1. La llegada

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La llegada

París, 1 de septiembre de 1894

El tren, como de costumbre, llegó con retraso. Un Gerhard ilusionado y feliz se apeó en la Gare du Nord. El trayecto le había resultado largo y pesado; lo acuciaban las ganas de instalarse en París y emprender aquella vida que tanto lo apasionaba y que, por fin, iba a comenzar. Se dirigió a la parada de los coches de punto, tomó uno y, tras dar la dirección al cochero, se retrepó en su interior dispuesto a gozar del trayecto que mediaba entre la estación y el número 127 de la rue Lepic, no muy lejos de la place Pigalle. El trayecto le resultó breve en este caso, y mientras sus ojos devoraban el paisaje, su pensamiento transitaba por el camino que lo había conducido hasta aquel momento. Desde siempre, su destino había sido marcado como el de todos los primogénitos de la familia Mainz: estudiar leyes, especializarse en asuntos de empresa y alta economía, así como en las aleaciones de los metales y, a continuación, realizar prácticas en cualquiera de las fábricas de la familia para, finalmente, acabar dirigiendo aquel emporio de minas y de acero instalado en la cuenca del Ruhr. El año de libertad del que iba a disfrutar en París le parecía, pues, poco menos que un milagro.

Desde muy pequeño, si en algo destacó entre sus compañeros de colegio fue en las bellas artes, particularmente en la pintura. Su madre supo de esa pasión que, con el tiempo, abrasaría el corazón de Gerhard desde el primer carboncillo que una Navidad éste, a sus cuatro años, le regaló. Ella fue quien le compró el primer caballete, la primera paleta y la primera caja de pinturas, y fue también quien lo inscribió en la afamada academia del maestro ruso Yuri Angelov. Al cuarto año del aprendizaje de Gerhard, el maestro se entrevistó con su madre y le dijo muy seriamente que él ya nada podía enseñar a aquel muchacho que estaba tocado por la varita mágica de los elegidos. Y ése fue el motivo de constituirse en su gran valedora cuando, después de graduarse en sus estudios de bachillerato, cumplir tres años en el ejército imperial y pasar a la reserva tras el pago de la cuota correspondiente, el joven le pidió por favor que, antes de incorporarse a la carrera designada por su padre, le concediera un año sabático para residir en París, en un pequeño estudio alquilado en Montmartre, donde pintaría todo el día y podría vivir cerca y bajo la influencia de los grandes maestros franceses, compararse con ellos y averiguar a qué nivel estaban su técnica y sus conocimientos.

Una única condición le puso su madre: aunque estaba conforme en que alquilara un estudio en aquel barrio que era el sanctasanctórum de los jóvenes pintores de París y en que se pasara el día pintando en él, sabía a la perfección que en Montmartre se concentraban todos los cabarets y antros de la Ciudad de la Luz, por lo que a la vez le exigió que no residiera en ese atelier y que buscara un espacio apropiado donde alojarse cerca de éste pero fuera del barrio de los pintores. A Gerhard le pareció justa la petición de su madre y entendió que, de esa manera, pretendía alejarlo del peligro de las noches bohemias de Montmartre que, por otra parte, no le interesaban en absoluto. Él iba a la capital de Europa con la intención de averiguar si servía para aquel maravilloso oficio y no para perder las noches en francachelas de vino y mujeres de las que consideraba, por otro lado, que estaba ya de vuelta. Tras aquella digresión, su pensamiento regresó al presente.

París era demasiada ciudad para resistirse a gozar de cada uno de sus jardines, plazas y rincones. Sus ojos devoraban cuanto veían e iban de la ventanilla del coche de punto al plano de la ciudad que tenía desdoblado en las rodillas. Los hombres y las mujeres, el alboroto callejero, aquella ansia de vivir que París transpiraba por todos sus poros y, sobre todo, la cálida luz otoñal la hacían completamente diferente a cuanto Gerhard había vivido hasta entonces: la rigidez germana, el orden absoluto en todas las cosas y cierta forma de vida reglamentada hasta extremos increíbles. Aquella algarabía y aquel desorden controlado eran un regalo para sus sentidos.

El clip-clop de los cascos del jamelgo fue ralentizándose, por lo que Gerhard dedujo que estaban llegando a su destino. En efecto, al poco tiempo el silbido del cochero detuvo al animal justo enfrente del 127 de la rue Lepic, el lugar donde había alquilado el estudio. Gerhard se encontró de pie en la calle junto a su equipaje observando el edificio. Era una estrecha casa encorsetada entre dos más importantes, de seis alturas y rematada por un tejado inclinado de pizarra que cubría el piso superior, donde se abrían cuatro ventanas pequeñas a un lado y otra mucho más grande al otro. Gerhard se colocó en bandolera la bolsa y, tomando la maleta, se dirigió al interior.

Dos poyos de piedra cautelaban los cantos de la entrada para impedir que el roce de las ruedas de los carruajes dañara la estructura del portal. De inmediato reparó en que al fondo se veía un patio interior para alojar caballerías y, a medio pasaje, una garita de madera acristalada en cuyo interior un hombre calvo con grandes bigotes escribía, lápiz en mano, en un periódico doblado.

Gerhard se dirigió hacia él. El hombre, advertido por la sombra que le tapaba la luz de la calle, levantó los ojos del periódico.

—Buenos días, señor —lo saludó Gerhard en perfecto francés—. ¿Es usted el portero?

El aludido salió de la garita respondiendo al saludo y reivindicándose.

—Buenos días. Soy el conserje —remarcó—. ¿Qué se le ofrece?

Gerhard extrajo un papelito del bolsillo y lo consultó.

—¿Vive aquí monsieur Ishmael Ponté?

—No, no vive aquí, pero es el administrador de tres de los pisos de esta casa. ¿Es usted el señor Gerhard Mainz?

—Ése soy yo.

—Monsieur Ponté me ha encargado que lo atienda y que le comunique que se excusa de no poder recibirlo debido a una gestión urgente que lo reclama en el ayuntamiento.

—No importa, ya habrá ocasión de verlo.

—¿Es usted pintor?

—Eso pretendo ser.

—Imagino que querrá ver el estudio y, si es conforme a sus deseos, monsieur Ponté me ha dicho que puede tomar posesión del mismo y que un día de éstos pasará para firmar el contrato.

—Perfecto. Pues si es usted tan amable de mostrármelo…

El hombre señaló la garita de cristal con la mano.

—Si quiere deje aquí su equipaje. Cerraré con llave y nadie se lo tocará. —Luego aclaró—: Son cinco pisos más el tramo final que lleva a la buhardilla, y los escalones son algo empinados. —Al ver que quizá había hablado demasiado, añadió—: Dado que es pintor, debo decirle que la buhardilla tiene una luz maravillosa.

—Eso espero. Cuando guste, estoy dispuesto para la escalada.

—Pues vamos allá.

El conserje, fino catador de personas, producto de su oficio, cogió la maleta de Gerhard y la puso en la garita. Señaló la bolsa que Gerhard llevaba al hombro.

—Permítame.

—No, gracias, ésta viene conmigo.

El hombre cerró la garita con llave e indicó el principio de la escalera.

—Si no le importa, iré delante. Así le advierto de los escalones en mal estado.

La pareja comenzó el ascenso. De vez en cuando, el conserje hacía comentarios.

—Bueno, qué le voy a contar, éste es un barrio de pintores; no lo hay mejor en París para este oficio.

—Por esa razón he venido.

—Puede decirse que tiene dos vidas: la del día y la de la noche. La primera, como le he dicho, es para los pintores. La luz de París, y todavía más en esta colina, es maravillosa. La noche, evidentemente, es para los que buscan oscuridad: noctámbulos, cabareteros, chulos y muchachas de vida alegre. Pero ésa es otra historia…

Iban ya por el tercer piso.

—En esa buhardilla siempre ha habido pintores.

—Y si es tan estupenda, ¿por qué se fue el último?

—No se fue, se lo llevó la Parca. Estaba completamente alcoholizado. Pintaba muy bien, aunque vendía poco. Yo fui quien lo encontró muerto una mañana y, por cierto, no fue un plato de gusto. Ha habido que cambiar el papel de las paredes porque todo olía a alcohol.

—No parece un buen comienzo.

El conserje no hizo caso y prosiguió.

—Lo enterraron en el cementerio de Montmartre, aquí al lado. Como de costumbre pagaron el funeral sus compañeros impresionistas, Degas y Pissarro, entre otros. Tienen su lugar de encuentro en los bajos del número 9 de la place Pigalle, en La Nouvelle Athènes. De ese café muchos se van al Moulin de la Galette a seguir la fiesta.

—Sí que me anima usted.

—Eso es cuestión de cada cual, ya le he dicho que este barrio tiene dos ambientes. Lo malo es confundir el día con la noche.

El fin de la charla coincidió con el final de la escalera. Ésta cambiaba y en el último tramo las losas se transformaban en listones mientras que, de la quinta planta a la buhardilla, los peldaños eran de madera.

El conserje se adelantó. Introdujo una llave en la cerradura de una puerta verde que todavía olía a pintura y, tras un par de vueltas, la abrió.

—Adelante, señor.

Gerhard se plantó en medio de la estancia y recorrió con la mirada todo el espacio. El flechazo fue inmediato. Ahí, en esa buhardilla, estaba el gran ventanal que había divisado desde la calle. Además, en el techo se abría una claraboya cuadrada de más de un metro y medio por la que entraba una luz cenital impagable para un pintor.

Dos columnas de hierro soportaban la estructura del tejado y, entre ambas, pendía una hermosa hamaca, de procedencia sudamericana, supuso, tejida con cordel de lino blanco y flecos de colores. En una de las esquinas había un perchero y en la otra un viejo sillón de cuero. Bajo la ventana, un gran sofá; en medio, justo debajo de la claraboya, una tarima; finalmente, un biombo separaba el espacio principal de la puerta de un pequeño cuarto de aseo. Ante la mirada interrogante de Gerhard al respecto del mobiliario, el conserje aclaró:

—Es lo que dejó el inquilino anterior. Monsieur Ponté me dijo que seguramente le interesaría al siguiente.

—Diga a monsieur Ponté que, desde luego, cuanto hay aquí me interesa.

—Pues no se hable más, esto es todo. Ahora, cuando bajemos, le entregaré dos llaves del estudio y otra del portal… por si viene alguna noche. —El hombre sonrió cómplice.

Gerhard pensó que era mejor marcar las distancias desde un principio.

—No sé yo el otro inquilino, pero por lo que a mí respecta no acostumbro a mezclar el trabajo con la diversión.

—Desconozco sus hábitos, entiéndame. Hay quien ama y trabaja de noche y pinta sus personajes en su ambiente… Al caso, sé de un pintor, de cuna noble, por cierto, que escoge sus modelos entre las bailarinas del Moulin Rouge e inclusive acude a los prostíbulos más decadentes con cuaderno y carboncillo y se dedica a tomar apuntes de las prostitutas que luego traslada al lienzo. Henri de Toulouse-Lautrec es su nombre. —Y aclaró—: Bebe mucho. Se cuenta que tuvo una enfermedad de pequeño que le debilitó los huesos. Si acude alguna noche a cualquiera de los locales de espectáculos de Montmartre, sin duda se lo encontrará. Acostumbra a hacer la ronda. Y es muy amigo de Jane Avril; la ha pintado varias veces y hasta se ha hecho un cartel de anuncio con su imagen. —Tras esta explicación, añadió—: Entiéndame, le digo todo esto porque muchos pintores, cuando están embebidos en una pintura, inclusive se instalan un camastro en su estudio para dormir y ponerse a trabajar apenas amanece. ¿Quiere que bajemos ya?

—Baje usted. Me quedo un rato aquí.

—Estaré en la garita, para lo que guste mandar.

Gerhard sacó su billetero de la bolsa y extrajo una propina que entregó al hombre.

—Tenga usted, por las molestias.

—Mil gracias, aunque no era necesario —dijo el hombre mientras se la guardaba.

—Por cierto, ¿cuál es su nombre?

—Dorothée, pero me llaman Dodo.

El conserje partió cerrando la puerta tras de sí, y Gerhard quedó en medio de la estancia todavía sin asimilar del todo su nuevo estatus. ¡Lo había conseguido! Se asomó al inclinado ventanal y pudo apreciar una de las maravillas del mundo: los tejados de pizarra de las buhardillas de París.

2

Lucie

Madame Monique Lacroze era la viuda de un militar del ejército francés condecorado por hechos heroicos en el frente de batalla de la guerra franco-prusiana que a su fallecimiento la dejó con una hija pequeña, una pensión de coronel con una cruz beneficiada con una paga de trescientos francos anuales y una villa de dos plantas con buhardilla y un pequeño jardín ubicada en el número 6 de la rue de Chabrol, junto a la Gare de l’Est. Madame Lacroze se negaba a llamar «pensión» a su casa, le gustaba más «residencia», y todos los inviernos acogía a tres estudiantes, uno por habitación, con derecho a desayuno y a comida o cena, a escoger, no sin indagar anteriormente su solvencia económica y la continuidad de su estancia. La ayuda con la que contaba para regentar el negocio consistía en una cocinera, madame Villar, y una mujer para todo, Gabrielle Dupont. Esto en lo referente al interior de la casa; en cuanto al jardín, el trastero y el garaje, se ocupaba un muchacho de color que acudía tres tardes por semana y que, además, era muy apañado para los temas de lampistería y de electricidad.

Ese primero de septiembre, madame Lacroze estaba nerviosa, como siempre que iba a conocer a un nuevo huésped. Por eso se dirigió a su hija, Lucie, en un tono bastante áspero:

—Lucie, baja de la nube y espabila. Mañana será otro día, pero hoy es hoy y hay mucho que hacer en la casa. Este año tenemos tres estudiantes, y Gabrielle ha enviado mensaje a través de su hijo pequeño de que hoy no podrá venir y hay que dejar a punto la habitación del altillo y el cuarto de aseo. Las del primer piso ya están listas. Por la tarde traerán los colchones nuevos. Y cuando hayas terminado empieza a poner las mesas del comedor, de momento para un comensal cada una y la nuestra para cuatro. Vamos, espabila, te digo.

Lucie suspiró y se decidió a obedecer. También ella, siempre que empezaba el año académico, sentía curiosidad por saber quiénes serían los huéspedes de su madre. Por lo general, eran muchachos de buena familia, de una condición media acomodada que ella catalogaba de inmediato, y no solía equivocarse en cuanto a si eran muy educados, gentiles y simpáticos o más bien retraídos y empollones. Lucie Lacroze había cumplido dieciocho años y aquel patito feo que tantas burlas concitó en la escuela primaria se había transformado, al correr del tiempo, en una muchacha espléndida que aunaba en su persona las mejores cualidades de sus progenitores. De su madre, parisina de pro, había heredado una espléndida figura y esa elegancia natural que tanto la distinguiera ya de pequeña, y de su padre, alsaciano orgulloso de su origen, el cabello trigueño, el cutis pecoso y esos ojos profundamente azules siempre risueños. Trabajaba con las monjas en el reputado hospital Lariboisière, en el pabellón de los enfermos mentales, y si podía ayudaba a su madre en algunos quehaceres relativos a la residencia, sobre todo los días en que llegaban los estudiantes. Dos de ellos eran ya huéspedes veteranos. Lucie los conocía de años anteriores: uno era Edgard Martin, un joven procedente de Toulouse que estudiaba veterinaria; el otro, Jean Picot de la Champagne, era alumno de segundo curso en el Conservatorio de Música de París y su instrumento era el saxofón. Ambos eran huéspedes de la residencia desde el inicio de sus estudios. Edgard era serio, discreto y buen estudiante. En cuanto a Jean Picot, madame Monique Lacroze había estado a punto de no aceptarlo de nuevo, pues alguna noche del primer año había ocasionado problemas; había llegado a altas horas, apestando a alcohol, y había tocado el timbre, despertándolas, porque había perdido la llave. Pero la amistad de madame Lacroze con sus padres y la promesa de futura enmienda, y por qué no decirlo, su pago puntual, habían inclinado la balanza a su favor. El tercer inquilino era nuevo de aquel año y, si mal no había entendido a su madre, procedía de Alemania. Lucie habría preferido buscarse acomodo de una noche en casa de su amiga Suzette Blanchard porque en días tan señalados todas las manos eran pocas y, si bien madame Villar y Gabrielle eran sumamente competentes, su madre siempre recurría a ella para cubrir las posibles deficiencias en el servicio y el acomodo de los estudiantes. Pero su madre no había querido ni oír hablar del asunto. ¡Y para colmo, le tocaba suplir a Gabrielle! Habría preferido quedarse en el hospital donde, desde hacía ya un tiempo, desarrollaba una tarea que le resultaba de lo más gratificante. Todo había empezado por casualidad: a Lucie le gustaba cantar y solía hacerlo mientras desempeñaba sus tareas más rutinarias.

El caso fue que, en la reunión de la mañana, un día de meses atrás, la monja jefa de las enfermeras becarias, la hermana Rosignol, la retuvo unos momentos.

—Lucie, quédese. Las demás pueden retirarse y que cada una vaya a su avío.

Las muchachas fueron saliendo, y la hermana Rosignol y Lucie quedaron frente a frente.

—Lucie, esta mañana la he oído cantar.

—Sí, hermana. —Lucie enrojeció—. Espero que no le haya molestado…

—En absoluto. De hecho, me gustaría que me cantara algo.

—¿Aquí y ahora?

—Evidentemente no vamos a esperar a que nos den las ánimas.

—¿Le parece bien «Santa Lucía» de Teodoro Cottrau?

Las bellas canciones napolitanas estaban muy de moda en la capital de Francia.

—Me parece bien la que usted quiera, pero no me haga perder tiempo.

Lucie, tras un ligero carraspeo, comenzó a entonar «Santa Lucía», con la que siempre tenía mucho éxito.

Al principio, su voz comenzó vacilante, pero apenas había avanzado unos compases cuando el rostro de la monja cambio de súbito y pasó de la sorpresa a la complacencia y posteriormente al franco entusiasmo. Al final no pudo contenerse.

—Pero lo hace usted maravillosamente, Lucie. ¿Dónde aprendió a cantar?

—La verdad es que no lo sé. Siempre he cantado…

—Pues no puede imaginarse lo bien que nos va a venir.

—No entiendo, madre.

—Veamos… En el hospital hay mil actividades que redundan en beneficio de los enfermos, y no son precisamente curarlos, atenderlos, limpiarlos y suministrarles medicación. Para eso tengo muchas enfermeras. Sin embargo, no tengo ninguna para lo que usted sabe hacer.

—¿Cantar?

—Pues sí, eso precisamente, cantar.

La hermana Rosignol, viendo la cara de incomprensión de Lucie, pasó a explicarse:

—Tenemos muchos enfermos, digamos mejor enfermas, con graves problemas de autismo, con psicosis melancólicas que no entran expresamente en la categoría de desquiciadas violentas, y estoy segura de que la música produciría un efecto sedante en ellas. Por eso su voz me viene de perlas. Vamos a probar, con ello nada se pierde. Si funciona, repetiremos. En caso contrario, le asignaré otro cometido y aquí no ha pasado nada.

Y fue por esa peculiar circunstancia que Lucie se encontró por primera vez en su vida ante una singular audiencia que, al principio, le causó un profundo respeto. No obstante, al correr de los días las enfermas se encariñaron con ella y con su trabajo, y Lucie fue dándose cuenta de la influencia benéfica que su voz propiciaba en aquellas desgraciadas.

Lucie desarrollaba su artística actividad en un inmenso salón de forma rectangular situado en la planta baja del pabellón cuyas ventanas estaban aseguradas con barrotes de hierro y que era la antesala del largo pasillo donde se ubicaban los diversos dispensarios, las salas de curas y las salas de baños. Las enfermeras acompañaban a las pacientes tomando del brazo a las que podían caminar y empujando las sillas de ruedas de las impedidas. El caso era que, a las once en punto, el extraño auditorio compuesto por aquella doliente caterva de desgraciadas aguardaba, unas agitándose nerviosamente y otras haciendo visajes con los ojos o babeando con la cabeza caída a un lado, totalmente ajenas a donde estaban y a lo que habían ido a hacer. Entonces Lucie empezaba a cantar. En un primer momento no se enteraban, luego alguna que otra cabeza se enderezaba, y a la segunda o tercera canción un gran porcentaje de aquellas mujeres parecía que atendía; poco después, alguna comenzaba a acompañar el ritmo golpeando con el puño acompasadamente la superficie de una mesa. La hermana Rosignol no cabía en sí de gozo. Su intuición había sido cierta y, llevada por su entusiasmo, obligó a pasar por el salón a medio hospital.

Cuando ya no fue novedad y el ritual prosiguió, las enfermas eran colocadas en los mismos sitios cada mañana y quedaban al cuidado de dos enfermeras hasta que llegaba la hora de recogerlas. A lo largo de los días no hubo ningún incidente remarcable y la terapia se consideró, sin duda, un novedoso éxito del hospital Lariboisière.

Pero ahora no tenía tiempo para pensar en eso, se dijo Lucie mientras subía a cumplir las órdenes de su madre.

3

La primera cena

Cuando a la hora de cenar Lucie entró en el comedor de la residencia portando la gran sopera para servir a los tres huéspedes, vio en el fondo, junto al trinchante, el rostro del recién llegado.

Lo había oído llegar y le gustó su leve dejo extranjero hablando francés, pero, sin saber por qué, cuando se plantó frente a él se sintió súbitamente nerviosa, algo que no le había ocurrido nunca con otros estudiantes. De hecho, le temblaban tanto las manos que parte de la sopa fue del cucharón a los pantalones de Gerhard. Madame Lacroze, que observaba desde lejos, se acercó presta a la mesa.

—Perdónela, hoy no es su día. —Luego, dirigiéndose a su hija—: Si en el hospital tienes el mismo cuidado, Lucie, los pobres enfermos están apañados.

Gerhard se había puesto de pie y, sin dejar de sonreír, procuraba remediar el estropicio con la servilleta.

—No tiene importancia. Ha sido mi culpa, que con mi charla la he distraído.

Lucie agradeció el auxilio que le había prestado el nuevo huésped, aunque fuera mentira, y partió rauda hacia la cocina en busca del frasco que contenía los polvos de vid con los que poner remedio a su torpeza.

Cuando la chica se fue su madre intentó excusarla.

—Esta juventud de hoy día tiene la cabeza a pájaros.

—¿Su hija trabaja en un hospital?

Madame Lacroze afirmó con la cabeza.

—Entonces tiene usted una hija validísima, madame Lacroze.

—Es usted muy amable, señor Mainz.

Lucie ya llegaba con el frasco del quitamanchas, dispuesta a remediar el quebranto.

—Permítame.

Gerhard le arrebató los artilugios de la mano.

—De ninguna manera, faltaría más.

La cena transcurrió sin más incidentes y, al finalizar, Lucie le ofreció café.

—Muchas gracias, pero esta noche no lo tomaré, no vaya a ser que me desvele.

Gerhard se puso en pie y, tras despedirse del resto de los comensales, se dirigió a su dormitorio. Cuando ya alcanzaba la puerta vio a través del cristal de la ventana que Lucie había vuelto ligeramente la cabeza y lo observaba evitando la mirada de su madre.

El dormitorio que le habían asignado era el único del segundo piso y justamente al lado, en el pasillo, se hallaba el cuarto de aseo, únicamente para su uso. Desde el primer momento le encantó la habitación y el techo inclinado de la mansarda le pareció un lujo. El mobiliario no era ostentoso pero sí muy cómodo y recio. La cama era amplia, y estaba flanqueada por dos mesillas de noche con sus correspondientes lamparitas; a los pies de la misma había una banqueta alargada, y enfrente un gran armario de dos lunas, junto a la ventana; también había una butaca con aspecto de ser cómoda y una lámpara de pie al lado para facilitar la lectura, así como una mesa de despacho de grandes dimensiones con su correspondiente sillón capitoné.

Súbitamente, el cansancio acumulado del viaje y los acontecimientos vividos en su casa durante los últimos días se le vinieron encima, por lo que, luego de deshacer el equipaje y colocar todas sus pertenencias en el armario, se dirigió al cuarto de aseo. Se acostaría enseguida a fin de recuperar fuerzas para el día siguiente, que prometía ser apasionante.

Cuando el reloj de la residencia daba las dos, Gerhard, harto de dar vueltas y más vueltas en la cama, se puso en pie y, apartando la gruesa cortina, gozó de la visión de la noche parisina desde la ventana de su habitación. El día había sido complicado, el viaje se le había hecho muy largo y el propio cansancio le impedía conciliar el sueño.

Su razón le indicaba que la suma de aquellos acontecimientos era el motivo de su insomnio, pero su honrado criterio le decía otra cosa: si bien las dos noches pasadas, durante el viaje, todos aquellos sucesos habían quebrado su sueño, esa noche el motivo de su inquietud era otro. Lo que le impedía descansar era la visión de Lucie con el frasco del quitamanchas en la mano intentando remediar el desastre de sus pantalones.

Gerhard se levantó una hora antes y bajó al comedor sabiéndose el primero. De la mesa del recibidor cogió prensa atrasada, con la que se entretuvo media hora leyendo las noticias de París. Al cabo de un tiempo que se le hizo largo compareció una mujer a la que no conocía de la noche anterior portando una bandeja con una gran jarra de leche humeante y una cafetera. Gerhard comenzaba a pensar que no era su día de suerte. Al cabo de un poco entraron en el comedor los otros dos huéspedes, y cuando ya desesperaba comparecieron Lucie y su madre. Madame Lacroze se dirigió hacia la mesa que presidía el comedor y, para gozo de Gerhard, la muchacha se llegó hasta él en cuanto lo vio.

—Buenos días, señor Mainz. Ayer fui la más estúpida de las mujeres. En su primera cena aquí, le desgracio los pantalones derramando un cucharón de sopa. Créame que todo ello me ha impedido dormir.

—Yo tampoco he conciliado el sueño, y a fe que estaba cansado. Pero el motivo de mi desvelo ha sido otro: el recuerdo de su voz y su agradable presencia ha presidido mi duermevela.

Lucie sintió que el arrebol invadía sus mejillas y apenas se atrevió a musitar, no sin mirar de reojo hacia el lugar que ocupaba su madre, por ver si ésta había oído algo.

—No diga eso, que hace que todavía me sienta más estúpida.

—En tal caso permítame que, para poner de acuerdo nuestros puntos de vista, la invite a desayunar conmigo.

Lucie dudó.

—No debo, mi madre es muy estricta al respecto.

—Si no se lo pide usted, se lo pediré yo. Ya sabe que a un cliente no suele negársele nada.

El viaje de ida y vuelta de Lucie hasta la mesa de su madre fue breve.

—Dice que, como excepción, sea, aunque es romper con su norma, y que me autoriza para que pueda remediar el desaguisado que cometí ayer.

Gerhard se puso en pie y, con una inclinación de la cabeza, agradeció a madame Lacroze su licencia. Acto seguido invitó con un gesto de la mano a Lucie a sentarse a la mesa frente a él.

En el comedor apenas se oía un rumor de cucharillas y tazas. Los diálogos eran contenidos, y las cinco personas, más el servicio, que allí estaban se cuidaban de no molestar a los demás.

Gerhard observaba a Lucie sin disimulo.

Las preguntas para romper el hielo fueron las protocolarias: ¿cuándo había entrado en el Lariboisière? ¿Cuál era su horario? ¿Cuál era su medio de desplazamiento? ¿Y cuál su día de fiesta?

—Me encantaría acompañarla. Así iría descubriendo París.

—No sé si mi madre…

—No tiene por qué enterarse.

Lucie pareció dudar.

—Permítame que insista.

Lucie sintió que sus fuerzas flaqueaban.

—¿Tiene usted el despacho por allí?

—Lo que tengo es un estudio. Soy, mejor dicho, pretendo ser pintor. Y he de darme prisa porque sólo dispongo de un año para convencer a mis padres.

—¿Qué quieren que sea?

—Es una larga historia, se la iré contando poco a poco, durante el trayecto que caminemos juntos.

A partir de aquel día los jóvenes hicieron la ruta conjuntamente, no sin que madame Lacroze hiciera la vista gorda.

El sábado de su segunda semana de estancia Gerhard llevó a bailar a la muchacha junto con su amiga Suzette Blanchard y con Pierre, el novio de ésta, al Lapin Agile. Lucie se sintió transportada al séptimo cielo, pues Gerhard era un gran bailarín. La tarde dio para mucho y ambos, a preguntas del otro, fueron desgranando sus respectivas vidas. Sin pretenderlo, Gerhard agobió a Lucie porque a través de su explicación ella intuyó una vida que ni de lejos se asemejaba a la suya. Con todo, al terminar la velada ya se tuteaban.

Por la noche, una vez más, la joven dio mil vueltas en la cama y el sueño tardó en visitarla.

4

El Lariboisière

Lo de realizar juntos el trayecto que iba desde la casa de la rue de Chabrol hasta el hospital Lariboisière se convirtió en una costumbre. Al principio Gerhard esperaba a Lucie a la vuelta de la esquina, pero al cabo de una semana consideró que tal actitud era una niñería y una noche a la hora de la cena, como de pasada y sin darle importancia, se lo comentó a madame Lacroze argumentando que si ambos hacían el mismo camino lo normal era que lo hicieran en compañía y que su hija iría mucho más segura con él que yendo sola.

Madame Lacroze, que estaba al cabo de la calle, hizo ver que comprendía la razón del muchacho que, por otra parte, era encantador. El único inconveniente que podía objetar era que fuera alemán y pintor.

Lucie, al cabo de unas semanas, no tenía otra cosa en la cabeza que esperar aquel trayecto que duraba aproximadamente media hora o tres cuartos y que cada día le resultaba más corto. Lucie intentó combinar su vuelta a casa con la de Gerhard, pero eso era ya mucho más complicado porque el joven siempre se retrasaba; era imposible coordinar el regreso para hacerlo juntos.

El camino se convirtió, al paso de los días, en una auténtica puesta a punto de sus vidas. Los muchachos se confesaron sus preferencias al respecto de sus aficiones, sus amigos, la música, el campo o la ciudad… Sin embargo, cuando él le habló de su familia la condición social de los Mainz pesó como una losa en el ánimo de la muchacha porque su intuición le dijo que entre ambos mundos mediaba algo más que el abismo que ya había sospechado el día del baile. Así pues, tras consultarlo con su amiga Suzette, Lucie decidió cortar aquella relación antes de que fuera demasiado tarde ya que, aunque él nada le había dicho, presentía que pronto le propondría algo más serio que acompañarla al trabajo y ella no estaba dispuesta a ser el pasatiempo de Gerhard en París durante el invierno.

El joven no entendía su actitud y, por más que rememoraba las palabras de Lucie, estaba seguro de que no le había dado motivo alguno para aquel cambio. A medida que iban transcurriendo los días, se daba cuenta de que en su corazón nacía un sentimiento hasta entonces desconocido y que arrancaba desde el instante que la vio en el comedor de la residencia.

Una noche, acabada la cena, Gerhard decidió hablar con ella sin tapujos ni disimulos, por lo que, tras el café, se dirigió a la mesa de madame Lacroze y saltándose el protocolo entró directamente en el asunto.

—Madame —dijo—, perdone mi atrevimiento, le pido permiso para hablar con Lucie aquí en el comedor esta noche cuando todo el mundo se haya retirado.

La mujer comprendió que algo importante pasaba porque, aunque al paso de los días había notado a su hija muy retraída, ni se le había ocurrido pensar que el hecho tuviera algo que ver con aquel muchacho.

—No hay inconveniente, pero aguardaré a que termine en la salita de costura.

—Como guste, madame Lacroze. Procuraré ser breve.

Lucie atendía al diálogo entre Gerhard y su madre por un lado acongojada pero por el otro decidida a deshacer aquel malentendido y hablar con toda claridad con él, aunque era consciente de que debía escoger muy bien sus palabras ya que nada le había insinuado al respecto de sus sentimientos hacia ella.

En el comedor únicamente quedaba Gabrielle, que estaba quitando las mesas pues Jean Picot y Edgard Martin, los otros dos huéspedes, ya se habían retirado, Edgard hacia su dormitorio para estudiar un par de horas y Picot, con el estuche de su instrumento colgado del hombro, hacia un almacén que tenía alquilado con unos amigos con los que había formado una orquestina, con el fin de ensayar. Madame Lacroze ordenó a Gabrielle:

—Déjalo como está. Ya lo recogerás después.

La mujer se retiró y, en cuanto hubo desaparecido, madame Lacroze se dirigió a su hija:

—Lucie, estaré en la salita de costura. Si quieres consultarme algo ya lo sabes. —Luego, mirando a Gerhard, añadió—: Conste que hago una excepción. Mi hija se retira después de cenar. Sin embargo, atiendo su petición porque confío en que es usted un caballero. Le digo lo mismo que a ella: si me necesita para algo ya sabe dónde estoy. Y, por favor, sea breve.

Tras estas palabras la mujer se retiró dejando solos a los dos jóvenes.

Apenas salió, Gerhard ocupó la silla que la madre de Lucie había dejado. La joven, que sabía que aquel momento tenía que llegar, intentó aparentar normalidad, aunque los nervios la comían por dentro y se apretaba una mano contra la otra fuertemente por debajo de la mesa. Gerhard fue directo al grano.

—¿Qué es lo que ocurre, Lucie? ¿En qué te he ofendido o qué he hecho mal?

La muchacha intentó defender su postura.

—¿Por qué dices eso? No has hecho nada mal ni pasa nada.

—Pues entonces ¿por qué has cambiado de actitud?

—El motivo de que escoja otra compañía para ir al hospital no es otro que, como comprenderás, tengo otros amigos a los que veo poco y ése es un tiempo que aprovecho con ellos, como había hecho en otras ocasiones.

—Lucie, a otro perro con ese hueso. Te ruego que no ofendas mi inteligencia. Hace dos semanas compartíamos el camino, cambiábamos impresiones e íbamos conociéndonos mejor, y súbitamente cambió tu talante, no quieres que te acompañe ningún día y aquí, en la casa, procuras evitarme en cada ocasión que me acerco a ti. Si dices que no te he ofendido y que no pasa nada, perdona, pero no entiendo tu actitud.

Lucie se sintió acorralada y comprendió que había llegado la ocasión de afrentar el problema. Como decía su madre, «mejor una vez roja que veinte amarilla», de modo que tomando aire se dispuso a hablar claro.

—Mira, Gerhard, aunque soy joven, desde muy niña supe enfrentarme a mis cosas, por lo que soy consciente del lugar que ocupo en el mundo y cuál es mi futuro en esta sociedad en la que vivimos. Tú sabes perfectamente quién soy porque vives en mi casa, pero yo sólo sabía de ti que eras un nuevo huésped y que eras alemán; que eras persona decente se daba por supuesto desde el momento en que mi madre te abrió nuestra casa. Lo que ignoraba era quién eras, quiénes eran los miembros de tu familia y a qué mundo pertenecías, y tú me abriste los ojos la otra mañana y al instante entendí cuál era mi lugar al respecto de tu persona. —Al llegar a este punto Lucie notó que sus mejillas se cubrían de púrpura—. Me encuentro muy a gusto en tu compañía; eres amable, atento conmigo, ocurrente y te gustan muchas de las cosas que me gustan a mí. ¿Y sabes lo que ocurre contigo? Pues que tengo todos los números para enamorarme de ti y no me interesa. Lo he meditado, y prefiero tenerte únicamente como amigo. ¡Ya está, ya te lo he dicho!

Gerhard era incapaz de creer lo que acababa de oír. Todo el malestar de los últimos días venía dado porque se había enamorado de aquella muchacha como jamás lo había estado anteriormente de ninguna, y un especial desasosiego lo había asaltado desde el instante en que fue consciente de que algo raro ocurría, algo que él no podía controlar, y comenzó a ver fantasmas donde no los había. Sospechó de Jean Picot porque en un par de ocasiones lo sorprendió hablando y riéndose con Lucie, cosa que, por otra parte, no le extrañó ya que el joven era muy ocurrente y divertido, y durante las noches que pasó en blanco empezó a repasar todos los compañeros de trabajo de los que Lucie había hablado y de cuantos podían tener contacto con ella en el hospital. Y ahora que había oído de sus labios esa velada confesión de amor una alegría contenida asaltó su corazón.

—Entonces, Lucie, ¿quieres decirme que te importo algo?

Aquel instante a Gerhard le pareció eterno y se dispuso a escuchar la sentencia de la muchacha como el condenado aguarda la del juez.

—Puedes llegar a importarme. Y creo que no me conviene.

—¿Por qué dices eso? Tienes que dejar que hable tu corazón.

—Mi corazón es un loco a quien debo controlar.

Gerhard le tomó la mano y ella no la retiró.

Lucie se sintió cual pajarillo asustado. Sin embargo, se dispuso a mantenerse firme.

—Sé sincero, ¿imaginas a tus padres entrando en esta casa para conocerme y que Gabrielle les sirviera la merienda?

—Imagino a mi madre conociéndote y al cabo de media hora amándote.

—Me hablas de tu madre, pero ¿y qué hay de tu padre?

—Tal vez al principio le cueste, es muy especial, pero luego tendrá que transigir.

—Tú lo has dicho, «transigir»… Esa palabra me horroriza.

—Si tú me aceptas, ellos tendrán que aceptarte.

—Por favor, yo no quiero eso para ti. Esa circunstancia, suponiendo que tú y yo llegáramos a algo, se interpondría para siempre como una muralla entre los dos.

—Lucie, estoy enamorado de ti. Mi familia te querrá en cuanto te conozca, y si no fuera así sé lo que tengo que hacer.

—Jamás me interpondría entre tú y los tuyos, eso sería nuestra desgracia.

—¿Tú me amas, Lucie?

La muchacha aguardó unos instantes. Luego, tras suspirar profundamente, habló:

—Desde la noche que te vi aquí sentado.

Gerhard acercó su rostro al de Lucie, que cerró los ojos, temblorosa, y depositó en sus labios entreabiertos un beso tierno y apasionado que selló el pacto de aquel amor incipiente.

—Déjame hacer a mí, Lucie. Conozco a los míos y sé cómo tratarlos. Mi madre será mi aliada, y cuando la haga mía el problema habrá terminado; ella es, en el fondo, la que manda en mi familia. Confía en mí, Lucie.

Siete meses habían transcurrido desde la conversación habida entre Gerhard y Lucie, y la primavera había estallado en el corazón de la joven al igual que en París. Los parques y los jardines eran una explosión de colores, y la muchacha había conseguido alejar de su horizonte los negros nubarrones que para ella representaba la familia de su enamorado y estaba decidida a vivir intensamente el presente; lo que la vida le deparase en el futuro lo viviría cuando éste llegara, por lo que se había aferrado a los argumentos que Gerhard le había brindado escudándose en que éste conocería a su familia mucho mejor que ella para emitir un juicio de valor. El tiempo y su voluntad habían conseguido difuminar los fuertes trazos que habían marcado la descripción que Gerhard había hecho de su familia, y empezaba a considerar posible que poco a poco la aceptaran, tal vez no su padre, pero sí su madre y su hermano, Günther; por otra parte, si así no fuera, Lucie no tendría problema ya que su corazón enamorado no esperaba otra cosa que pasar los días al lado de su amado sin importarle un ápice que fuera un rico heredero o un humilde pintor, pues estaba segura de que triunfaría con sus cuadros, y con lo que ella sabría aportar estaba convencida de que lograrían formar un hogar feliz y suplir con su amor todas las carencias que la actitud de la familia Mainz le causara.

Lucie tuvo una larga conversación con su madre. Madame Lacroze consideró en principio una locura apoyar aquel romance. No obstante, después de una larga entrevista con Gerhard fue entrando poco a poco en aquel imposible y finalmente transigió. El joven le encantaba y consideró al punto que, en una y otra circunstancia, tanto si resultaba ser un rico heredero como si únicamente era un pintor, sería un gran partido para su hija.

5

La comida en el Lhardy

Madrid, primavera de 1895

José Cervera, porte distinguido herencia de su padre, el marqués de Urbina, metro ochenta de altura, complexión delgada y sin embargo atlética, rostro anguloso, cabello castaño, ojos marrones y sonrientes, frente noble y amplia, se detuvo en la puerta del Lhardy y, refugiándose de la lluvia bajo el toldo, extrajo el reloj de oro del bolsillo de su chaleco con la mano libre que le dejaba el paraguas. Levantó la tapa que ocultaba la blanca esfera de números romanos y consultó la hora: faltaban todavía cinco minutos para la una. Su íntimo amigo Perico Torrente acostumbraba a ser muy puntual. José guardó el reloj, plegó el paraguas y, luego de sacudirlo brevemente, aguardó la llegada de su amigo.

El día antes había ocurrido algo que obligaba a su mente a recordarlo una y otra vez. En septiembre empezaría su último curso de la carrera de ingeniero agrónomo y mil proyectos se agolpaban en su cabeza que no dejaban resquicio a otras divagaciones. Uno de ellos era el que había propiciado la cita con su amigo. Sin embargo, en aquella circunstancia era distinto; el suceso de la mañana le impedía pensar en otras cosas.

La figura de Perico asomó por el principio de la Carrera de San Jerónimo. ¡Indiscutiblemente, su amigo era un dandi! Lo vio impecable con su gabardina inglesa, la bufanda a cuadros, granate y azules, y el sombrero hongo debajo del paraguas de curva empuñadura de bambú. Perico también lo divisó a él y lo saludó agitando la mano.

Los dos amigos se encontraron bajo el toldo del Lhardy.

—No te he hecho esperar, ¿verdad?

—Puntual como el reloj de la Puerta del Sol.

—¿Entramos?

—Para luego es tarde.

Ambos entraron en el local.

—¿Comemos ya o tomamos un caldo?

El caldo del samovar del Lhardy era famoso en todo Madrid.

—Vamos directamente al asunto porque el caldo me quita el hambre.

El que habló así fue Perico.

En éstas se les acercó el encargado.

—¿Van a comer, don José?

—Vamos a acabar con la despensa.

—¿La mesa de siempre?

—Y el cocido de siempre.

Perico apostilló:

—De tres vuelcos,[*] como siempre.

Perico tenía fama de tener buen diente. Presumía de que en cierta ocasión había hecho «un sube y baja», es decir, luego del cocido y de tomar postre y café, repetir pero a la inversa: otro café, otro postre y otra vez cocido.

El maître los condujo a la mesa que ocupaban de costumbre en el rincón próximo a la ventana. Después de acomodarlos y de darles la carta de vinos para que escogieran partió a encargar la comanda.

Perico comenzó la conversación.

—¿Qué tal día llevas?

—¿Por qué dices eso?

—Tengo que pedirte un favor que luego revertirá en favor tuyo, ya lo verás.

—Cuando empiezas así, te temo. Te conozco como si te hubiera parido. Venga, dispara.

—Verás, no sé cómo empezar porque yo también te conozco. Quieres pisar siempre sobre seguro, no eres amigo de lo desconocido. Pero en esta ocasión vale la pena.

—¡Uy! Cuánto circunloquio… Dime lo que quieras decirme y luego atiéndeme, que yo también quiero contarte algo.

—Ahora el que me intriga eres tú.

Hubo una pausa entre los dos amigos, hasta que José apretó:

—Habla tú primero.

—Has de hacerme un favor.

—Explícate, que te temo. Me envuelves en tus redes de leguleyo —dijo José, en referencia a que Perico ejercía de abogado en el bufete de Sancho-Cosío, uno de los más prestigiosos de Madrid— y, sin darme cuenta, me he comprometido a cosas de las que más tarde me arrepiento.

—Tengo cuatro entradas para los toros de mañana domingo. Torean nada menos que Guerrita y Mazzantini, y los toros son de la ganadería Conde de la Corte.

José arrugó el entrecejo.

—¿Cuatro entradas para quién?

—Ahí está el favor. Sé que no eres amigo de sorpresas, pero en esta ocasión te aseguro que vale la pena. Verás, Gloria tiene una invitada en su casa que es hija de un tipo que, por lo visto, le interesa mucho a su padre, y es por ello que nos cede sus entradas. Lo que pasa es que a mí me fastidia la tarde porque yo tenía otros planes.

—¿Qué planes?

—Ir a los toros, por supuesto. Pero en cuanto finalice la corrida… o, mejor aún, durante la lidia del sexto toro, para evitar encuentros inconvenientes, irme con Gloria a algún lugar donde podamos estar tranquilos y hablar, porque excuso decirte que siempre que la dejan salir es con carabina.

—¿Y qué pinto yo en este invento?

—Está claro: vamos a los toros los cuatro, y a la salida tú le enseñas Madrid a la invitada mientras Gloria y yo pasamos un rato a solas. Luego nos reencontramos los cuatro un cuarto de hora antes de que Gloria tenga que volver a su casa.

—O sea, que hago el papel de encubridor.

—Si quieres llamarlo así…

José sonrió para sus adentros y quiso poner sus condiciones.

El cocido estaba delicioso y ya iban por el segundo vuelco.

—Hablemos del paquete que intentas colocarme, ¿qué tal está la chica?

—No voy a engañarte, aún no la he visto. Sin embargo, Gloria me ha dicho que es muy simpática.

—¡Uy qué miedo! Hay frases que me inspiran recelo… Preguntas si una chica es guapa, y si te responden que es muy simpática, ¡malo! Preguntas qué tal es fulano, y si la respuesta es que es muy bueno, el pobre, ¡malísimo! Y si preguntas si tal pueblo es divertido y te responden que es muy sano, que hay muchos pinos, ¡no dudes que ese pueblo en verano es una lata!

—Pues olvida tu recelo, que Gloria me ha garantizado que la chica es preciosa. O sea, que lo de la simpatía es un adorno de su carácter. Y he empezado por explicarte eso porque me consta que a ti te importa mucho más que lo otro.

—Es posible, pero si he de estar con ella un par de horas, la verdad, Perico, preferiría que fuera bonita. Así, si me encuentro con algún amigo no me tildará de imbécil, porque lo único que se percibe de la chica que va con uno es si es guapa. Lo de la simpatía se nota en el trato, en una mera presentación no da tiempo, y no me apetece escuchar a mi paso murmullos ni comentarios a mis espaldas del orden de «Menudo esperpento iba con éste la otra tarde» o, peor, «¿De dónde sacará Cervera esos adefesios?».

—Insisto: Gloria me ha dicho que la chica es preciosa, y mi novia nunca miente.

Habían dado fin al cocido, las dos botellas de vino habían surtido su efecto y les embargaba el estado de felicidad que acompaña las buenas digestiones. El diálogo de los amigos proseguía en ese momento frente a dos copas de coñac francés.

José apuntó:

—Si he de morir, sea. Pero quiero más datos.

—Pregunta lo que gustes, que yo te informaré hasta donde sepa.

—¿Desde cuándo está en Madrid y hasta cuándo se queda?

—Llegó hace una semana y creo que estará aquí al menos un mes. No estoy seguro.

—¿Cómo se llama?

—Desconozco su nombre, pero sí sé que la llaman Nachita.

—De acuerdo, pero me deberás una. Y ahora escúchame, porque yo también tengo una historia que contarte.

Perico enarcó las cejas, expectante, en tanto daba un sorbo a su coñac.

—Ayer por la mañana llevé a Beni al veterinario.

—¿Estaba malo?

—Está mayor ya, el pobre. Vomitaba desde hacía días, y mi madre dijo que o se curaba o lo dejaba en el patio.

—Sigue.

—Tú ya me has acompañado alguna vez y conoces el lugar. Está en el número 21 de la calle del General Oraá. Pues bien, estaba yo con el perro en la sala de espera, sentado en el sillón que está junto a la puerta, cuando del interior salió una muchacha de bandera que casi no podía aguantar el llanto. Iba secándose las lágrimas con un pañuelito y acompañada del veterinario, el doctor Lasaleta, que intentaba consolarla. Por lo visto, a su perrito, un yorkshire enano, le había pasado por encima la rueda de un coche de caballos y ella lo había llevado de inmediato a la consulta, pero nada pudo hacerse: aunque intentaron reanimarlo, el animalito estaba muerto. La joven estaba desolada, insisto. Te aseguro que era un espectáculo. El doctor Lasaleta intentando consolarla, al punto que no quería cobrarle nada por la visita, y ella insistiendo entre lágrimas. Finalmente, entendiendo que se había hecho lo imposible por recuperar al perrito, el doctor aceptó y la muchacha pagó la factura, y para ello la enfermera que estaba detrás del mostrador le pidió sus datos, nombre y apellido. Me quedé tan clavado al oír el nombre que no escuché el apellido.

—¿Y qué nombre era ése?

—No lo había oído nunca. Chiquinquirá.

Perico, tras una pausa, opinó:

—Debe de ser un nombre de un país sudamericano, me suena a una Virgen patrona o algo así. ¿Y dices que no te enteraste del apellido?

—Únicamente me quedé con el nombre, eso he dicho.

—Bueno, pues ya está, fin de la historia.

—Lo malo es que no está. Llevo toda la mañana pensando en esa chica.

Entre copas y charla les dieron las seis. Hablaron de política, de la eterna crisis presidencial y la alternancia de don Práxedes Mateo Sagasta y Antonio Cánovas del Castillo; también de toros, con la otra alternancia en la cúspide entre Lagartijo y Frascuelo. Finalmente, tras pagar la cuenta y recoger gabanes y paraguas salieron a la calle. El cielo se había despejado y mostraba aquella peculiar claridad que Madrid lucía los atardeceres de primavera.

—Podemos coger un coche. Te dejo en tu casa y luego sigo yo.

Perico se había independizado al acabar la carrera, y desde el número 19 de la calle del Arenal, que era la casa de sus padres, en el barrio de San Ginés, se había trasladado hasta el número 21 de la calle de Jorge Juan, donde tenía vivienda y despacho. José, por su parte, vivía aún con sus progenitores, en Diego de León.

—Está bien, me dejo invitar.

Bajaron la Carrera de San Jerónimo hasta la parada de coches de punto y se dirigieron al primero de la fila. Luego de dar al cochero la primera dirección subieron al coche y, apenas instalados en él, el caballo, azuzado por el cochero, partió con un ligero trote cansado y cochinero.

La luz de las farolas de gas recién encendidas se reflejaba en el asfalto todavía brillante por la reciente lluvia.

—¿Cómo quedamos para mañana? —preguntó José.

—Si te parece, a las cuatro y media en el chaflán de Juan Bravo, ya sabes, donde vive Gloria. Yo ya estaré allí un cuarto de hora antes.

Tras una pausa y tras pensar en el compromiso que había adquirido, José apuntó:

—Como la muchacha sea fea, te acordarás de mí.

Habían llegado al portal de Perico y éste, en tanto abría la puerta y bajaba, se volvió hacia su amigo.

—Me lo agradecerás toda la vida. Y si no, al tiempo.

—¡Vete ya, perillán! ¡Te conozco, bacalao, aunque vayas disfrazao! Como esto sea una de tus sucias maniobras, te juro que me la pagas.

Perico cerró la puerta y, a través de la ventanilla abierta, recordó lo último acordado.

—Mañana a las cuatro y media en el portal de Gloria, como me dejes tirado te retaré en duelo.

6

Los toros

El domingo amaneció un día espectacular. Ya desde primera hora lucía un sol que auguraba una tarde espléndida, y eso era garantía de que la corrida se desarrollaría en las mejores condiciones. Luego dependería de toros y toreros que «la fiesta» fuera una auténtica fiesta.

José tenía la costumbre de acudir los días de corrida por la mañana a los alrededores de la plaza de toros de Goya, donde se podía pulsar el ambiente que despertaba el festejo de la tarde. El barullo de los bares en los aledaños de la plaza, los comentarios y las discusiones de los aficionados, los puestos de barquillos, de gorros y de abanicos marcaban la importancia del evento, pero el auténtico termómetro del mismo era la abundancia de hombres dedicados a la reventa que, entre las carreras y los sustos que la presencia de los municipales provocaban, iban colocando su mercancía, un trapicheo con mucho del juego del gato y del ratón, pues si bien por la mañana aguantaban los precios, a medida que se acercaba la hora de la corrida, espoleados por el temor de quedarse «el papel», iban bajándolos, de modo que aquel que tuviera el cuajo suficiente para arriesgarse a quedarse sin poder asistir y esperara hasta el final podía hacerse con una entrada más barata incluso de lo que le habría costado adquiriéndola en taquilla.

Los mano a mano entre el Guerra y Mazzantini acostumbraban a reventar el aforo de las catorce mil quinientas personas que el coso podía alojar.

La mañana, empleada en esta actividad, le pasó a José sin casi darse cuenta. Pilló una bronca de aficionados en el bar Las Banderillas que acabó con los municipales llevándose a los protagonistas entre el jolgorio del personal. A su regreso a casa, comió con sus padres. Como de costumbre, su madre, que era muy religiosa, le preguntó si había ido a misa.

Su padre le echó un capote.

—Déjalo, Rita, que José ya es mayorcito para considerar sus obligaciones dominicales.

—Tú no lo protejas. Es muy difícil conservar la fe conviviendo con un par de ateos. Menos mal que rezo por los dos, porque si no difícil lo vais a tener cuando lleguéis allá arriba.

La comida del domingo transcurrió sin más incidentes y a la hora en punto, y tras despedirse de sus progenitores, José partió a su cita con Perico reconociendo que el encuentro con la amiga de Gloria había despertado en él cierta curiosidad.

Cuando llegaba al chaflán de Juan Bravo divisó a su amigo paseando por la calle y mirando su reloj de bolsillo con insistencia.

—Creí que no llegabas.

—Eres un nervioso, aún faltan cinco minutos.

—Mira, allí vienen.

La cancela de la puerta se abrió y se recortó en el vano la silueta de las dos muchachas. José ya conocía a Gloria, por lo que siempre había alabado el buen gusto de su amigo. Sin embargo, lo que no imaginaba, pese a las garantías dadas por éste, era que la amiga fuera aquel pedazo de mujer que la acompañaba. No lo podía creer, no podía ser lo que veían sus ojos. La muchacha que se acercaba era la del perrito muerto, la que había visto en la consulta del veterinario. A medida que se aproximaban pudo observarla con detalle. Era una morena impresionante. Alta, delgada y con talle de avispa. El óvalo perfecto de su rostro lo adornaba un par de ojos verdes que parecían dos faros, y tenía la nariz recta y los labios carnosos. Vestía una blusa camisera violeta cubierta por una chaquetilla torera de color granate muy apropiada para aquella tarde y una falda gris hasta los tobillos, acampanada y ceñida a la cintura con un ancho cinturón negro de piel, bajo el borde de la cual asomaba la punta de unos botines abotonados por el lateral.

José dio un codazo a Perico.

—A lo mejor hasta tengo que pagarte una cena.

—Ya te lo dije, pero tú eres como santo Tomás: «Si no lo veo no lo creo».

—No es eso.

Perico lo observó dubitativo.

—Pues ¿qué es?

—La amiga de Gloria es la chica del perrito del veterinario de la que te hablé ayer.

Perico lo miró con sorna.

—La vida es una lotería… ¡y por lo visto a ti siempre te toca el gordo!

Las chicas fueron acercándose, y José se dio cuenta al punto de que la muchacha no lo había reconocido. Dio un ligero codazo a su amigo.

—No digas nada, déjame manejar esto a mí.

Gloria hizo las presentaciones de rigor.

—Mira, José, ésta es mi amiga Nachita Antúnez. —Y luego dirigiéndose a ella—: Él es José Cervera, amigo íntimo de mi novio, a quien ya conoces.

Las dos parejas subieron al coche del padre de Perico y el cochero, que ya había sido instruido de adónde había que ir, con un ligero toque a las riendas hizo que el tiro arrancara en dirección a la plaza de Goya.

La muchacha, además de bellísima era encantadora, y su habla tenía un acento especial que al principio José no supo identificar si era peruano, venezolano o ecuatoriano. Argentino y chileno no era, y mucho menos mexicano… Pero desde luego era sudamericano.

José, que iba sentado al lado de la chica en el sentido de la marcha, se dispuso a jugar sus bazas.

—¿Es la primera vez que va a los toros?

—Óyeme, por favor, háblame de tú. En mi país únicamente somos tan solemnes con los mayores, entre jóvenes somos más informales.

El acento de la chica era delicioso.

—¿De dónde eres?

—Del país de las bellas mujeres, con excepciones como yo, y de los mil lagos. De Venezuela. Exactamente de Maracaibo.

—O sea, que tú no eres bonita.

—¿Me encuentras bonita?

—¡No seas mala! Aunque sé que a las mujeres os gusta que os regalen los oídos, debes saber que aquí tenemos un refrán que dice: «La falsa modestia es la virtud de los que no tienen otra».

—Lo digo de verdad, mi niño, yo no me encuentro bonita.

—¿Es que en Venezuela no hay espejos?

—Dejemos eso. Además, me considero ciudadana del mundo; viajé con mi papá por la vieja Europa e incluso pasé un año en París porque él tenía trabajo allí y no quiso tenerme lejos.

—Lo comprendo muy bien. Cuando se tiene una obra de arte hay que tenerla cerca.

—¡Uy, qué candongo! —Entonces la muchacha se dirigió a Perico—: Tu amigo es muy peligroso.

—Es la fachada, pero en el fondo es un trozo de pan.

En ésas estaban cuando, abriéndose paso entre la multitud, el cochero consiguió acercarlos a la puerta de la plaza correspondiente a sus entradas. Descendieron los cuatro.

—Fermín, dentro de una hora y media aguarde en Las Banderillas.

—Sí, don Pedro, allí estaré.

Llegar hasta el lugar donde estaban ubicadas sus localidades de contrabarrera fue toda una hazaña. Los pasillos estaban atiborrados de público, la gente caminaba en manada hasta llegar al vomitorio correspondiente y desde allí ascendían la escalera de piedra vertical que desembocaba a medio tendido, desde donde podía subirse hacia la andanada o descender hacia la contrabarrera y la barrera. Los cuatro, con las entradas en la mano de Perico, se dirigieron a sus localidades y, finalmente, con ciertas dificultades, consiguieron llegar a las mismas. Perico alquiló almohadillas, y José obsequió a Gloria y a Nachita con sendos ramos de claveles preciosos. Una vez acomodados, se dispusieron a charlar en tanto salían las cuadrillas.

Ése fue el instante en el que José se decidió a poner en marcha su plan.

—Nachita, ¿has visto anteriormente alguna corrida?

—Claro, mi niño. En Venezuela hay mucha afición, y mi padre tenía un palco en la plaza de Maracaibo.

—Entonces ¿te gustan los toros?

—Me apasionan.

Sonó la música y las cuadrillas se aprestaron a hacer el paseíllo. José aprovechó el momento para intrigar a Nachita.

—No entiendo a las mujeres, venís a contemplar la muerte de un animal majestuoso e importante sin derramar una lágrima y en cambio os ponéis a llorar si a vuestro perrito lo mata un coche de caballos.

Nachita lo miró desconcertada.

—Eso me pasó a mí ayer, ¿cómo lo has adivinado?

—También sé que tu nombre no es Nachita, sino Chiquinquirá, que debe de ser la Virgen patrona de Maracaibo.

Nachita estaba sorprendidísima.

—¡Uy! ¿Cómo sabes tú eso? —Luego se volvió hacia Gloria y, dándole con el codo, le comentó—: Mira, sabe cómo me llamo y también lo de mi perrito, ¡este hombre es brujo!

—Harás bien en no fiarte de José, Nachita. Aquí en Madrid hay muchos como él, pero más que brujos son embaucadores.

De nuevo Nachita se dirigió a José, y en un tono mimoso y totalmente distinto al que emplearía una chica española, apoyándose en su hombro le dijo:

—Sé bueno y dime cómo sabes tú eso.

José se hizo el misterioso.

—La mujer es como una plaza fuerte, hay que asediarla por todos los frentes. Además, en la guerra y en el amor valen todas las artes, y la curiosidad es una de las debilidades de la mujer.

—¡Va! No seas malote, mi niño… Y, óyeme, esto no es la guerra.

—Pero puede ser el principio de un gran amor.

—¡Venga, dime!

—No quiero hacerte sufrir. Ayer estaba en el veterinario cuando murió tu perrito y la verdad es que me impresionaste de tal manera con tu llanto que únicamente pude retener tu nombre. Se lo comenté a Perico a la hora de comer, y cuando te he visto venir con Gloria he pensado que Dios te ha puesto en mi camino.

—¡Tonto!

La corrida salió muy buena. Los toros de la ganadería del Conde de la Corte fueron excelentes, sobre todo el segundo; y los matadores, en su pugna por coronar el escalafón, se emplearon a fondo en sus respectivas faenas. Nachita se interesaba por el pelaje de los astados, y quiso saber qué era un toro «zaino», un «bragado» o un «berrendo», nombres distintos a los que se usaban en su Venezuela natal. José fue informándola a la vez que crecía su entusiasmo por la actitud de la muchacha, mucho más libre en sus expresiones que las mujeres a las que estaba acostumbrado; la chica, ante una situación arriesgada, se refugiaba en su hombro sin querer ver lo que pasaba en el ruedo, y su miedo llegó al paroxismo cuando el cuarto toro, de nombre Tirador, mató un caballo.

La plaza era un clamor: en el cuarto Guerrita había obtenido un triunfo notable, dos orejas y vuelta al ruedo, y los partidarios del otro torero clamaban y animaban queriendo llevar a su lidiador al triunfo.

El corneta anunció al quinto, que correspondía a Mazzantini. Entre la expectación general, el monosabio mostró la pizarra al público girando sobre sí mismo. El nombre: Basurero; el peso: quinientos cuarenta kilos. La puerta del chiquero se abrió, pero el animal se demoró un instante. El encargado de la puerta comenzó a golpear las tablas con la mano abierta para provocar al animal, y finalmente Basurero salió. El matador lo recibió a porta gayola, y un clamor unánime surgió de las gargantas de la multitud. Era un toro cárdeno abrochado de cuernos, muy bien armado, que galopó circunvalando el ruedo como tomando las distancias del lugar donde iba a celebrar su última batalla. Llegando al cinco, ante la provocación de un capote que asomaba por el burladero, arremetió en tablas y rompió dos de ellas. La lidia del quinto toro había comenzado.

Los peones trastearon al animal, que fue de uno a otro encelado por el engaño, y cuando tras cuatro o cinco embestidas se detuvo, Mazzantini, abriendo el capote cual las alas de una mariposa, comenzó a templarlo estudiándolo para ver por dónde iba el bicho, cuál era su querencia y por dónde lo torearía. La faena con el capote fue de las que se recuerdan, un alarde de verónicas, chicuelinas, delantales y faroles. Basurero entró cinco veces a los caballos empujando con los cuartos traseros clavados en la arena, hasta que el maestro dio la orden de retirarlo. Los pares de banderillas de los rehileteros fueron un muestrario: al sesgo, al cambio, de poder a poder… Pero el disloque fue cuando Mazzantini colocó un pañuelo en los medios del albero. Tomando los garapullos, puso el par al quiebro sin mover los pies del trapo. Tras brindar la muerte del toro al público, dejó su montera en el centro de la plaza y comenzó la faena de muleta.

Nachita, con la cara escondida en la solapa de José, miraba la faena del maestro con un solo ojo, y los ¡uy! y los ¡ay! que murmuraba eran continuos, al igual que los comentarios referidos a la espléndida faena.

—Pero ese hombre quiere suicidarse… No se puede permitir. Por favor, que mate ya al toro, que va a pillarlo. Ese torero es un loco.

Finalmente, el matador se dispuso a realizar la suerte suprema. Cambió el estoque de madera por el de acero y se dirigió al morlaco, que se había refugiado en tablas. Entonces, tras cuatro o cinco pases, le humilló la cerviz con la muleta, y cuando lo tuvo cuadrado sacó el estoque por encima de su cabeza y entró a matar. En el embroque, y al salir por el lado izquierdo, Basurero, con el acero clavado hasta la cruz, con un derrote imprevisto prendió al torero por la ingle y lo lanzó por los aires. Los peones y el Guerra se arrojaron al ruedo en tanto el toro quedaba quieto unos instantes y luego se acostaba. Mazzantini, ayudado por sus hombres, se puso en pie con la pierna derecha chorreando sangre. Pretendieron llevarlo a la enfermería, pero se negó. Pidió un pañuelo a su mozo de estoques y se lo atornilló por encima de la rodilla a medio muslo, y de esta guisa, y en tanto un subalterno clavaba la puntilla a Basurero y éste se rendía, saludó al respetable brazo en alto.

El público rugía pidiendo las dos orejas y el rabo para Mazzantini. El presidente concedió inmediatamente la primera, obediente al aplauso general, y en tanto sonaba la música en el arrastre del toro, mostró el pañuelo protocolario que autorizaba la segunda, y finalmente concedió el rabo. En ese momento la plaza estalló.

Mazzantini, desoyendo el consejo de su apoderado y cojeando visiblemente, intentó dar la vuelta al ruedo, pero se quedó en eso, un intento. Nachita se volvió hacia José.

—Los valientes me enamoran. Ese hombre se ha jugado la vida esta tarde. No sé lo que haría, mi niño, si alguien así me pidiera que me casara con él.

José respondió, un punto celoso:

—Al fin y al cabo, es el oficio que ha escogido.

Mazzantini había llegado frente a ellos y se había detenido. Gloria y Nachita estaban fuera de sí. La venezolana, sin pensarlo, tomó el ramo de claveles que José le había regalado y lo lanzó al ruedo. Cuando el matador se agachó penosamente, lo recogió y lo besó mirándola a la cara, Perico recordó a José en voz baja el pacto establecido:

—Gloria y yo nos marchamos. ¿Vosotros os quedaréis hasta el final?

José, que aún se sentía un poco celoso del matador, le preguntó a Nachita, y ésta, tras pensarlo un momento, respondió:

—Estoy encantada aquí, pero también me apetecería mucho conocer la chocolatería San Ginés.

—Pues hecho —dijo José—. Perico, nos encontraremos allí.

—Perfecto. Si queremos irnos, es mejor que salgamos ahora. Hasta que alcancemos el vomitorio podemos tener problemas con la falda de Nachita, y cuando el bicho esté en la arena la gente puede molestarse. Nosotros os seguimos hasta la puerta y os recogeremos en la chocolatería. A las nueve podrán estar de regreso en casa.

—Lo que tú digas.

—Perdona que no haya atinado al citar a Fermín en Las Banderillas, no contaba con que vosotros saldríais antes.

—No te preocupes, cogeremos un coche de punto y asunto resuelto.

Nachita se había puesto en pie dispuesta a salir. Gloria ya le había comunicado el canto y argumento de la obra, pero no contaba con que su apuesto acompañante la llevaría a la chocolatería que tanto había ansiado conocer. La venezolana dio un beso a su amiga.

—Sed buenos cuando os dejemos solos. La corrida ha sido fantástica y estaba pasándolo, como dicen en mi país, «¡de caramelo!».

Nachita y José comenzaron el lento y complicado ascenso hasta el vomitorio correspondiente, que obligó a levantarse al público del tendido que les dificultaba el paso. José, a la vez que avanzaba y en tanto sujetaba a Nachita por el codo, iba excusándose aprovechando la coyuntura de la dureza del último toro.

—Perdón, es que la señora se ha mareado un poco.

El personal en tales circunstancias era comprensivo, y quitando de en medio almohadillas, bolsos y algún que otro paquete de tabaco, iba levantándose para dejar la grada despejada.

Finalmente, ambas parejas coronaron la subida y con el campo libre comenzaron a descender hacia la puerta de salida correspondiente a su localidad. Allí se separaron sonrientes.

José pensó que aquella tarde la coyuntura de los astros le era propicia. El favor hecho a su amigo revertía en su beneficio ya que jamás, ni en el más elucubrado de sus sueños, habría podido pensar que Nachita fuera Chiquinquirá ni que le apeteciera tanto estar con ella a solas.

—La chocolatería San Ginés es la que da el mejor chocolate con churros.

—¡Uy! Me va a encantar. Me han contado que las mujeres no pueden ir solas, y Gloria no ha tenido tiempo de llevarme aún.

—Pues ya tienes acompañante… De hecho, si quieres tienes hombre para toda la vida, no únicamente para esta tarde sino para todas las tardes que gustes hasta el día de tu marcha.

—Eres incorregible.

Habían llegado a la calle. José, que había aprovechado la bajada de la pendiente escalera para seguir sujetando a la muchacha del brazo, todavía no la había soltado.

—Pero, mi niño, ¿es que tú no tienes trabajo?

—Mi trabajo, señora, en tanto usted esté en España será ser su fiel caballero servidor.

—¡Qué gentil!

Llegaron a la parada de coches y tomaron el primer simón que estaba a la cabeza de la fila. Se sentaron en la banqueta, cuyo ajado terciopelo mostraba los embates del uso y las vicisitudes del tiempo.

José se dirigió al cochero.

—¿Conoce dónde está la chocolatería San Ginés?

—Claro, señor. De no ser así, no podría desempeñar este oficio, ¡todo el mundo la conoce!

—Pues vamos para allá.

Y tras esta aclaración al buen hombre se dispusieron a gozar del trayecto.

Nachita estaba eufórica.

—Quiero aprovechar mi tiempo en Madrid y empaparme de esta ciudad que me parece apasionante. Por favor, háblame de las calles y los monumentos que vayamos viendo durante el trayecto.

José estuvo encantado de desempeñar el papel de cicerone y se esforzó por dar cumplida explicación a la muchacha de cuanto veían, además de intentar colmar su curiosidad al respecto de cosas para él sin importancia pero que despertaban la curiosidad femenina, cual eran comercios de ropa, de bolsos o de sombreros.

Llegando a la calle del Arenal el cochero, forzado por la multitud paseante, obligó al rocín a recortar el paso. Finalmente, desbordaron el edificio del teatro Eslava y llegaron al pasaje de San Ginés.

José, tras pagar la cuenta y dar al cochero una generosa propina, condujo a Nachita al interior de la chocolatería. El barullo era notable, al punto que parecía que allí regalaban la mercancía. Evidentemente, el tráfico general era de churros y chocolate. Por fin, después de una batalla a brazo partido, consiguieron una de las mesas redondas de mármol que había junto a la pared y allí se instalaron.

—¡Camarero!

José pidió chocolate con nata y churros para Nachita, y para él una copa de ron.

El tiempo se le fue volando, y la hora y media le pareció un minuto. Sin que se diera cuenta, Perico y Gloria aparecieron en el marco de la puerta. La tarde había pasado en un soplo.

7

El regalo

Gloria y Nachita estaban en la tribuna del piso de la primera, que daba a la calle de Juan Bravo, comentando todo lo sucedido la tarde anterior.

—Realmente lo hice por ti, por acompañarte para que pudieras salir con Perico, pero he de reconocer que su amigo es un encanto. Pasé una tarde estupenda, y debes saber que si he de hacerte otro favor te lo haré encantada.

—Ya te lo dije. José es el mejor amigo de Perico, y la verdad es que me río mucho con él, pero ten cuidado… No te vayas a enamorar, no quisiera esa responsabilidad.

—¡Ah, mira qué bien! De un lado me lo traes para que los dos hagamos de carabina, y del otro, me aconsejas que tenga cuidado. ¡No está mal!

—No me entiendes, mujer. José es estupendo como amigo, pero en Madrid tiene fama de mujeriego y no quisiera que por mi culpa tuvieras un desencanto.

—No te preocupes, que en Venezuela hay mucho lagarto y ya estoy acostumbrada. Sé valerme sola. Así que, si volvemos a salir, tráemelo; no me lo cambies por otro.

—Tú misma, Nachita, pero no es negocio que te enamores de él.

—Insisto: no te preocupes, que he ido mucho por el mundo. Me quedan tres semanas de estancia en Madrid y quiero divertirme sin enamorarme. Por favor, repíteme el galán. Que supiera cómo me llamo y quién soy me llegó al alma.

En ese instante sonó el timbre de la puerta principal, a lo lejos. Gloria miró su pequeño reloj de pulsera.

—Qué raro, no son horas… Los proveedores vienen antes y entran por la puerta de servicio. Y las once no es horario de visitas.

Unos pasos amortiguados se acercaban por el pasillo y al punto apareció en el marco de la puerta la figura de la primera camarera portando en sus brazos una caja cuadrada envuelta en papel de colores y adornada con un gran lazo violeta.

—Señorita Gloria, acaban de traer este paquete para la señorita Nachita.

—¿Para mí? Qué extraño, será una equivocación.

Gloria ordenó:

—A ver, trae para acá.

La camarera se adelantó y dejó la caja sobre la mesa camilla y, tras pedir permiso, se retiró. Sujeto entre el lazo y la tapa había un sobre. Nachita lo cogió y se entretuvo mirando la letra del desconocido.

—Pero ¡ábrelo, mujer, no seas boba!

Nachita rasgó la solapa y extrajo del interior un pliego que desdobló con parsimonia.

La letra era grande y clara. Gloria pegó el rostro al de su amiga para leer a la vez.

El texto decía así:

Ayer pasé una de las tardes más maravillosas de mi vida. Su voz, su recuerdo y su perfume han presidido mis sueños. Como no puedo pretender presidir los suyos, espero que este humilde obsequio le recuerde a mi persona. Esté donde esté, no he de decirle que desde este instante voy a tener muchos celos de «ella».

Su fiel admirador,

JOSÉ

P. D.: Perdona, pero escribiendo no me sale el tuteo.

Las dos muchachas se miraban extrañadas cuando en aquel instante un sonido breve y apenas audible salió del paquete.

Gloria se precipitó hasta el costurero de su madre y, tomando las tijeras, cortó el lazo. Nachita retiró rápidamente el papel del envoltorio y se fijó en que la caja tenía dos agujeros por lado; retiró la tapa y ante sus asombrados ojos apareció, rebozada en briznas de paja, una perrita yorkshire del tamaño de un peluche, negra y plateada, que la miraba curiosa con sus ojillos como dos cuentas de cristal, redondos y asombrados.

Tras tomarla en sus brazos, la levantó en el aire.

—¡Es niña! ¡Madre mía, qué cosa más bonita! Ha sido todo un detalle… ¡Qué regalo tan maravilloso!

—Y qué oportuno —apostilló Gloria.

Nachita depositó el perrito sobre la mesa. Abultaba menos que la pequeña figura de porcelana que adornaba el centro.

—¡Mira cómo es! Nada podría hacerme más ilusión. Voy a enviar a José una nota ahora mismo. ¿Sabes dónde vive?

—Lo tengo apuntado en la agenda, ahora te lo digo.

Cuando Gloria salía al pasillo la voz de Nachita la interrumpió:

—Trae papel de carta y un sobre.

Gloria regresó en un periquete con todo el pedido. Tanto el sobre como la cuartilla eran de color violeta, y un suave olor se desprendía de los mismos.

—Mejor escribirás en el despacho de mi padre, donde encontrarás de todo: tinta, pluma, papel secante… Y además estarás más cómoda.

Nachita no se podía separar del perrillo, y con él en brazos se dirigió a la gran mesa que estaba al fondo del otro salón.

—La llamaré Pizca. Es tan menuda… Toma, Gloria, aguántala.

En tanto Nachita se sentaba en el despacho y se disponía a escribir, Gloria dejó en el suelo el cachorro, y éste, tras un par de vueltas y olisquear todo, agachó las patas traseras e hizo su primer pipí.

Apreciado amigo:

Nada podía hacerme más ilusión que el regalo que ha tenido la gentileza de enviarme. Sé que no debería aceptarlo, pero me es imposible no hacerlo. También sé que un amor no sustituye a otro, pero he de reconocer que el hueco que dejó en mi corazón la muerte de Priscila va a llenarlo este copo de nieve que me ha obsequiado. Espero tener la oportunidad de darle personalmente mis más efusivas gracias.

Reitero de nuevo mi gratitud,

NACHITA

Terminó y, antes de doblar la cuartilla y meterla en el sobre, pasó la nota a Gloria. Ésta la leyó atentamente.

—Pero estás pidiéndole una cita…

—Pues claro. ¿Qué otra cosa puedo hacer para agradecerle un detalle tan hermoso y que me ha hecho tan feliz?

—Pero una señorita no debe…

—¡Ah, ya! Lo que sí debe una señorita es pedir a su amiga que la deje a solas con su novio, ¿no? Eso no es medir las situaciones con el mismo rasero, mi niña.

—Yo únicamente te digo que aquí, en España, esas cosas se miran mucho.

—Ya… En Venezuela se miran menos. Además, he de decirte que los españoles sois muy especiales.

—Pues adelante, hija. Si a ti te parece bien, yo feliz.

Nachita recogió un poco las velas.

—No lo he citado directamente. Tan sólo le he dado una pista. Ahora le toca mover ficha a él. Y no le he indicado ni lugar ni fecha. Si quiere verme ya pondrá los medios.

En tanto que con su letra picuda y elegante escribía la dirección de José Cervera en el sobre y con la esponjilla húmeda cerraba la solapa, preguntaba a Gloria:

—¿Podrá llevarlo tu cochero?

—Si mi padre no lo tiene con él en el despacho, «ahoritita mismo», como dices tú.

8

La cita

José, que aguardaba nervioso la llegada de la muchacha como el niño que la noche del 5 de enero espera a los Reyes Magos, extrajo del bolsillo de su gabán el mensaje de Nachita y lo leyó por vigésima vez. Se confesaba a sí mismo que no había esperado tan inmediata respuesta, pero en esos instantes era sin duda el hombre más feliz de Madrid. Los días transcurridos habían adornado el recuerdo de Nachita al punto que dudaba que su cabeza no le hubiera jugado una mala pasada. La había citado en el discreto quiosco que había junto a la fuente de la Alcachofa, ubicada al lado del estanque del parque del Retiro, y allí se había instalado media hora antes para asegurarse de que circunstancia alguna le obstaculizara el encuentro con la muchacha. José se observó en el espacio oscuro de un brillante cristal en el que se anunciaba el anís del Mono. Aquel día había puesto mucho cuidado en su vestimenta. Debajo del abierto gabán gris marengo vestía una chaqueta azul marino de solapa estrecha sobre un chaleco del mismo color, si bien un tono algo más claro, camisa blanca con cuello de celuloide y plastrón gris oscuro adornado con una aguja de perla, pantalones grises con una pequeña raya negra y lustrados botines, y cubría su cabeza un clic-clac de achatada copa.

Por fin, justo cuando las campanas del reloj de una iglesia cercana daban las once de la mañana, la divisó. Nachita descendía del coche de caballos de la familia de Gloria. Antes de que ella reparara en él, José se regodeó observándola con atención. La presencia de la joven mejoraba notablemente su recuerdo. Vestía un abrigo largo y abierto de color granate sobre un vestido a la última moda, de un gris muy claro y con mangas abullonadas y apretada cintura; el cuello de la blusa cubría el suyo, y en la cabeza lucía un bonete adornado con una pluma. Cuando ya se volvió hacia él le pareció que se resguardaba las manos en un manguito gris plateado. El corazón comenzó a latirle precipitadamente. Nachita avanzaba hacia él con un donaire que sin duda provenía de una tierra más cadenciosa que permitía que la mujer caminara con el pequeño balanceo de un barquito de vela. En ese instante la muchacha lo divisó y, alzando el brazo alegremente, lo saludó desinhibida, ignorando sin duda todas las reglas de urbanidad que dictaban las buenas costumbres en la capital. Entonces José se dio cuenta de que el manguito no era tal, sino el pequeño cachorro de yorkshire que había propiciado ese encuentro.

Nachita llegó junto a él y mientras sujetaba la perrita con la mano izquierda alargó la derecha, cubierta con el guante. José la alzó a la altura de sus labios y, retirando apenas el borde del guante, le besó el trocito de la muñeca que le quedaba descubierto. Nachita hizo como si no se hubiera dado cuenta. Al principio, un torpe silencio se estableció entre ambos. Luego ella rompió el fuego y, mostrándole el cachorro, exclamó:

—¡¿No es divina?!

José la tomó en sus brazos.

—Es el ser que voy a envidiar más en toda mi vida.

—¡Zalamero!

—Gracias por haber venido.

—Era obligado. No podía hacer quedar a los venezolanos como indios o, lo que es peor, como gente mal educada e ingrata.

—¿Nos sentamos?

—Ya mismo.

José, tras entregarle a Pizca, la tomó levemente por el codo y la condujo a las mesas de mármol del coqueto cenador instalado dentro de una jardinera acristalada.

La pareja se sentó al fondo, en un rincón recogido donde la copa de un inmenso castaño de Indias proyectaba su sombra y propiciaba un clima íntimo y acogedor. El camarero, acostumbrado a las parejas que frecuentaban el merendero, aguardó unos instantes antes de acercarse, gentil y servicial.

—¿Qué va a ser?

José miró a Nachita interrogándola con la mirada.

—Una zarzaparrilla, por favor.

—¿Y el caballero?

—Tráigame un vermut.

El hombre tomó la comanda y se retiró, y José esperó su regreso hablando de naderías, pues no quería que el camarero interrumpiera después su discurso. Cuando los dos jóvenes estuvieron servidos y el mesero se hubo retirado definitivamente, ambos se sintieron solos, aunque ciertamente casi lo estaban, considerando que la única presencia era otra pareja que se encontraba en el recinto y estaba en el otro extremo, y el otro parroquiano, un caballero de mediana edad que leía El Globo en tanto un jovenzuelo le limpiaba los zapatos, tampoco estaba cerca de ellos. El ambiente propiciaba aquel primer encuentro íntimo y seductor. Fuera, el viento movía las ramas de los árboles, y su murmullo llegaba hasta el interior del acristalado invernadero.

Nachita había dejado a Pizca en el suelo sujetando el extremo de la correa en el brazo de su sillón, y la perrita husmeaba a su alrededor todo el espacio que le permitía su atadura. La muchacha daba pequeños sorbos a su bebida, expectante y observadora. Desde luego, aquel joven tenía un encanto especial, y comenzó a sentir algo que jamás había sentido en su breve vida. Visto a contraluz, le pareció el ejemplar de hombre más hermoso del mundo. Su instinto de hembra lo había detectado desde el primer momento, y con aquella impronta que había heredado de su padre, don Ignacio Antúnez —quien había llegado en un barco a Venezuela con una muda en la maleta y un par de zapatos y que al cabo de cincuenta años se había convertido en el hombre más rico de Maracaibo—, decidió que su vida había llegado a puerto y que se casaría con José. Él aún no lo sabía, evidentemente. Todo a su debido tiempo.

José recordó el tercer grado al que sometió a su amigo Perico el día que comieron en el Lhardy y bendijo el momento en el que decidió acompañarlo a los toros. Esa muchacha poseía una belleza exótica impresionante. A pesar de que no podía negar la hermosura de sus ojos verdes sombreados por aquellas larguísimas pestañas que lo observaban detenidamente ni su oscurísima melena negra, lo que más lo había impresionado era su carácter desenvuelto, infinitamente más espontáneo que el de las mujeres que hasta aquel día había conocido en fiestas, saraos, kermeses y otros acontecimientos públicos y que, desde luego, eran mucho más contenidas y postizas. Nachita le había encantado desde el primer momento, y decidió jugar sus cartas y lanzarse al agua, él, que tenía fama de ser uno de los solteros más recalcitrantes de Madrid.

José, que ignoraba cuáles eran los planes de Nachita y el tiempo que iba a permanecer en Madrid, fue consciente de que los minutos eran oro. Quería saber cuantas cosas pudiera de la vida de la muchacha, sus planes al respecto de su permanencia en España y cuál era su futuro en caso de partir porque, si todo era como sospechaba, no dudaría en seguir sus pasos a donde fuera con tal de conseguir sus sueños. Jamás en tan breve espacio de tiempo había sentido por una mujer lo que en ese momento sentía su corazón al respecto de la hermosa venezolana, y consecuente con ese sentimiento decidió abreviar en lo posible los prólogos de toda relación.

—Cuéntame tu vida.

—¡Uy, así de pronto…!

—Sí, así de pronto. —Y aclaró—: Si fueras una chica fácil de ver y residente en Madrid, podría permitirme el lujo de esperar, preguntar a tus amigos, indagar entre tus allegados y parientes. Pero no es el caso. El tiempo me urge, y no puedo permitirme el lujo de la espera.

Nachita contuvo su alegría interior y empleó sus armas de mujer.

—Ya te conté mi vida en la chocolatería, ¿qué más quieres saber?

—Quiero saber todo de ti: tu familia, tu niñez, tus planes de futuro y, sobre todo, cuánto tiempo estarás en Madrid.

Lo que no le dijo Nachita era que esa misma mañana había cambiado sus planes. Había escrito a su padre una larga carta en la que le aseguraba que se encontraba muy a gusto en Madrid y le pedía permiso para quedarse en casa de su amiga Gloria al menos hasta después del verano. Nachita conocía por adelantado cuál sería la reacción de su padre. Para don Ignacio Antúnez y Varela, de entre todas sus posesiones la más querida era aquella hija a la que, desde la muerte de su esposa, había mimado y cuidado como una flor de estufa, y a la que conocía profundamente. En cuanto recibiera la carta, tal vez sospechara algo, pero sin duda no pondría ninguna objeción a sus planes. Nunca lo había hecho porque para él lo más importante del mundo era que su única hija fuera siempre feliz.

A instancias de José, Nachita le relató su vida, su dorada niñez que se truncó con la muerte de su madre, cómo su padre buscó los mejores educadores de Venezuela, cómo con quince años la llevó consigo en sus viajes, conoció mundo y gentes ilustres, y a través del relato y sin darle importancia le explicó quién era su padre y lo que representaba en Maracaibo y, por tanto, en Venezuela.

—Me lo pones muy difícil.

—No te entiendo. ¿Por qué dices que te lo pongo muy difícil?

—Sencillo: quiero casarme contigo y no me das tiempo para que me conozcas.

Nachita, temblando por dentro, se contuvo.

—¡Qué cosas dices! Gloria ya me advirtió que no eres serio, y añadió que tuviera cuidado contigo.

—Jamás he hablado más seriamente en toda mi vida.

Nachita deseaba volver a oír lo último que José había dicho, pero para quitar tensión al momento intentó desviar la conversación jugando a que se había tomado a broma la última frase.

—Ya nos casaremos más tarde… Ahora cuéntame tu vida, y no me digas que ya me la contaste el otro día. Yo también quiero saberlo todo de ti.

Entonces fue el turno de José. Le explicó quiénes eran sus padres y que, como ella, no tenía hermanos. Le habló del marquesado de Urbina, de su carrera de agrónomo, que finalizaría al año siguiente, de su vida en Madrid, de sus amigos y sus aficiones, y de sus veraneos en Aranjuez, donde su familia tenía un importante chalet.

—Ya ves que no soy millonario, que los títulos nobiliarios no dan dinero en este país porque todo el mundo tiene una baronía, un condado o un marquesado, pero sin fortuna. Yo, desde luego, viviré de mi trabajo y mi mujer habrá de conformarse con lo que yo gane. Por eso he dicho que me lo has puesto muy difícil.

Nachita meditó unos instantes lo que deseaba decir y decidió rendir sus armas de mujer y ser honesta.

—Creo que me quedaré en Madrid todo el verano. Quiero verte más porque me siento muy bien en tu compañía y, aunque te relevo de tu compromiso de casarte conmigo, espero tener siempre un gran amigo en Madrid… que podrías ser tú.

José sintió que se le abría el mundo. La confianza en sí mismo siempre había sido una de sus cualidades.

—Únicamente te pido una oportunidad. Quiero verte todos los días, quiero empaparme de tu presencia y espero no defraudar la confianza que has puesto en mí. Conóceme y deja que conozca hasta el más recóndito de tus gestos, y cuando te parezca oportuno te lo diré otra vez.

—¿Qué es lo que me dirás otra vez?

—Quiero casarme contigo, quiero pasar el resto de mis días a tu lado y quiero cuidar de ti hasta el fin de los días… Si tú me dejas. —Aquello tuvo consecuencias que atañeron a otras personas.

A lo largo de aquel verano la ilusión de Gloria ante la felicidad de su amiga fue creciendo, lo mismo que su consciente responsabilidad como madrina de aquel acontecimiento. José y Nachita habían sido inseparables desde que se conocieron, y ella sabía que la joven venezolana tardaría poco en escribir a su padre de nuevo, esa vez para confesarle que había conocido al hombre de su vida.

9

Difícil decisión

París, verano de 1895

Hacía ya casi un año que Gerhard Mainz había salido de Berlín. Su trabajo en el estudio lo absorbía y sus ansias de aprender eran infinitas; sin embargo, cuando pensaba en volver, sabía que no era la pintura lo que iba a echar de menos, sino a Lucie. Su familia lo esperaba en septiembre y él no soportaba la idea de separarse de la muchacha. Evidentemente, había cambiado correspondencia con su madre y con su hermano, Günther, aunque sólo con él había sido sincero.

Por otra parte, dejando a un lado sus sentimientos y supuesto que no hubiera conocido a Lucie, el descubrimiento de Montmartre, sus ambientes tan diversos y el mundo de los impresionistas, había calado tan profundamente en su corazón que ahora estaba seguro de lo que quería hacer con su vida. Aquellos pintores considerados malditos que hasta aquel momento habían constituido su referencia lo habían recibido en su círculo con una sencillez y naturalidad fuera de lo común. Lo trataban con el afecto paternal que se dispensa a un joven compañero de profesión y le habían recalcado, luego de mostrarles su obra, que lo consideraban uno más del grupo que se reunía en La Nouvelle Athènes, lugar de encuentro, desde 1871, de los artistas más veteranos del movimiento impresionista, tales como Degas, quien había pintado allí el cuadro que tituló Dans un café, si bien todos lo llamaban La absenta.

Era sábado y, como cosa extraordinaria, había obtenido el permiso de madame Lacroze para asistir con Lucie, eso sí, acompañados por Suzette Blanchard y Pierre, el novio de ésta, al concierto que Erik Satie, el pianista de moda en las noches bohemias de Montmartre, iba a dar aquella noche en Le Chat Noir. Era éste un local peculiar en pleno Montmartre, una mezcla de cabaret literario, exposición de pinturas y teatro de sombras, si bien una de sus principales actividades era la de presentar nuevos chansonniers como Aristide Bruant, el último y con notable éxito, y cuyo presentador, Pere Romeu, hacía las delicias del respetable metiéndose con unos y con otros, desde periodistas hasta políticos, ministros incluso, y hasta con el presidente de la República, con una gracia ácida y singular. Lucie y Suzette estaban entusiasmadas, más por conocer a la gente que frecuentaba el lugar que por el mero hecho de asistir al espectáculo. Gerhard les había dicho que seguramente entre los invitados podrían ver a algún famoso, quizá a Claude Debussy, compositor adorado por la alta sociedad francesa, o tal vez, si no estaba de gira, a la mismísima Yvette Gilbert, que triunfaba en el Moulin Rouge, pues a menudo visitaban ambos, entre otros muchos, Le Chat Noir hasta altas horas de la madrugada.

El cuarteto partió de la casa de la rue de Chabrol a media tarde. El cielo estaba gris y habían decidido ir caminando hasta el local. Su intención era llegar pronto, pues Gerhard los había avisado que los días de concierto o de algún acontecimiento extraordinario Le Chat Noir, que era más bien pequeño, se llenaba inmediatamente; los últimos se situaban al final de la sala pero ya de pie, y cuando esta última posibilidad se agotaba, entonces, sin otra ceremonia, se cerraba la puerta.

Suzette y Lucie iban delante. Gerhard y Pierre caminaban unos pasos por detrás comentando el trabajo del primero.

—En verdad te tengo envidia.

—¿Por qué?

Pierre argumentaba:

—Lo que más odio es la monotonía; llegar a la tienda todas las mañanas, ponerme el guardapolvo, instalarme detrás del mostrador y perder tres horas de mi vida atendiendo a viejas maniáticas que quieren el tono exacto de una tela que habían adquirido dos años antes. Tú, en cambio, eres el amo de tu tiempo; nadie te manda, y si un día no quieres pintar, no pintas.

—No creas que es tan sencillo. Aunque sea arte, requiere disciplina y, precisamente porque no te manda nadie, debes exigirte más. Si te dejas ganar por la molicie y por el ambiente de Montmartre, que no puedo negarte que es fantástico, entonces estás perdido.

—¿Qué estás pintando ahora?

—Me he atrevido con un desnudo.

Pierre se quedó clavado en la calle mirando a Gerhard.

—¡No te digo! ¿Lo sabe Lucie?

—No he tenido ocasión de comentárselo, pero no tiene importancia, va con el oficio.

Pierre arrancó de nuevo a caminar.

—No tendrá importancia para ti ni para Lucie… si la modelo tiene cuarenta o cincuenta años.

—La chica tendrá unos veinte, y evidentemente es muy bonita y tiene un cuerpo precioso para pintar, pero para mí sólo es trabajo.

—No me dirás que te da igual pintar una chica desnuda que un ramo de flores.

—Aunque no lo entiendas, en según qué circunstancias prefiero pintar una naturaleza muerta.

—Muerto estoy yo de envidia. ¿Dónde la encontraste?

—Me la recomendó un amigo. Pero en el barrio sólo con que pongas unos cuantos carteles en las farolas y en los árboles ofreciendo un trabajo de modelo al cabo de una hora han aparecido tres o cuatro. Hay mucha hambre. El trabajo no requiere esfuerzo, aunque hay que saber estarse muy quieto; a veces hay que parar porque tienen calambres. Y, evidentemente, la gente acude por allí porque sabe que es un barrio de pintores.

—Me gustaría mucho que me dejaras asistir a una de tus sesiones.

Gerhard sonrió.

—Te prometo que el día que pinte un bodegón te avisaré para que me veas trabajar.

Unos metros por delante las muchachas iban a lo suyo, pero casualmente el tema era el mismo. La que hablaba era Suzette.

—¿Dices que tiene el estudio en la rue Lepic?

—En el número 127, en la última planta, que es la que tiene más luz… Antes ocupaba ese atelier otro pintor.

—¿Has subido alguna vez?

—No, prefiero no entrar en el mundo de su trabajo.

—¿Por qué?

—Chica, es muy personal. Yo no veo en el hospital que las esposas de los médicos entren en la consulta.

—No es lo mismo. Yo sentiría curiosidad, porque allí deben de entrar mujeres.

En esa ocasión fue Lucie la que miró con curiosidad a su amiga. El último comentario de ésta se alojó en su interior silencioso y sutil como un ladrón.

No hubo tiempo de más parloteo, pues el grupo había llegado a la entrada de Le Chat Noir. El gentío congregado a las puertas invadía la calzada, al punto que los reniegos de algún cochero que veía impedido el paso de su vehículo se mezclaban con los exabruptos que profería alguien a quien, por poco, no había atropellado el caballo de un coche. Los que tenían entrada pugnaban con los que intentaban acceder al lugar sin haber pasado todavía por la taquilla. Pierre y Gerhard abrieron paso a las muchachas y, no sin esfuerzo, consiguieron acceder al interior. Finalmente lograron ocupar una pequeña mesa de un palco desde el que se dominaba el escenario donde iba a actuar Erik Satie.

Suzette y Lucie estaban entusiasmadas. En aquel local y en circunstancias especiales se aunaban los parisinos con los personajes de la bohemia. La mezcla era subyugante; al lado de elegantes damas vestidas a la última había tipos propios del barrio, con chaquetas ajustadas, pañuelo al cuello y alguno sin ni siquiera quitarse la gorra.

Gerhard se volvió hacia las chicas.

—¡Mirad! ¿No queríais ver rostros conocidos?

—¿Quién?

—¿Dónde?

Las muchachas hablaron a la vez.

—Allí. —Gerhard señaló con el índice—. Émile Zola, el periodista, con los famosos pintores Camille Pissarro y Paul Cézanne. Este último es amigo mío.

Lucie estaba entusiasmada.

—Cuando lo cuente en el hospital, no me van a creer.

En aquel instante se apagaron las luces, se iluminó el escenario y, entre el aplauso del respetable, apareció Erik Satie, que comenzó a tocar.

El concierto fue un éxito. Tras la ejecución de su repertorio el músico se dedicó a complacer peticiones, lo cual alargó la sesión, y finalmente, despidiendo el acto, actuó Pere Romeu. Las chicas no estaban acostumbradas a escuchar tanto disparate, que en ocasiones rozaba el esperpento. La cumbre del despropósito llegó cuando el cómico imitó a Charles Dupuy, primer ministro de la República hasta hacía unos meses, metiéndose en una bañera, que habían sacado al escenario dos tramoyas, cubierto únicamente por unos largos calzoncillos blancos. La bronca que se formó entre el respetable fue de tal calibre que al día siguiente no habría reunión política, salón de lectura ni club donde no se hablara del hecho; los partidarios y los detractores de Dupuy se enzarzaron en una pelea en la que incluso voló por el aire alguna silla y alguna que otra botella.

Los cuatro amigos se refugiaron en el fondo del palco y aguardaron a que amainara el temporal. Finalmente entraron los gendarmes y restablecieron el orden. Hubo algún contusionado y alguno que otro fue conducido al exterior esposado y subido al furgón municipal.

El público fue abandonando el local mientras comentaba los hechos acaecidos, que fueron interpretados de una u otra forma según si quien hablaba era afín o contrario a las ideas del exprimer ministro.

Las muchachas particularmente salieron enajenadas. Jamás habrían imaginado que las noches bohemias del verano de Montmartre fueran tan intensas.

La torre campanario del Sacré Coeur dio las nueve de la noche. Suzette acercó su cabeza a la de Lucie aprovechando que los hombres iban detrás.

—Si hablas con mi madre, me has dejado en casa sola. No sé lo que vas a hacer tú, pero yo sí sé lo que voy a hacer. Si quieres seguir siendo una niña buena, es tu problema. —Luego se volvió hacia Pierre—. ¡Vamos, querido, que se nos hace tarde!

El muchacho comentó a Gerhard:

—Ella manda y yo obedezco. Hemos de salir tú y yo un día, solos. Te buscaré.

Cuando Pierre se adelantó, Suzette, con el brazo levantado, ya estaba parando un coche.

Lucie y Gerhard quedaron solos. A ella le rondaba la cabeza la conversación mantenida con su amiga. Observó el perfil de aquel muchacho que se había colado de rondón en su monótona vida y decidió que Suzette tenía razón: había llegado el momento tantas veces soñado.

—Estamos cerca de tu estudio, ¿no es así?

—Caminando ligero, apenas a un cuarto de hora.

—¿Por qué no me llevas a que lo conozca?

Gerhard captó el mensaje, y en su conciencia se planteó un dilema: de una parte quería respetar a Lucie hasta el día que fuera su mujer y de la otra su joven corazón saltaba de gozo únicamente imaginándolo.

—Tal vez llegaremos tarde a casa.

—No importa. Mi madre duerme como un tronco y no tiene idea de a qué hora ha terminado el concierto.

Las defensas de Gerhard se resquebrajaban y argumentó débilmente:

—La luz es mucho mejor de día.

—Pero París es mucho más bonito de noche.

La pareja se encontró subiendo la escalera hasta el ático de la rue Lepic.

Gerhard introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta.

—Cierra los ojos hasta que yo te diga.

Lucie, con el corazón saltándole en la jaula de su pecho, asintió.

Gerhard se adelantó y prendió la luz. Una claridad azulada invadió la estancia. Luego regresó hasta donde estaba ella y, tomándola de la mano, le pidió:

—Abre los ojos.

Lucie alzó los párpados lentamente y al instante tomó conciencia de aquel espacio tantas veces imaginado. Todo coincidía con lo que Gerhard le había explicado. Avanzó tres pasos y el parquet crujió bajo sus pies, se acercó a la pared y observó con detenimiento las pinturas allí colgadas, después separó alguna de las telas arrumbadas en el suelo y, finalmente, se volvió hacia Gerhard.

—Eres un gran pintor.

—No sé si llegaré a serlo, pero sí sé que pintar es lo que quiero hacer en la vida.

Lucie se acercó al caballete donde reposaba un gran lienzo cubierto con una manta y, despacio, tomándola de un extremo, la apartó. Ante sus ojos apareció una hermosa muchacha desnuda sentada en el suelo sobre un almohadón; se la veía de medio lado, con el codo del brazo derecho apoyado en la rodilla de una pierna, doblada de manera que le cubría el seno. La imagen era muy bella y la composición rezumaba buen gusto.

Gerhard se excusó.

—Es mi trabajo. Un pintor debe buscar su inspiración en su modelo.

—Lo comprendo. Pero la enamorada de un pintor debe tomar sus precauciones.

—No entiendo lo que quieres decir.

—Ahora lo verás.

Lucie se dirigió hacia el interruptor y, girando la ruedecilla, dejó la habitación en la penumbra. Después se encaminó hacia el perchero y, ante los asombrados ojos de Gerhard, fue despojándose de la ropa, dejándola allí colgada. Luego avanzó hacia la chaise longue y, temblando, se colocó en la misma postura que la muchacha del cuadro.

Gerhard se rindió. Se desvistió rápidamente y se llegó hasta la muchacha, obligándola a recostarse en el sofá. La luz de París que entraba por los ventanucos de la buhardilla iluminó la escena. Los labios del muchacho buscaron ansiosos aquella boca amada y sus manos exploraron dubitativas el perfil de sus senos de terciopelo. Luego se amaron como dos náufragos hambrientos el uno del otro y tan sólo se oyó el susurro de sus respiraciones, que fueron acelerándose hasta que él se abrió camino delicadamente carne adentro por vez primera en el cuerpo de ella. Finalmente, cuando la luna apareció en la ventana quedaron exhaustos uno junto al otro, unidos por un pacto de amor que debía perdurar toda la vida.

—¿Me amarás siempre como hoy?

—Siempre me sabe a poco, Lucie. Lo último que saldrá de mis labios cuando parta de este mundo será tu nombre.

Las gotas de lluvia comenzaron a caer sobre el tejado de zinc, y ambos, como si se hubieran puesto de acuerdo, empezaron a vestirse. De pronto, Lucie se acercó al cuadro y volvió a mirarlo con detenimiento.

—¿Qué ocurre, Lucie?

—Yo conozco esa cara.

—¿Qué me dices?

—Ahora hace tiempo que ya no, pero esa chica solía acompañar a un tipo alcohólico perdido y muy violento que acudía al Lariboisière a que le suministraran alguna droga que lo ayudara cuando le daba el ataque, aunque resultaba inútil.

—¿Estás segura?

—Como que estoy aquí. Se llama Clémentine, la recuerdo perfectamente. Y, por cierto, acudía al Lariboisière muy asustada.

Gerhard quedó desconcertado un instante.

—Clémentine es su nombre, sí, pero el tipo ese nunca ha venido por aquí.

—Pues ten cuidado. En cierta ocasión hubo que echarlo del hospital. Si no recuerdo mal, se llamaba Armand y de apellido algo así como Levêque… y tiene una cicatriz en la mejilla izquierda que le llega desde la oreja hasta la comisura de los labios.

La lluvia iba arreciando, y Gerhard consultó su reloj.

—Es tardísimo, cogeremos un coche.

Apagaron la luz, que habían vuelto a prender, y tras cerrar la puerta y echar una última mirada a aquel nido que había acogido el acto de su primer amor salieron a la escalera.

Se besaron en cada rellano y ganaron la calle. No pasaba ningún coche.

—Empecemos a caminar, a ver si tenemos suerte.

Gerhard puso su chaqueta sobre los hombros de Lucie y apretaron el paso. Llegando a la rue de Chabrol estaba completamente empapado. Con un cuidado extremo abrieron la cancela y se refugiaron bajo el pequeño templete de la entrada. Lucie abrió la puerta de la casa y, poniéndose el índice sobre los labios, le pidió silencio. Nada se oía. Volvieron a besarse, ella le devolvió la chaqueta y se dirigió a su habitación mientras Gerhard, montado en una nube, iba hacia la escalera. Fue al llegar a su cuarto cuando se dio cuenta del frío que lo embargaba. Se desnudó a toda prisa y, tras frotarse enérgicamente con una toalla, se envolvió en una manta y se acostó tiritando, sabiendo que esa noche no pegaría ojo.

Al cabo de unos minutos la puerta se abrió poco a poco y Gerhard se incorporó en la cama. Sus ojos se negaban a creer lo que estaban viendo. Bajo el dintel, cubierta con una sábana, apareció Lucie. La joven cerró tras de sí la puerta y, despojándose de la tela, quedó de nuevo ante él del todo desnuda. La matizada luz que entraba por la ventana cubría su cuerpo de claros y sombras. Lucie se acercó a la cama y se acostó a su lado.

—¿Qué haces, mi amor?

—Quiero volver a sentir lo que he sentido en tu estudio.

—Pero pueden oírnos.

—Ya nada me importa.

Y sin más retiró la manta que cubría el cuerpo de Gerhard.

Lucie se incorporó.

—¡Estás ardiendo, amor mío!

10

El desheredado

Una piafante locomotora tiraba de los nueve vagones de pasajeros y los tres de carga que cerraban el convoy. Tras las diecinueve horas de viaje que mediaban entre París y Berlín, con el pertinente cambio de vagón en Colonia, Gerhard Mainz veía pasar desde su compartimento los últimos kilómetros del hermoso paisaje. Sin embargo, los verdes prados que tanta paz inspiraban y que tan gratos resultaban a los poetas no conseguían calmar la tormenta que se desataba en el pecho del muchacho.

Dos motivos suscitaban su regreso a casa. El primero era ver de nuevo a su madre y a su hermano. Adoraba a su madre, y hacía más de un año que no la veía; en cuanto a Günther, su hermano, se había propuesto convencerlo de que debía apoyarlo en su oculto empeño. Con ambos se había carteado con frecuencia, si bien no les había confesado la verdadera razón de su larga ausencia. El segundo motivo era mantener aquella conversación con su padre, que intuía áspera, cuando no violenta. Una pulmonía había retenido en cama a Gerhard durante más de un mes, pero en cuanto estuvo restablecido decidió que no podía posponer aquel viaje. Por eso había abandonado París a principios de octubre, con la intención de hablar con sus padres y su hermano, y regresar cuanto antes.

El tren había entrado ya en los suburbios de Berlín, habitados principalmente por familias de obreros de las fábricas de acero y mineros venidos de Silesia que trabajaban en los yacimientos de la región.

Gerhard se puso en pie y bajó su maleta y su bolsa de viaje de la redecilla portaequipaje. Antes de abandonar el lujoso compartimento de primera clase, se despidió de quienes habían sido sus compañeros: un pastor protestante que, sentado frente a él, seguía inmerso en la lectura de su Biblia, y una elegante dama que, acompañada de su hijo pequeño y la institutriz de éste, ocupaba el asiento contiguo. Acto seguido salió al pasillo y se dirigió a la parte posterior del vagón. El tren aminoraba ya la marcha. Dejó en el suelo la maleta y la bolsa de viaje, y se agarró a la barra dorada para evitar que la inercia lo obligara a dar un precipitado paso adelante y embestir al caballero que lo precedía.

La máquina del tren, expulsando bigotes de humo blanco de la caldera de vapor entre un ruido de aceros heridos y de entrechocar de topes, detuvo su marcha bajo la marquesina de hierro y cristal. A Gerhard le recordó el costillar del esqueleto de un gigantesco dinosaurio atrapado en el tiempo.

Los andenes de la estación estaban atestados; una multitud heterogénea y vocinglera iba y venía por los pasillos de cemento que mediaban entre las vías ocupadas por diversos trenes, y cada quien lo hacía a su avío, ya fuera por despedir a alguien que se iba, ya para recibir a un familiar que llegaba. Se veían paisanos vestidos con levita y bombín, y también militares de diversos uniformes según el regimiento al que pertenecían —húsares, ulanos negros, dragones—; había damas con amplias pamelas que enmarcaban bellos rostros seguidas por jóvenes mucamas vestidas de negro las más, y damas con largos guardapolvos, las que se disponían a viajar. Sumado a todo el conjunto, pululaban asimismo por la estación los trabajadores del ferrocarril, tanto jefes de tren, revisores, mecánicos y maquinistas, como personal de tierra, controladores de billetes y mozos de carga, estos últimos con el cinturón de cuero en bandolera y la carretilla de dos ruedas en ristre, ofreciendo sus servicios a los viajeros que llegaban o partían.

Gerhard descendió del tren y, tras rechazar amablemente el servicio que un mozo de carga le ofrecía, con la bolsa colgada en el hombro y la maleta bien sujeta en la mano se colocó en la fila de la derecha, que era la que salía de la estación, y acoplando su paso al lento transitar de la gente se dirigió a la puerta de andenes.

Finalmente, luego de atravesarla, se halló en el vestíbulo central de la estación. Salió a la calle, y al punto fue consciente de la gran transformación que Berlín había experimentado durante su ausencia.

Las sombras iban ganando la batalla al día. Pero la electricidad había cambiado Alemania, y la iluminación de las calles era impresionante. A Gerhard le sorprendió el colorido de los muchos anuncios; los había de elixires que proclamaban la solución para toda clase de males, desde reuma hasta alopecia; incluso de dentífricos y de bombillas. Gerhard se dirigió a la parada de los coches de alquiler, pero no vio a ningún cochero en las inmediaciones. Miró a su alrededor, y se percató de que, bajo un farol, un grupo hablaba y gesticulaba animadamente. Emitió un breve silbido y alzó un brazo. Al instante, uno de los cocheros apagó en la suela de su bota un cigarro, puso la colilla en una pequeña caja de metal que se guardó a su vez en el bolsillo de la levita y se acercó a Gerhard con el sombrero de media copa en la mano.

—Excúseme, señor. El día se hace muy largo y a veces rompo la monotonía charlando un poco con los compañeros.

—No se preocupe. Me hago cargo.

El hombre abrió la portezuela del coche, y Gerhard entró y acomodó a sus pies su escaso equipaje.

—¿Adónde, señor?

—Unter den Linden con Bismarck Strasse.

Sin más preguntas, el cochero cerró la portezuela, se encaramó de un brinco en el pescante y tomó las riendas. A un simple chasquido de su lengua, el ruano se puso en marcha.

Tras un trayecto de treinta minutos el olfato advirtió a Gerhard que entraban en Unter den Linden, la avenida de los Tilos. El alegre trote del caballo se hizo más lento y, al poco, la voz del cochero le indicó que había llegado a su destino.

Después de trece meses de ausencia, Gerhard Mainz había regresado a su casa. Pagó cuatro pfennigs por el recorrido incluyendo una generosa propina y se dirigió con su equipaje hacia la verja del caminal que desembocaba en la cancela de la mansión. Ascendió la cuesta y, dejando la maleta en el suelo, pulsó el timbre.

El edificio lo había construido su bisabuelo paterno, Hermann, cuando trabajaba en los tribunales de Aquisgrán; más tarde el hijo de éste, Günther, su abuelo, la había ampliado comprando nueve hectáreas a su vecino Ernst von Puttkamer, quien sería el suegro del canciller Otto von Bismarck. En esa casa se había desarrollado toda su infancia. Su mente galopó en un instante atravesando una miríada de remembranzas.

El tiempo de espera, si bien fue breve, le resultó eterno. Por fin, a través de la gruesa madera, oyó los pasos del viejo mayordomo, Matthias Faber, a quien Gerhard relacionaba con su niñez con la misma intensidad que el vetusto roble que presidía la entrada del parque.

La hoja de la izquierda de la puerta se abrió y, por un momento, Gerhard temió que el anciano mayordomo sufriera un síncope, del que se habría sentido responsable. Por la expresión de su rostro, intuyó que se negaba a reconocerlo. Sin embargo, luego en voz muy queda, más que afirmar, preguntó:

—¿Señorito Gerhard?

—El mismo. ¿Es que en mi casa no se me reconoce?

Una lágrima peregrina asomó a los ojos del anciano y descendió dudosa entre las arrugas de sus mejillas.

—Ha cambiado usted mucho. La barba y el bigote han conseguido confundirme.

Gerhard se adelantó y lo estrechó entre sus brazos.

—¿Qué ocurre, Matthias, no te alegras de verme?

—Señorito Gerhard, me emociono porque hemos estado muy preocupados por usted. Ya sabe…, por su pulmonía.

—Lo sé, Matthias, aunque de haberse tratado de algo muy grave, mi madre y mi hermano habrían ido a verme… Ya hablaremos. Por cierto, ¿están todos?

—Únicamente se encuentra en casa la señora. Su padre llegará mañana de Essen y su hermano, el señorito Günther, está en Prusia, asistiendo a una cacería organizada por el barón Meyer.

Gerhard se agachó para recoger el equipaje, pero el mayordomo se le adelantó.

—Si permito esto, empezarán a pensar que estoy ya a las últimas.

—Sigues siendo terco como una mula. ¿Dónde está exactamente mi madre?

—En la galería del jardín… Es su lugar preferido en esta época del año.

—Sube esto a mi habitación, si es que aún puedo decir que es mía, y déjame sorprenderla.

—No sé si lo conseguirá, señorito Gerhard. La otra noche la oí decir a su padre durante la cena que tenía un pálpito intuyendo su llegada.

Gerhard se volvió hacia Matthias.

—¿Y qué dijo mi padre?

El mayordomo pareció dudar.

Gerhard insistió.

—Venga, Matthias… ¿Qué dijo mi padre?

—Algo al respecto de «esa maldita afición que lo está apartando de su primer deber».

Gerhard supo al instante a qué se refería. Su padre siempre había considerado que su vocación era un desvarío de juventud, y le permitía tal licencia, pero entendía que su destino estaba escrito y no era otro que llevar el peso de las inmensas fábricas de la familia Mainz en Essen y en Maguncia.

Gerhard no hizo ningún comentario y se alejó, dispuesto a sorprender a su madre.

Atravesó los pasillos de la suntuosa residencia reconociendo muebles y olores antiguos y, como subrayando las palabras del viejo Matthias, se fijó en los cuadros de aquellos antepasados suyos que jalonaban las paredes de la escalera que conducía al primer piso y que, desde sus historiados marcos, clavaban sus ojos en aquel joven que se atrevía a desafiar su destino.

Finalmente coronó su ascenso. Al fondo, la luz encendida de la galería que daba al parque de la parte posterior de la casa denunció la presencia de su madre. Gerhard intentó no hacer ruido; quería gozar del momento. Angela, de espaldas a él, continuaba siendo la maravillosa joven que había engalanado con su espléndida figura todas las fiestas del Berlín décadas atrás. Aquella estancia era una muestra perfecta del buen gusto de su madre. Decoraban las esquinas dos grandes maceteros con plantas de hoja perenne; a la derecha una librería con las pequeñas joyas literarias de su juventud y a la izquierda un gran costurero, pegado al sillón favorito de Angela, y una lámpara de pie con la pantalla de pergamino; el fondo lo presidía la curvada cristalera que daba al jardín; las paredes estaban tapizadas con damasco de color marfil y el suelo era de parquet, la madera de sus anchos listones barnizada de negro, y frente al sillón que ocupaba su madre pendía un cuadro con dos ciervos pintado por Gerhard antes de su partida.

Sin que él hiciera el menor ruido, como si un presentimiento la obligara a ello, la mujer volvió la cabeza de súbito y lo vio. Angela no pudo reprimir un grito; la labor cayó de su regazo, y se precipitó a los brazos abiertos de aquel hijo tan querido y tan añorado.

Al principio todo fueron besos y abrazos. Luego se sentaron sin soltarse las manos y Gerhard, urgido por su madre, comenzó a explicarle los detalles de su vida en París, aunque procurando no repetir lo que ya le había contado en sus cartas: cómo eran su estudio y la casa donde vivía, dónde estaban ubicados, sus alrededores… También le habló de los lugares favoritos que frecuentaban los impresionistas como Monet, Pissarro, Degas o Manet, el grupo de pintores que se habían atrevido a oponerse al academicismo imperante y que abogaban por un arte nuevo, una pintura fundamentada en los contrastes de luz y de color. Cuando finalizó su explicación, supo que su madre buscaba otro relato. Angela, que había escuchado con suma atención a su hijo, suspiró profundamente.

—Hasta el momento todo han sido prólogos, Gerhard. Pero no olvides que soy tu madre. Ahora ve a deshacer tu equipaje y refréscate un poco. A la hora de la cena ya me contarás la otra historia.

Entre madre e hijo se extendió un silencio contenido.

—Tu padre llegará mañana y, dado que no sabe que estás aquí, irá directo al despacho de la fábrica, como de costumbre. Lo verás a la hora de comer, pero te ruego que en la mesa no toques el tema. En fin, ve a tu habitación ya. Matthias te preparará un baño. Cuando estés listo, cenaremos tú y yo en amor y compañía.

—Nada puede complacerme más.

—¿Hasta cuándo vas a quedarte?

—Eso dependerá de la entrevista con padre.

—De cualquier manera, permanecerás aquí un tiempo, ¿verdad?

—Eso no depende de mí, madre. Pero no dude que eso es lo que más desea mi corazón.

—Pues anda, ve. A las siete y media te espero en el comedor.

—Iré volando. Quiero aprovechar hasta el último minuto de su compañía.

Tras estas palabras y luego de besar a su madre en la frente con emoción contenida, Gerhard se dirigió a su dormitorio.

Matthias, que ya había colocado el equipaje de Gerhard sobre el banco de la derecha, se dirigió al balcón para abrir las contraventanas, y la luz del atardecer tiñó el ambiente. Luego se dirigió al interruptor y prendió la luz eléctrica. Gerhard se recreó en el recuerdo, y no únicamente ante la visión de la que fuera su habitación durante tantos años. Un olor especial invadió su pituitaria, hurgando en su memoria. En un rincón vio su viejo caballete y, junto a éste, la paleta, compañera de tantas tardes en el campo, todavía manchada de colores. En las paredes estaban aún sus primeros dibujos al carboncillo que daban fe de sus inicios como pintor; también sus primeros óleos, sin duda ordenados por su madre, en los que había tanteado el género pictórico que más le interesaba, mezclando paisajes con bodegones y algún que otro perfil de la cabeza de su hermano, Günther. También vio, más allá, sus queridos esquís, su mochila y su piolet, compañeros inseparables de sus escaladas por los Alpes, así como las copas ganadas en las carreras de esquí, sus jerséis con su número, el nueve… En fin, todo en general lo transportó a otro tiempo que no cuadraba con el real y que le parecía mucho más lejano de lo que era en realidad.

El mayordomo permanecía de pie y en silencio, esperando órdenes.

—Puedes irte, Matthias. Me quedaré un rato aquí, y yo mismo desharé mi equipaje. He de reencontrarme conmigo mismo… Ahora me siento como un extraño que hubiera invadido mi intimidad.

—Le he preparado un baño, señorito Gerhard, para que se refresque. Lo avisaré para cenar.

—No hace falta que subas, Matthias. Me sentiría culpable. Tus viejas piernas acusan tantos escalones… No seré yo quien acelere tu jubilación.

El mayordomo se retiró, y Gerhard quedó solo con sus recuerdos. Se echó en la endoselada cama y dejó volar su pensamiento, que se dirigió cual paloma mensajera hacia la casa ubicada en la rue de Chabrol. Sin querer, apareció en su embelesamiento el precioso rostro de Lucie tal que si estuviera delante de él, fresca, sonriente y encantadora. La muchacha era, sin duda, la luz que iluminaba su vida.

En el inmenso comedor de la mansión de los Mainz parecía haberse detenido el tiempo. Todo en él formaba un espléndido marco: la gran chimenea encendida; el extraordinario tapiz con una representación de La boda campesina de Brueghel el Viejo; el gran trinchero con todo el servicio de plata y de porcelana de Meissen con los característicos sables cruzados, y la mesa en la que podían comer hasta catorce comensales, esa noche únicamente preparada para dos, su madre en un extremo y Gerhard a su derecha. El viejo Matthias de librea, una camarera vestida totalmente de negro excepto la blanca cofia y un pinche servían la cena moviéndose alrededor de ambos como sombras, sin hacer el menor ruido al cambiar los platos o servir agua y vino en las copas. La cena fue frugal: pastel de verduras, merluza al hinojo y requesón con miel.

Al finalizar Angela ordenó:

—Podéis retiraros, Matthias. Hoy no tomaré té.

El servicio obedeció silencioso, y en cuanto madre e hijo quedaron a solas iniciaron una conversación que tal vez, en opinión de Angela, deberían haber mantenido mucho antes.

—Háblame, hijo, y te ruego que no me ocultes nada. Una madre no tiene otra finalidad en la vida que la de ver a sus hijos felices. Pero tu cambio de planes sin nada consultar y, por qué no decirlo, sin tener en cuenta el grave problema que representaba para mí la prolongación de tu ausencia me han supuesto una decepción. Creo que has abusado de la licencia que tu padre te dio. Bien está que te aclares sobre lo que quieres hacer con tu vida, pero no fueron éstas las condiciones el día de tu partida. Te ibas a cumplir un año sabático como premio a tus notas en la finalización de la primera etapa de tus estudios… y has estado trece meses. De no ser por mi mediación, no sé lo que habría hecho tu padre. Sabes cuánto me esforcé para que pudieras volar y hacer realidad tu sueño. Valoro el arte, sea pintura, escultura o música, y estaba segura de que vales para artista. Si no hubieras valido, jamás te habría ayudado. Supe de tu facilidad para la pintura desde que eras un niño, yo te proporcioné tus primeros maestros y comprendí más tarde que quisieras irte a París y relacionarte con los grandes. Soy tu madre, y las madres tenemos un sexto sentido. En tus cartas me has hablado del ambiente de Montmartre, de tus contactos con los maestros, de la venta de tu primer cuadro y de la posibilidad de hacer una exposición en una pequeña galería de arte que al final se frustró, pero sé que hay algo más, a pesar de que en tus cartas no lo hayas mencionado. Llevas en París más de un año… Tú, que estás en la flor de la vida, un joven con encanto y presencia no me hablas de otra cosa que de pinceles y pinturas. Tienes en poca estima la intuición de tu madre, Gerhard… Dime, ¿cómo se llama la muchacha?

Gerhard se encontró atrapado. Era consciente de que se había equivocado y, de haber concurrido otras circunstancias, de seguro habría hablado con su madre. Sin embargo, había optado por callar, dada la singularidad de lo ocurrido, sumado a que los primeros meses en París le pasaron volando y después ya no supo cómo afrentar las cosas, máxime conociendo la opinión de su padre al respecto de sus proyectos. No quiso añadir a todo ello otra dificultad que, sin duda, causaría una gran zozobra a su madre.

La charla se extendió durante dos horas. Gerhard habló a Angela de su circunstancia, explicó con pelos y señales todo lo ocurrido, incluyendo la pulmonía que lo mantuvo en cama más de un mes. También le dijo que estaba convencido de que para su padre todo iban a ser inconvenientes.

—¿Te haces cargo de lo que esto representa? Yo puedo entenderlo y como mujer, si es como me lo cuentas, incluso puedo aprobarlo, pero siendo quien eres y sabiendo las esperanzas que tu padre ha depositado en ti, intuyo un cataclismo.

—Nada me complacería más que satisfacer a padre, pero se trata de mi vida, madre.

—Gerhard, te reitero lo que te he dicho hace unas horas: mañana no toques el tema con tu padre durante la comida. Lo mejor es que yo hable con él antes. Hasta que yo te lo diga, no le menciones nada.

—Y si me convoca en su despacho, ¿qué hago, madre?

El despacho de su padre siempre le había inspirado un respeto reverencial. Ya fuera porque desde niño le estaba absolutamente prohibido entrar en él, porque siempre que su progenitor lo había convocado había sido por alguna tropelía de los hermanos que excedía a la consabida regañina de su madre o por la solemnidad de la estancia, el caso era que esa habitación lo remitía al peor escenario de su niñez. Los libros atestaban los negros anaqueles acristalados de las librerías, y los pocos espacios de las paredes que no se encontraban cubiertos por ellos estaban tapizados de terciopelo granate; la mesa escritorio era de roja caoba con cantoneras de bronce y el trío de sillones de la misma madera pero sin aplicaciones de metal, y la pared que había detrás del sillón principal la ocupaban los enmarcados cuadros de su abuelo y su bisabuelo, fundadores de la dinastía de la que Gerhard y su hermano eran los últimos vástagos.

Reparó en que su padre había envejecido durante aquellos trece meses de ausencia. Sin embargo, conservaba el mismo empaque de siempre y esa mirada que tanto lo había aterrorizado de pequeño. La expresión severa de su rostro no había cambiado: ahí estaban los finos labios en los que se adivinaba cierta crueldad, herencia de su abuelo; ahí estaban, bajo las hirsutas cejas, los acerados ojos grises que se oscurecían visiblemente cuando algo lo incomodaba. Sobre su poderosa nariz cabalgaban los quevedos, que llevaba sujetos a la solapa de la levita por una leontina rematada en su extremo por un topacio. Cubría su poderoso abdomen una camisa blanca cuyas adornadas gorgueras asomaban sobre el redondo escote del abotonado chaleco.

Tras la exposición de Gerhard, que duró más de media hora, en la estancia únicamente se oía la lenta cadencia del péndulo del carrillón del fondo. Tras una pausa que se le hizo eterna, la voz de su padre sonó monocorde y con una cadencia lenta que parecía subrayar cada una de las palabras. Y que auguraba tormenta.

—¿Eres consciente de lo que tu decisión supone?

—Soy consciente, padre mío. Y, con todo el respeto, no quiero pasar el resto de mis días con una mujer que no ha elegido mi corazón y trabajando en algo que nada aporta a la humanidad.

—¿Entiendo, entonces, que estás juzgando a tus padres?

—No alcanzo a comprender.

—Yo no escogí a tu madre ni ella a mí; nos hemos respetado y hemos aprendido a amarnos. Tampoco elegí mi trabajo, pero me lo impuse como una obligación y el resultado está a la vista aunque lo menosprecies, porque si bien no aporta nada a la humanidad, como tú dices, da trabajo a tres mil obreros que llevan a su casa el pan de sus hijos.

—Tal vez me he expresado mal, padre. Me refiero a una profesión, el arte, que me apasiona y que, al fin y a la postre, enriquece el acervo cultural de la humanidad. La pintura, la escultura, la música… son lo que queda para la posteridad de la vida de los hombres. Nadie habla de logros industriales y de otras cosas perecederas o sustituidas por otras que vienen detrás.

Hubo una larga pausa, Heinrich Mainz jugueteó con el abrecartas y procuró contenerse.

—Yo sé, Gerhard, que la juventud se mueve a impulsos. Lo sé bien porque, aunque no lo creas, también he sido joven. Pero mi obligación es velar por ti e impedir que una profesión de bohemios, algunos medio alcoholizados, y un amorío de juventud quemen tu porvenir. Insisto, miro por ti, hijo, no por el futuro de las empresas Mainz.

—Lo siento, padre, mi decisión es inamovible.

El tono de su padre varió notablemente.

—Sabes bien lo que es Essen.

—No entiendo lo que quiere decirme.

—En Essen los Mainz hablan con los Krupp, y los Krupp con Dios. Y tú, que estabas destinado a contraer matrimonio con Maria Emilia Krupp, me dices que te has enamorado de una francesita de medio pelo cuya madre regenta la pensión donde en mala hora te alojaste y que, además, es hija de un militar que murió luchando contra Prusia, ¡la patria de nuestros antepasados! En la guerra franco-prusiana, de infausta memoria para nuestra familia, murió tu tío Edgard… Y, por si fuera poco, me dices también que quieres invertir tus mejores años en pintar garabatos cuyo destino está influido por las modas del momento y por la suerte de tener un buen marchante que crea en ti. Todo me parece un solemne disparate.

Gerhard se contuvo. Su padre prosiguió:

—Di lo que quieras. Ni ella podía aspirar a más ni tú a menos. Tendrás hijos descastados que no sabrán cuál es su patria.

—Todo se lo consiento, padre, menos que la insulte. Esa «francesita de medio pelo» a la que tan alegremente juzga sin conocerla es un amor de muchacha que no se separó ni un instante de la cabecera de mi cama durante los cuarenta días de mi pulmonía.

—¡Yo no te saqué de esta casa! Te fuiste por propia voluntad… contra la mía. Y en mala hora lo autoricé, pensando que en un año te desengañarías de esta locura de emborronar telas propias de locos y alcoholizados, es decir, ¡lo peor de la humanidad!, en vez de heredar la dirección de las empresas Mainz, orgullo de Alemania y admiración del mundo conocido. Además, nada dijiste de tu enfermedad hasta que estuviste curado. Imagino que querías evitar que tu madre o yo acudiéramos a París y viéramos dónde y con quién vivías y dónde pintabas.

—Siento en el alma contrariarlo, padre, pero seré pintor y me casaré con Lucie.

Heinrich Mainz se puso en pie, apeó los binoculares de su nariz, respiró profundamente y emitió su sentencia.

—Ser un hombre no consiste únicamente en dejarse barba y bigote, es una cuestión de saber cumplir con su obligación en cualquier momento y ocasión, y tú pareces no haberlo entendido. Que quede clara una cosa: si tal haces, te desheredaré.

Hubo una tensa pausa.

—Mal me conoce, padre… Si jamás me importó el dinero, menos aún ahora.

—No volverás a entrar en esta casa mientras yo viva. Y ese dinero que aún conservas, el de la herencia de tu abuela, no te durará mucho más.

Gerhard sabía que su padre tenía razón, pero tampoco era algo que le preocupara en ese momento. Así que se puso en pie y se ajustó la levita.

—Usted manda, padre. La distancia de París a Berlín es la misma que de Berlín a París. Ya industriaré los medios oportunos para ver a mi hermano y a mi madre, si ellos quieren, claro es. En cuanto a usted, sepa que donde yo viva tendrá siempre las puertas abiertas.

Luego de estas palabras, con el alma encogida, salió del despacho ajustando la puerta suavemente.

Cuatro días fue el tiempo que Gerhard permaneció en su casa. Su padre, a través de su madre, le comunicó que partía hacia Essen de nuevo y que cuando regresara, al cabo de una semana, confiaba en que ya se habría ido, pues su presencia no le era grata. Por este cúmulo de circunstancias su partida fue triste, no tanto por la escena habida con su padre como por la despedida de su madre y el hecho de no haber podido entrevistarse con su hermano, Günther, quien, ignorando su llegada, no había evitado aquella cacería que lo mantuvo alejado de casa los días que él estuvo allí. Aprovechó el tiempo de su estancia hasta el último minuto, recorrió cada rincón del parque y visitó particularmente los escondrijos que de pequeños Günther y él habían habilitado. La despedida del personal de servicio también fue dura, sobre todo la de Matthias, que lo acompañó hasta el coche con el pañuelo en la mano enjugando sin rubor los gruesos lagrimones que manaban de sus arrugados ojos en la certeza de que, seguramente, ya no volvería a ver a su muchacho favorito.

11

El regreso

En esta ocasión el viaje de regreso a París fue un tormento para Gerhard. A la ida, cuando iba al encuentro de sus padres, abrigaba la esperanza de que sus razones fueran atendidas. Pensaba que la postura inicial de su padre sería radical, pero confiaba en que, al menos, le daría la oportunidad de que su madre acudiera a París para conocer a Lucie. Tal vez en parte había sido culpa suya que las cosas no hubieran ido de ese modo, se dijo; quizá no había sabido exponer con suficiente tacto sus anhelos a su padre. Sin embargo, la actitud de Heinrich Mainz no había dejado lugar a la ambigüedad; su oposición había sido frontal y tajante, y Gerhard sospechaba que no tendría otra oportunidad de traer el agua a su molino. Otra duda atormentaba su espíritu: ¿debía ser honesto con Lucie y explicarle punto por punto las conversaciones habidas con los suyos y el resultado de las mismas? Quizá si, por el contrario, atenuaba las cosas y decía una media verdad, conseguiría que la muchacha no se asustara al calibrar el muro al que debía enfrentarse. En aquellos trece meses creía conocerla a fondo, sabía del amor que había despertado en ella y no dudaba que estuviera decidida a llegar hasta el final si lograba convencerla de que la total oposición de su padre era pasajera.

Considerando todas esas circunstancias, no avisó a Lucie del día y la hora que iba a regresar a París. Se veía incapaz de avanzar hacia ella por el andén de la estación sin que su rostro reflejara la cantidad de sentimientos encontrados y vericuetos divergentes por los que caminaba su espíritu. Prefería llegar a la residencia de la rue de Chabrol a una hora que la sabía ocupada en el hospital Lariboisière; de esta manera, tendría tiempo de descansar un rato y prepararse para el encuentro.

Mientras pagaba al cochero el precio de su trayecto pudo observar que Gabrielle, desde la ventana en la que estaba limpiando los cristales, se volvía hacia el fondo y hablaba con alguien. Gerhard supuso al instante que se trataba de madame Lacroze. Su sospecha se confirmó cuando, apenas atravesada la cancela del jardincillo, la puerta de la casa se abrió y bajo el dintel apareció la imagen sonriente de la madre de Lucie.

—¿Qué tal el viaje, Gerhard?

—Me siento fatigado, pero contento de estar de nuevo en París.

—Pues sea usted bienvenido. —Luego añadió—: Lucie todavía no ha llegado.

—Lo suponía. Voy a descansar un poco. Por favor, en cuanto Lucie llegue, diga que me avisen.

Gerhard percibió en el semblante de madame Lacroze un ligero cambio. La mujer preguntó:

—¿Ha ido todo bien?

—Berlín queda muy lejos, y muchas cosas resultan muy complicadas en la distancia.

A la vez que cerraba la puerta suavemente madame Lacroze añadió:

—Vaya a descansar, Gerhard. Y descuide, que en cuanto llegue la niña, Gabrielle lo avisará.

Gerhard sintió algo extraño en su interior al embocar la escalera de la casa que conducía a la buhardilla donde estaba su habitación: tuvo una sensación de hogar más grande de la que había tenido cuando llegó a Berlín. Los escalones hacían el habitual ruido que tan bien conocía y hasta el tacto del pulido pasamanos le pareció familiar; abrió la puerta y, asimismo, el olor a madera y espliego invadió su pituitaria. Dejó sobre el sillón la maleta y se tumbó sobre la cama con la intención de relajarse y descansar un rato. Sin embargo, con un montón de recuerdos hechos de fragmentos de frases de rostros crispados y alguno lloroso, como el de Matthias, sin darse cuenta se quedó dormido.

Lucie llegó del hospital a las seis en punto. Desde que Gerhard había partido hacia Berlín el trayecto se le hacía mucho más largo. Esa tarde, sin embargo, lo hizo casi corriendo, pues tenía el pálpito de que una carta o algo parecido la aguardaba en casa. Había tenido tiempo de cavilar durante todos y cada uno de los días que su amado había estado ausente y, fuera de su influencia, pudo poner orden en su mente. Y, por cierto, la compañía y el consejo de Suzette, en sus peculiares circunstancias, le fueron de gran ayuda.

Lucie entró en tromba en la casa. En tanto lanzaba su boina hacia el perchero y dejaba su maletín en la mesa del recibidor vio acercarse por el pasillo a Gabrielle y le preguntó alzando la voz:

—¿He tenido carta?

Su madre apareció en la puerta de la salita de costura.

—No, no has tenido carta… Pero lo tienes a él en persona.

—¡Madre mía!

La muchacha ya se dirigía hacia la escalera.

—Está descansando. Imagino que no querrás subir a su cuarto y despertarlo.

Lucie era consciente de que su madre había hecho la vista gorda durante la larga convalecencia de Gerhard por causa de la pulmonía, pero ahora volvían a regir las estrictas reglas que madame Lacroze había impuesto.

—Pues entonces, madre, envíe a Gabrielle a avisarlo de que ya he llegado.

—Está bien. Pero hablaréis en el saloncito… E imagino que irá para largo.

Lucie se escamó al ver el rostro de su madre.

—Claro, llevamos una eternidad separados. Ha ido a ver a sus padres y tendrá mucho que contarme. No quiero estar hablando con él entre plato y plato durante la cena, sabiendo, además, que los aburridos oídos de todos estarán al tanto de cuanto decimos.

—Descuida, ahora subirá Gabrielle a avisarlo y podréis hablar tranquilos en el saloncito de costura. —Luego, mirando el reloj, comentó—: Disponéis de dos horas y media para que te ponga al corriente de lo que quiera contarte. Intuyo que no todo será agradable…

Lucie se molestó.

—¿Por qué dice usted eso?

—Las madres tenemos un sexto sentido, y la primera impresión siempre es la buena.

—¿Y eso qué significa?

—Hija, lo he visto llegar, y su cara, más que cansancio, denotaba preocupación.

Lucie se encrespó.

—¡Qué negativa es usted, madre!

La mujer se dirigió a Gabrielle:

—Vaya a despertar al señor Mainz. —Luego se volvió hacia su hija—: Lo que soy es vieja.

Lucie, con la sombra de un oscuro presagio rondándole la cabeza, se encerró en la salita de costura a la espera de que Gerhard se reuniera con ella.

Apenas los nudillos de Gabrielle golpeaban la puerta del dormitorio de Gerhard para avisarlo de que Lucie había llegado cuando ya él la interrumpía respondiendo con un «¡Bajo al instante!». Gerhard se levantó de la cama, extrajo de la maleta un frasco de 4711, su agua de Colonia favorita, y mojándose las sienes se alisó el pelo. Sobre la camisa se puso un jersey abierto con el escudo de su antiguo colegio bordado en el pecho y, tras mirarse en el espejo, salió al rellano, desde donde se precipitó hasta la planta baja bajando los escalones de cuatro en cuatro.

—Lucie lo aguarda en la salita de costura. —La voz de madame Lacroze se hizo oír algo más fuerte al añadir—: Por favor, señor Mainz, deje la puerta abierta.

Gerhard no contestó. En dos zancadas se plantó en el saloncito, y el rostro de Lucie le pareció lo más hermoso que habían visto jamás sus ojos. Todas sus dudas, sus temores y sus miedos pasaron a segundo término; la imagen de aquella muchacha resumía y fundamentaba los más bellos sueños de su vida.

Lucie se puso en pie, Gerhard avanzó dos pasos y, sin tener en cuenta que la puerta estaba abierta, abrazó a la muchacha y besó sus labios. Luego la apartó para observar detenidamente aquel rostro que en la distancia se le había desenfocado. Todo volvía a ser igual que antes de su marcha de París. Los jóvenes, con las manos unidas, fueron a sentarse en el sofá de debajo de la ventana, y durante unos instantes un silencio denso y profundo flotó entre ambos.

—¡Qué ganas tenía de verte y qué larga se me ha hecho esta ausencia!

—Has estado poco más de una semana fuera y te he echado de menos cada minuto.

—También yo… No podía resistir más esta separación. ¡Por eso he vuelto cuanto antes!

Pero algo en el tono del joven preocupó a la muchacha.

—¿Estás seguro de que eso es todo? —Lucie soltó la mano de Gerhard y ante la pausa de silencio del muchacho, que duró tres segundos más de lo previsto, insistió—: ¿Has vuelto sólo porque me echabas de menos?

—Lo importante es que estoy aquí y que te quiero, lo demás da igual.

Lucie se puso tensa.

—A mí no me da igual, Gerhard. ¿Has hablado de lo nuestro con tus padres? ¿Les has dicho quién soy, quién es mi madre, a qué me dedico, cómo nos conocimos y cuál es el medio de vida de mi familia?

Gerhard se removió inquieto.

—Mi madre me ha entendido y estoy seguro de que, con el tiempo, te querrá mucho. En cuanto a mi hermano, Günther, no estaba en casa.

—Gerhard, me gustan los juegos de palabras y las adivinanzas, pero hoy no es el día; hoy es hoy, y si dices que tu madre me querrá mucho «con el tiempo» significa que hoy por hoy no me acepta… Y ésa es la parte buena, intuyo, ya que todavía no me has explicado qué opina tu padre… porque imagino que a él sí le has hablado de mí.

Gerhard intentó tomar de nuevo la mano de la muchacha, pero ésta lo rehuyó.

—Lucie, te lo dije antes de partir y te lo repito ahora: mi decisión está tomada, y lo que opine mi padre no es importante.

En este instante Lucie se retiró.

—Para mí sí lo es, y conste que no pienso en mí sino en ti. Por favor, Gerhard, cuéntame lo que ha dicho tu padre al respecto de nuestros planes.

—¡No importa, amor mío! Siempre he respetado a mi padre, pero se trata de mi vida y sé muy bien lo que quiero hacer con ella.

Lucie se puso en pie.

—Gerhard, insisto: explícame punto por punto lo que has dicho a tu padre y lo que él te ha dicho. Quiero saberlo todo, aunque imagino, por las vueltas que le das a la burra, que será totalmente negativo. Por lo que a mí respecta, te juro que me da lo mismo, pero no por ti, porque yo sí te quiero mucho y el amor se mide por lo que uno está dispuesto a sacrificar.

—Siéntate, por favor, Lucie, y dame la oportunidad de que me explique.

La muchacha se sentó en el extremo del sofá.

—Te escucho, pero te ruego que no me ocultes nada.

Gerhard suspiró profundamente. Debía tener mucho cuidado con las palabras que usaría. En aquel momento iniciaba la segunda parte de su problema.

—Verás, Lucie, cuando llegué a Berlín mi padre estaba en Essen y eso me dio la oportunidad de hablar con mi madre. Mi gestión no era fácil. Nunca te lo comenté, pero desde siempre estaba destinado a casarme con Maria Emilia Krupp. En mi familia son los padres quienes acuerdan las bodas de sus hijos, y lo hacen pensando en agrandar negocios y ampliar fortunas, sin tener en cuenta los sentimientos de los que van a contraer matrimonio. Por tanto, mi gestión consistía en dar la vuelta a esa costumbre que va unida a la de seguir en el negocio familiar. Así pues, mi tarea era doble, pues me niego a estar al frente de los negocios de los Mainz y a unirme en matrimonio con quien mi padre desea. Voy a ser pintor y a casarme con la mujer que quiero; comprende que eso me obligaba a salvar dos obstáculos. Mi madre me entendió, aunque, como me has pedido sinceridad, debo decirte que no le resultó fácil, no por ella, sino porque sabía que mi padre no transigiría. —Lucie escuchaba a Gerhard sin pestañear—. Al fin y a la postre, a ella le debo este año de licencia en París. Mi madre ama el arte y entiende mi pasión… Como también ha entendido que me he enamorado de una maravillosa muchacha francesa. Aun así, me auguró, y no te lo oculto, que la gestión frente a mi padre sería muy complicada, como así fue. Pero te repito que la última decisión es mía, y tú sabes cuál es. ¿Qué te parece?

Lucie tenía la frente fruncida y su expresión era de máxima concentración. Su mente iba seleccionando las frases que oía y ponía en un aparte las que creía que debía filtrar con más detenimiento.

—Cuéntame de principio a fin el diálogo con tu padre.

Gerhard, antes de comenzar, volvió a reafirmarse.

—Ya te he dicho que no me importa su opinión.

—Yo también te he dicho que a mí sí me importa.

—Está bien, Lucie, seré muy sincero contigo: mi padre se opone frontalmente a que me case contigo y a que sea pintor, y me ha dicho que si no dejo eso que él ha llamado «una locura», y se refiere a mi vocación, y no me reincorporo de inmediato a mis estudios a fin de prepararme para gestionar el día de mañana el conglomerado de empresas de los Mainz, me desheredará. Pero eso, y no es por ti, es desde siempre, me importa muy poco. En esta vida de lo que se trata es de ser feliz. Yo he encontrado en París la felicidad, que es nuestro amor y mi carrera. Y, aunque me encantaría que mi padre lo entendiera, me da igual si no lo hace.

Lucie hizo una pausa mental y analizó rápidamente las palabras de Gerhard.

—¿Les has dicho quiénes somos mi madre y yo y de qué vivimos?

—Le he explicado todo de pe a pa. Pero mi padre es muy duro de pelar, y mis argumentos no le valen. Que si en Essen los Mainz sólo hablan con los Krupp y los Krupp con Dios… Que si lo del amor es una bagatela y que ese sentimiento nace después entre los cónyuges… Que él tampoco estaba enamorado de mi madre… Que si yo estaba destinado a otros logros mucho más importantes… Y, por más desgracia, un hermano suyo murió en la guerra francoprusiana. En fin, no quiero engañarte, ya ves que no me lo ha puesto fácil.

Lucie quedó callada, y su silencio le pareció a Gerhard un mal augurio.

—Dime algo… ¡por el amor de Dios!

A la palabra la precedió un suspiro.

La muchacha habló lenta y serenamente.

—En esa guerra murió mi padre, pero yo no lo conocí y no fue mi guerra. Gerhard, te quiero demasiado para hacerte tanto daño. La primera es la que vale, y en la charla que tuvimos la noche que te declaré mi amor, porque fui yo quien dio el paso, tenía el pálpito de que esto ocurriría, pero lo que siento por ti y la esperanza en las palabras que me decías hicieron que cayera en el error. Tú y yo pertenecemos a mundos distintos. Al principio el amor todo lo vence, pero luego vendrían las reconvenciones y, sin querer, me harías daño sacando a relucir todo lo que habrías sacrificado por casarte conmigo. Para mí tu dinero es más un inconveniente que un beneficio. Yo sólo deseaba ser la mujer de un pintor. A mí las empresas de los Mainz me suenan tan lejanas como la luna… Pero no deseo ser la causa de tu desgracia, y como me siento incapaz de verte todos los días y no volver a caer, voy a pedirte, en nombre del amor que dices que sientes por mí, que el lunes, a más tardar, te hayas buscado otro sitio donde vivir y salgas de esta residencia y de mi vida, en la que no debí permitir que entraras nunca. Puedo jurarte, Gerhard, que lo último que verán estos ojos antes de irse de este mundo será tu rostro, pero, por favor, déjame recoger los restos de este naufragio y vete.

Tras estas palabras Lucie se puso en pie y, enjugándose una lágrima con el dorso de la mano derecha, salió del saloncito.