Cubierta

Aislados es la segunda novela de «Extraños», una serie trepidante de intrigas, traiciones y secretos con el ritmo de La chica del tren y la acción de la «Trilogía Divergente».

«Entender tus propias emociones es complicado.

Entender las de los demás como si estuvieras en su cabeza..

...puede ser muy peligroso.

Wylie tiene ese poder. ¿Sabrá cómo usarlo?»

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cap

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Para todas las chicas a las que les han dicho

que eran demasiado sensibles.

Para todas las mujeres que han aprendido solas

a no serlo

cap

La vida es un sueño. El despertar es lo que nos mata.

VIRGINIA WOOLF, Orlando

cap-1

Nota de la autora

Esta es una obra de ficción. Lo que leáis aquí no ha ocurrido. Al menos, no todavía.

cap-2

Prólogo

Permanezco de pie e inmóvil en la oscuridad, descalza y con frío, al borde de las rocas escarpadas, mientras contemplo la vasta superficie de agua negra que se extiende frente a mí. Y me pregunto si de verdad conseguiré llegar hasta el pequeño punto de luz del puerto que se ve a lo lejos. Parece demasiado lejano, imposible de alcanzar, y el mar está tan sereno que da miedo, como si estuviera esperando a alguien lo bastante loco para intentar cruzarlo.

No soy muy buena nadadora, o por lo menos no soy lo bastante buena para hacer algo así. Nunca he recorrido una distancia como esta. Tampoco he nadado nunca totalmente vestida, ni en la oscuridad. Cruzando aguas desconocidas, con todas las ilusiones ópticas que un punto de luz en el horizonte puede crear, ¿quién sabe qué podría pasar? Pero no tenemos otra alternativa. Vienen a por nosotros. A por mí, en realidad. Ya están aquí. Las voces que se oían a lo lejos están cada vez más cerca, y dan miedo. Es solo cuestión de tiempo.

Pero… ¿cuál es la auténtica locura? Que, a pesar de esta terrible realidad, en el fondo de mi corazón, me creo capaz de nadar el kilómetro y medio de distancia que aproximadamente separa este lugar del puerto. La verdad es que lo sé. Quizá eso es lo único que importa. Porque si he aprendido algo en estas últimas semanas, es que «fuerza» no es más que un sinónimo de «fe». Y el auténtico valor reside en la capacidad de aferrarse a la esperanza.

Ahora mismo, estoy a solas con mis dudas en el borde del agua. Sé que no debo permitir que esto pueda conmigo. Lo que necesito de verdad es confiar en mi instinto.

Así que tomo aire con fuerza antes de dar un paso al frente y fijar la mirada en el horizonte lejano. Y entonces empiezo a nadar.

cap-3

1

Estoy en el recibidor de nuestra casa leyendo el mensaje que acaba de enviarme Jasper. Esa única palabra: «Corre».

Durante un minuto. Durante una hora. Siempre.

Me palpita el corazón con fuerza en el pecho mientras mantengo la vista gacha. Los seis agentes —agente Klute, agente Johansen, agentes no sé qué y agentes no sé qué más— están hablando. «Corre. No corras. Corre. No corras.» Les oigo decir cosas como: Departamento de Seguridad Nacional. Descartar una amenaza para la seguridad del país… Lo demás son solo ruidos sin sentido.

«Corre. No corras. Corre. No corras.»

«Corre.»

Me vuelvo de golpe hacia la escalera sujetando el móvil como si fuera una granada de mano.

Primero, echa a correr. Luego ya habrá tiempo para las preguntas. Quentin me enseñó eso.

—¿Wylie? —me llama mi padre a gritos. Se ha quedado de piedra. Confuso. Preocupado—. Wylie, ¿qué estás…?

Oigo voces, oigo un alboroto detrás de mí cuando salgo disparada hacia la escalera. «No mires atrás. No te pares. Sigue subiendo. Sigue subiendo. Sigue y sube.» Es lo único que necesito.

Pero ¿por qué estoy subiendo? ¿No debería correr hacia la puerta trasera en lugar de adentrarme más en la casa? Arriba, el baño de la segunda planta tiene el techo inclinado y una ventana tipo tragaluz. Eso es. Una vía de escape. Me sujeto a la barandilla cuando resbalo.

—¡Señorita Lang! —me llama uno de los agentes. Está tan cerca que casi puedo notar su aliento.

—¡Alto! ¡Déjenla en paz! —mi padre grita tan enfadado que apenas reconozco su voz. Muchas otras voces contestan a gritos. Oigo jadeos, empujones: una pelea—. ¡No pueden entrar de esta manera en nuestra casa!

—¡Doctor Lang, tranquilícese!

—¡Oye! ¡Para! —Es la misma voz que me ha gritado antes. Ahora está incluso más cerca.

Me lanzo hacia delante en cuanto llego al descansillo del segundo piso.

El baño. Debo llegar al baño como sea. «Céntrate. Céntrate. Más rápido. Más rápido.» Antes de que ese tipo me atrape. La puerta no está lejos. Y solo necesitaré un segundo para abrir la ventana y salir por ella. Después de saltar a toda prisa para aterrizar sobre el suelo, haré lo que ya he hecho antes. Correr. Correr como si me llevaran los demonios.

Salgo disparada por el descansillo mientras sigo oyendo las fuertes pisadas pegadas a mis talones.

—¡Wylie! —vocifera el hombre, aunque lo hace con un tono forzado, como si le costara reconocer que tengo nombre.

—¡Esta es nuestra casa! —vuelve a gritar mi padre.

Ahora parece que se encuentra más cerca de la escalera.

—Doctor Lang, ¡no se mueva de aquí!

Tengo la vista clavada en la puerta del baño que está al final del pasillo. Ahora parece lejísimos. El pasillo infinito. Pero debo llegar hasta esa puerta. Trepar hasta la ventana. Salir a través de ella. Paso a paso. Tan rápido como pueda.

—¡Señorita Lang! —vuelve a chillarme la voz, esta vez mucho más cerca. Demasiado cerca. Y el hombre está nervioso. Está lo bastante cerca para agarrarme, pero tiene demasiado miedo de hacerme daño—. ¡Venga ya! ¡Para! ¿Qué estás haciendo?

Después de la primera puerta a la derecha. Me quedan dos más para llegar.

Pero meto el pie sin querer por debajo de la alfombra. Consigo levantar las manos justo en el último segundo, de modo que la muñeca impacta con fuerza contra la pared y me golpeo el hombro en lugar de la cara. Aun así, el dolor lacerante es insoportable y caigo desplomada al suelo. Tengo la sensación de que podría empezar a vomitar al volverme sobre mí misma para ponerme boca arriba y apoyar el brazo sobre el vientre. Me da pánico mirar por si veo asomar el hueso de la muñeca.

—Por el amor de Dios, ¿estás bien?

El agente se ha detenido justo delante de mí. Ahora veo que es el bajito con los brazos musculosos, tan desarrollados que le sobresalen de forma rígida y poco natural por ambos lados del cuerpo. Sin duda alguna, está tan nervioso como parecía cuando me gritaba. Pero, además, está enfadado. Mira el pasillo de cabo a rabo como si estuviera comprobando si hay testigos.

—Maldita sea. Te he dicho que no corrieras.

Pasados unos minutos, me encuentro sentada en el sofá de cojines ya hundidos de nuestro pequeño comedor mientras mi padre me envuelve la dolorida muñeca con una bolsa de cubitos de hielo. El dolor me provoca una pulsación en el cerebro. Sin mediar palabra, los hombres se han colocado de tal forma que me bloquean el paso hasta la puerta, la escalera y el pasillo que lleva a la parte trasera de la casa. Es decir, todas las posibles salidas. En el marco de nuestra vieja casa victoriana parecen incluso más corpulentos que en el exterior.

Ahora sí que no hay escapatoria.

—No creo que se lo haya roto —anuncia el agente Klute mirándome el brazo.

Sin embargo, no está lo bastante cerca, ni por asomo, para hacer esa clase de afirmación.

Mi padre, de pie delante de mí, se vuelve y apunta el puño derecho a la cara del agente Klute. Parece diminuto en comparación con él, como un niño pequeño.

—Largo de mi casa —espeta señalando hacia la puerta—. Ahora. Lo digo en serio. Todos a la calle.

Lo dice como si estuviera a punto de sacar a la fuerza a Klute si fuera necesario. La ira ha cegado a mi padre y no es consciente de la diferencia de tamaño entre ambos. Moriría intentando protegerme, ahora lo veo con claridad. Ojalá lo hubiera sabido antes. No estoy segura de cómo habría influido eso en lo ocurrido en el campamento. Tal vez lo hubiera cambiado todo.

—Me temo que no podemos marcharnos, doctor Lang. —Klute agacha la cabeza—. No hasta que Wylie haya respondido a nuestras preguntas.

Intenta no parecer amenazador. Finge sentir lo ocurrido. Pero no convence a nadie. Sobre todo, porque no lo siente en absoluto. Lo percibo. Soy capaz de interpretar muy bien los sentimientos del agente y no me cabe ninguna duda. En realidad, el agente Klute siente muy pocas cosas. Resulta escalofriante. Mi padre se acerca un poco más a él; cada vez está más furioso.

—No pueden colarse en mi casa cuando les da la gana y perseguir a mi hija. Ella es la víctima de todo este asunto —dice mi padre—. Aunque fuera una delincuente, necesitan una autorización judicial para irrumpir en cualquier hogar. Esto no es legal. Se acordarán de mí si mi hija tiene la muñeca rota.

—Dejemos las cosas claras, doctor Lang: su hija ha huido de unos agentes federales. ¿Tiene la menor idea de lo peligroso que es eso?

Mi padre está a punto de echarse a reír. Pero se pone las puntas de los dedos sobre los labios, con las palmas de las manos juntas, como si fuera a rezar. Jamás lo había visto tan enfadado. La rabia le ha demudado la expresión del rostro. Aunque percibo que intenta permanecer tranquilo con todas sus fuerzas. Quiere hacer lo correcto.

—Largo. Largo. Largo —ordena mi padre, con parsimonia, en voz baja y sin parar. Como el repiqueteo de un tambor—. Ahora mismo, o juro por Dios que…

—Como ya he dicho, no podemos hacerlo. —El agente Klute se mantiene tan sereno que pone los pelos de punta—. Wylie es testigo material de un homicidio múltiple que podría estar relacionado con una trama de terrorismo nacional. Necesitamos que nos acompañe y responda algunas preguntas. Eso es todo.

—¡Ja! —suelta mi padre—. Voy a llamar a un abogado.

«¿A qué abogado?», pienso cuando agarra su móvil y marca un número. No obstante, parece muy seguro al llevarse el teléfono a la oreja. El tiempo se eterniza mientras estamos ahí de pie, esperando a que alguien conteste la llamada, a que mi padre hable. Noto que el agente Klute está mirándome. Intento no devolverle la mirada, pero no puedo resistirme.

No me cabe ninguna duda de que sus ojos negros y fríos están clavados en mí, y tiene la boca ligeramente abierta para que pueda ver su blanca dentadura. Lo imagino mordiéndome. Aunque no percibo los sentimientos hostiles hacia mí que serían previsibles en él; ni tampoco ninguna sensación de incomodidad, ni suspicacia, ni exasperación. Solo percibo una emoción: lástima. Y eso resulta mucho más aterrador.

Cruzo los brazos con fuerza y me presiono el vientre cuando empieza a formárseme un nudo en el estómago. A lo mejor debería limitarme a contestar sus preguntas. A lo mejor así todo acabaría antes. Lo que ocurre es que tengo el terrible presentimiento de que —sin importar lo que diga— esto es el principio de algo y no el final.

«Respira —me recuerdo a mí misma—. Respira.» Porque la habitación empieza a estrecharse, el suelo empieza a moverse bajo mis pies. Este no es el momento ideal para desmayarse. Hace solo treinta y seis horas que soy una Extraña, pero sé que todavía puedo perder el control.

—Hola, Rachel, soy Ben —dice por fin mi padre al teléfono—. Necesito que me llames lo antes posible. Es una emergencia.

Rachel. Claro. Mi padre no podía llamar a otra persona. Rachel era amiga de mi madre. O, mejor dicho, examiga. Tras haber perdido el contacto con ella durante años, Rachel se presentó por sorpresa en el funeral de mi madre. Desde entonces, no logramos mantenerla alejada de nosotros. Quiere ayudar. O eso es lo que ella dice. Mi padre cree que es su forma de sobrellevar la pena. Yo opino que, en realidad, Rachel va detrás de mi padre. Pero al margen de eso, es todo muy raro. Rachel es rara ya de por sí, y no me fío de ella.

Sin embargo, me guste o no, ella es abogada defensora de derecho penal. Sabría qué hacer en una situación como esta. Además, quizá Rachel sea una bruja —mi madre nunca nos contó los detalles sobre su distanciamiento—, pero, a pesar de lo ocurrido entre ambas, mi madre siempre decía que recurriría a ella si alguna vez se metía en problemas graves. Según ella «Rachel sería capaz de sacar de la cárcel a un asesino en serie que alardeara de sus crímenes». Y no lo decía como un cumplido.

—Doctor Lang, si Wylie no tiene nada que ocultar, no debería suponer ningún problema para ella hablar con nosotros —dice el agente Klute cuando mi padre cuelga el teléfono.

—A lo mejor tendría menos problemas si por su culpa no me hubiese caído —replico, porque me da la impresión de que mi padre necesita que le echen un cable.

—¡Oye, te has caído tú sola! —protesta el agente bajito con voz aflautada—. Yo no te he tocado.

Eso es cierto, por supuesto, pero no me parece lo más importante en este momento.

El agente Klute me mira con el ceño fruncido. Nada está saliendo como estaba previsto. Y ahora sí que se siente molesto, pero solo un poco. Como si acabara de caerle una pequeña gota de sopa en una camisa oscura e impoluta.

—Se lo aseguro, doctor Lang, tenemos amplia autoridad para la interrogación de testigos en casos de posible terrorismo. Y no necesitamos ninguna clase de autorización. Wylie no está detenida. Al menos, de momento.

—Después de eso —mi padre señala mi brazo con el dedo—, la única forma de que respondamos a sus preguntas es si nuestra abogada nos dice que debemos hacerlo.

El agente Klute toma aire.

—Está bien. ¿Cuándo llegará su abogada?

—No lo sé —responde mi padre, intentando sonar como si tuviera la situación bajo control. Sin embargo, yo percibo con toda claridad su preocupación.

El agente Klute lo mira impertérrito.

—En ese caso, esperaremos aquí a su abogada. Durante el tiempo que haga falta.

Pasado un buen rato, media hora más o menos, mi padre y yo seguimos sentados en el sofá, en silencio, el uno junto al otro. Los agentes están de pie, inmóviles como esculturas de piedra, cada uno en un rincón. El agente Klute es el único que se mueve, va de un lado para otro haciendo crujir el suelo bajo sus poderosas pisadas mientras envía mensajes con el móvil. Se le ve más inquieto a medida que los va enviando.

Quiero mandarle un mensaje a Jasper, pero ¿quién sabe lo que contestará? Y si los agentes me llevan para someterme a un interrogatorio, cabe la posibilidad de que me quiten el móvil. Es más seguro que espere a hablar con él cuando ellos ya se hayan ido.

Mi padre llama a Rachel otras dos veces, pero en ambas ocasiones salta el buzón de voz. Así que esperamos un poco más. Pasa otra media hora. Luego pasa una hora. No doy crédito a lo incómodo que es el sofá de nuestro comedor. No creo que nadie haya estado sentado en él durante tanto tiempo; yo no, desde luego. Al final tengo que ir al baño, pero no soporto la idea de que alguien me acompañe. Y estoy segura de que lo harán.

Estoy pensando en ir al lavabo, aunque sea acompañada de mis «niñeras», cuando el móvil del agente Klute vibra emitiendo un poderoso zumbido en su mano.

—Disculpen, debo responder esta llamada —dice, y hace un gesto con la cabeza a los demás agentes antes de salir de la casa para indicarles que ahora están ellos al mando.

Cuando la puerta principal se cierra detrás del agente Klute, el móvil de mi padre suena por fin.

—Rachel —responde él, desesperado y aliviado al mismo tiempo. Permanece callado, escuchando durante un minuto—. Bueno, pues no muy bien, para serte sincero. ¿Puedes venir a casa? Se trata de una emergencia. No, no, no es nada de eso. —Hace una pausa e inspira con fuerza al levantarse. Aunque, en realidad, no va a ninguna parte. Se limita a quedarse en el sitio, delante del sofá. De pie, parece muy inestable, como si una parte de su ser estuviera desintegrándose—. Hay unos agentes federales aquí que quieren interrogar a Wylie y yo… Verás, ha sufrido mucho, y me gustaría que lo hicieran en otro momento. —Se hace de nuevo un silencio mientras Rachel le responde—. Ya lo he hecho. Se han negado. Dicen que tiene relación con sus sospechas sobre una posible trama de terrorismo internacional, y Wylie no es sospechosa… —Más silencio—. Sí, vale. Vale. Gracias, Rachel. —Ahora mi padre parece más animado, más esperanzado cuando se vuelve hacia mí.

—¿Qué te ha dicho? —le pregunto.

—Que estamos haciendo lo correcto —me responde—. Y que la esperemos aquí. Ahora viene.

Mi padre sigue con el móvil en la mano cuando el agente Klute vuelve a entrar en nuestra casa.

—No tardaremos en ponernos en contacto con usted, doctor Lang —dice Klute como si tal cosa. Como si fuera la continuación de una conversación que hubiéramos estado manteniendo. Como si ya lo hubiéramos acordado antes—. Realizaremos el interrogatorio en otra ocasión.

Pero ¿por qué? No me trago que el agente Klute se largue por miedo a una abogada que ni siquiera conoce. Ni siquiera sabe que Rachel ha devuelto la llamada a mi padre. Klute hace un gesto de asentimiento con la cabeza a sus hombres. Está claro que tienen sus motivos para marcharse. Y seguro que eso es malo.

—¿Adónde van? —pregunto, aunque seguramente habría sido mucho mejor que me quedara callada. No es que quiera que se queden.

Cuando el agente Klute me mira, vuelvo a percibir su lástima. Y esta vez es peor. Es un sentimiento muy claro y profundo. Asiente de nuevo con la cabeza.

—Ya le llamaremos.

Me quedo mirando mientras Klute reúne a sus hombres y todos ellos desaparecen por la puerta. Es una sensación similar a la de ese espeluznante momento de calma que precede al desastre, cuando la marea se retira justo antes de que un tsunami arrase la orilla. Es un silencio increíble y realmente aterrador.

cap-4

2

Seis semanas después

 

Abro los ojos y la oscuridad es total. Estoy en mi habitación en plena noche y Jasper me está llamando. No necesito mirar la pantalla del móvil para saber que es él. Pero no contesto. A veces, Jasper deja que suene una vez y luego cuelga. Además, esta noche, por primera vez en mucho tiempo, lo único que quiero es dormir.

Desde que regresamos de Maine hace seis semanas, las llamadas que Jasper hace de madrugada se han convertido en algo diario. Llama desde su nuevo móvil, claro. Porque no fue él quien me envió el mensaje diciéndome que corriera ese día de hace tantas semanas ya, cuando los agentes se encontraban en la puerta de mi casa.

En cuanto el agente Klute y sus amigos se fueron, devolví la llamada a Jasper, porque quería asegurarme de que estaba bien y saber por qué me había dicho que corriera. Pero no respondió. Después de llamarlo durante dos horas y de intentar dar sin éxito con algún número de teléfono fijo para contactar con su familia, insistí, a pesar de la oposición de mi padre, en que fuéramos en coche hasta su casa para comprobar si estaba bien.

Jasper se encontraba perfectamente cuando por fin abrió la puerta: dormido y confuso, pero bien. No tenía móvil; Quentin se lo había quitado mientras estábamos en el campamento.

La policía local encontró mi móvil en la cabaña principal y me lo había devuelto esa misma mañana durante uno de los numerosos interrogatorios a los que me sometieron en el área de descanso. Pero a Jasper y a mí nos interrogaron por separado. Supuse que a él también le habían devuelto el suyo. En realidad, ni siquiera había pensado en ello. Sin embargo, los agentes de policía no encontraron el teléfono de Jasper.

Pero alguien me había dicho que corriera en ese preciso momento. Y no puedo ni imaginar con qué terrible finalidad. A lo mejor esperaban que, si salía corriendo, acabara muerta.

Mi padre se puso en contacto con el agente Klute más adelante, cuando nos dimos cuenta de que el mensaje que yo había recibido no era de Jasper. El agente accedió a echar un vistazo al texto y al final concluyó que todo había sido una especie de broma. Le presionamos para que nos diera más detalles. La teoría de la broma no tenía sentido. No obstante, el agente Klute dejó de contestar nuestras llamadas. No teníamos nada que objetar, pues nosotros tampoco queríamos volver a saber nada de él.

Mi móvil vuelve a sonar y lo busco a tientas en la mesilla de noche. Pienso una vez más que debería cambiar el tono por otro menos estridente. Aunque seguiré con los nervios a flor de piel independientemente de cuál sea el tono del móvil.

El simple hecho de haber dormido ha sido todo un logro. Ni Jasper ni yo hemos pegado ojo desde que regresamos de Maine: demasiados reproches, demasiada culpa. En lugar de dormir, pasamos las noches en vela hablando horas y horas por teléfono, hablando de todo y de nada. Y yo me quedo tumbada en la cama, mirando las viejas fotos que empapelan las paredes de mi cuarto, pensando en que debería quitarlas porque me recuerdan a mi madre. Convencida de que esa es precisamente la razón por la que no las quitaré jamás.

Jasper y yo intentamos que nuestras conversaciones sean superficiales, para evitar que emerja toda la parte oscura. Quizá sea justo por eso por lo que no funciona. Las dudas sobre las decisiones que tomamos esa noche en que nos dirigíamos al norte —qué habría pasado si se lo hubiéramos contado a la madre de Cassie desde el principio, y si hubiéramos ignorado a Cassie y hubiésemos acudido a otra comisaría de policía— son demasiado obvias y nos enfurecerían al compararlas con la realidad. Con tanta conversación, Jasper y yo hemos intimado más. Algunas veces me pregunto cuánto durará o qué hay de auténtico en esta amistad, esta relación nacida de tanto horror. Otras veces, no quiero ni pensar en ello. La verdad es que no quiero pensar mucho en nada. Hay demasiadas preguntas que no sé contestar.

Con su estilo terapéutico de siempre, la doctora Shepard ha dicho que no le parece buena idea que volvamos a hablar del tema, y yo también lo creo. Pero Jasper no puede contenerse. Ambos tenemos nuestras suposiciones sobre lo que podría haber pasado si hubiéramos actuado de otra forma, sin duda, pero fue Jasper el que culpó directamente a Cassie de que nos retuvieran en el campamento. Yo le digo lo mismo siempre que saca el tema: «No, no es culpa tuya, Jasper. Cassie está muerta por culpa de Quentin, no por tu culpa». Y lo creo de verdad.

No obstante, Jasper no me cree. Algunas veces, al mirarlo a los ojos, tengo la sensación de que estoy observando a alguien que agoniza lentamente de hambre. Y que yo estoy ahí de pie, sosteniendo un montón de comida entre los brazos.

Tampoco es que yo esté mucho mejor ahora. Sigo teniendo unas pesadillas horribles, y todos los días lloro por lo menos una vez. La doctora Shepard dice que son síntomas normales de la pena y el trauma. Además, enterarme de que era una Extraña no ayudó precisamente a que la ansiedad desapareciera.

Sin embargo, estos días hay menos leña que alimente el fuego. Estoy trabajando la habilidad de distinguir las emociones de otros de mi propia ansiedad. Resulta que existen pequeñas diferencias entre las formas de sentir de cada uno. Mi ansiedad es más fría, la tengo más metida en las tripas; mientras que percibo los sentimientos de otras personas más arriba, en el pecho. Ahora, los ejercicios respiratorios de la doctora Shepard y sus meditaciones de mindfulness, sus charlas sobre el pensamiento positivo —cosas que siempre me había recomendado— de verdad empiezan a funcionar, seguramente porque estoy más predispuesta a creer que funcionarán.

Por fin doy con el móvil a tientas y casi lo tiro al suelo antes de contestar.

—Hola. ¿Qué pasa? —pregunto con la voz ronca. Carraspeo para aclarármela.

—Mierda, ¿dormías? —se lamenta Jasper. Parece dolido, como si se sintiera traicionado por mi falta de insomnio.

—Bueno, en realidad no —le miento—. Solo estaba… ¿qué pasa? —Entonces recuerdo la razón de por qué ha llamado tan tarde. Porque ya es tarde, incluso para él—. Oh, espera, la cena con tu madre. ¿Qué tal te ha ido?

Se suponía que Jasper iba a decirle que había cambiado de idea respecto a lo de jugar al hockey para el Boston College. El campamento de verano para nuevos alumnos empieza dentro de unos pocos días y Jasper no piensa ir. Y el Boston College no va a concederle la beca deportiva para la universidad si Jasper no juega al hockey. Así que si decide no ir, deberá despedirse del Boston College.

Pero a Jasper eso no le preocupa. En absoluto. Ni siquiera está seguro de si todavía quiere ir a la universidad. De hecho, últimamente, cuando habla de tirar por la borda la posibilidad de ingresar en el Boston College es el único momento en que parece recuperar cierta alegría. Sin embargo, estoy bastante segura de que negarse a jugar al hockey es un autocastigo por lo que le ocurrió a Cassie. Porque, a pesar de que su madre lo presione para que sea deportista, en el fondo a él también le encanta. Dar la espalda al deporte es una forma de torturarse a sí mismo.

—La cena ha estado bien —dice Jasper.

Sin embargo, no parece que sea ese el motivo por el que ha llamado.

—¿Qué ha dicho tu madre?

Me doy impulso para levantarme de la cama y enciendo la luz.

—¿Qué ha dicho? ¿Sobre qué?

—Pues… ¿sobre lo del hockey? —pregunto, con la esperanza de que mi tono lo haga bajar de las nubes—. ¿Estás bien? Pareces algo distraído.

—Sí, sí. Estoy bien. —No resulta nada convincente—. La conversación con mi madre ha ido tal y como imaginaba.

Tampoco parece disgustado, lo dice más bien en un tono apático. Espero a que me cuente los detalles, pero se queda callado.

—¿Tu madre va a permitir que lo dejes? —le pregunto con la mirada fija en la foto que hice a la vieja con su bolsa de tela de cuadros escoceses y con todas esas migas entre los pies. Esa que Jasper dijo que era deprimente la primera vez que estuvo en mi casa, el día que salimos disparados en busca de Cassie. Me pregunto si ahora la vería de la misma forma.

—Define «permitir» —dice, e intenta reírse, pero suena forzado y falso.

Me pongo en tensión.

—Jasper, venga, ¿qué ha pasado?

—Oh, ya sabes, más o menos lo que esperaba —responde.

Sé que intenta reunir el valor necesario para contármelo, pero capto el esfuerzo en su tono de voz. También lo percibo, incluso hablando por teléfono.

—Supongo que ha sido peor de lo que esperaba.

—Peor ¿en qué sentido? —pregunto, aunque quizá debería distraerlo en lugar de insistir para que me cuente los detalles.

Como me pasa siempre con Jasper en los últimos tiempos, me siento totalmente perdida.

—Mi madre me ha dicho que si no juego al hockey, que si decido no ir al campamento y todo eso, no podré vivir bajo su mismo techo. —Hace una pausa y suspira—. Oye, no iba a cambiar de la noche a la mañana solo porque yo haya estado a punto de morir. —No sé si lo ha dicho en plan broma. Pero esa tensión extraña que capto en su voz es fruto de la tristeza. Siento una presión en el pecho.

—Lo lamento.

Me gustaría que se me hubiera ocurrido algo mejor que decir. Pero cualquier otra cosa habría sido mentira, y sé lo que se siente cuando te las cuentan.

Jasper se merece algo mejor.

—Quizá tenga razón.

—Entonces ¿estás planteándote jugar después de todo? —lo pregunto sin poder evitar sonar demasiado esperanzada.

No puedo evitarlo. No me gusta la madre de Jasper, pero estoy de acuerdo con ella en que él debería ir al Boston College y jugar al hockey. Ahora mismo está demasiado perdido para cortar por lo sano con lo único que le proporciona cierta alegría.

—Ni hablar —contesta, como si fuera lo más ridículo que le han sugerido en su vida—. No pienso jugar de ninguna manera.

Se me ha acelerado el pulso. Sí, existe una fina línea que separa mi interpretación de los sentimientos negativos de Jasper y mi propia ansiedad, pero sigue siendo muy borrosa. Lo único que puedo afirmar con certeza es que esta conversación está preocupándome cada vez más.

Aunque todavía no tengo claro si es por mis sentimientos o por los de Jasper.

—Bueno, pues he conseguido llegar a su consulta en persona —dije a la doctora Shepard en nuestra primera sesión presencial, una semana después de haber regresado del campamento.

Estaba pidiendo a gritos que me felicitara. A pesar de todo el trauma sufrido, lo había conseguido, había sido capaz de obligarme a mí misma a salir de casa.

Desde su enorme butaca roja, donde estaba sentada tan guapa y menuda como siempre, me hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y estuvo a punto de sonreír. Todavía parecía Alicia en el País de las Maravillas reducida a la mínima expresión. Me sentía aliviada de que nada hubiera cambiado.

—Me alegro de que estés aquí —respondió la doctora.

No fue tan pródiga en felicitaciones como yo había imaginado, pero ese era el estilo de la doctora Shepard: no exagerar demasiado las cosas. Ni las buenas ni las malas. Quería que yo tuviera expectativas sobre mí misma, pero también debía dejarme claro que ella no las tenía.

Charlamos durante un buen rato sobre qué tal estaba pasando esos días, sobre cómo iban las cosas en casa… Pero solo era una manera de retrasar el momento de hablar de lo que había ocurrido en el campamento.

—Sabes, mientras estábamos buscando a Cassie me sentí menos ansiosa que en otras ocasiones —dije al final para afrontar el tema, aunque quizá fui demasiado brusca—. ¿No debería haber sentido más ansiedad en una situación así? Durante mucho tiempo solo pensar en salir de casa me generaba ansiedad. Aunque, en realidad, no era por el hecho de salir.

—La ansiedad es variable, Wylie. No tiene por qué manifestarse de la misma forma en todo el mundo. No hay nada establecido en la ansiedad. Incluso una misma persona puede experimentar la ansiedad de diferentes maneras a lo largo del tiempo dependiendo de sus experiencias vitales; el accidente de tu madre, sin duda alguna, empeoró tus síntomas hasta el punto de incapacitarte para salir al exterior durante un breve período. La inyección de adrenalina provocada por la llamada de socorro de Cassie probablemente camufló tu propia ansiedad de forma temporal —aclaró—. Por una vez, las alarmas que se dispararon en tu interior estaban en consonancia con el peligro real que suponía tu situación. No me sorprende que la ansiedad que sentías en ese momento resultara menos evidente.

—Entonces ¿esa es la manera de curar mi ansiedad? ¿Vivir constantemente en una situación de emergencia?

La doctora Shepard torció el gesto. Jamás ha sido fan del sarcasmo.

—Hay personas que experimentan períodos de ansiedad grave y los superan. Otras tienen buenas y malas temporadas de forma cíclica a lo largo de su vida. En el caso de la ansiedad, no hay explicaciones estándares ni predicciones, Wylie. Ni diagnósticos absolutos. Lo desconocido puede resultar frustrante, pero también alentador. Ahora mismo estás aquí. Tal vez deberíamos empezar por ahí.

—¿Cree que mi «percepción emocional hipersensible», eso de ser una «Extraña» —hice el gesto de comillas con los dedos al pronunciar cada una de las palabras, al tiempo que entornaba los ojos para dejar claro que no me lo tomaba muy en serio— podría ser la explicación de lo que funciona mal en mí?

Mi padre había llamado a la doctora Shepard para explicarle lo que había ocurrido en el campamento y la relación con su investigación, incluido el término de nuevo cuño «percepción emocional hipersensible», o «PEH», que, en mi opinión, escogió por desvincularlo de cualquier comparación con la percepción extrasensorial. También le contó que yo era una Extraña y lo que eso significaba. Fue un alivio no tener que entrar en detalles, concretamente en cuanto a mi condición de Extraña, que me parece al mismo tiempo emocionante y confuso, pero, sobre todo, aterrador. Era como enterarse de que durante años has tenido un tumor benigno en el vientre. Desde luego, eran buenas noticias: no estabas enferma y perderías cuatro kilos cuando te extirparan esa cosa del tamaño de una sandía. Pero todavía tenías que lidiar con la abrumadora sensación de que habías sido invadida, ocupada. Y lo que es peor: no te habías enterado de cómo había ocurrido.

—¿Lo que funciona «mal» en ti? —repitió la doctora Shepard—. Los parámetros de «bien» y «mal» no son una forma efectiva de enfocar una discusión sobre la ansiedad.

—Ya sabe a qué me refiero —dije, aunque ¿cómo iba a saberlo ella? Yo misma no estaba segura de qué decía.

Quería obtener ciertas respuestas (¿cuál era mi grado de ansiedad real?), aunque quería evitar otras (¿qué significaba realmente ser una Extraña?). Quería librarme de la ansiedad sin tener que enfrentarme a mi condición de Extraña, quería escoger la respuesta a la carta.

—¿Cree que es posible que en realidad no sufra de ansiedad?

La doctora Shepard se quedó mirándome, y percibí, con claridad preocupante, el instante en que decidió ir directa al grano en lugar de aplicar su típica técnica terapéutica de esquivar la pregunta. No resultaba precisamente reconfortante ver con facilidad el interior de los demás. Eso hacía que todo el mundo pareciera mucho más débil y que sus capacidades resultaran mucho más vulgares.

—Creo que la hiperconciencia es algo poderoso, Wylie. ¿Me entiendes?

Asentí en silencio. Pero entonces me lo pensé mejor.

—No, en realidad no la entiendo, no la entiendo en absoluto.

—La percepción emocional hipersensible podría haber aumentado tu ansiedad, sin duda. Es posible que, en algunas ocasiones, hayas confundido tus emociones con las de otros. No obstante, yo diría que es bastante improbable que el hecho de ser una Extraña sea la única explicación de tu ansiedad. Voy a preguntarte algo. ¿Ahora mismo estás ansiosa?

Intenté tomar algo de aire. No fue fácil. Y sentía esa pesadez fría en el estómago, sin duda.

—Sí, desde luego.

Sin embargo, sí era capaz de distinguir mi ansiedad en cuanto tomaba conciencia de ese frío peculiar. Lo sentía más bien como una mochila que llevara a mi espalda y no ubicado en algún órgano interno.

—Al menos puedo asegurar que la ansiedad que sientes en este momento es tuya, no mía, Wylie. En resumen: creo que la respuesta es que sí, sufres ansiedad y, sí, tienes desarrollada una percepción emocional hipersensible. Serás tú misma quien decida qué es qué.

No obstante, ese era precisamente el problema. En esas primeras horas posteriores a nuestra huida con Jasper, todavía especulando sobre qué le habría ocurrido a Cassie, el hecho de ser una Extraña parecía la explicación para todo lo malo que me había afectado en la vida. El secreto de mi libertad. Pero, en un abrir y cerrar de ojos, «ser una Extraña» se había convertido en una caja sin fondo repleta de preguntas y más preguntas. Hasta entonces había decidido bajar la tapa y cerrar la caja a cal y canto. Con el convencimiento de que yo era la única que tenía derecho a usar la llave.

Sin embargo, no pensaba hacerlo aún. Había rechazado educadamente participar en cualquiera de las «pruebas de seguimiento» de mi padre y me había negado a que me enseñara a «hacer más cosas con mi percepción emocional hipersensible» o mi habilidad para «interpretar». Había evitado de forma intencionada saber cómo iba la investigación de mi padre. Solo conocía sus dos temas principales: el «alcance» de la habilidad de los Extraños (qué podíamos hacer si practicábamos) y la «fuente» de la habilidad de los Extraños (de dónde procedía).

Tras haber descubierto por casualidad a las tres Extrañas originales —las otras dos chicas y yo—, mi padre había realizado estudios adicionales de «exploración» sirviéndose de una serie de voluntarios, aunque no obtuvo resultados publicables. Fue durante esos estudios exploratorios cuando se percató de que las Extrañas eran todas chicas, y todas adolescentes. Todo eso sucedió antes de lo que acabó ocurriendo en el campamento. A esas alturas, mi padre había pasado la mayor parte de su tiempo redactando solicitudes para recaudar fondos y propuestas de financiación para llevar a cabo un estudio en condiciones, revisado por expertos para su publicación y que pudiera probar la existencia de los Extraños. Entonces, y solo entonces, mi padre podría desarrollar las cuestiones más complejas sobre el origen y el alcance del fenómeno en cuestión. Por el momento, en lo relativo a la comunidad científica, era como si nada hubiera ocurrido jamás.

—¿Y qué pasa si no quiero ser una Extraña? —pregunté a la doctora Shepard, y lo dije con una curiosa voz aflautada por la repentina tensión en la garganta.

—Quizá no sea algo opcional, Wylie. De la misma manera que no puedes decidir tener o no tener ansiedad. —La doctora Shepard se inclinó hacia delante y me miró con intensidad—. Pero sí puedes decidir qué hacer siendo como eres.

Inspiro con profundidad mientras cuento hasta cuatro, intentando no exhalar en el teléfono que todavía tengo pegado a la oreja.

—Jasper, ¿qué quieres decir con eso de que tu madre «tiene razón»? ¿Razón en qué?

—En lo de que no viva con ella —dice—. A lo mejor cojo mis cosas y me largo, yo qué sé. Bueno, ya sabes, me piro en busca de la libertad y todo ese rollo. Ya lo resolveré durante el viaje.

—Resolver ¿el qué? —espeto, cada vez más asustada.

—Resolverlo todo —contesta—. Siento haberte despertado, Wylie. Necesitas dormir. Podemos hablar sobre mi madre y sobre todo lo demás más tarde, o mañana. O da igual. Ni siquiera era ese el motivo por el que te he llamado. Estaba despierto y quería saludarte. Eso es todo.

Es mentira. Aunque estemos hablando por teléfono soy capaz de percibirlo.

—Ahora ya estoy despierta. No tienes que colgar.

Entonces se hace un silencio entre nosotros, y lo odio.

—¿Sabes? Tenías razón —prosigue Jasper por fin—. Cuando dijiste que fue culpa mía que Cassie se descontrolara tanto.

Tuerzo el gesto. Es cierto que lo dije más de una vez —antes incluso de que llegáramos a Maine—. Y, Dios, lo decía muy en serio. Me resulta difícil recordar lo mucho que culpé a Jasper por todo.

—Jamás debería haberlo dicho, Jasper. Lo que pasaba es que tenía miedo de que fuera culpa mía por haber sido una mala amiga. Que Cassie se descontrolara tanto no fue culpa tuya. Ni tampoco fue culpa mía.

—¿Aunque a mí me gustara que Cassie estuviera así de descontrolada? —plantea Jasper.

Entonces entiendo la profundidad de su sentimiento de culpa. Ni siquiera necesita culparse a sí mismo por lo ocurrido en esos últimos momentos en la cabaña para responsabilizarse de la desaparición de Cassie. Se considera el responsable del descarrilamiento del tren.

—Cuando estaba así, yo podía convertirme en su salvador una y otra vez.

Siento que se me encoge el estómago y un intenso frío me recorre de arriba abajo. Y son mis sentimientos, no los de Jasper.

—¿Y a quién no le gusta ser el héroe? —propongo, esforzándome por encontrar el lado positivo.

—Sí —afirma Jasper—. Pero la gente no suele acabar muerta por ese motivo.

Vuelvo a percibir la espeluznante neutralidad en su tono de voz.

—¿Quieres que vaya para allá? —digo—. Por tu forma de hablar intuyo que estás solo.

—No, tranquila.

—No me cuesta nada. No me importa. —Ya estoy saliendo de la cama. Mi padre me llevará a casa de Jasper en coche, aunque la idea no le entusiasme.

—No, Wylie —insiste Jasper esta vez en voz más alta—. Lo digo en serio. No vengas. No quiero que lo hagas. —Toma aire—. Es… es por mi madre. Ha doblado turno en el hospital y acaba de llegar a casa. Se pondrá como loca si algo la despierta, y ya está bastante cabreada conmigo.

—¿Estás seguro? —pregunto—. Porque a mí me apetece…

—Sí, estoy seguro. Si vienes ahora mismo, empeorarás las cosas —asegura—. Escucha, ven mañana por la mañana. Podemos ir a dar un paseo o algo así. Para hablar. —Esta vez lo dice con más suavidad, con más calidez. En cierta forma, resulta más convincente.

—Un paseo, sí —digo.

—Escucha, estoy bien. Cuando mi madre hace doble turno, suele despertarse a las diez. Si quieres puedes venir a esa hora.

—Solo si me prometes una cosa.

—¿El qué?

—Que de verdad estarás bien.

Pronuncio las palabras con un nudo en la garganta y tengo que tragar saliva para deshacerlo. Jasper está destrozado. Y se supone que no debería estarlo. A pesar de su desastroso padre y de tener una madre que solo lo quiere por lo que sabe hacer, él sigue siendo el optimista. Se supone que la que está destrozada soy yo.

—Desde luego —afirma Jasper, el repentino tono animado de su voz es una tapadera evidente de la auténtica razón por la que ha accedido tan rápido—. Pero ahora tú tienes que prometerme algo.

—Lo que quieras.

—Prométeme que llamarás antes de venir.