Lunes, 24 de mayo de 2010
Samantha Boyd se agachó para pasar por debajo de la destensada cinta policial y elevó la vista hacia la estatua de la Dama de la Justicia que se erigía sobre los tristemente famosos tribunales londinenses de Old Bailey. Concebida como símbolo de fuerza e integridad, Samantha veía lo que era en realidad: una mujer desencantada y desesperada a punto de saltar del tejado para estamparse contra la acera. Había sido un acierto suprimir la venda que tapaba los ojos de otras esculturas similares en todo el mundo, porque el de «justicia ciega» era un concepto ingenuo, sobre todo cuando se habla de racismo o corrupción policial.
Las calles y estaciones de metro circundantes habían sido cerradas de nuevo por culpa del enjambre de periodistas que se había formado y que había transformado una zona bulliciosa del centro de Londres en un ridículo barrio de chabolas de clase media. En medio del suelo alfombrado de desperdicios podían verse envases de comida vacíos con el logotipo de Marks & Spencer y de Pret A Manger. Los sacos de dormir de marca estaban siendo plegados al son del zumbido de las máquinas de afeitar, y un hombre que manejaba una decepcionante plancha de viaje intentaba disimular en vano el hecho de que había dormido sin quitarse la camisa y la corbata.
Samantha se sintió incómoda mientras se abría paso entre la multitud. Llegaba tarde, había empezado a sudar tras seis minutos de rápida caminata desde Chancery Lane, y el cabello, rubio platino, que se había sujetado en un infructuoso intento de cambiar de aspecto, le tiraba. Desde el primer día la prensa identificó a quienes estaban vinculados con el juicio. Cuarenta y seis días después, Samantha seguramente ya habría aparecido en los principales periódicos de todo el mundo. En una ocasión incluso se había visto obligada a llamar a la policía cuando un reportero más insistente de lo habitual la siguió hasta su casa, en Kensington, de donde se negaba a marcharse. Decidida a no llamar una atención que no buscaba, mantuvo la cabeza gacha y siguió andando con paso resuelto.
Dos filas serpenteantes atravesaban el cruce de Newgate Street, provocadas por el número insuficiente de retretes portátiles a un lado, Starbucks móvil al otro. Arrastrada por la corriente que circulaba sin interrupción entre ambas, Samantha bregó por llegar hasta la pareja de policías que vigilaban la tranquila entrada lateral de los tribunales. Cuando por accidente entró en el plano de una de las decenas de grabaciones que se estaban efectuando, una mujer menuda le espetó algo airadamente en japonés.
«El último día», se recordó Samantha, ignorando la lluvia de insultos indescifrables; solo faltaban ocho horas para que pudiera volver a llevar una vida normal.
Una vez en la puerta, un policía al que no conocía examinó su identificación antes de iniciarse el proceso que Samantha ya se sabía de memoria a esas alturas: guardar en la consigna sus pertenencias, explicar que le resultaba literalmente imposible quitarse el anillo de compromiso cuando saltó la alarma del detector de metales, preocuparse por las posibles manchas de sudor mientras la cacheaban y adentrarse en los anodinos pasillos para unirse a los otros once jurados y tomar una taza de café instantáneo templado.
Debido al interés abrumador suscitado en los medios de todo el mundo y al incidente en la casa de Samantha, se había tomado la insólita decisión de recluir al jurado, hecho que indignaba al público, ya que la cuenta del hotel se abonaría con el dinero de decenas de miles de contribuyentes. Después de casi dos meses, las conversaciones matutinas se centraban sobre todo en los dolores de espalda que provocaban las camas del hotel, en la monotonía del menú de la cena y en las cosas que más se echaban en falta: la esposa, los hijos y el último episodio de la temporada de Perdidos.
Cuando el ujier del tribunal acudió a recoger al jurado, el silencio tenso que la charla trivial enmascaraba terminó por imponerse. El presidente del jurado, un anciano llamado Stanley que al parecer había sido designado por los demás debido al intrigante parecido que guardaba con Gandalf, se levantó despacio para encabezar la fila.
El tribunal número uno, tal vez uno de los juzgados más famosos del mundo, se reservaba en exclusiva para los crímenes más graves; era la sala donde célebres monstruos como Crippen, Sutcliffe y Dennis Nilsen habían subido al estrado para responder por sus abominables pecados. La luz artificial entraba por un ventanal de cristales esmerilados e iluminaba los oscuros paneles de madera y el tapizado de cuero verde.
Samantha ocupó su asiento habitual en la primera fila del jurado, el más próximo al banquillo, y cayó en la cuenta de que tal vez su vestido blanco, uno de los que ella misma diseñaba, fuese un poco corto. Se colocó la documentación de jurado sobre el regazo, para desilusión del viejo verde que el primer día había estado a punto de pisar a otro miembro por las prisas para adjudicarse la silla contigua.
Al contrario que en las salas de justicia de las películas americanas, en las que el demandado, bien vestido, se sienta en una mesa junto con sus abogados, el acusado de Old Bailey se enfrentaba al intimidante tribunal a solas. Los vidrios de seguridad que rodeaban el banquillo, de poca altura pero bien visibles, acentuaban la impresión de que quien estaba dentro representaba una amenaza considerable para el resto de la sala.
Culpable hasta que demostrara su inocencia.
Justo frente al banquillo, a la izquierda de Samantha, estaba la tribuna del juez. Una espada con la empuñadura de oro pendía del blasón real que quedaba por detrás de la silla del centro, la única que había permanecido vacía durante todo el juicio. El secretario judicial, la defensa y la acusación ocupaban el centro de la sala, mientras que la galería destinada al público, que bordeaba la pared opuesta, estaba atestada por fervientes espectadores de ojos somnolientos que habían acampado en la calle para asegurarse un sitio desde el que presenciar el desenlace de ese juicio extraordinario.
Al fondo de la sala, en los bancos olvidados debajo de la galería, se sentaba una serie de personas relacionadas de manera indirecta con el juicio: expertos a quienes los abogados podían invitar a intervenir, aunque seguramente no lo harían; diversos funcionarios judiciales; y, cómo no, el agente que había llevado a cabo el arresto y que ocupaba el epicentro de la controversia, el detective apodado Wolf, William Oliver Layton-Fawkes.
Wolf había asistido a las cuarenta y seis jornadas de juicio. Se pasaba las incontables horas mirando el banquillo fijamente con una expresión fría desde su discreto asiento, situado junto a la salida. De complexión fornida, rostro curtido y ojos de un azul intenso, aparentaba cuarenta y pocos años. Samantha opinaba que podría haberle resultado bastante atractivo de no ser porque daba la impresión de que llevaba meses sin dormir y soportando el peso del mundo sobre sus hombros; aunque, a decir verdad, así era.
El Asesino Incinerador, sobrenombre que le había puesto la prensa, se había convertido en el asesino en serie más prolífico de la historia de Londres. Veintisiete víctimas en veintisiete días, todas prostitutas de edades comprendidas entre los catorce y los dieciséis años, circunstancia que hacía más llamativo el caso, pues exponía ante la masa desinformada la dura realidad de la calle. Las habían sedado y quemado vivas, para que el fuego consumiese las posibles pruebas; la mayoría aún ardían cuando las habían encontrado. Después los asesinatos habían cesado de pronto, lo cual había confundido a la policía, que no tenía sospechosos relevantes. La Policía Metropolitana fue muy criticada durante la investigación por no hacer nada mientras seguían muriendo chicas inocentes, pero entonces, dieciocho días después del último asesinato, Wolf efectuó el arresto.
El hombre que ocupaba el banquillo era Naguib Khalid, un musulmán suní británico de origen paquistaní que trabajaba como taxista en la capital. Vivía solo y tenía antecedentes policiales: varios delitos menores por provocar incendios. Las muestras de ADN vinculaban a tres de las víctimas con el maletero de su taxi, y cuando se presentaron ante el tribunal junto con el testimonio irrefutable de Wolf, el caso parecía haber quedado visto para sentencia. Pero entonces las cosas empezaron a complicarse.
Se alegaron coartadas que contradecían los informes de vigilancia elaborados por el detective y su equipo. Afloraron acusaciones por los abusos y la intimidación ejercidos durante el tiempo que Khalid permaneció bajo custodia. Los análisis forenses contradictorios sugerían que las muestras de ADN degradado por el fuego no podían considerarse pruebas fiables y, para alegría de los abogados de la defensa, la unidad de Asuntos Internos integrada en la Policía Metropolitana aportó una carta que habían recibido. Redactada por un colega anónimo y fechada escasos días antes del último asesinato, la misiva expresaba cierta preocupación tanto por el modo en que Wolf estaba manejando el caso como por su estado anímico, y sugería que el detective estaba «obsesionado» y «desesperado», por lo que recomendaba un cambio inmediato de destino.
La noticia más comentada en todo el mundo adquirió entonces una magnitud aún mayor. Se acusó a la policía de utilizar a Khalid como oportuno chivo expiatorio para ocultar su propia negligencia. Tanto al comisario como a su adjunto en la Unidad Especial de Crimen y Operaciones se les presionó para que dimitieran por los actos de corrupción flagrante cometidos delante de sus narices, y los tabloides se llenaron de historias escandalosas sobre el desacreditado detective, en las que se recogían sus supuestos problemas con el alcohol y su posible predisposición a la violencia, todo lo cual habría provocado el fracaso de su matrimonio. En un momento dado, la altiva abogada de Khalid recibió una amonestación por proponer que Wolf y su cliente intercambiaran asientos. Naguib Khalid presenció el espectáculo con desconcierto, sin evidenciar en ningún momento la satisfacción que le producía dejar de ser el monstruo para convertirse en la víctima.
El último día del juicio se desarrolló como cabía esperar. Tanto la defensa como la acusación pronunciaron sus alegatos finales antes de que el juez se dirigiera al jurado para enumerar las escasas pruebas que seguían considerándose válidas y aconsejarle sobre las complejidades de la ley. Acto seguido el jurado fue autorizado a retirarse para discutir el veredicto y conducido por detrás del estrado hasta una sala privada decorada sin imaginación con los paneles de madera y el cuero verde ya familiares. Durante más de cuatro horas y media, los doce jurados permanecieron sentados en torno a la amplia mesa de madera debatiendo sobre su veredicto.
Hacía semanas que Samantha había decidido su voto, por lo que le sorprendió que sus compañeros todavía estuvieran tan indecisos. Ella jamás habría permitido que la opinión pública influyese en su postura, se dijo, aunque le alegraba que su voto no sirviera para avivar la hoguera social sobre la que en ese momento se sostenían su taller, su sustento y su felicidad. Los mismos argumentos se exponían una y otra vez. Después alguien mencionaba algún detalle del testimonio del detective y se enfadaba cuando los demás le recordaban, por enésima vez, que era inadmisible y debía ignorarse.
Stanley organizó varias rondas de votación, tras cada una de las cuales se pasó una nota al juez a través del ujier, en la que se informaba de que aún no habían llegado a un veredicto unánime. Tras cada votación, otro miembro del jurado cedía a la presión de la creciente mayoría, hasta que, después de casi cinco horas de deliberaciones, llegaron a una mayoría de diez a dos. A regañadientes, Stanley pasó una nota al ujier para dar aviso, y al cabo de diez minutos el subalterno reapareció para escoltar al jurado de regreso al tribunal.
Samantha notó que todas las miradas convergían en ella cuando se dirigió hacia su asiento junto al banquillo. La sala estaba en silencio, y el sonido de sus tacones que reverberaba en toda la sala le hizo sentirse tontamente avergonzada. Por suerte, los desagradables crujidos y arañazos que se oyeron a continuación, cuando los doce jurados tomaron asiento al mismo tiempo, hicieron que el ruido de sus pasos quedara en un cómodo segundo plano.
Se dio cuenta de que varias personas intentaban desentrañar su expresión, demasiado impacientes para esperar a oír el veredicto oficial. Eso le divertía. Toda aquella gente erudita había estado pavoneándose con sus pelucas y sus togas, tratándolos a ella y a sus compañeros con una amabilidad condescendiente; en ese momento, en cambio, se encontraban a merced del jurado. Tuvo que reprimir una sonrisa; se sentía como una niña que conocía un secreto que no debía desvelar.
—Póngase en pie el acusado —solicitó el secretario, rompiendo el silencio.
Naguib Khalid se puso de pie tímidamente en el banquillo.
—¿Puede levantarse el presidente del jurado?
Stanley, en la otra punta de la fila de Samantha, hizo lo propio.
—¿Han llegado a un veredicto unánime?
—No. —La voz de Stanley se quebró, lo que hizo su respuesta inaudible.
Samantha puso los ojos en blanco mientras el presidente se aclaraba la garganta con tres carraspeos.
—No —repitió Stanley, casi gritando.
—¿Han llegado a un veredicto con el que la mayoría necesaria esté de acuerdo?
—Hemos llegado —afirmó el anciano, que se estremeció al saltarse el protocolo—. Perdón. Sí.
El secretario miró al juez, quien asintió indicando que aceptaba la votación mayoritaria.
—¿El jurado considera al acusado, Naguib Khalid, culpable o no culpable de veintisiete cargos de asesinato?
Samantha descubrió que estaba conteniendo la respiración a pesar de que ya conocía la respuesta. Varias sillas crujieron al unísono cuando sus ocupantes se inclinaron hacia delante movidos por la expectación.
—No culpable.
Samantha miró a Khalid, deseosa de ver su reacción. El procesado, aliviado, temblaba con la cara entre las manos.
Estallaron entonces los primeros gritos de pánico.
Wolf había salvado la escasa distancia que lo separaba del banquillo y había sacado a Khalid levantándolo por encima del vidrio de seguridad sin que los guardias tuvieran tiempo de reaccionar. Khalid cayó de mala manera y su grito jadeante se vio ahogado cuando empezó la despiadada paliza. Sus costillas crujieron bajo las botas de Wolf, que se desolló los nudillos con la intensidad del ataque.
Una alarma comenzó a sonar en alguna parte.
Wolf recibió un golpe en plena cara y saboreó su propia sangre mientras se tambaleaba hacia atrás, contra el jurado, y derribaba a la mujer que tenía más cerca. Durante los pocos segundos que el detective tardó en recuperar el equilibrio, varios policías se apresuraron a interponerse entre él y el cuerpo vapuleado que yacía al pie del banquillo.
Wolf repartió golpes a diestro y siniestro mientras trataba de abrirse paso, sintiendo que una multitud de manos férreas retenían su cuerpo debilitado y lo obligaban primero a caer de rodillas y después a tenderse en el suelo. Exhausto, tomó una bocanada de aire, impregnada de olor a sudor y a cera, y vio que la porra que se le había caído a uno de los guardias heridos rodaba hasta impactar con un ruido hueco contra los paneles de madera que había junto a Khalid.
Parecía muerto, pero Wolf tenía que cerciorarse.
Con el impulso de la última oleada de adrenalina, reptó hacia el cuerpo inmóvil; en el traje azul marino, allí donde la sangre había traspasado la tela barata, se distinguían manchas de color marrón oscuro. Estiró el brazo hacia la porra y cerró la mano en torno al frío metal. Ya la había levantado por encima de su cabeza cuando un golpe devastador lo hizo caer de espaldas. Desorientado, solo pudo limitarse a ver como el guardia del banquillo se le echaba encima de nuevo y le aplastaba la muñeca con un segundo y brutal porrazo.
Apenas habían transcurrido veinte segundos desde el veredicto de no culpable, pero cuando Wolf oyó el golpe del metal contra la madera, supo que todo había terminado. Solo rogó para que lo que había hecho bastantes.
La gente gritaba y corría hacia las salidas, pero un enjambre de policías la recondujo de vuelta al interior; Samantha se quedó sentada en el suelo, aturdida, con la mirada perdida pese a lo que estaba sucediendo a escasos metros. Por fin, alguien la cogió del brazo, la levantó y tiró de ella con urgencia para que abandonase la sala. La persona que quería sacarla de allí gritaba algo, pero Samantha no la oía. Una alarma muda de la que apenas era consciente. Resbaló en el suelo del Gran Salón y notó que una rodilla golpeaba contra su sien. Aunque no le dolió, cayó de espaldas sobre las baldosas blancas y negras de mármol siciliano y, aturdida, dejó que sus ojos se perdieran en la ornamentada cúpula, que se elevaba veinte metros más arriba, en las estatuas, en las vidrieras multicolores y en los murales.
Su rescatador volvió a levantarla cuando la multitud se dispersó y la llevó hasta la puerta principal, que apenas se usaba, antes de regresar corriendo a la sala. Las enormes puertas de madera y la verja negra estaban abiertas de par en par, y el cielo encapotado la invitaba a seguir adelante. Sola, Samantha salió a la calle dando traspiés.
La fotografía no habría quedado mejor si hubiera posado para ella; la preciosa jurado salpicada de sangre, vestida de blanco, paralizada por la conmoción bajo las esculturas pétreas de la Fortaleza, la Verdad y el siniestro Ángel Registrador, cubierto de la cabeza a los pies con una túnica gruesa, imitando a la muerte, preparado para llevarse a los cielos una infinita lista de pecados.
Samantha dio la espalda a la jauría de periodistas y a sus flashes cegadores. Bajo el resplandor de un millar de fogonazos, reparó en el lema tallado en la piedra muy por encima de ella, apoyado sobre cuatro pilares de granito que parecían sostener su peso metafórico.
EN DEFENSA DE LOS HIJOS DE LOS POBRES
Y EN CASTIGO DE LOS DELINCUENTES
Al leer aquellas palabras, la asaltó el temor de que hubiera errado de alguna manera. ¿De verdad podía decir que estaba tan segura de la inocencia de Khalid como el detective lo estaba de su culpabilidad? Cuando de nuevo detuvo la mirada en el ángel encapuchado, supo que había entrado en la lista.
Acababa de ser juzgada.
Cuatro años después…
Sábado, 28 de junio de 2014
3.50 h
Wolf buscó a tientas el teléfono móvil, que se alejaba algo más por el suelo laminado con cada vibración. Poco a poco, la oscuridad empezó a difuminarse y aparecieron las siluetas extrañas de su nuevo apartamento. La sábana empapada de sudor se le adhirió al cuerpo cuando se arrastró fuera del colchón a la caza del molesto trasto vibrador.
—Wolf —contestó, satisfecho por haber atrapado su presa mientras palpaba la pared en busca de un interruptor.
—Soy Simmons.
Wolf accionó el interruptor y dejó escapar un suspiro profundo cuando la débil luz ambarina le recordó dónde estaba; sintió la tentación de apagarla de nuevo. El diminuto dormitorio se componía de cuatro paredes, un desgastado colchón de matrimonio tirado en el suelo y una bombilla. En el claustrofóbico cuarto hacía un calor asfixiante gracias al casero, quien todavía no le había reclamado la llave de la ventana al inquilino anterior. Por lo general, esto no habría supuesto un problema en Londres; sin embargo, la mudanza de Wolf había coincidido con una de las inusuales olas de calor de Inglaterra, que llevaban arrastrando desde hacía casi dos semanas.
—No te alegres tanto —dijo Simmons.
—¿Qué hora es? —bostezó Wolf.
—Las cuatro menos diez.
—¿No libraba este fin de semana?
—Ya no. Necesito que vengas a la escena de un crimen.
—¿Al lado de tu escritorio? —preguntó Wolf medio en broma, ya que hacía años que no veía a su jefe salir de la oficina.
—Muy gracioso. A esta sí me han dejado venir.
—Debe de ser muy grave, entonces.
Hubo silencio al otro extremo de la línea, hasta que Simmons respondió:
—Es bastante grave. ¿Puedes tomar nota?
Wolf rebuscó en una de las cajas apiladas junto a la entrada y encontró un bolígrafo con el que apuntar en el dorso de la mano.
—Vale. Dime.
Con el rabillo del ojo, reparó en una luz que parpadeaba en el armario de la cocina.
—Piso 108… —comenzó Simmons.
Cuando Wolf entró en la cocina a medio amueblar, lo deslumbraron unas luces azules centelleantes al otro lado de la ventanita.
—… Trinity Towers…
—¿Hibbard Road, Kentish Town? —lo interrumpió Wolf, con la vista puesta en el tumulto de coches patrulla, reporteros y residentes evacuados del bloque contiguo.
—¿Cómo demonios lo has sabido?
—Soy detective.
—Bien, pues entonces también podrías ser nuestro principal sospechoso. Baja aquí.
—Ya voy. Solo necesito… —Se interrumpió al darse cuenta de que Simmons ya había colgado.
Entre los fogonazos intermitentes distinguió la lucecita naranja fija de la lavadora y recordó que había metido la ropa del trabajo antes de acostarse. Miró las cajas de cartón idénticas apiladas contra las paredes.
—Mierda.
Cinco minutos después Wolf se abría paso a empujones entre la multitud de curiosos que se había congregado fuera del edificio. Se acercó a un policía y le mostró su credencial, convencido de que atravesaría el cordón sin problemas; sin embargo, el joven agente le cogió la identificación, la examinó con detenimiento y miró escéptico al tipo imponente vestido con unas bermudas y una camiseta descolorida de «Keep the Faith», la gira de Bon Jovi del 93.
—¿Agente Layton-Fawkes? —preguntó el policía con recelo.
Wolf hizo una mueca, consciente de lo pretencioso que sonaba su nombre.
—Sargento detective Fawkes, sí.
—¿Como el Fawkes de la masacre en el tribunal?
—Se pronuncia William… ¿Puedo? —Wolf señaló el edificio de apartamentos.
El joven le devolvió la credencial y levantó la cinta para que pasase por debajo.
—¿Necesita que lo acompañe? —preguntó.
Wolf se miró los pantalones cortos de motivos florales, las rodillas desnudas y los zapatos de trabajo.
—¿Sabe qué? Creo que puedo apañármelas muy bien yo solo.
El agente sonrió.
—Cuarta planta —le indicó—. Y vaya con cuidado; es un vecindario de mierda.
Wolf volvió a suspirar con pesadez, cruzó el vestíbulo, que olía a lejía, y entró en el ascensor. Faltaban los botones de la segunda y de la quinta plantas, y sobre el resto del panel de control se había secado un líquido parduzco. Tras emplear sus dotes detectivescas y determinar que podía ser excremento, óxido o Coca-Cola, utilizó la parte inferior de la camiseta, el rostro de Richie Sambora, para pulsar el botón.
En sus tiempos había llegado a subir en cientos de ascensores iguales, cajas metálicas sin soldaduras, instaladas en las barriadas de protección oficial de todo el país. El suelo estaba descubierto, y no había espejos ni luces o elementos que sobresalieran. No había absolutamente nada que los desfavorecidos propietarios pudieran destrozar o llevarse del lujoso aparato, de manera que se limitaban a pintarrajear obscenidades en las paredes. Wolf solo tuvo tiempo de averiguar que Johnny Ratcliff había estado aki y que era maricón antes de que las puertas se abriesen con un chirrido al llegar a la cuarta planta.
Había una decena de personas dispersas a lo largo del pasillo silencioso. Parecían conmocionadas, pero todas miraron el atuendo de Wolf con desaprobación, salvo un hombre desaliñado que llevaba un distintivo de forense, quien asintió en señal de conformidad y levantó el pulgar cuando pasó por su lado. Un leve pero conocido olor se intensificó cuando Wolf llegó a la entrada abierta del final del pasillo. Era el hedor inconfundible de la muerte. Quienes trabajan en entornos similares se acostumbran pronto a la mezcla única de aire viciado, mierda, pis y carne pútrida.
Wolf se apartó de la entrada cuando oyó que alguien se acercaba corriendo desde el interior. Una chica salió aprisa por la puerta abierta, se hincó de rodillas y vomitó en medio del pasillo, a sus pies. Wolf aguardaba cortésmente el momento adecuado para pedirle que se apartase cuando se oyeron más pisadas. Dio otro paso atrás de forma instintiva antes de que la sargento detective Emily Baxter saliese patinando al pasillo.
—¡Wolf! Me había parecido verte merodeando por aquí —voceó en el pasillo enmudecido—. En serio, ¿no es genial?
Miró a la joven sacudida por las arcadas en el suelo entre ellos.
—¿Le importaría ir a vomitar a otra parte, por favor?
Avergonzada, la mujer se quitó de en medio. Baxter cogió a Wolf del brazo y lo llevó emocionada al interior del apartamento. Casi diez años menor que él, Baxter lo igualaba en estatura. Su cabello, castaño oscuro, parecía negro bajo la penumbra del austero recibidor y, como siempre, llevaba un maquillaje oscuro con el que sus atractivos ojos parecían más grandes de lo normal. Con su camisa entallada y sus elegantes pantalones, lo miró de arriba abajo mientras desplegaba una sonrisa traviesa.
—No sabía que hoy tocaba venir de paisano.
Wolf se negó a morder el anzuelo; sabía que Baxter no tardaría en perder el interés si permanecía callado.
—Chambers se pondrá hecho una furia cuando sepa lo que se ha perdido —aseguró con una amplia sonrisa.
—Personalmente, yo preferiría irme de crucero por el Caribe antes que venir a ver un cadáver —respondió Wolf, aburrido.
Los ojos enormes de Baxter se ensancharon con una mirada de sorpresa.
—¿Simmons no te lo ha dicho?
—¿Qué tenía que decirme?
Lo guio por el apartamento atestado, que solo contaba con la iluminación tenue de un puñado de linternas situadas de forma estratégica. Aunque no llegaba a resultar abrumador, el hedor iba cobrando intensidad. Wolf supo que la fuente de la que manaba estaba cerca al ver la nube de moscas que se revolvían febriles sobre él.
El piso tenía el techo alto, carecía de muebles y era mucho más amplio que el de Wolf, aunque no más acogedor. Las paredes, amarillentas, estaban salpicadas de orificios a través de los cuales los viejos cables y el polvoriento revestimiento térmico se desparramaban por el suelo desnudo. Ni el cuarto de baño ni la cocina parecían haber sido sometidos a ningún tipo de renovación desde los años sesenta.
—¿Qué tenía que decirme? —repitió.
—Esto es único, Wolf —le aseguró Baxter, que hizo caso omiso de la pregunta—, un caso único en toda una carrera.
Wolf estaba distraído, midiendo mentalmente el segundo dormitorio mientras se preguntaba si no le estarían cobrando demasiado por la caja de cerillas en la que vivía al otro lado de la calle. Cuando doblaron la esquina para pasar al salón, lleno de gente, escrutó el suelo de forma automática, paseando la vista entre los distintos aparatos y las piernas de la gente, en busca del cadáver.
—¡Baxter!
La detective se detuvo y se volvió hacia él con impaciencia.
—¿Qué es lo que no me ha dicho Simmons?
Tras ella, un grupo de personas, de pie frente al ventanal de suelo a techo que dominaba el salón, se hizo a un lado. Antes de que la sargento tuviera ocasión de contestarle, Wolf dio un traspié, con la mirada clavada en un punto que quedaba por encima de ellos, en la única fuente de luz que la policía no había llevado consigo, un foco en medio de un escenario oscuro.
El cuerpo desnudo, contorsionado de forma antinatural, parecía flotar un palmo por encima de las irregulares tablas del suelo. Estaba de espaldas al salón, mirando hacia el inmenso ventanal. Cientos de hilos casi invisibles mantenían sujeta la figura, anclados a su vez a dos ganchos metálicos industriales.
Wolf tardó un momento en reparar en la característica más desconcertante de la escena surrealista que tenía ante sí: la pierna negra adherida al torso blanco. Incapaz de comprender lo que estaba viendo, se adentró un poco más en la estancia. Al aproximarse, se fijó en las toscas puntadas que mantenían unidas las extremidades incongruentes, la piel tensada allí donde las hebras la penetraban. Una pierna de varón negro, otra blanca; una mano grande de varón a un lado, otra bronceada de mujer en el costado opuesto; una cabellera azabache y desgreñada que colgaba de forma inquietante sobre un torso femenino pálido y esbelto, moteado de lunares.
Baxter estaba junto a Wolf, sin duda deleitándose con su gesto de repugnancia.
—No te ha dicho que había… un cuerpo, ¡y seis víctimas! —le susurró al oído con regocijo.
Wolf bajó la vista al suelo. Se encontraba a la sombra que proyectaba el cadáver grotesco, cuyas proporciones parecían aún más discordantes, cruzada por una multitud de huecos luminosos que distorsionaban las uniones de las extremidades con el tronco.
—¿Por qué cojones está ya la prensa ahí fuera? —Wolf oyó los gritos de su superior—. Te juro que este departamento tiene más fugas que el Titanic. ¡Como vea a alguien hablando con un periodista, puede darse por suspendido!
Wolf sonrió, consciente de que Simmons solo pretendía interpretar el papel de jefe estereotipado. Se conocían desde hacía más de una década y, hasta el incidente de Khalid, Wolf lo había considerado su amigo. Pese a la baladronada, en realidad Simmons era un policía inteligente y capaz que se preocupaba por su oficio.
—¡Fawkes! —Simmons se acercó a ellos. A menudo tenía que esforzarse para no llamar a sus subordinados por sus respectivos apodos. Era casi una cabeza más bajo que Wolf, andaba por los cincuenta y tantos años, y había echado barriga de directivo—. No sabía que hoy había que vestir de paisano.
Wolf oyó la risita de Baxter. Decidió emplear la misma táctica a la que había recurrido con ella e ignoró el comentario. Tras un silencio incómodo, Simmons se volvió hacia Baxter.
—¿Dónde está Adams? —le preguntó.
—¿Quién?
—Adams. Tu nuevo protegido.
—¿Edmunds?
—Sí. Edmunds.
—¿Cómo voy a saberlo?
—¡Edmunds! —bramó Simmons en medio del bullicioso salón.
—¿Trabajas mucho con él? —le preguntó Wolf en voz baja, sin poder disimular un dejo de celos, lo que hizo sonreír a Baxter.
—Soy su canguro —susurró ella—. Es el que han trasladado desde Anticorrupción; hasta ahora solo ha visto unos pocos cadáveres. Puede que hasta termine echándose a llorar.
El joven que se les acercaba dando bandazos entre la multitud solo tenía veinticinco años, estaba delgado como un palillo e iba impecable, salvo por el alborotado cabello, de color rubio rojizo. Con su libreta en ristre, dirigió una sonrisa entusiasta al inspector jefe.
—¿Algún avance de los forenses? —le preguntó Simmons.
Edmunds pasó hacia atrás algunas páginas.
—Helen dice que su equipo todavía no ha encontrado ni una sola gota de sangre en todo el apartamento. Que han confirmado que las seis partes pertenecen a otras tantas víctimas y que fueron amputadas sin miramientos, posiblemente con una sierra de arco.
—¿Y Helen no ha comentado nada que no supiéramos? —le espetó Simmons, haciendo hincapié en el nombre de la forense.
—En realidad, sí. Debido a la ausencia de sangre y a que no se han hallado evidencias de constricción en los vasos sanguíneos que circundan las amputaciones…
Simmons puso los ojos en blanco y consultó su reloj.
—… tenemos la certeza de que las distintas partes fueron extraídas post mortem —terminó de recitar el joven agente, satisfecho consigo mismo.
—Es un trabajo policial extraordinario, Edmunds —lo felicitó un irónico Simmons antes de gritar—: ¡Que anulen el anuncio en las cajas de leche para buscar al hombre sin cabeza! ¡Gracias!
A Edmunds se le borró la sonrisa. Wolf miró a los ojos a Simmons y le sonrió con suficiencia. Ambos habían sido objeto de humillaciones similares en su día. Formaba parte del adiestramiento.
—Solo quería decir que las personas a las que cercenaron los brazos y las piernas también están muertas. Averiguarán más detalles cuando lleven el cuerpo al laboratorio —masculló Edmunds, intimidado.
Wolf reparó en el reflejo del cuerpo que se proyectaba en los cristales oscuros. Al darse cuenta de que todavía no lo había visto de frente, lo rodeó para examinarlo.
—¿Qué tienes, Baxter? —preguntó Simmons.
—No mucho. Ligeros daños en la cerradura, tal vez forzada con una ganzúa. Tenemos a varios agentes interrogando a los vecinos, pero de momento nadie ha visto ni oído nada. Ah, y no hay ningún defecto en la instalación eléctrica; todas las bombillas del apartamento han sido retiradas, salvo la de encima de la víctima… de las víctimas, como si pretendiera exponerlas o algo así.
—¿Y qué dices tú, Fawkes? ¿Alguna idea? ¿Fawkes?
Wolf miraba fijamente el rostro del cadáver, de tez oscura.
—Perdona, ¿te estamos aburriendo?
—No. Lo siento. A pesar del calor que hace, esta cosa está empezando a apestar, de lo que se deduce que o bien el asesino mató a las seis víctimas anoche, lo cual parece poco probable, o bien guardaba los cadáveres en hielo.
—Estoy de acuerdo. Pondremos a alguien a investigar posibles robos en instalaciones de almacenamiento en frío, en supermercados, restaurantes y cualquier lugar donde pueda haber cámaras de refrigeración de dimensiones industriales —dijo Simmons.
—Y que averigüen también si algún vecino oyó un taladro —añadió Wolf.
—El del taladro es un ruido bastante habitual —soltó Edmunds, que lamentó su incontinencia verbal cuando las miradas de enfado de los otros tres confluyeron en él.
—Si esta es la obra maestra del asesino —prosiguió Wolf—, seguramente no querría correr el riesgo de que se descolgara del techo y quedara reducida a un amasijo de carne antes de que llegásemos. Esos ganchos estarán taladrados en vigas metálicas maestras. Alguien debería haberlo oído.
Simmons asintió.
—Baxter, pon a alguien con eso.
—Jefe, ¿podemos hablar un momento a solas? —preguntó Wolf mientras Baxter y Edmunds se retiraban. Se puso unos guantes desechables y apartó un mechón del enredado cabello moreno de la espantosa cara de la figura. Era un varón. Tenía los ojos abiertos, la expresión desconcertantemente sosegada teniendo en cuenta el final indudablemente violento de la víctima—. ¿Te resulta familiar?
Simmons se acercó al otro lado para unirse a Wolf junto a la ventana helada y se agachó para examinar mejor la cara oscura. Al cabo de unos momentos, encogió los hombros.
—Es Khalid —dijo Wolf.
—Eso es imposible.
—¿Seguro?
Simmons volvió a mirar el rostro inánime. Poco a poco su expresión escéptica cambió a una de profunda preocupación.
—¡Baxter! —gritó—. Necesito que tú y Adams…
—Edmunds.
—… vayáis a la prisión de Belmarsh. Pedidle al alcaide que os deje ver en persona a Naguib Khalid.
—¿A Khalid? —preguntó con sorpresa Baxter, que miró a Wolf sin pretenderlo.
—Sí, a Khalid. Llamadme en cuanto lo hayáis visto con vida. ¡Vamos!
Wolf miró su edificio, que quedaba enfrente. Muchas ventanas permanecían a oscuras, pero en otras se distinguían las caras emocionadas de los que estaban grabando con su teléfono móvil el espectáculo de abajo, seguramente con la esperanza de capturar algún momento escabroso con el que divertir a sus amigos por la mañana. Debía de resultarles imposible ver la mal iluminada escena del crimen para la cual, de lo contrario, tendrían asientos de primera fila.
Wolf alcanzaba a distinguir su piso, unas ventanas más arriba. Con las prisas, se había dejado encendidas todas las luces. Divisó una caja de cartón, en la base de una pila, en la que ponía «Pantalones y Camisas».
—¡Ajá!
Simmons se acercó a Wolf y se frotó los ojos cansados. Permanecieron en silencio, a ambos lados del cuerpo suspendido, viendo cómo el despuntar del día contaminaba el cielo oscuro. Incluso a pesar del ruido del salón, oían el trino sereno de los pájaros.
—Bien, así que es la escena más escalofriante que has visto nunca —bromeó Simmons con fatiga.
—La segunda más escalofriante —lo corrigió Wolf sin apartar la vista del cielo, cada vez más azul.
—¿La segunda? No sé si quiero saber qué puede ser peor que esta… cosa. —Simmons volvió a mirar con renuencia el puzle de extremidades amputadas.
Wolf dio una palmada con cuidado al brazo derecho de la figura, que estaba estirado. La palma parecía pálida en comparación con el resto de la piel morena y las uñas púrpuras, de manicura perfecta. Decenas de hilos finos como hebras de seda sostenían la mano tendida, y otra decena mantenía en su sitio el dedo índice extendido.
Tras cerciorarse de que nadie estuviera escuchando su conversación, se inclinó hacia Simmons para susurrarle:
—Señala hacia la ventana de mi apartamento.
Sábado, 28 de junio de 2014
4.32 h
Baxter había dejado a Edmunds esperando el traqueteante ascensor. Ella pasó como un huracán por una salida de incendios para acceder a las lúgubres escaleras, por donde ascendía una interminable procesión de gente hosca e irritable a la que por fin habían autorizado a regresar a su casa. A medio camino decidió guardar su credencial, después de darse cuenta de que tan solo le servía para avanzar con más dificultad entre la corriente incesante de personas. La novedad inicial del incidente se había pasado hacía horas, por lo que los residentes del edificio ya solo albergaban resentimiento y animosidad hacia la policía.
Cuando llegó al vestíbulo, Edmunds estaba esperándola pacientemente junto a la puerta principal. Pasó por su lado como si no lo conociera y salió a la calle, donde aún hacía frío. El sol no había terminado de asomar, pero el cielo cristalino sugería que la persistente ola de calor los acompañaría una jornada más. Profirió una blasfemia al ver que la creciente multitud de curiosos y periodistas se había cerrado en torno a la cinta policial, impidiéndole acceder a su Audi A1 negro.
—Ni una palabra —le recordó a Edmunds, que ignoró el tono de la orden innecesaria con su buen talante habitual.
Se acercaron al cordón bajo un aluvión de preguntas y flashes, se agacharon para pasar al otro lado de la cinta y se abrieron paso a empujones entre la aglomeración. Baxter apretó los dientes al oír las repetidas disculpas de Edmunds a su espalda. Cuando se volvió hacia atrás para fulminarlo con la mirada, se topó con un hombre rechoncho, cuya abultada cámara de televisión cayó al suelo con un estrépito que auguraba una avería costosa.
—¡Mierda! Lo siento —dijo, y automáticamente se sacó del bolsillo una tarjeta de visita de la Policía Metropolitana. Había repartido centenares a lo largo de los años, entregándolas a modo de pagarés antes de olvidarse al instante siguiente del caos que había causado.
El hombre corpulento seguía en el suelo, arrodillado sobre los fragmentos desperdigados de la cámara como si fueran los restos de su amada fallecida. Una mujer estiró la mano y extrajo la tarjeta de entre los dedos de Baxter. Al levantar la vista con rabia, la detective se encontró con una mirada hostil clavada en ella. Pese a la hora temprana, la mujer estaba perfectamente arreglada para salir en televisión; el agotamiento que marcaba a los demás con unas profundas ojeras había sido disimulado por completo de su rostro. Tenía la melena pelirroja larga y rizada y vestía un elegante conjunto de falda y blusa. Las dos mujeres se estudiaron en tenso silencio durante un momento mientras Edmunds las observaba con asombro. No imaginaba que su mentora pudiera parecer tan incómoda.
La mujer pelirroja le dio un rápido repaso a Edmunds.
—Veo que por fin has encontrado a alguien de tu edad —le dijo a Baxter, que miró colérica a Edmunds, como si la ofendiese con su mera existencia—. ¿Ya ha intentado enredarte? —inquirió con compasión al novato.
Edmunds se quedó helado, preguntándose muy en serio si estaría pasando por el peor momento de su vida.
—¿No? —prosiguió la mujer, que consultó su reloj—. Bueno, todavía es pronto.
—Voy a casarme —balbució Edmunds, sin saber muy bien por qué todavía era capaz de articular palabra.
La mujer del cabello rojo esbozó una sonrisa triunfal y abrió la boca para decir algo.
—¡Nos vamos! —ordenó Baxter antes de recuperar su habitual actitud indiferente—. Andrea.
—Emily —respondió la mujer.
Baxter le dio la espalda, pisó las tripas de la cámara y continuó andando seguida de Edmunds. Este comprobó su cinturón de seguridad tres veces mientras Baxter arrancaba y engranaba la marcha atrás bruscamente, saltando por encima de dos bordillos antes de salir a gran velocidad y dejar que los fogonazos azulados de las cámaras se encogieran hasta desaparecer en el retrovisor.
Baxter no había dicho ni una palabra desde que abandonaron la escena del crimen, y Edmunds se esforzaba por mantener los ojos abiertos mientras circulaban disparados por las calles casi desiertas de la capital. La calefacción del Audi insuflaba una leve brisa cálida al lujoso habitáculo, que Baxter llevaba lleno de discos compactos, artículos de maquillaje medio gastados y envases vacíos de comida rápida. Mientras cruzaban el puente de Waterloo, el amanecer comenzó a derramar su resplandor tras la ciudad; la cúpula de la catedral de San Pablo era una silueta monótona contra el cielo dorado.
Edmunds sucumbió a la pesadez de sus párpados y se dio un doloroso cabezazo contra la ventanilla del pasajero. Se sentó derecho de inmediato, furioso consigo mismo por mostrar debilidad, una vez más, delante de su superior.
—Entonces ¿era él? —preguntó inopinadamente. No sabía cómo iniciar una conversación para desprenderse de la somnolencia.
—¿Quién?
—Fawkes. El famoso William Fawkes.
En realidad, Edmunds ya había visto varias veces a Wolf con anterioridad. Se había percatado del modo en que sus compañeros trataban al veterano detective, conscientes de la condición de celebridad que él insistía en rechazar.
—«El famoso William Fawkes» —resopló Baxter entre dientes.
—He oído infinidad de historias sobre lo que ocurrió… —Hizo una pausa, a la espera de alguna señal que le desaconsejara ahondar en el tema—. Tú estabas en su equipo por aquel entonces, ¿no?
Baxter siguió conduciendo en silencio como si su acompañante no hubiera dicho nada. Edmunds se sintió como un imbécil por pensar que ella aceptaría hablar de un asunto tan delicado con un novato. Se disponía a sacar el teléfono móvil para mantenerse ocupado con algo cuando, casi por sorpresa, Baxter le respondió.
—Sí. Lo estaba.
—¿Y de verdad hizo todas esas cosas de las que se le acusó? —Edmunds sabía que se estaba pisando terreno peligroso, pero su interés sincero pesaba más que el riesgo de despertar la ira de Baxter—. Colocación de pruebas, agresión al acusado…
—Algunas.
Edmunds chasqueó la lengua sin darse cuenta, lo que colmó la paciencia de Baxter.
—¡No te atrevas a juzgarlo! No tienes la menor idea de cómo es este trabajo —le espetó—. Wolf sabía que Khalid era el Asesino Incinerador. Lo sabía. Y sabía que volvería a actuar.
—Debía de haber alguna prueba válida.
Baxter rio con amargura.
—Espera a llevar unos años en el oficio, a ver cómo esos hijos de mala madre salen impunes una y otra vez. —Hizo una pausa, consciente de que empezaba a perder los nervios—. Las cosas no son blancas o negras. Lo que hizo Wolf estuvo mal, pero estaba desesperado por motivos muy legítimos.
—¿Tan legítimos como para agredir brutalmente a un hombre delante de un tribunal atestado? —cuestionó Edmunds desafiante.
—Sobre todo para eso —afirmó Baxter. Estaba demasiado distraída para reparar en el tono del novato—. Cedió a la presión. Un día te ocurrirá a ti también, y a mí. Todo el mundo termina por ceder. Pero reza para que cuando te ocurra tengas a alguien a tu lado. Wolf no tenía a nadie cuando le pasó, ni siquiera a mí.
Edmunds se quedó callado, atento al tono de arrepentimiento de Baxter.
—Iban a expulsarlo por eso. Querían sangre. Pretendían imponer un castigo ejemplar al «desacreditado detective», pero entonces, una fría mañana de febrero, adivina a quién encuentran delante del cadáver achicharrado de una colegiala. Aún estaría viva si hubieran hecho caso a Wolf.
—Cielos —murmuró Edmunds—. ¿Crees que es él? ¿La cabeza?
—Naguib Khalid es un asesino de niños. Incluso los criminales tienen su ética. Por su seguridad, lo tienen aislado de forma permanente en el módulo de alta seguridad de una prisión inexpugnable. No se le permite ver a nadie, y mucho menos a nadie que pueda salir de allí con su cabeza bajo el brazo. Es absurdo.
Un nuevo silencio incómodo surgió entre ellos después de que Baxter concluyera de forma irrefutable que estaban perdiendo el tiempo. Consciente de que esta había sido con diferencia la conversación más fructífera que habían mantenido desde que empezaron a trabajar juntos de forma esporádica tres meses y medio atrás, Edmunds retomó el tema que habían dejado en el aire.
—Es increíble que Fawkes… Perdón, que Wolf haya vuelto.
—Nunca subestimes el poder de la opinión pública ni el ansia de los mandamases por someterse a ella —contestó Baxter con desdén.
—Se diría que no te parece bien que haya vuelto.
Baxter no respondió.
—No deja en muy buen lugar a la policía, ¿verdad? —opinó el joven agente—. Al dejarlo marcharse de rositas.
—¿«De rositas»? —repitió Baxter incrédula.
—Bueno, no entró en prisión.
—Le habría ido mejor de haber entrado. Los abogados, para guardar las apariencias, se inclinaron por la detención hospitalaria. Un embrollo más fácil de resolver, supongo. Dijeron que la tensión del caso había provocado una reacción «completamente fuera de lo normal».
—¿Y cuántas veces tiene alguien que hacer algo fuera de lo normal para que la gente comprenda que no lo es? —la interrumpió Edmunds.
Baxter hizo caso omiso de la observación.
—Dijeron que necesitaba tratamiento continuo para lo que, según su abogado, fue diagnosticado como antipersonalidad…, no, como trastorno antisocial de la personalidad.
—¿Y tú no crees que lo padeciera?
—No cuando ingresó, al menos. Pero cuando tienes a todo el mundo venga a repetirte que estás chalado y te pasas el día atiborrado de pastillas, al final terminas dudando. —Baxter suspiró—. Así que, en respuesta a tu pregunta: un año en el hospital de Saint Ann, degradado, con la reputación por los suelos y los papeles del divorcio esperándole en el felpudo. Desde luego, Wolf no se marchó de rositas.
—¿Su esposa lo dejó a pesar de que se demostró que tenía razón?
—Qué quieres que te diga. Es una zorra.
—Entonces ¿la conocías?
—¿Has visto a la reportera pelirroja de la escena del crimen?
—¿Era esa?
—Andrea. Se le llenó la cabeza de tonterías sobre nosotros.
—Que os acostabais juntos.
—¿Qué si no?
—Y… ¿no era así?
Edmunds contuvo la respiración. Sabía que acababa de torpedear la delicada línea sobre la que caminaba, y la conversación había terminado. Baxter ignoró la impertinente pregunta e hizo rugir el motor mientras aceleraba por la autopista bordeada de árboles que llevaba a la prisión.
—¿Qué demonios quiere decir con que está muerto? —le gritó Baxter a Davies, el alcaide de la prisión.
Había vuelto a ponerse de pie, mientras que Edmunds y el alcaide permanecieron sentados en torno al amplio escritorio que dominaba el insulso despacho. El director se estremeció mientras daba un sorbo a su café hirviendo. Solía llegar temprano a trabajar, pero la media hora desperdiciada le había desbaratado el día por completo.
—Sargento Baxter, las autoridades locales son las que se encargan de comunicar este tipo de información a su departamento. Por lo general, nosotros no…
—Pero… —intentó interrumpir Baxter.
El alcaide prosiguió con mayor firmeza.
—El recluso Khalid cayó enfermo en su celda de aislamiento y lo trasladaron al pabellón médico. Desde ahí lo enviaron al hospital Queen Elizabeth.
—¿Cómo que enfermo?
El alcaide sacó sus gafas de lectura y abrió el expediente sobre el escritorio.
—El informe dice así: «Insuficiencia respiratoria y náuseas». Alrededor de las ocho de la tarde, se le trasladó a la unidad de cuidados intensivos del citado hospital debido a «la ausencia de reacción y a la bajada de la saturación de oxígeno, pese al tratamiento con O2», por si les sirve de algo.
El director levantó la mirada y vio que Baxter y Edmunds asentían en actitud cómplice. Cuando de nuevo centró la vista en el informe, los investigadores encogieron los hombros, desconcertados.
—La policía local estableció una guardia de veinticuatro horas en la entrada de la habitación, aunque les sobraron veintiuna, ya que a las once de la noche ya estaba muerto. —El alcaide cerró la ficha y se quitó las gafas—. Me temo que esto es todo cuanto puedo decirles. Tendrán que personarse en el hospital si precisan más detalles. Ahora, ¿puedo ayudarlos con alguna otra cosa?
Tomó otro sorbo abrasador del café y lo deslizó fuera de su alcance antes de quemarse. Baxter y Edmunds se levantaron para marcharse. Edmunds sonrió y le tendió la mano al alcaide.
—Gracias por dedicarnos unos minutos para… —comenzó.
—Con esto nos basta por ahora —atajó Baxter según salía de la oficina.
Edmunds apartó la mano avergonzado y salió tras ella, dejando que la puerta se cerrase sola. Antes de que sonara el clac de la cerradura, la sargento irrumpió de nuevo en el despacho con una última pregunta.
—Mierda. Casi se me olvida. Cuando Khalid abandonó la prisión, ¿tenemos la certeza absoluta de que todavía conservaba la cabeza?
El alcaide asintió perplejo.
—Gracias.
La sala de reuniones de Homicidios y Crímenes Graves palpitaba al ritmo del Good Vibrations de los Beach Boys. A Wolf siempre le había resultado más fácil trabajar con música de fondo y, dado que aún era temprano, no molestaría a demasiada gente.
Llevaba una camisa blanca arrugada, unos pantalones chinos azul oscuro y su único par de zapatos. Los mocasines Loake hechos a mano fueron una adquisición inusual y extravagante, pero también la más práctica que había hecho nunca. Ya no recordaba los días en que aún no los calzaba, cuando terminaba casi lisiado tras los turnos de diecinueve horas y tenía que volver a ponerse los mismos zapatos incómodos al cabo de unas pocas horas de sueño.
Subió el volumen, sin darse cuenta de que su teléfono móvil, cerca de él encima de la mesa, se había iluminado. Estaba solo en aquella sala donde cabían cómodamente treinta personas y que se usaba con tan poca frecuencia que aún olía a moqueta nueva, pese a que hacía más de un año que la habían remodelado. Una ventana de cristal esmerilado abarcaba todo el ancho de la pared, nublando la vista de la oficina principal contigua.
Cogió otra fotografía del escritorio, tarareando arrítmicamente al compás de la música, y se deslizó bailando hacia el amplio tablero que había junto a la entrada de la sala. Una vez que hubo clavado la última foto, se inclinó hacia atrás para admirar su obra: un conjunto de fotografías de las distintas partes corporales se solapaba para crear dos versiones a gran escala de la espantosa figura, una de la parte delantera y otra de la de atrás. Contempló de nuevo el rostro ceroso con la esperanza de hallarse en lo cierto, de poder empezar a dormir un poco mejor sabiendo que por fin Khalid estaba muerto. Por desgracia, Baxter todavía no había telefoneado para confirmar sus sospechas.
—Buenos días —dijo a su espalda una voz familiar con un áspero acento escocés.
Wolf interrumpió su baile al instante y bajó el volumen de la radio cuando el sargento detective Finlay Shaw, el agente más veterano de la unidad, entró en la sala. Era un hombre apacible pero intimidante que siempre olía a humo de tabaco. Tenía cincuenta y nueve años, el rostro curtido y una nariz que le habían roto en más de una ocasión y que nunca volvió a ser recta.
Al igual que Baxter debía instruir a Edmunds, controlar a Wolf tras su reincorporación al servicio era la labor principal de Finlay. Tenían un acuerdo tácito según el cual Finlay, que recorría la serena recta final hacia la jubilación, dejaría que el más joven se encargase de la mayoría de las tareas, siempre que él diera el visto bueno cada semana al papeleo relacionado con la supervisión de Wolf.
—Tienes dos pies izquierdos, muchacho —observó Finlay con su voz ronca.
—Bueno, siempre se me ha dado mejor cantar —se defendió Wolf—, ya lo sabes.
—No, no se te da mejor. Pero lo que quiero decir es que… —replicó Finlay, que se acercó al tablero y tamborileó con el dedo sobre la fotografía que Wolf acababa de clavar— tienes dos pies izquierdos.
—Ah. —Wolf rebuscó en la pila de las fotos tomadas en la escena del crimen hasta que dio con la correcta—. ¿Sabes?, a veces hago estas cosas a propósito, para que pienses que todavía te necesito.
Finlay sonrió.
—Claro.
Wolf cambió las fotografías y los dos observaron atentos el horrendo collage.
—En los setenta trabajé en un caso parecido a este, el de Charles Tenyson —dijo Finlay.
Wolf se encogió de hombros.
—Nos iba dejando trozos de cadáveres: una pierna por aquí, una mano por allá. Al principio parecía algo aleatorio, pero no lo era. Todas las partes tenían un rasgo identificativo. Quería que supiéramos a quién había matado.
Wolf se acercó para señalar el tablero.
—Tenemos un anillo en la mano izquierda y la cicatriz de una operación en la pierna derecha. No es mucho para empezar.
—Habrá más —aseguró un prosaico Finlay—. Alguien que lleva a cabo una masacre sin derramar una sola gota de sangre no comete el descuido de dejarse atrás un anillo.
Wolf recompensó a Finlay por sus estimulantes sugerencias con un sonoro bostezo.
—¿Hace un café? Necesito echar un pitillo de todos modos —propuso Finlay—. ¿Leche y dos terrones?
—¿Será posible que todavía no te lo sepas? —se indignó Wolf mientras Finlay se encaminaba aprisa hacia la puerta—. Cortado largo muy caliente con leche desnatada y una gota de sirope de caramelo sin azúcar.
—Leche y dos terrones —voceó Finlay. A punto estuvo de chocar con la comandante Vanita al salir de la sala.
Wolf conocía a la diminuta india por sus habituales apariciones en televisión. También había asistido a una de las incontables entrevistas y evaluaciones a las que él había tenido que someterse para asegurarse la reincorporación. Por lo que recordaba, ella se oponía a la idea.
En realidad, tendría que haberla visto llegar, ya que la mujer siempre parecía recién salida de un dibujo animado; esa mañana iba ataviada con un blazer de un vivo color morado que por alguna razón incomprensible hacía juego con sus estridentes pantalones naranjas.
Wolf se cobijó tras el papelógrafo demasiado tarde, y la comandante se detuvo en el vano para hablar con él.
—Buenos días, sargento detective.
—Buenos días.
—Esto parece una floristería —observó ella.
Wolf miró confundido el montaje repulsivo que dominaba la pared a sus espaldas. Al volverse de nuevo, vio que Vanita señalaba hacia la oficina principal, donde decenas de ramos pomposos se amontonaban sobre los escritorios y los archivadores.
—Ah. No han dejado de llegar en toda la semana. Creo que son del caso Muniz. Parece que toda la comunidad se ha puesto a mandar flores —explicó.
—Se agradece que nos aprecien, para variar —dijo Vanita—. Estoy buscando a tu jefe. No está en su oficina.
El teléfono de Wolf empezó a vibrar ruidosamente encima de la mesa. Miró la identificación de la llamada y colgó.
—¿Puedo ayudarte en algo? —le preguntó con desgana.
Vanita esbozó una sonrisa.
—Me temo que no. La prensa nos está destripando. El comisario quiere que alguien se ocupe de eso.
—Creía que ese era tu trabajo —replicó Wolf.
Vanita se rio.
—Hoy no pienso salir ahí fuera.
Vieron que Simmons regresaba a su oficina.
—La mierda siempre se escurre hacia abajo, Fawkes, ya lo sabes.
—Como ves, estoy amarrado aquí. Necesito que salgas y hables con esos buitres por mí —le pidió Simmons con una sinceridad casi creíble.
Dos minutos después de que la comandante se marchase, Wolf fue convocado a la minúscula oficina del inspector jefe. El despacho medía apenas cuatro metros cuadrados, pero acogía un escritorio, un pequeño televisor, un archivador herrumbroso, dos sillas giratorias y un taburete de plástico, por si tuviera que congregarse una multitud en ese estrecho agujero. A Wolf le parecía un incentivo deprimente con el que alardear ante los subordinados, el callejón sin salida en la cúspide del escalafón.
—¿Yo? —preguntó Wolf dubitativo.
—Claro. La prensa te adora. ¡Eres William Fawkes!
Wolf suspiró.
—¿No hay nadie más abajo en la cadena alimentaria al que pueda pasarle el marrón?
—Creo haber visto a la limpiadora en el retrete de caballeros, pero supongo que tú eres más indicado.
—Está bien —masculló.
El teléfono de la mesa empezó a sonar. Wolf ya se retiraba cuando Simmons descolgó, pero se detuvo al ver que su superior levantaba la mano.
—Tengo a Fawkes conmigo. Pongo el altavoz.
La voz de Edmunds apenas se distinguía bajo el rugido del motor. Wolf empatizó con él. Sabía por experiencia que Baxter era una conductora pésima.
—Vamos de camino al hospital Queen Elizabeth. Khalid entró en la UCI hace una semana.
—¿Vivo? —ladró Simmons malhumorado.
—Sí —contestó Edmunds.
—Pero ¿ahora?
—Muerto.
—¿La cabeza? —voceó el inspector jefe con frustración.
—Les avisaremos.
—Formidable. —Simmons colgó el teléfono y negó con la cabeza. Miró a Wolf—. Fuera te están esperando. Diles que tenemos seis víctimas. De todas formas, eso ya lo saben. Déjales claro que estamos procediendo con las identificaciones y que nos pondremos en contacto con las familias antes de hacer público ningún nombre. No digas ni una palabra sobre las extremidades cosidas, ni sobre tu piso.
Wolf se despidió con un saludo sarcástico y salió del despacho. Cerró la puerta y vio que Finlay se acercaba con dos vasos de café para llevar.
—¡Justo a tiempo! —exclamó Wolf mientras cruzaba la oficina, que empezaba a llenarse con los compañeros que iniciaban su turno. Era fácil olvidar que, mientras los casos más destacados eclipsaban la vida de quienes trabajaban en ellos, el resto del mundo continuaba con su vida normal: las personas seguían matándose entre sí, los violadores y los ladrones campaban a sus anchas.
Finlay pasó por delante de un escritorio enterrado bajo cinco enormes ramos de flores y empezó a olisquearlos. Wolf notó que se le saltaban las lágrimas al acercarse a las plantas. Justo cuando se colocó a su altura, Finley estornudó con violencia, derramando ambos cafés sobre la moqueta mugrienta. Wolf pareció desilusionado.
—¡Jolines con las flores! —bramó Finlay. Su esposa lo había obligado a renunciar a las blasfemias cuando se convirtió en abuelo—. Ahora te traigo otro.
Wolf iba a decirle que no se molestase cuando un repartidor interno salió del ascensor cargado con otro impresionante ramo. Finlay lo miró con cara de asesino.
—¿Está bien? Traigo unas flores para la señora Emily Baxter —anunció el joven desaliñado.
—Estupendamente —retumbó Finlay.
—Debe de ser el quinto o el sexto envío que le traigo. ¿Qué pasa?, ¿está muy buena? —soltó el zafio repartidor, cuya pregunta inapropiada cogió a Wolf con la guardia baja.
—Eeeh… Está… En fin, muy… —balbuceó Wolf.
—Entre detectives no nos vemos de esa manera —intervino Finlay al percatarse del apuro de su amigo.
—Depende de… —Wolf miró a Finlay.
—Quiero decir, claro que lo está —soltó Finlay, perdiendo la serenidad que hasta entonces había dominado la conversación—. Pero…
—Creo que todas las personas son únicas y bellas a su manera —concluyó Wolf con prudencia.
Finlay y él asintieron el uno para el otro tras haber eludido de forma impecable una pregunta que podría haberlos puesto en un compromiso.
—Pero él nunca… —le aseguró Finlay al repartidor.
—No, nunca —convino Wolf.
El repartidor los miró sin comprender.
—Vale.
—¡Wolf! —lo llamó una policía desde el fondo de la sala, lo que le proporcionó una excusa para dejar a Finlay con el visitante. La agente le tendía un teléfono—. Es tu esposa. Dice que es importante.
—Estamos divorciados —la corrigió Wolf.
—Lo que sea, sigue estando al teléfono.
Wolf iba a coger el auricular cuando Simmons salió de su oficina y vio que seguía allí parado.
—¡Baja de una vez, Fawkes!
Wolf se exasperó.
—Ya la llamaré —dijo a la agente antes de montarse en el ascensor desocupado, rezando por que su exesposa no se encontrara entre la multitud de reporteros a la que estaba a punto de enfrentarse.