Ginebra a verlo. Le había suplicado a Georg que me dejara entrar en la reunión con ella, pero él se había negado rotundamente.

—Lo lamento, tengo que seguir las instrucciones de mi cliente. Vuestro padre insistió en que cualquier reunión que pudiera mantener con sus hijas se llevara a cabo de manera individual.

Así que yo esperé en recepción mientras ella entraba a hablar con él. Cuando salió, me percaté de que estaba tensa y emocionada.

—Lo siento, Sia, pero he tenido que firmar una estúpida cláusula de privacidad. Seguro que es otro de los jueguecitos de Pa. Lo único que puedo decirte es que tengo buenas noticias.

Hasta donde yo sabía, aquel era el único secreto que CeCe me había ocultado a lo largo de nuestra relación, y yo seguía sin tener ni idea de la procedencia de todo aquel dinero. Georg Hoffman nos había explicado que el testamento de Pa dejaba claro que las hermanas tan solo continuaríamos recibiendo nuestras muy ajustadas asignaciones. Pero también que teníamos la posibilidad de acudir a él para solicitar dinero extra si era necesario. Así que quizá solo tuviéramos que pedirlo, tal como presumiblemente había hecho CeCe.

—¡Chinchín! —CeCe entrechocó su botella de cerveza con mi copa—. Por nuestra nueva vida en Londres.

—Y por Pa Salt —dije levantando mi vino.

—Sí —convino—. Lo querías mucho, ¿no es así?

—¿Tú no?

—¡Pues claro que sí, muchísimo! Era… especial.

Observé a CeCe cuando llegó nuestra comida y empezó a comérsela con ganas. Pensé que, a pesar de que las dos éramos sus hijas, el dolor por la muerte de Pa parecía ser solo mío, no de ambas.

—¿Crees que deberíamos comprar el apartamento?

—CeCe, es decisión tuya. Yo no voy a pagarlo, así que no me corresponde hacer comentarios al respecto.

—No seas tonta, ya sabes que lo que es mío es tuyo y viceversa. Además, si alguna vez decides abrir la carta que te dejó, a saber qué te encuentras dentro —me alentó.

No había parado de insistir desde que nos habían entregado los sobres. Ella había abierto el suyo de inmediato, y esperaba que yo hiciera lo mismo.

—Venga, Sia, ¿no piensas abrirlo? —me había instado.

Pero yo era simplemente incapaz… Porque, hubiera lo que hubiese dentro, significaría aceptar que Pa se había ido. Y yo todavía no estaba preparada para dejarlo marchar.

Cuando terminamos de comer, CeCe pagó la cuenta y volvimos a nuestro apartamento, desde donde llamó por teléfono al banco para que transfirieran el depósito del piso nuevo. Después se acomodó ante su ordenador portátil sin dejar de quejarse de los fallos de la banda ancha.

—Ven y ayúdame a elegir sillones —me gritó desde el salón mientras yo me dedicaba a llenar con agua tibia nuestra bañera amarillenta.

—Estoy dándome un baño —contesté, y eché el pestillo.

Me metí en el agua y hundí la cabeza hasta sumergir los oídos y el pelo. Escuché los sonidos acuosos —«sonidos uterinos», pensé— y decidí que tenía que escapar antes de volverme completamente loca. Nada de todo aquello era culpa de CeCe y, sin duda, no quería terminar pagándolo con ella. La quería. Había estado a mi lado cada día de mi vida, pero…

Veinte minutos después, tras haber tomado una determinación, entré en el salón.

—¿Te ha sentado bien el baño?

—Sí. CeCe…

—Mira, fíjate qué sillones he encontrado.

Me hizo gestos para que me acercara a ella. Obedecí y miré sin ver los distintos matices de un color crema.

—¿Cuál prefieres?

—El que más te guste a ti. El diseño de interiores es lo tuyo, no lo mío.

—¿Qué te parece ese? —CeCe señaló la pantalla—. Por supuesto, tendremos que ir a probarlo, porque no puede reducirse todo a un asunto de estética. También tiene que ser cómodo. —Apuntó el nombre y la dirección del distribuidor—. ¿Crees que podríamos ir mañana?

Respiré hondo.

—CeCe, ¿te importaría que regresara a Atlantis durante un par de días?

—Claro que no, Sia; si es lo que quieres, miraré vuelos para las dos.

—La verdad es que estaba pensando en ir sola. Es decir… —Tragué saliva y cogí fuerzas para no perder el impulso—. Ahora mismo tú estás muy liada aquí con el asunto del apartamento, y sé que tienes todo tipo de proyectos artísticos que estás deseando poner en marcha.

—Sí, pero un par de días fuera no serían un problema. Y si es lo que necesitas, no pasa nada, lo entiendo.

—En serio —repuse con firmeza—, creo que preferiría ir sola.

—¿Por qué?

CeCe se volvió hacia mí con los ojos almendrados desmesuradamente abiertos a causa de la sorpresa.

—Solo porque… sí. Simplemente quiero sentarme en el jardín que ayudé a Pa Salt a plantar y abrir su carta.

—Entiendo. De acuerdo, muy bien —dijo encogiéndose de hombros.

Sentí que una capa de escarcha caía sobre nosotras, pero esta vez no pensaba ceder ante ella.

—Me voy a la cama. Me duele muchísimo la cabeza —anuncié.

—Te llevaré un analgésico. ¿Quieres que te mire los vuelos?

—Ya me he tomado uno. Y sí, me harías un gran favor, gracias. Buenas noches.

Me agaché y le di un beso a mi hermana en la reluciente cabeza oscura, con el pelo rizado cortado, como siempre, en un estilo masculino. Después me encaminé hacia el minúsculo escobero con dos camas que llamábamos nuestra habitación.

La cama era dura y estrecha, y el colchón muy fino. Aunque las dos habíamos disfrutado del lujo de una infancia privilegiada, habíamos pasado los últimos seis años viajando alrededor del mundo y durmiendo en vertederos, pues ninguna de las dos habíamos querido pedirle dinero a Pa Salt ni siquiera cuando estábamos realmente necesitadas de él. CeCe siempre había sido muy orgullosa, razón por la que me sorprendía tanto que ahora diera la sensación de estar gastando a espuertas un dinero que únicamente podía proceder de Pa.

Tal vez le preguntase a Ma si sabía algo más, pero era consciente de que la discreción prevalecía como su principal característica cuando se trataba de difundir rumores entre las seis hermanas.

—Atlantis —murmuré.

«Libertad.»

Y aquella noche me quedé dormida casi de inmediato.

2

Christian ya me estaba esperando con la lancha cuando el taxi me dejó en el embarcadero en el lago de Ginebra. Me saludó con su habitual sonrisa cálida y, por primera vez en mi vida, me pregunté qué edad tendría realmente. Aunque estaba segura de que había sido el patrón de nuestra lancha desde que yo era pequeña, con aquel pelo oscuro y la piel olivácea y bronceada recubriendo un físico atlético, seguía sin aparentar más de treinta y cinco años.

Iniciamos la travesía por el lago y yo me recosté en el cómodo banco de cuero de la popa del bote pensando en que daba la sensación de que el personal que trabajaba en Atlantis no envejecía jamás. Mientras dejaba que el sol me bañara con su luz y aspiraba el aire fresco que tan familiar me resultaba, me planteé que tal vez Atlantis estuviera encantada y que quizá a aquellos que vivían dentro de sus paredes se les hubiera concedido el don de la vida eterna y permanecerían allí para siempre.

Todos excepto Pa Salt…

Apenas podía soportar pensar en la última vez que había visitado Atlantis. Mis cinco hermanas y yo —todas adoptadas y trasladadas hasta allí desde los rincones más lejanos del planeta por Pa Salt, quien además nos puso los nombres de las Siete Hermanas de las Pléyades— nos habíamos reunido en la casa donde crecimos porque él había muerto. Ni siquiera se había celebrado un funeral, momento en el que habríamos podido llorar su pérdida. Ma nos explicó que había insistido en que lo despidieran íntimamente en el mar.

Lo único que tuvimos fue lo que a primera vista semejaba un elaborado reloj solar que había aparecido de la noche a la mañana en el jardín especial de Pa. Pero su abogado suizo, Georg Hoffman, que fue quien nos lo mostró, nos explicó que era algo llamado una esfera armilar y que señalaba la posición de las estrellas. Y grabados en los anillos que rodeaban su dorado globo central estaban nuestros nombres y unas coordenadas que nos dirían con exactitud dónde nos había encontrado Pa a cada una, además de una inscripción en griego.

Maia y Ally, mis dos hermanas mayores, nos habían facilitado a las demás las ubicaciones de las coordenadas señaladas y los significados de nuestras inscripciones griegas. Yo aún no había leído ninguna de las dos cosas. Las había guardado en una carpeta de plástico junto con la carta que Pa Salt me había escrito.

La lancha comenzó a aminorar la marcha y, entre el velo de árboles que la ocultaban a la vista, atisbé la hermosa casa en la que todas habíamos crecido. Parecía un castillo de cuento de hadas con su exterior rosado y sus cuatro torrecillas, con los rayos del sol reflejándose en las ventanas.

En cuanto nos mostraron la esfera armilar y nos entregaron las cartas, CeCe se había mostrado ansiosa por marcharse. Yo no; a mí me habría apetecido pasar al menos algún tiempo de duelo por Pa Salt en la casa donde nos había criado con tanto amor. Y ahora, dos semanas más tarde, regresaba en una búsqueda desesperada de la fuerza y la soledad que necesitaba para asimilar su muerte y seguir adelante.

Christian acercó la lancha al embarcadero y aseguró las amarras. Me ayudó a bajar y vi a Ma cruzando el césped para recibirme, como hacía cada vez que volvía a casa. El mero hecho de verla hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas, así que me dejé envolver en un cálido abrazo.

—Star, qué alegría tenerte aquí de nuevo conmigo —susurró Ma antes de besarme en ambas mejillas y apartarse para mirarme—. No voy a decirte que estás demasiado delgada, porque tú siempre estás demasiado delgada —dijo con una sonrisa mientras me conducía hacia la casa—. Claudia te ha preparado tu postre favorito, tarta de manzana, y la tetera ya está hirviendo. —Señaló la mesa de la terraza—. Siéntate ahí y disfruta de los últimos rayos del sol. Yo llevaré tu bolsa dentro y le pediré a Claudia que te sirva el té y la tarta.

La observé mientras desaparecía en el interior de la casa y luego me volví para admirar los frondosos jardines y el césped inmaculado. Vi que Christian recorría el discreto sendero que llevaba al apartamento construido sobre el cobertizo de los botes, acurrucado en una ensenada más allá de los jardines principales de la casa. La maquinaria bien engrasada que era Atlantis continuaba funcionando a pesar de que su inventor original ya no estuviera allí.

Ma regresó con Claudia, cargada con la bandeja del té, tras ella. Le sonreí, pues sabía que Claudia hablaba aún más rara vez que yo y jamás iniciaría una conversación.

—Hola, Claudia. ¿Cómo está?

—Estoy bien, gracias —contestó con su marcado acento alemán.

Todas las hermanas éramos bilingües, pues Pa había insistido en que habláramos francés e inglés desde pequeñas. Solo hablábamos en inglés con Claudia. Ma era francesa de los pies a la cabeza. Su herencia se reflejaba en las sencillas pero impecables blusa de seda y falda que llevaba, en su pelo recogido en un moño bajo. Comunicarnos con ambas mujeres supuso que todas nosotras creciéramos siendo capaces de cambiar de idioma instantáneamente.

—Veo que todavía no te has cortado el pelo —dijo Ma con una sonrisa y señalando mi largo flequillo rubio—. Bueno, ¿cómo estás, chérie?

Sirvió el té mientras Claudia se retiraba.

—Bien.

—Bueno, sé que eso no es verdad. Ninguna estamos bien. ¿Cómo íbamos a estarlo cuando acaba de ocurrirnos algo tan terrible?

—Es cierto —convine cuando me pasó mi té.

Le añadí leche y tres cucharadas de azúcar. A pesar de que mis hermanas se burlaban de mí por mi delgadez, era muy golosa y no solía privarme de los dulces.

—¿Cómo está CeCe?

—Dice que está bien, pero en realidad no sé si es así.

—El dolor nos afecta a todos de maneras muy diferentes —musitó Ma—. Y a menudo da lugar a cambios. ¿Sabías que Maia se ha marchado a Brasil?

—Sí, nos envió un correo electrónico a CeCe y a mí hace unos días. ¿Sabes por qué se ha ido?

—Supongo que tiene algo que ver con la carta que vuestro padre le dejó. Pero, sea cual sea la razón, me alegro por ella. Habría sido terrible para Maia quedarse aquí sola a llorarlo. Es demasiado joven para vivir escondida. A fin de cuentas, tú sabes mejor que nadie que viajar puede ampliar los horizontes de cualquiera.

—Así es. Pero ya he tenido suficientes viajes.

—¿Ah, sí?

Asentí, y de pronto noté todo el peso de la conversación sobre mis hombros. Normalmente, CeCe habría estado a mi lado para hablar por las dos. Pero Ma guardó silencio, así que tuve que continuar por mí misma.

—Ya he visto bastante.

—¡Seguro que sí! —exclamó Ma con una risa suave—. ¿Hay algún sitio que no hayáis visitado las dos a lo largo de los últimos años?

—Australia y el Amazonas.

—¿Por qué esos lugares en particular?

—Porque a CeCe le dan pánico las arañas.

—¡Es verdad! —Ma dio una palmada cuando lo recordó—. Sin embargo, de pequeña parecía que no hubiera nada que la asustara. Seguro que te acuerdas de que siempre saltaba al mar desde las rocas más altas.

—Y de que no paraba de trepar por ellas —añadí.

—¿Y recuerdas que era capaz de contener la respiración bajo el agua durante tanto tiempo que me preocupaba que se hubiera ahogado?

—Sí —respondí muy seria, pensando en cuánto había insistido para que me uniera a ella en la práctica de deportes extremos.

Esa era una de las cosas en las que me había mantenido firme. Durante nuestros viajes por Extremo Oriente, CeCe se había pasado horas buceando o tratando de escalar los vertiginosos tapones volcánicos de Tailandia y Vietnam. Pero aunque mi hermana estuviera bajo la superficie del agua o en las alturas, yo permanecía inmóvil tumbada en la arena leyendo un libro.

—Y siempre odió llevar zapatos… Tenía que obligarla a ponérselos cuando era una cría —comentó Ma con una sonrisa.

—Una vez los tiró al lago. —Señalé la tranquila masa de agua—. Tuve que convencerla de que fuera a recuperarlos.

—Siempre fue un espíritu libre —suspiró Ma—. Y muy valiente… Pero entonces, un día, cuando CeCe tenía alrededor de siete años, oí un grito procedente de vuestra habitación y pensé que la estaban matando. Pero no, tan solo había una araña del tamaño de una moneda en el techo. ¿Quién iba a imaginárselo?

—También tiene miedo de la oscuridad.

—Vaya, pues eso no lo sabía.

La expresión de Ma se ensombreció y sentí que, de alguna manera, había menoscabado sus habilidades como madre, las de una mujer contratada por Pa Salt para atender a unos bebés adoptados que se convirtieron en niñas y después en jóvenes bajo su cuidado; para actuar in loco parentis cuando él estaba de viaje. No tenía vínculos genéticos con ninguna de nosotras, y sin embargo significaba muchísimo para todas.

—Le da vergüenza contarle a la gente que tiene muchas pesadillas.

—Entonces ¿esa es la razón por la que te mudaste a su habitación? —preguntó comprendiéndolo al cabo de muchos años—. ¿Y por la que poco después me pediste que te pusiera una luz quitamiedos?

—Sí.

—Pensé que era para ti, Star. Supongo que esto tan solo revela que nunca conocemos a las personas que hemos criado tanto como creemos. Bueno, ¿qué te parece Londres?

—Me gusta, pero todavía no hemos pasado mucho tiempo allí. Y…

Dejé escapar un suspiro, incapaz de ponerle palabras a mi desolación.

—Estás pasando el duelo —concluyó Ma por mí—. Y tal vez sientas que en estos momentos no importa demasiado dónde estés.

—Sí, pero tenía ganas de venir aquí.

—Y, chérie, es un placer tenerte en casa, y toda para mí. No es algo que haya sucedido muy a menudo, ¿verdad?

—No.

—¿Te apetece que ocurra con más frecuencia, Star?

—Yo… sí.

—Es una evolución natural. Ni CeCe ni tú sois ya unas niñas. Eso no significa que no podáis seguir estando unidas, pero es importante que cada una de vosotras tenga su propia vida. Estoy convencida de que CeCe también siente lo mismo.

—No, Ma, no es así. Me necesita. No puedo dejarla —solté de repente, cuando toda la frustración, y el miedo, y la… rabia que sentía contra mí misma y contra la situación se amotinaron en mi interior.

A pesar de mi capacidad de autocontrol, no pude contener el súbito y enorme sollozo que brotó desde las profundidades de mi alma.

—Oh, chérie. —Ma se puso de pie y una sombra atravesó el sol cuando se arrodilló ante mí para cogerme las manos—. No te avergüences, es saludable sacarlo fuera.

Y eso hice. No podría llamarlo llorar, porque, cuando todas las palabras y los sentimientos inexpresados contenidos en mi interior salieron en tromba, mi llanto se pareció mucho más a un aullido.

—Lo siento, lo siento… —mascullé cuando Ma se sacó un paquete de pañuelos de papel del bolsillo para contener la avalancha de lágrimas—. Solo estoy… disgustada por lo de Pa…

—Es completamente lógico, y de verdad, no hay razón para disculparse —dijo con cariño mientras yo permanecía allí sentada sintiéndome como un coche cuyo depósito de gasolina acaba de vaciarse—. Siempre me ha preocupado que te guardaras tantas cosas dentro, así que ahora estoy más contenta —sonrió—, aunque tú no sientas lo mismo. En cualquier caso, ¿puedo sugerirte que subas a tu habitación a refrescarte antes de la cena?

Entré tras ella. El interior de la casa tenía un olor muy particular que yo había intentado deconstruir muchas veces para poder reproducirlo en mis hogares temporales: una pizca de limón, madera de cedro, pasteles recién horneados… Pero, por descontado, aquel aroma era más que la simple suma de sus partes y exclusivo de Atlantis.

—¿Quieres que te acompañe arriba? —me preguntó Ma cuando empecé a subir por la escalera.

—No, estaré bien.

—Volveremos a hablar más tarde, chérie, pero si me necesitas, ya sabes dónde estoy.

Llegué al último piso de la casa, donde todas las hermanas teníamos nuestros dormitorios. Ma también tenía una suite al final del pasillo, con un pequeño salón y un baño privado. La habitación que yo compartía con CeCe estaba entre la de Ally y la de Tiggy. Abrí la puerta y sonreí al ver el color de tres de las paredes. CeCe había atravesado una etapa «gótica» a los quince años y se había empeñado en pintarlas de negro. Yo me negué y le propuse que lo dejáramos en morado. Mi hermana insistió en decorar ella misma la cuarta pared, la que estaba junto a su cama.

Después de todo un día encerrada en nuestra habitación, CeCe salió de ella justo antes de medianoche con los ojos vidriosos.

—Ya puedes verla —dijo invitándome a pasar.

Clavé la vista en la pared y me quedé impresionada por la intensidad de los colores: un vívido fondo azul noche salpicado con pinceladas de un cerúleo más claro, y en el centro, un grupo de estrellas doradas, hermosamente relucientes y llameantes. La forma me resultó familiar de inmediato: CeCe había pintado las Siete Hermanas de las Pléyades… a nosotras.

Cuando me fijé con detenimiento, me di cuenta de que cada una de las estrellas estaba formada por puntos diminutos y precisos, como pequeños átomos combinados para dar vida al todo.

Sentí la presión de su presencia a mi espalda, su respiración ansiosa sobre mi hombro.

—CeCe, ¡esto es asombroso! Increíble, de verdad. ¿Cómo se te ha ocurrido?

—No se me ha ocurrido. Simplemente… —se encogió de hombros—, sabía lo que tenía que hacer.

Desde aquel momento, yo había tenido mucho tiempo para contemplar la pared desde mi cama, y continuaba encontrando pequeños detalles en los que no había reparado antes.

Aun así, a pesar de que nuestras hermanas y Pa la habían elogiado por el mural, CeCe no había vuelto a emplear aquel estilo.

—Bueno, eso es solo algo que me surgió así. He avanzado desde entonces —me dijo.

Al mirarlo en aquel momento, pese a que habían transcurrido doce años, volví a pensar que el mural era la obra de arte más imaginativa y hermosa que CeCe había creado.

Vi que ya habían deshecho mi bolsa de viaje y que las pocas prendas de ropa que había llevado estaban cuidadosamente dobladas sobre la silla, así que me senté en la cama sintiéndome repentinamente a disgusto. Apenas había nada «mío» en la habitación. Y no podía culpar a nadie sino a mí.

Me acerqué a mi cómoda, abrí el último cajón y saqué la vieja lata de galletas en la que había atesorado mis más preciados recuerdos. Tras sentarme de nuevo en la cama me la coloqué sobre las rodillas y quité la tapa para coger un sobre. Después de diecisiete años metido en la lata, noté su tacto reseco pero suave en los dedos. Al extraer su contenido, vi la pesada tarjeta de vitela que todavía tenía la flor prensada adherida a ella.

Bueno, mi querida Star, al final logramos cultivarla.

PA X

Acaricié los delicados pétalos con los dedos: eran tan finos como una telaraña, pero todavía retenían un recuerdo desvaído del vibrante matiz burdeos que había adornado la primerísima floración de nuestra planta en el jardín que yo había ayudado a Pa a crear durante mi época escolar.

Había implicado levantarme pronto, antes de que CeCe se despertara. Mi hermana dormía muy profundamente, sobre todo después de las pesadillas —que tendían a producirse entre las dos y las cuatro—, así que nunca se percató de mis ausencias al amanecer. Pa se reunía conmigo en el jardín con aspecto de llevar horas levantado, y quizá fuera así. Yo iba con cara de sueño, pero entusiasmada por lo que fuera que él quisiera enseñarme.

A veces no eran más que unas cuantas semillas que escondía en la mano; en otras ocasiones, un brote delicado que había llevado a casa desde allá donde hubiera estado de viaje. Nos sentábamos en el banco de la pérgola de rosas con su enorme y muy antigua enciclopedia botánica, y sus manos fuertes y morenas pasaban las páginas hasta que encontrábamos la procedencia de nuestro tesoro. Después de leer acerca de su hábitat natural, sus gustos y preferencias, recorríamos el jardín y decidíamos entre los dos el mejor lugar donde plantarla.

En realidad, pensándolo ahora, él sugería un lugar y yo aceptaba su sugerencia. Pero nunca me había dado esa sensación. Siempre había sentido que mi opinión importaba.

Solía recordar a menudo la parábola de la Biblia que Pa me había contado una vez mientras trabajábamos: que todo ser viviente necesitaba ser celosamente cuidado desde el comienzo de su vida. Y si se hacía así, terminaría por crecer fuerte y durar muchos años.

—Claro está, los humanos somos exactamente iguales que las semillas —me había dicho Pa mientras yo inclinaba mi regadera de tamaño infantil y él se sacudía la turba de aroma dulzón de las manos—. Con el sol, la lluvia y… el amor, tenemos todo lo que necesitamos.

Y, en efecto, nuestro jardín floreció, y a lo largo de aquellas especiales mañanas de jardinería con Pa, aprendí el arte de la paciencia. Cuando algunas veces, unos días después, volvía al lugar elegido para ver si nuestra planta había empezado a crecer y descubría que no se había producido ningún cambio o que la planta estaba marrón y mustia, le preguntaba a Pa por qué no germinaba.

—Star —me decía sujetándome la cara entre las palmas marchitas—, cualquier cosa de valor duradero necesita tiempo para fructificar. Y una vez que lo haga, te alegrarás de haber perseverado.

«Mañana me levantaré temprano —pensé al cerrar la lata— y regresaré a nuestro jardín.»

Ma y yo cenamos juntas aquella noche a la luz de las velas en la mesa de la terraza. Claudia nos había preparado un costillar de cordero perfectamente guisado con zanahorias baby glaseadas y brócoli fresco del huerto de la cocina. Cuanto más empezaba a entender de cocina, más cuenta me daba del verdadero talento que poseía Claudia.

Cuando terminamos de cenar, Ma se volvió hacia mí.

—¿Has decidido ya dónde te vas a asentar?

—CeCe tiene su curso de arte en Londres.

—Ya lo sé, pero te estoy preguntando por ti, Star.

—Va a comprar un apartamento con vistas al Támesis. Nos mudaremos el mes que viene.

—Entiendo. ¿Te gusta?

—Es muy… grande.

—No te he preguntado eso.

—Puedo vivir en él, Ma. Es un sitio realmente fantástico —añadí sintiéndome culpable por mis reticencias.

—¿Y tú harás tu curso de cocina mientras CeCe hace el de arte?

—Sí.

—Cuando eras más pequeña pensaba que a lo mejor te convertías en escritora —dijo—. Al fin y al cabo, te licenciaste en Literatura Inglesa.

—Me encanta leer, sí.

—Star, te subestimas. Todavía recuerdo los cuentos que solías escribir de niña. Pa me los leía a veces.

—¿Ah, sí?

Aquello me llenó de orgullo.

—Y no te olvides de que te ofrecieron una plaza en la Universidad de Cambridge, pero la rechazaste.

—No.

Hasta yo misma noté la brusquedad de mi tono. Era un momento que aún me dolía recordar, incluso pasados nueve años…

—No te importa que pruebe suerte con Cambridge, ¿verdad, Cee? —le pregunté a mi hermana—. Mis profesores creen que debería intentarlo.

—Claro que no, Sia. Eres muy inteligente, ¡estoy segura de que entrarás! Yo también echaré un vistazo a las universidades de Inglaterra, aunque dudo que me ofrezcan una plaza en alguna. Ya sabes lo zopenca que soy. Si no consigo plaza, iré contigo de todas formas y buscaré trabajo en un bar o algo así —dijo encogiéndose de hombros—. Me da igual. Lo más importante es que estemos juntas, ¿no es así?

En aquel momento, yo también estaba absolutamente convencida de que lo era. En casa y en el internado, donde el resto de las chicas percibían nuestra intimidad y nos dejaban arreglárnoslas solas, lo éramos todo la una para la otra. Así que nos pusimos de acuerdo en un grupo de universidades que tenían carreras que nos gustaban a las dos, pues así podríamos permanecer juntas. Probé suerte en Cambridge y, para mi sorpresa, me ofrecieron una plaza en Selwyn College, condicionada a las notas de mis exámenes finales.

En Navidad me senté en el despacho de Pa para verle leer la carta de la oferta. Levantó la mirada hacia mí y me deleité en el orgullo y la emoción que reflejaban sus ojos. Señaló el pequeño abeto engalanado con decoraciones antiguas. Colocada en lo más alto del mismo, brillaba una estrella plateada.

—Ahí estás —dijo con una sonrisa—. ¿Vas a aceptar la oferta?

—No… no lo sé. Quiero ver qué ocurre con CeCe.

—Bueno, tiene que ser decisión tuya. Lo único que puedo decirte es que en algún momento tienes que hacer lo que es bueno para ti —añadió con intención.

Posteriormente, CeCe y yo recibimos dos ofertas para universidades en las que tanto ella como yo habíamos solicitado plaza. Después, ambas nos presentamos a los exámenes finales y esperamos los resultados con nerviosismo.

Dos meses más tarde, las dos nos hallábamos sentadas con nuestras hermanas en medio de la cubierta del Titán, el magnífico yate de Pa. Estábamos disfrutando de nuestro crucero anual —aquel año navegábamos por la costa del sur de Francia— y nos aferrábamos con inquietud a los sobres que contenían nuestras notas medias de la educación secundaria. Pa acababa de encontrarlos entre la pila de correo que nos llevaban en lancha en días alternos hasta dondequiera que estuviéramos navegando.

—Bueno, chicas —nos dijo Pa con una sonrisa al ver nuestras caras de nervios—, ¿queréis abrirlas aquí o en privado?

—Creo que es mejor que nos lo quitemos de encima cuanto antes —contestó CeCe—. Abre la tuya primero, Star. Total, yo ya sé que lo más probable es que haya suspendido.

Bajo las atentas miradas de todas mis hermanas y Pa, rasgué el sobre con los dedos temblorosos y saqué las hojas de papel que contenía.

—¿Y bien? —preguntó Maia al ver que tardaba bastante en leer los resultados.

—He sacado un nueve de media… y un diez en inglés.

Todos estallaron en vítores y aplausos, y mis hermanas me envolvieron en un fuerte abrazo.

—Ahora te toca a ti, CeCe —dijo Electra, la más pequeña de nuestras hermanas, con los ojos brillantes.

Todas sabíamos que CeCe había tenido dificultades en el colegio a causa de su dislexia, mientras que Electra era capaz de aprobar cualquier examen que se propusiera, pero era una vaga.

—Me da igual lo que digan estos papeles —replicó CeCe a la defensiva, y yo le signé «buena suerte» y «te quiero».

Rasgó el sobre y yo contuve la respiración mientras mi hermana leía los resultados a toda velocidad.

—He… ¡Dios mío! He…

Todos estábamos sin aliento.

—¡He aprobado, Star! ¡He aprobado! Y eso quiere decir que iré a Sussex a estudiar Historia del Arte.

—Es maravilloso —contesté, pues sabía lo mucho que se había esforzado para conseguirlo, pero también vi la expresión inquisidora de Pa al mirarme.

Porque sabía la decisión que me correspondería tomar entonces.

—Enhorabuena, cariño —la felicitó Pa con una sonrisa—. Sussex es un lugar precioso y, además, allí se encuentran los acantilados de las Siete Hermanas.

Más tarde, CeCe y yo nos sentamos en la cubierta superior del yate para contemplar un glorioso atardecer en el Mediterráneo.

—Sia, entiendo perfectamente que prefieras aceptar la oferta de Cambridge en lugar de venir a Sussex a estudiar conmigo. No me gustaría interponerme en tu camino ni nada así. Pero… —El labio inferior empezó a temblarle—. No sé qué voy a hacer sin ti. A saber cómo me las ingenio para redactar los trabajos que me manden sin tu ayuda.

Aquella noche en el barco, oí a CeCe revolverse y gimotear levemente. Enseguida supe que se acercaba una de sus terribles pesadillas. A aquellas alturas, ya era una experta en reconocer los síntomas, así que me levanté de la cama y me eché en la suya murmurando palabras tranquilizadoras, pero totalmente convencida de que sería incapaz de despertarla. Sus gemidos se habían vuelto más intensos y había comenzado a gritar palabras indescifrables que yo ya había desistido de intentar entender.

«¿Cómo voy a abandonarla? Me necesita… Y yo la necesito a ella.»

Y así era, en aquella época.

De manera que rechacé la plaza en Cambridge y acepté la oferta de Sussex con mi hermana. Y a mitad del tercer trimestre de su carrera de tres años, CeCe me anunció que la abandonaba.

—Lo entiendes, ¿verdad, Sia? —me dijo—. Sé pintar y dibujar, pero no sería capaz de redactar un ensayo sobre los pintores renacentistas y sus infinitos trabajos sobre la dichosa Madonna ni aunque me fuera la vida en ello. No puedo hacerlo. Lo siento, pero no puedo.

Después de aquello, CeCe y yo dejamos la habitación que compartíamos en el colegio mayor y alquilamos un piso destartalado. Y mientras yo asistía a las clases, ella tomaba el autobús para ir a Brighton a trabajar de camarera.

A lo largo del siguiente año, me sentí al borde de la desesperación pensando en el sueño al que había renunciado.

3

Después de la cena, me disculpé ante Ma y subí a nuestra habitación. Saqué el móvil de mi mochila para comprobar los mensajes y vi que tenía cuatro y unas cuantas llamadas perdidas, todos de CeCe. Tal como le había prometido, le había enviado un mensaje cuando mi avión aterrizó en Ginebra, y en aquel momento le mandé una respuesta breve diciéndole que estaba bien, que iba a acostarme ya y que hablaríamos al día siguiente. Apagué el teléfono, me metí debajo de mi edredón y me quedé allí tumbada, escuchando el silencio. Me di cuenta de lo raro que me resultaba dormir sola en una habitación, en una casa vacía que una vez había estado llena de una vida ruidosa y activa. Aquella noche no me despertarían los murmullos de CeCe. Podría dormir de un tirón hasta por la mañana si así lo deseaba.

Aun así, cuando cerré los ojos, hice cuanto pude para no echarla de menos.

Al día siguiente me levanté temprano, me puse unos vaqueros y una sudadera con capucha, cogí la carpeta de plástico y bajé la escalera de puntillas. Abrí con mucho cuidado la puerta principal de la casa y tomé el sendero que salía a mi izquierda para dirigirme al jardín especial de Pa Salt. Bien asida en la mano, llevaba la carpeta de plástico que contenía su carta, mis coordenadas y la traducción de la inscripción en griego.

Muy despacio, paseé entre los arriates que habíamos plantado juntos para comprobar la evolución de nuestra progenie. En julio alcanzaban su plenitud: zinnias multicolores, asteres morados, guisantes de olor apelotonados como mariposas minúsculas y las rosas que trepaban por toda la pérgola para dar sombra al banco.

Me di cuenta de que ahora solo quedaba yo para cuidarlas. Aunque Hans, nuestro anciano jardinero, era el «canguro» de las plantas cuando Pa y yo no estábamos allí para encargarnos de ellas, jamás podría estar segura de que las quisiera tanto como nosotros. En realidad era una estupidez pensar en las plantas como si fueran niños. Pero, como solía decirme Pa, el proceso de crianza era similar.

Me detuve para admirar una planta a la que le tenía mucho cariño y que lucía unas delicadas flores magenta suspendidas sobre unos tallos finos sobre una masa de hojas verde oscuro.

—Se llama Astrantia major —me dijo Pa hacía casi dos décadas mientras plantábamos las minúsculas semillas en macetas—. Se cree que su nombre deriva de la palabra aster, que quiere decir «estrella» en latín. Y cuando brota, tiene unas espléndidas flores con forma de estrella. Debo advertirte que a veces es difícil de cultivar, sobre todo teniendo en cuenta que estas semillas han viajado conmigo desde otro país y están viejas y secas. Pero si lo conseguimos, no requiere muchos cuidados, solo un poco de tierra de calidad y algo de agua.

Unos cuantos meses después, Pa me llevó a un rincón sombreado del jardín para plantar los esquejes que habían brotado milagrosamente después de muchos cuidados, entre los que se incluyó una breve estancia de las semillas en el frigorífico, pues Pa dijo que sería necesaria para «darles un empujón» y devolverles la vida.

—Ahora debemos tener paciencia y esperar que les guste su nueva casa —comentó mientras nos limpiábamos la tierra de las manos.

La Astrantia tardó otros dos años en dar flores, pero desde entonces se había multiplicado alegremente, autorreproduciéndose en cualquier lugar del jardín que se le antojaba. Sin dejar de mirarla, arranqué una de las flores y acaricié los pétalos frágiles con las yemas de los dedos. Y extrañé a Pa más de lo que era capaz de soportar.

Me di la vuelta y me encaminé hacia el banco cobijado bajo la pérgola de rosas. La madera todavía estaba empapada de rocío y la sequé con la manga. Me senté y me sentí como si aquella humedad se me estuviera filtrando en el alma.

Miré la carpeta de plástico que contenía los sobres. Y en aquel instante me pregunté si habría cometido un error al ignorar la súplica de CeCe de que abriéramos nuestras cartas juntas.

Me temblaron las manos al coger el sobre de Pa y, tras respirar hondo, rasgarlo. Dentro había una carta y, además, lo que parecía un joyero pequeño y fino. Desdoblé la carta y empecé a leer.

Atlantis

Lago de Ginebra

Suiza

Mi queridísima Star:

Por algún motivo, me resulta de lo más apropiado estar escribiéndote, ya que ambos sabemos que es tu medio de comunicación preferido. Hasta hoy conservo con gran cariño las largas cartas que me escribías cuando estabas fuera, en el internado y en la universidad. Y, posteriormente, en tus muchos viajes por los cuatro confines del globo.

Como es posible que ya sepas a estas alturas, he intentado proporcionaros a todas la información adecuada acerca de vuestros verdaderos orígenes. Aunque me gusta creer que tus hermanas y tú sois realmente mías, y tan parte de mí como podría haberlo sido cualquier criatura naturalmente concebida por mí, puede que llegue un día en que la información que poseo te resulte útil. Dicho esto, también acepto que es un camino que no todas mis hijas querrán recorrer. Especialmente tú, mi querida Star, tal vez la más sensible y compleja de todas mis chicas.

Esta carta es la que he tardado más tiempo en redactar, en parte porque la he escrito en inglés, no en francés, y sé que tu dominio de las reglas gramaticales y de puntuación en este idioma es muy superior al mío, así que, por favor, disculpa los errores que pueda cometer. Pero también porque debo confesar que me está costando encontrar una forma directa de facilitarte los mínimos datos necesarios para ponerte sobre la pista de tus orígenes y, sin embargo, no alterar tu vida si decides no continuar investigando sobre ellos.

Es curioso que las pistas que he podido entregarles a tus hermanas sean sobre todo inanimadas, mientras que las tuyas implicarán comunicación de tipo verbal, simplemente porque el rastro que conduce hasta tu historia original ha estado muy bien escondido a lo largo de los años y necesitarás la ayuda de otras personas para despejarlo. Yo mismo acabo de descubrir los verdaderos detalles hace muy poco, pero si hay alguien capaz de conseguirlo eres tú, mi brillante Star. Ese cerebro tan ágil que tienes, combinado con tu profunda comprensión de la naturaleza humana —lograda mediante años de paciente observación y, aún más importante, escucha—, te irá muy bien si decides seguir el rastro.

De modo que te he facilitado una dirección —está escrita en una tarjeta sujeta al dorso de esta carta—. Y si decides visitarla, pregunta por una mujer llamada Flora MacNichol.

Por último, antes de terminar y despedirme, siento que debo decirte que a veces en la vida hay que tomar decisiones difíciles y a menudo muy dolorosas que, en ese momento, tal vez sientas que hacen daño a personas a las que quieres. Y es posible que así sea, al menos durante un tiempo. No obstante es habitual que los cambios que se deriven de tal determinación acaben convirtiéndose en lo mejor también para los demás. Y que los ayuden a avanzar.

Mi querida Star, no ofenderé tu inteligencia abundando en este tema; los dos sabemos a qué me refiero. A lo largo de los años que he pasado en este mundo, he aprendido que nada puede permanecer inamovible para siempre. Y esperar lo contrario es, por supuesto, el mayor error que cometemos los humanos. Los cambios se producen queramos o no, de mil formas distintas. Y aceptar esto es fundamental para alcanzar la dicha de vivir en este magnífico planeta nuestro.

Cuida con esmero no solo del maravilloso jardín que creamos juntos, sino tal vez del tuyo propio en algún otro lugar. Y, por encima de todo, cuida de ti. Y sigue tu propia estrella. Ha llegado el momento.

Tu padre, que te quiere,

PA SALT X

Levanté la mirada hacia el horizonte y vi que el sol aparecía tras una nube y espantaba las sombras del lago. Me sentía aturdida y aún más deprimida que antes de abrir la carta. Tal vez se debiera a las expectativas que había albergado, porque en realidad en aquellas palabras había muy poco que Pa y yo no hubiéramos discutido cuando aún estaba vivo. Cuando podía mirarlo a los ojos bondadosos y sentir la suave caricia de su mano en mi hombro mientras trabajábamos juntos en el jardín.

Despegué la tarjeta de visita sujeta con un clip a la carta y leí las palabras que tenía impresas:

Libros Arthur Morston

Kensington Church Street, 190

Londres W8 4DS

Recordé que una vez había pasado por Kensington en un autobús. Al menos si decidía ir a ver a Arthur Morston no tendría que viajar muy lejos, al contrario de lo que le había ocurrido a Maia. Entonces saqué la cita de la esfera armilar que ella me había traducido: «Ni el roble ni el ciprés crecen el uno a la sombra del otro».

Sonreí, porque nos describía a CeCe y a mí a la perfección. Ella: tan fuerte e intratable, con los pies firmemente enraizados en la tierra. Yo: alta pero endeble, sacudida por la más ligera brisa. Ya conocía la cita. Provenía de El profeta, obra de un filósofo llamado Khalil Gibran. Y también sabía quién permanecía —al menos en apariencia— en la sombra…

Simplemente no tenía ni idea de cómo echar a andar hacia el sol.

Después de doblarla de nuevo con mucho cuidado, saqué el sobre que contenía las coordenadas que Ally había descifrado. Mi hermana había apuntado la ubicación que señalaban. De todas las pistas, aquella era la que más me asustaba.

¿Deseaba saber dónde me había encontrado Pa?

Decidí que, al menos de momento, no me apetecía. Seguía queriendo pertenecer a Pa y a Atlantis.

Tras guardar de nuevo el sobre en la carpeta de plástico, cogí el joyero y lo abrí.

Dentro había una figurita negra, tal vez de ónice, que representaba un animal descansando sobre una fina base de plata. La saqué de la caja y la examiné. Sus esbeltas líneas indicaban claramente que se trataba de un felino. Miré la base y vi que había un sello y un nombre grabado en él: «Pantera».

En cada una de las cuencas oculares tenía una minúscula y brillante joya ambarina que centelleaba bajo el débil sol de la mañana.

—¿A quién pertenecías? ¿Y qué tenían que ver tus dueños conmigo? —susurré a la nada.

Volví a guardar la pantera en su caja y a continuación me puse de pie para acercarme a la esfera armilar. La última vez que la había visto, todas mis hermanas se hallaban apelotonadas a su alrededor preguntándose qué significaba y por qué Pa había escogido dejarnos tal legado. Escudriñé el interior e inspeccioné el globo dorado y los anillos de plata que lo encerraban en una elegante jaula. Estaba exquisitamente diseñada, los contornos de los continentes del planeta destacaban con orgullo sobre los siete mares que los rodeaban. Di una vuelta a su alrededor fijándome en los nombres originales griegos de todas mis hermanas: Maia, Alción, Celeno, Taygeta, Electra… y por supuesto en el mío, Astérope.

«¿Qué hay en un nombre?», cité a la Julieta de Shakespeare preguntándome —como ya había hecho muchas veces en el pasado— si todas nosotras habríamos adoptado las características de los personajes mitológicos cuyos nombres llevábamos o si nuestros nombres nos habrían adoptado a nosotras. A diferencia de lo que ocurría con el resto de mis hermanas, al parecer se sabía muy poco de la personalidad de mi homóloga. Algunas veces me había planteado si sería esa la razón por la que me sentía tan invisible entre mis hermanas.

Maia, la belleza; Ally, la líder; CeCe, la pragmática; Tiggy, el amparo; Electra, la bola de fuego… y luego yo. Supuestamente, yo era la pacificadora.

Bueno, si permanecer en silencio significaba que reinaba la paz, puede que sí, que ese fuera mi papel. Y quizá, si un padre te definía desde la cuna, entonces, a pesar de tu verdadera personalidad, intentaras vivir de acuerdo con esa imagen. Aun así, no había duda de que mis hermanas encajaban a la perfección con sus características mitológicas.

«Mérope…»

De repente mi mirada se topó con el séptimo anillo y me agaché para estudiarlo con mayor detenimiento. Pero, al contrario que en el resto de ellos, allí no había coordenadas. Ni inscripción. La hermana ausente; el séptimo bebé que todas habíamos esperado que Pa Salt llevara a casa pero que nunca había llegado. ¿Existía? ¿O acaso Pa había pensado —siendo tan perfeccionista como era— que la esfera armilar y su legado para nosotras no estarían completos sin su nombre? Tal vez si alguna de nosotras tuviera un bebé y ese bebé fuese una niña, podríamos llamarla Mérope para que los siete anillos se completaran.

Me dejé caer pesadamente sobre el banco al tiempo que trataba de recordar si a lo largo de los años Pa me había mencionado en alguna ocasión a una séptima hermana. Y, hasta donde me alcanzaba la memoria, no había sido así. De hecho, casi nunca hablaba de sí mismo; siempre le había interesado mucho más lo que estaba sucediendo en mi vida. Y pese a que lo quería tanto como cualquier hija puede querer a su padre y él era —aparte de CeCe— la persona a la que más cariño le tenía en el mundo, allí sentada me di cuenta de repente de que apenas sabía nada de él.

Lo único que sabía era que le gustaban los jardines y que, obviamente, había acumulado una inmensa fortuna. Pero el cómo había llegado a obtenerla me resultaba tan misterioso como el séptimo anillo de la esfera armilar. Sin embargo, jamás había tenido la sensación de que nuestra relación no fuera estrecha. O de que me ocultara información cuando le preguntaba algo.

Puede que nunca le formulara las preguntas correctas. Puede que ninguna de las hermanas lo hubiéramos hecho.

Me levanté y paseé por el jardín estudiando las plantas y haciendo una lista mental para Hans, el jardinero. Me reuniría allí con él más tarde, antes de dejar Atlantis.

Mientras regresaba hacia la casa me di cuenta de que, después de lo desesperada que había estado por volver a Atlantis, ahora tenía ganas de marcharme a Londres. Y continuar con mi vida.

4

A finales de julio, el clima de Londres era caluroso y húmedo. Sobre todo teniendo en cuenta que yo me pasaba el día en una cocina sofocante y sin ventanas en Bayswater. En las escasas tres semanas que permanecí allí, me sentí como si estuviera aprendiendo toda una vida de habilidades culinarias. Corté verduras en brunoise, en bastón y en juliana hasta llegar a creer que mi cuchillo de chef era una extensión de mi propio brazo. Trabajé masa de pan hasta tener agujetas y me deleité en ese momento del proceso de fermentación en el que, tras la subida, me daba cuenta de que ya estaba lista para hornear.

Todas las noches nos enviaban a casa a planear menús y calcular tiempos, y todas las mañanas realizábamos nuestra mise en place —preparar los ingredientes y colocar los utensilios en nuestra zona de trabajo antes de comenzar—. Al final de la clase, limpiábamos las superficies hasta dejarlas relucientes, y yo sentía una íntima satisfacción al saber que CeCe jamás entraría en aquella cocina para ensuciarla.

Mis compañeros de curso eran un grupo variopinto: hombres y mujeres entre los que se contaban tanto privilegiados jóvenes de dieciocho años como amas de casa aburridas que querían darles vida a las cenas que ofrecían en Surrey.

—He sido camionero durante veinte años —me comentó Paul, un corpulento divorciado de cuarenta años mientras colocaba hábilmente la pasta choux en una bandeja de hornear para formar delicados gougères de queso—. Siempre quise ser cocinero, y por fin voy a conseguirlo. —Me guiñó un ojo—. La vida es demasiado corta, ¿no crees?

—Sí —convine con vehemencia.

Afortunadamente, el ritmo del curso apartó de mi mente los pensamientos acerca de mi propio estancamiento personal. Y el hecho de que CeCe estuviera tan ocupada como yo también ayudó. Cuando no estaba absorta en escoger muebles para nuestro nuevo apartamento, estaba fuera de casa recorriéndose Londres de arriba abajo en los autobuses rojos que serpenteaban por la ciudad, en busca de inspiración para su nuevo fetiche creativo: las instalaciones físicas. Eso implicaba que mi hermana recogiera todo tipo de cachivaches por toda la ciudad y los tirara de cualquier manera en nuestro minúsculo salón: trozos de metal retorcidos que había encontrado en chatarrerías, un montón de tejas rojas, latas de gasolina vacías y apestosas y —lo más inquietante de todo— un muñeco de tamaño natural medio chamuscado y hecho de retales y paja.

—En noviembre, los ingleses queman en hogueras efigies de un hombre llamado Guy Fawkes. Nunca sabré por qué esta ha conseguido sobrevivir hasta julio —me dijo mientras cargaba una grapadora—. Al parecer tiene algo que ver con que el tipo intentó volar el Parlamento por los aires hace cientos de años. Estaba chalado —añadió con una carcajada.

Durante la última semana del curso, nos dividieron en parejas y nos pidieron que preparáramos un menú de tres platos.

—Todos sabéis que el trabajo en equipo es fundamental para gestionar una cocina con éxito —nos explicó Marcus, nuestro ostentosamente gay instructor del curso—. Tenéis que ser capaces de trabajar bajo presión y no solo de dar órdenes, sino también de recibirlas. Bien, estas son las parejas.

Se me cayó el alma a los pies cuando me emparejaron con Piers, más que un hombre, un muchacho de pelo lacio. Hasta el momento, había contribuido muy poco a los debates en grupo, aparte de los típicos comentarios graciosillos e infantiles.

La única buena noticia era que Piers era un cocinero naturalmente dotado. Y a menudo, para enfado de los demás, el que recibía más elogios por parte de Marcus.

—Es solo porque le atrae —había escuchado a Tiffany, una de las integrantes del grupo de chicas pijas inglesas, quejarse en el baño hacía unos cuantos días.

Le sonreí mientras me lavaba las manos. Y me pregunté si los seres humanos maduraban en algún momento o si la vida no era más que un eterno patio de colegio.

—O sea que hoy es tu último día, Sia. —CeCe me dedicó una sonrisa aquella mañana mientras me tomaba una apresurada taza de café en la cocina—. Buena suerte con ese rollo de la competición.

—Muchas gracias, te veo luego —le dije mientras salía del apartamento.

Caminé por Tooting High Street para coger el autobús —el metro era más rápido, pero me gustaba ver Londres durante el trayecto—. Me recibieron unos carteles que anunciaban que habían variado la ruta de mi autobús debido a unas obras en Park Lane. Así pues, cuando cruzamos el río en dirección norte, no seguimos el itinerario habitual, sino que atravesamos el barrio de Knightsbridge, junto con todos los demás londinenses desviados, hasta que el autobús consiguió liberarse del tráfico para terminar pasando ante la magnífica cúpula del Royal Albert Hall.

Aliviada de que al fin pareciéramos recuperar nuestra dirección, me puse a escuchar mi música habitual: «La mañana» de Grieg, que tanto me recordaba a Atlantis, y Romeo y Julieta de Prokofiev. Pa Salt fue la primera persona que me hizo oír ambas obras. Di gracias a Dios por la invención del iPod, puesto que, debido al gusto de CeCe por el rock duro, el viejo reproductor de CD de nuestra habitación solía vibrar hasta el borde de la explosión con el estruendo de las guitarras y las voces estridentes. Cuando el autobús se detuvo de nuevo, escudriñé la calle en busca de algún punto de referencia que me resultara familiar, pero no reconocí nada. Excepto el nombre colocado sobre un escaparate de la acera izquierda cuando el autobús comenzó a alejarse de la parada: ARTHUR MORSTON.

Me volví para mirar atrás preguntándome si estaría sufriendo alucinaciones, pero ya era demasiado tarde. Cuando el autobús giró a la derecha vi las palabras KENSINGTON CHURCH STREET estampadas en el cartel de la calle. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza cuando me percaté de que acababa de ver la encarnación física de la pista de Pa Salt.

Seguía pensando en ello cuando entré en la cocina con el resto de los alumnos.

—Buenos días, encanto. ¿Lista para cocinar como los ángeles?

Piers se acercó para situarse a mi lado y se frotó las manos, expectante. Yo tragué saliva con dificultad. Me consideraba feminista en el más estricto sentido de la palabra: creía en la igualdad de ambos géneros, sin preponderancia de ninguno de ellos sobre el otro. Y era justo decir que detestaba que se refirieran a mí como «encanto», con independencia de que quien lo hiciera fuera un hombre o una mujer.

—Bien. —Marcus apareció en la cocina y nos entregó a cada una de las parejas lo que parecía ser una tarjeta en blanco—. En el reverso de esa tarjeta está el menú que deberéis preparar entre cada dos. Espero que todos los platos estén sobre vuestra superficie de trabajo y listos para que yo los pruebe a las doce en punto. Tenéis dos horas. Muy bien, queridos, buena suerte. Ya podéis darle la vuelta a la tarjeta.

Sin perder un instante, Piers me arrebató la tarjeta de las manos. Tuve que mirar por encima de su hombro para poder echarle un vistazo a lo que teníamos que cocinar.

—Mousse de fuagrás con tostadas Melba, salmón hervido con patatas dauphinoise y judías verdes salteadas. Seguidos de Eton mess de postre —leyó Piers en voz alta—. Está claro que yo haré la mousse de fuagrás y herviré el salmón, porque la carne y el pescado son lo mío. Te dejaré a ti las verduras y el postre. Ya sabes que es un revuelto de fresas, crema y merengue. Tendrás que empezar por este último.

Quise replicarle que la carne y el salmón también eran lo mío. Y, con mucho, los componentes más impresionantes de aquel menú estival. Sin embargo, me dije que no importaba que Piers llevara la voz cantante —como había explicado Marcus, aquella prueba se basaba en el trabajo en equipo— y me concentré en mezclar las claras de huevo con el azúcar extrafino.

Cuando el plazo de dos horas iba a finalizar, yo estaba tranquila y preparada, mientras que a Piers se lo veía histérico, volviendo a meter en la manga el fuagrás que había decidido rehacer en el último minuto. Le eché un vistazo al salmón, que continuaba hirviendo en la cazuela, consciente de que mi compañero lo había dejado demasiado tiempo allí dentro. Cuando había intentado advertírselo, me había despachado con impaciencia.

—Muy bien, se ha acabado el tiempo. Por favor, dejad todo lo que estéis haciendo —gritó Marcus.

Su voz resonó por toda la cocina y se produjo un estruendo metálico cuando los demás cocineros soltaron sus utensilios y se apartaron de sus platos. Piers ignoró la indicación y se apresuró a servir el salmón en la fuente junto a mis patatas y judías.

Por fin, tras haber alabado y aniquilado a partes iguales los otros cinco menús, Marcus se detuvo ante nosotros. Tal como sabía que haría, elogió la presentación y la textura de la mousse de fuagrás dedicándole un guiño a su chef favorito.

—Maravilloso, buen trabajo —lo felicitó—. Ahora pasemos al salmón.

Lo observé mientras probaba un bocado, fruncía el cejo y después clavaba su mirada en mí.

—Esto no está bien, no funciona en absoluto. Está recocido. Sin embargo, las patatas y las judías… —comentó tras degustar ambas cosas— están perfectas.

Una vez más, sonrió a Piers, así que me volví hacia mi compañero esperando que corrigiera el error de Marcus. Piers apartó su mirada de la mía y no dijo ni una sola palabra mientras el instructor se disponía a probar mi Eton mess.

Más que un revuelto, mi postre parecía un tulipán a punto de abrirse. El propio merengue formaba el recipiente en el que se escondían las fresas —maceradas en licor de grosella negra— y la crema chantillí. No había nada «caótico» en mi postre, y estaba segura de que Marcus lo adoraría o lo odiaría.

—Star —comenzó tras haber degustado una cucharada—, la presentación es original y el sabor increíblemente delicioso. Buen trabajo.

A continuación, Marcus nos concedió el primer premio por el entrante y también el del postre.

En el vestuario, abrí mi taquilla con algo más de fuerza de la necesaria y saqué mi ropa de calle para poder quitarme la vestimenta de chef.

—Me sorprende que hayas sido capaz de mantener la calma ahí dentro.

Levanté la mirada, pues aquellas palabras acababan de expresar mis propios pensamientos. Se trataba de Shanthi, una bellísima mujer india a la que le calculaba más o menos mi misma edad. Era el único miembro del grupo que, como yo, no se había sumado a los demás para tomar algo en un pub todos los días al terminar las clases. Aun así, gozaba de mucha popularidad entre los alumnos, ya que siempre transmitía una energía serena y positiva.

—He visto que ha sido Piers quien recocía el salmón. Estaba en la mesa de trabajo contigua a la mía. ¿Por qué no has dicho nada cuando Marcus te ha culpado a ti?

Me encogí de hombros y negué con la cabeza.

—No importa. Solo era un trozo de salmón.

—A mí me habría importado. Has sido víctima de una injusticia. Y las injusticias siempre deberían enmendarse.

Saqué mi bolso de la taquilla, sin saber muy bien qué decir. Las demás alumnas ya se marchaban para tomarse una última copa de despedida del curso juntas. Fueron diciéndonos adiós desde la puerta hasta que en el vestuario solo quedamos Shanthi y yo. Mientras me ataba los cordones de las zapatillas de deporte, la observé cepillarse la espesa melena color ébano y después aplicarse un carmín rojo intenso con los dedos largos y elegantes.

—Adiós —dije mientras me dirigía hacia la puerta del vestuario.

—¿Te apetece ir a tomar algo? Conozco un pequeño bar especializado en vinos muy cerca de aquí. Es un lugar nada bullicioso. Creo que te gustaría.

Titubeé un instante —las conversaciones de tú a tú no eran en absoluto mi fuerte— y sentí el peso de su mirada sobre mí mientras lo hacía.

—Sí —acepté finalmente—. ¿Por qué no?

Llegamos caminando y nos acomodamos con nuestras copas en un rincón tranquilo del bar.

—Bueno, Star la Enigmática —me sonrió Shanthi—, cuéntame quién eres.

Dado que aquella era la pregunta que siempre me temía, tenía una respuesta preparada de antemano.

—Nací en Suiza, tengo cinco hermanas, todas adoptadas, y fui a la Universidad de Sussex.

—¿Y qué estudiaste?

—Literatura Inglesa. ¿Y tú? —pregunté para desviar hábilmente la pelota de la conversación a su tejado.

—Pertenezco a la primera generación británica de una familia india. Trabajo como psicoterapeuta y sobre todo trato a adolescentes deprimidos y con tendencias suicidas. Por desgracia, son muy numerosos en estos tiempos —dijo con un suspiro—. Especialmente en Londres. La presión que los padres ejercen hoy en día sobre sus hijos para que alcancen logros es algo que me resulta demasiado familiar.

—Entonces ¿por qué has hecho el curso de cocina?

—¡Porque me encanta! Es mi mayor placer. —Esbozó una enorme sonrisa—. ¿Y tú?

En aquel momento entendí que aquella mujer estaba acostumbrada a lograr que las personas se abrieran, y aquello hizo que me sintiera aún más cauta.

—A mí también me gusta mucho cocinar.

—¿Pretendes convertirlo en tu profesión?

—No. Creo que me gusta porque se me da bien, aunque suene un poco egoísta.

—¿Egoísta? —Shanthi se echó a reír y el musical timbre de su voz resonó con calidez en mis oídos—. Opino que alimentar el cuerpo es también una forma de alimentar el alma. Y no es egoísta ni por asomo. Está bien disfrutar de lo que a uno se le da bien, en realidad. De hecho, es algo que contribuirá enormemente a la calidad del producto final. La pasión siempre ayuda. Bueno, ¿qué más cosas te «apasionan», Star?

—Los jardines y…

—¿Sí?

—Escribir, me gusta escribir.

—Y yo adoro leer. Es lo que más me ha abierto la mente y enseñado. Nunca he tenido dinero para viajar, pero los libros me llevan a otros lugares. ¿Dónde vives?

—En Tooting. Pero vamos a mudarnos a Battersea.

—¡Yo también vivo en Battersea! Justo al lado de Queenstown Road. ¿Lo conoces?

—No. Todavía soy prácticamente nueva en Londres.

—Ah, y entonces ¿dónde has vivido desde que terminaste la universidad?

—La verdad es que en ningún sitio. He viajado mucho.

—¡Qué suerte! —exclamó Shanthi—. Espero poder conocer más mundo antes de morir, pero hasta el momento nunca he tenido dinero para pagármelo. ¿Cómo pudiste permitírtelo tú?

—Mi hermana y yo buscábamos empleo allá donde fuéramos. Ella solía trabajar de camarera y yo hacía limpiezas.

—Vaya, Star, eres demasiado inteligente y guapa para andar todo el día con una fregona en las manos, pero bien hecho. Me da la sensación de que estás siempre en una búsqueda continúa, que eres incapaz de echar raíces.

—Tenía más que ver con mi hermana que conmigo. Yo me limité a seguirla.

—¿Y dónde está ella ahora?

—En casa. Vivimos juntas. Es artista, y el próximo mes empezará un curso de arte en el Royal College of Art.

—Muy bien. Y… ¿hay alguien especial en tu vida?

—No.

—Yo tampoco tengo pareja. ¿Alguna relación previa significativa?

—No. —Miré mi reloj sintiendo que su aluvión de preguntas hacía que se me enrojecieran las mejillas—. Debería marcharme ya.

—De acuerdo.

Shanthi apuró su copa y después me siguió hacia la salida del bar.

—Ha sido genial poder conocerte mejor, Star. Toma mi tarjeta. Mándame algún mensaje de vez en cuando para contarme cómo te va. Y si en alguna ocasión necesitas hablar, cuenta conmigo.

—Lo haré. Adiós.

Me alejé de ella con paso rápido. No me sentía cómoda hablando de «relaciones». Con nadie.

—¡Por fin! —CeCe me esperaba, con los brazos en jarras, en la atestada entrada de nuestro apartamento—. ¿Dónde demonios has estado, Sia?

—He ido a tomar una copa rápida con una amiga —contesté al pasar a su lado de camino al cuarto de baño, donde me encerré a toda prisa.

—Bueno, pues podrías haberme avisado. Te he cocinado algo para celebrar el final de tu curso. Pero probablemente ya se haya echado a perder.

CeCe no «cocinaba» casi nunca, o nunca. En las pocas ocasiones en las que yo no había estado cerca para alimentarla, había sobrevivido a base de comida para llevar.

—Lo siento, no lo sabía. Saldré dentro de un segundo.

Me acerqué a la puerta para escuchar y oí que se alejaba. Después de lavarme las manos, me aparté el flequillo de la cara y flexioné ligeramente las rodillas para contemplarme en el espejo.

—Algo tiene que cambiar —le dije a mi reflejo.

5

En agosto, Londres parecía una ciudad fantasma. Los que se lo podían permitir habían escapado del inestable clima del Reino Unido, que parecía oscilar incoherentemente entre el tiempo húmedo y nuboso, el soleado y el lluvioso. La «verdadera» Londres estaba dormida, esperando a que sus ocupantes regresaran de las playas extranjeras para que sus quehaceres diarios pudieran reanudarse una vez más.

Yo también experimentaba una extraña sensación de sopor. Si durante los días posteriores a la muerte de Pa Salt no había conseguido dormir, ahora a duras penas lograba levantarme de la cama por las mañanas. Por el contrario, CeCe era toda actividad, e insistía en que la acompañara a elegir un frigorífico determinado o las baldosas perfectas para el alicatado de la cocina del nuevo apartamento.

Un sábado bochornoso en el que yo me habría quedado tranquilamente tumbada en la cama con un libro, mi hermana me exigió que me levantara y me arrastró en autobús hasta una tienda de antigüedades, convencida de que me encantarían los muebles que vendían en ella.

—Ya hemos llegado —dijo mirando por la ventanilla, y presionó el botón de parada para que el autobús se detuviera en la siguiente—. La tienda está en el número 159, así que es aquí al lado.

Nos bajamos y ahogué una exclamación al ver que, por segunda vez en cuestión de un par de semanas, había terminado a pocos metros de la puerta de Libros Arthur Morston. CeCe giró a la izquierda para dirigirse a la tienda de al lado, pero yo me quedé rezagada observando brevemente el escaparate. Estaba lleno de libros antiguos, de aquellos que yo soñaba con poder coleccionar algún día, cuando tuviera dinero suficiente para poder permitírmelos, y que adornarían mis propias estanterías a ambos lados de mi chimenea imaginaria.

—Date prisa, Sia, ya son las cuatro menos cuarto. No sé a qué hora cierran aquí los sábados.

La seguí hasta el interior de una tienda que estaba llena de mobiliario oriental: mesas teñidas de carmesí y lacadas, armarios negros con delicadas mariposas pintadas en las puertas y budas dorados que sonreían con serenidad.

—¿No hace que te entren ganas de haber comprado un cargamento entero cuando estábamos viajando? —CeCe enarcó las cejas al mirar una de las etiquetas con los precios y después colocó las manos en la posición de «muchísimo dinero»—. Seguro que somos capaces de encontrarlos más baratos en algún otro sitio.

Encabezó la marcha para salir de la tienda y, después de examinar con detenimiento los escaparates de las demás pintorescas tiendas de antigüedades de la calle, regresamos a la parada del autobús. Mientras esperábamos a que llegara, no podía hacer más que contemplar la librería de Arthur Morston desde la otra acera. Mi hermana Tiggy me habría dicho que era el destino. En el mejor de los casos, yo pensaba que era, como mínimo, mucha coincidencia.

Una semana más tarde, mientras CeCe iba al apartamento a comprobar los avances de los albañiles cuando apenas quedaban unos días para que nos mudáramos, yo me acerqué a la tienda de comestibles del barrio a comprar un cartón de leche. Mientras esperaba junto al mostrador a que me devolvieran el cambio, bajé la mirada hacia un titular en la parte inferior derecha de The Times: EL CAPITÁN DEL TIGRESA SE AHOGA DURANTE UNA TORMENTA EN LA FASTNET.

Me dio un vuelco el corazón. Sabía que mi hermana Ally estaba participando en la Fastnet Race en aquellos momentos, y el nombre del barco me resultaba terriblemente familiar. La fotografía que aparecía debajo del titular era de un hombre, pero aquello no disminuyó mi ansiedad. Compré el periódico y ojeé con nerviosismo el artículo mientras regresaba al apartamento. Y, tras hacerlo, exhalé un suspiro de alivio porque, al menos hasta el momento, no había noticias de más víctimas. La climatología, sin embargo, era al parecer terrible, y tres cuartas partes de los barcos habían sido obligados a abandonar la competición.

Sin perder ni un segundo, le envié un mensaje a CeCe y volví a leer el artículo en cuanto entré en el apartamento. A pesar de que mi hermana mayor llevaba años dedicándose a la navegación profesional, la idea de que muriera en una regata jamás se me había pasado por la cabeza. Todo lo que tenía que ver con Ally era tan… vital. Vivía su vida con una intrepidez que yo solo podía admirar y envidiar.

Le envié un breve mensaje diciéndole que había leído la noticia del desastre y pidiéndole que se pusiera en contacto conmigo urgentemente. Mi móvil empezó a sonar cuando pulsé «enviar», y vi que era CeCe.

—Acabo de hablar con Ma, Sia. Me ha llamado ella. Ally estaba en la Fastnet Race y…

—Lo sé, acabo de leerlo en el periódico. Dios mío, CeCe, espero que Ally esté bien.

—Ma me ha dicho que alguien la ha llamado para decirle que está perfectamente. Como no podía ser de otra manera, el barco se ha retirado de la competición.

—¡Menos mal! Pobre Ally, perder a un compañero de tripulación así…

—Es terrible. Bueno, saldré para casa dentro de nada. La cocina nueva está quedando estupenda. Te va a encantar.

—Seguro que sí.

—Ah, y también han llegado nuestras camas y la de matrimonio para la otra habitación. Por fin lo estamos consiguiendo. Estoy impaciente por que nos mudemos. Te veo luego.

CeCe colgó y yo me maravillé ante su facilidad para centrarse tan rápidamente en lo práctico después de haber recibido una mala noticia, a pesar de que sabía que aquella era, simplemente, su manera de lidiar con tales asuntos. Reflexioné acerca de si debería ser valiente y decirle a CeCe que, a la más que madura edad de veintisiete años, tal vez fuera más apropiado que cada una tuviera su propia habitación en lugar de compartir una. Si alguna vez teníamos invitados, no me costaría nada mudarme a su dormitorio durante unos días. Me parecía ridículo tener que compartirlo cuando quedaba uno libre.

«Algún día, Star, tendrás que enfrentarte a ello…»

Pero, como siempre, no sería aquel día.

Mientras estaba organizando mis escasas pertenencias para la mudanza que tendría lugar un par de días más tarde, recibí una llamada de Ma.

—¿Star?

—¿Sí? ¿Va todo bien? ¿Cómo está Ally? No ha contestado mis mensajes —dije con nerviosismo—. ¿Has hablado con ella?

—No, no he conseguido comunicarme con ella, pero sé que no está herida. He hablado con la madre de la víctima. Seguro que ya sabes que era el patrón del barco de Ally. Su madre es una mujer encantadora… —Oí que un suspiro escapaba de los labios de Ma—. Parece ser que su hijo le dejó mi número para que me llamara en caso de que le sucediera algo. Cree que tal vez tuviese algún tipo de premonición.

—¿Quieres decir que presintió su propia muerte?

—Sí… Verás, Ally y él se habían comprometido en secreto. Se llamaba Theo.

Guardé silencio mientras asimilaba la noticia.

—Creo que Theo imaginaba que Ally estaría demasiado afectada para poder ponerse en contacto con nosotras por sí misma —prosiguió Ma—. Sobre todo porque todavía no os había contado a ninguna que mantenía una relación seria con él.

—¿Tú lo sabías, Ma?

—Sí, y estaba muy enamorada. Hace tan solo unos días que se marchó de Atlantis. Me dijo que Theo era «el definitivo». Yo…

—Ma, lo siento muchísimo.

—Perdóname, chérie, aunque sé que la vida tan pronto da como quita, que esto haya ocurrido tan poco tiempo después de la muerte de vuestro padre hace que la situación sea especialmente trágica para Ally.

—¿Dónde está ella? —pregunté.

—En Londres, en casa de la madre de Theo.

—¿Debería ir a visitarla?

—Creo que sería maravilloso que pudierais asistir al funeral. Celia, la madre de Theo, me ha dicho que se celebrará el próximo miércoles a las dos en punto en la iglesia de la Santísima Trinidad, en Chelsea.

—Allí estaremos, Ma, te lo prometo. ¿Has avisado al resto de las hermanas?

—Sí, pero ninguna de ellas puede ir.

—¿Y tú? ¿Puedes venir?

—Yo… Star, no puedo. Pero estoy segura de que CeCe y tú podéis representarnos a todas. Decidle a Ally que le enviamos todo nuestro cariño.

—Así lo haremos.

—Encárgate tú de decírselo a CeCe. ¿Cómo estás tú, Star?

—Estoy bien. Es solo que… no puedo ni imaginarme lo que estará pasando Ally.

—Yo tampoco, chérie. No esperes que te responda a ninguno de los mensajes que le mandes, ahora mismo no contesta a nadie.

—No te preocupes. Gracias por avisarme, Ma. Adiós.

Cuando CeCe llegó a casa le expliqué lo más calmadamente que pude lo que había sucedido. Y le comuniqué la fecha del funeral.

—Supongo que le habrás dicho a Ma que no podremos ir. Tan pocos días después de la mudanza, aún estaremos enterradas en cajas.

—CeCe, tenemos que ir. Tenemos que acompañar a Ally en esos momentos.

—¿Y qué pasa con nuestras hermanas? ¿Dónde están ellas? ¿Por qué tenemos que ser nosotras las que alteremos nuestros planes? Por el amor de Dios, si ni siquiera conocíamos a ese tipo.

—¿Cómo puedes decir eso? —Me puse de pie sintiendo que toda la rabia latente que había ido acumulando en mi interior estaba a punto de estallar—. ¡Esto no tiene nada que ver con su prometido, sino con Ally, nuestra hermana! ¡Las dos hemos podido contar con ella en todo momento a lo largo de nuestras vidas y ahora es ella la que necesita poder contar con nosotras el próximo miércoles! ¡Y allí estaremos!

Después me marché y me dirigí hacia el baño, que al menos tenía un pestillo en la puerta.

No tenía ganas de que CeCe me viera temblando de rabia, así que pensé que bien podría quedarme allí dentro y darme un baño. En la claustrofóbica jungla de hormigón que me rodeaba, la bañera amarillenta solía proporcionarme un refugio al que podía escapar.

Me sumergí, y entonces pensé en Theo y en el hecho de que él no había conseguido escapar del agua. Me incorporé de inmediato, con la respiración entrecortada a causa del pánico, y las pequeñas olas que levanté salpicaron todo el barato suelo de linóleo.

Llamaron a la puerta.

—¿Sia? ¿Estás bien?

Tragué saliva con dificultad y traté de coger aire varias veces. Theo no había sido capaz de encontrar aquel aire, y ya nunca podría volver a respirar.

—Sí.

—Tienes razón. —Se produjo un silencio prolongado—. Lo siento mucho. Por supuesto que debemos acompañar a Ally.

—Sí. —Quité el tapón y estiré la mano para coger mi toalla—. Debemos hacerlo.

A la mañana siguiente, el camión de mudanzas con conductor que CeCe había contratado aparcó delante de nuestro apartamento. Tras cargar nuestras pocas pertenencias —que básicamente incluían todos los cachivaches de CeCe para su nuevo proyecto artístico—, nos pusimos en marcha para recoger los muebles que mi hermana había comprado en distintas tiendas repartidas por el sur de Londres.

Tres horas más tarde, llegamos a Battersea. Y, después de que CeCe firmara lo que tuviera que firmar en la oficina de ventas de la planta baja, las llaves de nuestro nuevo hogar pasaron a estar en sus manos. Mi hermana abrió la puerta para que ambas pudiéramos entrar y luego se paseó por la resonante estancia.

—No puedo creerme que todo esto sea mío. Y tuyo, claro —agregó con generosidad—. Ahora ya estamos a salvo, Sia, para siempre. Tenemos nuestro propio hogar. ¿No es alucinante?

—Sí.

Acto seguido, me tendió los brazos y, consciente de que aquel era su momento, me dejé estrechar por ellos. Nos quedamos en el centro de aquel espacio cavernoso y vacío y nos abrazamos, riéndonos como las niñas que una vez fuimos por lo ridículo que nos resultaba ser ya tan mayores.

En cuanto nos mudamos, CeCe empezó a levantarse y salir temprano todas las mañanas para recoger más materiales para sus instalaciones antes de que, a principios de septiembre, comenzara el primer trimestre del curso.

Así que yo me quedaba sola en el apartamento todo el día. Me mantuve ocupada deshaciendo las cajas de ropa de cama, toallas y utensilios de cocina que CeCe había encargado. Mientras guardaba unos cuchillos de chef letalmente afilados en su bloque de madera, me sentí como una mujer recién casada organizando su primera casa. Pero no era el caso. Ni de lejos.

Cuando terminé con las cajas, me puse a trabajar para transformar la larguísima terraza en un jardín en el aire. Utilicé los pocos ahorros que me quedaban y casi toda la asignación mensual de Pa Salt para comprar cualquier cosa que pudiera crear todo el color y frondosidad posibles de manera inmediata. Mientras observaba al hombre del establecimiento de jardinería arrastrar la gigantesca maceta de terracota —ocupada por una enorme camelia cubierta de minúsculas flores blancas— hasta la terraza, supe que Pa Salt se estaría retorciendo en su tumba ante semejante extravagancia, pero aparté el pensamiento de mi mente diciéndome que, en aquella ocasión, mi padre lo habría entendido.

El miércoles siguiente, rebusqué prendas apropiadamente oscuras para las dos. CeCe tuvo que arreglárselas con un par de vaqueros negros, puesto que en su vestuario no había ni una sola falda o vestido.

Todas nuestras hermanas se habían puesto en contacto con nosotras por medio de mensajes de móvil o correos electrónicos para pedirnos que le transmitiéramos todo su cariño a Ally. Tiggy, probablemente la hermana a la que más unida me sentía después de CeCe, me llamó para decirme que le diera un abrazo enorme.

—Ojalá pudiera estar allí —dijo con un suspiro—. Pero por aquí ha empezado la temporada de caza y tenemos un montón de ciervos heridos.

Le prometí que le daría el abrazo a Ally y sonreí al pensar en mi dulce hermana pequeña y su amor por los animales. Trabajaba en un refugio de ciervos en Escocia, y cuando aceptó el empleo pensé en lo bien que encajaba con ella. Tiggy era tan rápida y ágil como los propios ciervos; recordaba a la perfección haber ido a verla bailar en una función del colegio cuando era más pequeña y haberme quedado hechizada por su elegancia.

CeCe y yo cruzamos el puente en dirección a Chelsea, donde iba a celebrarse el funeral de Theo.

—Vaya, aquí hay incluso cámaras de televisión y fotógrafos de prensa —susurró CeCe mientras hacíamos cola para entrar en la iglesia—. ¿Crees que deberíamos esperar hasta que llegue Ally para saludarla?

—No. Sentémonos en algún banco del fondo. Estoy segura de que podremos verla después.

La enorme iglesia estaba llena hasta los topes. Unas personas muy amables se apretaron en uno de los bancos del fondo para que pudiéramos estrujarnos en un extremo. Me incliné hacia un lado para ver el altar, a más de veinte pasos de donde nos encontrábamos. Me sentí asombrada y empequeñecida al observar lo querido que debía de haber sido Theo para llevar hasta allí a cientos de personas para despedirse de él.

Un silencio repentino acalló los murmullos y la congregación se volvió cuando ocho hombres jóvenes empezaron a recorrer el pasillo cargados con su ataúd. Los seguía una diminuta mujer rubia que se apoyaba en el brazo de mi hermana.

Contemplé el rostro macilento de Ally y vi la tensión y el dolor reflejados en sus rasgos. Cuando pasó junto a mí, sentí deseos de levantarme y abrazarla allí mismo y en aquel mismo instante; de decirle lo orgullosa que estaba de ella. Y cuánto la quería.

La ceremonia fue uno de los momentos más inspiradores y sin embargo dolorosos de mi vida. Escuché los panegíricos dedicados a aquel hombre que ni siquiera había conocido pero al que mi hermana había amado. Cuando nos pidieron que rezáramos, enterré la cara entre las manos y lloré por la desaparición de una vida tan joven, y por mi hermana, cuya vida asimismo había quedado paralizada por aquella pérdida. También derramé lágrimas por la muerte de Pa Salt, que no les había concedido a sus hijas la oportunidad de llorarlo del modo tradicional. Fue en aquel instante cuando entendí por primera vez en mi vida por qué aquellos rituales antiguos eran tan importantes: aportaban equilibrio en un momento de caos emocional.

Observé a Ally desde la distancia cuando llegó a los escalones del altar, rodeada por una pequeña orquesta, y atisbé su sonrisa forzada cuando se llevó a los labios la flauta a la que tantos años de práctica había dedicado. La famosa melodía de «Sailor’s Hornpipe» resonó en la iglesia. Imité a todos los que me rodeaban cuando empezaron a ponerse en pie y cruzarse de brazos antes de comenzar los tradicionales movimientos de rodilla. Finalmente, toda la congregación acabó moviéndose arriba y abajo al ritmo de la música. Cuando sonó la última nota, toda la iglesia estalló en aplausos y vítores. Me di cuenta de que sería un momento que jamás olvidaría.

Me volví hacia CeCe cuando nos sentamos y vi que las lágrimas le resbalaban por las mejillas. El hecho de que mi hermana, que en rara ocasión mostraba sus emociones, estuviera llorando como un bebé, me conmovió aún más.

Le agarré la mano.

—¿Estás bien?

—Ha sido precioso —masculló mientras se secaba los ojos bruscamente con el antebrazo—. Simplemente precioso.

Cuando cargaron el ataúd de Theo hasta el exterior del templo, Ally y su madre salieron tras él. Mi mirada se cruzó brevemente con la de Ally y vi que la sombra de una sonrisa le iluminaba el rostro. CeCe y yo nos sumamos a la fila que formaban el resto de los asistentes para seguir el féretro y permanecimos inmóviles en la acera, pues no teníamos muy claro qué debíamos hacer.

—¿Crees que deberíamos marcharnos sin más? Hay muchísima gente. Seguramente Ally tenga que hablar con todos ellos —sugirió CeCe.

—Tenemos que saludarla. Darle al menos un abrazo rápido.

—Mira, allí está.

Vimos que Ally, con los rizos cobrizos rodeando su rostro extrañamente pálido, se apartaba de la multitud y se acercaba a un hombre que permanecía solo a un lado. El lenguaje corporal de ambos me dijo que sería mejor que no los interrumpiéramos, pero nos aproximamos para que nuestra hermana pudiera vernos cuando acabara.

Al cabo de unos instantes, le dio la espalda al hombre y se le iluminó el rostro al echar a andar hacia nosotras.

Sin pronunciar una sola palabra, CeCe y yo la rodeamos con los brazos. Y la estrechamos entre ellos con todas nuestras fuerzas.

CeCe fue la primera en hablar para decirle cuánto lo sentíamos. Yo no fui capaz de dirigirme a ella; me di cuenta de que estaba de nuevo al borde de las lágrimas. Y sentía que no me correspondía a mí derramarlas.

—¿Verdad, Star? —trató de hacerme reaccionar CeCe.

—Sí —conseguí articular—. Ha sido un funeral precioso, Ally.

—Gracias.

—Me ha encantado oírte tocar la flauta. No has perdido tu magia —añadió CeCe.

—Escuchad, debo irme con la madre de Theo, pero os espero en la casa —dijo Ally.

—Me temo que no podemos ir. Pero nuestro apartamento está justo al otro lado del río, en Battersea. Cuando estés mejor, danos un toque y ven a vernos, ¿de acuerdo? —propuso CeCe.

—Nos encantaría verte, Ally —dije dándole otro abrazo—. Todas las demás te envían su cariño. Cuídate mucho.

—Lo intentaré. Y gracias de nuevo por venir. No imagináis lo importante que ha sido para mí.

Con una sonrisa de agradecimiento, Ally nos dijo adiós con la mano por última vez y se dirigió hacia la limusina negra que las esperaba a ella y a la madre de Theo junto a la acera.

—Será mejor que nosotras también nos pongamos en marcha.

CeCe empezó a alejarse calle abajo, pero yo me quedé rezagada para ver cómo el coche se desplazaba del bordillo. Ally, mi maravillosa, valiente, hermosa y —como la había considerado hasta aquel momento— invencible hermana mayor. Y, sin embargo, qué frágil parecía ahora, como si una ráfaga de viento pudiera hacerla salir volando. Mientras corría para alcanzar a CeCe, me di cuenta de que había sido el amor lo que había mermado la fuerza de Ally.

Y en aquel momento me prometí a mí misma que algún día yo también experimentaría tanto la dicha como el dolor de su intensidad.

Me sentí aliviada cuando, un par de días más tarde, Ally cumplió su palabra y me llamó por teléfono. Quedamos en que iría a comer y a ver el apartamento a pesar de que CeCe estaría fuera haciendo fotos de la central eléctrica de Battersea para uno de sus proyectos artísticos. Y aquella tarde me puse a trabajar en el menú.

Cuando el timbre sonó al día siguiente, el apartamento estaba invadido por lo que esperaba que fuera el tranquilizador olor de la comida casera. Shanthi tenía razón, pensé: quería alimentar el alma de Ally.

—Hola, cariño, ¿cómo estás? —le pregunté al abrir la puerta y abrazarla.

—Voy tirando —contestó siguiéndome hacia el interior.

Pero me di cuenta de que mentía.

—¡Uau! ¡Este lugar es fantástico! —dijo cuando se acercó a los grandes ventanales para admirar la vista.

Había preparado la mesa en la terraza, pues calculé que hacía el calor justo para poder comer al aire libre. Mi hermana admiró mi jardín improvisado mientras yo servía la comida y se me partió el corazón cuando me preguntó por CeCe y por mí, pues estaba claro que su propio corazón no paraba de partirse una y otra vez. Pero comprendí que su forma de enfrentarse a la situación era seguir adelante como siempre y no pedir compasión jamás.

—Esto está muy bueno, Star. Hoy estoy descubriendo todos tus talentos ocultos. Yo solo sé cocinar cosas básicas y no sabría ni plantar una margarita, así que de todo esto mejor ni hablar.

Señaló mis plantas con las manos.

—Últimamente me he estado preguntando qué es en realidad el talento —me atreví a comentar—. Es decir, las cosas que haces con facilidad ¿son un don? Por ejemplo, ¿tuviste que esforzarte para tocar la flauta tan bien?

—Supongo que no, por lo menos al principio. Pero para mejorar tuve que practicar mucho. No creo que el mero hecho de poseer un talento te libre de tener que trabajar duro. Mira a los grandes compositores: no basta con escuchar la melodía en tu cabeza, has de aprender a orquestarla y a plasmarla sobre el papel. Eso requiere años de práctica y aprendizaje. Estoy segura de que millones de personas poseemos una habilitad natural para algo, pero si no la desarrollamos y nos dedicamos a ella, nunca alcanzaremos nuestro verdadero potencial.

Asentí mientras asimilaba sus palabras, aunque sintiéndome completamente perdida respecto a cuáles podrían ser mis posibles talentos.

—¿Has terminado, Ally? —le pregunté.

Me di cuenta de que apenas había tocado su plato.

—Sí. Lo siento, Star, está delicioso, en serio, pero últimamente no tengo mucho apetito.

A continuación hablamos de nuestras hermanas y de lo que estaban haciendo. Le hablé de CeCe, de su curso de arte y de lo ocupada que estaba con sus «instalaciones». Ally mencionó el traslado sorpresa de Maia a Río y lo fantástico que era que finalmente hubiera encontrado la felicidad.

—Me alegro mucho de verte, Star. Me ha levantado el ánimo.

—Y yo de verte a ti. ¿Adónde tienes pensado ir ahora?

—Lo cierto es que puede que vaya a Noruega e investigue el lugar donde las coordenadas de Pa Salt dicen que nací.

—Muy bien —dije—. Creo que eso es justamente lo que debes hacer.

—¿Tú crees?

—¿Por qué no? Las pistas de Pa podrían cambiarte la vida. Han cambiado la de Maia.

Después de que Ally se marchara, con la promesa de volver pronto, subí lentamente a la habitación y saqué mi carpeta de plástico de una cajonera con forma de escalera —elección de CeCe, no mía.

Quité el clip que sujetaba la tarjeta al dorso de la carta de Pa Salt y volví a estudiarla una vez más. Y recordé la esperanza que acababa de ver en la mirada de Ally mientras me explicaba lo de Noruega. Respiré hondo y por fin cogí el sobre que contenía las coordenadas que Ally me había buscado. Y lo abrí.

A la mañana siguiente me levanté para descubrir una ligera neblina cerniéndose sobre el río. Cuando salí a ocuparme de mis plantas, encontré la terraza empapada de rocío. Dejando a un lado mis pequeños arbustos y mis rosas, que iban marchitándose a gran velocidad, era imposible divisar algo de vegetación si no era utilizando unos binoculares, pero me deleité en los cambiantes olores de la estación y sonreí.

No cabía duda de que el otoño se acercaba. Y a mí me encantaba el otoño.

Subí al piso de arriba, cogí mi bolso y saqué mi carpeta de plástico del último cajón. Y después, sin permitir que mi cerebro hiperanalítico procesara el camino que mis pies se disponían a recorrer, me dirigí a la parada de autobús más cercana.

Media hora más tarde, me bajaba de nuevo delante de Libros Arthur Morston. Eché un vistazo al escaparate, que albergaba una exposición de libros de mapas antiguos extendidos sobre una desgastada tela de terciopelo morado. Me fijé en que el mapa del Sudeste Asiático que se mostraba todavía se refería a Tailandia como «Siam».

En el centro de la exposición, había un pequeño y amarillento globo terráqueo sobre una plataforma que me recordó al que Pa Salt tenía en su despacho. No veía nada más allá de aquella muestra de mapas, pues en la calle brillaba el sol, pero el interior estaba tan oscuro como el de las librerías dickensianas sobre las que había leído. Me quedé un rato merodeando por el exterior, pues sabía que entrar sería el inicio de un viaje que no tenía claro si estaba preparada para emprender.

Pero ¿qué más tenía en aquellos momentos? Una vida vacía y sin dirección que no producía nada de valor para nadie. Y yo deseaba con todas mis fuerzas hacer algo de valor.

Saqué la carpeta de plástico de mi mochila de cuero y pensé en las últimas palabras de Pa Salt con la esperanza de que me insuflaran la fuerza que necesitaba. Finalmente, abrí la puerta de la tienda y una campanilla tintineó en algún punto del interior. Tardé un rato en ajustar la vista a la penumbra de la librería. Me hizo pensar en una biblioteca antigua, con sus suelos de madera oscura y, en mitad de una de las paredes, una chimenea con repisa de mármol que constituía el elemento central en torno al que se habían distribuido un par de sillones orejeros de cuero. Entre ellos descansaba una mesa de café baja atestada de libros.

Me agaché para abrir uno y, al hacerlo, las motas de polvo se alzaron y dispersaron como minúsculos copos de nieve bajo la luz del sol. Cuando me incorporé de nuevo, vi que el resto del local estaba invadido por infinitas estanterías abarrotadas de libros.

Eché un vistazo a mi alrededor, encantada. Puede que algunas mujeres sintieran lo mismo al dar con una boutique llena de prendas elegantes. Para mí, aquel lugar era un nirvana similar.

Me acerqué a una estantería en busca de un título o de un autor que conociera. Muchos de aquellos libros estaban escritos en idiomas extranjeros. Me detuve para examinar lo que parecía ser un Flaubert original y después seguí adelante para encontrar los volúmenes en inglés. Di con una copia de Sentido y sensibilidad —tal vez mi favorita entre las novelas de Jane Austen— y hojeé sus páginas amarillentas acariciando con mucho cuidado el papel envejecido.

Estaba tan absorta que no me percaté de que un hombre alto me observaba desde el umbral de una puerta situada al fondo de la librería.

Al verlo di un respingo y cerré el libro de golpe, preguntándome si —tal como acababa de leer en Austen— abrirlo era una «indecencia».

—Fan de Austen, ¿no? Yo tengo que reconocer que soy más entusiasta de Brontë.

—Me gustan mucho las dos.

—Sin duda, debe de saber que Charlotte no fue precisamente una gran admiradora del trabajo de Jane. Detestaba el hecho de que los suplementos literarios se extasiaran con la prosa más… digamos «pragmática» de su competidora. Charlotte escribía con sus románticas emociones a flor de piel. O, mejor dicho, de pluma.

—¿De verdad?

Mientras hablaba, intenté distinguir los rasgos del hombre, pero las sombras eran demasiado espesas para atisbar algo más aparte de que era muy alto y delgado, con el pelo cobrizo, que llevaba gafas de carey y lo que parecía una levita eduardiana. En cuanto a su edad, con aquella luz podría haberlo situado en cualquier punto entre los treinta y los cincuenta años.

—Sí. Bueno, ¿está buscando algo en concreto?

—Yo… la verdad es que no.

—De acuerdo, siga investigando. Y si encuentra cualquier otra cosa que le apetezca sacar de la estantería y leer, no dude en sentarse en uno de los sillones para hacerlo, por favor. Verá, nuestro establecimiento es tanto una biblioteca como una librería. Soy de la opinión de que la buena literatura debe compartirse, ¿usted no?

—Por supuesto que sí —convine con entusiasmo.

—Llámeme si necesita ayuda para encontrar algo. Y si no lo tenemos, seguro que soy capaz de encargárselo en algún sitio.

—Gracias.

Sin más, el hombre desapareció por la puerta del fondo y me dejó a solas en la tienda. «Esto no sucedería jamás en Suiza —pensé—, porque en cualquier instante podría robar un libro de una estantería y salir corriendo con él.»

Un ruido repentino perforó el silencio polvoriento y me di cuenta de que era mi móvil, que sonaba. Avergonzada, me abalancé sobre él para ponerlo en silencio, pero no antes de que el hombre reapareciera llevándose el dedo a los labios.

—Le pido disculpas, pero es la única regla que tenemos aquí. Los móviles están prohibidos. ¿Sería mucha molestia que respondiera la llamada fuera?

—Claro que no. Gracias. Adiós.

Con la cara ardiendo a causa de la vergüenza, salí de la librería sintiéndome como una adolescente traviesa a la que hubieran pillado mandándole mensajes a su novio debajo del pupitre. Además era irónico, porque mi móvil casi nunca sonaba, a no ser que fueran Ma o CeCe las que llamaban. Ya en la acera, miré la pantalla y vi que se trataba de un número que no conocía, así que escuché el buzón de voz.

«Hola, Star, soy Shanthi. Le he pedido tu número a Marcus. Solo quería saber cómo estabas. Dame un toque cuando puedas. Adiós, preciosa.»

Me sentí irracionalmente molesta porque su llamada me hubiera llevado a realizar una salida poco digna de la librería. Después de haber dedicado tanto tiempo a armarme de valor para entrar, sabía que aquel día sería incapaz de volver a lograrlo. Cuando vi el autobús que me llevaría de vuelta a Battersea, crucé la calle y me subí a él.

«Eres patética, Star, verdaderamente patética —me regañé—. Deberías haber vuelto a entrar sin más.» Pero no lo había hecho. Incluso había disfrutado de la breve conversación que había mantenido con el hombre, cosa que ya de por sí constituía un milagro. Y ahora estaba de vuelta a mi apartamento vacío y mi vida vacía.

Cuando llegué a casa, me quedé mirando la pared desnuda y decidí que tenía que comprar una estantería para ella.

«Una habitación sin libros es como un cuerpo sin alma», cité mentalmente.

Pero como estaba absolutamente arruinada hasta el mes siguiente después de haber comprado las plantas de la terraza, también me di cuenta de que tenía que ponerme a buscar trabajo. Depender de la financiación póstuma de Pa Salt no me estaba ayudando en nada, y mucho menos en lo que a mi autoestima se refería. Puede que al día siguiente me diera una vuelta por la calle comercial del barrio y preguntara en los bares y restaurantes si necesitaban a alguien que les hiciera la limpieza. Dada mi falta de habilidades comunicativas, resultaba obvio que no estaba hecha para trabajar de cara al público.

Subí al piso de arriba a ducharme y me di cuenta de que el último cajón de mi cómoda seguía abierto desde que había cogido la carpeta de plástico que protegía la carta de Pa Salt, las coordenadas y la cita. Horrorizada, di un respingo porque no recordaba cuándo la había visto por última vez. Bajé corriendo a buscarla, con el corazón retumbándome en el pecho como un tambor mientras vaciaba todo contenido de mi mochila de cuero, pero no estaba allí. Intenté recordar si la llevaba en las manos cuando entré en la librería y me di cuenta de que así era. Pero después de aquello…

Tan solo me cabía esperar que la hubiera dejado sobre la mesa de la tienda mientras merodeaba entre las estanterías.

Me acerqué a mi portátil y busqué la página web de la librería para localizar un número de teléfono. Cuando lo marqué, tras varios tonos de llamada se activó un contestador automático. La característica voz del hombre que había conocido me dijo que alguien me llamaría en cuanto le fuera posible si dejaba un número de contacto. Lo hice, y después recé por que me llamaran de verdad. Ya que, si aquella carpeta de plástico se había perdido, mi vínculo con el pasado también se había desvanecido. Y, tal vez, mi futuro.