Teatro todos los días

El escenario está desierto. Hay una derecha bastante alta y una izquierda bastante baja. El telón de fondo tiene señales de deterioro, algunos remiendos del mismo color pero de tono diferente. A pesar de eso se distingue, de perfil, un rostro severo rodeado de otras figuras históricas, muy severas también. El Primer actor entra por la derecha alta. Lleva un clavel en la solapa, y en los hombros se le ven papelitos de colores. Da una vuelta en escena, se detiene unos instantes a contemplar el escenario. Luego se acerca al proscenio donde están las luces y empieza a contar los espectadores. Se equivoca y vuelve a empezar. Le dijeron que las localidades se habían agotado pero, por lo que puede ver, no se lo cree. Mientras cuenta, entra el Segundo actor por la izquierda baja. Parece muy cansado. Tiene una larga cinta adhesiva pegada en la boca. El Primer actor termina de contar, sonríe, se gira y se topa de frente con el Segundo actor. Retrocede, pero después se aproxima, si bien con cautela. Se oye un golpe de gong. La obra va a empezar.

PRIMER ACTOR

¡Qué afortunado! Oí decir que habías muerto…

El Segundo actor trata de quitarse la cinta adhesiva.

PRIMER ACTOR

De todas maneras, está bien que hayas venido, me ayudas en la representación. Estaba un poco preocupado cuando entré. Me dijeron que en la sala había una gran expectación. En realidad, está muy diferente. Todos parecen muy atentos. No es la costumbre. ¿Has dicho algo?

El segundo actor sigue tratando de quitarse la cinta adhesiva.

PRIMER ACTOR

Comoquiera que sea, estoy sorprendido. Esta obra ha sido representada muchas veces. Últimamente, incluso con poca participación. Siempre los mismos espectadores.

Se enciende súbitamente un proyector. El perfil del Primer actor se superpone al perfil histórico del fondo. El Segundo actor señala hacia allá.

PRIMER ACTOR

(Después de mirar.) ¡Enciendan otro!

En la platea, alguien enciende una linterna eléctrica. La sombra poco nítida que proyecta el Primer actor se mueve y coincide con la figura del rey don Sebastião, que lucha a espada contra los moros.

PRIMER ACTOR

De los males, el menor. (Al Segundo actor.) Me tienes que ayudar, ¿me oyes? ¡Me tienes que ayudar!

El Segundo actor intenta, nerviosamente, arrancarse la cinta.

PRIMER ACTOR

(Sonriendo hacia la platea.) ¿Alguno de los presentes querría venir a ayudar a mi colega?

En la primera fila se levantan tres hombres vestidos de gris ceniciento. Suben al escenario, se acercan al Segundo actor, lo ocultan de la vista del público. Hay cierta agitación en el grupo. Cuando los hombres se retiran, el Segundo actor aparece con una tira de cinta adhesiva aún más ancha.

PRIMER ACTOR

(Sonriendo indignado.) ¡Pedí que le ayudaran!…

El Segundo actor se encoge de hombros.

PRIMER ACTOR

(Sonriendo afligido.) ¿Nadie lo va a ayudar? (En tono desesperado, sonriendo.) ¿Qué es lo que se debe hacer en un caso como este?

En la platea se discute. Se forman corrillos. Dos muchachos se precipitan hacia el escenario, pero son sacados violentamente del teatro. El Segundo actor logra despegar una punta de la cinta y tira de ella con todas sus fuerzas. Poco a poco se hace el silencio en la sala. El Primer actor se acerca, indeciso, al Segundo actor. Extiende la mano con un movimiento indefinido, pero la retira rápidamente. El Segundo actor resbala, cae al suelo y ahí, retorciéndose, lucha con la cinta adhesiva. El público se levanta. Algunos espectadores más sensibles se tapan los ojos o se retiran. El telón de fondo se oscurece lentamente. Todos los proyectores de la sala enfocan ahora al Segundo actor. El silencio es total. En un último esfuerzo, el Segundo actor se arranca la cinta de la boca. El Primer actor retrocede, esta vez asustado. Mientras el Segundo actor se levanta, despacio, el fondo se vuelve a iluminar. Es una tela blanca, irradiante. El Segundo actor está de pie, tambaleándose por un gran vértigo, abriendo y cerrando la boca como si estuviera hablando…

PRIMER ACTOR

(Al apuntador.) ¿Puede hablar?

APUNTADOR

Debe.

PRIMER ACTOR

(Tímidamente.) Habla.

VOCES EN LA PLATEA

¡Cállate!

¡Habla!

PRIMER ACTOR

¡Cállate!

SEGUNDO ACTOR

(En un grito estrangulado.) ¡El pueblo!

Detrás de los bastidores suena de nuevo el gong. ¿Se acabó la obra?

JOSÉ SARAMAGO,

El equipaje del viajero, 1973

libro-3

La noche

Traducción de Antonio Sáez Delgado

libro-4

A Luzia Maria Martins,

que me creyó capaz de escribir una obra de teatro.

libro-5

Todos haremos periódicos algún día.

AUTOR DESCONOCIDO

libro-6

Cómo y por qué de La noche

Ninguna de las obras teatrales que he escrito hasta ahora (y son cuatro) resultó de necesidades creativas propias, y sí de lo que me permitiré llamar «encargos sociales», esto es, propuestas explícitas y directas de personas que pensaron que yo sería capaz de producir algunos textos dramáticos dotados de suficiente sustancia conflictual y psicológica como para poder resistir la prueba real del escenario. Naturalmente, no me cabe a mí ser juez del yerro o el acierto de esperanzas tan confiadas. Cuando allá por 1977 o 1978 una directora de teatro portuguesa, Luzia Maria Martins, me pidió que escribiera una obra cuya acción pasara en la redacción de un periódico, tenía delante de sí a un escritor sin ninguna experiencia teatral, salvo la que pudiese haber recibido como espectador asiduo, y esa misma, debo confesarlo, destituida de auténtica pasión. Se añadía a esto la circunstancia de que entonces era poco significativo, por no decir insignificante del todo, el trabajo que había realizado como novelista, el cual solo a partir de 1980, con la publicación de Levantado del suelo, comenzaría a definir un rumbo personal y un proyecto nítidamente caracterizado. Permanecerán siempre en el misterio las razones que impulsaron a Luzia Maria Martins a llamar a la puerta de alguien sin credenciales a la vista y con tan pocos créditos adquiridos.

Se comprenderá, por tanto, que fuera negativa la respuesta que di al inesperado convite. La determinaba la consciencia clara de mi falta de conocimientos escénicos, sobre todo la duda de cómo manejar palabras que, habiendo empezado por ser escritura, tendrían como último destino un discurso oral y —lo que es más importante—, por vía de su confrontación dialéctica con otros discursos, la creación de un mundo particular de significados, una realidad distinta, entretejida con la realidad corriente, un eco capaz, paradójicamente, de actuar sobre el propio sonido que le había dado origen. Así veía yo el teatro, así continúo viéndolo hoy.

Sin embargo, es cierto que el ser humano fue hecho para ser tentado. Dos días después era yo quien buscaba a Luzia Maria Martins para decirle que aceptaba la invitación. No había resuelto ninguna de mis dudas, no había ido a toda prisa a aprender las artes del oficio teatral a un «Manual del Perfecto Dramaturgo», tuve simplemente una idea, la idea: la acción dramática transcurriría durante la noche del 24 al 25 de abril de 1974, el lugar sería la redacción de un periódico dócil a la dictadura y comprometido con ella. Mi experiencia periodística nacía, no obstante, de raíces muy diferentes: los dos años, 1972 y 1973, que trabajé como editorialista en el Diário de Lisboa, un vespertino de características democráticas, liberales en el sentido positivo que el término tenía entonces, y los ocho meses, de abril a noviembre de 1975, en los que ejercí las funciones de director adjunto en el Diário de Notícias, periódico desde siempre conservador, más o menos «oficializado» siempre, pero que durante aquel breve período estuvo abiertamente al lado de la revolución, al lado del pueblo trabajador. Mas no nos dejemos engañar: así como el Diário de Lisboa de los últimos tiempos de la dictadura no tenía en nómina únicamente a periodistas demócratas, tampoco el Diário de Notícias del «verano ardiente del 75» pudo librarse de la acción nociva de algunos periodistas de tendencia u obediencia fascista. De técnicas teatrales podía no conocer yo tanto cuanto me hacía falta, pero, en contrapartida, algo sabía de los conflictos y desaires político-ideológicos, de coherencia de toda la vida y de oportunismos de última hora, de ambiciones antiguas derrotadas y ambiciones nuevas preparándose para ocupar los lugares vacíos.

Con estos materiales humanos se hizo La noche, esa noche que así, de una forma u otra, más o menos dramáticamente, fue vivida en la prensa portuguesa, entre la esperanza y la alegría de unos y el despecho rencoroso de otros. Nada que España no conozca. En este particular, no creo que haya habido grandes diferencias entre vuestra transición y nuestra revolución…

JOSÉ SARAMAGO, 1998

libro-7

Personajes

ABÍLIO VALADARES, redactor jefe

FAUSTINO, bedel

MÁXIMO REDONDO, director

RAFAEL, bedel

ESMERALDA, secretaria de redacción

MANUEL TORRES, redactor de Provincias

JERÓNIMO, jefe de talleres

FONSECA, redactor parlamentario

GUIMARÃES, redactor de Internacional

JOSEFINA, redactora

CARDOSO, redactor de Local

CLÁUDIA, becaria

PINTO, redactor de Deportes

BALTASAR, fotógrafo

AFONSO, linotipista

DAMIÃO, cajista

MONTEIRO, redactor

FIGUEIREDO, administrador

La acción transcurre en la redacción de un periódico, en Lisboa, la noche del 24 al 25 de abril de 1974. Cualquier parecido con personajes de la vida real y sus dichos y hechos es pura coincidencia. Evidentemente.

libro-8

Primer acto

La redacción está en plena actividad, lo que no quiere decir necesariamente que todo el mundo esté trabajando. Algunos redactores escriben a mano o a máquina, dos o tres charlan con voz natural, pero apagada: no interesa qué dicen. Profunda impresión de tedio, de rutina, de una noche igual a otras. Al fondo, un bedel interrumpe una operación cualquiera de ordenar papeles para encender y sintonizar un transistor, portátil pero de tamaño razonable. Se oyen fragmentos sueltos de música y de palabras. También se distingue, remotamente, el ruido de las máquinas de composición y, más cerca, pero con intermitencias, el de los télex, invisibles, que se supone están en un rincón. En su despacho, el director charla con una visita, oye más que habla. Están sentados en sillones. Voz baja pero no susurrada ni cuchicheada: sin embargo, no se oirá lo que dicen. La sucesión de estos movimientos será la conveniente: no se hace ninguna imposición.

VALADARES

(Hablando por teléfono.) Páseme con la censura previa, por favor. (Cuelga el teléfono. Ojea un papel entre los muchos que tiene sobre la mesa.) ¡Torres! (Se acerca Torres, hombre de mediana edad, de gesto sobrio.) Se me ha quedado aquí esta noticia. Es del corresponsal de Guarda. Si aún da tiempo, entra hoy. Si no, para mañana. Encárguese. (Torres, sin articular palabra, vuelve a su puesto. Suena el teléfono de Valadares.) ¿Sí? ¿Es la censura previa? Habla Valadares, del… Páseme con el coronel Miranda. Es solo para preguntarle por las pruebas. Gracias. (Pausa más larga.) ¿Coronel Miranda? Buenas noches. ¿Qué tal? Aún no habíamos hablado hoy… ¿Cómo van las pruebas? ¿Vistas hasta la 85? Estupendo. ¿Y cortes? ¿Tenemos muchos? Menos mal. Dígame. 13, 17, 22, 26. ¿No es la 26? Ah, 27. Diga, diga. Estoy tomando nota: 35, 52, 53, 54, 55… ¿Qué artículo es este? Sí, no se preocupe. Lo veo aquí en las mías. Ah, 71, 82. ¿Nada más?

En ese momento, el director y su visita se levantan, se despiden con un apretón de manos y el director, tras tocar un timbre, acompaña a la visita a la puerta A. Se percibe una clara, aunque no acentuada, muestra de dependencia del director hacia el visitante.

VALADARES

(Que ha seguido hablando por teléfono.) ¿Hay algunas pruebas ya cortadas? Estupendo. Voy a mandar al chico. Lleva unas cuantas más y se trae esas. No, no. El material que le mando ahora no tiene nada de especial. Me convendría despacharlo rápido, tenemos el periódico casi cerrado. Pues claro, siempre contamos con su buena fe. Muchas gracias, coronel Miranda. Dentro de media hora, más o menos, volvemos a hablar. ¿Cree que le dará tiempo? Tres cuartos de hora entonces, venga. (Risas.) Estupendo. (Cuelga el teléfono, separa papeles, toma notas.) ¡Faustino!

El bedel se levanta con tranquilidad, va a la mesa del redactor jefe.

FAUSTINO

Usted dirá, señor Valadares.

VALADARES

Lleva estas pruebas a la censura previa y trae las que están allí. Deprisa, que quiero cerrar la edición.

Faustino sale por la puerta E. Mientras tanto, el director ha estado paseando por su despacho, con aspecto preocupado, y sigue así por algunos segundos más tras la salida de Faustino. Toca el timbre. La puerta A se abre y aparece otro bedel con aspecto de superior jerárquico de Faustino.

DIRECTOR

Rafael, llame al señor Valadares.

RAFAEL

Sí, señor director.

Rafael sale, para entrar de nuevo por la puerta C. Durante ese tiempo, el director sigue andando. Rafael entra en la redacción. El servilismo disminuye.

RAFAEL

(A Valadares.) El señor director quiere que vaya a su despacho.

Valadares no responde. Se levanta sin prisa, pero sin mala intención. Es su estilo, no una protesta. Rafael sale por la puerta C. Valadares llama a la puerta B.

DIRECTOR

Entre.

VALADARES

¿El señor director quiere verme?

DIRECTOR

Sí. Al final vamos a cambiar la primera página. Lo he estado pensando, intercambiando unas impresiones, y he llegado a la conclusión de que vale la pena que publiquemos hoy un editorial. El hierro conviene golpearlo cuando está candente.

VALADARES

¿Ya lo ha escrito?

DIRECTOR

Aún no, hombre. Pero será rápido. Tengo las ideas generales.

VALADARES

¿Y el tamaño? ¿Es largo?

DIRECTOR

Unas cincuenta líneas, o poco más… (Sonriente.) Deje, que no le retraso el periódico.

VALADARES

El señor director nunca retrasa el periódico, el señor director es el periódico.

DIRECTOR

(Complacido.) Me está regalando los oídos. (Cambiando de tono.) Entonces, ya sabe… Cincuenta líneas.

VALADARES

¿Ha surgido algún problema imprevisto, señor director?

DIRECTOR

Mi querido Valadares, nunca hay problemas, pero siempre hay problemas. La política, usted bien lo sabe, es como la tierra, nunca deja de temblar. Algunas veces tan poco que ni nos damos cuenta, otras veces es el Demonio, arrasa con todo. Peor que en 1755. Pero en política, si no consentimos que nos distraigan, se puede hacer lo que no es posible hacerle a la tierra: sujetarla, agarrarla bien agarrada hasta que pasa el temblor. Acuérdese del 16 de marzo: un pequeño seísmo dominado de inmediato. Y nuestra contribución, en esos días, fue fundamental. Fundamental y apreciada. Este periódico es una fuerza, mi querido Valadares, una fuerza. No lo aparentamos, a simple vista hasta parece que nos limitamos a salir todos los días, pero ¡somos una fuerza!

VALADARES

Así es, señor director. Entonces unas cincuenta líneas…

DIRECTOR

Eso es. Tengo las ideas ordenadas. Solo me falta escribirlas. Antes de mandarlo a composición, dele un vistazo. Y revise la prueba, porque yo saldré enseguida.

VALADARES

Muy bien, señor director.

Se marcha por la puerta B. El director se sienta a la mesa y empieza a escribir. En la redacción no se observa ninguna perturbación. Se escribe, se habla en voz baja, se fuma. Hay movimientos de un lado a otro. Valadares se sienta a la mesa.

VALADARES

¡Faustino!

ESMERALDA

Faustino ha ido a la censura previa.

VALADARES

¡Ah, es verdad! Esmeralda, llame a Jerónimo. Que traiga la primera página. (Esmeralda usa su propio teléfono, la conversación es en voz baja, oírla con claridad sería repetitivo.) Torres, ¿va a tardar mucho la noticia de Guarda?

TORRES

Cinco minutos.

VALADARES

El hombre escribe mal.

TORRES

Sí, el hombre escribe mal, pero, la verdad, por lo que le pagan, que es nada, no tiene obligación de escribir mejor. A mí lo que me sorprende no es que los corresponsales de provincia escriban casi todos mal, sino la santísima e inagotable paciencia que tienen, mandan veinte noticias, se publica una. Escriben cien líneas, las reducimos a diez. O son masoquistas, o tienen vocación de mártires. Pero mire que, sobre lo de escribir mal, no falta por ahí quien lo haga igual o peor que ellos, y con responsabilidades mucho más grandes.

VALADARES

Cómo no iba usted a defender su terreno… El día menos pensado será elegido presidente de los corresponsales de un lado y otro del océano.

TORRES

Eso es algo que nunca podrá pasar. Los corresponsales de ultramar no llegan a mi mesa. Son pájaros de gran envergadura, de altos vuelos. Yo vivo con la plebe de las fuentes públicas y los caminos vecinales.

VALADARES

Déjese de discursos y acabe el trabajo.

TORRES

¿Cómo puede llamar alguien discurso a media docena de frases desaliñadas? Eso me gustaría saber. Cualquier día de estos le haré un buen discurso para que vea la diferencia.

VALADARES

¡Bueno! ¡Bueno! Acabe eso deprisa, o no entrará hoy.

La puerta D, de la imprenta, se abre. Entra el jefe de talleres, Jerónimo. Se mueve con naturalidad, no precipita los movimientos ni los retarda. Al pasar junto a Torres, este levanta la cabeza y le hace un gesto. Una chica que está sentada al lado de Torres sonríe furtivamente. Se crea un halo de complicidad.

JERÓNIMO

(A Valadares.) ¿Hay alguna alteración?

VALADARES

La hay. El director acaba de decidir que va a escribir un editorial. Serán cincuenta líneas, más o menos. (Coloca la maqueta de la primera página sobre la mesa.) Se resuelve así. Este titular de aquí pasa a cuatro columnas. Esta fotografía puede cortarse por arriba, no pasa nada, y, para ayudar, esta noticia entra en caja y en cursiva, en medida estrecha… ¿Lo entiende?

JERÓNIMO

Sí. Y el artículo del director, ¿cuándo llega?

VALADARES

No tarda.

TORRES

(Desde su sitio.) ¡Listo! Lo de Guarda ya puede entrar. Jerónimo lo lleva… (Jerónimo tiende la mano para recibir el papel.)

VALADARES

(Con autoridad.) No. Dejémoslo para mañana. (A Torres.) Deme la noticia. (Torres, conteniendo su irritación, le da el papel. Valadares finge leerlo.) A fin de cuentas, esto no le interesa a nadie. Está resuelto: lo de Guarda sale mañana. (Dobla bruscamente el papel y lo pincha en el clavo.)

TORRES

¿Está seguro de que esa manera de proceder es la correcta? Me da la noticia, me dice que la prepare para que entre hoy, si hay tiempo, se la doy, como acaba de ver, y en mis propias narices… ¡No tiene derecho!

VALADARES

(Levantándose.) Usted no me va a enseñar cuáles son mis derechos. En esta redacción mando yo. Yo decido lo que se publica o no se publica. La noticia de Guarda no tiene interés para el periódico, ya me lo había parecido antes y ahora lo confirmo. ¿Necesita más explicaciones? (A Jerónimo.) Puede marcharse. En un momento le mando el artículo del director.

JERÓNIMO

(Al retirarse, choca con el hombro de Torres.) Déjalo, no te enfades. El verbo es siempre el mismo: yo obedezco, tú obedeces, él manda. Y ¿para qué? Para hacer algo que de periódico solo tiene el nombre y el papel… (Dirige a Torres hacia su sitio.)

VALADARES

Jerónimo, hágame el favor de no venir aquí a alborotar a la redacción. Guárdese sus opiniones. No se las admito. Para cumplir con su obligación profesional solo tiene que hablar conmigo o con los redactores que yo le indique. ¿Comprendido?

JERÓNIMO

(Se vuelve hacia Valadares.) Oiga, señor redactor jefe, no me interesa discutir, de verdad, pero ya que me ha pedido por favor que no alborote a la redacción, no me voy a quedar atrás en delicadeza. Así que haga el favor de admitir que, como trabajador de este periódico —¿o prefiere que diga funcionario?—, tengo tanto derecho como usted a dar opiniones sobre lo que pasa en este periódico y lo que este periódico hace. Y si usted es el redactor jefe y me está diciendo que lo recuerde, le recuerdo que yo soy el jefe de talleres…

VALADARES

De talleres no. Del turno de noche.

JERÓNIMO

Qué sería de usted si no fuera por el turno de noche, qué sería de su bonito periódico si no fuera por el turno de noche. (A Torres.) No hagas caso. (Se dirige a la puerta de la imprenta, pero vuelve atrás de repente.) A pesar de todo, también soy lector de este periódico. (Sonríe.) Qué quieren, es malo, pero le tenemos cariño. (Se acerca a la mesa de Valadares y saca del clavo la noticia de Guarda.) Y como esto va directo a la papelera, me gustaría saber qué noticias nos traía hoy el corresponsal de Guarda.

VALADARES

¡Deje eso ahí! ¡No tiene derecho!…

JERÓNIMO

¿Ah, no? ¿Entonces no tengo derecho a coger papeles de las papeleras? ¡No me digan que el gobierno ha decidido darle ese trabajo a la competencia!…

VALADARES

¡Todavía no he decidido definitivamente si la noticia sale o no sale!

JERÓNIMO

Donde dije digo, digo Diego. Pero mejor si es así. Si decide que sale, solo tiene que avisarme. Si decide que no sale, en la basura estaba, para la basura vale. Hasta me ha salido una rima… Pero sabré lo que dice el corresponsal de Guarda…

VALADARES

(Furioso.) ¡Vean todo el lío que se está montando por una tontería de noticia!…

JERÓNIMO

No es por la noticia, es por las actitudes que usted toma. Aquí y ahí dentro, si necesita que se lo recuerde.

VALADARES

¿Y si doy queja de usted a la Administración? Debe saber que me están entrando ganas…

JERÓNIMO

(Con serenidad.) Hágalo, hágalo. La monotonía es tanta en esta casa que serviría para distraer a los chicos. (Sale.)

Valadares se queda furioso. Los redactores reaccionan de forma diferente. Esmeralda (secretaria de redacción), Guimarães (redactor de Internacional), Fonseca (redactor parlamentario), Cardoso (redactor de Local) y Josefina (sin responsabilidades particulares) están clara y explícitamente del lado de Valadares; Torres y Cláudia, la becaria, apoyan en silencio al jefe de talleres.

FONSECA

La verdad es que no sé cómo permites comportamientos así. Como va la cosa, cualquier día tenemos la redacción bajo las órdenes de los señores tipógrafos. O, si no, ellos aquí y nosotros en los talleres.

GUIMARÃES

Yo sí lo entiendo. Valadares quiere hacer todo por las buenas, no crear conflictos. Pero todo tiene su límite. Además, son una falta de respeto estas discusiones delante de todo el mundo. Puede aparecer de pronto el director, ¿y entonces, Valadares?

VALADARES

Qué queréis que haga, este tipo me irrita. Me hace perder los estribos. Y usted, Torres, tenga paciencia, nuestras relaciones empiezan a resentirse. Si un día llega aquí, a mi puesto, haga lo que le apetezca, pero mientras tanto quien manda soy yo.

JOSEFINA

(Desde el fondo.) Estaríamos bien aviados con Torres en el puesto de redactor jefe. Menos mal que antes echarán dientes las gallinas…

TORRES

(Como quien piensa en voz alta.) Algunas gallinas ya tienen dientes…

JOSEFINA

¿Lo dices por mí?

TORRES

¡Qué va! Mi querida compañera Josefina, ¿eres una gallina?

CARDOSO

(Riéndose.) ¡Qué bueno!

JOSEFINA

¿Quieres que te dé una torta, Cardoso? Y usted, Torres, no se meta conmigo…

TORRES

(Cortando.) Cualquiera de nosotros está demasiado viejo como para meterse con otro.

ESMERALDA

Parece mentira, las cosas que están pasando en este periódico…

Valadares resopla —«¡Buf!»—. Pasea de un lado a otro, furioso. Todos se callan.

VALADARES

¡Esmeralda, llame a Rafael!

Esmeralda toca un timbre que se oye en el interior de la puerta C, que da a las instalaciones administrativas. Aparece Rafael, el bedel que ya atendió al director.

RAFAEL

¿Quién me llama?

ESMERALDA

El señor Valadares.

RAFAEL

Dígame, señor Valadares.

VALADARES

Mira si hay por ahí alguien de Administración.

RAFAEL

(Sorprendido.) ¿A estas horas?

VALADARES

(Dándose cuenta.) Está bien, está bien, vuelve a tu puesto… (Se enfurece aún más.) ¡Y avísame cuando llegue Faustino de la censura previa! ¡Ya tenía la obligación de estar aquí!

Rafael sale. Silencio.

CARDOSO

(Incapaz de contener la broma.) En estas cosas, estoy siempre a favor de la censura previa. Faustino está a punto de casarse, nada mejor que ir primero a la censura previa. Así, la novia se queda más tranquila, con todas las garantías. (Risas.)

ESMERALDA

Eres muy graciosillo. Lo peor es cuando las novias empiecen también a ir a la censura previa.

CARDOSO

¿Cuando empiecen? Ay, hija, estás muy atrasada, por lo visto. ¿O finges que no lo sabes?

VALADARES

Ya vale con la gracieta. Quiero cerrar la edición.

TORRES

(Tranquilamente, a Cláudia.) Si hay algo que aprecie, es el espíritu, la ironía sutil, el humor inteligente.

CLÁUDIA

(Entendiéndolo.) Yo también, pero no tengo muchas oportunidades. Tal vez sea defecto mío, no llego…

VALADARES

(Con rencor.) Oye, niña, ten cuidado, que, a veces, cuando menos se espera, suceden desgracias, se cae una maceta del tejado. Métete en tu trabajo y quédate calladita. (Cambia de tono.) Guimarães, ¿cómo estamos en Internacional?

GUIMARÃES

Solo me falta preparar estos tres telegramas. Lo demás ya no cabe. Pero he elegido bien.

VALADARES

¿He llegado a leer la crónica? No me acuerdo. ¿Sobre qué era?

GUIMARÃES

El este, el este. Era a propósito de la situación en Oriente Medio.

VALADARES

Ah, es verdad… Oriente Medio… Ya me acuerdo. ¿Y tú, Fonseca?

FONSECA

El relato del Parlamento ya está dentro. Estoy adelantando trabajo para mañana. El director me ha pedido que le sugiera unas preguntas para una entrevista con Marcelo Caetano…

VALADARES

¿Te ha pedido unas preguntas? ¿Y eso? No me ha dicho nada…

FONSECA

A lo mejor se le ha olvidado…

VALADARES

¿Cuándo te las ha pedido?

FONSECA

Ayer. Seguro que se le ha olvidado…

VALADARES

Olvido o no, no pasa nada por un pequeño retraso… Y tú deberías haberle dicho que hablara conmigo…

FONSECA

Valadares, no exageres. Al fin y al cabo, soy el redactor parlamentario…

VALADARES

Está bien, pero le daré un toque. (Se acerca, confidente.) ¿Tenemos algo especial?

FONSECA

No. Te he dicho todo lo que sé. Lo de costumbre. Muchos rumores, muchos papeles, un cierto ambiente de conspiración.

VALADARES

Pero ¿y por el Parlamento?…

FONSECA

Están algo nerviosos, siempre en grupitos. Parecen realmente conspiradores, Dios nos libre. Están así desde el 16 de marzo, aunque ya se van tranquilizando. (En secreto.) Lo que sé de fuente segura es que de aquí a fin de mes habrá todavía dos o tres detenciones más. Todas en los mismos círculos. Intelectuales, sobre todo. El pretexto es el Primero de Mayo. (La voz se le descontrola y pronuncia más alto las últimas palabras. Torres y Cláudia se miran.)

VALADARES

¿Y sobre los militares? ¿Hay novedades? ¿Siguen reuniéndose?

FONSECA

Eso no lo sé, no tengo información. Se dicen muchas cosas… No se sabe qué es verdad y qué es mentira. Pero no creo que se vayan a meter en otra. Rellenan papeles, pero esto no se derriba con balas de papel.

VALADARES

Es verdad. Es que el director me ha parecido preocupado. Ha venido con eso de que la política es como la tierra.

FONSECA

¿Otra vez?

VALADARES

Otra vez. (Ambos sonríen con displicencia, después se ponen serios de repente.) Pero esto, Fonseca, no va nada bien.

FONSECA

No me vengas otra vez con tus miedos.

VALADARES

No tengo miedo. (Se muestra de mal humor, y se adelanta.) ¿Cómo vamos de Local, Cardoso?… (Durante estos diálogos, el director ha seguido escribiendo. Acaba y llama a Rafael, en un momento en el que este puede interrumpir con naturalidad a Valadares, entrando por la puerta C.)

RAFAEL

El señor director le llama, señor Valadares.

Valadares atraviesa la redacción, llama a la puerta D, entra sin esperar respuesta.

DIRECTOR

Ya está listo, Valadares. Creo que no ha quedado mal. Ya verá usted si le falta alguna coma o algo por el estilo. ¿Quiere oírlo?

VALADARES

(Tono neutro.) Claro, señor director. (Duda, después se decide.) ¿Usted le ha dicho a Fonseca que le hiciera unas sugerencias para una entrevista con el jefe del gobierno, con el profesor Marcelo?… Por lo general, estos asuntos los trata conmigo. No entiendo por qué no me lo ha dicho. Me deja en mal lugar ante la redacción.

DIRECTOR

(Preocupado.) Tiene razón, Valadares. Tiene toda la razón. Ya sabe cómo soy de escrupuloso con la jerarquía de la redacción. Pero me encontré a Fonseca, usted estaba muy sobrecargado de trabajo. Así ha sido.

VALADARES

(Tranquilo.) Está claro que el señor director no iba a hacerlo a propósito, ni se me ha pasado por la imaginación. Pero ya sabe cómo son los periodistas, con un detalle de nada, algo insignificante, se suben a las nubes y después es difícil sujetarlos. Se les da la mano y toman el pie…

DIRECTOR

Tiene razón, Valadares.

VALADARES

Después le vienen a usted con historias, con invenciones, con cotilleos. El señor director tiene que estar protegido. Yo soy una especie de parachoques entre la redacción y usted.

DIRECTOR

Tiene toda la razón, Valadares. (Aliviado.) Siéntese, siéntese, voy a leerle el editorial.

Valadares se sienta. El director lee su texto, paseando por el despacho, gesticulando, acentuando enfáticamente. No se distinguirá todo lo que dice porque habrá ruidos sobrepuestos en la redacción. Valadares seguirá la lectura con gestos y palabras de aprobación. Algunos redactores dan muestras de sopor, otros salen por unos instantes. Faustino entrará y pondrá las pruebas sobre la mesa de Valadares. Va a sentarse a su mesa, donde encenderá el transistor. Gran parte de la lectura tendrá acompañamiento musical, preferentemente valses. Al mismo tiempo, en un momento oportuno para empezar y en un momento oportuno para acabar, Rafael y Faustino se acercarán a la boca de escena y hablarán sobre apuestas de la quiniela, en un diálogo relajado: consultan los partidos de la temporada, para mayor exactitud. Este diálogo ocultará, de vez en cuando, la lectura del director. Cardoso podrá intervenir también en la conversación de los dos bedeles.

DIRECTOR

(Tras aclararse la voz.) Se llama «Cultura y aguas turbias». Escuche: «Cuando alguien se pregunta, como hacía un vespertino hace poco, “¿Quién tiene miedo a la cultura?”, convendría empezar aclarando cuál es la acepción considerada del vocablo. Porque, como nadie tiene el derecho de fingir que ignora, le son atribuidos tantos significados que, en última instancia, se acaba por no saber cuál es el preferido por el opinante. O, si no, se sabe demasiado bien, pero la indeterminación sirve para mistificar al lector común, que descuida el marco subyacente para atender solo a una terminología viciada por la ambigüedad.

»En efecto, hablar de “cultura” sin especificar más se ha convertido en uno de los procedimientos más utilizados por aquellos que pretenden imponer ciertos estilos de pensamiento y creen preferible camuflar los objetivos proseguidos bajo una designación cuyo prestigio les puede servir de ganzúa. Porque, además, si no se soportan sus charlatanerías, les sirve desde ese momento para provocar algaradas contra los pretendidos atentados que tendrían como objetivo la actividad cultural, como si su realidad debiese constituirse en protectora de la intoxicación y el destructivismo. Pues, evidentemente, no se puede admitir que un valor de esta naturaleza e importancia sirva de pretexto a malabarismos interesados de algunos a los que solamente les preocupan los condicionamientos, y eso tanto en los vectores escondidos como en las formas privilegiadas. Pero, ¡claro está!, eso es precisamente lo que no se puede encontrar en las propuestas cocinadas: definir sería poner al descubierto el vicio mental homenajeado, y bien se entiende que, salvo en determinadas circunstancias, no se tiene por conveniente. O, si no, en la coherencia del monismo ideológico, se postula que la “cultura” solo puede ser lo que la “cartilla” repetida presenta como tal, en perfecta beatitud si se excluye la mera posibilidad de una posible discordancia. Identificada con miedo, odio o manifestación de clases condenadas. Sin olvidar la intervención de papagayos que hablan sin entender, pero que no dejan pasar la oportunidad de exhibirse como modelos o grandes conciencias.

»En el caso que nos ocupa, parece verificarse flagrante mezcla de todo esto, pero prevaleciendo la diligencia confusionista, hecho tanto más comprensible cuanto que la búsqueda de las aguas turbias constituye un proceso expedito para quien busca sobre todo embaucar dulcemente. No estará de más, sin embargo, recordar que, favoreciendo o, al menos, no contrariando la confusión, de ningún modo será posible obtener resultados positivos, pues es regla de sabiduría que solo aprovecha a quien no muestra buenas intenciones. Porque, ponderándolo todo, las invocaciones pretextuales siempre representan procesos de escarnio y es indispensable tomar conciencia de que, por su mediación, se vehiculan las más peligrosas toxinas, con tanto mayor provecho para los que lo hacen cuanto que la intoxicación no llega a ser comprendida a tiempo…».[1] (Pausa más larga, silencio grave.)

¿Qué tal, mi querido Valadares? ¿Qué le parece? He intentado no sobrepasar las cincuenta líneas, pero creo haber dicho todo cuanto era necesario, en estos momentos…

VALADARES

Me parece excelente, como de costumbre. Aunque creía que iba a tener un fondo más directamente político… No sé si en la situación actual no sería conveniente ser más explícito…

DIRECTOR

Tampoco conviene, Valadares, tampoco conviene. Políticamente, es un error quemar puentes que no sabemos si vamos a tener que cruzar de nuevo. Es verdad que es importante ampliar la denuncia de los señores intelectuales progresistas y de los periódicos que les dan cobijo. Pero esa denuncia, en la complicada situación que vivimos, no puede ir demasiado lejos. Tenemos que conciliar las cosas. Las lenguas andan demasiado sueltas, eso es verdad, pero de momento lo que corresponde a la política es ponerles freno, no cortarlas. Mi editorial va precisamente en ese sentido. Se esperan más detenciones, estoy informado, y nuestro deber es preparar a la opinión pública. Pero con tacto. Con habilidad. ¿Lo entiende?

VALADARES

Lo entiendo, señor director, lo entiendo. (Se levanta y coge el papel.) Pero creía que iba a ser otro el tema del editorial. Hay por ahí un montón de rumores…

DIRECTOR

Es verdad. Nunca faltan. Algunos los ponemos en circulación nosotros mismos. (Lo comenta con una sonrisa cínica.) Se refiere a los militares, ¿verdad?

VALADARES

También a ellos.

DIRECTOR

Creo que todo eso no son más que rumores.

VALADARES

Dios le oiga, señor director.

DIRECTOR

(Abre la puerta A y habla hacia dentro.) ¡Rafael! Coja mi abrigo. (Se dirige al redactor jefe.) Parece usted preocupado…

VALADARES

Tengo algunos problemas dentro, con Jerónimo, el de la imprenta, y con Torres. Hay cierta indisciplina…

DIRECTOR

¡No la consienta, no la consienta! Córtela de raíz. Proceso disciplinario, suspensión. Si no se les cortan las alas, empiezan a volar alto. Torres es incorregible, y Jerónimo un antiguo problema… Pero son competentes. Aguante un poco, Valadares. Algún día resolveremos estas situaciones. Los forúnculos solo deben sajarse cuando están maduros. (Cambia de tono.) Si necesita algo, estoy en casa. Tenía una invitación para un banquete, pero hoy el cuerpo me pide descanso. No va a pasar nada. Y, si pasa, usted lo resuelve… Hasta mañana. (Sale.)

VALADARES

Hasta mañana, señor director.

Valadares entra en la redacción. Llega ojeando el texto. Al ver a Valadares, Faustino baja precipitadamente el volumen. Mientras tanto, el grupo que discutía la quiniela se ha deshecho.

VALADARES

(Tras algunas correcciones, rápidas, sugiriendo que se trata de comas.) ¡Faustino! (Llega el bedel.) Lleva esto a la imprenta. Es el editorial del director. Jerónimo lo está esperando. (Mira las pruebas que trae Faustino. Después coge el teléfono.) ¡Esmeralda! Tráigame la agenda de mañana. Quiero ver si todos los trabajos están repartidos. Y para pasado mañana, ¿qué tenemos apuntado?

ESMERALDA

(Acercándose insinuante.) Para mañana está todo repartido. Solo tenemos que elegir dónde van los fotógrafos. (Charla en voz baja. Modos íntimos, más por parte de ella que de él.)

Cuando suena el teléfono, entra precipitadamente por la puerta E el redactor deportivo, Pinto.

PINTO

(Jovial.) Buenas noches, chavales. (Los demás casi ni levantan la cabeza.) ¿Hay jaleo? ¡Estáis con una cara que parece que os han dado un sablazo! (Va hacia Valadares.) Ha ganado el Benfi…

VALADARES

(Lo detiene con gesto impaciente.) ¿Sí? ¿Coronel? Soy yo, Valadares. Aquí estoy otra vez para molestarle. ¿No hay más cortes? Estupendo. Entonces, ya mando mañana a alguien a buscar las pruebas. Gracias. Excepto unas cosas de Internacional, limpias, y otras de Deportes, no tengo nada más para hoy. Es seguro, no da problemas. Y está el editorial del director. Si está de acuerdo, para ganar tiempo, se lo leo por teléfono en un momento. Claro, la prueba no dejará de ir. Conozco mis responsabilidades. Tiene toda la razón, sin disciplina nada es posible. Buenas noches, coronel. (Cuelga el teléfono. Se dirige a Pinto.) Venga, dime…

PINTO

Ha ganado el Benfica. Hago la crónica en un instante. Baltasar se ha quedado un poco más para hacer unas fotos del segundo partido, para ilustrar. Como solo vamos a dar el resultado y la alineación de los equipos, un muñeco siempre ayuda…

VALADARES

Está bien, está bien. Despáchalo rápido. Y mira que estoy contando con destacarlo en la primera página. Con fotografía. (A Esmeralda.) La agenda está bien.

ESMERALDA

Si no necesita nada más de mí, me marcho.

VALADARES

(Paternal, ambiguo.) Necesitar, sí que lo necesitaba, pero ahora no puede ser. Eres reincidente.

ESMERALDA

¡Dios mío! ¡Qué vocabulario! (Tono bajo.) Tenga cuidado. (Hablando hacia la redacción.) ¡Buenas noches a todos!

PINTO

¡Esmeralda, espera! ¿No quieres oír el de Agostinho Neto y Samora Machel? ¡Mira que es bueno!

ESMERALDA

Hijo, no me fastidies con negros. ¡Solo con oír los nombres me sale sarpullido! (Sale.)

PINTO

(Volviéndose hacia los demás.) ¿Queréis oírlo? (De espaldas a la sala, apoyado en una mesa, lo cuenta de modo que no se oye. Torres y Cláudia se muestran indiferentes. Carcajadas. Pinto se acerca a Valadares y lo repite. Carcajada. Pinto se muestra satisfecho.) Es bueno, ¿verdad? Ya lo saben: cuando quieran uno fresquito, vengan a hablar conmigo. Faustino, préstame el transistor, que me inspira. Para el trabajo, no hay mejor estímulo que la música. ¿No te parece, Josefina?

JOSEFINA

Estás harto de saber que no me lo parece. Si no fuera por esa manía tuya, no andaría siempre Faustino con el transistor bajo el brazo, de un lado a otro. Es una obsesión. Una redacción decente no tiene esta confusión, se necesita silencio.

CLÁUDIA

Y cuanto más silencio, mejor. (El tono es el de quien está pensando en otra cosa.)

Pinto toca los botones del transistor. Se oyen, una vez más, palabras sueltas y fragmentos de música. Después la sintonización se hace firme, el sonido sube.

VOZ DEL LOCUTOR

Faltan cinco minutos para las once. Paulo de Carvalho canta «Y tras el adiós».

Se escucha la canción casi hasta el final. En cuanto empiezan los primeros compases, Josefina se levanta vehementemente y sale por la puerta C. Pinto escribe a máquina con entusiasmo.

VALADARES

Baja la música, Pinto. Y a ver si no tardas con la noticia, que esto está acabado. (Bosteza.) Quien quiera irse al bar, puede hacerlo. Pero no se coman todo, que yo voy también. (Se muestra distendido, pero el tono es algo artificial.)

Salen Guimarães, Fonseca y Cardoso, charlando y riéndose. Torres y Cláudia también se levantan.

VALADARES

Torres, si no le importa, quédese unos minutos más, quiero hablar con usted. (A Cláudia.) Vete, vete a cenar.

El silencio tiene un fondo musical: el transistor de Faustino que, bajito, ayuda a Pinto a trabajar. Sale Cláudia, inquieta. Torres no la mira. Se oye el matraqueo de los télex, pero sofocado.

PINTO

¡Ya está! ¡Una obra maestra del periodismo deportivo! ¡El relato del siglo! ¡Pinto en cabeza del pelotón! (Llega hasta Valadares.)

VALADARES

Llévalo a composición, pero no hagas tonterías, dáselo a Jerónimo. Y quédate por allí, echando una mano en la paginación.

PINTO

¡Ok, jefe! (Sale, canturreando.)

Faustino, al fondo, recupera el transistor. Sintoniza, cambia el dial. El transistor se quedará sonando hasta el final de esta parte. Durante el diálogo siguiente aparecerá Rafael, que charlará un rato con Faustino, sin que se oiga la conversación. Cerca del final, dos de los periodistas volverán de cenar y ocuparán sus puestos.

VALADARES

(Levantándose.) Vamos al despacho del director, para estar más cómodos. (Hace un gesto invitando a Torres.) Solo unos minutos. No voy a retrasar mucho su cena.

TORRES

(Dirigiéndose al despacho.) Tengo poco apetito. Que no sea mi falta de hambre la que le quite el apetito a usted.

Están en el despacho. Torres se sienta en uno de los sillones, se enciende un cigarro, estira las piernas, se recuesta. Valadares se queda de pie.

TORRES

Estoy a su disposición.

VALADARES

Hombre, no empiece ya a hablarme así. Ese lenguaje ya no se usa. Estoy a su disposición, ¿qué le parece? Somos compañeros de profesión, conocidos desde hace mucho, no nos vamos a poner ceremoniosos. ¿Somos o no somos compañeros?

TORRES

(Reacio.) Lo somos…

VALADARES

Compañeros. Y, entre compañeros, se puede hablar. ¿Sí o no?

TORRES

(Decidiéndose a ser claro.) En cierto modo tiene razón. Mi frase ha sido tonta. Uno de esos trastos que heredamos de los antepasados, sin saber cómo ni de quién, una frase que no significa nada. Una pequeña hipocresía. Estoy a su disposición… Imagínese… Parece Eva, obediente, hablándole a Adán… (Pausa.) En cuanto a lo demás, hay que decir que no somos exactamente compañeros. Usted es el jefe de la redacción y yo soy el redactor de Provincias. Hay mucha diferencia. Yo soy experto en puertas abiertas, usted es especialista en puertas cerradas.

VALADARES

Dejémonos de ironías. En ese campo, no cuente conmigo para hacerle compañía. Le he dicho que quería hablar con usted para que lo hiciésemos en serio, y más por su interés que por el mío, fíjese bien.

TORRES

Hablemos, entonces.

VALADARES

(Con cierta solemnidad, imitando involuntariamente los pasos del director.) Torres, usted sabe que en el plano estrictamente profesional es uno de los redactores más competentes de esta casa, no sé incluso si el más competente, sin menosprecio para Fonseca ni para Guimarães. No me diga que no, porque es la pura verdad. Lo creo, lo cree el director y, en el fondo, supongo que todos los compañeros tienen la misma opinión. De no ser así, estoy seguro de que no soportarían sus ironías. Usted tal vez no se da cuenta, pero mire que hace daño…

TORRES

Sí me doy cuenta.

VALADARES

¡Ah! Se da cuenta… Y no cambia, insiste, se ensaña… Y le sorprende seguir siendo el redactor de Provincias…

TORRES

¡Alto ahí! ¿Quién le ha dicho que me sorprende ser solo el redactor de Provincias? ¿Ya se le ha olvidado que la única vez que hemos estado todos de acuerdo, usted, el director, la Administración y yo, fue cuando le pedí que me pusiera en este puesto? ¿Ya se le ha olvidado?

VALADARES

No se me ha olvidado. Pero sé muy bien que podría tener responsabilidades muy diferentes en este periódico si no fuese por sus… sus manías… Un profesional como usted, con tanta experiencia, con gran sensibilidad por el oficio, tacto, tiene poca gente que se le compare. A veces, estoy ahí sentado, lo miro, lo veo corrigiendo prosas de regidores, barberos y boticarios. De vez en cuando, un reportaje al que tengo que estar bien atento, porque no pierde la oportunidad de meter su veneno. Y además tengo al director encima, y a la Administración haciendo preguntas. (Pausa.) Torres, ¿por qué no olvida sus escrúpulos de idealismo mal entendido, esa especie de superstición política de quien cree en don Sebastião y en mañanas de niebla, y se decide a hacer la carrera periodística que merece? Otros, mucho menos competentes, le pasan por encima, y ¿quién sale perdiendo? ¡El periódico!

TORRES

De una forma u otra, creo que esta debe de ser la centésima vez que me viene con la cantinela de mi competencia, de mi idealismo, de mi terquedad… Para abreviar, puede decirme ya adónde quiere llegar con esta conversación. Porque nunca le he visto dar puntada sin hilo.

VALADARES

Estoy hablando en serio. Me da pena que un hombre que…

TORRES

(Interrumpiendo.) Lo primero que va a grabar ya en su memoria, y para siempre, es que no necesito su pena para nada. Y puede dar gracias a que hoy me siento benevolente, porque si no le haría tragarse de otra forma la palabrita. Ya lo sabe, no me lo repita. (Pausa.) Lo segundo es que no me descubre nada nuevo al decirme que soy un hombre. Debo decirle, en confidencia, que ya me había fijado. Lo soy desde que nací pero, afortunadamente, creo que no me he contentado con los atributos externos: me esfuerzo por ser algo más hombre cada vez que pienso.

VALADARES

El asunto es otro, con menos literatura. No se ponga a divagar.

TORRES

Tiene toda la razón, el asunto es otro. Si soy redactor de Provincias, si elegí ser redactor de Provincias, si todos se pusieron contentísimos cuando decidí ser redactor de Provincias, la razón es que no quiero escribir una sola línea que le siga, directa o indirectamente, el juego al régimen, pues para eso existe este periódico…

VALADARES

(Ironía fácil.) Que le paga…

TORRES

Una vez más, tiene razón. Enhorabuena. Pero sucede que el único dinero que me pagan es el que a fin de mes voy a buscar abajo, a tesorería. Nada más. No tengo cheques de embajadas, ni gratificaciones especiales y secretas de ministerios, ni sobres misteriosos, ni otras dietas que no sean las fijadas en el reglamento del periódico, etcétera, etcétera, etcétera. Y no deseo otra cosa.

VALADARES

¿Está insinuando algo?

TORRES

Veo que no me ha entendido. Estoy afirmando.

VALADARES

Si se refiere a mí…

TORRES

¿Lo cree? Si es así, tome mi afirmación como referida a usted. De cualquier manera, no faltará por ahí quien se pique por esta y otras cosas que no he dicho. (Cambiando de tono.) Oiga, Valadares, esta conversación es estúpida, y me resultan muy antipáticas las conversaciones estúpidas. No le estoy diciendo nada nuevo, ni tampoco usted a mí. Dígame adónde quiere llegar, y acabemos con el palique…

Valadares se agita en el despacho, ya de forma personal: ha dejado de imitar al director. La pausa que se haga aquí tiene que ser lógica, explicarse por sí misma. Durante esta pausa Baltasar, el fotógrafo, entra por la puerta E. No tiene que manifestar sorpresa alguna al ver la redacción vacía. Se dirige a Faustino.

BALTASAR

¿El jefe está en el bar?

FAUSTINO

No. Está en el despacho del director con el señor Torres. Parece que hay bronca.

Baltasar va a llamar a la puerta B.

VALADARES

¡Entre!

BALTASAR

Buenas noches. Voy a revelar las fotografías. ¿Quiere después elegirlas, o…?

VALADARES

No. Que se encargue Pinto. Hable con él. Pero necesitamos dos: una para la primera página y otra para el interior. Hable con Pinto. (Baltasar se retira por la puerta C.)

TORRES

Volviendo al asunto…

VALADARES

¿Por dónde iba?

TORRES

No iba. Le estaba diciendo que no sabía adónde quería llegar…

VALADARES

Eso es. (Muy recatadamente.) Torres, vamos a dejar de lado nuestros enfados y a entendernos como dos amigos, a hablar como amigos…

TORRES

(Irónicamente resignado.) Pues sí…

VALADARES

Usted sabe muy bien que la Administración no lo ve con buenos ojos. No es de hoy, ni de ayer, es de hace mucho tiempo. No vamos ahora a ponernos a discutir las razones que tiene o cree tener. No discuto sus convicciones políticas. Lo que quiero es que entienda que tengo un trabajo de mil demonios todos los días para convencer al director de que resista las presiones que le vienen de arriba. Me veo constantemente como un parachoques entre la Administración y el director, por su culpa, y usted no facilita las cosas, no las facilita nada… Si no quiere ser más que redactor de Provincias, si no quiere mejorar, allá usted, que le aproveche, pero no me complique la vida… A usted todo le sirve de pretexto. Hace un momento, esa historia de Guarda. Me irrita, me obliga a perder la sangre fría. Y por eso todavía debo tener una conversación con Jerónimo. Si él cree que se puede permitir… ¡Provocador! (Pausa.) Y ahora ha venido esta chica, Cláudia, la becaria, y lo que veo es que usted está siendo una pésima influencia para ella. Vamos de mal en peor. Me veo quitándola de aquí y poniéndola a trabajar con Guimarães, en Internacional…

TORRES

¿Castigada? ¿Como si fuese una niña?

VALADARES

Tengo responsabilidades. (Gesticula mucho.) Tengo grandes responsabilidades, y usted ya está metido en esto desde hace muchos años como para saberlo. El director se ha ido a la cama, tan tranquilo. ¿Qué hace el director? Escribe el editorial, hace unos comentarios, de vez en cuando se pasea por la redacción para recibir cumplidos. Pero quien sostiene esto soy yo. Es él quien tiene el nombre en la cabecera del periódico, pero soy yo quien lleva el periódico a la espalda. Ahí está la diferencia. (Tono casi patético.)

TORRES

Cuidado, mire que no soy de confianza. Que sepa que mañana puedo contarle todo esto al director…

VALADARES

(Sobresaltado, después apaciguado.) Primero, usted tiene muchos defectos, pero no precisamente ese, usted no es intrigante. Segundo, lo más seguro es que el director no le creyera y, aunque lo hiciera, ya me encargaría yo de quitárselo de la cabeza. (Brutal.) Y lo acabaría pagando usted.

TORRES

No hay duda. Estamos realmente hablando como dos amigos…

VALADARES

Me obliga a decir cosas que no quiero. No ve mi responsabilidad, no me ayuda a mantener buenas relaciones. Repito: ¿qué hombros aguantan esto? La noche está tranquila, sí señor. ¿Y si no lo estuviese? ¿Quién llevaría las riendas, hasta que llegase el director? Yo.

TORRES

Para eso le pagan, que yo sepa. Para llevar las riendas.

VALADARES

No hay sueldo que compense esta responsabilidad, se lo digo yo. Esto no es una hoja parroquial, es un gran periódico. Vea nuestro peso, nuestra influencia. ¿Cómo puedo permitirme tolerar la presencia de elementos nocivos en una redacción que quiero en armonía, unida por la amistad, por intereses comunes, incluso por un mismo ideal? Ponga una manzana podrida en un cesto de manzanas sanas, y verá lo que pasa: enseguida está todo podrido. Eso es lo que tengo que evitar… (Se ha ido entusiasmando.) ¿Hay misión más responsable que la del periodista? La objetividad, el rigor, el respeto por el público… Nuestro comportamiento tiene que ser ejemplar, si no, ¿cómo va el lector a creernos?

TORRES

Eso, francamente, no lo sé.

VALADARES

Déjese de bromas. La cuestión es muy sencilla, y voy a exponérsela con toda claridad. Después no me diga que no le avisé. O cambia radicalmente de procedimiento dentro de la redacción, o dejo de defenderle ante el director y la Administración. Si mañana le despiden, no vaya por ahí quejándose de mí, que bien le he prevenido. En cuanto a Cláudia, es becaria, está con un pie dentro y otro fuera. Solo tiene que esperar la oportunidad.

TORRES

(Levantándose con suavidad.) Le he estado escuchando con toda mi paciencia, que es mucha, cuando quiero. Pero como ya se está repitiendo, ha llegado el momento de darle dos o tres respuestas. La amistad se paga con amistad. (Pausa.) Ya le he dicho lo que opino de su respeto por el público, cuando ese respeto se expresa en las páginas de este periódico. No voy a empezar otra vez. Solo quiero contarle una historia típica de la ciudad. Incluso puedo pasársela a Cardoso, si le gusta. Antes, cuando aún no había bolsas de plástico para la basura, las amas de casa solían usar papel de periódico para forrar los cubos. Cuando pasaba el carro o la camioneta, los limpiadores echaban la basura en el montón, y con la basura iban los periódicos. Aunque yo sea periodista, siempre me pareció un espectáculo agradable. ¿Quiere que le diga por qué? Porque todo aquello era basura.

VALADARES

(Indignado.) ¡Usted no tiene ninguna consideración por la clase a la que pertenece!

TORRES

¿Qué consideración? ¿Qué clase? Tengo consideración por algunos hombres de esta profesión. Pero la clase, como usted la llama, aún no ha nacido como tal. ¿Cree usted que yo pertenezco a la misma clase que Guimarães, que casi todos los días recibe órdenes de la embajada ame…?

VALADARES

(Interrumpiéndole.) Cómo se atreve usted a insinuar…

TORRES

Vuelvo a decirle que no estoy insinuando. Afirmo. Y esta caperuza, al sujeto del que hablamos, se le mete hasta la barbilla. Lo peor es que es a nosotros a quienes quieren tapar los ojos. Pero no pueden, señor redactor jefe.

VALADARES

(Incisivo.) Se ha acabado la conversación. Lo que tenga que pasar, pasará. Después no se lamente. (Se dirige a la puerta B.)

TORRES

(Cortándole el paso.) No se preocupe, no soy hombre de lamentos. Pero ya que estamos con las manos en la masa, voy a darle un poco más de fermento. No vuelva a cantarme las loas de la objetividad y de la neutralidad, que es otra palabra que usa mucho. Yo le digo que no hay objetividad. Yo le digo que no hay neutralidad. ¿Cuántos acontecimientos importantes para el mundo suceden diariamente? ¡Probablemente millones! ¿Cuántos son seleccionados, cuántos pasan por la criba que los transforma en noticias? ¿Para qué fines? ¿Qué forma tiene esa especie de filtro al revés, que intoxica porque no cuenta toda la verdad? ¿Cuántas noticias falsas circulan por el mundo? ¿Quién las inventa? ¿Con qué objetivos? ¿Quién crea la mentira y la transforma en alimento de primera necesidad? La información no es objetiva y, en cuanto a neutralidad, es tan neutral como Suiza. ¿O será posible que usted ignore las primeras letras de este alfabeto? El dueño del dinero es siempre el dueño del poder, incluso cuando no aparece como tal en primera fila. Quien tiene el poder, tiene la información que defenderá los intereses del dinero al que sirve ese poder. La información que arrojamos encima del lector desorientado es aquella que, en cada momento, más conviene a los dueños del dinero. ¿Para qué? Para que les demos más dinero que ganar. Se sirven de nosotros y nosotros les servimos a ellos. (Pausa.) Pero ¿qué hago yo echándole un sermón? Usted sabe todo esto tan bien como yo, no es tonto, lo reconozco. Pero finge no saberlo, cierra los ojos, firma el recibo y dice que cumple con su deber. Y yo no soy de esos que tienen el valor de darle la espalda al sistema. (Apasionadamente.) Todo esto no debería explicárselo a usted, sino a toda esa gente que anda por la calle, que compra el periódico, lo lee y acaba creyendo más lo que dice que lo que ven sus propios ojos. ¡Abrir las ventanas (señala a la platea: se supone que hay una pared, la pared invisible del escenario, con ventanas también invisibles) y gritar hacia fuera esta verdad tan clara y tan bien escondida! (Pausa.) Seguro que sería la primera vez que la verdad saliese de este edificio. La única verdad posible.

VALADARES

(Frío.) ¿Tiene algo más que decir? A partir de hoy, y mientras siga trabajando en este periódico, nuestras conversaciones quedan limitadas a asuntos de trabajo. Con permiso.

Valadares rodea a Torres y sale por la puerta B. Torres le sigue.

TORRES

No hay nada como una buena discusión para abrir el apetito. Voy al bar. (Sale por la puerta C. Los periodistas miran, perplejos.)

VALADARES

(Gritando.) ¡Faustino!

Faustino, que está en la redacción, da un salto. Quiere apagar el transistor, pero se equivoca y aumenta bruscamente el sonido.

VOZ DEL LOCUTOR

Grândola, vila morena / terra da fraternidade / o povo é quem mais ordena / dentro de ti, ó cidade.

Rechinar fuerte de las botas en la tierra. La voz de José Afonso empieza a cantar.

VALADARES

(Que primero parece aturdido, viene a la boca de escena, trastornado, tapándose los oídos.) ¡Apaga eso!

Es un grito de quien no lo sabe, sería el grito de quien lo supiese.

Corte repentino de sonido. Oscuridad.

FIN DEL PRIMER ACTO