Mar Egeo
Siempre recordaré con exactitud dónde me encontraba y qué estaba haciendo cuando me enteré de que mi padre había muerto.
Estaba tomando el sol, desnuda, en la cubierta del Neptune, con la mano de Theo descansando en ademán protector sobre mi vientre. La desierta curva de playa dorada de la isla que había delante de nosotros brillaba bajo el sol, acurrucada en su rocosa ensenada. El agua turquesa y cristalina hacía perezosos esfuerzos por crear olas al golpear la arena, pero tan solo levantaba una espuma elegante como la crema de un capuchino.
«Encalmada —pensé—, como yo.»
La noche anterior, al ponerse el sol, habíamos fondeado en la bahía de la diminuta isla griega de Makares. Después, vadeamos el agua hasta la cala cargados con dos neveras portátiles. Una contenía las sardinas y salmonetes frescos que Theo había pescado aquel mismo día, y la otra vino y agua. Dejé mi carga sobre la arena, resoplando, y Theo me plantó un beso tierno en la nariz.
—Somos náufragos en nuestra isla desierta particular —anunció abarcando con los brazos el idílico entorno—. Y ahora me voy a buscar leña para asar el pescado.
Lo vi alejarse hacia las rocas que formaban una media luna alrededor de la playa, rumbo a los arbustos ralos y secos que crecían en las grietas. Su constitución delgada no dejaba entrever su verdadera fuerza de navegante de primer orden. En comparación con los otros hombres con los que yo solía tripular en competiciones de vela, todos de músculos prominentes y pectorales como los de Tarzán, Theo era sin duda menudo. Una de las primeras cosas que me habían llamado la atención de él era su andar ligeramente irregular. Más tarde me contó que de niño se había roto el tobillo al caer de un árbol y el hueso no había soldado bien.
—Supongo que es otra de las razones por las que siempre he estado destinado a vivir sobre el agua. Cuando navego, nadie sabe lo ridículo que parezco caminando en tierra firme —bromeó.
Asamos el pescado e hicimos el amor bajo las estrellas. La mañana siguiente sería la última que pasaríamos juntos a bordo. Y justo antes de decidir que debía conectar el móvil para recuperar el contacto con el mundo exterior y de descubrir entonces que mi vida se había roto en mil pedazos, me había tumbado en la cubierta junto a él, embargada por una paz absoluta. Y como si de un sueño se tratara, mi mente había evocado una vez más el milagro que éramos Theo y yo, y cómo habíamos ido a parar a aquel bello lugar…
Lo había visto por primera vez hacía más o menos un año, en la regata Heineken de la isla caribeña de San Martín. La tripulación ganadora estaba festejando su victoria en la cena de clausura y me sorprendió descubrir que el patrón era Theo Falys-Kings. Theo era una celebridad en el mundo de la vela por haber conducido a más tripulaciones a la victoria que ningún otro capitán a lo largo de los cinco años anteriores.
—No es en absoluto como me lo imaginaba —le comenté en voz baja a Rob Bellamy, un viejo compañero con el que había navegado en el equipo nacional suizo—. Tiene pinta de repelente con esas gafas de concha —añadí cuando Theo se levantó para acercarse a otra mesa—, y camina de una forma muy rara.
—Reconozco que no es el prototipo de navegante cachas —convino Rob—, pero ese tío es un verdadero genio. Posee un sexto sentido en lo referente al mar, y yo no confiaría más en ningún otro patrón en medio de una tempestad.
Esa noche Rob me presentó a Theo, y cuando este me estrechó la mano advertí que sus ojos verdes, salpicados de motas color avellana, me observaban pensativos.
—Así que tú eres la famosa Al D’Aplièse.
Su acento británico modulaba una voz firme y cálida.
—Sí con respecto a lo segundo —respondí, cohibida por el cumplido—, pero yo diría que aquí el famoso eres tú. —Mientras intentaba no desviar la mirada bajo su persistente escrutinio, suavizó el semblante y soltó una carcajada—.¿Qué te hace tanta gracia? —pregunté.
—Si te soy sincero, no te esperaba así.
— ¿ Qué quieres decir con que no me esperaba así?
Un fotógrafo que quería retratar al equipo reclamó la atención de Theo, de modo que me quedé con las ganas de saber qué había querido decir.
Después de aquello empecé a reparar en su presencia en algunos de los eventos sociales relacionados con las regatas en las que ambos participábamos. Poseía una energía indefinible y una risa suave y natural que, pese a su actitud aparentemente reservada, daban la sensación de atraer a la gente. Si la velada era formal, se vestía con chinos y una chaqueta de lino arrugada como deferencia al protocolo y a los patrocinadores de la regata, pero, con sus náuticos viejos y sus rebeldes cabellos morenos, su aspecto era el de una persona recién desembarcada de un velero.
En aquellos primeros encuentros parecíamos jugar al gato y el ratón. Nuestras miradas se cruzaban a menudo, pero Theo nunca intentó retomar nuestra primera conversación. Finalmente, hace seis semanas, cuando mi tripulación ganó en Antigua y estábamos celebrándolo en el Lord Nelson’s Ball, el acto que marcaba el final de la semana de competición, me dio unos golpecitos en el hombro.
—Felicidades, Al —dijo.
—Gracias —respondí, satisfecha de que, para variar, nuestra tripulación hubiera ganado a la suya.
—Estoy oyendo cosas muy buenas sobre ti esta temporada. ¿Te gustaría formar parte de mi tripulación en la regata de las Cícladas de junio?
Ya me habían ofrecido un puesto en otro barco, pero aún no había aceptado. Theo se dio cuenta de que titubeaba.
— ¿ Ya te han fichado?
—Sí, aunque de manera provisional.
—Bueno, toma mi tarjeta. Piénsatelo y dime algo hacia el final de la semana. Me iría muy bien tener a alguien como tú a bordo.
—Gracias. —Aparté las dudas de mi mente. ¿Quién se atrevería a rechazar la oportunidad de competir con el hombre al que en aquel momento se conocía como «El rey de los mares»?—. Por cierto —dije cuando se alejaba—, la última vez que hablamos, ¿por qué dijiste que no me esperabas así?
Se detuvo y me miró de arriba abajo.
—No te había conocido en persona, solo había oído hablar de tus aptitudes como navegante, eso es todo. Y como dije, no eres lo que me esperaba. Buenas noches, Al.
De camino a mi habitación de un pequeño hotel junto al puerto de St. John, mientras me dejaba acariciar por el aire de la noche, repasé nuestra conversación y me pregunté por qué Theo despertaba en mí tanta fascinación. Las farolas bañaban las alegres fachadas multicolores en un cálido resplandor nocturno, y el rumor perezoso y lejano de la gente de los bares y los cafés flotaba en el aire. Yo apenas notaba ninguna de aquellas cosas, emocionada como estaba por la victoria… y por la oferta de Theo Falys-Kings.
En cuanto entré en mi habitación, me acerqué de inmediato al portátil y le escribí un correo electrónico para comunicarle que aceptaba su oferta. Antes de enviarlo, me di una ducha, volví a leerlo y me ruboricé por la impaciencia que transmitían mis palabras. Tras decidir guardarlo en la carpeta de borradores y esperar un par de días para mandárselo, me tumbé en la cama y estiré los brazos para aliviar la tensión y el dolor provocados por la carrera.
—Bien, Al —murmuré con una sonrisa—, será una regata de lo más interesante.
Finalmente envié el correo y Theo me contestó enseguida para decirme que estaba encantado de que me uniera a su tripulación. Así que hace solo dos semanas, presa de un nerviosismo que no lograba explicarme, embarqué en el velero Hanse 540 amarrado en el puerto de Naxos a fin de empezar a entrenar para la regata de las Cícladas.
En lo relativo a las regatas de competición, la de las Cícladas no era excesivamente difícil, pues entre los participantes se cuenta una mezcla de navegantes serios y entusiastas de fin de semana, alentados todos ellos por la perspectiva de ocho días de fabulosa navegación entre algunas de las islas más bellas del mundo. Y, como parte de una de las tripulaciones con más experiencia, sabía que teníamos muchas posibilidades de ganar.
Las tripulaciones de Theo destacaban siempre por su juventud. Mi amigo Rob Bellamy y yo teníamos treinta años y éramos los «veteranos» del equipo en cuanto a edad y experiencia. Me habían contado que Theo prefería reclutar talentos que se hallaban en las primeras fases de su carrera de navegantes para evitar malos hábitos. Los otros tres tripulantes tenían poco más de veinte años: Guy, un inglés corpulento; Tim, un australiano relajado, y Mick, un navegante medio alemán medio griego que conocía las aguas del Egeo como la palma de su mano.
Aunque tenía muchas ganas de trabajar con Theo, no había tomado la decisión a ciegas; previamente, había hecho todo lo posible por buscar información en internet sobre el enigmático «Rey de los mares» y hablar con personas que ya habían navegado con él.
Sabía que era británico y había estudiado en Oxford, lo que explicaría su pulido acento, pero en internet su perfil decía que era ciudadano estadounidense y que, como capitán, había llevado al equipo de vela de Yale a la victoria en numerosas ocasiones. Un amigo mío había oído que era de familia adinerada, otro que vivía en un barco.
«Perfeccionista», «controlador», «difícil de complacer», «adicto al trabajo», «misógino»… Esos fueron algunos de los comentarios que llegaron a mis oídos, el último por parte de una navegante que aseguraba haber sido marginada y maltratada por la tripulación de Theo, lo que me hizo dudar por un momento de mi decisión. Pero la conclusión de la mayoría era simple: «Sin lugar a dudas, el mejor patrón con el que he trabajado».
Aquel primer día a bordo del velero empecé a comprender por qué Theo era tan respetado por sus colegas. Yo estaba acostumbrada a patrones histéricos que gritaban órdenes e insultaban a sus tripulantes como chefs malhumorados en una cocina. La actitud comedida de Theo fue toda una revelación. Se mostraba parco en palabras a la hora de marcarnos el ritmo y nos supervisaba desde la distancia. Cuando el día tocó a su fin, nos reunió y señaló nuestros puntos fuertes y débiles con su tono sereno y firme. Me percaté de que no se le había escapado nada y de que con su aire de autoridad natural conseguía que todos tuviéramos en cuenta cada una de sus palabras.
—Por cierto, Guy, se acabó lo de fumar a escondidas durante las prácticas —añadió con una media sonrisa antes de dar por terminada la reunión.
Guy se puso colorado.
—Ese tío debe de tener ojos en la nuca —farfulló cuando desembarcamos para darnos una ducha y cambiarnos para la cena.
Aquella primera noche salí del hostal con el resto de la tripulación sintiéndome satisfecha por haber tomado la decisión de participar en la regata con ellos. Paseamos por el puerto de Naxos, el viejo castillo de piedra iluminado en lo alto y el laberinto de callejuelas serpenteantes que descendían entre las casas enjalbegadas. Los restaurantes del puerto estaban repletos de navegantes y turistas disfrutando del marisco fresco y alzando un vaso de ouzo tras otro. En una de las callecitas traseras encontramos un establecimiento regentado por una familia, con sillas de madera tambaleantes y platos desparejados. La comida casera era justo lo que necesitábamos después de un largo día en el barco, pues la brisa marina nos había despertado un apetito voraz.
Mi voracidad atraía las miradas de los hombres cada vez que atacaba la musaca o me servía una porción generosa de arroz.
— ¿ Qué pasa? ¿Nunca habíais visto comer a una mujer? —comenté con sarcasmo antes de hacerme con otro pan de pita.
Theo contribuyó al jolgorio con alguna que otra observación mordaz, pero se marchó nada más terminar la cena, decidido a no participar en la farra posterior en el bar. Yo seguí su ejemplo poco después. A lo largo de mis años como navegante profesional, había aprendido que las payasadas de los muchachos una vez anochecía no eran algo que me apeteciera presenciar.
Durante los dos días siguientes, bajo la mirada verde y pensativa de Theo, empezamos a aunar esfuerzos y pronto nos convertimos en un equipo compenetrado y eficiente, así que mi admiración por su metodología fue en aumento. Nuestra tercera noche en Naxos, tras un duro día bajo el virulento sol del Egeo, me sentí especialmente cansada y fui la primera en levantarme de la mesa.
—Me largo, chicos.
—Yo también. Buenas noches, muchachos. Y mañana nada de resacas a bordo, por favor —dijo Theo saliendo del restaurante detrás de mí—.¿Puedo acompañarte? —me preguntó ya en la calle.
—Claro que sí —dije sintiéndome súbitamente nerviosa por estar a solas con él por primera vez.
Regresamos al hostal por las callejuelas empedradas, bajo una luna que iluminaba las casitas blancas con las puertas y los postigos pintados de azul. Traté de entablar conversación, pero Theo solo contribuía con algún que otro «sí» o «no», y sus concisas respuestas empezaron a irritarme.
Cuando llegamos al vestíbulo del hostal, se volvió hacia mí de repente.
—Llevas la navegación en la sangre, Al. Les das mil vueltas a la mayoría de tus compañeros. ¿Quién te enseñó?
—Mi padre —contesté sorprendida por el cumplido—. Desde muy pequeña empezó a llevarme a navegar por el lago de Ginebra.
—Ah, Ginebra, eso explica tu acento francés.
Me preparé para la típica petición de «di algo sexy en francés» que los hombres solían hacerme en ese momento, pero no llegó.
—Pues tu padre debe de ser un gran navegante, porque ha hecho un trabajo excelente contigo.
—Gracias —dije desarmada.
— ¿ Qué te parece ser la única mujer a bordo? Aunque estoy seguro de que no es la primera vez que te ocurre —se apresuró a añadir.
—No pienso en ello, la verdad.
Me observó detenidamente a través de sus gafas de concha.
— ¿ En serio? Perdona que te lo diga, pero yo creo que sí lo haces. Tengo la sensación de que a veces te esfuerzas más de lo necesario para compensar el hecho de ser mujer, y es entonces cuando cometes errores. Te aconsejo que te relajes y seas tú misma. Buenas noches.
Sonrió brevemente y desapareció por la escalera de baldosas blancas que conducía a su habitación.
Aquella noche, mientras yacía en la estrecha cama, las sábanas almidonadas me rozaban la piel y su crítica hacía que me ardieran las mejillas. ¿Tenía yo la culpa de que las mujeres fueran todavía una relativa rareza —o, como sin duda dirían algunos de mis colegas varones, una novedad— en las regatas profesionales? ¿Y quién se creía Theo Falys-Kings que era? ¿Uno de esos psicólogos de tres al cuarto que van por ahí analizando a gente que no lo necesita?
Siempre había pensado que manejaba bien el tema de ser mujer en un mundo dominado por hombres, y que había aprendido a aceptar de buen talante las bromas y comentarios cordiales sobre mi condición femenina. A lo largo de mi carrera, me había construido un muro de inviolabilidad y dos imágenes diferentes: «Ally» en casa y «Al» en el trabajo. Sí, a veces resultaba difícil y había tenido que aprender a morderme la lengua, sobre todo cuando los comentarios eran de naturaleza deliberadamente sexista y hacían alusión a mi supuesta conducta de «rubia». Siempre me había asegurado de mantener tales comentarios a raya recogiéndome los rizos cobrizos en una coleta bien tirante y absteniéndome de llevar maquillaje para resaltar mis ojos o disimular las pecas. Además, trabajaba tanto como cualquier hombre del barco, puede que, rezongué por dentro, incluso más.
Entonces, todavía indignada e incapaz de conciliar el sueño, recordé a mi padre diciéndome que si una persona se irritaba ante una observación personal era, generalmente, porque dicha observación encerraba algo de verdad. Y, a medida que pasaban las horas, tuve que reconocer que era probable que Theo estuviera en lo cierto. No estaba siendo «yo misma».
La noche siguiente, Theo volvió a acompañarme de regreso al hostal. Pese a que no era un hombre alto, me resultaba tan intimidante que a veces incluso se me trababa la lengua. Me escuchó en silencio mientras me esforzaba por explicarle lo de mi doble imagen.
—Mi padre, cuyas opiniones no siempre me parecen imparciales —dijo—, aseguró en una ocasión que las mujeres gobernarían el mundo si se limitaran a explotar sus puntos fuertes y dejaran de intentar ser hombres. Quizá deberías seguir ese consejo.
—Para un hombre es fácil decirlo, pero ¿ha trabajado tu padre alguna vez en un entorno enteramente dominado por mujeres? ¿Sería «él mismo» en ese caso? —repliqué, alterada por su actitud condescendiente.
—Buena pregunta —convino Theo—. Bueno, a lo mejor te ayuda en algo que te llame Ally. Te queda mucho mejor que Al. ¿Te importaría?
Antes de que tuviera oportunidad de responderle, se detuvo bruscamente sobre el pintoresco malecón del puerto, donde las pequeñas barcas de los pescadores se mecían entre los veleros y las lanchas mientras los relajantes sonidos de un mar tranquilo chapoteaban contra sus cascos. Levantó la vista al cielo e, hinchando visiblemente las aletas, aspiró el aire para adivinar el clima que traería la madrugada. Era algo que solo había visto hacer a viejos marineros, y se me escapó la risa al imaginarme a Theo como un anciano lobo de mar de pelo blanco.
Se volvió hacia mí con una sonrisa perpleja.
— ¿ De qué te ríes?
—De nada. Y si eso te hace sentir mejor, puedes llamarme Ally.
—Gracias. Bien, es hora de irse a dormir. Mañana tengo preparado un día duro para todos nosotros.
Aquella noche volví a dar vueltas en la cama mientras repasaba mentalmente nuestra conversación. Yo, que por lo general dormía como un tronco, y más aún cuando estaba entrenando o compitiendo.
Durante los dos días siguientes, el consejo de Theo, en lugar de ayudarme, me llevó a cometer numerosos errores tontos que me hicieron sentir más como una novata que como la profesional que era. Me fustigué mucho por ello, pero, aunque mis colegas me gastaban bromas afables, ni una sola crítica salió de los labios de Theo.
En nuestra quinta noche, estaba tan avergonzada y desconcertada por mi pobre rendimiento que ni siquiera salí a cenar con el resto del equipo. En lugar de eso, me senté en la pequeña terraza del hostal a comer aceitunas, pan y queso feta servidos por la amable propietaria. Ahogué mis penas en el áspero vino tinto que me puso delante y, después de unas cuantas copas, empecé a notarme mareada y a sentir una tremenda lástima de mí misma. Haciendo un gran esfuerzo, acababa de levantarme de la mesa para irme a la cama cuando Theo apareció en la terraza.
— ¿ Estás bien? —preguntó ajustándose las gafas para verme mejor.
Lo miré con los párpados entornados, pero su cara se había vuelto inexplicablemente borrosa.
—Sí —contesté con la voz ronca.
En ese momento, el mundo empezó a dar vueltas a mi alrededor y volví a sentarme en la silla de inmediato.
—Los chicos se han preocupado cuando no has aparecido en la cena. No estarás enferma, ¿verdad?
—No. —Noté el gusto amargo de la bilis trepándome por la garganta—. Estoy bien.
—Si estás mareada, puedes decírmelo. Te juro que no te lo tendré en cuenta. ¿Puedo sentarme?
No respondí. De hecho, no fui capaz de hacerlo porque estaba luchando por controlar las náuseas. Theo se sentó de todos modos en la silla de plástico que había al otro lado de la mesa.
—Entonces ¿qué te ocurre?
—Nada —alcancé a contestar.
—Ally, estás blanca. ¿Seguro que te encuentras bien?
—Eh… Disculpa.
Me levanté con dificultad y apenas conseguí llegar hasta la barandilla antes de vomitar sobre la acera de abajo.
—Pobre. —Noté que unas manos me sujetaban por la cintura con firmeza—. Es evidente que no estás bien. Te acompañaré a tu habitación. ¿Qué número es?
—Estoy… perfectamente —farfullé, horrorizada por lo que acababa de suceder.
Y todo delante de Theo Falys-Kings, a quien, por alguna razón, estaba deseando impresionar. Bien mirado, no podría haberme sucedido nada peor.
—Vamos.
Se echó al hombro mi brazo inerte y me llevó casi a rastras hacia el interior bajo las miradas de asco de los demás huéspedes.
Ya en mi habitación, vomité varias veces más, pero al menos lo hice en el cuarto de baño. Cada vez que salía de allí, Theo estaba esperándome en la puerta para ayudarme a volver a la cama.
—Mañana por la mañana estaré bien —gemí—, te lo prometo.
—Llevas dos horas diciendo lo mismo entre vómito y vómito —dijo con desenfado mientras me limpiaba el sudor pegajoso de la frente con una toalla húmeda.
—Vete a la cama, Theo —murmuré adormilada—. En serio, estoy bien. Solo necesito dormir.
—Dentro de un rato.
—Gracias por cuidar de mí —susurré cuando los ojos se me empezaron a cerrar.
—No hay de qué, Ally.
Y entonces, mientras me sumergía en el mundo de la inconsciencia previa al sueño, sonreí.
—Creo que te quiero —me oí decir antes de entregarme al letargo.
Al día siguiente me desperté sintiéndome débil pero mejor. Cuando salí de la cama tropecé con Theo, que había cogido una almohada y estaba acurrucado en el suelo, durmiendo profundamente. Cerré la puerta del cuarto de baño, me senté en el borde de la bañera y me acordé de las palabras que había pensado —¿o, cielos, las habría dicho en alto?— la noche previa.
«Creo que te quiero.»
¿De dónde diantre había salido aquello? ¿O había soñado que lo decía? Al fin y al cabo, me encontraba muy mal y a lo mejor había alucinado. «Por Dios, eso espero», gemí enterrando la cabeza entre las manos. Por otro lado… si no lo había dicho, ¿por qué recordaba las palabras con tanta claridad? Eran del todo falsas, naturalmente, pero puede que Theo pensara que las había dicho en serio. Cosa que no era cierta, ¿verdad?
Al final salí del cuarto de baño muerta de vergüenza y vi que él estaba a punto de marcharse. Fui incapaz de mirarlo a los ojos cuando me dijo que se iba a su habitación a ducharse y que volvería a buscarme al cabo de diez minutos para bajar a desayunar.
—Ve tú solo, Theo. No quiero arriesgarme.
—Ally, tienes que comer algo. Si no consigues retener la comida en el estómago durante una hora, me temo que no podrás subir al barco hasta nueva orden. Ya conoces las reglas.
—De acuerdo —cedí a regañadientes.
En cuanto salió del cuarto, deseé con todas mis fuerzas ser capaz de volverme invisible. Nunca había ansiado tanto estar en otro lugar como en aquel momento.
Quince minutos después, salimos juntos a la terraza. Los demás miembros de la tripulación nos lanzaron sonrisitas de complicidad desde la mesa a la que estaban sentados. Me entraron ganas de darles un puñetazo.
—Ally tiene gastroenteritis —anunció Theo cuando nos sentamos—. Y por tu cara, Rob, se diría que tú tampoco has dormido mucho.
Los compañeros rieron y Rob se encogió avergonzado mientras Theo procedía a explicar con calma la sesión de entrenamiento de aquel día.
Yo escuchaba en silencio, agradeciéndole que hubiera pasado a otro tema, pero sabía lo que pensaban todos los demás. Lo más irónico era que no podían estar más equivocados. Me había jurado a mí misma que nunca me acostaría con un compañero de tripulación, pues sabía lo deprisa que las mujeres podían ganarse mala fama en el cerrado mundo de la vela. Al parecer, después de aquella noche me la había ganado por defecto.
Por lo menos pude retener el desayuno y se me permitió embarcar. A partir de aquel momento, puse todo mi empeño en dejar claro a la tripulación —y en especial al capitán— que no tenía el menor interés en Theo Falys-Kings. Durante los entrenamientos me mantenía lo más alejada de él que podía en aquella pequeña embarcación y le respondía con monosílabos. Y por las noches, después de cenar, apretaba los dientes y me quedaba con los compañeros cuando él se levantaba para volver al hostal.
Porque, me decía, no lo quería. Y no deseaba que los demás creyeran lo contrario. Aun así, mientras me esforzaba por convencerlos, comprendí que en realidad ni siquiera yo lo tenía claro. Me sorprendía mirando a Theo cuando lo creía distraído. Admiraba su forma serena y comedida de relacionarse con la tripulación y los perspicaces comentarios que hacía, que nos unían y nos instaban a trabajar mejor como equipo. Y que, a pesar de su estatura relativamente baja, debajo de la ropa su cuerpo fuera firme y musculoso. Yo lo observaba mientras él demostraba una y otra vez que era el más fuerte y el mejor entrenado de todos nosotros.
Cada vez que mi mente traidora se desbocaba en esa dirección, hacía cuanto estaba en mi mano para recuperar las riendas y hacerla volver a su cauce. Pero de pronto empecé a reparar en la frecuencia con que Theo se paseaba por el velero sin camisa. Durante el día hacía un calor abrasador, cierto, pero ¿de verdad necesitaba descubrirse el torso para consultar los mapas de la regata…?
— ¿ Necesitas algo, Ally? —me preguntó en una ocasión en que se dio la vuelta y me pilló mirándolo.
Ni siquiera recuerdo qué farfullé antes de apartar la vista con la cara ardiendo de vergüenza.
Fue un alivio que nunca mencionara lo que quizá le dijese la noche que me puse enferma, así que empecé a convencerme de que, en realidad, lo había soñado. No obstante, sabía que algo irrevocable me había sucedido. Algo sobre lo que, por primera vez en mi vida, parecía no tener control. No había perdido únicamente mi habitual patrón de sueño, sino también mi saludable apetito. Cuando conseguía dormirme, soñaba con él, tenía sueños que hacían que me ruborizara al despertarme y que me comportara aún con mayor torpeza en su presencia. De adolescente había leído novelas de amor, pero acabé rechazándolas en favor de las historias de suspense. Sin embargo, cuando repasaba mentalmente los síntomas, por desgracia todos parecían encajar: de alguna manera, me había enamorado hasta la médula de Theo Falys-Kings.
La última noche del período de entrenamiento, Theo se levantó de la mesa después de la cena y nos dijo que todos habíamos hecho un gran trabajo y que tenía muchas esperanzas de que ganáramos la regata. Después de brindar, me disponía a ponerme en pie para regresar al hostal cuando la mirada de Theo se posó sobre mí.
—Ally, hay un tema que me gustaría comentar contigo. El reglamento exige que un miembro de la tripulación se haga cargo de los primeros auxilios. Es un mero trámite burocrático, solo hay que firmar unos impresos. ¿Te importa?
Alzó una carpeta de plástico y señaló una mesa vacía.
—Yo no sé nada de primeros auxilios. Y que sea mujer —añadí en tono desafiante cuando nos sentamos a la mesa, lejos de los demás— no significa que pueda cuidar de alguien mejor que un hombre. ¿Por qué no se lo pides a Tim o a cualquiera de los otros?
—Ally, por favor, cierra el pico. Era solo un pretexto. Mira. —Theo me enseñó las dos hojas en blanco que había sacado de la carpeta—. Bien —continuó al tiempo que me tendía un bolígrafo—, a fin de salvar las apariencias, sobre todo por ti, ahora vamos a mantener una conversación sobre tus responsabilidades como miembro de la tripulación a cargo de los primeros auxilios. Y, a la vez, comentaremos el hecho de que la noche que te pusiste tan mal me dijiste que creías que me querías. El caso, Ally, es que creo que es posible que yo sienta lo mismo por ti.
Atónita, lo miré para ver si me estaba tomando el pelo, pero estaba ocupado fingiendo que revisaba las hojas.
—Lo que me gustaría proponerte es que descubramos qué significa esto para ambos —prosiguió—. Mañana tengo previsto marcharme unos días con mi barco. Me gustaría que me acompañaras. —Finalmente, levantó la vista para mirarme—.¿Qué me dices?
Yo abría y cerraba la boca como si fuera un pez, pero es que era incapaz de encontrar la forma de responderle.
—Por lo que más quieras, Ally, simplemente di que sí. Disculpa la pobre analogía, pero tú y yo estamos en el mismo barco. Los dos sabemos que hay algo entre nosotros, y que lo ha habido desde el día en que nos conocimos hace un año. Si te soy sincero, por lo que había oído sobre ti esperaba encontrarme con una mujer muy masculina, pero cuando apareciste con esos ojos azules y ese precioso cabello rojizo me dejaste totalmente desarmado.
—Oh —dije sin poder articular palabra.
—Así pues… —Theo se aclaró la garganta y me di cuenta de que estaba tan nervioso como yo—. Hagamos lo que más nos gusta hacer a los dos: pasar unos días ganduleando en el agua. Así le daremos una oportunidad a esto, sea lo que sea. Por lo menos, el barco te gustará. Es muy cómodo. Y rápido.
— ¿ Habrá… alguien más? —pregunté tras recuperar el habla.
—No.
—Eso significa que tú serás el patrón y yo tu única tripulante.
—Sí, pero te prometo que no te haré trepar por las jarcias y pasar la noche en la cofa. —Me sonrió y sus ojos verdes rezumaron ternura—. Ally, dime que vendrás.
—De acuerdo —acepté.
—Bien. Y ahora, si no te importa, firma en la línea de puntos para… sellar el trato.
Con un dedo, señaló un punto en la hoja vacía.
Lo miré y vi que seguía sonriéndome. Y al fin le devolví la sonrisa. Escribí mi nombre y le devolví la hoja. La examinó con fingido interés y la guardó de nuevo en la carpeta.
—Ya está —dijo en alto para que lo oyeran nuestros colegas, que, sin duda, estaban pendientes de la conversación—. Te veré en el puerto mañana a las doce para informarte de tus responsabilidades.
Me guiñó un ojo y regresamos tranquilamente a la mesa de la tripulación, yo disimulando con mi andar sosegado el maravilloso hormigueo que sentía por dentro.
Huelga decir que ni Theo ni yo sabíamos qué esperar cuando zarpamos de Naxos en su Sunseeker, el Neptuno, un potente yate de líneas elegantes y seis metros de eslora más que el Hanse que íbamos a pilotar en la regata. Yo estaba acostumbrada a compartir las atestadas instalaciones de los veleros con muchos otros tripulantes, de modo que, al ser solo dos, el gran espacio entre nosotros se me antojaba excesivo. El camarote principal era una lujosa suite forrada de teca, y cuando vi la enorme cama de matrimonio, me encogí de vergüenza al recordar las circunstancias que rodearon a la última vez que Theo y yo dormimos en el mismo cuarto.
—Lo compré a muy buen precio hace un par de años, cuando el propietario se arruinó —me explicó Theo mientras sacaba el yate del puerto—. Desde entonces, al menos tengo un techo sobre la cabeza.
— ¿ Vives en este barco? —pregunté sorprendida.
—Los períodos de descanso largos los paso con mi madre en su casa de Londres, pero este último año he vivido aquí durante los raros momentos en que no estaba compitiendo o trasladando un velero a una regata. Aun así, al fin he llegado al punto de desear un hogar propio en tierra firme. De hecho, acabo de comprarme una casa, aunque necesita muchas reformas y no sé cuándo voy a tener tiempo de hacerlas.
Yo ya estaba acostumbrada al Titán, el fantástico yate de mi padre, y a su sofisticado sistema de navegación informatizado, de modo que nos turnábamos en la «conducción», como a Theo le gustaba llamarla. Pero aquella primera mañana me costó abandonar el protocolo habitual. Cada vez que Theo me pedía que hiciera algo, tenía que esforzarme para no responder: «¡Sí, capitán!».
Se palpaba la tensión entre nosotros. Ni él ni yo teníamos muy claro cómo pasar de la relación profesional que habíamos tenido hasta aquel momento a un trato más íntimo. La conversación resultaba forzada, pues yo medía todo lo que decía y, la mayor parte del tiempo, recurría a temas triviales. Theo apenas abría la boca, así que cuando echamos el ancla para comer yo ya empezaba a pensar que todo aquello había sido un gran error.
Agradecí que sacara una botella helada de rosado provenzal para acompañar la ensalada. Nunca había sido muy bebedora, y aún menos en el mar, pero, por algún motivo, conseguimos pulirnos la botella entre los dos. A fin de arrancar a Theo de su incómodo silencio, decidí sacar el tema de la navegación. Repasamos nuestra estrategia para las Cícladas y hablamos de lo diferente que sería regatear en los Juegos Olímpicos de Pekín. Mis pruebas finales para un puesto en el equipo suizo tendrían lugar a finales de verano, y Theo me contó que él iba a competir por Estados Unidos.
—Entonces ¿eres estadounidense de nacimiento? Porque tu acento es británico.
—Padre estadounidense, madre inglesa. Estudié en un internado de Hampshire y luego fui a Oxford y a Yale —explicó—. Siempre fui un poco empollón.
— ¿ Qué estudiaste?
—Literatura clásica en Oxford y un máster en psicología en Yale. Allí tuve la suerte de que me seleccionaran para el equipo universitario de vela y acabé capitaneándolo. Era de esos que viven en una especie de torre de marfil. ¿Y tú?
—Estudié flauta en el Conservatorio de Música de Ginebra. Pero eso lo explica todo.
Lo miré con una gran sonrisa dibujada en el rostro.
— ¿ Eso explica qué?
—Que te guste tanto analizar a la gente. Y, en parte, tu éxito como patrón se debe a la buena mano que tienes con la tripulación. Y en especial conmigo —añadí envalentonada por el vino—. Tus comentarios me han ayudado mucho, de verdad, aunque en su momento no me hiciera mucha gracia escucharlos.
—Gracias —dijo agachando tímidamente la cabeza ante el halago—. En Yale me dieron vía libre para combinar mi amor por la navegación con la psicología y desarrollé un estilo de mando que algunos consideran extraño, pero que a mí me funciona.
— ¿ Te apoyaban tus padres en tu pasión por navegar?
—Mi madre sí, pero mi padre… Se separaron cuando yo tenía once años, y un par de años después pasaron por un divorcio complicado. Después de aquello, mi padre regresó a Estados Unidos. De pequeño pasaba las vacaciones allí, pero él siempre estaba trabajando o viajando y contrataba niñeras para que me cuidaran. Fue algunas veces a Yale para verme competir, pero no puedo decir que lo conozca mucho. Solo a través de lo que le hizo a mi madre, y reconozco que su hostilidad hacia él ha influido en mi juicio. Pero, a todo esto, me encantaría oírte tocar la flauta —soltó de repente cambiando de tema y clavando al fin su mirada verde en mis ojos azules.
Pero el momento pasó y Theo volvió a apartar la mirada, removiéndose en su asiento.
Me sentí frustrada al ver que mis esfuerzos por hacerlo hablar no estaban funcionando, así que también yo me sumí en un silencio irritado. Después de llevar los platos sucios a la cocina, me tiré al agua y nadé enérgicamente para despejarme la cabeza embotada por el vino.
— ¿ Te apetece tomar el sol en la cubierta de arriba antes de continuar? —me preguntó cuando regresé al barco.
—Vale —contesté, a pesar de que notaba que mi piel blanca y pecosa ya había recibido sol más que suficiente.
Por lo general, cuando estaba en el mar me embadurnaba en una crema con pantalla de protección total, pero era prácticamente lo mismo que ir pintada de blanco y no me proporcionaba un aspecto muy seductor. Aquella mañana había utilizado a propósito una protección más ligera, pero estaba empezando a pensar que las quemaduras no merecerían la pena.
Theo sacó dos botellas de agua de la nevera y nos dirigimos a la cubierta superior, situada en la proa del yate. Nos instalamos en las lujosas y mullidas tumbonas y, cuando lo miré de reojo, la proximidad de su cuerpo semidesnudo me aceleró el corazón. Decidí que si Theo no daba pronto el paso, tendría que dejarme de remilgos y ser yo la que se abalanzara sobre él. Miré hacia otro lado para evitar que mi mente siguiera alimentando pensamientos lascivos.
—Háblame de tus hermanas y de esa casa en el lago de Ginebra en la que vivís. Suena muy idílico —dijo.
—Es…
Teniendo en cuenta que mi cabeza era un torbellino de deseo y alcohol, lo último que me apetecía era embarcarme en una larga perorata sobre mi compleja situación familiar.
—Tengo un poco de sueño. ¿Te importa que te lo cuente más tarde? —dije tumbándome boca abajo.
—En absoluto. ¿Ally?
Noté la leve caricia de sus dedos en mi espalda.
— ¿ Sí?
Me di la vuelta y, expectante, lo miré a los ojos conteniendo la respiración.
—Se te están quemando los hombros.
—Oh. Entonces será mejor que baje —espeté.
— ¿ Voy contigo?
No le contesté, me limité a encogerme de hombros antes de levantarme y echar a andar por la parte estrecha de la cubierta que conducía a la popa. De pronto me cogió la mano.
—Ally, ¿qué ocurre?
—Nada. ¿Por qué?
—Pareces… tensa.
—¡Ja! Tú también —repliqué.
— ¿ Yo?
—Sí —dije mientras me seguía escaleras abajo.
Me dejé caer pesadamente sobre el banco de popa, a la sombra.
—Lo siento, Ally —dijo con un suspiro—. Nunca se me ha dado bien esta parte.
— ¿ A qué te refieres exactamente con «esta parte»?
— Ya sabes. A los preámbulos, no sé llevarlos. Lo que quiero decir es que me gustas y te respeto, y no quería que te sintieras como si te hubiera traído al barco para darnos un revolcón. Podrías haber pensado que era lo único que pretendía de ti, porque eres muy consciente de tu condición femenina en un mundo de hombres y…
—¡Eso no es cierto, Theo!
— ¿ Ah, no? —Puso los ojos en blanco, sin dar crédito a lo que oía—. Para serte sincero, hoy en día a los tíos nos aterra que nos acusen de acoso sexual simplemente por mirar a una mujer. Ya me sucedió una vez con otro miembro femenino de mi tripulación.
— ¿ De veras? —pregunté haciéndome la sorprendida.
—Sí. Creo que dije algo como: «Hola, Jo, me alegro de tenerte a bordo para animar a los muchachos». A partir de ahí me sentenció.
Lo miré incrédula.
— ¿ Le dijiste eso?
—Maldita sea, Ally, quería decir que su presencia nos mantendría despiertos. Tenía una excelente reputación como navegante. Pero, por lo visto, interpretó mal mis palabras.
—No entiendo por qué —comenté mordaz.
—Yo tampoco.
—¡Estaba siendo irónica, Theo! Entiendo perfectamente que se ofendiera. No puedes imaginar la clase de comentarios de que somos objeto las mujeres navegantes. No me extraña que se lo tomara a mal.
—Bueno, pues por eso me inquietaba tanto tenerte a bordo. Sobre todo porque te encuentro tremendamente atractiva.
—Yo soy el polo opuesto, ¿recuerdas? —contraataqué—. ¡Me criticaste por intentar actuar como un hombre y no sacar partido a mis puntos fuertes!
— T ouché —dijo con una pequeña sonrisa—. Y ahora estamos aquí solos, y yo trabajo contigo y a lo mejor piensas que…
—¡Theo, esto empieza a resultar ridículo! ¡Creo que el problema lo tienes tú, no yo! —repliqué exasperada—. Me invitaste a tu barco y vine voluntariamente.
— Lo sé, pero si te soy sincero, Ally, todo esto… —Guardó silencio y me miró muy serio—. Me importas mucho, Ally. Y te pido que me perdones por mi estúpido comportamiento, pero hace mucho tiempo que no… cortejo a una mujer. No quiero meter la pata.
Me ablandé.
— ¿ Qué tal si dejas de analizarlo todo y te relajas un poco? Puede que entonces también yo me relaje. Estoy aquí porque quiero, no lo olvides.
—De acuerdo, lo intentaré.
—Bien. Y ahora que estoy empezando a parecer un tomate maduro —dije mientras me examinaba los brazos—, me voy abajo para descansar del sol. Si lo deseas, puedes acompañarme. —Me levanté y puse rumbo a la escalera—. Y te prometo que no te denunciaré por acoso sexual. De hecho —añadí con atrevimiento—, quizá sea yo quien te anime a ello.
Bajé las escaleras riéndome por dentro de mi descarada invitación y preguntándome si Theo reaccionaría a ella. Cuando entré en el camarote y me tumbé en la cama, me embargó una sensación de poder. Puede que Theo fuera el jefe en el trabajo, pero estaba decidida a ser su igual en cualquier relación personal que pudiéramos tener en el futuro.
Cinco minutos después, Theo apareció tímidamente en la puerta y se deshizo en disculpas por su absurdo comportamiento. Al final le pedí que cerrara el pico y viniera a la cama.
En cuanto «aquello» sucedió, las cosas se arreglaron. Y con el paso de los días ambos comprendimos que entre nosotros había algo mucho más profundo que una mera atracción física: el raro triunvirato de cuerpo, corazón y mente. Y por fin nos zambullimos en la dicha mutua de habernos encontrado el uno al otro.
Nuestro vínculo se estrechó a un ritmo más rápido del habitual porque ya conocíamos nuestras virtudes y debilidades, aunque es justo decir que apenas hablábamos de las segundas, pues preferíamos regodearnos en lo maravilloso que nos parecía el otro. Pasábamos las horas haciendo el amor, bebiendo vino y comiendo el pescado fresco que Theo cogía desde la popa del barco mientras yo leía un libro con la cabeza perezosamente apoyada en su regazo. A nuestro apetito físico se sumaba una sed igualmente insaciable de saberlo todo sobre el otro. Solos en el mar en calma, me sentía como si viviéramos fuera del tiempo, como si solo nos necesitáramos el uno al otro.
La segunda noche, me tumbé bajo las estrellas sobre la cubierta superior y, mientras Theo me abrazaba, le hablé de Pa Salt y mis hermanas. Como el resto de la gente, escuchó fascinado la historia de mi extraña y mágica infancia.
—A ver si lo he entendido bien: tu padre, a quien tu hermana mayor apodó «Pa Salt», os encontró a ti y a otros cinco bebés en sus viajes alrededor del mundo y os llevó a su casa. Es un poco como esas personas que coleccionan imanes para la nevera, ¿no?
—En pocas palabras, sí. Aunque me gusta pensar que valgo más que un imán.
—Eso ya lo veremos —dijo mordisqueándome suavemente la oreja—.¿Y cuidó de todas vosotras él solo?
—No. Teníamos a Marina, a quien siempre hemos llamado «Ma». Pa la contrató como niñera cuando adoptó a Maia, mi hermana mayor. Es prácticamente nuestra madre, y todas la adoramos. Marina es francesa, por eso todas hemos crecido hablando francés, además de porque es uno de los idiomas oficiales de Suiza. Pa estaba obsesionado con que fuéramos bilingües, de modo que él nos hablaba en inglés.
—Pues hizo un buen trabajo. De no ser por tu adorable acento francés, jamás habría adivinado que el inglés no es tu lengua materna —dijo mientras me estrechaba contra su pecho y me besaba en la coronilla—.¿Os ha contado alguna vez vuestro padre por qué os adoptó?
—En una ocasión se lo pregunté a Ma. Me dijo que Pa se sentía solo en Atlantis y tenía mucho dinero para compartir. En realidad mis hermanas y yo nunca nos preguntamos el porqué, simplemente aceptamos nuestra situación, como hacen todos los niños. Éramos una familia, y nos bastaba con eso.
—Parece una historia sacada de un cuento. El rico benefactor que adopta a seis huérfanas. ¿Por qué únicamente niñas?
—Más de una vez hemos comentado en broma que, una vez que empezó a bautizarnos con los nombres del grupo de estrellas de las Siete Hermanas, adoptar a un niño habría fastidiado la cadena —contesté entre risas—. Pero lo cierto es que no tenemos ni idea.
— ¿ De modo que tu verdadero nombre es Alción, la segunda hermana? Es más difícil de pronunciar que Al —bromeó.
—Sí, pero nadie me llama así salvo Ma cuando se enfada conmigo —aclaré con una mueca—. ¡Y ni se te ocurra empezar a hacerlo tú!
—Me encanta el nombre de Alción, creo que es perfecto para ti. ¿Y por qué sois solo seis, si el grupo de estrellas son siete?
—No tengo ni idea. La última hermana, que, de haberla traído Pa, se habría llamado Mérope, nunca llegó —expliqué.
—Es una pena.
—Sí, pero teniendo en cuenta la pesadilla que fue mi sexta hermana, Electra, cuando llegó a Atlantis, ninguna de nosotras se moría de ganas de añadir otro bebé llorón a la familia.
— ¿ Electra? —Theo reconoció el nombre enseguida—.¿No será la famosa supermodelo?
—La misma —respondí con cautela.
Se volvió atónito hacia mí. Yo raras veces mencionaba que Electra y yo éramos hermanas, pues la gente enseguida intentaba sonsacarme quién se escondía realmente detrás de uno de los rostros más fotografiados del mundo.
—Caramba. ¿Y tus demás hermanas? —continuó, y me alegré de que no me hiciera más preguntas sobre Electra.
—Maia es la mayor. Es traductora. Heredó de Pa su facilidad para los idiomas. He perdido la cuenta de todos los que habla. Y si Electra te parece guapa, deberías ver a Maia. Mientras que yo soy todo pecas y pelo rojo, ella tiene la piel y el cabello oscuros y preciosos. Parece una diva latina exótica, excepto por el carácter. Es prácticamente una ermitaña. Sigue viviendo en Atlantis con la excusa de que quiere cuidar de Pa Salt, pero todas las hermanas creemos que se esconde de algo… —se me escapó un suspiro—, aunque no sabría decir de qué. Estoy segura de que le ocurrió algo cuando se marchó a la universidad, porque volvió completamente cambiada. De niña la adoraba, y todavía la quiero con locura, aunque tengo la sensación de que en los últimos años se ha distanciado de mí. En realidad se ha distanciado de todo el mundo, pero las dos estábamos muy unidas.
—Cuando te vuelves introvertido tiendes a prescindir de la gente —murmuró Theo.
—Muy profundo. —Le regalé una sonrisa—. Pero sí, eso es más o menos lo que pasó.
— ¿ Y tu siguiente hermana?
—Se llama Star y es tres años menor que yo. La verdad es que mis dos hermanas medianas van en pareja. CeCe, la cuarta, llegó a casa con Pa solo tres meses después que Star, y desde entonces han sido uña y carne. Ambas han llevado una vida bastante nómada después de terminar la universidad, han viajado por Europa y Asia, pero al parecer ahora quieren instalarse en Londres para que CeCe pueda hacer un curso de arte. Si me preguntaras qué tipo de persona es realmente Star, o qué talentos y ambiciones tiene, no sabría qué responder, porque CeCe la tiene completamente dominada. Es bastante callada y deja que CeCe hable por las dos. CeCe tiene un carácter muy fuerte, como Electra. Como podrás imaginar, existe cierta tensión entre ellas. Electra, tal como indica su nombre, es un poste de alta tensión, pero siempre he pensado que por dentro es muy vulnerable.
—Podría hacerse un estudio psicológico fascinante con tus hermanas —opinó Theo—.¿Quién viene después?
—Tiggy, que es fácil de describir, porque, sencillamente, es un encanto. Se licenció en biología y trabajó durante un tiempo como investigadora en el zoo de Servion. Luego se largó a las Highlands de Escocia para trabajar en una reserva de ciervos. Es muy… —busqué la palabra apropiada— etérea, con un montón de extrañas creencias espirituales. Es como si literalmente flotara en algún punto entre el cielo y la tierra. Me temo que todas nos hemos burlado de ella cruelmente a lo largo de los años cuando anunciaba que había oído voces o que había visto un ángel en el árbol del jardín.
—Entonces ¿tú no crees en esas cosas?
— Digamos que tengo los pies bien plantados en la tierra. O, por lo menos, en el agua —me corregí con una sonrisa—. Soy práctica por naturaleza, y supongo que esa es, en parte, la razón de que mis hermanas me hayan visto siempre como la líder de nuestra pequeña pandilla. Eso no significa que no respete aquello que desconozco o no entiendo. ¿Y tú?
—Bueno, aunque nunca he visto un ángel, como tu hermana, siempre he sentido que estoy protegido. Sobre todo cuando navego. He vivido momentos de mucho peligro en el mar y, hasta la fecha, toco madera, he salido airoso. Puede que Poseidón esté velando por mí, por utilizar una analogía mitológica.
—Y que dure —murmuré con vehemencia.
—Por último, pero no por ello menos importante, háblame de tu increíble padre. —Theo comenzó a acariciarme el pelo con suavidad—.¿Cómo se gana la vida?
—Francamente, una vez más, ni mis hermanas ni yo lo tenemos claro. Sea lo que sea, no hay duda de que le va bien. Su yate, el Titán, es un Benetti —dije en un intento de expresar la fortuna de Pa en un lenguaje que Theo pudiera entender.
—¡Uau! A su lado este parece un bote inflable. Vaya, vaya, con tus palacios en tierra y mar, yo diría que eres una princesa encubierta —bromeó.
—No hay duda de que hemos vivido bien, pero Pa estaba decidido a que todas saliéramos adelante por nuestros propios medios. De mayores nunca nos ha dado carta blanca con el dinero, a menos que fuera, o sea, para fines educativos.
—Un hombre sensato. ¿Estáis muy unidos?
—Mucho. Él lo ha sido… todo para mí y para mis hermanas. Estoy segura de que a cada una de nosotras nos gusta pensar que tenemos una relación especial con Pa, pero como él y yo compartíamos el amor por la navegación, de niña pasé mucho tiempo a solas con él. Y no me enseñó solo a navegar. Es el ser humano más sabio y bondadoso que conozco.
—De modo que eres una auténtica niña de papá. Me parece que me han puesto el listón muy alto —comentó Theo mientras me deslizaba una mano por el cuello.
—Basta de hablar de mí, quiero saber cosas de ti —dije distraída por sus caricias.
—Más tarde, Ally, más tarde… No imaginas el efecto que ese adorable acento francés tiene sobre mí. Podría pasarme toda la noche escuchándolo.
Se acodó sobre la cubierta, se inclinó para besarme en los labios y, después de eso, dejamos de hablar.
Al día siguiente, acabábamos de decidir ir a Mykonos para abastecernos cuando Theo me llamó para que bajara desde la cubierta al puente de mando.
—Adivina una cosa —me dijo con aire ufano.
— ¿ Qué?
—He estado charlando por radio con Andy, un amigo navegante que está por la zona con su catamarán, y me ha propuesto quedar más tarde en la bahía de Delos para tomar una copa. Ha bromeado diciendo que lo localizaría enseguida porque está atracado justo al lado de un yate descomunal llamado Titán.
— ¿ El Titán? —exclamé—.¿Estás seguro?
—Andy me ha asegurado que era un Benetti, y dudo que el barco de tu padre tenga un doble. También me ha comentado que se estaba aproximando otro palacio flotante y que empezaba a agobiarse, de modo que se ha desplazado un par de millas. ¿Quieres que paremos a tomar un té con tu padre antes de ir al catamarán? —me preguntó.
—No lo entiendo —respondí con franqueza—. Pa no me había mencionado que tuviera planeado venir a estas islas, aunque sé que el Egeo es su lugar preferido para navegar.
—Probablemente no se imaginara que fueras a estar por la zona, Ally. Cuando nos acerquemos, podrás comprobar con los prismáticos si realmente es el barco de tu padre e informar al patrón por radio de nuestra llegada. Pasaríamos bastante vergüenza si no fuera su yate e interrumpiéramos a un oligarca ruso con el barco lleno de vodka y prostitutas. De hecho, ahora que lo pienso —Theo se volvió hacia mí—,¿tu padre alquila alguna vez el Titán?
—Nunca —respondí con firmeza.
—En ese caso, señorita, coja los prismáticos y vaya a relajarse a la cubierta mientras su fiel capitán se hace cargo del timón. Cuando veas el Titán hazme una señal por la ventana y comunicaré por radio que nos estamos acercando.
Mientras regresaba a la cubierta para aguardar en tensión la aparición del Titán en el horizonte, me pregunté cómo me sentiría cuando el hombre que más quería en el mundo conociera al hombre que estaba empezando a querer un poco más cada día. Traté de recordar si Pa había conocido a alguno de mis novios anteriores. Tal vez le hubiera presentado a algún ligue durante mis años en el Conservatorio de Ginebra, pero poco más. A decir verdad, nunca había tenido un «compañero» al que me hubiera apetecido presentar a Pa o a mi familia.
Hasta entonces…
Veinte minutos después, un barco con una silueta familiar apareció a lo lejos y lo enfoqué con los prismáticos. Efectivamente, era el yate de Pa. Di unos golpecitos en el cristal del puente de mando y levanté el pulgar. Theo asintió y cogió el auricular de la radio.
Bajé al camarote, me recogí los alborotados cabellos en una coleta y me puse una camiseta y un pantalón corto. Sentí una repentina emoción por poder cambiar los papeles por una vez y ser yo quien le diera una sorpresa a Pa. De regreso en el puente de mando, le pregunté a Theo si Hans, el patrón del Titán, había contestado.
—No. Acabo de enviar otro mensaje, pero si no recibimos respuesta tendremos que correr el riesgo de presentarnos sin avisar. Qué interesante. —Theo cogió sus prismáticos y los dirigió hacia otro barco anclado cerca del Titán—. Conozco al dueño del otro superyate que mencionó Andy. Es el Olympus, y pertenece al magnate Kreeg Eszu. Es el dueño de Lightning Communications, una empresa que ha patrocinado un par de barcos capitaneados por mí, así que lo he visto en varias ocasiones.
— ¿ En serio? —pregunté fascinada. Kreeg Eszu, a su manera, era tan famoso como Electra—.¿Y cómo es?
—Bueno, por decirlo suavemente, no me inspira demasiada simpatía. Me senté a su lado en una cena y se pasó toda la noche hablando de él y de su éxito. Y su hijo Zed es aún peor, un niñato malcriado que cree que porque su padre es rico él puede hacer lo que le venga en gana.
Los ojos de Theo se habían llenado de una indignación inusual en él.
Agudicé el oído. No era la primera vez que una persona próxima a mí mencionaba el nombre de Zed Eszu.
— ¿ Tan terrible es?
—Sí. Una amiga mía salió con él y la trataba como un trapo. En fin… —Theo volvió a mirar por los prismáticos—. Será mejor que intentemos comunicarnos de nuevo con el Titán, porque parece que se está alejando. ¿Por qué no envías tú el mensaje, Ally? Si tu padre o el patrón lo escuchan, quizá reconozcan tu voz.
Así lo hice, pero no obtuve respuesta y advertí que el barco ganaba velocidad y se alejaba de nosotros.
— ¿ Lo seguimos? —propuso Theo.
—Voy a buscar el móvil y telefonearé directamente a Pa.
—Yo, entretanto, aumentaré los nudos. Estoy casi seguro de que están demasiado lejos, pero nunca he intentado dar alcance a un superyate y podría ser divertido —bromeó.
Dejé a Theo jugando al gato y el ratón con el barco de Pa y bajé al camarote. Tuve que aferrarme al marco de la puerta cuando aceleró. Saqué el móvil de la mochila, pulsé el botón de encendido y miré con impaciencia la pantalla inerte. El aparato me devolvió la mirada como una mascota abandonada a la que hubiera olvidado dar de comer y comprendí que se había quedado sin batería. Hurgué de nuevo en la mochila en busca del cargador y, seguidamente, para buscar un adaptador americano que encajara en el enchufe que había junto a la cama. Enchufé el móvil y recé para que se encendiera.
Para cuando regresé al puente de mando, Theo ya había bajado la velocidad a un ritmo normal.
—Es imposible darle alcance a tu padre, ni siquiera navegando a nuestra velocidad máxima. El Titán va a toda pastilla. ¿Lo has telefoneado?
—No, acabo de poner el móvil a cargar.
—Utiliza el mío.
Me tendió su teléfono y marqué el número de Pa Salt. Me desvió al buzón de voz y le dejé un mensaje donde le explicaba la situación y le pedía que me llamara lo antes posible.
—Da la impresión de que tu padre huye de ti —bromeó Theo—. Puede que no quiera recibir visitas en estos momentos. En fin, llamaré a Andy por radio para que me dé su ubicación exacta e iremos a verlo a él directamente.
Theo debió de reparar en mi desconcierto, porque me rodeó con los brazos.
—Solo estaba bromeando, cariño. Recuerda que no es más que una línea de radio abierta. Es probable que el Titán no haya recibido los mensajes. A mí me ha pasado muchas veces. Tendrías que haberlo llamado al móvil nada más saber que estaba aquí.
—Lo sé —convine.
Pero mientras nos dirigíamos a Delos a una velocidad mucho más baja para reunirnos con el amigo de Theo, yo sabía, por mis muchas horas de navegación con Pa, que él siempre insistía en tener la radio encendida en todo momento y en que Hans, el patrón, permaneciera siempre atento a ella por si había algún mensaje para el Titán.
Mirando ahora atrás, recuerdo lo inquieta que estuve el resto de la tarde. Quizá fuera una premonición de lo que estaba por venir.
De modo que al día siguiente me desperté entre los brazos de Theo en la bella y desierta bahía de Makares, con el corazón entristecido solo de pensar que teníamos que regresar a Naxos aquella misma tarde. Theo ya había hablado de que debíamos prepararnos para la regata que comenzaría al cabo de unos días, así que parecía que nuestro idílico tiempo juntos estaba a punto de acabar, al menos por el momento.
Cuando desperté de mi ensueño, tumbada sobre la cubierta a su lado, desnuda, tuve que obligar a mi mente a abandonar el maravilloso caparazón que formábamos Theo y yo. Mi móvil seguía cargándose desde el día anterior e hice ademán de levantarme para ir a buscarlo.
— ¿ Adónde vas?
La mano de Theo me detuvo al instante.
—A buscar el móvil. Debería escuchar mis mensajes.
—Vuelve enseguida, ¿vale?
A mi regreso, Theo me cogió por la cintura y me ordenó que dejara el móvil tranquilo unos minutos más. Baste decir que tardé otra hora en encenderlo.
Sabía que lo más probable era que tuviera algún que otro mensaje de amigos y familiares. No obstante, tras apartar la mano de Theo de mi estómago con cuidado para no despertarlo, vi que había una lista de mensajes de texto extrañamente larga. Y varios avisos del buzón de voz.
Todos los mensajes de texto eran de mis hermanas.
«Ally, por favor, llámame en cuanto puedas. Te quiero. Maia.»
«Ally, soy CeCe. Todas estamos intentando localizarte. ¿Puedes llamar a Ma o a una de nosotras de inmediato?»
«Ally, cariño, soy Tiggy. No sabemos dónde estás, pero tenemos que hablar contigo.»
Y el mensaje de Electra me produjo un escalofrío de terror: «¡Dios mío, Ally! ¿No es terrible? ¿Puedes creerlo? Ahora volando a casa desde L.A.».
Me levanté y caminé hasta la proa del yate. Era evidente que había sucedido algo horrible. Me temblaban las manos cuando marqué el número del buzón de voz para escuchar qué era lo que había instado a todas mis hermanas a ponerse en contacto conmigo con tanta urgencia.
Escuché el mensaje más reciente, y fue entonces cuando me enteré.
«Hola, soy CeCe otra vez. Las demás parecen estar demasiado asustadas para decírtelo, pero es preciso que vengas a casa de inmediato. Ally, lamento ser la portadora de una noticia tan terrible, pero Pa Salt ha muerto. Lo siento… Lo siento… Por favor, llama en cuanto puedas.»
CeCe debió de pensar que había finalizado la llamada antes de hacerlo de verdad, porque escuché un fuerte sollozo previamente a que sonara el pitido del siguiente mensaje.
Me quedé inmóvil, con la mirada perdida en el horizonte, mientras pensaba en que justo el día anterior había visto el Titán a través de los prismáticos. «Debe de ser un error», me dije para tranquilizarme. Pero entonces escuché el siguiente mensaje de voz. Era de Marina, mi madre en todos los aspectos salvo el biológico, que me pedía que la llamara cuanto antes, y había otro de Maia, y de Tiggy, y de Electra…
—Dios mío, Dios mío…
Me agarré con fuerza a la barandilla para no caerme. El móvil se me resbaló de la mano y aterrizó sobre la cubierta con un ruido sordo. Agaché la cabeza cuando sentí que mi cuerpo se quedaba sin sangre y que iba a desmayarme. Con la respiración entrecortada, me derrumbé sobre la cubierta y enterré la cabeza en las manos.
—No puede ser verdad, no puede ser verdad… —gemí.
— ¿ Qué te ocurre, cielo? —Todavía desnudo, Theo apareció a mi lado y me levantó el mentón—.¿Qué ha pasado?
Solo fui capaz de señalarle el móvil.
— ¿ Malas noticias? —preguntó mientras lo recogía con la preocupación escrita en el rostro.
Asentí.
—Ally, parece que hayas visto un fantasma. Vamos a sentarnos a la sombra. Te traeré un vaso de agua.
Con mi móvil todavía en la mano, Theo me levantó del suelo, me ayudó a bajar y me sentó en un banco de cuero del interior. Recuerdo que en ese momento me pregunté si estaba destinada a que aquel hombre me viera siempre incapaz de valerme por mí misma.
Se puso un pantalón corto a toda prisa, me acercó una de sus camisetas y, con gran delicadeza, ayudó a mi cuerpo inerte a entrar en ella antes de ponerme delante un brandy generoso y un vaso de agua. Me temblaban tanto las manos que tuve que pedirle que llamara a mi buzón de voz para poder escuchar el resto de los mensajes. Me atraganté con el brandy, pero el líquido me calentó el estómago y me ayudó a calmarme.
—Toma.
Theo me tendió el teléfono y, aturdida, escuché nuevamente el mensaje de CeCe, seguido de todos los demás, entre ellos tres de Maia y uno de Marina, y luego la voz poco familiar de Georg Hoffman, a quien recordaba vagamente como el abogado de Pa. Y otras cinco llamadas en blanco en las que, al parecer, la persona no había sabido qué decir y había colgado.
La mirada de Theo seguía clavada en mí cuando dejé el móvil en el banco.
—Pa Salt ha muerto —susurré, y me quedé mirando al vacío durante un buen rato.
—¡Dios mío! ¿Cómo?
—No lo sé.
— ¿ Estás totalmente segura?
—¡Sí! CeCe ha sido la única que ha tenido el valor de decírmelo. Pero todavía no entiendo cómo ha podido ocurrir… vimos el barco de Pa ayer mismo.
—Me temo que no tengo una explicación para eso, cariño. Lo mejor que puedes hacer es llamar a tu casa enseguida.
Theo me acercó de nuevo el móvil.
—No… no puedo.
—Lo entiendo. ¿Quieres que llame yo? Si me das el número…
—¡No! —le grité—. No, solo necesito irme a casa. ¡Ya!
Me levanté mirando con impotencia a mi alrededor y después hacia el cielo, como si esperara que un helicóptero apareciera sobre nuestras cabezas para trasladarme al lugar donde tanto necesitaba estar en aquellos momentos.
—Espera, voy a entrar en internet y a hacer unas llamadas. Vuelvo enseguida.
Theo subió al puente de mando mientras yo permanecía sentada en el banco en estado catatónico.
¿Mi padre… Pa Salt… muerto? La idea se me antojaba tan absurda que solté una carcajada de indignación. Pa era indestructible, omnipotente. Pa estaba vivo…
—¡No, por favor!
Sentí un escalofrío y noté un hormigueo en las manos y los pies, como si estuviera en los Alpes nevados y no en un barco bajo el sol del Egeo.
—Bien —dijo Theo cuando regresó del puente de mando—. Ya no llegamos al vuelo de Naxos a Atenas de las dos cuarenta, así que tendremos que llegar a Atenas en barco. Hay un vuelo a Ginebra mañana a primera hora. Ya te he comprado el billete, porque quedaban muy pocas plazas.
— ¿ No puedo irme a casa hoy?
—Ally, es la una y media de la tarde y el trayecto en barco hasta Atenas es largo, y eso por no hablar del vuelo a Ginebra. Calculo que, forzando la máquina durante la mayor parte de la travesía y haciendo una parada en Naxos para repostar, llegaremos al puerto justo antes de que oscurezca. Ni siquiera a mí me haría gracia meter este barco de noche en un puerto tan concurrido como el del Pireo.
—Lo entiendo —murmuré mientras me preguntaba cómo iba a ser capaz de lidiar con todas las interminables horas que quedaban para emprender el viaje.
—Voy a encender el motor —anunció Theo—.¿Quieres subir y sentarte a mi lado?
—Dentro de un rato.
Cinco minutos después, cuando escuché el traqueteo rítmico e hidráulico del ancla al levarse y el suave zumbido de los motores que se ponían en marcha, caminé hasta la popa y me acodé en la barandilla para ver cómo nos alejábamos de la isla que la noche previa me había parecido el nirvana y que a partir de aquel momento recordaría siempre como el lugar donde me había enterado de la muerte de mi padre. Conforme el yate ganaba velocidad, el sentimiento de culpa fue apoderándose de mí. Durante los días anteriores me había comportado como una completa egoísta. Había pensado solo en mí y en mi felicidad junto a Theo.
Y mientras yo yacía en los brazos de Theo, haciendo el amor, mi padre yacía en otro lugar, agonizante. ¿Cómo iba a perdonármelo algún día?
Theo cumplió su palabra y llegamos al puerto ateniense del Pireo al atardecer. Durante la angustiosa travesía, me había acurrucado en el puente, con la cabeza sobre su regazo, mientras él me acariciaba el pelo con una mano y pilotaba el barco sobre un mar picado con la otra. Después de atracar, Theo bajó a la cocina, preparó un plato de pasta y me la dio a cucharadas, como si fuera una niña.
— ¿ Vienes a la cama? —me preguntó, y me di cuenta de que estaba agotado por la concentración que le habían exigido las últimas horas—. Tenemos que levantarnos a las cuatro para que cojas el avión.
Acepté, pues sabía que de lo contrario insistiría en quedarse levantado conmigo. Mientras me preparaba para una larga noche de insomnio, dejé que me condujera hasta el camarote, donde me ayudó a meterme en la cama y me acunó entre sus brazos cálidos.
—Si te sirve de consuelo, Ally, te quiero. Ya no solo lo «creo», ahora lo sé.
Me quedé mirando la oscuridad y, a pesar de que aún no había derramado ni una sola lágrima, noté que se me humedecían los ojos.
—Y te prometo que no lo digo únicamente para hacer que te sientas mejor. Te lo habría dicho esta noche de todos modos —añadió.
—Yo también te quiero —susurré.
— ¿ En serio?
—Sí.
—Pues, si lo dices de verdad, soy más feliz que si hubiera ganado la Fastnet Race de este año. Ahora, intenta descansar.
Y sorprendentemente, arropada por Theo y su declaración de amor, me dormí.
Al día siguiente, mientras el taxi sorteaba el tráfico de Atenas, denso incluso al alba, advertí que Theo miraba disimuladamente el reloj. Por lo general era yo la que estaba al tanto de esas cosas, la que controlaba el tiempo incluso para los demás, pero en aquel momento agradecí que él se hiciera cargo.
Llegué cuarenta minutos antes de la salida del vuelo, justo cuando el mostrador de facturación estaba cerrando.
— ¿ Seguro que estarás bien, cariño? —Theo frunció el cejo—.¿De verdad no quieres que te acompañe a Ginebra?
—Estaré bien, en serio —dije dirigiéndome hacia la zona de embarque.
—Por favor, si puedo hacer cualquier cosa por ti, dímelo.
Habíamos llegado al final de la cola anterior al control de seguridad. Me volví hacia Theo.
—Gracias por todo. Me has ayudado mucho.
—No tienes que agradecérmelo, Ally. Y otra cosa —me atrajo hacia sí con apremio—, no olvides que te quiero.
—No se me irá de la cabeza —susurré con una sonrisa débil.
—Y si en algún momento te vienes abajo, llámame o escríbeme.
—Te prometo que lo haré.
—Por cierto —dijo al separarse de mí—, si, dadas las circunstancias, no te ves con ánimos de participar en la regata, lo entenderé perfectamente.
—Te lo haré saber lo antes posible.
—Sin ti perderemos. —De pronto, sonrió—. Eres el mejor tripulante que tengo. Adiós, amor mío.
—Adiós.
Me incorporé a la cola y la impaciente masa humana me engulló de inmediato. Cuando estaba a punto de dejar la mochila en una bandeja para pasarla por el escáner, me di la vuelta.
Theo seguía allí.
—Te quiero —articuló sin emitir sonido y, después de lanzarme un beso, se marchó.
Mientras esperaba en la sala de embarque, la surrealista burbuja de amor en la que había vivido los últimos días estalló bruscamente y sentí una punzada de terror en el estómago al pensar en todo aquello a lo que tendría que enfrentarme. Saqué el móvil y llamé a Christian, el joven patrón de la lancha de la familia que debía trasladarme, a través del lago, desde Ginebra a mi hogar de la infancia. Le dejé un mensaje en el que le pedía que me recogiera a las diez en el embarcadero. También le decía que no informara a Ma y mis hermanas de mi llegada, que yo misma las telefonearía.
No obstante, cuando subí al avión y me dispuse a hacer la llamada, me di cuenta de que no podía. La terrible idea de pasar otras cuantas horas sola después de que un miembro de mi familia me hubiera confirmado la verdad por teléfono me lo impedía. El avión comenzó a avanzar por la pista de despegue y, cuando nos separamos del suelo en dirección al sol que salía sobre Atenas, apoyé una mejilla caliente contra el frío cristal de la ventanilla y sentí que el pánico se apoderaba de mí. Para distraerme, eché un vistazo distraído a la portada del International Herald Tribune que me había dado la azafata. Ya iba a doblarlo cuando un titular me llamó la atención: EL CUERPO DE UN MAGNATE MULTIMILLONARIO ARRASTRADO POR EL MAR HASTA UNA ISLA GRIEGA.
El periódico mostraba la fotografía de un rostro que me resultaba vagamente familiar, acompañada de una leyenda.
«Kreeg Eszu hallado muerto en una playa del Egeo.»
Conmocionada, seguí mirando el titular. Theo me había dicho que era precisamente el barco de Kreeg Eszu, el Olympus, el que había atracado cerca del yate de Pa Salt en la bahía de Delos…
Dejé que el periódico resbalara hasta el suelo y desvié la mirada hacia la ventanilla, presa del abatimiento. No entendía nada. Ya no entendía nada en absoluto…
Casi tres horas más tarde, cuando el avión emprendió su descenso hacia el aeropuerto de Ginebra, el corazón empezó a latirme tan deprisa que me costaba respirar. Estaba volviendo a casa, algo que por lo general me llenaba de alegría y emoción porque la persona a quien más quería en el mundo estaría allí para darme la bienvenida con los brazos abiertos a nuestro mágico mundo. Pero entonces sabía que aquella persona no estaría allí para recibirme. Y que nunca más volvería a estarlo.
Quiere llevarla usted, mademoiselle Ally?
Christian señaló el asiento frente al volante en el que solía sentarme para pilotar la lancha a toda velocidad por las tranquilas aguas del lago de Ginebra.
—Hoy no, Christian.
Asintió con expresión sombría, y su gesto me confirmó que todo lo que yo ya sabía era cierto. Puso en marcha el motor y me dejé caer en uno de los asientos de popa, con la cabeza gacha e incapaz de mirar hacia otro lugar que no fuera mi regazo mientras recordaba el día en que, siendo una niña, Pa Salt me sentó en sus rodillas y me dejó manejar el volante por primera vez. En aquel momento, a escasos minutos no solo de tener que enfrentarme a la realidad, sino también de tener que reconocer que no había escuchado los mensajes de mi familia ni respondido a ellos, me pregunté cómo sería capaz algún dios de arrastrarme desde la cima de la felicidad hasta la profunda desesperación que sentía conforme nos acercábamos a Atlantis.
Desde el lago, los inmaculados setos que protegían la casa de las miradas ajenas tenían el mismo aspecto de siempre. Seguro que era un error, me dije cuando Christian entró en el embarcadero y yo bajé para amarrar la lancha al bolardo. Pa aparecería de un momento a otro para recibirme, tenía que hacerlo…
Segundos después, vi a CeCe y a Star acercándose por el césped. Luego oí a Tiggy gritar algo desde la casa antes de salir disparada para dar alcance a sus dos hermanas mayores. Eché a correr por la hierba para reunirme con ellas, pero al ver la expresión de sus caras el miedo me bloqueó las rodillas y me detuve en seco.
«Ally —me dije—, tú eres la líder aquí, tienes que tranquilizarte…»
—¡Ally! ¡Qué alegría que ya estés aquí! —Tiggy fue la primera en llegar hasta mí mientras yo seguía clavada al suelo tratando de aparentar calma. Se abalanzó sobre mí y me estrechó con fuerza—. ¡Llevamos días esperando tu llegada!
CeCe fue la siguiente en darme alcance, seguida de Star, su sombra, que no dijo nada pero se sumó a mi abrazo con Tiggy.
Finalmente me aparté, reparando en los ojos llorosos de mis hermanas, y caminamos en silencio hacia Atlantis.
Al ver la casa, sentí de nuevo el aguijón de la pérdida. Pa Salt la llamaba nuestro reino privado. Construida en el siglo XVIII, era cierto que parecía un castillo de cuento de hadas, con sus cuatro torrecillas y su fachada rosa. Recogida en su península privada y rodeada de magníficos jardines, yo siempre me había sentido segura allí. Pero ya se me antojaba vacía sin Pa Salt.
Cuando llegamos a la terraza, Maia, mi hermana mayor, salió del Pabellón que se alzaba a un lado de la casa principal. Me di cuenta de que sus bellas facciones estaban contraídas por el dolor, pero en cuanto me vio se le iluminó el rostro.
—¡Ally! —exclamó mientras corría a mi encuentro.
—Maia —dije cuando me abrazó—, es espantoso.
—Sí, terrible. ¿Cómo te has enterado? Llevamos dos días intentando contactar contigo.
— ¿ Entramos en casa? —les pregunté—. Os lo explicaré dentro.
Mientras el resto de mis hermanas entraban arremolinadas en torno a mí, Maia se quedó ligeramente rezagada. Aunque ella era la mayor y la hermana a la que acudían de manera individual cuando tenían un problema, como grupo siempre era yo la que tomaba el mando. Y sabía que aquello era lo que Maia me estaba dejando hacer entonces.
Ma ya estaba esperándonos en el vestíbulo y me envolvió en un abrazo dulce y callado. Permití que mi cuerpo se sumergiera en el consuelo de sus brazos y la estreché con fuerza. Me alegré de que nos propusiera ir a la cocina, pues había sido un viaje largo y me moría por un café.
Mientras Claudia, nuestra ama de llaves, preparaba una cafetera grande, Electra, cuyas extremidades largas y oscuras hacían gala de una elegancia natural incluso con pantalón corto y camiseta, entró en la cocina.
—Ally —dijo con voz queda.
Cuando se acercó, me di cuenta de lo agotada que parecía; era como si alguien la hubiese pinchado con una aguja y les hubiese extraído el fuego a sus increíbles ojos de ámbar. Me dio un abrazo fugaz y me acarició el hombro.
Miré a mis hermanas una a una y pensé en las pocas veces que estábamos todas juntas últimamente. Y al recordar el motivo, se me formó un nudo en la garganta. Aunque en algún momento tendría que escuchar qué le había sucedido a Pa, sabía que primero debía contarles dónde había estado, qué había visto y por qué había tardado tanto en llegar a casa.
—Bien. —Respiré hondo—. Voy a contaros qué ha pasado porque, sinceramente, todavía estoy desconcertada. —Cuando nos sentamos a la mesa, advertí que Ma se hacía a un lado y le indiqué que tomara asiento—. Ma, tú también deberías escucharlo. Quizá puedas ayudar a explicarlo.
En cuanto Ma se hubo sentado, traté de ordenar mis pensamientos para tratar de relatar la aparición del Titán en mis prismáticos.
—Resulta que estaba en el mar Egeo entrenando para la regata de las Cícladas de la semana que viene, cuando un amigo también navegante me preguntó si quería pasar unos días con él en su yate. Hacía un tiempo fantástico y me apetecía mucho relajarme en el mar por una vez.
— ¿ De quién era el barco? —preguntó Electra, como sabía que haría.
—Ya os lo he dicho, de un amigo —respondí evasivamente. Por mucho que deseara hablarles de Theo a mis hermanas, estaba claro que aquel no era el momento—. El caso es que allí estábamos hace un par de tardes cuando mi amigo me dijo que un compañero de navegación lo había llamado por radio para decirle que había visto el Titán…
Trasladándome hasta aquel momento, bebí un sorbo de café y expliqué lo mejor que pude que nuestros mensajes de radio no habían recibido respuesta y el desconcierto que sentí cuando el barco de Pa Salt empezó a alejarse. Todas mis hermanas me escucharon absortas y vi que Ma y Maia intercambiaban una mirada de tristeza. Respiré hondo y les conté que, debido a la terrible cobertura de la zona, no había recibido sus mensajes hasta el día anterior. Me odié a mí misma por mentirles, pero no soportaba decirles que, simplemente, había apagado el móvil. Tampoco mencioné el Olympus, el otro yate que Theo y yo habíamos visto en la bahía.
—Y ahora, por favor —supliqué al fin—,¿puede contarme alguien qué está pasando? ¿Y qué hacía el barco de Pa Salt en Grecia cuando él ya estaba… muerto?
Todas nos volvimos hacia Maia. Supe que estaba sopesando sus palabras antes de hablar.
—Ally, Pa Salt sufrió un ataque al corazón hace tres días. Nadie pudo hacer nada por él.
Escuchar de labios de mi hermana mayor cómo había muerto Pa lo hizo mucho más definitivo. Mientras luchaba por contener las lágrimas, Maia prosiguió.
—Su cuerpo fue trasladado en avioneta hasta el Titán y luego trasladado mar adentro. Pa Salt deseaba descansar para siempre en el mar. No quería hacernos pasar por ese mal trago.
La miré al tiempo que caía en la cuenta de algo espantoso.
—Dios mío —susurré—. Eso quiere decir que con toda probabilidad me topé con su funeral íntimo. Con razón el barco se alejó de mí a toda velocidad. No…
Incapaz de seguir fingiendo fortaleza y tranquilidad ni un segundo más, escondí la cabeza entre las manos y respiré hondo varias veces para controlar el pánico que me embargaba. Mis hermanas me rodearon de inmediato para intentar consolarme. Poco acostumbrada a mostrar mis emociones delante de ellas, oí que me disculpaba mientras trataba de recuperar la compostura.
—Debe de ser muy duro para ti comprender qué estaba pasando en realidad. Lo sentimos mucho, Ally —dijo Tiggy con dulzura.
—Gracias —acerté a decir, y farfullé que en una ocasión había oído a Pa decir que quería ser enterrado en el mar. Era una coincidencia increíble que me hubiese cruzado con el Titán en la última travesía de Pa Salt. Al darme cuenta de ello la cabeza empezó a darme vueltas y, de pronto, sentí que me faltaba el aire—. Chicas —dije lo más serenamente que pude—,¿os importaría que pasara un rato a solas?
Mis hermanas coincidieron en que sería lo mejor, y salí de la cocina envuelta en sus palabras de apoyo.
Una vez en el vestíbulo, miré a mi alrededor con desesperación, tratando de arrastrar mi cuerpo hacia el consuelo que tanto necesitaba pero sabiendo que, fuera hacia donde fuese, no lo encontraría, porque Pa ya no estaba.
Crucé a trompicones la pesada puerta de roble, ansiosa por estar fuera y poder dar rienda suelta al sentimiento de pánico que me oprimía el pecho. Mi cuerpo me condujo automáticamente hasta el embarcadero y, al ver el Laser amarrado allí, respiré aliviada. Subí, icé las velas y solté los cabos.
Cuando me alejé de la orilla, sentí que había buen viento, de modo que desplegué la spinnaker y navegué por el lago lo más rápido que pude. Al final, sintiéndome exhausta, solté el ancla en una ensenada protegida por una península rocosa.
Esperé a que mis pensamientos fluyeran para intentar comprender lo que mis hermanas acababan de contarme. Sin embargo, estaban tan enmarañados que prácticamente no ocurrió nada y me limité a contemplar el lago como una tonta, con la mente en blanco y ansiando poder aferrarme a algo que me ayudara a entender. Los embrollados hilos de mi conciencia se negaban a penetrar en la devastadora realidad de lo que había sucedido: que había estado presente en lo que sin duda había sido el funeral de Pa Salt… ¿Por qué había estado allí para verlo? ¿Existía alguna razón para ello o se trataba de una mera coincidencia?
Poco a poco, cuando mi corazón comenzó a calmarse y mi cerebro a funcionar de nuevo, cobré conciencia de la dureza de la verdad. Pa Salt había muerto y probablemente no hubiera nada más que entender. Y si yo, la eterna optimista, quería superarlo, no me quedaba más remedio que aceptar los hechos tal como eran. No obstante, todos los recursos que solía emplear cuando algo terrible sucedía me parecían ahora tópicos inútiles y vacíos arrastrados por la marea de mi dolor y mi incredulidad. Comprendí que, por mucho que mi mente buscara, las acostumbradas vías de consuelo habían desaparecido y nada podría reconciliarme con el hecho de que mi padre me había abandonado sin despedirse.
Me quedé un buen rato sentada en la popa, consciente de que aquí, en la tierra, estaba transcurriendo otro día sin que Pa formara parte de él. Y de que, de alguna manera, debía aceptar la terrible culpa que sentía por haber dado prioridad a mi felicidad cuando mis hermanas —y Pa— me necesitaban desesperadamente. Les había fallado en el momento más importante de todos. Levanté la vista al cielo con las mejillas empapadas de lágrimas y le supliqué a Pa Salt que me perdonara.
Bebí agua y me recosté en la popa para dejarme acariciar por la cálida brisa. Como siempre, el suave vaivén del bote me calmó e incluso dormité un rato.
«El momento presente es lo único que tenemos, Ally. Nunca lo olvides.»
Me desperté recordando que esa había sido siempre una de las frases favoritas de Pa. Y aunque seguía sonrojándome al pensar en lo que probablemente estuviera haciendo con Theo en el instante en que Pa exhalaba su último suspiro —la cruda yuxtaposición de los procesos de la vida que comienza y la que termina—, me dije que a él o al universo les habría dado lo mismo que hubiese estado tomando una taza de té o profundamente dormida. Y sabía que mi padre, más que ninguna otra persona, se habría alegrado mucho de que hubiese encontrado a alguien como Theo.
Emprendí el regreso hacia Atlantis sintiéndome algo más sosegada. Sin embargo, había omitido un dato al describirles a mis hermanas el momento en que me había cruzado con el yate de Pa. Y sabía que debía compartirlo con alguien para intentar comprenderlo.
Como ocurre en todas las familias numerosas, dentro de la nuestra había varios clanes; Maia y yo éramos las mayores, y fue a ella a quien decidí confiarle lo que había visto.
Amarré el Laser al embarcadero y regresé a la casa sintiendo que, por lo menos, la opresión que me atenazaba el pecho era menos intensa que antes de zarpar. Una Marina jadeante me dio alcance en el jardín y la saludé con una sonrisa triste.
— ¿ Has salido con el Laser, Ally?
—Sí. Necesitaba despejar la cabeza.
—Entonces te has cruzado con tus hermanas. Se han ido a dar un paseo por el lago.
— ¿ Todas?
—Todas excepto Maia. Se ha encerrado en el Pabellón para trabajar un rato.
Nos miramos y, aunque resultaba evidente lo mucho que la muerte de Pa le estaba afectando también a ella, quise a Marina por poner siempre por delante nuestros problemas y angustias. No cabía duda de que estaba muy preocupada por Maia, quien, según mis sospechas, siempre había sido su favorita.
—Iba de camino a verla para hacernos compañía mutuamente —dije.
—En ese caso, dile que Georg Hoffman, el abogado de vuestro padre, no tardará en llegar, pero que primero quiere hablar conmigo, ignoro por qué. Así que la espero en la casa dentro de una hora, y también a ti, claro.
—De acuerdo.
Ma me apretó la mano con cariño y regresó a la casa.
Cuando llegué al Pabellón, llamé suavemente con los nudillos, pero nadie me abrió. Sabía que Maia nunca echaba la llave, de modo que entré y la llamé. Fui a la sala de estar y la encontré dormida hecha un ovillo en el sofá, con las perfectas facciones relajadas, la brillante cabellera castaña naturalmente dispuesta como si estuviera posando para una sesión de fotos. Cuando me acerqué, se incorporó sobresaltada y un tanto avergonzada.
—Lo siento, Maia. ¿Estabas dormida?
—Eso creo —dijo sonrojándose.
—Ma dice que el resto de las chicas están dando un paseo por el lago, así que he decidido venir a charlar contigo. ¿Te importa?
—En absoluto.
Era obvio que la había despertado de un sueño muy profundo, por lo que me ofrecí a preparar un té a fin de darle unos minutos para espabilarse. Cuando nos sentamos con sendas tazas humeantes, me di cuenta de que me temblaban las manos y necesitaba algo más fuerte que un té para contarle mi historia.
—Hay algo de vino blanco en la nevera —dijo Maia con una sonrisa comprensiva, y fue a la cocina a buscarme una copa.
Después de darle un sorbo, me armé de valor y le conté que dos días antes había visto el barco de Kreeg Eszu cerca del de Pa. Para mi asombro, mi hermana empalideció y, aunque a mí me había sorprendido que el Olympus estuviese allí, sobre todo desde que me había enterado de lo que estaba sucediendo en el Titán en aquel instante, Maia parecía mucho más afectada de lo que me esperaba. Observé sus esfuerzos por recuperar la calma y luego, mientras charlábamos, por restarle importancia al asunto e intentar tranquilizarme.
—Ally, por favor, olvídate del otro barco. Carece de relevancia. Pero el hecho de que estuvieras allí para ver dónde Pa quiso que lo enterraran me reconforta. Quizá este verano, tal como propuso Tiggy, podamos hacer un crucero todas juntas y lanzar una corona de flores al mar.
—Lo peor de todo es que me siento culpable —solté de repente, incapaz de seguir ocultándolo.
— ¿ Por qué?
—Porque… los días que pasé en el barco fueron maravillosos. Era muy feliz, más de lo que lo he sido nunca. Y la verdad es que no quería que nadie me localizara, así que desconecté el móvil. ¡Y mientras yo tenía el móvil apagado, Pa estaba muriéndose! ¡No estuve a su lado cuando más me necesitaba!
—Ally, Ally… —Maia se sentó a mi lado y me apartó el pelo de la cara con una caricia antes de empezar a mecerme con suavidad—. Ninguna de nosotras estuvo con él. Y francamente, creo que ese era el deseo de Pa. Recuerda que incluso yo, que vivo aquí, estaba de viaje cuando sucedió. Además, según dice Ma, tampoco habríamos podido hacer nada. Y así debemos creerlo.
—Sí, ya lo sé. Pero tengo la sensación de que quería preguntarle y contarle muchas cosas, y ahora ya no está.
—Creo que todas nos sentimos igual. Pero al menos nos tenemos las unas a las otras.
—Es cierto. Gracias, Maia. ¿No es increíble el vuelco que puede dar una vida en cuestión de horas?
—Sí, lo es. Por cierto, en algún momento —añadió con una sonrisa— me gustaría conocer el motivo de tu felicidad.
Pensé en Theo y disfruté del consuelo que su recuerdo me proporcionaba.
—Y yo te prometo que en algún momento te lo contaré, pero ahora no. ¿Y tú cómo estás, Maia? —le pregunté para cambiar de tema.
—Bien. —Se encogió de hombros—. Todavía conmocionada, como todas.
—Claro, y además no ha debido de resultarte fácil decírselo a nuestras hermanas. Siento mucho no haber estado aquí para ayudarte.
—Por lo menos ahora que ya estás aquí podremos reunirnos con Georg Hoffman y pasar a otra cosa.
—Ah —dije mirando el reloj—, me olvidaba de decirte que Ma nos ha pedido que estemos en la casa dentro de una hora. El abogado llegará de un momento a otro, pero al parecer primero quiere tener una conversación con ella. Así que —suspiré—,¿me sirves otra copa de vino mientras esperamos?
A las siete en punto, Maia y yo nos dirigimos a la casa principal para reunirnos con Georg Hoffman. Nuestras hermanas llevaban un rato esperando en la terraza, disfrutando del sol del atardecer pero tensas a causa de la impaciencia. Electra, como siempre, estaba ocultando su nerviosismo haciendo comentarios sarcásticos sobre el talento de Pa Salt para el drama y el misterio, cuando finalmente Marina llegó con Georg, un hombre alto y de pelo cano vestido con un traje de color gris oscuro impecable: la quintaesencia de un abogado suizo de éxito.
—Disculpad la espera, chicas, pero tenía que organizar algunas cosas —dijo—. Os acompaño en el sentimiento. —Una por una, fue estrechándonos las manos—.¿Puedo sentarme?
Maia señaló la silla que tenía al lado y, cuando Georg tomó asiento, percibí su tensión mientras hacía girar alrededor de su muñeca un reloj de pulsera caro pero discreto. Marina se excusó y entró en la casa para dejarnos a solas con él.
—Bien, chicas, lamento mucho que nuestro primer encuentro se produzca en circunstancias tan trágicas —comenzó Georg—. Aun así, tengo la sensación de que, a través de vuestro padre, he llegado a conoceros muy bien a todas. Lo primero que debo deciros es que os quería mucho. —Me percaté de que una emoción sincera embargaba su semblante—. No solo eso, sino que estaba sumamente orgulloso de las personas en las que os habéis convertido. Hablé con él justo antes de… de que nos dejara y me pidió que os lo dijera.
Nos dedicó una mirada amable a cada una antes de centrar su atención en la carpeta que tenía delante.
—Lo primero que debo hacer es abordar el tema económico y aseguraros que estaréis cubiertas, hasta cierto punto, durante el resto de vuestras vidas. Sin embargo, vuestro padre insistía en que no quería que vivierais como princesas ociosas, de modo que todas recibiréis unos ingresos que os permitirán manteneros a flote, pero sin lujos. Vuestro padre me dejó muy claro que esa parte debéis ganárosla, como hizo él. No obstante, ha dejado su patrimonio en fideicomiso y me ha concedido el honor de administrarlo en su nombre. Me corresponderá a mí la decisión de proporcionaros una ayuda económica extraordinaria si acudís a mí con una propuesta o un problema.
Todas permanecimos calladas, escuchando con atención.
—Esta casa también forma parte del fideicomiso, y Claudia y Marina han accedido encantadas a quedarse para cuidar de ella. El día en que fallezca la última hermana, el fideicomiso se disolverá, Atlantis podrá venderse y las ganancias se repartirán entre los hijos que hayáis tenido. En el caso de que no haya hijos, el dinero se destinará a una organización benéfica elegida por vuestro padre. Personalmente —continuó Georg, abandonando al fin los formalismos legales—, creo que vuestro padre ha hecho algo muy inteligente: cerciorarse de que la casa siga aquí mientras viváis para que siempre podáis contar con un lugar seguro al que regresar. Aunque, por supuesto, el principal deseo de vuestro padre es que todas voléis y forjéis vuestro propio destino.
Mis hermanas y yo intercambiamos miradas, pues nos preguntábamos qué cambios provocaría aquello en nuestras vidas. En mi caso, supuse que al menos mi futuro financiero no se vería afectado. Siempre había sido independiente y había trabajado duro para conseguir lo que tenía. En cuanto a mi destino… pensé en Theo y en lo que esperaba que siguiéramos compartiendo.
—Y ahora —continuó Georg, arrancándome de mi ensimismamiento—, vuestro padre os ha dejado otra cosa. He de pediros a todas que me acompañéis. Por aquí, por favor.
Seguimos a Georg sin tener ni idea de adónde nos llevaba. Rodeamos la casa y cruzamos el césped hasta el jardín privado de Pa Salt, oculto tras una hilera de tejos podados a la perfección. Nos recibió una explosión de colores procedentes de la lavanda, el levístico y la caléndula que siempre atraían a las mariposas en verano. El banco favorito de Pa descansaba bajo un emparrado de rosas blancas que aquella tarde se columpiaban perezosamente sobre el lugar donde nuestro padre debería estar sentado. Cuando éramos niñas, le encantaba vernos jugar en la playita de guijarros que se extendía entre el jardín y el lago, yo tratando de manejar torpemente los remos de la pequeña canoa verde que me había regalado por mi sexto cumpleaños.
—Esto es lo que deseaba mostraros —dijo Georg, quien me sacó una vez más de mis ensoñaciones al señalar hacia el centro de la terraza.
Una escultura sorprendente había aparecido en aquel punto, dispuesta sobre un pedestal de piedra que me llegaba a la altura de la cadera. Mis hermanas y yo la rodeamos para examinarla. Una bola dorada atravesada por una delgada flecha metálica descansaba entre una miríada de anillos de metal que la envolvían siguiendo un intrincado patrón. Cuando reparé en el delicado contorno de los continentes y los océanos grabado en la superficie de la bola, comprendí que se trataba de un globo terráqueo y que la punta de la flecha apuntaba directamente hacia la Estrella Polar. Una anilla algo más grande, con el dibujo de los doce signos del zodíaco, cubría la línea del ecuador. Parecía un instrumento de navegación antiguo, pero ¿qué mensaje pretendía Pa transmitirnos con él?
—Es una esfera armilar —anunció Georg, y procedió a explicarnos que aquellos instrumentos existían desde hacía miles de años y que en su época los antiguos griegos las utilizaban para determinar la posición de las estrellas y la hora del día.
Tras comprender su utilidad, estudié la brillantez de aquel antiquísimo diseño. Todas expresamos nuestra admiración, pero Electra preguntó con impaciencia:
—Muy bien, pero ¿qué tiene que ver con nosotras?
—No me corresponde explicároslo —se disculpó Georg—. Aunque si os fijáis bien, veréis que en los anillos que acabo de señalaros aparecen vuestros nombres.
Y ahí estaban, grabados en el metal con una letra clara y elegante.
—Aquí está el tuyo, Maia. —Se lo señalé—. Y al lado hay unos números que parecen un conjunto de coordenadas —dije antes de estudiar los míos—. Sí, está claro que son coordenadas.
Junto a las coordenadas había otras inscripciones. Fue Maia quien se percató de que estaban escritas en griego y se ofreció a traducirlas más tarde.
—Vale, es una escultura muy bonita y está en la terraza. —A CeCe se le estaba agotando la paciencia—. Pero ¿qué significa exactamente?
—Una vez más, no me corresponde a mí decíroslo —contestó Georg—. Y ahora, siguiendo las instrucciones de vuestro padre, Marina está sirviendo champán en la terraza principal. Él quería que todas brindarais por su partida. Después os daré a cada una un sobre de su parte, y espero que su contenido explique mucho más de lo que yo puedo contaros.
Cavilando sobre las distintas ubicaciones que tal vez indicaran las coordenadas, regresé a la terraza con mis hermanas. Todas estábamos muy calladas, tratando de encontrarle sentido al legado que nos había dejado nuestro padre. Mientras Ma nos servía una copa de champán a cada una, me pregunté hasta qué punto estaba ella al corriente de las actividades de aquella tarde, pero su semblante permanecía impasible.
Georg alzó su copa para proponer un brindis.
—Por favor, uníos a mí para celebrar la extraordinaria vida de vuestro padre. Solo puedo deciros que este era el funeral que él deseaba: todas sus hijas reunidas en Atlantis, el hogar que tuvo el honor de compartir con vosotras todos estos años.
—Por Pa Salt —dijimos levantando nuestras copas.
Mientras bebíamos en silencio, medité sobre lo que habíamos visto y comprendí que necesitaba respuestas desesperadamente.
— ¿ Cuándo nos dará las cartas? —pregunté.
—Iré a buscarlas ahora mismo.
Georg se levantó y abandonó la mesa.
—Este es sin duda el velatorio más extraño que he visto en mi vida —aseguró CeCe.
— ¿ Puedo tomar un poco más de champán? —le pregunté a Ma mientras las preguntas volaban por la mesa y Tiggy empezaba a llorar quedamente.
—Ojalá Pa Salt estuviera aquí para poder explicárnoslo en persona —susurró.
—Pero no está, cariño —dije en un tono ligero, pues sentía que la atmósfera se iba tiñendo de pesimismo y abatimiento—. Y en cierto modo pienso que es lo mejor. Pa Salt ha hecho que una experiencia tan espantosa sea más llevadera. Y ahora debemos darnos fuerza unas a otras.
Mis hermanas asintieron con tristeza, incluida Electra, y le apreté la mano a Tiggy con fuerza cuando Georg regresó y dejó seis gruesos sobres de vitela encima de la mesa. Los miré y vi los nombres de todas nosotras escritos sobre el papel con la inconfundible caligrafía de Pa.
—Estas cartas me fueron confiadas hace aproximadamente seis semanas —explicó Georg—. Tenía instrucciones de entregároslas en el caso de que vuestro padre falleciera.
— ¿ Y? ¿Debemos abrirlas ahora o cuando estemos solas? —le pregunté.
—Vuestro padre no dejó instrucciones a ese respecto —respondió Georg—. Únicamente dijo que cada una debía abrirla cuando estuviera preparada y se sintiera cómoda haciéndolo.
Al mirar a mis hermanas, me di cuenta de que probablemente todas estuviéramos pensando que preferíamos leer nuestra carta en privado.
—Bien, mi trabajo aquí ha terminado. —Georg nos saludó con una leve inclinación de la cabeza y nos entregó una tarjeta suya a cada una diciendo que estaba a nuestra disposición—. No dudéis en llamarme si necesitáis mi ayuda. Y sabed que podéis recurrir a mí a cualquier hora del día y de la noche. Aunque, conociendo a vuestro padre, estoy seguro de que ya se habrá anticipado a lo que cada una de vosotras podría necesitar. En fin, ha llegado el momento de dejaros. Una vez más, chicas, os acompaño en el sentimiento.
Me hacía cargo de lo difícil que debía de haberle resultado transmitirnos el misterioso legado de Pa y me alegré de que Maia le diera las gracias en nombre de todas.
—Adiós. Ya sabéis dónde encontrarme si me necesitáis.
Con una sonrisa triste y diciendo que no hacía falta que lo acompañáramos porque ya conocía la salida, se marchó.
También Ma se levantó de la mesa.
—Creo que no nos iría mal comer algo. Le diré a Claudia que sirva la cena aquí —dijo antes de entrar en la casa.
No se me había pasado por la cabeza comer algo en todo el día. Las cartas y la esfera armilar seguían acaparando mis pensamientos.
—Maia, ¿crees que podrías volver a la esfera armilar y traducir las citas? —pregunté.
—Claro —dijo justo cuando Marina y Claudia regresaban con los platos y los cubiertos—. Lo haré después de cenar.
Electra miró los platos y se puso en pie.
—Espero que no os importe, chicas, pero no tengo hambre.
Cuando se hubo marchado, CeCe se volvió hacia Star.
— ¿ Tienes hambre?
Star aferraba su sobre con fuerza en una mano.
—Creo que deberíamos comer algo —murmuró.
Era lo más sensato, y cuando la ensalada y la pizza casera llegaron a la mesa, las cinco nos obligamos a comer. Luego, una a una, todas mis hermanas fueron marchándose en silencio para estar a solas, hasta que solo quedamos Maia y yo.
— ¿ Te importa que me vaya también a la cama, Maia? Estoy hecha polvo.
—En absoluto. Fuiste la última en enterarte y todavía estás asimilando el golpe.
—Creo que sí. —Me levanté y le di un beso suave en la mejilla—. Buenas noches, cariño.
—Buenas noches.
Me sentí culpable por dejarla allí completamente sola, pero, como el resto de mis hermanas, necesitaba un poco de soledad. Y me moría de impaciencia por abrir la carta. Tras preguntarme adónde podría ir para encontrar paz y soledad, decidí que mi dormitorio de la infancia sería el lugar idóneo, de modo que subí los dos pisos de escaleras que me separaban de él.
Todas nuestras habitaciones estaban en la última planta, y de pequeñas Maia y yo a veces jugábamos a que éramos princesas en una torre. Mi cuarto tenía mucha luz y una decoración sencilla, con sus paredes de color magnolia y unas cortinas de cuadros blancos y azules. Tiggy había comentado en una ocasión que se parecía mucho al camarote de un barco antiguo. El espejo redondo estaba enmarcado con un salvavidas que tenía las palabras «SS Ally» dibujadas en la superficie con una plantilla, un regalo de Navidad de Star y CeCe de hacía años.
Después de sentarme en la cama y examinar mi sobre, me pregunté si mis hermanas estarían ya abriendo el suyo o si lo que pudiera contener las inquietaría. El mío tenía un pequeño bulto que se movió cuando lo agité al levantarlo. De todas las hermanas, yo siempre había sido la más impaciente a la hora de abrir los regalos de Navidad y de cumpleaños, y lo mismo sentía en aquel momento, con el sobre entre las manos. Lo desgarré y, al sacar la gruesa hoja de papel, di un respingo cuando un objeto pequeño y pesado cayó sobre el edredón. Sorprendida, vi que era una rana de color marrón.
Después de observarla detenidamente y de reírme de mí misma por haber pensado que podía tratarse de un bicho de verdad, me la puse en la palma de la mano. Tenía el lomo salpicado de motas amarillas y unos ojos tiernos y expresivos. Acaricié su superficie con los dedos, totalmente perpleja por el hecho de que Pa Salt la hubiera incluido en mi carta. Que yo recordara, ni él ni yo habíamos tenido nunca un interés especial en las ranas. Tal vez se tratara de una de las bromas de Pa Salt y la carta lo explicara.
Recogí la hoja, la desplegué y empecé a leer.
Atlantis
Lago de Ginebra
Suiza
Mi queridísima Ally:
Mientras escribo esta carta, te imagino a ti, mi bella y dinámica segunda hija, leyendo a toda prisa las palabras, ansiosa por llegar al final. Y teniendo que volver a leerlas después más despacio.
A estas alturas, sabrás que ya no estoy con vosotras, y no dudo de que habrá sido un duro golpe para todas. También sé que, como la más optimista de entre tus hermanas, aquella cuyo pensamiento positivo y entusiasmo por la vida han iluminado la mía, llorarás mi muerte, pero luego, como has hecho siempre, te repondrás y seguirás adelante. Como debe ser.
Quizá tú seas la que más se parece a mí de todas mis hijas. Solo puedo decirte que siempre he estado muy orgulloso de ti y que confío en que sigas viviendo tu vida como lo has hecho hasta ahora, aunque yo ya no esté para velar por ti. El miedo es el enemigo más poderoso al que se enfrenta el ser humano, y tu valentía es el don más grande que Dios te ha otorgado. No la pierdas, mi queridísima Ally, ni siquiera ahora que estás triste.
La razón por la que te escribo, aparte de para despedirme oficialmente, es que hace un tiempo decidí que era justo dejaros a todas una pista sobre vuestros orígenes. Esto no quiere decir que pretenda que lo dejes todo de inmediato para ir tras ella, pero nunca se sabe lo que puede suceder en el futuro. O cuándo podrías necesitar o desear indagar.
Para cuando leas esto, ya habrás visto la esfera armilar y las coordenadas grabadas en ella. Estas señalan una ubicación que te ayudará a emprender tu viaje. Además, en la estantería de mi estudio hay un libro escrito por Jens Halvorsen, un hombre fallecido hace largo tiempo. Te contará muchas cosas, y quizá te ayude a decidir si quieres seguir explorando tus orígenes. De ser así, posees el ingenio necesario para averiguar cómo hacerlo.
Querida hija, naciste con muchos dones… casi demasiados, me he dicho a veces. Y tener demasiado de algo puede ser tan difícil como tener demasiado poco. También me temo que, debido a lo feliz que me hacía que compartieras mi pasión por el mar, es muy posible que te haya desviado de tu rumbo cuando existía para ti otro camino igual de accesible. Tenías un gran talento para la música y me encantaba oírte tocar la flauta. Si ha sido así, te pido perdón, pero quiero que sepas que algunos de los días que pasamos juntos en el lago siguen contándose entre los más felices de mi vida. Así que, desde lo más hondo de mi corazón, gracias.
Este sobre contiene uno de mis objetos más preciados. Aunque decidas no descubrir tu pasado, guárdalo como un tesoro. Quizá algún día se lo regales a tus hijos.
Queridísima Ally, estoy seguro de que a pesar del impacto que te ha supuesto leer esta carta, tu tenacidad y tu optimismo te permitirán ser lo que desees y estar con quien desees. No desperdicies ni un solo segundo de tu vida, ¿de acuerdo?
Velaré por ti.
Tu padre, que te quiere,
PA SALT X
Tal como Pa había vaticinado, tuve que leer la carta una segunda vez por lo deprisa que la había devorado en la primera ocasión. Y sabía que la leería cien veces más en los días y años venideros.
Me recosté en la cama con la ranita en la mano, ignorando aún qué significado podía tener para mí y meditando sobre lo que Pa había escrito en su carta. Decidí, entonces, que quería hablarle a Theo de ella, pues creía que podría ayudarme a entenderla. Instintivamente, busqué el móvil en el bolso para ver si me había escrito, pero en ese momento recordé que lo había dejado cargando en la cocina cuando llegué a Atlantis aquella mañana.
Recorrí el pasillo en silencio para no despertar a mis hermanas. Vi que la puerta de Electra estaba entornada y asomé la cabeza sin hacer ruido por si dormía. Mi hermana estaba sentada en el borde de la cama, de espaldas a mí, bebiendo de una botella. Al principio pensé que debía de ser agua, pero cuando le dio otro sorbo me percaté de que era vodka. Observé que la cerraba con el tapón y la guardaba debajo de la cama.
Me alejé de la puerta antes de que pudiera verme y bajé las escaleras de puntillas, preocupada por lo que acababa de presenciar. De todas nosotras, Electra era, de lejos, la más obsesionada con su salud, así que me sorprendía que estuviera bebiendo alcohol a aquellas horas de la noche. Pero tal vez las reglas habituales no fueran aplicables a ninguna de nosotras en aquellos momentos tristes y difíciles.
Dejándome guiar por un impulso, me detuve en el rellano de la primera planta y me dirigí hacia las habitaciones de Pa, desesperada por sentirlo cerca.
Abrí tímidamente la puerta y los ojos se me llenaron de lágrimas al ver la cama individual donde mi padre había exhalado su último aliento. La habitación era muy distinta del resto de la casa: funcional y austera, con un suelo de tablones pulidos y desnudos, una cama alta de madera y una maltrecha mesilla de noche de caoba. Sobre ella descansaba el despertador de Pa. Me acordé de que de niña había entrado una vez en aquella habitación y me había quedado mirándolo con fascinación. Pa me dejó subir y bajar el interruptor varias veces para disparar y detener la alarma. Cada vez que sonaba, me entraba la risa.
—Tengo que darle cuerda todos los días para que no se pare —me había explicado mientras giraba la palomilla.
Ahora, el despertador estaba parado.
Crucé la estancia y me senté en la cama. Las sábanas estaban perfectamente planchadas y almidonadas, pero aun así pasé los dedos por el algodón blanco de la almohada sobre la que había reposado por última vez la cabeza de Pa.
Me pregunté dónde estaría su viejo reloj Omega Seamaster y qué habría sido de sus demás, como decían en las funerarias, «efectos personales». Todavía podía imaginarme el reloj en su muñeca, con su sencilla esfera de oro y la correa de piel rozada a la altura del cuarto agujero. Una vez le regalé una correa de repuesto por Navidad y Pa me prometió que la utilizaría cuando la vieja se rompiera, pero aquello nunca llegó a ocurrir.
Mis hermanas y yo solíamos comentar que Pa habría podido comprarse cualquier reloj que quisiera o vestirse con ropa de diseño, y sin embargo todas teníamos la sensación de recordarlo siempre llevando la misma ropa, por lo menos cuando no estaba navegando: una vieja americana de tweed acompañada de una camisa blanca inmaculada y perfectamente planchada, unos discretos gemelos de oro con sus iniciales en los puños y un pantalón oscuro con la raya marcada con precisión militar. Calzaba invariablemente zapatos marrones punteados y con cordones. De hecho, pensé mientras paseaba la mirada por el armario y la cómoda de caoba —los únicos muebles de la habitación, aparte de la cama y la mesilla de noche—, las necesidades personales de Pa siempre habían rayado en lo frugal.
Contemplé la fotografía enmarcada que descansaba sobre la cómoda; en ella aparecíamos Pa y todas nosotras a bordo del Titán. Aunque la foto se había tomado cuando él contaba ya más de setenta años, no cabía duda de que poseía el físico de un hombre mucho más joven. Alto y muy bronceado, sus atractivas y curtidas facciones se abrían en una amplia sonrisa mientras posaba apoyado contra la barandilla del yate rodeado de sus hijas. Desvié entonces la mirada hacia el único cuadro que había en la pared, justo en frente de la cama estrecha.
Me acerqué para examinarlo. Era un boceto al carboncillo de una joven muy bonita. Debía de tener unos veinticinco años, y cuando la observé más detenidamente, me di cuenta de que había tristeza en su semblante. Poseía unos rasgos sorprendentes, pero casi demasiado grandes para su estrecho rostro con forma de corazón. Los ojos, enormes, estaban proporcionados con los gruesos labios, y se le formaba un hoyuelo a cada lado de la boca. Tenía una cabellera rizada y espesa que le llegaba por debajo de los hombros. En el ángulo inferior del cuadro había una firma, pero no fui capaz de distinguir las letras.
— ¿ Quién eres? —le pregunté—.¿Y quién era mi padre…?
Con un suspiro, regresé a la cama de Pa y me acurruqué en ella mientras las lágrimas me resbalaban por las mejillas y empapaban la almohada que todavía conservaba su limpio olor a limón.
—Yo estoy aquí, querido Pa —murmuré—, pero ¿dónde estás tú?