Prólogo

Miércoles, 6 de enero de 2016

9.52 h

—Dios no existe. Es un hecho.

La inspectora jefe Emily Baxter contempló su reflejo en el falso espejo de la sala de interrogatorios, esperando la reacción a esa impopular verdad por parte de quienes la escuchaban al otro lado del mismo.

Nada.

Tenía un aspecto terrible: parecía estar más cerca de la cincuentena que de los treinta y cinco años que tenía. Unos puntos ennegrecidos le fruncían el labio superior y se tensaban cada vez que sonreía, recordándole toda una serie de cosas que preferiría olvidar, tanto del pasado lejano como del más reciente. Los arañazos de la frente no había manera de que se le curasen, un vendaje le mantenía rígidos y juntos los dedos fracturados y tenía una docena más de heridas ocultas bajo la ropa húmeda.

Con una expresión deliberadamente aburrida, se volvió hacia los dos hombres que estaban sentados al otro lado de la mesa. Ninguno de ellos abrió la boca. Bostezó y empezó a toquetearse la larga melena castaña, pasando los pocos dedos operativos por unos mechones deslucidos y apelmazados después de tres días de champú seco. No le importaba lo más mínimo que su respuesta hubiera ofendido al agente especial Sinclair, el imponente y calvo estadounidense que en ese momento garabateaba algo en una hoja con un elaborado membrete en la parte superior.

Atkins, el oficial de enlace de la Policía Metropolitana, resultaba anodino al lado de ese extranjero vestido con impecable elegancia. Baxter se había pasado la mayor parte de los cincuenta minutos anteriores intentando adivinar de qué color debía de haber sido originalmente su descolorida camisa beis. Atkins llevaba la corbata con el nudo flojo, como si se la hubiese anudado al cuello un verdugo caritativo, y en su parte inferior se vislumbraba una mancha reciente de ketchup.

Atkins acabó aprovechando el silencio para meter baza:

—Eso habrá dado pie a una conversación de lo más interesante con el agente especial Rouche —señaló.

Le caía el sudor por la cabeza completamente afeitada, debido a las luces que tenían encima y al calefactor de la esquina, que lanzaba aire caliente y había transformado los cuatro grupos de pisadas con restos de nieve en un charco mugriento sobre el suelo de linóleo.

—¿A qué te refieres? —preguntó Baxter.

—Me refiero a que según su expediente…

—¡A la mierda el expediente! —lo interrumpió Sinclair—. Yo trabajé con Rouche y sé por experiencia que era un cristiano devoto.

El estadounidense repasó la carpeta minuciosamente ordenada que tenía a la izquierda y extrajo un documento con anotaciones manuscritas de Baxter.

—Al igual que usted, de acuerdo con la solicitud para su actual cargo.

Clavó la mirada en Baxter, deleitándose en el hecho de que esa beligerante mujer se hubiera contradicho a sí misma, como si el equilibrio del mundo se hubiese restituido ahora que se había demostrado que ella compartía las creencias de él y simplemente había intentado provocarlo. Baxter, sin embargo, se mostraba imperturbable.

—He llegado a la conclusión de que, en líneas generales, la gente es idiota —respondió la aludida—, y muchos tienen la idea equivocada de que creer ciegamente y tener unos principios morales muy estrictos están relacionados de algún modo. En esencia, lo que yo quería era un aumento de sueldo.

Sinclair negó con la cabeza, indignado, como si no pudiese creerse lo que estaba oyendo.

—Entonces ¿mintió? Eso no dice mucho en favor de su apelación a los principios morales estrictos, ¿no le parece? —Esbozó una sonrisa y tomó algunas notas más.

Baxter se encogió de hombros y replicó:

—Pero dice muchísimo sobre creer ciegamente.

Sinclair dejó de sonreír.

—¿Hay algún motivo por el que intenta usted convertirme? —preguntó Baxter, incapaz de resistirse a pinchar a su interrogador hasta que este se puso en pie y se inclinó hacia ella.

—¡Inspectora jefe, ha muerto un hombre! —bramó.

Baxter no se amilanó.

—Han muerto un montón de personas… después de lo que ha sucedido —murmuró. Acto seguido añadió con malicia—: ¡Y por algún motivo ustedes parecen empeñados en hacer perder el tiempo a todo el mundo preocupándose por la única que merece haber muerto!

—Le estamos preguntando —la interrumpió Atkins, intentando calmar los ánimos— porque cerca del cadáver se encontraron pruebas… de naturaleza religiosa.

—Que cualquiera podría haber dejado allí —dijo Baxter.

Los dos hombres intercambiaron una mirada, de lo cual la inspectora jefe dedujo que le ocultaban algo.

—¿Tiene usted alguna información sobre el paradero actual del agente especial Rouche? —le preguntó Sinclair.

Baxter resopló.

—Por lo que yo sé, el agente Rouche está muerto.

—¿De verdad va a enrocarse en esa respuesta?

—Por lo que yo sé, el agente Rouche está muerto —repitió Baxter.

—Entonces vio usted su ca…

La doctora Preston-Hall, psiquiatra de la Policía Metropolitana y la cuarta persona sentada alrededor de la pequeña mesa metálica, se aclaró la garganta de forma ostentosa. Al captar la advertencia, Sinclair se calló. Se echó hacia atrás hasta apoyarse en el respaldo de la silla e hizo un gesto dirigido al espejo. Atkins garabateó algo en su desgastado cuaderno de notas y se lo deslizó por la mesa a la doctora Preston-Hall.

Era una mujer elegante recién entrada en la sesentena, cuyo caro perfume en ese momento tan solo hacía las veces de ambientador floral que, aun así, no lograba enmascarar el apabullante olor de los zapatos húmedos. Tenía un aire de autoridad que parecía natural y había dejado claro que interrumpiría el interrogatorio si consideraba que la recuperación de su paciente peligraba. Sin prisas, cogió el cuaderno manchado de café y leyó el mensaje con el aspecto de una profesora que hubiera interceptado una nota secreta.

Había permanecido en silencio casi una hora entera y era obvio que no sentía ninguna necesidad de romperlo ahora, de modo que respondió a Atkins sobre lo que este había escrito limitándose a negar con la cabeza.

—¿Qué pone? —preguntó Baxter.

La doctora Preston-Hall hizo caso omiso.

—¿Qué pone? —insistió la inspectora jefe. Se volvió hacia Sinclair y le dijo—: Haga su pregunta.

Sinclair se mostró indeciso.

—Haga su pregunta —repitió Baxter.

—¡Emily! —gritó la doctora—. Señor Sinclair, no diga ni una palabra.

—Puede decirlo —la retó Baxter, y su voz llenó la pequeña sala—. ¿La estación? ¿Quiere preguntarme por la estación?

—El interrogatorio ha terminado —anunció la doctora Pres­ton-Hall al tiempo que se ponía en pie.

—¡Pregúnteme! —vociferó Baxter por encima de la psiquiatra.

Impulsado por la sensación de que se le escapaba la última oportunidad de obtener respuestas, Sinclair decidió perseverar. Ya se preocuparía después por las consecuencias.

—Según su declaración, usted cree que el agente especial Rouche estaba entre los muertos.

Exasperada, la doctora Preston-Hall alzó las manos.

—Eso no es una pregunta —replicó Baxter.

—¿Vio su cadáver?

Por primera vez Sinclair tuvo la impresión de que Baxter flaqueaba, pero en lugar de sentirse satisfecho por su incomodidad, se sintió culpable. A Baxter se le pusieron los ojos vidriosos cuando la pregunta la obligó a regresar a la estación de metro, atrapándola momentáneamente en el pasado.

Se le quebró la voz cuando por fin susurró la respuesta:

—De haberlo visto, no lo habría reconocido, ¿no le parece?

Se produjo otro silencio tenso durante el que todos reflexionaron sobre lo inquietante que resultaba esa sencilla frase.

—¿Qué impresión le dio? —Atkins lanzó de forma abrupta la incompleta pregunta cuando el silencio se volvió insopor­table.

—¿Quién?

—Rouche.

—¿En qué sentido? —quiso saber Baxter.

—Me refiero a su estado emocional.

—¿Cuándo?

—La última vez que lo vio.

Baxter reflexionó unos instantes y sonrió con franqueza.

—Parecía aliviado.

—¿Aliviado?

Baxter asintió.

—Se diría que le tenía afecto —continuó Atkins.

—No especialmente. Era inteligente, un compañero competente…, pese a sus obvios defectos —añadió.

Sus grandes ojos castaños, que resaltaban gracias al maquillaje oscuro, observaban a Sinclair a la espera de su reacción. El agente especial se mordisqueó el labio y volvió a mirar el espejo como si maldijese a alguien situado detrás por asignarle una misión tan ardua.

Atkins decidió poner fin al interrogatorio. A esas alturas tenía sendas manchas de sudor en la zona de las axilas y no se había percatado de que tanto Baxter como la doctora Preston-Hall habían echado hacia atrás su respectiva silla con disimulo para distanciarse del olor que desprendía.

—Previamente había enviado usted a una unidad a rastrear la casa de Rouche —dijo.

—Así es.

—Entonces ¿no se fiaba de él?

—No.

—¿Y ahora considera que ya no le debe ningún tipo de lealtad?

—Ni la más mínima.

—¿Recuerda qué fue lo último que le dijo?

Baxter pareció inquietarse.

—¿Todavía no hemos terminado?

—Casi. Por favor, respóndame. —Atkins aguardó, con la punta del bolígrafo sobre el cuaderno.

—Quiero marcharme —dijo Baxter a la psiquiatra.

—Por supuesto —respondió de inmediato la doctora Preston-Hall.

—¿Hay algún motivo por el que no pueda responder primero a esa sencilla pregunta? —Las palabras de Sinclair atravesaron la sala como una acusación.

—De acuerdo —dijo Baxter, irritada—. Se la contestaré. —Se pensó la respuesta, se inclinó sobre la mesa y miró a los ojos al estadounidense—. Dios… no… existe —dijo con una sonrisa altiva.

Atkins dejó caer el bolígrafo sobre la mesa mientras Sinclair se levantaba tirando la silla metálica al suelo y, acto seguido, abandonaba la sala indignado.

—Buen trabajo —musitó Atkins, y suspiró—. Gracias por su colaboración, inspectora jefe. Ya hemos terminado.

Cinco semanas antes…

cap-1

1

Miércoles, 2 de diciembre de 2015

6.56 h

La superficie helada del río crujió y se resquebrajó como si se moviese en pleno sueño bajo la bulliciosa metrópolis. Varias embarcaciones atrapadas en el hielo y olvidadas allí estaban ya sepultadas bajo la nieve mientras el continente quedaba temporalmente unido a la isla en la que la ciudad se alzaba.

A medida que el amanecer se abría paso sobre el atestado horizonte y la luz anaranjada bañaba el puente, este proyectaba su austera sombra sobre el hielo que había debajo. En el imponente arco había un armazón de cables entrecruzados y cubiertos de nieve, una telaraña en la que por la noche había quedado capturado algo.

Enredado y retorcido de un modo inverosímil, como una mosca que se hubiera despedazado en un desesperado intento por liberarse, el cadáver quebrado de William Fawkes se perfilaba ante el sol.

cap-2

2

Martes, 8 de diciembre de 2015

18.39 h

La noche se agolpaba contra las ventanas de New Scotland Yard, las luces de la ciudad se veían difusas debido al vaho.

A excepción de un par de visitas rápidas al lavabo y una al cajón del material de oficina, Baxter no había abandonado su despacho tamaño armario en la Comandancia de Homicidios y Crímenes Graves desde que había llegado esa mañana. Se quedó mirando la montaña de papeles que se acumulaban en el borde de su escritorio, en precario equilibrio justo encima de la papelera, y tuvo que contener el impulso de darles un ligero empujón en la dirección correcta.

A los treinta y cuatro años se había convertido en una de las inspectoras jefe más jóvenes de la historia de la Policía Metropolitana, pese a que su rápido ascenso en el escalafón no fue ni esperado ni demasiado bien recibido. Tanto la vacante como su subsiguiente promoción fulminante solo podían atribuirse al caso Ragdoll y a su captura del infame asesino en serie el pasado verano.

El anterior inspector jefe, Terrence Simmons, había tenido que dejar el puesto por motivos de salud, que todo el mundo sospechaba que se habían agravado con la amenaza del comisario de despedirlo si se negaba a pedir la baja voluntaria, un gesto reflejo habitual ante las quejas de la ciudadanía, semejante al del sacrificio de un inocente para apaciguar a los enfurecidos dioses.

Baxter compartía el estado de ánimo del resto de sus colegas, indignados al ver que se había utilizado a su predecesor como cabeza de turco, pero al mismo tiempo se sentía aliviada de que ese papel no hubiera recaído sobre ella. Ni se le había pasado por la cabeza postularse para el puesto vacante hasta que el comisario le dijo que era suyo si lo quería.

Paseó la mirada por su minúsculo despacho, con la moqueta sucia y el archivador abollado (¿quién sabía qué importantes documentos descansaban sepultados en el cajón inferior que jamás había logrado abrir?) y se preguntó en qué demonios había estado pensando.

En la sala principal de la oficina se oyeron vítores, pero Baxter no se enteró porque estaba de nuevo concentrada en una carta de queja referente a un detective llamado Saunders. Se lo acusaba de haber utilizado una obscenidad para describir al hijo de la denunciante. La única duda de Baxter sobre la queja era la moderada vulgaridad de la palabra empleada. Empezó a teclear una respuesta oficial, pero se le quitaron las ganas a mitad del redactado, así que retiró la hoja que estaba mecanografiando y la lanzó hacia la papelera.

Llamaron a la puerta con suavidad y una apocada agente entró en el despacho. Recogió los lanzamientos fallidos (no todos lo habían sido por poco) de Baxter y los metió en la papelera antes de poner a prueba su dominio de las artes del equilibrio al depositar un nuevo documento sobre la inestable pila de papeles.

—Siento molestarla —dijo la mujer—, pero el detective Shaw está a punto de hacer su discurso. Quizá quiera ir a escucharlo.

Baxter maldijo en voz alta, se llevó las manos a la cabeza y la apoyó en el escritorio.

—¡El regalo! —gruñó, recordándolo demasiado tarde.

La nerviosa agente esperó incómoda sus instrucciones. Tras unos segundos, sin saber muy bien si Baxter seguía despierta, salió con sigilo del despacho.

Baxter se puso en pie sin ningún entusiasmo y se dirigió hacia la sala principal de la oficina, donde una multitud se había congregado alrededor del escritorio del sargento detective Finlay Shaw. En la pared habían pegado con masilla adhesiva una pancarta que tenía veinte años y que el propio Finlay había comprado para un colega del que ya nadie se acordaba.

¡NOS APENA QUE TE MARCHES!

Junto al cartelón, había en el escritorio un surtido de donuts de supermercado resecos con pequeñas etiquetas adhesivas que describían el contenido, que iba de lo nada apetitoso a lo incomible.

Se oyeron unas risas educadas cuando el detective, con su áspero acento escocés, amenazó teatralmente con arrear a Saunders un puñetazo final en los morros antes de retirarse. Ahora todos se reían, pero el último incidente se saldó con una nariz reconstruida, la apertura de dos expedientes disciplinarios y el puñado de horas que Baxter tuvo que dedicar a rellenar los formularios.

Baxter detestaba ese tipo de cosas: esas despedidas desmañadas, falsas y decepcionantes tras décadas de servicio con tantas decisiones difíciles e imágenes horribles que el homenajeado se llevaría a casa como recuerdo. Permaneció apartada, sonriendo en solidaridad con su amigo, contemplando con cariño a Finlay. Era el último aliado de verdad que le quedaba allí, la única cara amigable, e iba a marcharse. Y ella ni siquiera le había comprado un tarjetón de despedida.

De repente empezó a sonar el teléfono de su despacho.

Hizo caso omiso mientras contemplaba a Finlay, incapaz de simular de forma convincente que el whisky que le habían comprado entre todos los compañeros era su favorito.

Su favorito era el Jameson, el mismo que el de Wolf.

Baxter dejó que su mente divagase. Recordó que había pagado una copa a Finlay la última vez que se vieron en un bar. De eso hacía casi un año. Él le dijo que jamás se había arrepentido de su propia falta de ambición. Y le advirtió que el puesto de inspectora jefe no era para ella, que se aburriría y se sentiría frustrada. Baxter no le hizo caso, porque lo que Finlay no podía entender era que ella no buscaba tanto una promoción como distracción, un cambio, una vía de escape.

Volvió a sonar el teléfono de su despacho y Baxter miró con rabia el escritorio. Finlay estaba leyendo las variaciones del «Nos apena que te marches» que le habían garabateado en un tarjetón en el que aparecían los Minions, de los que alguien había supuesto erróneamente que era fan.

Baxter consultó el reloj. Por una vez, tenía que conseguir salir del trabajo a una hora decente.

Finlay dejó el tarjetón riéndose entre dientes e inició su sentido discurso de despedida. Su intención era hacerlo lo más breve posible porque nunca le había gustado hablar en público.

—… En serio, de verdad, gracias a todos. He estado entrando y saliendo de este edificio desde el mismísimo día en que se estrenó como New Scotland Yard… —Hizo una pausa, con la esperanza de que al menos una persona se riese. Su arranque había sido lamentable y acababa de echar a perder su mejor chiste. A pesar de todo continuó, consciente de que a partir de ahí era cuesta abajo—. Este lugar y las personas que trabajan en él se han convertido en algo más que trabajo y colegas, os habéis convertido en una segunda familia para mí.

Una mujer situada en primera fila se secó los ojos llorosos. Finlay trató de expresarle con una mirada que él también estaba emocionado y que sabía quién era ella. Echó un vistazo a la audiencia, buscando a la persona a la que iba dirigido específicamente su mensaje de despedida.

—He tenido el placer de ver cómo algunos de vosotros habéis crecido a mi alrededor y habéis pasado de ser aprendices engreídos —dijo, y notó que era a él a quien se le humedecían los ojos en ese momento— a convertiros en mujeres… y hombres fuertes, independientes, guapos y valientes. —Y preocupado por si se había puesto en evidencia, añadió—: Quiero que sepáis que ha sido un placer trabajar con vosotros y que estoy muy orgulloso de todos. Gracias.

Carraspeó, sonrió a los colegas que le aplaudían y al final localizó con la mirada a Baxter. Estaba de pie junto al escritorio de su despacho, con la puerta cerrada, y gesticulaba de forma ostentosa mientras hablaba con alguien por teléfono. Finlay volvió a sonreír, esa vez con tristeza, al tiempo que los congregados se dispersaban y lo dejaban solo para recoger sus pertenencias y vaciar su escritorio definitivamente.

Los recuerdos ralentizaron el proceso mientras recogía las fotografías con las que había convivido durante años en el trabajo; una foto en particular, arrugada y descolorida por el paso del tiempo, atrapó sus pensamientos: una fiesta de Navidad en la oficina. Una corona de papel crepé cubría la creciente calvicie de Benjamin Chambers, que rodeaba con el brazo a Baxter, en la que debía de ser la única imagen existente en la que ella aparecía sonriendo. Y al fondo, incapaz de ganar la apuesta de levantar en volandas a Finlay, se veía a Will… Wolf. Con cuidado de no arrugarla, se guardó la foto en el bolsillo de la americana y acabó de recoger lo que faltaba.

Cuando se disponía a abandonar la oficina, Finlay tuvo un momento de duda. Pensó que la carta que había descubierto detrás del escritorio no le pertenecía. Se planteó dejarla allí, o romperla, pero al final decidió meterla en la caja y se dirigió hacia los ascensores.

Pensó que era otro secreto más que debería guardar.

A las 19.49 Baxter seguía sentada a su escritorio. Había ido enviando mensajes cada veinte minutos en los que se disculpaba por llegar tarde y prometía aparecer lo antes posible. Su superiora no solo le había impedido escuchar el discurso de despedida de Finlay, sino que encima ahora estaba boicoteándole su primera cita en meses. Había pedido a Baxter que permaneciese en su puesto hasta que ella llegara.

No había entre ambas el menor aprecio. Vanita, el rostro más mediático de la Policía Metropolitana, se había opuesto de forma clara a la promoción de Baxter. Después de haber trabajado con ella en los asesinatos del caso Ragdoll, Vanita había argumentado ante el comisario que a Baxter le encantaba discutirlo todo, era terca y mostraba una completa falta de respeto hacia sus superiores, por no mencionar que ella seguía considerándola responsable de la muerte de una de las víctimas. Baxter, por su parte, consideraba a Vanita una trepa impresentable que había sacrificado a Simmons a la primera de cambio.

Para empeorar las cosas, Baxter acababa de abrir un email automático del archivo del departamento recordándole que, por enésima vez, Wolf tenía un montón de dosieres de casos sin resolver pendientes de devolver. Repasó la larga lista y reconoció un par de casos…

Bennett, Sarah: la mujer que había ahogado a su marido en la piscina de su casa. Baxter confiaba en que este lo hubiera extraviado detrás del radiador en la sala de reuniones.

Dubois, Léo: el sencillo caso de apuñalamiento que gradualmente se fue convirtiendo en uno de los más complicados de los últimos años, con varias agencias implicadas y en el que confluían drogas, contrabando, mercado negro y tráfico de armas y seres humanos.

Con este caso ella y Wolf se lo habían pasado en grande.

De pronto vio que Vanita entraba en la oficina acompañada de otras dos personas, lo cual no era una buena señal para su esperanza de salir del trabajo a las ocho de esa tarde. No se molestó en ponerse en pie cuando Vanita llegó a su despacho y la saludó con una afabilidad tan bien ensayada que bien habría podido tomarla por sincera.

—Inspectora jefe Emily Baxter, esta es la agente especial del FBI Elliot Curtis —anunció Vanita sacudiendo hacia atrás la melena negra.

—Es un honor, señora —dijo la alta mujer negra, y tendió la mano a Baxter.

Vestía un traje de corte masculino, llevaba el cabello recogido y tan aplastado que parecía que se hubiera afeitado la cabeza y apenas lucía maquillaje. Aunque por su aspecto se diría que ya había entrado en la treintena, Baxter sospechó que era más joven.

La inspectora jefe estrechó la mano a Curtis sin levantarse mientras Vanita le presentaba a su otro invitado, que parecía más interesado en el destartalado archivador que en las presentaciones.

—Y él es el agente especial…

—Me pregunto cómo de «especiales» serán —la interrumpió Baxter, provocadora— si resulta que nos han cabido dos en el cuchitril que tengo por despacho.

Vanita hizo caso omiso del comentario y continuó:

—Como estaba diciendo, él es el agente especial de la CIA Damien Rouche.

—¿Rooze? —preguntó Baxter.

—¿Rouch? —intervino Vanita, dudando de su pronunciación.

—Creo que es Rouche pronunciado a la francesa, «rush» —terció Curtis echando un cable y se volvió hacia el susodicho para que zanjase el asunto.

Baxter se quedó desconcertada cuando el aludido, despistado, sonrió educadamente, le dio un golpecito con el puño a modo de saludo y se sentó sin decir palabra. Baxter le echó treinta y tantos largos. Iba bien afeitado, tenía la tez pálida y el cabello entrecano peinado con un tupé un poco descuidado. El tipo observó la irregular pila de papeles que se alzaba entre ellos, después la papelera que esperaba en el suelo a que la llenasen y sonrió. Vestía camisa blanca con los dos botones superiores desabrochados y un traje azul que tenía ya su trote, pero que le sentaba de maravilla.

Baxter se volvió hacia Vanita y esperó.

—Los agentes Curtis y Rouche acaban de llegar de Estados Unidos esta tarde —le informó su jefa.

—Parece lógica su procedencia —replicó Baxter con un tono más relajado de lo que pretendía—. Esta noche tengo prisa, así que…

—¿Me permite, comandante? —preguntó Curtis con educación a Vanita antes de volverse hacia Baxter—. Inspectora jefe, sin duda habrá usted oído hablar del cadáver que se descubrió hace una semana. Bien…

Baxter miró a Curtis de forma inexpresiva y se encogió de hombros, interrumpiéndola antes de que pudiera siquiera empezar a explicarse.

—En Nueva York. En el puente de Brooklyn —explicó Curtis, estupefacta—. Ahorcado. La noticia ha dado la vuelta al mundo.

Baxter reprimió un bostezo.

Rouche rebuscó en el bolsillo de su abrigo. Curtis se mantuvo a la espera de que sacase algo útil, pero en lugar de eso extrajo una bolsa tamaño familiar de gominolas Jelly Babies y la abrió. Al percatarse de la expresión indignada de su colega, le ofreció una.

Haciendo caso omiso del ofrecimiento, Curtis abrió su bolso y sacó una carpeta. Seleccionó varias fotografías ampliadas y las plantó sobre la mesa ante las narices de Baxter.

De pronto esta cayó en la cuenta de por qué había ido a verla toda esa gente. La primera fotografía estaba tomada a ras de suelo enfocando hacia arriba. En ella aparecía, silueteado contra el resplandor que la ciudad irradiaba, un cadáver que colgaba entre cables a unos treinta metros del suelo. Las extremidades estaban contorsionadas en una postura antinatural.

—Todavía no lo hemos hecho público, pero la víctima se llama William Fawkes.

Baxter contuvo la respiración un instante. Ya se sentía un poco débil porque llevaba muchas horas sin comer, pero en ese instante creyó estar a punto de desmayarse. Le tembló la mano al pasarla por encima de la silueta retorcida encuadrada por el icónico puente. Sentía las miradas de todos los presentes sobre ella, observándola, tal vez resucitando las dudas que les había despertado su difusa versión de los acontecimientos que rodearon el dramático final de los asesinatos del caso Ragdoll.

Con una expresión de curiosidad, Curtis continuó:

—Esa no —dijo con calma mientras estiraba el brazo para retirar la foto superior del montón y dejar a la vista un primer plano del cadáver de un hombre desnudo, con sobrepeso y desconocido.

Baxter se tapó la boca con la mano, todavía demasiado impactada para reaccionar.

—Trabajaba para P. J. Henderson, el banco de inversión. Esposa, dos hijos… Pero está claro que alguien está enviando un mensaje.

Baxter recuperó el autocontrol lo suficiente para echar un vistazo al resto de las fotografías, en las que el cadáver se veía plasmado desde varios ángulos. El cuerpo estaba entero, sin costuras. Un cincuentón desnudo. El brazo derecho le colgaba y llevaba la palabra «Anzuelo» grabada en el pecho con incisiones profundas. La inspectora jefe repasó todas las fotografías y se las devolvió a Curtis.

—¿Anzuelo? —preguntó mirando a los dos agentes.

—Tal vez ahora entienda por qué hemos considerado que teníamos que informarla —dijo Curtis.

—La verdad es que no —replicó Baxter, que volvía a ser ella misma.

Curtis se quedó perpleja y se dio la vuelta hacia Vanita.

—Pensaba que su departamento, más que ningún otro, querría…

—¿Sabe cuántos imitadores de los crímenes del caso Ragdoll han aparecido en Inglaterra el pasado año? —la interrumpió Baxter—. Siete de los que tenga noticia, y le aseguro que hago todo lo que está en mi mano por no enterarme.

—¿Y eso no la inquieta en absoluto? —le preguntó Curtis.

Baxter no veía motivo alguno por el que debiera dedicar a esa monstruosidad en particular más tiempo que a los otros cinco casos que habían aterrizado sobre su escritorio esa mañana.

Se encogió de hombros y sentenció:

—Los pirados hacen cosas propias de pirados.

Rouche casi se atraganta con una gominola de naranja.

—Escuchen, Lethaniel Masse era un asesino en serie muy inteligente, habilidoso y prolífico. Los otros no son más que chalados que pintarrajean a los muertos hasta que la poli de la comisaría más cercana los pilla.

Baxter apagó el ordenador y guardó sus cosas en el bolso, dispuesta a marcharse.

—Hace seis semanas le ofrecí un paquete de Smarties a una versión de un metro del Ragdoll que se presentó ante mi puerta al grito de truco o trato. Un pedante con boina ha decidido recoser juntos varios pedazos de animales muertos. Ese revoltijo es la última adquisición de la Tate Modern y ha tenido un récord de visitas por parte de otros pedantes que también lucen boinas.

Rouche soltó una carcajada.

—Hay incluso un perturbado que está haciendo un programa de televisión sobre él. Ahora el Ragdoll anda por ahí fuera, por todas partes, y no tendremos más remedio que aprender a convivir con eso —concluyó.

Se volvió hacia Rouche, que estaba concentrado en su bolsa de gominolas.

—¿Este tío no habla? —preguntó a Curtis.

—Prefiere escuchar —respondió Curtis con malas pulgas, como si ya estuviese hasta las narices de su excéntrico colega y eso que tan solo hacía una semana que formaban equipo.

Baxter volvió a mirar a Rouche.

—¿Las han cambiado? —murmuró este por fin, con la boca convertida en un espectáculo en tecnicolor, al percatarse de que las tres mujeres estaban esperando a que interviniese.

A Baxter le sorprendió el impecable acento británico del agente de la CIA.

—¿Qué han cambiado? —preguntó, y puso mucha atención por si el tipo estaba intentando provocarla.

—Las Jelly Babies —dijo Rouche, y se pasó la lengua por los dientes—. No saben como antes.

Curtis empezó a frotarse la frente con una expresión de incomodidad y frustración. Baxter alzó las manos y miró a Vanita con impaciencia.

—He de irme —dijo cortante.

—Inspectora, tenemos motivos para pensar que no se trata de otro vulgar imitador —insistió Curtis a la vez que señalaba las fotografías en un intento de reconducir la reunión.

—Tiene razón —dijo Baxter—. Ni siquiera se trata de eso. No ha cosido nada.

—Ha habido un segundo asesinato —soltó Curtis elevando la voz, para después volver a su tono habitual—. Hace dos días. Como mínimo la localización resultó… favorable, en el sentido de que pudimos bloquear las filtraciones a la prensa, al menos de manera temporal. Pero siendo realistas, no contamos con poder mantener un incidente de esta… —Miró a Rouche para que le echase un cable, pero su compañero no se inmutó—. … naturaleza —prosiguió— sin que el mundo tarde en más de un día.

—¿Ha dicho «el mundo»? —exclamó Baxter con escepticismo.

—Tenemos un pequeño favor que pedirle —continuó Curtis.

—Y otro grande —añadió Rouche, todavía más fino en su acento ahora que ya no tenía la boca llena de gominolas.

Baxter miró a Rouche frunciendo el ceño, Curtis hizo lo mismo y Vanita fulminó con la mirada a Baxter antes de que tuviese tiempo de protestar. Rouche clavó los ojos en Vanita para equilibrar la situación, y Curtis se volvió y se dirigió a Baxter:

—Queremos interrogar a Lethaniel Masse.

—Así que esa es la razón por la que tanto la CIA como el FBI se han metido en este caso… —dijo Baxter—. Un asesinato en Estados Unidos. Un sospechoso en Inglaterra. Bueno, pueden presentarse ustedes mismos. —Se encogió de hombros.

—Con usted presente, por supuesto.

—Desde luego que no. No hay ningún motivo por el que vayan a necesitarme. Anótense las preguntas en una ficha y léanselas en voz alta. Tengo plena confianza en ustedes.

A Rouche el sarcástico comentario le provocó una sonrisa.

—Por descontado, estaremos encantados de ayudarlos en todo lo que podamos, ¿no es así, inspectora jefe? —Vanita dirigió una mirada iracunda a Baxter—. Nuestras buenas relaciones con el FBI y la CIA son importantes y queremos…

—¡Por Dios! —soltó abruptamente Baxter—. De acuerdo. Los acompañaré y los llevaré de la mano. ¿Y cuál es ese «pequeño favor»?

Rouche y Curtis se miraron, e incluso Vanita vaciló incómoda antes de que alguien se atreviese a tomar la palabra.

—Este era…. el pequeño favor —dijo Curtis en voz baja.

Baxter parecía a punto de estallar.

—Queremos pedirle que inspeccione la escena del crimen con nosotros —prosiguió Curtis.

—¿A través de fotografías? —preguntó Baxter, conteniéndose, en un susurro.

Rouche despegó los labios y negó con la cabeza.

—El comisario ya ha autorizado tu traslado temporal a Nueva York y yo me calzaré tus zapatos aquí mientras estés fuera —le informó Vanita.

—Son zapatos muy grandes de una talla muy especial —replicó Baxter con brusquedad.

—Ya me las apañaré… para acomodármelos —respondió Vanita, y por un instante su fachada profesional se tambaleó.

—¡Esto es absurdo! ¿Qué demonios creen que puedo aportar a un caso sin conexión alguna en la otra punta del mundo?

—Nada en absoluto —respondió con sinceridad Rouche, y dejó desarmada a Baxter—. Es una completa pérdida de tiempo para todos… ¿Cómo se dice? ¿De nuestros tiempos? ¿De nuestro tiempo?

Curtis metió baza en la conversación:

—Creo que lo que mi colega intenta decir es que la sociedad estadounidense no verá este caso tal como lo vemos nosotros. Verán los asesinatos del Ragdoll aquí. Verán asesinatos al estilo Ragdoll allí y querrán ver a la persona que atrapó al asesino del caso Ragdoll persiguiendo a los nuevos monstruos.

—¿Monstruos en plural? —inquirió Baxter.

Esa vez fue Rouche quien lanzó una mirada recriminatoria a su colega. Estaba claro que Curtis había hablado más de la cuenta para ser la primera reunión; sin embargo, el subsiguiente silencio dejó claro a Baxter que la mujer ya estaba de nuevo en guardia.

—Entonces ¿esto no es más que un juego de relaciones públicas? —preguntó.

—Y de todo lo que hacemos —dijo Rouche con una sonrisa—, ¿qué no lo es, inspectora jefe?

cap-3

3

Martes, 8 de diciembre de 2015

20.53 h

—Hola. ¡Perdón por llegar tan tarde! —gritó Baxter desde el vestíbulo mientras se quitaba las botas para, acto seguido, entrar en la sala.

Desde la puerta de la cocina llegaba todo un repertorio de deliciosos olores y la inofensiva voz de quienquiera que fuese el cantautor que Starbucks promocionara esa semana canturreaba desde el altavoz del iPod plantado en la esquina.

La mesa estaba preparada para cuatro, las titilantes velas envolvían la sala en un resplandor anaranjado que resaltaba el lacio cabello pelirrojo de Alex Edmunds. Su larguirucho excolega haraganeaba desgarbado con una botella de cerveza vacía en la mano.

Aunque Baxter era alta, tuvo que ponerse de puntillas para darle un abrazo.

—¿Dónde está Tia? —preguntó a su amigo.

—Hablando por teléfono con la niñera… por enésima vez —respondió él.

—¿Em? ¿Eres tú? —preguntó una voz con acento refinado desde la cocina.

Baxter guardó silencio. Estaba demasiado cansada para dejarse enredar y echar una mano con la cena.

—¡Tengo vino! —añadió la voz con tono guasón.

Esa información la animó a entrar en la cocina de diseño, en la que varias cacerolas de buena marca burbujeaban bajo la tenue luz. Un hombre ataviado con una elegante camisa bajo un delantal largo las controlaba y, de vez en cuando, removía el contenido o subía el fuego. Baxter se acercó a él y le plantó un beso fugaz en los labios.

—Te he echado de menos —dijo Thomas.

—¿Has comentado que tenías vino? —le recordó ella.

Thomas se echó a reír y le sirvió una copa de una botella abierta.

—Gracias. Lo necesitaba —dijo Baxter.

—No me des las gracias a mí. Esto es cortesía de Alex y Tia.

Ambos brindaron por Edmunds, que miraba desde la puerta, y después Baxter se sentó sobre la encimera para contemplar a Thomas mientras este cocinaba.

Se habían conocido en hora punta ocho meses atrás, durante una de las recurrentes huelgas del metro de Londres que paralizaban la ciudad. Thomas había intervenido cuando una furibunda Baxter trató de arrestar sin motivo justificado a uno de los trabajadores que formaba un piquete para reivindicar mejoras salariales y más seguridad en el trabajo. Le había hecho ver que si retenía a ese caballero pertrechado con una chaqueta impermeable reflectante y lo obligaba a acompañarla contra su voluntad a caminar los diez kilómetros que los separaban de Wimbledon, técnicamente sería culpable de secuestro. Y tal comentario hizo que Baxter cambiase de estrategia y optase por arrestarlo a él.

Thomas era un hombre honrado y amable. Cabía considerarlo guapo en un sentido tan genérico como sus propios gustos musicales y era diez años mayor que Baxter. Desprendía confianza en sí mismo. Tenía muy claro quién era y lo que quería: una vida ordenada, sin sobresaltos y confortable. Además, era abogado. Baxter sonrió al pensar que Wolf lo habría odiado. A menudo se preguntaba si no sería eso, precisamente, lo primero que la había atraído de él.

El elegante piso en el que iba a celebrarse la cena era propiedad de Thomas. Llevaba un par de meses insistiéndole en que se instalase allí con él. Pero a pesar de que Baxter había empezado a dejar algunas pertenencias e incluso habían redecorado el dormitorio principal entre los dos, ella se negaba en redondo a abandonar su apartamento en Wimbledon High Street y seguía teniendo en él a su gato, Eco, como una permanente excusa para regresar.

Los cuatro amigos se sentaron a la mesa para cenar, se contaron historias que con la edad se habían ido haciendo menos rigurosas pero más divertidas, y mostraron gran interés por las respuestas a las preguntas más triviales relacionadas con el trabajo, la mejor manera de cocinar el salmón y la paternidad. Con la mano de Tia sobre la suya, Edmunds les habló de su ascenso en la Oficina Antifraude y reiteró un montón de veces que ahora podía pasar mucho más tiempo con su cada vez más numerosa familia. Cuando a Baxter le preguntaron sobre su trabajo, obvió mencionar la visita de sus colegas del otro lado del Atlántico y la nada envidiable tarea que la esperaba la mañana siguiente.

A las 22.17 Tia se había quedado dormida en el sofá y Thomas había dejado a Baxter y Edmunds conversando mientras él limpiaba la cocina. Edmunds se había pasado al vino y volvió a llenar las copas mientras hablaban envueltos por la titilante luz de las velas ya a punto de consumirse.

—¿Y qué tal te va en la Oficina Antifraude? —le preguntó Baxter sin alzar la voz toda vez que volvía la cabeza hacia el sofá para asegurarse de que Tia seguía dormida.

—Ya te lo he dicho…, muy bien —respondió Edmunds.

Baxter esperó con paciencia.

—¿Qué pasa? Me va muy bien —insistió Edmunds cruzándose de brazos, a la defensiva.

Baxter continuó en silencio.

—Es un buen sitio. ¿Qué esperas que te cuente?

Ella siguió sin tragarse la respuesta y él acabó sonriendo.

Baxter lo conocía muy bien.

—Me aburro mucho. No es que… No me arrepiento de haber dejado Homicidios.

—Pues por tu tono se diría que sí —lo pinchó ella. Cada vez que se veían, intentaba convencerlo de que volviese.

—Por fin he conseguido tener vida privada. De hecho, puedo ver a mi hija.

—Es una lástima que hayas acabado allí, es la verdad —dijo Baxter, y lo creía.

Oficialmente, ella había sido la que había cazado al asesino del caso Ragdoll. Pero de forma extraoficial, había sido Edmunds quien había resuelto el caso. Él había sido la persona capaz de ver a través de la bruma de mentiras y engaños que había cegado tanto a Baxter como al resto del equipo.

—Te diré una cosa, si me ofrecieses un trabajo de detective de nueve a cinco firmaría los papeles esta misma noche —reconoció Edmunds con una sonrisa, consciente de que la conversación estaba zanjada.

Baxter se apoyó en el respaldo de la silla y bebió un trago de vino mientras Thomas seguía trajinando en la cocina.

—Mañana tengo que ir a ver a Masse —soltó Baxter sin preámbulos, como si lo de visitar a asesinos en serie fuese algo que formase parte de su rutina diaria.

—¿Qué? —exclamó Edmunds, y unas gotas del sauvignon blanco barato que estaba tomando salieron disparadas de su boca—. ¿Por qué?

Thomas era la única persona a la que Baxter había confiado la verdad de lo sucedido el día que atrapó a Lethaniel Masse. Ninguno de los dos podía saber a ciencia cierta qué recordaba Masse. Había recibido una paliza brutal y había estado a punto de morir, pero a Baxter siempre le inquietó hasta qué punto fue consciente de lo sucedido y con qué facilidad podía arruinarle la vida si su psicótica mente así lo decidía.

Baxter relató a su excolega la conversación que había mantenido con Vanita y los dos agentes «especiales» y le dijo que la habían transferido para acompañarlos a la escena del crimen en Nueva York.

Edmunds la escuchaba en silencio, con una expresión de creciente incomodidad mientras ella continuaba con su relato.

—Creía que eso ya había terminado —dijo cuando Baxter terminó de hablar.

—Y así es. Este no es más que otro imitador como los demás.

Sin embargo, Edmunds no parecía tenerlo tan claro.

—¿Qué? —inquirió Baxter.

—Has dicho que la víctima tenía la palabra «Anzuelo» grabada en el pecho con un cuchillo.

—¿Y qué?

—Me pregunto: ¿un anzuelo para quién?

—¿Crees que va dirigido a mí? —preguntó Baxter resoplando ante el tono de Edmunds.

—El tipo tiene el nombre de Wolf y, mira por donde, acaba atrayéndote hacia él.

Baxter sonrió con cariño a su amigo.

—No es más que otro imitador —insistió—. No tienes que preocuparte por mí.

—Siempre lo hago.

—¿Café? —preguntó Thomas, y los cogió desprevenidos. Estaba plantado en la puerta de la cocina, secándose las manos con un trapo.

—Para mí solo, gracias —dijo Edmunds.

Baxter declinó el ofrecimiento, y Thomas volvió a la cocina.

—¿Tienes algo para mí? —susurró Baxter.

Edmunds se sintió incómodo. Sin apartar la vista de la puerta abierta de la cocina, sacó a regañadientes un pequeño sobre blanco del bolsillo de la americana que había dejado colgada del respaldo de la silla.

Lo mantuvo en su lado de la mesa mientras intentaba, por enésima vez, convencerla de que no lo cogiese.

—No lo necesitas.

Baxter alargó el brazo y él apartó el sobre.

Baxter resopló.

—Thomas es un buen hombre —dijo Edmunds en voz baja—. Puedes confiar en él.

—Tú eres la única persona en quien confío.

—No lograrás tener una relación sólida con él si sigues comportándote así.

Ambos volvieron a mirar hacia la puerta de la cocina cuando oyeron un repiqueteo de piezas de loza. Baxter se puso en pie, arrebató a su amigo el sobre de la mano y volvió a sentarse, justo en el preciso momento en que Thomas entraba en la sala con los cafés.

Tia les pidió disculpas con insistencia cuando a las once de la noche. Edmunds la zarandeó con suavidad para despertarla. En la entrada, mientras Thomas daba las buenas noches a Tia, Edmunds abrazó a Baxter.

—Hazte un favor…, no lo abras —le susurró al oído.

Ella lo abrazó con fuerza, pero él no respondió al gesto.

Después de que se marcharan, Baxter se acabó su copa de vino y se puso el abrigo.

—¿De verdad vas a marcharte? —preguntó Thomas—. Apenas hemos tenido tiempo para nosotros.

—Eco estará hambriento —se excusó ella mientras se ponía las botas.

—No puedo llevarte. He bebido demasiado.

—Pediré un taxi.

—Quédate.

Baxter se inclinó hacia Thomas manteniéndose lo más alejada que pudo y con las botas húmedas firmemente plantadas en la alfombrilla de la entrada. Thomas le dio un beso y le dirigió una mirada de reprobación.

—Buenas noches.

Poco antes de medianoche, Baxter abrió la puerta de su apartamento. Como no se sentía cansada, se despatarró en el sofá con una botella de tinto. Encendió el televisor, hizo un repaso rápido a la programación y, al ver que no había nada interesante, rebuscó en la pila de películas navideñas que había ido reuniendo.

Optó por Solo en casa 2 porque le daba igual si se quedaba o no dormida mientras la veía. La primera entrega era, aunque lo guardaba en secreto, una de sus películas favoritas, pero la segunda le parecía una mala imitación que caía en la vieja trampa de creer que trasladando la acción a Nueva York se conseguiría una secuela más llamativa y potente.

Se echó en la copa el vino que quedaba en la botella mientras contemplaba sin prestar mucha atención a Macaulay Culkin llevando a cabo sus juguetonas tentativas de asesinato. Se acordó del sobre que había metido en el bolsillo de su abrigo y lo sacó, con el recuerdo del ruego de Edmunds de que no lo abriese.

Su excolega llevaba ocho meses arriesgando su carrera por abusar de su posición en la Oficina Antifraude. Cada semana, más o menos, pasaba a Baxter un informe detallado de las finanzas de Thomas con la revisión estándar de sus diversas cuentas en busca de posibles movimientos que delataran actividades fraudulentas.

Baxter era consciente de que estaba abusando de su confianza. Sabía que él consideraba a Thomas un amigo y que pensaba que estaba traicionándolo. Pero también sabía por qué Edmunds hacía y seguiría haciendo eso por ella: quería que fuese feliz. Baxter había sufrido tantos reveses desde que permitió que Wolf saliese de su vida que Edmunds se temía que dejaría escapar un futuro estable junto a Thomas si él no le proporcionaba pruebas constantes de la honestidad de su nuevo novio.

Baxter puso el sobre sin abrir a sus pies, en la mesilla del café, e intentó concentrarse en las desventuras de uno de los bandidos de la tele, cuya cabeza acababa de ser carbonizada por un soplete. Hasta podía imaginar el olor de su carne chamuscada. Recordó lo rápido que los tejidos se quemaban hasta que la víctima moría, sus gritos al arder las terminaciones nerviosas…

El tipo de la tele sacó el dolorido rostro de la taza del váter y continuó como si nada hubiera pasado.

Era todo mentira; no se podía confiar en nadie.

Se acabó la copa de vino con tres grandes sorbos y abrió el sobre.

cap-4

4

Miércoles, 9 de diciembre de 2015

8.19 h

La temperatura había descendido bajo cero durante la noche en Londres.

El débil sol invernal, difuso y lejano, proyectaba una luz neutra y fría del todo insuficiente para calentar la gélida mañana. A Baxter se le entumecieron los dedos mientras esperaba en Wimbledon High Street a que pasaran a recogerla. Comprobó la hora: veinte minutos de retraso, un rato que podría haber pasado en compañía de una taza de café en el interior de su acogedor apartamento.

Se puso a dar saltitos para entrar en calor mientras el aire helador le laceraba en la cara. Se había visto incluso obligada a ponerse el ridículo gorro de lana con borla y los guantes a juego que Thomas le había comprado en el mercadillo de Camden.

La gris acera se había transformado en una superficie de resplandeciente tonalidad plateada sobre la que los viandantes avanzaban con andar inseguro, sospechando que ese suelo estaba en disposición de romperles las piernas al mínimo descuido. Baxter vio a dos individuos que se hablaban a gritos de una acera a otra a través de la concurrida calle, y el aliento condensado que emergía de sus bocas se elevaba por encima de sus cabezas y creaba algo parecido a los bocadillos de diálogo de los cómics.

Cuando un autobús de dos pisos se detuvo ante el semáforo en rojo, Baxter se vio reflejada en una de las ventanillas cubiertas de vaho. Horrorizada, se quitó el gorrito naranja y se lo guardó en el bolsillo. Encima de su malhumorado reflejo vio un anuncio que le resultaba familiar pegado en el exterior del vehículo:

ANDREA HALL,

La actuación de la ventrílocua: mensajes de un asesino

Al parecer, no contenta con la fama y el dinero conseguidos gracias al dolor de los demás durante su actuación como destacada reportera durante los asesinatos del caso Ragdoll, la exmujer de Wolf había tenido la desfachatez de escribir el relato autobiográfico de sus experiencias.

Cuando el autobús arrancó, la enorme fotografía de Andrea que cubría los paneles traseros sonrió a Baxter. Parecía más joven y atractiva que nunca y se había cortado la despampanante melena pelirroja, sustituida ahora por un peinado corto a la moda con el que Baxter jamás se habría atrevido. Antes de que el petulante rostro de Andrea quedase fuera de su alcance, abrió el bolso, sacó la fiambrera, cogió el ingrediente principal de su sándwich de tomate y lo lanzó contra la gigantesca y estúpida cara de esa gigantesca y estúpida mujer.

—¿Inspectora jefe?

Baxter dio un respingo.

No se había percatado de la aparición de la enorme furgoneta negra que se había detenido en la parada de autobús detrás de ella. Guardó la fiambrera en el bolso y al volverse se topó con la agente especial que la miraba con aire preocupado.

—¿Qué estaba haciendo? —le preguntó Curtis con cau­tela.

—Oh, solo estaba… —Baxter dejó la frase sin terminar, con la esperanza de que la impecable y profesional joven se diera por satisfecha con esas vagas palabras al respecto de su inusual comportamiento.

—¿Lanzando comida a los autobuses? —sugirió Curtis.

—… Sí.

Antes de que Baxter llegara al vehículo, Curtis había abierto ya la puerta corredera, y el espacioso interior que las ventanillas tintadas ocultaban quedó visible.

—Americanos… —susurró Baxter, despectiva.

—¿Qué tal va todo esta mañana? —le preguntó educadamente Curtis.

—Bueno, no sé vosotros, pero yo estoy congelada.

—Sí, discúlpanos por el retraso. No nos esperábamos que el tráfico estuviese tan colapsado.

—Esto es Londres —dijo Baxter a modo de explicación.

—Entra.

—¿Seguro que hay sitio suficiente? —preguntó Baxter con sarcasmo al tiempo que subía con cierta torpeza al vehículo.

El cuero de color crema de la tapicería crujió cuando tomó asiento. Se preguntó si debía aclarar que ese ruidito provenía del cuero y no de su cuerpo, pero supuso que debía suceder cada vez que un pasajero se acomodaba.

Sonrió a Curtis.

—Disculpa —dijo la estadounidense para, acto seguido, cerrar la puerta corredera e indicar al conductor que ya podía arrancar.

—¿Hoy no viene Rouche? —preguntó Baxter.

—Lo recogeremos de camino.

Todavía tiritando mientras la calefacción de la furgoneta empezaba a descongelarla, Baxter se preguntó por qué los dos agentes no se alojaban en el mismo hotel.

—Me temo que vas a tener que acostumbrarte a esto. En Nueva York ahora mismo tenemos dos palmos de nieve. —Curtis rebuscó en su bolso y sacó un gorro negro de lana similar al de Baxter—. Toma.

Se lo ofreció, y por un momento Baxter pareció esperanzada, hasta que se percató de que llevaba el logo del FBI estampado en un llamativo amarillo en la parte frontal, el blanco perfecto para un francotirador si se topaba con alguno.

Se lo devolvió a Curtis.

—Gracias, pero ya tengo el mío —dijo, y se sacó del bolsillo el anaranjado engendro y se lo colocó en la cabeza.

Curtis se encogió de hombros y durante un rato se dedicó a contemplar la ciudad a través de la ventanilla.

—¿Has vuelto a verlo desde entonces? —le preguntó tras un prolongado silencio—. Me refiero a Masse.

—Solo en el juicio —respondió Baxter mientras intentaba dilucidar hacia dónde se dirigían.

—Estoy un poco nerviosa —dijo Curtis sonriendo.

Baxter quedó momentáneamente obnubilada por la perfecta sonrisa de estrella de cine de la agente. Entonces se percató de su perfecta tez oscura y se preguntó si acaso llevaría maquillaje para conseguir ese efecto. Se sintió un poco cohibida y optó por juguetear con su melena y mirar por la ventanilla.

—Es que en estos momentos Masse es una leyenda viva —continuó Curtis—. He oído que los psiquiatras ya están estudiando su caso. Estoy convencida de que algún día su nombre figurará al lado de los de Bundy y John Wayne Gacy. Lo cual… es un honor, ¿no? Por decirlo de algún modo.

Baxter se volvió y miró con sus ojos enormes e iracundos a su compañera de asiento.

—Te sugiero que encuentres un modo mejor de expresarlo —dijo cortante—. Ese pedazo de mierda pirado, asesinó y mutiló a uno de mis amigos. ¿Te parece divertido? ¿Crees que vas a conseguir un autógrafo suyo?

—No pretendía ofender…

—Estás perdiendo el tiempo. Estás haciendo que yo lo pierda, e incluso haces que este tío lo pierda —sentenció Baxter señalando al conductor de la furgoneta—. Masse ni siquiera puede hablar. Por lo que sé, sigue con la mandíbula dislocada.

Curtis carraspeó y se removió en el asiento.

—Quiero disculparme por mi…

—Puedes disculparte manteniendo la boca cerrada —la cortó Baxter, dando por terminada la conversación.

Las dos mujeres permanecieron en silencio durante el resto del recorrido. Baxter observaba el reflejo de Curtis en el cristal de la ventanilla. No parecía ni ofendida ni indignada, tan solo rabiosa consigo misma por la falta de tacto de su comentario. Baxter la veía mover los labios sin pronunciar palabra; o bien estaba ensayando una disculpa o bien decidía el tema de su próxima conversación, que en un momento u otro se produciría.

Baxter, que empezaba a tener cierto sentimiento de culpa por su exabrupto, recordó su propia excitación descontrolada hacía año y medio, cuando descubrió al Ragdoll, supo que había dado con algo muy gordo y fantaseó sobre los efectos que podría tener en su carrera. Estaba a punto de decir algo cuando el vehículo dobló una esquina y se detuvo ante una enorme casa en una zona residencial repleta de vegetación. No tenía ni la más remota idea de dónde estaban.

Contempló desconcertada la vivienda de pretendido estilo Tudor, que transmitía una extraña sensación de lugar al mismo tiempo hogareño y abandonado. De las profundas grietas del empinado camino de acceso emergían un montón de malas hierbas de buen tamaño y de los deslucidos marcos de las ventanas con la pintura descascarillada colgaban lucecitas navideñas de colorines, apagadas, mientras que de la chimenea del tejado emergía con parsimonia una columna de humo.

—Vaya hotel más raro —comentó Baxter.

—La familia de Rouche todavía reside aquí —le explicó Curtis—. Creo que ellos van a verlo alguna que otra vez, y él vuelve cuando puede. Por lo que me ha contado, en Estados Unidos vive en los hoteles. Supongo que eso de no poder quedarse mucho tiempo en el mismo sitio forma parte del trabajo en su caso.

Rouche salió de la casa comiéndose una tostada. Parecía fundirse con la gélida mañana: la camisa blanca y el traje azul tenían el mismo tono que las nubes dispersas que se movían por el cielo, y las canas de su cabello relucían como el pavimento helado.

Curtis bajó de la furgoneta para saludarlo, y él resbaló y chocó contra ella, golpeándola con la tostada.

—¡Joder, Rouche! —protestó la agente.

—¿No has podido encontrar un vehículo más grande? —oyó Baxter que Rouche preguntaba con sarcasmo a su compañera antes de meterse en la furgoneta.

Se sentó en el asiento de ventanilla al otro lado del de Baxter y le ofreció un bocado de su desayuno, sonriendo ante el atentado estético de lana naranja que llevaba en la cabeza.

El conductor arrancó y siguieron su ruta. Curtis se concentró en unos documentos que había traído, mientras Baxter y Rouche contemplaban los edificios que pasaban a toda velocidad por las ventanillas, difuminándose hasta convertirse en una forma indescifrable que discurría al ritmo que marcaba el motor del vehículo.

—Por Dios, cómo odio esta ciudad —soltó Rouche de pronto cuando cruzaban el río, con la mirada clavada en la impresionante panorámica—. El tráfico, el ruido, la suciedad, las multitudes que se agolpan en las calles estrechas como arterias obturadas a punto de sufrir un ataque al corazón, los grafitis que cubren cualquier superficie posible…

Curtis miró a Baxter con una sonrisa de disculpa mientras Rouche continuaba la perorata:

—Me recuerda a mi época de estudiante: a esa fiesta en casa del chaval rico de la clase. Los padres no están, y en su ausencia todo el esplendor artístico y arquitectónico se ve pisoteado, pintarrajeado e ignorado para adecuarse a la vulgar vida de quienes son incapaces de apreciarlo.

Después los tres permanecieron en un incómodo silencio conforme la furgoneta avanzaba entre el tráfico hacia un cruce.

—Bueno, a mí me encanta tu casa londinense —dijo Curtis con tono entusiasta—. Aquí todo está impregnado de historia.

—Pues yo estoy de acuerdo con Rouche —intervino Baxter—. Como tú dices, aquí hay historia por todas partes. Pero estás viendo Trafalgar Square. Sin embargo, lo que yo veo es el callejón que hay al otro lado, de donde tuvimos que sacar de un contenedor el cuerpo de una prostituta. Tú ves el edificio del Parlamento; yo, la persecución de un barco por el río que hizo que no viera… algo que no debería haberme pasado de­sapercibido. Así son las cosas… Aun así, es mi hogar.

Por primera vez desde que habían salido de su casa, Rouche apartó los ojos de la ventanilla y miró a Baxter escrutadoramente durante un buen rato.

—¿Y tú, Rouche, cuándo te marchaste de Londres? —preguntó Curtis, a la que era obvio que el silencio no le resultaba tan cómodo como a los otros dos.

—En 2005 —respondió él.

—Debe de ser duro estar tan lejos de tu familia durante tanto tiempo.

—Lo es. Pero como hablo con ellos a diario, no nos sentimos tan distantes.

Baxter se revolvió incómoda en el asiento, un poco violentada por la sorprendente sinceridad de Rouche, y la cosa empeoró cuando Curtis soltó un innecesario y nada sincero: «¡Oooh!».

Se apearon de la furgoneta en el aparcamiento para visitantes de la cárcel de Belmarsh y caminaron hacia la entrada principal. Los dos agentes dejaron sus armas reglamentarias mientras les tomaban las huellas digitales, y después los tres atravesaron las puertas estancas, pasaron por la máquina de rayos X, el detector de metales y se vieron sometidos a un cacheo antes de que les indicasen que esperaran allí al director de la prisión.

Rouche parecía tenso mientras observaba a su alrededor, y Curtis se disculpó y fue a hacer una visita al «excusado». Pasado un rato, Baxter no pudo seguir simulando que no oía a Rouche canturreando en un murmullo Hollaback Girl de Gwen Stefani.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Perdón.

Baxter lo miró con suspicacia durante unos instantes.

—Cuando estoy nervioso, me pongo a cantar —le explicó él.

—¿Estás nervioso?

—No me gustan los espacios cerrados.

—¿Y a quién le gustan? —exclamó Baxter—. Es como que no te guste que te den un puñetazo en el ojo, es de manual. No hace ni falta verbalizarlo, porque a nadie le gusta estar encerrado.

—Gracias por tu interés —dijo Rouche sonriendo—. Y ya que estamos con lo de ponerse nervioso, ¿tú estás bien?

A Baxter le sorprendió que el agente se hubiera percatado de su incomodidad.

—Después de todo, Masse estuvo a punto de…

—¿De matarme? —Baxter lo ayudó a terminar la frase—. Sí, lo recuerdo. Pero no tiene nada que ver con Masse. Solo espero que el alcaide Davies no siga trabajando aquí. No le caigo muy bien.

—¿Tú no le caes bien? —preguntó Rouche con un tono pretendidamente sorprendido, si bien no lo consiguió.

—Sí, yo —respondió Baxter, un poco ofendida.

La explicación de Baxter era, por supuesto, una mentira. Sus nervios tenían que ver con volver a ver cara a cara a Masse, no por lo que ese tipo era, sino por lo que podía saber y lo que podía contar.

Solo cuatro personas conocían la verdad de lo sucedido en el juzgado de Old Bailey. Baxter esperaba que Masse contradijese su apresurada versión de los hechos; sin embargo, no hubo ninguna rectificación a su declaración y, a medida que el tiempo pasaba, empezó a tener la esperanza de que hubiera perdido la conciencia debido a las graves heridas sufridas durante su confrontación con Wolf y no fuese consciente del vergonzoso secreto. Día tras día, Baxter se preguntaba si el pasado la alcanzaría, y le parecía que en esos momentos estaba tentando a la suerte al prestarse a sentarse ante la persona que podía arruinar su carrera en un abrir y cerrar de ojos.

En ese momento el alcaide Davies apareció doblando una esquina. Y en cuanto divisó a Baxter, en su rostro se dibujó una mueca.

—Voy a buscar a Curtis —susurró la inspectora jefe a Rouche.

Se detuvo ante la puerta del lavabo porque oyó a Curtis hablando en el interior. Le extrañó, porque los tres habían dejado los móviles en el control de seguridad. Se pegó con cuidado a la pesada puerta hasta que logró distinguir la voz de la joven agente hablando consigo misma ante el espejo:

—… Ni un solo comentario idiota más. Piénsatelo dos veces antes de hablar. No puedes cometer un error de este tipo ante Masse. Recuerda: «La confianza en una misma exige contar con la confianza de los demás».

Baxter golpeó la puerta con los nudillos y la abrió, provocando que Curtis se sobresaltara.

—El alcaide nos espera —le anunció.

—Enseguida estoy lista.

Baxter asintió y regresó con Rouche.

El alcaide guio al grupo hacia el área de máxima seguridad.

—Como supongo que ya saben, Lethaniel Masse sufrió graves heridas antes de que la detective Baxter, aquí presente, lo detuviese —comentó, haciendo un esfuerzo por resultar amable.

—Ahora soy inspectora jefe —lo corrigió Baxter, arruinando su intento.

—Lo han sometido a varias intervenciones de cirugía reconstructiva en la mandíbula, pero jamás volverá a poder utilizarla de una manera normal.

—¿Será capaz de responder a nuestras preguntas? —inquirió Curtis.

—No de un modo coherente. Por eso he pedido una intérprete para que los acompañe durante el interrogatorio.

—Una intérprete especializada… ¿en balbuceos? —preguntó Baxter, incapaz de contenerse.

—En lenguaje de signos —respondió el alcaide—. Masse lo aprendió a las pocas semanas de ingresar aquí.

El grupo accedió al exterior a través de otra puerta de seguridad, tras las que aparecieron las áreas de recreo inquietantemente vacías mientras por el sistema de megafonía se emitía un mensaje codificado.

—¿Qué tal es Masse como interno? —preguntó Curtis con evidente interés en su tono de voz.

—Ejemplar —respondió el alcaide—. Ojalá todos se portasen tan bien. ¡Rosenthal! —gritó a un joven que se encontraba al fondo del campo de fútbol sala, que casi resbaló mientras corría hacia ellos—. ¿Qué pasa aquí?

—Ha habido otra pelea en el bloque tres, señor —dijo entre jadeos el muchacho. Llevaba uno de los cordones desatados y lo arrastraba por el suelo.

El alcaide suspiró.

—Me temo que van a tener que disculparme —dijo dirigiéndose a los tres—. Esta semana nos ha entrado un grupo nuevo de internos y siempre tenemos problemas de adaptación hasta que se amoldan al orden establecido. Rosenthal los acom­pañará a ver a Masse.

—¿A Masse, señor? —El muchacho no parecía entusiasmado con la orden recibida—. Por supuesto.

El alcaide se alejó con paso apresurado mientras Rosenthal los conducía a la prisión dentro de la prisión, rodeada por sus propios muros y verjas. Cuando llegaron a la primera puerta de seguridad, se palmeó los bolsillos y dio media vuelta.

Rouche le dio una palmadita en el hombro y le tendió una identificación.

—Se te ha caído hace un momento —le dijo con amabilidad.

—Gracias. El jefe me habría matado, literalmente, si llego a perderla… otra vez.

—No si uno de los asesinos en serie que tienes a tu cargo te pilla antes —comentó Baxter, y el muchacho se sonrojó de modo ostensible.

—Perdón.

Rosenthal les abrió la puerta, tras la que se toparon con otra tanda de controles de seguridad y cacheos. Luego les explicó que el módulo de alta seguridad estaba dividido en secciones de doce celdas individuales, y les contó que los guardias solo trabajaban allí durante tres años, pasados los cuales los enviaban de nuevo al área general de prisión.

Una vez dentro, se toparon con paredes y puertas beis, un suelo de tonalidad terracota y una estructura de barandillas, verjas y escaleras de color rojo óxido. Sobre sus cabezas, había enormes redes desplegadas entre las pasarelas, hundidas debido a la basura y otros objetos lanzados que se acumulaba en el centro de las mismas.

Para sorpresa de los recién llegados, el edificio estaba en silencio, ya que los prisioneros seguían confinados en sus celdas. Otro guardia les indicó que entrasen en una sala de la planta baja donde los esperaba una mujer de mediana edad vestida con ropa pasada de moda. Se presentó como la intérprete de lenguaje de signos y a continuación el guardia les explicó unas normas de seguridad de lo más obvio antes de cerrar la puerta.

—Recuerden que, si necesitan algo, estaré ahí fuera —les recalcó un par de veces, y a continuación abrió la puerta, tras la que apareció la imponente silueta sentada dándoles la espalda.

Baxter percibió la inquietud de los guardias ante su prisionero más célebre. Una larga cadena mantenía fijadas a la mesa de metal las esposas que Masse llevaba en las muñecas y después descendía por el mono azul oscuro hasta los grilletes que anclaban sus pies al suelo de cemento.

Aunque no se dio la vuelta y, por tanto, los visitantes se toparon al entrar con las profundas cicatrices que le recorrían el cráneo, sí meneó la cabeza y olisqueó el aire inquisitivamente para identificar el nuevo olor.

Las dos mujeres se miraron, inquietas, y Rouche se sentó en la silla más próxima al criminal como si tal cosa.

Pese a que era Masse quien no podía abandonar la sala debido a las cadenas, fue Baxter quien se sintió atrapada cuando la pesada puerta se cerró a sus espaldas. Lentamente, se sentó delante de ese hombre que, incluso allí recluido, seguía siendo una amenaza para ella.

Masse se fijó en que Baxter paseaba la mirada por la sala para evitar mirarlo y en su destrozado rostro se formó una sonrisa torcida.