Prólogo

Habían pasado tres meses desde nuestra boda cuando Madiba se sentó a escribir el primer capítulo de lo que sería la secuela de su autobiografía, El largo camino hacia la libertad.

Un sentimiento de deber para con su organización política y la lucha por la liberación del sur de África en su conjunto motivaron su decisión de escribir El largo camino. Y fue un sentimiento de deber para con los sudafricanos y ciudadanos del mundo lo que le impulsó a comenzar la obra que hoy se publica, El color de la libertad.

Quiso contar la historia de sus años como primer presidente de una Sudáfrica democrática, reflexionar sobre los asuntos que les habían ocupado a él y a su gobierno, así como analizar los principios y las estrategias que habían tratado de adoptar a la hora de abordar los innumerables desafíos a los que se enfrentaba la nueva democracia. Por encima de todo, quiso escribir sobre la consolidación de un sistema democrático en Sudáfrica.

Durante unos cuatro años el proyecto ocupó un lugar preponderante en su vida y en la de su círculo más cercano. Escribía meticulosamente, con pluma estilográfica o bolígrafo, aguardaba los comentarios de sus colegas de confianza, y seguidamente reescribía una y otra vez hasta que consideraba que podía pasar al siguiente capítulo o sección. Cada paso que daba reflejaba su compromiso ante las consultas. Siento un especial agradecimiento hacia el profesor Jakes Gerwel y la secretaria personal de Madiba, Zelda la Grange, que tanto aliento le infundió y que apoyó el proyecto en infinidad de sentidos durante este periodo.

Las exigencias que el mundo le imponía, las distracciones de toda índole y el paso de los años dificultaron el proyecto. Perdió empuje y, con el tiempo, el manuscrito se quedó aparcado. A lo largo de los últimos años de su vida a menudo hablaba de ello, preocupado por haber dejado inconcluso el trabajo.

Este libro constituye un esfuerzo colectivo por completar el proyecto de Madiba. Relata la historia que quería compartir con el mundo. Completado y narrado por el escritor sudafricano Mandla Langa, los diez capítulos originales, junto con otros escritos y reflexiones de Madiba de ese periodo, han sido entretejidos con elegancia; la voz de Madiba se deja sentir con claridad a lo largo del relato.

Mandla ha realizado la extraordinaria tarea de escuchar a Madiba y hacerse eco de su sentir como autor. Joel Netshitenzhe y Tony Trew, asesores de confianza y miembros del equipo de Madiba durante su presidencia, realizaron una extensa y rica labor de investigación y análisis y la narración preliminar; la Fundación Nelson Mandela respaldó nuestra iniciativa a nivel institucional. Mi agradecimiento a todos ellos, así como a nuestros coeditores, por permitirnos materializar el sueño de Madiba.

Es mi deseo que la historia de Madiba sirva de acicate e inspiración a todos los lectores para trabajar en pro de soluciones sostenibles a la infinidad de problemas inextricables del mundo. El título del libro se extrae del último párrafo de El largo camino, donde Madiba menciona que sube a la cima de una colina y hace un breve descanso antes de reanudar su largo camino. Ojalá todos encontremos lugares para descansar pero nunca nos entretengamos demasiado en los caminos que emprendemos.

Graça Machel

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Nota para los lectores

Una considerable proporción del contenido de esta obra se ha extraído de los escritos de Mandela, que abarcan textos de las memorias inconclusas de su mandato presidencial así como notas personales y discursos pronunciados en el Parlamento, en mítines políticos o en foros internacionales en calidad de defensor de los derechos humanos.

Las memorias que no finalizó, The Presidential Years, constan de un borrador de diez capítulos, la mayoría de los cuales incluyen varias versiones, además de notas preliminares de futuros capítulos. La secuencia de las versiones de estos capítulos no siempre se refleja de manera definida en los documentos de archivo. El texto de este libro ha sido extraído de entre los borradores de los capítulos y la recopilación de notas.

En un esfuerzo de fidelidad a la integridad histórica de los escritos de Mandela, se han realizado escasas labores de edición en el texto recopilado, salvo la introducción de comillas y de la fuente cursiva para los títulos de los libros o periódicos, y ocasionalmente se han insertado comas para matizar el sentido o se han corregido los contados casos de erratas en la escritura de los nombres. Las aclaraciones editoriales para el lector se acotan entre corchetes. Se ha dado uniformidad a las citas extraídas de entrevistas donde Mandela hablaba prescindiendo de notas para mantener la coherencia con el estilo editorial de la narración.

Para facilitar la lectura, se ha incluido un extenso glosario de personas, lugares y acontecimientos de relevancia (Apéndice B), junto con un listado de abreviaturas de organizaciones (Apéndice A), un mapa de Sudáfrica (Apéndice D) y una breve cronología del periodo de la vida de Mandela comprendido desde su liberación en 1990 hasta la investidura de su sucesor, Thabo Mbeki, en 1999 (Apéndice C).

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Prefacio

Para muchos sudafricanos, la festividad del 16 de diciembre de 1997 será recordada como un relevante hito en el largo camino de Nelson Mandela más que por su conmovedor origen, que conmemora simultáneamente la victoria de los voortrekkers sobre las tropas amaZulu en 1838 y el establecimiento de Umkhonto we Sizwe (MK), el brazo armado del Congreso Nacional Africano (CNA) en 1961.(1) Tras haber sufrido diversas modificaciones en su denominación, finalmente fue rebautizado en 1994 como Día de la Reconciliación.

Aquel martes a mediodía, cuando las temperaturas en la ciudad de Mafikeng, en la provincia del Noroeste, ya rondaban los cuarenta grados, los más de tres mil delegados congregados para la 50.ª Conferencia Nacional del CNA aguardaban embelesados en silencio a que el presidente Mandela pronunciara su discurso político. Minutos antes había estado sentado en el estrado entre la jefatura del saliente Comité Ejecutivo Nacional, con un esbozo de sonrisa en el rostro mientras escuchaba el fervoroso canto de consignas de liberación, que fue interrumpido por calurosos aplausos cuando él se dirigió hacia el podio.

A diferencia de la mayoría de la gente alta, Mandela no era consciente de su estatura y permaneció erguido mientras leía el discurso con una oratoria monocorde y prosaica. Creía en la trascendencia de sus palabras y por tanto no era dado al uso de recursos retóricos, tan del gusto de algunos de sus compatriotas. La nueva Sudáfrica, inmersa en el júbilo y las celebraciones de las primeras elecciones democráticas de 1994, ya estaba experimentando las traumáticas secuelas de un nacimiento difícil.

En lo referente al papel del CNA como partido gobernante, Mandela manifestó: «Durante estos tres últimos años, nuestro enfoque se ha regido por el principio básico de que, a pesar de los logros de nuestra gente en la consolidación del bienestar democrático, seguimos inmersos en el delicado proceso de cuidar a la criatura recién nacida hasta que alcance la mayoría de edad».

Si bien el futuro era incuestionable, era el pasado lo que estaba resultando imprevisible. Los delitos con violencia —legado de iniquidades y desigualdades previas— ocupaban los titulares cada día. El desempleo, al que el gobierno trató de hacer frente mediante la discriminación positiva y políticas en pro del crecimiento, causó cierto descontento entre la mayoría, circunstancia que aprovecharon determinados elementos del National Party. Este partido, que había dirigido el estado del apartheid, se había retirado del gobierno de unidad nacional (GNU)(2) en 1996 alegando su incapacidad para ejercer influencia en la política gubernamental.

«Los más honestos de entre sus miembros —señaló Mandela acerca de los políticos del National Party—, los que ocupaban cargos ejecutivos y se movían por el deseo de proteger los intereses tanto de los afrikáners como del resto de la población, no apoyaron la decisión de escindirse del GNU».

Mientras Mandela hablaba en diciembre de 1997, se respiraba un ambiente de expectación. Los dramáticos acontecimientos del año anterior, tales como la expulsión del general Bantu Holomisa del CNA y la formación de un partido político disidente, el Movimiento Democrático Unido, debían de haber evocado el trauma del cisma que vio nacer el Congreso Panafricanista (CPA) en 1959.(3) Antaño un privilegiado compatriota con fama de no tener pelos en la lengua, a Holomisa se le atribuyó asimismo el auge de tendencias populistas en el seno del CNA, también fomentadas por Winnie Madikizela-Mandela y Peter Mokaba, el franco presidente de la Liga de la Juventud del CNA.(4)

Luego estaba la cuestión de la sucesión. Mandela ya manifestó su intención de dimitir como presidente del CNA en esta conferencia. En un comunicado televisado el domingo 7 de julio de 1996, Mandela confirmó los rumores de que no se presentaría a las elecciones en 1999. Conforme a su promesa, realizada cuando juró el cargo de primer presidente democrático del país en 1994, sentía que, aunque podría haber prestado su servicio durante dos legislaturas tal y como estipulaba la Constitución,(5) bastaba con una, puesto que ya había sentado las bases de un futuro mejor para todos.

Editoriales y analistas presentaron la conferencia como un escenario donde un héroe digno de confianza entregaría el bastón de mando a figuras como Thabo Mbeki o Cyril Ramaphosa.(6) Ambos poseían excelentes credenciales en la lucha; Ramaphosa por su destacado papel durante el foro de negociación multipartidista de la Convención para una Sudáfrica Democrática (CODESA),(7) que se iniciaron en 1991 y concluyeron en 1993, culminando en la adopción de la Constitución el 8 de mayo de 1996; Mbeki era aclamado por muchos, dada su gestión de los asuntos del país, como mano derecha de Mandela.

Ansiosos por acallar las amplias críticas suscitadas por que el grupo de habla isiXhosa dominara el CNA, Mandela había propuesto a Ramaphosa en 1994, dejando la cuestión del relevo en manos de los tres restantes altos mandos del CNA: Walter Sisulu, Thomas Nkobi y Jacob Zuma.(8) Se le aconsejó que en vez de eso ungiera a Thabo Mbeki. Finalmente este fue elegido como presidente del CNA en 1997, colocándose así por delante de Ramaphosa como candidato a la presidencia del país.

La elección de los seis cargos de mayor responsabilidad del CNA, donde se disputaron solo dos, le dio un interesante tono al drama de la conferencia de cinco días. Mbeki fue elegido por unanimidad como presidente del CNA y Jacob Zuma asumió la vicepresidencia. Winnie Madikizela-Mandela había sopesado la idea de presentar su candidatura contra Zuma a la vicepresidencia, pero no logró suficiente apoyo de los delegados para secundarla y se vio obligada a renunciar. Muchos sentían que sus devaneos con las causas populistas y sus mordaces comentarios sobre los puntos flacos del gobierno, que a veces adolecían de desafío hacia su exmarido, habían alineado a la militancia y provocado su humillación. Kgalema Motlanthe, un antiguo sindicalista y, al igual que Mandela y Jacob Zuma, en su época un recluso en la isla de Robben,(9) fue elegido secretario general y Mendi Msimang relevó a Arnold Stofile al frente de Tesorería. De los dos disputados cargos de presidente nacional y vicesecretario general, Mosiuoa «Terror» Lekota derrotó de forma aplastante a su antiguo compañero de celda en la isla de Robben, Steve Tshwete;(10) y Thenjiwe Mtintso se hizo por un escaso margen con el puesto de vicesecretario general frente a Mavivi Myakayaka-Manzini.

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Al término de la conferencia, Mandela volvió a adoptar un tono serio al pronunciar su discurso de despedida la tarde del 20 de diciembre de 1997. Con las manos entrelazadas, prescindió del texto redactado para hablar con el corazón en la mano. Sin mencionar nombres, advirtió al líder entrante de que no se rodease de aduladores:

«Un líder, en especial uno con tamaña responsabilidad, que ha sido elegido por unanimidad, tiene como primer deber disipar las preocupaciones de sus compañeros de la jefatura para permitirles debatir con libertad, sin temor, en el seno de la estructura interna del movimiento».

Mientras aguardaba a que los aplausos se apagaran, ahondó en la contradicción a la que se enfrentaba un dirigente que había de unir a la organización y al mismo tiempo permitir las discrepancias internas y la libertad de expresión.

«La gente debería incluso poder criticar al líder sin temor ni benevolencia; únicamente cabe la posibilidad de mantener unida la militancia en esas circunstancias. Existen numerosos ejemplos donde se permite la divergencia de opiniones siempre y cuando estas no supongan un desprestigio para la organización».

A modo ilustrativo, Mandela citó a un crítico con la política de Mao Zedong durante la revolución china. El dirigente chino «analizó si había hecho alguna declaración sin tener en cuenta las estructuras del movimiento o que pudiera desacreditarlo». Satisfecho de que no fuera el caso, el crítico ingresó en el comité central como presidente de la Cámara de Trabajadores china, el movimiento sindical.

Le «asignaron una responsabilidad por la que debía rendir cuentas —explicó Mandela entre las carcajadas del público— y se vio obligado a ser más comedido y responsable.

»Afortunadamente, sé que nuestro presidente se hace cargo. Me consta que en su trabajo se ha tomado las críticas con espíritu de camaradería y no me cabe la menor duda de que no […] va a hacer el vacío a nadie porque sabe que [es importante] rodearse de personas fuertes e independientes en el seno de la estructura del movimiento que puedan criticar y mejorar tu propia aportación para que a la hora de aplicar las políticas las decisiones sean acertadas y no den lugar a críticas fundadas por parte de nadie. Nadie en esta organización entiende este principio mejor que el presidente, el camarada Thabo Mbeki».

Mandela continuó leyendo el discurso, reiterando que la vinculación de los líderes con «individuos poderosos e influyentes que disponen de muchos más recursos que todos nosotros juntos» podía llevarles a olvidar a «quienes estuvieron de nuestra parte cuando todos estábamos solos en los tiempos difíciles».

Tras otra salva de aplausos, Mandela prosiguió justificando el mantenimiento de las relaciones del CNA con países como Cuba, Libia e Irán, decisión contraria al criterio de gobiernos y mandatarios que habían apoyado el régimen del apartheid. Mandela expresó su gratitud a los invitados extranjeros presentes en el auditorio procedentes de todos esos países repudiados y al movimiento antiapartheid a nivel internacional. «Hicieron posible que ganásemos. Nuestra victoria es su victoria».

Hacia el final de su discurso, Mandela dedicó unos minutos a reconocer los errores y triunfos de la lucha. Pese a los notables éxitos, también había sufrido reveses.

«No hemos sido infalibles —dijo, dejando al margen el texto—. Tuvimos dificultades en el pasado, como toda organización.

»Teníamos un líder(11) elegido por unanimidad, pero fue arrestado junto con nosotros. Sin embargo, él era pudiente, teniendo en cuenta el contexto de aquellos tiempos, y nosotros muy pobres. Y las fuerzas de seguridad fueron en su busca con una copia de la Ley de Supresión del Comunismo(12) a decirle: “Vaya, posees granjas. Aquí tienes una disposición según la cual, si se te declara culpable, perderás las propiedades. Tus colegas son gente humilde, no tienen nada que perder”. Entonces el líder optó por contratar a sus propios abogados y rehusó ser defendido junto con el resto de los acusados. Luego el abogado citó a su testigo y dijo al tribunal que existían numerosos documentos donde los acusados exigían la igualdad con los blancos. ¿Qué pensaba su testigo? ¿Cuál era su opinión al respecto?

»El líder —continuó Mandela, con una risita entre dientes al recordarlo—, dijo: “Jamás existirá tal cosa”. Y el abogado replicó: “Pero ¿usted y sus colegas presentes aceptan eso?”. Cuando el líder hizo amago de señalar a Walter Sisulu, el juez le amonestó y le dijo: “No, no; hable solo en su nombre”. Sin embargo, aquella experiencia de ser arrestado le superó. —Hizo una pausa para reflexionar—. Con todo, apreciamos el papel que desempeñó antes de que nos arrestaran. Le fue muy bien».

Sin pararse a explicar la ambigüedad de esta última observación, la cual suscitó una gran hilaridad ante la duda de si «le fue muy bien» expresaba el reconocimiento del servicio prestado por el líder a la organización o una pulla debido a su fortuna, Mandela zanjó su espontáneo comentario.

«Digo esto —concluyó con un destello de picardía en la mirada— porque, si algún día yo mismo me derrumbase y dijese que me había dejado engañar por estos jovenzuelos, simplemente recordad que en otra época fui colega vuestro».

Volviendo a los apuntes, declaró que había llegado la hora de entregar el bastón de mando. «Y —continuó— yo personalmente saboreo el momento en el que junto con mis compañeros veteranos aquí presentes pueda observar de cerca y juzgar de lejos. A medida que se acerque 1999, intentaré por todos los medios como presidente de la nación delegar cada vez más responsabilidades a fin de garantizar el buen curso de la transición a la nueva presidencia.

»Así, en mis últimos años tendré la oportunidad de malcriar a mis nietos y tratar de ayudar a todos los niños sudafricanos en distintos sentidos, especialmente a aquellos que han sido las desventuradas víctimas de un sistema que les ignoraba. También dispondré de más tiempo para continuar mis debates con Tyopho,(13) es decir, Walter Sisulu; el tío Govan(14) [Govan Mbeki] y otros, pues los 20 años de umrabulo [intenso debate político con fines pedagógicos] no fueron suficientes.

»Permitidme que os garantice […] que modestamente continuaré prestando mi servicio en pro del cambio, así como al CNA, el único movimiento capaz de propiciar ese cambio. Como militante de base del CNA supongo que también disfrutaré de muchos privilegios de los que me he visto privado durante años: mostrarme tan crítico como desee; hacer frente a cualquier signo de “autocracia por parte de Shell House”;(15) y ejercer presión a favor de mis candidatos predilectos desde las bases a la cúpula.

»Ahora, en un tono más serio, deseo reiterar que seguiré siendo un miembro disciplinado del CNA y, en mis últimos meses en mi cargo de presidente, me regiré en todo momento por la política del CNA y buscaré mecanismos que os permitan darme un tirón de orejas por cualquier imprudencia […].

»Nuestra generación ha vivido un siglo caracterizado por el conflicto, el derramamiento de sangre, el odio y la intolerancia; un siglo donde se intentó sin éxito resolver del todo los problemas de desigualdad entre ricos y pobres, entre los países en vías de desarrollo y los desarrollados.

»Albergo la esperanza de que nuestros esfuerzos desde el CNA hayan contribuido y sigan contribuyendo a esta búsqueda de un orden mundial equitativo.

»El día de hoy señala la consecución de una vuelta más en esa carrera de relevos —que habrá de continuar durante muchas más décadas—, el momento en el que nos retiramos para que la generación de competentes abogados, informáticos, economistas, financieros, industriales, médicos, ingenieros y, sobre todo, todos los obreros y campesinos puedan conducir al CNA al nuevo milenio.

»Anhelo esa etapa en la que tendré la oportunidad de despertar al alba; de recorrer las colinas y valles de mi aldea natal, Qunu,(16) en paz y tranquilidad. Y tengo la plena confianza de que así será porque, cuando lo haga y observe los rostros sonrientes de los niños que reflejan los rayos de sol en sus corazones, sabré, camarada Thabo y equipo, que vais por buen camino, que estáis triunfando.

»Sabré que el CNA está vivo […] ¡y que continúa al frente!».[1] 

Al unísono, los delegados e invitados extranjeros presentes en la conferencia se pusieron en pie y comenzaron a entonar, a aplaudir y a bambolearse con un popurrí de canciones hasta corear una que fue la despedida de un extraordinario hijo de la nación y al mismo tiempo el triste reconocimiento de que, pasase lo que pasase, Sudáfrica nunca volvería a ser la misma.

«Nelson Mandela —decía la canción—, no hay otro como él».

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C A P Í T U L O   U N O
El reto de la libertad

Nelson Mandela había escuchado este canto libertario y sus numerosas versiones mucho antes de su salida de la prisión de Victor Verster(17) en 1990. Los esfuerzos coordinados del aparato de seguridad del Estado y de las autoridades penitenciarias por aislarlo del drama de la lucha imperante —y de su evocador himno— no lograron impedir el flujo de información entre el preciado prisionero y sus numerosos interlocutores. El ingreso en prisión, incluida la de la isla de Robben, de recién llegados a finales de los años ochenta, principalmente de jóvenes de diversas afiliaciones políticas —y previamente, en 1976, la avalancha de activistas estudiantiles a raíz de las revueltas en Soweto y otros lugares— marcó la escalada de la lucha y trajo consigo nuevas canciones donde cada estrofa representaba un comentario en clave sobre los progresos o los reveses, las tragedias o las sátiras que se desarrollaban en las calles. El estribillo recurrente de los temas decía que el régimen sudafricano se encontraba en el lado equivocado de la historia.

Como la mayoría de las personas que asumen que la historia les ha reservado un lugar especial y probablemente conociendo la mordaz máxima de Emerson —«Ser grande es ser incomprendido»—,[2] Mandela sabía que su propio legado dependía de la estrategia por la que había abogado: las conversaciones entre el gobierno y el CNA. Dichas conversaciones habían comenzado cinco años antes de su liberación, cuando recién salido de una intervención quirúrgica en el Hospital Volks, donde lo visitó Kobie Coetsee,(18) el ministro de Justicia, Mandela había sacado a colación la cuestión del diálogo entre el CNA y el gobierno. La presencia de Coetsee supuso una chispa de esperanza en la más absoluta oscuridad. El año 1985 señaló el periodo más sangriento de la lucha, una época caracterizada por la irrevocabilidad de una meta y el enconamiento de posiciones entre los bandos enfrentados, que se observaban mutuamente desde ambos lados de un gran abismo.

Oliver Tambo,(19) presidente del CNA y compatriota de Mandela, acababa de hacer un llamamiento a los sudafricanos para desestabilizar el país.[3] Mandela, sin embargo, tenía presente que el peaje sería mayor sobre la población desarmada, enfrentada a un enemigo que utilizaba la panoplia del poder del Estado. Pero él era un preso —un preso político— que, al igual que un prisionero de guerra, tenía una única obligación: huir. Solo que huir de su inmediato confinamiento estaba inexorablemente ligado a la necesidad de la huida a gran escala, o liberación, del pueblo de Sudáfrica frente al yugo de un orden injusto. Tras haber estudiado durante largo tiempo a su enemigo e investigado en su bibliografía sobre historia, jurisprudencia, filosofía, lengua y cultura, Mandela llegó a la conclusión de que los blancos estaban predestinados a descubrir que el racismo les perjudicaba tanto como a los negros. El sistema que les había infundido un falso sentimiento de superioridad a los primeros, basado en mentiras, resultaría ser pernicioso para ellos y para sus futuras generaciones, y los incapacitaría ante el conjunto de la humanidad.

Separado de sus compañeros de prisión en Pollsmoor(20) a su regreso del hospital, lo que Mandela denominó un «espléndido aislamiento», se dio cuenta de que era preciso hacer concesiones. Concluyó que «sencillamente no tenía sentido que ambos bandos perdiesen miles, si no millones, de vidas en un conflicto innecesario».[4] Había llegado el momento de dialogar.

Consciente de las repercusiones de sus actos en la lucha por la liberación en general y el CNA en particular, se resignó a su destino: si las cosas se torcieran, reflexionó, el CNA salvaría su imagen atribuyéndolo al comportamiento errático de un individuo aislado, no a su representante.

«Los grandes hombres hacen historia —escribió el influyente historiador afrotrinitense C. L. R. James—, pero solo la historia que les es posible hacer. La libertad para alcanzar sus logros se ve limitada por las exigencias de su entorno».[5]

Durante casi tres décadas de encarcelamiento, Mandela dedicó el tiempo a analizar el país que estaba destinado a gobernar. En aquellos momentos de espera de una palabra por parte de sus captores o una señal clandestina por parte de sus camaradas, reflexionaba sobre la naturaleza de la sociedad, sus virtudes y males. Aun estando en prisión, con la libertad para la consecución de sus logros coartada por las restricciones del entorno, fue paulatinamente accediendo a los más altos escalafones de poder del apartheid hasta reunirse finalmente con un renqueante presidente P. W. Botha y posteriormente con su sucesor, F. W. de Klerk.(21)

Fuera, las víctimas se multiplicaban y los escuadrones de la muerte se recrudecían; la sucesión de funerales desencadenaba más ciclos de matanzas y asesinatos, entre ellos de académicos. En las calles se articuló un nuevo lenguaje y la gente acabó habituándose a las cuadrillas de defensa civil y a métodos de ejecución más truculentos, tales como el brutal «collar»,(22)que se utilizaba con los presuntos colaboradores del apartheid.

En todos los encuentros que Mandela mantuvo con representantes del gobierno su prioridad era buscar una solución a la tragedia sudafricana. Desde De Klerk hasta el policía de diecinueve años pertrechado con un chaleco antibalas que intentaba contener a multitudes enardecidas, se trataba de hombres y mujeres de carne y hueso que, como un niño jugando con una granada de mano, parecían ignorar el hecho de que se precipitaban a la ruina, llevándose por delante a millones de personas.

Mandela confiaba en que el sentido común se impusiera antes de que fuese demasiado tarde. A punto de cumplir los setenta, era consciente de su propia mortalidad. Tal vez fuera casualidad que escribiera lo que, mucho más tarde, se convertiría en una profecía.

«Hombres y mujeres de todo el mundo, a lo largo de los siglos, vienen y van. Algunos sin dejar rastro, ni siquiera sus nombres. Nadie diría que en algún momento llegaron a existir. Otros dejan algo a su paso: el inquietante recuerdo de los viles actos que cometieron contra otros seres humanos; el abuso de poder de una minoría blanca contra una mayoría de africanos negros, mestizos e indios, la privación de los derechos humanos fundamentales a esa mayoría, el racismo a ultranza en todos los ámbitos de la sociedad, las detenciones sin juicio, las brutales agresiones dentro y fuera de prisión, la ruptura de familias, obligando a la gente a exiliarse, a pasar a la clandestinidad y a permanecer largos años confinada en prisiones».[6]

Como la inmensa mayoría de los sudafricanos negros, Mandela tenía experiencia de primera mano en cada violación de derechos humanos que citaba o bien conocía a personas de su círculo cercano que habían sufrido terriblemente en manos de las autoridades. Este fue el periodo de la muerte súbita, cuyos incidentes recordaban a los títulos de las películas de serie B norteamericanas: los Siete de Gugulethu; los Cuatro de Cradock; la Masacre del Caballo de Troya.(23) En todos estos casos, donde jóvenes líderes y activistas fueron brutalmente asesinados cuando la represión estatal alcanzó sus cotas más drásticas a mediados de los años ochenta, las agencias de seguridad del Estado negaban su involucración o bien argumentaban que habían sufrido ataques.

Recordando el caso de Sharpeville(24) y otras masacres perpetradas por las fuerzas de seguridad del apartheid, donde infinidad de personas habían sido mutiladas o asesinadas en actuaciones policiales, Mandela evoca perturbadoras imágenes de «fuerzas policiales que disparaban a la menor provocación y que masacraban a miles de personas inocentes e indefensas», y que blasfemaban utilizando «el nombre de Dios […] para justificar el ejercicio del mal contra la mayoría. En sus vidas cotidianas, estos hombres y mujeres cuyo régimen cometía semejantes atrocidades vestían trajes caros y acudían asiduamente a la iglesia. Lo cierto es que representaban la encarnación del mal. Por mucho que reivindicasen ser una comunidad de fieles devotos, sus políticas fueron denunciadas como crímenes contra la humanidad por la práctica totalidad del mundo civilizado. Fueron expulsados de las Naciones Unidas y de innumerables organizaciones internacionales y regionales [y] se convirtieron en la escoria del mundo».[7]

La caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 tuvo tal repercusión internacional que en cierto modo eclipsó un hito nacional de primer orden que había ocurrido un mes antes. El 15 de octubre de 1989, Walter Sisulu fue puesto en libertad junto con Raymond Mhlaba, Wilton Mkwayi, Oscar Mpetha, Ahmed Kathrada, Andrew Mlangeni y Elias Motsoaledi.(25) Cinco de ellos se encontraban junto con Mandela entre los diez acusados que habían sido procesados en el juicio de Rivonia(26) en 1963-1964 y pertenecían a su estrecho círculo de camaradas.(27) También fue excarcelado Jafta Kgalabi Masemola, cofundador del Congreso Panafricanista (CPA) con Robert Sobukwe.(28) Masemola moriría cinco meses más tarde en un accidente de tráfico, lo cual aún continúa siendo motivo de sospecha entre algunos miembros del CPA.

Mandela había persuadido a las autoridades para que pusieran en libertad a los internos de Pollsmoor y la isla de Robben como gesto de buena fe. Las negociaciones para su liberación comenzaron entre Mandela y Botha, y llegaron a un punto muerto. Según Niël Barnard,(29) antiguo responsable del Servicio Nacional de Inteligencia, «el fuerte antagonismo en el SSC [Consejo de Seguridad del Estado] hizo que estos planes [la puesta en libertad de Sisulu en marzo de 1989] quedaran aplazados hasta nueva orden».[8] Su excarcelación produjo emociones encontradas en Mandela: euforia por la liberación de sus camaradas y tristeza ante su propia soledad. No obstante, sabía que su hora llegaría al cabo de unos meses.

Kathrada recordó que la última vez que el «preso Kathrada» vio al «preso Mandela» en la prisión de Victor Verster fue el 10 de octubre de 1989, cuando, acompañado por otros camaradas, fue a visitarle a la casa donde Mandela pasó los últimos catorce meses de condena.

Mandela les dijo: «Amigos, esto es un adiós», a lo que Kathrada et al. respondieron: «Hasta que no lo veamos, no lo creeremos». Mandela insistió en que acababa de reunirse con dos ministros del gabinete que le habían garantizado que sus camaradas serían puestos en libertad. Aquella noche, en lugar de conducirlos de regreso a Pollsmoor, les sirvieron la cena en el comedor de la prisión de Victor Verster. Y a continuación, justo a tiempo de los informativos de la noche, llevaron un televisor a la sala y se anunció que el presidente F. W. de Klerk había decidido poner en libertad a los ocho presos: Kathrada, Sisulu, Mhlaba, Mlangeni, Motsoaledi, Mkwayi, Mpetha y Masemola.

El grupo fue conducido de vuelta a la prisión de Pollsmoor y al cabo de tres días fue trasladado: Kathrada, Sisulu, Mlangeni, Motsoaledi, Mkwayi y Masemola en avión a Johannesburgo, en cuya prisión fueron internados. Mhlaba fue a Port Elizabeth, su ciudad natal, y Mpetha, oriundo de Ciudad del Cabo, siguió ingresado en el Hospital Groote Schuur y durante su convalecencia permaneció bajo custodia policial. Después, la noche del sábado 14 de octubre, el oficial a cargo de la prisión de Johannesburgo se acercó a los reclusos y anunció: «Acabamos de recibir un fax de la central comunicándonos que vais a ser puestos en libertad mañana».

«¿Qué es un fax?», preguntó Kathrada. Había pasado en prisión más de 26 años.[9]

El 2 de febrero de 1990, F. W. de Klerk compareció ante el Parlamento para anunciar la legalización del CNA, el CPA, el Partido Comunista Sudafricano (SACP)(30) y en torno a una treintena de organizaciones políticas ilegales. Asimismo, anunció la puesta en libertad de presos políticos encarcelados por delitos no violentos, la abolición de la pena capital y la derogación de infinidad de proscripciones vigentes bajo el estado de emergencia.(31) Para muchos sudafricanos castigados bajo el yugo del apartheid, este sería el proverbial primer día del resto de sus vidas.

Al igual que la inmensa mayoría de los presos políticos a quienes la historia asignaría la misión de prestar servicio al conjunto de la humanidad, entre ellos Mahatma Gandhi, Antonio Gramsci, Václav Havel y Milovan Djilas, Mandela logró imponer su voluntad sobre sí mismo y, hasta cierto punto, sobre sus captores. Había leído todo lo que había tenido a su alcance sobre la infinita paciencia de líderes de la talla de Ahmed Ben Bella, Jomo Kenyatta y Sékou Touré, quienes habían perseverado bajo el yugo impuesto por administradores coloniales y resurgido con fuerza, con más fuerza si cabe, dado que habían demostrado que el encarcelamiento no pudo desmoralizarles. Pero Mandela era consciente de los cambios que llevaba aparejados la realidad de la vida fuera de prisión: el atractivo del cargo y la irresistible seducción del poder. Había sido testigo de ello a lo largo de su vida, en ciertos casos con personas con las que había mantenido una estrecha relación, de las cuales escribe:

«También existieron aquellos que en su momento lideraron ejércitos de liberación invencibles, que padecieron penurias indecibles y que sin embargo a la larga lograron salir victoriosos no solo a la hora de liberar a su gente, sino también en lo concerniente a la mejora de sus condiciones de vida. Se granjearon respeto y admiración por doquier, e inspiraron a millones de personas de todos los continentes a rebelarse contra la opresión y la explotación».

A Mandela le entristecía ver a algunos de estos líderes, viejos activistas en pro de la libertad, descarriarse. Su crítica ante la nefasta arrogancia de estos era un intento de definir la magnitud de la consiguiente traición a la causa. Cuando relata situaciones donde la libertad «y la instauración de un gobierno democrático saca del anonimato a veteranos activistas para colocarlos en los pasillos del poder, donde ahora conviven codo con codo con los ricos y poderosos», tal vez también estuviera confesando sus propios temores sobre el porvenir.

Añade que es en «situaciones de esta naturaleza donde algunos veteranos activistas en pro de la libertad corren el riesgo de olvidar sus principios y a aquellos que están sumidos en la pobreza, la ignorancia y las enfermedades; algunos de ellos empiezan a aspirar a disfrutar del estilo de vida de los opresores que antaño detestaban y a quienes derrocaron».[10]

La génesis de dichas observaciones puede apreciarse en el modo en el que Mandela condujo su propia vida, regida por el lema de la disciplina. Seguía un estricto régimen de ejercicio y se mantenía en buena forma física. Tenía por costumbre hacer las cosas por sí mismo; en una ocasión desconcertó al cocinero que le había sido asignado, el suboficial Swart, al empeñarse en que él mismo se ocuparía de lavar los platos y prepararse la comida.

Mandela escribe: «Un día, después de una deliciosa comida preparada por el señor Swart, fui a la cocina a lavar los platos. “No —me dijo—, eso es tarea mía. Usted vuelva al salón”. Insistí en que debía hacer algo y que si él cocinaba, lo menos que yo podía hacer era lavar los platos. El señor Swart protestó, pero finalmente cedió. También puso objeciones a que me hiciese la cama por la mañana, aduciendo que era parte de su trabajo. Sin embargo, yo llevaba haciendo la cama tanto tiempo que ya era un acto reflejo».[11]

Mandela se había regido en gran medida por el código de conducta de un soldado desde mucho antes de su arresto en 1962. Confiaba en que sus camaradas, miembros de una selecta fraternidad de comprometidos luchadores, fueran intachables; la maquinaria del apartheid era rígida y reglamentada, y exigía una fuerza igualmente disciplinada para resistir y finalmente derrocarla.

«A menos que la organización política permanezca fuerte y mantenga sus principios, imponiendo una estricta disciplina a los líderes y en la misma medida a los militantes de base, e inspire a sus miembros a desarrollar, al margen de los programas gubernamentales, iniciativas sociales para el bienestar de la comunidad, acabarán sucumbiendo a la tentación de abandonar a los pobres y empezar a amasar ingentes fortunas».[12]

Mandela se había mantenido al tanto de los asuntos mundiales durante su condena, observando con consternación que no pocos dirigentes del continente africano habían caído en las garras de la megalomanía. Desde el punto más septentrional hasta el extremo meridional del continente, dirigentes autoproclamados con uniformes tachonados de medallas infligían padecimientos indecibles a sus súbditos en países donde el expolio de los recursos nacionales estaba a la orden del día. El pueblo padecía hambrunas, violencia, pestilencia y penurias extremas. Mandela comenta al respecto: «Llegan a creer que son dirigentes indispensables. En los casos donde las constituciones les amparan, se convierten en presidentes vitalicios. En aquellos casos en los que la Constitución del país establece limitaciones, generalmente la enmiendan con el fin de tener potestad para ostentar el poder de por vida».[13]

Mientras meditaba sobre cómo iba a dirigir su país, llegó el momento de su puesta en libertad. La realidad de fuera presagiaba complicaciones de mucha más envergadura que las negociaciones que había mantenido con sus captores, entre ellas cuando se mantuvo firme frente a las autoridades penitenciarias respecto a la fecha y el lugar de su liberación. El gobierno de De Klerk tenía intención de ponerlo en libertad mucho antes, y desde luego sin ceremonias, en su lugar de residencia, Soweto, pero Mandela se negó. Él deseaba ser puesto en libertad en Ciudad del Cabo, donde tendría ocasión de dar las gracias a la gente de la ciudad antes de regresar a casa.

«Dije que quería que me pusieran en libertad en la puerta de la prisión de Victor Verster. A partir de ahí me las apañaría por mi cuenta. Sostuve que no tenían derecho a decidir que me trasladasen a Johannesburgo. Al final cedieron y me liberaron en la puerta de Victor Verster». Además, Mandela pidió que su puesta en libertad se aplazara siete días para que la gente «se preparara».[14]

Fue en prisión donde Mandela pulió lo que más tarde se convertiría en una de sus mejores bazas: su capacidad de empatía con la persona que tuviera delante, fuera amigo o enemigo, el entender que se trataba de un complejo ser humano con una personalidad de múltiples facetas. Uno de sus pesares mientras las cámaras disparaban y se producía una multitudinaria explosión de júbilo por su liberación la tarde del 11 de febrero de 1990 fue el no haber podido despedirse del personal penitenciario. Para él se trataba de algo más que de un puñado de funcionarios uniformados que trabajaban en primera línea de un régimen injusto; eran personas con familia y, como todo el mundo, tenían inquietudes en su vida.

Esto, por supuesto, no significaba que Mandela eximiera de culpa al diablo ni que fuese deliberadamente ajeno a los excesos del régimen del apartheid blanco. En su fijación por preparar el futuro, la cual comenzó con el cierre de las puertas de la prisión tras de sí, sabía que debía superar el cúmulo de rencor y concentrarse en lo que tenía por delante. Pese a haber cumplido condena como individuo, Mandela formaba parte de una fraternidad de hombres y mujeres comprometidos que habían sido llamados por imperativo de la lucha a sacrificar los mejores años de sus vidas en aras de un bien mayor.

Sabía que, tras haber sido puestos en libertad los restantes imputados y compañeros de prisión de Rivonia anteriormente, al salir en solitario millones de ojos lo observarían para ver en qué se había convertido. Mandela llevaba meses manteniendo encuentros y conversaciones telefónicas con diversas personas del CNA y el Frente Democrático Unido (UDF), una organización global con un amplia diversidad de afiliados, incluidos centenares de organizaciones juveniles, innumerables asociaciones cívicas y colectivos de estudiantes. Horas antes de su inminente liberación, consultó a miembros del Comité Nacional de Recepción, una selección de activistas y líderes curtidos en batallas en pro del movimiento democrático de masas, entre ellos Cyril Ramaphosa, Valli Moosa, Jay Naidoo y Trevor Manuel, los cuales desempeñarían importantes cometidos en el futuro gobierno.(32) La inmensa mayoría de los presos con largas condenas agudizan su percepción de las situaciones y las asimilan con mayor rapidez que otros por la sencilla razón de que su supervivencia depende de ello. Por consiguiente, si bien emocionado ante la perspectiva de su liberación, Mandela percibió la inquietud de los representantes del CNA, quienes habían recibido con muy poca antelación la noticia del cambio de lugar de su puesta en libertad de Soweto a Ciudad del Cabo.

«El aviso se dio con menos de veinticuatro horas de antelación —señala Valli Moosa—. Nuestro asombro fue mayúsculo, pero ninguno de nosotros cayó en la tentación de solicitar que se demorara su puesta en libertad, por mucho que fuera nuestro deseo».[15]

Mandela entendió el dilema que su puesta en libertad planteaba tanto para el gobierno como para el CNA en vista de la envergadura del camino que tenía por delante. Durante el trayecto de salida de Victor Verster, se dijo a sí mismo que su misión en la vida era «liberar tanto al opresor como al oprimido».[16] Esto significaba salvar el abismo existente entre el opresor —representado por el gobierno que le había encarcelado— y el oprimido: la mayoría de la población sudafricana en toda su diversidad. Asumió lo que conllevaría cumplir ese cometido. Era el cometido que le había encomendado el destino.

«La prueba de fuego para un hombre —escribió Václav Havel— no es desempeñar el papel que desea para sí mismo, sino el que le asigna el destino».[17]

Mucho más tarde, Barbara Masekela,(33) una célebre escritora y diplomática que estuvo al frente del gabinete durante el mandato de Mandela, se haría eco de este sentimiento. «Mandela —dijo— sabía que ser presidente significaba desempeñar un papel y estaba decidido a estar a la altura».[18]

No obstante, no era fácil estar a la altura, tarea a la que Mandela se había adelantado mucho antes. A mediados de los años ochenta, Mandela había cogido el toro por los cuernos y decidido entablar conversaciones entre el CNA y el gobierno del National Party(34) del predecesor de De Klerk, el presidente P. W. Botha. Aficionado a las tiras cómicas, su semblante ceñudo y amonestador adornaba los periódicos de tirada nacional; el presidente Botha fue uno de los últimos pesos pesados, un halcón, cuya intransigente postura le hizo ganarse el apodo de die Groot Krokodil («el Gran Cocodrilo»), que consideraba la fuerza bruta como la respuesta al conflicto. Pero incluso él había aprendido de sus generales de la línea más dura que la solución de la pesadilla sudafricana no podía lograrse exclusivamente por medio de la fuerza militar.

Mandela tenía presente que el ciclo de violencia se estaba cebando en los sectores más pobres y marginados de la población. La mayoría negra, intranquila, tenía expectativas. Los partidarios del régimen del apartheid —muchos de ellos armados y dotados de una extraordinaria capacidad para causar estragos— también esperaban ansiosos una amenaza significativa del statu quo.

En esta coyuntura, Mandela tuvo que señalar la integridad de F. W. de Klerk, aunque solo fuera para desarmar a los partidarios de la línea dura, que se habrían regodeado de júbilo si el presidente sudafricano se hubiese visto más desacreditado si cabe por el rechazo del exconvicto. Conforme a la supuesta lógica de los simpatizantes derechistas, una cosa era que De Klerk pusiese en libertad al terrorista y otra que el mismísimo terrorista llevase la voz cantante y a la vez desdeñase a su liberador.

Para Mandela, entablar diálogo con el régimen de Pretoria equivalía a abrirse paso entre un tráfico volátil. Debía hacer de parachoques, por un lado entre el vehículo del grupo de negociadores de De Klerk y, por otro, entre dos vehículos procedentes de sentidos opuestos: uno impulsado por las expectativas de una mayoría de raza negra a la que se le había agotado la paciencia y el otro por los ultraderechistas, movidos por el miedo y por un inapropiado sentimiento de rectitud. Para Mandela, la mayor tragedia habría sido el fracaso de las negociaciones antes siquiera de iniciarlas. En este sentido, desoyó el consejo de los representantes de sus propias organizaciones, quienes discrepaban de la intención de este de calificar a De Klerk como un hombre íntegro. Cuando sus colegas pusieron el grito en el cielo por su actitud hacia De Klerk, en todo momento insistió en que continuaría dando por hecho la integridad de De Klerk hasta que se demostrase lo contrario. Hasta entonces, este sería su futuro interlocutor en las negociaciones.

Mandela era capaz de apreciar y distinguir entre De Klerk como persona y como representante, si no víctima de una maquinaria estatal represiva y todopoderosa. Tal vez el único deseo de Mandela fuese llevarse a su terreno a su homólogo frente a la influencia del partido político que defendía el sistema del apartheid, postura que le parecía absolutamente deleznable.

En este sentido, comentaría más tarde: «El régimen del apartheid, incluso durante el periodo de las negociaciones […] continuaba creyendo que podía salvar la supremacía blanca con el consentimiento de la población negra. Aunque los negociadores del apartheid trataron de actuar con cautela, desde el inicio de las negociaciones estaba claro que la idea primordial era impedir que gobernásemos el país, incluso en el caso de que ganásemos unas elecciones democráticas».

Ya había tenido un anticipo de esta postura durante su condena en Victor Verster, donde mantuvo su primer encuentro con el presidente De Klerk, el 13 de diciembre de 1989. Así lo relata:

«Poco antes de aquel encuentro, leí un artículo redactado por el director del diario Die Burger, por entonces portavoz del National Party, escrito bajo el pseudónimo de Dawie, en el que se mostraba extremadamente crítico ante el concepto de derechos de grupo propugnado por ese partido como la mejor solución a los problemas del país. Esto significaba que, tras las primeras elecciones democráticas, cada grupo de población conservaría de manera permanente los derechos y privilegios adquiridos antes de dichas elecciones, al margen del partido político que resultase vencedor».

Este ardid significaría que la «minoría blanca continuaría monopolizando todos los derechos fundamentales de la ciudadanía. Los revolucionarios cambios demandados por el movimiento de liberación por los que mártires a lo largo de los siglos habían pagado el más alto de los precios serían sofocados. El nuevo gobierno sería incapaz de proporcionar techo al pueblo y una educación digna para sus hijos. Proliferarían la pobreza, el desempleo, el hambre, el analfabetismo y las enfermedades. Die Burger criticó esta pseudopolítica por ser una maniobra de instauración del apartheid por la puerta falsa.

Mandela señaló a De Klerk que «si su propio portavoz condenaba esa idea, bien podía imaginarse lo que nosotros opinábamos. La rechazaríamos de plano».[19]

«Llegados a este punto, el presidente me impresionó —escribe Mandela—. Reconoció que si nuestro movimiento no estaba dispuesto ni a considerar la idea, la descartaría. Acto seguido envié un mensaje al líder del CNA en Zambia describiendo al presidente como un hombre íntegro con el que podríamos negociar».[20]

Puede que Mandela quedase impresionado por De Klerk, pero vender la propuesta al CNA era otra cuestión. El CNA, tal y como se ha señalado en infinidad de ocasiones, era harina de otro costal, pues representaba al mismo tiempo una nutrida congregación, un movimiento de liberación y un modo de vida para millones de sudafricanos. Ha estado en el seno de ciertas familias a lo largo de sucesivas generaciones, pasando de una a otra como una reliquia familiar. Es inevitable que una organización semejante quede encorsetada en la tradición, de ahí que cualquier iniciativa novedosa se viera con recelo. Con setenta años de existencia cuando las conversaciones entre Mandela y los presidentes del apartheid alcanzaron su cénit en 1989, el tema de las negociaciones jamás había formado parte de su política. Sin embargo, en el exilio, el CNA había tenido que realizar una valoración realista de la situación y del equilibrio de fuerzas. El incesante ataque por parte de la maquinaria militar sudafricana contra la FSL, una alianza de países del sur de África unidos contra el apartheid desde 1960 hasta principios de 1990, por respaldar al CNA, cambió el carácter geopolítico del sur del continente.

La circunstancia más determinante fue la retirada forzosa del CNA de diversas zonas estratégicas; el caso más significativo fue el de Mozambique a raíz de que el presidente Samora Machel firmase el pacto de no agresión con Sudáfrica, el Acuerdo de Nkomati, el 16 de marzo de 1984. Esto supuso que el CNA se viera obligado a proseguir su lucha armada sin la baza de disponer de bases en Estados vecinos, ante lo cual el alto mando no tuvo más remedio que empezar a plantearse el futuro de los miles de cuadros militares destacados en Zambia y Tanzania. Ese mismo año, el motín que estalló en los campamentos de la MK en Angola asestó un golpe a la jefatura, especialmente porque su razón de ser fue la impaciencia de los soldados de la MK por volver a su país a combatir al enemigo en vez de verse envueltos en el conflicto interno existente entre tropas del Movimento Popular de Libertação de Angola (Movimiento Popular para la Liberación de Angola, MPLA) y guerrilleros de la União Nacional para a Independência Total de Angola (Unión Nacional para la Independencia Total de Angola, UNITA), respaldados por Sudáfrica.(35) Por presiones similares el CNA se había visto obligado a asignar el destacamento Luthuli de Umkhonto we Sizwe a las campañas de Wankie y Sipolilo, en la antigua Rodesia, a partir de 1967.(36) En los campamentos, en la mayoría de las zonas donde existía una significativa comunidad de exiliados, se entonaban canciones que invocaban a infinidad de héroes y mártires, entre ellos Nelson Mandela u Oliver Tambo. Cantaban, entregándose a la lucha y a cómo marcharían sobre Pretoria. A veces los himnos revolucionarios versaban sobre la perfidia de agentes del régimen sudafricano, en algunos casos antiguos camaradas que se habían pasado al otro bando. Por encima de todo, las figuras más vilipendiadas que se cernían en el imaginario colectivo de estos fervientes coros conformaban una retahíla de dirigentes del apartheid, especialmente Botha y De Klerk. Botha era detestado por su belicismo y De Klerk por su pasividad en el transcurso de la masacre de estudiantes de raza negra en 1976 mientras estaba al frente del Ministerio de Educación.(37)

Mucho antes de que se materializara el contacto de Mandela con Botha y De Klerk circularon rumores sobre las conversaciones y la inminente puesta en libertad de Mandela. A principios de julio de 1989, un grupo de escritores exiliados pertenecientes al CNA que se encontraban de camino a un encuentro con escritores y académicos afrikáners en las cataratas Victoria se tropezaron con un contingente de periodistas sudafricanos y extranjeros con los ojos enrojecidos y equipos de televisión acampados a las puertas del Pamodzi Hotel de Lusaka. Los medios de comunicación, alertados por lo que obviamente se trataba de una filfa informativa, hacían guardia en la entrada del aeropuerto y de la sede central del CNA en la céntrica Chachacha Road con la expectativa de conseguir una primicia si, tal y como tenían entendido, Nelson Mandela era entregado bajo custodia del CNA en Zambia. Con todo, lo más alarmante fueron las acusaciones formuladas por algunos jóvenes activistas tanto en el interior del país como en el exilio de que «el viejo se había vendido». Incluso se rumoreó que pesaban amenazas sobre la vida de Mandela.

A pesar de ello, el CNA siempre se ha caracterizado por su infalible olfato político y ha procurado, a lo largo de los años, encontrar soluciones a sus problemas. Hasta los hombres y mujeres prestos al combate en los campamentos u operando clandestinamente en el interior del país se regían por principios políticos. Había miembros del Comité Ejecutivo Nacional, el máximo órgano decisorio en el intervalo entre las conferencias, que se mostraban extremadamente remisos ante la posibilidad de un acercamiento con Pretoria. Pero también estaba Oliver Tambo, el presidente, cuyo criterio era decisorio por consenso, que insistía en que cada aspecto de un problema delicado fuese debatido y analizado, por mucho que se tardase, hasta alcanzar un acuerdo.

Todo movimiento de liberación conduce, inevitablemente, a una encrucijada donde es preciso tomar decisiones cruciales que inciden en la vida del pueblo. O. R., como se conocía cariñosamente a Oliver Tambo, las tomaba. Infatigable y meticuloso hasta la saciedad, consultaba a los líderes de su propio partido y se cercioraba de que sus homólogos de los países de la alianza fueran informados sobre los avances.

Al final, todo el mundo asumió que había llegado la hora de dialogar con el enemigo. Para afianzar esta iniciativa, representantes de diversos sindicatos y organizaciones políticas y cívicas volaron a Lusaka para deliberar con el CNA con el fin de comenzar a planificar estrategias para abordar el panorama que se avecinaba. La llegada a Lusaka de las figuras veteranas —Walter Sisulu, Govan Mbeki (que había sido puesto en libertad dos años antes), Wilton Mkwayi, Raymond Mhlaba, Elias Motsoaledi y Ahmed Kathrada— y la interacción de estos con la militancia hizo que todo se materializara. También sirvió como válvula de escape para las emociones reprimidas de camaradas de la MK, principalmente de los miembros del servicio de operaciones especiales que trabajaban en la clandestinidad, quienes se sentían resentidos por el aumento del saldo de víctimas entre los militantes de la MK que se infiltraban en el país. Fue Walter Sisulu quien comunicó a los miembros del CNA congregados en Mulungushi Hall, en Lusaka, que se prepararan para volver a casa.[21]

Mandela-7

C A P Í T U L O   D O S
La negociación de la democracia

El 11 de febrero de 1990 por fin llegó la hora de que Nelson Mandela volviera a casa. Un considerable porcentaje de la población mundial presenció en directo por televisión la salida de Mandela por las puertas de la prisión de Victor Verster aquella tarde.

Casi dos años antes, el 11 de junio de 1988, se calcula que una audiencia de seiscientos millones de telespectadores de sesenta y siete países había visto la emisión de un concierto de música pop en homenaje al septuagésimo cumpleaños de Mandela en el estadio londinense de Wembley. Descrito por el presentador de la BBC Robin Denselow en 1989 como el «mayor y más espectacular evento político-pop de todos los tiempos», fue organizado por el Movimiento Antiapartheid (AAM) británico bajo el patrocinio de su presidente, el arzobispo Trevor Huddleston.[22] Una vez más, con el concierto se puso en evidencia hasta qué punto Mandela estaba presente a pesar de su ausencia.

Pero ahí estaba: la personificación palpable del fracaso del encarcelamiento y del régimen del apartheid, saliendo al sol de la provincia occidental del Cabo, saludando a la multitud de tanto en tanto, sonriente.

El hecho de formar parte de la nueva y emergente Sudáfrica significaba que Mandela debía adentrarse en el bullicio —y la confusión— reinante en el país y entre la gente a la que aspiraba a liderar. El trayecto de Mandela desde las puertas de la prisión hasta Grand Parade, en Ciudad del Cabo, donde miles de simpatizantes aguardaban en pie su discurso, se vio marcado por desvíos y temor, augurios, tal vez, de los vaivenes que el país estaba predestinado a experimentar en su camino hacia la democracia. Se produjo cierta tensión cuando el chófer de Mandela, intimidado por la muchedumbre que flanqueaba la calzada en las inmediaciones del ayuntamiento, se internó por el cercano barrio de Rondebosch, donde el convoy aguardó en una calle secundaria. Allí, Mandela vio a una mujer con dos bebés y le pidió que le dejara cogerlos en brazos. Después, uno de los activistas que estaban presentes, Saleem Mowzer, sugirió ir a su casa, al este de Rondebosch. Más tarde, el arzobispo Desmond Tutu,(38) preocupado, dio con el paradero de Mandela e instó a la comitiva a dirigirse al ayuntamiento para evitar disturbios.

Finalmente, a media tarde, Mandela pudo dirigirse al pueblo. Saludó a la multitud expectante en nombre de la paz, la democracia y la libertad para todos.

«Me presento ante vosotros no como un profeta, sino como vuestro humilde servidor, como un servidor del pueblo —dijo—. Vuestro incansable y heroico sacrificio ha hecho posible que hoy me encuentre aquí. Por ello, pongo en vuestras manos los días de vida que puedan quedarme».[23]

Zoë Wicomb, periodista de The New Yorker, capta bien ese momento: «Mandela no se asemejaba en nada a las interpretaciones artísticas de un boxeador envejecido que habían estado circulando. Ese día, un alto y apuesto desconocido salió al mundo con paso resuelto. Su rostro se había transfigurado con rasgos que evocaban a sus ancestros xhosa-koi y la desmañada raya del pelo había desaparecido. Supermodelos y filósofos suspiraron por igual».[24]

Si bien Mandela mantenía el liderazgo entre sus filas, en ese momento era tan consciente del peligro como el resto. También tenía presente la violencia que asolaba el país. Cada provincia denunciaba sus dramas; Natal se llevaba la peor parte de la brutalidad. Aquí es donde el Inkatha Freedom Party (IFP),(39) respaldado por elementos encubiertos de las fuerzas policiales sudafricanas, les hacía la guerra al CNA y sus seguidores. La región central y numerosos núcleos urbanos de Natal se convirtieron en zonas restringidas para el cumplimiento de la ley y para el CNA.

Uno de los momentos más memorables y aleccionadores para Mandela fue cuando, a las dos semanas de su liberación, durante un intenso periodo de enfrentamientos en Natal, pronunció un discurso ante más de cien mil personas en el estadio Kings Park de Durban.

«¡Coged vuestras armas de fuego, vuestros cuchillos y vuestros pangas(40) y arrojadlos al mar! —rogó Mandela. Entre el gentío emergió un murmullo de desaprobación que fue in crescendo hasta convertirse en un clamor de abucheos. Mandela continuó estoicamente; tenía que transmitir su mensaje—. ¡Cerrad las fábricas de la muerte! ¡Poned fin a esta guerra inmediatamente!».[25]

La guerra que no tocó a su fin con la súplica de Mandela se enraizaba en el pasado y pretendía truncar el futuro. Lenta e inexorablemente, el sueño de la Sudáfrica democrática que Mandela perseguía se estaba haciendo realidad. Los últimos escollos estaban siendo derribados como si fueran bolos. El 13 de diciembre de 1990 se produjo un notable avance con el regreso de Oliver Tambo, que en 1960 había partido de Sudáfrica en misión secreta para rehacer el ilegalizado CNA desde el exilio. El presidente del CNA, al que se le brindó una tumultuosa bienvenida a la edad de setenta y tres años tras tres décadas como líder externo del movimiento de liberación, parecía débil pero feliz mientras saludaba a multitud de líderes del CNA, embajadores extranjeros y un grupo heterogéneo de dignatarios. De pie junto a su antiguo socio del bufete de abogados, Nelson Mandela, Tambo saludó desde la terraza del aeropuerto internacional Jan Smuts, cerca de Johannesburgo, a unos cinco mil simpatizantes que vitoreaban, cantaban y bailaban. Nelson Mandela, por entonces vicepresidente del CNA, dijo a la muchedumbre: «Damos la bienvenida con los brazos abiertos a uno de los mayores héroes de África».[26] Seguidamente ambos subieron a un sedán y la comitiva partió con escolta policial.

Al cabo de dos días, el CNA celebró su primera conferencia consultiva nacional en Nasrec, cerca de Soweto. Se vivió un emotivo momento durante la intervención de Tambo, que devolvió efectivamente el CNA al pueblo de Sudáfrica. Las canciones del exilio fueron electrizantes, en contraste con las cancioncillas y salmodias entonadas principalmente por jóvenes que se parapetarían tras las barricadas en agitados townships (asentamientos segregados) del este del Rand antes del anochecer del día siguiente. El espíritu festivo que reinaba entre los delegados aligeró de manera intermitente la solemnidad de la ocasión. Camaradas recién salidos de prisión, algunos de los cuales portaban petates carcelarios, se reencontraron con parientes y amigos tras largos años de separación. Alguien, señalando hacia la nutrida concentración de altos mandos del CNA —de Mandela a Tambo, viejas glorias de la isla de Robben, luminarias de pelo cano, veteranos y miembros del Comité Ejecutivo Nacional hasta los kursanti(41) ataviados con falsos uniformes de campaña—, bromeó con la idea de que la conferencia consultiva no era más que una artimaña orquestada por el enemigo para eliminar al CNA de un plumazo.

Un momento del encuentro en el que incluso delegados curtidos en la lucha lloraron abiertamente fue el desfile de una docena de hombres que habían regresado de prisiones de Zimbabue. Habían permanecido encarcelados desde las valerosas —aunque desacertadas— campañas de acción conjunta de Wankie y Sipolilo entre la Unión del Pueblo Africano de Zimbabue y el CNA en 1967 y 1969 respectivamente, donde fueron capturados tras las escaramuzas con la policía británica de Sudáfrica del primer ministro de Rodesia, Ian Smith, y las fuerzas de seguridad sudafricanas. Todos los reclusos habían permanecido en el corredor de la muerte a la espera de ejecución hasta que fueron indultados cuando la Unión del Pueblo Africano de Zimbabue/Frente Patriótico de Robert Mugabe llegó al poder en abril de 1980.

Al celebrarse el encuentro coincidiendo con un periodo de violencia que rozaba una guerra encubierta, no es de extrañar que los delegados propugnaran el establecimiento de unidades de autodefensa.

De manera significativa, dos días después, el 18 de diciembre, el gobierno promulgó oficialmente una ley para permitir el regreso de los exiliados a Sudáfrica. Esta medida se tomó para salvar uno de los escollos que quedaban para el diálogo. Ante la pregunta formulada por los medios de comunicación a Mandela a los dos o tres días de su puesta en libertad acerca de si estaría de acuerdo en los términos propugnados por De Klerk en lo referente al levantamiento del estado de emergencia, había declarado: «La postura del CNA no deja lugar a dudas. No habrá negociación hasta que el gobierno satisfaga todas esas condiciones previas porque en estas circunstancias es imposible cumplir el mandato de nuestro pueblo, mientras no se levante el estado de emergencia, mientras no se ponga en libertad a los presos políticos y mientras no se garantice a los exiliados que su regreso se realizará en el marco de una amnistía y que no serán perseguidos».[27]

El entusiasmo y la diversidad de los más de «mil quinientos delegados de cuarenta y cinco países, tanto de Sudáfrica como del extranjero» hicieron que Mandela vislumbrara el complejo mosaico que integraba la comunidad del CNA.[28] Un porcentaje significativo de los asistentes, muchos de los cuales formaban parte de la misión diplomática del CNA, eran exiliados. El hecho de que estos individuos hubieran contribuido a que, como manifestó Mandela, «a su debido tiempo prácticamente todos los países excluyeran a Sudáfrica y [a que] el apartheid [fuera] condenado como un crimen contra la humanidad era indicativo del éxito de su histórica campaña. Quienes vivieron en el exilio recorrieron los cinco continentes para informar a jefes de Estado y de gobierno acerca de nuestra situación, asistiendo a encuentros nacionales e internacionales, propagando a lo largo y ancho del mundo material que sacaba a la luz las atrocidades del apartheid. Fue esta campaña a nivel mundial la que consolidó al CNA y a sus líderes dentro y fuera del país como uno de los movimientos de liberación más conocidos del planeta».[29]

Si bien Mandela ya había asistido a un encuentro con el grueso de la militancia del CNA en Lusaka (Zambia) en marzo de ese mismo año, esta fue la primera ocasión en la que se celebró un encuentro de esa índole en suelo nacional. La realidad de la situación sudafricana, la amenaza de la violencia que se respiraba en el ambiente, significaba que el Estado debía mantenerse alerta ante posibles imprevistos y, por consiguiente, ante los excesos de sus propios extremistas, los cuales podían oponerse a la celebración de la conferencia del CNA en Nasrec. En consecuencia, el perímetro se plagó de antenas de sedanes de aspecto oficial con agentes de seguridad de gesto adusto al volante y, cada cierto tiempo, pasaba un vehículo policial blindado patrullando despacio por la calle, cuyos faros protegidos con rejilla de acero rastreaban las sombras que proyectaban los últimos rayos de sol de la tarde. El equipo de seguridad del CNA mantenía su propia vigilancia con patrullas de dos y tres miembros apostadas a escasa distancia de la carpa. El interior albergaba demasiadas personas cuya pérdida sumiría al país en el caos; eran el alma de la nueva administración que se estaba fraguando.

Fue aquí, bajo las marquesinas del recinto deportivo y a la salida durante los recesos del encuentro, donde Mandela vio la interacción de los delegados con los altos mandos, en particular la de miembros de la MK y sus comandantes. En calidad de miembro cofundador de Umkhonto we Sizwe, cabe destacar la alta consideración en la que tenía a sus militantes.

«Los luchadores de Umkhonto we Sizwe (MK) hicieron gala de un excepcional valor y se infiltraron en el país en multitud de ocasiones, atacaron instalaciones gubernamentales, se enfrentaron alguna que otra vez a las fuerzas del apartheid y, en varias escaramuzas, las obligaron a replegarse. Otros activistas en pro de la libertad trabajaron en el interior del país pública o clandestinamente para instar a las masas a rebelarse y oponer resistencia ante cualquier forma de opresión y explotación. Plantaron cara a la brutalidad del régimen sin tener en cuenta lo que pudiera ocurrirles. Estuvieron dispuestos a pagar con sus vidas la libertad. Aun así, otros languidecieron en prisiones del apartheid reivindicando sin temor su derecho a ser tratados como seres humanos en su propia patria. Se metieron literalmente en la boca del lobo, demostrando una vez más el principio universal de que la maldad del hombre no puede extinguir la llama de la libertad. Algunos de estos valerosos luchadores siguen vivos, ayudando a solventar problemas de índole nacional, y hoy por fin recogen el fruto de su labor. Aunque muchos de ellos se encuentran mayores, débiles y sin empleo, se animan cuando les recordamos sus históricos logros. Otros han fallecido y jamás regresarán. Nuestro tributo a todos estos hombres y mujeres por su decisiva contribución a nuestra liberación».[30]

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El año terminó, pero la violencia continuó. Esto, sin embargo, no frenó las primeras fases de las negociaciones en aras de un resultado democrático pese a los serios intentos de sabotear el proceso por parte de la derecha. Sydney Mufamadi,(42) el que fuera secretario general de la Confederación General de Sindicatos y más tarde miembro de la ejecutiva del CNA, recuerda los esfuerzos iniciales para promover la paz duradera en un país donde la espiral de violencia crecía de manera descontrolada:

«Bueno, antes de la puesta en libertad de nuestros líderes políticos, que culminó con la liberación de Madiba, el UDF y el COSATU [Congreso de Sindicatos de Sudáfrica] establecieron los primeros contactos con Inkatha […] a fin de buscar fórmulas para erradicar la violencia, especialmente en Pietermaritzburg […], donde había alcanzado su grado más intenso. Nos […] desplazamos a Lusaka para estudiar el asunto porque nuestros interlocutores en Inkatha —el doctor Mdlalose, el doctor Madide y el doctor Dhlomo— habían recibido instrucciones de Buthelezi(43) [el jefe Mangosuthu, presidente del IFP] para decirnos que seguirían dialogando con nosotros si […] nuestros acuerdos con ellos contaban con el apoyo de Lusaka, [lo cual] facilitaría cualquier maniobra encaminada a instaurar la paz».[31]

Pero, indignados por «la brutalidad imperante», los activistas sobre el terreno «no se mostraron dispuestos a negociar». Para involucrar a Lusaka era condición indispensable «suministrarles armas para defenderse. De modo que nos encontramos en la coyuntura de tener que persuadir a nuestro bando de las ventajas de las negociaciones».[32]

La confusión se acrecentó con la puesta en libertad de los altos mandos del CNA, especialmente la del legendario, exaltado e inflexible Harry Gwala(44) —quien se ganó el apropiado sobrenombre de León de las Midlands—, que «ponía en duda la utilidad de las negociaciones».[33] Gwala consideraba que cualquier encuentro del CNA con Buthelezi y el rey Goodwill Zwelithini,(45) cabeza de la familia real zulú, era un anatema. Gwala no era el único de esta opinión. Mandela le diría posteriormente a Richard Stengel,(46) colaborador de El largo camino hacia la libertad, que a la gente le dio ganas de «estrangularle» cuando mencionó a Buthelezi en su visita a Pietermaritzburg en 1990.[34]

«Esto —explica Mufamadi— empeoró las cosas, porque en cierta medida habíamos avanzado sobre el terreno a la hora de persuadir a los jóvenes camaradas» y este triunfo estaba siendo saboteado por «un camarada más veterano que cualquiera de nosotros». Madiba intervino con el fin de «hacer un llamamiento a la gente de KwaZulu-Natal para que depusiera las armas […]. Al principio hubo cierta resistencia que tuvimos que salvar trabajando».[35]

Con las crecientes revelaciones de operaciones encubiertas estatales, lo cual obligó al gobierno a tomar medidas, se produjo un acusado declive en ciertas formas de violencia especialmente virulentas, tales como ataques a usuarios de trenes de cercanías. Estos asaltos habían menoscabado e intimidado considerablemente el apoyo popular al CNA. La creciente capacidad de los partidos de derechas para frenar el progreso con medios políticos se vio mermada cuando De Klerk convocó un referéndum para votantes de raza blanca a fin de refrendar «la continuidad de las negociaciones» y obtuvo el «Sí» de una amplia mayoría del electorado, casi el 69% de los votantes. Despechados a causa de esta derrota, los partidos de derechas pasaron de la resistencia al terrorismo e hicieron un llamamiento a la rebelión armada. Diversas corrientes derechistas afrikáners reivindicaron un Estado independiente haciendo gran ostentación de poder militar.

En una entrevista realizada por el mediador irlandés Padraig O’Malley en 1992, el líder del Partido Conservador (CP), Ferdinand Hartzenberg,(47) manifestó que el CP ayudaría a otros partidos manteniéndose al margen «porque [Mandela] quiere que participemos y que admitamos que aceptaremos el resultado de las negociaciones, lo cual no estamos dispuestos a hacer. Nosotros propugnamos que si en este país llega a gobernar el CNA haremos lo mismo que hicimos a principios de siglo cuando Gran Bretaña intentó gobernar este país: oponer resistencia».[36]

Tres meses después del referéndum, el jueves 17 de junio de 1992, unos hombres de habla zulú procedentes de un albergue situado en las inmediaciones de Boipatong, al sur de Johannesburgo, masacraron cobardemente con fusiles AK-47 y assegais (azagayas) a cuarenta y cinco hombres, mujeres y niños e hirieron gravemente a veintisiete. Hubo una circunstancia especialmente espeluznante en los asesinatos: veinticuatro de las víctimas eran mujeres, una de ellas embarazada, junto a un bebé de nueve meses. Tras el suceso, la policía realizó varias detenciones. Como ocurría en muchos casos similares donde las víctimas eran partidarias del CNA, la investigación se vio enmarañada y quedó inconclusa, sin llevar aparejadas detenciones significativas. Respondiendo a la pregunta formulada por el escritor John Carlin sobre la masacre, Jessie Duarte,(48) la que fuera ayudante personal de Mandela y actualmente miembro del CNA, recuerda la reacción de Mandela: «Nunca olvidaré su cara […]. Era un hombre al que le consternaba profundamente el hecho de que las personas pudieran hacerse eso las unas a las otras. En mi opinión, Madiba en realidad no se había enfrentado a la cruda violencia a lo largo de sus veintisiete años de condena».[37]

Tras la laxa respuesta por parte del presidente F. W. de Klerk con respecto a las medidas adoptadas para poner freno a la violencia y hacer que el peso de la ley recayera sobre los autores, Mandela anunció la decisión del CNA de suspender las conversaciones. La violencia estaba provocando un creciente descontento popular ante la postura del CNA en los diálogos. En la concentración de duelo por las víctimas organizada en Boipatong, la gente, enardecida, cantó: «Mandela, nos estás llevando como ovejas al matadero».

Ante la insistencia de Mandela, el CNA llevó el asunto ante las Naciones Unidas, a pesar de que inicialmente se había descartado la mediación internacional en las negociaciones.

No obstante, el proceso de diálogo se reanudó al cabo de unos meses de mediación, alcanzando un entendimiento sin precedentes resultado de una negociación indirecta —la discreta línea de diálogo anticrisis establecida entre Cyril Ramaphosa y su homólogo del National Party, Roelf Meyer— y auspiciada por el presidente de Tanzania, Julius Nyerere. Cuando Mandela explicó que la retirada de las conversaciones por parte del CNA se debía a la violencia orquestada por el estado del apartheid, Nyerere le recordó que los luchadores por la libertad sudafricanos siempre habían sostenido que el estado del apartheid era intrínsecamente violento. Entonces, preguntó, ¿cómo era posible defender a ultranza que la violencia podía ser erradicada por completo si previamente no se abolía el estado del apartheid?

Las objeciones, las disputas, el tira y afloja y los acuerdos que negociaban las partes se interrumpieron bruscamente a raíz del asesinato de Chris Hani,(49) sin duda uno de los líderes más populares de Sudáfrica, el 10 de abril de 1993, a manos de un inmigrante derechista polaco, Janusz Waluś, a instancias del diputado del Partido Conservador Clive Derby-Lewis.(50)

Mandela escribe que el asesinato de Hani, un hombre «que fácilmente podría haber alcanzado la posición de mayor peso en el gobierno», estuvo a punto de provocar una desastrosa crisis.[38] Los seguidores populares de Hani se escandalizaron. Decenas de miles de personas se echaron a la calle de manera espontánea a lo largo y ancho del país. Otros amplios sectores de sudafricanos se quedaron petrificados por el shock.

«Mientras el país se convulsionaba, se me concedió un tiempo de emisión en la SATV [televisión pública nacional] para dirigirme a la nación, apelando a la disciplina y a no ceder ante la provocación. Muchos comentaristas de nuestra transición negociada más tarde señalarían que la transferencia de poder efectiva del National Party de De Klerk al CNA no se produjo en las elecciones de abril de 1994, sino en esta semana crítica el año anterior».[39]

A Sudáfrica no le faltan ejemplos en los que estuvo al borde de la autodestrucción. Cabe citar el caso de Sharpeville el 21 de marzo de 1960; el de Soweto, Nyanga, Langa y Gugulethu a partir de junio de 1976; y, por supuesto, la infinidad de episodios demenciales perpetrados al amparo de sucesivos estados de emergencia. En ningún caso, sin embargo, hubo semejante cúmulo de rabia —y desesperación— colectiva, que lo único que necesitaba era una chispa para hacer estallar el polvorín, como en los días posteriores a aquel fatídico Sábado Santo en el que Hani fue asesinado.

La chispa fue sofocada por la oportuna intervención de Mandela en televisión el 13 de abril de 1993. Con un tono que reflejaba una mezcla de indignación y fortaleza moral en exactas proporciones, se dirigió al pueblo sudafricano.

«Esta noche me dirijo a todos y cada uno de los sudafricanos, negros y blancos, desde lo más profundo de mi corazón.

»Un hombre blanco, lleno de prejuicios y odio, ha venido a nuestro país y ha cometido un acto tan execrable que toda la nación se mece al borde del desastre.

»Una mujer blanca de origen afrikáner ha arriesgado su vida para que pudiéramos identificar y llevar ante la justicia al asesino.(51)

»El asesinato a sangre fría de Chris Hani ha conmocionado al país y al mundo. El dolor y la rabia nos están desgarrando.

»Lo que ha ocurrido es una tragedia nacional que ha conmovido a millones de personas más allá de diferencias políticas y de raza.

»Nuestro dolor y nuestra legítima indignación colectiva encontrarán su expresión en conmemoraciones a nivel nacional coincidiendo con las exequias.

»Mañana se celebrarán servicios en numerosas ciudades y aldeas para rendir homenaje a uno de los mayores revolucionarios que jamás ha conocido este país. En cada acto se abrirá un libro en conmemoración de la libertad en el que todos aquellos que quieran paz y democracia den fe de ello con su compromiso.

»Ha llegado el momento de que todos los sudafricanos hagan frente común contra quienes, desde cualquier bando, pretenden destruir aquello por lo que Chris Hani ha entregado su vida: la libertad de todos nosotros.

»Ha llegado el momento de que nuestros compatriotas blancos, cuyos mensajes de condolencia continúan llegando, entiendan el alcance de esta dolorosa pérdida para nuestra nación y se sumen a los funerales y actos de homenaje.

»Ha llegado el momento de que la policía actúe con sensibilidad y mesura, como verdaderos hombres y mujeres al servicio de la comunidad que velan por el conjunto de la población. No ha de haber más pérdidas de vidas en estos trágicos momentos.

»Es un momento crucial para todos nosotros. Nuestras decisiones y actos determinarán si canalizamos nuestro pesar, nuestro dolor y nuestra indignación para avanzar hacia la única solución perdurable que le queda a nuestro país: un gobierno del pueblo, elegido por el pueblo y para el pueblo.

»No debemos permitir que hombres que idolatran la guerra, ávidos de sangre, cometan actos precipitados que suman a nuestro país en la situación de Angola.

»Chris Hani era un soldado. Creía en la disciplina férrea. Cumplía las instrucciones al pie de la letra. Predicaba con el ejemplo.

»Cualquier falta de disciplina quebrantará los valores que encarnaba Chris Hani. Quienes cometen tales actos únicamente sirven los intereses de los asesinos y profanan su memoria.

»Cuando nosotros, el pueblo unido, actuamos juntos con resolución, disciplina y determinación, nada puede detenernos.

»Honremos a este soldado en pro de la paz de manera digna. Volvamos a dedicarnos a instaurar la democracia por la que luchó a lo largo de toda su vida; una democracia que traiga consigo cambios reales y tangibles en la vida de los trabajadores, los pobres, los desempleados, los sin tierra.

»Chris Hani es una pérdida irreemplazable para nuestra nación y nuestro pueblo. Al regresar a Sudáfrica después de tres décadas en el exilio, dijo: “He convivido con la muerte durante la mayor parte de mi vida. Quiero vivir en una Sudáfrica libre aunque tenga que sacrificar mi vida por ello”. El cuerpo de Chris Hani yacerá en una capilla ardiente en el estadio FNB de Soweto desde las doce del mediodía del domingo 18 de abril hasta el inicio de la vigilia a las seis de la tarde. El funeral comenzará a las nueve de la mañana el lunes 19 de abril. El cortejo fúnebre se desplazará al cementerio de Boksburg, donde se celebrará el entierro a la una.

»Las exequias y homenajes han de oficiarse con solemnidad. Expresaremos nuestras emociones con orden en las manifestaciones, plegarias y concentraciones, en nuestras casas, iglesias y escuelas. No nos dejaremos llevar por actos imprudentes.

»Nuestra nación está de duelo. Tenemos un mensaje especial para la juventud de Sudáfrica: habéis perdido a un gran héroe. Habéis demostrado en repetidas ocasiones que vuestro anhelo de libertad es mayor que el regalo más preciado, la propia vida. Sois los líderes del mañana. Vuestro país, vuestro pueblo, vuestra organización necesitan que actuéis con sentido común. Sobre vuestros hombros pesa una especial responsabilidad.

»Rendimos tributo a toda nuestra gente por el valor y la circunspección que ha mostrado ante tan extrema provocación. Estamos seguros de que precisamente este indomable espíritu nos guiará en el transcurso de los difíciles días venideros.

»Chris Hani ha realizado el sumo sacrificio. El mayor tributo que podemos rendir a la labor de su vida es asegurarnos de alcanzar esa libertad para todo nuestro pueblo».[40]

La hija de Hani, Nomakhwezi, de quince años, había presenciado el incidente. La espantosa tragedia del asesinato de Hani, que podría haber trastocado fácilmente la historia de Sudáfrica, fue contrarrestada por la rápida reacción de Retha Harmse, vecina afrikáans de este, que llamó a la policía para darle el número de la matrícula de Waluś, ayudando así a que este fuera detenido en posesión del arma.

Mandela sentía un especial aprecio hacia Chris Hani. Habrá quienes lo atribuyan a las ejemplares dotes de liderazgo del joven, que le hicieron granjearse la estima de los altos mandos, especialmente de la MK, quienes trataban de emularlo en la medida de lo posible. Era un líder valiente, carismático, de primera línea, que no vaciló a la hora de dirigir los cuadros de la MK que se infiltraban en Sudáfrica ni ante las autoridades del CNA cuando les redactó su famoso memorando.

Impaciente por la inactividad en el transcurso de su estancia en los campamentos tanzanos del CNA, Hani había vilipendiado a sus superiores en el exilio, acusándoles de haber abandonado su misión en pro de la liberación y de haber sucumbido a la corrupción, lo cual debilitaba las perspectivas de que la MK retomase la lucha en el interior de Sudáfrica. Junto con el resto de signatarios del memorando, fue acusado de traición y sentenciado a muerte. Se les conmutó la pena gracias a la intervención de Oliver Tambo. La labor de Hani contribuyó a la campaña librada por el destacamento Luthuli del CNA en Wankie y Sipolilo.

Del mismo modo, más de dos décadas antes, en 1944, Mandela figuró entre los pioneros de la Liga de la Juventud del CNA —antaño los Jóvenes Leones— que cuestionaron las posiciones ortodoxas con el fin de revitalizar el CNA. Uno de los veteranos de Wankie, el general de división Wilson Nqgose (hoy retirado), recuerda a Hani a finales de los años sesenta en un campamento tanzano llamado Kongwa, que el CNA compartía con el MPLA, el Frente de Libertação de Moçambique (Frente de Liberación de Mozambique, FRELIMO) y la Organización Popular del África del Sudoeste (SWAPO). El MPLA ya disponía de zonas liberadas en la Angola ocupada por los portugueses. Fue en Kongwa, comenta, donde el líder del MPLA, el doctor Agostinho Neto, invitó a Oliver Tambo a que enviara reclutas a los campamentos en vista de que el CNA se encontraba en apuros en Tanzania.[41] Ya por entonces un célebre poeta, la llamada a las armas de Neto en un poema titulado «Prisa» tal vez acentuara la impaciencia de Hani con los indolentes altos mandos de la época. También expresa el espíritu combativo que alentó a Mandela y a sus colegas de la Liga de la Juventud a desafiar a la cúpula del CNA, partidaria de peticiones y llamamientos a la conciencia de un régimen despiadado.

Me impacienta esta histórica tibieza

de demoras y lentitud.

Cuando los justos son asesinados a toda prisa,

cuando las prisiones rebosan de jóvenes

aplastados hasta la muerte contra el muro de la violencia.

Pongamos fin a esta templanza de palabras y gestos,

de sonrisas ocultas bajo cubiertas de libros

y al resignado gesto bíblico

de poner la otra mejilla.

Entremos en acción, hombres vigorosos y audaces,

que responden ojo por ojo, diente por diente,

hombre por hombre.

Entremos en la acción vigorosa

del ejército del pueblo para la liberación del hombre.

Que las tempestades sacudan esta pasividad.[42]

Mucho más tarde, Mandela reconocería la deuda de gratitud que la Sudáfrica democrática había contraído con el pueblo angoleño. En el discurso pronunciado ante la Asamblea Nacional de Angola en Luanda en 1988, mencionó que la solidaridad del pueblo angoleño con los sudafricanos «que luchaban por su liberación fue de heroicas proporciones».

«Antes de tener vuestra propia libertad garantizada —dijo—, y aún al alcance del implacable enemigo, osasteis actuar bajo el principio de que la libertad en el sur de África era indivisible. Liderados por el fundador de la Angola libre, ese gran patriota e internacionalista africano, Agostinho Neto, defendisteis a toda costa que todo niño africano debía ser liberado del cautiverio».[43]

Mandela continúa escribiendo sobre el joven héroe Chris Hani: «En 1959 Hani se matriculó en la Universidad de Fort Hare [el alma máter de Mandela] y llamó la atención de Govan Mbeki, el padre de Thabo Mbeki. Govan desempeñó un papel pedagógico en el desarrollo de Hani. Aquí fue donde Hani conoció la ideología marxista y se afilió al Partido Comunista Sudafricano, ya por entonces ilegal. Siempre hacía hincapié en que su conversión al marxismo también acentuó sus principios no raciales.

»Hani era un joven audaz y franco que no dudaba en criticar incluso a su propia organización cuando consideraba que no se adoptaba la dirección correcta. Hani comentó: “Los que estábamos en los campamentos en los años sesenta no llegábamos a entender en profundidad los problemas. Casi todos éramos veinteañeros. Estábamos impacientes por entrar en acción. Solíamos decir: ‘Que no nos digan que no hay vías. Para encontrar vías hemos de desplegarnos. Para eso nos entrenamos’.”[44]

»Hani se convirtió en el cabecilla y portavoz de los soldados de la MK que opinaban que el alto mando era demasiado displicente. Tras presentar una petición oficial, Hani se encontró con el agua hasta el cuello frente al alto mando del campamento y fue arrestado durante un tiempo por su propia organización. No obstante, fue liberado cuando su situación llegó a oídos de los líderes más veteranos del CNA, en particular de Oliver Tambo y Joe Slovo.(52)

»Hani regresó a Sudáfrica en agosto de 1990 como un héroe para una amplia mayoría de la población. Según diversos sondeos de la época, era, con diferencia, el segundo político más popular del país.[45] En diciembre de 1991 asumió el cargo de secretario general del SACP.

»Hani [pasó] los últimos años de su vida dando mítines sin descanso a lo largo y ancho de Sudáfrica, en reuniones en aldeas, con comerciantes, sindicatos, consejos municipales y foros populares. Prestó toda su autoridad y prestigio militar para defender las negociaciones, a menudo dialogando pacientemente con jóvenes muy escépticos o con las comunidades más castigadas por la violencia de la “tercera fuerza”.(53)

»En su petición de amnistía ante la Comisión para la Verdad y la Reconciliación,(54) los dos asesinos convictos de Hani —Janusz Waluś y Clive Derby-Lewis— reconocieron que su intención había sido desbaratar las negociaciones para provocar una oleada de odio racial y una guerra civil. El hecho de que esta muerte, trágica pero objetivamente, por fin centrara el punto de mira y acelerara el establecimiento de un acuerdo es un tributo a la madurez de los sudafricanos de cualquier creencia y en particular a la memoria de Hani».[46]

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Si bien los pasos dados en la negociación de un acuerdo acerca de la fecha de las elecciones habían sido onerosos y se habían saldado con víctimas, la consecución de un compromiso negociado estaba resultando ser un asunto más espinoso si cabe. En 1993, a medida que se acercaban las elecciones, la posibilidad de un peligroso levantamiento armado por parte de la derecha empezó a tomar forma. Pese a que se habían superado ingentes obstáculos, el riesgo de un nuevo brote de violencia y el desbaratamiento de las elecciones era más que patente. Acababa de establecerse el precario marco para las elecciones de un gobierno de unidad nacional (GNU) y era preciso cimentarlo.

La situación preocupaba enormemente a Mandela, que escribe: «Sobre Sudáfrica se cernía un nubarrón que amenazaba con frustrar e incluso revertir los logros que los sudafricanos habían alcanzado en lo que a la transformación pacífica se refiere».[47]

Casi un mes después del asesinato de Chris Hani, cuando apenas se había dado sepultura a su cuerpo, cuatro antiguos generales de las Fuerzas de Defensa de Sudáfrica (SADF), incluido el respetado exjefe del Ejército, Constand Viljoen, establecieron un comité castrense, el Afrikaner Volksfront (AVF).(55) Esta iniciativa tal vez fuera una respuesta a los estragos generalizados que sucedieron al asesinato de Hani; los medios de comunicación habían informado de que entre las más de quince personas asesinadas el día del funeral había algunas de raza blanca. La intención que alegaban los generales era unificar a los elementos afrikáners decepcionados con el National Party de De Klerk e instarles a la creación de un volkstaat, un homeland afrikáner. La amplia mayoría de la prensa, más prolijamente el Weekly Mail, consideró esta iniciativa como parte de un plan encaminado a la secesión.[48]

Mandela recibió informes de los servicios de inteligencia «donde se advertía que los conservadores afrikáners habían decidido boicotear las inminentes elecciones por medio de la violencia. Para ir sobre seguro, el presidente de una organización debe cerciorarse cuidadosamente de la credibilidad de dichos informes. Así lo hice y, al averiguar que eran fidedignos, decidí actuar».[49]

Según el historiador Hermann Giliomee, Mandela estaba al corriente de que «Viljoen planeaba frustrar las elecciones, destituir a De Klerk y reanudar las negociaciones».[50] Había quienes pensaban que tenía capacidad para movilizar a 50.000 reservistas de la fuerza activa de la ciudadanía y a diversas unidades de las fuerzas de defensa. En su libro The Afrikaners, Giliomee comenta cómo dos destacados generales debatieron las consecuencias de la resistencia armada:

«En una sesión informativa, el general Georg Meiring,(56) al frente de las fuerzas de defensa, advirtió al gobierno y al CNA de las nefastas consecuencias que conllevaría la oposición de Viljoen a las elecciones. Para disuadir a Viljoen, hacia quien profesaba el “máximo respeto”, Meiring mantuvo diversos encuentros con él. En uno de ellos, Viljoen dijo: “Usted y yo, junto con nuestros hombres, podemos tomar este país en una tarde”. A lo que Meiring repuso: “Sí, efectivamente, pero ¿qué hacemos a la mañana siguiente del golpe?”. El desequilibrio demográfico entre blancos y negros, las presiones del exterior a nivel interno y todos los problemas insolubles seguirían presentes».[51]

Mandela era lo bastante inteligente como para no subestimar a un adversario empeñado en sembrar el caos, especialmente a los que se creían en el derecho de emprender una justificada cruzada para conservar glorias evanescentes. En su búsqueda de una solución tal vez barajara a algunos incondicionales, como el jefe Albert Luthuli,(57) galardonado con el Premio Nobel, cuya jefatura al frente del CNA había sufrido su periodo más crítico en los años sesenta. ¿Cómo habría actuado él en esa coyuntura? O bien su amigo y camarada Oliver Tambo, que había fallecido el 24 de abril, apenas dos semanas después del funeral de Chris Hani, ¿qué línea de acción habría propugnado? A la hora de tomar una decisión, no obstante, Mandela posiblemente se hiciera eco del discurso del doctor Martin-Luther King al recibir el Premio Nobel de la Paz en 1964.

«La violencia como instrumento para alcanzar la justicia racial es tan poco práctica como inmoral —dijo King—. No soy ajeno al hecho de que la violencia a menudo propicia resultados momentáneos. Las naciones con frecuencia han logrado su independencia por medio de batallas. No obstante, pese a las victorias puntuales, la violencia jamás propicia la paz duradera. No resuelve ningún problema social, sino que únicamente genera otros nuevos y más complejos. La violencia es poco práctica porque es una espiral descendente abocada a la destrucción generalizada».[52]

En previsión de esta destrucción, Mandela sabía que debía granjearse el apoyo de alguien a quien la derecha tuviese en alta estima. En los townships era conveniente negociar con los cabecillas de los avasalladores para conseguir cierta tregua.

«Tomé un vuelo a Wilderness —escribe Mandela—, donde residía el expresidente P. W. Botha desde su retiro, [y] le recordé el comunicado conjunto que habíamos emitido en julio de 1989 mientras yo seguía internado en prisión. En dicho comunicado prometimos trabajar codo con codo por la paz en nuestro país».[53]

Hay un hermoso trayecto de veinticinco minutos desde el aeropuerto de George hasta Wilderness. Hay playas, puertos de montaña, ríos prístinos y el famoso puente ferroviario que atraviesa el río Kaaimans, que desemboca en Wilderness. Esta pintoresca panorámica se ve interrumpida por la repentina aparición de un asentamiento ilegal que se extiende a lo largo de la autopista N2. Al ser sábado por la tarde, Mandela vería a la gente pululando junto al arcén y el incesante tráfico en la carretera.

La residencia adonde se había retirado P. W. Botha, llamada Die Anker (El Ancla) se ubica entre campos de labranza prácticamente lindantes con una valiosa reserva de humedales y mira a los lagos que se extienden desde Wilderness hasta Sedgefield. Este, posiblemente pensara Mandela, era precisamente el tipo de privilegio al que la derecha aspiraba a aferrarse y lucharían con uñas y dientes para conservarlo como dominio exclusivo del volk. Tenía una tarea por delante. Tenía una reunión con P. W. Botha.

Mandela escribe: «Le informé de que en ese momento la paz se veía amenazada por la derecha y le pedí que tomara cartas en el asunto. Se mostró cooperativo y confirmó que los afrikáners estaban decididos a frustrar las elecciones. No obstante, añadió que prefería no tratar el asunto conmigo a solas y sugirió que se convocase al presidente F. W. de Klerk, a Ferdi Hartzenberg y al general.

»Yo propuse que también debía estar presente el líder de la ultraderecha afrikáner, Eugène Terre’Blanche,(58) con el argumento de que era un temerario demagogo que en aquel momento podía ganarse más simpatías que el presidente De Klerk. A este respecto, el expresidente se mostró tan rotundo que zanjé el asunto».[54]

Era de prever que el encuentro de Mandela con P. W. Botha en el jardín trasero de este se desarrollara con discrepancias sobre determinados temas. Sin embargo, la cordialidad que caracterizó el encuentro de dos horas, según informó la prensa, tuvo tanto que ver con la realpolitik como con la cultura, pues eran escasos años los que se llevaban ambos septuagenarios y habían vivido, si bien desde prismas divergentes, la historia del país. Por otro lado, Mandela era consciente de que el propio P. W. Botha había asumido el papel de reformador al inicio de su mandato, cuando hizo el famoso llamamiento a sus reaccionarios simpatizantes de renovarse o morir.[55] Con el tiempo, su postura se endurecería cuando las tres cámaras de su Parlamento se opusieron desacertadamente, lo cual dio lugar al nacimiento del UDF. Por entonces se había convertido en un hombre mayor, irascible y contumaz.

A propósito de su encuentro con Mandela, los comentaristas reconocieron que «pese a que el señor Botha pueda tener cierto rescoldo de influencia sobre la extrema derecha, su mayor influjo procede con diferencia de la SADF, a la cual dispensó a lo largo de sus muchos años en la presidencia una insólita indulgencia y algunos de cuyos generales, en activo o no, según consta, mantienen afectuosos lazos con él».[56]

«Al volver a Johannesburgo —escribe Mandela—, telefoneé inmediatamente al presidente De Klerk para comunicarle la invitación de Botha. Se mostró tan hostil ante la idea de reunirnos con el expresidente como este hacia Terre’Blanche. Seguidamente me puse en contacto con el profesor Johan Heyns, el teólogo progresista afrikáner, para que mediase a fin de fijar un encuentro entre el general, Hartzenberg, Terre’Blanche y yo mismo. Terre’Blanche se mostró inflexible y descartó cualquier tipo de encuentro conmigo, un comunista, según comentó».[57]

Mandela era consciente de la ironía de que un expresidiario actuara de mediador, no solo entre la descontenta población de mayoría negra y el gobierno, sino también entre De Klerk y la beligerante derecha, que parecía dispuesta a incendiar la totalidad del país. La reaccionaria política impuesta por el National Party a lo largo de décadas había sido un acicate subliminal a la que ahora estaban respondiendo los perros del odio en Ventersdorp, la ciudad natal de Terre’Blanche. Mandela había escuchado la retórica de desprecio que despotricaba Terre’Blanche y su Afrikaner Weerstandsbeweging (AWB). Había sido testigo de su asalto al World Trade Centre, en Kempton Park, Gauteng, a mediados de 1993, donde rompieron con estrépito las puertas de cristal mediante un alunizaje para interrumpir las conversaciones.

Pese a haber aceptado a De Klerk como mediador, a Mandela no le satisfizo su gestión de la amenaza derechista. En una profética entrevista concedida a la revista Time cinco días después de su puesta en libertad en febrero de 1990, le habían preguntado si los temores del presidente De Klerk ante la amenaza de la derecha estaban justificados: «No tiene motivos para temer una reacción violenta por parte de la derecha —respondió Mandela—. Alberga ese temor porque se centra en los afrikáners de este país. O en los blancos exclusivamente. No está sacando partido del apoyo potencial que podría obtener si adoptase la política de una Sudáfrica con equidad racial. Obtendría un apoyo aplastante. Ya cuenta con el setenta y cinco por ciento de la población blanca de este país. Por consiguiente, si se abstiene de centrarse únicamente en los afrikáners y piensa en los blancos, se asegurará el setenta y cinco por ciento del electorado blanco. No obstante, si amplía el ámbito de aplicación de esta iniciativa, conseguirá el aplastante apoyo de la población negra».[58]

Existe una consigna muy extendida en las movilizaciones políticas de la población negra sudafricana que se utiliza en prácticamente todas las lenguas tribales, sean nguni, sesotho o xitsonga. En la versión de los primeros, la gente dice «Sihamba nabahambayo», que significa en isiZulu «Nos llevamos con nosotros a quienes están listos para el viaje». «Ha e duma eyatsamaya», «Cuando el motor arranque, este vehículo se pondrá en marcha», dice el estribillo de una canción tradicional setswana, como advertencia a los indecisos para que espabilen. Para Mandela había llegado la hora de ponerse en marcha.

Ya había dado con las personas que le acompañarían en el trayecto. Mantenía una actitud favorable hacia el general Constand Viljoen. Esto también se debía a cuestiones de índole práctica, pues Mandela conocía el historial de Viljoen y el papel que había desempeñado en la desestabilización de naciones vecinas, especialmente contra la SWAPO, el movimiento de liberación nacional namibio y organización hermana del CNA; Mandela estaba al corriente de la masacre de refugiados namibios perpetrada por la SADF en Cassinga, Angola, el 4 de mayo de 1978.(59)

Pero, en línea con su actitud hacia De Klerk, Mandela consideraba al general como un antiguo soldado que también buscaba una solución.

Mandela escribe: «Se organizó un encuentro propiciado por el hermano gemelo del general, Braam, y el corredor de Bolsa Jürgen Kögl, entre, por un lado, el general y sus colegas, y, por otro, Joe Nhlanhla, Penuell Maduna, Jacob Zuma y Thabo Mbeki en representación del CNA. En este sentido estos líderes del CNA tenían una mayor amplitud de miras que sus camaradas. Eran plenamente conscientes de las nefastas consecuencias del desastre que se avecinaba».[59]

Se produjeron numerosos encuentros bilaterales de esta índole entre el CNA y la delegación de generales retirados de Constand Viljoen, que incluía a Ferdi Hartzenberg, Tienie Groenewald y Kobus Visser, los cuales se aglutinaban en el AVF. En algunos el interlocutor fue el propio Mandela; en otros, Mbeki y los dirigentes del CNA, entre ellos Joe Modise.(60) En el encuentro que Mandela mantuvo con el AVF en su casa, en el barrio residencial de Houghton, ejerció de perfecto anfitrión sirviendo té a sus invitados y granjeándose la simpatía del general Viljoen al dirigirse a él en afrikáans, la lengua materna de este.

Mandela preguntó a los generales Viljoen y Hartzenberg «si era cierto que estaban preparándose para impedir las elecciones con medios violentos. El general [Viljoen] reconoció honestamente que los afrikáners estaban haciendo acopio de armas y que una sangrienta guerra civil amenazaba al país. Me consternó, pero fingí que tenía plena confianza en la victoria del movimiento de liberación.

»Señalé —continúa Mandela— que llevábamos las de perder puesto que contaban con mayor entrenamiento militar que nosotros, estaban dotados de un devastador armamento y, dados sus recursos, tenían mayor conocimiento del país que nosotros. Pero les advertí de que, al final de aquel juego temerario, serían aplastados. Por entonces estábamos al borde de una victoria histórica que asestaría un golpe mortal a la supremacía blanca. Señalé que eso no sería gracias a su consentimiento, sino a pesar de su oposición».[60]

Mandela manifestó a los generales que el pueblo de Sudáfrica «tenía una causa justa, el apoyo de la mayoría del electorado y el respaldo de la comunidad internacional. Ellos carecían de todo ello. Les insté a que desistieran de sus planes y a que participasen en las negociaciones en el World Trade Centre. Pasé un rato persuadiéndoles, pero se mantuvieron en sus trece y me resultó del todo imposible hacerles cambiar de parecer. Finalmente, cuando estaba a punto de desistir, el general se ablandó un poco y dijo que no podía dirigirse a su gente con las manos vacías cuando los preparativos se encontraban en tan avanzado estado».[61]

Mandela había dedicado mucho tiempo en prisión a reflexionar sobre el dilema en el que se encontraba Sudáfrica. Es más, consideraba su encarcelamiento como una oportunidad para conocerse a sí mismo. En una carta a su esposa Winnie fechada el 1 de febrero de 1975, que por entonces cumplía condena en Kroonstad, le dice que la prisión es un lugar idóneo para conocerse a uno mismo. «La celda —escribe— te brinda la posibilidad de analizar toda tu conducta a diario, superar lo malo y potenciar lo bueno que hay en ti».[62] Allí fue, también, donde profundizó en la comprensión de los aspectos relevantes de la historia y la cultura afrikáners. Practicaba el afrikáans con los funcionarios penitenciarios, aunque, años después, no lograría atenuar del todo en el habla la marcada inflexión del isiXhosa, cosa que hacía gracia tanto a los funcionarios del apartheid como a los miembros del CNA. Es un hecho universal que a las personas les encanta que se dirijan a ellas en su propio idioma; Mandela entendió esto mucho antes de que se convirtiera en una necesidad.

¿Qué sabían los generales de ese hombre negro que les había sobrevivido y que ahora parlamentaba con ellos? Posiblemente estuvieran al tanto del poder de su interlocutor y del respaldo con el que contaba, pero ¿qué sabían de él? Que era amable, paternalista y de sonrisa fácil —circunstancia que pudo haberles extrañado por lo que recordaban de los orígenes de este y de su defensa de la lucha armada—. También es un tópico que la gente de raza negra acaba sabiendo más sobre la gente de raza blanca que viceversa. Mandela se dio cuenta de que los generales representaban, en líneas generales, a un sector demográfico anclado en la tradición, en el respeto a la autoridad, la ley y el orden —un dogma calvinista— y cuya amplia mayoría se componía de personas de clase media y hombres y mujeres de a pie que simplemente querían que los dejasen tranquilos. Un considerable porcentaje ya había aceptado algún tipo de reforma, con miras al porvenir y en busca de soluciones en aras de un futuro llevadero (prueba de ello fue el apoyo a las alternativas de De Klerk en el referéndum). La conformidad con los valores tradicionales y el respeto por la ley y el orden estaban arraigados en los jóvenes afrikáners, un punto de vista suscrito por Niël Barnard, que escribe:

«En las escuelas y en los albergues, al igual que en el entorno doméstico, había normas; había orden y disciplina: sonaban los timbres cuando era hora de levantarse […], la gente se congregaba para rezar […] y para participar en juegos y bailes folclóricos tradicionales. Íbamos a la escuela en fila de a uno y se aplicaba la vara a la menor infracción […]. Cualquier persona que desempeñase un cargo de autoridad era respetada; su palabra era la ley».[63]

Que la palabra de De Klerk —y, en gran medida, la de Mandela— era la ley había sido aceptado, si bien a regañadientes, por una significativa proporción de afrikáners. Las excepciones, tales como Terre’Blanche, que operaban al margen del código de conducta generalizado —establecido por las autoridades afrikáners— fueron en muchos casos motivo de vergüenza en vez de orgullo. ¿Estaría esta gente dispuesta a renunciar a las comodidades de sus fábricas, negocios, hogares, granjas y escuelas para tomar las armas en defensa de… qué?

Pese a todas estas consideraciones, Mandela había leído lo suficiente sobre la historia de los conflictos para saber que el idioma, la cultura y el nacionalismo habían originado conflictos devastadores en todo el planeta. La caída del muro de Berlín y la disolución de la antigua Unión Soviética ya habían abierto la caja de Pandora del resurgimiento étnico en la Europa del Este. El tono conciliador en el que el general expresó su renuencia a la hora de dirigirse a su gente con las «manos vacías» en la cuestión del volkstaat tocó la fibra sensible de Mandela. Sabía que, por mucha razón que tuviera, sería extremadamente desaconsejable granjearse opositores a su persona o a la causa de la república democrática.

«Hasta ese momento —escribe Mandela—, yo había insistido como presidente del CNA en que jamás habría un volkstaat en el país. Un volkstaat equivalía a un área autónoma para el afrikáner. Pero en esa coyuntura, ante semejante desafío, decidí recular, aunque de manera que ellos encontrasen casi inalcanzable la consecución de sus reivindicaciones».[64]

Más de treinta años antes, mientras operaba en la clandestinidad y a la fuga, Mandela vivió en el piso de Wolfie Kodesh, un activista del SACP. Este le sugirió leer De la guerra, el clásico del general prusiano Carl von Clausewitz.[65] A la hora de negociar con la derecha de la manera en que lo hizo, Mandela puso en práctica la teoría sobre la guerra y los conflictos del general prusiano.

En su ensayo Mandela on War, Jonathan Hyslop concluye que «[al] entender que el conflicto violento en Sudáfrica resultaba inevitable, pero que la persecución sin límite del conflicto ponía en peligro la viabilidad de una futura sociedad, Mandela tomó un rumbo inteligente y con principios. Y esto también puede entenderse como una notable concepción clausewitziana: Mandela comprendió que el liderazgo responsable exige un reconocimiento de las condiciones de la verdadera guerra, de los límites que esta puede alcanzar y de las secuelas que puede ocasionar, en vez de perseguir la quimera de la guerra a ultranza».[66]

Mandela informó a los generales Viljoen y Hartzenberg de que lo expondría al CNA para pedirle que «reconsiderase [su] postura respecto al volkstaat con tres condiciones». Ambos, así como Terre’Blanche, reivindicaban que representaban a la mayoría de los afrikáners que abogaban por un volkstaat. Por otro lado, el presidente De Klerk insistía en autoerigirse como único representante de la mayoría de los afrikáners, y todos rechazaron dicha reivindicación.

«La primera condición era, por consiguiente, que se convocara un referéndum para determinar si los afrikáners querían o no un volkstaat. La segunda, que el resultado del referéndum no vinculase necesariamente al CNA, aunque sería un factor importante que debería tenerse en cuenta a la hora de considerar la reivindicación. Por último, debían responder a la pregunta “¿Quién es afrikáner? ¿Es una persona blanca de habla afrikáans o cualquier persona de color —a saber, africana, mestiza o india— que habla esa lengua?”. Previo cumplimiento de estas condiciones, yo informaría a mi organización y dejaría que los militantes estudiasen el asunto como estimasen oportuno.

»Al general —escribe Mandela— le satisfizo que le hubiese dado algo que presentar a sus fuerzas, pero Hartzenberg se opuso rotundamente e insistió en que en ese mismo instante me comprometiese firmemente in situ a garantizarles el volkstaat. Repuse que yo era un mero servidor del CNA, sometido a su autoridad y disciplina; que si actuaba unilateralmente en un asunto de tan crucial importancia, la organización me destituiría sumariamente, anulándome de cara a la derecha. Él repuso con firmeza que, si no aceptaba sus exigencias, el plan se llevaría a cabo. Yo respondí: “Que así sea”, y así se zanjó la discusión.

»Ese mismo día, telefoneé al expresidente Botha y le comuniqué la decisión del general. Pedí al expresidente que persuadiera al general para que participase en las negociaciones del World Trade Centre.

»Al cabo de unos días —continúa Mandela—, el general [Viljoen] se desmarcó de la conspiración derechista y se unió a las partes negociadoras. Sus colegas arremetieron contra él crudamente por redimir a Sudáfrica de semejante calamidad. La capacidad militar de Hartzenberg era nula y Terre’Blanche contaba con un contingente de aficionados indisciplinados que no tenían absolutamente ni idea de lo que implicaba una guerra».[67]

El general Viljoen, que sabía de buena tinta lo que conllevaba la guerra, llegó a un acuerdo con los negociadores del CNA el 12 de abril de 1994 tras haber creado su propio partido político, el Freedom Front, el 4 de marzo de ese mismo año. Pero aún era precisa la firma de Mandela para asegurar la participación del Freedom Front en las inminentes elecciones. Con el paso de los días, Viljoen se impacientó y decidió tomar cartas en el asunto. Aunque era consciente de que la guerra no era una opción, estaba convencido de que su poder de movilización bastaría para desbaratar seriamente las elecciones, y tomó la determinación de hacerlo. Antes de tomar la decisión final, sin embargo, puso al corriente de sus planes al embajador de EE. UU., Princeton Lyman, que mantenía contactos con él y con Mandela desde finales de 1993.[68] Este había telefoneado al presidente Bill Clinton en febrero de 1994 para pedirle que persuadiera a Viljoen y a otros para que participasen en las elecciones.[69] Lyman informó de la situación al CNA y el acuerdo se firmó el 23 de abril de 1994, tres días antes del inicio de los comicios. El acuerdo de ocho puntos sobre la autodeterminación afrikáner fue suscrito entre el Freedom Front, el CNA y el National Party. Las partes acordaron «abordar, mediante un proceso negociador, la idea de la autodeterminación afrikáner, incluido el concepto de un volkstaat».[70]

La negativa a las demandas de la derecha precipitó el caos. Mandela escribe que «la noche de la víspera de las elecciones se detonaron bombas, especialmente en Johannesburgo, que se saldaron con una veintena de víctimas civiles inocentes. El asunto requirió acción policial y los culpables fueron arrestados y condenados. La situación habría entrañado tremendas dificultades si Viljoen hubiese seguido formando parte del complot».[71]

Los medios de comunicación nacionales e internacionales, que seguían con interés los avances de la inminente catástrofe, publicaron que los elementos de la derecha habían dado fe de su amenaza de intentar sabotear las elecciones. Las explosiones, según escribió Bill Keller en el New York Times,

«[…] en su mayoría de escasa envergadura pero con un mensaje alarmante, sembraron el pánico entre algunos ciudadanos, que hicieron acopio de víveres, pero solamente parecieron afianzar la determinación de los votantes negros para ejercer su derecho al voto por primera vez.

»Alentados por la condena unánime por parte de la clase política y por el derecho que se les había vetado a lo largo de sus vidas, hasta los negros de la línea más beligerante afirmaron que no se amilanarían a la hora de votar.

»“Hay quienes intentan meternos miedo con las elecciones”, dijo Zole Msenti, que estaba sentado al volante en su minibús celeste charlando con un amigo en Germiston cuando una repentina explosión hizo saltar el vehículo por los aires convirtiendo en añicos todos los cristales. En las paradas de taxis de áreas suburbanas se concentran gran cantidad de vehículos cada mañana para trasladar a gente que va a trabajar a la ciudad.

»Maltrecho pero con el espíritu incólume, al salir del hospital fue a recuperar su vehículo y agradeció las muestras de solidaridad de las personas blancas que lo abordaron.

»“Están perdiendo el tiempo —comentó en alusión a los conspiradores—. Vamos a hacerlo”».[72]

Las tres palabras del señor Msenti —«Vamos a hacerlo»— casi con toda certeza significaban que él, los restantes taxistas y sus respectivas familias estaban decididos a votar a toda costa. Tal vez su determinación hubiese brillado por su ausencia unas cuantas décadas antes, pero a esas alturas el afianzamiento de la resistencia en todos los rincones del país había comenzado a convertirse en una realidad. Como taxista posiblemente habría trasladado a miles de pasajeros y escuchado sus trágicas historias, las cuales reflejaban la realidad que habían sufrido él y sus coetáneos. Y así, un día, comenzó a vislumbrarse la posibilidad del cambio. En 1976, los estudiantes se rebelaron contra la imposición del afrikáans como lengua de enseñanza; en respuesta a ello, el régimen endureció la represión sobre el pueblo y declaró estados de emergencia. Para muchos, fue una señal de que el régimen del apartheid estaba perdiendo el control. El escritor estadounidense James Baldwin declaró sobre el declive del régimen: «La fuerza no funciona tal y como creen sus partidarios. No revela a la víctima, por ejemplo, la fuerza de su adversario. Por el contrario, revela la debilidad, e incluso el pánico del adversario, y esta revelación infunde paciencia a la víctima. Es más, a la larga, granjearse demasiadas víctimas acarrea funestas consecuencias».[73]

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La salida de ocho hombres de la prisión de Pollsmoor el 15 de octubre de 1989 presagió el fin de un sistema que había causado mucho dolor y supuso un indicio de que los muros se estaban derribando. Había llegado la hora de las víctimas. Y la posterior salida de Mandela el 11 de febrero de 1990, al cabo de casi ciento veinte días, propició que todo se hiciera realidad. Por fin se materializaba. Todos los cánticos que el pueblo entonaba en las iglesias, al borde de sepulturas abiertas y en los campamentos a miles de kilómetros del país cuajaron en una consigna: «Vamos a emitir nuestro voto», cinco simples palabras cuya trascendencia llevaban eludiendo durante décadas los arquitectos del apartheid.

La derecha afrikáner había fracasado.