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Agradecimientos

Mi gratitud a todos los que hacen posible que las historias se conviertan en libros.

A mis editores y, en especial, a Virginia Fernández.

También a los libreros y a los lectores que me han acompañado hasta hoy.

A Lola Travesedo, una vez más, por ayudarme a comprender el laberinto de la mente.

Y a Fermín y Álex, por estar siempre cerca.

Durante la escritura de este libro he tenido dos compañeros inseparables: la guía de Alejandría de E. M. Forster y mi querido Argos.

 

Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,

pide que tu camino sea largo,

rico en experiencias, en conocimiento.

A Lestrigones y a Cíclopes

o al airado Poseidón nunca temas,

no hallarás tales seres en tu ruta

si alto es tu pensamiento y limpia

la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.

A Lestrigones ni a Cíclopes,

ni al fiero Poseidón hallarás nunca,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no es tu alma quien ante ti los pone.

CONSTANTINO CAVAFIS, «ÍTACA»

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1

Madrid, mayo de 1941

El sonido de las campanas sofocaba las voces que llegaban desde la arboleda. Reconoció su voz. Sí, estaba seguro. Era la del americano. ¿Con quién estaba? Sin duda con alguna mujer: a aquella hora y en aquel lugar y después de un buen rato de fiesta…, como en otras ocasiones él mismo se había refugiado bajo los árboles buscando intimidad para poder deslizar la mano sobre el cuerpo de alguna muchacha. Esta vez no. Ahora buscaba la soledad para vomitar. Había bebido demasiado. Le costaba caminar y el vino le subía desde el estómago hasta la boca presionando para ser expulsado.

Se recostó en un árbol. Estaba demasiado mareado para seguir caminando y se dejó caer. Escuchó al americano hablar más alto de lo normal y le pareció ver a alguien ocultándose entre los árboles cercanos.

La cabeza le daba vueltas. Vació el estómago y creyó sentirse mejor así, de manera que se puso de nuevo en pie y se aproximó cauteloso. No quería resultar indiscreto.

—¿Quién anda ahí? —preguntó.

—¿Fernando? —respondió una voz.

El tono apremiante le alarmó. Se acercó tambaleándose y encendió una cerilla que rasgó las sombras de aquel rincón sombrío.

El americano sujetaba entre sus brazos el cuerpo de Catalina. Con una mano le sostenía la cabeza y con la otra le estiraba de la falda intentando tapar sus piernas desnudas.

Ella estaba diciendo algo, pero no alcanzaba a entender sus palabras. Se sujetó al tronco de un árbol observando con atención la escena. Sí, el americano tenía entre sus brazos a Catalina; junto a ellos, en el suelo, las medias…

—¿Qué le has hecho? —preguntó Fernando alarmado.

—Nada…

Se agachó y encendió otra cerilla que iluminó el rostro de la joven. Un moratón le desfiguraba el pómulo izquierdo, tenía la blusa desgarrada y la falda estaba sucia de barro.

—¡Dios Santo! Pero ¿qué le has hecho?

—Nada, no te preocupes, creo que está bien… —contestó mientras le acariciaba el rostro.

Ella abrió los ojos y los volvió a cerrar. Alcanzó a ver una sonrisa en sus labios mezclada con una mueca de dolor. No entendía nada o… sí; empezó a despejarse recordando que había bebido tanto precisamente por culpa de ella.

Habían ido juntos hasta la Pradera de San Isidro, allí se encontraron con los amigos del barrio. Antoñito cumplía años y los había invitado a celebrarlo aprovechando que en aquellos días de mayo se había instalado un soplo de primavera. El padre de Antoñito, don Antonio, era estraperlista. Tenía una tienda de ultramarinos en la que durante la guerra se había podido encontrar algo de comer. Ahora presumía de sus buenas relaciones con los vencedores y por eso Antoñito les había prometido llevar unas cuantas botellas de vino para celebrar sus veinticuatro años. ¿De dónde habría sacado aquellas ristras de chorizo? ¿Y el vino? No es que fuera muy bueno, pero servía para divertirse y olvidarse de la guerra. Ningún joven del barrio se había atrevido a rechazar la invitación. No había familia que no tuviera deudas con la tienda de don Antonio salvo la de Pablo Gómez. Su padre, Pedro Gómez, era funcionario del Ministerio de Hacienda. Antoñito y Pablo decían ser amigos, aunque en realidad no dejaban de rivalizar por cualquier cosa, pero sobre todo por Catalina.

Pensó que no tenía que haber ido; no tenía derecho a divertirse mientras su padre estaba en la cárcel, pero no había tenido valor para decirle a Catalina que no la acompañaría. Quería estar con ella y, además, temía que algún otro se la quitara. Sabía que Pablo y Antoñito estaban al acecho.

Alguien le había dado un vaso de vino; ella al principio se había resistido a beber, pero el atardecer era cálido e invitaba a dejarse llevar. La vio beber dos o tres vasos de vino que la transformaron en otra mujer. Bailó con él y sintió su cuerpo pegarse al suyo, pero después bailó con otros con la misma intimidad.

Sobre todo con el americano. Sí. En realidad, Catalina le había suplicado que la acompañara a la Pradera porque le gustaba el americano. Se lo había dicho tiempo atrás. Y ahora estaba allí, tendida sobre la hierba, borracha, sin medias, con la falda subida dejando sus muslos al descubierto mientras el americano intentaba incorporarla.

—Ayúdame —le pidió el americano.

—¿A qué? Dejadme en paz…

Escuchó la voz de Catalina. Hablaba con dificultad, o eso le pareció.

—Marvin…, no me dejes… me duele mucho… —susurró.

—No te preocupes, no te voy a dejar… pero tienes que hacer un esfuerzo y levantarte… Te llevaré a casa… Fernando, ¿por qué no quieres ayudarme?

No, no quería ayudarle. En realidad, a él también le costaba moverse. Sintió una oleada de rabia. ¿Cómo habían podido hacer lo que habían hecho? Siempre había tenido a Catalina por una chica formal, hasta esa noche no había permitido que nadie se sobrepasara con ella; sabía poner a los chicos en su sitio, incluso a él, pese a que se conocían desde que eran unos críos.

Pero allí estaba medio desnuda en brazos del americano. Era evidente lo que había pasado entre los dos. Notó una punzada en el pecho y tuvo ganas de llorar.

Marvin logró ponerla en pie. La sujetaba por debajo del pecho y tiraba de ella obligándola a andar.

Los miró sin moverse. Las náuseas volvían a invadir su estómago. Que se fueran. Ya nada podía hacer.

—¡Fernando! ¡Fernando! Pero ¿es que no me oyes? Párate…

Habían pasado unos cuantos días desde que fueron a la Pradera. No la había visto desde entonces, en realidad la había evitado. Tampoco había visto a Marvin, pero eso era más fácil. El americano vivía en casa de Eulogio, pero apenas se dejaba ver. Hacía unos meses que había reaparecido y Eulogio le había abierto la puerta de su casa. Su amigo le había explicado que había conocido al americano en el Frente, donde los hirieron a los dos. Eulogio había vuelto antes del final de la guerra porque le habían herido de gravedad precisamente cuando ayudaba al americano. En la batalla del Jarama a punto estuvo de perder una pierna y eso le había convertido en un inválido para siempre. Cuando regresó a su casa, supo por su madre que su padre había muerto en el Frente de Aragón.

Cuando el americano se presentó, no hizo falta que le recordara que se habían conocido en aquel frío mes de febrero de 1937, en aquella batalla desesperada que fue la del Jarama; simplemente, Eulogio le acogió negándose a cobrarle siquiera unos céntimos. Marvin decía ser poeta. Había llegado a Madrid en la primavera del 36 para seguir las huellas de Cervantes, pero estalló la guerra y decidió quedarse en la creencia de que el dolor sería una fuente de inspiración; aun así, terminó haciendo de traductor de algunos periodistas norteamericanos que cubrían la contienda. Aquellos días en el Frente ayudaron a que congeniaran. Luego sucedió lo que sucedió y Eulogio nunca pensó que Marvin fuera a regresar, pero ahí estaba, dispuesto a retomar su Cuaderno de la Guerra Civil Española.

«Es un escritor, un poeta», explicaba Eulogio a los amigos del barrio. «Estuvo en el Frente al principio de la guerra, hacía de traductor, no combatió, pero en el Jarama también le hirieron y se marchó», afirmaba dándose importancia, aunque no tanta como para contar que había sido precisamente él quien había salvado la vida del americano.

Lo que ninguno entendía era por qué había vuelto y, sobre todo, cómo las autoridades franquistas habían pasado por alto que Marvin hubiera simpatizado con la causa de la República. Claro que a Franco poco debía de importarle tener a un americano pululando por las calles de Madrid que ahora eran suyas y en las que nada pasaba sin que llegase a sus oídos.

Fernando pensaba en todo esto mientras Catalina le observaba. Ella no solía interrumpir sus pensamientos. Desde que eran niños respetaba sus silencios y aguardaba hasta que veía algo en su rostro que era la señal de que estaba regresando a la realidad. Sí, se había ensimismado pensando en Eulogio y en el americano, olvidándose de la presencia de ella.

—Me han dicho que has vuelto a pedir el indulto para tu padre. ¿Crees que esta vez se lo darán? —preguntó con interés.

Fernando se encogió de hombros. Esa misma mañana había vuelto a dar dinero a don Alberto García, un abogado del que se decía que tenía mano con el Gobierno para conseguir indultos. Hasta ahora sólo les había sacado lo poco que poseían. Su madre había vendido todo lo que podía ser de algún valor, salvo los libros. No habría podido hacerlo. Aquellos libros que trepaban por las paredes de la casa eran lo que su esposo más quería en el mundo después de a su hijo y a ella. Su marido, Lorenzo Garzo, era filólogo, además de un reconocido editor y traductor que trabajaba dirigiendo la Editorial Clásica.

Fernando soñaba en ser como su padre y trabajar en la misma editorial. Desde niño había puesto atención en todo aquello que le veía hacer y cuando regresaba de la escuela, después de hacer los deberes que le ponía el maestro, aceptaba de buen grado dedicar dos horas más a estudiar inglés con su padre. «Si quieres ser traductor, tienes que dominar el idioma, y como mejor se aprenden los idiomas es cuando uno es aún un niño», le decía su padre. Y él se aplicaba pensando que algún día entraría por la puerta de Editorial Clásica y le tratarían con el mismo respeto y consideración con que trataban a su padre. No concebía oficio más hermoso que el de sumergirse en los mares que forman las palabras.

Fernando había vuelto a ensimismarse. Catalina aguardaba paciente, acostumbrada como estaba a esas «huidas» de su amigo.

—Mi madre me ha dicho que acaba de terminar una labor de ganchillo que a lo mejor podéis vender. Díselo a tu madre, pero sobre todo que no se entere mi padre, ya sabes cómo es.

Sí, lo sabía. La familia de don Ernesto, el padre de Catalina, tenía tierras en Huesca, y, según decían, hasta que estalló la guerra proporcionaban a la familia una buena renta. No es que los Vilamar fueran extraordinariamente ricos o, al menos, no tan ricos como otros, pero hasta el 36 habían vivido desahogadamente. Don Ernesto era un hombre retraído, católico y monárquico que desde el principio de la guerra había simpatizado con los nacionales.

Don Ernesto no había combatido en ningún Frente porque era corto de vista, además había enfermado del hígado al poco de comenzar la guerra y tuvo que guardar cama. Así que había permanecido en Madrid en espera de que el destino se decidiera por la República o por Franco, rezando para que ganara este último, como así sucedió; de manera que en el barrio a nadie le extrañó que acudiera a vitorear a las tropas de Franco cuando entraron en la capital.

—Se lo diré a mi madre —respondió Fernando, volviendo a la realidad.

—Fernando…, lo de la otra noche…

—No me digas nada.

—Estoy enamorada de Marvin. Me casaré con él.

—¿Te lo ha pedido?

—No, aún no… pero se casará conmigo, ¿no crees?

—No creo que ningún chico quiera casarse con una chica fácil.

Catalina le dio un bofetón, le miró con rabia y se le saltaron las lágrimas.

—¿Cómo puedes decirme eso? Yo no soy fácil, lo sabes bien.

—¿Ah, no? Pues yo creo que sólo las chicas fáciles se dejan hacer cualquier cosa por el primero que pasa. Te vi, Catalina, estabas con las medias quitadas, la blusa hecha un guiñapo, la falda… Se te veían los muslos y Marvin tenía sus manos en tus piernas…

—Yo… bueno, aunque no te lo creas, no me acuerdo muy bien…

—¡No me digas! Pues, si quieres, te recuerdo que bailaste con todos, sobre todo con Pablo y Antoñito. Precisamente cuando Pablo se puso pesado contigo me pediste que te lo quitara de encima, y en cuanto me fui a por un vaso de vino, decidiste desaparecer con Marvin, al que habías estado persiguiendo toda la noche.

Se quedó callada intentando buscar una respuesta más para sí misma que para Fernando.

—Ya te he dicho que no recuerdo muy bien lo que pasó… aunque tanto Antoñito como Pablo insistían en bailar conmigo y en que fuéramos a lo oscuro. Yo les dije que no… pero ellos se pusieron tan pesados… Menos mal que pasara lo que pasase, pasó con Marvin.

—¡Así que no te importa lo que has hecho! ¡Debería darte vergüenza!

—¡No me hables así, no te lo consiento!

—¿Y qué harás? ¿Se lo dirás a tu padre? Si se entera, te dará una buena paliza.

—Quiere que me haga novia de Antoñito, dice que es el único del barrio que tiene porvenir —respondió ella apesadumbrada.

—Pues no creo que Antoñito quiera saber de ti si te ha visto revolcarte con Marvin.

—Me da lo mismo si me ha visto o no: Antoñito me da asco, es un baboso. Además, ya te he dicho que pienso casarme con Marvin. Espero que me lleve lejos de aquí. Me gustaría vivir en América. ¿Tú has leído algún poema de Marvin?

—No, no me interesan.

La respuesta la desconcertó. Sabía que a Fernando le gustaba leer y que en su casa había más libros que en cualquier otra. Al fin y al cabo, don Lorenzo era editor y Catalina recordaba lo que solía repetirles a los niños del barrio: «Si no leéis, no entenderéis la vida ni sabréis quiénes sois». Ella nunca había entendido lo que quería decir, pero tanto le daba. La guerra había interrumpido su educación al igual que la de tantos otros niños y jóvenes, aunque su madre se había empeñado en que continuara recibiendo «clases de señorita», y así fue como había aprendido a familiarizarse con las teclas del piano durante unas interminables sesiones en casa de su tía Petra.

«Puede que algún día te sea útil lo que te enseño», le decía su tía, sabiendo que su sobrina no tenía especial talento para la música. Pero aquellas clases las entretenían a las dos. A Catalina le permitía salir de su casa sin que su padre se preocupara y a su tía, parlotear sobre la familia. Se había quedado viuda nada más comenzar la guerra y aunque su marido, que era funcionario, tenía algún dinero ahorrado, la contienda había menguado su patrimonio. Doña Petra no dejaba de lamentarse porque su esposo, sin ninguna necesidad, se hubiera unido a las tropas nacionales y perdiera la vida en el Frente de Aragón. Pero era una mujer resuelta y ahora que había acabado la guerra, intentaba ganarse la vida en aquel Madrid hambriento dando clases de piano y de francés en las Teresianas, un colegio de monjas, donde acudían las hijas atolondradas de estraperlistas y otros sinvergüenzas que buscaban una pátina de respetabilidad presumiendo de la educación que estaban procurando a sus criaturas, mientras el resto de sus conciudadanos apenas podían subsistir.

Catalina sonrió para sus adentros. También ella se estaba perdiendo en sus propios pensamientos. Era lo bueno de estar con Fernando, porque si no querían, no tenían por qué hablar. Podían estar el uno junto al otro en silencio sin necesidad de malgastar palabras. Fernando era muy dado a ensimismarse e incluso a olvidarse de que su amiga estaba a su lado, pero no le importaba, no lo tomaba como una ofensa. No había nadie más leal a ella que aquel chico desgarbado.

Guardaron silencio un buen rato hasta que Catalina se cansó y carraspeó para devolverle a la realidad.

—¿Cuándo sabrás algo del indulto? —insistió.

Fernando se encogió de hombros. No tenía respuesta. El abogado le había pedido paciencia.

—Cuando vayas a la cárcel a ver a tu padre, si quieres te acompaño. Y recuerda que tienes que pasar por casa a buscar los paños de ganchillo de mi madre.

—No creo que tu padre te permita que me acompañes a la cárcel, ya que protesta porque tu madre y tú aún os tratéis con nosotros.

—Ya sabes cómo es… pero no os quiere mal, sólo que cree que tu padre os ha colocado en el bando equivocado.

—¿Y tú piensas como él? —preguntó Fernando con la voz cargada de tensión.

—Yo no sé lo que pienso, Fernando. He pasado mucho miedo durante la guerra, en el barrio casi todos temían que llegaran los nacionales, menos nosotros y pocos más… Y aunque no soy roja como vosotros, tampoco me gustan los franquistas como don Antonio Sánchez y don Pedro Gómez, y mucho menos sus hijos. Claro que Marvin estaba con la República y él tiene más discernimiento que yo, de manera que…

—¡Creía que pensabas por ti misma! ¿Qué te importa a ti lo que piense Marvin? —respondió iracundo.

—Pues claro que me importa, él tiene más elementos de juicio, ve las cosas con más claridad que nosotros. Deberías alegrarte porque Marvin simpatizara con la República. La otra noche me dijo que para España era una catástrofe que la guerra la hubiera ganado Franco.

—Déjame en paz, Catalina, no tengo ganas de aguantarte.

Fernando le dio la espalda y comenzó a caminar hacia la plaza de España, en dirección a la imprenta. En aquel trabajo apenas ganaba unas pesetas; desde luego, insuficientes para mantenerse él y su madre. Había perdido todo. Los ahorros de su padre se habían esfumado en papel de la República, pero aún conservaban la casa. Don Antonio, el tendero estraperlista, le había dicho a su madre que tenía un amigo dispuesto a comprársela. Pero por lo que les ofrecía más les valía regalarla.

Además, ¿adónde podían ir? Pensó que su madre se moriría de pena si tuviera que dejar su casa. Era la que había heredado de sus padres y en la que llevaba viviendo toda su vida. Fernando prefería robar antes que tener que sacar a su madre de entre aquellas paredes que eran su única certeza.

Él trabajaba cuanto podía. Por la mañana, en cualquier obra en la que necesitaran a alguien dispuesto a cargar sacos y hacer los trabajos más duros; por la tarde, en la imprenta, y por la noche todavía encontraba unas horas para estudiar. Quería ser como su padre, pero no estaba seguro de poder conseguirlo. Sabía que los hijos de los rojos no tenían las mismas oportunidades.

Se encontró con Eulogio, quien arrastraba su pierna herida.

—¿Dónde vas tan aprisa? —le preguntó su amigo.

—Hay mucho trabajo en la imprenta —respondió Fernando sin muchas ganas de hablar.

—Pues parece que huyes de alguien. Llevas una cara… —añadió Eulogio, escrutando su rostro.

—¡Que tontería! ¿De quién iba a huir? No se puede huir de los franquistas, están por todas partes —replicó malhumorado.

—¿Y me lo vas a decir a mí?

Fernando no contestó. Eulogio tenía razón. Cuando su amigo regresó de la guerra tuvo que aparcar su sueño de convertirse en un gran pintor y consentir en buscarse una ocupación que le diera de comer. Así que por el día pintaba y durante la noche trabajaba guardando el almacén de don Antonio, el estraperlista. El tipo le dijo que le contrataba por pena, porque le conocía de toda la vida en el barrio, aun sabiendo que había luchado con los republicanos, y de eso se aprovechaba porque apenas le daba unos céntimos con los que subsistir. Eulogio apretaba los dientes para contener la ira y se decía a sí mismo que cualquier día se iría al monte a unirse a los últimos resistentes, por más que su madre le había pedido que aceptara la derrota: «Hemos perdido la guerra, pero como no hemos muerto y seguimos vivos, tendremos que aguantarnos. Y podemos darnos por satisfechos con que don Antonio no te denuncie por rojo». Aceptó. Lo hizo porque no quería añadir más dolor al dolor de su madre. Así que accedió a vender a don Antonio el piso en que habían vivido hasta entonces y se trasladaron a una buhardilla. Eulogio se consolaba pensando que la buhardilla no estaba mal del todo; había otras peores. Los techos no eran demasiado bajos y al menos tenía tres habitaciones, además de la cocina, y desde las ventanas podían ver los muros del Convento de la Encarnación. Suficiente para su madre y para él.

—Hay mucho sinvergüenza suelto… Don Antonio se está haciendo con el barrio: compra por cuatro perras las casas y las revende por una buena cantidad. Ten cuidado, que tiene echado el ojo a tu casa. Ya ves lo que me pasó a mí —continuó diciendo Eulogio.

—Te dije que aguantaras —le recordó Fernando.

—¿Y dejar que mi madre se muera de hambre? Aún tengo que estar agradecido porque me dé trabajo en el almacén como guarda nocturno. Si vieras todo lo que tiene… No sé de dónde lo saca, pero cada día llega alguna camioneta con chatarra. Se está haciendo de oro.

—Su mujer nos engañó a todos. Decía que no sabía dónde estaba su marido y claro que lo sabía: siendo falangista, solo podía estar en el Frente pegando tiros. Se rumorea que, cuando llegaba a los pueblos, le gustaba participar en los fusilamientos de los antifascitas.

—Sí, sí que ha sido lista. Logró mantener la tienda de ultramarinos y se dedicó a prestarnos a todos haciendo firmar pagarés. Además, juraba que no sabía nada del marido cuando venían los de los comités obreros. Engañó a todos fingiendo ser la mujer abandonada y renegando del marido. Pero ya viste que cuando él regresó, le recibió con los brazos abiertos.

—Estaban de acuerdo. Él la aleccionó bien, debió de decirle que la única manera de que no perdieran la tienda era que jurara que la había abandonado. Y la gente del barrio se portó de maravilla, porque podían haber dicho a los de los comités que la tienda era de un falangista.

—Pero nadie lo hizo, Fernando; supongo que porque, a pesar de todo, los conocemos de toda la vida. Aunque he de decirte que a mi pobre padre nunca le cayeron bien.

—Es que se los veía venir… menuda gentuza.

—Bueno, pero ahora don Antonio es mi jefe, ya me ves haciendo de guarda de almacén.

—¡Menudo guarda estás hecho!

—¿Y cómo quieres que me gane la vida? —respondió, dolido por el comentario de Fernando.

Eulogio tenía veintiocho años, le sacaba tres a Fernando, pero siempre se habían llevado bien. Incluso se habían ido juntos al Frente en los primeros días de la guerra, cuando las tropas de los nacionales pugnaban por hacerse con la capital. Aquélla fue la única ocasión en la que Fernando había discutido con su padre por marcharse al Frente sin decírselo.

Lorenzo Garzo creía que era su deber como republicano luchar para defender los valores de la República. Fernando quiso imitarle, de ahí que sin consultárselo se hubiera unido a Eulogio y a otros amigos que espontáneamente habían decidido echar una mano a los milicianos que luchaban para parar el avance hacia Madrid de las tropas nacionales. Sólo recordaba el caos y la confusión. Aquélla fue la primera vez que tuvo un arma en la mano. Pero el enemigo no estaba cerca, de manera que no sabía si los disparos se perdían o hacían blanco.

Cuando su padre se enteró, le reconvino y le negó el permiso para volver al Frente diciéndole: «Fernando, tú no matarás», y como él insistió, entonces su padre, muy serio y señalándole con el dedo, le volvió a repetir: «No matarás, hijo, tú no matarás. Porque ningún hombre vuelve a ser el mismo después de haber quitado la vida a otro hombre». Se plegó a las palabras de su padre aceptando participar en la guerra formando parte de la organización «Cultura Popular». Se jugaba la vida llevando hasta las trincheras periódicos y libros, además de ayudar a surtir a las bibliotecas y hospitales y alimentar la propaganda del Frente Popular.

A don Lorenzo, el padre de Fernando, le gustaban los cuadros de Eulogio y solía alabar su talento artístico. Fernando había hecho suyas las opiniones de su padre; además, había encontrado en el pintor a alguien con quien poder hablar y, sobre todo, lamentarse sin temor a ser denunciado. ¿De dónde habían salido tantos franquistas? Él siempre había pensado que en Madrid casi todos eran republicanos y por eso la ciudad había resistido hasta el final. Pero ahora había franquistas por todas partes y cualquier palabra que pudieran interpretar como de reproche al Régimen tenía consecuencias inmediatas. Lo que más se temía en aquellos días era que alguien te denunciara a las autoridades por haber estado del lado de la República. El general Mola había dicho la verdad cuando amenazó con «la quinta columna».

—¿Por qué no intentas vender alguno de tus cuadros? —preguntó Fernando.

—Esta gente no entiende de arte —respondió su amigo.

—¿Qué gente?

—Pues los que han ganado, los que ahora mandan. Marvin me ha prometido llevarse algún cuadro a París cuando se vaya. Si no fuera por mi madre, yo también me iría… Allí comprenden a Picasso, a Braque, a Miró… Los reverencian y compran sus pinturas.

—¿Marvin se va?

—Bueno, no inmediatamente, puede que dentro de un mes. Dice que desde que está aquí apenas puede concentrarse. Mi madre me ha explicado que se pasa la noche escribiendo y le oye maldecir y romper lo que escribe. La situación no le inspira.

—Pero ¿qué clase de poeta es?

—No sé… pero en París han publicado algunos de sus poemas en dos antologías de poetas jóvenes y ahora está escribiendo un Cuaderno de la Guerra Civil Española.

—No me gusta tu amigo —confesó Fernando.

—Lo que no te gusta es que Catalina se haya colado por él. Estás celoso, Fernando, se te ve a la legua. Pero Marvin no tiene la culpa de que las chicas se lo rifen, y mucho menos Catalina. Pero no te preocupes, en cuanto él se vaya, ella volverá a ti, no tiene otro más cerca que merezca la pena. Pablo Gómez también bebe los vientos por ella. Menudos aires se da Pablito porque su padre trabaja en un ministerio. Pero Catalina no le hace ni caso. Yo que tú no me preocuparía porque… —De repente Eulogio guardó silencio.

—¿Qué?

—Nada, nada. En cualquier caso, Marvin es un tío guapo que aunque no presume de tener nada, se le nota que viene de buena familia. Mira la ropa que lleva…

La sinceridad bruta de Eulogio le dolió, aunque sabía que no hablaba así para ofenderle. Simplemente era incapaz de ninguna doblez y eso le impedía medir lo que decía.

—¿Crees que el americano gusta a todas las chicas? —preguntó expectante.

—¿Es que no te has dado cuenta? Le encuentran… No sé… diferente. Él les habla de cosas abstractas: la belleza, el sufrimiento, la amistad, el compromiso… ¡Qué sé yo! Y no es para engatusarlas. Además, tiene ese aire de hombre atormentado que a las mujeres les despierta un deseo irrefrenable para sacarle de su infierno interior. Reconoce que el tío es guapo. ¿Cuántos españoles conoces que sean rubios y tengan los ojos azules? Y alto, también es alto. Las chicas de aquí nos tienen muy vistos, Fernando. Tu Catalina se ha prendado de él como todas las demás.

—No es «mi» Catalina. Somos amigos desde niños, ya lo sabes.

—Sí, pero tú no la ves como una hermana. Has estado enamorado de ella desde que erais pequeños. Te recuerdo cuando eras un crío, siempre pendiente de ella. Si se caía, ibas a ayudarla y cargabas con sus libros camino de la escuela. Chico, si es que no lo puedes disimular, estás colado hasta las cachas. En el barrio siempre hemos dado por supuesto que Catalina y tú os terminaréis casando. Además, aquí no hay otro mejor que tú por más que su padre quiera casarla con Antoñito. Creo que ella preferiría meterse a monja antes que casarse con el hijo del estraperlista. Menudo sinvergüenza, de tal palo tal astilla; ahora anda ayudando a su padre con el negocio. No los soporto… con ese bigote ridículo que llevan. Pero ya ves, les tengo que estar agradecido por darme trabajo en vez de denunciarme a los falangistas.

—Se aprovechan de ti —replicó Fernando.

—Claro, pero yo también procuro aprovecharme de ellos. Cuando puedo, les birlo algo. Hoy he cogido un poco de harina y unas lentejas, además de unos cuantos cigarrillos —respondió Eulogio muy ufano mientras le ofrecía un cigarrillo que Fernando rechazó.

Se había entretenido demasiado y llegaba tarde a la imprenta. Al despedirse, acordaron que por la noche Fernando subiría a la buhardilla de Eulogio a fumarse el cigarro prometido.

Llegó apenas con un minuto de retraso. Disfrutaba de su trabajo en la imprenta. Era lo más parecido a la labor de edición y mucho mejor que acarrear ladrillos o manejar las poleas como hacía por las mañanas. Tenía las manos agrietadas, y le dolía mucho la espalda. Pero no se quejaba. No quería que su madre sufriera, bastante padecía ya por la suerte que pudiera correr su padre.

Cuando regresó a casa por la noche se encontró en el portal con Marvin. El americano le tendió la mano y no supo negársela.

—La otra noche te fuiste y me habría venido bien que me echaras una mano con Catalina.

—Oye, déjame en paz, allá vosotros con vuestros asuntos —espetó enfadado.

Marvin le miró sin dar importancia a su malhumor y le ofreció un cigarrillo. Fernando dudó si rechazarlo, pero era un pitillo americano. Lo aceptó.

—¿Cómo va lo de tu padre? —se interesó Marvin.

—Igual.

—Están fusilando a mucha gente, ojalá tu padre se salve.

Fernando tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el zapato. No podía soportar que nadie pusiera en entredicho la suerte que podía correr su padre.

—No le fusilarán —exclamó airado.

—Es difícil vivir aquí… Este país no es lo que era. Recuerdo los primeros meses de la guerra… Todo era distinto.

—¿A qué viniste a España? —preguntó Fernando con curiosidad; era la primera vez que estaban a solas.

—España es la tierra de Don Quijote y de Lope de Vega, de Santa Teresa, Góngora, Jorge Manrique… Además, no quería perderme lo que estaba pasando aquí. Creo que mis mejores poemas son de aquellos días…

—¿Mandabas poemas a algún periódico?

—No, hice de traductor aunque también envié algún artículo, pero en cuanto tenía un momento escribía para mí. Luego…

—¿Luego qué?

—Fui al Frente en unas cuantas ocasiones…, era algo que no tenía previsto. Pero un amigo me pidió que hiciera de traductor de unos periodistas norteamericanos. No imaginas lo que pasó en el Jarama… Los nacionales atacaban por todos los flancos, un tipo me puso en las manos un fusil diciéndome: «Dispara, aquí no necesitamos espectadores». Pero no pude disparar. Habría sido una contradicción, un poeta no dispara. Eulogio me ha dicho que tú también estuviste en el Frente, que llevabas periódicos y libros a los combatientes… que formabas parte de la organización «Cultura Popular». Conocí a otros milicianos que durante la guerra también luchaban en el «frente cultural»…

—Pero tú no te quedaste toda la guerra —dijo Fernando con tono de reproche desviando la conversación porque no quería hablar de sí mismo.

—No, no lo hice. Me hirieron aquel mismo día… Eulogio me salvó y… además tuve que tomar una decisión: si continuaba aquí, era para matar y olvidarme de la poesía. Eso me convertiría en otro hombre; de hecho, ya me había convertido en alguien que no quería ser. Tuve esa excusa, Fernando, me habían herido, así que me marché.

—¿Y para qué has vuelto?

—Porque tengo que terminar mi Cuaderno de la Guerra Civil Española. No he dejado de pensar en que si regresaba, volvería a encontrar la inspiración y me perdonaría a mí mismo haberme ido.

—¿Lo has conseguido?

—No del todo. Por eso he decidido marcharme otra vez.

—¿Para siempre?

—Quién sabe… no lo sé. Pero siento que debo volver a Francia. Eso es lo único que sé.

—¿Adónde? Los nazis la han ocupado. ¿Por qué no vuelves a tu casa?

—¿A Nueva York? No, no tengo nada que hacer allí. Todo lo importante que pasa en el mundo transcurre en Europa, al menos ahora, y no quiero perdérmelo. París es la capital del mundo, Fernando. Deberías ir.

Fernando se rio con amargura. ¡Ir a París! Tuvo ganas de decirle a Marvin que era un estúpido. ¿Cómo podía ocurrírsele que él pudiera ir a París? Nunca podría siquiera permitirse soñar con aquel viaje. Su único anhelo era conseguir la libertad de su padre y ganar lo suficiente para mantener a su madre. Además, cuando su padre saliera de la cárcel no podría volver a trabajar como editor. Los nacionales no iban a confiar la edición de los libros a los republicanos.

—Sí, puede que algún día vaya a París —respondió por decir algo.

—A pesar de los nazis, creo que intentaré ir a París —dijo Marvin más para sí mismo que por responder a Fernando.

—Bueno, los norteamericanos no estáis en guerra con ellos.

—Pero lo estaremos, estoy seguro —replicó Marvin.

Se despidieron. Fernando no tenía ganas de seguir hablando con el americano y además Isabel, su madre, le esperaba para cenar. Un caldo hecho con un hueso que apenas daba sabor y un puñado de arroz.

—He pensado en ponerme a trabajar —le dijo su madre.

—¿Trabajar? ¿Tú? No, no es necesario. Saldremos adelante.

—Me han hablado de la familia de un farmacéutico que necesita a alguien que eche una mano en casa —continuó diciendo su madre como si no le hubiese escuchado.

—¡No! Quítate esa idea de la cabeza, no irás a fregar a casa de nadie. Además, ¿quién es ese farmacéutico que puede pagar a alguien para que limpie su casa?

—Pues al parecer está muy bien relacionado. Tiene cinco hijos y su esposa no da abasto. Necesita a alguien que le ayude. Puedo hacerlo, Fernando. Iré unas horas, nos vendrá bien el dinero.

—No, madre, no. De ninguna manera, no consentiré que te humilles así.

—¿Humillarme? ¿Crees que trabajar es humillarse? No tiene nada de humillante fregar, planchar o cocinar. Es lo que sé hacer —respondió su madre con una mueca que quería ser una sonrisa.

—No tiene nada de malo, claro que no, pero ya lo haces en casa, y cuando padre regrese, te necesitará aquí. ¿Crees que soportaría saber que trabajas para un franquista? Ya está sufriendo bastante y eso le dolería. Además, ¿quién te ha hablado de ese trabajo?

—Don Bernardo.

—¡Vaya con el cura! Que se meta en sus asuntos y nos deje en paz.

—Es un buen hombre, se preocupa por todos los feligreses y… bueno, lleva tiempo preguntándome por qué ya no vas a la iglesia.

—Dile la verdad: no soporto la bandera nacional colocada en el altar, ni tampoco a esa gente que le hace tantas reverencias, y mucho menos que en la misa haya que rezar por Franco. Además, los curas son todos fascistas.

—Pero ¡qué dices! Eso no es verdad, hay de todo, como en todas partes.

—¿Conoces muchos curas que hayan apoyado a la República?

—¡Sé prudente, Fernando! No te comportes como un chiquillo, los nacionales nos han ganado, aceptémoslo.

—No pienso aceptarlo. Me callaré hasta que regrese padre.

—Y luego ¿qué crees que podrás hacer? ¿Te jugarás la vida por criticar a Franco? ¿Eso es lo que pretendes? ¿Piensas que merece la pena? Tu padre no te lo permitirá.

—Mi padre se ha jugado la vida por la República y no se arrodillará ante los fascistas.

—Tu padre siempre mantendrá la dignidad, pero no podrá hacer nada, nada, aunque quiera.

Se quedaron en silencio. Fernando no deseaba discutir con su madre, pero sabía lo tozuda que era y sería difícil convencerla para que no aceptara aquel trabajo recomendado en casa del farmacéutico.

—Buscaré otro trabajo —le propuso a su madre.

—¡Ni hablar! Tienes que ser editor y traductor, lo mismo que tu padre y tu abuelo. ¿Es que pretendes añadir más amargura a tu padre? Por nada del mundo querría que dejaras de intentarlo.

—Pero ¿es que no te das cuenta? Abre los ojos, madre; durante la guerra formé parte de «Cultura Popular», fui un miliciano de la cultura en el Frente y no me permitirán editar libros, no me permitirán ser nada más que lo que soy, un obrero por las mañanas y un linotipista por las tardes. Y no seré más que eso.

—Cuando vuelva tu padre se arreglará todo y ya verás como encontraremos el medio para que te hagas editor. Quizá don Bernardo nos ayude. Él puede avalarnos, decir a las autoridades que somos personas decentes. Ya ves que nos está ayudando.

—¿A qué? ¿A recomendarte como fregona?

—Mira, Fernando, todos los trabajos son dignos y no tengo que estar en esa casa todo el día, tan sólo hasta la hora de comer. Iré a las siete y a las tres estaré de vuelta. Ni te enterarás. Pero no me pidas que me quede cruzada de brazos mientras te veo reventarte a trabajar… Cada día estás más delgado… No puedo verte así, hijo mío… Además, no nos queda nada por vender. Lo que gane servirá también para pagar al abogado… Anda, no discutamos.

Tuvo que rendirse. Sabía que su madre le seguía viendo como a un chiquillo al que proteger. Sintió rabia y pena. Rabia por no ser capaz de mantener su casa. También odio, un odio profundo por los franquistas que tenían encarcelado a su padre y habían arruinado sus vidas. Su madre no se quejaba, pero él no podía dejar de lamentarse por el futuro que les habían arrebatado.

—¿Cuándo tienes que ir? —le preguntó rendido.

—Mañana. Comienzo a trabajar mañana. Todo irá bien.

—Son nacionales —respondió Fernando con repugnancia.

—¿Y ahora quién no lo es? ¿Crees que alguien se atrevería a decir lo que piensa? Eso se ha acabado, Fernando, hazte a la idea. Las cosas que te enseñaba tu padre… bueno, no es que las tengas que olvidar, pero tendrás que guardarlas para ti.

—Te acompañaré. Así sabrán que no estás sola.

Su madre sonrió conmovida mientras le cogía una mano apretándosela levemente.

—Anda, vete a fumar un cigarrillo con Eulogio antes de que se vaya a trabajar.

—No, hoy no subiré. Ah, Catalina me ha dicho que su madre ha hecho unos paños de ganchillo que nos podría dar para vender. A lo mejor don Antonio los quiere comprar.

—Nos vendrá bien, pero… no le llames «don Antonio», al menos cuando estemos solos. Ese hombre no merece el «don», y no porque antes sólo fuera un simple tendero…

—Entonces ¿por qué? ¿Porque no tiene estudios?

—Además de por eso, porque es un sinvergüenza como todos los estraperlistas. Se ha hecho rico arruinándonos a los demás. A poco que pueda nos echará de esta casa.

—No le dejaré, madre, te juro que no le dejaré.

Se dieron una tregua a través de la lectura: Fernando enfrascado en el Viaje del Parnaso de Miguel de Cervantes e Isabel en la poesía.

—¿Qué lees, madre?

—«Es hielo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente, / es un soñado bien, un mal presente, / es un breve descanso muy cansado…» ¿Sabes de quién es? —preguntó ella sonriendo.

—No…

—Francisco de Quevedo. Es un poema que me gusta especialmente; se titula «Definiendo el amor».

—Eres una romántica, madre.

En Madrid refrescaba por la noche. La tos persistente de su madre no le permitía conciliar el sueño y había estado pensando que debía hacerse con una manta para el invierno al menos para ella. Era un sueño vano. No tenían dinero. Tampoco les quedaba mucho por vender, salvo los somieres de las camas, un par de sillones de orejas, las sillas y la mesa del comedor. Su madre había dicho que podían dormir en el suelo, pero que comer debían hacerlo como las personas. Además, cuando su padre volviera, necesitaría una mesa donde sentarse a escribir. Y si no conseguía trabajar en alguna editorial, acaso podría ganarse la vida dando clases particulares. Sí, eso se lo tendrían que permitir, no podían condenarlos a morir de hambre, aunque en realidad hambre no habían dejado de pasar desde que comenzó la guerra.

Fernando no podía olvidarse de su padre.

—¿Qué se siente al matar? —le había preguntado en el transcurso de una de sus cortas visitas desde el Frente.

Notó que se le crispaba el gesto y apretaba los puños después de cerrar los ojos y respirar hondo, como si necesitara llenar de aire los pulmones para responder.

—Nada. Eso es lo peor, que no se siente nada. Pero tú no matarás, Fernando, no lo harás. Cuando matas no sientes nada, el infierno viene después.

—¡Dios mío, Lorenzo, qué cosas dices! —exclamó su madre mientras le miraba enfadada.

Después su padre había vuelto al Frente para regresar derrotado.

Cuando en noviembre de 1936 el Gobierno de la República se trasladó a Valencia, su padre le convenció para que desde allí continuara en el «frente cultural». Al cabo de un año, Fernando regresó a Madrid porque la tuberculosis, y no una bala, casi acaba con su vida. Fue un milagro que se salvara. En realidad el milagro lo hizo posible su madre cuidando de él sin importarle el peligro de contagio.

En la capital los días transcurrieron pendiente del ruido de las bombas y los partes militares informando que el Ejército franquista acechaba Madrid, pero que la República resistiría. Él siguió las noticias en la cama, sin poder salir de casa. Luego se extendió el rumor de que el coronel Casado estaba negociando la rendición, y un día se encontraron con que las tropas de Franco entraban en Madrid.

Desde que terminó la guerra, Lorenzo Garzo estaba en la cárcel y pesaba sobre él una condena a muerte. Fernando y su madre confiaban en conseguir un indulto que lo devolviera a casa.

Apenas logró conciliar el sueño. Sabía que su madre tampoco dormía, pero los dos guardaban silencio. Sin esperar las primeras luces del día se levantó. No había mejor reloj que las campanas del Convento de la Encarnación. Su madre solía oír misa allí además de en la de Santiago o en otra iglesia cercana, la de San Ginés, donde Quevedo recibió las aguas bautismales y Lope de Vega se había casado. Además, contaba con cuadros excepcionales, uno de El Greco, y otros de Luca Giordano, Francisco Ricci y Alonso Cano.

Con cuidado de no hacer ruido, entró en el cuarto de baño. El agua fría de la ducha le despejó. Pensó que casi era un lujo vivir en aquella casa con un aseo que no tenían que compartir con nadie. Desde que Eulogio se había trasladado a una de las buhardillas se lavaba en una palangana o en el exiguo lavabo junto al excusado. Sí, se sintió afortunado por disponer de aquel pequeño cuarto de baño que su padre se había empeñado en instalar cuando la guerra aún no se había asomado a sus vidas. De repente tuvo una idea y se echó a reír. Quizá podían alquilar el baño por unos céntimos. Eulogio le había contado que el americano era muy sufrido y se había adaptado a las incomodidades de la buhardilla, pero que de vez en cuando se quejaba de no poder darse una ducha como Dios manda.

Cuando Eulogio regresara de vigilar el almacén de don Antonio, subiría a decirle que estaba dispuesto a alquilarle la ducha al americano. Si él quería ducharse, no le cobraría, eran amigos, pero el estadounidense bien podía pagar, los americanos tenían dinero, aunque en realidad no entendía por qué Marvin había optado por vivir en la buhardilla de Eulogio cuando bien podía haberse instalado en una buena pensión.

No desayunó porque no había nada que desayunar, salvo restos de un poco de malta que prefería dejar para su madre.

—Fernando, no te vayas sin desayunar —le pidió Isabel.

—Es muy pronto, madre, aún puedes descansar un rato más.

—Son las cinco y media y me tengo que preparar. No estaría bien que llegara tarde el primer día de trabajo.

Fernando se vistió y aguardó a que su madre estuviera lista para poder acompañarla. Cuando salieron a la calle, ella le agarró del brazo. Caminaron deprisa. Llegaron a la casa del farmacéutico antes de las siete.

Les abrió la puerta una mujer vestida con un traje negro y un delantal blanco con ínfulas de criada de casa bien.

—Doña Hortensia la está esperando, hay mucho por hacer. ¿Y éste quién es? —preguntó la criada.

—Mi hijo Fernando.

—Pues que se vaya.

—Sí… Bueno, hijo, vete, ya nos veremos luego en casa.

—Quiero saludar a doña Hortensia —respondió Fernando, empecinado en no marcharse sin antes dar el visto bueno a los dueños de la casa.

—¡Mira el chico!, ¿con exigencias? ¿Crees que doña Hortensia va a perder el tiempo en saludarte? Anda, vete antes de que salga y os despida a ti y a tu madre.

Un hombre en la edad madura se plantó en medio del recibidor. La criada carraspeó incómoda, pero Fernando le sostuvo la mirada.

—¿Y ustedes son…? —preguntó el hombre.

—Fernando Garzo y ésta es mi madre…

—Ya, ¿y qué quieren?

—Es la planchadora, don Luis —intervino la criada.

—¡Ah!, ya… sí, mi mujer me había dicho que iba a venir alguien para planchar y echar una mano en la cocina… ¿Cómo se llama usted?

—Isabel —respondió azorada la madre de Fernando.

—Bueno, pues pase, mi mujer lleva ya un rato atareada con la casa. Y usted, joven, supongo que se marcha…

—Sólo he venido a acompañar a mi madre y a saber dónde va a trabajar.

El hombre llamado don Luis le miró de arriba abajo. Por un momento Fernando pensó que le iba a echar de malas maneras, pero don Luis le dio una palmada en la espalda mientras le indicaba la puerta.

—Con mi familia queda en buenas manos. Muy considerado de su parte cuidar de su madre. Ande, vaya a hacer lo que sea que haga.

Fernando se marchó diciéndose que quizá aquélla no fuera una mala casa, pero no había llegado a la calle cuando ya maldecía su mala suerte. Aquel hombre había ganado la guerra y debía de ser un gerifalte del Régimen para permitirse tener una criada en casa y además contratar a otra mujer, a su madre, para cocinar y planchar. Sintió una oleada de odio. Su padre estaba en la cárcel sólo por ser republicano, y su madre, su querida madre, se veía abocada a tener que servir en aquella casa. Escupió en el suelo. Era su manera de dejar escapar su amargura.

Cuando llegó a la obra, su jefe le recibió con un empellón.

—Llegas tarde —le reprochó.

—De eso nada, Pascual, aún no son las ocho.

—¿Y cómo vamos a levantar España si no trabajamos? No seas gandul y ponte a llevar esos sacos de cemento allí donde está Pepe… Seguro que has estado toda la noche con los libros. ¡Mira tú el señorito que quiere ser editor! Sólo sirves para cargar, chaval. Deberías estar agradecido porque no te encierren como a tu padre.

Fernando optó por no responder. ¿Para qué iba a hacerlo? Pascual era un bruto, apenas sabía leer y creía que a un hombre le bastaba con la fuerza. Había combatido con los nacionales y le gustaba pavonearse del número de rojos que había matado en el Frente, además de a los que había dado el paseo. Al escucharle, algunos de los hombres que trabajaban en la obra apretaban los dientes. No se podían dar el lujo de replicarle. Bastante habían conseguido con encontrar trabajo en aquella obra que les permitía subsistir. Era mejor guardar silencio. El silencio formaba parte del castigo de los perdedores.

—No te hagas mala sangre, chico —murmuró uno de aquellos hombres cuando Fernando le entregó un saco de cemento.

A las dos y media se fue a casa. Ansiaba encontrarse con su madre y que le explicara cómo había transcurrido su primer día de trabajo. Apretó el paso. Además, también iba pensando en proponerle a Eulogio el negocio de la ducha.

Se encontró con su madre en el portal. La vio contenta, por más que su rostro denotara cansancio.

—Parece buena gente. Doña Hortensia es muy amable, exigente, eso sí, pero no tienes que preocuparte.

—¿Y el marido?

—Ya le viste, don Luis es farmacéutico. Me he enterado de que conoce a gente importante que le tiene mucho aprecio.

—Es un abuelo.

—Bueno, es mayor que su mujer, le lleva unos cuantos años. Ella tiene poco más de treinta y él… me parece que debe de rondar los cuarenta.

—¿Y sus hijos?

—Cinco, de todas las edades, pero doña Hortensia lleva la casa como si fuera un cuartel.

—¿Te han dado de comer?

—No… Les he hecho la comida, unas lentejas y una tortilla de patata.

—Pues te podrían haber dado un huevo.

—No tienen por qué.

—Menuda gentuza —concluyó Fernando.

—Por favor, hijo, no quiero que hables con tanta amargura —le pidió su madre.

Fernando encontró a Eulogio recién levantado. Su amigo había echado una cabezada, pero ya se disponía a ponerse delante del cuadro que estaba pintando. Le escuchó con interés cuando Fernando le propuso cobrar al americano por ducharse en su casa.

—Ha salido, pero en cuanto venga se lo diré. Seguro que acepta. ¿Tu madre está de acuerdo?

—Cómo no va a estarlo. Eso sí, le diremos que no malgaste el agua.

—Claro, claro… Oye, yo te acepto el ofrecimiento de bajar a tu casa a ducharme gratis. Me vendrá bien hacerlo aunque sea una vez a la semana. ¿Qué tal con Pascual?

—Me tiene frito, le caigo mal.

—Pues te tienes que aguantar. Es el jefe de obras y se aprovecha de los que trabajáis allí porque sabe que muchos habéis sido republicanos. Y suerte con que os dé trabajo en vez de denunciaros.

—Estoy harto de él. Siempre con la camisa azul para que no haya dudas de lo que piensa. Además, se aprovecha de que mi padre sea republicano y esté encarcelado, y me paga menos que a otro joven que hace lo mismo que yo, pero que su padre es falangista de primera hora.

—Ya te he dicho que te tienes que aguantar. No me dejes mal. Me costó mucho convencer a don Antonio para que hablara con él y te dieran un trabajo. Tú no le gustas a don Antonio, pero yo tampoco. Si me soporta es porque sabe que yo sé que es un sinvergüenza, lo mismo que su amigo el capataz que se dedica a robar material de la obra que luego le vende a él a bajo precio. Pero ahora mismo hay tantos desgraciados como nosotros buscando trabajo por unos céntimos… Mira a tu alrededor, Fernando, hasta los nacionales pasan hambre.

—Algunos más que otros.

—¡Pues claro! Pero no te engañes, son más los que lo pasan mal. Siempre hay listos como don Antonio. Pero qué le vamos a hacer. Él ha ganado la guerra.

—Somos unos tontos por llamarle «don Antonio». Antes era «Antonio el de la tienda», ahora le hemos puesto el «don».

—Se lo ha puesto él y hay que seguirle la corriente. Es él quien nos fía para echar algo al puchero. Y aunque es un malnacido, a mí me ha dado trabajo y tú lo has encontrado por mí, pero indirectamente por él.

—¡Pero si te ha echado de tu casa! ¡Mira cómo vives!

—Hemos perdido, Fernando, acéptalo. Ya te lo explicará tu padre cuando salga de la cárcel. Don Antonio ha pasado de tener una tienda de ultramarinos a comprar y vender de todo. Listo que es, qué le vamos a hacer…

—Bueno, me marcho a la imprenta. Ya me dirás si el americano acepta pagar por ducharse.

Aunque maldecía su suerte, Fernando disfrutaba como linotipista. Llevaba más de un año trabajando, pero había puesto tanto empeño en aprender que don Vicente, el jefe de la linotipia, a pesar de que se mostraba severo, de cuando en cuando le daba una palmada en la espalda. En cuanto a don Víctor, el dueño de la imprenta, aunque no podía negar que con él se había portado bien, no por eso dejaba de irritarle saber que era un hombre de derechas.

—Tienes mano para este oficio —le dijo aquella tarde su jefe.

Sí, tenía buena mano para la composición, incluso se había atrevido en un par de ocasiones a hacer alguna sugerencia para ahorrar papel.

En aquella imprenta se hacía de todo, desde libros hasta material de propaganda del Régimen. En ocasiones se preguntaba si no estaría traicionando a su padre cuando ayudaba a imprimir aquellos panfletos que cantaban las excelencias de Franco.

Marvin aceptó pagar por la ducha. Isabel cedió resignada. Unos céntimos diarios les serían de gran ayuda, y el americano parecía un buen chico. Le darían una llave para que entrara en la casa no sólo porque no desconfiaran de Marvin, sino porque aunque hubiese querido, no habría podido robar nada.

La vivienda era amplia, con tres balcones a la calle: el vestíbulo, el comedor y la sala de estar, que antaño era confortable, pero ahora estaba casi vacía. Dos puertas correderas permanentemente abiertas daban a un pequeño cuarto, al que llamaban «despacho», cubierto por estanterías del suelo al techo con los preciados libros del cabeza de familia. Un par de habitaciones, además de la cocina y el baño, completaban las estancias del piso.

Algunas veces Isabel imaginaba el momento en que Lorenzo, su marido, regresaría a casa. Llegaría exhausto después de tanto tiempo encerrado en la cárcel careciendo de todo. Ella le explicaría que había tenido que vender los muebles, pero que al menos habían conservado la mesa y el sillón del despacho. Lo demás, el perchero y el velador de la entrada, el aparador del comedor, los cabeceros de las camas… habían dejado de pertenecerles. Sabía que Lorenzo la abrazaría y le diría que no tenía que preocuparse, que aquellos muebles eran sólo objetos, por muy queridos que fueran para ellos. Dejaría vagar la mirada por las estanterías y suspiraría en silencio al comprobar que habían conservado sus libros. Para un hombre como Lorenzo, amante de la literatura, los libros eran parte de su alma, no se podía entender a sí mismo sin ellos. Sí, acariciaría los lomos de las novelas de Cervantes, se recrearía en los poemas de Góngora, sonreiría al ver los viejos tomos de Calderón y suspiraría aliviado al comprobar que allí seguía el Romancero gitano de Federico García Lorca y tantos y tantos otros libros que habían ido conformando su vida y su manera de ser. Y seguramente, contendría una lágrima cuando viera que encima de la mesa de su despacho seguía abierto aquel libro de poemas tal y como lo dejó, en la misma página en la que se podían leer unos versos de Gómez Manrique:

Yo parto de vos, doncella,

fuera de mi libertad;

yo parto con gran querella

de vuestra pura bondad.

 

Yo parto con gran tormento

por esta triste partida,

e llevo tal pensamiento

que fará corta mi vida.

Isabel anhelaba que el momento del regreso se hiciera realidad. Tenía que serlo. Luchaba para ahuyentar la pesadilla que la visitaba durante las brumas de la noche. Siempre la misma. Veía a su marido despedirse de ella, pero no alcanzaba a escuchar sus palabras. Luego un ruido ensordecedor y el cuerpo inerte de Lorenzo caído en el suelo. Muerto. Cuando llegaba a ese punto del sueño se despertaba gritando.

Fernando se acercaba a ella y la abrazaba sin decirle nada. No hacía falta. A él también le visitaban los fantasmas.

Isabel terminó de peinarse. Se miró en el espejo y sonrió con tristeza. Su cabello castaño empezaba a salpicarse con alguna cana. No se engañaba. Su juventud se había evaporado durante la guerra. Las arrugas cruzaban el rostro endureciéndole el gesto. La piel de sus manos se había vuelto áspera y la extrema delgadez, fruto del hambre, le restaba cualquier atractivo. Pero estaba segura de que Lorenzo seguía queriéndola de la misma manera que ella amaba con desesperación el cuerpo escuálido y torturado de su marido, y no prestaba atención a su calvicie prematura, ni a los ojos hundidos, ni a los dedos retorcidos a causa de la artritis y del frío que había pasado durante los años de la guerra.

Ella seguía viendo en su marido al muchacho serio y aplicado que perdía la noción del tiempo traduciendo a Shakespeare, a Oscar Wilde, Daniel Defoe o Walter Scott y que la miraba asombrado de que se hubiera fijado en él, una chica que concitaba las miradas de los jóvenes del barrio. Isabel vivía con sus padres en un pueblo de la sierra donde su padre ejercía como veterinario y donde Lorenzo pasaba con los suyos todos los veranos.

Apenas Isabel cumplió dieciocho años, se casaron. Aquel día estaba radiante y así la vería siempre Lorenzo.

—¿Ya te has arreglado? —le preguntó Fernando, devolviéndola a la realidad.

—Sí, hijo, ya estoy lista. Anda, vamos.

Salieron de casa con paso ligero. No es que la cárcel estuviera lejos, pero era día de visita y siempre llegaban antes. A los guardias les gustaba poner dificultades a los familiares de los perdedores.

Fernando también se había repeinado. Sabía que a su padre le molestaba la falta de pulcritud y que bastante sufría él con tener que vivir acompañado de las chinches y los piojos que colonizaban la prisión.

Cuando llegaron, tuvieron que esperar un buen rato cuchicheando junto a los familiares de otros presos. Se conocían después de tantos y tantos meses de encontrarse ante las puertas de aquel edificio que había sido un convento y que ahora hacía la función de prisión para los presos republicanos.

Madre e hijo buscaban rostros conocidos y cuando no los encontraban, sabían que si no estaban allí era porque el padre, el hermano, el tío o el amigo encarcelado había sido fusilado.

Fernando sintió un retortijón en el estómago al ver a su padre tan demacrado y con aire ausente. ¿Por qué no llevaba las gafas? Sin ellas no veía bien.

—Padre, ¿dónde tienes las gafas? —le preguntó apenas sin saludarle.

—No te preocupes, hijo —respondió su padre.

—Lorenzo, ¿te las han quitado? —acertó a preguntar Isabel.

—Bueno, es que… en realidad me las han roto. El guardia que está siempre en la entrada me dio un empujón porque decía que me estaba retrasando en ponerme en la fila. Las gafas se me cayeron y… las pisó, aplastándolas. Lo siento.

Isabel apretó la mano de su marido conteniendo las lágrimas mientras que Fernando, el hijo, cerró los puños con fuerza intentando controlar la ira.

—Padre, te refieres a ese guardia que se llama Roque, ¿verdad? Roque… Hemos oído que es un bruto y que le gusta maltratar a los que estáis aquí —afirmó Fernando con rabia.

—Bueno, hablemos de otras cosas. ¿Al menos te dan mejor de comer? —preguntó Isabel por decir algo.

—Lo de siempre. Lo que llaman «caldo» viene acompañado de insectos… Pasamos tanta hambre que los hombres se los comen sin mirarlos… Pero contadme de vosotros…

—Padre, el abogado ha prometido que en los próximos días me dirá algo. Dice que está casi seguro de que conseguirá el indulto. Ya verás, antes de Navidad estarás en casa.

—Y yo… Verás, Lorenzo, me he puesto a trabajar. Don Bernardo, el cura de la parroquia, me ha recomendado en casa de una familia; don Luis es farmacéutico y doña Hortensia, su esposa, es una buena mujer. Tienen cinco hijos y le faltan manos para atenderlos…

—Son de derechas, padre… —añadió Fernando.

Lorenzo bajó la mirada avergonzado. Sintió un profundo pesar al imaginar a Isabel empujada por la necesidad de fregar en casa de otros. No es que considerara que fregar no fuera un trabajo digno, pero que su esposa lo tuviera que hacer era una evidencia más de la vida que habían perdido quizá para siempre.

—¿Te tratan bien? —preguntó a Isabel, acariciándole la mejilla.

—Sí, claro que sí. No son malas personas.

—¡Claro que lo son! —exclamó Fernando.

—Vamos, hijo, no añadas más pesar a tu madre. Además, Fernando, no todos los que no piensan como nosotros tienen que ser malos. Hay gente buena y gente mala en todas partes.

—Pues cuando salgas, verás cómo se comportan los que han ganado y entonces ya me dirás qué opinas —replicó Fernando con amargura y con la voz más alta de lo que debía.

—También hemos alquilado la ducha a un americano. Ya te hemos hablado de él, es poeta y vive en la buhardilla de Eulogio. El pobre estaba desesperado por poder darse una ducha en condiciones y Fernando ha tenido la idea de permitírselo a cambio de unos céntimos que nos vienen muy bien —dijo Isabel para desviar la conversación.

—Ya veo que os las estáis arreglando. Bien hecho. Lo de alquilar la ducha me parece una buena idea —comentó Lorenzo, sonriendo.

—A Eulogio le dejamos ducharse gratis —dijo Fernando.

Le pusieron al tanto de las novedades de la gente del barrio y Lorenzo los escuchó con atención, como si realmente le pudiera interesar las andanzas de don Antonio el estraperlista o las de la familia Vilamar.

—¿Y qué hay de tu noviazgo con Catalina? —quiso saber Lorenzo mirando a su hijo.

—Que no es mi novia —protestó Fernando.

—Ya sabes cómo son los Vilamar, Lorenzo, pican alto y quieren asegurar el futuro de su hija. Parece que Ernesto Vilamar quiere emparentar con Antonio el estraperlista. Su hijo Antoñito bebe los vientos por Catalina —explicó Isabel a su marido.

—Pues si eso es picar alto… —observó Lorenzo con ironía.

—Ahora Antonio maneja mucho dinero. Conserva la tienda de ultramarinos, pero si vieras qué almacén ha comprado para guardar las mercancías del estraperlo… Cuando le veas no le vas a reconocer por cómo viste y los aires que se da.

—Bueno, pero Catalina siempre ha tenido personalidad, no creo que le guste Antoñito —afirmó Lorenzo.

—Antoñito no le gusta, pero… —Fernando se calló.

—Sigue, ¿qué ibas a decir? —preguntó su padre.

—Le gusta el americano. Marvin es poeta, estuvo al principio de la guerra haciendo de traductor de unos periodistas norteamericanos, luego se fue. No sé qué tiene, pero les gusta a todas las chicas.

El padre sonrió y miró con ternura a su hijo. Veía reflejarse en la mirada de Fernando el dolor y el estupor del primer fracaso. Sabía que su hijo estaba enamorado de Catalina desde que era un niño.

—No te preocupes, se le pasará. Estoy seguro de que para Catalina eres muy importante.

—Sí, como amigo —se lamentó Fernando.

—Ya verás que no… Anda, no te desanimes… —le consoló su padre.

Los guardias anunciaron que era hora de marcharse. Isabel le dio a su marido una barra de pan y un par de huevos cocidos. Los huevos se los había comprado a don Antonio el día anterior. El pan lo habían conseguido gracias a las duchas de Marvin.

—Los huevos te vendrán bien, te darán energía —afirmó Isabel.

—Claro, claro, mujer. Cuidaos mucho. Os quiero.

—Padre, pronto estarás en casa.

Hasta que no salieron de la prisión Isabel no se permitió llorar. Fernando le echó el brazo por los hombros intentando consolarla.

—Madre, conseguiremos el indulto, ya lo verás.

—Es que el pobrecillo está cada día más delgado, apenas tiene piel sobre los huesos y lo de sus gafas… Tu padre no puede dar un paso sin ellas. Dios mío, Fernando, tenemos que sacarle de aquí.

—Y lo haremos, madre, ya verás. Padre no ha hecho nada malo.

Isabel no respondió. Los vencedores actuaban con saña contra los vencidos. No respetaban a nadie, y mucho menos a los soldados del bando republicano. Todos los días había fusilamientos y ella temblaba al pensar que alguien llamara a su puerta para anunciarle que habían fusilado a su Lorenzo.

2

—¿Le has dicho a Fernandito lo de los paños de ganchillo? —le preguntó doña Asunción a su hija.

—Sí, mamá —respondió Catalina.

—Pues ha pasado más de un mes desde que te lo dije…

—Ya vendrá.

—Que no se entere tu padre… ya sabes que no le gusta que tengamos mucho trato con los Garzo. Isabel me da mucha pena. Debe de ser muy duro para ella ponerse a servir en casa de ese farmacéutico. No sé qué haría yo si estuviera en su lugar. ¡Pobre mujer!

—Tenemos que ayudarles, mamá —le pidió Catalina.

—Pues claro, hija, pero sin que se entere tu padre, ya sabes cómo es.

Catalina abrazó a su madre. Se sentía muy unida a ella. Sabía que siempre la protegería. Su madre vivía volcada en ella, al fin y al cabo Catalina era su única hija, un milagro del cielo habida cuenta de que había tenido varios embarazos fallidos.

Ambas se parecían no sólo físicamente, también en el carácter. De mediana estatura, cabello castaño claro, ojos castaños con destellos verdosos, buena figura. Doña Asunción padecía con el sufrimiento ajeno y, si de ella dependía, procuraba aliviarlo, lo que le provocaba algunas discusiones con su marido. En don Ernesto era inútil buscar un ápice de piedad o de empatía hacia los demás. Era el menor de una familia de seis hermanos, y había sido educado con severidad. Había sufrido en silencio durante la guerra, no tanto por su afección en el hígado sino porque a causa de su enfermedad no habían podido huir a la zona nacional. Le carcomía la rabia pensando que buena parte de sus vecinos eran republicanos o, lo que era peor, algunos tenían tendencias socialistas. Si lo sabría él… Por ejemplo, Lorenzo Garzo, el editor. Nunca había simpatizado con él. Antes de la guerra ya le costaba saludarle cuando se encontraban en la calle y le fastidiaba que Asunción hubiera hecho tan buenas migas con Isabel. En su opinión, ahora Lorenzo Garzo estaba donde debía estar, en la cárcel. Esperaba que le fusilaran. Franco no debía mostrarse magnánimo con los enemigos, era mejor eliminarlos porque, si los dejaba vivir, podían convertirse en un peligro.

Doña Asunción decía que ya que habían ganado lo mejor era olvidarse de lo sucedido y volver a la vida normal. Era una ingenua, en realidad era sólo una mujer y ya se sabía que las mujeres no saben pensar. Además, ella poco tenía que olvidar ya que Petra, su única hermana, estaba viva aunque hubiera perdido a su esposo en el Frente de Aragón. Su cuñado había muerto por España como un patriota. Incluso le habían condecorado a título póstumo.

Él sólo tenía a Catalina y a veces pensaba que había sido una bendición no tener hijos varones, y que los hubieran matado los rojos. Claro que echaba de menos tener en casa a otro hombre, alguien con quien conversar, que entendiera las cosas de la política, porque tanto su mujer como su hija eran dos almas benditas y, por tanto, ignorantes.

Don Ernesto se sentía satisfecho de que Andrés, su hermano mayor, hubiera recuperado la finca familiar. Los milicianos les habían destrozado la casa, confiscado los cerdos y las ovejas, pero la tierra seguía allí y volvía a ser de la familia. Lo malo era que el hombre que hasta que comenzó la guerra se había encargado de administrar la finca había resultado ser anarquista y había sido uno de los responsables de que los rojos la saquearan. Daba gracias a Dios y a Franco por haber hecho justicia. Le habían fusilado. Pero eso no bastaba para que pudieran borrar el sufrimiento que les habían infligido. Habían matado a su padre, a pesar de ser casi un anciano, y a su sobrino Andresito, que sólo era un niño. Amparo, su cuñada, había enloquecido. Ahora Andrés llevaba la finca ayudado por un hombre cabal, un falangista de un pueblo cercano. No es que a don Ernesto le gustaran mucho los falangistas, los encontraba demasiado bruscos y le molestaba su parafernalia, pero mejor un patriota que un rojo.

Además, había perdido a otros dos hermanos en el Frente y otro no había salido vivo de la checa de la calle Fomento, y tampoco quería pararse a pensar en lo que le había sucedido a su hermana monja, cuando otro grupo de milicianos entró en el convento donde guardaba clausura junto a otras religiosas.

Pero en aquel momento su mayor preocupación era Catalina. Su esposa la mimaba en exceso. Asunción era demasiado tolerante con la hija, lo mismo que su cuñada Petra. Ambas hermanas eran hijas de una buena familia, su padre era un comerciante dedicado a la venta al por mayor de tabaco canario. Habían estudiado en un colegio de monjas y aprendido todo lo que unas señoritas deben saber. Su suegro le había incorporado al negocio familiar haciéndole administrador de la empresa, pero se había arruinado durante la contienda y el pobre hombre había muerto sin la dicha de ver cómo los suyos ganaban la guerra.

Ahora don Ernesto estaba intentando volver a hacer de la empresa de su suegro una fuente de prosperidad. Al fin y al cabo, ¿quién no fumaba? Claro que aunque tenía esperanza en el futuro, la realidad era que se había arruinado durante la guerra dejando un reguero de deudas.

Tenía que casar bien a Catalina. Su hija ya no era una niña y no le gustaba verla desocupada. En cuanto acabara el verano tendría que buscarle algo que hacer porque las clases de piano con su tía Petra no eran suficientes para entretenerla. Su esposa le insistía en que había que convertir a Catalina en una mujer instruida, pero a él le parecía una excentricidad. ¿Para qué quería un hombre una sabionda? Que las mujeres fueran instruidas era una idea de los republicanos. Gracias a Dios las cosas habían vuelto a su orden natural. Lo importante era que Catalina se casara con alguien con dinero que la pudiera mantener con desahogo.

Antoñito era una buena opción. El hijo del tendero era un buen partido. Don Antonio rezumaba prosperidad. Se había dedicado después de la guerra al estraperlo y había ganado dinero y ahora ganaba aún más. Aquel hombre comerciaba con todo, pero lo más importante era que estaba bien relacionado con algunos ministerios gracias a su hermano, Prudencio, que había sido asistente de un coronel. Antonio, el tendero, el falangista que combatió a los rojos y regresó a Madrid con las tropas nacionales, se había convertido en don Antonio, y su hijo mayor, Antoñito, en un buen partido. No es que fuera muy agraciado, pero tampoco era feo, en realidad feas eran sus dos hermanas, Paquita y Mariví, unas niñas sin ninguna gracia. También podría casarla con Pablo Gómez, el hijo de don Pedro, el funcionario de Hacienda que vivía en el quinto.

Don Ernesto levantó la mirada de los papeles que tenía delante. El banco acababa de denegarle un préstamo.

Oyó la risa de su hija y la imaginó parloteando con su esposa. Benditas ellas que de nada tenían que preocuparse.

Tocó la campanilla y acudió la criada.

—Dígales a mi esposa y a mi hija que vengan al despacho —ordenó sin mirarla.

Dos minutos más tarde, doña Asunción y Catalina asomaban la cabeza por la puerta que daba al despacho.

—¿Qué quieres, Ernesto? —preguntó su mujer.

—Deciros que don Antonio quiere organizar un almuerzo campestre dentro de unos días. Te lo aviso con tiempo, Asunción.

—Por mí no hay inconveniente, aunque te aseguro que me cuesta relacionarme con esa gente, son tan… En fin, no está bien decirlo, pero se les nota de dónde vienen.

—¿No eres tú la que dice que lo importante es que las personas sean buenas? Pues ya está. Don Antonio no viene de buena familia, pero el hombre está demostrando tener un gran talento para los negocios. Ya ves, se ha hecho rico durante la guerra y cada día que pasa lo es más.

»Se codea con gente principal, de manera que no sé por qué no vamos a tratarle nosotros.

—Pero, Ernesto, si tú antes ni siquiera le habrías saludado. Creo que antes de la guerra no habías entrado en su tienda de ultramarinos.

—¿Y a qué debía yo entrar? ¿La casa no es cosa tuya? Mira, Asunción, no le busques tres pies al gato; las cosas han cambiado, hay una nueva clase social, la de hombres con talento capaces de salir adelante.

—Don Antonio es un ordinario —insistió la mujer.

—Bueno, es lógico, él no ha recibido mucha educación, pero es un hombre cabal y ha estado con quien hay que estar, no como esos desgraciados de los republicanos, por no hablar de toda esa chusma de comunistas y anarquistas. Siempre le tendremos que agradecer a Franco que nos haya librado de ellos.

—Querido, si tú eras monárquico —le recordó doña Asunción.

—Por eso estoy con Franco, porque nos ha devuelto el orden y ya verás que con el tiempo reinstaurará la monarquía.

—¡Uy!, no sé yo, a los hombres no os gusta ceder el mando y no me imagino a Franco, después de haber ganado la guerra, entregándole el país a un rey —dijo Asunción.

—¡Qué sabrás tú! Bueno, sólo quería deciros que cuando nos convoque iremos a esa comida campestre. Será una buena ocasión para que Antoñito y Catalina hablen.

—¿Y de qué tenemos que hablar, padre? —preguntó Catalina contrariada.

—Los dos sois jóvenes y tenéis un gran porvenir por delante, es bueno que os vayáis conociendo —respondió don Ernesto.

—Pero si ya nos conocemos y te recuerdo, padre, que cuando era niña no me dejabas jugar con Antoñito ni con sus hermanas. Decías que no podía tener como amigas a las hijas del tendero porque no estaban a nuestra altura. —Catalina sabía cómo irritar a su padre.

—¡Qué tonterías dices, niña! Además, las circunstancias han cambiado. Don Antonio es un hombre de negocios y su hermano mayor, Prudencio, es un valiente soldado que se codea con los generales. Catalina, deberías saber que la nobleza se adquiere a través de actos nobles de servicio al rey y a la patria.

—Papá, si todo el mundo sabe que el hermano de don Antonio estaba en Intendencia y que se ha dedicado a robar cuanto ha podido.

—¡Catalina! —Don Ernesto miró furioso a su hija.

—¿Y don Antonio ha prestado algún servicio al rey y a la patria? No lo sabía, padre; creía que era sólo un estraperlista que lo único que le importa es enriquecerse. En cuanto a Antoñito, sé que te gustaría que él y yo… pero no va a ser así, me da asco. Antes que ser su novia me meto a monja… —continuó Catalina, haciendo caso omiso al enfado de su padre.

—¿Así es como educas a esta niña? ¡Jamás me habría atrevido yo a hablar así a mi padre! Los hijos no tienen opinión, sólo deben obedecer a sus mayores, que son quienes saben lo que les conviene. No me vuelvas a decir que prefieres ser monja porque seré yo quien te lleve personalmente al convento de mi hermana en Aragón. Ya verás como la tía Adoración te mete en vereda.

—Pero ¡a qué discutir! Claro que iremos a ese almuerzo campestre, Ernesto, y la niña hablará con Antoñito y… bueno, Dios dirá si tiene planes para ellos —los interrumpió doña Asunción, temiendo la deriva de la conversación.

—¡Ah, y no te quiero volver a ver con Fernando! Ese chico lo único que nos puede traer son problemas. Su padre está en la cárcel por rojo. No quiero tener nada que ver con esa gente —afirmó don Ernesto enfadado.

—Pero, Ernesto, los Garzo son buenas personas, el padre de Isabel era veterinario en la sierra de Madrid. En cuanto a don Lorenzo, pobrecillo, era el director de Editorial Clásica, un buen editor que estoy segura de que no ha hecho nada. Tú mismo tienes muchos de los libros editados por él. Seguro que saldrá de la cárcel —dijo doña Asunción, temiendo que sus palabras contribuyeran a enfadar aún más a su esposo.

—¡Que no ha hecho nada! ¡Esto sí que es bueno! Resulta que combatir con las tropas rojas es no haber hecho nada.

—Bueno, es que es republicano o era republicano, como tanta gente, y no creo que haya que matar a todos los republicanos porque eso supondría matar a medio país. Además, hasta que la guerra no empezó, ser republicano no era nada malo —insistió su esposa.

—¡Habrase visto! ¡Que tenga que escuchar esto en mi propia casa! Pero ¡qué educación estás dando a nuestra hija! Si hablas así, creerá que ser republicano es algo sin importancia. ¡A punto han estado de destruir España entregándosela a los bolcheviques!

—Ernesto, cálmate; anda, te mandaré una taza de café con unos picatostes. El médico dijo que tienes que comer bien. Catalina, ve a preparar la bandeja y tráele una taza de café a tu padre.

Catalina salió del despacho de su padre murmurando. Siempre había sido una hija obediente, pero no pensaba tontear con Antoñito. Sentía repugnancia sólo de pensar en él. Aún recordaba el día del cumpleaños de Antoñito en la Pradera de San Isidro. Bueno, en realidad no lo recordaba bien, sólo que Antoñito se apretaba a ella durante el baile, lo mismo que Pablo Gómez. Esos dos le daban asco. No se acordaba de más, pero sólo de pensar en esto se le revolvía el estómago. Menos mal que Marvin estaba allí. Cada vez que pensaba en el americano sentía una sacudida en todo el cuerpo. Estaba enamorada de él y su padre tendría que aceptarle. Marvin era educado, seguro que su familia estaba a la altura de los Vilamar, aunque si no fuera así tanto le daba. Era su novio o eso creía ella. En cuanto a Fernando, tampoco estaba dispuesta a renunciar a su amistad, dijera lo que dijera su padre. Catalina se paró en seco en la puerta de la cocina. Se daba cuenta de que por primera vez en su vida estaba más que dispuesta a desobedecer a su padre sin que le importaran las consecuencias.

Mientras tanto, doña Asunción intentaba calmar los ánimos de su marido. Don Ernesto no gozaba de buena salud y los médicos insistían en que no debía llevarse disgustos.

Para doña Asunción su matrimonio no había sido satisfactorio, pero eso no se lo decía ni a ella misma y se santiguaba sólo de pensarlo. Lo cierto es que no había sido fácil vivir con un hombre de salud delicada, muy dado a la melancolía, de carácter huraño. Ella había tenido que atemperar su alegría y sus ganas de vivir para no despertar suspicacias en su marido, al que le irritaba sobremanera verla reír. Aun así, había sido un buen esposo, nunca le había faltado de nada; tampoco se había quejado ni mostrado disgusto por no haber tenido más hijos. Se había conformado con Catalina, a la que indudablemente quería.

Don Ernesto carraspeó para llamar la atención de su esposa.

—Verás, Asunción, el noviazgo de la niña con Antoñito nos es muy conveniente.

Ella le miró expectante sin atreverse a preguntar. Sabía que a su marido le irritaban las preguntas.

—Hay que ser realistas y no darle vueltas a la conveniencia del nuevo Régimen. ¿O acaso preferirías que continuáramos gobernados por las izquierdas? Franco es un hombre cabal y sabe que los españoles necesitan que les aprieten las clavijas. Ya verás como España va a prosperar.

—Pero no entiendo por qué crees que es importante que Catalina y Antoñito…

—Pues porque don Antonio pertenece a la nueva clase social que va a gobernarnos. Podemos casar a la niña con alguien de nuestro estatus, pero ya sabes que muchos de nuestros amigos se han quedado sin nada y ya sólo conservan las apariencias. Con Antoñito no le faltará de nada. Ella sabrá mejorarle.

—Si tú lo dices, Ernesto…

—Pues sí, lo digo, Asunción, de manera que nada de permitir que nuestra Catalina tenga pájaros en la cabeza. La niña ya es toda una mujer y su obligación es aceptar lo que nosotros decidamos. ¡Faltaría más!

—Claro, claro, Ernesto —asintió doña Asunción sin convencimiento.

—¡Ah! Y aunque haya terminado la guerra, debemos seguir siendo prudentes a la hora de gastar. La semana próxima iré a ver a mi hermano a Huesca. He de pedirle un préstamo.

—¿Un préstamo? Pero ¿por qué…?

—¡Por Dios, Asunción, no seas tan simple! Tenemos gastos y obligaciones.

—Sí, Ernesto, tienes razón.

Catalina empujó la puerta del despacho con el pie y entró llevando una bandeja con una taza de café y unos cuantos picatostes. A su padre se le iluminó la mirada e hizo un gesto a madre e hija para que le dejaran. Prefería degustar los picatostes sin que nadie le mirara.

Lo que don Ernesto no le contaba a su esposa era que andaban escasos de liquidez, en realidad tan escasos que no tenían un duro, y que don Antonio, amén de dedicarse al estraperlo, era prestamista, y como el banco le denegaba el crédito, había tenido que acudir al tendero y ya llevaba una buena suma de dinero prestado. Si su hermano mayor no le dejaba una cantidad elevada, se vería en una situación muy comprometida.

A la misma hora, Marvin se hallaba ensimismado mirando la pared del exiguo cuarto que ocupaba en la buhardilla de Eulogio.

En realidad no debía haberse quedado a vivir allí. No tenía necesidad de sufrir las penurias de Eulogio y su madre. Él disponía de suficiente dinero para haber alquilado un cuarto en algún otro lugar, incluso podía haberse instalado en algún hotel o en una pensión. Pero había tenido miedo de regresar. No había combatido con la Brigada Lincoln, pero había estado en España viendo cómo luchaban sus compatriotas y su manera de contribuir a la causa de la República fue actuar como traductor. Quizá Franco y los sublevados tuvieran constancia de qué extranjeros habían estado de su lado y quiénes no. ¿Y si le detenían? No se engañaba respecto a su valentía, en realidad sabía que era un cobarde.

Claro que sus padres eran demasiado importantes como para que los españoles se atrevieran a detenerle. Tenía varias cartas de recomendación, además de contar con la protección de su embajada. Franco no iba a enfrentarse a los norteamericanos.

Aun así, había sido una estupidez buscar acomodo en casa de Eulogio. Pero quería volver a estar cerca de su amigo, a quien había admirado durante la guerra y además le había salvado la vida. Congeniaron cuando se conocieron en el Frente; a él le había sorprendido no sólo la bonhomía sino también la alegría que siempre mostraba aquel aspirante a pintor. A Marvin le parecía un artista mediocre, pero nunca se lo dijo.

¿Por qué había vuelto? ¿Acaso porque no se perdonaba el no haber combatido? Durante la guerra, pero sobre todo cuando dejó España, no paraba de decirse que no sólo se combate con las armas, que un poema puede hacer tanto por una buena causa como el tirar una granada, disparar un fusil o atacar las líneas enemigas. Pero no lograba convencerse a sí mismo y eso le había provocado una crisis de ansiedad. Desde que se marchó de España no había vuelto a escribir nada que mereciera la pena.

Su familia, en Nueva York, le insistía para que regresara a casa. Su padre andaba metido en el negocio del acero y para él había sido una decepción que su hijo mayor hubiera salido poeta. Menos mal que Tommy, su hermano menor, estaba allí para cumplir con el sueño de su padre de que los negocios de la familia se quedaran en la familia. A él le enviaban todos los meses una asignación que le permitía vivir con desahogo. Su madre, que tenía alma de artista, no habría permitido lo contrario y, al fin y al cabo, era ella quien había heredado la acería que ahora dirigía su marido.

—¿Quieres un poco de café? —le ofreció Piedad, la madre de Eulogio, asomando la cabeza en el cuarto de Marvin, que parecía ensimismado en la lectura.

—¿Café de verdad? —preguntó con asombro.

—Sí, Eulogio le ha quitado un puñado a don Antonio. Al parecer, ayer llegaron al almacén unos cuantos kilos y ya sabes cómo es mi hijo… Bueno, además don Antonio apenas le paga… —La mujer intentaba justificar los pequeños hurtos de Eulogio.

—Me vendría muy bien una taza de café —respondió Marvin sonriendo.

—¿Qué estás leyendo? —preguntó ella.

—Un libro que me ha prestado Eulogio que creo que editó el padre de Fernando. Las Rimas sacras de Lope de Vega… «Si de la muerte rigurosa y fiera, / principios son la sequedad y el frío, / mi duro corazón, el hielo mío / indicios eran que temer pudiera…» —leyó Marvin en voz alta.

Piedad sonrió. Y él pensó que le caía bien aquella mujer. Era muy guapa, pero ella parecía no darse cuenta. Había perdido al marido en el Frente y casi pierde a su hijo, al que un día vio regresar sin apenas poder caminar. Él le debía la vida a Eulogio, porque fue quien se lo cargó al hombro cuando le hirieron, quien corrió con él mientras disparaban a su alrededor, quien conminó a un médico para que dejara de atender a los otros heridos y le operara a él allí mismo. Pero salvarle a Eulogio le costó quedarse cojo, y esas graves heridas le mantuvieron lejos del Frente los dos últimos años de la guerra.

Piedad nunca se quejaba. Aceptaba su destino sin echar la culpa a nadie. Las cosas eran como eran, solía repetir cuando Marvin y Eulogio se lamentaban del triunfo de los franquistas.

Jesús Jiménez, el padre de Eulogio, había sido corrector en un periódico de Madrid, además de traductor de francés. Precisamente, hacía horas extras como traductor en la misma editorial que dirigía Lorenzo Garzo, el padre de Fernando.

Era un buen hombre, tímido y apocado, así le describía Piedad, quien añadía que aunque su marido tenía un carácter apacible, no había eludido su compromiso con la República y había ido a defenderla en el Frente de batalla, donde perdió la vida.

Antes de la guerra, la familia vivía con ciertas comodidades. En cuanto a la vocación de Eulogio, la tenía desde niño. Pasaba horas sentado ante un papel dibujando. Su sueño era convertirse en un gran pintor, y su padre y su madre habían avivado ese sueño procurándole los medios para hacerlo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Marvin observaba con curiosidad las diferentes familias que habían confluido en aquel edificio de la calle de la Encarnación. Eran todas familias pequeñoburguesas. Bueno, habían sido pequeñoburguesas porque ahora la mayoría luchaba por su supervivencia.

Repasó la lista de los vecinos: los Garzo, que vivían en el primero; los Jiménez, en el segundo izquierda hasta que se mudaron a una de las buhardillas; los García, del quinto, cuyo cabeza de familia era abogado… También estaban los Gómez, cuyo único hijo, Pablo, competía en todo con Antoñito. En el edificio contiguo, una casa más señorial, vivían los Vilamar. Para disgusto de don Ernesto, su hija Catalina se trataba con los jóvenes de su edad que vivían en la misma calle. Doña Asunción, su madre, era una buena mujer siempre dispuesta a echar una mano a quien lo necesitara.

Piedad entró con una taza de café y la colocó sobre la mesita en la que resaltaban unas cuantas hojas en blanco.

—¿No te inspiras? —le preguntó a Marvin.

A él le incomodó una pregunta tan directa y frunció el ceño, aunque sabía que no había mala intención en las palabras de la mujer.

—A lo mejor el café me ayuda —respondió.

—Este país está muerto, Marvin, ¿es que no lo ves? Uno no se puede inspirar en los muertos. Aquí no vas a encontrar la inspiración. Necesitas distanciarte y… bueno, no quiero meterme en donde no debo, pero creo que debes perdonarte. No tienes nada que reprocharte. Te he oído hablar con Eulogio y sé que no te deja dormir el no haberte quedado toda la guerra. ¿Por qué deberías haberlo hecho? Te hirieron y además no era tu lucha, Marvin, ni siquiera era la de la mayoría de nosotros.

Le sorprendió la profundidad del comentario de la mujer. La tenía por una simple ama de casa más preocupada por la subsistencia que por los males del alma.

—Tengo muchas ideas, pero cuando intento escribirlas no puedo hacerlo; en ocasiones, simplemente se desvanecen.

—¿Y qué ideas son esas que quieres convertir en poemas?

—La lucha por la libertad, porque es el mayor bien que puede tener un ser humano, la derrota, el miedo, la desesperación…

La madre de Eulogio escuchaba con interés. La mujer se había sentado frente a él y le miraba de tal manera que Marvin creyó que podía leer dentro de su cabeza.

—Buenas y preciosas ideas, Marvin, ya te saldrá algo. Pero tú no has vuelto a España a encontrar inspiración sino a resolver un problema contigo mismo. Buscas la respuesta de por qué te fuiste y, si me apuras, en realidad buscas el perdón.

—No exactamente —replicó Marvin, asombrado por la perspicacia de la mujer.

—Yo diría que sí. Por lo que sé, estuviste unos cuantos meses, hiciste de traductor para un par de periodistas norteamericanos, te hirieron y te marchaste. Nada diferente de lo que hicieron otros.

—Me conformé con hacer de traductor. No quise luchar —confesó él, bajando la mirada.

—¿Y qué motivos tenías para lo contrario? No viniste a matar a nadie. Y aun así estuviste en el Frente, donde conociste a Eulogio…

—Él era amigo de Pepe, un anarquista que también solía hacer de traductor para algunos periodistas. Eulogio y yo coincidimos en primera línea y allí fue donde me hirieron… Pero peor fue lo de él, porque por salvarme a mí…

—Sí, está cojo, pero vivo, lo mismo que tú. La herida de la pierna le impidió volver a combatir. No diré que no lamento que mi hijo se haya quedado cojo, pero le prefiero así a tener que estar llorando a un muerto.

—Lo entiendo —alcanzó a decir Marvin, que en realidad no comprendía a la mujer.

—No sé si me entiendes, pero da lo mismo; yo sí que te entiendo a ti. Vete, Marvin, aquí no encontrarás la respuesta para ahuyentar a los fantasmas que te acechan por la noche cuando gritas ante su presencia.

—¿Grito? Lo siento, no quiero molestar… —respondió incómodo.

—No molestas, en realidad me das pena —afirmó la mujer sin pensar si eso podía humillarle.

—Me iré pronto —aseguró él.

—Por mí puedes quedarte el tiempo que quieras; pero no creo que aquí vayas a solucionar tus problemas. Ya te lo he dicho.

—Yo les agradezco que me hayan aceptado… Quería estar con gente de confianza.

—¿Confianza? Sí, has tenido suerte. Mi hijo es un pedazo de pan. Pero en estos tiempos hay que tener cuidado, hay denuncias todos los días, gente a la que se llevan porque alguien la acusa de ser rojos.

—Pero ustedes…

—Sí, mi marido lo era y mi hijo lo es, por eso he tenido que hacer lo que… Bueno, todos tenemos nuestros secretos.

Marvin bajó la cabeza. No es que lo supiera a ciencia cierta, pero había oído algunos comentarios de algunos maledicentes que aseguraban que la mujer se acostaba con don Antonio, y que gracias a eso el estraperlista había dado trabajo a Eulogio y mantenía a los falangistas a raya para que no le molestaran ni a él ni a su madre.

Alzó la cabeza y la examinó. Ella parecía estar perdida en sus pensamientos. En realidad comprendía que don Antonio se hubiera encaprichado de ella. De estatura mediana, delgada, cabello castaño oscuro rizado y un cutis transparente como si fuera de porcelana. Los ojos claros reflejaban tozudez, pero sobre todo cansancio. Las manos quizá en el pasado fueran suaves, aunque ahora estaban cuarteadas, y las uñas estropeadas. Aun así, desprendía una sensualidad de la que no era consciente. En cuanto a don Antonio, pensó que simplemente disfrutaba metiendo en su cama a una mujer que no era la suya más para poder presumir que por otra cosa.

No la juzgaba. Era una superviviente que se agarraba a la vida no por ella, sino para salvar a su hijo. No es que la hubieran vencido, es que se daba cuenta de que ya no quedaba ninguna batalla que dar, al menos ella.

La mujer le miró y le sonrió, lo que le desconcertó aún más.

—Mi esposo era corrector… trabajaba en un periódico y traducía los clásicos franceses para Editorial Clásica. Pero no creas que era un corrector cualquiera. Vivíamos bien, sin grandes lujos, pero bien. Le quería, sí. Le quería. Sólo tenía ojos para mí, no era de esos hombres que buscaban a otras. —Dijo esto con asco, seguramente pensando en don Antonio, que la había buscado a ella.

—¿Por qué fue a la guerra? —preguntó Marvin incómodo por el cariz tan personal de la conversación.

—Me dijo que no podría mirarse al espejo si no hacía algo. Tenía ideas socialistas y aborrecía a los fascistas. Por eso se fue al Frente y, a pesar de mis protestas, no movió un dedo para impedir que Eulogio también fuera.

—¿Podía haberlo impedido?

—No lo sé, pero ni siquiera lo intentó. Y ya ves, él perdió la vida y mi hijo casi una pierna. Ahora lo único que quiero es que trabaje y salga adelante. No sé si tiene talento como pintor, pero eso ya no importa; aquí nadie necesita artistas, de manera que tendrá que ingeniárselas para buscarse la vida. No me importa que pinte en sus ratos libres, pero sólo cuando no tenga que trabajar.

—Es un buen pintor —afirmó Marvin sin mucha convicción.

—A mí no me gustan mucho sus cuadros, pero yo no entiendo. Lo único que quiero es que haga bien su trabajo y se gane la confianza de don Antonio; si lo hace, no le faltará para comer.

—Pero don Antonio es…

—Un sinvergüenza, una persona que no es de fiar. ¿Crees que no lo sé? Pero necesita gente que sepa callar. De Eulogio no saldrá ni una palabra de más sobre los chanchullos de don Antonio, y su silencio lo pagará bien. Sé que no es decente lo que digo, pero ¿qué podemos hacer? Ahora mismo lo único que nos queda es sobrevivir.

—También se puede sobrevivir sin… bueno, hay muchas maneras de hacerlo…

—¿Ah, sí? Dime una. Dímela. —La mujer le hablaba con dureza.

Marvin guardó silencio. ¿Quién era él para decirle que la dignidad debía estar por encima del hambre? Sabía de gente que apenas podía comer, pero que no por eso vendía su alma o su cuerpo a los vencedores.

—No me juzgues, ¿qué sabes tú?

La mujer parecía haber leído su pensamiento. Sintió una oleada de calor en el rostro. No quería ofenderla. No sólo porque era la madre de su amigo, sino porque, si él mismo se despreciaba, no tenía derecho a despreciar a los demás.

—Yo no juzgo a nadie. Les estoy muy agradecido por dejarme vivir aquí.

—Mi hijo te considera su amigo —afirmó ella, encogiéndose de hombros—. Espero que no le juzgues también a él por trabajar para don Antonio.

—No, no lo hago —acertó a responder.

—No le cuentes a Eulogio nada de lo que hemos hablado. Bien, te dejo trabajar. ¡Ah! Se me olvidaba decirte que esta mañana, cuando estabas abajo en casa de Fernando, vino Catalina. Me dijo que quería hablar contigo.

—¿Catalina?

—Sí, Catalina Vilamar. La chica más guapa del barrio. Estáis todos que bebéis los vientos por ella, pero al parecer le debes de gustar tú porque de lo contrario no se habría atrevido a presentarse aquí.

—No… no, yo no tengo nada que ver con ella. La he visto en unas cuantas ocasiones por el barrio, pero nada más.

—¿Nada más? Bueno, pues yo creo que a ella le interesas, será porque eres un guapo americano. Fernando Garzo está enamorado de esa chiquilla desde que eran niños; Antoñito, el hijo de don Antonio, quiere ennoviarse con ella; Pablo también, y el resto de los chicos del barrio no le quitan los ojos de encima, así que no me creo que tú seas el único al que no le gusta la chica. Reconocerás conmigo que es guapa, un poco delgada quizá, pero ¿quién no está flaco después de la guerra? Hasta los Vilamar, que tenían una buena posición, han tenido problemas.

—Catalina es muy guapa, sí, pero le aseguro que yo… En fin, que no tengo interés en ella. No sé a qué ha venido ni qué puede querer de mí.

—Pues si no lo sabes es que no eres tan listo como pareces. La chica está por ti; el que me da pena es Fernando, el pobre está tan enamorado… Pero bueno, éstas son cosas de jóvenes. Allá vosotros. Eso sí, ten cuidado. Don Ernesto, el padre de Catalina, se pondrá como una fiera si se entera de que su hija y tú…

Marvin respiró con alivio cuando Piedad por fin le dejó solo. La conversación le había inquietado. La mujer le había removido por dentro hasta hacerle aflorar la angustia que intentaba domeñar.

Ella tenía razón, ya no hacía nada allí, y sobre todo no quería involucrarse en las pequeñas historias de la gente. No le importaban nada. Su interés estaba en el drama general que había supuesto la guerra, el triunfo de Franco y las consecuencias que eso tendría en el futuro del país. ¿Qué más le daba que Fernando estuviera enamorado de Catalina?, ¿o que la madre de Eulogio se metiera en la cama de don Antonio, e incluso que su amigo no se diera por enterado? Todo eso era calderilla frente a lo verdaderamente importante. En cuanto a él… no, allí no encontraba la paz, todo lo contrario. La desolación de los perdedores, la arrogancia de los vencedores, la miseria, el hambre, el odio, la resignación… Todo aquello le inspiraba líneas amargas. Los poemas que escribía eran fruto de su propio dolor porque tampoco se había reconciliado consigo mismo por haberse marchado cuando le hirieron pocos meses después de comenzada la guerra.

Sólo él sabía que era un cobarde que se reprochaba que su fuente de inspiración fuera el dolor, el estar rodeado de muertos vivientes que no esperaban nada porque se sabían perdedores. Claro que los ganadores le resultaban ajenos, como si no fueran de este mundo.

3

Don Antonio Sánchez se estaba fumando un puro. Le sabía a gloria. Claro que su dinero le había costado conseguir unos cuantos puros de verdad.

Acababa de cerrar un negocio con un tipo que tenía una fábrica textil en Cataluña. Iban a vender camisetas al Ejército.

Prudencio, el hermano de don Antonio, que estaba en Intendencia, le había dado el aviso: los soldados necesitaban camisetas para el invierno. Se lo había escuchado decir a su coronel. De manera que era de esperar que el Ejército comprara en breve camisetas a quien las tuviera o las pudiera fabricar al por mayor.

El señor Soler, el dueño de la fábrica textil, le había asegurado que en pocas semanas podía tener listos unos cuantos de miles de aquellas prendas. En cuanto las tuviera las enviaría a Madrid, al almacén de don Antonio, que previamente las habría ofrecido al Ejército a través de su hermano Prudencio.

Soler era de fiar. Quizá era un poco exagerado al presumir de tener una fábrica textil. Don Antonio la había visitado y eran unas cuantas máquinas instaladas en el bajo de la casa donde vivía aquel hombre. Allí trabajaban varias mujeres a las que pagaba un salario de miseria. Pero tener ocupación, por poco que se pagara, en sí ya era un alivio para quienes no poseían nada.

—Y ahora que hemos firmado el contrato deberíamos ir a comer, ¿no le parece, señor Soler? Invito yo —propuso don Antonio.

Salieron del almacén y fueron caminando a una taberna cerca de la plaza de la Ópera. El tabernero conocía a don Antonio porque era quien le vendía el vino y cuanto servía en la taberna.

—¿Qué hay hoy de comer, Perico? —preguntó don Antonio al tabernero.

—Unas lentejas a lo pobre. Y para ustedes, además, un par de huevos fritos. ¿Le hace, don Antonio?

—Pero que las lentejas no sean tan pobres que sólo haya agua.

—Las de ustedes tendrán lentejas. Fíese de mí.

Comieron las lentejas con un par de vasos de vino peleón, del que don Antonio le surtía, y que Perico rebajaba con agua.

Prudencio se unió al almuerzo.

—He ido a tu casa y tu mujer me ha dicho que estabas en el almacén, y allí me han dicho que estabas aquí —dijo su hermano para explicar su presencia.

—Pues «la Mari» se habrá mosqueado al verte aparecer por mi casa a estas horas —le reprochó don Antonio.

—Pero si tu mujer es una santa, qué va, me ha dicho que no ibas a comer porque estaba aquí Soler.

—Bueno, y qué te ha dicho tu coronel sobre las camisetas —quiso saber don Antonio.

—Está hecho. Te las encargarán si pones un buen precio. Le he asegurado que nadie las venderá mejores ni más baratas porque tú eres un patriota y para ti todo es poco si es para el glorioso Ejército. En cuanto digan que hay que comprarlas, presentas la oferta y ya está. Te traigo aquí una copia del papel donde pone cuántas camisetas se necesitan y el precio a pagar.

Don Antonio arrancó la hoja de manos de Prudencio y leyó atentamente.

—¡Pero éstos quieren que les regalemos las camisetas! Ni hablar, por ese precio no hay oferta.

—A ver, déjeme leer ese papel —pidió Soler alarmado.

—Mira que eres avaricioso, Antonio, ¿es que crees que al Ejército le sobran los duros? —le reprochó Prudencio, mirando de reojo a Soler.

—¿Avaricioso? Si quieren camisetas para los soldados, ¡que las paguen! —Don Antonio estaba enfadado.

—Vamos, vamos, amigo mío, no se ponga así… La cantidad a ganar es menor a la que habíamos previsto, no nos haremos millonarios, pero aun así nos llevaremos un pellizco, son muchas camisetas —afirmó Soler, devolviéndole la hoja.

—Si quieren nuestras camisetas, que las paguen —insistió don Antonio.

—¡Qué cosas dices! ¿Crees que no hay más gente que ahora mismo se está moviendo para ser ellos quienes vendan las camisetas al Ejército? Sé que al Cuartel General están llegando otras ofertas, así que tendrán donde elegir: si no somos nosotros, serán otros… Tú verás, Antonio, pero no me vuelvas a pedir que hable con el coronel para que te compre nada. Ya sabes que a él no le gustan los chanchullos, pero se fía de mí y cree que yo no lo voy a engañar y que sólo se trata de hacerme un favor porque eres mi hermano.

—Prudencio tiene razón. Ganaremos menos, pero ganaremos, y lo importante es que después de las camisetas vendrán otros encargos —insistió Soler.

—O sea que usted cree que con esa miseria que nos quieren pagar aún vamos a ganar dinero —planteó don Antonio a su socio catalán.

—Sabe que sí, yo desde luego estoy dispuesto a vender las camisetas a este precio. Es más, en cuanto llegue a Tarrasa voy a enviar un paquete con unas cuantas de distintas tallas para que Prudencio se las enseñe al coronel. Las haré de la mejor calidad para que el coronel no tenga dudas. Luego las otras que hagamos, bueno, no serán lo mismo, pero tampoco estarán mal.

—No sé, Soler… Si se acostumbran a que les vendamos barato luego será difícil subir los precios —se quejó don Antonio.

—Hemos de comprender que la guerra acaba de terminar y no hay dinero y en lo que menos se van a gastar es en camisetas —afirmó Soler, intentando convencer a su socio—. Por cierto, Prudencio, ¿cuánto se quiere llevar el coronel?

—Nada, Soler, nada. No es de los trincones. Si me avisa de que el Ejército va a comprar tal o cual cosa es porque me sabe leal y confía en mí. Como él dice, mejor que los negocios los hagan los patriotas, y como Antonio es mi hermano…

—¿Y usted cuánto se quiere llevar?

—Lo normal. Antonio ya sabe…

—Bueno, bueno, si cerramos el negocio habrá para todos —concluyó Soler.

Al terminar el almuerzo, Antonio y Prudencio se despidieron del catalán y caminaron hacia el almacén situado cerca de la Puerta de Toledo. Los dos hermanos al principio iban en silencio, pero fue Prudencio el que sacó a Antonio de sus pensamientos.

—Oye, no creo que haya nada que hacer con lo de don Lorenzo Garzo. He estado preguntando y el tío lo tiene mal. Es que es más rojo que las granadas y, además, haber ido voluntario al Frente…

—¿Le van a fusilar?

—No me lo han dicho, pero para mí que sí. Los que están en la cárcel de Porlier lo tienen crudo, aunque los de Comendadoras no lo tienen mejor. Pero a ti ¿qué más te da? Don Lorenzo nunca ha sido amigo nuestro, es que ni nos veía al pasar por la tienda ni cuando nos cruzábamos por la calle con él.

—Porque es un intelectual y los intelectuales siempre van pensando, no se fijan en nada —replicó Antonio a su hermano.

—Bueno, pues por eso, que le fusilen. ¿Quién necesita intelectuales? Bastante daño han hecho a España aliándose con los comunistas y, además, casi todos los intelectuales son masones —insistió Prudencio.

—Me lo ha pedido Piedad, la madre de Eulogio —dijo en voz baja Antonio.

—Esa mujer no te conviene, hermano, te va a perder. No sólo te ha colocado al hijo sino que además quiere que salves a Garzo. Pues no va a poder ser.

—Eulogio hace bien su trabajo y sobre todo es discreto.

—Pero luchó en el bando republicano. Si no fuera por nosotros… vamos, que le tendrían que haber fusilado ya.

—Pero si sólo estuvo unos meses porque pronto le dejaron tullido —le defendió Antonio.

—Ya, pero ¿a cuántos de los nuestros se llevó por delante? No te me hagas el blando, Antonio. Sé que te beneficias a la madre del Eulogio, pero que esa mujer no te sorba el seso. Además, no sé por qué te gusta, está más buena «la Mari».

—Oye, de mi mujer no hables así, ni a ti te permito que digas que mi mujer está buena. «La Mari» es la madre de mis hijos y ya está, la respeto y la tengo en un altar.

—Pero la otra te tiene dominado.

—Calla, desgraciado, qué sabrás tú de mujeres.

—De ésta lo que sé es que su marido y su hijo eran republicanos y que tú te la estás jugando teniendo tratos con ellos. Si no estuvieras tan metido en la Falange… Menos mal que a los camaradas les hace gracia que te la estés tirando, que si no… —insistió Prudencio.

—Tienes razón, hermano, esa mujer me tiene agarrao. Empecé aprovechándome de ella en cuanto regresé del Frente. Temía que se llevaran a su hijo como a tantos otros por haber combatido con los rojos. Me está muy agradecida por haberlo evitado.

—Y bien que te has cobrado su agradecimiento. Bueno, también te has quedado con su casa. Se la has comprado por nada y la has mandado a la buhardilla, así que no estás perdido del todo. —Prudencio rio de su ocurrencia.

—Los negocios son los negocios. ¿Para qué quiere ella un piso tan grande como el que tenía? En la buhardilla está bien. Ella y Eulogio no necesitan más. Sabe que gracias a mí conserva a su hijo. ¿Qué más puede querer una buena madre? Me debe agradecimiento.

—Pues si quieres seguir acostándote con ella, oblígala a ir a misa, que me han dicho que don Bernardo está más que mosqueado porque no va siempre y, cuando va, ni comulga ni nada, es que ni se confiesa.

—¿No querrás que le confiese al párroco que se acuesta conmigo? Es una mujer prudente —la defendió de nuevo don Antonio.

—Pero llama la atención. Don Bernardo está con la mosca detrás de la oreja.

—¿Y tú cómo te enteras de todo, Prudencio? —preguntó su hermano escamado.

—Porque tengo buen oído, hermano —respondió Prudencio con una carcajada.

—¡Menudo pájaro estás hecho!

—Bueno, y qué hay de lo de Antoñito y Catalina. ¿Se han hecho novios?

—Mi hijo le tira los tejos, pero la chica se resiste. Ya sabes que en el barrio los Vilamar siempre se las han dado de ser gente superior. Pero don Ernesto no tiene un duro, está arruinado y yo les estoy prestando dinero, de manera que la chica terminará tragando.

—¿Cuánto le has prestado a don Ernesto? —preguntó Prudencio curioso.

—Unos cuantos miles de pesetas, y me sigue pidiendo.

—Y tú dándole, ¡vaya tonto!

—Vamos a ser consuegros.

—Ya veremos, Antonio; esa niña está malcriada y lo mismo no obedece a su padre.

—¡Qué no le va a obedecer! Lo hará, Prudencio, o don Ernesto la molerá a palos. Además, ¿desde cuándo las hijas desobedecen a los padres? Catalina es muy joven y tiene muchos pájaros en la cabeza, pero hará lo que le mande su padre y se casará con mi Antoñito. Ya verás, Prudencio, ya verás.

—Si tú lo dices, hermano —respondió Prudencio sin demasiado convencimiento.

—¡Ea!, hablemos de otras cosas. Esta noche he quedado con algunos camaradas para tomar unas botellas de vino e ir a una casa de putas en la Corredera. ¿Te hace?

—No puedo, Antonio, tengo que volver al cuartel; el chófer del coronel está enfermo y necesita a alguien de confianza que le lleve a una reunión importante. Me lo ha pedido a mí, Antonio, y yo no puedo decirle a mi coronel que no.

—Claro, ¿cómo ibas a hacerlo? Con lo bien que nos viene que confíe tanto en ti. Nada, nada, otro día te vienes con nosotros.

—Hay que ver qué de putas hay en Madrid —murmuró Prudencio.

—Es que la necesidad aprieta, hermano, así que hay más oferta que demanda. Muchas de las que hacen la calle hasta hace poco eran mujeres decentes. Pero a nosotros eso no nos importa, bien nos viene distraernos un poco.

—¿Y «la Mari» no se mosquea?

—¿Mi mujer? Pero bueno, ¿cómo va a saber ella que voy de putas? ¡Qué cosas dices, Prudencio!

—¿Y Piedad?

—No tengo que darle explicaciones. Cuando quiero algo de ella, la llamo a la tienda y nos vamos a la trastienda y ya está. ¿Qué te has creído?

Prudencio no creía nada. Admiraba a su hermano Antonio, siempre le había admirado. Mientras que él era enclenque, Antonio era un hombre de pelo en pecho, sanote y vividor. No era extraño que «la Mari» no le rechistara y estaba seguro de que Piedad tampoco lo pasaba mal en sus visitas a la trastienda.

Había pasado un mes largo desde que Antoñito viera por última vez a Catalina. Fue la noche de su cumpleaños en la Pradera de San Isidro. Desde entonces se habían cruzado por el barrio, pero apenas habían intercambiado un saludo. Él recordaba muy bien aquella noche y sonreía para sus adentros, aunque en aquel momento le fastidiaba estar allí ante la puerta de los Vilamar.

Se estiró la chaqueta y se atusó el bigote. Apretó el timbre y aguardó impaciente a que abrieran la puerta. No, él no estaría allí si no se lo hubiera ordenado su padre. Por la mañana le había dicho que llevara una docena de huevos y un pollo a casa de los Vilamar.

Doña Asunción le abrió la puerta y le miró sorprendida. No esperaba visitas, y menos la de Antoñito.

—Buenas tardes, doña Asunción, traigo esto de parte de mi padre —dijo entregándole una cesta tapada con papel de estraza.

—¡Ah! Pues… bueno, no hemos encargado nada, debe de ser un error…

—No, no, señora. No es un error, es una docena de huevos y un pollo con los que mi padre quiere obsequiarlos. Han llegado frescos hoy y como don Ernesto está delicado de salud, mi padre ha pensado que le vendrá bien tomar pollo y huevos.

Doña Asunción no se decidía a coger la cesta que Antoñito quería entregarle.

—Muy amable por parte de tu padre, pero no sé… es un regalo inesperado y…, la verdad, no sé si debemos aceptarlo… —replicó azorada.

—Pues yo no le puedo decir a mi padre que no ha querido coger la cesta, se enfadará. —Antoñito no estaba dispuesto a que su padre le abroncara tildándole de inútil.

Catalina asomó la cabeza por la puerta del pasillo que daba al recibidor.

—¿Quién es, mamá? —preguntó curiosa.

—Antoñito, hija, nos trae… nos trae un regalo de parte de su padre.

La puerta se abrió del todo y Catalina se plantó en el recibidor delante de Antoñito, mirándole con asco.

—Vaya sorpresa. ¿No sabes que no está bien presentarse en casa de nadie sin avisar previamente? —le recriminó.

—No ha sido cosa mía, mi padre me ha enviado. Si despreciáis su regalo, se lo diré y asunto concluido —espetó desafiante.

—No, no, no se trata de despreciar lo que nos envía tu padre, le agradecemos su generosidad, sólo que… en fin, no estamos acostumbrados a estas cosas —acertó a decir doña Asunción, mirando a su hija con severidad.

—Es que no tenemos una amistad para aceptar regalos. —Catalina se dirigió a Antoñito sin ocultar su fastidio.

—Pues, que yo sepa, en esta casa vivís gracias a los préstamos de mi padre, así que no entiendo tantos remilgos —replicó él malencarado.

—Pero ¡qué dices! Mira, no vamos a tolerar una impertinencia así. Llévate esa cesta y no vuelvas sin avisar. —Catalina abrió la puerta indicando con un gesto a Antoñito que se fuera.

Él dudó. Por un momento pensó en marcharse con la cesta y explicarle a su padre que las Vilamar, una vez más, le habían vuelto a tratar como si fuera un inferior. Pero sabía que, además de enfadarse con ellas, lo haría también con él y seguro que le echaría la culpa del incidente acusándole de no haber hecho las cosas bien.

Dejó la cesta en el suelo, se dio media vuelta y salió de la casa sin mirar ni a la madre ni a la hija. «Allá ellas», pensó. Si se atrevían, que fueran a la tienda a devolver la cesta a su padre, que fuera él quien se las viera con esas dos arpías que se creían alguien y no eran más que dos muertas de hambre. Ya tenía ganas de que su padre concertara su boda con Catalina, le iba a bajar los humos, no tendría más remedio que agachar la cabeza y aceptar que en su familia eran unos muertos de hambre y que si no fuera por ellos los Vilamar estarían mendigando.

—No le soporto —afirmó Catalina a su madre apenas cerró la puerta.

—No es mal chico, acaso un poco torpe. Preguntaremos a tu padre qué hacemos con la cesta; si él dice que nos la tenemos que quedar, pues eso haremos.

—Pero, mamá, ¡no podemos hacer eso! Es una humillación. Prefiero morirme de hambre a que esos paletos nos den limosna.

—Tu padre…, bueno, creo que tiene negocios con don Antonio, de manera que no podemos desairarle así como así.

Don Ernesto contrajo la mandíbula y frunció el ceño mientras su esposa y su hija le relataban la escena que acababan de vivir. ¡Cómo se atrevía el tendero a mandarle una cesta con huevos y un pollo! ¡Por quién le tomaba! A punto estuvo de enviar a Catalina a la tienda de don Antonio a devolver la cesta, pero se contuvo. Le debía mucho dinero y lo último que podía permitirse era enfadarle. De manera que don Ernesto aspiró profundamente y ordenó sus pensamientos. El tendero estraperlista era un bruto, un falangista descamisado que iba enseñando los pelos del pecho, pero también se dijo que era un patriota y gracias a hombres como él la patria no se había perdido en manos de los rojos. Don Antonio carecía de educación y, por tanto, no sabía nada de urbanidad. Había que disculpar su falta de tacto enviándoles una cesta con comida, en realidad era un gesto amistoso y una manera de que Antoñito se acercara a Catalina. No era la mejor forma, pero no habían tenido intención de ofenderlos, todo lo contrario. Además, aunque Asunción lo desconocía, desde que había acabado la guerra y don Antonio había entrado en Madrid con las tropas de Franco, volviendo a hacerse cargo de la tienda de ultramarinos, ellos, los Vilamar, comían gracias al crédito que les daban en la tienda. No sólo eso; además, don Ernesto estaba intentando salir adelante gracias a un préstamo que le había hecho don Antonio en espera de que pudiera reflotar el negocio de venta de tabaco de su suegro.

Asunción creía que su esposo pagaba mensualmente las facturas de cuanto compraban en la tienda de ultramarinos, pero la realidad era que la deuda aumentaba y tenía visos de seguir aumentando. Sólo se saldaría el día en que Catalina saliera de la iglesia del brazo de Antoñito convertida ya en su esposa.

—Naturalmente que hemos de aceptar el regalo. Al fin y al cabo, somos buenos clientes y es lógico que don Antonio quiera tener un detalle con nosotros —sentenció don Ernesto.

—Pero, ¡papá…! —protestó Catalina.

—Si tú lo dices, Ernesto… Mira, prepararé una tortilla para esta noche y mañana asaremos el pollo —aceptó doña Asunción, que nunca se le habría ocurrido contrariar a su marido.

Al día siguiente por la tarde Catalina envolvió los dos paños de ganchillo que su madre había hecho y decidió llevarlos a casa de los Garzo. Habían pasado casi dos meses y Fernando no había ido a recogerlos. Seguía enfadado con ella. No tenía por qué, se dijo Catalina. No eran novios ni nunca lo habían sido, tampoco ella había sugerido nunca que pudieran serlo. Le apreciaba sinceramente porque se conocían desde niños y Fernando era muy inteligente y la solía ayudar con las tareas de la escuela. También la defendía cuando algún niño la molestaba. Todos los chicos del barrio sabían que tirar de las coletas a Catalina suponía llevarse un puñetazo de su amigo.

Entró en el portal de la casa de Fernando y sonrió a la portera que estaba barriendo.

—Voy a casa de los Garzo —le dijo.

—No sé si estará Fernando, pero sí está su madre.

Subió las escaleras corriendo hasta el primer piso y apretó con fuerza el timbre. Isabel abrió la puerta y la invitó a pasar.

—Vaya, Catalina, hacía días que no te veía. Fernando está a punto de llegar. Pasa, siéntate. ¿Quieres un vaso de agua?

—Muchas gracias, doña Isabel, sólo he venido a traerles estos paños que ha hecho mi madre y también un par de huevos.

—¡Ah, sí! Fernando me dijo algo… Muchas gracias, tu madre es muy buena con las labores de ganchillo. Se lo agradezco y también los huevos.

—¿Cómo está don Lorenzo? —preguntó con afecto.

—Te puedes imaginar… Los presos están hacinados en las Comendadoras y apenas les dan de comer. Está tan delgado… Ojalá consigamos el indulto porque no sé si va a aguantar mucho tiempo —se lamentó Isabel.

—¡Claro que se lo darán! Don Lorenzo es muy bueno, todos lo sabemos. No se desanime, ya verá como pronto está en casa. Yo rezo todos los días y le pido a la Virgen por él.

—Pues esperemos que la Virgen te haga caso, porque hace tiempo que a mí nadie me escucha allá arriba…

Fernando entró en la cocina y encontró a su madre y a Catalina hablando. Le gustaba verlas juntas, eran las mujeres a las que más quería en el mundo, en realidad eran las dos únicas a las que quería. ¿A qué otras podría querer?

—No sabía que ibas a venir —le dijo a Catalina mientras se acercaba a dar un beso a su madre.

—He traído los paños de ganchillo, como no has venido a por ellos…

—Es que yo trabajo, Catalina, no tengo tiempo libre como tú.

Isabel miró a su hijo extrañada por la severidad con que le hablaba. Pensó que quizá se habían enfadado y eso la inquietó porque ni siquiera de niños se habían peleado.

—Ya sé que trabajas, Fernando, y… bueno, no quiero molestar, me voy ya. Subiré a casa de Eulogio, también tengo un par de huevos para él y para su madre, y además quiero hablar con Marvin.

La sinceridad de Catalina le provocó un dolor agudo en el estómago a Fernando. ¿Es que no se daba cuenta de que le ofendía? Isabel comprendió de pronto lo que le pasaba a su hijo.

—Marvin es muy agradable, ha encajado bien aquí. Y va a dejar buenos amigos —comentó Isabel para restar importancia a las palabras de la joven.

—Yo creo que no se va a ir, le gusta mucho España —aseguró Catalina.

—Pues te equivocas. Marvin piensa marcharse muy pronto, quizá en unos días, aquí no le queda nada por hacer —intervino Fernando sin disimular su contrariedad.

Catalina le miró desconcertada. ¿Por qué le hablaba Fernando con tanta acritud?

—A los buenos poetas les suele costar inspirarse, pero Marvin no creo que tenga ese problema. Y yo sé que le gusta España y no tiene intención de irse, puede que antes sí, pero ahora… no, ahora no se va a ir —afirmó segura.

—Eso es lo que a ti te gustaría, pero el americano se larga, Catalina, ya verás.

—Lo que tenga que hacer lo hará, ¿no os parece? Catalina, dale las gracias a tu madre, siempre tan generosa y atenta —medió Isabel para que no se pelearan.

—Mi madre me ha dicho que cuando usted pueda, le gustaría invitarla a tomar una taza de café. Quizá pueda visitarnos una de estas tardes.

—Claro que sí. Dile a tu madre que, si le viene bien, el jueves me pasaré un rato.

—Seguro que le viene bien, además el jueves no tendrá que estar tan pendiente de papá porque se va a Huesca a ver a su hermano mayor y se quedará un par de días. El jueves es perfecto. Tú también puedes venir, Fernando, prepararé un bizcocho, ¿qué te parece?

—Yo trabajo, Catalina, no tengo tiempo de ir a comer bizcochos —respondió malhumorado.

—Bueno, pero de todas maneras haré el bizcocho y le daré un buen trozo a tu madre para que te lo traiga —insistió Catalina, decidida a no tener en cuenta el malhumor de Fernando.

Cuando Catalina se fue, su madre le reprendió. Comprendía la frustración de su hijo ante la indiferencia de Catalina, pero no quería permitirle que se instalara en la amargura.

—No has sido muy amable con ella. Mira, Fernando, así no vas a conseguir nada. Yo sé que estás enamorado de ella, pero es lógico que le guste el americano, ya se le pasará, y si no se le pasa, qué le vamos a hacer. Nadie puede mandar en los sentimientos de los otros. Qué más me gustaría a mí que Catalina fuera tu novia, pero si no te quiere para eso entonces no te empeñes, encontrarás una mujer que sepa apreciarte en todo lo que vales. Algún día hasta te reirás recordando este amor de niño.

—Déjalo, madre, déjalo. Catalina me da lo mismo, sólo que me fastidia que siga al americano y no se dé cuenta de que a él nada le importa ella. Se está poniendo en ridículo.

—A mí no me puedes engañar, Fernando. Estás enamorado de ella desde que eras un niño. Y eres tú el que te estás poniendo en evidencia tratándola así. Si quieres que te haga caso, muéstrate indiferente.

—Yo no estoy para trucos, madre; si no me quiere, no me quiere. Además, no me importa.

Pero le importaba, tanto que le dolía el pecho de la angustia que sentía en ese momento al pensar que Catalina hubiera llamado a la puerta de Eulogio para ver a Marvin. «Es una insensata, no tiene medida», pensaba Fernando, luchando por no presentarse él también en casa de su amigo e interrumpir la charla en caso de que el americano estuviera allí.

Fue Piedad, la madre de Eulogio, quien abrió la puerta a Catalina. Miró a la joven desconcertada antes de invitarla a pasar.

—Pasa…, pasa… ¿Qué se te ofrece? Mi hijo se acaba de ir al almacén, ya sabes que ahora entra a trabajar a las siete…

—Perdone que la moleste, doña Piedad, pero quería ver a Marvin —dijo muy resuelta.

—¿A Marvin? Claro, claro, le avisaré para que salga. Pasa a la salita, es pequeña pero al menos hay sillas para sentarse.

Catalina no se sentó. Se quedó de pie intentando dominar la agitación que sentía.

Marvin entró en la salita seguido por Piedad. Estaba desconcertado por la visita de Catalina.

—Pero ¿qué haces aquí? —le preguntó sin saludarla.

—He venido a verte, no nos vemos desde el día que fuimos a la Pradera a celebrar el cumpleaños de Antoñito. No quiero distraerte, sé que estás trabajando mucho. —Y le miró sonriendo.

La mirada de Catalina a Marvin fue suficiente para que Piedad se diera cuenta de que la chiquilla estaba enamorada del americano, aunque éste pareciera no darse cuenta o acaso no quisiera manifestarlo delante de ella.

—Yo tengo que hacer algunas cosas, si queréis algo… Catalina, ¿te apetece un vaso de agua?

—No, señora, no quiero nada. Muchas gracias.

—Bueno, pues os dejo hablar… —Y Piedad salió de la minúscula sala y se fue a su aún más minúsculo cuarto, sentándose en la cama a esperar que Catalina se marchara.

—¿Sabes, Marvin?, van diciendo que piensas irte. Yo sé que no es verdad, pero me molesta mucho que lo digan.

—Bueno, no es que me vaya a ir mañana, pero sí estoy pensando en regresar a Francia, todavía no sé cuándo, ya sabes que los alemanes están allí. Europa está en guerra. En cualquier caso, no puedo quedarme para siempre aquí, en Madrid, algún día tendré que irme —respondió él sin comprender a qué se debía la presencia de Catalina ni por qué le importaba lo que pudiera llegar a hacer él.

—Yo quiero ir a París, allí la vida tiene que ser muy diferente de aquí…

—Pues, si quieres ir a París, yo te serviré de guía, aunque ahora no es el mejor momento para ir —dijo él por decir algo.

—¿De verdad me enseñarás París?

—Claro…, será un placer tenerte allí. ¿Te gusta el teatro? Podemos ir al teatro, y te llevaré a los cafés… No hay cafés más hermosos que los de París.

—¿Y a la Torre Eiffel? Me gustaría tanto subir a lo alto de la torre —exclamó entusiasmada Catalina.

—No sé si es posible subir a lo más alto, pero te llevaré a verla.

—¿Tienes casa en París? —preguntó ella.

—Tengo un apartamento no muy lejos de Notre-Dame.

—¿Y es bonito?

—A mí me lo parece. Te gustará, es muy cómodo —afirmó Marvin sin darse cuenta del efecto de sus palabras en Catalina.

—¡Será estupendo! ¡Qué ganas tengo de ir! Mis padres no querrán que me vaya, pero tendrán que hacerse a la idea. ¿Seguro que no te importa que vaya contigo a París? ¿Lo has pensado bien? —preguntó mirándole muy seria.

Marvin no terminaba de comprender el significado último de la conversación. Para él Catalina sólo era una chica del barrio, atolondrada, pero buena persona aunque en exceso coqueta, y eso a él tanto le daba. No es que tuviera algún interés en que Catalina fuera de visita a París, pero era demasiado educado para negarse a recibirla.

—¿Qué he de pensar? Si algún día vienes, serás bien recibida. Te gustará París, ya lo verás.

Catalina se levantó de la silla de un brinco y echó los brazos alrededor del cuello de Marvin, dándole un sonoro beso en la mejilla. Él no supo reaccionar y se quedó quieto unos segundos. Le salvó Piedad. La mujer no había podido dejar de escuchar la conversación porque las paredes de la buhardilla eran tan delgadas que resultaba imposible ignorar lo que sucedía en la salita.

—¿De verdad no quieres agua? —preguntó Piedad irrumpiendo en la estancia.

Catalina bajó los brazos y se separó unos centímetros de Marvin antes de contestar.

—Que no, doña Piedad, muchas gracias… Ya ve que estamos hablando, aunque quizá sería mejor que nos fuéramos a dar un paseo para terminar de hablar, ¿no te parece, Marvin?

—Es muy tarde… y estaba escribiendo… pero… bueno, te acompañaré al portal —aceptó él sin ningún entusiasmo.

Catalina no dejó de preguntarle sobre París, los lugares a los que la llevaría, el nombre de sus cafés favoritos, cuántos amigos tenía… Marvin respondía de mala gana, pero ella no lo advertía. Era feliz. De las palabras del americano había deducido que él no sólo estaba enamorado de ella sino que ansiaba llevarla consigo.

Más tarde, ya en la soledad de su habitación, Catalina cayó en la cuenta de que no habían hablado de la boda, pero desechó esa preocupación. Se casarían, claro que se casarían. ¿De qué otra manera podía ir ella a París si no era casada con él? Su padre se opondría, estaba segura, pero con la ayuda de su madre terminarían convenciéndole. Desde luego ella no iba a ceder, se casaría con Marvin y se irían a vivir a Francia. Sintió un deje anticipado de nostalgia pensando en su madre, pero inmediatamente lo dejó a un lado. Su madre la iría a ver con frecuencia y ella también volvería a Madrid. Incluso sería divertido ese ir y venir. Además, Marvin era rico, lo sabía, sus padres tenían una acería en Estados Unidos, de manera que, en cuanto se casaran, ella dispondría de dinero para poder gastar en las tiendas de moda parisinas cuando su madre la visitara. Lo pasarían tan bien juntas que ya disfrutaba con antelación de la vida que la aguardaba en la capital gala.

No pudo evitar sentir una sensación agridulce al evocar la noche de la Pradera. El recuerdo era doloroso y confuso, aunque había escuchado cuchichear a las mujeres de cierta edad que el contacto carnal, sobre todo la primera vez, no resultaba ni mucho menos satisfactorio.

Ella había estado dolorida durante unos cuantos días, pero le aliviaba saber que había estado en brazos de Marvin y que eran sus manos las que le acariciaban el rostro y tiraban de su falda para cubrirle las piernas. Había sido tan atento y delicado con ella…

Esa tarde ninguno de los dos se había referido a lo sucedido. Él era demasiado caballero para hablar de ello y ella se lo agradecía. No había estado bien por su parte permitir que las cosas llegaran tan lejos. Le aliviaba comprobar que Marvin no sólo no tenía una mala opinión de ella, sino que estaba enamorado y por tanto, decidido a emprender una vida en común.

Le hubiera gustado decirle a su madre que iba a casarse, pero esa noche durante la cena su padre parecía preocupado y su madre inquieta, y Catalina había aprendido que cuando se tiene que anunciar algo importante era mejor esperar el momento oportuno.

Piedad estaba preparando una tortilla de patata cuando Marvin regresó y entró en la cocina.

El americano se sentó a la mesa dispuesto a dar buena cuenta de la cena. En aquella casa había escasez, como en todo Madrid y en toda España, pero Eulogio solía arreglárselas para coger algo del almacén y a Piedad parecían fiarle en la tienda de don Antonio, de manera que siempre había algo que llevarse a la boca.

Todo el barrio murmuraba sobre la relación entre don Antonio y Piedad, pero Eulogio parecía ignorar aquellos comentarios.

Algunas mañanas, cuando Eulogio regresaba del almacén y se echaba un rato a dormir, Piedad se arreglaba y salía sin hacer ruido. Cuando regresaba, siempre le faltaba alguna de las horquillas con las que se recogía el cabello y la ropa parecía manoseada; además, en su rostro podía verse un ligero rubor mezclado con hastío.

Solían cenar solos, ya que Eulogio pasaba buena parte de la tarde y de la noche cuidando del almacén de don Antonio. Después de la cena, Marvin acostumbraba a encerrarse en su cuarto para intentar escribir, o bien salía a reunirse con algunos de los amigos que había hecho en Madrid. Pero esa noche se sentía turbado a cuenta de Catalina. La joven le desconcertaba, en realidad le abrumaba con su personalidad; sabía ver en ella una determinación y una fuerza que la hacían imparable.

Eulogio solía burlarse de él diciéndole que había enamorado a la chica más guapa del barrio, pero Marvin pensaba que Catalina no estaba enamorada más que de la vida y que aquella España era demasiado pacata y estrecha para alguien como ella. En cuanto a él, sentía una sincera admiración por ella, precisamente porque Catalina tenía de lo que él carecía, que eran unas ganas irrefrenables de disfrutar de la vida.

Piedad y Marvin cenaron en silencio, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos. Al acabar, Marvin se ofreció, como siempre hacía, a fregar los platos, pero Piedad no concebía estar sin hacer nada, de manera que él se fue a su cuarto para enfrentarse al abismo del folio en blanco que aguardaba a que supiera llenarlo de palabras.

Lo intentó durante un buen rato, pero, una noche más, tuvo que aceptar que la inspiración le esquivaba y, desazonado, decidió salir a la calle.

Se encontró en el portal con Fernando.

—¿Adónde vas? —le preguntó por decir algo.

—A tirar la basura al cubo de la esquina, ¿y tú?

—Necesito tomar el aire, hace mucho calor.

—Si quieres te acompaño —se ofreció Fernando—, aunque —añadió— no mucho rato porque mañana madrugo.

«Qué vieja estoy», pensaba Piedad. Observaba su rostro en el espejo y sólo encontraba arrugas y un rictus alrededor de los labios. Algunas canas pugnaban por dejarse ver en su cabello oscuro. «Mi marido me encontraba guapa, y sí, hace años lo fui, para qué negarlo, pero ahora…», y se preguntaba por qué Antonio el estraperlista le tenía tanta afición. Ella aún no comprendía por qué aquel hombre se había empeñado en convertirla en su amante.

Aún recordaba el día en que las tropas de Franco se hicieron con Madrid y cómo al poco regresaron al barrio aquellos que se habían unido al bando nacional. Antonio volvió con su uniforme de falangista pavoneándose de sus hazañas bélicas.

Durante su ausencia, Mari, su esposa, se había hecho cargo de la tienda y aunque había simulado que su marido la había abandonado y que ella nada tenía que ver con las cosas de la política, lo cierto es que le recibió con los brazos abiertos, satisfecha de volver a cederle el cetro del establecimiento.

No es que los vecinos se hubieran terminado de creer que ella era ajena a los nacionales, incluso alguien la había denunciado, pero no se pudo probar que fuera más que una mujer sola que intentaba sacar adelante a sus hijas, ya que el mayor, Antoñito, también se había ido con su padre a combatir con las tropas franquistas.

Piedad recordaba la tarde en que ella se acercó a la tienda para pedirle a Antonio que una vez más le fiara unas patatas y acaso un par de huevos, y él la miró de arriba abajo haciéndole una seña para que le siguiera a la trastienda. Ella le siguió intrigada, pensando que acaso no quería fiarle delante de otras clientas.

El mozo que ayudaba en el negocio se quedó atendiendo a otras dos mujeres que estaban comprando.

—A tu marido le mataron en el Frente, ¿no es así? —le preguntó Antonio.

—Sí —respondió Piedad con voz firme.

—Era un rojo que pretendía la perdición de España.

—Mi marido era un hombre honrado, un hombre cabal, que hizo lo que tenía que hacer —se atrevió a decirle.

—Y tu hijo también ha luchado contra nosotros, bien merecido le está haber quedado tullido de una pierna.

Ella se acercó y le dio una bofetada con la palma de la mano abierta. Antonio encajó el golpe con una risotada grotesca.

—Vaya, aún te crees alguien… Pues te voy a decir lo que vamos a hacer. Ya te puedes ir quitando la ropa, ya sabes para qué. Si a partir de ahora no haces lo que yo quiera, te denunciaré. Sí, iré a decirles a mis camaradas que detengan a tu hijo por comunista. Además, es un parásito, un lisiado sin oficio. Un imitador de ese pintor rojo del Guernica, Picasso se llama, ¿no? Los rojos como vosotros no tenéis lugar en nuestra España. Tu Eulogio irá a la cárcel. Primero unos cuantos meses y después el garrote o un tiro en la madrugada. Eso es lo que le espera. Si quieres que no le denuncie, ya sabes, quítate la ropa…

Piedad le miró con todo el odio que supo encontrar dentro de ella. Luego volvió a acercarse a él; apenas los separaba un centímetro, podía oler su sudor acre y su aliento gelatinoso.

—Sí, me quitaré la ropa. Pero no sólo no denunciarás a mi hijo, sino que le darás trabajo hoy mismo. Eulogio sirve para cualquier cosa.

Antonio no se esperaba su reacción. La miró de arriba abajo dudando qué hacer.

—Tú no puedes ponerme condiciones. No tienes más remedio que pasar por el aro si quieres tener a tu hijo en casa, a mí me da lo mismo.

—Le pagarás un sueldo decente que nos permita vivir —insistió ella como si no hubiera escuchado las palabras que él acababa de decir.

—¡Estás loca! Pero ¿qué te has creído? —contestó levantando la voz.

—Llevas años deseando verme sin ropa. ¿Crees que no veía tu mirada asquerosa cada vez que venía a comprar a tu tienda? Si tengo que ser puta, será cobrando y no por miedo. Los franquistas como tú nos habéis quitado todo; si quieres algo más, págalo, Antonio. Ahora.

—Quítate la ropa —le repitió, y se acercó a ella dispuesto a arrancarle la blusa a la fuerza.

Pero Piedad se apartó y, dirigiéndose a la puerta, le sonrió.

—¿Sabes?, se me ocurre que mi Eulogio puede llevarte las cuentas y encargarse de ese almacén que has comprado.

—¡Es un lisiado! —gritó Antonio con desprecio.

—Es un hombre valiente, mucho más que otros que conservan las dos piernas útiles. Te servirá de ayuda.

—No necesito que nadie meta las narices en mis negocios.

—Tú verás, Antonio…

—Mándamelo y ya veré qué le doy, y ahora vete quitando la ropa.

—Hoy no, Antonio; cuando le firmes un papel en que quede claro que le contratas y también cuánto le vas a pagar. Cuanto antes lo hagas, antes me quitaré la ropa. ¿Quieres que le diga a mi hijo que venga ahora?

—¡Maldita mujer!

—Le diré que venga a verte, ¡ah!, y otra cosa: si le dices a mi hijo o a alguien que hemos cerrado este trato, te mato, te juro que lo haré. Y no pierdas el tiempo amenazándome. ¿Vas a mandarme a la cárcel? ¡Y qué! Este país ya es una inmensa cárcel, sólo estaré un poco más estrecha. Y si me fusilan, que lo hagan, ¿crees que tengo ilusión por vivir? Asco me da de tener que hacerlo sabiendo quiénes sois los que mandáis. No tengo nada que perder, Antonio.

Piedad volvió a la tienda y, ante la mirada atónita del mozo, metió la mano en el saco donde estaban las patatas y cogió unas cuantas que guardó en la bolsa que llevaba colgada en el brazo. Luego se acercó a una caja y se hizo con un par de pimientos y varios tomates. Salió sin mirar a nadie.

La segunda batalla la libró con su hijo, Eulogio, que se negaba a ir a la tienda del estraperlista a que le diera trabajo.

—Pero ¡cómo voy a trabajar para un falangista! ¡Parece mentira, madre!

—Mira a tu alrededor y acepta la realidad. Han ganado la guerra y los que pueden dar trabajo son ellos, de manera que no podemos más que aceptarlo. No quiero que vayas por la calle pidiendo dinero como tantos otros mutilados de guerra. No tenemos nada más que vender, Eulogio, así que necesitamos un trabajo. Antonio está dispuesto a dártelo y él no es peor que otros.

—Nos podemos ir a Francia. Allí encontraré algo, no me importa trabajar de lo que sea. Empezaremos de nuevo —le propuso Eulogio a su madre.

—¿Cómo vas a ir a Francia? Están los alemanes. Pero si es lo que quieres, vete, yo me quedo. Comprendo que quieras intentarlo. Yo me conformo con saberte vivo; no quiero nada más y no tengo fuerzas para irme al exilio. Lo siento, hijo.

Le mantuvo la mirada, esforzándose por no llorar. Podía leer en los ojos del hijo incomprensión e incluso vergüenza. Eulogio no podía comprender que su madre se rindiera con tanta facilidad a los vencedores; él pensaba que mejor era huir al exilio o incluso morir de hambre, cualquier cosa menos trabajar para los fascistas.

Estuvieron unos cuantos días sin apenas hablarse. Se evitaban el uno al otro ensimismados en su propio dolor.

Piedad no volvió a la tienda de Antonio y eludía pasar cerca, no fuera que la viera. Hasta que un día la policía se presentó en su casa reclamando a Eulogio. Se lo llevaron. Alguien le había denunciado. Ella no se lo pensó dos veces y se presentó en la tienda. Le dijeron que Antonio estaba en el almacén. Corrió hasta llegar allí. No se arredró y pidió a un chico que cargaba unos sacos que buscara al estraperlista. Cuando Antonio se presentó ante ella lo hizo sin disimular que no le sorprendía verla. En realidad, la estaba esperando.

—Se han llevado a Eulogio a la comisaría. Algún malnacido le ha acusado de ser comunista.

Antonio se encogió de hombros con indiferencia y la miró de arriba abajo. La lujuria le afloraba por los poros sudorosos de la piel.

—Vas a sacarle de allí —afirmó ella con una convicción que no sentía.

—¿Yo? ¿Y a mí qué me importáis tú y tu hijo? Que se pudra por traidor.

Piedad se acercó a la puerta y la cerró. Después se desabrochó la blusa y a continuación se quitó la falda. Antonio la miró satisfecho. Era lo que esperaba.

Cuando terminó de abusar de ella, rompió a reír. Ella, Piedad, aguantó su risa mientras intentaba contener el vómito que pugnaba por escaparse de su garganta.

—Iremos a la comisaría —dijo ella sin mirarle.

—No hace falta. Sólo tengo que llamar por teléfono y le soltarán.

Lo hizo. Piedad le escuchó hablar con alguien y la conversación le abrió los ojos. Antonio le había pedido a un amigo, que a su vez tenía un amigo en la policía, que detuvieran a Eulogio, pero sin que le abrieran ningún expediente hasta que él no llamara. Pidió que le soltaran, que el chico y la familia ya se habían llevado suficiente susto y que así aprenderían quién mandaba.

—No, no te preocupes, te aseguro que es inofensivo. Hijo de rojo, sí, y también combatió en el lado equivocado, pero es un lisiado sin importancia, le tengo controlado, sólo quería darle un buen susto por si se le ocurre pensar en lo que no debe. Tú suéltale, que ya me encargo yo de él.

Piedad pensaba que si hubiera tenido un cuchillo a mano, se lo habría hundido en la tripa. La detención de su hijo había sido una mala jugada, la manera vil del estraperlista de poseerla y convertirla en su esclava. Había aprendido la lección, ya sabía cómo se las gastaba Antonio y sólo tenía dos opciones: o huir con su hijo a Francia, o aguantar el peso del cuerpo de Antonio.

—Pásate por la tienda el viernes por la mañana. «La Mari» no estará. Y ya sabes lo que puede pasar si no vienes, la próxima vez no haré nada por salvar a tu hijo. Ah, y tengo un amigo que tiene interés en comprar un piso a buen precio en el barrio. Le he hablado del tuyo.

—El mío no está en venta —respondió ella alarmada.

—Sí que lo está. Te daré algo de dinero y tu hijo y tú podéis vivir en una de las buhardillas, creo que hay un par de ellas vacías.

—No quiero irme de mi casa —insistió Piedad.

—No tienes derecho a tener casa. ¿Por qué hemos de ser generosos con los rojos? Si yo fuera Franco, estaríais todos fusilados. Pero ya ves, el Caudillo tiene buen corazón.

—Un corazón tan negro como el tuyo —respondió ella con rabia.

—No te hagas mala sangre, Piedad; mira, hasta que me canse de ti, disfruta de lo que puedas. Esta tarde pásate con tu hijo con la escritura de la casa. Cerraremos la venta. Mi amigo os dará unos cuantos días para que os trasladéis. Y ahora vete, que tengo trabajo.

Podía recordar cada detalle de la primera vez en la que había permitido que Antonio se hiciera con su cuerpo. Aún se reprochaba haberlo hecho, pero por su hijo estaba dispuesta a eso y a más. Se avergonzaba cuando pensaba en su esposo muerto. ¿La perdonaría? Pero ¿acaso un hombre perdona que su mujer se entregue a otro?

Seguramente su marido le hubiera dicho que era mejor el exilio como proponía Eulogio. Pero ella no se sentía con fuerzas para marcharse e ir a un país en que sabía que no serían bien recibidos. Muchos de los españoles que habían huido estaban confinados en campos en el sur de Francia y eso no lo quería para su hijo.

Irse de España, pensaba, podía ser aún peor que quedarse por más que cada día que pasaba le costara más adaptarse a la arrogancia de los vencedores.

Lo peor había sido decirle a su hijo que tenían que vender la casa. A Eulogio le habían dejado salir a primera hora de la tarde y cuando llegó a casa se abrazaron, y así estuvieron durante un buen rato.

Ella no le dijo que Antonio le exigía que vendieran el piso, sino que lo había decidido para obtener algo de dinero.

—Madre, ¡no podemos hacer eso! No quiero ni pensar en tener que verte en una buhardilla. Trabajaré para el estraperlista, pero no nos iremos de casa.

—No, hijo, no es suficiente. Debemos ser realistas, ¿para qué queremos una casa tan grande? No podemos mantenerla, Eulogio, y tú lo sabes. Son muchos gastos. Además, seguiremos viviendo aquí, sólo que en la buhardilla. La portera me ha enseñado la misma donde antes vivía Fidel, el músico, ¿te acuerdas?

—Claro que me acuerdo. Pobrecillo, qué mala suerte que murieran su mujer y sus dos hijas por esa bomba que cayó cerca de la Gran Vía. Y luego él se puso tan enfermo…

—Es la buhardilla más grande, tiene tres habitaciones, muy pequeñas, eso sí, pero también tiene cocina y una salita aneja, y el retrete dentro. Nos arreglaremos.

—¿Y los libros de papá? ¿No te das cuenta de que no caben en la buhardilla?

—¡Por favor, Eulogio! Mira, meteremos los que podamos y el resto los guardaremos en cajas, ya está.

—Pero, madre…

—¡Ah!, y trabajarás para el estraperlista. Al menos te dará un sueldo. Tienes que dejar de soñar, hijo. No te permitirán seguir con tus estudios… lo de dedicarte a pintar… sé que tienes mucho talento, pero tus cuadros no encajan en este país. No los entienden, Eulogio, qué le vamos a hacer. Anda, hijo, aceptemos las cosas como son, tenemos que sobrevivir, al menos eso.

Su hijo terminó aceptando. Se había llevado un buen susto cuando le llevaron a la comisaría. Durante las horas que estuvo allí nadie le dijo nada, salvo que sabían que era un rojo y que se iba a enterar. Cuando le soltaron, lo hicieron sin ninguna explicación, tampoco él la pidió, sólo ansiaba regresar a su casa. Pero el susto había sido suficiente para darse cuenta de que sólo tenía dos opciones: o intentaba pasar a Francia, o si se quedaba, tendría que adaptarse como le pedía su madre. Eulogio se prometió a sí mismo que convencería a su madre, pero mientras tanto haría como los juncos, se plegaría por más que desde el silencio maldijera todos los días mil veces a los fascistas que le habían arrebatado el futuro.

No se lo dijeron el uno al otro, pero a Piedad, lo mismo que a Eulogio, se le encogió el corazón el día en que cerraron por última vez la puerta del que había sido su hogar para subir las escaleras tres pisos más arriba e instalarse en la buhardilla.

El dinero que les dio el estraperlista apenas les llegó para hacerse con la buhardilla. Allí no cabía el escritorio de su marido, ni los muebles donde guardaban los libros. Ni siquiera había sitio para el sofá. Piedad vendió cuanto pudo a pesar de los reproches de Eulogio. El día en que se llevaron el escritorio de su marido, su hijo lloró.

Piedad se decía que no tenía otra opción que aceptar la situación. Antonio había ganado la guerra y ella la había perdido. Era parte del botín de los vencedores, de manera que tenía que reprimir las náuseas y acostumbrarse al aliento con sabor a ajo del estraperlista, al sudor amargo que le impregnaba el cuerpo, a su brusquedad y sobre todo a ser tratada por él como alguien que no tiene derecho a nada salvo a proporcionar placer.

Había aprendido a utilizar su cuerpo mientras su mente se escapaba a otros lugares. Pensaba en cosas absurdas, como el pantalón de Eulogio que tenía que zurcir, o si tenía suficientes patatas para hacer un puré; incluso cuando Antonio jadeaba como un cerdo, ella lograba abstraerse y dejaba que su imaginación se instalara en los lugares que le gustaban: el parque del Retiro, los almendros en flor del valle del Tiétar… Lugares todos donde había acudido con su marido y su hijo y en los que había sido feliz.

Cuando el estraperlista terminaba de abusar de ella, se levantaba y se limpiaba con lo que podía antes de regresar a la buhardilla. Los encuentros se sucedían donde a él le venía en gana. En ocasiones en la trastienda, otras en el almacén, incluso en el coche que Antonio se acababa de comprar y que exhibía ufano por el barrio.

A ella tanto le daba. Lo único que deseaba cuando le tenía encima era que acabara pronto.

Piedad sabía que en el barrio murmuraban y rezaba para que los cotilleos no llegaran a oídos de Eulogio. De saberlo su hijo, nunca le perdonaría que hubiera sucumbido a esa humillación ni siquiera para salvarle a él. Pero ¡qué sabía él de lo que es capaz una madre por sus hijos! Mientras Antonio disfrutara de ella podían estar tranquilos, nadie los molestaría.

A veces sentía una comezón cuando subía las escaleras y pasaba delante de la puerta de la que había sido su casa y en la que ahora vivía un amigo de Antonio afecto al Régimen.

Era una familia que llamaba la atención en el barrio porque parecía que no pasaban necesidades cuando los demás carecían de todo. Claro que a los nuevos amos les gustaba darse pisto y aparentar lo que no tenían; aun así, Piedad no podía dejar de odiarlos profundamente por haberse convertido en dueños de su casa, donde había sido feliz con su marido y había traído a Eulogio a este mundo.

Aquella noche tardó un buen rato en quedarse dormida. No podía dejar de pensar en que había caído a un agujero del que ya nunca saldría.

Catalina se negaba a ir a la fiesta campestre organizada por don Antonio. Se había levantado con el estómago revuelto y desde primera hora no paraba de tener arcadas. Tampoco quería volver a la Pradera de San Isidro.

—Pues enferma o no, tendrás que venir —le advirtió su padre.

—Pero, Ernesto, si la niña no se encuentra bien… Don Antonio lo entenderá, ya verás que no se enfada.

—¡Qué sabrás tú, Asunción! De ninguna manera podemos desairarle. Sabes que hoy es un día importante, don Antonio quiere anunciar a los amigos que Antoñito y Catalina son novios.

—¡Qué van a ser novios! ¡Por Dios, Ernesto, te estás precipitando! Los chicos primero tienen que conocerse y luego decidir. Me parece bien que las dos familias nos tratemos para ver si Antoñito y Catalina se gustan el uno al otro, pero hay que darles tiempo. Parece que no conoces a tu hija: por las buenas lo que quieras, pero no se dejará imponer un novio.

—Por culpa tuya, Asunción, que la has malcriado. Mi madre tuvo seis hijos y a ninguno de nosotros se nos hubiera ocurrido opinar sobre las decisiones de mi padre. Yo me casé contigo por indicación de mi padre, ¿o acaso no lo recuerdas?

Asunción asintió con la cabeza. ¿Cómo no iba a recordarlo? Ella misma había aceptado aquel matrimonio acordado por sus padres, pero aunque no se atrevía a decírselo a su marido, deseaba que Catalina se casara con quien quisiera; naturalmente su hija tendría el buen juicio de elegir a un hombre de bien, de eso no tenía duda.

—Déjala que descanse un rato y luego vemos cómo se encuentra… —se atrevió a sugerir.

—¡De eso nada! La niña que se levante ahora y se prepare para ir al campo, y si tiene ganas de vomitar, que vomite bajo un árbol.

No hubo manera de torcer la voluntad de don Ernesto por más que su esposa le pidió y le rogó; Catalina tuvo que levantarse y vestirse para acompañar a sus padres.

A don Ernesto no le gustaba conducir, de hecho casi nunca lo hacía, pero para llegar a la Pradera de San Isidro no había otra manera que ir en coche o ir andando, y él estaba demasiado delicado de salud como para darse esa caminata.

Asunción había conseguido comprar una caja de bombones para llevar a sus anfitriones.

—Haremos el ridículo, mamá —dijo Catalina.

—¿El ridículo? ¿Y por qué? —preguntó su madre sorprendida.

—Llevar bombones a una comida en la Pradera es ridículo. Ni que fuéramos a tomar el té a una casa bien… Y yo no pienso ir, diga lo que diga papá. Sólo tengo ganas de vomitar.

—Anoche cenaste demasiado —le reprochó su madre.

—¿Te parece demasiado una sopa de fideos y un trozo de pollo que no sabía a pollo?

Asunción no respondió. Catalina tenía razón: el pollo no sabía a pollo. Lo había comprado en la calle a una mujer. En realidad, aquellos trozos minúsculos no parecían de pollo, pero la mujer le había explicado que ella troceaba las aves para que le cundieran más a la hora de venderlas y le aseguró que los pollos que vendía eran de su pueblo. Ya era extraño que los vendiera en trozos en vez de enteros. Ella apenas había cenado, pero también había pasado mala noche, incluso había vomitado, aunque ya se sentía mejor. En cuanto a su marido, no había querido cenar más que la sopa, de manera que se había librado de sufrir los efectos del pollo.

—Catalina, no puedes contrariar a tu padre. Mira, yo no sé qué negocios se trae con don Antonio, pero deben de ser importantes.

—¿Papá tiene negocios con el estraperlista? ¡Esto sí que es bueno! ¡Qué bajo estamos cayendo!

—¡Niña, cómo se te ocurre hablar así! Si tu padre tiene negocios con don Antonio será porque tiene que ser así y nosotras no somos nadie para cuestionar sus decisiones. ¡Ay, Catalina, qué mal te he educado! Los hijos no tienen derecho a reprochar nada a sus padres.

—¡No voy a ir a la Pradera! ¡Que lo sepas! —insistió con rabia Catalina.

Pero fue. Su padre entró en la habitación y le ordenó que se levantara mostrándose indiferente a sus lágrimas.

Cuando llegaron a la Pradera, ni don Ernesto pudo disimular el gesto de contrariedad de verse mezclado con don Antonio y su familia. Allí estaba «la Mari» con sus dos hijas, Paquita y Mariví, y el hermano de don Antonio, Prudencio, con su mujer y sus hijos, y unos cuantos amigos falangistas y militares con sus familias.

Don Antonio recibió a los Vilamar dando una palmada en la espalda de don Ernesto que casi le corta la respiración y poniéndole en la mano una bota con vino.

—Eche un buen trago para entonarse, y las mujeres que se unan a las otras. «La Mari» ha traído comida de sobra, aprovechen la ocasión. ¡Ah!, y tú, Catalina, allí tienes a Antoñito jugando al balón con Pablo, a ver si dejáis de perder el tiempo, que se os va a pasar el arroz —dijo soltando una carcajada tan estridente que llamó la atención de todos.

Asunción se acercó con paso tímido a donde estaba «la Mari» y le dio la caja de bombones. La mujer del estraperlista ni se molestó en abrir la caja y mucho menos en dar las gracias. Mariví y Paquita miraron con envidia a Catalina, que a pesar de su malestar, seguía estando guapa simplemente porque lo era.

—¡Antoñito, aquí está Catalina! —gritó «la Mari» reclamando la presencia de su hijo—. Anda, ven, que la chica está esperando que le hagas caso.

Catalina estuvo a punto de decir que, por ella, Antoñito podía seguir haciendo lo que le diera la gana, pero su madre le pellizcó en el brazo.

Don Ernesto, don Antonio y Prudencio se habían alejado unos cuantos pasos del resto del grupo y hablaban con rostros serios.

El semblante amable de doña Asunción reflejaba la desolación que sentía en ese momento. «La Mari» y las otras mujeres hablaban a gritos, su ordinariez era patente. Le costó un buen rato poder participar en la conversación de aquellas mujeres que la miraban con desprecio, incómodas también por saberse ante una mujer tan diferente a como eran ellas.

Mariví, la pequeña de los hijos de don Antonio y «la Mari», se acercó a Catalina.

—La otra noche mi hermano te metió mano —le dijo de sopetón, logrando que Catalina se pusiera como un tomate.

—¡Qué tontería dices! A mí no me mete mano nadie —protestó.

—Pero si os vi yo cómo bailabais, bien que le dejaste acercarse, si no cabía ni el aire entre Antoñito y tú… Pero no creas que le gustas a mi hermano. A él no le gustan las chicas fáciles.

Catalina levantó la mano dispuesta a dar una bofetada a Mariví, pero en ese momento vio a Antoñito acercarse a ellas.

—Vaya, habéis venido, se nota que hay hambre —dijo él, mirándola con desprecio.

—¿Hambre? ¿Crees que hemos venido porque tenemos hambre? ¡Es lo que me faltaba por oír! —exclamó con enfado Catalina.

—Pues mira toda la comida que ha traído mi madre, lo que hay aquí no lo hay en tu casa ni en un año —intervino Mariví, con voz repelente.

—Me parece que… bueno, no sé qué es lo que pensáis, pero estáis muy equivocados si creéis que hemos venido a comer. Afortunadamente, en mi casa podemos comer todos los días.

—Claro, como mi padre os fía —afirmó Mariví.

—¿Nos fía?, pero ¡qué dices! Oye, ya sé que no os caigo bien y si por mí fuera no estaría aquí, así que dejadme en paz y vosotros a lo vuestro —respondió Catalina, que a duras penas podía contener su enfado.

—Vamos a dar una vuelta porque si no mi padre se va a cabrear —dijo Antoñito, cogiendo por el codo a Catalina.

Ella dio un respingo e hizo que le soltara el brazo. El contacto de Antoñito le provocó un ataque de náuseas. Se alejó unos pasos y comenzó a vomitar.

—¡Qué asco! ¡Está vomitando! —gritó Mariví, logrando que todas las miradas se dirigieran hacia Catalina.

Asunción corrió hacia su hija y le puso una mano en la espalda y otra en la frente. Cuando Catalina terminó de expulsar la bilis que brotaba del estómago, su madre sacó del bolso un pañuelo y se lo pasó por la cara.

Las mujeres se acercaron curiosas y Asunción explicó que la noche anterior habían cenado pollo y les había sentado mal a las dos. «¿Pollo? Pues sí que son pudientes los de esta familia si tienen para pollo. Nosotros no comemos pollo desde antes de la guerra, y entonces sólo lo comíamos en Navidad», dijo una de las mujeres. Todas comenzaron a hablar al mismo tiempo y Asunción aprovechó para apartarse unos metros junto a Catalina.

—¿Te sientes muy mal? —preguntó preocupada.

—Ya te lo dije antes de salir de casa, pero papá se empeñó en que viniera y mira la vergüenza que estoy pasando —se quejó.

—Haz un esfuerzo, hija, hazlo por tu padre… Procura reponerte un poco, habla un rato con Antoñito y luego le diremos a papá que debemos irnos porque no te encuentras bien, pero por lo menos que él vea que le obedeces.

—¿Es que tengo que demostrar que soy una hija obediente? ¿Cuándo he hecho otra cosa distinta a las que me mandáis? Quiero irme, mamá, no puedo soportar a esta gente, son todos tan…

—Sí, lo sé, pero tenemos que hacer lo que diga tu padre. Por favor, hija, habla con Antoñito —suplicó la madre.

A cierta distancia, Antoñito las miraba con cara de asco mientras que Pablo Gómez se reía. Las mujeres habían vuelto alrededor de los manteles que habían extendido sobre la hierba en los que estaba dispuesta la comida. Los hombres, después de haber estado jugando a la pelota, empezaban a acercarse, hambrientos. Don Antonio y Prudencio, flanqueando a don Ernesto, también se acercaron. Sólo «la Mari» permanecía expectante, contrariada porque aquella señoritinga hubiera vomitado.

—Bueno, si está mala, mejor que no coma —dijo «la Mari».

—Sí, mejor que no tome nada. Creo que le vendrá bien dar un paseo y respirar este aire tan puro… Así el estómago se le irá asentando —dijo Asunción por decir algo.

—Pues que Antoñito la acompañe. Hijo, ven aquí y ve con ésta a dar una vuelta, así a ella le da el aire y tu padre estará contento de veros juntos —le pidió «la Mari».

Su hijo volvió a colocarse junto a la joven y de nuevo la agarró del codo tirando de ella para que caminara.

Catalina se irguió cuanto pudo a pesar del esfuerzo que tenía que hacer para contener las náuseas. Antoñito andaba con paso ligero como si quisiera apurar el tiempo y devolver a Catalina junto a los demás. Fue él quien rompió el silencio.

—Nos vas a jorobar el día —dijo con desprecio.

—¿Yo? ¿Es que nunca te has puesto malo del estómago? Lo que tendría es que haberme quedado en casa, pero mi padre ha insistido, no quería desairar al tuyo.

—Le debe mucho como para atreverse a hacerlo —respondió Antoñito con una nota de arrogancia en la voz.

—Pero ¿qué dices? Mi padre deber algo al tuyo… ¡por favor, no digas tonterías! —Ahora era Catalina la que desplegaba toda la arrogancia de señorita de casa bien.

—Si no fuera por mi padre no podríais ni comer, eso y los préstamos de dinero, así que déjate de dártelas como si fueras alguien. Sois unos muertos de hambre. Y que sepas que cuando nos casemos te vas a enterar de lo que es bueno. Tú no has cogido una escoba en tu vida y yo quiero una mujer que sea de su casa, no una señorita que sólo se mira en el espejo. Mira a mi madre, nosotros tenemos medios, pero es ella la que limpia la casa, hace la comida y se ocupa de mis hermanas, de mí y de mi padre. Es una mujer como debe ser.

—¿Casarme contigo? No voy a casarme con ningún patán, antes me meto a monja —respondió Catalina con todo el desprecio del que fue capaz.

—Harás lo que te manden y si mi padre se ha empeñado en que nos casemos, te aguantas.

—Pero ¡quién se ha creído tu padre!

—Eres tú la que tiene que dejar de creer que eres superior al resto. No tenéis ni un real, le debéis a mi padre mucho dinero y tú eres parte del pago.

Se quedaron en silencio. Catalina sintió un dolor de cabeza intenso mientras intentaba que las palabras de Antoñito se abrieran paso en su cerebro para comprender lo que le había dicho. No podía ser verdad lo que estaba oyendo.

Dio media vuelta dispuesta a pedirle explicaciones a su padre, pero Antoñito la volvió a sujetar del brazo obligándola a permanecer quieta.

—Nos casaremos, está hecho, y ya te puedes ir preparando para comportarte como una mujer decente y de tu casa o de lo contrario te moleré a palos.

Catalina dio un tirón deshaciéndose del brazo de Antoñito y echó a correr. Su madre, que no había dejado de mirarlos, fue hacia ella. A Catalina no le dio tiempo a decir nada porque de nuevo tuvo un ataque de arcadas.

Don Ernesto las miró fastidiado y se levantó para acudir a donde estaban.

—¡¿Se puede saber qué pasa?!

—La niña está mala, Ernesto, y nos vamos a casa —respondió Asunción con firmeza.

—¡No podemos marcharnos!

—Sí que podemos. Hemos hecho acto de presencia y ahora nos vamos, no tienen por qué sentirse ofendidos, bastante es que hayamos venido… Yo… yo también me quiero ir —murmuró Asunción, y en su mirada había una súplica.

Don Antonio se acercó malhumorado. Catalina, pensaba, le estaba fastidiando el día.

—¿Sigues vomitando? —preguntó malencarado.

—Lo siento, don Antonio, pero tenemos que irnos, mi hija no se encuentra bien… Yo creo que tiene una intoxicación… Puede que ese trozo de pollo que compré en realidad no fuera pollo —explicó doña Asunción.

—¡Pues claro que no era pollo! Sería lagarto o algo así. Hay mucha gente que caza lagartijas y luego las vende como pollo, ¿no me dirá que no lo sabe? ¡Pero en qué mundo vive usted! —Y alzó tanto la voz que el resto de sus invitados levantaron la mirada.

—¡Lagartija! No… no puede ser… La mujer me dijo que era pollo… —balbuceó Asunción.

—Ya… ¡pollo!… ¿Y usted se cree que el pollo se vende en trocitos pequeños e irreconocibles? Pero ¡mujer!

—Me dijo que lo partía mucho para sacarle más partido… Yo compré unos trozos pequeñitos… —Asunción se sentía abochornada dando explicaciones al estraperlista.

—¿Y ahora qué hacemos? Porque yo pensaba anunciar que Antoñito y Catalina son novios —se quejó don Antonio.

Don Ernesto se hizo cargo de la situación y, muy a su pesar, secundó a su mujer.

—Lo siento, don Antonio, pero ya ve que mi hija no se encuentra bien. Habrá otra ocasión. Catalina ha hecho un esfuerzo viniendo por respeto y consideración a usted y a su familia, pero ahora nos vamos a casa. Seguiremos hablando mañana o cuando le venga bien.

El estraperlista los miró de arriba abajo y se dio la vuelta murmurando un «ya veremos», lo que dejó a don Ernesto sumido en una honda preocupación. Aun así, cogió a su mujer de un brazo y a Catalina del otro y se dirigió al coche que tenía aparcado a pocos metros de distancia. Ninguno de los tres dijo nada hasta llegar a su casa. Asunción acompañó a su hija a la cama y cuando regresó junto a su marido le encontró enfadado.

—¡Esta niña va a ser nuestra ruina! —exclamó al ver a su mujer.

—¡Por Dios, Ernesto, no puedes reprocharle que haya enfermado! Pobrecita, ya has visto cómo está, deberíamos llamar al médico.

—¿Y qué le vas a decir, qué te has pasado de lista comprando lagartija en vez de pollo? Hasta que no vomite toda esa porquería no se sentirá mejor. Dale agua de Carabaña, eso la ayudará a vaciar el estómago.

—Sí…, tienes razón… Pero si no mejora llamaré al médico, no la vamos a dejar así… Y… bueno, yo quería decirte algo… —Asunción se retorcía las manos nerviosa.

—¿Qué me quieres decir? —preguntó su marido sin ganas de escucharla.

—No me gusta esa gente, son tan… tan zafios… y esas mujeres… no dejaban de lanzarme pullas… no se sentían a gusto conmigo ni yo con ellas. Y Mari, la esposa de don Antonio, es… bueno, me niego a que se convierta en la suegra de Catalina. Odia a nuestra hija, si supieras cómo hablaba de ella calificándola de señoritinga… He tenido que hacer un esfuerzo para no responderle porque sé que te habrías enfadado, pero me niego a volver a tratar con ella.

—¡Pues será tu consuegra te guste o no! —respondió don Ernesto, cada vez más encolerizado.

—No voy a consentir que cases a nuestra única hija con ese patán. Antoñito es… es… es un patán.

—Patán o no, don Antonio quiere a Catalina para su hijo y yo se la daré. Está hecho, Asunción, no insistas.

Doña Asunción no se atrevió a insistir. No estaba preparada para contrariar a su marido, pero aun así pensó que en otro momento volvería a defender a su hija para evitar que se casara con el hijo del estraperlista. Pensaba que, por muy necesitados que estuvieran, no podían caer tan bajo.

Al día siguiente iría a visitar a su hermana. Petra siempre parecía tener soluciones para todo y quería mucho a Catalina.

Piedad le entregó a Marvin una carta que había llegado aquella misma mañana. Era de su padre avisándole de que en septiembre viajaría a Europa.

Hace mucho que no te vemos, hijo. Tu madre no me perdonaría que yendo a Europa no pasáramos unos días juntos. Te aviso con antelación, de manera que cuando recibas esta carta tendrás tiempo para organizar, aunque sólo sea por unos días, el traslado a Londres. Creo que tu estancia en Madrid no tiene mucho sentido; lo pasado, pasado está. Tienes que mirar al futuro y de eso me gustaría que habláramos. Aunque nunca he comprendido tu afición por la poesía, tu madre y tu hermano me han convencido de que no debemos frustrar tu vocación, pero convendrás conmigo que lo mismo se puede ser poeta en Europa que en Nueva York, y aquí estamos nosotros, tu familia. Tu madre te echa mucho de menos y tu hermano Tommy también te añora.

He enviado una carta a nuestro embajador en Madrid para que te facilite los papeles necesarios para que puedas reunirte con nosotros en Londres sin ningún contratiempo. Ya he reservado habitaciones en el hotel Mayfair. Allí nos encontrarás a partir del 20 de septiembre.

Tu padre,

PAUL J. BRIAN

Marvin pensó que por fin había encontrado ante sí mismo la excusa para marcharse. No se engañaba. Llevaba semanas buscando un pretexto. Lo necesitaba para dejar Madrid.

Había regresado a España para intentar terminar su Cuaderno de la Guerra Civil Española, pero sobre todo para perdonarse y también comprobar que aquellos con los que había estado en el Frente le seguían considerando un igual y no le reprochaban que se hubiera marchado. Por eso, apenas acabada la Guerra Civil en España, había pedido a su padre que hiciera uso de su influencia para poder regresar al amparo de la embajada en Madrid. Su padre no había estado de acuerdo, pero una vez más su madre se había puesto de su lado. Si Marvin decía que quería volver, sus razones tendría, sólo había que asegurarse de que no le pasara nada y para eso movió todos los hilos hasta llegar a la Casa Blanca. En Estados Unidos no se era en balde propietario de una de las grandes fábricas de acero.

Tumbado sobre la cama, Marvin tuvo una punzada de nostalgia. No es que fuera a echar de menos aquella buhardilla donde apenas había espacio, pero sí que le costaría separarse de Eulogio. Era el mejor amigo que había tenido, el mejor y el más inesperado.

Eulogio le había visto llorar en el Frente temblando de miedo, y le había salvado la vida corriendo bajo las balas llevándole en brazos y nunca se lo había recordado. Se había mostrado generoso compartiendo con él cuanto tenía, pero sobre todo regalándole su afecto y comprensión. Cuántas noches habían consumido hablando de todo lo sucedido, cuántas le había ayudado a intentar exorcizar los fantasmas que se empeñaban en habitar sus horas de sueño y sus días.

Lo que más había ayudado a cimentar su amistad era que ninguno de los dos era el mismo después de haber pasado por aquella guerra. Parte de sus cuerpos y de sus almas se habían quedado en el Frente de batalla.

Lamentó haber pasado el día vagando de un lado a otro observando asombrado cómo el nuevo Régimen estaba transformando la ciudad. No es que el paisaje urbano estuviera cambiando, era la gente la que no parecía la misma de cuando llegó a Madrid la primera vez poco antes de la guerra. ¿Dónde estaba aquella gente? ¿Dónde los republicanos, los comunistas, los socialistas, los anarquistas? También se preguntaba qué había sido de los azañistas, aquellos burgueses bien intencionados.

Madrid tenía miedo, o eso pensaba él. La gente huía cuando hacía la más mínima alusión a la política. Veía cómo el terror se reflejaba en los ojos de unos, la derrota en los ojos de otros, pero en lo que todos coincidían era en que era mejor no dar ninguna opinión, no decir una palabra que pudiera comprometerlos a oídos de los vencedores.

No había día sin detenciones, sin que alguien denunciara a un vecino por rojo; algunas denuncias eran sólo venganzas personales.

De manera que Marvin sólo podía hablar con Eulogio y con algunos amigos de su amigo. Pero aun así, ellos mismos bajaban la voz y miraban inquietos a su alrededor aunque la conversación transcurriera dentro de las paredes de los pisos.

En las calles había dos tipos de personas: los vencedores y los supervivientes.

Los que habían ganado la guerra llevaban la victoria reflejada en el rostro. Los hombres iban más erguidos, a Marvin le parecía que incluso desafiantes.

En cuanto a los perdedores como Eulogio, preferían fundirse con la multitud, no llamar la atención de nadie. El nuevo Régimen buscaba a quienes hubieran participado en la guerra en el bando perdedor. No había compasión para ellos.

Le había oído decir a Piedad que Eulogio, apenas comenzó la guerra, se unió a los milicianos, pero como regresó pronto y tullido, los vecinos habían terminado por no hacerle caso. O eso creía ella.

Encendió un cigarrillo y aspiró el humo con fuerza. No le gustaba aquel tabaco áspero que en realidad ni siquiera era tabaco, pero se conformaba, aunque pensaba que debería hacerse con tabaco americano del que llegaba de contrabando. Creyó que cuando se marchase, a pesar de todo, echaría de menos Madrid. No sabía por qué, quizá porque era capaz de sentir esa corriente de resistencia agazapada, y eso tenía un efecto benéfico en su ánimo deprimido.

Unos golpes suaves en la puerta precedieron a Piedad.

—Se me había olvidado darte esta otra carta. La ha traído esta tarde Catalina Vilamar.

Piedad le miró con curiosidad e intentó leer en su rostro el efecto que pudiera causarle una carta de Catalina. Pero Marvin no hizo ningún gesto y tendió la mano con indiferencia, que no otra cosa sentía por lo que tuviera que ver con la joven. En realidad, solía sentirse abrumado por ella. Parecía inmune a lo que sucedía a su alrededor, como si se negara a participar de la desolación general. No es que la chica fuera insensible, pensaba Marvin, sólo que primaba en ella un instinto de supervivencia más fuerte que en otros. Catalina no estaba dispuesta a rendirse ante las circunstancias de aquella España derrotada y, a pesar de todo, había decidido apostar por la vida. Con ella no se podía contar para lamentos.

Abrió el sobre y leyó la carta que era la de una joven ingenua.

Mi querido Marvin:

Llevo más de una semana sin saber nada de ti y el tiempo se me hace eterno. Tenemos que vernos para hablar del viaje a París. Aún no le he contado a mis padres nuestros proyectos. Sé que mi madre nos comprenderá y nos dará su bendición, pero mi padre… pobrecillo, se llevará un gran disgusto. Él continúa insistiendo en que me haga novia de Antoñito. Pero ya le he dicho que prefiero meterme a monja.

Sé que estás muy ocupado, pero intenta buscar un momento para que hablemos. Si te parece, podríamos encontrarnos como por casualidad, yo voy todas las mañanas a San Ginés a misa de nueve. ¡Por favor, no me hagas esperar más!

Tuya,

CATALINA VILAMAR

Tendría que verla. Tendría que decirle que él se iba a Londres y que no era el momento para ir a París y mucho menos que una chica emprendiera un viaje a Francia. Parecía ignorar que Europa estaba en guerra. Quizá algún día él pudiera enseñarle la ciudad, pero poco más, en ningún caso hacerse cargo de ella, algo que naturalmente los padres de Catalina no consentirían. Aunque ella le diera tantas muestras de aprecio, no dejaban de ser dos desconocidos. Unos meses atrás no sabían el uno de la existencia del otro; además, tampoco habían tenido tanto trato como para emprender un viaje juntos por más que ella soñara con conocer París. No, en ningún caso podía asumir esa responsabilidad. Hablaría con ella para que no se hiciera ilusiones. Si algún día Europa se calmaba y Catalina viajaba con sus padres a París, no tendría inconveniente en ser su guía, pero eso era difícil que sucediera, de manera que había que dejarlo pasar.

Cuando Eulogio llegó, Marvin aún dormía. El turno de su amigo terminaba a las ocho de la mañana y a esa hora regresaba caminando a su casa a pesar de que hacía calor.

Eulogio le solía despertar y compartían un cigarrillo y una taza de malta que Piedad les preparaba. A veces incluso tomaban café, cuando su hijo había conseguido algunos granos en el almacén.

Después del desayuno Marvin bajaba a casa de Fernando para disfrutar de una ducha helada. Pero aquella mañana, a pesar de que su amigo parecía un poco más cansado de lo habitual, tenía mucho que hablar con él.

—Mi padre estará en Londres en septiembre, de manera que me marcho, quiere que nos veamos y ya sabes lo mal que va la guerra, los alemanes están ganando… No sé, creo que cuanto antes me vaya, mejor —le explicó.

—Haces bien, ¡quién pudiera irse!

—Me gustaría poder invitarte a París, pero están los alemanes… En mi apartamento habría sitio de sobra para los dos… aunque quizá después de ver a mis padres vuelva a Francia…

—Sabes que no puedo irme, Marvin, por nada del mundo dejaría a mi madre. ¿Qué haría ella sin mí? Bastante ha sufrido perdiendo a mi padre.

A Marvin le sorprendía el sentimiento familiar tan arraigado en los españoles. Él se había marchado de su casa con diecisiete años sin pensar en el efecto que eso podía tener en sus padres, y si es que lo tuvo, nunca le dijeron nada. Era parte del modo de vida norteamericano: que los hijos buscaran su propio camino sin interferencias. En su caso, él podía haber optado por quedarse y algún día dirigir la acería de sus padres, sin duda a ellos les habría gustado, sobre todo a su madre, pero precisamente ella era quien más le había animado a que se convirtiera en poeta. Desde pequeño le estimulaba a escribir diciéndole que aquellos poemas infantiles eran realmente buenos.

Ahora la preocupación de su madre no era no verle, sino la guerra que asolaba en Europa desde que Hitler se había hecho con el poder. «Ese hombre ha provocado un desastre», solía escribir su madre en las cartas que le enviaba.

Alejó a su madre de sus pensamientos y volvió a la conversación con Eulogio.

—Bueno, pero si te decidieras, ya sabes que mi casa es tu casa.

—Lo sé, amigo, lo sé. ¿Sabes?, me alegro de que te vayas. No me mires con esa cara, no es que quiera que te marches, es que creo que es lo mejor para ti. Tienes que hacer como yo por más que te duela, aceptar que lo pasado no tiene remedio y que no tenemos otra opción que seguir adelante. ¿Piensas que me gusta tener que trabajar para el estraperlista? Si supieras cómo le odio… Pero ¿qué puedo hacer? Fui a la guerra, me destrozaron la pierna, mataron a mi padre… Sólo me queda mi madre y es por ella por lo que no me lío la manta a la cabeza y me voy a la sierra en busca de los valientes que aún creen que merece la pena luchar.

»Hemos perdido, Marvin, pero al menos que no nos arrebaten lo que nos queda de vida. Por más que nos cueste, no podemos seguir preguntándonos qué hicimos mal y por qué nos pasó lo que nos pasó.

—No es tan fácil, Eulogio, al menos en mi caso.

—¡Me lo vas a decir a mí! Mira, si no fuera por mi madre… Dime, ¿has encontrado alguna respuesta en estos meses? ¿Acaso no ves en la gente la desesperación de los perdedores y el esfuerzo que tenemos que hacer para seguir viviendo? Y no me refiero al hambre, eso no es lo más importante, lo peor es saber que España está en manos de los fascistas y que ya no podemos hacer nada por impedirlo aunque decidiéramos seguir jugándonos la vida.

—Me estás diciendo que lo único que podemos hacer es dejarnos llevar por la corriente de la vida… —dijo Marvin con desolación.

—Sí, poeta, sí, por ahora no nos queda otra. Por eso tienes que irte, esto es un cementerio. Tú que puedes, vete. Aquí no están las respuestas a lo que te atormenta.

—¿Y dónde están?

—En tu cabeza, pero puede que no haya respuestas.

Piedad les preparó un poco más de malta y les llevó las tazas sin que ellos siquiera le prestaran atención, embebidos como estaban en la conversación; ambos sabían que se estaban despidiendo quizá para siempre.

A mediodía salieron a dar un paseo. De tanto hablar, a Eulogio se le había pasado el sueño. Caminaron hacia la Gran Vía, que ahora se llamaba Gran Vía del Generalísimo, y desde allí hacia la Puerta de Alcalá; después, ya de vuelta, se encontraron con Fernando.

Eulogio le anunció que Marvin se iba.

—¿Cuándo? —preguntó Fernando, ansioso de que fuera cuanto antes.

—Esta tarde me acercaré a la embajada y si no tengo que hacer mucho papeleo, en tres o cuatro días —respondió Marvin sin darse cuenta de la ansiedad de Fernando.

—Si te dejaron entrar, no veo por qué no te van a dejar salir —razonó Eulogio.

—Además, tú llegaste a España antes de que comenzara la guerra, no tienen por qué saber que estabas con la República —añadió Fernando con ingenuidad.

—¡Quia, éstos lo saben todo! Pero no les interesa estar a mal con los norteamericanos. Sobre todo con un protegido del embajador. Ya sabes que la familia de Marvin es muy importante —intervino Eulogio.

—Sí, tengo que admitir que he contado con la protección de la embajada, si no… —Marvin se quedó en silencio.

—Si no, seguramente no te habrías atrevido a regresar —concluyó Fernando sin darse cuenta de que sus palabras herían profundamente a Marvin.

—Habría vuelto en cualquier caso —se defendió el americano.

—Más tonto habrías sido, ya sabes cómo se las gastan los franquistas con quienes no comulgan con ellos —insistió Fernando.

—¿Te despedirás de los amigos? —quiso saber Eulogio.

—Sí, de algunos al menos. Me pasaré por la casa de Juan y también iré a ver a Pedro y a su mujer, Chelo siempre ha sido muy amable conmigo.

—Podríamos reunirnos todos y tomar un vino —sugirió Eulogio.

—Si se quiere ir en tres días, no dará tiempo —afirmó Fernando, que no veía el momento de que Marvin dejara Madrid y se alejara de Catalina.

—También quiero despedirme de Catalina. Se disgustaría si me voy sin decirle nada.

—Pues la vas a hacer polvo. —Y Eulogio se arrepintió de lo que había dicho al ver la mueca de dolor en el rostro de Fernando.

—No… no lo creo… Sé que a ella le gustaría conocer París, pero es sólo el sueño de una chiquilla. Tiene tantas ganas de vivir…

—Ya… Bueno, pues ya veremos si te da tiempo de despedirte de todos —dijo Eulogio, intentando desviar la conversación.

Fernando se había quedado en silencio. No sabía que Catalina quisiera conocer París. Nunca se lo había dicho, pero si Marvin lo sabía era porque lo habían hablado. No podía engañarse. Catalina estaba enamorada de Marvin, ella misma se lo había dicho. Además, él sabía lo que había pasado entre ellos aquella noche en la Pradera de San Isidro. Marvin se había propasado y Catalina se lo había consentido. No sabía hasta dónde habían llegado y en realidad no quería saberlo. Sintió un dolor agudo en la boca del estómago. Le sucedía siempre que pensaba que ella no le quería.

—Bueno, yo me voy a casa, hace mucho calor para estar en la calle —les dijo Fernando con brusquedad y, apretando el paso, alcanzó el portal con tanta rapidez que no les dio tiempo de seguirle.

—¿Qué le pasa? —preguntó Marvin extrañado.

Eulogio dudó si decirle la verdad. Sabía que lo que le pasaba a Fernando no era otra cosa que la desesperanza de ver que Catalina estaba colada por el americano. Al final optó por ser sincero.

—Verás, tú no tienes la culpa, pero hasta que Catalina no te conoció parecía que ella y Fernando terminarían casándose. Desde niños eran inseparables y en el barrio todos bromeaban con eso.

—Pero ¿yo qué tengo que ver? —preguntó el americano sin comprender lo que le quería decir Eulogio.

—No es que tú hayas hecho nada, al contrario, yo creo que ni te has fijado en ella, pero ella sí que se ha fijado en ti… Es evidente que se ha enamorado de ti, o al menos así lo cree ella, y eso a Fernando le está haciendo sufrir. En realidad, no sé cómo ha aceptado dejarte que te asees en su casa. Si no fuera por lo mucho que su madre y él necesitan el dinero…

Marvin miraba atónito a Eulogio como si no acabara de comprender lo que le estaba diciendo. Para él Catalina sólo era una persona más de las que había conocido en Madrid, ni se sentía atraído por ella ni se había dado cuenta de que ella pudiera sentirse atraída por él. Al decírselo Eulogio se sintió profundamente incómodo. Lo último que quería era que ninguna mujer se fijara en él. Bastante tenía con pelearse con sus fantasmas como para tener que esquivar a una chiquilla, que es lo que era Catalina.

—Lo siento —acertó a decir.

—¿Qué es lo que sientes? Estas cosas pasan. No creas que Fernando tiene nada contra ti, él sabe que no has sido tú quien ha dado el paso, que ha sido Catalina.

—¿El paso?, ¿qué paso? No…, no…, estáis equivocados… Entre Catalina y yo no hay nada, te lo aseguro.

—Yo te creo, amigo, pero todos nos hemos dado cuenta de cómo te mira y cómo te busca. La noche de la Pradera sólo hacía que merodear a tu alrededor y todos piensan que hubo algo más que palabras entre vosotros. Mira, no te preocupes, a Fernando ya se le pasará… Además, si te marchas, puede que ella se olvide de ti y vuelva a fijarse en él, aunque conociéndola… es muy cabezota y además le consienten mucho en su casa… como es hija única… Eso de que quiera ir a París…

—Me dijo que le gustaría conocer la ciudad, que siempre ha soñado con viajar, aunque parece ignorar que Francia ha sido ocupada por los alemanes. —Marvin hablaba más para sí que con Eulogio.

—Sí, claro que le gustaría conocer París, ¿y a quién no? Pero a ella especialmente, porque tú tienes casa allí; si le dijeras que te vas a Sebastopol, ya verías cómo se le pasaba la afición por París.

—Hablaré con Fernando… quiero que sepa que Catalina no me importa… Él me parece una gran persona, lo mismo que su madre… y con lo que está sufriendo al tener a su padre en la cárcel…

—Déjalo estar, Marvin. Dentro de unos días te irás y puede que entre ellos las cosas vuelvan a su cauce.

Isabel, la madre de Fernando, llegó unos minutos después de que lo hubiera hecho su hijo. Se acercó a él y le dio un beso que recibió con indiferencia. No estaba para arrullos maternos. La conversación con Marvin y Eulogio, además de inquietud, le había provocado malhumor.

—¿Te ha ido mal en el trabajo? —le preguntó su madre al darse cuenta de que no le correspondía con otro beso o un abrazo, como solía hacer.

—¿Es que alguna vez me va bien? Aquí nada va bien, madre, ¿o es que no lo sabes?

—A mí no me engañes, estás enfadado, tú sabrás por qué…

Fernando no respondió y se fue al cuarto de baño a refrescarse. El calor también contribuía a aumentar su irritación.

Al poco su madre le llamó para comer. Patatas con pimentón. Ése era el menú que más repetían y suerte que al menos tenían algo que les consolara el estómago. Si su padre no estuviera en la cárcel, aún podrían sentirse afortunados por el solo hecho de haber sobrevivido a la guerra y tener algo que llevar al plato.

Casi no hablaron. Su madre callaba cuando le veía de malhumor. Cuando terminaron, ella se puso a fregar los platos y él se dispuso a marcharse a la imprenta donde don Vicente le seguía enseñando el oficio.

En ocasiones Fernando pensaba que se llevaría un gran disgusto si llegado septiembre los nuevos amos de España no le permitían acceder a los estudios siendo su padre como era un represaliado por republicano y, además, estar encarcelado. Pero había aprendido a disfrutar del trabajo de impresor y de vez en cuando se permitía soñar que quizá algún día pudiera tener su propia imprenta.

—No vengas tarde —le dijo su madre a modo de despedida.

—Ya sabes que no —respondió él.

Se encontró con Marvin en la escalera. El americano le dijo que iba camino de la embajada y le propuso ir un trecho juntos, pero Fernando le dijo que no.

—Tengo prisa, Marvin, llego tarde.

—Ya… bueno… verás, yo… en fin, quiero decirte algo.

Marvin le sujetó del brazo obligándole a pararse.

—Quiero decirte algo y espero que me creas. Sé que Catalina y tú… en fin, que siempre habéis tenido una relación especial y que para ti ella es importante.

—¿Y a ti qué te importa lo que haya habido entre Catalina y yo? Métete en tus asuntos —espetó airado.

Pero Marvin no se amedrentó y le sujetó con más fuerza para obligarle a que escuchara.

—Yo nunca me meto en los asuntos de los demás, Fernando, nunca, pero al parecer Catalina me ha metido en los vuestros. Sólo quiero que sepas que ella no me interesa y que aunque me hubiera interesado, jamás la habría mirado sabiendo que otro andaba con ella.

—¡Déjame en paz, Marvin! No quiero hablar de Catalina ni contigo ni con nadie. Además, eres tú el que tienes algo con ella, no yo.

—Pues me tendrás que escuchar porque no quiero tener cuentas pendientes con nadie. No me interesa Catalina y en realidad yo tampoco le intereso a ella. Creo que es una chiquilla soñadora y con la cabeza llena de pájaros, como decís aquí. Si es que se ha fijado en mí es porque yo he sido la novedad, pero estoy seguro de que en cuanto yo desaparezca las cosas volverán a su sitio. En cualquier caso, te doy mi palabra de que jamás, escúchalo bien, jamás me interpondría entre vosotros. Tenlo siempre presente, Fernando.

Marvin aflojó la presión sobre el brazo de Fernando, éste se soltó y, sin decirle nada, bajó las escaleras de tres en tres dejando al americano sin ninguna respuesta.