Acabo de salir de Encuentros VIP. Son las seis y cuarto de la mañana, esta noche me he dejado llevar demasiado. No recuerdo la cantidad de chicos con los que he tenido sexo durante las últimas cinco horas. También chicas, sí: dos, preciosas, divinas. Mi acompañante hace ya rato que se fue a casa. Tenía que trabajar y me dijo que estaba cansado. Comprendo que hay días en que es difícil seguirme el ritmo. Me abrocho el abrigo, el frío de la calle acaricia mi piel con tanta delicadeza como antes lo han hecho decenas de manos.

Caminando por la calle, en el silencio de la madrugada, tengo tiempo de pensar en cómo me siento: por un lado, plena de energía, como si en lugar de gastar la mía hubiese absorbido la de mis ocasionales compañeros. Por otro, sucia, todavía no he conseguido deshacerme de esa sensación. El metro acaba de abrir. Avanzo por la calle medio desierta y el retrovisor de un coche aparcado en la acera me devuelve mi reflejo. Me observo, me escudriño, intento recordar a esa yo tan diferente de hace un año tan solo. Esa persona que hoy no me habría reconocido.

 

 

Me llamo Zoe. Antes era una chica «normal», ahora, por lo visto, soy swinger.

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UN AÑO ANTES

 

 

 

Tiene un culo perfecto. No solo es el amor de mi vida, sino que además tiene un culo perfecto. Dicen que el domingo es el día más aburrido de la semana, pero a mí me encanta: es el único que puedo disfrutar entero con mi chico. Llevamos ya diez años pero con nuestros horarios, si sumamos los momentos que pasamos juntos, nuestra relación no pasaría de tres meses. Quizá es por eso que tenemos la ilusión del que todavía está empezando.

Javi gira la cabeza, parece como si hubiera notado mis pupilas clavadas en sus nalgas y, con esa mirada que solo él tiene y que siempre me desarma, me sonríe. Está desnudo de cintura para arriba, y yo, medio dormida y hecha un bicho bola con el edredón, lo contemplo embobada desde la cama. No tiene un cuerpo espectacular, pero es mi chico y a mí me parece el tío más atractivo del mundo.

—¡Buenos días, cariño! —Se acerca y sus labios acarician mi frente—. ¿Qué tal has dormido?

—De maravilla —contesto estirándome como si fuera a desmembrarme—. ¿Y tú?

—Yo también, pero no demasiado. No quería perderme el precioso espectáculo que es verte durmiendo a mi lado —me dice, zalamero. Este quiere algo.

—Anda, eso se lo dirás a todas. Podrías inventarte algo más original conmigo —contesto bromeando.

—Pero ¡no a todas les traigo el desayuno! —Y, como por arte de magia, desliza una bandeja con café recién hecho, zumo de naranja y mis cruasanes favoritos de la pastelería de abajo. Decididamente, quiere algo.

—Pero ¿cuándo te has levantado, si no me he dado ni cuenta?

—Pues ya ves, los pesados del grupo de baloncesto, que no paraban de mandar wasaps porque les faltaba uno a última hora para jugar. Que les ha fallado Carlos. Seguro que salió anoche, como siempre, y se ha quedado dormido. Ya les he dicho que se busquen a otro, que hoy estoy con mi churri —dice con la boca pequeña. Ya sé lo que quiere.

—¿Y ya han encontrado a alguien? —No sé ni para qué pregunto si ya conozco la respuesta.

—Qué va, lo llevan crudo. ¿A quién se le ocurre montar un partido un domingo por la mañana?

—¡Ay, pobres! Oye, si quieres ir a jugar, no pasa nada. De verdad. Pero no te puedes quedar a las cervezas, ¿eh? —le digo mientras pienso que soy una santa.

—No, paso, que para un día que podemos estar juntos, sin nadie que nos moleste… —farfulla todavía con menos convicción que antes.

—De verdad, que no me importa, yo aprovecho y me veo un capítulo de Breaking Bad, que como nunca me esperas, me llevas ya tres de adelanto. Pero te vienes nada más terminar, ¿vale?

—Ummm…, bueno, lo haré por estos, que me dan pena. —Sus ojos se han iluminado de repente.

—Sí, por estos y por ti, que hace ya dos semanas que no juegas y tienes un mono de baloncesto… Eso sí, no gastes muchas energías, que luego te voy a dar cañita de la buena —le digo riendo.

—¡Uy, entonces me voy a mover menos que los ojos de Espinete! Pero ¿hoy no tenemos que ir a comer a casa de tus padres?

—Hoy no. Hoy te libras. Y hasta te dejo ir a jugar. Si es que claro, me traes el desayuno a la cama y me ablando… Pero ¡no te acostumbres!

—¡Pues salgo corriendo, que ya no llego! —Su cara es la de un niño al que le han dado permiso para salir al recreo.

—Si es que sabías que te iba a decir que sí. Me conoces demasiado.

—Y tú a mí…, y tú a mí.

Me regala un beso delicado y comienza a ponerse la ropa. Me encanta verlo vestirse, casi tanto como desvestirse. Cuando termina, me guiña un ojo desde la puerta y se marcha con su mochila al hombro a echar su partido de baloncesto. ¡Son tan simples! A veces pienso que nuestro perrito Genaro y él no se diferencian demasiado: son felices con un poco de comida, una pelotita tras la que correr y de vez en cuando a menear la cola.

Empiezo a desayunar mientras escucho Band Of Horses en el ordenador. Es mi momento del día y, sin embargo, soy tan gilipollas que ya echo de menos a Javi. ¡Mierda! Suena el teléfono. Y no es el móvil, que lo tengo apagado para que nadie me moleste. Es el fijo, por lo que no puede ser otra que la pesada de mi madre.

—¡Hola, cariño, buenos días! ¿Qué tal has amanecido? —me dice con su voz chillona.

—Hola, mamá… pues bien. —Hasta que llamaste tú—. Aquí, desayunando.

—Tan tranquilita con Javier, ¿no? ¿Por qué no venís luego a comer?

—Pero si ya te he dicho que no, que este finde lo queríamos entero para nosotros…

—Pero es que vienen todos tus hermanos y tú vas a ser la única que no estés… —Mi madre, como todas las madres, es una especialista en el chantaje emocional.

—Que no, mamá, que vamos todos los domingos. Por uno que no vayamos no pasa nada. Que al pobre Javi lo tengo hartito.

—Pero si voy a preparar cocido, que sabes que le encanta.

—Que no, mamá, no insistas —añado firmeza al tono para dar por zanjada la cuestión.

—Está bien. Oye, dile a Javier que se ponga, que le quiere preguntar Miguel una cosa del ordenador.

—No está ahora, se acaba de ir a jugar al baloncesto.

—Hija, no te entiendo, o sea que no vienes para estar con él y se va a jugar con sus amigos. Tiene un vicio que no veas con el deporte ese. Yo creo que le consientes demasiado. —Ahí lleva razón.

—Y a ti, mamá. A ti sí que te consiento demasiado. Venga, un beso, que estoy desayunando. Dales recuerdos a todos.

—Está bien, hija mía, un beso, anda. Que siempre parece que molestamos. —Otra vez chantaje emocional. Si no, no sería ella.

—Un beso.

Vuelve la paz. Mi madre tiene una maravillosa capacidad para conseguir crisparme incluso cuando, como ahora, más tranquila estoy. Enciendo el móvil. ¡Cuarenta y ocho wasaps de Teresa! Comienzo a leer:

 

Tía, ¡qué fuerte! ¡Llámame cuando te levantes! Tengo que contarte lo que me pasó. Nunca pensé que haría algo así. / La verdad es que ha estado bien, pero no sé, ahora me siento rara. / Anoche se me fue todo un poco de las manos. Tenías razón en que no me sienta muy bien beber, que me descontrolo… (emoticono de risas) / Pero no sé si me arrepiento o no… Fue… diferente… / ¿Estás? / Llámame tía, ¡despiértate ya!

 

Y así, una y otra vez, sin ir al grano, como suele ser típico de mi amiga Teresa. Decido no continuar leyendo el testamento de wasaps, le pego un buen mordisco al cruasán, le doy un trozo a Genaro, que lo recibe la mar de contento, y marco su número. A ver por dónde me sale hoy.

—¡A ver, guapi!, ¿qué te pasa? —le pregunto con la boca llena.

—¡NO TE LO VAS A CREER! No sé si contártelo por teléfono o ir mejor a tu casa esta tarde y contártelo en persona.

—Pues mejor por teléfono, porque esta tarde estamos Javi y yo solos y nadie ni nada va a impedirlo.

—Tú y tu Javi. La verdad es que me das envidia. Bueno, te cuento. ¿Te acuerdas de esa noche que estuvimos hablando sobre los tríos, y el estar con otra chica y esas tonterías?

—Sí, claro. El día que estuvimos de cervezas en el garito nuevo.

—¡Pues ayer Víctor y yo estuvimos con una chica! —Casi se me atraganta el cruasán.

—Pero ¡qué me estás contando! ¿Tú, otra chica y Víctor? Si eres ultra celosa… Y Víctor…, pensaba que era de los formalitos. ¡Si es el tío más soso del mundo!

—Pues, maja, no sé cómo ocurrió, pero acabamos los tres en la cama.

—¡Joooooodeeeer! ¿No estarás de coña, no? ¿Y que no sabes cómo ocurrió? A ver, ¿qué te tomaste?

—Que no, tía. Mira, te cuento… Ayer salimos con estos, como siempre, pero Víctor y yo teníamos ganas de pasarnos un rato por El Perro de la Puerta de Atrás, porque hacía mucho que no íbamos por allí, y eso que está al lado de casa. Y como a estos no hay quien los saque de Huertas, pues nos fuimos nosotros dos para terminar la noche. Tampoco queríamos volver muy tarde. Llegamos y ponían una música de lujo: Franz Ferdinand, Kings of Leon, Cristal Fighters…

—Continúa… —Tere tiene una gran habilidad para salirse del tema y no ir nunca al grano.

—Pues nada, todo era normal hasta que Víctor decidió ir al servicio. Resulta que el baño de chicos estaba estropeado y lo habían cerrado, así que todo el mundo tenía que ir al de las chicas, con lo que había una cola que no veas. Víctor se tiró por lo menos media hora esperando y mientras, yo me quedé sola en la barra, bebiendo mi copa y observando al personal. Estaba distraída pensando en mis cosas cuando me giré y una chica que iba mirando a otra parte se chocó conmigo y me tiró media copa en el vestido.

—Vaya.

—La chica me pidió disculpas mil veces y me quería dar dinero para la tintorería. Tenía acento francés. Bueno, es que era francesa, de Lyon. Yo le dije que no hacía falta, pero al final ella se empeñó en que por lo menos me pagaba la copa. Y bueno, tanto insistió que tuve que aceptar.

»Ya que me había invitado y al ver que estaba sola le di un poco de conversación, mientras regresaba Víctor. La chica era majísima y muy guapa, y me contó que había venido a disfrutar de unos días de turismo en España y a practicar el idioma, porque era profesora de español, y que se iba al día siguiente.

»Empezamos a hablar de los tópicos de cada país, de la comida, las costumbres… Ya sabes. Y al final, como estaba un poco borracha se me ocurrió comentarle que aquí en España llamábamos “francés” al sexo oral. Y le pregunté que cómo se llamaba en Francia. Me dijo una palabra francesa de la que ni me acuerdo, pero el caso es que comenzamos a hablar de sexo y a reírnos y, bueno…, te resumo: no sé por qué, me fijé en sus labios y me dieron como ganas de besarla.

—¿Qué dices?

—Eso. Fue algo bastante raro. Como el bar estaba a tope de gente y la música muy alta nos hablábamos casi al oído, y me encantaba cómo olía.

—Buenoooo… Pero ¿desde cuándo te gustan las mujeres?

—Yo qué sé. Si no me gustan. Es que esta chica era muy especial, teníamos como un feeling extraño. Y, bueno, la culpa fue suya porque debió de notar algo y en mitad de la conversación se lanzó, se acercó a mi boca y me besó. Yo me quedé como paralizada, sin saber qué hacer, pero ella siguió haciéndolo y me gustó. ¡Cuando quise darme cuenta me estaba besando con una chica!

»Yo me morí de vergüenza y le dije que no sabía cómo había podido ocurrir aquello, pero ella me contestó con ese acento tan bonito que no pasaba nada, que tampoco habíamos matado a nadie. Que si dos personas se gustan un sábado por la noche tampoco hay que darle más vueltas.

»E inmediatamente después ¡me estaba invitando a acompañarla a la habitación de su hotel!

—¡Hala! No puede ser.

—Pues créetelo. Le contesté que había dos impedimentos: uno, que nunca había estado con una mujer; y dos, que tenía marido y que estaba esperando a que saliera del servicio. Y va ella y me contesta que lo mande a casa, que no pasaría nada por un día.

—Joder, sí que era lanzada la francesita.

—Y tanto. Y eso que al principio parecía tímida. Yo le dije riendo que no. Y nada, llegó Víctor, se la presenté y estuvimos un rato charlando los tres. Él, claro, ajeno totalmente a que nos habíamos enrollado. Víctor dijo que estaba cansado, que si nos íbamos a dormir. Ya sabes que se ha hecho mayor. La chica, que se llamaba Sophie, nos dijo que ella también se iba al hotel y salimos todos juntos del bar. ¿Sigues ahí?

—Sí.

—Bueno, pues al despedirnos, Sophie le dijo a Víctor: «Hace un rato casi te la robo. Pero solo por esta noche». Víctor se quedó extrañado, le preguntó qué quería decir y yo le conté lo de nuestro beso. Entonces se quedó como alelado. Y ahí se me fue la olla y le dije a Sophie: «Oye, ¿y si te vienes un ratito a casa a tomar algo? Que vivimos aquí al lado».

—No me lo creo.

—Ni yo —me dice riendo—. Pero así fue. Tampoco pensaba hacer nada, solo quería continuar un poco la noche. Y ella respondió que sí ante la sorpresa de Víctor, que me miraba como si me hubiese vuelto loca.

—Jo-der. Si es que eres como los gremlins, no se te puede dar de beber después de las doce.

—Jajaja. Ya ves. Pues llegamos a casa y…, en fin. Ya te lo contaré tranquilamente, que no quiero que esto parezca el teléfono erótico, pero pusimos un poco de música, empezamos a hacer el tonto y la cosa acabó que no veas.

—Pero ¿Víctor también?

—Sí, con Víctor también. Al principio se suponía que él no iba a hacer nada, pero luego le dejamos participar un poquito. Total, que la tía se ha ido ya a Francia y no creo que la volvamos a ver.

»Oye, que te dejo, que precisamente Víctor me está llamando al portero, que nos vamos a dar una vuelta. ¡Tiene una sonrisa tonta que no se le va a quitar en un mes por lo menos!

—Me quedo flipada. —Hasta Genaro parece haberlo escuchado todo y tiene cara de alucine y las orejas de punta, jajaja—. Venga, pásatelo bien.

—Chaoooooo. ¡Ya te contaré más detalles!

 

 

No me lo puedo creer. Teresa y Víctor haciendo un trío con una francesa aparecida sabe Dios de dónde. ¡Teresa y Víctor! Pero si son la pareja más tradicional que he conocido. La palabra «convencional» no es lo suficientemente apropiada para definirlos. Tere es un poco locuela, eso sí es verdad, pero la he visto despellejar a muchas tías con la mirada solo por preguntarle la hora a su chico. Nunca se sabe.

La verdad es que su historia me ha sorprendido mucho y, he de decirlo, también me ha dado cierta envidia. El sexo con Javi es estupendo y yo no necesito nada más, pero puede que él se aburra un poco, aunque no me lo diga… Quién sabe, igual no sería tan malo probar algo nuevo a modo de aventura… ¿Y si le propongo un día un trío con una desconocida? Pero tendría que ser con una chica como la francesa, alguien que luego desaparezca de nuestras vidas, claro. ¿Y cómo será estar con otra mujer? La verdad es que tengo curiosidad. Ahora parece que está de moda… Pero me da un poco de asco, ufff… No, mejor, no… Voy a ver un par de capítulos de Breaking Bad a ver si se me va de la cabeza esta historia.

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OYE, JAVI…

 

 

 

Qué tal el partido, cariño? —Javi acaba de llegar y Genaro y yo hemos salido corriendo a recibirlo a la puerta.

—¡De lujo! ¡Ha sido un partidazo! Les hemos ganado en el último segundo. —Viene pletórico, hasta arriba de endorfinas fruto de la victoria.

—¡Ese es mi chico!

Me lanzo encima de él y le doy un beso. Está totalmente sudado, podría decirse que no huele muy bien, pero la historia de Tere me ha puesto tan cachonda que ahora mismo lo tiraría encima de la cama y le haría unas cuantas cosas.

—¿Y tú qué tal, qué has hecho? —me pregunta mientras se quita la camiseta de los Lakers.

—Pues he visto dos capítulos de la serie, pero no me concentraba mucho, porque me ha llamado Tere y me ha contado una historia para no dormir…

—¿Ah, sí? ¿De qué?

—De sexo.

—¿De sexo? ¿Teresa? Cuenta, cuenta. —No falla. Si fuera de cualquier otra cosa, no estaría tan atento.

Le cuento todo lo que mi mejor amiga me acaba de referir mientras él pone cara de asombro. Después, con media sonrisa, le suelto casi sin pensar:

—He estado pensando… ¿A ti no te gustaría? ¿Te pondría que hiciésemos un trío con una chica?

—Pues no, a mí contigo me basta y me sobra. —Me corta de forma tajante para mi sorpresa. Me parece que Javi no piensa que vaya en serio. De hecho, creo que realmente no voy en serio.

—Pero ¡qué dices! Conmigo no te hagas el santito, jajaja. ¡Si un trío con dos mujeres es la fantasía de todos los hombres! —insisto, intentando alargar la coña.

—Pero yo no soy como todos los hombres, Mata Hari. —Javi a veces tiene la costumbre de llamarme así. Es una pequeña broma privada que solo nosotros entendemos. Una de esas cosas que hacen que una pareja se sienta cómplice y diferente al resto. Desde luego, «Mata Hari» es mucho mejor que «gordi», «flaca», «cari» o «bollito»—. Y además, ¿desde cuándo te parece bien que me tire a otra chica? —Me mira con cara de santo varón.

—No sería tirarte a otra chica, nos la tiraríamos los dos —digo riendo—. Eso no son cuernos —puntualizo.

—Claro, y luego me dirías: «¡Venga, ahora vamos a probar con dos chicos para equiparar!».

—Jajaja. Bueno, ya se vería… Que no, Javi, ya en serio, es que desde que Tere me lo ha contado estoy dándole vueltas… Es una situación que me pondría celosa, pero a la vez también me atrae un poco pensarlo. Y además, confiésalo, últimamente te abures un poquito conmigo —le digo mientras me siento en jarras en sus piernas para provocarlo—. Llevamos muchos años y ya lo hemos hecho todo en todas las posturas y en todos los lugares.

—¿¿Yo?? A ver si eres tú la que te aburres y por eso me propones estas cosas —me dice con una sonrisa tensa, a la vez que guarda las distancias y no responde a mis guiños—. Mira, Zoe, no sé si estás hablando en serio, pero yo no quiero meter más gente en nuestra relación, ni necesito vivir esas experiencias. —Adopta un tono serio y me aparta de su regazo—. No creas que me pondría celoso solo con un chico, con una chica también. ¿Y si descubres que te gustan más las mujeres que yo? A mi amigo Óscar le dejó su chica por otra.

—Me dejas anonadada. ¡Yo que pensaba que iba a darte la alegría de tu vida! —Reí—. Era coña, Javi, por favor… Es que la historia esta me ha sorprendido tanto… Era solamente para ver qué decías. Yo tampoco lo haría ni loca, ¡listo!

—Ya, ya… —Viene a rodearme con sus brazos.

—Eh, tú, ni te acerques, que vienes todo sudado. ¡Corre a la ducha! —Su negativa me ha bajado toda la libido de repente.

Javi murmura algo y desaparece por el pasillo en dirección al baño. A los pocos segundos comienzo a escuchar el sonido del agua de la ducha cayendo con fuerza. Y, como siempre, inmediatamente lo oigo entonando una canción de Héroes del Silencio, su grupo favorito desde que tenía dieciséis años. Entonces reflexiono, y me doy cuenta de que Javi es un hombre de certidumbres, poco amigo de los cambios. Es mejor abandonar mi loca idea. Bueno, casi mejor así.

Me tumbo a leer sobre la cama. Al cabo de un rato pienso que no sé cómo he podido tener esa ocurrencia. Hay días que no me reconozco. Fijo un par de segundos la vista en el anticuado gotelé de la pared y me sumerjo en la lectura. Sin embargo, me es imposible concentrarme porque el móvil de Javi no para de sonar. Un mensaje tras otro. Empieza a ser realmente irritante. Genaro comienza a ladrar uniéndose al maldito teléfono. Le lanzo su pelota favorita y en su lugar me trae el aparato. Conoce bien el orden de prioridades de los humanos, tengo el perro más inteligente del mundo. Me encuentro con el móvil de Javi en la mano y sin parar de sonar. Dibujo la contraseña (es igual que la mía, lo hicimos así como señal de confianza) para ponerlo en silencio, y descubro en la parte superior un nombre de mujer. Sé que no debería, pero mi dedo se desliza solo. Y lo que leo me deja en estado de shock:

 

Me encantó lo de ayer. Tenemos que repetirlo. Me excito solo de pensar en nuestro reencuentro. Besos.

 

Una tal Pilar acaba de hacer saltar mi mundo por los aires. No puedo creer lo que veo. Mi mente dice que no está pasando. Javi sigue en la ducha. Me meto en su galería de imágenes. Aparecen ante mí varias fotos de su pene que, por supuesto, no se ha hecho para mí, y descubro imágenes de una guapa chica sonriente en lencería. Vuelvo a ver más fotos de esa chica. Hay muchas más fotos de modelos desnudas o con poca ropa, algunos vídeos de sexo de esos que se envían en los grupos de wasap… Pero… ¡Oh, acaba de llegar otro wasap! ¡Es un vídeo y está enviado por Pilar! Mis manos empiezan a temblar… Javi continúa cantando desde la ducha, tengo tiempo para averiguar de qué se trata.

Cuando abro el archivo, lo que veo es a Javi, mi Javi, teniendo sexo con ella. Dura apenas un minuto, pero a mí me han parecido los sesenta segundos más largos y horribles de mi vida.

—¡Mierdaaaaa! —Pego un chillido y él sale asustado del baño, con una toalla en la cintura. En otro momento verlo así me habría encantado, ahora solo me produce asco.

—Pero ¿qué te pasa, cariño? ¡Pensé que te habías hecho daño!

—¿Daño? ¿Más daño del que me acabas de hacer? —Apenas puedo articular palabra.

Inmediatamente rompo a llorar. Estoy hecha un manojo de nervios, la cabeza me da vueltas y me cuesta respirar. Javi observa que tengo su teléfono en la mano y su rostro cambia de expresión.

—¿Qué pasa, cari? —me pregunta. Pero ya sabe qué pasa. Me conoce y sabe que todo se ha jodido. Yo no soy de las que perdonan. Y me ha llamado cari, cosa que sabe que odio.

—Pasa que te acabo de pillar follándote a una tal Pilar, y pasa que no quiero volverte a ver nunca más. ¡Eres un cerdo!

—Pero, déjame explicarte… Fue solo una vez, iba a contártelo…

—Mira, Javi, déjalo, no quiero saber nada más. ¡Encima grabándoos en vídeo! Me gustaría que te fueras, por favor. —No me creo nada de lo que dice o me vaya a decir, y no quiero escuchar mentiras.

—Pero… no significó nada. ¡Déjame explicarte!

—¡¡Vete!! —le chillo con todas mis fuerzas.

A Javi no le gustó nunca discutir. Se gira y comienza a buscar sus cosas en el armario. Yo le estoy gritando que se vaya, pero lo que realmente quiero es que me diga que todo es una broma, un sueño, que no ha ocurrido.

Pero es imposible, ha sucedido y me conozco, a pesar de que hace un momento me sentía incluso dispuesta a probar un trío, ahora me siento engañada, traicionada, como una imbécil, incapaz de mirar al que ha sido mi chico durante diez años sin sentir rabia y lástima de mí misma. ¿Por qué?

Javi se viste. Tiene un gesto serio, pero no dice nada. Actúa como si yo no estuviera en la habitación. No puedo soportar la situación y me meto corriendo en el baño. Doy un portazo. Deseo morirme allí mismo. Pero que primero se muera él, ¡lo odio tanto! Tanto como lo quiero, o lo quise. Tirada en el suelo, al lado de la taza, con la cara entre las manos, mis ojos están arrasados en lágrimas. Momentos después, el corazón parece descolgarse un poco de mi pecho cuando escucho el sonido de la puerta de casa al cerrarse. Javi se ha ido. Además se ha llevado a Genaro. ¡Será desgraciado!

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¿HAY VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE?

 

 

 

Han pasado cuatro meses desde que rompí con Javi. Cuatro meses en los que el vacío ha sido tan grande que temí que me tragara como un agujero negro. Cuatro meses en los que no ha transcurrido ni un solo segundo sin que pasaran por mi mente estos diez años con él, con todas las imágenes y momentos que hemos vivido juntos.

A pesar de eso no he contactado con él. Tampoco he atendido ninguna de sus múltiples llamadas y mensajes. Es más, finalmente le he bloqueado de todas partes. Era demasiado doloroso.

He pensado en perdonarle, en volver… Sin embargo, sé que aunque a él podría perdonarle, nunca podría perdonarme a mí misma. Me conozco y, si lo llamara, él estaría encantador, me trataría como a una reina, me prometería la luna y me tendría en palmitas una temporada… Pero yo lo miraría a los ojos y sería incapaz de volver a sentir lo que sentía por él. La inocencia, la entrega generosa y despreocupada… no volverán. Cuando dejo de creer en una persona, dejo de quererla.

Yo se lo di todo, pero Javi siempre fue un tipo algo complicado. ¿O quizá al final me puso los cuernos porque era sencillamente tan simple como los demás? Me he cansado de darle vueltas al asunto. Ayer, en un acto de rabia, tiré a la basura todo lo que me recordaba a él, incluidas nuestras fotos y las cajas llenas de aquellas maravillosas cartas que nos escribíamos.

También echo de menos un montón a Genaro. Si estuviera aquí, sería mi refugio. He sufrido dos pérdidas a la vez.

He intentado centrarme en mi trabajo, pero tampoco es el lugar más apropiado para animarse, y me cuesta mucho mantener la atención. Trabajo en una antigua Caja de Ahorros, una de esas que quebró y que tuvimos que rescatar con el dinero de todos, el mío también. Solo que yo además tengo que aguantar los sermones y los discursos de algunos de mis clientes, que me tratan como una delincuente. Como si yo estuviese en el Consejo de Administración. Ni siquiera he vendido preferentes. De todas formas entiendo su cabreo. ¡Qué asco de país!

 

 

Camino hacia el metro mientras en mis cascos suenan una y otra vez las canciones de Interpol: «I want your silent parts. The parts the birds love. I know there’s such a place…». En estos dos meses no he querido escuchar otra cosa más que la voz oscura y torturada de Paul Banks. Un tío que estudió literatura inglesa, que adora a Henry Miller y que escribe todas y cada una de las letras de la banda. Y que llegó a ser tenista profesional. Elegante, guapo, macizo y enigmático hasta decir basta. ¿Dónde hay uno así que me haga olvidar a ese…? ¡Eh, no pienses en él!

Penetro como una sonámbula en uno de los vagones. Si es verdad que cuando morimos hay algo más y existen el Cielo y el Infierno, estoy convencida de que al Infierno se va en metro. Observo a mis compañeros de viaje: ¿por qué la gente es tan horripilantemente fea? Bueno, fea quizá no sea la palabra… ¿Vulgar? ¿Anodina? ¿Me estaré volviendo una misántropa después de mi ruptura? A veces por un segundo comprendo a esos adolescentes locos que cogen una ametralladora y acaban con todo el que se encuentran por delante. Uf, quizá debería variar algo más mis gustos musicales. A ver, The Cure, Nine Inch Nails, Tulsa… ¡Soy la alegría de la huerta!

Echo un vistazo a mi móvil. Durante este último mes he tratado de recuperar algunas de mis viejas amistades. Y sí, muchas buenas palabras, mucho wasap, pero a la hora de quedar todo el mundo parece vivir en una dimensión paralela a la mía. No les culpo. Estos años he estado tan volcada en mi relación con Javi que he dado a casi todos mis contactos de lado, y además, con treinta y cuatro años, quien más y quien menos tiene su pareja, sus hijos, su churri, su amigovio, su follamigo o lo que sea… Cualquier plan es mejor que quedar a escuchar cómo una amargada se lamenta porque lo ha dejado con su chico.

Suena «My desire» en mis cascos, y empiezo a mover la cabeza al compás. ¡Vaya, un primer gesto de que estoy viva de nuevo! Creo que si no fuera por la música, todos estaríamos ya muertos. La vida sin música es como un mar sin olas.

—¿Interpol? ¿No?

—¿Eh? —Me giro y observo que el que me dirige la palabra es un chico que acaba de sentarse a mi lado, más o menos de mi edad—. Pues, sí. ¿Lo llevo un poco alto, no? Perdona, ya lo bajo.

—No, no, si me encantan. Y además me acabo de quedar sin batería, así que gracias a ti tengo hilo musical —me dice dedicándome una sonrisa.

Yo también sonrío mientras lo observo más detenidamente. Parece simpático, muy natural. No es guapo, pero me resulta atractivo: ojos marrones, pelo castaño, rasgos no demasiado sobresalientes… Tiene unos labios bonitos, eso sí. Ah, ya sé, lo que me ha llamado la atención es su voz, su forma de dirigirse a mí, esa naturalidad, esa tranquilidad… Me inspira confianza. Y su mirada me gusta. ¿Me gusta? Pero ¿qué dices? ¡Houston llamando a Zoe! ¡Volvemos a tener señales de su presencia en el espacio! ¡Pensábamos que la habíamos perdido! Mi mente empieza a visualizar a un grupo de científicos de la NASA dando saltos de alegría en la sala de control. Zoe is back!

Ahora me siento como una tonta. Me he puesto nerviosa. No sé si seguir escuchando Interpol, si apagarlo y hablar con él o si dejarle un auricular y subir más el volumen…

De pronto algo me saca de mis pensamientos. A mi lado se acaba de sentar un chaval de unos veinte años, con pinta de pandillero, y ha puesto en su móvil, sin auriculares, una horrible canción de algo parecido al reggaeton, para deleite de todos los que tenemos la inmensa suerte de compartir vagón con él. Y no suena bajito precisamente. Mi compañero misterioso amante de Interpol me mira con una sonrisa de «Qué se le va a hacer», pero yo estoy hasta los ovarios de todo y empiezo a echar humo por las orejas.

Pasan los segundos, un minuto… Y esa horrible canción sigue taladrando mis oídos. Es un auténtico atentado, no solo a la música, sino al buen gusto. Y lo peor es que es pegadiza, como todas estas aberraciones.

Tengo que quitarme la chaqueta porque creo que he empezado a sudar. ¿Por qué hay gente que todavía no ha descubierto el maravilloso invento de los auriculares? El primer momento medianamente decente que tengo en cuatro meses y viene este engendro, mezcla de Justin Bieber y Juan Magán, a jodérmelo con su musiquita. ¡Ah, pues no! Desenchufo los cascos de mi móvil y, para sorpresa del resto de pasajeros, mi querido Paul Banks empieza a desafiar a esa horrible composición. Creo que nunca he hecho una cosa así. No soy muy dada a enfrentarme a nadie y nunca me ha gustado llamar la atención, pero hoy quiero realizar un acto de justicia poética.

El otro, que no se da por aludido, sube un poco más el volumen de su pedazo de móvil y continúa como si nada. Pero no he superado una ruptura, la hepatitis, una madre esquizofrénica y una regla que no se la deseo a mi peor enemigo para que ahora venga un niñato a tocarme la moral. Con un gesto desafiante, yo también subo el volumen de mi teléfono. ¡Ahí, Paul, dale caña con «Barricade»!

Mi compañero interpolero me sonríe y me dedica una mirada llena de solidaridad. Es una mirada profunda, calmada, que parece decirme: «Yo te apoyo, estoy contigo». O eso creo. A lo mejor piensa que estoy loca. Pero sigue sonriéndome, y nuestras manos se rozan sin querer por un segundo en el asiento. Yo, algo nerviosa, lo miro, y en ese momento y sin saber por qué me gustaría abrazarlo, salir los dos volando por algún agujero del techo del vagón, subir al cielo y encontrarnos a uno de Interpol tocando en cada nube y a Paul Banks diciendo: «Sí, lo habéis adivinado, soy Dios. ¿Queréis que os case?».

Se me va la olla, lo sé. De todas formas, los carraspeos del muchacho reggaetonero me sacan de mi sueño perfecto. Ha notado mi determinación y empieza a mirarme con cara de pocos amigos. Y vuelve a subir el volumen de su móvil monstruoso. Tiene un teléfono de alta, no, altísima gama, que vale más que él, y sé que con mi viejo pero querido cacharro no voy a poder competir durante mucho más tiempo en esta guerra de decibelios, pero confío en Paul y su potencia vocal para mantener al menos la dignidad. Los pasajeros nos miran molestos, alguno abandona el vagón, pero nadie dice nada. A lo mejor piensan que llevo un cuchillo.

—Tranquila. —Mi ángel amante de Interpol ha cogido mi móvil entre sus manos.

Sube el volumen al máximo y, mientras me coge una mano con dulzura, le dedica una mirada terrible al niñato. La gente del vagón no sabe dónde mirar. Algunos contemplan la escena como si de una del Far West se tratara, dispuestos a meterse debajo de la mesa del saloon en cuanto empiece la ensalada de tiros. ¡Ahora somos dos tocándole las narices al aspirante a pandillero! Este finalmente se levanta, nos dedica una mirada llena de resentimiento y, como acabamos de llegar a una parada, sale por la puerta. Enchufo de nuevo los auriculares, y sonriendo, le digo:

—Muchas gracias por el apoyo. Pensarás que estoy un poco loca, pero es que es algo con lo que no puedo, y siempre deseé hacer una cosa así. Lo que pasa es que hasta hoy nunca me había atrevido.

—Ha estado muy bien. Eso es lo que pasaría si todos llevásemos la música a toda pastilla sin auriculares.

—¿Los compartimos? —le propongo.

Él asiente sonriendo, y de pronto el metro ya no es un lugar deprimente y vulgar. Deseo que el viaje no acabe nunca, y me pasaría la vida entera dando vueltas por esta línea circular… Soy una estúpida soñadora. ¡Si no lo conozco de nada! Pero estoy tan a gusto… Y no sé por qué. Creo que el simple hecho de tenerlo al lado me ha dado la fuerza suficiente para que me haya atrevido a hacer lo que he hecho.

¡Vaya, con toda esta movida me he pasado mi parada! Me da igual, no voy a bajarme ahora. Continuamos escuchando la música, sin hablar, mirándonos y sonriendo estúpidamente de vez en cuando. La situación es extraña, pero ninguno de los dos queremos romperla. Nuestras piernas se rozan sin querer (o no). Nuestros ojos se encuentran…

—¡Vaya imbécil, eh! ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Zoe, pero no soy imbécil.

—Lo decía por él —aclara riendo—. Ya sabes, nuestro amigo. Yo me llamo Marcos.

Por un momento no sé si abalanzarme a darle dos besos o no, allí los dos, con los cables rodeándonos. Me doy cuenta de que huele muy bien, no a colonia, sino a un olor natural casi imperceptible, como los regalos que desenvolvía de pequeña, o el envoltorio de mi caramelo favorito, o la carpeta que estrenaba siempre a principio de curso. El olor de las cosas que están sin empezar.

—¿Sabes que va a venir Interpol a tocar a Madrid dentro de dos meses? —me comenta.

—Lo sé, ya tengo mi entrada desde hace la tira.

—Yo también. No me lo pierdo por nada del mundo. Espero verte por allí. —Y diciendo esto se levanta de su asiento—. Esta es mi parada.

Me doy cuenta de que su cuerpo no está nada mal. Y me encanta su forma de vestir. Unos vaqueros ajustados que le sientan como un guante, unas zapatillas realmente chulas y una camiseta de los Doors. Y lo mejor de todo es que este chico tiene pinta de escucharlos de verdad.

—¡También es la mía! —miento.

—¡Vaya, otra casualidad!

Salimos tres paradas más lejos de la que yo debería haberme bajado. El hecho de caminar por el andén, compartir otro espacio juntos, parece darle cierta entidad a nuestra nueva relación.

—Yo voy hacia Sol, voy a trabajar.

—¿Dónde trabajas? —le pregunto.

—Trabajo en una editorial. ¿Y tú?

Yo voy al psiquiatra, iba a decirle. Porque allí es donde voy. Tras la ruptura con Javi todo el mundo convino en que la mejor forma de combatir mi tristeza era a base de antidepresivos, Frosinor 20 mg para ser más exactos, acompañados de algún trankimazin para los momentos de ansiedad.

—Yo, eeeeh…

—¡Marcos! ¡Qué sorpresa! ¿Vas a la editorial? —Una voz surge de la nada.

De pronto una rubia platino subida a unos tacones imposibles, mezcla entre Yola Berrocal y Leticia Sabater, aborda a mi chico de Interpol y, sin previo aviso, le planta un par de besos y lo agarra por el brazo.

—¡Hola! ¡Soy Vanesa! —me dice. Y me da dos besos a mí también sin que me dé tiempo a pestañear. Después de estos meses de depresión y soledad he de decir que me sienta bien un poco de calor humano. La tal Vanesa parece estar como un cencerro, pero es cercana, eso sí.

—Me llamo Zoe. Bueno, os dejo, que tengo que ir por aquí. —Y señalo el pasillo contrario.

Eso es algo muy mío, abandonar de pronto la escena en el momento en que justo debería quedarme. Soy lo peor. Lo puto peor.

—Ah…, vale, Zoe… ¡Cuidado con el reggaeton! Si me necesitas…, ¡sílbame! —Marcos me sonríe y en ese instante me doy cuenta de que es cierto que me gusta. Me gusta de verdad.

—Lo haré —contesto sonriendo yo también y agitando el brazo con cara de tonta.

Pero ¿por qué no te quedas un rato con él, o le pides el móvil, el wasap, que ahora es más fácil, el Facebook o lo que sea? Pero ¿por qué te vas ahora? ¡Invéntate algo! ¡Dile que acabas de perder la vista de repente y que te va a tener que guiar de la mano toda la vida! ¡O que te has dejado las llaves de la nave espacial en su casa y os están esperando para salvar el universo!

Pero no, tonterías aparte, una especie de estúpida vergüenza se apodera de mí y me arrastra lejos de él. La aparición imprevista de Vanesa me ha devuelto a la realidad. Estoy a tres paradas de la consulta. Si me demoro, voy a llegar tarde y estoy haciendo el tonto con el primer desconocido que me cruzo por la calle.

Y, sin embargo, cuando llego a la consulta del doctor Encinar me doy cuenta de que tenía que haberme quedado.

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EL DOCTOR ENCINAR

 

 

 

Aquí estoy yo, en la consulta del psiquiatra. Es mi tercera visita.

He llegado puntual, como es habitual en mí. Para ello solo he perdido para siempre al único chico que me había gustado un poquito después de Javi. Pero, bueno, así soy yo.

Arrellanada en el sillón de la sala de espera, escudriño a los otros pacientes en busca de qué tara les ha podido traer hasta aquí. No es que me importe demasiado, pero me parece una buena forma de matar el tiempo antes de que el tiempo me mate a mí.

A mi derecha se sienta una señora mayor, elegantemente vestida. Observa fijamente un cuadro de la pared que no puede ser más anodino, uno de esos que parecen pintados para pasar sin pena ni gloria en la consulta de algún especialista. Los dedos de su mano derecha tamborilean nerviosamente sobre una mesita propia de los años setenta, pero por lo demás, no hay nada en esa mujer que me revele la fobia o problema mental que le ha obligado a venir. ¿Ansiedad, quizá? Una respuesta demasiado fácil. Además, ¿la gente de su edad tiene ansiedad? Si se supone que ya deben estar de vuelta de todo.

A mi izquierda se encuentra una pareja de unos cuarenta. Los observo durante un rato y no puedo determinar si los dos son pacientes o el otro es su acompañante. Son la viva imagen de la normalidad. Todo el mundo en esta sala es la viva imagen de la normalidad, o al menos se esfuerzan por aparentarlo. Al fin y al cabo, ¿qué es nuestra sociedad sino un continuo esfuerzo por aparentar ser normales, por integrarnos, por intentar ser uno más en un entorno que enseguida castiga al diferente?

Me estoy poniendo demasiado profunda. La música tampoco me ayuda a pensar en temas más frívolos. En el hilo musical suena enterito para mi sorpresa el Valtari de Sigur Rós. Así que tengo un psiquiatra que, a pesar de que debe rondar los setenta años, es todo un moderno y con buen gusto.

«Zoe Jiménez», escucho a la enfermera. Es mi turno. Mi nombre ya figura entre el de los locos. O no. Hoy en día te recetan antidepresivos hasta para dejar de fumar. Traspaso la puerta de la consulta, donde el doctor Encinar me recibe de pie, erguido sobre el poso de respetabilidad que le otorgan su bata blanca y sus muchos años de medicina. Me tiende una mano firme pero amable y me acompaña hasta su mesa, donde el retrato de una bella mujer de mediana edad junto a dos adolescentes parece el anuncio perfecto de una compañía de seguros.

—Buenos días, Zoe, siéntese. ¿Cómo se encuentra?

—Pues, por primera vez en todo este tiempo, empiezo a estar más animada. Esta mañana tenía ganas de vivir y todo. —Mientras digo esto tengo la misma sensación que una niña pequeña cuando la sacan a la pizarra.

—Eso está bien. Se nota que ya le está haciendo efecto la medicación.

—¿Insinúa que para tener ganas de vivir hay que estar medicado?

—No, mujer, no. Pero en su caso, tras una pérdida, una ruptura, y todavía atravesando el periodo de duelo emocional, la medicación ayuda. De todas formas, como le dije, esto es temporal y en unos meses le habremos retirado toda esta ayuda química. Digamos que usted ha sufrido una herida y mientras sigue abierta y operamos para cerrarla, necesitamos un poco de anestesia emocional.

—Me surge una duda, doctor. Comienzo a sentirme mucho mejor, y la medicación no solo me ayuda a estar más animada, sino que hace que los problemas no me parezcan tan importantes y que tenga mucha más seguridad en mí misma que nunca. Además me relaciono mejor, me noto más simpática y he descubierto que la gente ya no puede herirme como antes. Mi pregunta es si luego la medicación es muy difícil de dejar. Porque creo que me está gustando más esta nueva versión, digamos 2.0, de mí misma y puede que me dé pereza abandonarla.

—Es cierto que usted debe sentirse mejor a todos los niveles con la medicación pero, salvo casos crónicos que no es el suyo ni mucho menos, no es aconsejable mantenerla más de lo recomendable. Le confesaré un secreto: yo mismo he tomado medicación durante alguna etapa difícil de mi vida. ¿Sorprendida? ¿Pensaba que los médicos no íbamos al médico? ¿O que los curas no se confiesan?

»Y es verdad que luego uno es renuente a desprenderse de esa ayuda química, de esa escafandra que parece protegernos de los sinsabores de la vida y limitar sus daños emocionales. Sin embargo, solo tenemos una vida, y usted es la que decide cómo la quiere vivir: ¿con o sin anestesia? Con anestesia usted sufrirá menos, pero también la vivirá menos intensamente. A todos los niveles. La elección es suya y estoy seguro de que sabe elegir.

—¿Y si la abandono ya? Me da miedo engancharme, como le digo. Y me encuentro bastante bien.

El doctor entrelaza sus manos, clava sus codos en la mesa, noto cómo sus vivos ojillos azules me escudriñan detrás de sus gafas, y contesta:

—Calma. Si usted ha venido aquí es por algo. Las prisas no son buenas, ni hacia una dirección ni hacia la otra. Como vemos, la medicación le está ayudando. En un plazo no muy largo iremos retirándola poco a poco sin ningún problema. No se preocupe.

—De acuerdo, doctor. Como usted diga.

—Ya verá cómo todo va ir bien. Venga a verme dentro de un mes y valoramos de nuevo su situación. Seguro que para entonces hemos progresado mucho.

Me extiende un papel con su prescripción, me tiende la mano y eso es todo. Echo una rápida ojeada a mis compañeros de salita antes de irme y me los imagino como aquella troupe: el hombre de hojalata, el espantapájaros y el león que acudían con Dorothy, que en este caso habría roto con su novio y sería yo, a ver al Mago de Oz, que ahora lleva una bata blanca y dispensa pastillas.

Ana, la secretaria del doctor, me extiende el doble de recetas de las que necesito «por si acaso, cariño», y yo estoy a punto de preguntarle si también se mete, pero opto por la cordura, le dedico una sonrisa y me despido.

Cuando salgo a la calle camino de la farmacia de la esquina en busca de la droga legal, vuelvo a conectar la música de mi móvil e inevitablemente me viene Marcos a la cabeza. ¿No me basta con tener que superar una ruptura, sino que ahora también tengo que añadirle la añoranza de un desconocido con el que apenas he intercambiado cuatro palabras? Acelero el paso en busca de la cruz verde que señala el dispensario de la bendita medicación.