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Hay dos cosas que son inalterables: su pasado y mis reglas.

1. El tiempo máximo del que dispongo para hacer feliz a una persona son ocho semanas.

2. Si no lo consigo y considero que podría llegar a hacerlo, tengo un tiempo extra de ocho días.

3. Transcurrido el tiempo desaparezco por completo de la vida del paciente, su felicidad en ningún momento puede depender de mí.

Mía tiene un trabajo inusual: se dedica a hacer felices a las personas sin que ellas sepan que lo hace por trabajo. Precisamente por eso la contratan los padres de Max, un chico que ha intentado suicidarse. Cuando los caminos de ambos se crucen, saltarán chispas: él no quiere verla ni en pintura, ella tiene que hacer todo lo posible por devolverle la felicidad.

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«He leído tantas veces que el amor no duele,

pero he sufrido tantas veces por amor...»

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A mi madre, por fijar mi rumbo y permitirme cambiarlo.

A mi primer amor, por despertar en mí todas las emociones que plasmé en estas páginas.

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Nota de la autora

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He leído tantas veces que el amor no duele, pero he sufrido tantas veces por amor... No os voy a engañar, soy una persona que cuando ama se entrega totalmente a la causa, que antepone el ser amado a todos y a todo y vive por y para él. Y no solo hablo del amor entre las parejas, sino también del amor familiar, el amor hacia los amigos...

El amor y el tiempo son las fuerzas que mueven el mundo, ambas te pueden hacer increíblemente fuerte pero también tienen el poder de hundirte en la más profunda tristeza. Decide bien a quién dedicas tu tiempo y a quién le ofreces tu amor, porque si te equivocas, acabarás sintiendo un vacío sin fondo dentro de ti.

Si nunca te has enamorado, no esperes que sea como lo descrito en este libro, como lo que ves en miles de películas, como lo que ocurre en todas las series... Nada refleja la realidad porque el amor es indescriptible, inefable.

Tu historia será única, especial y diferente a todas las habidas y por haber. Y esa es la magia: jamás conocerás el amor hasta que lo vivas por primera vez. Y créeme, te dará de lleno.

Para mí, el amor es un fuego que lo arrasa todo, tanto negativa como positivamente. Llorarás, gritarás, reirás, disfrutarás... Llevará tu personalidad al límite y muchas veces no sabrás qué hacer, ni cómo actuar, tendrás que enfrentarte a problemas cuya solución nunca te han enseñado.

Eso sí, por favor, jamás olvides que el único amor que nunca tendrá que faltarte es el amor propio. Quiérete y valórate por encima de todo, aunque suene egocéntrico. Recuerda que tú serás la única persona que estará contigo desde tu nacimiento, hasta el día de tu muerte.

Ama, y sobre todo, deja que te amen.

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Mis ocho normas

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1. El tiempo máximo del que dispongo para hacer feliz a una persona son ocho semanas.

2. Si no lo consigo y considero que podría llegar a hacerlo, tengo un tiempo extra de ocho días sin coste alguno.

3. Transcurrido el tiempo desaparezco por completo de la vida del paciente; su felicidad en ningún momento puede depender de mí. Mi trabajo es lograr que el individuo consiga la autorrealización.

4. No puedo rendirme, si acepto el caso debo ir hasta el final, completando las ocho semanas. Si el resultado final es negativo, todo el dinero será reembolsado.

5. No puedo trabajar con más de ocho personas al mismo tiempo, mi atención estaría demasiado dividida y mi trabajo no sería satisfactorio.

6. Los que contraten mis servicios (ya sean padres, parejas sentimentales, amigos, familiares...) deben estar dispuestos a participar y a facilitar todo lo posible mi trabajo, dándome toda la información o facilidades posibles.

7. No tengo ni tendré nunca el poder de cambiar la vida de nadie, los cambios realizados en el individuo siempre serán su decisión, yo jamás podré manipular absolutamente nada de su forma de ser, pensar o actuar.

8. Puedo denegar o aceptar un caso libremente: esa elección siempre correrá de mi cargo.

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Primera semana

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—Me llamo Mía, tengo dieciocho años, casi diecinueve. Aunque mi trabajo es muy fácil de entender, sé que los prejuicios están siempre presentes y eso hace que a la mayoría de las personas les cueste; sin embargo, tras una breve explicación, lo verán todo más claro.

»No soy una psicóloga, tampoco tengo estudios más allá del bachillerato, quiero que tengan esto siempre presente.

»Simplemente, se me da realmente bien intimar con la gente. Consigo que sin apenas conocerme me cuenten su vida, les hago sonreír en menos de un minuto porque nada más ver a alguien descubro lo que le hace feliz.

»Tras muchos años siendo elogiada por esta gran virtud, decidí innovar y dedicarme a ello profesionalmente. Me di cuenta de que mucha gente lo único que necesita es un amigo fiel y, por desgracia, no siempre se tiene ahí. ¡Yo soy esa amiga incondicional, soy esa persona que contagia su felicidad al resto! Si ustedes me contratan, yo me encargaré de hacer feliz a quien haga falta, sea como sea.

Me quedo callada, conteniendo la respiración, con una sonrisa enorme ocupando todo mi rostro y esperando una respuesta. Pero el espejo no responde. Suspiro ante él, nerviosa. Me gustaría volver a repetir mi discurso y mejorarlo, pero el tiempo no juega a mi favor y siendo consciente de que la impuntualidad es uno de mis grandes defectos, es mejor que deje de mirarme y prosiga preparando la carpeta.

Sí, hoy tengo una importante entrevista de trabajo, he madrugado más de lo habitual para ir bien arreglada: lo único que sé de estos nuevos clientes es que son una familia muy adinerada, así que supongo que querrán a una persona con una buena imagen para atenderlos. He decidido llevar el vestido rojo que tanto me favorece, con unos tacones no muy altos; tampoco quiero destacar demasiado.

—Mía, vas a llegar tarde como sigas llevando ese ritmo —me advierte mi compañero de piso desde la cocina. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba despierto. Voy corriendo hacia allí, le robo una tostada y le beso en la mejilla.

—Tranquilo, Lucas... ¡Lo tengo todo bajo control!

Lucas y yo somos mejores amigos, lo llevamos siendo desde que nos conocimos en preescolar. Hace un año tomamos la decisión de compartir piso, tenemos la suficiente confianza como para hacerlo y la verdad es que nos ha ido bastante bien. Nuestra pequeña (muy pequeña) «mansión» es superacogedora, en parte gracias a que Lucas trabaja como decorador de interiores. Cuando nos mudamos estaba vacía, y con el tiempo él fue llenándola de detalles, colgando cuadros en las paredes, colocando en cada rincón un recuerdo distinto... Ha hecho de este cajón nuestro diminuto paraíso. Tenemos un salón con el sofá más cómodo del mundo y un tocadiscos en mi habitación que mis padres compraron en una tienda de antigüedades, con cuya música nos encanta bailar todas las noches. Y sí, es cierto que su habitación es más grande, pero la mía tiene la ventana con vistas al mar. Unas vistas que dejan sin palabra hasta al más hablador. Despertarme cada mañana y ver mis hermosas islas flotando en el gran charco azul hace que siempre me levante con buen pie.

—¿Cómo es el nuevo sujeto? —pregunta mientras hace tortitas.

—Pues no tengo ni idea... Únicamente he hablado con sus padres, los Jones, unos ricachones que viven a solo diez minutos de aquí. Quieren llevarlo todo muy en secreto —respondo mientras le robo también un poco de mantequilla para la tostada—, parece interesante...

—Sabes que no me gusta nada esto que haces, Mía. Has tenido la gran suerte de trabajar siempre con personas con buenas intenciones, pero algún día puede que te topes con un imbécil.

Desde que Lucas supo a qué me dedico, me recuerda cada día que no es de su agrado. A veces resulta muy molesto, pero sé que lo hace porque se preocupa mucho por mí: podría decirse que es como mi hermano mayor. Me alegra sentirme protegida, comprobar que le importo a alguien, que se preocupan por mi bienestar... La verdad es que no puedo negar lo que dice, pues en mi trabajo empatizo mucho con las personas y me meto demasiado en su vida, en su privacidad. Es arriesgado, porque igual que puedo sanarlos a ellos, puedo herirme a mí misma; igual que los hago felices, puedo convertirme yo en una infeliz... Pero lo que hago me complementa: adoro mi trabajo, no podría vivir sin llevar la dicha a los demás.

—Debo irme. ¡Te quiero! ¡Y que aproveche! —me despido intentando no darle más vueltas al asunto.

Antes de cerrar la puerta y emprender mi nueva aventura, me aseguro de que llevo la carpeta en la mochila —es imprescindible—, ya que soy muy olvidadiza, y, efectivamente, no la llevo.

—Toma, eres un desastre. —Lucas aparece como por arte de magia por la puerta y me tiende mi maldita carpeta roja.

—¡Oh, gracias! ¡Te adoro!

Lo abrazo con especial cuidado para no derramarle por encima la taza de café y bajo corriendo por las escaleras. Vivimos en un octavo, pero nunca cojo el ascensor: tengo unas piernas maravillosas que no puedo desaprovechar y, además, creo que es mejor dejar el ascensor para aquellas personas que por desgracia no puedan bajar cada escalón con el entusiasmo con que lo hago yo.

Abro la puerta del portal, me detengo a respirar el aire fresco de la mañana y me acerco hasta mi bien más preciado: mi moto, una vespa de color azul verdoso que me lleva siempre a todas partes. Desplazo mi mano hasta la mochila para coger las llaves, pero estas no aparecen por ningún sitio.

—¡No sé qué harías sin mí! —Es Lucas, otra vez, desde la ventana de mi habitación. Tiene mis llaves en la mano y las deja caer con cuidado para que las recoja desde la calle.

—¡Yo tampoco lo sé! —Le envío un beso volador de esos que tanto me gustan, él lo recoge con la mano y se lo lleva al corazón. Después de tantos años, ya tenemos nuestra propia lengua de signos.

Me pongo el casco, arranco y acelero. Comprar a Spring (sí, es el nombre con el que bauticé la moto) no fue nada fácil. La vi por primera vez en una tienda de vehículos de segunda mano, estaba en el escaparate y cautivaba las miradas de todos los que paseaban por la zona. Su color, su brillo, su elegancia... Todo era increíble, menos su precio. Si no me daba prisa, iban a arrebatármela de las manos, y no podía permitir eso, había sido un flechazo, un amor a primera vista. Así que decidí hablar con el vendedor, conseguí comerle el coco con palabras bonitas y convencerlo de que me la reservase durante tres meses. ¡Eso es muchísimo tiempo para un vendedor, se la habría podido vender a cualquiera mucho antes! Sin embargo, esperó a que yo lograse recaudar el dinero necesario. Algo debió de ver en mí. Y lo conseguí. Justo después de tres meses, le entregué un sobre con todo el dinero que pedía en metálico y, a cambio, recibí mi mayor tesoro.

Lucas dice que estoy demasiado obsesionada, que no deja de ser un objeto, pero le he cogido tanto cariño... Me ha llevado a sitios maravillosos, hemos recorrido miles de kilómetros...

Dejo mis recuerdos a un lado para aparcar a Spring sobre la acera. Una vez que me despojo del casco, contemplo la enorme casa con un jardín delantero todavía más enorme, repleto de árboles, flores y diversas fuentes que escupen agua a borbotones, que se alza, imponente, frente a mí. Me acerco hasta el portal, que me deslumbra con el color dorado de sus barrotes, y pulso el timbre.

Sobre este hay una pequeña cámara, como en muchas viviendas, para ver quién accede a ella. Me arreglo el pelo y enderezo la espalda, preparo mi mejor sonrisa y espero un «¿Quién es?».

No obstante, el portal se abre automáticamente tras emitir un zumbido. Supongo que no tendrán muchas visitas y habrán dado por hecho que era yo la que llamaba.

Entro sorprendida por el camino de piedras que se abre ante mis pies. De repente parece que me he transportado a un jardín japonés, la grandeza de la naturaleza hace que me sienta intimidada. Sigo andando hasta que llego a las puertas de la mansión, que están abiertas de par en par invitándome a entrar.

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Acepto la invitación y me sumerjo en esta burbuja de oro. A mi alrededor todo reluce: la moqueta que voy pisando al avanzar está impoluta, el blanco nuclear de las paredes deslumbra mis ojos... Ver que todos los objetos que se encuentran en este asombroso recibidor son dorados, de un oro puro y deslumbrante, solo me hace pensar cuánto dinero se habrán gastado en decorar la vivienda entera.

—¿Hola? —digo al ver que nadie ha venido a recibirme. Mi llamada despierta la atención de la que supongo será la señora de la limpieza, lleva un mandilón blanco y en la mano, una bayeta húmeda.

—¿Eres Mía?

—Sí, soy yo.

—Acompáñame, los señores te están esperando en la sala de estar.

Sigo a la señora por las diferentes estancias de la casa. Tiene un andar acelerado... probablemente habré interrumpido alguno de sus quehaceres. Cuando llegamos al gran salón, me abre la puerta con delicadeza, como si el pomo fuese a romperse en cualquier momento. Deduzco que los dueños de la casa deben de ser muy meticulosos...

Entro sola, algo asustada al sentirme tan fuera de lugar. Este ambiente, en apariencia tan idílico, no deja de repelerme un poco; soy una chica sencilla con gustos sencillos y apariencia sencilla, por lo que todo esto me viene muy grande. Sin embargo, he aceptado el trabajo, así que como dictan las normas que yo misma he redactado, debo llegar hasta el final del mismo.

Sentados en el sofá grande se encuentra la pareja que me ha llamado. La mujer, rubia y de unos cincuenta años, viste con gran elegancia un traje de chaqueta con una camisa blanca sin una sola arruga. Lleva un collar de perlas a juego con los pendientes. Sus grandes ojos azules se clavan en mí. Desvío la vista hacia el hombre, que debe de tener la misma edad que su esposa y que es, como ella, también muy atractivo. De su físico destaca un pelo canoso y una sonrisa perfecta. En eso se diferencia de su mujer, que permanece seria e inmóvil. Es él quien toma la iniciativa, se levanta y viene hacia mí para presentarse. Ella acaba imitándole.

—Hola, Mía, muchísimas gracias por venir tan rápido. Como te dijimos, estamos muy preocupados y nos urge que nos ayudes de inmediato. Me llamo William, soy el padre de Max, el chico del que te ocuparás.

En realidad, todavía no sé mucho de él, pero estoy a punto de descubrirlo. Le doy la mano a William a modo de presentación y hago lo mismo con su esposa, que sigue callada, observándome de arriba abajo.

—Siéntate, ¿quieres tomar algo?

—No, muchas gracias. —La pareja se sienta en uno de los grandes sofás mientras yo me acomodo en el de enfrente. Entre ambos asientos hay una mesa de cristal de apariencia delicada. Tras unos segundos de incómodo silencio, decido romper el hielo—: ¡Bueno, hablemos de lo importante! ¿Cómo es su hijo?

—Espera. —Por primera vez, la madre irrumpe en la conversación—. Antes me gustaría saber quién eres tú y cómo llevas a cabo el trabajo.

Sinceramente no me extraña escuchar estas preguntas... Entiendo que tengan curiosidad, pues mi trabajo no es algo fácil de entender, diría que es demasiado innovador para la sociedad de hoy en día... Respiro hondo y me preparo para explicar lo mejor posible a qué me dedico.

—Les contaré mi historia. —Intento ser natural, hacerles ver lo transparente que soy y que se sientan confiados a la hora de contratarme—. Desde pequeña no hay nada que se me dé mejor que ayudar a los demás. Era la consejera de todas mis amigas, ejercía de Cupido... Escuchar no es un don que todo el mundo tenga, pero les garantizo que yo lo tengo. Cuando acabé bachillerato no sabía qué hacer con mi vida, pero una idea un tanto peregrina no paraba de rondar por mi cabeza: ¿y si convertía hacer feliz a la gente en mi trabajo? Muchas personas necesitan amigos y no los tienen... Muchos jóvenes necesitan a alguien que seque sus lágrimas, que les recuerden lo mucho que valen, necesitan amor, cariño, comprensión. Eso es lo que yo hago: darles lo que necesitan, cuando lo necesitan y como lo necesitan. Me convierto en su persona de confianza, y lo soy durante dos meses, ya que mi trabajo no consiste solamente en hacerlos felices, sino también en lograr que consigan la felicidad individual, que su sonrisa no dependa de absolutamente nadie.

Nunca antes me había salido tan bien el discurso de presentación. Cruzo los brazos, orgullosa, y los miro con cara de satisfacción, esperando una respuesta, quizá alguna pregunta más...

—Seré sincera contigo, Mía. No me fío de lo que dices hacer, no creo que funcione.

—¡Espere! —la interrumpo, aun sabiendo que es de mala educación—. Es normal que no confíe en algo tan poco visto y por eso mismo siempre llevo esta carpeta a las entrevistas. Mire.

Me acerco a la mesa posando la carpeta en ella. Ellos, a su vez, se acercan a la mesa expectantes. La abro con lentitud, con cierto suspense. En el interior de mi carpeta se encuentran todas las fichas de mis pacientes. Todas comienzan con una foto, una descripción personal y también una lista de objetivos que cumplir e, invariablemente, todas terminan con la opinión del paciente, siempre positiva, sobre mi trabajo. El colofón es una foto que plasma su alegría, a cuyo pie siempre hay una frase que expresa su agradecimiento.

Los progenitores de Max pasan las hojas fascinados. Supongo que se sorprenderían al ver lo distinto que es el perfil de todas las personas a las que he atendido: adolescentes, niños, ancianas... No discrimino por razones de sexo, edad... Solo rechazo un trabajo cuando tengo la firme intuición de que no podré llevarlo a cabo de una forma sana y correcta.

—Aquí tienen la prueba de que, hasta ahora, siempre ha funcionado —digo mientras cierro la carpeta y vuelvo a acomodarme en el sofá.

—Tenemos muchas esperanzas en ti, hemos ido con él a psicólogos, a especialistas... Hemos hecho de todo... —El padre habla roto de dolor. En sus ojos veo el puro reflejo de la angustia que supone ver sufrir a un hijo y no poder hacer nada por evitarlo, aun teniendo una fortuna, aun teniendo mil ventajas, aun teniéndolo todo...

—Tranquilos, todo saldrá bien, pero necesito que me ayuden en todo lo posible.

—¿Y cómo quieres que te ayudemos, no es suficiente con pagarte? —pregunta la madre. El comentario es cruel y fuera de lugar, por lo que prefiero ignorarlo. Entiendo que cobrar por hacer feliz a alguien puede parecer inhumano, pero lo considero una manera muy honrada de ganarme la vida. Veo como el hombre le da un pequeño pisotón, indicándole que se controle.

—Para hacer mi trabajo lo mejor posible necesito saber algunos detalles sobre Max.

—¿Quieres que te contemos toda su historia? ¿Cómo empezó con la depresión?

—¡No, no, no! —Jamás dejo que las personas que me contratan me cuenten el caso de mi paciente. La mejor forma de conocer e intimar con alguien es adoptar su punto de vista. Por eso siempre quiero sumergirme poco a poco en su vida, enterarme tan solo de lo que el paciente esté dispuesto a contarme... No soy quién para violar su privacidad, no soy quién para contar con tanta ventaja, sería muy injusto.

—¿Entonces? —el tono que utiliza la mujer siempre es cortante, de menosprecio.

—Solo quiero saber su edad, sus aficiones, qué está estudiando, sus ambiciones, sus sueños... —Ante mi aclaración, ambos se miran y se quedan callados. Después de todos estos años, sé qué significa eso: no conocen a su hijo más de lo que lo conozco yo.

—Tiene dieciocho años —dice el padre.

—Se llama Max, nació en Irlanda, nos mudamos aquí cuando tenía diez años. Ahora mismo, al ser verano, aprovecha el tiempo libre de las mañanas para estudiar alemán —añade la madre.

—¡Genial! Una pregunta muy importante: ¿él sabrá que me han contratado o tendré que actuar sin descubrir mi verdadera identidad?

—Si le comentásemos esto jamás cedería, no querría ni mirarte a la cara. Lo mejor será que actúes como si fueras una desconocida, como si nada de esto hubiese ocurrido —reflexiona el padre.

—Perfecto, ya he hecho esto en otras ocasiones. —Es cierto: en la mayoría de las ocasiones, las personas que me contratan son reacias a que el paciente sepa que todo está pactado—. ¿Él está ahora mismo en casa?

—No, solo viene a casa a dormir, ni siquiera suele comer ni cenar con nosotros.

—¿Podría ver su habitación? —pregunto algo reticente. No me gusta tener que hacer esto, me parece una invasión de la privacidad totalmente innecesaria, pero necesito saber algo más sobre este chico tan misterioso. Si sus padres no pueden ni decir qué le gusta hacer, lo tendré que averiguar por mí misma.

—Sí, claro, sígueme —responde el hombre algo dudoso. No entiende muy bien mis intenciones. Me levanto y lo sigo; su mujer, en cambio, se queda sentada en el sofá, inmóvil, mostrando el poco interés que parece tener. Subimos las escaleras, recorremos un largo pasillo lleno de cuadros y diversos diplomas, hasta que llegamos a la cuarta puerta, que está cerrada, y ambos nos paramos ante ella—. ¿Por qué quieres verla? —pregunta antes de abrirla.

—En nuestra habitación, queramos o no, siempre dejamos un poco de nuestra esencia. Más de jóvenes que de adultos, la atiborramos con recuerdos, vivencias, la llenamos con nuestros gustos, con nuestros sueños... Sé que puede parecer extraño, pero muchas veces nuestras habitaciones son un reflejo de lo que somos, de lo que fuimos y de lo que ansiamos ser.

—Hace años que no entro aquí... Creo que es mejor que la abras tú. Te espero abajo —me indica dirigiendo su mirada al suelo. Me da una pequeña palmada de aprobación en la espalda y, acto seguido y sin mediar palabra, baja las escaleras.

Me encuentro sola ante una puerta de madera oscura sin un solo detalle. Me da miedo de que toda la habitación sea así: es fundamental para el buen desenlace de mi misión que contenga algo que defina a Max... Con preocupación, giro el pomo y entro en su guarida.

La luz proveniente de la ventana ilumina toda la estancia. En comparación con el gran tamaño de la mansión, me parece algo pequeña; en realidad, no es mucho más grande que la mía. Camino hacia la cama y me siento para observarlo todo con más detenimiento.

Justo enfrente tengo su escritorio. Está muy desordenado, lleno de pinturas, lápices, libretas, cuadernos para hacer esbozos e incluso algún lienzo pequeño. Los cajones que hay a un lado de la mesa, intuyo, deben de ser un desastre. Encima tiene un corcho lleno de fotos hechas con una polaroid. Me acerco para verlas mejor y descubro complacida que absolutamente todas son del mar, eso sí, en distintos estados: como una balsa de aceite, completamente agitado y con olas descomunales, tan transparente como el cristal, lleno de algas... Aunque supongo que se han tomado desde diferentes puntos de la costa, hay uno que se repite: el puerto de la ciudad donde ambos vivimos. Hay un total de diez tomadas exactamente desde el mismo punto pero en días distintos. También tiene entradas de cine, muchísimas, y todas son de proyecciones de películas del siglo pasado, películas antiguas... La pared frente al escritorio está forrada por completo con palabras y sus definiciones, ni siquiera se ve el color gris con el que está pintada. Me entristezco al comprobar que todas estas palabras son negativas: «desaparecer», «tristeza», «evasión», «insignificante», «melancolía»...

Me giro otra vez hacia la cama y veo la estantería que tiene a modo de cabecero: es enorme, ocupa toda la pared. Presto atención a los títulos de los libros y los voy anotando: la mayoría son de poesía, tiene alguna que otra novela y también obras de teatro, pero sin lugar a dudas su género favorito es la poesía: Bécquer, Benedetti, Neruda, Lorca, Petrarca...

También descubro que le gusta la música porque, al fijar la vista en la puerta, compruebo que tiene dos pósteres de Nirvana.

Lo último que me queda por analizar son dos estanterías. Sobre ellas, ordenadas con precisión, hay diez gorras. Deduzco que las coleccionará. También me doy cuenta de que bajo la cama asoma un monopatín bastante ajado, por cierto: debe de usarlo a menudo.

Una vez he anotado los datos que considero importantes, salgo de la habitación, cierro la puerta y bajo hacia el salón, donde sus padres me están esperando.

—Muchas gracias, creo que ya tengo suficiente. —Ni siquiera me siento, lo veo innecesario... Es hora de irme... No quiero ser demasiado invasiva en las primeras reuniones que tengo con la gente que me contrata.

—¿Seguro que no necesitas nada más? —Ahora son ellos los que se levantan. Caminan conmigo hacia la puerta.

—Solo una cosa más. ¿Podrían enseñarme una foto de Max?

Obviamente, necesito saber cómo es para poder encontrarlo. La mujer desbloquea su teléfono y me muestra una.

Lo primero que me llama la atención es su pelo: lo tiene teñido de gris y sus raíces negras asoman con disimulo. Tiene unos labios carnosos y unos ojos negros muy profundos que se distinguen a través del cristal de unas gafas que incluso lo hacen más atractivo. Sus facciones son muy marcadas y su expresión es muy seria, algo que consigue intimidarme. Lleva una básica blanca y, sobre ella, un collar casi imperceptible de tan sutil.

—¿Y bien? —pregunta la madre al verme tan absorbida.

—¡Perdón! Quiero estar segura de reconocerlo en cuanto lo vea.

—¿Y cómo lo vas a encontrar, chica? —Una gran desconfianza aflora en su voz.

—Solo confíen en mí.