Introducción

La emperatriz Isabel de Austria-Hungría, conocida como Sissi, acaba de cambiar su imperio para siempre.

A su alrededor, las grandes dinastías monárquicas se desmoronan, los reinos más poderosos del mundo se enfrentan a sublevaciones internas y a la inestabilidad externa. Pero ese no es el caso de Austria-Hungría, gracias a Sissi. La amada emperatriz ha sido la artífice en la sombra del compromiso por el cual Hungría, un territorio insatisfecho pero crucial del fracturado Imperio austríaco, ha decidido permanecer en el reino y permitir que los Habsburgo conserven sus dominios a lo largo y ancho de Europa… sin disparar ni una sola bala.

Mediante este golpe de efecto, Sissi revalida no solo su derecho al trono sino también el lugar que le corresponde junto a su marido como líder de la corte de los Habsburgo. Ha demostrado a rivales y a críticos que ya no es la muchacha ingenua y cándida de quince años de quien el emperador Francisco José se enamoró apasionadamente. Es la madre del príncipe heredero, una activista amada por su pueblo y por su emperador y, por fin, será ella quien dirija su propia vida.

Sin embargo, los peligros y las exigencias de la corte de los Habsburgo aumentarán a medida que Sissi intente ampliar su papel en ella. ¿Cuántos enemigos, conocidos o desconocidos, se ha ganado a lo largo del camino? En la Viena de mediados del siglo XIX, donde en los majestuosos salones de palacio y en los dormitorios no solo reinan los valses y el champán, sino también las tentaciones, los rivales y las constantes intrigas, Sissi se enfrenta a un sinfín de peligros y adversarios, nuevos e inesperados. ¿Podrá la hermosa, encantadora y obstinada reina de las hadas superar estas vicisitudes? ¿O está destinada a convertirse en el último sacrificio realizado en el altar del imperio más poderoso del mundo?

cap-2

Prólogo

Ginebra, Suiza

Septiembre de 1898

 

Aparece de repente y es tal y como todos la han descrito: una belleza que se diría que no es de este mundo. Cuando la ve, la mira con los ojos entrecerrados, totalmente concentrado en ella. La emperatriz. Isabel. Sissi.

Desciende con elegancia los escalones del lujoso hotel, el Beau Rivage, aferrando su sombrilla mientras el brillante sol de principios de otoño ilumina la avenida. Cerca del hotel se ha congregado una pequeña multitud que se emociona al reconocer a la emperatriz.

—¡Ahí está!

—¡Emperatriz Isabel!

—¡Sissi!

O no oye los gritos o prefiere no reaccionar, pues sigue caminando con pasos largos y rápidos, alejándose del hotel. Él se separa un poco de la multitud, se niega a que su cháchara y sus gritos lo distraigan.

La emperatriz avanza por el muelle en dirección al embarcadero y al barco de vapor que la aguarda; su dama de compañía hace lo posible por seguirle el paso. Su apariencia la distingue del común de los mortales: su piel luminiscente del color de una perla; su estilizada figura con una ajustada chaqueta de cuello alto, una falda larga y un sombrero negro que oculta parte de su abundante pelo castaño. Ese pelo —tan famoso que hasta él ha leído acerca de su pelo—, oscuro, ondulado y salpicado de hebras plateadas. Observa un instante su desharrapado aspecto y chasquea la lengua, disgustado, al reparar en la suciedad incrustada bajo sus uñas y en el bajo descosido de sus pantalones.

Está tan cerca que la ve parpadear con la expresión asustada de un animal perseguido. Y eso es lo que es, por supuesto: una presa. No solo la persigue él, sino todo el mundo. Ella, como él, es una corredora. Se ha pasado la vida acosada y perseguida, desgarrada y recompuesta de nuevo, asumiendo la identidad que la gente necesitara ver en ella. Su forma de aferrar la sombrilla, que lleva inclinada hacia un lado, le indica que es más una protección contra las miradas y las palabras de la gente que contra los tibios rayos del sol. Para él esa sombrilla puede suponer un problema.

Se coloca detrás de ella y la sangre se acelera en sus venas, su cuerpo se llena de una emoción y una euforia embriagadoras. A varios cientos de metros de allí, el barco de vapor la espera flotando en el cercano embarcadero mientras expulsa una columna de humo negro que se eleva hacia el claro cielo azul. Introduce la mano en el bolsillo y sus dedos rozan la hoja, la acarician con ternura, como acariciaría la mejilla de un bebé. Es muy pequeña, apenas mide diez centímetros. Sin embargo, sabe que con ese diminuto estilete su destino quedará ligado para siempre al de la emperatriz Isabel, la mujer más hermosa y más querida del mundo. Todos aquellos que la aman tendrán que recordarlo también a él.

cap-3

Primera parte

cap-4

Capítulo 1

Palacio de Gödöllő, Hungría

Verano de 1868

 

Sissi podría haber dado un sinfín de explicaciones de por qué era tan distinto. Si alguien le hubiera preguntado, le habría resultado muy fácil dar una respuesta. Pero ¿cuál era la verdad?, pensaba. ¿Por qué el ocaso en Gödöllő, su residencia oficial a las afueras de Budapest, le parecía tan diferente del ocaso en Viena?

Podría haber dicho que por el paisaje: el salvaje, indómito y acogedor paisaje. Allí, a la tenue luz de la inminente noche, los campos se extendían ante ella en suaves ondulaciones de color verde claro hasta encontrarse con miles de hectáreas de bosques vírgenes. Las flores silvestres salpicaban los valles, nada que ver con los prados y los jardines imperiales de Viena, donde los correctos y elegantes tulipanes delimitaban unos jardines tan simétricos y tan bien cuidados que daba la sensación de que el hombre había sometido a la naturaleza por completo. Y, por supuesto, así había sido en Viena.

¿O era por los sonidos de Gödöllő a la hora del crepúsculo? Al ponerse el sol resonaban los ladridos de sus perros pastores; las carcajadas alegres de los mozos de cuadra húngaros mientras cepillaban sus caballos; los cantos de los grillos y de las ranas que se despedían del sol desde los pastos, la orquesta de la naturaleza afinaba sus instrumentos para la sinfonía nocturna. Era un conjunto de sonidos del todo distintos a los de Viena, donde Sissi podía oír el paso marcial de la guardia imperial mientras hacía la ronda por los patios, el traqueteo de los carruajes al atravesar las puertas del palacio de Hofburg, los gritos de la muchedumbre vienesa congregada a las puertas del palacio a todas horas, suplicando que les diera un florín o les permitiera atisbar su afamada figura, sus legendarios peinados.

Tal vez era el aroma que flotaba en el aire. Allí, la brisa traía una amalgama de olores dulces: la sutil fragancia de las rosas silvestres y las acacias; el almizcle terroso de los establos; el intenso perfume de la hierba crecida, la paja y el barro. Era un ramillete de olores muy agradable y natural, distinto de lo que se respiraba en Viena, donde inhalaba el asfixiante olor del agua de colonia de los serviles cortesanos; el hedor de tantos cuerpos y tantas bacinillas llenas en el palacio de Hofburg; el miedo de los aristócratas siempre vigilando, calculando cómo trepar o derribar a un rival. Sí, el miedo podía olerse. Sissi, después de tantos años en Viena, lo sabía.

Pero no, no era el paisaje, ni los sonidos ni el olor lo que hacía que el ocaso en Hungría fuera tan distinto del ocaso en Austria. No se trataba de algo fuera de ella o alrededor de ella; era algo que llevaba dentro. Era cómo se sentía ella cada anochecer lo que hacía que Gödöllő fuera tan distinto a Hofburg.

En Viena, a esas horas, Sissi estaría agotada. Le dolería la cabeza por alguna desagradable discusión con su marido o con su obcecada suegra. Tendría el estómago revuelto, notaría una opresión en el pecho por la ansiedad de llevar todo el día intentando separar los cotilleos y los rumores de la verdad, de asimilar la opinión o la desaprobación que creía ver en la cara de cada uno de los cortesanos. Estaría preparándose para soportar una noche en la corte imperial…, una tediosa noche envuelta en el damasco y el oropel de las estancias oficiales, el sonido de los violines apagado por el parloteo sobre escándalos triviales. Pasaría las horas viendo cómo las mujeres rondaban a su marido y forzando una sonrisa cuando los hombres le regalasen los mismos cumplidos que empleaban noche tras noche. Los días en Viena eran largos, pero las noches eran interminables… y Sissi se arrastraba de regreso a sus aposentos agotada, exhausta. Tan cansada que temía el día siguiente antes de que llegara.

En Gödöllő también se sentía cansada, pero de la mejor manera posible. Como un recipiente vacío, ligera y sin cargas. Ese día, al igual que todos los días en su residencia húngara, Sissi había sido libre. Llevaba en el exterior desde las cinco de la mañana, pues se había despertado a las cuatro. Siguiendo su rutina diaria, había cabalgado largo y tendido y había regresado para un almuerzo ligero a mediodía. La tarde la sorprendió de nuevo a lomos de su caballo, de vuelta a los prados y los bosques, donde practicaba saltos, galopaba hasta quedarse sin aliento y se reunía con su simpático vecino, el príncipe Nikolaus Esterházy, para cazar zorros y galopar por aquel indómito paisaje.

Por eso el ocaso en Gödöllő era siempre tan diferente. Cuando el sol comenzaba a ponerse sobre los campos al oeste, hacia donde se encontraba Budapest, el cuerpo de Sissi se quejaba de un cansancio placentero y bien merecido. Sus mejillas, relucientes por el limpio aire campestre y el ejercicio físico, lucían un intenso rubor. Tenía el corazón contento; el ánimo, alegre; el cuerpo, fuerte.

Y así era como se sentía Sissi esa calurosa noche estival, cuando entregó las riendas de su caballo a un mozo húngaro y le sonrió con dulzura. Echó a andar hacia el palacio, cuya cúpula rojiza creaba una silueta ensoñadora contra el cielo. Incluso ese edificio, caprichoso y sin pretensiones, contrastaba con la sólida y majestuosa residencia imperial en Viena, el palacio de Hofburg. Mientras recorría con la mirada la fachada de color rosa y crema, sus ojos volaron a la segunda planta y se posaron en la ventana del ala este. Sonrió y aceleró el paso. Casi había esperado ver la carita de querubín mirándola desde la ventana junto a una vela recién encendida; y de repente no pudo contener las ganas de entrar en el palacio, ese lugar donde había creado su hogar, donde había erigido un refugio de tranquilidad y libertad lejos del asfixiante poder de Viena y de la corte imperial.

—Hola, Shadow. —Su perro preferido, un animal descomunal de pelo rizado y blanco, saltó y le dio un lametón de bienvenida cuando llegó a la puerta principal—. ¿Me has echado de menos? —Sissi acarició al enorme sabueso, saludó con un gesto de la cabeza a un criado y entró en el vestíbulo con el perro, que hacía honor a su nombre y la seguía como su sombra.

—Emperatriz Isabel. —Ida Ferenczy, dama de compañía de Sissi y vieja amiga, hizo una reverencia cuando la vio entrar.

A su lado roncaba el otro perro de la emperatriz, un rechoncho san bernardo llamado Brave. Su suegra odiaba los perros grandes. La archiduquesa Sofía solo tenía perros lo bastante pequeños para sentarlos en su regazo. Tal vez por eso, allí, en Gödöllő, Sissi se había rodeado de bestias enormes y cariñosas.

—Hola, Ida. —Sissi tiró los guantes de montar a una silla cercana y atravesó el espacioso vestíbulo de techo alto hacia su dama de compañía—. Enseguida me cambio de ropa. He echado de menos a mi pequeña. ¿Va todo bien en la habitación de la niña?

—La archiduquesa Valeria se encuentra en perfecto estado de salud esta noche, gracias a Dios.

—¿Ha llorado hoy?

—Solo lo normal en cualquier niño de su edad. Según la niñera, la archiduquesa se ha tomado la leche sin incidentes y debería estar de buen ánimo para la visita de Su Majestad Imperial a su habitación.

—Bien. Me cambio y voy a verla.

—Por supuesto. ¿Ha disfrutado hoy Su Majestad Imperial de su paseo a caballo?

—Sí. —Sissi se dirigió a la amplia escalinata que conducía al piso superior y a sus aposentos—. Ha sido un día maravilloso. El zorro creyó que había encontrado un refugio seguro en los bosques meridionales, pero Nicky lo obligó a salir y casi… —Se detuvo en los escalones; su mente iba en varias direcciones a la vez—. Ida, acabo de acordarme de que en la cena de esta noche seremos cuatro en vez de tres. Nicky…, bueno, el príncipe Esterházy, prácticamente me ha suplicado que lo invitara y he sido incapaz de decirle que no. Se reunirá con nosotras dos y con la condesa María.

—En ese caso, señora, creo que seremos cinco en vez de cuatro. —Ida esbozó una sonrisa tímida pero no añadió nada más.

—¿Quién? —preguntó Sissi, aferrándose a la esculpida balaustrada de la escalinata—. ¿Quién más viene? —¿Acaso Francisco había decidido presentarse sin avisar? Se le formó un nudo en el estómago; la presencia del emperador, aunque rara vez se producía, conseguía romper la frágil paz que a ella tanto trabajo le había costado crear.

Como respuesta, Ida le entregó una bandejita dorada con un montón de papeles.

—La correspondencia privada de Su Majestad Imperial.

—Gracias. —Sissi revisó el contenido de la bandeja—. ¿Has mandado todas las peticiones formales a mi secretario en Viena?

Ida asintió con la cabeza.

Los ojos de Sissi se clavaron en la única tarjeta de visita, en su letra inclinada y elegante… y conocida. No, no eran noticias del emperador. Era algo que llevaba tanto tiempo anhelando que el corazón le dio un vuelco en el pecho, dolorido ahora por un rayito de esperanza. ¡Andrássy! Pero ¿podía ser verdad? ¿Había regresado Andrássy a Hungría? Miró interrogante a su dama de compañía y supo que el deje ansioso de su voz la traicionaba cuando preguntó:

—¿Ha… ha venido hoy el conde Andrássy?

Ida se inclinó hacia delante y susurró:

—El conde Andrássy ha venido cuando estaba montando a caballo. Dijo que volvería para la cena.

Sissi se aferró a la barandilla con la sensación de que, aunque ella permanecía inmóvil, el corazón le iba a salir rodando escaleras abajo.

—En fin, menuda sorpresa. Una sorpresa de lo más agradable. Vamos, tengo que vestirme enseguida.

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Mientras se arreglaba para la cena, Sissi repasó el resto de su correspondencia, aunque su mente vagaba cada poco hacia Andrássy. ¿La había echado de menos todos esos meses tanto como ella a él? ¿Cuánto tiempo se quedaría? ¿Sería todo igual entre ellos? Parpadeó y se obligó a concentrarse en las noticias de su familia. Disponía de poco tiempo para leer las cartas y visitar la habitación de la niña antes de la cena. Antes de que él llegase.

Había varias cartas de Baviera, adonde su adorada hermana, Elena había regresado hacía poco para vivir con sus padres en Possenhofen.

—Pobre Nené.

Sissi casi podía ver las lágrimas de su hermana viuda mientras escribía la misiva. Elena, la mayor y la única de las Wittelsbach que había disfrutado de un matrimonio feliz, había conocido al que sería su marido, el agradable príncipe de Thurn y Taxis, ya con cierta edad. Se había casado a los veintitantos y, sin embargo, había perdido a su esposo pocos años después de la boda. Elena le hablaba de cómo se estaba deteriorando su salud, de la tristeza que la embargaba todos los días, pero también de que su fe era cada vez más fuerte. Ella, que en otro tiempo ansió entrar en un convento, le decía que las oraciones diarias le proporcionaban «el único alivio contra el dolor en el caótico ambiente de nuestra casa natal».

Sissi suspiró, con el corazón apesadumbrado por Elena, y cogió la siguiente carta de su familia. Era de su encantadora hermana pequeña, Sofía Carlota.

Mi queridísima Sissi:

¡Voy a casarme! No puedes hacerte idea de lo feliz que soy. O tal vez sí puedas, y en ese caso comprenderás lo dichosa que me siento. Yo era demasiado joven cuando te enamoraste de tu marido y aceptaste su proposición.

Sissi apartó la vista un momento y parpadeó para asimilar la sorprendente noticia. Si la carta de Nené estaba impregnada de tristeza y resignación, la reflexiva aceptación de una viuda de que sus sueños nunca se harían realidad, la carta de Sofía Carlota rezumaba alegría juvenil, exuberancia pura e ingenua, un optimismo inquebrantable y al mismo tiempo tan frágil y desventurado como una copa de cristal en las manos de un niño. Sissi regresó a las palabras de su hermana.

Ay, hermana querida, tú conoces a nuestro primo Luis tan bien como yo. Tal vez incluso mejor, porque siempre dice que eres la única de las hermanas (¡salvo yo, por supuesto!) que lo conoce y lo quiere. ¡Y cómo corresponde él a ese amor! ¡Cómo te admira! No sabes lo feliz que me hace cuando afirma que yo, de todas nosotras, soy la que me parezco más a ti en belleza y en sensibilidad.

Ay, Sissi, me encuentro sumida en un burbujeante estado de felicidad y dicha. ¡Luis, rey de Baviera, va a ser mi marido!

Es un hombre incomparable. Por favor, mira sus palacios. Tal es su buen gusto y su elegancia que hace que me sienta tonta. Por no mencionar lo guapísimo que es. Sé que todas las muchachas de Baviera se mueren de envidia, como es normal. ¡He conseguido el mejor marido de todo el país! ¡Tal vez de todo el mundo! (Sin contar a tu querido Francisco José, por supuesto.)

Vendrás a Baviera para la boda, ¿verdad? Le diré a Luis que vendrás… ¡La promesa de verte seguro que hace que fije una fecha para la ceremonia!

Se despide tu más devota y amante hermana, que lo será siempre,

SOFÍA CARLOTA

Sissi dobló dos veces la carta de Sofía Carlota, presa de una inexplicable inquietud. Le sorprendió que una noticia tan buena despertara en ella tales recelos. Su hermana tenía razón: quería a Luis. Era su primo y, aparte de Nené, era su compañero de juegos más querido. Luis y ella habían pasado juntos mucho tiempo durante la niñez, en Baviera, correteando libres por los campos que rodeaban Possenhofen y compartiendo fantásticos sueños acerca del presente y el futuro. Tal vez Luis incluso se hubiera enamorado un poquito de la joven Sissi. Le había lanzado bastantes indirectas al respecto.

Pero… ¿Luis marido de Sofía Carlota? La idea no le causaba la alegría que semejante noticia debería haber suscitado. ¿Hacían buena pareja? Seguro que su madre, la duquesa Ludovica, estaba emocionadísima ante semejante enlace, entusiasmada por el hecho de que su hija menor fuera a vivir tan cerca de su casa, de Possi. Y no había duda de que Sofía Carlota estaba eufórica. Sissi guardó la carta de su hermana en el escritorio, decidida a retomar ese asunto más adelante. No quería quitarle a su querida hermana menor la dicha propia de la novia, pero en esos días no tenía una opinión demasiado optimista acerca del matrimonio. Debía pensar muy bien la respuesta.

Solo le quedaban dos cartas y las miró fijamente. La que estaba encima lucía el sello de ARCHIDUQUESA GISELA, PRINCESA IMPERIAL DE AUSTRIA Y HUNGRÍA. Gisela, su hija de doce años, le escribía desde Viena, desde la corte imperial. Gisela rara vez escribía. Sissi y ella no tenían una relación estrecha; nunca les habían dado la oportunidad de forjarla. Gisela, desde sus primeros días en el mundo, había preferido a su abuela, la archiduquesa Sofía, la mujer que de alguna manera era capaz de ser tan dulce y maternal con sus nietos, como fría y dominante con su nuera.

Sissi miró la carta y se removió inquieta en el asiento. Pensar en su hija mayor le provocaba un dolor lacerante en un lugar recóndito del corazón, ese punto que el tiempo y la distancia eran incapaces de curar, incapaces de cerrar la herida con la cicatriz de la aceptación y la determinación. «No, ahora no», pensó. No después del día tan estupendo que había pasado. No cuando estaba a punto de recorrer el pasillo para entrar en la habitación de la niña y ver a su querida hija. No cuando faltaban minutos para que él, Andrássy, llegara al palacio para la cena. No quería llorar. Se enderezó en el asiento y se guardó la carta de Gisela en el bolsillo interior de la bata. La leería más tarde. Después, cuando pudiera saborear las inusuales palabras de su hija. Cuando pudiera derramar las lágrimas y el oscuro manto de la noche la envolviera con su intimidad, donde llorar pasaría desapercibido, donde nadie vería cuán grande era su anhelo y su desesperación por haber perdido a sus dos hijos mayores.

Enderezó los hombros y cogió la última carta. Conocía la letra y el sello de color púrpura. Se le formó un nudo en el estómago que también conocía muy bien. Era una inquietud distinta a la que había provocado la carta de Gisela, un desasosiego quedo, un dolor sordo, mientras que con la carta de su hija había sentido como una puñalada. Aun así, contuvo el gemido y rompió el sello. Era de Francisco José. Su marido, su emperador. A eso se reducía su relación conyugal por entonces: se escribían con regularidad entre Hungría y Austria, pero llevaban meses sin verse.

Las cartas de Francisco José eran igual que él: directas, razonables, vacías de cualquier indicio de sentimentalismo o imaginación. Descripciones desapasionadas de su rutina diaria en las que le contaba las interminables horas que pasaba sentado a su escritorio, rodeado de documentos de trabajo, peticiones y ministros, y siempre resumía el recuento de horas con una aseveración: «Pero así es como debe ser. Hay que trabajar hasta caer exhausto». Incluía breves apuntes sobre Gisela y Rodolfo. A Sissi el corazón siempre le daba un vuelco al ver sus nombres escritos en el papel. «Gisela.» «Rodolfo.» Los dos hijos a los que nunca le habían permitido amar. Los dos hijos que, al nacer, le habían arrebatado de los brazos para instalarlos en la zona imperial de los niños, donde pasaban cada minuto bajo el intenso y ansioso escrutinio de su abuela paterna, la archiduquesa Sofía.

Los dos niños se encontraban «en buena forma», le aseguraba Francisco en la carta. Por supuesto. Se esperaba que todos los integrantes de la familia imperial estuvieran siempre «en buena forma». Sofía se aseguraba de que en el brillo de la ordenada, perfecta y respetable casa imperial no apareciera ninguna mancha. En la Casa de Habsburgo, las costumbres, el orden y la tradición dictaban una rutina inquebrantable diaria, la maquinaria imperial funcionaba sin sobresaltos y cada uno sabía qué se esperaba de su persona. Sofía se había encargado de ello hacía años, pues, si bien Francisco José lucía la corona de emperador, en la corte imperial mandaba su madre.

Sissi rara vez se comunicaba con su suegra de forma directa, pero Sofía estaba presente en todas las cartas que le mandaba Francisco. Sobrevolaba las palabras escritas de su hijo, de la misma manera que sobrevolaba las idas y venidas diarias de la corte. Cualquier mención de la vida vienesa incluía, por fuerza, a Sofía, la consejera más fiel del emperador y la presencia dominante en su vida y en la de los hijos de Sissi. Gimió, hizo una bola con la carta de Francisco y la lanzó al otro extremo de la habitación.

Sin embargo, consiguió controlar sus pensamientos antes de que su mente enfilara ese oscuro y desolador pasillo… esa súbita agonía contra la que luchaba tan a menudo. «Valeria.» Pronunció el nombre en voz alta para desterrar los demonios que la acechaban, para tranquilizarse con sus sagradas sílabas. Su preciosa hija pequeña. La niña que estaba a salvo en su habitación de Gödöllő. La niña cuya concepción había decidido a Sissi de una vez por todas a abandonar Viena, a su suegra y a la corte imperial al completo. A ir allí, a Hungría, donde tal vez pudiera librarse de la autoridad de Sofía y criar por lo menos a uno de sus hijos sin interferencias, dar por fin rienda suelta a los anhelos maternales que brotaban de su alma.

—¿Hemos terminado? Estoy deseando abrazar a mi Valeria.

Sissi se removió en el asiento con la vista clavada en la imagen de la peluquera imperial, Franziska Feifalik, en el espejo; la mujer daba los últimos retoques al recogido trenzado. Otro detalle agradable de su vida lejos de la corte: podía llevar su famosa melena en trenzas sueltas con coronas de flores silvestres en vez de los formales y pesados peinados, con tiaras de piedras preciosas, que lucía en la corte y en actos formales. Peinados que le provocaban dolor de cabeza al llegar la noche.

—Un segundo, emperatriz. —Franziska entrelazó con dedos diestros un último ramillete de flores silvestres con los mechones castaños—. Et voilà! ¡Listo! Otra obra de arte, si me permite decirlo.

Sissi se levantó y se dirigió al vestidor, donde escogió el ceñido vestido de satén de color crema ribeteado con flores bordadas con hilo de oro. Se puso perlas en el cuello, las orejas y las muñecas, a juego con el vestido y los fragrantes pétalos blancos del pelo. Mientras sus damas de compañía se afanaban a su alrededor, abrochando botones y ajustando los pliegues de la tela, Sissi asintió satisfecha al ver su reflejo en el espejo.

—Bien —dijo—. Creo que hemos terminado.

Casi pudo oír los suspiros de alivio de las tres mujeres que la atendían: Franziska, la peluquera polaca; Ida, su dama de compañía húngara, y María Festetics, la condesa húngara que formaba parte de su séquito desde hacía mucho tiempo. Ni una sola persona del círculo más íntimo de la emperatriz austríaca era austríaca. Así lo prefería Sissi.

—Un poco excesivo para la habitación de la niña, pero tal vez a mi querida Valeria le gusten estas espléndidas perlas.

Sonrió y se giró a uno y otro lado mientras examinaba su figura por última vez en el espejo de cuerpo entero. Siempre era muy estricta en lo referente a su vestimenta y su peinado. No se había ganado la reputación de ser «la mujer más bella de su tiempo» —más bella incluso que esa encantadora Eugenia, la emperatriz de Francia— por ser descuidada. Pero esa noche tenía una importancia especial, esa noche Andrássy cenaría con ella.

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Y por fin llegó la hora preferida de Sissi.

—¿Va todo como debería?

Sissi entró en la habitación de la niña; las paredes estaban pintadas de un alegre azul, un tono que ella misma había escogido, libre de las opiniones no deseadas de su suegra. Fue derecha a la cuna, levantó a la pequeña en brazos y respiró su olor a polvo de talco y leche. Dejó un reguero de besos en sus mejillas. La niña respondió con un suave sonido gutural y Sissi la abrazó aún con más fuerza, abrumada por una nueva oleada de amor embriagador e interminable por su hija.

—Así es, emperatriz; hoy la archiduquesa está sonrosada y contenta. —La niñera era una muchacha británica de voz dulce llamada Mary Throckmorton. Apacible y tranquila, la señorita Throckmorton era todo lo contrario a Sissi, que sentía deseos de responder a cada sonido y gimoteo de la niña con la mayor alarma y diligencia.

—¿Ha dejado de llorar? ¿Y ha comido lo suficiente? —preguntó Sissi, que cambió de postura a Valeria para poder recorrer con la mirada cada centímetro de su cuerpo regordete y rosado. Perfecta, sí, así era su niñita. Su angelito.

—Creo que lloraba por esto. —La señorita Throckmorton se inclinó hacia delante, separó con destreza los diminutos labios de Valeria y dejó a la vista un solitario diente.

—Su primer diente —murmuró Sissi, al tiempo que empezaba otra ronda de besos en las mejillas de la niña—. ¡Ay, mi pequeña! ¡Mi precioso angelito! Qué rápido creces. ¡Ya le están saliendo los dientes! Ay, pobrecita mía. Señorita Throckmorton, encárguese de darle a la archiduquesa cualquier cosa que pueda calmarla mientras le estén saliendo los dientes. ¿Me ha entendido?

—Por supuesto, emperatriz —contestó la niñera en un tono de voz neutro.

—¡Mi niña! —exclamó Sissi con orgullo maternal.

Como respuesta, Valeria soltó otro gorjeo y su regordeta mano buscó la cara de su madre. Sissi se sentó con la niña en el suelo de la habitación. Allí jugaron, tan absortas la una en la otra que era difícil saber quién estaba más concentrada. Valeria estaba deslumbrada por el espectáculo de las ondas del pelo de su madre, el brillo de las perlas y su enorme sonrisa. Y Sissi estaba embobada, hechizada por todos y cada uno de los detalles de su adorada hija. Su «única hija», como solía decir de Valeria cuando hablaba con Ida y con María Festetics. La única receptora del torrente de amor maternal que había contenido durante años en su interior y que se había ido secando como la leche con la que nunca pudo amamantar a sus primeros amores.

Por supuesto, Sissi todavía amaba a Gisela y a Rodolfo. Y, por supuesto, había querido a su primogénita, la princesa Sofía, que murió de fiebre tifoidea cuando apenas tenía dos años. Una parte de ella nunca se recuperó de ese golpe. Pero todo se resumía en que, con los dos otros hijos instalados en la habitación de los niños de Viena, nunca había podido establecer ningún tipo de vínculo especial con ellos. Nunca había podido darles el pecho ni consolarlos, nunca habían podido conocerla como madre, y nunca le habían permitido adorarlos como anhelaba. Sus visitas a la habitación de los niños, cuando eran autorizadas por su suegra, siempre fueron rápidas y restringidas por el protocolo. Acompañada por los ministros de la archiduquesa, por su cortejo y por la propia Sofía. Visitas llenas de críticas, de censura y de recordatorios apenas velados acerca de lo inadecuada que era Sissi. Sabía lo que su suegra había dicho cuando nacieron sus hijos; había oído los cuchicheos y le habían llegado los comentarios mordaces de Sofía. «Claro que Sissi no debería criar a los niños. ¡Si ella misma no es más que una niña!» Y teniendo en cuenta que los afectos de sus hijos, con el tiempo, se habían volcado en su abuela Sofía, pensar en ellos le provocaba tanta angustia y tanto dolor como calidez y amor materno. Hasta que llegó Valeria. Su cuarta y última hija. Una sorpresa, un inesperado regalo del cielo y la oportunidad, por fin, de ser «mamá».

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Después de acostar a Valeria y cuidar de que no tuviera calor ni frío mientras dormía, Sissi salió de la habitación de la niña y fue a reunirse con la condesa María y con Ida para la cena.

Mientras descendía la escalinata, con el corazón rebosante de felicidad tras el rato que había pasado con Valeria, vio una figura alta en el vestíbulo, una silueta apenas oscurecida por las sombras allí donde no llegaba la luz de las velas. Sissi se detuvo e intentó controlarse. O eso o volaba escaleras abajo hasta sus brazos… una reacción que no era apropiada.

Andrássy debió de oírla bajar, porque se dio la vuelta en ese instante y sus ojos oscuros se clavaron en ella.

—Mi reina. —Cruzó el vestíbulo hacia la escalinata. Siempre la llamaba con el título húngaro de «reina» en vez de con el austríaco de «emperatriz». Sissi pertenecía a su tierra, a su pueblo. Y a ella eso le encantaba.

—Andrássy.

—Sissi.

Se obligó a descender despacio los últimos escalones hasta él pero fue incapaz de contener la sonrisa que apareció en sus labios.

—Cada vez que te veo, me deslumbras. —Andrássy extendió la mano, le cogió las suyas y se las llevó a los labios.

«Qué manera de saltarse el protocolo...», pensó Sissi. Nadie, a excepción de las damas de compañía que la vestían, podía tocarla. Y, desde luego, ningún hombre salvo Francisco se atrevería a besarle la mano. Pero lo peor era que no llevaba guantes y los labios de Andrássy le rozaron la piel desnuda, la superficie imperial más sagrada. ¡Ay, cómo adoraba estar en Hungría!

—¿Cómo estás? —preguntó él en voz baja, como si estuvieran solos en el enorme vestíbulo. Y bien podrían estarlo, pues María e Ida, expertas ambas en el arte de la discreción, se habían retirado a un aparte para charlar.

—Estoy muy bien. Y ahora incluso mejor. —Lo miró con una sonrisa—. ¿Qué tal el viaje desde Viena?

—Largo. Pero me esperaba algo al final del camino. —La miró a los ojos más tiempo de la cuenta y luego descendió la mirada por su vestido y su cintura, recorriéndola por entero. Sonrió en señal de aprobación y Sissi sintió que el rubor le subía por la columna hasta las mejillas. Y luego, porque él la conocía muy bien, le preguntó—: ¿Y cómo está Valeria?

Sissi no pudo contener una sonrisa todavía más ancha.

—Ahora mismo vengo de su habitación. Le ha salido el primer diente.

—¡Ya el primer diente! Por favor, ¿tanto tiempo he estado fuera?

—Has estado fuera demasiado tiempo —contestó ella, mirándolo fijamente a los ojos. Tenerlo delante, su presencia indiscutible después de tan larga ausencia, la consumió por entero, calmándola, de la misma manera que la relajaban los ungüentos que sus damas de compañía aplicaban a sus músculos doloridos después de cabalgar más de la cuenta o el aceite de almendras con el que la peluquera le masajeaba el cuero cabelludo y domaba sus rebeldes rizos. Estaba allí, una vez más, delante de ella. Su mente, sus palabras y su añorada figura, tan alta y tan viril. Soltó el aire despacio antes de añadir—: Estuve tentada de usar mi poder imperial para obligarte a volver a casa. No sabía cuánto más iba a poder soportarlo.

Andrássy sonrió relajado, distendido.

—En fin, ya estoy aquí. Y me alegro.

Daba igual que las malas lenguas en Viena y en toda Austria susurraran que Valeria era hija de Andrássy. Daba igual que la gente dijera que él le había dado el palacio de Gödöllő como un obsequio del Parlamento húngaro para así contar con un lugar donde poder tener sus encuentros privados. Daba igual que algunos llamaran a la princesa «la niña húngara» y que comentaran que era normal que la madre hubiera decidido criarla en Hungría, ya que era la tierra de su padre. Tanto Sissi como Andrássy sabían que era mentira. Y el emperador también. Los ojos azules de Valeria y su tez de alabastro atestiguaban claramente la paternidad de Francisco, no había nada en ella de la morenez de Andrássy. «Pero todo eso da igual», pensó Sissi. Mientras a Francisco no le inquietasen los rumores, ella se limitaba a reírse de su crueldad y a dar gracias por la distancia que la separaba de sus críticos.

—Hace una noche espléndida y tú estás espléndida. ¿Salimos? —Andrássy se colocó el brazo de Sissi en el suyo y la llevó por las puertas francesas a los jardines traseros, donde los envolvió la luz índigo de la impenetrable noche de Gödöllő. María e Ida los seguían a una distancia prudencial.

—¿Te quedarás? —preguntó Sissi.

Sus pasos sonaban acompasados en la terraza; en el cercano establo, un caballo soltó un largo y lastimero relincho.

—Confieso que nada me gustaría más que quedarme. Pero supongo que, para evitar cualquier insinuación de escándalo, tal vez debería instalarme en Budapest.

—No —dijo Sissi con voz firme—. Les dices que te quedas en Budapest. Pero te quedas aquí. Al menos durante unos cuantos días. ¿Sí?

Andrássy se detuvo y, todavía con los brazos entrelazados, miró a Sissi de reojo mientras sopesaba su petición. Su figura con el atuendo de gala era imponente.

Sissi suspiró.

—Que murmuren. Que cotilleen. Te quiero aquí.

Andrássy seguía mirándola con expresión pensativa.

Sissi, consciente del poderoso efecto que ejercían esos ojos oscuros en su estómago, se obligó a respirar con normalidad.

—Además —continuó—, no es la gente de Budapest la que da pábulo a esos rumores, sino los vieneses.

Andrássy echó a andar de nuevo.

—Eso es verdad. Los húngaros nunca dirían una mala palabra sobre ti, su reina. Su Sissi.

—Ni sobre ti. Su adorado primer ministro.

Andrássy ladeó la cabeza y pensó en ello.

—Así que te quedarás.

Los labios de Andrássy dibujaron una sonrisa renuente mientras asentía.

—Si eso es lo que ordena mi reina, ¿quién soy yo para desobedecer?

—Bien —dijo Sissi, que sonrió y miró al frente, hacia el sendero que tenían delante.

Le gustaba que Andrássy le permitiera salirse con la suya en asuntos que para ella eran importantes. Le encantaba que respondiera a sus sentimientos y los alimentara con semejante ternura. Era algo que Francisco nunca había estado dispuesto a hacer.

—Confieso que salgo perdiendo —prosiguió Sissi—. Gracias a mi apoyo en Viena, te nombraron primer ministro de Hungría. Y ahora, precisamente por ese cargo, estás obligado a viajar a Viena muy a menudo o a quedarte encerrado entre los muros del Parlamento de Budapest mientras yo estoy aquí sola.

—Somos una pareja que no termina de encontrarse, ¿verdad?

Andrássy acortó sus zancadas para que ella pudiese caminar despacio.

—Adoro al estadista que hay en ti… y al mismo tiempo lo detesto. —Sissi suspiró—. Supongo que debería preguntarte qué tal por Viena.

Andrássy se lo pensó un momento antes de contestar.

—El consejo de tu marido se ha renovado por completo en los últimos meses. Como a buen seguro ya sabes.

—Te sorprendería lo poco que estoy al tanto de los asuntos de Viena.

—Pero Francisco… esto, el emperador y tú os escribís con regularidad, ¿no es cierto?

—Ah, me pone al día de los progresos de los niños. Y de todos los detalles insignificantes de su vida, como qué cenó la víspera o qué obra se está representando en el teatro Imperial. —Hizo una pausa y dejó vagar la mirada por los cada vez más oscuros jardines, donde grillos invisibles llenaban la noche con su dulce y bucólica melodía—. A Francisco nunca le ha gustado que hable de algo que vaya más allá de lo que es una conversación cortés e insustancial, y eso sin duda excluye la política. Solo estuvo dispuesto a escucharme en un asunto político: Hungría.

Andrássy se acercó más a ella y Sissi percibió su olor a colonia, a jabón de afeitar y a humo de tabaco. Con los labios casi rozándole la oreja, él susurró:

—Hungría. La causa más importante para ti.

—Desde luego.

Se percató de que Andrássy le sujetaba el brazo con más fuerza, un gesto tan sutil que podría haberle pasado desapercibido, pero era imposible que no se diera cuenta del escalofrío en todo el cuerpo que le provocó su caricia.

La voz de Andrássy se tornó seria de repente.

—Y precisamente por eso el consejo del emperador ha sufrido tal transformación.

—¿Por su voluntad de garantizar la autonomía de Hungría? ¿Porque firmó la creación de la monarquía dual austrohúngara dentro del Imperio austríaco?

Andrássy asintió con la cabeza, y Sissi reflexionó y al final se encogió de hombros.

—Viena necesitaba sangre nueva desde hacía mucho tiempo. Francisco sabe que el Compromiso austrohúngaro fue lo correcto, por mucho que ahora sus ministros protesten. Era el único camino para evitar una revuelta abierta en Hungría, para conservar las fronteras de su imperio. No quería que una guerra civil asolase sus tierras, una guerra que tal vez hubiera implicado a toda Europa. Sobre todo, tan seguido de las terribles derrotas contra Prusia e Italia. No, Europa no puede sufrir otra guerra.

—Así lo entiende él y así lo ha declarado —convino Andrássy con gravedad.

—Los ministros de mi marido son como las malas hierbas —dijo Sissi—. Si cortas una, otras dos saldrán y ocuparán su lugar.

Andrássy se detuvo y se inclinó hacia ella.

—Vaya, ¿en tan poca estima me tienes?

Sissi se volvió hacia él con una sonrisa traviesa.

—Fuiste mío antes que suyo. Tú eres distinto.

—Eso espero…

Cuando echaron a andar de nuevo, Sissi estuvo tentada de preguntarle qué aristócrata o qué vulgar actriz habían encontrado sus ministros para calentar la cama de Francisco esos días, pero se tragó ese amargo pensamiento. El tiempo con Andrássy era sagrado, no iba a permitir que las viejas heridas de su matrimonio destrozado mancillaran ese momento. Además, los días en que ese asunto le importaba de verdad habían pasado. Ya no era la muchacha ingenua con la que Francisco José se había casado, la inocente provinciana de dieciséis años que había confundido el enamoramiento con el amor verdadero y las promesas con hechos. La jovencita que no había comprendido «cómo se hacen las cosas» en la corte imperial y que acabó destrozada cuando llegó el momento de aprenderlo.

Francisco ya no podía hacerle daño, no como entonces. Su corazón, dolorido por los incesantes golpes primero de su suegra y después de su marido, así como por la muerte de una hija y la pérdida emocional de los otros dos, había renacido en los últimos años. De alguna manera, lenta y obstinadamente, el corazón que Sissi había creído muerto y yermo había seguido latiendo. Había cerrado las heridas con una gruesa cicatriz y se había negado a ceder. Y así había decidido vivir de nuevo. Con sus propias reglas. Y con esa decisión llegaron la aceptación y un poder renovado… y la libertad. Francisco estaba muy lejos de ella en ese momento, una distancia que no solo era la que ella había puesto entre los dos, sino que también estaba marcada por el escudo que ella había levantado para protegerse. Francisco ya no podía hacer nada para causarle más dolor.

Además, en su matrimonio no había habido contacto amoroso en años… casi una década, ahora que lo pensaba. Salvo por la breve reconciliación cuando regresó al lecho conyugal mientras trabajaba con Francisco José para forjar el Compromiso austrohúngaro. Un breve encuentro que, milagrosamente, le había dado a Valeria, así como el reino de Hungría.

Y en ese momento Andrássy estaba delante de ella —sus ojos oscuros tenían una mirada tan suave como el terciopelo negro— y un glorioso anochecer había caído sobre Gödöllő. De modo que Sissi desterró de su mente a Francisco y todos los años que habían pasado haciéndose daño mutuamente. Había intentado superar el hecho de que Francisco había permitido que le arrebatasen a sus tres primeros hijos, haciendo que se sintiera una yegua de cría y una apestada en su propia corte, y lo había logrado hasta cierto punto. Superar el hecho de que su vida con Francisco nunca les había pertenecido, sino que había estado compartida con demasiadas personas, sometida a demasiadas obligaciones, eclipsada por la exigencia de su papel como emperador. El hecho de que la hubiera desatendido, de que le hubiera ocultado sus emociones y de que nunca hubiera puesto ningún empeño en saber lo que ella sentía. El hecho de que Francisco hubiera preferido la compañía de sus ministros, de sus generales, de su madre y de otras mujeres a la suya. El hecho de que se hubiera alejado de su matrimonio… Pero ¿qué más daba todo eso? En ese momento era ella la que se había alejado, ¿no?

Andrássy interrumpió sus silenciosas cavilaciones al levantar un dedo para acariciarle la frente.

—Parece como si estuvieras batallando.

—Lo estoy.

—¿Quién gana?

Ella le regaló una media sonrisa.

—Yo.

—Bien. —Se inclinó y la besó en la frente. Era un gesto muy atrevido para un lugar tan público como los jardines, pero las últimas luces del día ya habían desaparecido y la oscuridad los envolvía.

Un sonido llegó al patio desde una ventana abierta: la carcajada de una criada en la cocina. Andrássy apartó los labios de su frente.

—Supongo que deberíamos entrar a cenar.

—Supongo que tienes razón. —Sissi suspiró, y ambos emprendieron el camino de vuelta al palacio—. Te advierto que Nicky…, el príncipe Esterházy, cenará con nosotros.

Andrássy gimió y se detuvo.

—En fin, no sabía que ibas a venir —dijo Sissi, divertida ante sus celos aparentes—. Si me hubieras escrito, me habría asegurado de que él…

—Me gusta sorprenderte, ya lo sabes. La expresión de alegría que aparece en tu cara hace que el dolor de la separación valga la pena.

—Ah, pero llegaste cuando yo estaba dando un paseo a caballo con Nicky, así que la sorpresa se estropeó.

Andrássy se inclinó de nuevo para susurrarle al oído y sus palabras fueron una caricia.

—En ese caso, tendré que encontrar otra manera de provocar esa expresión de alegría en tu preciosa cara.

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El príncipe Esterházy los esperaba en el comedor. Estaba de pie, con pose formal y expectante, muy parecida a su impecable postura en la silla de montar. Al igual que Andrássy, lucía un frac, y parecía relajado y saludable tras haber pasado el día cazando zorros.

—Ah, reina Isabel, no está sola. —La cara de Esterházy reflejó su decepción, y la misma frustración que Andrássy acababa de manifestar—. Andrássy —saludó con fingida satisfacción mientras apretaba los dientes—. Me alegro de verlo.

—Lo mismo digo, Esterházy.

Se estrecharon las manos.

—¿Ha vuelto de Viena hace poco?

—Hoy mismo —contestó Andrássy.

Esterházy enarcó una ceja oscura.

—¿Y ha abandonado tan pronto Budapest para compartir la cena con la reina? ¿No tiene asuntos pendientes en la ciudad?

—¿Qué asuntos podrían ser más importantes que presentarle mis respetos a nuestra soberana y pedirle consejo tras mi reciente viaje?

Esterházy frunció el ceño y toqueteó las mangas de su frac.

—Debo felicitarle, Esterházy —siguió Andrássy con fingida camaradería—. Parece que ha cuidado usted muy bien de nuestra reina…, tengo entendido que ha sido su más fiel acompañante mientras yo he estado ausente. No ha carecido de la hospitalidad húngara gracias a usted.

Sissi fue incapaz de contener la sonrisilla cuando ocupó su lugar en el centro de la mesa, tras lo cual indicó a los hombres que se sentaran uno a cada lado. Siguió deleitándose con su rivalidad mientras intercambiaban pullas durante la cena. Los celos de Nicky no la sorprendieron: era un aristócrata simpático, rico y atractivo. Damas de toda Hungría iban detrás de sus sonrisas y su fortuna familiar. El hecho de que poseyera las caballerizas más grandes de purasangres de todo el país y de que su propiedad lindara con el palacio de Gödöllő había hecho del príncipe Nikolaus Esterházy un acompañante muy agradable para Sissi durante esos últimos meses. Por no mencionar que tal vez fuera el único jinete del país capaz de mantener su ritmo, ya que era una amazona legendaria.

A Andrássy pareció sorprenderle la arrogancia de Nicky, la familiaridad con la que se dirigía a Ida y a María, la cantidad de tiempo que su rival había pasado sentado a esa mesa, en presencia de Sissi, durante su ausencia. Era una crueldad por parte de Sissi, y ella lo sabía, pero observó a Andrássy fruncir el ceño y removerse inquieto durante toda la cena y tuvo un sentimiento parecido al alivio, incluso rayano al placer. Los celos de Andrássy eran una señal inequívoca de que sus sentimientos hacia ella no habían cambiado durante la separación. Seguía deseando su compañía —necesitándola— con el mismo anhelo que ella la suya. Así las cosas, mientras la cena seguía su curso y los criados desfilaban con una variedad interminable de platos y bandejas, Sissi bebió de su copa de vino y se permitió embriagarse un poquito con la comida y con la compañía.

—En ese caso, conde Andrássy, supongo que volverá a Budapest esta noche, después de la cena. Con la condesa Andrássy. —Esterházy fumaba durante el postre, se dirigía a los criados por su nombre de pila y pidió que le rellenasen la copa en numerosas ocasiones.

—Le he pedido al primer ministro que se quede en Gödöllő —terció Sissi, consciente de que la tensión que reinaba en la mesa podría alcanzar cotas indeseadas con ese último comentario.

Andrássy clavó la vista en su plato de postre y soltó un sonoro suspiro. Detestaba cualquier mención a su esposa, de la que se había separado hacía mucho aunque legalmente siguieran siendo marido y mujer. Sabía, de la misma manera que Sissi, que los dos estaban casados. Que el amor que se profesaban estaba mal…, aunque a ellos no se lo pareciera. Detestaba que le recordasen a Sissi la existencia de la condesa Andrássy. Como de todas las cargas, esa era otra preocupación de la que intentaba proteger a Sissi.

—Le he pedido al conde Andrássy que se quede —repitió ella con voz calmada y firme. Probó un bocadito de su postre preferido, un helado de violeta hecho especialmente para ella por uno de los heladeros de Budapest—. Solo durante unos días. Llevo meses sin pisar Viena y quiero que me ponga al corriente de todo.

Esterházy se volvió hacia Sissi y sus labios se fruncieron bajo el espeso bigote negro. «Estos húngaros… ¿dejarse esos bigotes es un requisito de clase?», pensó ella. Se los veía muy atractivos cuando sonreían, pero también muy enfadados y temibles cuando fruncían el ceño.

—Y ahora… —Sissi se levantó y desvió la conversación—. ¿Una partida de cartas o charadas esta noche? ¿O tal vez mejor disfrutamos de un poco de música y poesía?

Tras la cena el grupo se trasladó al salón para tomar una copa y pasar a los entretenimientos, y la noche en Gödöllő recuperó su ritmo sereno y habitual. Allí las últimas horas del día se pasaban junto a una acogedora chimenea, mientras Ida leía en voz alta al poeta húngaro Mihály Vörösmarty o María interpretaba al piano una sonata de Franz Liszt. Todo el mundo tenía libertad para irse o quedarse, para proponer lo que quisiera. Shadow y Brave se adueñaban del trozo de alfombra que quedaba a los pies de Sissi. Ida se sentaba a la izquierda de la reina con una sonrisa, dulce y sumisa, siempre dispuesta a hacer lo que el grupo o, mejor dicho, lo que Sissi quisiera. Mientras tanto, María Festetics, siempre solícita, revoloteaba por la estancia, inquieta por si Sissi se había sentado demasiado cerca de una ventana abierta y podía resfriarse o preguntándose en voz alta si, sentada como estaba tan cerca del fuego, Su Majestad Imperial pasaría calor. Sissi se limitaba a sonreír a su dama de compañía y decía:

—Estoy de maravilla.

En Viena incluso la reunión familiar más íntima quedaba sujeta a siglos de rígida tradición Habsburgo y al protocolo imperial. Las interacciones más naturales se convertían en algo incómodo y artificial debido a la intransigente necesidad de rendir tributo a esa entidad divina: la etiqueta. Incluso en el salón familiar, cuando solo estaban Sissi, los niños, Francisco y su madre, nadie podía hablar a menos que el emperador le dirigiese la palabra en primer lugar. Nadie podía sentarse a la mesa sin guantes. Nadie podía levantarse antes de que lo hiciera Su Majestad Imperial. Nadie podía comer una vez que Su Majestad Imperial hubiera terminado de hacerlo. Las reglas eran interminables e inquebrantables; tanto era así que los miembros de la familia solo mantenían conversaciones muy cortas e insustanciales acerca de los sucesos del día.

En Gödöllő, como anfitriona, Sissi pretendía crear el ambiente contrario. Mientras se acomodaba en el mullido sillón, con la copa de tokaji dulce en sus manos sin guantes, dio gracias por enésima vez por encontrarse tan lejos de la capital imperial. Por estar allí, donde Valeria dormía a salvo en su habitación y las noches eran alegres y relajadas, pródigas en vino, risas y conversaciones sinceras.

Al menos solían ser alegres y relajadas. Esa noche el ambiente era mucho más tenso. Dándose cuenta de que la charla podría acabar en discusión si se llevaba al terreno personal, Sissi condujo la conversación hacia la política, un territorio bastante más seguro en comparación. Al parecer, por mucha animosidad que existiera entre Esterházy y Andrássy, estaban de acuerdo en algo: los dos detestaban a su vecino del norte. Prusia, bajo el mandato del canciller Bismarck, empezaba a fortalecerse y a militarizarse hasta suponer una amenaza. Tras haber derrotado a Austria unos años atrás, Bismarck quería convertir a Francisco José en su aliado. Y después, una vez que contara con la lealtad —o la sumisión— de Viena, parecía que el puño de hierro de Bismarck pretendía golpear a Francia, donde se acusaba al nuevo emperador Napoleón III de preocuparse más por sus lujosos palacios y la sugerente figura de la emperatriz Eugenia que por los asuntos de Estado. Andrássy y Esterházy eran del mismo parecer: si Prusia se enfrentaba y derrotaba a Francia, rompería el equilibrio de poder en Europa.

—Creo que la reina y sus damas de compañía están ya cansadas de nuestro debate político, Andrássy. —Esterházy, que parecía más relajado que durante la cena, se inclinó hacia delante en su asiento y miró a Sissi—. Hablemos del tema preferido de Su Majestad Imperial: montar a caballo. Hoy casi atrapamos a ese zorro, ¿no es cierto?

Sissi se animó al recordarlo.

—¡Cierto! Por Dios, Nicky, cuando saltó ese último seto a todo galope, estaba segura de que acabaría en el suelo.

Esterházy soltó una carcajada estentórea, el tipo de risa que no era necesariamente fruto del verdadero placer sino más bien una afectación ufana. Como si aquel que se reía quisiera que los demás vieran que tenía motivos para reírse.

—¿Tan poca fe tiene en mis habilidades como jinete después de todo el tiempo que llevamos cabalgando juntos, reina Isabel?

Sissi tendió la copa a Ida para que se la rellenase y soslayó la expresión ceñuda de Andrássy. Antes de que pudiera contestar, un criado apareció en la puerta e hizo una reverencia; sus manos enguantadas sostenían la bandeja de plata del correo.

—¿Sí? —Sissi se incorporó en el sillón y dejó la copa en una mesita cercana—. Adelante. ¿De qué se trata?

El criado hizo otra reverencia, se acercó a Sissi y bajó la mirada antes de enseñarle la bandeja en la que llevaba un telegrama. Sissi lo abrió enseguida. Era de Gisela… Qué raro recibir dos notas de su hija el mismo día. Lo leyó a toda prisa.

Estimada señora, Su Majestad Imperial STOP ¿Ha recibido Su Majestad la carta? STOP Se solicita inmediata respuesta STOP Asunto de suma urgencia STOP Atentamente a su servicio, Gisela STOP

Sissi se puso muy tensa. La carta… la carta de Gisela. La había guardado, se la había metido en el bolsillo de la bata para leerla más tarde. Estaba tan ansiosa por reunirse con Valeria, por ver a Andrássy, que se había olvidado de ella.

—¿Majestad? —María se inclinó hacia ella.

—¿Qué pasa? ¿Va todo bien? —Andrássy se acercó a Sissi con el ceño fruncido.

—Lo siento mucho, tengo que… —Sissi miró de nuevo el telegrama, aturdida. Cuando volvió a hablar, lo hizo con un hilo de voz—. Discúlpenme. Les deseo… les deseo buenas noches. —Tras decir eso, Sissi se levantó del sillón y salió del salón, seguida por sus damas de compañía y sus perros.

En la planta alta, mientras Sissi cenaba, una criada había recogido sus aposentos, había preparado la cama de la reina y había colgado la bata en el vestidor. Sissi atravesó la amplia estancia con paso firme en busca de la bata mientras María e Ida ordenaban que encendieran más velas. Sissi rebuscó entre los pliegues de la prenda hasta dar con la carta de Gisela dentro del bolsillo donde la había metido.

Se sentó a su escritorio, abrió la carta y sus ojos se posaron en la elegante y pulcra letra de su hija.

A mi estimadísima y admirada madre, Su Majestad Imperial Isabel de Austria por mandato divino y reina consorte de Hungría.

Sissi no pudo contener un suspiro al leer la presentación. Gisela siempre se había parecido a su padre: consciente de sus deberes, pendiente de las reglas de Sofía y obediente del protocolo de la corte, de modo que hasta el saludo a su madre se convertía en algo rígido y antinatural. A diferencia de Rodolfo, Gisela no había heredado nada de la sensibilidad y la imaginación de su madre. Sissi siguió leyendo.

Querida señora:

Rezo para que esta carta las encuentre a usted y a mi hermana, la archiduquesa Valeria, con buena salud. Debo empezar con una disculpa: ojalá el motivo de mi misiva fuera un asunto feliz, pero de hecho esta carta os porta unas noticias inquietantes.

Sissi se puso rígida. ¿Qué noticias inquietantes podría transmitirle Gisela? Retomó la lectura.

Como tal vez ya sepa, mi hermano, Rodolfo, el príncipe heredero del Imperio austrohúngaro, lleva un tiempo bajo la supervisión y la tutela del conde Leopold Gondrecourt, militar de carrera. El conde es un hombre estricto y exigente, cualidades que no tienen por qué ser negativas en sí mismas. Sin embargo, no todo es como debería ser en la relación entre el conde y mi hermano, el príncipe heredero.

Llevo meses con el corazón en un puño, apesadumbrada por lo que veo que sucede, pero sin los medios necesarios para corregir la situación en absoluto favorable de la que soy testigo. No sabía a quién confesarle mi carga. Papá se desentiende de mi preocupación y la abuela me reprende cada vez que saco el tema a colación. Pero, querida señora, el conde Gondrecourt somete a mi querido hermano menor a todo tipo de penalidades en aras de la «educación».

Lo que el conde Gondrecourt, papá y la abuela llaman «educación» yo lo calificaría de tortura. Y las consecuencias son evidentes cada vez que miro a Rodolfo: mi pobre y querido angelito se va consumiendo ante mis ojos. (No es que lo vea a menudo…, pocas veces está libre de sus «lecciones». Sin embargo, cuando lo veo, me entristece tanto su paulatino deterioro que lloro durante horas.)

Sé que es pecado discutir con un progenitor y no quiero faltarle el respeto a mi padre, Su Excelentísima Majestad Imperial y Real. Ni a mi queridísima abuela, la admirable archiduquesa Sofía, modelo de excelencia para todos nosotros. Pero, sea como fuere, debo confesarle mis preocupaciones. Lo que para mí es una muestra de la sensibilidad y el encanto del carácter amable y compasivo de Rodolfo, para mi padre, mi abuela y el conde Gondrecourt son los obstáculos y los límites de las capacidades de un niño pequeño que un día asumirá el cargo de emperador. El conde cree que mi hermano, con apenas diez años, debe someterse a los rigores de la instrucción militar para librarse de lo que la abuela y papá llaman su «débil constitución».

Sé que el conde ha sacado a rastras de la cama a mi hermanito en mitad de una noche invernal para obligarlo a marchar, descalzo, por los helados jardines de palacio. El conde lleva a Rodolfo al zoo privado de la familia, un lugar destinado para la diversión, pero lo encierra en el mismo lugar que los leones y le grita que o mata a las bestias o lo matan. Lo saca de la cama todos los días antes del amanecer y lo mete en una bañera de agua con hielo, a veces hasta lo convence de que lo van a ahogar. Dispara armas de fuego apuntando cerca del tembloroso cuerpo del príncipe heredero. Si Rodolfo grita de miedo o retrocede por el pánico, el conde repite la actividad y apunta todavía más cerca de él.

Estimadísima señora, siempre intento obedecer a mi bendita abuela y a Su Majestad Imperial mi padre, pero me destroza ver lo que sucede. Sé que evita Viena. No entiendo los motivos y mi padre frunce el ceño cada vez que pregunto por qué no está aquí, pero le escribo para suplicarle ayuda: por favor, por el bien de su hijo, que cada vez está más demacrado y pálido, por favor, vuelva a Viena y cerciórese de lo que digo. Si usted, como mi abuela y mi padre, llega a la misma conclusión de que toda esta «educación» es una parte esencial del proceso por el que mi hermano, un alma sensible y dulce, se convertirá en un hombre digno de ser emperador, no me quedará más remedio que cesar en mis protestas. Entenderé que así es como se hacen las cosas y me someteré encantada a la sabiduría de mis mayores.

Pero si usted, al igual que yo, ve estas prácticas y decide que son crueles e innecesarias, tal vez esté en su mano acabar, por fin, con el despropósito que supone el sufrimiento de este pequeño.

Su súbdita más devota y fiel,

GISELA

Sissi dejó la carta en el escritorio, todo su cuerpo temblaba por una mezcla de angustia y rabia. Cada palabra la había golpeado como un mazazo, como un latigazo que reabría viejas heridas, sin embargo se obligó a leerla una segunda vez, una tercera, y así más de una docena de veces, hasta que hubo absorbido tan terribles palabras. El mensaje le provocaba una oleada de espanto en cada ocasión. Despachó a sus damas de compañía con un gesto seco, no respondió a sus preguntas ni a sus miradas de preocupación, y se quedó allí sentada, con la horrenda carta delante, llorando. Intentó encontrar algún sentido, alguna explicación para esas palabras incomprensibles, pero no la había. ¡Torturar a un niño pequeño con agua helada, terror y privaciones físicas!

Sissi se apartó del escritorio. Todavía ataviada con el vestido de gala que había lucido en la cena, salió del dormitorio y descendió por su escalera privada hasta el pasillo que comunicaba sus aposentos con el patio junto al establo.

Sabía que lo encontraría allí. Nunca se reunían de noche, solos, dentro del palacio. A él jamás se le pasaría por la cabeza acudir al dormitorio de la reina. Era demasiado arriesgado en una casa llena de criados que podrían darse cuenta o cuchichear. La propiedad de Esterházy estaba justo tras la lejana linde del bosque, y más allá había otra propiedad, y otra tras esta, así hasta Budapest. Sin duda, los criados de las casas solariegas se conocían, estaban al corriente de las novedades y se transmitían chismorreos, como los eslabones de un collar que llegara hasta la capital húngara. Desde allí, el salto hasta Viena era muy fácil.

Sin embargo, allí fuera, bajo la inmensidad del cielo nocturno, sin farolas ni más luces que las brillantes estrellas, Sissi conocía un lugar secreto, lejos de los ojos de los criados y de sus juicios de valor. Podía parecer de lo más vulgar: un sendero flanqueado de castaños de Indias conducía a un bosquecillo de cornejos cuyas frondosas ramas relucían a la luz de la luna. Se escondían detrás del establo, cerca de donde dormían los veintiséis caballos de Sissi, y a una distancia segura del palacio. Los dos consideraban ese lugar un refugio.

Y en ese momento, esa noche, ella corría hacia allí como una aparición atormentada en busca del alma que podía ayudarla, que podía consolarla después de la tortura que habían supuesto las palabras llegadas desde Viena.

Oyó su voz antes de atisbar su alta figura en las sombras.

—Sissi.

Respiró y su cuerpo entero se relajó.

—Andrássy.

El sonido de su propia voz la sorprendió, jadeante y ronca… cargada de desesperación y desesperanza. Su cuerpo estaba delante de ella y él la abrazó en la oscuridad. Ella se abandonó en sus brazos y él se inclinó para besarla.

—Ay, cariño. —Tomándola de la barbilla la instó a levantar la mirada; la débil luz de la luna y las estrellas iluminaba sus rostros—. ¿Qué ha hecho que salieras corriendo de esa manera? ¿Qué ha pasado?

No le contestó, se limitó a ponerle la carta en las manos. Él sacó del bolsillo de sus pantalones el encendedor que solía usar para sus puros y leyó la nota con la ayuda de su titilante llama. Sissi permaneció en silencio. Un rayo de luna iluminó el rostro de Andrássy cuando el viento agitó las ramas sobre su cabeza. Sissi vio que su semblante se ensombrecía a medida que asimilaba las palabras de Gisela.

Cuando terminó de leer, Andrássy bajó la carta y la miró fijamente sin pronunciar palabra. Salvo por el gruñido que reprimió a duras penas, no emitió sonido alguno, sino que empezó a andar de un lado para otro, recorriendo en poco tiempo el espacio delimitado por los castaños de Indias y los cornejos. Su silencio, sospechaba Sissi, indicaba una ira más potente que si se hubiera puesto a gritar y a despotricar. Al final, se detuvo, se volvió hacia ella y dijo con voz baja y firme:

—Tienes que volver.

Sissi sintió que se le tensaba el cuello y se le formaba un nudo en la garganta; tragó saliva en vez de contestar. Era lo que había esperado que dijese.

—Tienes que volver a Viena. —Andrássy se dio la vuelta y golpeó con un puño el cornejo que tenía más cerca; Sissi vio lo tenso y furioso que estaba—. Esto no puede continuar. ¿Así tratan al príncipe heredero? ¿A un niño? No.

Sissi le quitó la carta de las manos y miró de nuevo las horrendas palabras. Los ojos volvieron a llenársele de lágrimas. Apenas había dejado de llorar desde que las leyó por primera vez. Bajó la carta y cerró los ojos a tan espantoso mensaje. Al hecho de que ella, como madre, le había fallado por completo a su hijo. Cambió el peso del cuerpo de un pie al otro, acalorada y cubierta por una fina capa de sudor aunque el aire de la noche era frío.

—Pero ¿qué podría hacer allí? —Miró a Andrássy—. Durante años intenté sin éxito enfrentarme a Francisco y a su madre. Nunca conseguí nada. No tengo la menor influencia en la corte.

—Eso no es verdad, Sissi. —Andrássy de nuevo se puso a andar de un lado a otro en el pequeño claro, sus pies se hundían en la húmeda tierra.

El patio era una amalgama de los olores que Sissi adoraba: los cercanos caballos, la tierra húmeda, la hierba y las flores silvestres. Pero esa noche tal exuberancia le resultó abrumadora y repulsiva. Parpadeó intentando poner orden en sus pensamientos.

—Gisela escribe que ha intentado razonar con ellos —dijo—. ¿Qué esperanzas tengo de imponerme cuando ella ha fracasado?

—Eres más fuerte de lo que crees —repuso Andrássy—. Mira, estás aquí. Estás aquí porque te enfrentaste a ellos. Ganaste para ellos la nación húngara y luego reclamaste a Valeria como tuya.

Ese último comentario hizo que le diera vueltas la cabeza y tuvo que apoyarse en un cornejo para mantener el equilibrio. ¡Valeria!

—¿Y si regreso y ella me quita a Valeria? —dijo con voz temblorosa—. No, no puedo correr ese riesgo. La única manera de conservar a mi hija es mantenerla alejada de Sofía.

Andrássy negó con la cabeza.

—No permitirás que eso suceda.

—Pero ¿cómo puedo estar segura? ¿Cómo puedo protegerme? Antes no pude…

—Porque ahora eres más fuerte de lo que jamás lo has sido. ¿No te das cuenta?

—¿Cómo puedes decir algo así, Andrássy? —Solo era fuerte porque estaba lo bastante lejos para sentirse invulnerable.

—Ahora eres más fuerte porque tienes lo único que el emperador desea sobre todas las cosas. —Andrássy se detuvo y se pasó las manos por el pelo ondulado, alborotándoselo todavía más—. Tienes en tus manos concederle o negarle su más ansiado deseo.

Sissi lo miró y frunció el ceño, desconcertada.

—Lo que más ansía —continuó Andrássy.

—¿De qué… de qué se trata?

Andrássy se cruzó de brazos y soltó un hondo suspiro antes de contestar.

—Tú. —Tras decirlo, se apoyó sin fuerzas en el árbol que estaba delante de Sissi y su tronco soportó el peso de su cuerpo—. Francisco José te desea a ti. El emperador quiere recuperar a su esposa. Es una constante fuente de humillación para él que lo abandonaras. Pero más que vergüenza, le provoca dolor. Te echa de menos, Sissi.

Ella sopesó esas palabras, pero no replicó.

—Es algo obvio para todo el mundo —prosiguió Andrássy, con la voz de un confesor atormentado—. Tu retrato cuelga en cada una de sus estancias. Es lo primero que ve por la mañana al despertarse y lo último al cerrar los ojos cada noche. Y el retrato para el que posaste, el que herr Winterhalter pintó hace unos años… —Dejó las palabras en el aire, como si le costara demasiado terminar la frase.

Sissi se ruborizó. Sabía a qué cuadro se refería Andrássy. Era el retrato más íntimo, más seductor y más atrevido de los que le habían hecho. Había posado para el que sería el regalo que le hizo a su marido hacía unos años, cuando Francisco y ella se habían reconciliado, brevemente, mientras trabajaban por la autonomía húngara. Aparecía de perfil, con el largo pelo suelto a la espalda, en una pose que solo su marido tenía derecho a admirar. Llevaba un delicado vestido blanco, los pliegues de la tela parecían a punto de deslizarse de sus hombros desnudos. Era una escena tan íntima que el emperador se había quedado sin palabras cuando se lo entregó. Lo colgó en su gabinete privado, justo encima de su escritorio, donde solo él podía verlo. En fin, tal vez él y sus consejeros más cercanos, dado que Andrássy parecía haberlo visto también.

Andrássy retomó la palabra y sacó a Sissi del torbellino de sus pensamientos.

—Mira tu retrato como si deseara, por decreto imperial, poder reemplazar la copia por el original. Eres el único súbdito que ha desafiado sus deseos imperiales… y, sin embargo, está totalmente indefenso ante ti. Francisco José haría cualquier cosa que le pidieras, Sissi, con tal de recuperarte. Por el amor de Dios, ¿qué hombre no lo haría? —La voz de Andrássy había adquirido un deje atormentado, pero continuó—. Quiere a su esposa, quiere conocer a su hija pequeña.

Sissi meditó sobre esas palabras un instante. Francisco José seguía amándola… ¿Estaría Andrássy en lo cierto? Era evidente que a él no le complacía admitir lo que acababa de decir. Extendió los brazos y le tomó las manos. Él se dejó hacer pero evitó mirarla a los ojos.

—Andrássy… sabes que mi corazón te pertenece, ahora y para siempre.

A la luz de la luna, vio que el rostro de Andrássy se tensaba y sus facciones se ensombrecían. Tomó una honda bocanada de aire y la respuesta se hizo esperar. A la postre, la miró a los ojos y dijo:

—Cuando pienso en todos los motivos por los que no deberías quererme… En todos los motivos por los que yo no debería quererte, Sissi… En todos los motivos por los que es una estupidez, una estupidez muy peligrosa, que te quiera… Por favor, piensa en lo celoso que es Esterházy. Y en los rumores que ya circulan… —Apartó las manos de las suyas como si ni siquiera allí estuvieran a salvo.

Ella se inclinó hacia delante para abrazarlo, pero él rechazó el gesto.

—Andrássy, ¿qué sentido tiene que te tortures de esta manera? —preguntó al tiempo que se pegaba a él—. Sabes que te quiero. He intentado no quererte. Los dos lo hemos intentado, pero hay cosas más fuertes que nosotros.

Al final, su voluntad se quebró, la estrechó entre sus brazos y ella se rindió gustosa a su beso. Andrássy le recorrió el pelo con los dedos y se pegó a ella, los dos apoyados en el tronco de un cornejo. Sissi oía su propia respiración, jadeante, acompasada con la de Andrássy. Sus cuerpos y su respiración se amoldaban y confluían en la oscuridad con el lenguaje sin palabras más natural y necesario. En los brazos de Andrássy, Sissi miró las estrellas y en su interior creció un fulgor que igualaba su brillo. Pero terminó casi nada más empezar.

—No —dijo él meneando la cabeza y retrocediendo—. ¿Y si nos descubren? ¿Cómo podremos explicar la situación? Pensar que yo pueda ser la causa de tu ruina… No, nunca me lo perdonaría…

—Pero aquí estamos a salvo —repuso ella, que intentó sin éxito parecer segura al tiempo que lo buscaba una vez más—. Aquí somos libres.

—¿Libres? ¿Aquí? ¿Cómo puedes decir algo así? —Andrássy se pasó las manos por el pelo—. ¿De verdad podemos engañarnos hasta ese punto? ¿De verdad podemos permitirnos el lujo de suponer, erróneamente, que no habrá consecuencias por…? —Agitó las manos adelante y atrás.

Sissi sintió que el corazón le latía rabioso en el pecho al darse cuenta de la determinación que transmitían sus palabras. Cuando habló, su voz sonó hueca:

—Andrássy, no querrás decir que…

—Sissi, mi único deseo ha sido liberarte de tus cargas. Ser tu consuelo. Traerte alegrías, tal como tú has hecho para mí. Y sin embargo, ¿acaso no sabemos los dos que no somos libres… para querernos?

—Andrássy, amor mío. —Clavó la mirada en su rostro, en sus facciones demudadas por la angustia. Lo besó, y se sintió destrozada cuando él se apartó y rechazó su afecto—. ¿Cómo evitarlo si nos queremos?

—Sissi, es tal como has dicho: hay cosas más fuertes que nosotros. Los dos sabemos que tu lugar está en Viena. Con tu familia. Con el príncipe heredero, que te necesita.

Sissi sintió que se quedaba sin fuerzas y supo que sus palabras tampoco la tendrían en caso de protestar, porque Andrássy tenía razón. Lo sabía. ¿Podía quedarse allí sabiendo que su hijo sufría? ¿Podía escoger las necesidades de su corazón en lo que a Andrássy se refería por encima de las necesidades absolutas de su hijo? ¿Acaso no había ido a ese lugar para encontrar la paz? Pero allí ya no podría tener paz sabiendo lo que estaba sucediendo en Viena. Aunque se alejara mil kilómetros más de la corte imperial, la frágil barrera de tranquilidad y libertad que tanto le había costado erigir se había derrumbado. No encontraría la paz, no habría separación. La llamada de su familia, de su capital y de su deber era demasiado fuerte. Más fuerte incluso que su deseo de amar y de vivir en libertad.

Andrássy la miró de reojo e intentó sonar optimista.

—Voy a menudo a Viena —dijo—. De hecho, tú misma has dicho que voy demasiado a menudo. En fin, aún tendré que ir más.

Ella meneó la cabeza y trató de convertir sus atormentados pensamientos en algo que pudiera comprender y aceptar. Encontrar la forma de volver para salvar a Rodolfo y a la vez conservar su libertad, conservar a Andrássy.

—Sabes que no es lo mismo. Tú y yo… Es imposible que allí vivamos como aquí. Allí no soy libre.

Andrássy acercó una mano a su mejilla. Ella se la acarició con la nariz, ansiaba su contacto y estaba convencida de que no podría vivir sin eso. La cara de Andrássy se había suavizado y la expresión atormentada se había convertido en tristeza. Resignación.

—Mi Sissi, ¿alguna vez hemos sido realmente libres? —preguntó con un suspiro; en sus ojos oscuros relucía la luz de la luna—. No quiero renunciar a ti… Antes renunciaría a mi corazón, si pudiera. Créeme. Pero hay cosas más fuertes que nosotros. No podemos permitir que nuestro amor nos vuelva egoístas.

Sin embargo, eso era lo único que Sissi quería. Como emperatriz, ¿no se suponía que podía conseguir lo que quisiera?

cap-5

II

Razón y amor no suelen hacer

buenas migas en estos tiempos.

 

WILLIAM SHAKESPEARE,

Sueño de una noche de verano,

la obra preferida de Sissi