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Una bruma salada se elevaba lentamente de la superficie del Larme, el lago de las Lágrimas, e invadía el aire espeso y húmedo, adhiriéndose con una pátina centelleante a los troncos podridos de los árboles, a la hiedra enmarañada, a las piedras musgosas y a la mujer que se encontraba arrodillada en la orilla. Dahlia, la sacerdotisa vudú a la que los lugareños solían referirse como la bruja de los pantanos, se incorporó en silencio; sus ojos hundidos brillaron con el mismo fulgor rojizo que los de los caimanes que se deslizaban sinuosos por las aguas cenagosas de los pantanos cercanos del bayou.

De forma gradual, como un eclipse lunar en miniatura, una sombra oscura barrió la superficie del lago y cubrió también a la sacerdotisa. Ella levantó la vista y divisó una criatura elegante y extrañamente grande, de amplia envergadura y plumas de un blanco puro, que la sobrevolaba formando círculos. A primera vista hubiera parecido un ave exótica de no ser por el torso y la cabeza, que resultaban inconfundiblemente humanos a la vista, aun hallándose a tan elevada altura. La especie no aparecía en ninguna guía de observadores de aves, pero el rostro expectante de Dahlia, lejos de expresar sorpresa, se mudó en un gesto de reconocimiento. Se quedó observando y aguardó a que se posara, cosa que hizo con gracilidad. El rápido batir de sus alas, que sonó como el restallar de unas toallas mojadas, aminoró la velocidad de la criatura, y sus patas se orientaron hacia el agua como un tren de aterrizaje. La hermosa cara y la larga cabellera de una mujer adquirieron una definición más clara.

—Hace tiempo que te esperaba —dijo la sacerdotisa Dahlia, extendiendo los brazos hacia ella—. Ahora eres mía, preciosa.

Se concentró para atraerla hacia sí, para alejarla de la brumosa superficie del lago, pero la testaruda criatura no se dejaba gobernar. La ignoró, transformándose por completo en un ave al mismo tiempo que introducía su boca mudada en pico en las aguas y empezaba a sumergirse.

—No —le advirtió Dahlia, con un susurro—. No, por favor. Oh no, te lo ruego. Ven a mí.

Entonces, de forma igual de repentina, el ave volvió a emerger, arrebatada, sacudiéndose y graznando. Enzarzada aparentemente en una lucha invisible, presa de las garras de alguna suerte de depredador implacable. El agua salpicaba con violencia en todas las direcciones, cubriendo al animal. La sacerdotisa contempló la escena horrorizada mientras la criatura se iba agarrotando, poco a poco. Primero fueron las alas, que trataba de batir, agitándolas con fiereza, en un denodado pero vano esfuerzo por alzar el vuelo y huir. Les siguieron el cuello y el cuerpo, que quedaron rígidos, como por efecto de una congelación instantánea, dejando al ave suspendida en pleno movimiento. Fue rápido. No como la muerte, pero sí algo muy parecido.

Dahlia se hincó de rodillas en el barro, apretando los puños. Aquello no debía de haber pasado. ¿Qué posibilidades tenía ahora ella?

Respiró hondo varias veces, llenando sus pulmones de aquel aire húmedo y, una vez recuperada la serenidad, se puso de pie, bien erguida.

Empezó a entonar un cántico en voz baja mientras extendía los brazos sobre las tranquilas y oscuras aguas hacia la majestuosa ave inmóvil, un cisne gris embadurnado de una resbaladiza y brillante pátina salada, que flotaba casi al alcance de su mano. Se deslizaba sin ton ni son, como un farolillo japonés de papel, arrastrada ora para un lado, ora para el otro por una brisa apenas perceptible.

La sacerdotisa se cubrió la cabeza con la capucha de su capa negra, sujetó en su mano un palo de salvia blanca envuelto en rosas y violetas secas, y lo agitó sobre las ondas hasta que estas se calmaron. Las puntas de su larga cabellera negra se esparcieron como tentáculos al entrar en contacto con el agua, que reflejó el remedo de su cara tensa e inexpresiva, haciéndola cimbrear sobre la leve corriente, mientras el humo del palo formaba un halo a su alrededor, confinándola en una suerte de gruta improvisada. Se inclinó hacia la criatura exánime, el reflejo oscuro e impreciso de su largo brazo y de sus dedos extendidos tan retorcido como las ramas de los árboles que se cernían sobre ella. Como si de un niño perdido se tratara, agarró al ave y tiró de ella hacia sí con suavidad, de una manera casi reverencial. Examinó el pájaro con atención, sosteniéndolo con firmeza, como si fuera una joya preciosa; la luz de la luna centelleó sobre su revestimiento cristalino, lanzando un millar de destellos.

Aplicó sobre el animal la presión justa para anclarlo con firmeza al lodo acuoso de la orilla del lago y suspiró acariciando sus plumas, ahora pétreas al tacto.

—Oh. Podrías haber sido tan hermosa...

Dahlia raspó la costra de sal gruesa que cubría el plumaje y recogió los cristales semejantes a escamas de caspa en un mortero de madera bastamente tallado. Extrajo varias sustancias del interior de una bolsa de arpillera que descansaba en el suelo, a su lado, y las fue juntando hasta obtener un puñado. Machacó los polvos, hierbas, muda de piel de serpiente y sal hasta obtener una pasta homogénea y la espolvoreó sobre las ascuas de una pequeña hoguera ceremonial que había encendido. Del fuego se elevó una única fumarada, que se dispersó en una nube perfumada mientras ella entraba en trance. Comenzó a golpear rítmicamente un pequeño altar de piedra que había erigido al mismo tiempo que se balanceaba siguiendo el compás.

Simbi,

loa de las aguas

guía de almas

guardiana de la puerta entre mundos,

soy yo, la sacerdotisa Dahlia, quien te conjura de las profundidades.

Escúchame y sal a la superficie.

Dahlia abrió de par en par sus brazos para dar la bienvenida al espíritu. Las mansas aguas empezaron a agitarse y, en el centro del lago, se apareció un espectro serpentino. La cabaña decrépita de la sacerdotisa, erigida sobre pilotes en el extremo más alejado del lago, con sus dos ventanas apenas iluminadas por sendos faroles de queroseno que parpadeaban en la noche como la llama de una vela en los ojos tallados de una calabaza de Halloween, fue testigo de su llegada. Se levantó un remolino de aire que disipó la bruma y la humedad como si fueran hojas de otoño. El aire tórrido y saturado se tornó frío de repente.

Un gruñido grave y altisonante, que pareció surgir del tremedal, se articuló en palabras.

—¿Qué deseas? —gorgoteó el espíritu.

—La he perdido —respondió Dahlia haciendo una reverencia—. Mi única posibilidad. Estoy desesperada. Ilumíname con tu sabiduría.

La ominosa voz volvió a tronar entre los árboles.

—El último híbrido vive aún.

A Dahlia le sorprendió la noticia.

—¿Es eso cierto?

—Sí. Es joven, tan solo una niña. Todavía no está formada del todo, así que se plegará con facilidad a tu voluntad. Vendrá. Vendrá por lo que has hecho. Deberás obrar con precaución.

La voz resonante se disipó, al igual que el espíritu, que se replegó bajo las aguas. Dahlia dejó caer otro puñado de la mezcla sobre el fuego en el mismo instante en que la luna llena se asomaba sobre las copas de los árboles. La pálida y fría luz incidió sobre ella y también sobre el lago, revelando cuantos secretos habían permanecido ocultos al amparo de la oscuridad. Fondeada a lo largo de su perímetro se hallaba una flota de aves, tiesas como estatuas, inmóviles como un millar de navíos naufragados centelleando bajo el resplandor de la luna. Había murciélagos colgados de ramas muertas, un velorio de buitres encorvados sobre un cadáver del que ya no quedaba rastro e imponentes garzas posadas para la eternidad en la orilla. El lago tenía todo el aspecto de un viejísimo jardín colgante asfixiado por la maleza a medianoche.

Dahlia inspeccionó el paisaje y su repertorio de animales petrificados con no poca satisfacción, como si fuera un guarda de zoológico o un coleccionista, y se arrodilló una vez más ante el lago. Volvió a hacer una reverencia en dirección al cisne sin vida, tan elegante y frágil, que ahora reposaba solitario en la diminuta isla del centro del lago.

—Ven —dijo dirigiéndose al cielo nocturno—. Tú, la que aún has de volar.

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El sonido de un tableteo de huesos huecos y un revoloteo de suaves plumas golpeando contra el cristal de la ventana sacó a Wren Grayson de un profundo sueño. Unas pocas tórtolas se habían reunido sobre el alféizar y zureaban su triste lamento de cinco notas, tal y como venían haciendo un día tras otro desde que nació y las cuales se habían vuelto más numerosas y ruidosas desde que su madre no estaba. Wren estiró los brazos y se frotó los ojos color avellana hasta que los borrosos contornos de las tórtolas adquirieron total nitidez.

—Odio a los pájaros —gruñó irritada contra la almohada, entre una maraña de largos mechones rizados de color rubio oscuro—. ¡Los odio!

La fresca mañana de Maine y la aparición de las primeras pilas de hojas otoñales barridas por el viento tendrían que haberla aliviado, pues eran una clara señal de que las aves pronto volarían al sur para pasar allí el invierno y la dejarían en paz.

Pero la estación también traía a Wren recuerdos de su madre: hacía exactamente un año que había desaparecido durante una expedición ornitológica y la habían dado por muerta. Los pájaros regresarían, pero no así su madre. Se había marchado para siempre. Y era por culpa de las aves. En un primer momento este pensamiento la enfurecía pero luego dejaba paso al resentimiento. Era un círculo vicioso que no paraba de alimentar.

Sin embargo, y por alguna razón que Wren dudaba mucho poder llegar a entender jamás, aquellos pájaros la adoraban. Wren arrugó la nariz mientras abría un ojo y fijaba la vista en el alféizar. Como de costumbre habían acudido para hacerle entrega de sus presentes, fruto de las escarbaduras de la noche anterior: bridas de colores de esas con las que se cierran las bolsas de basura, anillos de baratija de los que se obtienen en las máquinas dispensadoras de bolas y que conseguían en los aparcamientos de los supermercados, tapones de botellas, pequeños peluches mugrientos hallados en las ferias ambulantes y parques de atracciones locales, siniestros restos de muñecas desmembradas y retales de tejidos exóticos procedentes de los mercadillos. En definitiva, cualquier objeto que pudieran recoger con sus avarientos piquitos. Wren debía reconocer que apreciaba la capacidad que tenían de transformar el alféizar de su ventana, así, como por ensalmo, en un museo de basura chic único en su especie, pero lo cierto era que, de un tiempo a esa parte, aquello se parecía cada vez más a un montón de desechos y las baratijas chillonas le recordaban ofrendas funerarias —o de penitencia.

—Lo siento, pero no —refunfuñó, rechazando sus ofrendas.

¿De verdad pensaban que iban a mejorar la situación regalándole basura? En ese caso no era la intención lo que contaba, y ella no estaba ni mucho menos en disposición de perdonarles su culpa. Tendrían que vivir con eso. Igual que ella.

No obstante, los pájaros prosiguieron con su tableteo, su revoloteo y su zurear. Tiró del edredón de pluma de ganso y se cubrió la cabeza para ahogar el ruido, pero el trío se quedó allí posado, entonando al unísono aquel triste canto suyo de cinco notas, como tres bardos de mal agüero. Sonaban más deprimentes y chillonas que de costumbre, claro que en ese momento de la vida de Wren todo se salía de lo acostumbrado.

Lo único que le resultaba más irreal que la desaparición de su madre era la insistencia de su padre en preservar un ambiente de normalidad en un claro intento por negar la realidad: se comportaba como si nada de aquello hubiese sucedido y conservaba las cosas de su madre por la casa, sin tocar, como si todavía estuviese de expedición.

—¡Arriba, Wren! ¡En marcha! —llamó Miles Grayson a la vez que golpeteaba repetida y rápidamente, como un pájaro carpintero, en la puerta de su dormitorio con la uña del dedo. Qué típico de él. Primero las tórtolas. Y ahora, esto. Puede que el mundo pajaril atrajera mucho al resto de los miembros del hogar Grayson, pero a ella no le interesaba lo más mínimo.

—Jo —protestó ella, con los ojos cerrados y todavía medio dormida—. ¡Ya estoy en marcha!

Aquello, obviamente, era una mentira y sabía de sobra que su padre era demasiado listo para tragársela. «El ave que madruga se lleva la oruga», le decía él siempre. Pero ella no era pájaro mañanero ni tenía nunca el menor deseo de atrapar una oruga. «¿Y si resulta que soy yo la oruga? —le contestaba siempre ella con brusquedad—. Se me comerían viva.» Hasta entonces había sido siempre su madre la encargada de despertarla.

Más pájaros. Era como si no pudiera escapar de ellos.

Su padre abrió la puerta una rendija y asomó la cabeza.

—¿Qué tal te encuentras hoy? —preguntó con tono alegre, aunque comedido.

Tocaba cumplir con las formalidades diarias, intercambiar con su padre las mismas frases de cortesía y fingir que todo marchaba como siempre, que era normal tener esa sensación de estar escalando una montaña resbaladiza en chanclas.

«¿Quieres que te diga la verdad, papá? Tengo ganas de vomitar. Los compañeros de Lincoln se me van a comer viva y a escupirme después. Gracias por preguntar», pensó.

Pero, en cambio, dijo:

—Bien.

Como siempre. Lo que de verdad quería era quejarse y recibir un poco de esa comprensión de la que estaba tan necesitada y unas palabras de ánimo. También quería decirle que la pérdida de su madre le provocaba una honda tristeza que brotaba de sus huesos y la reconcomía hasta la punta de sus uñas mordisqueadas. Pero ese no era un tema que a su padre le gustase abordar ni a esa ni a ninguna hora, y ella lo sabía. Miles, el avestruz.

Ese día, sin embargo, era distinto.

Era el aniversario.

Un año entero. Aunque no había sido su intención señalarla, la fecha parecía sobresalir del calendario, subrayada y destacada en rotulador fluorescente, aproximándose por momentos, sacudiendo sus cimientos como una estampida a punto de echárseles encima.

Lo que menos necesitaba él precisamente ese día es que ella lo atosigase con su particular drama escolar.

—¿Y qué tal estás tú, papá? —le preguntó—. ¿Cómo te encuentras?

La sonrisa del señor Grayson se desvaneció. No sin cierto nerviosismo, depositó su taza de café junto al banco empotrado bajo la ventana, desde donde se divisaba el mar de un color verde oscuro, y al hacerlo, derramó parte del líquido sobre los libros de la estantería que había debajo. Lo secó apresuradamente con la manga de la camisa, antes de abrir ligeramente la ventana.

No la miró a los ojos. Estaba atorado. Escogiendo las palabras. Wren deseó al instante no haberle preguntado nada. Inquieto, empezó a mesarse el alborotado remolino de pelo entrecano de la coronilla —su «cresta de gallo», como la llamaba su madre—, tratando de dar con una respuesta apropiada. Wren no estaba segura de si aquel peinado suyo era intencionado o si, por el contrario, era así como se levantaba de la cama cada mañana. Lo que sí tenía muy claro es que lo adoraba, y a su padre también.

En ese momento, una ráfaga de aire salado de Maine entremezclado con olor a pinos se coló por la ventana y alivió aquel ambiente asfixiante, algo que ambos agradecieron.

—Estoy bien, solo un poco nerviosillo con eso de que hayas cumplido ya los doce años y empieces hoy en el instituto —repuso—. Eso y que bebo demasiado café, claro.

«Vale. Buen despeje, papá.»

—Mamá siempre decía que tú puedes estar todo el día bebiendo café, que nunca tienes bastante —le dijo Wren.

Su intento solo obtuvo el silencio como respuesta. De modo que era así como pensaba salir del paso, ¿no? A mamá ese día ni mentarla, ni hablar. «Mamá sigue de viaje y todo va bien y estamos todos taaan contentos.»

Pero ella había leído el informe de la policía. Su padre era el rey del caos ordenado, así que a menudo se dejaba cosas por el medio que no quería que ella viera. Wren había visto las palabras «DESAPARECIDA, DADA POR MUERTA». E incluso su extravagante abuelo Hen, que vivía un poco en su mundo de fantasía, le había escrito una carta a su padre hacía tan solo dos meses, en la que le decía: «Creo que la hemos perdido para siempre». Otra cosa que seguramente se suponía que ella no tenía que haber visto.

Aquella carta era, no obstante, la última noticia que habían tenido de su abuelo, ese hombre que solía hacerla cabalgar sobre sus rodillas cuando no estaba contándole historias sobre criaturas fantásticas con forma de pájaro. Tenía cierto aire a científico loco, a lo Albert Einstein, con aquella enmarañada y rebelde mata de pelo. También a él lo echaba de menos, casi tanto como a su madre.

Se había quedado allí para proseguir con la expedición o, por lo menos, eso es lo que él les había dicho. Fue como lo expresó en otra de sus cartas: «Sé que Margot hubiese querido que tomara el relevo y continuara con la expedición, así que lo haré, por ella».

Sí, probablemente fuera cierto. Tanto su padre como su madre habían sido profesores de ornitología en el campus de Brunswick, y a ambos les chiflaban las aves. Es más, ese era precisamente el motivo por el que su madre la había abandonado: los malditos pájaros.

—¿Sueñas con ella alguna vez? —le soltó, emergiendo lentamente de debajo del edredón.

Los hombros de su padre se hundieron en un gesto de derrota.

—¿De verdad tenemos que hablar de esto ahora, Wren? —preguntó él.

—Sí —dijo ella—. Hoy hace un año, así que sí, tenemos que hablar de esto ahora.

Wren se incorporó despacio y buscó a tientas, a su espalda, la almohada sobre la que había estado durmiendo. La almohada de su madre.

—Sueño con ella todas las noches —contestó él con solemnidad—. ¿Y tú?

Wren negó con la cabeza.

—Ojalá. Estoy empezando a olvidar cosas de ella. Pero no, yo sueño que vuelo.

Los ojos de él se ensancharon ligeramente.

—¿Es eso cierto?

—Constantemente y a todas horas. —Wren reparó en la expresión de su padre. Había reculado un poco, casi como si ella acabase de anunciarle su intención de unirse a un circo—. No sé por qué te sorprende tanto. Es un sueño muy común, eso de volar. ¿No?

Él esbozó una sonrisa forzada.

—En efecto.

Lo que no le contó a su padre es que cuando algo llamaba su atención —un árbol, un edificio, un monumento interesante— siempre se preguntaba qué aspecto tendría desde lo alto. A vista de pájaro. Eso probablemente fuera un poco raro. Pero, bueno, es que nada en ella resultaba del todo normal. O eso decían los niños del colegio. Se abrazó a la almohada, estrechándola con fuerza contra sí; el estómago encogido de pavor ante la idea de su primer día en Lincoln. Al estrujarla, la tela desgastada se desgarró por las costuras dejando al descubierto una prieta corona de plumas blancas entretejidas en forma de remolino y con los cañones apuntando hacia el centro.

Miles se quedó mirando la plumosa espiral con los ojos muy abiertos.

—¿De dónde has sacado eso? —preguntó en tono de reproche, al mismo tiempo que alargaba la mano para arrebatarle la almohada igual que cuando intentaba quitarle las chocolatinas extras que, de pequeña, intentaba llevarse a hurtadillas.

—¿Qué ocurre, papá? —preguntó ella un tanto asustada por el tono grave de su padre, mientras se la entregaba.

Él palpó la almohada, buscó la hendidura que había dejado la cabeza de Wren y perfiló con los dedos la silueta del conjunto de plumas apelmazadas en el interior.

—Una corona de muerte —murmuró.

—¿Una corona de muerte? —preguntó ella.

—Olvídalo —dijo él, restándole importancia.

—Papá… —Wren le cogió la mano y la apretó—. ¿Qué es? Dímelo.

Su padre permaneció en silencio.

—Lo puedo buscar en Google, papá… —dijo ella.

Miles siguió sin responder, rehuyendo sus ojos una vez más.

—Alexa… ¿qué es una corona de muerte? —preguntó Wren.

«En el folclore de los indios apalaches…», arrancó el asistente digital.

—Alexa, B-A-S-T-A —ordenó Miles.

«… Un extraño fenómeno de coronas de plumas halladas en las almohadas de…», prosiguió Alexa, tornando la conversación más incómoda y dolorosa aún.

—¡ALEXA! ¡BASTA!

La situación devino en un verdadero caos mientras su padre, desesperado, trataba de detener el aparato pulsando botones y desenchufando todos los cables. Era obvio que aquello era algo que él deseaba que ella escuchara de sus labios y no de una voz incorpórea que nada sabía acerca de Wren, salvo qué series consumía compulsivamente y a qué hora quería que le apagaran las luces cada noche. Aun así, era una de esas veces en las que a ella le habría gustado que su padre le hablara como a una adulta y dejara de protegerla. Tenía doce años, no dos.

Miles resopló y volvió a pasarse los dedos entre su cresta enmarañada.

—En el folclore de los apalaches, una corona de muerte es un apelmazamiento circular de plumas que se forma en las almohadas de las personas enfermas o moribundas —explicó—. Hay quienes creen que es una señal de los de arriba para hacer saber a los miembros de una familia que su ser querido ha llegado al cielo sano y salvo, mientras que otras personas lo consideran…

—¿Qué, papá? —le presionó ella.

—Un augurio de muerte. Un presagio —dijo él.

La palabra «muerte» permaneció suspendida en el aire como un visitante no deseado. Wren tragó saliva.

—¿Significa eso que mamá ha recibido su corona eterna y nos lo intenta comunicar? —preguntó Wren, conteniendo las lágrimas—. ¿O acaso quiere decir que me voy a…?

Su padre la interrumpió.

—Son solo supersticiones. Una interpretación mágica de un hecho completamente corriente. Tanto como cuando miras al cielo y ves una nube que se parece a un caimán o…

—¿O a tu madre?

Miles hizo una pausa, esbozó una pequeña sonrisa y le acarició la mejilla.

—¿Te ha pasado eso?

Ella se encogió de hombros. Detestaba tener que reconocer que era lo único que hacía últimamente; escudriñar las nubes en busca de alguna señal de que su madre estaba en un lugar mejor y todo iba bien.

El señor Grayson tocó la almohada.

—Tu madre siempre insistía en que las almohadas y edredones tenían que ser de pluma de ganso. Sí o sí. Duermes con la cabeza sobre la almohada toda la noche. Das cabezadas, te remueves, pasas calor, sudas…

—¡Puaj! —intervino Wren.

—Las plumas se amoldan a la forma de tu cabeza, que sigue siendo redonda, por lo que veo —bromeó su padre, quien, a continuación, hizo una floritura sobre la almohada con una varita mágica invisible—. ¡Y, tachán, corona de muerte al canto!

—¿Y qué pasa si me lo creo?

—Wren, es un cuento chino. No hay datos que lo demuestren —zanjó—. Y ahora, venga, en marcha. Es hora de ir al instituto.

Wren se sacudió de una patada el edredón de encima y se levantó de la cama, sumida en sus pensamientos.

Se dirigió a la cómoda para buscar sus calcetines de lana preferidos. Eran verdes y estaban muy gastados, con algún que otro tomate en los talones. Con el rabillo del ojo, vio reflejado en el espejo a su padre, que estaba deshaciendo la corona de plumas de su almohada con suma diligencia, casi como si quisiera eliminar de la casa todo cuanto pudiera estar asociado con la muerte. Allí reflejados estaban también los pájaros, que los miraban a ambos, zureando su lastimera cantinela sin cesar.

—¿Vas a subir, papá? —preguntó Wren con cautela, esbozando de manera fugaz una sonrisa condescendiente.

Él le devolvió la sonrisa, limitándose a contestarle con sus tristes ojos.

Wren no necesitaba que él le respondiera. Sabía con exactitud adónde iba. A la galería de la planta superior, y de ahí al mirador del torreón, donde se sentaba cada día, sorbiendo su café, oteando el horizonte por encima del rocoso litoral de Christmas Cove, aguardando a que regresara su madre como si de una paloma mensajera se tratase. Era fiel a su cita cada amanecer y cada atardecer. Siempre ojo avizor, a la espera de su amada.

«Es todo de un romanticismo tan trágico…», pensó Wren. Una extravagante pero hermosa tradición abandonada tiempo atrás por las esposas de los marineros a los que se daba por perdidos en la mar. Aun cuando él se negaba a hablar sobre su madre, a Wren le resultaba reconfortante que hubiese recuperado aquella costumbre. La esperanza es lo que se pierde con más facilidad, y esto significaba que él no había perdido la suya.

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—¡A desayunar! —llamó Miles Grayson desde la cocina, situada en la planta de abajo—. ¡Mueve las plumas del trasero o perderás el autobús el primer día!

Wren gruñó ante la mención de las plumas. Comprobó la hora en su teléfono móvil e inspiró el aroma de su desayuno predilecto cocinándose en la sartén: tortitas con arándanos, que ella misma recolectaba. Estaba perdiendo el tiempo, pero es que le costaba ponerse en marcha.

Había muchos motivos a los que achacar su flojera —el hecho de que fuera su primer día en el instituto, el madrugón, la corona de muerte, el primer aniversario del fallecimiento de su madre, los nervios de ir a un colegio nuevo y la expectativa de tener que revivir los mismos problemas de siempre con sus compañeros de clase—, pero fueron las palomas las que cargaron con la culpa.

—¿Seguís aquí, pajaritos? —susurró Wren y, sin quitarles el ojo de encima, alcanzó con la mano la pila de gomas elásticas de colores que guardaba en un tarro antiguo de farmacia sobre la mesilla de noche. Cogió una de color violeta y se la colocó entre los dedos pulgar e índice, estirándola. Cerró un ojo, apuntó y disparó. La goma elástica golpeó ruidosamente contra el viejo cristal emplomado de la ventana y las palomas, sobresaltadas, se escabulleron presas del pánico.

»¡Pum! —se regodeó, dispersando de un soplido el humo imaginario que se elevaba de la punta de su dedo al más puro estilo de un viejo pistolero del Salvaje Oeste. Se paró un momento para mirar por la ventana y admirar su hazaña. Las palomas se habían batido en retirada hasta una rama próxima al enorme pino que crecía en el jardincito lateral. Como siempre, se mantenían cerca pero sabiamente fuera de su alcance. Empezó a pasearse de un lado a otro por delante de la ventana como una leona enjaulada, dejándoles bien claro que ese día no estaba para bromas. Las desafiantes palomas no se movieron un ápice.

Wren retorció su melena de pelo rubio sucio en un moño suelto y se lo prendió con dos palillos para el cabello que su abuelo Hen le había tallado. Se enfundó su camiseta preferida: negra, desgastada y estampada con una enorme media luna, herencia de cuando su madre iba a la universidad.

Una vez embutida en sus leggings, se inspeccionó en el espejo, preguntándose lo que diría su madre de su apariencia y temiendo el momento en el que, más tarde, tendría que justificarse ante sus criticonas compañeras de clase. Todas ellas tenían la suerte de poder salir de compras para preparar la vuelta al cole, hacerse las uñas, teñirse el pelo de colores molones y escoger conjuntitos perfectos con sus mamis. Wren estaba sola. No es que esa fuera la única razón por la que le hubiese gustado tener allí a su madre, pero sí una de peso.

Corrió hasta el baño y domó su aliento de dragón con un buen cepillado y una generosa dosis de colutorio Tom’s of Maine sabor menta intensa. Se enjuagó la boca, hizo gárgaras y escupió. Luego se secó la boca y estuvo mirándose al espejo un buen rato, reparando en todos sus defectos, tal y como ella los veía; ganándole por la mano a la camarilla de chicas de turno del instituto. Aquella era su realidad. El penacho de pelo aposentado en su coronilla como un nido, sus cejas espesas y pilosas, los ojos separados, los pómulos un poco chupados, la nariz alargada y la barbilla afilada. Lo cual, sumado a unas piernas flacuchas y un torso plano, al pecho ligeramente abultado y a sus largos brazos y dedos —su envergadura, como le decía siempre su abuelo—, le confería un aspecto aviar muy propio de la familia.

Él debió de reparar en las similitudes al nacer ella de forma prematura y por eso la llamó Wren, que es el nombre de uno de los pájaros más diminutos, pero con fama de ser también uno de los más poderosos: pueden volar hasta lo más alto a pesar de su pequeño tamaño.

Sí, los pájaros la habían rondado desde el momento en que nació.

Sin embargo, no todas las aves se consideran hermosas, y por mucho que sus padres insistieran en exaltar lo que en su opinión era una belleza natural y sin pulir, Wren tenía a veces la sensación de que sus rasgos no eran tanto heredados como producto de un ensamblaje. Un rompecabezas en el que, aunque lo intentara, no conseguía que acabaran de encajar algunas piezas.

—Una muñeca de trapo de baratillo —murmuró, levantando los pulgares con un gesto sarcástico y apagando la luz del baño, lista para enfrentarse al día y a los inevitables cloqueos despectivos de sus nuevas compañeras.

Wren se puso una cómoda y holgada chaqueta gris de punto y embutió sus delgados pies en un par de zapatillas Converse de color magenta para completar su atuendo. A punto estaba de salir de su dormitorio cuando recordó que todavía tenía que hacer limpieza de la remesa matutina de las palomas. Por mucho que lo intentara, era incapaz de escabullirse sin antes hacerlo. Se fue hasta la ventana, la abrió, inspiró hondo el aire mañanero de Maine y cribó la basura cual conservadora de un museo de desechos.

Había desarrollado un sexto sentido para distinguir lo que era importante de lo que no lo era; para diferenciar lo que brillaría en su frasco de baratijas de aquello que era solo porquería. Su madre siempre le decía que tenía una vista de halcón y, en efecto, justo cuando estaba a punto de cerrar la ventana, lo vio. Destellando a la luz del sol.

La cosa más preciosa que había visto jamás. Un anillo. Con una piedra exótica.

Parecía una especie de fósil, con una serie de círculos concéntricos de color blanco lechoso, rojo, gris y rosado, como un ojo, separados por fisuras de herrumbre.

Ese anillo no era de juguete como los que solían llevarle los pájaros, no, ese era auténtico. Lo cogió y, muy despacio, se lo acercó a la cara para examinarlo como había visto hacer por el escaparate al joyero del pueblo con su visera con luz. Le pareció fascinante, casi como un artefacto de una era lejana y pasada. Reparó en que la exquisita piedra estaba encajada en lo que parecían unas garras de plata. Wren sentía curiosidad y miedo, pero no podía apartar la vista del anillo. Con la mirada fija en la piedra se sintió inquietantemente atraída hacia ella, hacia sus misteriosas profundidades, como si se estuviera asomando a un pozo sin fondo y este le devolviera la mirada.

—¡Vamos, Wren! —la llamó su padre—. ¡Tengo que acercarme a Salem para investigar la misteriosa muerte de un puñado de cisnes trompeteros!

—Oh, ¡ya voy! —chilló ella, volviendo a la realidad de un sobresalto.

Agarró la mochila, se metió el anillo en el bolsillo y bajó corriendo las escaleras de madera oscura mientras imitaba a la perfección el canto de cinco notas de las palomas. Se detuvo en el distribuidor un segundo para ponerse la cazadora. Extrajo del bolsillo una mordisqueada barrita energética del día anterior y, asomándose a la cocina para que su padre la viera, le dio un pequeño bocado.

—No quiero llegar tarde —farfulló con la boca llena a la vez que salía a toda velocidad por la puerta.

—Wren Grayson, ¡comes como un pajarito! —gritó él a su espalda con su taza (en la que podía leerse el mensaje «Al loro») en los labios mientras ella bajaba los escalones de piedra y desaparecía de la vista.

Su padre tenía en su haber todo un armamento no solo de chistes malos, sino de chistes malos de pájaros. O de pajaderías, como los llamaba él. Era un experto ornitólogo que sabía todo lo que había que saber sobre las aves y, sin embargo, hacía comentarios como aquel. Afirmaciones que eran descaradamente falsas. Porque era bien sabido que el colibrí come unas dos veces el equivalente a su peso todos los días.

El caso es que desde niña todo en su vida había estado relacionado con los pájaros.

Y quizá fuera esa la razón por la que le dolía tanto. Su padre quería fingir que no había sucedido, pero, ahora parecía que todo se confabulaba para recordarle día a día, minuto a minuto, que los pájaros le habían arrebatado lo más importante de su vida.