La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor.
Esa madrugada de octubre, sin embargo, Soledad estaba mucho más furiosa que aturdida. Demasiada ira es como demasiado alcohol, produce una intoxicación que te hace perder lucidez y criterio. Las neuronas se funden, la razón se rinde a la obcecación y sólo cabe un pensamiento en la cabeza: venganza, venganza, venganza. Bueno, tal vez quepan un pensamiento y un sentimiento: venganza y dolor, venganza y mucho dolor.
Imposible pensar en acostarse en ese estado, aunque a las nueve de la mañana tenía una cita muy importante en la Biblioteca. Pero en esas condiciones de incendio mental la cama sólo agravaba la situación. La oscuridad de las noches estaba llena de monstruos, en efecto, como Soledad temía y sospechaba en la niñez; y los ogros se llamaban obsesiones. Soltó un suspiro que sonó como un rugido y volvió a pinchar en el enlace. La página se abrió de nuevo, un diseño elegante en gris y malva. Buscó la pestaña que decía «Galería» y entró. Aparecieron los tres primeros chicos en la pantalla; una foto de cada uno y una descripción sucinta, el nombre, la edad, la altura, el peso, el color de cabello y de ojos, la condición física. Atlética. Todos decían atlética, incluso aquellos que se veían un poco pasados de peso. En la primera foto casi todos estaban vestidos; pero si pinchabas en las imágenes salían dos o tres instantáneas más de cada hombre, por lo general alguna con el pecho descubierto y la cintura del pantalón más bien caída, dejando ver un tenso y tentador palmo de piel bajo el ombligo. Un par de ellos, más arriesgados, aparecían desnudos de cuerpo entero, aunque, eso sí, tumbados boca abajo y entre sombras, mostrando tan sólo la cúpula perfecta de las nalgas. En conjunto eran fotos bastante buenas, hechas con cierto gusto. Se notaba que se trataba de una página cara. ParaComplacerALaMujer.com. Eran escorts, gigolós. Prostitutos. El servicio mínimo, dos horas, costaba trescientos euros, hotel incluido. Las mujeres perdiendo, como siempre, rumió Soledad: los putos eran más caros que las putas.
Volvió a repasar la galería con cuidado. Había cuarenta y nueve hombres, la inmensa mayoría en la treintena, unos cuantos en la veintena, dos o tres de más de cuarenta años. Varios negros. No se podía decir que los chicos fueran feos; de hecho, casi todos respondían al patrón convencional de varón joven, fuerte y de facciones regulares. Pero, salvo uno o dos, no le gustaban. Los más guapos le parecían modelos de plástico, retocados y relamidos, sin expresión ni personalidad. Y a los menos agraciados les veía una tremenda cara de brutos. Claro que Soledad siempre había sido difícil de contentar: su deseo era exigente, tiquismiquis y tiránico. En cualquier caso, ahora ni siquiera tenía que desear al gigoló. Sólo estaba buscando a alguien con un aspecto arrebatador. Un acompañante espectacular que le hiciera sentir celos a Mario. O por lo menos, si no celos, que viera que ella se las arreglaba muy bien sin él. Imaginó por un instante la escena en la ópera. Por ejemplo: ella entrando en el Teatro Real acompañada por el bombón y coincidiendo con Mario y su mujer en el vestíbulo; y ella serena, liviana, impertérrita, dejando caer sobre su antiguo amante una ojeada helada y altiva; desde luego le iba a ser difícil mirar desde arriba a alguien que medía diez centímetros más que ella, pero, en su imaginación, Soledad conseguía cuadrar a la perfección esa geometría del desprecio. Y otro ejemplo: ella sentada en el patio de butacas, él incrustado aburridamente con su mujer dos filas más atrás: y Soledad dedicada por entero al chico guapísimo, toda sonrisas y luz en los ojos, la perfecta estampa de la felicidad. Le diría al escort que le pasara de cuando en cuando el brazo por los hombros, que mostrara cariño, todo muy sutil, sin darse ni siquiera un beso, la insinuación elegante de la carne escocía mucho más. ¡O por ejemplo! ¿Y si, al entrar o salir, se topaban de frente y no había más remedio que saludarse? ¿Y si, en su nerviosismo, Mario le presentaba a su esposa? A su esposa embarazada. Con una pequeña cosa en la barriga. Pequeña todavía, inapreciable en el perfil de esa mujer joven y quizá guapa, pero palpitando ahí dentro, esa pequeña cosa llena de vida aferrada con sus uñitas transparentes a la placenta o a las tumefactas paredes del útero o a donde demonios fuera que se agarraran las pequeñas cosas. Bien; si Mario la saludaba y le presentaba a la tal Daniela, Soledad sonreiría en la plenitud de la dicha y le presentaría a… ¿Rubén, Francis, Jorge? No había decidido todavía a qué gigoló contratar.
Repasó una vez más la galería. En realidad no le servía casi ninguno. Todos tenían un aspecto algo inadecuado. La mayoría eran un poco horteras, con pinta de guapos de discoteca o de animales de gimnasio. En fin, nada ajustado a lo que ella quería. Porque Mario era… Era tan atractivo, tan viril, con ese cuerpazo y esos ojos verdes. Informático, cuarenta años. Naturalmente elegante. Naturalmente inteligente. No demasiado culto, pero ansioso por saber. Una esponja. Por ejemplo, se había aficionado a la ópera con ella. Soledad había desarrollado su gusto musical. En el año y pico que estuvieron juntos, le regaló varios cedés, grabaciones memorables y exquisitas. Y ahora la traicionaba así. Con la otra. Con su mujer.
«Nick. 34 años. 1,87, pelo castaño, ojos azules, complexión atlética, habla español, inglés y catalán.»
Espléndidos pectorales y un abdomen suculento ofrecido a través de la camisa sin abotonar, pero ¿y esos ojos pequeños de mirada obtusa, ese tupé espantoso esculpido con un fijador tan fuerte que más que un arreglo capilar parecía un nido de golondrina?
Pero lo verdaderamente imperdonable, lo que había hecho que se le disparara la furia, era que se trataba de Tristán e Isolda. La primera vez que hicieron el amor fue en casa de Soledad, a media tarde (las relaciones con hombres casados siempre se consuman a horas extemporáneas, por la mañana, en el almuerzo, a la hora de la siesta, rara vez por las noches), y ella, por supuesto, había endulzado el encuentro poniendo música. El iPod funcionaba en modo aleatorio, y justo cuando Mario y Soledad estaban lanzándose al asalto final, justo cuando sus piernas se enredaban con una ansiedad casi dolorosa y al respirar se tragaban el aliento del otro; justo cuando en el propio pecho retumbaba el corazón del amante y los vientres eran húmedas ventosas, justo entonces, en fin, empezó a sonar el estremecedor canto de Isolda, su Liebestod, su muerte de amor, el aria final del tercer acto y de la ópera entera. Y Soledad al principio pensó: ah, qué desastre, esto no pega ahora, esto es demasiado grandioso, demasiado difícil, esto nos va a sacar de situación; pero lo pensó sólo durante medio segundo, porque estaba concentrada en sus sensaciones y en su piel, indistinguible ya de la piel del otro. Y entonces siguieron avanzando y hundiéndose cada vez más, siguieron galopando y ardiendo, y la música también ardió y avanzó, la música los acompañó en ese crescendo de furiosa belleza, y cuando todo estalló al mismo tiempo, la música y la carne, una supernova redujo a cenizas la habitación y destruyó el planeta.
Eones después, los supervivientes del apocalipsis empezaron a moverse cautelosamente. Mario alzó con esfuerzo la cabeza, sus ojos verdes tan oscuros que parecían negros, y preguntó en un sobrecogido susurro:
—¿Qué… era… eso… tan… impresionante?
Era la muerte de amor de Isolda, el primer fragmento de ópera que Mario escuchaba en su vida, al menos el primero que escuchaba con el corazón. Y le gustó. Puede que el lector opine que Wagner no parece lo más apropiado para un encuentro sexual, que es demasiado denso para la vertiginosa ligereza del deseo y demasiado sublime para la torridez grosera de los cuerpos y para el chapoteo de los humores; y debo reconocer que, como hemos visto, la propia Soledad temió que fuera así; pero ahora ella sostiene con energía frente al mundo (porque Soledad suele mantener intensas conversaciones con el mundo, a veces interiores y en ocasiones también en voz alta, es decir, habla sola) que este Liebestod es la música más majestuosamente erótica que pensarse pueda, y que, si no has hecho alguna vez el amor con Wagner, sin duda te estás perdiendo algo tremendo.
El caso es que la ruptura con Mario había sido difícil pero por otra parte comprensible. Como en todas las relaciones de Soledad, el final estuvo en el horizonte desde el primer momento. Se escribieron tiernas cartas de despedida, se dijeron lindezas, Soledad lloró mucho y se quiso morir durante algunos días. En fin, lo normal. Dos meses más tarde, Soledad se enteró de que Daniela estaba embarazada. Dolió. Sin duda por eso habían terminado. Pero tampoco fue algo sorprendente, Soledad lo sabía, sabía desde siempre que Mario quería tener hijos. No era nada nuevo, se repitió, intentando amansar a la fiera de su interior. Transcurrió otro desasosegado mes y se acercaron peligrosamente dos fechas fatídicas: su cumpleaños y la representación de Tristán e Isolda en el Teatro Real, para la que ella había sacado dos entradas hacía mucho tiempo. En un momento de debilidad, le envió un estúpido whatsapp a Mario: «¿Por lo menos me echas de menos alguna vez? Tengo entradas para Tristán e Isolda en el Real el día 2, pero no sé si reuniré fuerzas para ir». A lo que él contestó: «Yo también he sacado entradas para la ópera el día 2».
Fue como si le hubieran cortado la cabeza con un hacha. Un golpe fulminante de verdugo. Tras el primer agudo e inesperado dolor, un maremoto de furia la arrasó. ¿Ni siquiera eso le iba a quedar? ¿Ni siquiera esa música, que era el emblema más profundo de la intimidad que habían compartido, se libraría de ser manchada, herida, deglutida y acaparada por la futura parturienta? «Ah, vaya, ¿vas con Daniela? Pues nada, allí nos veremos», contestó. Y supo que le estaba arrojando el guante de un duelo.
Por consiguiente, desde aquel día Soledad no había hecho otra cosa que rumiar su rabia y preparar sus armas para el encuentro. Como no tenía un amigo lo bastante guapo con el que ir (en realidad, y haciendo honor a su nombre, Soledad tenía poquísimos amigos), decidió recurrir a un profesional. El escort sería su pistola. Una metáfora apropiadamente fálica.
«Adam. 32 años. 1,91, pelo negro, ojos color miel, complexión atlética, habla español, inglés y francés.»
Soledad suspiró. Éste sí, éste serviría. Si de verdad se iba a atrever a dar el paso, sería con él. Cuanto más lo miraba, más le gustaba. Con la curiosa coincidencia de que incluso se parecía bastante a Mario: la misma melena corta negra, un poco ondulada, abundante; el mismo rostro fino de labios delgados, pómulos marcados y mandíbula poderosa. Manos de dedos largos, maravillosas. Los ojos castaños, un color más vulgar que el verde de Mario, pero profundos, hermosos. Y esos hombros anchos y redondos, esa cintura breve, ese pecho depilado, terso como un tambor. Tenía un aspecto formidable de pianista romántico cruzado con musculoso trapecista. Una pinta elegante, interesante, un poco oscura. Era más guapo que Mario.
Bueno, tenía que decidirse, resopló. Estaba nerviosa. Pero tenía que decidirse porque el día de la ópera se le venía encima. Se imaginó acudiendo al Real con alguna conocida o incluso sola y se horrorizó. No. Eso nunca. En un arranque de audacia escribió al email que aparecía en la página: «Hola, estoy interesada en contratar a un acompañante para el próximo día 2. En concreto quisiera que fuera Adam. Necesitaría quedar con él a las 19.30 en el Café de Oriente, en la plaza de Oriente, para conocernos. De ahí iríamos al cercano Teatro Real a ver una ópera. La función dura 4 horas y 20 minutos con los descansos, así que saldríamos sobre las 00.30 como muy tarde. El trabajo acaba ahí y Adam puede irse. ¿Cuánto me costaría, por favor?». Tenía la esperanza de que, al ser una sesión en blanco, le redujeran algo el precio, pero la respuesta llegó a su bandeja con sorprendente celeridad, teniendo en cuenta que eran las tres de la mañana, y con correosa indiferencia a las circunstancias: «Buenas noches, creemos que no habrá problema pero debemos confirmar con Adam mañana. Por lo que dice son 5 horas, de modo que el precio serían 600 euros».
¡Seiscientos euros!, se espantó Soledad. Es ridículo, es absurdo, es una niñería, monologó en su interior la aburrida voz de la razón. Pero ya no podía parar, ya había cruzado la línea, ya se veía arrastrada por la inercia, por el ansia de venganza, por la curiosidad. Seiscientos euros. Muy bien, se lo regalaría a sí misma por su cumpleaños, se regalaría el gustazo de aparecer con ese cañón y lucirlo delante de Mario, de los vecinos de butaca, de los acomodadores y de todas las embarazadas del lugar.
El 1 de noviembre, justo la víspera de la representación de Tristán e Isolda, en el Día de Todos los Santos o de Todos los Muertos, qué apropiado, Soledad iba a cumplir sesenta años. Redondos y pesados como una sentencia.
Nadie muere en realidad de amor, pensó mientras tecleaba «de acuerdo». Sólo se muere de amor en las malditas óperas.
Aunque había que reconocer que algunas personas sí se mataban por amor, o al menos eso era lo que ellas mismas sostuvieron en sus cartas de despedida, se dijo Soledad mientras escuchaba sin escuchar a la arquitecta que le había tocado para la exposición, Marita Kemp, a la que acababa de conocer y por quien sintió una inmediata antipatía. Marita peroraba pomposamente diciendo lugares comunes y Soledad dibujaba nerviosos y repetitivos triángulos en su cuaderno de notas para combatir el tedio y el cansancio. Apenas había dormido un par de horas y había llegado a la Biblioteca Nacional con más de veinte minutos de retraso: era la primerísima reunión para dar el pistoletazo de salida de la muestra y la comisaria llegaba la última. Cuando una agitada secretaria la introdujo en la sala ya estaban todos: la arquitecta, el director de cultura, el director de exposiciones, la coordinadora ejecutiva, el encargado de comunicación, la directora de la Nacional, que era la única persona a la que Soledad conocía, y, por supuesto, el Eminente Personaje, el abogado Antonio Álvarez Arias, administrador del cuantioso Fondo Duque de Ruzafa, la donación que un aristócrata letraherido y fallecido sin hijos había hecho a la Biblioteca Nacional con el mandato de organizar una gran exposición de tema libre cada dos años. Todos sorbían café muy circunspectos y recibieron a Soledad con evidentes miradas de censura. Incluso la directora, Ana Santos Aramburo, que normalmente era un encanto y además su valedora, puesto que fue ella quien le ofreció el trabajo, exclamó al verla entrar: «¡Ya pensábamos que te había pasado algo!».
Y sí. Le había pasado algo. Le habían cortado la cabeza de un hachazo. Pero eso no se podía contar.
Marga Roësset, por ejemplo. Marga Roësset, poeta y excelente pintora y escultora, se pegó un tiro a los veinticuatro años porque estaba enamorada sin esperanzas de Juan Ramón Jiménez. O eso dijo en la carta que le dejó a Zenobia Camprubí, la esposa de Juan Ramón. Eso fue en 1932. El futuro Nobel tenía cincuenta y un años. Pero esa obsesión mortal ¿era de verdad amor? ¿Todos los amores eran obsesivos? ¿O quizá las obsesiones se disfrazaban con la apariencia del amor para parecer algo más bello que un simple desequilibrio mental?
—Aunque, si te soy sincera, no termino de entender muy bien cuál es la idea referencial en la que estamos trabajando.
—¿Cómo dices?
Soledad salió de su letargo aguijoneada por el énfasis de Marita Kemp. No había prestado verdadera atención a sus palabras, pero el tono resonó en sus oídos como una campanilla: arrogante y enojoso. Advirtió que se había inclinado un poco sobre la mesa hacia la arquitecta y se enderezó enseguida. Esa inclinación podía ser tomada por un signo de inseguridad.
—Digo que lo de la exposición de Escritores malditos suena muy bien, pero puede ser cualquier cosa. ¿A qué llamas tú escritor maldito? ¿Piensas utilizar un approach existencial, social, comercial, transversal? —insistió Kemp con pedantería.
¡Approach! ¡Había dicho approach!
—¿Has leído mi propuesta, Marita? Creí que os la habían pasado a todos —contestó Soledad, sintiéndose torpe y cansada.
—Sí, sí, todos la tienen, por supuesto —dijo el director de cultura.
—Pues ahí defino mi idea, me parece.
—Claro que la he leído, varias veces, pero sigo sin enterarme. Además, como no das nombres…
Soledad contuvo con dificultad su irritación:
—Estamos hablando de una exposición internacional… Contaremos con préstamos de otras bibliotecas. Mientras no sepamos qué materiales podemos conseguir, no habrá una lista definitiva de autores. De eso nos vamos a ocupar prioritariamente Bettina y yo —dijo, echando una ojeada cómplice a la coordinadora, que cabeceó con afabilidad.
—En efecto, Marita, esto es sólo una primera toma de contacto —contemporizó Santos Aramburo, la directora de la Biblioteca—. Estamos todavía en la fase de elaboración del proyecto. Quizá el error haya sido mío por convocar una reunión en una etapa tan temprana. Pero estoy tan entusiasmada con la idea que quería dar un empujón a esta pequeñísima bola de nieve para terminar provocando un alud, quería poner en marcha la sinergia. En realidad me encanta que estés tan llena de inquietudes, Marita. Ya veo que vas a ser como el Pepito Grillo del grupo, ahí vigilando para que no lleguemos tarde en nuestros compromisos, ¿verdad? —rio mirando con malicia a Soledad—. Pero todavía nos quedan veinte meses hasta la inauguración y mucho, muchísimo por definir.
—Sin embargo, yo comparto las inquietudes de Marita —dijo Álvarez Arias.
Menos la arquitecta, todo el mundo le miró consternado. Cuando el Eminente Personaje decía algo, los demás contenían el aliento.
—Ésta será la primera exposición organizada con el Fondo Duque de Ruzafa y tiene que ser perfecta. Tiene que ser un acontecimiento inolvidable —remachó el abogado.
Seguro que a Triple A le gustaba la arquitecta. Unos cuarenta años, melena larga castaña con mechas, minifalda, botas altas, nariz operada. Evidentemente niña bien, como casi todos en el mundo del arte. A los triunfadores de clase media como Álvarez Arias siempre les encantaban las niñas ricas.
—Por supuesto, Antonio. No te preocupes. Tengo muy clara la responsabilidad y también tengo muy clara la exposición —contestó Soledad—. Será memorable si es distinta, si es emocionante, si tiene sentido, si es auténtica. No sé si visteis la muestra Arte y locura que organicé en el Reina Sofía hace dos años…
—¡Maravillosa! Maravillosa. ¿La visteis? —interrumpió Santos Aramburo con su entusiasmo habitual—. Justo por ese comisariado hemos recurrido a Soledad Alegre para nuestra primera exposición Duque de Ruzafa. Arte y locura era, era… Me encantó ese concepto multidisciplinar, las piezas de arte con los informes médicos, con los textos literarios, con las imágenes filmadas, con la música, con los testimonios personales, con… ¡Era como un caleidoscopio! Y luego, ¡era tan narrativa! La narración unificaba todo y le daba sentido. Por eso pensamos en Soledad para hacer una muestra sobre el mundo de los libros, Antonio, porque su trabajo es muy literario.
—Muchas gracias, Ana —dijo Soledad con genuina gratitud—: Sí, creo que has señalado lo más importante, al menos para mí: el sentido, la narración… Lo que pretendo es ofrecer un mapa en mitad del caos.
—¿Entonces no va a ser una muestra polisémica? —insistió Marita, picoteando como una gallina fastidiosa.
Soledad la miró exasperada. Qué mujer más imbécil.
—¿Por qué dices eso?
—Bueno, vas a escoger y resaltar un significado en concreto, ¿no?
La directora de la Biblioteca cortó por lo sano:
—Bueno, amigos, yo tengo muchísimo que hacer y estoy segura de que vosotros también. Esta reunión era sólo una primera toma de contacto, el objetivo era conocernos todos y compartir la emoción de este proyecto ilusionante, y creo que ese fin está cumplido. Esta exposición es en muchos sentidos un reto para la Biblioteca. Va a ser la muestra más grande, más internacional y con mayor presupuesto de la historia de esta institución, y por ello estamos haciendo las cosas de manera distinta a como siempre se han hecho. Por ejemplo, solemos recurrir a una empresa para que nos haga el diseño de las salas, pero dada la envergadura de este trabajo hemos decidido contratar a Marita Kemp como arquitecta de la exposición. Será nuestra primera colaboración y estoy encantada. Y también tenemos veinte meses, que es un plazo más generoso que lo habitual.
—Arte y locura me llevó tres años. Entre la elaboración del proyecto y la ejecución. Veinte meses no es tanto tiempo.
—Pero te saldrá fenomenal, Soledad, estoy segura —zanjó Ana con una sonrisa deslumbrante pero tan implacable como una tuneladora—. En fin, gracias a todos, y especialmente a ti, Antonio, de nuevo muchísimas gracias. Sin el generoso legado del Duque de Ruzafa nada de esto sería posible.
Todo el mundo se levantó en medio de una cacofonía de chirridos de sillas. De modo que Marita era nueva. Por eso se comportaba así. Por inseguridad. Además de por su estupidez intrínseca, desde luego.
—Ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco, porque no hay oídos que lleguen a entenderte. En esto se parece a la locura —soltó de repente Soledad—. Ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone que perteneces. Ser maldito es desear ser como los demás pero no poder. Y querer que te quieran pero sólo producir miedo o quizá risa. Ser maldito es no soportar la vida y sobre todo no soportarte a ti mismo.
Todo el mundo estaba de pie, en silencio, mirándola. Seguramente estaban pensando: a qué viene ahora todo esto. Eso también era propio de los malditos. Provocar incomodidad con su mera presencia.
Ya sólo tenía puestos el sujetador y las bragas. Hacían juego, color verde mar, de encaje, preciosos. Soledad suspiró y, sin dejar de mirarse, desabrochó el brasier y se lo quitó. Lo tiró al suelo. Luego, lentamente, sacó una pierna de las bragas, las dejó caer hasta el otro tobillo y se desembarazó de ellas de una patada. Se irguió. Pechos redondos, pequeños, un poco caídos, como era lógico, pero aún bonitos. Cuerpo trabajado en el gimnasio. Todo natural. Sesenta años. Para tener sesenta años no estaba nada mal. Pero, claro, a partir de ese día era una maldita sexagenaria. Estiró un brazo y encendió la luz. El foco del vestidor se prendió sobre ella y todas sus carnes, antes aceptablemente tersas con la iluminación indirecta, parecieron desplomarse de repente como sometidas a una fuerza de gravedad 3G, mostrando ondas, hoyos, arrugas, desfallecimientos musculares. Se escrutó despacio en el espejo, sin compasión. El cuerpo es una cosa tremenda, dijo en voz alta, es decir, soliloquiando, que es una manera de loquear.
El cuerpo era una cosa tremenda, en efecto. La vejez y el deterioro se agazapaban de manera insidiosa y a menudo el interesado era el último en enterarse, como los cornudos del teatro clásico. Por ejemplo, a veces podías ver correr delante de ti en el Retiro a una treintañera con pantalones muy cortos, evidentemente satisfecha de sus muslos, que ignoraba que en realidad ya se le estaban llenando de celulitis, y que bajo la luz de ese sol feroz mostraban un aspecto bastante penoso.
Soledad corría con mallas, por supuesto.
Carne traidora, enemiga íntima que te hacía prisionera de su derrota. O prisionero, porque también los hombres se descubrían de repente, en el escorzo de un espejo, un cuello pellejudo de galápago, por ejemplo. Por no hablar de la próstata, o del pavor a no dar la talla en la lidia amorosa. La carne tirana esclavizaba a todos.
Apagó el foco. Tampoco era cosa de ser masoquista, sobre todo en el día en que cumplía los sesenta. Todavía estaba bien. Todavía estaba muy bien. Todo el mundo le echaba diez años menos. Trigueña natural, lo que era una bendición para disimular las canas. Ojos grises. 1,74. Complexión delgada. Sonrió, recordando las fichas de los gigolós. Adam. Faltaban menos de veinticuatro horas para conocerlo. Qué loca. De pronto le pareció que se estaba metiendo en un lío absurdo. Tristán e Isolda. Mario. Un sabor amargo le llenó la boca, el sabor de la pena y de la rabia.
De lo que no cabía la menor duda era de que el amor te envenenaba, te embrutecía, te hacía cometer todo tipo de tonterías y desmesuras. Ahí estaba William Burroughs, por ejemplo. En 1939, a los veinticinco años, ese icono de la generación beat se cortó una falange del meñique izquierdo con unas tijeras domésticas de deshuesar pollos. Estaba enamorado de un estafador adolescente y muy celoso que le pidió una prueba de su cariño. Y Will le entregó un pedazo de su carne. En las fotos últimas de Burroughs, ya convertido en un anciano sarmentoso, en un viejo insecto palo, se veía la ausencia clamorosa de esa falange. Soledad se preguntaba cuánto tiempo seguiría queriendo al niñato después de la mutilación. Cuánto tiempo hasta descubrir que no le interesaba en absoluto. Burroughs podía ser uno de los malditos, por supuesto. De hecho, había conseguido convertirse en un maldito tan obvio gracias al tiro con que, años después, reventó la cabeza de su mujer al jugar a Guillermo Tell con una pistola, que su celebridad la retraía de incluirlo en la exposición. Pero el de la falange era mucho menos conocido, y tal vez consiguiera que le prestaran el manuscrito de The Finger, el cuento que Burroughs escribió sobre la amputación. Tenía que decirle a Bettina que preguntara en la Biblioteca Pública de Nueva York, en la Universidad de Columbia y en la Biblioteca Green de Stanford, que era donde se conservaban los manuscritos de Burroughs, si no recordaba mal. Si lograban tener The Finger, Soledad podría construir una escena significativa centrada en el momento en que se arrancaba el dedo… Una escena que atrapara un pellizco del corazón de Burroughs. Soledad tenía la idea, aún en construcción, de articular la muestra en torno a escenas fundacionales de las vidas de los escritores. Buscar esos momentos que son el cráter de una existencia, el agujero mismo en el que hierve la lava, el instante en el que tus días se definen, porque, hagas lo que hagas, siempre vas a llevar eso contigo. Como la chillona ausencia de la falange de Burroughs y todo lo que eso significaba. Ese tajo bestial (¿cómo sonaría el hueso al descuajaringarse bajo los filos de las tijeras de cocina?) ya anunciaba el pistoletazo de Guillermo Tell.
Pero Soledad tenía otro mutilador de dedos meñiques que le gustaba mucho más: Ulrico von Liechtenstein, uno de los trovadores más importantes de su época, el siglo XIII, en pleno tiempo del amor cortés. Sin embargo los historiadores casi nunca hablaban de él, porque le consideraban un imbécil. ¿Hay maldición mayor que la de aspirar a la gloria y ser ridículo? Von Liechtenstein, enamorado perdidamente de su dama, a la que mantuvo en el anonimato durante toda su obra pero que al parecer era la bella Teodora Angelina, esposa del duque Leopoldo de Austria, se rebanó primero el labio superior, porque la duquesa había comentado que su forma no le gustaba, y más tarde se cortó el meñique izquierdo, lo hizo recubrir de oro por un orfebre y se lo mandó de regalo a la dama junto con un poema, para que le sirviera de puntero. Este pobre demente era por otra parte un buen guerrero y también intentó conquistar a la duquesa ganando fama en los combates singulares de las justas, de modo que recorrió Centroeuropa retando a cuanto caballero se le pusiera a tiro. Llamó a su periplo «el viaje de Venus» porque iba disfrazado de esta diosa del amor y de la belleza, con dos trenzas postizas enredadas de perlas colgando bajo el yelmo y una túnica de gasa con florecitas bordadas cubriendo la cota de malla. Todas estas estrafalarias peripecias se contaban en la obra más importante de Ulrico, Frauendienst, «Al servicio de la dama», que estaba en la Biblioteca Estatal de Baviera. Tenían que ser capaces de conseguirla. Vestido de mujer, combatió contra 577 caballeros; venció a 307 y fue derrotado por 270. Pese a todo este desenfreno motivado por la pasión, lo único que logró fue que la esquiva Teodora Angelina se burlara de él una y otra vez.
El amor te convertía en un ser patético.
Soledad nunca había vivido con nadie. Cuando quiso no pudo y luego no quiso. Había tenido, eso sí, muchos amantes. Mejor lejos. Mejor controlados. Que la pasión ardiera con un cortafuegos alrededor. Ella era de enamoramiento fácil. Más bien instantáneo. Incluso fulminante. Necesitaba estar enamorada. Amaba el amor, como decía San Agustín. Era una adicta a la pasión y, como buena adicta, sin eso no le interesaba vivir. Sesenta años. Se echó un último vistazo en el espejo y comenzó a ponerse el pijama. No era guapa: su nariz era larga y fina, su barbilla, picuda; de hecho, en su adolescencia y durante buena parte de su juventud se sintió rara y fea, demasiado alta, demasiado atlética, poco femenina. Con el tiempo, sin embargo, había llegado a comprender que su cuerpo era un buen cuerpo, que las otras mujeres se lo envidiaban, que su pequeño pecho resultaba sexy. Y además tenía unos bonitos ojos, tenía personalidad y estilo, y su atractivo había crecido con los años… hasta hacía muy poco. Porque Soledad intuía que ese atractivo había empezado a menguar recientemente, no sabía bien cuándo: ya está dicho que el propio interesado es el último en enterarse de los estragos. Sí, todavía estaba bien, todavía era capaz de incendiar la carne de alguien joven y hermoso como Mario, pero ¿cuánto duraría eso? Mario y ella habían roto cuatro meses atrás. A su edad, cada día era un desperdicio. A su edad estaba entrando ya en el tiempo de los perros: siete años por cada año humano. ¡¡Sííííí!!, chilló Soledad en el silencio de la noche: cada doce meses del calendario que pasaban, para ella era como si se multiplicaran por siete, así de definitivos y de vertiginosos eran los cambios y las pérdidas.
Miedo.
La última vez que hizo el amor. ¿Y si no volvía a tener un amante? La gente casi nunca sabía cuándo era la última vez que hacía algo que le importaba. La última vez que subes a un monte. La última vez que esquías. La última vez que tienes un encuentro sexual. Porque a ese cuerpo mutante que de pronto se plisaba, se ablandaba, se cuarteaba, se desplomaba y se deformaba, a ese cuerpo traidor, en fin, no le bastaba con humillarte: además cometía la grosería suprema de matarte. Y así, cuando llegabas ya a esa edad, la edad de los perros, las posibilidades de malignidad de la carne se multiplicaban. Y un día te descubrías una llaga en la boca, un bultito en el cuello, una ceja más baja que la otra, un hematoma de nada en una pierna, y no te dabas cuenta de que esas nimiedades eran la tarjeta de visita del asesino, del silencioso criminal que te iba a ejecutar. Sí. Oh, sí. Quizá ya se hubiera acabado todo. Quizá moriría sin haber conocido de verdad el amor.
Decidió tomarse un Orfidal entero para dormir porque estaba segura de que en la cama le esperaba un tumulto de fantasmas: los malos pensamientos se le retorcían en la cabeza como un nido de víboras. Al día siguiente tendría que pasar por la difícil prueba de Tristán e Isolda. Más la santa trinidad de Mario, su mujer y el nasciturus. Y ese primer hombre de la Tierra que era Adam, el prostituto. Tal vez también ella estuviera a punto de hacer el ridículo.