1

—Se acabó. —Entran en foco de golpe: Carys respira con dificultad, y los jadeos de pánico llenan el interior de su casco—. Mierda —dice—. Me voy a morir.

Estira un brazo hacia Max, pero el movimiento lo impulsa y hace que se aleje.

—No digas eso.

—Nos vamos a morir. —Su voz entrecortada y su respiración agitada resuenan en el casco de Max—. ¡Dios!

—No es verdad —dice él.

—Claro que sí. ¡Dios!

Flotan por el espacio, giran sobre sí mismos a medida que se alejan de su nave; son dos motitas diminutas en un lienzo infinitamente oscuro.

—Todo saldrá bien.

Max mira alrededor, pero allí no hay nada: a su izquierda, solo el universo negro e infinito, y, a su derecha, la Tierra, suspendida en espléndido tecnicolor. Se estira para cogerle un pie a Carys. Le roza la bota con las yemas de los dedos, pero entonces gira sobre sí mismo y no puede evitar alejarse.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —le pregunta ella—. ¡Mierda!

—Basta, Carys. Va, tranquilízate.

El pie de Carys pasa ante la cara de Max y esta, a su vez, le roza a ella las rodillas.

—¿Qué hacemos?

Max recoge las piernas cuanto puede y, a pesar del pánico, trata de calcular si conseguirá cambiar el eje sobre el que está rotando. ¿El fulcro? ¿El eje? No lo sabe.

—No tengo ni idea —dice—, pero si quieres que encontremos una solución tienes que calmarte.

—¡Dios! —Carys mueve brazos y piernas, busca alguna forma de alterar la trayectoria que los aleja de la nave, pero es inútil—. ¿Qué demonios vamos a hacer?

Ella gira sobre sí misma más deprisa que él, porque ha recibido un impacto más fuerte.

—Nos vamos separando a medida que caemos, Carys, y pronto estaremos demasiado alejados para volver a juntarnos.

—No llevamos la misma trayectoria.

—Exacto. —Reflexiona un momento—. Necesitamos reunirnos de nuevo —dice—. Cuanto antes.

—Vale.

—Cuando cuente a tres, lanza los brazos hacia mí como si te tiraras a una piscina. —Le muestra el movimiento—. Dóblate por la cintura todo lo que puedas. Yo intentaré acercar las piernas hacia ti y tú has de intentar cogérmelas. ¿De acuerdo?

—Vale. A la de tres.

El canal de audio crepita.

—Uno.

—Dos…

—¡Espera! —Carys levanta una mano—. ¿No podemos aprovechar el impacto para dirigir nuestra trayectoria hacia el Laertes?

En los laterales del casco, de un negro mate, no se ve ninguna luz; abandonada por encima de ellos, la nave parece un barco que surcara el mar por la noche.

—¿Cómo?

—Si uno empuja al otro lo bastante fuerte —dice ella—, ¿no saldremos despedidos los dos hacia atrás?

Max piensa. Quizá sí. «¿Quizá?»

—No. Primero tenemos que atarnos y después ya nos ocuparemos de lo otro. Antes de que sea demasiado tarde. No quiero que te pierdas por ahí. ¿Preparada?

—Preparada.

—¡Ya!

Carys lanza el cuerpo hacia delante al mismo tiempo que Max echa el suyo hacia atrás. Ella extiende los brazos y él mueve las piernas hacia ella; durante un segundo quedan los dos suspendidos, como unas comillas al revés, hasta que el impulso los coloca en paralelo y se sitúan al mismo nivel. Ella le agarra las piernas y se abraza a sus pies.

—Ya te tengo.

Siguen cayendo, con las cabezas en los pies del otro; se ayudan de los brazos para rotar en el sentido de las agujas del reloj y van dando una voltereta lateral, lentamente, hasta que por fin quedan cara a cara.

—Hola.

Ella le rodea el cuello con los brazos. Él se saca un cable del bolsillo de la pernera del traje y, con cuidado, envuelve con él a Carys hasta que quedan ambos atados.

Max vuelve a respirar.

—Necesitamos un plan. —Dirige la vista hacia el Laertes, abandonado en la oscuridad del espacio mientras ellos se alejan cada vez más de él—. Necesitamos ayuda.

Carys ha ido colocándose detrás de Max y, una vez allí, busca por la espalda de su traje plateado.

—¿Quién nos va a ayudar? No vemos a nadie desde hace…

—Ya lo sé.

—Tenemos luces —dice ella—, cable, agua… ¿Por qué no habremos cogido el propulsor? Qué estúpidos somos.

—Había que intentarlo…

—No deberíamos haber corrido tanto. Deberías haberme dejado volver a coger el nitrógeno.

—Era una emergencia. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que me quedara mirando mientras se te encogía la cabeza y te asfixiabas hasta morir?

Ella vuelve a rodearlo hasta que sus cascos quedan frente a frente y lo mira con reproche.

—Sabes perfectamente que no me habría pasado eso. La EVSA dijo que eso de que se te encogía la cabeza era una leyenda del siglo XXI divulgada principalmente por las películas malas.

—La EVSA dijo muchas cosas. También que no correríamos ningún peligro y que nada podía salir mal. —Max se toca la insignia azul de la Agencia Espacial del Vaivoda Europeo de la manga del traje—. También nos hizo firmar un documento de renuncia a la evaluación de riesgos, no sé si te acuerdas.

—No puedo creer que nos esté pasando esto. —Carys mira a su alrededor—. ¿Intentamos contactar con Osric?

—Sí. ¡Claro! ¡Sí! —Le da un fuerte abrazo.

Carys extiende el flex sobre sus nudillos y empieza a escribir con los dedos; la tira de malla mide los reflejos de sus músculos y los movimientos de sus dedos por un teclado invisible.

Osric, ¿me recibes?

Carys espera.

¿Estás ahí, Osric?

Sí, estoy aquí, Carys.

Oye un breve pitido por el canal de audio y las palabras aparecen, en azul, en el lado izquierdo de su casco de pecera.

—Menos mal. Max, tengo comunicación con Osric.

¿Puedes pedir ayuda?

Desde luego, Carys. ¿A quién quieres llamar?

¿A la Base? ¿A la EVSA? ¡A quien sea!

—Pregúntale si hay alguna nave cerca —dice Max—, por si acaso.

¿Hay alguien cerca que pueda rescatarnos, Osric?

No, Carys. Lo siento.

¿Estás seguro?

Sí, Carys. Lo siento.

¿Puedes hablar con la Tierra?

No, Carys. Lo siento.

Carys grita de desesperación, y su voz se distorsiona dentro de su casco y por el canal de audio.

¿Por qué no?

Mi receptor se estropeó durante el accidente. Creo que Max estaba intentando arreglarlo cuando perdimos oxígeno, Carys.

Mierda.

¿Cómo dices, Carys?

Perdona, Osric. Una errata.

Tranquila, Carys.

Tenemos un problema grave, Osric. ¿Puedes ayudarnos?

¿Cómo quieres que os ayude, Carys?

Ella suspira.

—Max, hablar con esta cosa me pone histérica.

Él le frota la manga del traje.

—No tuve tiempo de conectar mi flex, Carys, así que de momento deberás hacerlo tú. A ver si te ocurre algo. ¿Hay algún vehículo por los alrededores?

Ella niega con la cabeza.

Osric —teclea—, ¿puedes enviarnos el Laertes hasta aquí?

Negativo, Carys. Los sistemas de navegación no responden.

¿Puedes moverlo?

Negativo. Los sistemas de navegación no responden.

¿Hacerle dar la vuelta?

Negativo. Los sistemas de navegación no responden, incluido el sistema de orientación que me permitiría hacer rotar el Laertes.

Si pudiera pasarse las manos por el pelo, lo haría, pero las tiene cautivas en los guantes, y su trenza rubia oscura está atrapada en el casco esférico. La pequeña margarita que lleva metida detrás de la oreja se ha movido un poco del sitio.

¿Puedes ayudarnos a calcular cómo volver a la nave?

¿Carys? Si me permites una sugerencia, hay una cuestión más apremiante…

Calcula cómo volver a la nave, Osric.

El Análisis Situacional me indica que la trayectoria que lleváis no es compatible con regresar al Laertes sin propulsores de nitrógeno, Carys. ¿Tenéis propulsores de nitrógeno, Carys?

¿Puedes no añadir mi nombre al final de cada frase, Osric?

Desde luego.

Gracias. No, no tenemos propulsores. ¿Hay alguna otra forma de lograrlo?

Por favor, espera mientras el Análisis Situacional lo calcula.

Date prisa.

—Osric dice que no podemos volver a la nave sin propulsores.

Max tuerce el gesto.

—¿Seguro que no?

Carys, hay un tema más urgente…

Espera.

—¿Qué más podemos probar? Osric dice que los sistemas de navegación no funcionan. ¿Le pregunto si…?

Carys…

¿Qué quieres, Osric?

El Análisis Situacional indica que vuestros depósitos de aire no están llenos.

Llevamos un buen rato fuera del Laertes.

La suma del aire restante y el oxígeno consumido no equivale al total acumulativo.

¿Qué quieres decir? Habla en europeo, Osric. Por favor.

Vuestros depósitos de aire no estaban llenos.

¿Cómo dices?

Además, el Análisis Situacional ha detectado que tienen una fuga.

—¿Qué?

La sorpresa hace que se olvide de que Osric no puede oír, y rápidamente vuelve a teclear:

¿Qué?

Vuestros depósitos de oxígeno están dañados, Carys.

¿Cuánto aire nos queda?

—Carys… —dice Max.

Calculando...

Date prisa, Osric.

Me temo que solo os queda aire para noventa minutos, Carys.

cap-2

2

Noventa minutos

 

—Carys. ¿Qué pasa? —Max la sujeta por los hombros, pero no consigue tranquilizarla—. ¿Qué te ha dicho Osric?

Perdóname por haber dicho «Carys», Carys.

—Noventa minutos —contesta ella entre jadeos—. Solo nos queda aire para noventa minutos.

Él retrocede, atónito

—No puede ser. Es imposible. Como mínimo deberían quedarnos cuatro o cinco horas. Tene…

—Vamos a morir, Max. Y muy pronto.

Contiene las lágrimas mientras busca la forma de expresar lo que quiere decir.

—Tenemos que volver cuanto antes a la nave —dice él por fin—. Pero, antes que nada, tienes que calmarte. Así gastas el aire aún más deprisa.

—Nuestros depósitos de aire tienen una fuga.

Max da un respingo.

—¿En serio? ¿Están perdiendo aire ahora mismo?

—Sí, en este preciso instante. Osric dice que hay una fuga.

—¿En los dos?

—Sí, en los dos.

—Mierda. —Esta vez es Max quien suelta un taco—. Tenemos que repararlos enseguida. —La mira y evalúa su grado de pánico—. ¿Quieres aguantar la respiración mientras busco la fuga del tuyo?

—No, no —dice ella con el corazón acelerado—. La busco primero yo en el tuyo. —Carys afloja el cable que los une, y los dos se separan moviéndose casi como dos bailarines—. Ponte como si hicieras un ángel de nieve —dice, y lo sujeta por una muñeca y un tobillo. La única capa de tela del traje espacial, blanda, forma una superficie presurizada y resistente al vacío del espacio, una especie de cruce entre traje de neopreno y cota de malla, pero se adapta a la perfección a los movimientos del cuerpo—. No me sueltes la mano.

Max estira brazos y piernas, y queda suspendido a la altura de la cintura de Carys. Sin soltarle la mano, ella se inclina hasta que la superficie del traje de Max queda a la altura de sus ojos. No resulta fácil, porque no están quietos; continúan cayendo, en perpetuo movimiento, hacia una oscuridad que perciben como algo hostil y lejano.

Carys pasa rápidamente la mano y la mirada por la mochila metálica de Max. En cada una de las secciones hay una serie de surcos y protuberancias, y los indicadores azules de la pantallita del lateral son la única nota de color. Carys busca por todas partes hasta que lo ve en la parte inferior: un pequeño escape de moléculas de aire, casi inapreciable a simple vista, de no ser porque lo está buscando desesperadamente y porque las moléculas flotan en su recién descubierta liberación de la gravedad.

—Ya lo tengo.

Saca cinta adhesiva del bolsillo de la rodilla, donde siempre tiene a mano un kit de reparación, y la aplica sobre la fuga del depósito asegurándose de que las moléculas no puedan escapar por los lados.

—¿Ya? —pregunta Max.

Osric —flexea ella—, ¿está reparado el escape?

El texto de color azul aparece en el visor de su casco, acompañado de un breve pitido tranquilizador.

Afirmativo, Carys.

—Ya.

Le hace una seña con la cabeza a Max y espira el aire con fuerza.

—Déjame arreglar el tuyo.

Ella titubea.

—Esto no estaba previsto. Ni siquiera sé qué hacemos aquí.

—Vamos, Carys —dice él, sereno.

—Solo nos queda aire para noventa minutos.

Por fin se le escapa un lamento, un breve sollozo que ahoga la voz tranquilizadora de él. Porque, cuando se halla bajo presión, Max se distancia de la confrontación, del estrés, de la emoción desbordada de ella. Él es así. No tardará nada en hacer algún chiste.

—Bueno, no sé cómo lo ves, pero yo pienso hacer un comentario muy negativo sobre los viajes espaciales en MindShare.

—Cállate, Max —protesta ella, aunque lo previsible de su comentario la tranquiliza un poco—. No es momento para tu sentido del humor de mierda.

—Ya lo sé.

Max siempre ha bromeado en los peores momentos: durante las sesiones de entrenamiento de los astronautas; en los funerales; nada más conocerse.

—¿Qué vamos a hacer?

—Vamos a tranquilizarnos y a reagruparnos y, luego, te voy a salvar. —Sonríe—. Como hago siempre.

50%

Se habían conocido cuando Carys llevaba tres meses en la Rotación y, como nueva residente en una nueva ciudad europea, aprendía más lenguas en el laboratorio de idiomas de la región. «A mi compañero de trabajo lo han trasladado aquí desde el Vaivoda 11 —le había explicado Carys al instructor—, por eso necesito aprender griego moderno, por favor.» El laboratorio de idiomas del Vaivoda estaba diseñado como la típica cadena de cafeterías retro, tenía luz empotrada descendente y sofás de piel sintética, y olía a los miles de granos de Coffea arabica de mala calidad que estaban tostándose más de la cuenta en la sartén. Un vistoso póster colgado detrás del mostrador declaraba: «Aprender cinco idiomas te permite hablar con el 78% de la población de la Tierra».

El instructor emitió un pitido y una luz verde, y rápidamente las guías y los cursos empezaron a proyectarse en la mesa de trabajo de Carys.

—Gracias.

Extendió el flex sobre sus nudillos y empezó la ingrata tarea de copiar el alfabeto griego una y otra vez. Cuando iba por la mitad de la tercera repetición, se acordó de la cena. Una cascada de información en tiempo real ocupaba tres paredes: los «Ríos Murales» proporcionaban un flujo continuo de noticias, información meteorológica y novedades. Carys tecleó rápidamente una breve búsqueda en MindShare, el canal local. «¿Alguien sabe dónde se puede comprar grasa de oca en el Vaivoda 6?» Las palabras aparecieron en un perfecto español y parpadearon unos segundos en la pared antes de perderse en el torrente de comentarios, preguntas y anécdotas en múltiples idiomas que tenían lugar por todo el Vaivodato. Llegó a «omega» y fue retrocediendo hasta el inicio del alfabeto griego.

Ping. Carys levantó la cabeza: alguien había contestado.

«¿Para qué necesitas grasa de oca en estos tiempos?» Estaba escrito en francés.

Ella se sintió rebelde y contestó en catalán: «Para cocinar».

Ping. En rumano. «¿Por qué cocinas en estos tiempos?»

«Patatas asadas.» Portugués.

«Te he preguntado por qué cocinas, no qué.» Alemán.

Carys no se defendía tan bien con las lenguas germánicas, así que pasó al italiano, y el esbozo de una sonrisa hizo temblar las comisuras de su boca. «Vecinos nuevos. Me gustaría ofrecerles unas patatas asadas bien crujientes. ¿Alguna idea?»

Italiano, otra vez. «¿Sobre tus nuevos vecinos? No, lo siento.»

En un juego de superioridad lingüística, la repetición de idioma constituía una pequeña victoria, y esta vez Carys sonrió abiertamente. «Imagínate que eres uno de mis invitados y que te sirvo unas patatas asadas tan blandengues que es como si masticaras una pelota de goma. ¿No te arrepentirías de no haberme ayudado a encontrar un poco de grasa de oca?»

Ping. «No suelo dejar que me cocinen desconocidos.»

«Pero seguro que en Rotarrestauración te cocinan desconocidos, ¿no?»

«Pues no. Soy chef, así que no tengo problema.»

Carys hizo una pausa.

«¿Trabajas en Rotarrestauración?»

«Sí.»

«Genial. A lo mejor puedes darme algún consejo de cocina. ¿Por casualidad sabes dónde podría encontrar grasa de oca?»

Ninguna respuesta.

«¿Por favor?» Añadió una carita sonriente para suavizar el tono.

Ping. «Prueba en el supermercado clásico, justo al lado del Passeig.»

«Gracias.»

«Hasta venden latas de conservas. Imagínate, en estos tiempos.»

«Estás obsesionado con eso de «en estos tiempos» —replicó Carys—. Es la tercera vez que lo dices.»

«¿Y quién no? Han cambiado muchas cosas.»

«Es verdad. Gracias por tu ayuda. Luego iré al supermercado.» Terminó seis repeticiones del alfabeto griego y se quitó el flex de las manos. Ya tenía «patatas asadas» grabado en el cerebro en siete idiomas.

Cuando Carys salió, hacía una noche de septiembre preciosa y una suave brisa se colaba entre las ruinas. Estructuras lisas de vidrio y acero surgían de las paredes de ladrillo y los cimientos de edificios desaparecidos mucho tiempo atrás cuyos armazones fantasmagóricos estaban protegidos y apuntalados estructuralmente y cuyos interiores estaban completamente renovados. Aquí y allá se veían los restos de callejones estrechos y altas paredes revocadas, reforzadas mediante vigas de acero. Dentro, las ruinas contenían habitaciones formadas por enormes láminas de vidrio: una modernidad reluciente encajada como las muñecas rusas dentro de otras estructuras antiguas y agrietadas.

La luz iba apagándose y tiñéndose de un tono anaranjado mientras ella caminaba por las plazas abarrotadas de cafeterías con los antebrazos desnudos cruzados y pegados al pecho. Su chip iba un poco lento, y eso la obligó a parar en una esquina.

—¡Alegra esa cara, guapita! —oyó gritar, y torció la muñeca, irritada.

—Si los meteoritos empiezan a cargarse a la humanidad, ya sé a quién quiero que se carguen primero—masculló mientras su chip le indicaba, por fin, el camino que debía tomar.

Llegó a una calle ancha y adoquinada, flanqueada por árboles, y se metió por una callejuela con muchas tiendas. Las fachadas, viejas y deterioradas, estaban reforzadas mediante vigas de acero. Una cortina de cuentas multicolores señalaba una pequeña entrada y, encima, había un letrero luminoso que rezaba SUPERMERCADOS FOX. Fuera había un expositor de periódicos, cuyo titular rezaba: «La lluvia radiactiva de Estados Unidos por fin reducida a niveles seguros».

Unos anticuados carritos y cestillos de alambre flanqueaban la entrada. Carys apartó la cortina de cuentas, que produjo un sonido rítmico, y entró en el supermercado.

En el pasillo ocho había un hombre que, arrodillado, amontonaba latas de conservas.

—Perdone que lo moleste —dijo ella—, pero ¿podría indicarme dónde está la grasa de oca, si es que hay?

El hombre se dio la vuelta. Tenía la tez oscura y el pelo, ligeramente rizado, le tapaba unos ojos azules y risueños cuya expresión parecía indicar que Carys no había entendido el chiste.

—Tú debes de ser Carys. —Terminó de colocar unas latas en el estante correspondiente, se levantó y le tendió una—. Hemos hablado hace un rato. Hola.

Ella alargó la mano, atónita, y cogió la lata.

—Tú… Un momento. ¿Qué estás diciendo?

—En MindShare.

—Pero ¿no me has dicho…? ¿No eras cocinero? ¿De Rotarrestauración?

—No. Bueno, sí. Casi. —Tuvo el detalle de sonrojarse—. O al menos lo seré. Hice todo el cursillo durante mi última Rotación, de modo que espero que me acepte algún restaurante de aquí. En cuanto alguien me ayude con el negocio familiar —abrió un brazo y señaló la tienda—, espero poder marcharme.

—Claro —dijo ella dándole vueltas a la lata de grasa de oca—. Espero que encuentres a alguien.

—Gracias —dijo él—. ¿Y tú a qué te dedicas?

Carys titubeó.

—Yo… vuelo.

—¿Cometas?

—No, lanzaderas.

Él se mostró impresionado.

—Caray.

Carys dio un pasito hacia atrás.

—Odio las prisas, pero tengo que preparar esta cena y ya se me hace tarde. Gracias por tu ayuda, y… ha sido un placer conocerte.

—De nada. Me llamo Max, por cierto.

—Yo soy Carys. —Le tendió tímidamente la mano y él se la estrechó—. ¿Cómo encontraste mi pregunta? —preguntó.

—Las preguntas que contienen palabras clave relacionadas con la comida vienen a parar aquí. Las marcan para que las contesten las tiendas y los restaurantes.

—Claro, es lógico. —Asintió con la cabeza, se dio la vuelta y echó a andar—. Gracias.

—Además —añadió él, hablándole a su espalda—, en tu foto de perfil sales muy guapa. Eso también tuvo algo que ver.

Carys volvió la cabeza.

—¿Encargado de supermercado, chef y acosador online? Debes de estar muy atareado —dijo Carys, aunque con tono desenfadado.

—Tres empleos de jornada completa —repuso él—. Además, contestaste cuando escribí en francés, la lengua de mi última Rotación.

Ella arqueó una ceja y se volvió del todo.

—¿En serio? Yo daba por hecho que estabas utilizando el chip de traducción para conversar conmigo. —Le señaló la muñeca.

—Pues no.

—Yo tampoco —dijo ella, y entonces los dos sonrieron—. También viví en el Vaivoda 8. Hace dos rondas. En el sur, cerca del mar.

—Yo pasé tres años en París. Allí es donde aprendí a cocinar. El suflé me sale fenomenal.

Tras una brevísima pausa, ella dijo:

—Mira, esta noche he invitado a cenar a algunos de mis nuevos vecinos. Un grupito pequeño; lo hago para que nos conozcamos. Es una reunión informal; son unos completos desconocidos. ¿Te gustaría venir?

—Sí, claro. ¿Y cómo los has invitado si no sabes quiénes son?

—Es una manera de hablar. Pero veo, por cómo sonríes, que ya lo sabías y que me estás tomando el pelo. Voy a añadir bromista a la lista, después de acosador. Entonces nos vemos esta noche… ¿sobre las ocho? Te flexearé la dirección. Trae algo, lo que sea. —Asintió, se dio la vuelta y echó a andar otra vez—. Genial. Hasta luego.

La luz de las velas se reflejaba en el cristal de las seis copas de vino y los vasos de agua: la cena estaba ya muy animada. Dos de las paredes del salón de Carys estaban ocupadas por sendos Ríos Murales: dos pantallas enormes, empotradas, una de ellas dedicada a un flujo constante de noticias, y la otra a la charla de MindShare. Carys había escogido un naranja cálido para ambos textos. La antigua fachada del edificio proyectaba la sombra de los barrotes de los balcones en la habitación y el ruido del mar se colaba por las viejas persianas. En las bandejas había pollo asado, verduras, pastel de Yorkshire y las ya anunciadas patatas asadas de Carys.

—¿Pastel de Yorkshire con pollo? —se extrañó Liljana, una de las nuevas colegas de Carys—. ¿Eso no es un poco…?

—Poco convencional —dijo John, un ingeniero estructural y su nuevo vecino de enfrente, al tiempo que cogía la cuchara de servir—. De donde yo vengo, cada uno come lo que quiere, sin hacer caso a las convenciones.

—¿De dónde eres, John? —le preguntó Carys, y acompañó sus palabras con una mirada de gratitud.

John, incómodo, se removió en la silla.

—Bueno, en realidad no lo sé, como nos pasa a todos. Pero mi primer recuerdo es de Vaivoda 3. Tenía cinco años. Mi abuelita me llevó a comer fish and chips, pero yo solo quería postre. Era quisquilloso; hacía una eternidad que no comía el plato entero. El cocinero de Rotarrestauración hizo un apaño y me sirvió una chocolatina rebozada, con patatas fritas. —Todos los comensales se echaron a reír—. Ya lo sé. Pero era pequeño y el truco surtió efecto: dejé el plato limpio. Mi abuelita me recompensó por haberme terminado la comida, así que durante el resto del mes seguí dejando el plato limpio.

—Brindemos por eso. —Liljana alzó su copa, y los demás la imitaron—. ¡Por tu plato limpio!

John sonrió mientras los invitados entrechocaban sus copas.

—¿Y tú, Liljana, desde dónde te has mudado?

—Se pronuncia «Lil-i-ana» —le corrigió—. Ya sé que parece otra cosa escrito en MindShare.

—Perdóname, Liljana. —Esta vez lo pronunció correctamente—. Es un nombre muy bonito.

—Mis padres estaban de Rotación por el Adriático cuando me concibieron, de ahí mi nombre. Pero mis orígenes son africanos. El último sitio donde viví fue en el Vaivoda 1.

—Orígenes —musitó Olivier, a quien Carys había conocido en el laboratorio de idiomas e invitado por educación—. Nosotros, los europeos de tercera generación, no hablamos mucho de «orígenes».

—¿El Vaivoda 1? —le preguntó Carys a Liljana, ignorando la intervención de Olivier—. ¿Qué te pareció el Vaivoda central?

—Muy utópico —dijo Liljana, y los invitados rieron—. Allí todavía son muy orgullosos.

—Tenemos motivos para estarlo —terció John—. Vivimos en libertad, con independencia, en comunidades mixtas y en constante cambio… Tenemos muchos motivos para estar orgullosos.

—¡Eso, eso! —dijo Liljana, y a continuación, sin levantar la voz, formuló la promesa de los utópicos—: ¿En nombre de quién actúas?

—De ningún dios, de ningún rey, de ningún país —entonó el grupo.

—¿En nombre de quién?

—En mi propio nombre.

Olivier aprovechó la oportunidad para servirse más vino.

—Pero es interesante, ¿no os parece? —dijo mientras hacía rodar el Pinot Grigio en su copa— que ya no hablemos de nuestro lugar de origen, sino de dónde hemos estado.

—Eso es lo bueno de la Rotación —dijo Max—. Ver el mundo, vivir en diferentes lugares, no más de tres años en el mismo…

Astrid se inclinó hacia delante.

—A mí me nombraron en los Vaivodas septentrionales y, en mi sexta Rotación, volvieron a enviarme allí. Fue bonito volver a vivir un tiempo en Escandinavia. Pero hacía mucho frío.

Todos rieron.

—¿Cuál es el sitio más frío donde habéis vivido? —preguntó John.

—En Rusia —dijo Liljana—, en el Vaivoda 13. En las oficinas de la Agencia Espacial se alcanzaban a menudo los veinticinco grados bajo cero.

Olivier se estremeció y dijo:

—En Irlanda.

Carys arqueó una ceja.

—¿Irlanda? ¿El sitio más frío?

—Eso no es nada —dijo Astrid con una risita—. Yo he estado allí, y os aseguro que el clima es muy templado y agradable.

—Yo viví en el Vaivoda 5 hace tres Rotaciones y hacía un frío del demonio —insistió Olivier—. ¿Estuviste en un bar al lado del río Liffey donde tocan música folk?

Astrid negó con la cabeza.

Él no se amilanó.

—Un sitio fantástico. —Bebió un poco de vino y se levantó de la silla—. Me parece que te gustaría, Carys. Una vez interpreté una canción allí, un tema de amor clásico. Te la voy a cantar.

«Oh, no.»

—No hace falta, en serio. Max ha traído un postre…

Pero Olivier cogió una guitarra y, mientras Carys maldecía a su madre por obligarla a cuidar de aquel maldito instrumento, él empezó a rasguearla y a caminar hacia ella.

«Oh, no, por favor.» Se puso a rezar con fervor para que no se le ocurriera dirigírsela a ella. Cuando Olivier abrió la boca y empezó a cantar…

—Déjame ayudarte —dijo Max; se levantó para recoger los platos y se colocó con sutileza entre Carys y su admirador. Echó un vistazo alrededor y preguntó a los comensales—: ¿A alguien le apetece postre?

—Qué gran idea —dijo ella.

—A lo mejor necesito que me ayudes —replicó él, pues Olivier rasgueaba enérgicamente la guitarra detrás de ellos.

—Claro.

Carys intentó esquivar el lugar donde Olivier seguía cantando, pero él se inclinó hacia ella y le llegó el olor a alcohol de su aliento.

Carys retrocedió; entonces Max estiró un brazo y apoyó los dedos en los trastes, con lo que el sonido se amortiguó y se redujo a una débil vibración metálica. El pretendiente de Carys se interrumpió, desconcertado.

—¿Postre? —le preguntó Max con gentileza.

Olivier se dio por vencido y se dejó caer en su silla; Astrid le dio unas palmaditas en la muñeca.

—Hay gente que no sabe apreciar el arte. —Le llenó la copa de vino e inclinó el torso hacia él—. No hay nada que hacer.

Max y Carys llevaron los platos a la cocina; ella cerró la puerta, se apoyó en ella y soltó un resoplido. Max la imitó.

—Maldita sea —se lamentó Carys mirando al techo—. Se ha pasado un poco. Gracias.

—No me puedo creer que la gente haga eso en medio de una cena civilizada. ¿Crees que pretendía que nos uniéramos a él y que… hiciéramos entonces una jam session? Yo habría podido darles a los bongos, Liljana habría podido entrechocar dos cucharas como su fueran unas maracas…

—Lo que podríamos hacer sería meterle la cabeza a Olivier entre dos címbalos enormes…

—Seguro que encontramos la manera.

—Yo podría tocar el piano…

—¿De verdad?

Carys asintió.

—Qué bien. ¿Dónde está?

Ella extendió los dedos, aunque todavía sujetaba los platos, y sonrió.

—Ah, claro. Puedes tocar el teclado donde sea. Pero es que… Tenías una guitarra tradicional. En la otra habitación.

—Es de mi madre. Nos la turnamos, dependiendo de quién esté en un clima más frío. Dice que la humedad estropea el instrumento, o algo así. La verdad es que está obsesionada con ella. Yo soy la guardiana de la guitarra de Gwen, aunque solo durante un período limitado.

—Entonces supongo que se entristecería si supiera el maltrato que ha recibido su guitarra esta noche, ¿no? —Volvieron a reír, bajito, y Carys dejó los platos al lado del fregadero. Max cogió un trapo de algodón, le dio una sacudida y se lo echó sobre el hombro; luego preparó seis cuencos de postre mientras tarareaba la canción de Olivier, y los dos se rieron—. ¿Dónde está ahora tu familia?

Carys se apoyó en la encimera mientras él llenaba y decoraba los cuencos.

—Mis padres viven ahora en el Vaivoda 14. Mi hermano trabaja en los equipos de rescate de los antiguos Estados Unidos.

—Hostia. ¿En serio?

—Sí. Hace tiempo que no sabemos nada de él. Supongo que era de esperar, pero de todas formas es duro. Me imagino que para los supervivientes la comunicación no es tan importante como conseguir comida y agua. Mi hermana está en el Vaivoda portugués.

—Ah —dijo Max mientras pasaba el trapo por el borde de los cuencos con un dedo—. Ahora entiendo que antes se te diera tan bien el portugués en MindShare.

Carys sonrió.

—Te has fijado, ¿eh?

—¿Y cuántos idiomas hablas?

—Creo que cinco. O seis. Pronto serán seis. He empezado a estudiar griego. ¿Y tú? ¿De verdad hablas todos esos idiomas?

—¿Tengo pinta de ser de esos que se fían de lo que les traduce el chip? —dijo Max arqueando las cejas.

—No —admitió ella—. Tienes pinta de ser alguien que trabaja mucho. —Estiró un brazo, le cogió una mano y le dio la vuelta—. Un currante. —Se dio cuenta de que lo que acababa de decir era un poco cutre, y se sonrojó—. Alguien que se gana el sustento. Que mantiene abierta una tienda porque lo prometió. —Hizo una pausa—. ¿Me he acercado o no?

—Más que la mayoría de la gente.

—¿En serio?

—Sí. Básicamente, porque estás a poco más de un palmo de mí. —Carys miró al techo; entonces se oyeron risas en la habitación de al lado y eso propició un cambio de tema. Con otro tono, Max dijo—: Así que pilotas lanzaderas, no te gusta que te dediquen serenatas y le preguntas a la gente que ha vivido en Rotación toda la vida de dónde es, ¿no?

Ladeó la cabeza y se quedó mirándola con gesto especulativo.

—Bueno —dijo ella, y se puso a limpiar la encimera—. Siempre se me olvida que cuando estoy con gente como Liljana tengo una fuerte tendencia a meter la pata.

—¿Qué quieres decir con eso de «gente como Liljana»?

—Orgullosos. Utópicos. Creyentes.

Max ladeó la cabeza.

—Gente como yo, entonces.

—¿Sí?

—Sí. Mi familia… Somos defensores fervientes de la Rotación y de su importancia.

—¿Es importante ir de un sitio a otro y vivir solo en diferentes ciudades?

—Sí.

Carys se encogió de hombros y adoptó una expresión neutra.

—Se ve que yo recibí una educación un poco diferente de la tuya.

—¿En qué sentido?

Carys movió la fuente del horno para que se mezclaran la grasa y el aceite, y el olor a pollo asado inundó la cocina.

—Esa es otra historia y nos ocuparía toda una velada. ¿Llevamos el postre?

Max pensó algo que no dijo, y, con destreza, cogió cuatro cuencos y se los puso sobre las muñecas y los antebrazos.

—De acuerdo. Y, a lo mejor, después me cuentas algo más sobre tus orígenes.

—A lo mejor —dijo Carys con ligereza, y se dirigió hacia la puerta de la cocina con los otros dos cuencos—. Pero no hables de «orígenes» delante de Olivier, por favor. Los europeos de tercera generación podrían ofenderse.

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—Es verdad —dice Carys—. Tú siempre me has salvado, Max. Eres todo un caballero. —Siguen cayendo por el crepúsculo celeste, suspendidos como marionetas de las cuerdas del espacio—. Pero esto es más grave que mis patatas asadas.

—Por lo menos estás un poco más tranquila, y no malgastas tanto el aire.

—Bueno, ya puedes dejar de tratarme con superioridad. He vuelto. Estoy aquí. Respiro. —Mira alrededor, donde solo hay oscuridad, y luego vuelve a mirar la pantallita azul para comprobar la reserva de aire—. ¿Qué demonios vamos a hacer?

—No te preocupes —dice Max—. Tengo un plan.