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El sonido de las olas era como un bálsamo. Notaba la brisa marina en la cara y la calidez del sol tostándole la piel. Con una mano, iba cambiando la canción cuando no le apetecía escuchar la que le proponía su smartphone. El tema que sonaba ahora sí le gustaba, le encantaba de hecho, Let me love you, de DJ Snake y, of course, Justin, siempre Justin... Bieber. Con la otra mano, acariciaba los dedos de Mario, que no se separaba de ella desde que habían comenzado las vacaciones hacía un par de semanas. Sí, Lucía estaba en su nirvana particular. ¿Acaso podía desear más? Estaban a mediados de julio, lo que significaba que no tenía que ir al colegio y que ese martes podía disfrutar de su chico tantas horas como quisiera, igual que si fuera un sábado permanentemente, sin responsabilidades, sin exigencias, sin...

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—Creo que te está sonando el móvil.

Mario, que tenía el otro casco de su par, se había dado cuenta antes que ella de que la canción que los dos estaban escuchando tan plácidamente, tumbados sobre sus toallas en la playa aquella mañana, se acababa de interrumpir por una llamada. Lucía resopló un poco hastiada porque alguien le fastidiara ese momento tan perfecto y buscó en la pantalla el nombre de quien fuera que tenía el don de la oportunidad. Papá. Ese era el nombre que aparecía insistente. Lucía descolgó entornando los ojos.

—¿Qué quieres? —preguntó sin poder disimular su fastidio.

—¿Lucía? ¿Eres tú? —preguntó su padre al otro lado.

—Claro que soy yo. Eres tú el que me ha llamado. ¿Qué pasa?

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—Ay, hija, es que entre los berridos de tu hermano y que escucho como aire no te oigo nada. ¿Vas a venir a comer?

—Sí. Llegaré a las dos o las tres.

—¿No puedes llegar antes? Sabes que esta tarde hay pediatra y tenemos que comer pronto para que nos dé tiempo a todo.

Lucía resopló. Aquello ya era el colmo. Ahora tenía que comer a la misma hora que los niños pequeños.

—A la una estaré allí.

—Perfecto. Gracias, hija. ¿Te lo pasas bien?

—Sí, papá. Te dejo. ¡Hasta luego!

Lucía colgó antes de que su padre se enrollara más. Ya que le quedaba poco rato de disfrute, no quería pasarlo hablando con él.

—¿Todo bien? —le preguntó Mario desde la misma posición.

Lucía le contó de mala gana que en media hora tendría que marcharse a casa.

—Bueno, tenemos todavía vacaciones por delante... —le dijo Mario rodeándola con los brazos y atrayéndola hacia él para animarla, lo que funcionó de manera inmediata.

—No tantas... Dentro de un par de semanas te vas al pueblo con tus abuelos y te quedas casi todo el mes de agosto —replicó Lucía bajando los ojos.

Solo pensar en que se tenía que separar de él le provocaba una sensación de vacío terrible.

—Ya lo sé, a mí tampoco me apetece nada. Por eso quiero compensártelo con una sorpresa —añadió y Lucía levantó los ojos, expectante—. Estoy preparando algo especial para el fin de semana de mi cumpleaños.

Lucía se lo quedó mirando sonriente. Notaba que sus ojos echaban chispas. ¿En qué estaría pensando su chico?

—He dicho que es una sorpresa —insistió él.

—Pero ¡si el cumpleañero eres tú! La sorpresa debería ser para ti.

—Mi mejor regalo es ver tu cara cuando descubras lo que he planeado —le dijo justo antes de acercar los labios a los de Lucía y besarla con dulzura. Eran tan cálidos, tan tiernos... El salitre del mar le supo a gloria.

Rápidamente, a Lucía se le olvidó el bajón que le había provocado la llamada de su padre. Se abrazó a Mario y se impregnó del calor que desprendía su piel. Estaba tan a gusto a su lado, tan cómoda... La vergüenza que le daba que su novio la viera en biquini al principio del verano le había durado dos segundos. En cuanto había empezado el calor se había comprado el más bonito de todos, uno de color violeta con ribetes azules y estaba bastante orgullosa del resultado. La primera vez que la vio con él puesto, no se la quedó mirando fijamente ni nada parecido, solo hizo como si llevara puesto un vestido elegante y ella fuera una princesa. ¿Qué más podía pedir?

Lucía permaneció echada a su lado, mirándole fijamente. ¡No podía creer la suerte que tenía! Era tan guapo... Con esos ojos avellana que la miraban más allá de sus pupilas, y esa boca de labios finos que se torcía en un gesto travieso cada vez que la quería chinchar. Empezó a fantasear con el plan que Mario habría ideado para su cumpleaños... ¿un parque de atracciones?, ¿una cena romántica?, ¿un paseo en barco?... JAJAJA, se le estaba yendo de las manos, ni que él fuera Travis y ella Gabby en La decisión, la película adaptada de la novela de Nicholas Sparks. De pronto recordó que todavía no le había comprado su regalo y solo faltaban once días. Sabía lo que quería, así que procuraría tenerlo acabado para entonces... Si su padre y su hogar lleno de ruido se lo permitían.

—¿Te apetece ir al cine esta tarde? —le preguntó Mario cerrando ambos los ojos otra vez para seguir gozando del relax veraniego.

Lucía estaba apretada contra su cuerpo, envuelta en sus brazos fuertes, no quería salir de allí.

—Vale... —respondió dejándose llevar por el cosquilleo que él le provocaba.

Y entonces...

—¡No puedo! —exclamó abriendo los ojos de pronto.

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Se acababa de acordar de lo del pediatra que le había comentado su padre minutos antes por teléfono... No solo tenía que ir a casa a comer antes, sino que además debía quedarse de guardia con Aitana mientras Lorena y él se iban con Álvaro a que vacunaran al enano.

Se lo contó a Mario un poco asqueada. Llevaba viviendo con su padre alrededor de un mes y medio, y todavía tenía que acostumbrarse a demasiadas cosas. Contaba incluso con más responsabilidades que en casa de su madre. Mario le acarició la cabeza y ella volvió a relajarse. Justo cuando había vuelto a encontrar la posición para seguir disfrutando de la mañana, él la avisó.

—Es la hora.

Y nunca le había dado tanta rabia escuchar esa frase en boca de su chico, porque eso significaba que tenía que separarse de él. Lo que MENOS le apetecía del mundo. Estaba incluso por debajo de un sándwich de queso, o de una sesión de matemáticas. Para ella Mario se había convertido en lo principal. Se despertaba por las mañanas deseando verlo, y en cuanto debía regresar a casa por cualquier motivo, no hacía más que recordar los momentos bonitos con él, y anhelar que se repitieran lo antes posible. Que solo les quedaran unos días más para estar juntos antes de que él se marchara no hacía más que acentuar esa necesidad de aprovechar cada minuto.

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En un momento recogieron las toallas y lo guardaron todo en la bolsa de la playa. Mario estaba resplandeciente con su moreno, que resaltaba todavía más bajo la camiseta blanca que acababa de ponerse. Normalmente iba vestido entero de negro, pero Lucía estaba consiguiendo que ampliara sus horizontes... y ese color le quedaba mejor todavía. Lucía se plantó su camisola de rayas y su sombrero de paja, y también las zapatillas, y cuando estaba caminando cogida de la mano de Mario en dirección a la calle para coger el bus y volver a casa, sintió otra vibración en el móvil. Lo atrapó rápido sin soltarse de su novio y lo miró lo justo para asegurarse de que no era su padre echándose atrás en sus exigencias para permitirle pasar un rato más en la playa. Alguien había escrito en el grupo de El Club de las Zapatillas Rojas. No corría prisa, lo miraría cuando llegara a casa y tuviera un momento. No iba a soltar la mano de Mario para escribir un mensaje. Prefería pasar el rato que les quedaba hasta la parada del autobús lo más cerca de él que pudiera. Lucía se estrechó bajo el abrazo de Mario, apretó su cintura y escondió su cabeza en su pecho. Quería memorizar su olor mezclado con el salitre de la playa para que no se le olvidara hasta el día siguiente, que, esperaba, pasar entero con él haciendo lo que fuera. El plan no importaba, solo que estuvieran los dos juntos. Y ya está.

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Nada más entrar por la puerta, el ruido al que intentaba acostumbrarse (sin mucho éxito) sonó con fuerza. Álvaro no tenía su mejor día y lloraba como un energúmeno en los brazos de su padre, que comenzó a pedirle cosas, antes incluso de que dejara la bolsa de la playa en su cuarto, o de que se quitara el maldito sombrero. Ni un respiro.

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—Lucía, busca a tu hermana, por favor. Tenemos que comer ya.

—La casa no es tan grande. ¿No está en su cuarto?

—Si estuviera en su cuarto no estaría pidiéndote que la buscaras.

David cogió aire y lo soltó lentamente, como en un ejercicio de meditación.

—Por favor —le insistió.

Lucía asintió sin añadir nada más. Irse a vivir con su padre había estropeado un poco su relación con él. Le costaba reconocerlo, pero así era. Antes, cuando se veían, era tiempo de calidad que debían disfrutar juntos, de buen humor, hablando, haciendo cosas... casi como amigos. Ella le contaba sus preocupaciones y David siempre tenía a punto una de sus frases espléndidas o algún consejo útil que dedicarle. Sin embargo, la rutina les había obligado a hacer cosas que no les apetecía a ninguno: a él, regañarle cuando hacía algo que no aprobaba como padre, y a Lucía, como hija, obedecerle. La amistad había quedado relegada a algunos momentos muy puntuales y, cada vez, más escasos... Para cuando acababa el día, su padre estaba tan agotado que se quedaba dormido en el sofá antes de que ella pudiera contarle el día maravilloso que había pasado con Mario, o eso, o era ella la que estaba hasta el moño de tanta familia y se enclaustraba en su habitación para huir del ruido, de los niños, de su familia y de todo.

Lorena saludó a Lucía con un abrazo y le preguntó qué tal lo había pasado, aunque sin mucho énfasis, porque estaba liada en la cocina acabando de preparar la comida para los cinco. Sí, cinco era un número impactante. Desde que Lucía se había trasladado a aquella casa, eran, ni más ni menos, que familia numerosa, y la mujer de su padre se veía la más perdida en la nueva situación. Lucía se daba cuenta a menudo de que no sabía muy bien cómo ejercer su papel de madrastra. Por eso, el único que le ponía normas y le echaba broncas era su padre. Ella se quedaba en un segundo plano, a pesar de estar de acuerdo o no con él. Era muy distinta a José María, el marido de su madre, el bonachón que siempre estaba dispuesto a echarle una mano cuando su madre sacaba la vena ogro. Claro que José María había tenido tiempo más que suficiente para acostumbrarse a ese papel. Lorena llevaba poco más de un mes... Tiempo al tiempo.

—¡Aitana! —gritó Lucía por encima del llanto desconsolado de Álvaro.

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Abrió la puerta de la habitación de su hermana y no vio nada. De primeras. Sin embargo, al afinar el oído le pareció escuchar una voz continua, como de discurso, amortiguada por algo... Lucía entró en la habitación y se dirigió al armario. Estaba segura de que su hermana estaría ahí escondida, para evitar lo mismo que ella: padres y hermanito berreando. Pero nada, cuando abrió la puerta solo encontró un montón de ropa bastante más ordenada que la suya (suponía, gracias a Lorena). Lucía resopló y volvió a quedarse escuchando entre el silencio... la voz seguía hablando, ¿de dónde venía? Lucía revisó desde el sitio los distintos escondites que podía encontrar su hermana en su propia habitación (qué retorcida): ¿el baúl de los juguetes? Imposible, Aitana ya tenía siete años, casi ocho, el baúl se le había quedado pequeño. Entonces vio la luz... o no la luz exactamente, pero sí la cama, con la colcha llena de volantes colgando casi hasta el suelo. Lucía caminó en esa dirección procurando no hacer ningún ruido, clavando el talón en la alfombra mullida y pasando después a la planta del pie sin hacer crujir la madera de debajo. Cuando estuvo al lado, levantó en un movimiento rápido la colcha y... TACHÁÁÁÁÁÁN.

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—¡Qué susto me has dado! —protestó Aitana desde su posición.

Estaba echada boca abajo, con el móvil de su padre en el suelo. De él, salía la voz que Lucía había estado escuchando todo ese tiempo. Debía de haber echado mano del de su padre viendo que el de Lucía no estaba en casa. Porque sí, por si fueran pocas las cosas a las que debía acostumbrarse, también debía hacerlo a compartir su móvil. Su hermana se lo churrimangaba en cuanto se despistaba para conectarse a internet y ver vídeos. ¡Estaba enganchadísima! Lucía no entendía cómo una pava hablando de series y dibujos podía convertirse en una adicción de nadie, pero sí, su hermana era una víctima youtuber sin remedio.

—¿Qué haces aquí escondida? Todo el mundo te está buscando.

—Quería ver el vídeo de esta semana de evadisney, y fuera hay demasiado ajetreo.

—A mí me lo vas a decir... ¿De qué habla hoy? —le preguntó Lucía, comprensiva.

—De la serie Soy Luna. Analiza el personaje de Ámbar Smith, la mala más malísima...

Lucía asintió como si se enterara de algo, a pesar de que no conocía ni la serie ni los personajes.

—Venga, hay que ir a comer. Papá y Lorena tienen que irse con Álvaro al médico.

Aitana entornó los ojos y resopló hastiada. Y Lucía se vio a sí misma en la piel de su madre. ¿Por qué tenía que obligar a Aitana a hacer lo que ni a ella le apetecía? Porque era la HERMANA MAYOR. Un papel que ella no había pedido.

—Solo le queda un minuto... ¿Ves? —le suplicó Aitana con sus morritos de querubín.

Lucía acabó por aceptar la súplica y esperó de rodillas a que aquella charlatana explicara cómo Ámbar Smith había sido seleccionada Villana Favorita para no sabía qué premios. Cuando acabó el vídeo, alargó la mano para ayudar a Aitana a salir de su rincón de salvación. Ella obedeció cogiéndola y siguiéndola después por el pasillo. Lucía recuperó el móvil de Aitana para devolvérselo a su padre. Seguramente no se había dado ni cuenta de que le faltaba, y justo antes de salir de casa se pondría a buscarlo como un loco.

Las dos hermanas caminaron hasta el comedor y se quedaron como dos pasmarotes ante la puerta corredera. Álvaro seguía llorando desde su sillita mientras David lo balanceaba para que se calmara. Lorena estaba acabando de servir la comida y no se había dado ni cuenta de que tenía la camisa completamente manchada del puré verde que habría intentado dar de comer al bebé hambriento y llorón. Lucía miró a Aitana con gesto cansado y Aitana la miró a ella igual. Sentían exactamente lo mismo. Las dos querían huir de allí y volver a su refugio: los brazos de Mario para Lucía y los youtubers para Aitana. Aquella casa se había convertido en un infierno.

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