PREFACIO

El historiador interconectado

Vivimos en un mundo interconectado en red, o eso se nos dice constantemente. La palabra «red», que hasta finales del siglo XIX apenas se utilizaba, hoy es objeto de un uso excesivo, y lo mismo ocurre con otros términos relacionados, como «interconectar» y sus derivados. Para el ambicioso joven metido en el mundillo moderno siempre vale la pena ir a una fiesta, por tarde que sea, con tal de seguir interconectado con los demás; puede que le apetezca más echarse a dormir, pero el temor a quedar fuera de juego resulta espantoso. Para el viejo contrariado ajeno a él, en cambio, la palabra «red» tiene connotaciones distintas; alberga la creciente sospecha de que el mundo está controlado por redes poderosas y exclusivas: los banqueros, el establishment, el sistema, los judíos, los masones, los Illuminati... Casi todo lo que se ha escrito sobre este tema es un puro disparate. Sin embargo, sería poco probable que las teorías de la conspiración fueran tan persistentes si tales redes no existieran en absoluto.

El problema de los teóricos de la conspiración es que, al igual que los agraviados personajes ajenos al mundillo, malinterpretan y tergiversan invariablemente la manera como funcionan las redes. En concreto, tienden a presuponer que una serie de redes elitistas controla de manera tan fácil como encubierta las estructuras formales de poder. Mis investigaciones —además de mi propia experiencia— sugieren que ese no es el caso, sino que ocurre al revés: las redes informales suelen mantener una relación sumamente ambivalente, y a veces incluso hostil, con las instituciones establecidas. Hasta hace muy poco, por el contrario, los historiadores profesionales tendían a pasar por alto el papel de las redes o, cuando menos, a minimizarlo. Aun hoy, la mayoría de los historiadores académicos suelen centrarse en estudiar el tipo de instituciones que crean y conservan archivos, como si las que no dejan tras de sí un rastro de papel ordenado simplemente no contaran. De nuevo, mis investigaciones y mi experiencia me han enseñado a recelar de la tiranía de los archivos. A menudo los mayores cambios de la historia son logros de grupos de personas poco documentados y organizados de manera informal.

Este libro trata sobre el irregular flujo y reflujo de la historia. Distingue las largas épocas en que las estructuras jerárquicas dominaron la vida humana de aquellos otros periodos —más raros, pero a la vez más dinámicos— en que las redes llevaron las de ganar, gracias en parte a diversos cambios producidos en la tecnología. Por decirlo de una manera sencilla: cuando la jerarquía está a la orden del día, el poder de cada uno depende del peldaño que ocupa en el escalafón organizativo de un Estado, empresa o institución similar verticalmente ordenada. En cambio, cuando las redes obtienen ventaja, el poder de cada uno deriva de su posición en uno o más grupos sociales horizontalmente estructurados. Como veremos, esta dicotomía entre jerarquía y red es una mera simplificación; pero algunas revelaciones personales pueden ilustrar su utilidad como punto de partida.

La noche de febrero de 2016 en la que escribí el primer borrador de este prefacio, asistí a la fiesta de presentación de un libro. El anfitrión era el exalcalde de Nueva York. El autor cuya obra nos había congregado allí era un columnista del Wall Street Journal y antiguo redactor de discursos presidenciales. Asistí por invitación del redactor jefe de Bloomberg News, al que conocía porque ambos habíamos estudiado en el mismo colegio universitario de Oxford más de un cuarto de siglo antes. En la fiesta saludé y conversé brevemente más o menos con otras diez personas, entre ellas el presidente del Consejo de Relaciones Exteriores estadounidense; el director general de Alcoa Inc., una de las mayores empresas industriales de Estados Unidos; el director de las páginas de opinión del Journal; un presentador de la Fox News; una miembro del Colony Club de Nueva York y su esposo, y un joven escritor de discursos que se presentó diciendo que había leído uno de mis libros (lo que sin duda constituye la forma más acertada de entablar conversación con un profesor).

En cierto sentido, resulta evidente por qué estaba yo en aquella fiesta. El hecho de haber trabajado en una serie de conocidas universidades —Oxford, Cambridge, Nueva York, Harvard y Stanford—hace que automáticamente forme parte de múltiples redes de antiguos alumnos. A consecuencia de mi trabajo como escritor y profesor, también me he unido a toda una serie de redes económicas y políticas como el Foro Económico Mundial y las reuniones del Bilderberg. Soy miembro de tres clubes londinenses y uno neoyorquino. Además, en la actualidad pertenezco al consejo de administración de tres entidades corporativas: un gestor de activos globales, un grupo de expertos británico y un museo de Nueva York.

Sin embargo, pese a estar relativamente bien interconectado, casi no tengo poder. Un rasgo interesante de la fiesta fue que el exalcalde, en su breve discurso de bienvenida, aprovechó la oportunidad para dejar caer (aunque no con excesivo entusiasmo) que se estaba planteando presentarse como candidato independiente a las siguientes elecciones presidenciales de Estados Unidos. Pero, en calidad de ciudadano británico, yo ni siquiera podía votar en dichas elecciones. Ni mi apoyo tampoco habría mejorado en nada sus posibilidades ni las de ningún otro candidato, puesto que, dada mi condición de académico, la inmensa mayoría de los estadounidenses presuponen que me hallo completamente alejado de las vidas reales de las personas normales y corrientes. A diferencia de mis antiguos colegas de Oxford, no controlo las admisiones de los estudiantes universitarios. Cuando enseñaba en Harvard podía poner notas buenas o mediocres a mis alumnos, pero básicamente carecía de poder para impedir que incluso los peores de ellos se graduaran. A la hora de conceder doctorados, el mío solo era uno más de los numerosos votos de los miembros de mayor rango del cuerpo docente; de nuevo, nada de poder. Sí, ejerzo cierto poder sobre las personas que trabajan para mi empresa de consultoría, pero en cinco años en total solo he despedido a un único empleado. Tengo cuatro hijos, pero mi influencia sobre tres de ellos (de poder ya ni hablamos) es mínima. Hasta el más pequeño, que tiene cinco años, está aprendiendo a desafiar mi autoridad.

En suma, pues, no soy una persona muy jerárquica: por elección propia, soy más bien un tío de redes. Cuando era estudiante disfrutaba de la falta de estratificación de la vida universitaria, en especial de la multitud de asociaciones arbitrariamente organizadas que se dan en ella. Me uní a muchas, y aparecía, aunque de manera irregular, por algunas de esas asociaciones. Mis dos experiencias favoritas en Oxford fueron tocar el contrabajo en un quinteto de jazz —un conjunto que hasta hoy se enorgullece de no tener un líder— y participar en las reuniones de un pequeño club de debate conservador llamado Canning («enlatado»). Opté por hacerme académico porque a mis veintipocos años prefería claramente la libertad al dinero. Ver a mis contemporáneos y a sus padres trabajando en estructuras tradicionales, gestionadas de manera vertical, me daba escalofríos. En cambio, al observar a los profesores de Oxford que me enseñaban —miembros de una entidad corporativa medieval, ciudadanos de una antigua república de las letras, soberanos en sus despachos forrados de libros—, sentía el irresistible impulso de seguir sus tranquilos y seguros pasos. Cuando la vida académica resultó estar bastante menos remunerada de lo que parecían esperar las mujeres de mi vida, me esforcé en ganar más sin someterme a la indignidad de un verdadero empleo. Como periodista, me gustaba más ser freelance, a lo sumo un trabajador a tiempo parcial, preferiblemente un columnista con una tarifa fija. Cuando pasé a la radiotelevisión, escribía y presentaba como trabajador independiente, y más tarde creé mi propia empresa de producción. El espíritu emprendedor siempre se ha avenido bien con mi amor por la libertad, aunque debo decir que he fundado empresas más para seguir siendo libre que para hacerme rico. Lo que me proporciona mayor disfrute es escribir libros sobre temas que me interesan. Los mejores proyectos —la historia de los bancos Rothschild, la carrera de Siegmund Warburg, la vida de Henry Kissinger...— me han llegado a través de mi red; solo en fecha muy reciente he logrado darme cuenta de que también eran libros sobre redes.

Algunos de mis contemporáneos buscaban la riqueza; pocos la alcanzaban sin pasar al menos por un periodo de obligada servidumbre, por lo general trabajando en un banco. Otros buscaban el poder; asimismo, ellos tuvieron que ascender en las filas de su partido, y hoy deben de sorprenderse al recordar las indignidades que sufrieron antaño. También se sufren humillaciones en los primeros años de la vida académica, por supuesto, pero nada comparable con hacer prácticas en Goldman Sachs o trabajar como humilde voluntario en la campaña del candidato perdedor de un partido de la oposición. Formar parte de la jerarquía implica rebajarse uno mismo, por lo menos al principio. Hoy, sin embargo, algunos de mis compañeros de clase de Oxford presiden poderosas instituciones como ministros o directores ejecutivos. De sus decisiones pueden depender directamente la asignación de millones de dólares —cuando no de miles de millones— y a veces incluso el destino de las naciones. La esposa de un contemporáneo mío de Oxford que entró en política se le quejaba en cierta ocasión de sus largas horas de trabajo, su falta de privacidad, su bajo salario y sus raras vacaciones, además de la inseguridad laboral inherente en su caso al sistema democrático. «Pero el hecho de que yo soporte todo eso —replicó él— no hace sino demostrar lo maravilloso que es el poder.»

Pero ¿de verdad lo es? ¿No es mejor hoy estar en una red, que nos da influencia, que en una jerarquía, que nos da poder? ¿Qué describe mejor nuestra posición? Todos nosotros somos, a la fuerza, miembros de más de una estructura jerárquica. Casi todos somos ciudadanos de al menos un Estado. Una parte importante de nosotros somos empleados de al menos una empresa (y un número sorprendentemente grande de empresas del mundo todavía siguen estando de modo directo o indirecto controladas por el Estado). La mayoría de las personas menores de veinte años que viven en el mundo desarrollado probablemente formen parte de uno u otro tipo de institución educativa; digan lo que digan dichas instituciones, su estructura es fundamentalmente jerárquica (es cierto que el rector de Harvard ejerce un poder muy limitado sobre un catedrático; pero, en cambio, tanto él como el escalafón de decanos que tiene por debajo ejercen un gran poder sobre todos los demás, desde el más brillante joven profesor hasta el más humilde de los alumnos de primer curso). Una parte significativa de hombres y mujeres jóvenes de todo el mundo —aunque mucho menor que en la mayoría de los últimos cuarenta siglos—realizan algún tipo de servicio militar, tradicionalmente la más jerárquica de las actividades. Si tienes que «responder» ante alguien, aunque solo sea un consejo de administración, estás en una jerarquía; y cuantas más personas respondan ante ti, más lejos te hallas de la parte inferior del montón.

Sin embargo, la mayoría de nosotros pertenecemos a más redes que a jerarquías, y con esto no me refiero solo a que estemos en Facebook, Twitter o alguna de las otras redes informáticas que han surgido en internet en los últimos años. Tenemos redes de parientes (hoy en día pocas familias en el mundo occidental son jerárquicas), de amigos, de vecinos, de colegas entusiastas... Somos antiguos alumnos de instituciones educativas. Somos aficionados de equipos de fútbol. Somos miembros de clubes y asociaciones, o colaboramos en organizaciones benéficas. Incluso nuestra participación en las actividades de las instituciones jerárquicamente estructuradas como las iglesias o los partidos políticos se parece más a la interrelación profesional que a la actividad laboral, puesto que la realizamos de manera voluntaria y no con la expectativa de una remuneración económica.

Los mundos de las jerarquías y las redes se encuentran e interactúan. Dentro de cualquier gran empresa existen redes completamente distintas del «organigrama» oficial. Cuando algunos empleados acusan a su jefe de favoritismo, lo que implica es que está dándose prioridad a algún tipo de relación informal por encima del proceso de promoción normal gestionado por el departamento de Recursos Humanos de la quinta planta. Cuando empleados de diferentes empresas quedan para tomar unas copas después del trabajo, se trasladan de la torre vertical de la corporación a la plaza horizontal de la red social. Es significativo que cuando se reúne un grupo de personas y cada una de ellas ejerce poder en una estructura jerárquica distinta, su interrelación puede tener importantes consecuencias. En sus novelas de Palliser, Anthony Trollope plasmaba de forma memorable la diferencia entre el poder oficial y la influencia extraoficial cuando describía a los políticos victorianos denunciándose públicamente unos a otros en la Cámara de los Comunes y luego intercambiando confidencias de manera privada en la red de clubes londinenses a la que todos pertenecían. En este libro pretendo mostrar que tales redes pueden encontrarse en casi toda la historia humana, y que son mucho más importantes de lo que la mayoría de los libros de historia hacen creer a sus lectores.

En el pasado —como he mencionado ya—, a los historiadores no se les daba demasiado bien reconstruir las redes pretéritas. Esa falta de atención a las redes se debía en parte al hecho de que la investigación histórica tradicional se basaba sobremanera, como fuente, en los documentos generados por instituciones jerárquicas como los estados. Las redes también mantienen registros documentales, pero no son tan fáciles de encontrar. Recuerdo que, siendo un inexperto estudiante de posgrado, acudí a los Archivos del Estado de Hamburgo y allí me condujeron a una desconcertante sala llena de Findbücher, unos enormes volúmenes encuadernados en cuero y redactados a mano en una antigua escritura alemana apenas legible, que constituían el catálogo del archivo. Estos, a su vez, remitían a los innumerables informes, libros de actas y correspondencia producidos por las diferentes «diputaciones» de la burocracia algo anticuada de la ciudad-estado hanseática. Recuerdo muy bien que me puse a hojear los libros que correspondían al periodo que me interesaba y, para mi consternación, no encontré ni una sola página que tuviera el más mínimo interés. Imagine el lector mi gran alivio, después de varias semanas de suma amargura, cuando me vi en la pequeña sala, revestida con paneles de roble, que albergaba los documentos privados del banquero Max Warburg, a cuyo hijo Eric había conocido por pura casualidad en una recepción celebrada en el consulado británico. A las pocas horas me di cuenta de que la correspondencia de Warburg con los miembros de su propia red ofrecía una visión más clara de la historia de la hiperinflación alemana de comienzos de la década de 1920 (el tema que yo había elegido) que todos los documentos del Staatsarchiv juntos.

No obstante, durante muchos años, y como la mayoría de los historiadores, no me preocupé de pensar y escribir sobre redes más que de manera fortuita. En mi imaginación existía un vago diagrama que conectaba a Warburg con otros miembros de la élite empresarial judío-alemana a través de varios vínculos de parentesco, negocios y «afinidad electiva». Pero no se me ocurrió reflexionar sobre esa red de forma rigurosa; me contentaba con pensar, perezosamente, en sus «círculos» sociales, un término bastante imperfecto. Y me temo que tampoco fui mucho más sistemático cuando, años después, me puse a escribir la historia de los bien engranados bancos Rothschild. Me centré demasiado en la compleja genealogía de la familia, con su sumamente inusual sistema de matrimonios entre primos, y, en cambio, demasiado poco en la red —más extensa— de agentes y bancos filiales que tuvo una importancia no menor a la hora de hacer de aquella familia la más rica del mundo decimonónico. En retrospectiva, creo que debería haber prestado mayor atención a los historiadores de mediados del siglo XX, como Lewis Namier o Ronald Syme, que fueron pioneros de la prosopografía (biografía colectiva), sobre todo como una forma de minimizar el papel de la ideología en cuanto actor histórico por derecho propio. Aun así, sus esfuerzos se habían quedado cortos con respecto a lo que sería el análisis formal de redes. Y además se habían visto superados por toda una generación de historiadores sociales/socialistas que se habían propuesto revelar el papel de las clases en auge y en decadencia como impulsoras del cambio histórico. Yo había descubierto que las élites de Vilfredo Pareto —desde los «notables» de la Francia revolucionaria hasta los Honoratioren de la Alemania guillermina— solían ser más importantes que las clases de Karl Marx en el proceso histórico, pero no había aprendido a analizar las estructuras elitistas.

Este libro es un intento de expiar aquellos pecados de omisión. Cuenta la historia de la interacción entre las redes y las jerarquías desde la Antigüedad hasta el pasado más reciente. Aúna teorías de múltiples disciplinas, que van desde la economía hasta la sociología, pasando por la neurociencia y el comportamiento organizacional. La tesis fundamental es que las redes sociales siempre han sido mucho más importantes en la historia de lo que han reconocido la mayoría de los historiadores, centrados como han estado en exclusiva en organizaciones jerárquicas como los estados; pero que nunca lo han sido más que en dos periodos concretos. La primera «era reticular» siguió a la introducción de la imprenta en Europa, en las postrimerías del siglo XV, y duró hasta finales del XVIII. La segunda —nuestro tiempo— se originó en la década de 1970, aunque sostengo que la revolución tecnológica que asociamos a Silicon Valley fue más una consecuencia que una causa de la crisis de las instituciones jerárquicas. El periodo intermedio, desde finales de la década de 1790 hasta finales de la de 1960, presenció la tendencia opuesta: las instituciones jerárquicas restablecieron su control y lograron clausurar o incorporar las redes. El cenit del poder jerárquicamente organizado se alcanzó de hecho a mediados del siglo XX, la era de los regímenes totalitarios y la guerra total.

Sospecho que no habría llegado a esa idea de no haberme lanzado a escribir la biografía de uno de los expertos en interrelación más hábiles de los tiempos modernos: Henry Kissinger. Cuando llegué a la fase intermedia de este proyecto —una vez acabado el primer volumen y ya finalizado todo el trabajo de investigación para el segundo— , fue cuando se me ocurrió una interesante hipótesis: ¿era posible que Kissinger debiera su éxito, fama y notoriedad, no solo a su gran intelecto y a su formidable voluntad, sino a su excepcional habilidad para crearse una red ecléctica de relaciones, no únicamente con sus colegas de las administraciones Nixon y Ford, sino también con personas ajenas al Gobierno: periodistas, propietarios de periódicos, embajadores extranjeros y jefes de Estado, e incluso productores de Hollywood? Gran parte del presente volumen está dedicada a sintetizar (espero que sin simplificar en exceso) las investigaciones de otros estudiosos, a todos los cuales se les reconoce debidamente su labor; pero respecto a la red de Kissinger planteo aquí un primer —y espero que original— intento de abordar la cuestión.

Un libro es en sí mismo producto de una red. Ante todo, me gustaría expresar mi agradecimiento al director y los colegas de la Institución Hoover, donde se escribió este volumen, así como a los supervisores y benefactores de dicha institución. En una época en que la diversidad intelectual es la forma de diversidad que parece menos valorada en las universidades, Hoover es un raro —si no único— bastión de la libre investigación y el pensamiento independiente. También me gustaría dar las gracias a mis antiguos colegas de Harvard, que siguen contribuyendo a mi pensamiento en mis visitas al Centro Belfer de la Escuela Kennedy y al Centro de Estudios Europeos, así como a mis nuevos colegas del Centro Kissinger de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados Paul H. Nitze de la Universidad Johns Hopkins, y el Colegio Schwarzman de la Universidad Tsinghua de Pekín.

En mis investigaciones he contado con la inestimable ayuda de Sarah Wallington y Alice Han, además de Ravi Jacques y Olivia Ward-Jackson. Manny Rincon-Cruz y Keoni Correa contribuyeron sobremanera a mejorar la calidad de los gráficos y comentarios sobre redes. Asimismo, he recibido una serie de observaciones sumamente perspicaces sobre otros trabajos y presentaciones relacionados de Graham Allison, Pierpaolo Barbieri, Joe Barillari, Tyler Goodspeed, Micki Kaufman, Paul Schmelzing y Emile Simpson (por nombrar solo a quienes pusieron sus ideas por escrito). Varios amigos, colegas y expertos a quienes acudí en busca de consejo leyeron los primeros borradores del texto; los que se tomaron tiempo para enviarme sus observaciones fueron Ruth Ahnert, Teresita Alvarez-Bjelland, Marc Andreessen, Yaneer Bar-Yam, Joe Barillari, Alastair Buchan, Melanie Conroy, Dan Edelstein, Chloe Edmondson, Alan Fournier, Auren Hoffman, Emmanuel Roman, Suzanne Sutherland, Elaine Treharne, Calder Walton y Caroline Winterer. También recibí inestimables comentarios sobre la parte final del libro de William Burns, Henri de Castries, Mathias Döpfner, John Elkann, Evan Greenberg, John Micklethwait y Robert Rubin. Por compartir conmigo sus ideas o darme permiso para citar sus trabajos inéditos, me gustaría asimismo dar las gracias a Glenn Carroll, Peter Dolton, Paula Findlen, Francis Fukuyama, Jason Heppler, Matthew Jackson y Franziska Keller. Por su ayuda con la historia de los Illuminati, estoy en deuda con Lorenza Castella, Reinhard Markner, Olaf Simons y Joe Wäges.

Como de costumbre, Andrew Wylie y sus colegas, en especial James Pullen, nos han representado a mí y a mi obra con gran talento. Y, una vez más, he tenido el privilegio de contar como editores con Simon Winder y Scott Moyers, que se hallan entre los más perspicaces que hoy en día trabajan en el mundo de habla inglesa. Tampoco puedo dejar de mencionar a mi corrector de estilo, Mark Handsley, a mi fiel corrector de pruebas y amigo virginiano Jim Dickson, y al responsable de gestionar las ilustraciones del libro, Fred Courtright.

Por último, doy las gracias a mis hijos, Felix, Freya, Lachlan y Thomas, que nunca se han quejado cuando la redacción del libro ha tenido prioridad sobre el tiempo dedicado a ellos, y que siguen siendo una fuente de inspiración además de orgullo y deleite. Mi esposa, Ayaan, ha tolerado con paciencia mi uso repetitivo y excesivo de las palabras «red» y «jerarquía» en nuestras conversaciones, y me ha enseñado más de lo que cree sobre ambas formas de organización. Vaya también a ella mi agradecimiento, junto con mi amor.

Dedico este libro a Campbell Ferguson, mi muy añorado padre, cuyo nombre espero y deseo que pueda llevar su sexto nieto para cuando se publique este libro.

cap-2

PRIMERA PARTE

Introducción: redes y jerarquías

cap-3

1

El misterio de los Illuminati

Había una vez, hace casi dos siglos y medio, una red secreta que quería cambiar el mundo. Fundada en Alemania solo dos meses antes de que trece de las colonias norteamericanas de Gran Bretaña declararan su independencia, la organización llegó a ser conocida como la Illuminatenorden, la Orden de los Illuminati, o «Iluminados». Sus objetivos eran nobles. De hecho, originariamente su fundador la había llamado Bund der Perfektibilisten («Liga de los Perfectibles»). Como diría uno de los miembros de la orden, recordando las palabras del fundador, pretendía ser

[...] una asociación que, a través de los métodos más sutiles y seguros, tendrá como objetivo la victoria de la virtud y la sabiduría sobre la estupidez y la malicia; una asociación que hará los descubrimientos más importantes en todos los campos de la ciencia, que enseñará a sus miembros a llegar a ser a la vez nobles y grandes, que les asegurará cierto premio por su completa perfección en este mundo, que los protegerá de la persecución, la fatalidad y la opresión, y que atará las manos al despotismo en todas sus formas.[1]

El propósito último de la orden era «iluminar el entendimiento con el sol de la razón, que disipará las nubes de la superstición y el prejuicio». «Mi objetivo es hacer que venza la razón», declaraba el fundador de la orden.[2] En cierto sentido, sus métodos eran de carácter educativo. «La única intención de la Liga» —según sus Estatutos Generales (1781)— era la «educación, no por medios retóricos, sino favoreciendo y recompensando la virtud.»[3] Sin embargo, los Illuminati debían actuar como una fraternidad estrictamente secreta. Sus miembros adoptaron nombres clave, a menudo tomados de la Grecia o la Roma antiguas: el propio fundador se hacía llamar «Hermano Espartaco». Había tres rangos o grados de afiliación —novicio, minerval(1) y minerval iluminado—, pero a los integrantes de los rangos inferiores apenas se les proporcionaba una vaga idea de los objetivos y métodos de la orden. Se diseñaron elaborados ritos de iniciación; entre ellos, un juramento de secretismo, cuya violación se castigaría con la muerte más espantosa. Cada célula aislada de iniciados respondía ante un superior, cuya identidad real desconocían.

Al principio, los Illuminati contaban con un número de afiliados muy reducido. Había tan solo un puñado de miembros fundadores, la mayoría de ellos estudiantes.[4] Dos años después de su creación, el número total de miembros de la orden era apenas de veinticinco; y en diciembre de 1779 la cifra era todavía de sesenta. Sin embargo, en unos pocos años el número de afiliados se disparó a más de mil trescientos.[5] En sus comienzos, la orden se había limitado a las poblaciones bávaras de Ingolstadt, Eichstätt y Frisinga, más unos pocos miembros en Múnich.[6] Pero a comienzos de la década de 1780 la red de los Illuminati se extendía por gran parte de Alemania. Asimismo, una impresionante lista de príncipes alemanes se habían unido a la asociación: Fernando, príncipe de Brunswick-Lüneburg-Wolfenbüttel; Carlos, príncipe de Hesse-Cassel; Ernesto II, duque de Sajonia-Coburgo-Altenburgo, y Carlos Augusto, gran duque de Sajonia-Weimar-Eisenach;[7] además de decenas de nobles como Franz Friedrich von Ditfurth, y la figura emergente del clero renano, Carl Theodor von Dalberg.[8] Otros miembros de la orden actuaban como consejeros de muchos de los Illuminati más exaltados.[9] También hubo intelectuales que se convirtieron en Iluminados, en particular el erudito Johann Wolfgang Goethe, los filósofos Johann Gottfried Herder y Friedrich Heinrich Jacobi, el traductor Johann Joachim Christoph Bode y el pedagogo suizo Johann Heinrich Pestalozzi.[10] Aunque él no llegó a unirse a la orden, el dramaturgo Friedrich Schiller basó su personaje Posa, el revolucionario republicano que aparece en su Don Carlos (1787), en un destacado miembro de la asociación.[11] Asimismo, hay quien ha detectado la influencia del iluminismo en la ópera La flauta mágica (1791) de Wolfgang Amadeus Mozart.[12]

Pese a ello, en junio de 1784 el Gobierno bávaro promulgó el que sería el primero de tres edictos que en la práctica suponían la prohibición de los Illuminati, a los que condenaba por «traidores y hostiles a la religión».[13] Se creó una comisión investigadora encargada de purgar a sus miembros de la burocracia y el ámbito académico. Algunos huyeron de Baviera; otros perdieron su trabajo o fueron desterrados, y al menos a dos los encarcelaron. El propio fundador de la orden tuvo que buscar refugio en Gotha. A todos los efectos, a finales de 1787 los Illuminati habían dejado de actuar. Sin embargo, su mala fama les sobreviviría largo tiempo. Al rey Federico Guillermo II de Prusia le advirtieron de que los Illuminati seguían constituyendo una fuerza peligrosamente subversiva en toda Alemania. En 1797, el eminente físico escocés John Robison publicó una obra titulada Pruebas de una conspiración contra todas las religiones y gobiernos de Europa, fraguada en las reuniones secretas de los francmasones, los Illuminati y los clubes de lectura, en la que el autor afirmaba que, «en el curso de cincuenta años, con el engañoso pretexto de iluminar el mundo con la antorcha de la filosofía y disipar las nubes de la superstición religiosa y civil», una «asociación» había estado «esforzándose de manera celosa y sistemática, hasta llegar a hacerse casi irresistible», con el objetivo de «ERRADICAR TODAS LAS INSTITUCIONES RELIGIOSAS Y DERROCAR A TODOS LOS GOBIERNOS ACTUALES DE EUROPA». Para Robison, la culminación de los esfuerzos de la asociación había sido nada menos que la Revolución francesa. En su Memoria para servir a la historia del Jacobinismo,(2) publicada también en 1797, un exjesuita francés llamado Augustin de Barruel formulaba la misma denuncia: «Hasta los actos más horribles perpetrados durante la Revolución francesa, todo estaba previsto y decidido, estaba acordado y premeditado [...] fruto de una villanía profundamente meditada». Los propios jacobinos —sostenía Barruel— eran los herederos de los Illuminati. Aquellas acusaciones —que se ganarían los elogios de Edmund Burke—[14] no tardaron en llegar a Estados Unidos, donde fueron adoptadas, entre otros, por Timothy Dwight, el entonces rector de Yale.[15] Durante gran parte de los siglos XIX y XX, los Illuminati desempeñaron un involuntario papel como protoconspiradores en lo que Richard Hofstadter, en una memorable expresión, denominaría el «estilo paranoico» de la política estadounidense, cuyos representantes afirmaban de manera invariable estar defendiendo a los desposeídos frente a una «red conspirativa internacional vasta, insidiosa y prodigiosamente eficaz diseñada para perpetrar actos de la más diabólica naturaleza».[16] Por mencionar solo dos ejemplos, los Illuminati aparecieron tanto en la literatura anticomunista de la Sociedad John Birch como en el libro El nuevo orden mundial (1991) del cristiano conservador Pat Robertson.[17]

El mito de los Illuminati ha persistido hasta la actualidad. Es cierto que algunas de las obras inspiradas en la orden han sido manifiestamente de ficción, en especial la trilogía Illuminatus publicada en la década de 1970 por Robert Shea y Robert Anton Wilson, la novela de Umberto Eco El péndulo de Foucault (1988), la película Lara Croft: Tomb Raider (2001) y el thriller de Dan Brown Ángeles y demonios (2000).[18] Lo que resulta más difícil de explicar es la creencia generalizada de que los Illuminati existen de verdad y hoy son tan poderosos como su fundador pretendía. Desde luego, hay varias páginas web que afirman representarlos, pero ninguna presenta un aspecto demasiado profesional.[19] Aun así, se ha afirmado que varios presidentes estadounidenses han sido miembros de la orden, incluidos no solo John Adams y Thomas Jefferson,[20] sino también Barack Obama.[21] Un tocho bastante típico en ese sentido (la producción del género es enorme) describe a los Illuminati como una «Élite de Poder superrica que ambiciona crear una sociedad de esclavos»:

Los Illuminati son dueños de todos los bancos internacionales, las compañías petrolíferas, las empresas más poderosas de la industria y el comercio, se hallan infiltrados en la política y la educación, y son dueños de la mayoría de los gobiernos, o al menos los controlan. Incluso son dueños de Hollywood y de la industria musical [...]. Los Illuminati dirigen también el sector del tráfico de drogas [...]. Los principales candidatos a la presidencia son elegidos minuciosamente de entre los linajes ocultos de las trece familias Illuminati [...]. El principal objetivo es crear un Gobierno Mundial Único, con ellos en la cúspide para someter al mundo a la esclavitud y la dictadura [...]. Pretenden crear una «amenaza exterior», una falsa Invasión Alienígena, a fin de que los países de este mundo se muestren dispuestos a unirse como UNO.

La versión clásica de la teoría de la conspiración vincula a los Illuminati con la familia Rothschild, la Mesa Redonda, el Grupo Bilderberg y la Comisión Trilateral, sin olvidar al gestor de fondos de cobertura, patrocinador político y filántropo George Soros.[22] Un número extraordinariamente elevado de personas creen en esas teorías o, cuando menos, se las toman en serio.[23] Algo más de la mitad (el 51 por ciento) de una muestra de mil estadounidenses encuestados en 2011 se mostraban de acuerdo con la afirmación de que «gran parte de lo que ocurre actualmente en el mundo lo decide un pequeño grupo secreto de personas».[24] Al menos la cuarta parte de otra muestra de mayor tamaño, esta de 1.935 estadounidenses, coincidía en que «la crisis financiera actual fue secretamente orquestada por un pequeño grupo de banqueros de Wall Street para ampliar el poder de la Reserva Federal y aumentar su control de la economía mundial».[25] Y casi uno de cada cinco (el 19 por ciento) estaba de acuerdo en que «el multimillonario George Soros se halla detrás de una trama oculta para desestabilizar al Gobierno estadounidense, controlar los medios de comunicación y someter el mundo a su control».[26] Asimismo, toda una serie de populares teóricos de la conspiración, como Alex Jones, suelen vincular al propio Soros con los Illuminati.[27] Puede que resulte demencial, pero esa misma demencia atrae a más de un elemento marginal. Los autores de un reciente estudio académico sobre la prevalencia de las teorías de la conspiración concluían que

la mitad de la población estadounidense apoya al menos una [teoría de la] conspiración [...]. Lejos de ser una expresión aberrante de algún extremo político o el producto de una burda desinformación, la visión conspirativa de la política es una tendencia generalizada en todo el espectro ideológico [...]. Muchos de los sistemas de creencias predominantes en Estados Unidos, ya sean los discursos cristianos sobre Dios y Satán [...] o los discursos izquierdistas sobre el neoliberalismo [...], se basan en gran medida en la idea de que unas fuerzas invisibles configuran de manera intencionada los acontecimientos contemporáneos.[28]

imagen

FIGURA 1. «La conspiración para dominar el mundo.»

Tampoco es que este sea un fenómeno exclusivo de Estados Unidos. En la época de la guerra de Irak, una parte significativa de la población alemana había llegado a creer que la responsabilidad de los atentados del 11-S correspondía a una serie de «redes de intereses creados sumamente interconectadas, pero a la vez descentralizadas y desterritorializadas, que no son necesariamente el producto de la intencionalidad individual o colectiva...».[29] También en Gran Bretaña y Austria un elevado número de votantes parecen creer en las teorías de la conspiración, incluso en las inventadas por los investigadores.[30] Los escritores rusos se sienten atraídos de manera especial por las teorías que se refieren a conspiraciones lideradas por Estados Unidos,[31] aunque ninguna parte del globo puede compararse al mundo musulmán, donde el «conspiracionismo» ha aumentado de forma galopante desde el 11-S.[32] Estas creencias pueden tener consecuencias trágicas. Un teórico de la conspiración estadounidense, Milton William Cooper, murió tiroteado cuando se resistía al arresto por evasión fiscal y delito con armas de fuego; había basado su resistencia a la autoridad en la creencia de que el Gobierno federal se hallaba controlado por los Illuminati.[33] A juzgar por las estadísticas globales sobre el terrorismo y sus motivaciones, los musulmanes que creen en un complot americano-sionista contra su religión son bastante más propensos que los «conspiranoicos» estadounidenses a recurrir a la violencia.

La historia de los Illuminati ilustra el problema fundamental de escribir sobre las redes sociales,(3) sobre todo de aquellas que pretenden mantenerse en secreto. Dado que se trata de un tema que atrae a toda clase de chiflados, a los historiadores profesionales les resulta difícil tomárselo en serio; incluso a aquellos que deben afrontar el problema de que las redes pocas veces disponen de archivos fácilmente accesibles. Los archiveros bávaros conservaron registros documentales de la campaña emprendida contra los Illuminati, incluidos los documentos originales incautados a miembros de la orden, pero solo en fecha muy reciente los investigadores han editado de manera sistemática —y extremadamente laboriosa— la correspondencia y los reglamentos que se conservan de los Illuminati, que habían terminado en toda una serie de lugares distintos, entre ellos diversos archivos de logias masónicas.[34] Este tipo de obstáculos explica por qué un eminente historiador de Oxford insistía en que solo podía escribir «sobre lo que se ha creído y dicho acerca de las sociedades secretas, y no sobre estas propiamente dichas».[35] Pero ningún caso ilustra mejor la importancia histórica de las redes que el de los Illuminati. En sí mismo no fue un movimiento significativo. Obviamente, no provocó la Revolución francesa; ni siquiera llegó a causar un verdadero problema en Baviera. Pero sus miembros acabaron por ser importantes porque su reputación se hizo viral en un momento en que la perturbación política generada por la Ilustración —el logro de una red enormemente influyente de intelectuales— alcanzaba su culminación revolucionaria en ambas orillas del Atlántico.

El presente volumen pretende encontrar una vía intermedia entre la historiografía dominante, que ha tendido a subestimar la importancia de las redes, y los teóricos de la conspiración, que por lo general la exageran. Propone un nuevo discurso histórico en que una serie de grandes cambios —que se remontan a la Era de los Descubrimientos y la Reforma, si no a una época anterior— pueden entenderse, en esencia, como retos perturbadores planteados por diversas redes a las jerarquías establecidas. También supone un reto a los confiados supuestos que hoy formulan algunos analistas acerca de que hay algo intrínsecamente benigno en la perturbación del orden jerárquico por parte de las redes. Y tiene en cuenta la experiencia de los siglos XIX y XX a la hora de identificar las diversas formas en que las energías revolucionarias transmitidas por las redes pueden verse refrenadas.

cap-4

2

Nuestra era interconectada

Parece ser que hoy las redes están por todas partes. En la primera semana de 2017, el New York Times publicó 136 noticias en que aparecía la palabra «red» (o alguno de sus sinónimos): network, en inglés. En poco más de una tercera parte de ellas se hacía referencia a «redes» —es decir, cadenas— de televisión, luego había doce sobre redes informáticas y otras diez sobre diversos tipos de redes políticas; pero también había noticias sobre redes de transporte, redes financieras, redes terroristas y redes asistenciales, por no mencionar las redes sociales, educativas, criminales, telefónicas, radiofónicas, eléctricas y de inteligencia. Leer esto es contemplar un mundo donde, como dice el cliché, «todo está conectado». Unas redes unen a militantes, otras conectan a médicos, algunas vinculan cajeros automáticos. Hay una red oncológica, una red yihadista, una red de amigos de las orcas... Algunas de ellas —que suelen recibir el calificativo de «vastas»—[1] son internacionales, mientras que otras lo son de ámbito regional; algunas son etéreas, otras subterráneas. Hay redes de corrupción, redes de túneles, redes de espionaje..., incluso existe una red de partidos de tenis amañados. Los detractores de las redes luchan contra sus defensores. Y toda esta información está incansablemente cubierta por redes de comunicaciones terrestres, por cable y por satélite.

En la novela Casa desolada la niebla era omnipresente. Hoy en día son las redes e interacciones las que, por tomar prestada la expresión de Dickens, están río arriba y río abajo. «La alternativa a la interrelación profesional es el fracaso», leemos en la Harvard Business Review.[2] «Una de las razones clave por las que las mujeres van a la zaga en cuestión de liderazgo —se afirma en la misma revista— es que son menos propensas a disponer de extensas redes de interrelación que las apoyen y promuevan como líderes potenciales.»[3] Otro artículo de la citada revista revela que «los gestores de carteras de fondos de inversión concentraron mayores apuestas en las empresas con las que se hallaban vinculados a través de una red educativa», y que aquellas inversiones dieron un rendimiento superior(4) a la media.[4] Sin embargo, no todo el mundo podría inferir de ello que las redes masculinas de «amiguetes» son una fuerza benéfica, digna de emulación por las chicas. En el mundo de las finanzas, algunas «redes de expertos» han resultado ser canales de transmisión de información privilegiada o de manipulación de los tipos de interés.[5] También se ha culpado a las redes de la crisis financiera mundial de 2008: en concreto, a la red cada vez más compleja que convirtió los bancos del mundo en un sistema global de transmisión y amplificación de las pérdidas de las denominadas hipotecas subprime, o «hipotecas basura».[6] A algunos el mundo descrito por Sandra Navidi en Superhubs puede parecerles glamuroso. En palabras de la autora, unos «pocos elegidos —la autora nombra solo a veinte personas— controlan el más exclusivo y potente de los activos: una red única de relaciones personales que se extiende por todo el globo». Esas relaciones se forjan y mantienen en un número aún más pequeño de instituciones: el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), Goldman Sachs, el Foro Económico Mundial, tres entidades filantrópicas —entre ellas la Iniciativa Global Clinton— y el restaurante neoyorquino Four Seasons.[7] Sin embargo, uno de los mensajes clave de la exitosa campaña electoral de Donald J. Trump en 2016 fue que aquellos eran los mismos «intereses especiales globales» que se ocultaban tras «la fallida y corrupta clase política» personificada por Hillary Clinton, la candidata a la que acabaría derrotando.[8]

Sin embargo, ningún análisis de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 sería completo sin analizar el papel desempeñado por las redes mediáticas, desde Fox News hasta Facebook y Twitter, la red preferida del candidato victorioso.(5) Una de las muchas ironías de esos comicios fue el hecho de que la campaña de Trump —basada en las redes— dirigiera gran parte de su artillería contra la red elitista de Clinton, una red de la que el propio Trump formara parte una vez, tal como atestigua la presencia de los Clinton en su tercera boda. Solo unos años antes de las elecciones, una entidad denominada The Trump Network —creada en 2009 para vender productos tales como suplementos vitamínicos con el respaldo del magnate— había ido a la quiebra. Y en caso de haber perdido las elecciones, el empresario tenía previsto poner en marcha una cadena de televisión llamada Trump TV. Una de las numerosas razones por las que no perdió los comicios fue porque la red de inteligencia rusa hizo lo posible por deteriorar la reputación de su rival, utilizando el sitio web WikiLeaks y el canal de televisión RT como principales instrumentos. Según se lee en un informe parcialmente desclasificado de las agencias de inteligencia estadounidenses, «en 2016 el presidente ruso Vladímir Putin ordenó realizar una campaña de influencia» que pretendía «denigrar a la secretaria Clinton y mermar sus posibilidades de ser elegida presidenta», lo que reflejaba la «clara preferencia» del Kremlin por Trump. De acuerdo con el informe, en julio de 2015 «la inteligencia rusa obtuvo acceso a las redes del Comité Nacional Demócrata (CND) y mantuvo dicho acceso al menos hasta el mes de junio de 2016», mientras iba publicando sistemáticamente en WikiLeaks los correos electrónicos que obtenía. Al mismo tiempo, la «maquinaria propagandística estatal de Rusia (integrada por su aparato mediático nacional, varios medios como RT y Sputnik dirigidos a un público global y toda una red de troles de naturaleza cuasigubernamental) colaboró en la campaña de influencia actuando como plataforma para transmitir mensajes del Kremlin tanto al público ruso como internacional».[9]

No obstante, otra de las razones por las que ganó Trump fue que la red terrorista islamista conocida como Estado Islámico llevó a cabo varios atentados en los doce meses anteriores a las elecciones, entre ellos dos en Estados Unidos (en San Bernardino y Orlando). Dichos atentados vinieron a reforzar el atractivo de las promesas de Trump de «sacar a la luz», «desarticular» y «eliminar una a una [...] las redes de apoyo al islam radical en este país» y «desmantelar por completo la red de terror global de Irán».[10]

En definitiva, pues, vivimos en la «Era de la Red».[11] Joshua Ramo la ha denominado «la era del poder en red».[12] Adrienne Lafrance prefiere «la era del entramado».[13] Parag Khanna incluso propone una nueva disciplina, la «conectografía», para cartografiar «la Revolución Global de las Redes».[14] «La sociedad red —en expresión de Manuel Castells— representa un cambio cualitativo en la experiencia humana.»[15] Las redes están transformando la esfera pública y, con ella, la propia democracia.[16] Pero ¿para bien o para mal? «La actual tecnología de redes [...] realmente favorece a los ciudadanos», escriben Jared Cohen y Eric Schmidt, de Google. «Nunca antes había habido tantas personas conectadas a través de una red que responde de manera instantánea», con consecuencias auténticamente «innovadoras» para la política en todas partes.[17] Una visión alternativa es que las empresas globales como Google ejercen de manera sistemática un «dominio estructural» al explotar las redes para erosionar la soberanía nacional y la política colectivista que la hace posible.[18]

Cabe formularse la misma pregunta con respecto al efecto de las redes en el sistema internacional: ¿para bien o para mal? En opinión de Anne-Marie Slaughter, tiene sentido reconfigurar la política global combinando el tradicional «tablero» de la diplomacia interestatal con la nueva «red [web] [...] de redes», explotando las ventajas de este último (como la transparencia, la adaptabilidad y la escalabilidad).[19] Los estadistas del futuro, afirma la autora, serán «actores en red que ostentarán el poder y ejercerán el liderazgo junto con los gobiernos» mediante «estrategias de conexión».[20] Parag Khanna aguarda con impaciencia y fruición un «mundo de redes de suministro» donde las corporaciones globales, las megaciudades, las «aerotrópolis» y las «comunidades regionales» compitan en un constante pero esencialmente pacífico «tira y afloja» por la ventaja económica similar a un «enorme juego multinivel».[21] Sin embargo, resulta dudoso —no solo a Joshua Ramo, sino también a su mentor, Henry Kissinger— que tales tendencias tengan probabilidades de mejorar la estabilidad global. Este último escribía:

La omnipresencia de las comunicaciones en red en los sectores social, financiero, industrial y militar ha [...] transformado por completo sus puntos débiles. Superando la mayoría de las normas y regulaciones (y de hecho la comprensión técnica de muchos reguladores), en algunos aspectos ha creado el estado de naturaleza [...] cuya vía de escape, para Hobbes, proporcionaba la fuerza motivadora para la creación de un orden político [...]. Las relaciones entre las ciberpotencias incorporan cierta [a]simetría y una especie de desorden mundial congénito tanto a nivel diplomático como estratégico [...]. Ante la falta de articulación de algunas normas de conducta internacional, la dinámica interna del sistema generará una crisis.[22]

Si es cierto que ya ha empezado la «primera ciberguerra mundial», como afirman algunos, entonces se trata de una guerra entre redes.[23]

La perspectiva más alarmante de todas es que en última instancia una red global única vuelva superfluo al Homo sapiens y, en consecuencia, provoque su extinción. En Homo Deus, Yuval Harari sostiene que la era de las «redes de cooperación masiva» a gran escala basadas en el lenguaje escrito, el dinero, la cultura y la ideología —productos de las redes neuronales humanas, basadas a su vez en el carbono— está dando paso a una nueva Era de la Red de ordenadores, basados en el silicio, basadas a su vez en algoritmos. En esa red global, no tardaremos en descubrir que somos prácticamente tan importantes para los algoritmos como los animales lo son en la actualidad para nosotros. Desconectarse de la red significará la muerte del individuo, puesto que será aquella la que se encargará de mantener nuestra salud las veinticuatro horas del día. Pero permanecer conectados supondrá en última instancia la extinción de la especie: «Los cánones que nosotros mismos hemos consagrado nos condenarán a unirnos a los mamuts y los delfines de río chinos sumiéndonos como ellos en el olvido».[24] Basándose en la sombría evaluación que hace Harari del pasado humano, eso parece ser justo lo que nos merecemos.[25]

Estas páginas tratan más del pasado que del futuro; o, para ser exactos, es un libro que pretende saber del futuro sobre todo estudiando el pasado, en lugar de entregarse a las fantasías o la proyección fortuita de tendencias recientes. Hay quienes dudan (en especial en Silicon Valley) de que la historia tenga mucho que enseñarles en un momento de tan rápida innovación tecnológica como el actual.[26] De hecho, gran parte del debate que aquí acabo de resumir presupone que las redes sociales son algo nuevo y que su actual ubicuidad constituye un fenómeno sin precedentes. Eso es un error. Por más que hablemos sin parar de dichas redes, la realidad es que la mayoría de nosotros solo poseemos un conocimiento muy limitado de cómo funcionan y casi no tenemos ni idea de su origen. Ignoramos en gran medida hasta qué punto están generalizadas en el mundo natural, el papel clave que han desempeñado en nuestra evolución como especie y en qué grado forman parte integrante del pasado humano. Como resultado, tendemos a subestimar la importancia de las redes en el pasado y a suponer erróneamente que la historia no tiene nada que enseñarnos al respecto.

Es cierto que nunca ha habido redes tan grandes como las que podemos observar en el mundo actual. Ni los flujos de información —o, para el caso, las enfermedades— se han transmitido con tanta rapidez. Pero la envergadura y la velocidad no lo son todo. Nunca podremos dar sentido a las vastas y veloces redes de nuestra propia época —o, más en concreto, no tendremos ni la menor idea de si la Era de la Red será gozosamente emancipadora o espantosamente anárquica— si no estudiamos las redes, más lentas y pequeñas, del pasado. Y ello porque también estas eran ubicuas. Y a veces, de hecho, muy poderosas.

cap-5

3

Redes, redes por todas partes

El mundo natural está hecho, en una desconcertante medida, de «redes optimizadas y ramificadas que llenan el espacio» —en palabras del físico Geoffrey West—, que van desde el sistema circulatorio humano hasta un hormiguero, todas las cuales han evolucionado para distribuir energía y materiales entre depósitos macroscópicos y sitios microscópicos separados por la sorprendente cifra de 27 órdenes de magnitud. Los sistemas circulatorio, respiratorio, renal y nervioso de los animales son todos ellos redes naturales. También lo son los sistemas vasculares de las plantas y las redes microtubulares y mitocondriales del interior de las células.[1] El cerebro del gusano nematodo Caenorhabditis elegans es la única red neuronal que ha logrado cartografiarse de manera exhaustiva hasta la fecha, pero con el tiempo otros cerebros más complejos serán objeto del mismo tratamiento.[2] Desde los cerebros de los gusanos hasta las cadenas tróficas (o las «redes tróficas»), la biología moderna encuentra redes en todos los niveles de la vida en la Tierra.[3] La secuenciación del genoma ha revelado una «red de regulación génica» cuyos «nodos son genes y cuyos eslabones son cadenas de reacciones».[4] También el delta de un río es una red, como cartografiaban nuestros atlas de la escuela. Los tumores forman asimismo redes.

Algunos problemas solo pueden resolverse mediante el análisis de redes. Los científicos que trataron de explicar las masivas floraciones de algas que hubo en 1999 en la bahía de San Francisco tuvieron que cartografiar toda la red de la vida marina antes de poder identificar la verdadera causa. Hizo falta una cartografía similar de las redes neuronales para establecer que en el hipocampo es donde reside la memoria humana.[5] La velocidad con que se propaga una enfermedad infecciosa tiene tanto que ver con la estructura reticular de la población expuesta, como con la virulencia de la propia enfermedad, según puso de manifiesto hace veinte años una epidemia que se produjo entre adolescentes en el condado de Rockdale, en Georgia.[6] La existencia de unos cuantos núcleos estrechamente conectados hace que la propagación de la enfermedad aumente de manera exponencial después de una fase inicial de crecimiento lento.[7] En otras palabras, si el «número básico de reproducción» (cuántas personas nuevas son infectadas por un individuo infectado medio) es superior a uno, una enfermedad se convierte en endémica; si es inferior, tiende a desaparecer. Pero ese número básico de reproducción viene determinado por la estructura de la red a la que infecta no menos que por la virulencia inherente a la enfermedad.[8] Las estructuras de la red también pueden condicionar la velocidad y la precisión con que se diagnostica una enfermedad.[9]

En la prehistoria, los Homo sapiens evolucionamos como un mono cooperativo, con una capacidad única de interrelación —es decir, de comunicarnos y actuar colectivamente— que nos diferenciaba de los demás animales. En palabras del biólogo evolucionista Joseph Henrich, no somos simplemente chimpancés con menos pelo y el cerebro más grande; el secreto de nuestro éxito como especie «reside [...] en los cerebros colectivos de nuestras comunidades».[10] A diferencia de los chimpancés, nosotros aprendemos en un contexto social, mediante el ejemplo y el hecho de compartir. Según el antropólogo evolucionista Robin Dunbar, nuestro mayor cerebro, con su neocórtex más desarrollado, evolucionó para permitirnos funcionar en grupos sociales relativamente grandes de alrededor de 150 individuos (frente a solo unos cincuenta en el caso de los chimpancés).[11] De hecho, nuestra especie debería conocerse en realidad como Homo dictyous («hombre en red»), puesto que —por citar a los sociólogos Nicholas Christakis y James Fowler— «nuestros cerebros parecen haberse construido para las redes sociales».[12] El término acuñado por el etnógrafo Edwin Hutchins a fin de expresar eso mismo era «cognición distribuida». Nuestros primeros ancestros eran «forrajeadores que colaboraban por obligación» y que llegaron a hacerse mutuamente interdependientes para encontrar alimento, refugio y calor.[13] Es probable que el desarrollo del lenguaje hablado, así como los avances asociados a la capacidad y la estructura cerebral, formaran parte de ese mismo proceso, evolucionando a partir de prácticas propias de los monos, como la conducta de acicalamiento.[14] Lo mismo podría decirse de actividades como el arte, la danza y el ritual.[15] Como sostienen los historiadores William H. McNeill y J. R. McNeill, la primera «red mundial» surgió en realidad hace unos doce mil años. El hombre, con su incomparable red neural, nació para interrelacionarse.

imagen

FIGURA 2. Una red trófica parcial de la «Plataforma de Nueva Escocia», en el noroeste del Atlántico. Las flechas van de las especies presa a las especies depredadoras.

Las redes sociales, pues, son las estructuras que forman los seres humanos de manera natural, empezando por el propio conocimiento y las diversas formas de representación que utilizamos para comunicarnos, además, como es obvio, de los árboles genealógicos a que todos necesariamente pertenecemos, por más que solo algunos de nosotros poseamos un conocimiento detallado de nuestra genealogía. Las redes incluyen asimismo las pautas de asentamiento, migración y mestizaje que han distribuido a nuestra especie por toda la superficie terrestre, así como los innumerables cultos y modas que producimos de manera periódica con una mínima premeditación y liderazgo. Como veremos, las redes sociales se presentan en toda clase de formas y tamaños, desde las más exclusivas sociedades secretas hasta los movimientos en defensa del software de código abierto. Algunas tienen un carácter autoorganizado y espontáneo; otras son más sistemáticas y estructuradas. Lo que ha sucedido (a partir de la invención del lenguaje escrito) es que las nuevas tecnologías han facilitado nuestra antigua necesidad innata de interrelación.

Sin embargo, hay aquí un enigma. Durante la mayor parte de la historia escrita, las jerarquías dominaron las redes en su envergadura y alcance. Hombres y mujeres se organizaron de manera mayoritaria en estructuras jerárquicas, con el poder concentrado en la cúspide en manos de un jefe, señor, rey o emperador. En cambio, la red del individuo medio tenía un alcance raquítico. El campesino típico —que más o menos es lo que han sido la mayoría de los seres humanos durante la mayor parte de la historia escrita— se veía confinado a un pequeño grupo llamado «familia», dentro de un grupo ligeramente superior llamado «aldea», casi sin vínculos con el resto del mundo. Así han vivido la mayoría de los seres humanos hasta hace tan solo cien años. Aún hoy, los habitantes de las aldeas indias están, en el mejor de los casos, conectados en una especie de «mosaico social [...] una unión de pequeñas camarillas donde cada una de ellas tiene justo el tamaño suficiente para sustentar la cooperación de todos sus miembros y donde todas las camarillas están ligadas entre sí».[16] En tales comunidades aisladas desempeñan un papel clave los individuos que actúan como «centros de difusión», conocidos comúnmente como «correveidiles».[17]

Las redes tradicionales de ámbito reducido eran tan opresivas que algunas personas preferían retirarse a un completo aislamiento. La canción de Robert Burns «Naebody» (forma arcaica del inglés nobody, «nadie») celebra la autosuficiencia como una especie de desafiante desconexión:

Tengo a mi propia esposa,

no la compartiré con nadie;

nadie me pondrá los cuernos,

ni yo se los pondré a nadie.

 

Tengo un penique para gastar,

pues no se lo debo a nadie;

no tengo nada que prestar,

ni tomaré prestado de nadie.

 

Ni de nadie soy señor,

ni seré esclavo de nadie;

tengo una buena y ancha espada,

no recibiré tajos de nadie.

 

Viviré alegre y feliz,

no me entristeceré por nadie;

no hay nadie que cuide de mí,

y yo tampoco cuido de nadie.

Desde el Llanero Solitario hasta el Montañero Errante,(6) estos individuos aislados han sido héroes recurrentes de las películas del Oeste. En el filme de los hermanos Coen Sangre fácil (1984), el narrador vive en un mundo de un individualismo desenfrenado y brutal. «¡Adelante, quéjate! ¡Cuéntale tus problemas a tu vecino, pídele ayuda... y lo verás salir corriendo! Ahora en Rusia se lo han montado para que todo el mundo apoye a los demás; al menos en teoría. Pero lo que yo conozco es Texas. Y aquí [...] estás completamente solo.»[18]

Sin embargo, un individualismo tan desenfrenado es la excepción, no la regla. Como decía el poeta John Donne en un memorable párrafo de sus Devociones:

Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo; todo hombre es un fragmento del continente, una parte de la tierra firme. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda mermada, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque formo parte de la humanidad; por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.

En realidad el hombre es un animal social, y el misántropo se ve rechazado a la vez que rechaza. El enigma radica en por qué y cómo nosotros, maestros de la interrelación por naturaleza, hemos sido tanto tiempo esclavos de jerarquías verticalmente estructuradas y rígidamente institucionalizadas.

La palabra «jerarquía» deriva del griego antiguo ἱεραρχία (hierarchía) —literalmente, el «mando de un sumo sacerdote»—, y en origen se utilizó para describir los órdenes celestiales de los ángeles y, de manera más general, para aludir a un orden estratificado de gobierno espiritual o temporal. En cambio, casi hasta el siglo XVI el término «red» no significó otra cosa que una malla tejida de hilo entrelazado. En inglés, Shakespeare utiliza de vez en cuando las palabras net y web en sentido metafórico —por ejemplo, el complot de Yago contra Otelo es una «red [net] que nos enredará a todos»—, pero el término actual, network, no aparece en ninguna de sus obras.[19] Los científicos de los siglos XVII y XVIII supieron discernir que en la naturaleza había redes —desde las telas de araña hasta el sistema circulatorio humano de venas y arterias—, pero solo en el siglo XIX empezó a utilizarse el término de forma más metafórica, por los geógrafos e ingenieros a la hora de describir vías fluviales y férreas, y por los escritores para aludir a las relaciones entre las personas. El poeta Coleridge (1817) hablaba de una «red de propiedad»; el historiador Freeman (1876), de una «red de tenencias feudales».[20] Aun así, y por seguir con el ejemplo de la lengua inglesa, más o menos hasta 1880 los libros publicados en inglés tenían más probabilidades de contener la palabra «jerarquía» que la palabra «red» (véase la figura 3). En retrospectiva, es posible someter las relaciones políticas y sociales descritas en la novela de Anthony Trollope Phineas Finn (1869) a un análisis de redes,[21] pero la palabra «red» no aparece ni una sola vez en ese texto. Solo a finales del siglo XX empezaron a proliferar las «redes»: primero las de transporte y eléctricas; luego las telefónicas y de televisión, y por último las informáticas y las redes sociales online. En el caso concreto del inglés hubo una ulterior evolución del término, ya que a partir de 1980 comenzó a utilizarse también la palabra network en función verbal (con el gerundio networking) para aludir a la interrelación social ejercida intencionadamente con fines profesionales.(7)

43617.jpg

FIGURA 3. N-grama de Google de la frecuencia de aparición de las palabras network («red») y hierarchy («jerarquía») en publicaciones en lengua inglesa entre 1800 y 2000.

cap-6

4

¿Por qué las jerarquías?

El turista que visita Venecia debería reservarse una tarde para hacer una excursión a la encantadora y lánguida isla de Torcello. Allí, en la catedral de Santa Maria Assunta, se halla un perfecto ejemplo de lo que entendemos por jerarquía (véase la lámina 1): un mosaico del siglo XI que representa el Juicio Final en cinco niveles, con Cristo en la cúspide y los fuegos del infierno en la parte inferior.

Así es más o menos como la mayoría de la gente concibe las jerarquías: a la manera de organizaciones verticalmente estructuradas caracterizadas por un mando, control y comunicación centralizados y descendentes. Desde una perspectiva histórica, empiezan con los clanes y tribus basados en la estructura familiar, a partir de los cuales (o a pesar de los cuales) evolucionaron otras instituciones más complicadas y estratificadas, con una división y una clasificación de trabajos de carácter formal.[1] Entre las diversas variantes de jerarquía que proliferaron en el periodo premoderno figuran las ciudades-estado estrictamente reguladas y dependientes del comercio, y otros estados de mayor tamaño, en su mayoría monárquicos, basados en la agricultura; los cultos religiosos de estructura centralizada conocidos como «iglesias»; los ejércitos y burocracias de los estados; los gremios que se encargaban de controlar el acceso a las profesiones cualificadas; las corporaciones autónomas que desde comienzos del periodo moderno tratarían de explotar las economías de gama y de escala internalizando ciertas transacciones de mercado; las corporaciones académicas como las universidades y los gigantescos estados transnacionales conocidos como «imperios».

El incentivo crucial que favoreció el orden jerárquico fue que este hacía más eficiente el ejercicio del poder: el control centralizado en manos del «gran hombre» eliminaba, o cuando menos reducía, las prolongadas discusiones en torno a qué hacer, que en cualquier momento podían avivarse y derivar en un conflicto interno.[2] Según el filósofo Benoît Dubreuil, delegar el poder judicial y penal —el poder para castigar a los transgresores— en un individuo o una élite era la solución óptima para las sociedades predominantemente agrarias que requerían que la mayoría de la gente se limitara a callar y deslomarse en los campos.[3] Peter Turchin, en cambio, prefiere hacer hincapié en el papel de la guerra, argumentando que las transformaciones de la tecnología militar alentaron la difusión de estados y ejércitos organizados de manera jerárquica.[4]

Además, el absolutismo podía ser una fuente de cohesión social. «Hay un hilo invisible, como una tela de araña, y viene directamente del corazón de su majestad imperial Alejandro III —le explicaba el policía zarista Nikiforich al joven Maksim Gorki en torno a 1890—. Y hay otro que pasa por todos los ministros, a través de su excelencia el gobernador, y desciende atravesando todos los rangos hasta alcanzarme a mí y aun al más humilde de los soldados. Todo está atado y conectado por este hilo [...] con su poder invisible.»[5] Gorki vivió para ver cómo Stalin convertía ese hilo invisible en unos cables de acero de control social que superarían los sueños más descabellados de los zares.

Pero también el defecto de la autocracia resulta evidente. Ningún individuo, por mucho talento que posea, tiene la capacidad de afrontar por sí solo todos los retos del Gobierno imperial, y casi ninguno es capaz de resistirse a las tentaciones corruptoras del poder absoluto. Las críticas al Estado jerárquico han sido tanto de índole política como económica. Desde el siglo XVIII, el mundo occidental fue adoptando —aunque con algunos contratiempos— una visión de la democracia más positiva que la de los teóricos políticos antiguos y renacentistas, o cuando menos una perspectiva más positiva de un gobierno limitado por tribunales independientes y alguna forma de órgano de representación. Aparte del atractivo intrínseco de la libertad política, los sistemas de gobierno de carácter más abierto parecen ir asociados a un desarrollo económico más sostenido.[6] También son más capaces de hacer frente a la complejidad derivada del crecimiento demográfico y el avance de las tecnologías. Y asimismo son menos vulnerables a la decapitación: cuando gobierna un solo hombre, su asesinato puede hacer que todo el sistema jerárquico se venga abajo. Al mismo tiempo, desde Adam Smith diversos economistas han argumentado que el orden espontáneo del libre mercado es intrínsecamente mejor a la hora de asignar los recursos que un monopolista privado o un gobierno demasiado poderoso.

En la práctica, como es obvio, gran parte de los gobernantes autocráticos de la historia han dejado una considerable porción de poder al mercado, aunque hayan podido regular, gravar y de vez en cuando interrumpir sus operaciones. De ahí que en el arquetipo medieval de la ciudad de comienzos del periodo moderno (como en el caso, por ejemplo, de la ciudad toscana de Siena) la torre que representa al poder secular se alza justo al lado de (y, de hecho, ensombrece a) la plaza donde se realizan las transacciones mercantiles y otras formas de intercambio público (véase la lámina 6). Por tanto, sería un error estar de acuerdo con Friedrich Hayek en su concepción de una simple dicotomía entre el Estado y el mercado; no solo porque el Gobierno define el marco jurídico dentro del que opera el mercado, sino también porque —como argumentaba el malogrado Max Boisot— los mercados y las burocracias en sí mismos son solo tipos ideales de redes de intercambio de información, como los clanes o los feudos.[7]

En cambio, las redes informales son distintas. En tales redes, según el sociólogo organizacional Walter Powell, «las transacciones no se producen ni a través de intercambios discretos ni por sanción administrativa, sino mediante redes de individuos involucrados en acciones recíprocas preferenciales que se refuerzan mutuamente [...] [las cuales] no implican ni los criterios explícitos del mercado ni el paternalismo familiar de la jerarquía».[8] Quienes estudian el gobierno corporativo hace tiempo que son conscientes del papel que desempeñan las redes de equipos directivos interconectados en algunas economías. Los grupos de keiretsu japoneses son solo un ejemplo de estas numerosas redes empresariales. Tales estructuras hacen pensar en la famosa observación de Adam Smith de que «las personas del mismo oficio pocas veces se reúnen, ni siquiera para regocijo y diversión, pero [cuando lo hacen] la conversación termina en una conspiración contra los ciudadanos, o en alguna estratagema para subir los precios».(8) También algunos politólogos se han vuelto incómodamente conscientes de que las redes ocupan cierto terreno intermedio.[9] ¿Puede decirse que los integrantes de una red comercian de manera subrepticia, aunque lo que se intercambien sean regalos y no billetes de banco?[10] ¿Acaso las redes no son más que empresas muy vagamente estructuradas?[11] Los teóricos de las redes llevan muchos años buscando respuestas a estas preguntas, aunque con frecuencia se ha pasado por alto su trabajo; sobre todo, hasta fecha muy reciente, por parte de los historiadores.

cap-7

5

De los siete puentes a los seis grados

El estudio formal de las redes se remonta a mediados del siglo XVIII, periodo del apogeo de la ciudad prusiana oriental de Königsberg, hogar del filósofo Immanuel Kant. Uno de los lugares emblemáticos de Königsberg eran los siete puentes que atravesaban el río Pregolia uniendo sus dos orillas a las dos islas que se alzan en medio de este, además de ambas islas entre sí (véase la figura 4). Un acertijo popular entre los habitantes de la ciudad planteaba que resultaba imposible dar un paseo en que se cruzaran los siete puentes solo una vez, sin atravesar alguno de ellos una segunda.(9) El problema atrajo la atención del gran matemático de origen suizo Leonhard Euler, que en 1735 inventó la teoría de redes para demostrar formalmente por qué tal paseo era imposible. En el gráfico simplificado que aquí reproducimos (véase la figura 5) hay cuatro «nodos», que representan las dos orillas principales del río y las islas menor y mayor, y siete «aristas», que representan los puentes que las conectaban. Formalmente, Euler demostró que la posibilidad de una trayectoria que atraviese cada arista una sola vez depende de manera forzosa del «grado» de los nodos (esto es, del número de aristas que tocan cada nodo). El gráfico debe tener, o bien dos nodos con un número impar de aristas, o bien ninguno. Como el gráfico de los puentes de Königsberg tiene cuatro de tales nodos (uno con cinco aristas; los demás con tres), no admite una trayectoria euleriana. Solamente sería posible dar un paseo que cruzara cada puente una sola vez si se eliminara una arista: el puente que une las dos islas; entonces solo habría dos nodos con un grado impar. A partir de Euler, las unidades básicas de la modernamente denominada teoría de grafos —que él llamó «geometría de posición»— han sido los nodos (o vértices) y las aristas (o enlaces).

Los científicos del siglo XIX aplicaron este marco conceptual a toda clase de cosas, desde la cartografía hasta los circuitos eléctricos, pasando por los isómeros de compuestos orgánicos.[1] Desde luego, la posibilidad de que también pudiera haber redes «sociales» no pasó inadvertida a algunos de los grandes pensadores políticos de la época, en especial John Stuart Mill, Auguste Comte y Alexis de Tocqueville, el último de los cuales comprendió que la rica vida asociativa de los primeros tiempos de Estados Unidos sería crucial para el funcionamiento de la democracia estadounidense. Pero ninguno de ellos intentó formalizar la idea. Puede decirse, pues, que el estudio de las redes sociales data de 1900, cuando el maestro de escuela y sociólogo aficionado Johannes Delitsch publicó una matriz que representaba las amistades de los 53 chicos a quienes había dado clase en el curso 1880-1981.[2] Delitsch observó una estrecha relación entre las afinidades sociales de los chicos y su rango académico, que en aquella época era la base sobre la que se asignaban los asientos en el aula. Tres décadas después se llevó a cabo un trabajo parecido en Nueva York, donde el idiosincrásico psiquiatra Jacob Moreno —nacido en Austria, aunque antifreudiano— empleó sociogramas para estudiar las relaciones existentes entre las chicas «delincuentes» de una escuela reformatorio de Hudson, Nueva York. Su investigación —publicada en 1933 con el título de Who Shall Survive? («¿Quién sobrevivirá?»)— revelaba que el aumento del número de chicas fugitivas en 1932 podía explicarse en función de las posiciones de dichas fugitivas en la red social de «atracciones y repulsiones» de la escuela, que eran a la vez de índole racial y sexual (véase la lámina 2). Allí estaban, proclamaba Moreno, «las fuerzas sociales que dominan a la humanidad». Para él, su libro era «una nueva biblia, la biblia de la conducta social, de las sociedades humanas».[3]

Treinta años después, el lingüista y bibliógrafo Eugene Garfield ideó una técnica gráfica similar para visualizar la historia de los diferentes campos científicos creando un «historiógrafo» de citas. Desde entonces los índices de citas y los «factores de impacto» se han convertido en indicadores estándar del rendimiento académico en la ciencia. También constituyen una forma de representar el proceso de innovación científica, revelando, por ejemplo, las «universidades invisibles» involucradas en las redes de citas, que tienen un aspecto muy distinto de las universidades reales que dan empleo a la mayoría de los científicos.[4] Sin embargo, estos indicadores pueden señalar simplemente que los científicos tienden a citar el trabajo de otros científicos de mentalidad similar. Como reza la antigua máxima, Dios los cría y ellos se juntan. Y si vale para las citas, vale también en términos más generales. Cuando dos nodos están conectados con un tercero lo más probable es que también estén conectados entre sí, puesto que, en palabras del economista James E. Rauch, «dos personas que me conocen tienen más probabilidades de conocerse entre sí que dos personas elegidas al azar».[5] Se dice que una tríada cuyos miembros se hallan conectados por sentimientos positivos está «equilibrada», y ejemplifica la vieja idea de que «los amigos de mis amigos son mis amigos». La tríada en que dos de sus miembros no se conocen pese a conocer ambos a un tercero se denomina a veces una «tríada prohibida» (una variante, donde hay dos miembros amigables pero uno hostil, representa la incómoda situación en la que «los enemigos de mis amigos también son mis amigos»).[6]

Image4%20new.tif

FIGURA 4. Figura 1 de la obra de Euler Solutio problematis ad geometriam situs pertinentis (1741). Si alguien desea comprobar literalmente el teorema de Euler, le será imposible, puesto que dos de los siete puentes originales no sobrevivieron al bombardeo de la ciudad en la Segunda Guerra Mundial, y otros dos fueron demolidos cuando Königsberg se convirtió en la Kaliningrado controlada por los soviéticos.

Image5%20new.jpg

FIGURA 5. Gráfico simplificado del problema del puente de Königsberg planteado por Euler. Solo eliminando la arista central (del puente que une las dos islas en la figura 4) puede resolverse el problema.

Así pues, la «homofilia» —nuestra tendencia a sentirnos atraídos por personas similares a nosotros (también conocida como «asortatividad»)— podría considerarse la ley fundamental de las redes sociales. Everett Rogers y Dilip Bhowmik fueron los primeros sociólogos que sugirieron que la homofilia puede resultar desventajosa por cuanto reduce el radio de acción del entorno de una persona; sugerían que había una «heterofilia óptima». ¿La homofilia era entonces una especie de autosegregación? En la década de 1970, Wayne Zachary realizó una representación gráfica de la red de amistades existente entre los miembros de un club de kárate universitario; esta reveló con claridad que en dicho club había dos grupos netamente diferenciados. La homofilia puede basarse en un estatus común (adscrito a características como la raza, la etnicidad, el sexo o la edad, o a características adquiridas, como la religión, la educación, la profesión o las pautas de comportamiento) o en valores compartidos, en la medida en que estos puedan distinguirse de los rasgos adquiridos.[7] Un ejemplo común es la tendencia de los escolares estadounidenses a autosegregarse en función de la raza y la etnicidad (véase la lámina 3), aunque ciertas investigaciones recientes sugieren que esa tendencia varía mucho entre distintos grupos raciales.[8]

¿Pueden revelarnos tales gráficos qué individuos son importantes? No fue hasta el siglo XX cuando los estudiosos y matemáticos definieron formalmente la importancia en términos de «centralidad». Los tres principales parámetros indicadores de la importancia en el análisis formal de redes son la centralidad de grado, la centralidad de intermediación (también llamada simplemente «intermediación») y la centralidad de cercanía o de proximidad (también denominada simplemente «proximidad» o «cercanía»). La centralidad de grado —el número de aristas que irradian hacia fuera de un determinado nodo— representa lo que podría llamarse sociabilidad: el simple número de relaciones que un individuo tiene con los demás. La centralidad de intermediación, formalizada por el sociólogo Linton Freeman a finales de la década de 1970, mide la cantidad de información que pasa a través de un nodo concreto. Así como las personas que se desplazan a diario de casa al trabajo, y viceversa, al buscar de forma individual la ruta más corta hasta su destino, concentran el tráfico en unas pocas intersecciones muy congestionadas, del mismo modo las personas que forman parte de una red suelen depender de individuos clave para conectarse con otros individuos o grupos por lo demás distantes. Los individuos con una alta centralidad de intermediación no son por necesidad las personas con mayor número de contactos, sino las que tienen los contactos más importantes (en otras palabras, lo que importa no es a cuántas personas conoces, sino quiénes son). Por último, la centralidad de cercanía mide la media de «pasos» que hacen falta para llegar de un nodo a todos los demás, y a menudo se utiliza a fin de descubrir quién tiene mejor acceso a la información suponiendo que esta se halle uniformemente repartida.[9] De diversas maneras, los individuos integrados en redes sociales con una alta centralidad de grado, centralidad de intermediación o centralidad de cercanía actúan a modo de «núcleos» o «centros» de conexión (hubs).(10)

En las décadas centrales del siglo XX también se produjeron importantes avances en nuestra forma de entender las propiedades globales de una red, que a menudo son invisibles desde la perspectiva de cualquier nodo individual. En el Instituto de Tecnología de Massachusetts, R. Duncan Luce y Albert Perry propusieron el uso de coeficientes de «agrupamiento» para medir en qué grado se hallan conectados un grupo de nodos, calificando como «camarilla» el caso extremo en que cada nodo está conectado a todos los demás nodos de la red (técnicamente, el coeficiente de agrupamiento es la proporción de tríadas sociales que se hallan plenamente conectadas, lo que significa que cada miembro de cualquier trío está conectado con los otros dos). La «densidad» de una red es una medida similar de interconectividad.

La importancia de tales consideraciones se hizo evidente en 1967, cuando el psicólogo social Stanley Milgram realizó un experimento que se haría célebre. Envió cartas a habitantes elegidos al azar de las ciudades de Wichita (Kansas) y Omaha (Nebraska), pidiendo a los receptores que reenviaran la carta directamente a sus destinatarios finales —que eran, respectivamente, la esposa de un estudiante de teología de Harvard y un corredor de Bolsa de Boston— en caso de que los conocieran en persona, o bien, en caso contrario, a otros individuos que creyeran que podían conocerlos a condición de que ellos conocieran a tales individuos por el nombre de pila; y también que enviaran a Milgram una postal «testimonial» explicándole lo que habían hecho. En total, según Milgram, 44 de las 160 cartas de Nebraska acabaron llegando a su destino.[10] (Un estudio más reciente sugiere que en realidad solo fueron 21.)[11] Las cadenas completadas permitieron a Milgram calcular el número de intermediarios necesarios para que la carta llegara a su destino: una media de cinco.[12] Este tipo de resultados los había previsto ya el autor húngaro Frigyes Karinthy, en cuyo relato «Láncszemek» («Cadenas», publicado en 1929) uno de los personajes apuesta con sus compañeros que puede vincularse a cualquier persona del planeta que ellos elijan a través de un máximo de cinco individuos conocidos entre sí, de los cuales él solo tiene que conocer personalmente a uno. Esto se vería confirmado asimismo por varios experimentos independientes realizados por otros investigadores, en especial el politólogo Ithiel de Sola Pool y el matemático Manfred Kochen.

Una red que conecta dos nodos a través de cinco intermediarios tiene seis aristas. La expresión «seis grados de separación» no se acuñaría hasta que John Guare escribiera la obra homónima en 1990, pero, como puede verse, tenía ya una larga prehistoria. Al igual que la idea del «mundo pequeño» (que se haría sobre todo popular por el nombre de una atracción de Disneyland —It’s a Small World— creada en 1964), o el concepto —más técnico— de «cercanía» o «proximidad», dicha expresión resumía a la perfección la creciente sensación de interconectividad predominante a mediados del siglo XX. Desde entonces ha habido numerosas variaciones sobre el tema: seis grados de Marlon Brando, seis grados de Monica Lewinsky, seis grados de Kevin Bacon (que se convirtieron en un juego de mesa), seis grados de Lois Weisberg (la madre de uno de los amigos de Gladwell) y el equivalente académico: seis grados del matemático Paul Erdös, un pionero de la teoría de redes.[13] Diversas investigaciones recientes hacen pensar que en la actualidad la cifra se acerca más a cinco que a seis, lo que sugiere que los cambios tecnológicos producidos desde la década de 1970 probablemente han resultado ser menos transformadores de lo que por lo general se cree.[14] Sin embargo, para los directivos de las empresas de la lista Fortune 1000 es de 4,6.[15] Para los usuarios de Facebook era de 3,74 en 2012,[16] y de solo 3,57 en 2016.[17]

cap-8

6

Vínculos débiles e ideas virales

Lo que convierte este tipo de hallazgo en algo tan intrigante es que tendemos a concebir nuestras redes de amigos como agrupaciones o camarillas relativamente pequeñas de personas parecidas y de la misma mentalidad, aisladas de otros grupos cuyos miembros tienen diferentes afinidades entre sí. El hecho de que a pesar de ello estemos todos a seis grados de distancia de Monica Lewinsky se explica por lo que el sociólogo de Stanford Mark Granovetter llamaba, con una expresión paradójica, «la fuerza de los vínculos débiles(11)».[1] Si todos los vínculos fueran como los fuertes lazos homofílicos existentes entre nosotros y nuestros amigos íntimos, el mundo estaría necesariamente fragmentado. Pero son los vínculos de naturaleza más débil —con aquellos «conocidos» con quienes no tenemos gran similitud— los que tienen la clave del fenómeno del «mundo pequeño». Granovetter se fijó al inicio en el hecho de que las personas que buscaban trabajo obtenían más ayuda de sus conocidos que de sus amigos íntimos, pero más tarde formuló la idea de que, en una sociedad con relativamente pocos vínculos débiles, «las nuevas ideas se difundirán con lentitud, las iniciativas científicas se verán menoscabadas, y los subgrupos separados por raza, etnicidad, geografía u otras características tendrán dificultades para alcanzar un modus vivendi».[2] En otras palabras, los vínculos débiles son los puentes vitales existentes entre clústeres dispares que de otro modo no estarían conectados en absoluto.[3]

La de Granovetter era una observación sociológica, basada en entrevistas y datos similares, que luego iría perfeccionándose mediante diversos estudios de campo. Estos últimos revelarían, por ejemplo, que para los pobres son más importantes los vínculos fuertes que los débiles, lo que sugiere que las redes estrechamente unidas del mundo proletario podrían tender a perpetuar la pobreza.[4] Solo en 1998 los matemáticos Duncan Watts y Steven Strogatz demostraron por qué un mundo caracterizado por clústeres homofílicos podía ser a la vez un «mundo pequeño». Watts y Strogatz clasificaron las redes en función de dos propiedades relativamente independientes: la centralidad de cercanía media de cada nodo y el coeficiente de agrupamiento general de la red. Partiendo de una retícula circular en que cada nodo se hallaba conectado solo con su primer y segundo vecino más cercanos, mostraron que la adición aleatoria de apenas unas aristas extra bastaba para aumentar drásticamente la cercanía de todos los nodos, sin aumentar por ello de manera significativa el coeficiente de agrupamiento global.[5] Watts había iniciado su investigación estudiando el canto sincronizado de los grillos, pero las implicaciones de las conclusiones derivadas de su trabajo con Strogatz respecto a las poblaciones humanas eran evidentes. En palabras de Watts, «la diferencia entre un grafo de mundo grande y uno de mundo pequeño puede ser cuestión de solo unas pocas aristas requeridas de forma aleatoria, un cambio que en la práctica resulta indetectable en los vértices individuales [...]. La naturaleza altamente agrupada de los grafos de mundo pequeño puede conducir a la intuición de que una determinada enfermedad está “lejos”, cuando, por el contrario, en la práctica se encuentra muy cerca».[6]

Los avances en la ciencia de las redes también han tenido importantes consecuencias para los economistas. La economía clásica había imaginado unos mercados más o menos indiferenciados poblados por agentes individuales que aspiraban a maximizar su utilidad y dotados de una información perfecta. El problema —resuelto por el economista inglés Ronald Coase, que explicó la importancia de los costes de transacción—(12) consistía en dilucidar por qué existían de entrada las empresas (no somos todos estibadores, contratados y pagados a jornal como Marlon Brando en La ley del silencio, ya que tener un empleo fijo en las empresas puede reducir los costes derivados de contratar a los trabajadores por jornadas). Pero si los mercados eran redes, donde la mayoría de la gente formaba parte de clústeres más o menos interconectados, el mundo económico parecía muy distinto, sobre todo porque los flujos de información se hallaban determinados por las estructuras de las redes.[7] Muchos intercambios no son meras transacciones puntuales donde el precio es solo cuestión de oferta y demanda. El crédito depende de la confianza, que a su vez es mayor dentro de un clúster de personas similares (como, por ejemplo, una comunidad de inmigrantes). Esto no solo tiene consecuencias para los mercados laborales, el caso concreto estudiado por Granovetter:[8] pueden existir redes cerradas de vendedores que conspiren contra la ciudadanía y desincentiven la innovación, mientras que otras más abiertas la fomenten en la medida en que lleguen nuevas ideas al clúster gracias a la fuerza de los vínculos débiles.[9] Todas estas observaciones planteaban la cuestión de cómo se forman exactamente las redes, para empezar.[10]

En la práctica parece claro cómo se forman. Desde los comerciantes mediterráneos magrebíes del siglo XI que analizaba Avner Greif [11] hasta los modernos empresarios y directivos estudiados por Ronald Burt, los estudiosos han generado una abundante bibliografía sobre el papel de las redes comerciales a la hora de generar capital social[12] e incentivar —o desincentivar— la innovación. En la terminología de Burt, la competencia entre individuos y empresas viene estructurada por redes, con «huecos estructurales» —las brechas entre clústeres que se dan donde se carece de vínculos débiles— que representan «oportunidades empresariales de acceso a la información, sincronización, remisiones y control».[13] Los intermediarios —personas capaces de «salvar los huecos»— son (o deberían ser) «recompensados por su trabajo integrador» dado que su posición los hace más propensos a tener ideas creativas (o a ser menos víctimas del pensamiento grupal). En las instituciones innovadoras siempre se valora a tales intermediarios. Sin embargo, en la mayoría de las pugnas entre un intermediario-innovador y una red tendente a la «clausura» (es decir, al aislamiento y la homogeneidad), con frecuencia suele prevalecer esta última.[14] Esta idea se aplica tanto a los filósofos académicos como a los empleados de una empresa de electrónica.[15]

Hoy en día existe una subdisciplina de «comportamiento organizacional» que ocupa un lugar fundamental en la mayoría de los programas de máster en administración de empresas. Varios de sus hallazgos más recientes son que los gerentes tienen más probabilidades de ser expertos en interrelación profesional que quienes no ocupan puestos de gerencia;[16] que una «red menos jerárquica puede ser mejor a la hora de generar solidaridad y homogeneidad en una cultura organizacional»[17] y que los intermediarios cuentan con más posibilidades de salvar los huecos estructurales si «encajan culturalmente en su grupo organizacional», mientras que a quienes están «estructuralmente incardinados» les va mejor cuando son «culturalmente diferenciados». En suma, los «intermediarios asimilados» y los «inconformistas integrados» tienden a hacerlo mejor que sus colegas.[18] También aquí la teoría de redes aporta ideas que pueden ser de utilidad más allá del típico puesto de trabajo empresarial satirizado en las comedias como la serie de televisión británica de Ricky Gervais The Office («La oficina»); al fin y al cabo, las redes de oficina raras veces son demasiado extensas. Pero el tamaño de las redes importa debido a la ley de Metcalfe —que debe su nombre al inventor del estándar Ethernet, Robert Metcalfe—, la cual (en su forma original) declaraba que el valor de una red de telecomunicaciones es proporcional al cuadrado del número de dispositivos de comunicación compatibles conectados. Esto vale sin duda para las redes en general: en pocas palabras, cuanto mayor sea el número de nodos de una red, más valiosa será para los nodos en su conjunto. Como veremos, esto implica rendimientos espectaculares en el caso de las redes muy grandes y de acceso abierto, y, en cambio, rendimientos más bien limitados en el de las redes secretas y/o exclusivas. No obstante, hasta en las redes más grandes hay nodos que actúan como intermediarios o núcleos.

La expresión «hacerse viral» se ha convertido en un tópico cargante, en el Santo Grial de los publicistas y los responsables de marketing.[19] Pero la ciencia de las redes explica de la mejor forma por qué algunas ideas pueden propagarse con gran rapidez. Las ideas —y, de hecho, los estados emocionales y determinadas condiciones, como la obesidad— logran transmitirse a través de una red social de manera no muy distinta de la de un virus contagioso. Sin embargo, en general las ideas (o memes, por utilizar el neologismo evolucionista) suelen resultar menos contagiosas que los virus. Por lo general, los virus biológicos como los informáticos realizan una «búsqueda a voleo» a través de una red, dado que su objetivo es propagarse en la mayor medida posible, atacando a cada vecino de cada nodo que infectan. En cambio, nosotros seleccionamos de manera instintiva a aquellos miembros de nuestra red a quienes queremos comunicar una idea o de quienes es probable que aceptemos una como creíble.[20] Una de las primeras aportaciones en relación con este tema fue el llamado «modelo de flujo de comunicación en dos pasos», asociado a los sociólogos Paul Lazarsfeld y Elihu Katz, que en la década de 1950 argumentaron que las ideas fluían de los medios de comunicación a la población en general a través de una serie de «líderes» de opinión.[21] Otros investigadores de finales del siglo XX intentaron medir la velocidad con que se transmitían las noticias, los rumores o las innovaciones. Algunas investigaciones más recientes han demostrado que incluso los estados emocionales pueden transmitirse por las redes.[22] Aunque no resulta nada fácil distinguir entre los efectos endógenos y exógenos de una red,[23] las evidencias de esta clase de contagio son manifiestas: «Los alumnos con compañeros de clase estudiosos se vuelven más estudiosos. Los comensales que se sientan junto a personas glotonas comen más».[24] Sin embargo, según Christakis y Fowler apenas podemos transmitir ideas y comportamientos más allá de los amigos de los amigos de nuestros amigos (en otras palabras, a través de solo tres grados de separación). Ello se debe a que la transmisión y recepción de una idea o comportamiento requiere una conexión mayor que el reenvío de una carta (en el caso del experimento de Milgram) o la comunicación de que existe una determinada oportunidad de empleo. El mero hecho de conocer a gente no equivale a ser capaz de influir en ella para que estudie más o coma en exceso. La imitación es, de hecho, la forma más sincera de adulación, aun cuando sea inconsciente.

Image06.jpg

FIGURA 6. Los conceptos fundamentales de la teoría de redes. Cada punto del grafo es un nodo; cada línea, una arista. El punto rotulado como «núcleo» es el que tiene la mayor centralidad de grado y de intermediación. Los nodos agrupados como «clúster» poseen mayor densidad o coeficiente de agrupamiento local que las otras partes del grafo.

El elemento clave, al igual que ocurre con las epidemias, es que la estructura de la red puede ser tan importante como la propia idea a la hora de determinar la velocidad y el grado de difusión.[25] En el proceso de hacerse viral desempeñan un papel clave los nodos que no actúan meramente como núcleos o intermediarios, sino como «porteros»; esto es, las personas que deciden si transmitir o no información a su parte de la red.[26] Su decisión se basará de alguna manera en cómo crean que dicha información revertirá en ellos. A su vez, la aceptación de una idea tal vez requiera que esta se transmita por más de una o dos fuentes. Un contagio cultural complejo, a diferencia de una simple epidemia, primero necesita alcanzar una masa crítica de innovadores con una alta centralidad de grado (una cifra relativamente importante de amigos influyentes).[27] En palabras de Duncan Watts, la clave para evaluar la probabilidad de un contagio tipo efecto dominó es «centrarse no en el estímulo en sí, sino en la estructura de la red a la que dicho estímulo afecta».[28] Esto ayuda a explicar por qué, por cada idea que se convierte en viral, existe un incontable número de otras que se desvanecen en la oscuridad por el simple hecho de que parten del nodo, clúster o red equivocados.

cap-9

7

Variedades de redes

Si todas las estructuras de las redes sociales fueran iguales, habitaríamos en un mundo muy distinto. Por ejemplo, un mundo donde los nodos estuvieran conectados entre sí de manera aleatoria —de modo que el número de aristas por nodo se hallara distribuido normalmente a lo largo de una curva en forma de campana— tendría algunas propiedades de «mundo pequeño», pero no sería como el nuestro.(13) Ello se debe a que muchísimas de las redes del mundo real siguen distribuciones del tipo Pareto; es decir, tienen más nodos con gran número de aristas y también más nodos con muy pocas en comparación con lo que ocurre en el caso de una red aleatoria. Esta es una versión de lo que el sociólogo Robert K. Merton denominaba «efecto Mateo», que debe su nombre a este célebre versículo del Evangelio de san Mateo: «Al que tiene se le dará más, y tendrá en abundancia. Al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».(14) En el ámbito de la ciencia, el éxito alimenta el éxito: al que ya tiene premios aún se le premiará más. Algo similar puede verse en «la economía de las superestrellas».[1] De la misma forma, cuando muchas grandes redes se expanden, los nodos adquieren nuevas aristas en proporción al número de ellas del que ya disponen (es decir, de su grado o «aptitud»). En suma, existe una «conexión preferencial». Debemos esta idea a los físicos Albert-László Barabási y Réka Albert, que fueron los primeros en sugerir que la mayoría de las redes del mundo real podrían seguir una distribución de ley potencial o ser redes «libres de escala».(15) Cuando tales redes evolucionan, unos cuantos nodos se convierten en «núcleos» con muchas más aristas que los demás.[2] Abundan los ejemplos de este tipo de redes, que van desde los equipos directivos de las empresas de la lista Fortune 1000, hasta las citas de autores en las revistas de física y los enlaces a y desde páginas web.[3] En palabras de Barabási:

Existe una jerarquía de núcleos que mantienen estas redes unidas, un nodo fuertemente conectado seguido de cerca por varios otros menos conectados, a su vez seguidos por docenas de nodos aún más pequeños. No hay ningún nodo central situado en medio de la tela de araña, controlando y supervisando todas las conexiones y nodos. No hay ningún único nodo cuya eliminación pueda romper la red. Una red libre de escala es una telaraña sin araña.[4]

En el caso más extremo (el modelo conocido como «el ganador se lo lleva todo»), el nodo más apto obtiene todas o casi todas las conexiones. Pero es más frecuente que se dé una pauta del tipo «los más aptos se enriquecen», donde, citando de nuevo a Barabási, a «un nodo fuertemente conectado [...] [le siguen] de cerca [...] varios otros menos conectados, a su vez seguidos por docenas de nodos aún más pequeños».[5] También pueden encontrarse otras estructuras de redes intermedias; por ejemplo, las redes de amistades de los adolescentes estadounidenses no son ni aleatorias ni libres de escala.[6]

Según demostraron ya hace tiempo Erdös y Rényi, en una red aleatoria todos los nodos tienen aproximadamente el mismo número de conexiones con otros nodos. El mejor ejemplo del mundo real es la red viaria nacional de Estados Unidos, donde cada una de las grandes ciudades cuentan aproximadamente con el mismo número de carreteras que las unen con las demás. Un ejemplo de una red libre de escala es la red de tráfico aéreo estadounidense, donde gran número de pequeños aeropuertos están conectados con otros de tamaño medio, que a su vez conectan con un puñado de enormes y concurridos núcleos aeroportuarios. Otras redes se hallan mucho más centralizadas sin ser necesariamente libres de escala. Una forma de entender la tragedia que se desarrolla en el Hamlet de Shakespeare es representar la red de relaciones existentes entre los personajes, donde Hamlet y su padrastro Claudio son, con mucho, quienes tienen la mayor centralidad de grado (es decir, el mayor número de aristas; véase la figura 7).

Image07.jpg

FIGURA 7. Una red simple (pero trágica): el Hamlet de Shakespeare. Hamlet lleva la ventaja en términos de centralidad de grado (16, frente a los 13 de Claudio). La «zona de muerte» de la obra engloba a personajes conectados tanto con Hamlet como con Claudio.

Ahora consideremos todas las formas en que una red puede diferir de la versión aleatoria (véase la figura 8). Una red puede ser altamente determinista y no aleatoria, como una celosía acristalada o una malla, donde cada nodo posee el mismo número de aristas que todos los demás (parte inferior izquierda). También puede ser modular; es decir, que puede dividirse en una serie de racimos separados, vinculados no obstante por unas pocas aristas que actúan como puentes (parte inferior derecha). Asimismo puede ser heterogénea: cada nodo difiere sobremanera de los demás en términos de centralidad, como ocurre en las redes libres de escala que caracterizan las comunidades online (parte superior izquierda). Algunas redes son a la vez jerárquicas y modulares, como los complejos sistemas genéticos que regulan el metabolismo, sometiendo a ciertos subsistemas al control de otros (parte superior derecha).[7]

Image08.tif

FIGURA 8. Variedades de redes (LE, libre de escala; ER, Erdös-Rényi, es decir, aleatoria).

Ahora vemos claramente que, lejos de ser lo contrario de una red, una jerarquía es solo un tipo de red especial. Como muestra la figura 9, en una red jerárquica idealizada las aristas siguen una pauta regular que recuerda a un árbol boca abajo (o a las raíces de un árbol). Para crear una red jerárquica hay que empezar por el nodo superior y añadirle cierto número de nodos subordinados. Luego se agrega de nuevo a cada uno de estos últimos el mismo número de subordinados, y así sucesivamente. La clave estriba en añadir siempre los nodos hacia abajo, pero no conectarlos nunca lateralmente. Las redes así generadas tienen una serie de propiedades especiales. Por ejemplo, no hay ciclos; es decir, que no existe ningún camino que parta de un nodo para volver a él. Solo hay un único camino que conecta dos nodos cualesquiera, lo que clarifica las cadenas de mando y de comunicación. Y lo que es más importante: el nodo superior es el que tiene la mayor centralidad de intermediación y de cercanía; es decir, que el sistema está diseñado para maximizar la capacidad de ese nodo tanto de acceder como de controlar la información. Como veremos, pocas jerarquías logran ese control total sobre los flujos de información, aunque la Unión Soviética de Stalin estuvo muy cerca de conseguirlo. En la práctica, la mayoría de las organizaciones son solo parcialmente jerárquicas, de manera no muy distinta de las «jerarquías cooperativas» del mundo natural.[8] Puede ser útil, no obstante, pensar en una jerarquía pura como, en cierto sentido, una red «antialeatoria», en cuanto que aquí está vetada la promiscua conectividad asociada a las redes, en especial el agrupamiento.

Image9%20new.jpg

FIGURA 9. La jerarquía: un tipo especial de red. En el ejemplo que aquí se muestra, el nodo superior es el que tiene la mayor centralidad de intermediación y de cercanía. Los demás nodos solo pueden comunicarse con la mayor parte de los demás a través de ese único núcleo dirigente.

Estas variedades de redes no deben considerarse categorías estáticas, puesto que las redes rara vez permanecen fijas en el tiempo. Las grandes redes son sistemas complejos que poseen «propiedades emergentes»; esto es, la tendencia a que nuevas estructuras, pautas y propiedades se manifiesten en «transiciones de fase» que distan mucho de ser predecibles. Como veremos, una red en apariencia aleatoria puede evolucionar con asombrosa velocidad para convertirse en una jerarquía. El número de pasos que separan a la multitud revolucionaria del Estado totalitario se ha revelado más de una vez sorprendentemente reducido. Por la misma regla de tres, las estructuras en apariencia rígidas de un orden jerárquico pueden desintegrarse con asombrosa rapidez.[9] Esto no es nada que asombre al estudioso de las redes. Hoy sabemos que la adición aleatoria de un número muy pequeño de nuevas aristas puede reducir de manera drástica la separación media entre los nodos. En el ejemplo de la figura 9 no se requerirían demasiadas aristas adicionales para destruir el cuasimonopolio de la comunicación del nodo dominante, lo cual ayuda a explicar por qué a lo largo de la historia los emperadores y reyes han temido tanto las conspiraciones. Conciliábulos, camarillas, células, monipodios, círculos..., todos estos términos poseen connotaciones siniestras en el contexto de una corte monárquica. No sin preocupación, los jerarcas siempre han sido conscientes de que la confraternización entre sus subordinados puede ser el preludio de un golpe de Estado palaciego.

cap-10

8

Cuando las redes se encuentran

El último reto conceptual —y el más importante para el historiador— es considerar cómo interactúan mutuamente las diferentes redes. El politólogo John Padgett y otros autores con los que ha colaborado han propuesto una analogía bioquímica, argumentando que tanto la innovación como la invención organizacional son resultado de la interacción entre redes, que adopta tres formas básicas: «transposición», «refuncionalidad» y «catálisis».[1] En sí misma, una red social resiliente tenderá a resistirse al cambio de sus reglas de producción y protocolos de comunicación. Cuando una red social y sus pautas se transponen de un contexto a otro donde se redefine su funcionalidad entonces puede darse la innovación e incluso la invención.[2]

Como veremos, Padgett ha utilizado esta idea para explicar los cambios producidos en la estructura económica y social de Florencia en la época de los Médici, cuando las sociedades bancarias se incorporaron a la política de la ciudad; pero es obvio que puede aplicarse de manera más general. Las redes no solo son importantes como mecanismos de transmisión de nuevas ideas, sino también como fuente de nuevas ideas en sí. No todas las redes tienden a fomentar el cambio; antes al contrario: algunas de ellas, especialmente densas y agrupadas, suelen resistirse a él. Pero el punto de contacto entre diversas redes puede ser precisamente el lugar donde buscar la novedad.[3] La cuestión radica en cuál es la naturaleza de ese punto de contacto. Las redes pueden encontrarse y fusionarse de manera amistosa, pero también atacarse unas a otras, como ocurrió (en el ejemplo que veremos un poco más adelante) cuando el servicio de inteligencia soviético logró infiltrarse en las elitistas redes estudiantiles de Cambridge en la década de 1930. En este tipo de contiendas el resultado vendrá determinado por los correspondientes puntos fuertes y débiles de cada una de las redes en liza: ¿cuán adaptables y resilientes son?; ¿cuán vulnerables a un contagio disruptivo?; ¿en qué medida dependen de uno o más «supernúcleos» (superhubs) cuya destrucción o captura reduciría de manera significativa la estabilidad de toda la red? Barabási y sus colegas simularon ataques a redes libres de escala y descubrieron que estas podían soportar la pérdida de una importante proporción de nodos e incluso de una única arista. Pero un ataque simultáneo dirigido a múltiples núcleos podía desintegrar la red por completo.[4] Y, de manera aún más impresionante, una red libre de escala podía ser una víctima bastante fácil de un virus «mata-nodos» contagioso.[5]

Pero ¿por qué una red habría de atacar a otra en lugar de conectarse pacíficamente con ella? La respuesta es que la mayoría de los ataques dirigidos a redes sociales no los inician otras redes, sino que los ordenan o al menos alientan entidades jerárquicas. La injerencia rusa en las elecciones estadounidenses de 2016 constituye un buen ejemplo de ello: según el servicio de inteligencia estadounidense —y como ya hemos señalado—, la autorizó el presidente Putin, uno de los autócratas más descarados del mundo, pero no iba dirigida únicamente al Comité Nacional Demócrata, sino al conjunto de las redes mediáticas estadounidenses. Esto ilustra la diferencia fundamental entre redes y jerarquías. Debido a su estructura relativamente descentralizada, a la forma en que combinan clústeres y vínculos débiles, y al hecho de que son capaces de adaptarse y evolucionar, las redes tienden a ser más creativas que las jerarquías. A lo largo de la historia, como veremos, las innovaciones por lo general han provenido de las redes más que de las jerarquías. El problema es que las redes no se dirigen fácilmente «hacia un objetivo común [...] [lo] que requiere una concentración de recursos en el espacio y el tiempo en el seno de grandes organizaciones, como los ejércitos, las burocracias, las grandes fábricas o las corporaciones verticalmente organizadas».[6] Quizá las redes sean creativas de un modo espontáneo, pero no son estratégicas. La Segunda Guerra Mundial no podía haberla ganado una red, por más que hubiera una serie de redes de categoría superior (de científicos atómicos, de criptógrafos...) que desempeñaron un importante papel en la victoria aliada. Es más: las redes son capaces de crear y difundir malas ideas tanto como buenas. En los casos de contagio social o «cascadas» de ideas, las redes pueden propagar el pánico con tanta facilidad como transmitir el saber popular; por ejemplo, difundiendo la histeria de perseguir y quemar a las «brujas» con la misma destreza con que propagan manías inofensivas como las fotografías de gatos.

Es cierto que las redes actuales están mejor diseñadas que la red eléctrica estadounidense de la década de 1990, tan frágil que el fallo de una sola línea al oeste de Oregón provocó la caída de cientos de líneas y generadores más. Pero sabemos que incluso una red sólida puede experimentar una disfunción en la medida en que crece y evoluciona: la congestión y los retrasos normales en los aeropuertos estadounidenses son buen ejemplo de ello, ya que las líneas aéreas compiten por los grandes núcleos aeroportuarios, pero terminan por atascarlos.[7] Dejando aparte internet, apenas puede dudarse de que un ataque dirigido contra la infraestructura eléctrica y de transporte de un país como Estados Unidos tendría consecuencias devastadoramente perturbadoras. Como ha señalado Amy Zegart, Estados Unidos es a la vez el actor más poderoso y el más vulnerable en el teatro de la guerra cibernética. «Las ciberamenazas del mañana —ha advertido— podrían desactivar los coches que conducimos o los aviones en que volamos, podrían interrumpir el suministro eléctrico o de agua a las ciudades de todo el país durante días o semanas o periodos aún más largos, podrían incapacitar a nuestro ejército o incluso volver nuestras propias armas contra nosotros.»[8] Y sin embargo, Estados Unidos «no parece dispuesto a reconocer los hechos básicos relativos a las nuevas cibertecnologías o a nuestras cibervulnerabilidades, y mucho menos adoptar las medidas necesarias para atribuir, disuadir y defenderse de futuros ataques».[9] La epidemia de mayo de 2017, cuando el ransomware WannaCry infectó cientos de miles de ordenadores en ciento cincuenta países, encriptando sus discos duros y exigiendo un pago en bitcoins, puso de manifiesto la vulnerabilidad ante este tipo de ataques criminales, no solo de los países europeos, sino incluso —irónicamente— de Rusia.

La realidad es que en la práctica nos resulta muy difícil entender las implicaciones que supone el crecimiento de las redes en nuestra propia época. Por cada artículo que ensalza sus efectos positivos de cara a empoderar a los jóvenes y vivificar la democracia —por ejemplo, en las revoluciones árabes de 2010-2012—, aparece otro que advierte de sus efectos negativos al potenciar a fuerzas peligrosas como, por ejemplo, el islam político. Por cada libro que profetiza una «singularidad» en la que surge de internet un «cerebro global» o un «superorganismo planetario»[10] hay otro que prevé el colapso y la extinción.[11] Anne-Marie Slaughter espera que «Estados Unidos y otras potencias encuentren gradualmente el justo término medio con respecto al poder de las redes: no demasiado concentrado y tampoco demasiado repartido», y confía en el surgimiento de «un sistema más llano, rápido y flexible que opere a nivel de los ciudadanos además de los estados».[12] En un texto escrito antes del 11-S, Graham Allison se mostraba relativamente confiado con respecto a la posibilidad de que Estados Unidos tuviera una ventaja inicial en un mundo de redes globales.[13] En cambio, Joshua Ramo resulta ser mucho menos optimista: «La simple idea (antaño atractiva) de que conexión equivale a liberación es falsa. Hoy en día, conectar es revestirse de una tensión potente a la vez que dinámica». La incapacidad de los viejos líderes para dar sentido a la Era de la Red es «la razón de que [su] legitimidad [...] esté fallando, la razón de que nuestra gran estrategia resulte incoherente, la razón de que nuestra época sea realmente revolucionaria». En su opinión, «la amenaza fundamental para los intereses estadounidenses no es China, ni Al Qaeda ni Irán. Es la evolución de la propia red».[14]

Solo en un aspecto parece haber consenso: pocos futurólogos esperan que a las jerarquías establecidas —en particular, las élites políticas tradicionales, pero también las corporaciones más consolidadas— les vaya muy bien en el futuro.[15] Francis Fukuyama se sale de lo habitual al sostener que la jerarquía debe prevalecer en última instancia, en cuanto que las redes por sí solas no pueden proporcionar un marco institucional estable para el desarrollo económico o el orden político. De hecho, argumenta, «la organización jerárquica [...] puede ser la única forma de organizar un sociedad con un bajo nivel de confianza».[16] Por el contrario, el iconoclasta asesor y estratega político británico Dominic Cummings plantea la hipótesis de que el Estado del futuro tendrá que funcionar más como el sistema inmunitario humano o un hormiguero que como un Estado tradicional; en otras palabras, deberá parecerse más a una red, con propiedades emergentes y capacidad de autoorganización, sin planes o coordinación central, y basándose en cambio en la experimentación probabilística, reforzando el éxito y descartando el fracaso, y adquiriendo resiliencia en parte a través de la repetición.[17] Este planteamiento quizá subestime tanto la resiliencia de las viejas jerarquías como las vulnerabilidades de las nuevas redes, por no hablar de su capacidad de fusionarse para formar estructuras de poder aún más novedosas, con capacidades potencialmente mayores incluso que las de los estados totalitarios del siglo pasado.

cap-11

9

Siete ideas

Así pues, las ideas de la teoría de redes, en todas sus formas, tienen profundas implicaciones para el historiador. He tratado de resumirlas aquí en siete categorías:

1. Ningún hombre es una isla. Si los concebimos como nodos dentro de redes, cabe entender a los individuos en función de sus relaciones con otros nodos, es decir, de las aristas que los conectan. No todos los nodos son iguales. Un individuo, situado en una red, puede evaluarse en términos no solo de su centralidad de grado —el número de sus relaciones—, sino también de su centralidad de intermediación —la probabilidad de actuar en calidad de puente entre otros nodos— (hay otros indicadores, como la centralidad de vector propio, que mide la proximidad a nodos populares o prestigiosos, aunque no los utilizaremos en este texto).[1] Como veremos, una medida importante —pero olvidada— de la importancia histórica de un individuo es el grado en que esa persona actuaba como «puente de red». En ocasiones, como en la Revolución estadounidense, personas que no eran líderes han desempeñado papeles cruciales, pero actuaban como «conectores».

2. Dios los cría y ellos se juntan. Debido a la homofilia, las redes sociales pueden concebirse de manera parcial en términos de «atracción entre iguales». Sin embargo, no siempre resulta evidente qué atributo común o preferencia compartida lleva a la gente a agruparse. Por otra parte, debemos tener clara la naturaleza de los vínculos de red. Las conexiones entre los nodos, ¿son relaciones de amistad o de mera simpatía? ¿Estamos ante un árbol genealógico, un círculo de amigos o una sociedad secreta? ¿Está intercambiándose en la red algo distinto del conocimiento, como, por ejemplo, dinero o algún otro recurso? Ningún grafo de red puede hacer justicia a la rica complejidad de las interacciones humanas, pero a veces sabemos lo suficiente para diferenciar el sentido de las aristas (por ejemplo, A manda sobre B, pero no al revés), su modalidad (por ejemplo, A conoce a B, pero duerme con C) y su peso (por ejemplo, ocasionalmente A se encuentra con B, pero ve a C todos los días).

3. Los vínculos débiles son fuertes. También importa cuán densa es una red y en qué grado está conectada a otros clústeres, aunque solo sea mediante unas pocas conexiones débiles. ¿Es un componente de una red mayor? ¿Hay elementos «aislados», nodos que están por completo «desconectados de la red» como el misántropo de Burns? ¿Existen intermediarios que tratan de explotar los huecos estructurales de la red? ¿Exhibe la red propiedades «de pequeño mundo»?; y, de ser así, ¿cuán pequeño es ese mundo? (es decir, ¿cuántos grados de separación hay entre nodos)? ¿Qué grado de modularidad tiene la estructura de la red?

4. La estructura determina la viralidad. Muchos historiadores todavía tienden a suponer que la propagación de una idea o una ideología se halla en función de su contenido intrínseco en relación con algún contexto vagamente especificado. Hoy, sin embargo, hemos de reconocer que algunas ideas se vuelven virales debido a determinadas características estructurales de la red a través de la que se propagan. Así, tienen menos probabilidades de hacerlo en una red jerárquica estructurada de arriba abajo, donde están prohibidas las conexiones horizontales paritarias.

5. Las redes nunca duermen. Las redes no son estáticas, sino dinámicas. Ya sean aleatorias o libres de escala, son propensas a las transiciones de fase. A veces evolucionan en sistemas adaptativos complejos con propiedades emergentes. Cambios muy pequeños —como la adición de apenas unas pocas aristas— pueden alterar radicalmente el comportamiento de la red.

6. Las redes se interrelacionan. Cuando las redes interactúan entre sí, el resultado puede ser la innovación y la invención. Cuando una red altera una jerarquía anquilosada, es capaz de derribarla con impresionante rapidez. Pero si una jerarquía ataca a una red frágil, el resultado puede ser el colapso de esta última.

7. Al que tiene se le dará más. Debido a la vinculación preferencial, la mayoría de las redes sociales son profundamente desigualitarias.

Cuando entendemos estas ideas clave de la ciencia de las redes, la historia de la humanidad se ve bastante distinta: ya no es tanto «una jodida cosa tras otra», en la jocosa expresión del dramaturgo Alan Bennett;[2] ni siquiera joder una vez tras otra, sino miles de millones de cosas vinculadas entre sí en infinidad de formas (incluidas las relaciones sexuales, pero no limitándose a ellas). Además, si la situamos en su contexto histórico apropiado, la época actual parece menos inquietantemente inédita y más familiar; es, como veremos, la segunda época en la historia en que una serie de instituciones jerárquicas obsoletas se han visto cuestionadas por redes novedosas, cuyo impacto a su vez ha sido amplificado por la nueva tecnología. Basándonos en la analogía histórica —y como se hará evidente más adelante—, probablemente debamos esperar una constante alteración, impulsada por las redes, de aquellas jerarquías incapaces de reformarse, pero también la posibilidad de alguna restauración del orden jerárquico cuando resulte obvio que las redes por sí solas no pueden impedir que nos sumamos en la anarquía.

cap-12

10

Los Illuminati iluminados

Teniendo en mente estas ideas procedentes de la teoría de redes, podemos ahora volver a analizar la historia de los Illuminati (prescindiendo esta vez de las teorías de la conspiración). El fundador de la orden fue, de hecho, un oscuro académico del sur de Alemania llamado Adam Weishaupt. Nacido en 1748 —y, por tanto, con solo veintiocho años cuando la fundó—, Weishaupt era huérfano de un profesor de derecho de la Universidad de Ingolstadt, en la zona central de Baviera. Gracias al mecenazgo del barón Johann Adam Ickstatt, que había sido nombrado rector por el príncipe elector Maximiliano III José con el encargo de reformar la universidad, dominada por los jesuitas, Weishaupt pudo seguir los pasos de su padre. En 1773 lo nombraron profesor de derecho canónico y un año después decano de la Facultad de Derecho.[1]

¿Qué indujo al joven profesor a crear, tres años más tarde, una sociedad secreta y en muchos aspectos revolucionaria? La respuesta pasa por el hecho de que, bajo la influencia de Ickstatt, Weishaupt se había convertido en un entusiasta lector de las obras de los filósofos más radicales de la Ilustración francesa, en especial de Claude-Adrien Helvétius, cuya obra más conocida se titulaba Del Espíritu (1758), y Paul-Henri Thiry, barón de Holbach, autor —con seudónimo— del Sistema de la naturaleza (1770). De niño, Weishaupt había sido educado por los jesuitas, una experiencia que no le había gustado nada, de modo que se sintió enormemente atraído por las tendencias ateas de Helvétius y Holbach. Pero en la conservadora Baviera, donde el clero católico romano ya estaba fomentando de hecho una contra-Ilustración, tales opiniones resultaban peligrosas. Al tratarse de un joven al que se había otorgado una cátedra hasta entonces monopolizada por los jesuitas, Weishaupt se hallaba presionado. Así, la idea de una sociedad secreta, que enmascarara sus verdaderos propósitos aun a ojos de quienes lo habían contratado, tenía pleno sentido. Él mismo explicaría que había sacado la idea de un alumno protestante llamado Ernst Christoph Henninger, que le había hablado de las asociaciones de estudiantes de Jena, Erfurt, Halle y Leipzig, donde había estudiado previamente.[2] En otros aspectos, paradójicamente, los Illuminati se basarían en el modelo jesuítico, una red tan poderosa como poco transparente que había sido disuelta por el papa Clemente XIV en 1773. El primer borrador del texto de Weishaupt, «Escuela de humanidad», preveía que cada miembro debía llevar un diario en el que registrar sus pensamientos y sensaciones, y del que debía entregar un resumen a sus superiores; a cambio, dispondría de biblioteca, atención sanitaria, seguros y otras prestaciones.[3] Calificar el pensamiento de Weishaupt de ecléctico sería quedarse corto: sus proyectos para la orden incluían también elementos de los antiguos misterios griegos de Eleusis y del mazdeísmo (entre ellos, el uso del antiguo calendario persa). Otra de sus fuentes de inspiración eran los llamados «Alumbrados», un movimiento espiritual español del siglo XVI.

Si los Illuminati se hubieran mantenido fieles al modelo original de Weishaupt hace mucho que habrían pasado al olvido, suponiendo que se hubiera llegado a hablar de ellos en algún momento. La clave de su crecimiento y posterior notoriedad fue su penetración en las logias masónicas alemanas. Aunque sus raíces se remontan a las cofradías de canteros medievales, en el siglo XVIII la masonería ya constituía en sí misma una red en rápido crecimiento que, partiendo de Escocia e Inglaterra, ofrecía un ámbito de sociabilidad masculina exaltado por la mitología y el ritual, en un entorno en el que no se tenía en cuenta la pertenencia a la aristocracia o la burguesía.(16) Se había extendido rápidamente por toda Alemania, incluidos los estados meridionales, pese a los esfuerzos de la Iglesia católica para prohibir a los católicos que se hicieran masones.[4] Fue a Franz Xaver von Zwack, uno de los discípulos de Weishaupt, a quien se le ocurrió reclutar a los potenciales Illuminati en las logias alemanas, explotando el creciente descontento de muchos masones con su propio movimiento.

El final de la década de 1770 fue una época de ebullición en el seno de la francmasonería alemana, donde algunos puristas se oponían a la falta de secretismo y al menguante respeto por el mito de su descendencia de los caballeros templarios, como afirmaba el llamado «Rito de la Estricta Observancia».[5] Uno de los que estaban descontentos con la aparente degeneración de las órdenes masónicas en vacuos clubes gastronómicos era Adolph Franz Friedrich Ludwig, barón von Knigge, hijo de un funcionario de Hannover y educado en Gotinga, que era masón desde 1772.[6] Knigge deseaba algo más exclusivo y elevado de lo que se ofrecía en las logias que frecuentaba en Cassel y Frankfurt, un anhelo que en 1780 manifestó a otro masón aristocrático como él, el marqués Costanzo di Costanzo. Para sorpresa de Knigge, el marqués le reveló que ya existía una organización elitista como la que buscaba, a la que él mismo estaba afiliado con el nombre de Diomedes. Una acertada descripción de los Illuminati a partir de 1777 —fecha en que el propio Weishaupt se inició en la logia muniquesa Zur Behutsamkeit— es que se trataba de «una red clandestina incardinada en la masonería [...] algo así como una planta parásita».[7] Otro parásito similar eran los rosacruces, un movimiento más esotérico que el iluminismo, sobre el que se escribió mucho a principios del siglo XVII, pero que adquirió forma concreta como Rosa-Cruz de Oro en una serie de logias masónicas alemanas más o menos en la misma época.

El reclutamiento de Knigge marcó un punto de inflexión por dos razones: en primer lugar, era una persona con contactos mucho mejores que Weishaupt; y en segundo, entendía lo que ansiaban otros masones aristocráticos de mentalidad similar.[8] El barón —que al unirse a los Illuminati tomó el nombre de Filón— se quedó perplejo al descubrir lo embrionaria que era todavía la organización (además de lo atrasada que estaba Baviera cuando la visitó).[9] «La orden aún no existe —le confesó Weishaupt con franqueza—; solo en mi mente [...]. ¿Perdonaréis mi pequeño fraude?» Knigge no solo perdonó a Weishaupt, sino que tomó la iniciativa con entusiasmo, concibiendo a los Illuminati como un instrumento para reformar a fondo la propia masonería.[10] Revisó y amplió radicalmente la estructura que había ideado Weishaupt, subdividiendo los tres rangos o «grados» de los Illuminati y añadiendo gran cantidad de ritual masónico. El rango «preparatorio» de minerval se dividió en dos: minerval e illuminatus minor. También el segundo grado, el «masónico», se dividió en dos: illuminatus major o «novicio escocés», e illuminatus dirigens o «caballero escocés». El tercer rango, el «mistérico», se estratificó en «misterios menores» (con el grado de «presbítero» o princeps) y «misterios mayores» (con los grados de magus o «docetista» y rex o «philosophus»). De los Illuminati que ostentaban este último puesto procedían los cargos superiores de la orden: los inspectores nacionales, provinciales, prefectos y decanos de los sacerdotes. Estos rangos superiores vendrían a reemplazar a la cúspide original del sistema de Weishaupt, los «areopagitas».[11] Al mismo tiempo que se diseñaba este elaborado escalafón de grados, la estructura organizativa de la orden —en rápido crecimiento— se hacía cada vez más compleja, con numerosas «iglesias minervales», locales que respondían ante «prefecturas», «provincias» e «inspecciones».[12]

La primera paradoja del iluminismo, por tanto, es que se trataba de una red que anhelaba una elaborada estructura jerárquica a la vez que arremetía contra las jerarquías existentes. En su «Discurso a los dirigenti Illuminati recién ascendidos» de 1782, Weishaupt exponía su visión del mundo. En el estado de naturaleza, el hombre había sido libre, igual y feliz; la división en clases, la propiedad privada, la ambición personal y la formación del Estado habían venido después, como los «grandes motivos y causas impíos de nuestra desgracia». La humanidad había dejado de ser «una gran familia, un solo imperio», por el «deseo de los hombres de diferenciarse unos de otros». Pero la Ilustración, difundida gracias a las actividades de las sociedades secretas, podía superar esa estratificación social. Entonces «los príncipes y las naciones desaparecerían de la Tierra sin necesidad de violencia, la raza humana se convertiría en una familia y el mundo pasaría a ser la morada de los seres racionales».[13] Todo esto no se avenía demasiado con la exitosa campaña de Knigge para reclutar a nobles y príncipes masones en la orden.[14]

La segunda paradoja del iluminismo es su ambivalente relación con el cristianismo. Parece ser que el propio Knigge era deísta (admiraba a Spinoza, aunque también publicó algunos sermones que había pronunciado). Quizá Weishaupt compartiera tal inclinación, pero este adoptó la opinión de que solo la élite de la orden —quienes tenían el título de rex— debía mostrar de manera explícita sus simpatías por Holbach. En algunos de los escritos de Weishaupt se presenta a Jesucristo como «el libertador de su pueblo y de toda la especie humana», y profeta de «la doctrina de la razón», cuyo objetivo primordial ha sido «introducir la libertad y la igualdad generalizadas entre los hombres sin [necesidad de] revolución alguna». Por su parte, el argumento de la «Lección en la Primera Cámara» de Knigge era que los sacerdotes Illuminati eran los portadores del auténtico mensaje —sumamente igualitario— de Jesucristo, un mensaje que había sido distorsionado durante siglos.[15] Sin embargo, ninguno de los dos hombres creía realmente en ello; era todo un «piadoso fraude» (según admitiría Knigge en privado), que se revelaría como tal cuando un iluminado alcanzara el grado superior. El objetivo último de los Illuminati, pues, era una «Reforma Mundial» seudorreligiosa basada en los ideales de la Ilustración.[16]

Fue contra esas rocas —a la vez organizativas y religiosas— contra las que naufragaron los Illuminati. Knigge se quejaba del «talante jesuita» de Weishaupt. Dos eminentes Illuminati de Gotinga, Johann Georg Heinrich Feder y Christoph Meiners, lo acusaron de seguir las teorías políticas radicales de Jean-Jacques Rousseau. Otro iluminado, Franz Carl von Eckartshausen, renunció a ser miembro cuando supo de la admiración de Weishaupt hacia Helvétius y Holbach. Como archivero de Carlos Teodoro, el príncipe elector palatino que había heredado el Electorado bávaro tras la muerte de Maximiliano José, en 1777, Eckartshausen se hallaba en condiciones de presionar para que se prohibiera la orden. En 1784, tras una serie de prolongados debates en Weimar (algunos de los cuales contaron con la asistencia de Goethe), Knigge se vio obligado a dimitir.[17] Weishaupt pasó el liderazgo al conde Johann Martin de Stolberg-Rossla, quien se cree que disolvió la orden en abril de 1785, apenas un mes después del segundo edicto bávaro contra las sociedades secretas,[18] aunque existen algunas evidencias de que la actividad continuó hasta mediados de 1787, y Johann Joachim Christoph Bode no renunció a la idea de resucitar la orden en Weimar hasta 1788.[19] Todo parece indicar casi con certeza que, aunque no habían sido oficialmente prohibidos, los Illuminati se disolvieron dos años antes de la Revolución francesa. El propio Weishaupt pasó el resto de su vida bajo la protección de Ernesto II, duque de Sajonia-Gotha-Altenburgo, primero en Ratisbona y luego en Gotha, produciendo una tras otra varias ampulosas obras de autojustificación con títulos como «Historia completa de las persecuciones de los Illuminati en Baviera» (1785), «Retrato del iluminismo» (1786) y «Apología de los Illuminati» (1786). Aunque se dieron ciertos elementos de continuidad entre los Illuminati y la Unión Alemana de Karl Friedrich Bahrdt, tampoco hay que otorgarles mayor importancia. Como señalaba Knigge en su propia obra de autodefensa, Philo’s endliche Erklärung (1788), los Illuminati fueron desde un primer momento una contradicción en sus propios términos: una organización al servicio de la Ilustración que se rodeaba a sí misma de ofuscación.

Sin embargo, tanto los partidarios de la masonería convencional como los detractores de la Revolución francesa tenían grandes incentivos para exagerar la envergadura y la malignidad de los Illuminati. En sus panfletos de 1797, no solo John Robison sino también el abate Barruel hubieron de recurrir a algunas fuentes alemanas sumamente imaginativas para que sus acusaciones contra los Illuminati —en especial la afirmación de que habían sido los causantes de la Revolución francesa— parecieran creíbles. Lo más cercano a una conexión auténtica entre los Illuminati y la Revolución es el hecho de que Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau, se reunió con Jacob Mauvillon —que se había afiliado a la orden a instancias de Johann Joachim Christoph Bode— cuando el primero visitó Brunswick a mediados de la década de 1780. Pero la idea de que las logias masónicas francesas fueran los canales a través de los cuales las ideas revolucionarias viajaron de Ingolstadt a París no resiste ni siquiera el más somero de los análisis. Al fin y al cabo, fue en París donde se originaron las ideas revolucionarias. Las verdaderas líneas de comunicación discurrieron de los salones de la capital francesa a Baviera, y no al revés, a través de las bibliotecas de una serie de funcionarios ilustrados como Ickstatt, mentor de Weishaupt. Como veremos, existía una red internacional que conectaba a filósofos y otros estudiosos de toda Europa y que de hecho se extendía a través del Atlántico hasta Norteamérica. Pero era sobre todo una red de publicaciones, de intercambio de libros y correspondencia. Las logias masónicas y las sociedades secretas desempeñaron cierto papel; sin embargo, fueron más importantes los salones, las editoriales y las bibliotecas.

Así pues, hay que entender los Illuminati no como una omnipotente conspiración, sostenida por medios siniestros durante más de dos siglos, sino como una reveladora nota a pie de página en la historia de la Ilustración. Al tratarse de una red insertada en las redes mucho mayores de la masonería y la filosofía francesa, la orden de Weishaupt ejemplifica una época en que resultaba peligroso expresar ideas que cuestionaran de manera fundamental el statu quo religioso y político. El secretismo tenía sentido. Pero al mismo tiempo, en última instancia fue el secretismo el que posibilitó que las autoridades exageraran la amenaza revolucionaria planteada por los Illuminati. Lo cierto es que era otra red de mayor envergadura, la Ilustración, la que realmente tenía el potencial revolucionario, justo porque las ideas en cuestión circulaban con libertad en libros y revistas, y se habrían propagado de manera viral en Europa y América aunque Adam Weishaupt nunca hubiera existido.

A los historiadores les ha costado escribir esta historia porque, como ocurre con tantas redes, los Illuminati se ocultaban detrás, no de un archivo único y ordenado, sino de una serie de registros documentales dispersos; hasta que pudo accederse a los archivos de las logias masónicas, los historiadores hubieron de depender en gran medida de las memorias y los documentos confiscados y publicados por los enemigos de la orden. Entre los materiales que se afirma que estuvieron en posesión de Franz Xaver von Zwack había impresiones de sellos del Gobierno que se usaban para falsificar documentos, disertaciones en defensa del suicidio, instrucciones para fabricar gas venenoso y tinta invisible, una descripción de una caja fuerte especial para la salvaguardia de papeles secretos y recibos por la práctica de interrupciones del embarazo, junto con una fórmula para elaborar un té que también inducía el aborto. Hoy sabemos que todo esto difícilmente puede considerarse representativo de las actividades de la orden.[20] Más características de esta fueron las conversaciones meticulosamente registradas entre Bode y los Illuminati que reclutó en Turingia, las cuales plasman las tensiones esenciales inherentes a una sociedad secreta que pretendía fomentar la Ilustración, una red jerárquica que esperaba la autorrevelación íntima de sus novicios, pero que a cambio les ofrecía un engañabobos.[21] Confrontados al poder del Estado bávaro, personificado en el príncipe elector Carlos Teodoro, los Illuminati fueron aplastados con facilidad. Pero el propio elector tenía los días contados. Diez años después de que prohibiera las sociedades secretas, los ejércitos de la Francia revolucionaria invadieron el Palatinado, que también gobernaba Carlos Teodoro, y prosiguieron su avance hacia Baviera. Desde 1799 hasta la víspera de la batalla de Leipzig, en 1813, Baviera sería un satélite de lo que llegaría a ser el Imperio napoleónico. Mientras tanto, en Gotha —donde lo que quedaba del iluminismo había hallado refugio—, el hijo y heredero del duque Ernesto, Augusto, se distinguiría por su adulación al tirano francés.

Los Illuminati no fueron los causantes de la Revolución francesa, y mucho menos del auge de Napoleón, aunque sin duda se beneficiaron de ello (todos menos Weishaupt fueron indultados, y algunos, en especial Dalberg, llegaron a ser muy poderosos). Lejos de proseguir con su conjura en favor del gobierno mundial hasta nuestros días, dejaron de operar en la década de 1780, y los supuestos esfuerzos por resucitar la orden en el siglo XX fueron en gran medida falsos.(17) Sin embargo, su historia es parte integrante del complejo proceso histórico que condujo a Europa de la Ilustración a la Revolución y luego al Imperio; un proceso en que sin duda las redes intelectuales cumplieron un papel decisivo.

Partiendo de la mejor erudición moderna, este libro pretende rescatar la historia de las redes de las garras de los teóricos de la conspiración, y mostrar que el cambio histórico con frecuencia puede y debe entenderse precisamente en términos de este tipo de cuestionamientos de los órdenes jerárquicos fundamentados en las redes.

cap-13

SEGUNDA PARTE

Emperadores y exploradores