El objeto de este libro es seguir la evolución de las ideas sobre la desigualdad económica a lo largo de los dos últimos siglos a partir de las obras de algunos economistas influyentes cuyos escritos puede interpretarse que tratan, directa o indirectamente, de la distribución de la renta y la desigualdad de ingresos. Me refiero a François Quesnay, Adam Smith, David Ricardo, Karl Marx, Vilfredo Pareto, Simon Kuznets y un grupo de economistas de la segunda mitad del siglo XX (estos últimos influyentes en su conjunto, aunque individualmente carezcan del carácter emblemático de los seis primeros). Esta es una obra sobre la historia del pensamiento en un ámbito importante que ocupó un lugar destacado en tiempos anteriores, quedó luego eclipsado y hace poco que ha vuelto al primer plano del pensamiento económico.
Al escribir el libro he adoptado una perspectiva que no es la habitual. Puesto que saber cómo abordé la tarea es importante para entender lo que sigue, conviene dedicar algunos de los párrafos iniciales a las características distintivas de la obra: que se centra estrictamente en la distribución de la renta; que procura presentar las ideas desde el punto de vista propio de cada autor; que ordena cronológicamente los conceptos analizados; que es indiferente a las opiniones normativas de los distintos pensadores en relación con la desigualdad, y que usa ciertos criterios (de cosecha propia) para identificar, entre el mar de estudios sobre la desigualdad que se han realizado, los que son de auténtica importancia. Veamos dichas características una por una.
Centrada estrictamente en la distribución de la renta. Cada capítulo trata de un pensador cuyos escritos (a menudo voluminosos) abarcan muchos temas, pero el objetivo en nuestro caso es extraer de ellos únicamente sus opiniones sobre la distribución de la renta y analizar qué respuestas concretas aportan a las cuestiones esenciales de la desigualdad; preguntas como estas: ¿Cómo se determinan los salarios? ¿Existe un conflicto entre beneficios y rentas? A medida que se desarrolla una sociedad determinada, ¿cómo evolucionará la distribución de la renta? ¿Los beneficios o los salarios tenderán a subir o a bajar?
Naturalmente, esto significa que otros temas abordados por estos pensadores no se tratan en absoluto. Cada uno de los autores produjo una obra vastísima; sería muy fácil caer en la tentación de dedicarse por entero a su estudio y al de los comentarios que ha generado. Si nos fijamos solo en la cantidad de lo que escribieron, es prodigiosa (con la excepción de Ricardo, cuya obra fue relativamente reducida, si no se incluyen sus cartas, puesto que murió joven). La obra de Marx, como atestigua el mastodóntico proyecto MEGA (Marx-Engels Gesamtausgabe), aún en curso, acabará ocupando unos 120 volúmenes, cifra inferior a los 164 inicialmente previstos.[1] Las obras completas de Pareto, en sus numerosas variantes, son casi igual de enormes, e incluso las ideas de Adam Smith llenan un sinnúmero de volúmenes —y eso a pesar de que sus documentos y correspondencia inéditos se quemaron, por orden suya, a su muerte—, en parte debido a la publicación de los apuntes de sus alumnos (con el título de Lecciones sobre jurisprudencia). El caso de Quesnay también es interesante en el sentido de que su relación como autor con Mirabeau se parece a la relación entre Marx y Engels: no es fácil delimitar dónde acaba la aportación de uno y dónde empieza la del otro. Las obras escritas por Quesnay solo o en colaboración, sobre todo si incluimos los textos anónimos publicados por su «escuela», superan probablemente las dos mil páginas. Y Kuznets escribió durante más de cincuenta años, a lo largo de los cuales sus aportaciones fueron muy variadas, desde la definición de la contabilidad nacional hasta el crecimiento y la distribución de la renta, pasando por la demografía y el desarrollo económico.
Si un historiador del pensamiento tuviera que ocuparse de los escritos de un Adam Smith, un Marx o un Pareto —que abarcan la ciencia política, la filosofía, la sociología, la epistemología, la economía, la antropología e incluso la psicología—, dicho historiador se propondría abordarlos en su conjunto, analizando todos o la mayoría de esos temas desde una perspectiva generalista. Un historiador del pensamiento económico podría centrarse en temas económicos (como, por ejemplo, hizo Schumpeter), o limitarse a estudiar los temas económicos desde el punto de vista neoclásico, como hizo Mark Blaug al dejar de lado los volúmenes de sociología de Pareto o la filosofía de Marx.[2] Pero yo prescindo de todas las partes de la obra de un autor —por importantes que sean— que puedan separarse lógicamente de lo que tenga que ver con la distribución de la renta.
Por ejemplo, para los escritos de Marx sobre la distribución de la renta, la evolución de los salarios y la tendencia a la caída de la tasa de beneficio, no es relevante que tuviera también una teoría laboral del valor o teoría del valor-trabajo. Podrían defenderse las mismas ideas sobre estos temas con otras teorías del valor (como efectivamente es el caso). La teoría laboral del valor de Marx es sin duda clave para entender sus conceptos de plusvalía, explotación y alienación. Influyó en las opiniones de muchos de sus seguidores sobre la equidad de la distribución de la renta en el capitalismo. Pero, como explicaré más adelante, aquí no me ocupo de las opiniones normativas sobre la desigualdad de ingresos. La teoría marxista del valor puede tratarse con total independencia (es decir, al margen por completo) del análisis de las fuerzas que, según Marx, afectan a la distribución de la renta entre las clases.
Existen, pues, muchos temas económicos interesantes que caen fuera del ámbito de este libro. La continuación que realiza Pareto de la obra de Walras (con algunas modificaciones) en cuanto a la teoría del equilibrio general, por ejemplo, no guarda ninguna relación discernible con su teoría de la distribución de la renta. (Sin embargo, sí relaciono esa teoría con lo que puede relacionarse: su visión sociológica de la circulación de las élites). Del mismo modo, el famoso óptimo de Pareto puede separarse lógicamente de su teoría de la distribución de la renta. Si bien es cierto que se trata de una afirmación relativa a la redistribución, y a menudo se aduce en los debates sobre la redistribución mediante impuestos y subvenciones, es una afirmación esencialmente normativa (que se presenta, o se enmascara, bajo la apariencia del positivismo).
En resumen, es posible que los autores cuyas ideas llenan este libro no creyeran (y, de hecho, sabemos que no lo creían) que el estudio de la distribución de la renta entre clases o individuos fuera la parte más importante de su obra. Tampoco veían la distribución de la renta como la vemos hoy. Pero los he incluido a todos por la misma razón: además de tener una gran influencia general en el estudio de la economía, nos ayudaron a entender los mecanismos de distribución de la renta.
Presentación desde el punto de vista de cada autor. Para presentar las ideas de estos capítulos, adopto el punto de vista de cada pensador (con una excepción importante, que se señalará en su momento) y llevo a cabo un análisis crítico solo en la medida en que resulta útil para aclarar sus teorías. Intento abstenerme de criticar defectos y omisiones que solo se han hecho evidentes a posteriori. Me centro en si un planteamiento es coherente con las demás ideas del autor y no, por ejemplo, en si Quesnay predijo cómo la Revolución cambiaría la distribución de la renta en Francia, o si su obra explica el nivel de desigualdad de las rentas en los Estados Unidos de hoy. Estos ejemplos tan manifiestamente absurdos sirven para ilustrar lo ilógico que resulta juzgar la obra desde la perspectiva del presente: Quesnay ni se imaginaba que fuera a producirse la Revolución, y mucho menos la distribución de tierras a los campesinos, por lo que desestimar sus opiniones sobre la distribución de la renta debido a lo que ocurrió treinta años después de que escribiera es demasiado fácil, injusto y absurdo. Más aún lo sería menospreciar las ideas de Quesnay sobre la distribución de la renta porque no previó el aumento de la participación del uno por ciento de la población estadounidense en el siglo XXI.
Mi objetivo es «ser» prácticamente el pensador en cuestión, ver el mundo en la medida de lo posible desde su perspectiva, y no criticarle por problemas u omisiones en sus escritos (a menos que estas omisiones sean errores lógicos u omisiones dentro de su propio sistema) ni someter sus predicciones a un escrutinio detallado. Por supuesto, a veces hago ambas cosas, sobre todo con los pensadores más próximos a la actualidad, como Pareto y Kuznets, pero solo cuando es necesario para ofrecer una imagen más nítida de la distribución de la renta de la que quizá tenía un autor, para poner de relieve alguna contradicción en su pensamiento o para ofrecer posibles interpretaciones alternativas. Una forma de ver este libro es imaginar que a cada uno de los autores aquí reseñados se le pidiera que respondiera a la misma pregunta: ¿Qué revela su trabajo sobre la distribución de la renta tal y como existe en su época, y cómo y por qué podría cambiar?
La excepción a este planteamiento general de adoptar el punto de vista del autor es la postura crítica que mantengo en el capítulo 7, en el que se pasa revista a los estudios sobre la desigualdad en los países socialistas y capitalistas entre mediados de los años sesenta y principios de los noventa. El hecho de que el capítulo 7 combine múltiples autores refleja mi valoración de que ningún otro individuo de esa época, como estudioso de la desigualdad, llega a la altura de los autores precedentes. Mientras que los demás capítulos presentan aportaciones individuales, el objetivo del capítulo 7 es distinto: trata de explicar por qué hubo un repliegue de los estudios sobre la distribución de la renta durante la Guerra Fría. El tono es, en comparación con el resto del libro, más polémico y más crítico con el tipo de análisis económico que acabó imponiéndose, tanto en Occidente como en el antiguo Bloque del Este, en las décadas previas al fin del comunismo. En resumen, se trata de una obra sobre la historia del pensamiento económico en un área (la distribución de la renta) tal y como la abordaron los propios pensadores, en la medida de lo posible. Aunque en ocasiones hago una lectura crítica de los autores, sobre todo en el capítulo 7, mi actitud esencial podría decirse que es «ceñirse al máximo a las fuentes», por lo que procuro tomarme sus escritos al pie de la letra.
Orden cronológico. La evolución del pensamiento sobre la desigualdad aquí considerada refleja las percepciones de los autores sobre las principales brechas que contribuían a la desigualdad en sus épocas y países correspondientes. El análisis de estos autores por orden cronológico pone de relieve el hecho de que las condiciones subyacentes que afectan a la desigualdad, y el pensamiento respecto a esta, fueron cambiando a lo largo de dos siglos.
El análisis cronológico, que comienza antes de la Revolución francesa y se extiende hasta el final del comunismo, tiene además la ventaja de revelarnos que la palabra «desigualdad», en épocas y lugares distintos, significaba cosas también muy distintas. Las diferencias que se consideraban más importantes entre personas, clases, géneros o grupos étnicos no siempre eran las mismas. Sin embargo, hay que tener cuidado con confundir el estudio cronológico con una visión teleológica, que implicaría un progreso gradual hacia la verdad suprema. Las generaciones que nos han precedido intentaron convertir los prejuicios de su época en verdades eternas, y nosotros no deberíamos repetir el mismo error. Por el contrario, adoptar una perspectiva cronológica debería hacernos ver que ningún concepto de desigualdad es ajeno a un lugar y un tiempo concretos. Los que hoy consideramos factores clave causantes de la desigualdad seguramente se verán de otra forma en el futuro.
La estructura de los seis primeros capítulos, centrados en un autor, es muy parecida: cada capítulo se abre con una sección centrada en algunos aspectos interesantes de la vida o la obra de la persona (algunos de ellos quizá no tan conocidos o reinterpretados aquí). No se trata de píldoras biográficas, que pueden consultarse con mucha más facilidad en la Wikipedia, sino de aspectos destacados de algunas características personales relevantes. En la tabla I.1 se muestra un esquema cronológico de la vida de los autores.
A continuación viene un apartado en el que se presenta lo que se sabe hoy sobre la desigualdad en los países en los que el autor vivió y que estudió, con la ventaja de que en la actualidad disponemos de mejores datos. El objetivo es situar sus opiniones sobre la distribución de la renta en el contexto de la época. En cierto modo, gracias a los estudios empíricos realizados en gran parte en las dos últimas décadas conocemos ese contexto mucho mejor que los autores estudiados. Esto vale para todos menos para Kuznets, que trabajó directamente sobre la distribución de la renta en Estados Unidos.

Pero aunque nuestro conocimiento de las desigualdades de las rentas en la Inglaterra del siglo XIX, por ejemplo, sea mejor que el de Ricardo y Marx, estos debían de conocerlas en líneas generales, como se demuestra en sus obras. Aunque Quesnay no conociera empíricamente el nivel de desigualdad en la Francia prerrevolucionaria y no pudiera calcular su coeficiente de Gini (una medida inventada un siglo y medio más tarde), no cabe duda de que conocía los principales tipos de desigualdad que se daban en Francia, así como la estructura social del país, e incluso intentó cuantificarlas.
Mientras escribía este libro, me encontré inesperadamente con una estructura parecida en Las principales corrientes del marxismo, de Leszek Kolakowski.[3] Este descubrimiento, que acabó influyendo en varios sentidos en la redacción de esta obra, se debió simplemente a que leí (o, en este caso, releí) a varios autores que escribían sobre Marx. El libro de Kolakowski es excelente en muchos aspectos, pero lo que me atrajo, en cuanto a la estructura, fue que Kolakowski fue capaz de presentar la evolución del pensamiento marxista mediante el comentario de las aportaciones de cada autor individual, pero de forma interconectada. La cadena que nos lleva desde los primeros pensadores socialistas que precedieron a Marx hasta Marcuse y Mao es casi ininterrumpida. Sin embargo, Las principales corrientes no se estructura en torno a los pensadores, como, por ejemplo, Los filósofos terrenales, de Robert Heilbroner.[4] En Kolakowski encontramos una unidad orgánica entre las aportaciones de los autores y la evolución de la ideología. Por supuesto, Kolakowski se benefició del hecho de que su libro fuera un estudio de una misma ideología, lo que permitió conectar los distintos autores y sus opiniones. Cuando estudiamos las ideas de los economistas sobre la distribución de la renta y la desigualdad, las dificultades son mucho mayores porque los autores no pertenecen necesariamente a la misma escuela de pensamiento. No obstante, intento poner de relieve las influencias y la transmisión de ideas en la medida de lo razonable; de hecho, el objetivo del libro es seguir el hilo de la historia intelectual del pensamiento sobre la desigualdad y no limitarse a presentar un resumen de las ideas de varios economistas.
Indiferencia a las opiniones normativas sobre la desigualdad. Los autores aquí estudiados tenían opiniones filosóficas y éticas diversas sobre la distribución de la renta y sobre si determinadas fuentes de ingresos y niveles de desigualdad de la renta estaban justificados, pero este libro es indiferente a tales opiniones. Se trata de una indiferencia deliberada con fines instrumentales, que, aunque adopte siempre el punto de vista del autor, ignora todas sus afirmaciones normativas o cuasinormativas sobre la distribución de la renta y se centra en la distribución real que destaca cada autor, en lo que consideran que determina los ingresos reales de los individuos y las clases y en cómo creen que es probable que cambie la distribución a medida que avance la sociedad. Señalo las formas en que la ideología parece haber influido en las conclusiones de cada autor; por ejemplo, sostengo que la fisiocracia de Quesnay y su visión de la agricultura como única fuente de excedente económico le inclinaban más a justificar las rentas de la nobleza, y que, en cambio, la idea de Ricardo de que los arrendamientos son rentas monopolísticas respondía a su deseo de defender a los capitalistas frente a los terratenientes. Y presento las implicaciones políticas de las ideas de los autores. Pero no entro en un debate normativo. También paso por alto en gran medida lo que podrían denominarse juicios normativos tácitos o no comprobados sobre cuestiones como quién contaba a efectos del análisis. La mayoría de estos autores se centraron en las desigualdades entre varones o familias de sus propios países y no se ocuparon de los demás. No todos abordaron explícitamente la situación de las mujeres o de los grupos desfavorecidos, aunque algunos sí lo hicieron.
La indiferencia de este libro hacia los puntos de vista normativos también ayuda a explicar la selección de autores estudiados. Si me ocupara de las teorías normativas o, siendo algo menos ambicioso, de las ideas normativas sobre la distribución de la renta, entonces tendrían cabida en el libro filósofos como Platón, Aristóteles, Confucio y Rousseau y, ya en la época contemporánea, Rawls, Hayek y Sen. Pero como ninguno de ellos describió cómo se configuraba propiamente la distribución de la renta entre los individuos y clases, y mucho menos cómo cabía suponer que evolucionara esa configuración, no se incluyen en estas páginas. Quizá el mejor ejemplo de ello sea Rawls. Su aportación en Teoría de la justicia ha influido mucho en las ideas actuales sobre la redistribución de la renta. Rawls defiende, por ejemplo, tanto el impuesto de sucesiones como el aumento del gasto público en educación con el argumento de que nivelan el terreno de juego intergeneracional para las personas que no parten con ventajas familiares.[5] Sin embargo, Rawls no expresa su opinión sobre cómo es la distribución de la renta en el capitalismo contemporáneo ni cómo podría cambiar. Lo mismo podría decirse de Sen, que ha escrito mucho sobre la distribución de la renta (tanto por lo que se refiere a la metodología como a las teorías al respecto), pero ni una línea sobre las fuerzas reales que la determinan.[6] Sería inútil buscar en las obras de Rawls o de Sen la opinión de cualquiera de los dos sobre, por ejemplo, si los trabajadores cualificados ahorran lo suficiente para convertirse en capitalistas, o cuáles son las fuentes de ingresos que contribuyen al enriquecimiento del uno por ciento con mayores rentas.
Por último, a la luz del punto de vista instrumental que adopto con respecto a las ideas de estos autores sobre la desigualdad, resulta indicado hacer un comentario particular en el caso de Marx. Leer a Marx prescindiendo de sus posturas normativas acaso parezca imposible, pero hay que tener en cuenta que a Marx, en general, no le interesaban las cuestiones de la desigualdad en la forma en que nos las planteamos hoy. Su opinión, compartida por la mayoría de los marxistas, era que a menos que las instituciones que constituyen la base del capitalismo —a saber, la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado— fueran abolidas, cualquier lucha política para reducir la desigualdad conduciría, en el mejor de los casos, al reformismo, al sindicalismo y a lo que Lenin llamó más tarde «oportunismo». La desigualdad era, pues, una cuestión derivada, secundaria, apenas abordada en los escritos de Marx. Las páginas de El capital, sobre todo su primer volumen, están llenas de descripciones de pobreza y desigualdad. Pero sirven para mostrar la realidad de la sociedad capitalista y la necesidad de acabar con el sistema de trabajo asalariado, y no para defender la reducción de la desigualdad y la pobreza dentro del sistema existente. Marx no era reformista. La lucha sindical por la reducción de la desigualdad podía justificarse en el mejor de los casos, como escribe Shlomo Avineri, como un medio para suscitar entre los trabajadores sentimientos de solidaridad y convivencia. Dicho de otro modo, no es más que una práctica útil para la nueva sociedad que surgirá tras la abolición de las clases sociales antagónicas.[7]
Marx también rechaza la idea de que su crítica del capitalismo se basara en motivos morales, y escribe en un tono más bien despectivo sobre los muchos que criticaban el capitalismo desde ese punto de vista. La explotación (la apropiación de la plusvalía por parte de los capitalistas) era para él un concepto técnico y no normativo. Refleja la naturaleza del sistema: a un trabajador no se le paga menos que el valor de su fuerza de trabajo, por lo que no hay intercambio injusto, pero sí explotación. Por consiguiente, el aspecto normativo, aunque esté presente indirectamente en el análisis de Marx de la situación de la clase obrera (sobre todo en el primer volumen de El capital y algunos otros escritos políticos y didácticos), no influye en su teoría. Así pues, el estudio instrumental de las ideas de Marx sobre la desigualdad, prescindiendo de sus aspectos normativos, no solo es posible, sino del todo coherente con el pensamiento del propio Marx.
Algunos rastros de pensamiento normativo sobre la distribución están presentes en los comentarios de Marx sobre las rentas en el socialismo y el comunismo, pero estos comentarios son muy pocos y vagos. Como dijo el propio Marx, no quería dedicarse a «formular recetas de cocina […] para el bodegón del porvenir».[8] Y, desde luego, no se refieren al capitalismo, del que me ocupo en el capítulo sobre Marx (capítulo 4). Incluyo estos comentarios en el capítulo 7, en mi análisis de los estudios de distribución de la renta en el socialismo. Sin embargo, incluso ahí sigo el enfoque instrumental y estudio las fuerzas reales que influyeron tanto en la distribución de la renta en el socialismo como en el pensamiento sobre dicha distribución, y no en el tipo de afirmaciones normativas que a los ideólogos de los partidos siempre les ha gustado extraer de Marx y Engels.
Criterios de lo que constituye una obra importante. A la hora de escoger a estos autores y evaluar sus obras, ¿he empleado también algún criterio definido para juzgar qué formas de estudiar la distribución de la renta son mejores que otras? Sí. Y es importante ser muy explícito en este sentido, sobre todo porque aclara mi crítica de los estudios sobre la desigualdad de la época de la Guerra Fría en el capítulo 7.
A mi juicio, los mejores estudios sobre la distribución de la renta combinan tres elementos: relato, teoría y datos empíricos. Solo mediante la combinación de los tres obtenemos el valioso resultado que yo llamo «estudio integrador» de la distribución de la renta.
El relato de la desigualdad es la explicación que da el autor sobre cómo se configura la distribución de la renta mediante la interacción de determinadas fuerzas. Es importante para dar coherencia a la teoría y justificar de cara al lector las pruebas empíricas que el autor considera claves. Los autores de los siglos XVIII y XIX de este libro, por ejemplo, configuran sus relatos en torno a la estructura de clases de la sociedad, mientras que la historia de la desigualdad de Kuznets se centra en los efectos de la modernización (urbanización, con el desarrollo de la industria manufacturera). Otros relatos describen las luchas entre el trabajo organizado y los empresarios por la parte correspondiente del producto neto, o los monopolios que «engullen» a los productores más pequeños, o las guerras y epidemias que afectan a la distribución de la renta.
Si menciono este elemento en primer lugar es por motivos puramente prácticos. Los otros dos elementos no están subordinados al relato, que puede ser producto de los datos empíricos o estar influido por estos, del mismo modo que el relato también puede verse influido por la comprensión de procesos históricos más amplios o por cualquier otra cosa. Pero tiene que haber un relato si pretendemos convencer a los demás de nuestra visión del mundo, y no sucumbir al empirismo más superficial, en el que nos limitamos a realizar ecuaciones en función de los datos disponibles.
La teoría es lo que dota al relato de un andamiaje lógico más sólido. Si queremos contar una historia convincente sobre la lucha de clases, por ejemplo, necesitamos desarrollar teorías sobre las estructuras de poder relativo y los conflictos por la distribución de la renta entre las clases. Una teoría sobre las fuerzas clave que configuran la distribución de la renta puede expresarse matemática o verbalmente. Puede ser una teoría económica, política, sociológica o de otro tipo. Pero sin una parte teórica, el relato por sí solo es demasiado vago. Y, por último, para aportar la información que permita fundamentar, apoyar, cuestionar o revisar lo que afirman el relato y la teoría, hacen falta datos empíricos. Se trata de una parte absolutamente indispensable. Los datos apoyan al autor que intenta convencer al lector, pero también le permiten verificar si las pruebas que se utilizan en defensa de una teoría son defectuosas. Los tres elementos importan por igual y, si falta alguno, cualquier estudio de la distribución de la renta solo puede calificarse de incompleto.
Posibles omisiones. Podría decirse que hay dos omisiones notables en la cobertura que hace el libro de la historia de los estudios sobre la desigualdad. La primera es la omisión de los autores anteriores a Quesnay y, en particular, de los mercantilistas. Sin embargo, no se trata de una omisión importante, teniendo en cuenta el enfoque del libro. Al fin y al cabo, Quesnay fue el fundador de la economía política y el primero en introducir explícitamente las clases sociales en su análisis y en definir el excedente económico. Ambos conceptos desempeñarían un papel capital en el desarrollo posterior de la economía política y las ciencias económicas. A los mercantilistas les preocupaba la desigualdad entre países, causada por los beneficios desiguales del comercio. Estudiar sus ideas sobre la desigualdad dentro de cada país, suponiendo que las tuvieran, puede ser un tema de estudio especializado interesante. Pero, a mi juicio, nada más.
La segunda omisión es más notable, pero parcial: la ausencia de los estructuralistas latinoamericanos y de la escuela de la dependencia. Como se señalará en el capítulo 7, la economía de la Guerra Fría practicada en los países capitalistas y socialistas aproximadamente desde los años sesenta hasta principios de los noventa fue en gran medida un terreno estéril para la investigación seria sobre la distribución de la renta. La excepción fue el trabajo de los estructuralistas, la mayoría de ellos latinoamericanos, así como de los asociados a la escuela neomarxista de la dependencia. El hecho de que América Latina produjera los trabajos más interesantes sobre la distribución de la renta durante esta época no es casual. Debido a su posición política, que no era ni prosoviética ni acríticamente proestadounidense, y debido también a que las sociedades latinoamericanas son claramente de clases, el tema de la desigualdad se abordó en esta zona de una forma distinta y mucho más creativa que en Europa (ya sea occidental u oriental) o en Estados Unidos. En el capítulo 7 reconozco la aportación de la escuela de la dependencia y, en concreto, de Samir Amin, cuyo trabajo he seguido durante varias décadas. Pero, por desgracia, mi conocimiento de los trabajos de Raúl Prebisch, Celso Furtado, Octavio Rodríguez y otros no me permite hablar de ellos con confianza. Un comentarista más informado habría dedicado más espacio en el capítulo 7, si no un capítulo adicional, a comentar estos autores (y posiblemente otros latinoamericanos) y sus contribuciones.
VISIONES CONTRAPUESTAS DE LA DESIGUALDAD
También podría ser útil para el lector disponer, al comienzo del libro, de un breve esbozo de cómo difieren y se solapan las visiones de la desigualdad de los autores. Los cuatro primeros —Quesnay, Smith, Ricardo y Marx— consideran que la desigualdad es esencialmente un fenómeno de clase. El resto ve las cosas de otro modo. En el caso de Pareto, la división clave es entre la élite y el resto de la población. Para Kuznets, la desigualdad se debe a las diferencias de ingresos entre las zonas rurales y urbanas, o entre la agricultura y la industria. Para los autores de las tres últimas décadas del siglo XX, la desigualdad es un fenómeno marginal.
Pero incluso entre los cuatro primeros autores, las opiniones sobre la desigualdad de clases difieren. Para Quesnay, las clases se definen legalmente, como puede verse sobre todo en el uso que hace de los propietarios, clase que incluye al clero, la aristocracia y los administradores del Estado, y que, por ley, recibe el excedente económico. La clasificación de Quesnay refleja el estado real de las cosas antes de la Revolución, cuando la población francesa estaba formada por «estados» o estamentos legalmente separados. La misma separación legal perduró casi hasta finales del siglo XIX en las sociedades que se basaban en la servidumbre, el reparto o el trabajo forzoso (como la Rusia zarista, la India y los países de Europa central) y en las sociedades que mantenían la esclavitud (como Estados Unidos, Brasil y las colonias del Caribe). En dichas sociedades, era lógico considerar que las diferencias de clase no solo se debían a la economía, sino a situaciones jurídicas distintas, que tenían su reflejo en diferencias materiales y de ingresos.
En los casos de Smith, y sobre todo de Ricardo y Marx, las diferencias de clase se basan por entero en la propiedad de distintos tipos de «activos»: tierra, capital y trabajo. Ya no existen distinciones jurídicas formales entre clases e individuos, pero en la esfera económica los activos que uno posee importan mucho. La desigualdad se ve a través de lo que hoy se denomina desigualdad funcional, es decir, la desigualdad en los ingresos derivados de los distintos factores de producción. Esta es la razón por la que el debate sobre la desigualdad en los escritos de Smith, Ricardo y Marx se reduce a la mayor o menor participación en las rentas de la tierra, los beneficios del capital y los rendimientos del trabajo. Se asume tácitamente que las personas reciben la totalidad o la mayor parte de sus ingresos de un solo factor de producción y que las clases siguen una «ordenación»; es decir, que se supone que en la práctica todos los trabajadores son más pobres que todos los capitalistas, y que todos los capitalistas son más pobres que todos los terratenientes. Esta es, por supuesto, una descripción muy simplista del trabajo más abstracto o teórico de nuestros autores, que, cuando estudian casos históricos concretos de desigualdad de ingresos —sobre todo, Marx—, llevan a cabo una ordenación o clasificación mucho más detallada y matizada (como sin duda podrá verse en el capítulo 4).
Con Pareto entramos en un mundo diferente: desaparecen las clases, que ceden su lugar a los individuos, o a la élite frente al resto. ¿Por qué ocurrió esto? Aunque, en términos puramente empíricos o mensurables, la desigualdad en las sociedades que Pareto conocía (la Italia y la Francia de principios del siglo XX) se aproximara al nivel de desigualdad en Gran Bretaña en el apogeo del capitalismo industrial, es probable que las diferencias de clase en Italia y Francia no fueran tan evidentes y la movilidad social fuera mayor. En Italia y Francia, además, la desigualdad de riqueza también era menor.[9] Otro motivo del eclipse del análisis de clases puede encontrarse en la teoría sociológica de Pareto, en su convencimiento de que la distinción más importante en la sociedad era entre la élite y el resto de la población. En la sociedad capitalista, puede que la élite la integren los propietarios del capital, pero eso no es más que un ejemplo concreto de un principio general cuyo elemento clave son las élites. En la sociedad socialista, la élite la forman los burócratas del Estado. Dicho de otro modo, la base sobre la que se construye la élite puede variar, pero la división entre élite y población se mantiene. Lo único que cambia son las formas sociológicas que adoptan las élites en las distintas sociedades.
Simon Kuznets vivió y trabajó en los Estados Unidos de los años cincuenta y sesenta, en un entorno totalmente distinto al de los demás autores aquí considerados. Para entonces, la desigualdad en el país había disminuido sustancialmente desde su máximo de principios del siglo XX, Estados Unidos era con diferencia la nación más rica del mundo y su división en clases se consideraba (en parte porque las diferencias de clase eran objetivamente menores que en otros lugares, y en parte debido al sueño americano) en gran medida irrelevante. Se creía que los cambios en la distribución de la renta se debían a cambios en los ingresos relativos de las zonas urbanas frente a las rurales y de las actividades agrícolas frente a las industriales. Se trataba de una nueva visión de la desigualdad, muy relacionada con la teoría de la modernización que por aquel entonces estaba en boga.
En la época posterior a Kuznets —en la que los estudios sobre la distribución de la renta perdieron importancia, tanto en los países socialistas como en los capitalistas— no hubo ningún principio organizador, ya fuera de clase, de grupo o de élite, que impulsara nuevos trabajos. Había razones «objetivas» para ello: la desigualdad de ingresos estaba disminuyendo tanto en las economías socialistas, que habían experimentado revoluciones y expropiaciones del capital privado, como en las economías capitalistas, que habían creado el Estado del bienestar. Sin embargo, el eclipse de los estudios sobre la desigualdad se debió en gran medida a motivos políticos. Pero también lo causaron los grandes cambios que se produjeron entre los años setenta y los noventa en el entorno en el que vivían y trabajaban los economistas mencionados en el capítulo 7.
Por último, el reciente resurgir de los estudios sobre la desigualdad que comento en el epílogo ha venido de la mano del descubrimiento y la documentación de una tendencia que había pasado desapercibida durante el auge del neoliberalismo: se habían alcanzado niveles de desigualdad altísimos, que habían permanecido ocultos en la práctica en un entorno de endeudamiento fácil de las clases media y media-baja. Cuando la facilidad para endeudarse disminuyó y hubo que devolver los préstamos, se hizo evidente lo poco que habían aumentado los ingresos de la clase media y lo elevada que era la desigualdad. Esto ayudó a que los estudios sobre la distribución de la renta resurgieran con fuerza.
Pero ese regreso se produce en condiciones muy diferentes, y hoy se presta atención a divisiones que (aunque no son nuevas) se han ignorado en gran medida durante los dos últimos siglos. Se trata de las divisiones raciales y de género. Para ser justos con los autores del siglo XIX cuya obra se examina aquí, ninguno de ellos habría puesto en duda la importancia de la raza y el género en las disparidades de ingresos de su época, pero tampoco eran cuestiones integrales de su obra. Tanto Smith como Marx mencionan la explotación racial. Smith, totalmente crítico con la institución de la esclavitud, creía que su eliminación era imposible porque los esclavistas con poder político nunca votarían a favor de perder su propiedad.[10] Marx fue un activo partidario del Norte, y en particular de Lincoln, durante la Guerra de Secesión. Veía la guerra como una forma en la que la historia, mediante el uso de la violencia cuando es necesario, sustituye una formación social menos eficiente (como la sociedad esclavista) por otra más progresista (como la sociedad capitalista).[11] Y aunque Marx, hacia el final de su vida, prestara mucha más atención a los asuntos extraeuropeos, incluidos el colonialismo, la servidumbre y la esclavitud, sus consideraciones al respecto han ocupado un segundo plano en la imagen dominante (y hasta cierto punto lógica) de Marx como pensador occidental.[12] Las desigualdades de género estuvieron aún menos integradas en el trabajo sobre la distribución de la renta hasta hace muy poco. Las razones implícitas para ignorarlas eran, en primer lugar, que la desigualdad era una cuestión de diferencias en los ingresos familiares y, en segundo lugar, que las mujeres, o bien participaban de los ingresos y la riqueza de la familia, o bien eran «invisibles». Hoy en día, tanto las diferencias de género como las raciales ocupan un lugar mucho más importante en los estudios sobre la desigualdad que en el pasado.
En la actualidad también existe un interés mucho mayor por estudiar la transmisión intergeneracional de la renta y la riqueza y cómo agrava la desigualdad. Esto se debe en parte a la mayor disponibilidad de datos, y en parte a que se reconoce cada vez más la importancia de las ventajas que se transmiten de forma rutinaria entre familias y generaciones y que ponen en cuestión a una sociedad moderna que teóricamente se rige por la idea de que los privilegios de nacimiento deben ser eliminados o, cuando menos, minimizados.
SEGUIR EL HILO DE LAS INFLUENCIAS
Existen varias conexiones entre los autores incluidos en este libro. El libro comienza con François Quesnay, fundador de la doctrina fisiocrática y también de la economía política. Adam Smith conoció a Quesnay durante su viaje de dos años a Francia en 1764-1766. No sabemos con qué frecuencia se vieron, cuánto conversaron ni qué influencia pudo tener Smith sobre Quesnay, pero sí sabemos que la influencia de Quesnay sobre Smith fue perceptible, aunque Smith acostumbrara a restarle importancia (como se analiza en el capítulo 2). No parece muy probable que Smith influyera mucho en Quesnay, dada la diferencia de edad y de rango social. Quesnay contaba ya setenta y un años, se encontraba en su país natal y en la cúspide de su influencia política, mientras que Smith, casi treinta años más joven, no era más que un visitante en un país extranjero, poco conocido por su obra, aunque acogido gracias a la recomendación de David Hume. El encuentro se jugó en el campo de Quesnay: en los salones parisinos donde le idolatraba la secta de sus seguidores y en los que es muy probable que Smith fuese un mero oyente. No está claro que Smith, cuyo dominio del francés era imperfecto, pudiera aportar mucho a la conversación, rodeado por tanta gente que hablaba a la vez en una lengua que el escocés no entendía del todo.[13] Por difícil que sea de imaginar —teniendo en cuenta la altísima reputación de la que goza Smith hoy—, lo más fácil es que en esos salones parisinos Smith no dijera ni media palabra.
Ricardo empezó a escribir sobre economía política mientras leía a Smith y tomaba notas sobre La riqueza de las naciones. A lo largo de su vida siguió influido por Smith; incluso podría decirse que escribió los Principios con la idea de corregir a Smith en lo que este se equivocaba. A su vez, las notas de Marx a partir de los Principios de Ricardo y sobre ellos son igual de copiosas. En sus Teorías de la plusvalía, que es el cuarto volumen de El capital, diez de los veintidós capítulos —o sea, más de setecientas páginas— están dedicados a Ricardo y a los socialistas ricardianos. De hecho, la presencia de Ricardo es palpable en todo El capital. No es exagerado decir que ningún economista influyó más en el desarrollo del pensamiento de Marx que David Ricardo.
Luego está Pareto, cuyo primer libro sobre economía política, Les Systèmes socialistes, escribió como crítica a los socialdemócratas de la época y para discrepar de algunas de las ideas básicas de Marx.[14] Sin embargo, Pareto no era tan antimarxista como suele decirse. A veces elogia a Marx y coincide con él en que la lucha de clases es uno de los motores principales de la historia económica y política. Pero discrepa de Marx en muchos otros aspectos, como la teoría del valor del trabajo de Marx y la convicción de Marx de que en el socialismo se abolirían las clases sociales.
Así pues, se puede reseguir un hilo conductor evidente en los cinco primeros autores que trato, empezando por Quesnay a mediados del siglo XVIII y terminando con Pareto a principios del XX. El sexto autor marca una ruptura en dicha línea. Entre Pareto y Simon Kuznets transcurrió tal vez demasiado tiempo, además de dos guerras mundiales. La obra de Kuznets es marcadamente empírica y no tiene mucho (por no decir nada) en común con Ricardo o Marx. Tampoco comparte mucho con Pareto más allá de su preocupación por la desigualdad interpersonal, más que de clase, y su confianza en los métodos empíricos. La teoría de Kuznets sobre la distribución de la renta era una teoría intuitiva e inductiva que debía poco a sus predecesores en economía política. La teoría de la modernización y el cambio estructural que sustenta la obra de Kuznets solo puede relacionarse vagamente con las teorías estatistas del desarrollo de Smith o Marx. La visión del cambio de Kuznets es mucho más economicista que social o política.
VOCES DISTINTAS, ESTILOS DISTINTOS
Cada uno de los autores aquí estudiados posee también un estilo literario y una forma muy personales de abordar los temas que nos ocupan. El prólogo es un buen lugar para hacer lo que no se hace en los capítulos individuales: poner sus distintas habilidades y voces unas al lado de las otras para compararlas y contrastarlas.
El estilo de Quesnay es rebuscado y se hace aún más difícil de leer por culpa de sus frecuentes errores numéricos. Sus lectores se sienten a menudo algo frustrados cuando plantea una pregunta cuya respuesta parece estar ya casi al alcance de la mano para retrasarla una y otra vez con algún ejemplo numérico complejo o una digresión extraña (para el lector de hoy). Uno tiene la sensación de atravesar un paisaje intelectual atractivo, pero que se echa a perder a fuerza de repeticiones, contradicciones, errores y elipsis. Grimm creía que los escritos de Quesnay eran deliberadamente oscuros: «El señor Quesnay no solo es oscuro por naturaleza, sino que lo es por sistema, y cree que la verdad nunca debe decirse con claridad».[15] Al final, el viaje se convierte en un camino largo y arduo. Se revelan conexiones insólitas entre los fenómenos y los hechos, algunas de ellas muy clarividentes y modernas, que luego quedan «anuladas» por otras afirmaciones sorprendentemente anticuadas y que proceden directas del arsenal de ideas recibidas del siglo XVIII. Es fácil perderse en los recovecos de la obra de Quesnay (y muchos lo han hecho) tratando de descifrar la lógica de sus argumentos mientras se hurga en una maraña de errores técnicos. Siempre he pensado que Quesnay debe atraer a un grupo especial de economistas masoquistas que se obsesionan con corregir sus errores y que un día avanzan un paso en la comprensión de este hombre tan complicado y sus seguidores para retroceder dos al día siguiente. No es sino tras años de dura y atribulada travesía cuando llegan a alcanzar su destino, si es que llegan.
El estilo de Adam Smith es del todo distinto. El contraste entre la mente compleja, brillante y a veces desconcertante de Quesnay y la mente ácida, aguda y sensata de Adam Smith es más que palpable. Son los dos únicos autores de los seis que aparecen en este libro que se conocieron en persona, pero cabe preguntarse si se comunicaban. Como ya he dicho, seguramente poco. Muchos otros han afirmado que la influencia de Smith en la economía y las ciencias sociales se debe en gran medida a su habilidad como escritor, que permite pasar por alto en una primera lectura incluso errores de lógica y afirmaciones contradictorias. Hay que reconocer que La riqueza de las naciones está mal organizada y tiene partes muy tediosas y repetitivas (entre ellas, un larguísimo capítulo sobre las rentas de la tierra en el libro I, un extenso debate sobre las manipulaciones financieras en el libro II y una sección dedicada a las minucias de las normas aduaneras británicas en el libro IV). En general, a pesar de su poco atractiva organización, se trata de un libro muy bien escrito, y el hecho de que Smith sea citado tan a menudo en tantos contextos diferentes no es una mera casualidad,[16] sino testimonio de su estilo ameno, de lo sorprendente de sus analogías y la versatilidad de sus conocimientos.
Ahora bien, citar a diestro y siniestro líneas escogidas de La riqueza de las naciones afecta a su adecuada comprensión. No es raro que se cite una frase de Smith con un objetivo determinado (que parece del todo coherente con la propia frase), pero cualquiera que lea la frase en su contexto original verá que Smith quería decir algo muy distinto. Entender o malinterpretar a Adam Smith o citarlo fuera de contexto para apoyar las opiniones propias se ha convertido en una práctica muy extendida que comenzó casi después de su muerte. Tomo partido en algunas de las polémicas principales que suscita Smith al argumentar que La teoría de los sentimientos morales y La riqueza de las naciones no deben distinguirse por la época en la que fueron escritas, sino por el objetivo y el público que Smith tenía en mente para cada obra.[17] (No pretendo ser original en mis opiniones porque es difícil serlo cuando se trata de Smith). No es un argumento puramente filológico o histórico, sino que es relevante para el estudio de Adam Smith como economista de la desigualdad.
El estilo de Ricardo también es diferente. Son matemáticas escritas sin símbolos matemáticos. El suyo era un estilo árido, modelo de lo que Schumpeter, como es público y notorio, tildó de «vicio ricardiano».[18] Pero ese estilo árido y desapasionado ha despertado pasiones durante dos siglos desde la publicación de sus Principios de economía política y tributación.[19] A uno le repele tanto la aridez de la escritura como le sobrecoge la coherencia lógica llevada (a veces) a sus gélidos extremos. Mientras que la lectura de Adam Smith es en su mayor parte entretenida y la de Quesnay oscila entre fascinante y frustrante, Ricardo no es la idea que tiene nadie de un autor atractivo. El mismísimo Ricardo manifestó la poca estima en que tenía sus dotes de literato u orador en una carta a James Mill: «Tengo dificultades para componer, para vestir mis pensamientos con palabras, en un grado que rara vez veo en los demás».[20] Es difícil decir si lo creía de verdad o si se trata solo de la aparente modestia típica del género epistolar británico del siglo XIX. Los ejemplos históricos (excursi) son muy escasos en Ricardo, y los que proporciona parecen funcionar como meras ilustraciones y no descubren nada especialmente profundo sobre países reales y sus historias. Existe aquí un marcado contraste con Smith, sobre todo si se tiene en cuenta que el interés de Ricardo por la economía comenzó con sus lecturas cuidadosas y anotadas de La riqueza de las naciones. El conocimiento y la curiosidad de Smith por los asuntos económicos de todo el mundo —y de toda la historia, desde los imperios romano y azteca hasta China y Escocia— lo diferencian de Ricardo.
Pero si uno se centra exclusivamente en los temas que aborda Ricardo y sigue sus argumentos frase por frase, es mucho lo que sale ganando. Yo destacaría el famoso capítulo 31, «Sobre la maquinaria», como el mejor ejemplo de la escritura de Ricardo: se trata de un tema importante, la argumentación es sólida y comprensible, y Ricardo reconoce con toda franqueza que ya no cree que la introducción de maquinaria no pueda perjudicar los intereses de los trabajadores (Marx lo elogió por su «bonne foi», su buena fe).[21] Así pues, el capítulo combina la vertiente humana de Ricardo, en busca del conocimiento dondequiera que este le lleve, con su vertiente de intelectual de primera categoría.
Los ejemplos cuantitativos de Ricardo y Marx son otra historia, sobre todo por la frecuencia con la que recurren a los cuantiles y al obsoleto sistema contable de libras, chelines y peniques. No sé cuántas tesis se habrán dedicado a dilucidar el significado y la exactitud de los ejemplos cuantitativos de Ricardo y Marx, pero los hay como para dedicarles años de trabajo. Los ejemplos de Marx suelen contener errores de aritmética; algunos se los corrigió Engels, mientras que para detectar otros fueron precisos cien años o más y el esfuerzo conjunto de traductores y editores. Algunos errores, en el caso de Marx, todavía inducen a confusión, como he constatado (sin querer, por pura necesidad) al comparar las ediciones de Penguin de El capital de Marx con las ediciones electrónicas de los escritos de Marx disponibles en Marxists.org, extremadamente útiles, aunque a veces plagadas de fallos. Otro problema, dado el carácter casi religioso que han adquirido los escritos de Marx, es el de la traducción de sus términos clave al inglés y a otros idiomas. Aunque las traducciones de términos y conceptos tan importantes como «alienación», «plusvalía», «acumulación originaria» (en algunos casos, también «acumulación “primitiva”») y la «tendencia a la caída de la tasa de ganancia» se han estandarizado, siguen existiendo diferencias entre una publicación y otra. Como no hablo alemán, Marx es el único autor que no he leído en el original, sino que he recurrido a una mezcla de traducciones al inglés, al francés y al serbio. Por suerte para mí, y para otros economistas, los problemas terminológicos de los escritos económicos de Marx son menores que en sus textos filosóficos. Así, Martin Milligan, el traductor al inglés de una versión de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, abre el libro con una nota de cuatro páginas sobre la traducción de varios términos clave; entre ellos, una justificación de por qué «enajenado» es una traducción más fiel del original alemán que el término que se suele emplear más a menudo, «alienado».[22]
El objetivo de Marx al escribir el primer volumen de El capital era, como él mismo dijo, crear una obra de arte y no un mero libro de economía política, ni siquiera una crítica de la economía política (como dice el subtítulo). Cumplió esa exigencia al aunar filosofía, literatura, historia y economía política gracias a sus amplísimos conocimientos de la filosofía y la literatura grecorromanas. (Marx escribió su tesis doctoral sobre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epicuro). El uso que Marx hace de la ironía es excepcional, como puede verse en este comentario sobre Luis Napoleón: «Como fatalista que es, abriga la convicción de que hay ciertos poderes superiores a los que el hombre y sobre todo el soldado no se puede resistir. Entre estos poderes incluye, en primer término, los cigarros y el champán, las aves frías y el salchichón adobado con ajo».[23] Su estilo fácilmente identificable, con sus repeticiones de antítesis, sobre todo en sus escritos políticos e históricos, es igual de brillante y memorable, aunque quizá recurra a sus estilismos con demasiada frecuencia y a veces caiga en lo formulaico. Un buen ejemplo son estas palabras con las que se mofa de los liberales británicos del siglo XIX: «los Whigs británicos acabarán siendo […] traficantes de dinero con prejuicios feudales, aristócratas sin pundonor, burgueses sin actividad industrial, pragmáticos con frases progresistas, progresistas de un conservadurismo fanático, traficantes de fracciones homeopáticas de reformas, promotores del nepotismo familiar, maestros supremos de la corrupción, hipócritas de la religión, Tartufos de la política».[24]
Sin embargo, el estilo de Marx no cautiva a todo el mundo, como demuestra la dura (aunque no del todo desacertada) crítica de Benedetto Croce al primer volumen de El capital:
Y se agrega también la composición de la obra, mezcla de teorías generales, de polémicas y sátiras amargas y de ejemplificaciones o digresiones históricas, y dispuesta de tal modo que solo el profesor [Achille] Loria [economista italiano famoso por su estilo caótico] (¡beato él!) podía juzgar El capital como uno de los libros «más bellos y más simétricos» que existen; cuando, por el contrario, es verdaderamente asimétrico, desordenado, sin proporciones, en pugna contra todas las leyes de la estética; algo semejante, en algunos respectos, a la Scienza nuova de Vico. Y tiene además, en fin, la fraseología hegeliana, tan querida por Marx, y cuya tradición está ahora en cierto modo olvidada, y que en esa misma tradición Marx adoptaba con tal libertad que parece no exenta de algún atisbo de burla. Por ello, no debe causar sorpresa que El capital haya pasado sucesivamente por un tratado de economía, por una filosofía de la historia, por un complejo de así llamadas leyes sociológicas, por una requisitoria moral y política, y hasta, en las cabezas de algunos, por un fragmento de historia narrada.[25]
Los volúmenes segundo y tercero de El capital quedaron sin terminar, claro, y los revisó Engels, que utilizó lo que hoy podríamos llamar el método de cortar y pegar. El hecho de que estén inacabados tiene ventajas e inconvenientes. Algunas partes importantes (como el análisis de tendencia a la caída de la tasa de ganancia) están visiblemente sin acabar, mientras que determinadas secciones del tercer volumen no son más que largas citas de los interminables debates celebrados en varias comisiones parlamentarias de la Cámara de los Comunes británica. Pero la ventaja de verlas inacabadas es que, en ciertos momentos, podemos contemplar a una mente genial en acción en el punto álgido de su fuerza y de su inspiración. Algunos pasajes (y lo mismo puede decirse de los Grundrisse) son auténticos diamantes en bruto; creo que Marx no los releyó ni corrigió jamás. Parecen publicados tal y como se escribieron, de una sola vez, en un arranque de inspiración, un día cualquiera, en el desorden del estudio de Marx en Londres o en su mesa de trabajo casi habitual de la Biblioteca Británica.
No es de extrañar que las enormes ansias de conocimiento de Marx, que abarcan desde los escritos periodísticos hasta la política, pasando por la economía y la filosofía, hayan impulsado a miles de personas a dedicar millones de horas de trabajo y, en algunos casos, la vida entera, al estudio pormenorizado de sus textos. (Desde luego, hay personas que incluso murieron por Marx, o a causa de él, lo que no puede decirse de ningún otro de los autores que se estudian en este libro). En un artículo reciente sobre la publicación de nuevos volúmenes de obras completas, Heinz Kurz escribe sobre la relativa esterilidad de los últimos años de Marx, que justifica describiendo el afán insaciable de Marx por aprender. Marx se zambulló en la bibliografía no solo de todo lo que se refiere a la existencia social del ser humano —incluido el estudio de nuevas lenguas como el ruso—, sino también en las matemáticas, la química (en su madurez), la geología y otras ciencias naturales.[26] Uno tiene la impresión de que, si se pudiera hacer un pacto para que el mundo se detuviera tal y como estaba en 1870 y le dieran a Marx dos siglos para analizarlo, no llegaría a completar la tarea. La ambición de Marx por empaparse del conocimiento del mundo le impidió terminar muchas partes de sus escritos. De no haber sido por su inesperada fama —debida a que, tras la Revolución de Octubre, pasó a ser no el simple fundador de una república o una monarquía, sino el de un nuevo orden social destinado a extenderse por toda la Tierra—, muchos de sus escritos nunca habrían llegado al público. (Por ejemplo, sus manuscritos de 1844, Grundrisse, y la mayor parte de su correspondencia probablemente no se habrían publicado en forma de libro, más allá quizá de algunas ediciones muy especializadas).[27] Así las cosas, sus obras completas, muchas de ellas meras notas o borradores, siguen imprimiéndose siglo y medio después de su muerte.
Los textos de Pareto están impregnados del amor del autor por las paradojas, su querencia por la polémica y sus ganas de épater le bourgeois, aunque en la mayoría de sus escritos defendiera las virtudes burguesas. El mecanicismo de Pareto, que presenta sus obras en un orden extremo por secciones del tipo «3.2.A.4» (a veces sin motivo aparente), y su terminología abstrusa hacen que su obra resulte difícil de leer; exige un alto nivel de dedicación y paciencia por parte del lector y a menudo pide aclaraciones a gritos. Los mejores pasajes de las obras de Pareto son cuando olvida su habitual deseo de escandalizar a base de paradojas, o de cuadricular con divisiones del texto más propias de un ingeniero, o de impresionar inventándose neologismos derivados del griego, y permite que sus opiniones se expresen de forma más «natural». A pesar de sus defectos, las obras de Pareto ejercen cierto atractivo perverso. Es una lástima que hoy en día lo lean tan poco, aunque tal vez él no opinara lo mismo: como amante de las paradojas, de mentalidad aristocrática, puede que se sintiese orgulloso de su falta de popularidad y de atractivo para las masas.
El estilo literario de Kuznets es probablemente el menos interesante de los seis autores estudiados en este libro. Es un reflejo, en parte, de la personalidad del autor —meticuloso, comedido, pesado— y en parte de la evolución de la economía, que poco a poco pasó de ser una ciencia social en sentido amplio a una disciplina de ámbito más restringido, que se centra solo en una parte de la existencia humana. A Kuznets le interesaba mucho la demografía y a menudo reconocía la importancia de la política, los factores sociales e incluso la psicología, pero no escribía sobre estos temas. Quizá para mantener una apariencia más científica, expresaba sus complejas ideas en frases llenas de advertencias y salvedades, lo que las complicaba aún más. No es raro que Kuznets empiece una frase argumentando, se diría, en favor de A, pero que al final de la misma plantee tantos problemas a la idea A que el lector empiece a creer que A debe de estar mal y B tiene que ser lo correcto. Los estilos de Pareto y Kuznets representan las antípodas, provocador el primero y lo menos provocador posible el segundo. Sin embargo, al abordar cuestiones de desigualdad y distribución de la renta, ambos tuvieron cuidado de no cargar las tintas en sus argumentaciones, sobre todo Pareto, que era más proclive a lanzar afirmaciones contundentes para luego retractarse, por lo menos en parte.
COMBINACIONES DESIGUALES DE RELATO, TEORÍA Y PRUEBAS EMPÍRICAS
En un apartado anterior, he definido someramente mis criterios para determinar si un trabajo sobre la desigualdad es sustancial de verdad: tiene que presentar un relato convincente, una teoría bien desarrollada y pruebas empíricas. Si analizamos a todos nuestros autores con estos criterios, podemos argumentar que Quesnay, Smith y Ricardo tenían relatos muy sólidos y claros y una buena conexión entre los relatos y la teoría (algo seguramente más evidente en el caso de Ricardo), pero pocos datos empíricos, debido al simple hecho de que la mayoría de los datos que hubieran necesitado no estaban disponibles en su época. Por eso Ricardo tuvo que recurrir casi exclusivamente a cálculos ilustrativos y ejemplos numéricos. Existían algunos datos sobre las rentas, los beneficios y los salarios, pero las fuentes eran fragmentarias y dispersas; incluso en las obras de autores como Malthus, que estaban más interesados en las pruebas empíricas que Ricardo, y que buscaban datos prácticamente en todas las publicaciones que caían en sus manos. Los datos empíricos eran mucho más escasos entonces que hoy.
En la obra de Marx, y más aún en la de Pareto, están presentes los tres elementos. El uso de datos y hechos por Marx supuso una mejora espectacular con respecto a Ricardo y Smith. Pareto lo llevaría a un nivel aún más alto gracias a que pudo contar con datos fiscales sobre la distribución de la renta. (Como veremos en el capítulo 4, Marx también citó datos fiscales sobre las distribuciones de la renta en Inglaterra e Irlanda, el mismo tipo de datos que treinta años más tarde constituirían el núcleo empírico de las afirmaciones de Pareto). Tanto Marx como Pareto tenían también relatos y teorías claros. Y lo mismo puede decirse de Kuznets: en él encontramos los tres componentes de un trabajo «de los buenos».
Pero con la Guerra Fría, y la economía tal como se practicaba entonces en los países socialistas y capitalistas, las cosas cambiaron, algo que no supe ver al principio cuando me enfrenté al problema de cómo explicar el repentino eclipse de los estudios sobre la distribución de la renta hacia 1960 en Occidente. Dicho eclipse se había producido antes aún en el Bloque del Este, pero para este último podía encontrarse una explicación en el convencimiento de que las clases sociales habían sido abolidas y en la presión política que impedía realizar estudios que pudieran cuestionar esta convicción (impuesta). En cuanto a Occidente, ¿había algo en la economía neoclásica y en el clima político inducido por la Guerra Fría que hiciera que los economistas se volvieran en contra del estudio de la desigualdad en sus países capitalistas y democráticos?
El misterio se resolvió cuando me di cuenta de que las ciencias económicas, tal y como se enseñaban y estudiaban entre 1960 y 1990 en Occidente, en realidad estaban concebidas expresamente para la Guerra Fría, aunque el aspecto político no fuera lo único relevante: existía también un elemento objetivo, y es que en las décadas indicadas se produjo un importante descenso de la desigualdad. La desigualdad parecía un problema en vías de extinción, y eso reducía el interés por estudiarla. También tienen algo de culpa el giro de las ciencias económicas hacia la abstracción y el hecho de que la investigación estuviera financiada en parte por gente rica, pero el clima político fue quizá el factor principal. En las ciencias económicas que se fomentaban durante la Guerra Fría en Occidente no tenía cabida la investigación de la desigualdad de clases y, por tanto, ningún estudio serio de la distribución de la renta, al menos mientras los países comunistas del otro lado del Telón de Acero afirmaran haber abolido las clases. Cada bando tenía que insistir en que era más igualitario y menos clasista que el otro.
La extirpación de las diferencias sociales o de clase durante la Guerra Fría salta a la vista cuando observamos la evolución histórica que han experimentado los estudios sobre la distribución de la renta. Quesnay, Smith, Ricardo y Marx utilizaron las clases sociales como forma de organizar sus ideas sobre la economía. Las clases eran los conceptos naturales en torno a los cuales se «construía» la distribución de la renta. Pareto pasó a la interpersonalidad, pero no se olvidó de la estructura social: la élite (la clase de ingresos superiores) y el resto de la población ocupan en su obra el lugar de las clases sociales o, para ser más exactos, en función del sistema político, distintas clases sociales podían convertirse en élites, como los capitalistas en un sistema y los burócratas en otro. Solo con Kuznets desaparecen las clases sociales y las élites, y la atención se centra en individuos que se diferencian socialmente por su ubicación (rurales frente a urbanos), por su sector de actividad (agricultura, industria o servicios) y por su nivel de formación (cualificados frente a no cualificados). Pero ninguna de estas agrupaciones representaba una clase social en el sentido en que las veían los clásicos —a saber, con un papel sustancial en el proceso de producción— y ninguna constituía una élite. La tendencia a desdeñar los marcadores sociales como categorías primarias mediante las cuales comprendemos la desigualdad comenzó con Kuznets y continuó después de él con más fuerza si cabe y es, en mi opinión, una de las causas por las que los estudios sobre la distribución de la renta retrocedieron en la segunda mitad del siglo XX.
También hubo otras razones por las que los estudios sobre la distribución de la renta retrocedieron bajo la égida de la economía de la Guerra Fría. Este es el tema del capítulo 7. De todos modos, merece la pena mencionar en este punto que la presencia de los tres elementos que he indicado antes como clave en todo estudio riguroso se convirtió en una rareza. Los estudios puramente empíricos (que eran numerosos) dejaron de contar con un relato, ya fuera político, de clase o internacional. En la mayoría de los casos, no existía relato alguno. O, cuando lo había, como en la «teoría de los sistemas mundiales» o «sistema-mundo», prescindía de las pruebas empíricas. Mientras tanto, los estudios teóricos se volvieron excesivamente simplistas y poco realistas en sus planteamientos, además de teleológicos, porque su mismo planteamiento dictaba el resultado final. Dichos estudios teóricos prescindían tanto de la parte narrativa como de la empírica. Contribuyó al desbarajuste la excesiva especialización de los trabajos sobre la distribución de la renta, en los que ninguna de las múltiples perspectivas sobre el tema se demostró capaz de combinar los tres elementos clave.
En los países socialistas también existía una versión de la economía de la Guerra Fría. Esa versión era un marxismo dogmático simplificado, despojado de su análisis de clase cuando se aplicaba a las sociedades socialistas. Al igual que en la economía occidental, se pasaba por alto la desigualdad y sus causas. El relato y la parte teórica los suplantaron visiones normativas de la distribución de la renta, mientras que los estudios empíricos (al contrario que en Occidente) escaseaban debido a la falta de datos y, cuando existían, al secretismo en el que estaban envueltos. Así pues, los estudios sobre la distribución de la renta en los países socialistas tenían, en el mejor de los casos, cierto contenido empírico, aunque por lo general endeble, pero prácticamente no ofrecían relato ni teoría de ninguna clase.
La situación era mejor en algunos lugares del Tercer Mundo, sobre todo en América Latina. Durante mucho tiempo, los autores latinoamericanos elaboraron estudios empíricos sobre la desigualdad de ingresos en sus respectivos países. Pero su ventaja principal frente a los economistas occidentales de la Guerra Fría residía en su capacidad para anclar estos estudios a un relato estructuralista que vinculaba la posición económica y política internacional de estos países con un análisis de sus estructuras internas (de clase). Por eso su componente teórico era mucho más rico que el de los economistas neoclásicos de la Guerra Fría.
¿Y los investigadores? Keynes escribió sobre la «rara combinación de dones» que debe tener todo gran economista.[28] A mi juicio, los estudiosos de la desigualdad de ingresos deben conocer a fondo la política y la historia relevante de las sociedades que estudian, y deben ser buenos en matemáticas y técnicas empíricas. Además, tienen que poseer una «visión» amplia del tema que estudian y dominar la historia económica de otros países, incluida su bibliografía económica. No es habitual que todas estas cualidades se den en un mismo autor, quizá por culpa de un sistema educativo que insiste demasiado en la división del trabajo y en un exceso de especialización.
AMPLIAR LA PERSPECTIVA SOBRE NUESTROS PLANTEAMIENTOS
Una de las ventajas del planteamiento que se adopta en este libro es que nos permite comprender no solo a los autores estudiados, sino también los prejuicios con los que analizamos la desigualdad hoy en día, además de apreciar mejor la naturaleza histórica de nuestra preocupación actual por la desigualdad. Nuestras opiniones no poseen una validez universal, sino que son la expresión de lo que, en estos momentos, consideramos las fuerzas más importantes que determinan la desigualdad. La «historicidad» debería ayudarnos a entender que las fuerzas que determinan la desigualdad pueden variar en épocas y sociedades distintas.
Dicho esto, debo reconocer que en este libro me refiero de vez en cuando a algún efecto observado calificándolo de ley, como la ley de Marx de tendencia a la caída de la tasa de ganancia, o la ley de Pareto, o la ley implícita en la curva en forma de U invertida de Kuznets. En todos estos casos, lo cierto es que se trata de hipótesis y, en el mejor de los casos, suponiendo que estas hayan sido verificadas, de tendencias. Tomamos prestado el término «ley» de las ciencias naturales y lo utilizamos por comodidad, pero le queda grande: es evidente que los fenómenos sociales no permiten realizar afirmaciones de carácter predictivo del mismo calibre.
Cada generación se centra en lo que considera que son las características más destacadas de la desigualdad o sus principales causas. Al observar cómo la veían los economistas más importantes en el pasado, aprendemos sobre la historia e indirectamente observamos —o más bien constatamos— que nuestra perspectiva se ve limitada tanto por nuestra concepción de la sociedad contemporánea como por lo que hoy creemos que son los marcadores clave de la desigualdad.
Los autores de los siglos XVIII y XIX, como ya se ha señalado, apenas se ocuparon de las desigualdades raciales y de género, ni de cómo se solapaban e influían en la desigualdad en general. Ambas se mencionan solo de paso. Incluso la desigualdad entre naciones, de la que sin duda eran conscientes (y que cada vez desempeña un papel más importante en el pensamiento de Marx), no tenía ni de lejos la importancia que hoy se le concede. Durante la mayor parte de los siglos XVIII y XIX, la igualdad ante la ley era, como mucho, un objetivo al que se aspiraba.
Aunque casi todos los autores aquí analizados se enfrentaron en persona a la desigualdad jurídica, esta no desempeñó un papel sustancial en su obra. Quesnay dio por sentado que la igualdad jurídica de las distintas clases sociales era imposible; Smith no tenía derecho al voto en Escocia; Ricardo no le hizo ascos a comprar un escaño en el Parlamento sin haber visitado nunca, según parece, su circunscripción; el padre de Marx tuvo que convertirse al protestantismo para seguir trabajando de abogado; Pareto no pudo casarse con la mujer a la que amaba hasta que, casi al final de su vida, consiguió encontrar un lugar en Istria, que entonces formaba parte de Italia, donde se permitía que los divorciados se volvieran a casar; Kuznets era un emigrante que, tras llegar a Estados Unidos, creyó prudente cambiar su apellido del ruso Kuznets al inglés Smith (los dos son semánticamente equivalentes, parecidos al español García).
Lo importante es que la percepción de la desigualdad cambia con el tiempo y cada uno de los autores analizados en estas páginas se vio influido por su marco histórico y geográfico. Si somos capaces de entenderlo, podremos entender también una verdad fundamental: que toda desigualdad es un fenómeno histórico; sus motores varían según las sociedades y las épocas, y las percepciones de la desigualdad difieren en función de nuestras propias ideologías. Así pues, no podemos hablar de desigualdad en términos generales o abstractos; solo cabe hablar de las características concretas de cada desigualdad.
Uno de los objetivos de este libro es desentrañar estas características histórico-geográficas concretas para que los lectores puedan constatar cómo nuestros planteamientos sobre la desigualdad se ven influidos por las características clave de nuestras sociedades. Aceptar que nuestra concepción de la desigualdad está marcada por nuestro contexto histórico y geográfico puede ayudarnos a pensar mejor en el futuro y en los problemas que este nos depara.