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PRÓLOGO

 

 

 

¿Qué ha sido del bien común?

 

Desde el rotundo fracaso económico, cultural, social y medioambiental de las economías planificadas, desde la caída del muro de Berlín y la metamorfosis económica de China, la economía de mercado ha pasado a ser el modelo dominante, por no decir exclusivo, de organización de nuestras sociedades. Incluso en el «mundo libre», el poder político ha perdido su influencia en favor del mercado y de una serie de nuevos actores. Las privatizaciones, la apertura a la competencia, la globalización, el sistemático uso de las subastas para los contratos públicos restringen el ámbito de la decisión pública. Y el aparato judicial y las autoridades independientes de regulación, órganos no sometidos a la primacía de lo político, se han convertido en actores imprescindibles.

Sin embargo, la victoria de la economía de mercado solo ha sido una victoria a medias, pues no se ha ganado a la gente. La supremacía del mercado, que solo cuenta con la confianza de una pequeña minoría de nuestros conciudadanos, se acepta con un fatalismo unido, en algunos casos, a la indignación. Una crítica poco precisa denuncia el triunfo de la economía sobre los valores humanistas, un mundo sin piedad ni compasión entregado al interés privado, la desintegración del vínculo social y de los valores ligados a la dignidad humana, el repliegue de lo político y del servicio público, o la falta de sostenibilidad de nuestro medioambiente. Un eslogan popular que traspasa las fronteras nos recuerda que «el mundo no es una mercancía». Todos estos dilemas resuenan con particular intensidad en el contexto actual marcado por la crisis financiera, el aumento del paro y las desigualdades, la incapacidad de nuestros dirigentes de hacer frente al cambio climático, la fragilidad de la construcción europea, la inestabilidad geopolítica y la crisis de los migrantes que de ella resulta, así como por el auge de los populismos en todo el mundo.

¿Qué ha sido de la búsqueda del bien común? ¿En qué medida la economía puede contribuir a su realización?

Definir el bien común, ese al que aspiramos para nuestra sociedad, requiere, al menos en parte, un juicio de valor. Dicho juicio puede reflejar nuestras preferencias, nuestro grado de información, así como el lugar que ocupamos en la sociedad. Aunque estemos de acuerdo en que esos objetivos son deseables, podemos ponderar de diferente modo la equidad, el poder adquisitivo, el medioambiente, la importancia que concedamos al trabajo o a nuestra vida privada. Por no hablar de otras dimensiones como los valores morales, la religión o la espiritualidad sobre las que puede haber opiniones profundamente divergentes.

Sin embargo, es posible eliminar parte de la arbitrariedad inherente al ejercicio de definir el bien común. La reflexión intelectual nos ofrece una buena introducción en la materia. Suponga que usted aún no ha nacido y que, por lo tanto, no conoce el lugar que le va a ser reservado en la sociedad: ni sus genes, ni su medio familiar, social, ético, religioso, nacional... Y plantéese la pregunta: «¿En qué sociedad me gustaría vivir, sabiendo que podría ser un hombre o una mujer, estar dotado de buena o mala salud, haber nacido en el seno de una familia acomodada o pobre, instruida o poco cultivada, atea o creyente, crecer en el centro de París o en Lozère, querer realizarme a través del trabajo u optar por otro estilo de vida, etcétera?». Ese modo de interrogarse, de hacer abstracción del lugar que se ocupa en la sociedad y de los atributos que se poseen, de situarse «tras el velo de la ignorancia», es producto de una larga tradición intelectual, inaugurada en Inglaterra en el siglo XVII por Thomas Hobbes y John Locke, que prosiguió en la Europa continental en el siglo XVIII con Immanuel Kant y Jean-Jacques Rousseau (y su contrato social) y que se ha renovado recientemente en Estados Unidos con la teoría de la justicia del filósofo John Rawls (1971) y la comparación interpersonal de los bienestares del economista John Harsanyi (1955).

Para limitar las alternativas e impedir que usted se salga por la tangente mediante una respuesta utópica, reformularé ligeramente la pregunta: «¿En qué organización de la sociedad le gustaría vivir?». Lo pertinente, en efecto, no es saber en qué sociedad ideal nos gustaría vivir (por ejemplo, en una sociedad en la que los ciudadanos, los trabajadores, los dirigentes del mundo económico, los responsables políticos, los países darían espontáneamente preferencia al interés general en detrimento de su interés personal), pues, aunque, como veremos en este libro, el ser humano no busca siempre su interés material, no tener en cuenta los incentivos y una serie de comportamientos muy previsibles, como ocurrió, por ejemplo, con el mito del hombre nuevo, llevó en el pasado a unas formas de organización de la sociedad totalitarias y empobrecedoras.

Este libro parte, pues, del principio siguiente: ya seamos políticos, empresarios, asalariados, parados, trabajadores independientes, altos funcionarios, agricultores, investigadores, sea cual sea el lugar que ocupemos en la sociedad, todos reaccionamos a los incentivos a los que nos enfrentamos. Estos incentivos —materiales o sociales—, unidos a nuestras preferencias, definen nuestro comportamiento. Un comportamiento que puede ir en contra del interés colectivo. Esa es la razón por la que la búsqueda del bien común pasa en gran medida por la creación de instituciones cuyo objetivo sea conciliar en la medida de lo posible el interés individual y el interés general. En este sentido, la economía de mercado no es en absoluto una finalidad. Es, como mucho, un instrumento, y un instrumento muy imperfecto, si se tiene en cuenta la discrepancia que puede haber entre el interés privado de los individuos, los grupos sociales o las naciones y el interés general.

Aunque es difícil situarse tras el velo de la ignorancia, dado lo condicionados que estamos por el lugar específico que ocupamos en la sociedad[1], este ejercicio intelectual nos permitirá encaminarnos con mucha más seguridad hacia un terreno de entendimiento. Puede que yo consuma mucha agua o que contamine mucho, no porque me produzca un placer intrínseco, sino porque satisface mi interés material: produzco más verduras, economizo en gastos de aislamiento o me ahorro el comprar un vehículo menos contaminante. Y usted, que padece mi actitud, lo desaprobará. Pero, si reflexionamos acerca de la organización de la sociedad, podemos ponernos de acuerdo sobre si mi comportamiento es deseable desde el punto de vista de alguien que no sabe si será beneficiario o víctima de él, es decir, si el perjuicio de la segunda supera el beneficio del primero. El interés individual y el interés general divergen cuando mi libre albedrío se enfrenta al interés de usted, pero convergen en parte tras el velo de la ignorancia.

Otro beneficio de ese instrumento de razonamiento que es la abstracción del velo de la ignorancia radica en que los derechos adquieren racionalidad y dejan de ser simples eslóganes: el derecho a la sanidad es una garantía frente a la desgracia de tener malos genes, la igualdad de oportunidades en la educación debe ser una garantía frente a las diferencias que genera el medio en el que nacemos y crecemos, los derechos humanos y la libertad son protecciones frente a la arbitrariedad de los gobernantes, etcétera. Los derechos dejan de ser conceptos absolutos, que la sociedad puede conceder o no, y eso los hace más operativos, pues en la práctica pueden otorgarse a diversos niveles o entrar en conflicto entre sí (por ejemplo, la libertad de uno acaba donde comienza la del otro).

La búsqueda del bien común adopta como criterio nuestro bienestar tras el velo de la ignorancia. No prejuzga soluciones y no tiene más finalidad que el bienestar colectivo. Admite el uso privado para el bienestar de la persona[2], pero no el abusar de él a expensas de los demás. Tomemos el ejemplo de los bienes comunes, esos bienes que, tras el velo de la ignorancia, deben, por equidad, pertenecer a la comunidad: el planeta, el agua, el aire, la biodiversidad, el patrimonio, la belleza del paisaje... Su pertenencia a la comunidad no impide que, al final, esos bienes terminen siendo consumidos por los individuos. Por todos, a condición de que mi consumo no excluya el de usted (es el caso del conocimiento, del alumbrado público, de la defensa nacional o del aire[3]). Por el contrario, si el bien está disponible en cantidad limitada o si la colectividad desea restringir su uso (como en el caso de las emisiones de CO2), este último se privatiza necesariamente de un modo u otro. Así, la tarificación del agua, del carbono o del espectro radioeléctrico privatiza su consumo concediendo a los agentes económicos un uso privativo siempre y cuando paguen a la colectividad el precio exigido. Pero es precisamente la búsqueda del bien común la que motiva ese uso privativo: el poder público quiere evitar que se derroche agua, desea responsabilizar a los agentes económicos de la gravedad de sus emisiones y pretende asignar un recurso escaso —el espectro radioeléctrico— a aquellos operadores que vayan a hacer buen uso de él.

Estas observaciones anticipan en gran medida la respuesta a la segunda pregunta, la contribución de la economía a la búsqueda del bien común. La economía, como las otras ciencias humanas y sociales, no tiene como objetivo sustituir a la sociedad a la hora de definir el bien común. Pero puede contribuir a ello de dos modos. Por una parte, puede orientar el debate hacia los objetivos encarnados en el concepto de bien común diferenciándolos de los instrumentos que pueden contribuir a su realización. Pues, como veremos, con demasiada frecuencia dichos instrumentos, ya se trate de una institución (por ejemplo, el mercado), de un «derecho a» o de una política económica, adquieren vida propia, terminan por perder su objetivo y van en contra del bien común que era lo que los justificaba en un principio. Por otra parte, y sobre todo, la economía, al considerar el bien común como un criterio fundamental, desarrolla los instrumentos para contribuir a él.

La economía no está ni al servicio de la propiedad privada y los intereses individuales, ni al de los que querrían utilizar al Estado para imponer sus valores o hacer que sus intereses prevalezcan. Rechaza tanto la supremacía del mercado como la supremacía del Estado. La economía está al servicio del bien común; su objetivo es lograr un mundo mejor. Para ello, su tarea es identificar las instituciones y las políticas que van a favorecer el interés general. En su búsqueda del bienestar para la comunidad, la economía engloba la dimensión individual y la colectiva del sujeto. Analiza las situaciones en las que el interés individual es compatible con esa búsqueda del bienestar colectivo y aquellas en las que, por el contrario, constituye un obstáculo.

 

 

Itinerario

 

El recorrido que propongo al lector a través de la economía del bien común es exigente, pero, así lo espero, enriquecedor. Este libro no es ni una lección magistral ni una plantilla de respuestas, sino, como la investigación, un instrumento de análisis. Y trasluce una visión personal de lo que es la ciencia económica, el modo en que se elabora y lo que ella implica. La visión que surge de una investigación basada en el enfrentamiento entre la teoría y la práctica y de una organización de la sociedad que reconoce tanto las virtudes del mercado como su necesaria regulación. El lector podrá estar en desacuerdo con determinadas conclusiones, por no decir con la mayoría de ellas; pero me gustaría que, incluso en esta hipótesis, halle en la argumentación de esta obra materia de reflexión. Mi objetivo es que desee comprender mejor el mundo económico que lo rodea, que su curiosidad le lleve a mirar al otro lado del espejo.

La economía del bien común ambiciona también compartir mi pasión por una disciplina, la economía, ventana abierta a nuestro mundo. Hasta que, a los 21 o 22 años, no asistí a mi primer curso de economía, mi único contacto con esa materia era el que me proporcionaban los medios de comunicación. Intentaba comprender la sociedad. Me gustaba el rigor de las matemáticas o de la física y me apasionaban las ciencias humanas y sociales, la filosofía, la historia, la psicología... Enseguida me cautivó la economía, pues combina el enfoque cuantitativo con el estudio de los comportamientos humanos individuales y colectivos. Pronto me di cuenta de que la economía me abría a un mundo que entendía mal y me ofrecía una doble oportunidad: enfrentarme a problemas exigentes y apasionantes desde el punto de vista intelectual y contribuir a la toma de decisiones en el ámbito público y en el privado. La economía no solo documenta y analiza los comportamientos individuales y colectivos, también aspira a mejorar el mundo emitiendo recomendaciones de política económica.

El libro se articula en torno a cinco grandes temas. El primero trata de la relación de la sociedad con la economía en su calidad de disciplina y paradigma. El segundo está dedicado a la profesión de economista, desde su labor cotidiana como investigador hasta su implicación en la sociedad. Nuestras instituciones, Estado y mercado, centran el tercer tema situándolas en su dimensión económica. El cuarto tema ofrece elementos de reflexión sobre cuatro grandes desafíos macroeconómicos que constituyen el núcleo de las preocupaciones actuales: el clima, el paro, el euro y las finanzas. El quinto trata de un conjunto de cuestiones microeconómicas que tienen, sin duda, menos eco en el debate público, pero que son esenciales para nuestra vida cotidiana y para el futuro de nuestra sociedad. Reagrupadas bajo el título de desafío industrial, incluyen la política de la competencia y la política industrial, la revolución digital —sus nuevos modelos económicos y sus desafíos para la sociedad—, la innovación y la regulación sectorial.

 

 

La relación de la sociedad con la economía

 

Las dos primeras partes del libro están dedicadas al papel de la disciplina económica en nuestra sociedad, a la situación del economista, al trabajo cotidiano de un investigador en esta materia, a su relación con otras ciencias sociales y al cuestionamiento de los fundamentos morales del mercado.

Durante mucho tiempo dudé en incluir estos capítulos por temor a contribuir a la tendencia actual a hacer de los economistas unas «estrellas mediáticas», algo que les suele gustar mucho a los periodistas, y a desviar la atención del auténtico objetivo económico del libro. Finalmente decidí arriesgarme. Mis debates en los institutos, en las universidades o en otros lugares alejados de esos centros de saber han hecho que tome conciencia de los interrogantes que plantea mi disciplina. Las preguntas son siempre las mismas. ¿Qué es lo que hace un investigador en economía? ¿La economía es una ciencia? ¿Puede haber una disciplina económica basada en el «individualismo metodológico», según el cual los fenómenos colectivos son resultado de los comportamientos individuales y, a su vez, influyen en estos? ¿Se puede postular una forma de racionalidad de los comportamientos y, en caso afirmativo, cuál? ¿Los mercados son morales? ¿Para qué sirven los economistas si no han sabido predecir la crisis de 2008?

La economía es tan exigente como accesible. Exigente porque, como veremos en el capítulo 1, nuestras intuiciones nos juegan con frecuencia malas pasadas. Todos somos vulnerables y susceptibles de ceder a ciertas heurísticas y a ciertas creencias. La primera respuesta que nos viene a la mente cuando reflexionamos sobre un problema económico no siempre es la correcta. Nuestro razonamiento se queda con frecuencia en la apariencia, en las creencias que nos gustaría tener, en las emociones que sentimos. La economía tiene como objeto ir más allá de las apariencias. Es una lentilla que modela nuestra mirada sobre el mundo y nos permite mirar más allá del espejo. La buena noticia es que, una vez que se desenmascaran las trampas, la economía es accesible. Su comprensión no exige una instrucción extraordinaria o un cociente intelectual superior a la media. Puede nacer de la conjunción de una curiosidad intelectual y de una cartografía de las trampas naturales que nos tiende nuestra intuición. Ilustraré cada capítulo con ejemplos concretos para esclarecer la teoría y reforzar la intuición.

Hay muchas obras que, haciéndose eco del difuso malestar evocado más arriba, se interrogan sobre la moralidad del mercado e insisten en la necesidad de establecer una frontera clara entre la esfera mercantil y la no mercantil. El capítulo 2 demuestra que algunas de las críticas al mercado desde el punto de vista moral no son sino reformulaciones de la idea de «fallo de mercado», que apela a una acción pública, pero en la que no intervienen particularmente problemas éticos. Otras críticas son más profundas. Trataré de entender por qué nos molestan las transacciones de mercado que implican venta de órganos, madres de alquiler o la prostitución. Insistiré en la idea de que la indignación, si bien es susceptible de señalar desviaciones en los comportamientos individuales o en la organización de nuestra sociedad, puede ser también una mala consejera. Con demasiada frecuencia, ha llevado en el pasado a afirmar preferencias individuales en detrimento de la libertad de los demás; y, con demasiada frecuencia también, evita una reflexión en profundidad. Finalmente, el capítulo analiza nuestras inquietudes respecto a la pérdida del vínculo social y el desarrollo de la desigualdad en la economía de mercado.

 

 

La profesión de economista

 

La segunda parte del libro trata de la profesión de economista, empezando, en el capítulo 3, por el compromiso del economista con la sociedad. La disciplina económica ocupa un lugar aparte en las ciencias humanas y sociales; es la que más interroga, fascina e inquieta. Los economistas, cuyo papel no es tomar decisiones, sino identificar las regularidades que estructuran la economía y compartir con los demás lo que nos dicen los conocimientos actuales de la ciencia económica, se enfrentan a dos críticas un tanto contradictorias. Para unos, los economistas no sirven para nada; para otros, por el contrario, son influyentes, pero sus investigaciones legitiman unas políticas que van en contra del bien común. Me concentraré en esta segunda, dejando al conjunto del libro la tarea de responder a la primera.

Reflexionar sobre el papel social de los economistas es legítimo. Los investigadores en economía, así como sus homólogos de las otras disciplinas científicas, están generalmente financiados por el Estado; influyen en sectores enteros de nuestras regulaciones y de nuestro sistema económico, bien directamente a través de su participación en la vida social, bien indirectamente a través de su investigación y su enseñanza. Su falibilidad, como la de cualquier científico, no debe diluir su responsabilidad de rendir cuentas. Por apasionante que sea la vida de los economistas universitarios, deben ser útiles, como colectivo, a la sociedad.

La implicación del investigador en la sociedad se expresa de múltiples modos: interacción con el sector público y con el privado, participación en el debate público, mediático o político. Cada una de estas interacciones, bien estructuradas, es útil a la sociedad, pero lleva en sí gérmenes contaminantes. Tomando como ejemplo la economía (aunque, desde una perspectiva más amplia, es aplicable a la investigación universitaria en general), el capítulo 3 pasa revista a aquello que puede alterar la investigación y su transmisión y propone algunas reflexiones personales sobre cómo las instituciones pueden limitar el riesgo de que el dinero, las amistades, el deseo de reconocimiento o de celebridad alteren el comportamiento del investigador dentro y fuera del laboratorio.

El capítulo 4 describe el trabajo cotidiano de un investigador en economía. Explico por qué esta «ciencia lúgubre», como la calificó el historiador Thomas Carlyle en 1849 en un panfleto en el que proponía restablecer la esclavitud, es, por el contrario, cautivadora; por qué un estudiante que piensa en su futura carrera puede plantearse ser economista.

Evoco la complementariedad y el vaivén entre la teoría y el trabajo empírico; el papel de las matemáticas; la validación de los conocimientos; el consenso y los desacuerdos entre economistas o su tipo de razonamiento cognitivo. Por último, presento de modo intuitivo los dos avances teóricos: la teoría de juegos y la de la información, que han revolucionado nuestra comprensión de las instituciones económicas en las últimas cuatro décadas.

Los antropólogos, los economistas, los historiadores, los juristas, los politólogos, los psicólogos y los sociólogos se interesan por los mismos individuos, por los mismos grupos y por las mismas sociedades. El capítulo 5 vuelve a situar la economía en el seno de las ciencias humanas y sociales, en las que estaba integrada hasta el siglo XIX. En el siglo XX, la economía se desarrolló autónomamente a través de la ficción del Homo œconomicus, es decir, de la simplificadora hipótesis de que los que toman decisiones (consumidores, políticos, empresas...) son racionales porque actúan en favor de sus intereses dada la información de que disponen (sin embargo, la economía insiste en la idea de que esa información puede ser insuficiente o estar manipulada). En la práctica, evidentemente, cuando reflexionamos y tomamos decisiones, todos sufrimos sesgos y tenemos objetivos que van más allá de nuestro interés material, que no buscamos sistemáticamente. Desde hace veinte años, y de forma creciente, la investigación en economía incorpora aportaciones del resto de las ciencias sociales y humanas para entender mejor los comportamientos de los individuos y de los grupos, las decisiones políticas o el modo en que se forjan las leyes. El capítulo muestra hasta qué punto tener en cuenta la procrastinación, los errores en la formación de nuestras creencias o los efectos contextuales enriquece la descripción de los comportamientos y de la ciencia económica. Trata de nuestra moralidad y su fragilidad; evoca el lazo entre motivación intrínseca y motivación extrínseca y la influencia de las normas sociales en nuestros comportamientos.

 

 

Nuestras instituciones

 

Los dos capítulos siguientes estudian a los actores principales de nuestra vida económica: el Estado y la empresa. El bien común me lleva, en el capítulo 6, a considerar una nueva concepción del Estado. Cuando pensamos en la sociedad, no tenemos que elegir entre Estado y mercado, como nos quieren hacer creer los partidarios del intervencionismo y los del laissez-faire. El Estado y el mercado son complementarios y no excluyentes. El mercado necesita regulación y el Estado, competencia e incentivos.

De creador de empleos a través de la función pública y de productor de bienes y servicios a través de las empresas públicas, el Estado se transforma en regulador. Su nuevo papel es el de fijar las reglas del juego e intervenir para paliar los fallos del mercado, no el de sustituirlo. Asume todas sus responsabilidades allí donde los mercados son deficientes, para garantizar una competencia sana, regular los monopolios, supervisar el sistema financiero, responsabilizarnos frente al medioambiente, protegernos frente a los avatares de la salud y de nuestra trayectoria vital, crear una auténtica igualdad de oportunidades y redistribuir mediante los impuestos. El capítulo analiza el papel y la pertinencia de las autoridades independientes y la supremacía de lo político. Aborda el espinoso tema de la reforma del Estado, insiste en su necesidad frente a la amenaza que las finanzas públicas suponen para la supervivencia de nuestro sistema social y da pistas sobre esa reforma.

El capítulo 7 trata de la empresa y comienza con un enigma: ¿por qué un modo de gestión muy particular, la gestión capitalista, está presente en la mayor parte del mundo? Es un modo que otorga el poder de decisión a los accionistas y, en caso de impago de las deudas, a los acreedores. Ahora bien, la empresa tiene muchos otros participantes: los asalariados, los subcontratistas, los clientes, las corporaciones locales, los países en los que está implantada, los Estados vecinos a los que su actividad podría causar daños. Se puede, pues, concebir una multitud de organizaciones en las que las partes implicadas se repartirían el poder en configuraciones de geometría variable. Tenemos tendencia a olvidar que, en un mundo de libre empresa, existen otros modos posibles, como la empresa autogestionada o la cooperativa. El análisis de la viabilidad de esas alternativas me lleva a disertar sobre los puntos fuertes y los puntos débiles de la gobernanza de las empresas. Analizaré, entonces, los conceptos de responsabilidad social de la empresa y de inversión social responsable: ¿qué engloban estos conceptos? ¿Son incompatibles con una economía de mercado o, por el contrario, constituyen su expresión natural?

 

 

Una ventana a nuestro mundo

 

Los capítulos que versan sobre grandes asuntos económicos (capítulos del 8 al 17) exigen mucha menos explicación, dado lo familiares que nos son sus materias. Esta parte del libro ofrece, pues, un viaje a través de una serie de temas que afectan a nuestra cotidianidad y que, sin embargo, no controlamos: el calentamiento global, el paro, Europa, las finanzas, la competencia y la política industrial, nuestra relación con lo digital, la innovación y la regulación sectorial. En cada uno de ellos, analizaré el papel de los actores públicos y privados y reflexionaré sobre las instituciones que podrían contribuir a una convergencia del interés individual y el interés general, es decir, al bien común.

Mi mensaje es optimista. Explica las razones por las que los males que sufren nuestras sociedades no son producto de la fatalidad: existen soluciones para el paro, el calentamiento global, el deterioro de la construcción europea. Explica igualmente cómo enfrentarse al reto industrial y cómo hacer para que los bienes y servicios tengan como primer objetivo el bien público y no los ingresos de los accionistas o de los empleados de las empresas. Muestra cómo regular las finanzas, los grandes monopolios, los mercados y el propio Estado sin que descarrile la máquina económica ni negar el papel del Estado en la organización de la sociedad.

La elección de los temas tratados es obligatoriamente selectiva. He optado por aquellos sobre los que he publicado trabajos en revistas científicas y he dejado de lado otros temas sobre los que otros economistas se expresan con mucho más conocimiento que yo o, como en el caso de la globalización o de la desigualdad, he optado por tratarlos parcialmente en el marco de otros capítulos, donde contribuyen a un intercambio de puntos de vista.

 

 

El hilo conductor

 

Aunque este libro se articula en torno a unos temas que nos son a todos familiares, su hilo conductor es un concepto al que, sin duda, muchos lectores están menos acostumbrados: la teoría de la información, innovación fundamental de la economía en las cuatro últimas décadas. Esta teoría se basa en una evidencia: las decisiones de los actores económicos (los hogares, las empresas, el Estado) están coaccionadas por la limitada información de que disponen. Las consecuencias de esas limitaciones informativas se pueden ver en todas partes: en la dificultad de los administrados para comprender y evaluar las políticas de sus gobernantes; en la del Estado para regular bancos y empresas dominantes, para proteger el medioambiente o para gestionar la innovación; en la de los inversores para controlar el uso que hacen de su dinero las empresas que ellos financian; en los modos de organización de nuestras empresas; en nuestras relaciones interpersonales, e incluso en nuestra relación con nosotros mismos, como cuando nos construimos una identidad o creemos lo que queremos creer.

Como demostraré, la necesaria compatibilidad de las políticas públicas con la información disponible tiene implicaciones cruciales a la hora de concebir la política de empleo, la protección del medioambiente, la política industrial o la regulación sectorial y bancaria. En el sector privado, las asimetrías de información subyacen en las instituciones de gobernanza y los modos de financiación. El tema de la información está en todas partes, en el núcleo mismo de la elaboración de nuestras instituciones y de nuestras decisiones en el ámbito de la política económica. En el núcleo de la economía del bien común.

 

 

Guía de lectura: los diecisiete capítulos están escritos de modo que se pueden leer independientemente los unos de los otros. Un lector que no disponga de tiempo o tenga intereses específicos puede, pues, concentrarse en los temas de su elección. Sin embargo, se aconseja leer el capítulo 11 (sobre las finanzas) antes del 12 (sobre la crisis de 2008).

Espero que la lectura de este libro le sea útil.

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PRIMERA PARTE

 

ECONOMÍA Y SOCIEDAD

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CAPÍTULO 1

¿LE GUSTA LA ECONOMÍA?

 

 

 

A no ser que sea economista de formación o de profesión, es muy probable que le intrigue la economía (en caso contrario, no estaría usted leyendo estas páginas), pero de ahí a gustarle... Sin duda, considera el discurso económico abstruso y poco intuitivo, por no decir antiintuitivo. En este capítulo pretendo explicar por qué es así, describiendo algunos sesgos cognitivos que a veces nos juegan malas pasadas cuando abordamos los temas económicos y aportando algunas pistas para lograr una mayor difusión de la cultura económica.

Pues la economía, que nos afecta a todos en nuestro día a día, no es propiedad exclusiva de los expertos; es accesible siempre que se sepa ver más allá de las apariencias. Y es apasionante una vez que se han identificado y superado los primeros obstáculos.

 

 

I. ¿QUÉ DIFICULTA NUESTRA COMPRENSIÓN DE LA ECONOMÍA?

 

Los psicólogos y los filósofos se han interesado desde siempre en los resortes que se ponen en marcha a la hora de formarnos nuestras creencias. Existen numerosos sesgos cognitivos que nos ayudan (lo que explica sin duda su existencia) y nos perjudican a la vez. A lo largo de este libro nos encontraremos con ellos y afectarán a nuestra comprensión de los fenómenos económicos y a nuestra visión de la sociedad. En pocas palabras: está lo que vemos, o queremos ver, y la realidad.

 

 

Creemos lo que queremos creer y vemos lo que queremos ver

 

Con frecuencia, creemos lo que queremos creer y no lo que la evidencia nos llevaría a creer. Como han señalado pensadores tan diversos como Platón, Adam Smith o el gran psicólogo estadounidense del siglo XIX William James, la formación y la revisión de nuestras creencias sirven también para consolidar la imagen que deseamos tener de nosotros mismos o del mundo que nos rodea. Y la suma de esas creencias a escala nacional determina sus políticas económicas, sociales, científicas o geopolíticas.

No solo sufrimos sesgos cognitivos, sino que, además, con frecuencia los buscamos. Interpretamos los hechos a través del prisma de nuestras creencias, leemos los periódicos y buscamos la compañía de personas que nos confirman en nuestras creencias y, por tanto, nos empecinamos en ellas, ya sean correctas o erróneas. Cuando Dan Kahan, profesor de Derecho de la Universidad de Yale, presentó a un grupo de individuos una serie de pruebas científicas sobre el factor antrópico (es decir, ligado a la influencia del hombre) en el calentamiento global, observó que los estadounidenses que votan demócrata estaban después aún más convencidos de la necesidad de actuar contra el cambio climático, mientras que numerosos republicanos, a los que se habían presentado los mismos datos, se sentían aún más confirmados en su escepticismo[4]. Y lo más asombroso es que no se trata de un problema de cultura o de inteligencia: estadísticamente, el rechazo a enfrentarse a la evidencia estaba al menos tan anclado en los republicanos con una educación superior que en los menos instruidos. Nadie está, pues, al abrigo de ese fenómeno.

El deseo de estar tranquilos respecto al futuro desempeña también un papel importante en la comprensión de los fenómenos económicos (y, en un sentido más amplio, científicos). No queremos oír que la lucha contra el calentamiento global será costosa. De ahí la popularidad en el discurso político del concepto de crecimiento verde, que sugiere que una política medioambiental sería «puro beneficio». Pero, si fuera tan poco costosa, ¿por qué no se ha puesto ya en marcha?

Del mismo modo que queremos creer que los accidentes y las enfermedades solo les ocurren a los demás y no a nosotros o a los nuestros (lo que puede llevar a comportamientos nefastos —a reducir la prudencia al volante o la prevención médica—, aunque también tiene ventajas, pues la despreocupación en este ámbito es beneficiosa en lo que a calidad de vida se refiere), no queremos pensar en la posibilidad de que un estallido de la deuda pública o la quiebra de la seguridad social cuestione la supervivencia de nuestro sistema social, o queremos creer que «alguien» pagará.

Todos soñamos con otro mundo en el que los actores no necesitarían ser incentivados por la ley a tener un comportamiento socialmente responsable, que no contaminarían, que pagarían sus impuestos voluntariamente o que conducirían con prudencia, aunque no hubiera policía. Por ello, los directores de cine (y no únicamente los de Hollywood) conciben sus películas atendiendo a nuestras expectativas; esos happy end nos confirman en la idea de que vivimos en un mundo justo en el que la virtud vence al vicio (lo que el sociólogo Melvin Lerner calificó de «creencia en un mundo justo», belief in a just world[5]).

Los partidos populistas, tanto de derecha como de izquierda, se aprovechan de esta idea de una economía sin obstáculos, y los mensajes que deterioran la imagen de ese cuento de hadas son considerados, en el mejor sentido, generadores de ansiedad y, en el peor, como procedentes de esbirros de los fanáticos del calentamiento climático, de los ideólogos de la austeridad o de los enemigos del género humano, según el caso. Es una de las razones por las que la ciencia económica se denomina con frecuencia ciencia lúgubre (dismal science).

 

 

Lo que se ve y lo que no se ve

 

Primeras impresiones y heurísticas

 

La enseñanza de la economía se basa a menudo en la teoría de la elección racional. Describe el comportamiento de un agente económico partiendo de una descripción de su objetivo. Ya sea el individuo egoísta o altruista, ávido de ganancia o de reconocimiento social o esté motivado por otra ambición, se supone que actúa en favor de su interés. Una hipótesis a veces demasiado exagerada, y no únicamente porque el individuo no siempre dispone de información suficiente para elegir bien. Víctima de sesgos cognitivos, puede equivocarse cuando evalúa cómo alcanzar su objetivo. Esos sesgos de razonamiento o de percepción son legión. No invalidan la teoría de que la elección racional define las elecciones normativas (es decir, las elecciones que el individuo debería hacer para actuar en favor de su interés), pero explican por qué con frecuencia no hacemos esas elecciones.

Utilizamos las «heurísticas» tan queridas por el psicólogo Daniel Kahneman[6], premio Nobel de Economía 2002, es decir, unos atajos de razonamiento que nos proporcionan un esbozo de respuesta a nuestras preguntas. Esas heurísticas nos son muy útiles con frecuencia, pues nos permiten decidir rápidamente (si nos encontramos frente a frente con un tigre, no siempre disponemos del tiempo necesario para calcular una respuesta óptima...), pero pueden también engañarnos. Pueden tener como vector la emoción, que también es a veces un guía del que uno se puede fiar, pero otras demuestra ser muy poco prudente.

Tomemos un ejemplo heurístico clásico: lo que nos viene a la mente cuando tenemos que decidir o simplemente evaluar. Creer que «siempre suena el teléfono cuando estamos ocupados o duchándonos» es, evidentemente, una trampa que nos juega nuestra memoria: nos acordamos mucho mejor de situaciones de las que hemos echado pestes porque nos han interrumpido nuestra actividad, pues ha quedado grabado en nuestra memoria, que de las veces en que no nos han ocasionado ninguna molestia. Del mismo modo, a todos nos dan miedo los accidentes de aviación y los atentados, pues la prensa los cubre ampliamente, y olvidamos que los accidentes de coche y los homicidios «ordinarios» provocan muchísimas más muertes que esas otras circunstancias, felizmente escasas. Así, desde septiembre de 2001, en Estados Unidos ha habido 200.000 homicidios, de los que únicamente 50 fueron perpetrados por terroristas islámicos estadounidenses[7]; lo que no impide que los actos terroristas se graben en nuestra mente.

La aportación más importante de los trabajos de Kahneman y Tversky es que esas heurísticas nos inducen con frecuencia a error. Los dos psicólogos proporcionan numerosos ejemplos de ese fenómeno, pero uno es especialmente esclarecedor: los estudiantes de Medicina de la Universidad de Harvard cometen errores sustanciales[8] cuando se trata de calcular, ante determinados síntomas, las probabilidades de tener un cáncer. Y se trata de los mejores estudiantes de Medicina de Estados Unidos. De nuevo vemos un ejemplo de distorsión de creencias que no corrige un intelecto muy brillante ni un elevado nivel de instrucción[9].

Del mismo modo, la primera impresión, la atención exclusiva a lo que parece más evidente, nos juega malas pasadas en economía. Nos fijamos en el efecto directo de una política económica, fácilmente comprensible, pero no vamos más allá. La mayoría de las veces no somos conscientes de los fenómenos de incentivación, de sustitución o de aplazamiento intrínsecos al funcionamiento de los mercados; no aprehendemos los problemas en su globalidad. Y las políticas tienen efectos secundarios que pueden fácilmente convertir una política bienintencionada en nociva.

Encontraremos numerosas ilustraciones de este fenómeno a lo largo del libro, pero veamos ahora un ejemplo[10], deliberadamente provocador. Si lo elijo es porque permite ver inmediatamente cómo el sesgo cognitivo puede impedir que se comprenda el efecto de las políticas públicas. Supongamos que una ONG confisca marfil a unos traficantes. Tiene la opción de destruirlo inmediatamente o de revenderlo discretamente en el mercado. Conminados a actuar en caliente, una inmensa mayoría de lectores verían en la segunda hipótesis un comportamiento totalmente censurable. Mi reacción espontánea hubiera sido la misma. Pero detengámonos un poco.

Revender el marfil, además de proporcionar un ingreso que podría servir a la noble causa de la ONG al facilitarle medios para limitar el tráfico (mayor capacidad de detección y de investigación, más vehículos), tiene una consecuencia inmediata: contribuye a bajar el precio del marfil (un poco si lo que se vende es poco, mucho en caso contrario[11]). Los traficantes actúan como muchos otros seres racionales: sopesan las ganancias monetarias de su actividad ilícita y los riesgos de prisión o de lucha contra las fuerzas del orden a que ella los expone; una bajada del precio tendría como consecuencia disuadir a algunos de matar más elefantes. ¿Inmoral? Quizá, pues podría ser que la venta de marfil por una ONG, organización considerada respetable, legitimara el comercio a ojos de los compradores que, en caso contrario, se sentirían un poco culpables por su interés en el marfil. Pero, como mínimo, hay que reflexionar dos veces antes de condenar el comportamiento de la ONG en cuestión. Sobre todo, porque nada impide a la autoridad pública ejercer sus prerrogativas naturales: perseguir a los cazadores furtivos y revendedores de marfil o de cuernos de rinoceronte e informar sobre las normas de comportamiento con el fin de modificarlas.

Este escenario ficticio permite comprender una de las razones fundamentales del fracaso del protocolo de Kioto que, en 1997, prometía ser una etapa clave en la lucha contra el calentamiento global. Expliquémonos. Los efectos de traslación, en el caso del medioambiente, se denominan en la jerga económica «problema de las fugas». Designa el mecanismo por el que la lucha contra las emisiones de gas de efecto invernadero en una región del globo puede no tener impacto, o tenerlo muy escaso, sobre la contaminación mundial. Supongamos, por ejemplo, que Francia reduce su consumo de energías fósiles (fuel, carbón...); en sí constituye un esfuerzo loable y, además, los expertos están de acuerdo en considerar que se necesitará aún mucho más esfuerzo por parte del conjunto de los países si se quiere limitar el aumento de la temperatura a un nivel razonable (de 1,5 a 2 grados centígrados); sin embargo, cuando ahorramos una tonelada de carbón o un barril de gasolina, hacemos bajar el precio del carbón o del petróleo e incentivamos a otros a consumir más en otras partes del mundo. Igualmente, si Europa impone a sus empresas del sector expuesto a la competencia internacional que paguen por sus emisiones de gas de efecto invernadero, la producción de emisiones de dicho gas tendrá tendencia a deslocalizarse hacia países poco preocupados por las emisiones, lo que compensará parcial o totalmente la disminución de gas de efecto invernadero en Europa, con un efecto ecológico muy escaso.

En materia económica, el infierno está lleno de buenas intenciones. Cualquier solución seria del problema del calentamiento climático tiene que ser obligatoriamente mundial.

 

El sesgo de la víctima identificable

 

Nuestra empatía se dirige naturalmente hacia los que nos son cercanos geográfica, étnica, culturalmente. Nuestra inclinación natural, vinculada con causas evolucionistas[12], es sentir más compasión por las personas de nuestra comunidad que pasan por dificultades económicas que por los niños que se mueren de hambre en África, aunque intelectualmente reconozcamos que estos necesitan más nuestra ayuda. En un sentido más general, sentimos más empatía cuando podemos identificarnos con una víctima, y el hecho de que sea identificable nos es de gran ayuda. Los psicólogos han estudiado también desde hace tiempo la tendencia que todos tenemos a dar más importancia a las personas a las que podemos poner cara que a las personas anónimas[13].

El sesgo de la víctima identificable, por humano que sea, afecta a las políticas públicas; como dice el aforismo (con frecuencia atribuido a Stalin, pero de origen dudoso), «la muerte de un hombre es una tragedia; la de un millón de hombres, una estadística». Así, la estremecedora foto de un niño sirio de tres años hallado muerto en una playa turca nos obligó a tomar conciencia de un fenómeno cuya existencia queríamos ignorar. Tuvo mucho más impacto a la hora de concienciar a los europeos que las estadísticas de los miles de migrantes que se habían ahogado antes en el Mediterráneo. La foto de Aylan es a la emigración hacia Europa lo que fue, para la guerra de Vietnam, en 1972, la de la niña vietnamita Kim Phuc corriendo desnuda por una carretera con todo el cuerpo quemado por el napalm. Una única víctima identificable impacta mucho más en las conciencias que miles de víctimas anónimas. Del mismo modo, una campaña publicitaria contra el alcoholismo al volante tiene mucho más efecto cuando muestra a un pasajero catapultado contra el parabrisas que cuando anuncia el número anual de víctimas (una estadística, sin embargo, mucho más rica en información sobre la amplitud del problema).

El sesgo de la víctima identificable nos juega igualmente malas pasadas en las políticas de empleo de los países que tienen una fuerte protección del empleo fijo y donde se constata una dualidad entre asalariados protegidos y asalariados con empleos precarios. Los medios de comunicación cubren la lucha de los asalariados con contratos indefinidos que están a punto de perder su empleo y su drama, tanto más real cuanto que viven en un país en el que tienen pocas posibilidades de encontrar otro empleo con contrato indefinido; esas víctimas tienen un rostro. Aquellos y aquellas, mucho más numerosos, que se las arreglan alternando periodos de paro con empleos subvencionados o contratos temporales, no tienen rostro; solo son estadísticas. Y, sin embargo, como veremos en el capítulo 9, son las víctimas de unas instituciones —entre las que se encuentran las creadas para proteger los contratos indefinidos— que hacen que las empresas prefieran los empleos precarios y los contratos subvencionados con dinero público a la creación de empleo estable. Pensamos en los expedientes de regulación de empleo y olvidamos a los excluidos del mercado laboral cuando son las dos caras de la misma moneda.

El contraste entre la economía y la medicina es en este caso evidente: para la opinión pública, a diferencia de lo que pasa con la «ciencia lúgubre», la medicina es —con razón— considerada una profesión volcada en el bienestar de la gente (la expresión inglesa caring profession es especialmente apropiada en esta ocasión). Y, sin embargo, el objeto de la economía es similar al de la medicina: el economista, como el oncólogo, diagnostica; si es necesario, propone el mejor tratamiento teniendo en cuenta sus conocimientos (a la fuerza imperfectos) y no recomienda ningún tratamiento si no lo considera necesario.

La razón de este contraste es sencilla. En medicina, las víctimas de los efectos secundarios son las mismas que siguen el tratamiento (salvo en el ámbito epidemiológico con las consecuencias derivadas de la falta de vacunación o de la resistencia a los antibióticos); el médico no tiene, pues, más que seguir siendo fiel a su juramento de Hipócrates y recomendar lo que considera que es de interés para su paciente. En economía, las víctimas de los efectos secundarios son con frecuencia personas distintas a las que se aplica el tratamiento, como ilustra muy bien el ejemplo del mercado laboral. El economista está obligado, pues, a pensar también en las víctimas invisibles, por lo que puede, en ocasiones, ser acusado de insensibilidad hacia las víctimas visibles.

 

 

II. EL MERCADO Y OTROS MODOS DE GESTIONAR LA ESCASEZ

 

Si bien el aire, el agua de un arroyo o la vista de un paisaje pueden ser consumidos por una persona sin impedir que las otras también lo hagan, la mayoría de los bienes son escasos. Su consumo por una persona impide a otra hacerlo. Un tema esencial para la organización de nuestras sociedades es la gestión de la escasez, la de los bienes y servicios que todos queremos consumir o poseer: el apartamento que alquilamos o compramos, el pan que vamos a buscar a la panadería, las tierras raras que se utilizan para las aleaciones metálicas, los colorantes o las tecnologías verdes. Si la sociedad puede disminuir la escasez —mediante un aumento de la eficacia en su producción, la innovación o el comercio—, también debe gestionarla en tiempo real, día a día; y puede hacerlo más o menos bien.

Históricamente, la escasez se ha gestionado de múltiples modos: las colas de espera (en el caso de carencia de bienes vitales como la comida o la gasolina); el sorteo (para la asignación de tarjetas de residente permanente —green cards— en Estados Unidos, de entradas de un concierto cuando la demanda es excedentaria o de trasplantes de órganos); el enfoque de tipo administrativo consistente en el reparto de bienes por el Estado (estableciendo públicos prioritarios) o en el establecimiento de precios por debajo del nivel que equilibraría la oferta y la demanda; la corrupción o el favoritismo; la violencia y las guerras; un último enfoque, y no por ello menos importante, el del mercado, que es, pues, un modo como otro de gestionar la escasez. Si el mercado es hoy preponderante y asigna los recursos entre empresas (B2B), entre empresas y particulares (comercio al pormenor) o entre particulares (eBay), no siempre ha sido así.

Todos los otros métodos empleados corresponden a una tarificación implícitamente más baja que la del mercado y, por tanto, a una búsqueda por parte de los compradores de la oportunidad (lo que en economía se denomina una renta) que significa ese precio demasiado bajo. Supongamos que los compradores están dispuestos a pagar 1.000 euros por un bien disponible en una cantidad limitada y que hay más compradores que la cantidad de bien disponible. El precio de mercado es el que equilibra la oferta y la demanda. A más de 1.000 euros, nadie compra; y a menos de 1.000 euros, hay exceso de demanda. El precio de mercado es, pues, 1.000 euros.

Supongamos ahora que el Estado fija el precio del bien en 400 euros y prohíbe que se venda más caro, de suerte que hay más compradores interesados que bien disponible. Los compradores estarán dispuestos a derrochar —si pueden— 600 euros para conseguir el bien. Y, si se les ofrece la ocasión de dilapidar otros recursos para hacerse con el recurso escaso, lo harán. Tomemos el ejemplo de la cola, que se utilizaba sistemáticamente en los países soviéticos, por ejemplo (y aún hoy en nuestras sociedades para las entradas de determinados acontecimientos deportivos). Los consumidores llegan con varias horas de anticipación y esperan de pie, a veces en medio del frío[14], para obtener un producto de consumo corriente. Disminuya el precio y acudirán aún más pronto. Esa pérdida de eficacia hace que, además de los efectos perversos de un precio demasiado bajo (sobre lo que volveremos más adelante), los supuestos «beneficiarios» de la política de precios bajos en realidad no lo sean. El mercado no se equilibra a través de los precios, sino de la utilización de otra «moneda», en este caso, el derroche de tiempo, que provoca una pérdida de bienestar social considerable. En el ejemplo anterior, el equivalente de 600 euros por compra se ha desvanecido: el propietario (público o privado) del recurso ha perdido 600 euros y los compradores no han ganado nada, pues han dilapidado por otros canales la renta adquirida.

Algunos métodos de asignación de bienes, como la corrupción, el favoritismo, la violencia y la guerra son profundamente injustos. Pero también son ineficaces si consideramos los costes gastados o impuestos por los actores en su búsqueda de la renta, con la idea de hacerse con recursos sin pagar su precio. No es necesario insistir sobre lo poco adecuado de esos métodos de asignación de bienes, por lo que no hablaremos más de ello.

La cola de espera, el sorteo, el enfoque administrativo de distribución de bienes racionados o de fijación de sus precios son soluciones mucho más justas (si no están marcadas por el favoritismo o la corrupción, evidentemente). Pero pueden plantear tres problemas. El primero se ha mencionado ya en el ejemplo anterior: un precio demasiado bajo ocasiona un derroche por la búsqueda de la renta (por ejemplo, las colas de espera). En segundo lugar, en el ejemplo mencionado, la cantidad de bien era fija, pero en general no lo es; evidentemente, los vendedores producirán más cantidad si el precio es de 1.000 euros que si es de 400 euros. Un precio demasiado bajo termina, pues, provocando escasez. Es lo que se observa cuando se bloquean los alquileres: el parque de viviendas en buen estado va disminuyendo, creando escasez y penalizando a la postre a los potenciales beneficiarios. Finalmente, algunos mecanismos pueden generar una mala asignación de los recursos cuya cantidad es fija: por ejemplo, utilizar el sorteo para repartir las entradas de un acontecimiento deportivo no asignará necesariamente las plazas a los que tienen más ganas de asistir a él (a menos que se cree un mercado secundario de reventa) o la cola puede asignar el bien a los que ese día están libres o a los que tienen menos miedo al frío y no a los que tienen más ganas de consumir el bien.

Una mala asignación de recursos significa, pues, que estos no van necesariamente a los que los aprecian más. Unos productos de primera necesidad distribuidos administrativamente pueden caer en manos de alguien que ya los tenía o que preferiría otros productos. Por la misma razón, a nadie se le ocurriría asignar viviendas de modo aleatorio. La vivienda que le sería a usted asignada no sería, con casi total seguridad, la que querría por su situación, tamaño u otras características. A no ser que se acepte la existencia de un mercado secundario donde cambiarla libremente. Pero entonces estamos de nuevo en el mercado.

El ejemplo del espectro radioeléctrico es, en este caso, especialmente esclarecedor. Se trata de un recurso que pertenece a la colectividad, pero que, a diferencia del aire, existe en cantidad limitada: su consumo por un actor económico impide a otro actor que lo desea disfrutar de él. Y tiene mucho valor para las telecomunicaciones o los medios de comunicación. En Estados Unidos, una ley de 1934 exigió al regulador de las comunicaciones (la Federal Communications Commission, o FCC) asignar las frecuencias en función del «interés público». La FCC solía emplear un método que consistía en convocar a los candidatos a unas pruebas públicas, tras las cuales se concedían las licencias en función de la calificación que había obtenido cada uno de ellos. Pero dichas pruebas, además de consumir mucho tiempo y recursos, no garantizaban una buena elección, pues ser competente no es sinónimo de tener un buen plan estratégico o ser un buen gestor. La FCC utilizó también un sistema de loterías para adjudicar las licencias.

En los dos casos, la Administración estadounidense concedía gratuitamente a unos agentes privados un recurso público (como se hizo en Francia con las licencias de taxi, un bien de gran valor). Además, no había ninguna garantía de que la persona o empresa que recibía ese privilegio fuera a hacer el mejor uso de él (lo que es evidente en el caso de un sistema de lotería, pero puede serlo también en el de la adjudicación en función de la competencia); de ahí la autorización de vender en un mercado secundario licencias para restablecer la eficacia... La posibilidad de cesión hace reaparecer al mercado, con el pequeño detalle de que, mientras tanto, la renta de escasez se ha ido al bolsillo de personas privadas en lugar de a la colectividad, a quien pertenecía.

Desde hace veinte años, Estados Unidos y la mayoría de los países acuden a las subastas para adjudicar las licencias. La experiencia demuestra que las licitaciones son un medio eficaz de garantizar que las licencias se asignen a los actores que más las valoran a la vez que se recupera para la colectividad el valor de ese recurso escaso que es el espectro. Por ejemplo, desde 1994, las subastas de espectro radioeléctrico en Estados Unidos han proporcionado cerca de 60.000 millones de dólares al Tesoro estadounidense, un dinero que de otro modo hubiera ido a parar sin ningún motivo a los bolsillos de actores privados. La participación de los economistas en la concepción de estas subastas ha contribuido mucho al éxito financiero que ha significado para el Estado.

 

 

Lo que se quiere y lo que se puede hacer

 

¿Qué relación hay, se preguntará usted, entre este debate sobre los mecanismos de gestión de la escasez y los sesgos mencionados anteriormente? Cuando el Estado decide que se pague un recurso escaso a 400 euros en lugar de a su precio de mercado, 1.000 euros, expresa la loable intención de hacer asequible ese bien; pero no tiene en cuenta los efectos indirectos: a corto plazo, la cola de espera o cualquier otro derroche provocado por la competencia entre actores para quedarse con el bien; a un plazo más largo, la escasez provocada por un precio demasiado bajo.

Cuando el Estado intenta adjudicar gratuitamente el espectro radioeléctrico a aquellos que considera más aptos para explotarlo, con frecuencia confunde lo que querría hacer con lo que puede hacer y olvida que no dispone de la toda la información necesaria. La información es clave a la hora de asignar recursos. Y el mecanismo de mercado nos revela esa información. No sabemos qué empresas tienen las mejores ideas o los costes de explotación más bajos, pero las subastas del espectro radioeléctrico nos lo muestran: las que están dispuestas a pagar más[15].

De modo general, el Estado solo tiene en contadas ocasiones la información necesaria para decidir por sí mismo la adjudicación. Lo que no quiere decir en absoluto que no tenga margen de maniobra, todo lo contrario, pero debe aceptar con humildad sus límites. A lo largo de este libro veremos cómo la hybris —en este caso, un exceso de confianza en su capacidad de tomar decisiones inteligentes de política económica—, unida a la voluntad de mantener un control y, por tanto, la capacidad de hacer favores, puede llevar al Estado a establecer políticas medioambientales y de empleo nefastas. El electorado se siente angustiado en un mundo en el que el mercado, figura anónima, prima; busca rostros que le protejan. Pero también debe admitir que nuestros gobernantes no son superhombres. Tiene que ser exigente cuando no ponen en marcha lo que es factible o útil, pero debe dejar de considerarlos incompetentes o «vendidos» cuando no hacen milagros. Porque, en la práctica, el electorado no siempre es amable con los que dan muestras de humildad, como pudo comprobar el primer ministro francés Lionel Jospin: su comentario sobre los despidos en Michelin («El Estado no lo puede hacer todo», 14 de septiembre de 1999) le persiguió hasta que fracasó en las elecciones de 2002.

 

 

El auge de los populismos en el mundo

 

En todo el mundo, los populismos, ya sean de derecha o de izquierda, están ganando terreno. Es difícil de definir el populismo debido a lo multiforme que es; sin embargo, una nota distintiva es su capacidad de aprovecharse de los prejuicios o la ignorancia del electorado. Juegan con nuestros miedos, la hostilidad ambiente hacia los inmigrantes, la desconfianza en el libre comercio, el rechazo a todo lo extranjero. Este aumento del populismo tiene, evidentemente, causas diferentes en cada país, pero la inquietud ante las mutaciones tecnológicas y del empleo, la crisis financiera, la desaceleración del crecimiento, el aumento de las deudas y de las desigualdades son factores universales. En un plano puramente económico, es asombroso constatar el desprecio de los programas populistas hacia los mecanismos económicos más elementales, por no decir hacia la simple contabilidad pública.

Los economistas —y en general los científicos— deben plantearse el problema de su influencia. Tomando el ejemplo del voto del 23 de junio de 2016 a favor del brexit, es difícil estimar el impacto que tuvo entre los votantes el mensaje casi unánime de los mejores economistas, tanto ingleses como internacionales, así como de prestigiosos organismos (Institute for Fiscal Studies, FMI, OCDE, Banco de Inglaterra) de que el Reino Unido no tenía nada que ganar y sin duda mucho que perder si se iba de Europa[16]. Evidentemente, parece que el voto se dirimió en otros terrenos —especialmente en el de la inmigración— también presos de las deformaciones populistas. Y no dio la impresión de que al electorado británico le preocupara demasiado lo que considera (o quiere considerar) un debate de expertos «por definición, siempre en desacuerdo entre sí».

 

 

III. COMPARTIR MEJOR LA ECONOMÍA

 

La economía, como toda cultura, ya sea música, literatura o deporte, se aprecia mejor cuando se comprende. ¿Cómo facilitar el acceso del ciudadano a la cultura económica?

 

 

Movilicemos a los economistas como transmisores de saber

 

En primer lugar, los propios economistas podrían desempeñar un papel más importante en la transmisión de sus conocimientos.

Como todo el mundo, los investigadores reaccionan a los incentivos; en cualquier ámbito científico, una carrera académica se juzga por los trabajos de investigación o los estudiantes a los que se ha formado y no por la actividad encaminada a llegar a un público más amplio. Hay que reconocer que es muy cómodo no abandonar el nido universitario; pues, como veremos en el capítulo 3, pasar del debate académico a informar al gran público no es sencillo.

Con frecuencia, los investigadores más creativos no están presentes en el debate público. La misión que se les ha encomendado es la de crear saber y transmitirlo a los estudiantes. A no ser que se posea una energía fuera de lo común, les es difícil conciliar esta misión con la de difundir las ideas al gran público. No se pedía a Adam Smith que hiciera previsiones, redactara informes, hablara por televisión, llevara un blog y escribiera manuales de divulgación: todas esas nuevas demandas sociales son legítimas, pero con frecuencia cavan un foso entre creadores de saber y transmisores de saber.

Además, en el ejercicio de su misión, definida stricto sensu, los economistas no están exentos de reproches. Deben esforzarse más en elaborar una enseñanza pragmática e intuitiva, basada en las problemáticas modernas de los mercados, de las empresas y de la decisión pública y que descanse tanto en un marco conceptual comprobado y simplificado con fines pedagógicos como en la observación empírica. La enseñanza de pensamientos económicos obsoletos y de debates entre economistas antiguos, el discurso poco riguroso o, a la inversa, la matematización exagerada de la enseñanza no corresponden a las necesidades de los estudiantes de instituto y de universidad. La inmensa mayoría de ellos no serán economistas profesionales ni, con mayor motivo, investigadores en economía. Lo que necesitan es una iniciación pragmática a la economía, tan intuitiva como rigurosa.

 

 

Reformemos nuestro sistema de enseñanza superior

 

Una gran mayoría de los jóvenes que cursan estudios superiores se especializan al terminar el bachillerato. Algo evidentemente absurdo: ¿cómo se puede, a los 18 años, decidir ser economista, sociólogo, jurista o médico, cuando no se ha tenido o se ha tenido muy poco contacto con esas disciplinas? Por no hablar del hecho de que las vocaciones pueden despertarse tarde. La especialización prematura de los estudiantes implica también que son escasos los que asisten a clases de economía. Los estudiantes de todas las disciplinas deberían tener cursos de economía, aunque luego no vuelvan a tenerlos. Si bien es verdad que, en Francia, a diferencia de sus congéneres de la universidad, los alumnos de las grandes écoles, esas selectas y prestigiosas instituciones no universitarias, tienen la suerte de poder retrasar el momento de elegir, representan una pequeña minoría de la enseñanza superior y su apertura a nuevos ámbitos, como la economía, llega con frecuencia muy tarde.

 

 

Reformemos la toma de decisión pública

 

Hubo un tiempo en el que el uso del razonamiento económico en el sector público y parapúblico francés generaba mucha admiración en el extranjero. La tradición de Jules Dupuit, Marcel Boiteux, Pierre Massé (los dos últimos revolucionaron la concepción de la gestión y de la tarificación en el seno de una empresa pública, la EDF) y de otros «ingenieros economistas» franceses contribuyó durante mucho tiempo a desarrollar las herramientas de análisis económico en el seno de la Administración francesa. Pero se trataba más de las aportaciones de unos individuos fuera de lo común que de una decisión institucional y esa labor, que se remonta a décadas, estaba centrada fundamentalmente en la economía pública. Sin embargo, muchos de los grandes retos económicos actuales están relacionados con las empresas y los mercados: competencia internacional, derecho de la competencia, regulación de los mercados, mercado laboral, gestión de cartera, reforma de los regímenes de pensiones, regulación de los monopolios naturales, gobernanza de los organismos públicos y privados, desarrollo sostenible, fomento de la innovación, tratamiento de los derechos de propiedad intelectual o control de la solvencia de los intermediarios financieros, por no citar más que algunos temas.

Francia tiene una larga tradición de intervencionismo estatal y, además, con frecuencia ha estado encerrada, en parte, en sí misma. Antes, el presidente de una gran empresa que se enfrentaba a un problema de derecho de la competencia no necesitaba entender gran cosa de economía industrial; era mucho más importante poder utilizar sus relaciones con el ministro y llamarle por teléfono para arreglar el asunto. Igualmente, una empresa que disfrutaba de una confortable situación de monopolio protegido no se planteaba generalmente la evolución de su estrategia de empresa(1).

Incluso en el seno de la Administración pública, Francia ha acumulado un claro retraso respecto a otros países en la concepción, difusión y utilización de ese corpus de conocimientos científicos. Mientras otros países creaban cargos de «economistas jefes» ocupados por investigadores de prestigio en excedencia de sus puestos en la universidad y con acceso directo a los máximos responsables de los ministerios y las autoridades independientes, o no dudaban en utilizar a investigadores en economía para dotar los puestos de ministro de Economía y Finanzas o gobernador del Banco Central, Francia siempre ha sido pusilánime en este tema(2).

 

 

Hagámonos cargo de nosotros mismos

 

Nuestra comprensión económica, como nuestra comprensión científica o geopolítica, guía las decisiones tomadas por nuestros Gobiernos. La fórmula consagrada afirma que «una democracia tiene los políticos que se merece». Es posible, aunque, como dice el filósofo André Compte-Sponville, es mejor apoyar a los políticos que criticarlos continuamente[17]. De lo que estoy convencido es de que tenemos las políticas económicas que merecemos y que, mientras el gran público carezca de cultura económica, tomar decisiones correctas requiere mucho valor político.

Los políticos dudan, en efecto, a la hora de adoptar políticas impopulares porque temen la sanción electoral que de ello podría derivarse. En consecuencia, una buena comprensión de los mecanismos económicos es un bien público: me gustaría que otros hagan una inversión intelectual para incitar a los políticos a tomar unas decisiones colectivas más racionales, pero yo no estoy dispuesto a hacerla. A falta de curiosidad intelectual, adoptamos un comportamiento de parásito (free rider) y no invertimos lo suficiente en comprender los mecanismos económicos[18].

Uno de los escasos economistas de alto nivel que ha logrado hacer accesibles conceptos arduos de la ciencia económica, el premio Nobel Paul Krugman, hacía el siguiente análisis:

 

En economía hay tres tipos de escritos: en griego, el de sube y baja y el de aeropuerto.

El escrito en griego –de manera formal, teórica, matemática– es como se comunican los profesores. Al igual que cualquier campo académico, la economía tiene su buena parte de escritores mercenarios y falsos, que utilizan un lenguaje complicado para ocultar la vulgaridad de sus ideas. También comprende grandes pensadores, quienes utilizan el lenguaje especializado de la disciplina como un modo eficiente de expresar visiones profundas. Sin embargo, para cualquiera que no tenga una formación de licenciado en economía, incluso el mejor escrito en griego es completamente impenetrable. (Un crítico del Village Voice tuvo la desgracia de enfrentarse a parte de mi propio trabajo en griego. Encontró «ecuaciones, esquemas y gráficos de sorprendente oscuridad [...], un lenguaje que hace que el escolasticismo medieval parezca accesible e incluso alegre»).

La economía del sube y baja es lo que uno encuentra en las páginas empresariales de los periódicos o incluso en televisión. La misma se preocupa por las últimas noticias y las últimas cifras, de ahí su nombre: «Según las últimas estadísticas, suben las nuevas construcciones, indicando una fuerza inesperada en la economía. Los precios bajan en Bond Street según las noticias [...]». Este tipo de economía tiene la reputación de ser asombrosamente aburrida, una reputación que está casi enteramente justificada. Existe un arte para hacerlo bien –hay un zen para todo, incluso para las previsiones económicas a corto plazo–. Pero es una lástima que la mayoría de la gente piense que la economía del sube y baja es lo que hacen los economistas.

Por último, la economía de aeropuerto es el lenguaje de los best-sellers sobre economía. Estos libros se hallan en exposición mayormente en las librerías de los aeropuertos, donde es probable que los compre quien viaja por negocios y cuyo avión sufre retraso. La mayoría de esos libros predice un desastre: una nueva gran depresión, el aplastamiento de la economía de EE UU por las multinacionales japonesas, el hundimiento de la moneda estadounidense. Una minoría presenta la visión opuesta, un optimismo sin límites: la nueva tecnología o la economía de la oferta están a punto de conducirnos a una era de progreso económico sin precedentes. Pesimista u optimista, la economía de aeropuerto siempre es divertida, raramente bien informada y nunca seria[19].

 

Todos somos responsables de nuestra limitada comprensión de los fenómenos económicos, provocada por nuestro deseo de creer lo que queremos creer, nuestra relativa pereza intelectual y nuestros sesgos cognitivos. Pues tenemos capacidad para comprender la economía: como ya he observado, los errores de razonamiento no se explican en absoluto por el coeficiente intelectual o el nivel de instrucción.

Confesémoslo: es más fácil mirar una película o devorar una buena novela negra que entregarse a la lectura de un libro de economía (no se trata de una crítica: con frecuencia a mí me pasa lo mismo con otros ámbitos científicos). Y, cuando nos decidimos a hacerlo, esperamos que el libro defienda una tesis sencilla, como en el magnífico ejemplo de Paul Krugman del libro de aeropuerto. Sin embargo, como en cualquier otro ámbito científico, ir más allá de las apariencias exige más esfuerzo, menos evidencias y más determinación en la búsqueda de comprensión.