2

Astronauta

Al ver a aquel hombre mayor, Harry pensó en un astronauta. Esos pasos cortos tan cómicos, la rigidez de sus movimientos, la mirada muerta y sombría, y el arrastrar de las suelas de los zapatos por el parqué. Como si tuviera miedo de perder el contacto con el suelo y salir flotando por el espacio.

Harry miró el reloj que colgaba en la pared blanca de hormigón, sobre la puerta de salida. Las 15.16 horas. Al otro lado de la ventana, en la calle Bogstadveien, la gente pasaba con las prisas propias de un viernes. El sol bajo de octubre se reflejaba en el espejo retrovisor de un coche atascado en el tráfico de la hora punta.

Harry se fijó en el hombre mayor. Llevaba sombrero y una elegante gabardina gris que, a decir verdad, necesitaba pasar por la tintorería. Debajo de la gabardina vestía una chaqueta de tweed, corbata y unos pantalones grises raídos con la raya muy marcada. Zapatos bien lustrados con tacones desgastados. Era uno de esos jubilados que parecían abundar en el barrio de Majorstua. No era una suposición. Harry sabía que August Schultz tenía ochenta y un años, que había sido comerciante de confección y que llevaba toda la vida viviendo en Majorstua, salvo durante la guerra, que pasó en un barracón de Auschwitz. Y la rigidez de las rodillas se debía a una caída de un puente peatonal de la calle Ringveien, cuando cruzaba para acudir a una de las habituales visitas a casa de su hija. La posición de los brazos, doblados en ángulo recto por el codo, reforzaba la impresión de muñeco mecánico. Del antebrazo derecho colgaba un bastón marrón, y en la mano izquierda sostenía un giro bancario que estaba a punto de entregar al joven de pelo corto que había al otro lado del mostrador número dos. Harry no podía verle la cara, pero sabía que miraba al hombre mayor con una mezcla de compasión y de disgusto.

Eran ya las 15.17 horas y August Schultz había llegado, por fin. Harry suspiró.

Stine Grette, del mostrador número uno, contaba las setecientas treinta coronas del chico del gorro azul que acababa de entregarle un cheque nominativo. El diamante que lucía en el anular izquierdo centellaba cada vez que dejaba un billete en el mostrador.

Harry tampoco podía verlo pero sabía que, a la derecha del chico, delante del mostrador número tres, había una mujer que mecía un cochecito por pura distracción, seguramente, ya que el pequeño estaba dormido. La mujer estaba esperando que la atendiera la señora Brænne, que, a su vez, se afanaba ruidosamente en decirle por teléfono a un señor que no podía pagar mediante un giro sin que el destinatario hubiera firmado una autorización, y que la que trabajaba en el banco era ella, no él. De modo que ¿por qué no dar la discusión por terminada?

En ese instante se abrió la puerta de la sucursal bancaria y dos hombres, uno alto y otro de baja estatura, vestidos con monos oscuros idénticos, entraron rápidamente en el local. Stine Grette levantó la cabeza. Harry miró el reloj y empezó a contar. Los hombres se dirigieron a la esquina donde estaba Stine. El alto se movía como si fuera sorteando pequeños charcos a zancadas, y el bajito se contoneaba al caminar como quien ha desarrollado más músculos de los que su cuerpo es capaz de alojar. El chico del gorro azul se dio la vuelta despacio y empezó a caminar hacia la puerta, tan concentrado en contar el dinero que no se fijó en ellos.

—Hola —le dijo a Stine el alto, que se adelantó y soltó de golpe un maletín negro en el mostrador. El pequeño se ajustó unas gafas de sol de cristal reflectante, se acercó y colocó al lado un maletín idéntico—. ¡El dinero! —exclamó con voz clara—. ¡Abre la puerta!

Fue como pulsar el botón de pausa y todos los movimientos que se estaban produciendo en la sucursal se congelaron en el acto. Tan solo el tráfico que discurría al otro lado de la ventana confirmaba que el tiempo no se había detenido, así como el segundero del reloj de Harry, que ahora indicaba que habían pasado diez segundos. Stine pulsó un botón que tenía debajo de su mesa. Se oyó un zumbido y el más bajo empujó con la rodilla la pequeña puerta giratoria del fondo, junto a la pared.

—¿Quién tiene la llave? —preguntó—. ¡Rápido, no tenemos todo el día!

—¡Helge! —gritó Stine por encima del hombro.

—¿Qué? —respondió una voz procedente del único despacho del banco que, además, tenía la puerta abierta.

—¡Tenemos visita, Helge!

Asomó entonces un hombre con pajarita y gafas para leer.

—Estos señores quieren que les abras el cajero automático, Helge —dijo Stine.

Helge Klementsen miró impasible a los dos hombres, que ya habían pasado al otro lado del mostrador. El más alto oteaba la puerta visiblemente nervioso, pero el bajito no apartaba la vista del director de la sucursal.

—Ah, sí, claro, por supuesto —jadeó Klementsen, como si acabara de recordar una cita olvidada, y estalló en una risa ansiosa y estentórea.

Entretanto, Harry no movió ni un músculo, concentrado en absorber con la vista los detalles de sus gestos y movimientos. Veinticinco segundos. Continuó mirando el reloj que colgaba sobre la puerta, pero en el límite de su campo de visión observó que el director de la sucursal abría desde dentro el cajero automático, extraía dos cajas metálicas alargadas llenas de billetes y se las entregaba a los dos hombres. Todo ocurrió con suma rapidez y en silencio.

—¡Estas son para ti, viejo!

El hombre bajito había sacado dos cajas idénticas del maletín, que ahora le entregó a Helge Klementsen. El director de la sucursal tragó saliva, asintió, las cogió y las colocó en el cajero.

—¡Buen fin de semana! —exclamó el bajito, irguiéndose después de coger el maletín.

Un minuto y medio.

—Un momento, no tan deprisa —advirtió Helge.

El pequeño se detuvo.

Harry apretó las mejillas, intentando concentrarse.

—El recibo… —dijo Helge.

Los dos hombres se quedaron mirando un instante al hombre menudo y canoso y el más bajito se echó a reír. Era una risa chillona y aguda, con un punto de histeria, como se ríe la gente que se ha tomado un chute de speed.

—No creerás que íbamos a largarnos sin tu autógrafo, ¿no? Y entregar dos millones sin recibo, ¡vamos!

—Ya, claro —dijo Helge Klementsen—. Pero a un compañero vuestro casi se le olvida la semana pasada.

—Hay muchos principiantes en el transporte de valores estos días —reconoció el bajito mientras él y Klementsen firmaban y se repartían las copias amarilla y rosa.

Harry esperó a que la puerta de salida se cerrara tras ellos antes de mirar el reloj otra vez. Dos minutos y diez segundos.

A través del cristal de la puerta marrón vio alejarse la furgoneta blanca con el logotipo del banco Nordea.

Entonces se reanudaron las conversaciones entre las personas que había en el local. Harry no necesitaba contarlas, pero lo hizo de todas formas. Eran siete. Tres detrás del mostrador y tres delante, incluidos el niño y el tipo de los pantalones de peto, que se había detenido delante de la mesa que había en el centro del local, para apuntar el número de cuenta en un formulario de ingreso a favor de Saga Solreiser, cosa que Harry sabía.

—Adiós —dijo August Schultz, arrastrando los pies en dirección a la puerta.

Eran exactamente las 15.21.10, el instante en que todo empezó.

Cuando se abrió la puerta, Harry vio que Stine Grette levantaba la vista de sus documentos un segundo para volver a ellos enseguida. Pero pronto volvió a levantar la cabeza, muy despacio esta vez. Harry miró hacia la entrada. El hombre que acababa de acceder al local ya se había bajado la cremallera del mono y estaba sacando un fusil AG3 de color negro y verde aceituna. Un pasamontañas azul oscuro le cubría toda la cara, a excepción de los ojos. Harry empezó a contar de cero otra vez.

El pasamontañas empezó a moverse como una muñeca de Henderson justo en el lugar donde debería estar la boca:

—This is a robbery. Nobody moves.

No lo dijo muy alto, pero el silencio que se hizo en la pequeña sucursal bancaria podría haber sucedido al disparo de una salva de cañón. Harry miró a Stine. El hombre cargó el fusil y, al ruido del tráfico, se impuso con claridad el deslizante chasquido de las piezas de un arma bien lubricada. El hombro izquierdo de Stine descendió imperceptiblemente.

«Una chica valiente —se dijo Harry—. O quizá muerta de miedo.» Aune, el profesor de psicología de la Escuela Superior de Policía, decía que la gente, cuando está lo bastante aterrada, deja de pensar y actúa según se espera. La mayoría de los empleados de la banca pulsan el botón de alarma silenciosa que avisa de un atraco en un estado rayano a la parálisis. En estado de conmoción, sostenía Aune, refiriéndose a que después, cuando han de dar cuenta de lo sucedido, muchos no recuerdan si activaron o no la alarma. Funcionaron con el piloto automático. «Igual que un atracador de bancos que se ha programado a sí mismo para dispararle a todo aquel que intente detenerlo —explicaba Aune—. Cuanto más miedo tenga, menos probable es que nadie lo haga cambiar de idea.» Harry no se movió, solo intentaba ver los ojos del atracador. Eran azules.

El atracador se quitó la mochila negra y la dejó caer en el suelo, entre el cajero y el hombre del peto, que seguía con la punta del bolígrafo en el último círculo del número ocho que tenía a medias. El hombre de negro recorrió los seis pasos que lo separaban de la portezuela del mostrador, se sentó en el borde, pasó las piernas por encima y se quedó de pie justo detrás de Stine, que permanecía inmóvil con la vista al frente. «Bien hecho —pensó Harry—. Se sabe las instrucciones y no provocará al atracador mirándolo a la cara.»

El hombre le encañonó la nuca a Stine con el arma, se inclinó y le susurró algo al oído.

La mujer aún no había caído presa del pánico, pero Harry veía palpitar su pecho, como si aquel cuerpo menudo no pudiera inspirar el aire suficiente bajo la blusa blanca que, súbitamente, parecía demasiado estrecha. Quince segundos.

Stine carraspeó. Una vez. Dos veces. Hasta que las cuerdas vocales respondieron por fin.

—Helge. Las llaves del cajero.

Habló con una voz baja y ronca, totalmente distinta de aquella con la que había pronunciado casi las mismas palabras hacía tan solo tres minutos.

Harry no lo veía, pero sabía que Helge Klementsen había oído la frase inicial del atracador y que ya estaba en la puerta de su despacho.

—Rápido. De lo contrario…

Su voz era apenas audible y, en la pausa que siguió, solo se oyeron las suelas de los zapatos de August Schultz contra el parqué, como un par de palillos que se arrastran despacio sobre la piel seca de un tambor.

—… me pega un tiro.

Harry miró por la ventana. Seguramente habría allí fuera un coche con el motor en marcha, pero desde donde se encontraba no podía avistar más que vehículos que iban y venían y personas que caminaban con paso más o menos despreocupado.

—Helge… —repitió Stine en tono suplicante.

«Vamos, Helge», pensó Harry animando mentalmente al director de la sucursal, al que también conocía bastante. Sabía que en casa lo esperaban dos caniches gigantes, una mujer y una hija embarazada a la que acababa de abandonar el novio. Sabía que tenían ya listas las maletas para irse a la cabaña de la montaña en cuanto Helge Klementsen llegara a casa. Sin embargo, Klementsen tenía ahora la sensación de estar sumergido bajo las aguas en uno de esos sueños en que todos los movimientos son lentos por más que uno intente apresurarse. El director de la sucursal entró en el campo de visión de Harry. El atracador había girado la silla de Stine de manera que seguía detrás de ella, pero mirando a Helge Klementsen. Como un niño temeroso que va a alimentar a un caballo, Klementsen asomaba con el cuerpo hacia atrás y sosteniendo las llaves en la mano, lo más lejos posible. El atracador volvió a susurrarle algo a Stine y giró el arma para apuntar a Klementsen, que reculó trastabillando unos pasos.

Stine carraspeó bajito.

—Dice que abras el cajero y metas las cajas nuevas en esa mochila negra.

Helge Klementsen miró como hipnotizado el fusil con que le apuntaba el atracador.

—Tienes veinticinco segundos antes de que dispare. A mí. No a ti.

Klementsen abrió la boca, como para decir algo, y la cerró enseguida.

—Ahora, Helge —dijo Stine.

El mecanismo de apertura de la puerta emitió un zumbido y Helge Klementsen salió del despacho y pasó al local.

Habían transcurrido treinta segundos desde que comenzó el atraco. August Schultz casi había alcanzado la puerta de salida. El director de la sucursal cayó de rodillas delante del cajero, mirando fijamente las cuatro llaves del llavero.

—Quedan veinte segundos —avisó la voz de Stine.

«La comisaría de policía de Majorstua —pensó Harry—. Sus coches están en camino. Ocho manzanas. Los atascos de los viernes.»

Helge Klementsen cogió una de las llaves con los dedos temblándole de miedo y la metió por el ojo de la cerradura. A mitad de camino, se detuvo. Helge Klementsen empujó más fuerte.

—Diecisiete segundos.

—Pero… —balbució.

—Quince segundos.

Helge Klementsen sacó la llave y probó con una de las otras, que entró, pero no giraba.

—Pero, por Dios…

—Trece segundos. Usa la del adhesivo verde, Helge.

Helge Klementsen miró el llavero como si no lo hubiera visto nunca.

—Once segundos.

La tercera llave entró. Y giró. Helge Klementsen abrió la puerta y se volvió hacia Stine y el atracador.

—Tengo que abrir otra cerradura para poder sacar las caj…

—¡Nueve segundos! —gritó Stine.

A Helge Klementsen se le escapó un sollozo mientras apretaba con los dedos los dientes de las llaves como si estuviera ciego y los dientes pudieran revelarle cuál era la llave adecuada.

—Siete segundos.

Harry se concentraba en escuchar. Aún no se oían las sirenas de la policía. August Schultz agarró el picaporte de la puerta de salida.

Las llaves cayeron sobre el parqué y se oyó un tintineo metálico.

—Cinco —susurró Stine.

Entonces se abrió la puerta y los sonidos de la calle inundaron el local. A Harry le pareció oír a lo lejos el aullido lastimero y familiar subiendo y bajando y volviendo a subir. Las sirenas de la policía. La puerta se cerró.

—¡Dos, Helge!

Harry cerró los ojos y contó hasta dos.

—¡Ya! —gritó Helge Klementsen. Había logrado abrir la segunda cerradura y forcejeaba en cuclillas tironeando de las cajas, que parecían haberse atascado—. ¡Espera, ya solo tengo que sacar el dinero! Yo…

Y entonces lo interrumpió un grito estridente. Harry miró hacia el otro lado del local, donde una señora muerta de miedo miraba al atracador, que, inmóvil, sostenía el arma contra la nuca de Stine. La mujer parpadeó y señaló con la cabeza el cochecito del bebé, mientras el llanto del pequeño iba sonando cada vez más alto.

Helge Klementsen estuvo a punto de caer de espaldas cuando logró sacar de la guía la primera caja. Cogió la mochila negra. En seis segundos, metió las cajas en la mochila. Klementsen cumplió la orden de cerrar la cremallera y de colocarse contra el mostrador, todo expresado por la voz de Stine, que ahora sonaba sorprendentemente firme y serena.

Un minuto y tres segundos. El atraco había concluido. El dinero estaba en la mochila, en el suelo. Dentro de unos segundos, llegaría el primer coche patrulla. Dentro de cuatro minutos, otros coches patrulla habrían cerrado las rutas de fuga más próximas al lugar del atraco. Todas las células del cuerpo del atracador deberían estar gritándole que era hora de largarse de una puta vez. Pero entonces ocurrió algo que Harry no podía entender. Simplemente, no tenía sentido. En lugar de echar a correr, el atracador le dio la vuelta a la silla de Stine de modo que los dos quedaron cara a cara. El tipo se inclinó para susurrarle algo al oído. Harry entornó los ojos. Tendría que ir a que le revisaran la vista un día de estos. En cualquier caso, no cabía duda de lo que estaba viendo. Stine miraba fijamente a aquel atracador sin rostro mientras que el de ella sufría una lenta transformación a medida que iba entendiendo lo que el sujeto le susurraba. Las cejas, finas y bien cuidadas, dibujaron sendas eses sobre los ojos, que parecían querer salirse de las órbitas; torció hacia arriba el labio superior al tiempo que las comisuras descendían hasta formar una mueca grotesca. El pequeño dejó de llorar tan súbitamente como había empezado. Harry tomó aire. Porque él sabía que aquello era una foto fija, una foto maestra. La imagen de dos personas capturadas en el instante en que la una acaba de comunicarle a la otra su sentencia de muerte, el rostro enmascarado a dos palmos de distancia del rostro desnudo. El verdugo y su víctima. El cañón del fusil apunta a la garganta, adornada con un pequeño corazón de oro que cuelga de una cadena fina. Harry no lo ve, pero siente latir el pulso debajo de la delicada piel de la mujer.

Un sonido tenue y quejumbroso. Harry afina el oído. Pero no son las sirenas de la policía, sino un teléfono que resuena en la habitación contigua.

El atracador se vuelve y mira a la cámara de vigilancia que hay en el techo, detrás del mostrador. Levanta una mano y separa los cinco dedos enfundados en un guante negro, cierra la otra mano y enseña el dedo índice. Seis dedos. Han sobrepasado en seis segundos el tiempo estipulado. Se vuelve otra vez hacia Stine, coge el fusil con ambas manos, lo sostiene a la altura de la cadera y levanta la boca hasta que le apunta a la cabeza, separa un poco las piernas para amortiguar la fuerza de retroceso. El teléfono suena sin cesar. Un minuto y doce segundos. El anillo de diamantes brilla en la mano de Stine cuando la joven la levanta un poco, como para despedirse de alguien.

Son exactamente las 15.22.22 horas cuando aprieta el gatillo. Una detonación breve y sorda. La silla de Stine sale despedida hacia atrás, la cabeza le cuelga del cuello bailando, como la de una muñeca rota. La silla se vuelca. La cabeza retumba contra el borde del escritorio y desaparece de la vista de Harry, que tampoco puede ver el anuncio del nuevo plan de pensiones de Nordea, pegado en el exterior del cristal, encima del mostrador cuyo fondo, de pronto, aparece rojo. Lo único que Harry percibe es el teléfono que no para de emitir ese timbre persistente y chillón. El atracador pasa al otro lado del mostrador, corre hacia la mochila que está en el suelo. Harry tiene que tomar una decisión. El atracador coge la mochila. Harry se decide. Se levanta de la silla de un salto. Seis pasos largos. Llega al teléfono. Y coge el auricular.

—Háblame.

Durante la pausa que sigue oye el sonido de las sirenas de la policía procedente de la tele del salón, una canción de moda paquistaní de la casa de los vecinos y unos pasos rotundos en el rellano de la escalera que se parecen a los de la señora Madsen. Oye entonces una dulce risa al otro lado del hilo telefónico. Una risa de un pasado remoto. No medido en tiempo, pero remoto al fin y al cabo. Al igual que el setenta por ciento del pasado de Harry, que le sobreviene a intervalos irregulares, como rumores difusos o como pura invención suya. Sin embargo, esta era una historia que podía confirmar.

—¿De verdad sigues usando esa línea machista, Harry?

—¿Anna?

—Vaya, me impresionas.

Harry notó un calor dulce que se le extendía por el estómago, casi como el whisky. Casi. Vio en el espejo una foto que había colgado en la pared de enfrente. Eran él y Søs durante unas vacaciones lejanas de verano en Hvitsten, cuando eran pequeños. Ambos sonríen como lo hacen los niños, cuando todavía creen que nada malo puede ocurrirles.

—Y dime, Harry, ¿qué te gustaría hacer una noche de domingo?

—Bueno… —Harry notó que su voz automáticamente imitaba la de ella. Más profunda y titubeante que de costumbre. Pero eso no era lo que quería. Ahora no. Carraspeó hasta encontrar un tono más neutro—. Lo que la mayoría de la gente.

—¿O sea?

—Ver un vídeo.

cap-4

3

House of Pain

—¿Has estado viendo un vídeo?

La silla rota chirrió a modo de protesta cuando el agente Halvorsen se inclinó hacia atrás para mirar a su colega, el comisario Harry Hole, nueve años mayor que él, con una expresión de incredulidad en la cara joven y candorosa.

—Eso es —confirmó Harry pasándose el índice y el pulgar por la fina piel de las ojeras que tenía debajo de los ojos enrojecidos.

—¿Todo el fin de semana?

—Desde la mañana del sábado hasta la noche del domingo.

—Entonces, lo pasaste bien el viernes por la noche, por lo menos —dijo Halvorsen.

—Sí. —Harry sacó del bolsillo de la gabardina una libreta azul y la dejó sobre el escritorio que había enfrente del de Halvorsen—. He leído la transcripción de los interrogatorios.

Del otro bolsillo sacó una bolsa gris con café de la marca French Colonial. Él y Halvorsen compartían un despacho casi al final del pasillo, en la zona roja de la sexta planta de la comisaría de policía de Grønland, y hacía dos meses que habían comprado una máquina de café expreso Rancilio Silvio, a la que habían asignado un lugar de honor encima del archivador, debajo de una fotografía enmarcada que representaba a una chica sentada con los pies apoyados encima de un escritorio. Su cara pecosa parecía esforzarse por hacer un mohín, pero la risa había podido con ella. Las paredes del despacho le servían de fondo.

—¿Sabías que tres de cada cuatro agentes de policía confunden indiferente con inverosímil y dicen «Me es inverosímil» en lugar de «Me es indiferente»? —preguntó Harry mientras colgaba la gabardina en el perchero.

—Inverosímil.

—¿Qué has hecho este fin de semana?

—El viernes me lo pasé en un coche frente a la residencia del embajador de Estados Unidos, debido a una amenaza anónima de coche bomba que algún loco había anunciado por teléfono. Falsa alarma, por supuesto, pero estaban tan nerviosos que tuvimos que quedarnos hasta bastante tarde. El sábado intenté encontrar a la mujer de mi vida. El domingo llegué a la conclusión de que no existe. ¿Qué decían los interrogatorios sobre el atracador? —preguntó Halvorsen mientras dosificaba el café en un filtro doble.

—Nada —dijo Harry, y se quitó el jersey. Debajo llevaba una camiseta gris marengo que fue negra en su día y de la que casi había desaparecido la leyenda «Violent Femmes». Se desplomó en la silla con un suspiro—. No tenemos a nadie que viera al ladrón en las inmediaciones del banco antes del atraco. Un tipo salió del 7-Eleven de enfrente, en la calle Bogstadveien, y vio al atracador subir Industrigata a la carrera. Se fijó en él por la capucha. La cámara de vigilancia del exterior del banco los grabó cuando el atracador rebasó al testigo a la altura de un contenedor de hierro situado enfrente del 7-Eleven. Lo único interesante que pudo contarnos, y que no se aprecia en el vídeo, es que varios metros más arriba el atracador cruzó dos veces Industrigata, de la acera derecha a la izquierda.

—Un tío al que le cuesta decidirse por una acera. A mí me parece bastante inverosímil. —Halvorsen puso el filtro doble en el portafiltros—. Y nada interesante, vaya.

—Desde luego, qué poco sabes de atracos a bancos, Halvorsen.

—¿Y por qué iba a saber? Nosotros trincamos a asesinos, los ladrones son cosa de los de Hedmark.

—¿Los de Hedmark?

—¿No te has fijado al pasar por la sección de Atracos? Se oye su dialecto y se ven los jerséis típicos por todas partes. Pero entonces, ¿cuál es la explicación?

—La explicación es «Victor».

—¿La unidad canina?

—Por lo general, ellos son de los primeros en acudir a la escena del crimen y eso lo sabe cualquier atracador experto. Un buen perro puede seguir a un atracador que huya a pie por la ciudad, pero si cruza la calle y circulan coches por donde ha pisado él, el perro pierde el rastro.

—¿Y qué?

Halvorsen apelmazó el café con la cucharilla hasta que la torció. Luego se puso a alisar la superficie, operación que, según él, permitía distinguir a los profesionales de los aficionados.

—Eso refuerza la sospecha de que se trata de un atracador bien entrenado. Lo que a su vez nos permite reducir el número de personas en las que centrarnos mucho más drásticamente que si no hubiéramos tenido esa información. El jefe de la sección de Atracos me dijo…

—¿Ivarsson? Creía que no erais tan amigos como para pararos a charlar, precisamente.

—No lo somos, hablaba para el grupo de investigación del que formo parte. Y dijo que los que se dedican a cometer atracos en Oslo son menos de cien personas. De ellos, cincuenta son tan idiotas, están tan drogados o tan idos que se los atrapa casi siempre. La mitad de ellos están encerrados, de modo que quedan excluidos. Otros cuarenta son buenos artesanos que logran escapar si alguien les ha ayudado antes con la planificación. Y luego están los diez que son profesionales, los que se dedican a los transportes de valores y a las centrales de cómputo, y para atraparlos necesitamos un poco de suerte. Intentamos mantenernos al tanto de dónde se encuentran esos diez en cada momento. Hoy están comprobando sus coartadas.

Harry le echó una mirada a Silvia, que resopló desde el archivador.

—Y el sábado hablé con Weber, de la científica.

—Anda, yo creía que Weber se jubilaba este mes.

—Pues alguien habrá calculado mal. No es hasta el verano.

Halvorsen se echó a reír.

—Entonces me figuro que estará más agrio que de costumbre, ¿no?

—Sí, pero no es por eso —dijo Harry—. Él y su grupo no han encontrado una mierda.

—¿Nada?

—Ni una sola huella. Ni un pelo. Ni siquiera una fibra de ropa. Y las huellas de los zapatos indican que eran completamente nuevos.

—Así que no podrán cotejar el desgaste con otros zapatos, ¿no es eso?

—Correcto —confirmó Harry, alargando la primera o.

—¿Y el arma del atraco? —preguntó Halvorsen mientras llevaba una de las tazas de café hasta la mesa de Harry. Cuando lo miró, vio que Harry había enarcado una ceja hasta el nacimiento mismo del pelo rubio, que llevaba peinado de punta—. Perdona, el arma del crimen?

—Eso es. Pues no ha aparecido.

Halvorsen se sentó a su lado de la mesa, bebiendo a sorbitos el café.

—Así que, resumiendo, un hombre entra en un banco lleno de gente, a plena luz del día, coge dos millones de coronas y mata a una mujer, sale caminando y luego sube por una calle del centro de la capital de Noruega, una calle poco transitada de gente pero con bastante tráfico, situada a unos cien metros de la comisaría de policía. Y resulta que nosotros, profesionales remunerados, miembros de la real autoridad policial, no tenemos nada, ¿no es eso?

Harry asintió despacio con la cabeza.

—Casi. Tenemos el vídeo.

—Que tú te sabes ya de memoria segundo a segundo, si no te conozco mal.

—Bueno. Cada décima de segundo, supongo.

—¿Y puedes citar de memoria los informes de los testigos?

—Solo el de August Schultz. Nos contó muchas cosas interesantes sobre la guerra. Mencionó los nombres de sus rivales en el gremio de la confección, hombres que fueron lo que se llamaba buenos noruegos, y que participaron durante la guerra en la confiscación de propiedades a su familia. Sabía exactamente a qué se dedicaban hoy todos y cada uno. Pero no se enteró de que se había cometido un atraco.

Se terminaron el café en silencio. Las gotas de lluvia repiqueteaban contra la ventana.

—A ti te gusta esta vida —dijo Halvorsen de pronto—. Pasarte el fin de semana solo persiguiendo fantasmas.

Harry sonrió, pero no contestó.

—Creía que habías abandonado tu faceta de hombre solitario ahora que tienes compromisos familiares.

Harry lanzó al joven colega una mirada de advertencia.

—No sé si yo lo veo así —dijo despacio—. Ya sabes que ni siquiera vivimos juntos.

—No, pero Rakel tiene un hijo pequeño y eso cambia las cosas, ¿no?

—Sí, Oleg —dijo Harry empujando la taza hasta el archivador—. Se fueron a Moscú el viernes.

—¿Y eso?

—Un juicio. El padre del niño quiere la custodia.

—Es verdad. ¿Cómo es ese tipo? ¿Qué clase de persona es?

—Bueno. —Harry miró la cafetera, que se había quedado un poco torcida—. Es un catedrático al que Rakel conoció cuando trabajaba allí y se casó con él. Pertenece a una familia acaudalada e influyente y, según Rakel, tiene mucha mano en la esfera política.

—En ese caso, me figuro que también conocerá a algún juez.

—Seguramente, pero pensamos que todo va a salir bien. El tipo está loco de remate y todo el mundo lo sabe. Un alcohólico listo con escaso control de sus impulsos, ya sabes.

—Sí, creo que sí.

Harry levantó la vista a toda prisa, justo a tiempo de ver que a Halvorsen se le borraba una sonrisa burlona.

En efecto, los problemas de Harry con el alcohol eran de sobra conocidos en la comisaría. Y resulta que ser alcohólico no es, en sí, una razón de despido de un funcionario público, pero acudir al trabajo en estado de embriaguez sí lo es. La última vez que Harry recayó, fueron los de los pisos superiores quienes sugirieron que se le apartara del cuerpo pero, como de costumbre, el comisario jefe Bjarne Møller, jefe de la sección de Delitos Violentos, le echó a Harry una mano protectora argumentando que existían circunstancias atenuantes de carácter extraordinario. Dichas circunstancias se llamaban Ellen Gjelten, la chica de la foto que Harry tenía colgada encima de la cafetera, compañera de trabajo y buena amiga suya, a la que habían asesinado con un bate de béisbol en un camino junto al río Akerselva. Harry se había recuperado, pero la herida aún dolía. Sobre todo porque, en su opinión, el caso no estaba resuelto. Cuando Harry y Halvorsen encontraron las pruebas técnicas que inculpaban al neonazi Sverre Olsen, el comisario Tom Waaler se presentó rápidamente en el domicilio de Olsen para llevar a cabo la detención. Pero Olsen le disparó a Waaler, que a su vez mató a Olsen de un tiro en defensa propia. Todo ello según el informe de Waaler. Y ni los hallazgos del lugar del crimen ni la investigación de Asuntos Internos indicaban otra cosa. Sin embargo, tampoco se llegó a aclarar el motivo que pudiera haber tenido Olsen para asesinar a Ellen, salvo que la agente hubiese descubierto algún indicio de su posible implicación en la venta ilegal de armas que, en los últimos años, había sembrado Oslo de armas cortas. Pero Olsen no era más que un chico de los recados, y la policía aún no había dado con los que estaban detrás del negocio.

Harry solicitó volver a Delitos Violentos para poder seguir investigando el caso de Ellen, después de haber trabajado un periodo más o menos breve en el servicio secreto, en la última planta. Allí se alegraron de perderlo de vista. Y Møller se alegró de que volviera a la sexta planta.

—Bueno, pues voy a llevarle esto a Ivarsson a la sección de Atracos —dijo Harry agitando en la mano la cinta de VHS—. Quería echarle un vistazo junto con la nueva niña prodigio que tienen allí arriba.

—¿Ah, sí? ¿Quién es?

—Una que terminó la Escuela Superior de Policía este verano y que, por lo visto, ha resuelto ya tres casos de atraco solo mirando los vídeos.

—Vaya. ¿Y está buena o qué?

Harry suspiró.

—Los jóvenes sois demasiado predecibles. Solo espero que sea buena, lo demás no me interesa.

—¿Seguro que es una chica?

—Seguro que a los señores Lønn les pareció gracioso ponerle Beate a un niño.

—Tengo el presentimiento de que está buena.

—Espero que no —dijo Harry antes de, por instinto, agacharse para pasar su metro noventa y cinco por debajo del dintel.

—¿Y eso?

—Los policías competentes son feos —dijo desde el pasillo.

A primera vista, el aspecto de Beate Lønn no daba ninguna indicación ni de lo uno ni de lo otro. No era fea, habría incluso quien dijera que era bonita como una muñeca. Principalmente, porque todo en ella era pequeño, la cara, las orejas, el cuerpo. Beate era, ante todo, pálida. Tenía la piel y el cabello tan incoloros que a Harry le recordó el cadáver de una mujer que él y Ellen sacaron una vez del fiordo Bunnefjorden. Pero al contrario de lo que pasó con el cadáver, Harry tenía la sensación de que olvidaría el aspecto de Beate Lønn en cuanto la perdiese de vista. Algo que a Beate Lønn no pareció importarle mientras se presentaba con un susurro y dejaba que Harry le estrechara aquella mano pequeña y húmeda.

—Hole es algo así como una leyenda en esta casa, ¿sabes? —dijo el comisario jefe Rune Ivarsson, que, de espaldas a ellos, manoseaba un llavero. Encima de la puerta metálica de color gris que tenían delante se veía escrito en caracteres góticos «House of Pain». Y debajo: «Sala de la sección 508». ¿No es así, Hole?

Harry no contestó. No había razón para dudar de a qué categoría de leyenda se refería Ivarsson. Nunca se había esforzado mucho en ocultar que, en su opinión, Harry Hole era una vergüenza para el cuerpo, y que hacía tiempo que deberían haberlo expulsado.

Ivarsson consiguió abrir la puerta por fin y pudieron entrar. House of Pain era una sala especial que la sección de Atracos utilizaba para estudiar, redactar y copiar grabaciones de vídeo. En el centro se veía una mesa grande con tres puestos de trabajo, y no había ventanas. Las paredes estaban cubiertas por una estantería repleta de cintas de vídeo, una docena de notas con fotos de atracadores buscados, una pantalla grande, un mapa de Oslo y diferentes trofeos de cacerías de malos con final feliz. Por ejemplo, el que colgaba al lado de la puerta, dos mangas de jersey con agujeros para ojos y boca. Por lo demás, la decoración se componía de ordenadores grises, televisiones negras, reproductores de VHS y DVD, y de un montón de aparatos de todo tipo cuya utilidad Harry ignoraba.

—¿Qué ha sacado en claro del vídeo Delitos Violentos? —preguntó Ivarsson, dejándose caer en una de las sillas y haciendo hincapié en la palabra «violentos».

—Algo —dijo Harry dejando la casete en la estantería.

—¿Algo?

—No mucho.

—Es una pena que no vinierais a las conferencias que di en la cantina en septiembre. Todas las secciones estaban representadas menos vosotros, si no recuerdo mal.

Ivarsson era alto, con las extremidades largas y un flequillo rubio que le ondeaba encima de los ojos azules. Tenía una cara de rasgos muy masculinos, como los de los modelos de ropa de marca alemana estilo Boss, y aún conservaba el bronceado de tantas tardes de verano como había pasado en la pista de tenis, o quizá, de alguna que otra hora en el solario del gimnasio. Rune Ivarsson era lo que casi todo el mundo llamaría un hombre guapo y, bien mirado, confirmaba la teoría de Harry sobre la relación entre aspecto físico y competencia policial. Pero Rune Ivarsson sabía compensar la falta de talento para la investigación con el olfato para el politiqueo y las alianzas dentro de la jerarquía de la comisaría. Ivarsson tenía, además, esa confianza en sí mismo que mucha gente confunde con las dotes de mando. En el caso de Ivarsson, tal seguridad obedecía únicamente a que había sido bendecido con una ceguera total para sus propias limitaciones, lo que, indefectiblemente, lo llevaría a ascender hasta el día en que se convirtiera en jefe directo o indirecto de Harry. A priori, Harry no veía razón alguna para lamentar que se recurriera al ascenso con objeto de apartar de la investigación a los mediocres, pero el peligro con personas como Ivarsson era que fácilmente podía ocurrírseles que debían dirigir el trabajo de quienes sí entendían de investigación policial.

—¿Nos perdimos algo? —preguntó Harry, pasando el dedo por las pequeñas etiquetas manuscritas que ilustraban el dorso de las casetes.

—Puede que no —dijo Ivarsson—. A menos que a uno le interesen los pequeños detalles decisivos para la resolución de los casos criminales.

Harry consiguió resistir la tentación de decir que no había asistido porque sabía por oyentes anteriores que se trataba de unas conferencias fanfarronas, cuya única finalidad era contarle al mundo que desde que él, Ivarsson, ocupaba el puesto de jefe de la sección de Atracos, el porcentaje de casos resueltos había ascendido del 35 al 50 por ciento. Sin mencionar, claro está, que su traslado a ese puesto había coincidido con la fecha en la que se duplicó la plantilla, con una ampliación generalizada de las autorizaciones de seguimiento, y que, de ese modo, el grupo se había librado de su peor investigador: Rune Ivarsson.

—Creo que soy de los que tienen bastante interés —dijo Harry—. Así que cuéntame cómo resolvisteis este. —Sacó una de las casetes y leyó en voz alta lo que decía la etiqueta—: «20-11-94, Banco Sparebanken NOR, Manglerud».

Ivarsson sonrió.

—Claro. Los cogimos como se ha hecho siempre. Cambiaron de coche en el vertedero de Alnabru y le prendieron fuego al que dejaron. Pero no se quemó del todo. Encontramos los guantes de uno de los atracadores y dentro había un rastro con ADN. Lo cotejamos con las personas que nuestros hombres habían señalado como posibles autores después de haber visto el vídeo, y encontramos una coincidencia. A aquel idiota le cayeron cuatro años por disparar contra el techo. ¿Quieres saber algo más, Hole?

—Bueno. —Harry manoseaba la casete—. ¿Qué clase de rastro de ADN era?

—Ya te digo, uno que coincidía. —A Ivarsson se le encogió en un tic la comisura del ojo izquierdo.

—Vale, pero ¿qué era? ¿Piel muerta? ¿Una uña? ¿Sangre?

—¿Acaso importa? —La voz de Ivarsson sonaba ahora incisiva e impaciente.

Harry se dijo que debería mantener la boca cerrada. Que debería abandonar ese tipo de proyectos quijotescos. Que la gente como Ivarsson no aprendía nunca, de todos modos.

—Puede que no —se oyó decir—. A menos que a uno le interesen los pequeños detalles decisivos para la resolución de los casos criminales.

Ivarsson se quedó mirando a Harry fijamente. En aquella sala especialmente insonorizada, podía sentirse el silencio como una presión física en los oídos. Ivarsson abrió la boca para responder.

—Pelos de los nudillos.

Los dos se volvieron hacia Beate Lønn. Harry casi había olvidado que estaba allí. Ella los miró alternativamente y repitió casi en un susurro:

—Pelos de los nudillos… Esos pelos que crecen en el dedo… ¿no se llaman…?

Ivarsson carraspeó.

—Cierto que era un pelo. Aunque era un pelo de la mano, pero no creo que debamos dedicarle mucho tiempo. ¿Verdad, Beate? —Sin esperar la respuesta, dio un golpecito con el índice en el cristal de un reloj grande de pulsera que llevaba—. Bueno, yo tengo que irme. Pasadlo bien con el vídeo.

En cuanto la puerta se cerró, Beate cogió la casete que Harry tenía en la mano y la metió enseguida en el reproductor de VHS, que se la tragó con un zumbido.

—Dos pelos —dijo Beate—. En el guante izquierdo. Pelos de los nudillos. Y el vertedero era el de Karihaugen, no el de Alnabru. Pero lo de los cuatro años es verdad.

Harry la miró asombrado.

—Pero ¿eso no pasó bastante antes de que tú llegaras aquí?

Ella se encogió de hombros y pulsó el botón de reproducir del mando a distancia.

—No hay más que leer los informes.

—Ya —dijo Harry observándola de soslayo con mucho interés.

Se acomodó bien en la silla.

—Vamos a ver si este ha dejado algún pelo de nudillo.

El reproductor emitió un leve chirrido y Beate apagó la luz. Un segundo después, mientras aún brillaba la imagen azul de pausa en la pantalla, en la cabeza de Harry daba comienzo otra película. Breve, tan solo un par de segundos, una escena bañada en la luz azul del Waterfront, un club de Aker Brygge cerrado hacía ya mucho. Entonces no sabía cómo se llamaba la mujer de ojos castaños y risueños que intentaba decirle algo y hacerse oír a pesar de la música. Ponían música punk. Green On Red. Jason and The Scorchers. Le puso Jim Bean a la Coca-Cola y le dio igual cómo se llamara. Pero la noche siguiente lo supo: en la cama soltaron todas las riendas del caballo sin cabeza del cabecero, y empezaron su viaje inaugural. Harry sintió en el estómago el calor de la noche anterior cuando oyó su voz al teléfono.

Entonces prosiguió la otra película.

El hombre mayor había empezado su marcha para cruzar el local en dirección al mostrador mientras la cámara iba cambiando el ángulo de la toma cada cinco segundos.

—Thorkildsen, el de TV2 —dijo Beate Lønn.

—No, August Schultz —dijo Harry.

—Me refiero al montaje —dijo ella—. Parece un trabajo de Thorkildsen, el de TV2. Faltan unas décimas de segundo aquí y allá…

—¿Que faltan? ¿Cómo ves…?

—Por varias razones. Fíjate en el fondo. El Mazda rojo que se ve en la calle estaba en el centro de la imagen en dos cámaras cuando cambió. Un objeto no puede estar en dos sitios a la vez.

—¿Quieres decir que alguien ha manipulado la grabación?

—No, hombre. Todo el material de las seis cámaras del interior del local y de la exterior se ha grabado en una sola cinta. En la cinta original, la imagen cambia muy rápidamente de una cámara a otra, de forma que solo se ve una película. Por eso hay que montar la película de forma que obtengamos secuencias consecutivas más largas. A veces recurrimos a gente de las cadenas de televisión, si nosotros no tenemos capacidad para hacerlo. Ya sabes, la gente de la tele, como Thorkildsen, hace alguna trampa con la sincronización para que resulte más bonito, no tan intermitente. Una neurosis profesional, supongo.

—Neurosis profesional —repitió Harry, extrañado de que una chica tan joven utilizara una expresión así.

¿O no sería tan joven como él creyó en un principio? Algo pasó en cuanto se apagó la luz, el lenguaje corporal de su silueta se relajó, la voz se volvió más firme.

El atracador entró en el banco y gritó en inglés. Su voz resonó lejana y sorda, como a través de un edredón.

—¿Qué te parece eso? —preguntó Harry.

—Es noruego. Habla en inglés para que no reconozcamos su dialecto, su acento o palabras típicas que podamos relacionar con algún atraco anterior. Lleva ropa lisa que no deja fibras que luego podamos encontrar en el coche que utilizó para huir, en un apartamento de tapadera o en su propia casa.

—Ya, ¿qué más?

—Todas las aberturas de la ropa estaban tapadas con cinta adhesiva para no dejar rastros de ADN. Como pelos o sudor. Puedes ver que las perneras están sujetas con cinta alrededor de las botas, y las mangas, a los guantes. Apuesto a que llevaba cinta adhesiva alrededor de toda la cabeza y cera en las cejas.

—O sea, un profesional, ¿no?

Ella se encogió de hombros.

—El ochenta por ciento de los atracos a bancos se preparan con menos de una semana de antelación y los llevan a cabo personas que actúan bajo los efectos del alcohol o de las drogas. Este atraco estaba planificado y el atracador parece estar sobrio.

—¿Y eso cómo lo ves?

—Si contásemos con mejor iluminación y mejores cámaras, podríamos ampliar las imágenes y ver las pupilas, pero aquí no tenemos nada de eso, así que estudio su lenguaje corporal. Movimientos pausados y pensados, ¿lo ves? Si ha consumido algo, lo más probable es que no sea ni speed ni ningún anfetamínico. Rohypnol, quizá. Es el favorito.

—¿Por qué?

—Un atraco a un banco es una experiencia extrema. No necesitas speed, sino todo lo contrario. El año pasado hubo un tipo que entró en el banco DnB, el de la plaza de Solli, con un arma automática, pegando tiros al techo y a las paredes y al final salió corriendo sin el dinero. Le dijo al juez que había tomado tantas anfetaminas que tenía que soltarlas de algún modo. A mí me gustan más los atracadores que toman Rohypnol, no sé si me entiendes.

Harry señaló la pantalla con la cabeza.

—Mira los hombros de Stine Grette en el mostrador uno, ahí pulsa la alarma. Y, de pronto, el sonido de la reproducción se vuelve mucho mejor. ¿Por qué?

—La alarma está conectada a una máquina de vídeo, y cuando se dispara, la película empieza a pasar mucho más deprisa. Eso mejora bastante las imágenes y el sonido. Tanto, que podemos efectuar un análisis de la voz del atracador. Y entonces no le sirve de nada haber hablado en inglés.

—¿De verdad que es tan eficaz como dicen?

—El sonido de las cuerdas vocales es como las huellas dactilares. El analista de voces de la Politécnica de Trondheim puede cotejar dos voces con un acierto del noventa y cinco por ciento de fiabilidad si le damos diez palabras en una cinta.

—Ya. Pero no podría hacerlo con la calidad de sonido que se obtiene antes de que salte la alarma.

—No, entonces no es tan fiable.

—Así que por eso grita primero en inglés y luego, cuando calcula que se ha disparado la alarma, utiliza a Stine Grette para que hable por él.

—Eso es.

Estudiaron en silencio al atracador vestido de negro mientras lo veían saltar por encima del mostrador y ponerle a Stine Grette el cañón del arma en la cabeza antes de susurrarle sus órdenes al oído.

—¿Qué te parece la reacción de ella? —preguntó Harry.

—¿A qué te refieres?

—La expresión de su cara. Parece bastante tranquila, ¿no crees?

—A mí no me llama la atención. Por lo general, se puede sacar poca información de una expresión. Apuesto a que rondaba las ciento ochenta pulsaciones.

Luego apareció Helge Klementsen, trajinando en el suelo delante del cajero.

—Espero que le ofrezcan una buena terapia —dijo Beate meneando la cabeza—. Conozco casos de personas que han acabado psíquicamente inválidas después de pasar por un atraco así.

Harry no hizo ningún comentario, pero pensó que sería una afirmación que habría oído de cualquier colega de más edad.

El atracador se dio la vuelta y les enseñó seis dedos.

—Interesante —murmuró Beate al tiempo que, sin bajar la vista, anotaba algo en el bloc que tenía delante.

Harry seguía de reojo los movimientos de la joven agente y vio que, literalmente, daba un respingo en la silla cuando se producía el disparo. Mientras el atracador, en la pantalla, saltaba por encima del mostrador, cogía la mochila y se dirigía a la puerta, Beate se quedó boquiabierta y hasta se le cayó el bolígrafo de la mano.

—El último fragmento no lo hemos colgado en internet, ni se lo hemos dado a las cadenas de televisión —dijo Harry—. Mira, ahora aparece en la cámara que hay en el exterior del banco.

Vieron al atracador, que, con el semáforo en verde, cruzaba deprisa el paso de peatones de la calle Bogstadveien antes de subir por Industrigata y desaparecer de la imagen.

—¿Y la policía? —preguntó Beate.

—La comisaría más próxima está en la calle Sørkedalsveien, justo después de pasar la estación de peaje, a tan solo ochocientos metros del banco. Aun así, transcurrieron tres minutos desde que se activó la alarma hasta su llegada. Así que el atracador tuvo unos dos minutos para escapar.

Beate miró pensativa a la pantalla, donde los coches y las personas desfilaban como si nada.

—La huida estaba tan bien planeada como el atraco. Tendría el coche para la fuga a la vuelta de la esquina, para que las cámaras del exterior del banco no lo captaran. Ha tenido suerte.

—Puede —dijo Harry—. Por otro lado, no da la impresión de que sea un individuo que se confíe a la suerte, ¿no?

Beate se encogió de hombros.

—La mayoría de los atracos parecen bien planeados si salen bien.

—De acuerdo pero, en este caso, la probabilidad de que la policía tardara era bastante alta, ya que el viernes a esa hora todas las patrullas estaban ocupadas en otro sitio, es decir…

—… delante de la residencia del embajador de Estados Unidos —exclamó Beate dándose una palmada en la frente—. La llamada anónima sobre el coche bomba. Yo libré el viernes, pero lo vi todo en las noticias de la tele. Y con la histeria general reinante, todos acudieron allí, claro.

—No encontraron ninguna bomba.

—Por supuesto que no. Es un truco clásico, inventar algo que mantenga a la policía ocupada en otro sitio, justo antes de un atraco.

Se quedaron sentados en silencio viendo la última parte de la grabación. August Schultz, que esperaba delante del paso de peatones. El hombrecito verde cambió a rojo y otra vez a verde sin que el anciano se hubiera movido. ¿A qué esperaba?, pensó Harry. Una anomalía, una secuencia de hombrecito verde de longitud superior a la normal. ¿Una especie de año bisiesto de los semáforos? Bueno. No tardaría en llegar. Oyó a lo lejos las sirenas de la policía.

—Hay algo que no encaja —dijo Harry.

Beate Lønn respondió suspirando cansadamente como una anciana.

—Siempre hay algo que no encaja.

Entonces terminó la película y una nevada asoló bruscamente la pantalla.

cap-5

4

Eco

—¿Nieve?

Harry gritaba por el móvil mientras subía a la acera.

—Vaya que sí —confirmó Rakel a través de la mala conexión de Moscú, que prolongó la respuesta en un eco vibrante—:… í-í-í.

—¿Hola?

—Aquí hace un frío horrible… ble-ble-ble. Tanto dentro como fuera… era-era-era.

—¿Y en la sala de vistas?

—Allí también estamos bajo cero. Cuando vivíamos aquí, hasta su madre decía que debería mudarme con Oleg. Ahora se ha sumado a los demás y me lanza miradas llenas de odio… dio.

—¿Cómo va el asunto?

—¿Cómo quieres que lo sepa?

—Bueno. En primer lugar, porque eres abogada y, en segundo lugar, porque hablas ruso.

—Harry, al igual que otros ciento cincuenta millones de rusos, no entiendo una palabra del sistema judicial de aquí, ¿vale… le?

—Vale. ¿Qué tal lo lleva Oleg?

Harry repitió la pregunta una vez más, pero no obtuvo respuesta, y apartó el móvil para comprobar si se había cortado la conexión, pero en la pantalla pasaban los segundos de la llamada en curso, de modo que volvió a llevarse el aparato a la oreja.

—¿Hola?

—Hola, Harry, te oigo… go. Te echo de menos… nos. ¿Por qué te ríes… es?

—Te repites, es el eco.

Harry ya había llegado a la puerta, sacó las llaves y entró en el portal.

—¿Te parezco una pesada, Harry?

—Por supuesto que no.

Harry saludó con la cabeza a Ali, que estaba intentando pasar el trineo por la puerta del sótano.

—Te quiero. ¿Estás ahí? ¡Te quiero! ¿Hola?

Decepcionado, Harry apartó la vista del teléfono muerto y se encontró con la sonrisa radiante del vecino paquistaní.

—Sí, a ti también, Ali —murmuró mientras intentaba marcar el número de Rakel otra vez.

—El botón de rellamada —dijo Ali.

—¿Qué?

—Nada. Oye, avísame si quieres alquilar el trastero del sótano. No lo utilizas mucho, ¿no?

—Ah, pero ¿tengo un trastero en el sótano?

Ali alzó la vista al cielo.

—¿Cuánto hace que vives aquí, Harry?

—Te decía que te quiero.

Ali miró extrañado a Harry, que, por señas, le explicó que había recuperado la conexión. Subió corriendo las escaleras empuñando la llave como si fuera la vara de un zahorí.

—Por fin, ya podemos hablar —dijo Harry una vez en el interior de aquel apartamento de dos habitaciones, espartano pero pulcro, que a tan buen precio había comprado a finales de los años ochenta, cuando el mercado inmobiliario estaba en el momento de mayor corrupción.

Harry había pensado en más de una ocasión que, con aquella compra, había agotado para el resto de su vida la parte de buena suerte que le correspondía.

—Me habría gustado que estuvieras aquí con nosotros, Harry. Oleg también te echa de menos.

—¿Lo ha dicho?

—No hace falta que lo diga. En eso os parecéis.

—Oye, acabo de decir que te quiero. Tres veces. Con el vecino escuchando. ¿Sabes lo que cuesta eso?

Rakel se echó a reír. Harry adoraba aquella risa desde la primera vez que la oyó. Y el instinto le decía que haría cualquier cosa para poder escucharla a menudo. A ser posible, todos los días.

Se quitó los zapatos y sonrió al ver que el contestador de la entrada parpadeaba, avisándole de que había un mensaje. No le hacía falta ser adivino para saber que era de Rakel, de aquella mañana. Solo ella lo llamaba a casa.

—¿Cómo sabes que me quieres? —preguntó Rakel con voz melosa. El eco había desaparecido.

—Noto cierto calor en… ¿cómo se llama?

—¿El corazón?

—No, no, está un poco más abajo y por detrás del corazón. ¿Serán los riñones? ¿El hígado? ¿El bazo? Sí, eso es, noto cierto calor en el bazo.

Harry no estaba seguro de si lo que se oyó al otro lado fue llanto o risa. Pulsó el botón para reproducir los mensajes del contestador.

—Espero que podamos volver dentro de catorce días —oyó decir a Rakel en el móvil, antes de que el contestador ahogara su voz.

«Hola, soy yo otra vez…»

A Harry le dio un vuelco el corazón y reaccionó sin pensar siquiera. Pulsó el botón de parada, pero se diría que el eco de las palabras pronunciadas por aquella voz de mujer, algo ronca e insinuante, siguiera flotando en el aire.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Rakel.

Harry tomó aire. Una idea intentó abrirse camino hasta el cerebro antes de que pudiera responder, pero llegó demasiado tarde.

—Nada, la radio. —Carraspeó ligeramente—. Cuando lo sepas, dime en qué vuelo llegáis para que vaya a buscaros.

—Claro que sí —dijo Rakel, extrañada.

Se hizo un silencio algo incómodo.

—Harry, tengo que irme ya —dijo Rakel—. Nos llamamos esta tarde sobre las ocho, ¿vale?

—Sí. Bueno, no, a esa hora estaré ocupado.

—¿Ah, sí? Espero que esta vez sea algo divertido.

—Bueno —dijo Harry respirando hondo—. Al menos voy a salir con una mujer.

—Vaya. ¿Quién es la afortunada?

—Beate Lønn. Una agente nueva de la sección de Atracos.

—¿Y cuál es el motivo de la cita?

—Una conversación con el marido de Stine Grette, la empleada de banco a la que mataron en el atraco de la calle Bogstadveien, ya sabes. También hablaremos con el director de la sucursal.

—Bueno, que vaya bien la cosa. Nos llamamos mañana. Oleg quiere darte las buenas noches.

Harry oyó unos pasitos acelerados y, acto seguido, la respiración agitada del pequeño en el auricular.

Después de colgar, Harry se quedó un rato en la entrada, mirando fijamente el espejo que había sobre la mesa del teléfono. Si su teoría era correcta, el agente de policía al que ahora observaba tenía que ser bastante eficiente. Un par de ojos enrojecidos a ambos lados de una narizota surcada de una red de venillas violáceas, todo ello plantado en una cara pálida y huesuda plagada de poros. Las arrugas parecían muescas de cuchillo grabadas al azar en una viga de madera. ¿Cómo se había producido el cambio? Vio en el espejo la pared que tenía detrás, donde colgaba la foto de aquel niño risueño y bronceado, con su hermana. Pero Harry no buscaba la belleza o la juventud perdida. En efecto, la idea de hacía unos minutos había logrado abrirse camino, por fin. Buscaba en su fisonomía ese rasgo traicionero, esquivo y cobarde que acababa de incitarlo a romper una de las promesas que se había hecho a sí mismo: que nunca, jamás, fuese como fuera, le mentiría a Rakel. De todas las piedras que pudieran hallar en el camino, y no eran pocas, su relación con Rakel nunca tropezaría con la de la mentira. Entonces ¿por qué lo hizo? Era cierto que él y Beate iban a interrogar al marido de Stine Grette, pero ¿por qué no le contó que había quedado con Anna después? Una vieja historia, ¿y qué? Fue una aventura breve y atormentada que dejó cicatrices, pero ninguna lesión permanente. Hablarían, tomarían un café, se contarían cómo les iban las cosas. Y luego se marcharían cada uno por su lado.

Harry pulsó el botón para escuchar el resto del mensaje del contestador. La voz de Anna inundó el vestíbulo.

«Me alegro de que vayamos a vernos esta noche en M. Solo quería decirte dos cosas. ¿Podrías pasarte por el cerrajero de la calle Vibe y recoger unas llaves que encargué? Está abierto hasta las siete, y he dado tu nombre para que puedas retirarlas. Y, por favor, ¿podrías ponerte los vaqueros que sabes que tanto me gustaban?»

Una risa profunda y algo ronca.

Era la misma, sin duda.

cap-6

5

Némesis

En la oscuridad prematura del cielo de octubre, la lluvia dibujaba líneas veloces al contraluz del farolillo que colgaba sobre la placa de cerámica en la que Harry leyó «Aquí viven Espen, Stine y Trond Grette». «Aquí» era una casa adosada de Disengrenda. Tocó el timbre y miró a su alrededor. Disengrenda consistía en cuatro hileras de casas adosadas en medio de un descampado llano y extenso rodeado de bloques de viviendas que a Harry le recordaron a los intentos de los colonizadores por protegerse de los ataques de los indios. Y quizá fuera esa la intención. Aquellas casas adosadas se construyeron en los años sesenta con la idea de alojar a la clase media, que no paraba de crecer. La mermada población obrera autóctona de los edificios de Disenveien y Traverveien habría comprendido ya por aquel entonces que esos eran ahora los vencedores, los que asumirían la hegemonía del país en construcción.

—Parece que no está en casa —dijo Harry llamando al timbre una vez más—. ¿Estás segura de que entendió que veníamos esta tarde?

—No.

—¿Cómo que no?

Harry se volvió hacia Beate Lønn, que tiritaba debajo del paraguas. Llevaba falda y zapatos de tacón y, cuando la recogió en el Schrøder, le dio la impresión de que se había vestido para ir de visita.

—Grette confirmó la cita dos veces cuando llamé —aseguró la joven—. Pero parecía bastante… alterado.

Harry se asomó por la barandilla de la escalera y pegó la nariz a la ventana de la cocina. Dentro estaba oscuro y no vio más que un calendario blanco con el logo de Nordea colgado en la pared.

—Pues nos vamos —dijo.

En ese momento, se abrió de golpe la ventana de la cocina de la casa contigua.

—¿Buscáis a Trond?

La pregunta resonó con el acento de Bergen, con un deje tan marcado que todas las erres sonaban como si estuviera descarrilando un tren de cercanías. Harry se dio la vuelta y vio la cara morena y arrugada de una mujer que parecía querer sonreír y adoptar un aspecto grave al mismo tiempo.

—Sí —dijo Harry.

—¿Sois parientes?

—Policías.

—Ya —respondió la señora, borrando enseguida la expresión de funeral—. Creí que veníais a darle el pésame. El pobre está en la pista de tenis.

—¿En la pista de tenis?

La mujer señaló con el dedo.

—Al otro lado del descampado. Lleva ahí desde las cuatro.

—Pero si es de noche —dijo Beate—. Y está lloviendo.

La mujer se encogió de hombros.

—Será el dolor.

Arrastraba tanto las erres que Harry recordó su infancia en Oppsal y los trozos de papel que solían fijar a las ruedas de las bicicletas para que fueran golpeando los radios.

—Veo que tú también eres de la parte este de la ciudad —le dijo Harry a Beate mientras caminaban en la dirección que les había indicado la vecina—. ¿O me equivoco?

—No —respondió Beate.

La pista de tenis estaba en el descampado, a medio camino entre los bloques de pisos y las casas adosadas. Se oían los golpes sordos de la pelota mojada contra las cuerdas de la raqueta y, al otro lado de una malla muy elevada, divisaron la silueta de un hombre que estaba a punto de hacer un saque en la oscuridad otoñal, que caía rápidamente.

—¡Hola! —gritó Harry al llegar a la malla.

El hombre que estaba al otro lado no contestó. Hasta entonces no habían visto que llevaba chaqueta, camisa y corbata.

—¿Trond Grette?

El hombre lanzó una pelota que dio en un charco negro, rebotó en la malla y les salpicó una fina ducha de agua de lluvia que Beate paró con el paraguas.

Beate tironeó de la puerta.

—Ha cerrado por dentro —susurró.

—¡Hole y Lønn, de la policía! —gritó Harry—. Teníamos una cita, ¿podemos…? ¡Joder!

Harry no vio la pelota hasta que esta fue a estrellarse en la malla, donde se quedó incrustada, a un palmo de la cara. Se secó el agua de los ojos y se miró la ropa. Parecía recién pintada a pistola, con agua sucia de color marrón rojizo. Al ver que el hombre lanzaba al aire la siguiente pelota, Harry se puso de espaldas.

—¡Trond Grette! —El grito de Harry resonó haciendo eco entre los bloques.

Una pelota dibujó una parábola en el resplandor de las luces del bloque, antes de quedar engullida por la oscuridad y aterrizar en algún lugar del descampado. Harry se dio la vuelta, mirando otra vez a la pista, justo a tiempo de oír un grito salvaje y ver que una persona salía de la negrura y se le abalanzaba a toda velocidad. La malla acogió al jugador con un chirrido. Este cayó a cuatro patas en la gravilla, se levantó, tomó impulso y se abalanzó una vez más contra la malla. Cayó, se levantó y volvió a atacar.

—Dios mío, se ha vuelto majareta —murmuró Harry.

Retrocedió instintivamente un paso cuando, de pronto aparecieron ante él una cara pálida y un par de ojos desencajados. Era Beate, que había encendido la linterna y la dirigía hacia Grette, que se había quedado colgado de la malla. Tenía el pelo oscuro empapado y pegado a la frente pálida, y la mirada como si buscara un objetivo en el que fijar la atención mientras se deslizaba hacia abajo por la malla, igual que cuando chorrea la nieve sucia por la ventanilla de un coche, hasta que se quedó inmóvil en el suelo.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo Beate.

Harry notó que algo le crujía entre los dientes, se escupió en la mano y, a la luz de la linterna, vio que era gravilla roja de la pista de tenis.

—Tú llamas a una ambulancia mientras yo busco unos alicates en el coche —respondió.

—¿Y le administraron algún tranquilizante? —preguntó Anna.

Harry asintió con la cabeza al tiempo que le daba un trago al refresco.

Los clientes del local, todos pijos y apenas adultos, ocupaban los taburetes que había a su alrededor, bebían vino en copas relucientes o tomaban cola light. M era, como la mayoría de los bares de Oslo, un establecimiento urbano un tanto provinciano y naïf pero de un modo relativamente simpático que a Harry le recordaba a Diss, aquel chico de la clase de secundaria, educado y empollón, al que pillaron con un librito donde iba anotando las expresiones de la jerga que utilizaban los chicos más populares de la clase.

—Llevaron al pobre hombre al hospital. Luego hablamos otro ratito con la vecina y ella nos contó que Grette se había pasado las noches haciendo saques desde que asesinaron a su mujer.

—Madre mía, ¿y eso por qué?

Harry se encogió de hombros.

—No es de extrañar que la gente sufra una psicosis cuando pierde a un ser querido de esa forma. Hay quienes, simplemente, lo niegan todo y fingen que el muerto sigue vivo. Según la vecina, Stine y Trond Grette hacían muy buena pareja en dobles mixtos y se pasaban entrenando casi todas las tardes.

—¿Así que era como si esperara que la mujer le devolviera el saque?

—Podría ser.

—¡Qué barbaridad! ¿Me pides una cerveza mientras voy a los aseos?

Anna se puso en pie contoneándose y desapareció hacia el fondo del local. Harry no intentó mirarla mientras se alejaba. No tenía por qué, ya había visto lo que necesitaba. Anna tenía ahora algunas arrugas alrededor de los ojos y un par de cabellos grises en aquella melena negra; por lo demás, era la misma. Los mismos ojos negros de expresión casi acosada bajo unas cejas muy juntas, la misma nariz fina y alta sobre unos labios carnosos, algo vulgares, y las mejillas hundidas que a veces le otorgaban una expresión hambrienta. Quizá no pudiera decirse que fuera guapa, tenía unas facciones demasiado duras y rotundas, pero aquel cuerpo esbelto conservaba aún suficientes curvas como para que al menos dos hombres, según contó Harry, perdieran el hilo al verla pasar hacia los servicios.

Harry encendió otro cigarrillo. Después de visitar a Grette fueron a ver a Helge Klementsen, el director de la sucursal, que tampoco les proporcionó mucho con que trabajar. El hombre seguía más o menos conmocionado, y lo encontraron sentado en un sillón de su casa, un edificio de dos apartamentos situado en la calle Kjelsås, mirando ya al caniche gigante que le correteaba entre las piernas, ya a su mujer, que correteaba entre la cocina y el salón para servirles un café y las pastas más secas que Harry había probado en la vida. La ropa que había elegido Beate armonizaba más con el hogar burgués de la familia Klementsen que los Levis raídos y las botas Dr. Martens de Harry. Aun así, fue sobre todo Harry quien conversó con la señora Klementsen, que no paraba de ir de aquí para allá, sobre la cantidad inusual de precipitaciones de este otoño y sobre el arte de hacer galletas, interrumpidos de vez en cuando por el resonar grave de pasos y sollozos procedentes del piso de arriba. La señora Klementsen les dijo que su hija Ina, pobrecita, estaba embarazada de seis meses de un hombre que acababa de largarse a Kos, porque era griego. Harry estuvo a punto de atragantarse con la galleta que tenía en la boca cuando por fin Beate tomó la palabra. Con total serenidad se dirigió a Helge Klementsen, quien ya no tenía por qué seguir al perro con la mirada puesto que el animal acababa de salir por la puerta del salón, y le preguntó:

—¿Qué estatura dirías que tenía el atracador?

Helge Klementsen la miró y se llevó la taza de café casi hasta la boca, donde, necesariamente, tuvo que mantenerla en el aire, pues no podía beber y hablar al mismo tiempo.

—Era alto. Dos metros, quizá. Stine siempre llegaba puntual al trabajo.

—Tan alto no era, señor Klementsen.

—Bueno, pues uno noventa. Y siempre iba bien vestida.

—¿Y cómo iba vestido el atracador?

—Llevaba algo negro, como de goma. Este verano fue la primera vez que se tomó unas vacaciones de verdad. Se fue a Kos.

La señora Klementsen resopló.

—¿Cómo que de goma? —dijo Beate.

—Sí, como de goma. Y llevaba capucha.

—¿De qué color, señor Klementsen?

—Roja.

En ese momento, Beate dejó de tomar notas. Minutos después, ya estaban en el coche camino del centro.

—Si los jueces y los jurados supieran lo poco fiables que son los testimonios de los testigos en relación con atracos de este tipo, no nos permitirían utilizarlos como pruebas —dijo Beate—. Es fascinante el margen de error de las reconstrucciones mentales de los testigos; es como si el miedo les pusiera una lente a través de la cual los atracadores parecen más altos y más negros, las armas, más numerosas, y los segundos, más largos. El atracador tardó poco más de un minuto, pero la señora Brænne, la mujer que estaba en el mostrador más próximo a la entrada, dijo que estuvo en el banco cinco minutos como mínimo. Y no mide dos metros, sino metro setenta y ocho. A no ser que utilizara plantillas, lo que tampoco es inusual entre los profesionales.

—¿Cómo puedes estar tan segura de la estatura?

—Por el vídeo. Mides la altura en el marco de la puerta cuando el atracador entra. Estuve en el banco esta mañana, tracé unas marcas con tiza, saqué fotos nuevas y medí.

—Ya. En Delitos Violentos encomendamos ese tipo de trabajos de medición a la científica.

—La medición de la estatura a partir de un vídeo es algo más complicada de lo que parece. La científica se equivocó en tres centímetros en la estatura del atracador del banco DnB de Kaldbakken en 1989, así que prefiero hacer las mediciones por mí misma.

Harry la miró pensando si debía preguntarle por qué se había hecho policía, pero optó por preguntarle si podía dejarlo delante del cerrajero de la calle Vibe. Antes de bajarse del coche, le preguntó también si se había fijado en que Klementsen no derramó una sola gota de la taza de café que sostenía en el aire mientras ella lo interrogaba, pero Beate no se había percatado de ese detalle.

—¿Te gusta este sitio? —preguntó Anna, sentándose otra vez en el taburete.

—Bueno. —Harry miró a su alrededor—. No es mi tipo de bar.

—El mío tampoco. —Anna cogió el bolso y se levantó—. Vamos a mi casa.

—Acabo de pedirte una cerveza. —Harry señaló con la cabeza la jarra de medio litro llena de líquido espumoso.

—Es que es muy aburrido beber sola —señaló Anna con un mohín—. Relájate, Harry. Ven.

Fuera había dejado de llover y el aire fresco y recién purificado olía bien.

—¿Recuerdas aquel día de otoño que fuimos en coche al valle de Maridalen? —preguntó Anna al tiempo que echaba a andar cogida de su brazo.

—No —dijo Harry.

—¡Claro que te acuerdas! En ese Ford Escort lamentable tuyo al que no se le pueden bajar los asientos.

Harry sonrió.

—Te estás ruborizando —dijo ella entusiasmada—. Entonces seguro que también recordarás que aparcamos y nos adentramos en el bosque. Y todas aquellas hojas amarillas eran como un… —le apretó el brazo—, un lecho. Como una cama. Firme y dorada—Se echó a reír y le dio una palmadita—. Y después tuve que ayudarte a empujar aquel muerto de coche. Supongo que ya te habrás deshecho de él, ¿no?

—Bueno —dijo Harry—. Está en el taller. Ya veremos.

—Madre mía. Cualquiera diría que estás hablando de un amigo al que tienes en el hospital con un tumor o algo así. —Y añadió, con un tono suave—: No deberías haberte rendido tan fácilmente, Harry.

Él no respondió.

—Es aquí —dijo ella—. De eso sí que te acuerdas, ¿no?

Se habían detenido delante de una puerta azul en Sorgenfrigata.

Harry se soltó con delicadeza.

—Verás, Anna —comenzó intentando no hacer caso de la mirada de advertencia—. Tengo una reunión mañana muy temprano con la unidad de vigilancia personal de la sección de Atracos.

—Ni lo intentes —dijo ella mientras abría la puerta.

De pronto, Harry recordó el encargo, metió la mano en el bolsillo interior de la gabardina y le entregó a Anna un sobre amarillo.

—Del cerrajero.

—Ah, la llave. ¿Algún problema a la hora de retirarla?

—El tío del mostrador estudió a fondo mi identificación. Y tuve que firmar. Un tipo muy raro.

Harry miró el reloj y bostezó.

—Son muy estrictos a la hora de entregar esas llaves especiales —dijo Anna rápidamente—. Valen para todo el edificio, la puerta de entrada, la del sótano, la del apartamento, para todo. —Dejó escapar una risa repentina y nerviosa—. Para aceptar el encargo de esta copia, pidieron una autorización escrita de la comunidad.

—Comprendo —dijo Harry, que se balanceó sobre los talones y tomó aire dispuesto a darle las buenas noches.

Ella se le adelantó y, con voz casi suplicante, le dijo:

—Solo un café, Harry.

La misma araña colgaba sobre los mismos muebles antiguos del comedor del gran salón. Harry creía recordar que las paredes eran claras, de color blanco o quizá amarillo pálido, pero no estaba seguro. En cualquier caso, ahora eran azules y la habitación parecía más pequeña. Tal vez Anna hubiera querido reducir el vacío. No debe de ser fácil, para una persona sola, llenar un piso de tres salones y dos dormitorios enormes con techos de tres metros y medio de altura. Harry recordaba que Anna le había contado que su abuela también había vivido sola allí, aunque no pasaba mucho tiempo en el apartamento pues era una soprano famosa y, mientras pudo cantar, estuvo viajando por todo el mundo.

Anna se fue a la cocina y Harry echó una mirada al salón. No había muebles ni decoración alguna, solo un potro con dos aros en la parte superior. Estaba en el centro de la habitación, era tan alto como un poni islandés y descansaba sobre cuatro patas de madera. Harry se acercó al potro y pasó la mano por la piel marrón y lisa.

—¿Has empezado a hacer gimnasia? —le preguntó a Anna alzando la voz.

—¿Te refieres al potro? —dijo Anna desde la cocina.

—Creía que era un aparato para hombres.

—Y lo es. ¿Estás seguro de que no te apetece una cerveza, Harry?

—Totalmente seguro —respondió—. Pero dime, en serio, ¿por qué lo tienes aquí?

Harry se sobresaltó cuando, de repente, oyó la voz de Anna justo a su espalda.

—Porque me gusta hacer cosas de hombres.

Harry se dio la vuelta. Anna se había quitado el jersey y se había parado en el umbral de la puerta. En el último instante, se las arregló para disimular la curiosidad.

—Se lo compré a la Asociación de Gimnasia de Oslo. Se convertirá en una obra de arte. Una instalación. Como la que llamé Contacto, que seguramente recordarás.

—¿Te refieres a aquella caja que colocaste en una mesa cubierta con una cortina y en la que había que meter la mano? Tenía un montón de manos artificiales dentro y se suponía que había que estrecharlas, ¿no?

—O acariciarlas. O flirtear con ellas. O rechazarlas. Dentro había unos radiadores que mantenían las manos artificiales a la temperatura del cuerpo humano, y así daban el pego, ¿no es cierto? La gente creía que había alguien escondido debajo de la mesa. Ven, deja que te enseñe otra cosa.

Harry la siguió hacia el salón del fondo. Anna abrió unas puertas correderas, cogió a Harry de la mano y lo condujo hacia el interior a oscuras. Cuando encendió la luz, Harry se quedó mirando la lámpara. Era una lámpara de pie dorada con forma de mujer, que sostenía una balanza en una mano y una espada en la otra. Tenía tres focos que coronaban la punta de la espada, la balanza y la cabeza de la mujer, respectivamente, y cuando Harry se dio la vuelta vio que los focos iluminaban sendas pinturas al óleo. Dos de ellas estaban colgadas de la pared y la tercera, que parecía inacabada, descansaba en un caballete de cuya esquina izquierda pendía una paleta con manchas de color ocre y amarillo.

—¿Qué son estos cuadros? —quiso saber Harry.

—Son retratos, ¿no lo ves?

—Ya. ¿Esto de aquí son los ojos? —Fue señalando con el dedo—. ¿Y eso, la boca?

Anna ladeó la cabeza.

—Si a ti te lo parece… Son tres hombres.

—¿Alguno que yo conozca?

Anna se quedó pensativa y miró a Harry un buen rato antes de contestar.

—No, creo que no conoces a ninguno. Pero puedes llegar a conocerlos. Si lo deseas de verdad.

Harry estudió detenidamente los cuadros.

—Dime lo que ves.

—Veo a mi vecino en un trineo. Veo a un tío saliendo al mismo tiempo que yo de la trastienda del cerrajero. Y veo al camarero del M. ¡Ah!, y al presentador Per Ståle Lønning.

Anna rompió a reír.

—¿Sabías que la retina invierte los objetos y que así es como lo percibe el cerebro en primer lugar? Para ver las cosas como son realmente, hay que observarlas en un espejo. Si lo hicieras, verías en los cuadros a otras personas totalmente distintas. —Anna hablaba con el brillo del entusiasmo en la mirada y Harry no tuvo valor para contradecirla y decirle que la retina no invierte las imágenes de forma especular, sino que las pone boca abajo—. Esta será mi obra maestra, Harry. La obra por la que se me recordará.

—¿Estos retratos?

—No, ellos solo constituyen una parte del conjunto de la obra. Aún no está terminada. Pero ya la verás.

—Ya. ¿Cómo piensas llamarla?

—Némesis —dijo en voz baja.

Harry la miró extrañado y las miradas de ambos quedaron en suspenso un instante.

—Por la diosa, ya sabes.

La mitad del rostro de Anna estaba en sombras. Harry desvió la mirada. Ya había visto bastante. Tenía la espalda arqueada, como esperando una pareja de baile, un pie un poco adelantado, como indeciso sobre si ir o venir, el pecho jadeante y el cuello, esbelto y surcado por una vena donde Harry creyó distinguir sus latidos. Se sentía acalorado, como si le estuviera dando un mareo. ¿Qué fue lo que le dijo Anna? «No deberías haberte rendido tan fácilmente.» ¿Fue eso lo que hizo?

—Harry…

—Tengo que irme —dijo él.

Le quitó el vestido; ella cayó de espaldas, entre risas, sobre la sábana blanca. Soltó la hebilla del cinturón, mientras la luz turquesa que se filtraba desde las palmeras ondeantes del salvapantallas del portátil que había sobre el escritorio recorría los diablillos y demonios que gruñían boquiabiertos desde las tallas imponentes del cabecero. Anna le había contado que la cama perteneció a su abuela y que llevaba allí cerca de ochenta años. Le mordió la oreja y le susurró al oído palabras en un idioma desconocido. Luego dejó de susurrar y se tumbó encima de él gimiendo, riendo, murmurando e invocando a los dioses mientras él deseaba que aquello no acabara. Y justo antes de que se corriera, ella se detuvo de repente, le sujetó la cara entre las manos y le preguntó en un susurro:

—¿Mío para siempre?

—Ni de coña —respondió él riéndose antes de darse la vuelta para quedar encima de ella.

Los demonios de madera se reían.

—¿Mío para siempre?

—Sí —gimió.

Y se corrió.

Ya calmadas las risas, sudorosos y abrazados sobre el edredón, Anna le contó que la cama se la había regalado a su abuela un noble español.

—Después de un concierto que dio en Sevilla en 1911 —dijo levantando un poco la cabeza para coger con los labios el cigarrillo que Harry le ofrecía—. La cama llegó a Oslo tres meses después, en el vapor Elenora. El azar y algo más quiso que Jesper Nosecuántos, el capitán danés del barco, se convirtiera en el primer amante de la abuela, que no el primer amor, en visitar esta cama. Al parecer, Jesper era un hombre muy apasionado y por eso, según la abuela, le faltaba la cabeza al caballo de la parte superior del cabecero. El capitán Jesper lo arrancó de un mordisco en pleno éxtasis.

Anna reía y Harry sonrió. El cigarrillo se había consumido y volvieron a amarse mecidos por el crujir y el vaivén de la madera española, lo que inspiró a Harry a imaginar que se hallaban a bordo de un barco y que nadie llevaba el timón, pero que no importaba.

Hacía ya mucho de aquello y fue la primera y la última noche que Harry se durmió sobrio en la cama de la abuela de Anna.

Se dio la vuelta en la estrecha cama de hierro. En la radio despertador que tenía en la mesilla brillaban las 03.21 horas. Soltó un taco. Cerró los ojos y volvió despacio con el pensamiento a Anna y al verano que pasaron entre las sábanas blancas de la cama de su abuela. Estuvo borracho la mayor parte del tiempo, pero las noches que recordaba fueron rosadas y maravillosas, como en las tarjetas eróticas. Hasta las últimas palabras que le dijo cuando terminó el verano fueron un cliché que expresó con calor y mucho sentimiento: «Te mereces a alguien mejor que yo».

Por aquel entonces bebía tanto que solo cabía un final. Y en uno de los momentos de lucidez decidió no arrastrarla a ella en la caída. Anna lo maldijo en su lengua extranjera y le juró que algún día le pagaría con la misma moneda: le arrebataría lo único que hubiera amado.

Habían pasado ya siete años y aquello no duró más que seis semanas. Después, solo la había visto en dos ocasiones. La primera en un bar: ella se le acercó y le rogó llorando que se fuera a otro sitio, cosa que hizo. Y la segunda en una exposición a la que Harry había llevado a Søs, su hermana pequeña. Él le dijo que la llamaría, pero no lo hizo.

Harry se giró otra vez a mirar el reloj. Las 03.32. La besó. Ahora, esta noche. Después de cruzar la puerta de cristal rugoso del apartamento y ya sintiéndose seguro, se inclinó para darle un abrazo de buenas noches que se convirtió en un beso. Fácil e inocuo. O, al menos, fácil. Las 03.33. ¡Mierda! ¿Desde cuándo era tan sensible como para sentir remordimientos por darle a una vieja amiga un beso de buenas noches? Harry intentó respirar hondo y a un ritmo acompasado, y concentrarse en las rutas posibles para escapar desde la calle Bogstadveien pasando por Industrigata. Aspirar. Espirar. Aspirar otra vez. Aún era capaz de recordar su olor. El dulce peso de su cuerpo. Los sonidos ásperos y acuciantes del músculo de su lengua.