Cuando llevaba escrita la mitad de la novela, necesité hacer un prólogo, quizás porque sentí que debía contaros la importancia de escribir esta historia.
No lo había hecho nunca antes en una novela, pero si no lo hiciera sentiría que le falta algo a este libro. No habrá spoiler en este prólogo sino tan sólo entrañas para relataros de dónde nace. Quiero contaros, amigos lectores, por qué necesito escribir esta historia.
Supongo que era una asignatura pendiente. Después de escribir en cine historias como Planta 4.ª, series como Pulseras rojas, obras de teatro como Los Pelones, un día me di cuenta de que no había escrito una historia semejante en novela de algo que condicionó mi vida e hizo que fuera quien soy. Es verdad que existe El mundo amarillo, pero en realidad es una autobiografía, y deseaba contar una de esas historias que viví en tercera persona pero que me marcó en primera durante mi estancia en el hospital.
Y es que éste es un relato de hospital que escuché cientos de veces mientras estuve enfermo. Me contaron la historia de los gemelos desde tantos puntos de vista…
Nunca pensé mucho sobre qué parte era verdad y qué parte era invención. En la vida tampoco me lo planteo cuando conozco a alguien; sé que muchos fabulan y otros exageran, pero que al final, si has vivido suficiente, sabes extraer la verdad de las personas.
Deseo que améis esta pequeña historia sobre segundas oportunidades y, también, sobre el equilibrio entre los sueños y las promesas.
El título nace de algo que en todo momento me fascinó y que observé siempre en el hospital. Hay una noche que todos nos escuchamos, hay una noche en que sabemos para qué existimos en este mundo, y me parece tan mágico cuando eso ocurre… Aunque a veces esa noche se diluya, se pierda y se reinvente. Y todo a ritmo de bolero.
Ojalá disfrutéis de esta historia de dos gemelos que para mí son inmortales. Fue la primera que escuché en el hospital y sigue siendo algo que me había guardado para mí, aunque muchas noches de hospital se la conté a tantos chicos nuevos que llegaban y siempre me fascinaba cómo la disfrutaban, quizás porque tiene un poco de todo lo bueno que debe poseer un buen relato.
Por eso os la contaré yo al principio, pero luego debo dejar que sean ellos, su propia voz y la de otros que la vivieron, los que os la sigan relatando.
Nunca había escrito un libro tan especial a la hora de narrarlo, pero la magia de las historias que te regalan es que debes respetar mucho las voces de quienes te las contaron y de quienes las vivieron. Por ello a veces el narrador cambiará, quizás lo contamos desde fuera o desde dentro, pero es que ésta es una historia de tripas y sobre todo de corazón, y lo de menos es quién la pilota.
Escuché esta historia antes de operarme, antes de quimios, mientras vomitaba, cuando conocí a alguien que los conoció y más tarde yo la conté a amigos míos antes de que los operaran, antes de que les diesen la quimio, después de vomitar… Era nuestra historia, lo que soñábamos lograr en una noche. Nunca nos planteamos nada porque comprendíamos la moraleja del asunto.
Esta novela está dedicada a todos los que sobrevivieron, a aquellos que se sintieron extraños en un mundo de sanos y pensaron que jamás llegarían a vivir una épica igual y un día descubrieron que estaban vivos en este mundo por algo mucho más grande de lo que creían. Y eso lo descubrieron porque su niño interior nunca se marchó, jamás se suicidó y siguió recordándoles qué importa en esta vida y qué no tiene valor.
Y es que has de poder matar a tus demonios, ser implacable y también aprender a olvidar para poder continuar; si no, sería imposible seguir viviendo.
Creo que esta historia ha salvado muchas vidas, y cualquiera que haya pasado un tiempo en el hospital sabe qué significa cada personaje y cada trama. Nadie lo ve como «tristorias», sino como historias luminosas que te enseñan a luchar.
Y es que hay historias de niños que están en coma pero viven en piscinas, historias de jóvenes que se escapan y logran cumplir los deseos de otros, historias de adolescentes que aman su caos y viven en islas desiertas.
Todas son historias de la otra orilla, aquellas que cuando has sufrido son las que te salvan. Cuando enfermas, jamás es importante la inteligencia; lo que te salva es la imaginación.
ALBERT
Barcelona, septiembre de 2022

Jano despertó aquella tarde de la siesta entre sudores. No era la primera vez, esa semana le había ocurrido día sí, día también. Odiaba echarse siestas, pero la vida en el hospital te lleva a dormir entre horas para hacer más liviana la existencia allí.
Tardó en abrir los ojos, aunque sabía que estaba despierto. Muchas veces soñaba que no estaba en aquel hospital, aunque su olfato se lo confirmaba y no lograba taponar el olor de ninguna forma. Pensó que deberíamos tener párpados en la nariz para evitar que los olores delaten dónde nos encontramos y pestañas en los oídos para lograr filtrar los sonidos que le recordaban que estaba en aquella odiosa planta del hospital.
Llevaba allí desde los once años, entre tratamientos y operaciones. Y cuando vives tanto tiempo en un hospital, sabes que llegará un instante en que te enfrentarás a tu momento crucial, que definirá si seguirás con vida o morirás. La gente siempre dice que si mueres pierdes la batalla; yo siempre he creído que en realidad es un empate porque el bicho también pierde. Y si ganas te consideran un héroe, aunque en realidad no lo seas. Todos son supervivientes, sólo que unos siguen respirando.
Pero para llegar a un camino u a otro, has de superar ese instante de gran batalla. Y, como todo gran combate, es duro de enfrentar.
Jano sabía mucho de combates, había perdido una mano y un trozo de pulmón, pero también era consciente de que aquello sólo eran arañazos de la bestia. Le quedaban pocas horas para enfrentarse al gran combate, a primera hora de la mañana del día siguiente estaría cara a cara contra su gran némesis. Con tan sólo diecisiete años y seis de batalla, su momento cumbre había llegado.
Quizás por ello esperó tanto a abrir los ojos y deseaba estar en otro lugar, sentir que todo había sido un mal sueño, que era un chico normal como su hermano y que su máxima preocupación era decidir qué camiseta comprarse, quién le gustaba o por qué suspendía aquella odiosa asignatura que se le atragantaba.
Pero no, sus problemas versaban sobre la vida o la muerte y él era el último de su estirpe. Había tenido un grupo de amigos en el hospital, todos con un cáncer distinto. Se lo habían pasado genial en diferentes épocas de su vida, pero con los años todos habían ido muriendo y dejó de tener ganas de socializar en grupo en aquel hospital.
Sí, todos los de su camada habían muerto, él era el último mohicano, pero ni tan siquiera tenía cresta. Se sentía solo y diferente. Cada semana ingresaban más chicos con cáncer; siempre hay más chicos con cáncer, eso jamás se acaba, pero él no tenía ganas de congeniar con ellos. Estaba cansado de ser amable con los recién llegados, de amarlos para perderlos. Supongo que es difícil de comprender, pero cuando has perdido a tantos de joven, ya no deseas conocer a más para volver a perderlos.
Finalmente abrió los ojos y, como imaginaba, estaba en aquella fría habitación de hospital. Le agotaba pensar que en pocas horas le abrirían la cabeza. Sabía que sólo tenía un uno por ciento de posibilidades de que todo saliese bien. Ojalá estuviese en ese instante en la playa con sus amigos. Ojalá fuera un niño normal, aquel chico del chándal verde que había sido, que jugaba doce partidos de tenis en un mismo día con chavales de diferentes edades y que se sentía el mejor tenista del mundo.
En aquella época tan sólo era el chaval del chándal verde. Ahora ya no, ahora era el gemelo del cáncer, el calvo, el enfermo, el chico que seguramente moriría.
Tenía claro lo que haría aquella última noche. Sólo necesitaba que pasaran los minutos hasta que su hermano llegara.
Le había prometido que llegaría a las siete de la tarde, pero su hermano nunca cumplía; hay gente que no entiende de puntualidad porque tiene todo el tiempo del mundo. Ése no era su caso, cada minuto podía ser el último.
Sintió que le podía dar uno de sus ataques de ansiedad, así que respiró hondo y se puso música en sus cascos. Le encantaba huir de cualquier lugar a través de la música, desde los once años escuchaba música a todas horas para poder neutralizar esos sonidos de hospital. Era la persona que más veces había dormido junto a mitos de la música, metafóricamente, claro, pero era así y ellos le habían salvado de los gritos de dolor y el silencio nocturno.
Esas canciones le habían permitido huir de una realidad que a veces era complicada de asumir. Puede haber mucha violencia en un hospital; ojalá los únicos ataques que existieran contra otro en este mundo fueran los de felicidad.

El despertador sonó, pero Rubén no se despertaba. Le había prometido a Jano que estaría en el hospital a las siete en punto, pero el sueño le había podido. Aquel día había querido echarse una siesta después del cole, pero no calculó lo cansado que estaba y se había quedado totalmente dormido. Esa vida de compaginar el colegio con el hospital le dejaba agotado.
Sabía que si no se levantaba, aparecería su madre y le recordaría que tenía que cuidar de su hermano aquel día tan importante. Y lo haría con aquel tono, como si él pudiera olvidar que en los últimos cuatro años había sido el hermano con suerte en este mundo. Era el afortunado, se lo decía todo el mundo. El hermano gemelo sin cáncer.
Alguna vez deseaba responderle a gritos que tampoco era fácil para él. No podía contar ningún logro diario; qué importaba que aprobara una asignatura, que le hubieran cogido para los intercoles de balonmano o que le gustase mucho aquella chiquilla que conoció en la discoteca… Sabía que, si lo dijera, le responderían que eso no tenía valor en comparación con lo que pasaba Jano; bueno, seguramente ni eso, le escucharían y poco más. El desprecio más grande es no dar valor a tus palabras y devolverte tu intenso discurso con silencio. No discutir, no dar valor a tus razones es la forma más rápida de silenciar a cualquier persona.
Odiaba ir al hospital, de qué servía. Jano últimamente casi no le hablaba y ambos se quedaban en silencio mirando programas de televisión que no les interesaban a ninguno de los dos, y a veces ni eso, él se ponía los cascos de música y le ignoraba.
Desde hacía meses ya no era el mismo. Estaba cabreado con todos, pero sobre todo con él. Rubén notaba que, cuando Jano le miraba, parecía que le diera asco. No era de extrañar, eran gemelos, de aquellos idénticos, hechos como una copia uno del otro. La misma peca al lado del mismo pezón y el mismo tamaño de todos los dedos de los pies.
Pero el cáncer había destruido la perfección de la copia. Rubén no tenía una cicatriz cerca del pulmón, en su espalda no había ninguna marca que le cruzara diagonalmente de un lado a otro y todavía conservaba ambas manos.
Le resultaba doloroso ver a su hermano mutilado, de alguna manera era como ver su mala suerte en un espejo roto, su vida alternativa en un universo distópico.
Finalmente se levantó de la cama, fue al baño, se miró el rostro; él también comenzaba a asquearse de sí mismo. Estaba tan harto de su cabello rubio tan bien cortado, sobre todo porque su hermano estaba calvo. Odiaba en especial cómo él le miraba el pelo, esa diferencia tan obvia lo mataba; además, en doce horas ya no sería sólo el pelo, sino que Jano tendría una cicatriz en forma de media luna en la cabeza que acentuaría las diferencias. No quería ni pensar en ello, golpeó aquel cristal con rabia, pero la vida no es como las películas, no es tan fácil romper un espejo.
Pensó que, al final, ser diferentes sólo depende de cuántos estén a tu lado, en tu bando. Él tenía a muchos chavales que se le parecían porque vivían su misma situación y sus mismos problemas.
Lanzó un puñetazo con rabia una segunda vez contra el espejo con idénticos resultados. Como no pudo descargar su rabia haciendo añicos su reflejo, cogió la maquinilla con la que se depilaba las piernas los días de partido y supo que se pelaría al cero. Estaba harto de esa melena perfecta. Deseaba cambiar de bando.
Por unos minutos, mientras se rasuraba, se sintió libre; parecerse a él lo calmó momentáneamente.
Le vino a la mente ese instante en que ambos gemelos sacaban punta al lápiz en un extremo de la clase donde estaba la papelera. Allá se contaban secretos y eso fue lo más parecido a la felicidad, junto a aquel momento en que de pequeños hicieron una fogata en pleno campo con su abuelo. No estaba preparado para perder a su hermano.
También le vino a la mente una pregunta: ¿qué ocurre cuando alguien se queda sin secretos y su vida no tiene nada que ocultar a otras personas?

La enfermera que hablaba con diminutivos llegó a las siete y media. Siempre llegaba puntual como un reloj y sólo para ponerle una mierda de termómetro. Era como si quisieran activar a todos los enfermos antes de la cena, como si ellos fueran el motor de aquel lugar y debieran molestarlos para que todo funcionase.
—¿Ya despierto, guapetoncillo? —dijo aquella enfermera, como lamentando no poder despertarle de la siesta con la luz de los fluorescentes.
Jano odiaba sus diminutivos, ése en particular. Cuando le decían «guapetoncillo» o «jefecillo», se ponía de los nervios, porque no era ninguna de las dos cosas y seguramente la falta de esas cualidades era lo que llevaba a que la gente le llamase así. Pero había aprendido a ocultar sus emociones, así que tan sólo sonrió. Su sonrisa era espectacular y, él lo sabía, la gente se desarma ante una buena sonrisa. La tenía muy ensayada, mostraba sólo una parte de los dientes, se mordía el labio y luego explotaba entera. Nunca le fallaba.
—Mañana es tu gran día —dijo la enfermera sin pensar en lo que implicaban esas palabras.
—Mejor que sea el gran día del doctor Elías. Eso hará que también sea mi gran día —respondió Jano sin evasivas.
La enfermera que hablaba con diminutivos rio. Seguramente le contaría eso al médico cuando se lo encontrase. El doctor Elías era un buen tipo: siempre decía lo que querías oír y lo que no deseabas conocer. Nunca te mentía y, sobre todo por eso, era un gran médico. Además, siempre había pensado que era curioso que los árbitros y los médicos sean de las pocas personas a las que la gente llama por su apellido, quizás porque ambos tienen profesiones de poder que pueden cambiar un resultado.
El doctor ya le había dicho en varias ocasiones que lo bueno de tener un cáncer en el cerebro es que si la operación sale bien y todas las fibras son exterminadas, estás curado, porque el cáncer no reside en ningún lugar más del cuerpo, no se reproduce de la nada y eso equivale a un jaque mate. Pero si no sale bien, el tumor te puede joder la capacidad de pensar y de ser tú mismo, además de extenderse por todo el cuerpo.
Sí, el doctor Elías se lo había contado de esa forma, sin buscar evasivas, mirándole a los ojos y sin ningún tipo de contacto físico absurdo y paternalista. Es como cuando le dijo que el cabrón del cáncer va en sentido antihorario. Así supo Jano por qué no le hacían nunca radiografías de la parte izquierda del cuerpo. El tigre había ido hacia arriba y hacia la derecha.
El doctor Elías había logrado salvarle la mano una vez: le puso una mierda de hierro frío de titanio en lugar de su hueso. Cada noche que aquello estuvo en su cuerpo sentía ese frío; tenía mano, pero esa sensación de congelación interna y la falta de movimientos reales en la mano era insoportable. Cuando el cáncer reapareció, agradeció perder esa mano fría porque era como llevar una parte de muerto encima. Sí, ahora le faltaba una mano, pero ya no olía a muerto, y eso lo agradecía tanto… Lástima que no lo pudiese compartir con mucha gente porque no le entenderían. No era humor negro, era su realidad.
Mientras la enfermera le tomaba otras constantes, él pensó cuánto necesitaba salir vivo de aquel lugar. Se lo merecía, pero también todos los que perdió, y él no era ni el más guapo, ni el más inteligente ni tan siquiera el que más había luchado. Ésa era la verdad y no se quería engañar.
—Treinta y ocho y medio. Es una fiebrecilla muy altita. Llevas toda la semanita igual. Espero que puedan operarte.
Daba igual lo que dijera esta enfermera, le operarían de todas formas. Se lo había dicho la del turno de noche: había mil formas de bajar la fiebre antes de una operación; aquella chica le encantaba, no se andaba por las ramas, era muy como el doctor Elías. Ambos se miraban de una manera especial, seguramente se acabarían liando; la gente que es igual de honesta y directa acaban conectando, aunque sea deshonestamente, porque ambos tenían pareja.
Miró la hora: su hermano se habría dormido, lo presentía. Malditas siestas después del colegio. Todo el plan al traste por ese egoísta que lo tenía todo y no lo valoraba. Le supo mal pensar así, últimamente se había alejado de él y sabía que era por preguntarse por qué le había pasado eso precisamente a él. Había olvidado que hacía tiempo que había aprendido que el porqué sólo te lleva a la tristeza y a la desesperación. Pero supongo que aquella operación a vida o muerte había hecho mella en su confianza.
La enfermera se marchó y le tocó cariñosamente la cabeza. No le gustaba nada que le acariciaran como a un niño, pero para ella Jano lo era; le había visto crecer en aquel hospital y para ellos siempre serás ese niño con cáncer que ha ido creciendo. Hasta cuando te crece el pelo entre tandas de quimio te dicen que te queda muy bien la calva. A veces todo es muy absurdo en el hospital.
Se quedó otra vez solo en la habitación, otra vez conviviendo con aquel lugar que le era ajeno pero que había aceptado como propio. Ojalá Rubén llegase pronto, necesitaba tanto salir de allí y recuperar algo de lo que había sido…
Se quedó mirando fijamente la puerta como en tantas ocasiones, contando los segundos mentalmente y esperando que se abriese. A veces funcionaba y al llegar a cien aparecía una visita inesperada. Con su padre tenía el código compartido de que tocase el claxon dos veces cuando pasase cerca de la habitación y así él sabía que estaba llegando.
A veces en sueños escuchaba esos cláxones; siempre deseas visitas, que el aire de fuera te inunde, que sus problemas colisionen y cubran tu realidad.
