cap-2

Olivia es nombre de ángel

En el barrio nadie se ponía muy de acuerdo sobre cuánto tiempo llevaba allí. Pregunté a los camareros de la taberna de La Dolores y aseguraban que muy poco, sin embargo los de Casa Alberto tenían la certeza de que llevaba toda la vida. En lo que todos coincidían es que El Jardín del Ángel llevaba al menos dos siglos siendo una floristería y llamándose así, quizá porque siempre había residido uno en él y simplemente iban cogiéndose el relevo. Cuando Olivia se marchara la sucedería otro ángel con otra misión. Eso estaba claro. Daba igual a quién preguntaras, para los vecinos del barrio era como si Olivia siempre hubiera estado allí y aquella verja y sus flores hubieran brotado alrededor de su persona en algún momento del siglo XX.

Qué o quién habría sido Olivia antes era difícil averiguarlo. Nadie lo sabía. O los que lo sabían guardaban su intimidad y su secreto. Nadie tenía claro si la floristería era suya o alquilada. Unos rumoreaban que había sido una rica y excéntrica heredera. Otros creían que fue la amante de un hombre célebre o quizá una actriz famosa que alcanzó la fama en otros países. Y era cierto que en su voz brotaban dejes de otras posibles tierras como el que habla varios idiomas: las eses silbaban entre sus dientes algo más de lo normal, las vocales eran aflautadas como en los países galos, pero su pronunciación era perfecta y su voz, grave y serena como la de las plantas.

La primera vez que la vi fue a los tres días de llegar al barrio. Desde que había descubierto El Jardín del Ángel pasaba por su puerta varias veces al día, pero nunca me decidía a entrar. Mi pequeño y recién alquilado apartamento me asfixiaba. El calor era insoportable y hacía que el olor a pintura fuera aún más intenso. Todavía no tenía aire acondicionado y las maletas llenas y sin abrir me servían de mesa, de asiento o para subirme en ellas cuando no alcanzaba a abrir la llave del gas de la cocina. Así que esas excursiones y la visión de aquel oasis me ayudaban a obtener mi ración de oxígeno diario.

Esa noche bajé a la calle con la misma ropa con la que había estado limpiando la casa: unos vaqueros viejos, una camiseta de tirantes más vieja aún y las mismas chanclas con las que salía de la ducha. Cuando me vi en el espejo del ascensor me pareció que toda yo estaba descolorida. Las costillas se transparentaban en la piel de mi escote. Mi pelo negro y lacio estrangulado en una coleta. El rostro blanco sin maquillaje. Los ojos hinchados por el polvo.

Cuando subí arrastrando los pies hasta la plaza me sorprendió encontrarlo aún abierto. Estaba iluminado por bombillas de colores y pequeños farolillos de papel que colgaban de los árboles. Eso y un grillo que parecía haberse instalado en el enorme olivo para dar un recital le regalaba al conjunto una atmósfera de verbena de pueblo.

Y el Olivo, robusto y centenario. Ocupaba el centro del jardín y de sus ramas colgaba un rudimentario columpio de cuerda. Traspasé la verja con cierto recelo siguiendo un camino de baldosas de piedra con la ilusión de que fueran ama­rillas y con la secreta esperanza, ahora lo sé, de que al final de ese camino me esperara el Mago de Oz. Olía a tierra mojada. Entre las sombras de las hojas y bajo una carpa blanca alcancé a ver una pequeña mesa de hierro forjado con una copa de vino aplazada y un libro abierto. La puerta del invernadero estaba abierta de par en par.

Aquella fue la primera vez que la vi.

Porque todo aquello era ya Olivia.

En el interior, un jazz años cuarenta acariciaba las hojas de las plantas, mecía las cestas de flores colgantes, se escapaba empujado por el vapor de los aspersores. Aquí y allá, coloridas mariposas de celofán decorando las paredes de cristal, acuarelas con motivos florales y luminosos expuestas en cualquier rincón, recipientes reciclados de otras vidas con ramos de flores a las que entonces no podía dar nombre. Al fondo y tras una pared de cristal, una gran fuente de piedra antigua pegada a la pared de ladrillo visto, en la que la cabeza de un extraño león escupía el agua sobre un pilón lleno de nenúfares. En cualquier hueco, con cualquier excusa, surgía la vida en forma de planta. Del techo a dos aguas colgaban móviles de cristal soplado, coronas tejidas con ramas, flores y piñas secas, mensajes alegres pintados en carteles de madera y un mostrador que exhibía tarjetas antiguas: el barrio en el siglo XIX, a principios del siglo XX, antiguos figurines de moda, cuadros de los museos vecinos, viejos carteles del teatro Español y del de la Comedia. En el centro, un libro de visitas para los clientes abierto con un mensaje en japonés rodeado de corazones. Y otro libro forrado en terciopelo rojo en cuya portada aparecía grabado un título: «Cuaderno de Campo».

No pude evitarlo.

Nunca había hecho una cosa así, por eso sé que no pude evitarlo. Lo abrí por el lugar donde asomaba el marcapáginas de raso.

En letras estilizadas y a pluma, un pequeño texto escrito a mano que se titulaba: «Cicatrices».

—Siempre me gustaron las personas con cicatrices, como los árboles —dijo una voz a mi espalda que me hizo cerrar de golpe el libro—. De hecho, desconfío de las personas que pasados los cuarenta no tienen ninguna.

Me volví despacio y muda, con los mismos ojos de Capitán cuando acababa de afilarse las uñas en la alfombra.

Detrás del mostrador y apartando una pequeña cortina de cuentas de colores que comunicaba con la trastienda estaba ella, como si acabara de salir al escenario.

Olivia poseía ese tipo de belleza que estaba fuera de toda convención: había convertido su delgadez no buscada en elegancia, suplía su falta de maquillaje con un sencillo toque de rojo en los labios y sus vestidos de tela gastada parecían en su cuerpo de alta costura. Un estilo como el de aquellas mujeres que salían de las fábricas durante las grandes guerras. Como todas las damas era de edad indefinida, aunque parecía atrapada entre los años cuarenta y los sesenta. Una Katherine Hepburn en tecnicolor: delgada y alta, de talle largo al que se ceñía un vestido de seda estampado con hojas verdes y unas sandalias de esparto con pulsera al tobillo. Llevaba el pelo recogido en un moño alto y poco fabricado de color mandarina que le daba el aspecto de haber salido de un fotograma antiguo coloreado.

—Esperaba que fueras más joven —continuó con su voz redonda, pausada—, entiéndeme, no es que sea un requisito, pero simplemente te había imaginado así.

—Lo siento —intenté justificarme.

¿Y por qué sabía mi edad aquella mujer?

Entonces posó un dedo sobre sus labios finos, rojos y algo arrugados, indicando silencio.

Se acercó a mí.

Unos ojos turquesa, chisposos, buscaron algo en los míos y luego me hizo un gesto de escuchar. El grillo del jardín parecía estar ahora dentro de la estancia y su canto molesto hacía vibrar los cristales. Sonrió.

—Querida, tranquila, la vida mancha pero no afea, al contrario —prosiguió susurrando mientras me cogía del brazo—, en el fondo me alegra que no seas una chiquilla. Mi última ayudante me dejó colgada por un inglesito achicharrado que había venido de Erasmus.

Cogió una enorme y pesada regadera roja de hierro llena de agua. Caminamos guiadas por aquel canto estridente mientras regaba los tiestos y se detenía cada poco como si auscultara el lugar en el que se escondía el insecto.

—Verás —prosiguió enredando un mechón de pelo naranja entre sus dedos—, la prueba que voy a hacerte es muy sencilla.

—¿Una prueba? —Me alarmé.

Volvió a indicarme silencio con su dedo huesudo. Puso cara de concentración.

—Es una sola pregunta. Y sabré si eres tú. —Hizo una pausa teatral—. Por esta floristería pasan hombres y mujeres que necesitan comunicar una emoción o enviar un mensaje para el que no encuentran las palabras: respeto, agradecimiento, admiración, desamor, pérdida, amor, celebración… Unos compran flores para un nacimiento y otros por una muerte. Unos las encargan para restar sobriedad a sus despachos, otros para dar vida a sus casas. Algunos las prefieren vivas, aún prendidas de la tierra, otros muertas o disecadas. En unos casos las prefieren a punto de abrirse para que duren más, a otros en cambio les gustan perecederas como las margaritas que empiezan a deshojarse. —Su mirada atravesó el cristal del invernadero donde los transeúntes se deslizaban atrapados en una brillante tira de fotogramas—. De una en una o de cien en cien… a veces las enviamos al camerino del teatro Español, otras forman coronas en la iglesia de San Sebastián, las compran madres a sus madres, infieles a sus mujeres, amantes a sus amantes, el Palace para sus retretes, las ancianas para sus balcones… Yo tengo la teoría de que a cada persona le corresponde una flor. Y a cada etapa de su vida, también. Hay mujeres que compran flores y otras que no. Eso es todo.

Me quedé mirándola fijamente y ya en ese instante, sin saber por qué, quise pertenecer a esa categoría más que nada en el mundo.

—¿Y cómo son esas mujeres?

Me soltó del brazo como el que abre un candado y se volvió hacia mí levantando una ceja fina y pelirroja con brillos de plata.

—Dime: ¿qué flor te llevarías hoy de todas estas?

Ni siquiera miré alrededor. Sentí el mismo retortijón en la tripa que cuando me sacaban a la pizarra.

—Nunca he comprado flores —vacilé.

—Ya… y cuando te las han regalado, ¿cuáles te gustaban?

—Nunca me las han regalado tampoco. —Agaché la bar­billa.

Ella chasqueó la lengua.

—¿Y ahora? ¿No ves ninguna que te guste? Vamos…

Sólo vi manchas de colores. Por culpa de los nervios y el calor me pareció que ambas formábamos parte de un cuadro de Monet. Tras un larguísimo silencio, respondí:

—¿Cuáles son las más apropiadas para un cementerio?

Los ojos claros y pequeños de Olivia me observaron sin pestañear con gesto de avestruz.

—La verdad, no lo sé. No conozco los gustos de los muertos.

Luego me dio un toquecito en la barbilla.

—No, desde luego no tenía ninguna de tu especie en mi jardín. —Sonrió satisfecha—. Entonces ¿vienes mañana? Con esta ola de calor necesito que empieces cuanto antes o se me irán todas las plantas al traste en un día.

—¿Quieres que sea tu ayudante?

—Imagino que si estás aquí y sobre todo después de tu mensaje, es porque te parecen bien las condiciones del anuncio.

Ladeé la cabeza. Escondí las manos en los bolsillos de los vaqueros.

—¿Puedo contestarte mañana? —sólo acerté a decir.

Entonces ella frunció el ceño como si no entendiera mi idioma y se secó el sudor de su largo cuello con un ingrávido pañuelo de seda amarilla.

—Querida, vivir es una tarea urgente… Ya es muy tarde. Por lo tanto mañana será tardísimo. Si aceptas, aceptas ahora.

No sé por qué en aquel momento no saqué a Olivia de su confusión. Bueno, sí lo sé. Porque era la primera vez que se movía algo en mi vida tras un año de parálisis.

Terminó de vaciar la regadera en un tiesto y el grillo dejó de cantar. Se arrodilló al lado de la planta y esperó. La tierra empezó a removerse y el insecto salió de su escondite ato­londrado, encontró uno de los dedos de Olivia y se subió a él como si fuera un ascensor.

—Aquí estabas, pequeño okupa… —dijo mientras lo acompañaba protocolariamente a la salida. Luego se volvió—: Y tú, cierra al salir, si no te importa.

Pero algo me impidió moverme. «Hay que empezar a vivir y dejar de pensar en cómo hacerlo.» Con esa frase finalizaba cada sesión con mi terapeuta.

—Acepto —dije siguiéndola hasta el jardín—. Aunque yo no sé nada de flores.

Ella se dio la vuelta, sacudió un poco su falda de seda y se cruzó de brazos.

—Ya lo sé. Pero tienes muchas otras cosas que me interesan. —Se secó el sudor de la frente con delicadeza—. Ahora sé que eres honesta y que no sabes decir que no porque en ningún momento me has llevado la contraria. Sé que te cuesta tomar tus propias decisiones y expresar tus gustos. También sé que acabas de llegar al barrio porque esta esquina es un lugar estratégico y te he visto pasar varios días con bolsas de la compra, lo que quiere decir que no has sacado las cosas de las cajas porque te has vestido varios días con la misma ropa. —Me escaneó de arriba abajo con curiosidad—. No te arreglas para nadie, ni siquiera para ti misma… Sé que vives sola y no estás acostumbrada porque no paras en casa, que tienes la tensión baja por tu forma de arrastrar los pies calle abajo y que lo que acabas de hacer, aquí, conmigo, es un cambio. Por lo tanto sí, también me he dado cuenta de que no sabes nada de flores. —Caminó hacia el interior del invernadero de nuevo—. Vente mañana y veremos qué podemos hacer al respecto.

Nuestro acuerdo se selló con un asentir de mi cabeza y un guiño de uno de sus ojos azules como rúbrica. En lugar de un contrato, Olivia escogió para mí unas violetas africanas en un tiesto diminuto y luego me pidió que no las ahogara, tenían que durarme tanto tiempo como durara mi trabajo en El Jardín del Ángel. «¿Y cuánto será eso?», le pregunté. A lo que ella respondió riendo: «Pero, querida… ¿cómo voy yo a saberlo?». Luego desapareció camuflada por su vestido vegetal entre las plantas.

Cuando caminaba calle abajo esquivando a los barrenderos que regaban la calle Huertas y preguntándome qué era lo que acababa de sucederme, me di cuenta por primera vez de que nunca antes había improvisado en mi vida. Por alguna razón, siempre pensé que mi espontaneidad sería peligrosa y mi intuición, fallida.

Pero por aquel entonces ya sabía que la vida era una función sin ensayos. Un estreno a pelo. Me lo había enseñado tu marcha. Y lo estoy terminando de comprobar tras este verano que ha cambiado mi vida.

Sales al escenario sin maquillar y sin saberte el papel. Y yo siempre había tenido pánico escénico. Puede que por eso no tomara muchas decisiones en mi vida. Por eso prefería que las tomaras tú y yo ser tu comparsa. Supongo que me habría gustado estar segura de que me sabía el papel antes de enfrentarme al público, estar segura del aplauso final. Era mucho más fácil entregarle el papel protagonista de mi vida a otro. Para no llamar demasiado la atención por si me equivocaba en uno de mis parlamentos; para pasar desapercibida ante la crítica; que el que más papel tenía, me sacara del atolladero. Ya no era ser la coprotagonista, sino un secundario en el programa de mi propia vida.

Cuando llegué al apartamento creí entrar en un horno crematorio. Di vueltas y más vueltas preguntándome el lugar idóneo para situar mis violetas. ¿Necesitarían luz, agua, humedad, frío, calor? No sería capaz de hacerlas sobrevivir ni una semana, de eso estaba segura. Finalmente las dejé con cuidado en el alfeizar de mi dormitorio. El calor seco, asfixiante, y el canto insistente de un grillo no me dejaron pegar ojo en toda la noche.

El metabolismo de los oasis

¿Quién era yo hace tres meses?

La respuesta es sencilla. La que llevaba siendo los últimos veinte años. Exactamente la mitad de mi vida.

Quiero hacer aquí el apunte de que me cuesta horrores hablar de mí misma, ya lo he dicho. Y mucho más erigirme en protagonista de una historia. Pero he prometido hacer el esfuerzo. Situarme en el centro de mi vida y de mi historia. Allá voy de nuevo:

¿Quién era yo hace tres meses?

Esa mujer de cuarenta que camina atolondrada por las aceras demasiado estrechas del centro de Madrid en el que dicen que es el verano más caluroso del siglo. Una mujer que hace años no habría salido de casa sin maquillar, no por coquetería, sino porque en el fondo nunca le gustó su cara, y que ahora no recuerda la última vez que se lavó el pelo. La que arrastra los pies por los pasillos de un supermercado nuevo que se presenta ante ella como un laberinto inexpugnable, porque los lácteos no están al lado de la caja, y las frutas y verduras no tienen las formas de siempre sino que están cortadas, peladas y dispuestas en bandejitas como si fueran jodidos bombones.

Había entrado sin soltar la última maleta que quedaba en mi antigua casa cumpliendo instrucciones, como siempre, con la urgencia de sentirme segura en mi nuevo entorno: un supermercado, una lavandería, una farmacia y un gimnasio. Esos eran según mi amiga Lorena los cuatro puntos cardinales que me servirían para orientarme en mi nueva vida. Porque nunca había vivido sola y sería duro. Porque ya hacía un año desde que Óscar se había ido y debía empezar a superarlo. Porque los duelos no podían durar más de un año. Y punto.

Me llamo Marina. Y de todas las certezas de Lorena había una que caía por su propio peso: nunca fui yo sola. Siempre fui con alguien. Siempre fui con él. O casi, ahora que me he decidido a escribir esta historia, prefiero decir «contigo».

No hay una sola foto en la que salga sola. Siempre salía contigo. O eras tú quien me miraba desde el otro lado. O aparecía tu sombra. O parte de tu dedo tapando el objetivo. Aunque la de la foto fuera yo era tu mirada sobre mí la que quedaba retratada. No era yo sola. Era la yo que era contigo.

Y de repente era muy difícil vivir.

Quiero decir, las cosas básicas. Aquellas que antes estaban automatizadas ahora me provocaban un acalorado debate interno:

Escoger qué comer, por ejemplo. Me di cuenta mientras sujetaba una cajita de huevos ecológicos en cuya tapa indicaba que pertenecían a «gallinas libres». Aquello ya me inquietó. En mi antiguo barrio los huevos eran huevos y nunca se especificaba el estado civil de las gallinas. Sentí solidaridad con ellas. Yo tampoco quería que se especificara mi estado civil en ningún sitio.

¿Soltera?

¿Libre?

¿Sola?

No, no estaba preparada. El caso es que me di cuenta en ese momento de que no podría hacer un huevo. Me pondría triste. Me pondría enferma. Porque siempre hice dos. Y no podría cocerlo porque los tomábamos cocidos por la noche. Y siempre eran dos. Nunca fue uno. Descartemos los huevos, me ordené. También las acelgas. Porque antes no nos gustaban, no, pero empezaron a gustarnos juntos. A la vez. Aprendimos a cocinarlas juntos durante la excursión a aquella casa rural en Guadalajara. Descartamos también las acelgas.

Y así llevaba una hora, perdida por un establecimiento que según las teorías de mi amiga deberían haberme ubicado, intentando encontrar algo que pudiera meter en mi estómago sin que mi cerebro lo vomitara en forma de recuerdos que escocían y eran ya solo eso. Recuerdos.

Pero esta anécdota no es la que marca el comienzo de mi historia. Salí de ese supermercado con temperatura de morgue sin comprar nada para ser abofeteada por un calor inadmisible a las diez de la mañana y me encontré en medio del barrio de las Letras.

Mi nuevo hogar.

¿Hogar?

Leí: calle Moratín, 8. Subí por la calle del Prado aver­gonzada por el traqueteo de mi maleta buscando mi nuevo apartamento sin sospechar que iba en dirección contraria. La orientación nunca fue lo mío y sólo lo había visto una vez. Luego giré por la calle del León hasta llegar a la calle Huertas donde doblé la esquina, pasé el café Populart que anunciaba con tiza su concierto de jazz de la noche, esquivé a un hombre barbudo con una armónica que con el tiempo comprobaría que tocaba obsesivamente los mismos dos compases, fui pisando las frases célebres de los escritores aún más célebres con las que el ayuntamiento había tenido la feliz idea de adornar las calles, hasta que, a la altura de la cita de Pérez Galdós y concretamente de pie sobre su firma, me detuve. Exactamente en la esquina de la plaza del Ángel.

Me pareció un oasis en el centro de la ciudad. Era una curiosa floristería, un jardín urbano tras una verja antigua de hierro con un invernadero. En el interior del jardín, pequeños rincones con bancos, fuentes de piedra y columpios que colgaban de los árboles. En el centro, un olivo milenario que posiblemente habría conocido a todos los antiguos moradores del barrio. A su lado un caballete con un cuadro colorido a medio hacer y un trapo manchado en el suelo. Bajo el toldo blanco de la pérgola adiviné la figura de un hombre rubio leyendo de espaldas. Sólo alcancé a ver fragmentos: las manos sujetando con serenidad un libro, la espalda apoyada en una silla gastada de hierro, las piernas cruzadas y su cartera en el suelo. Sobre la puerta, un cartel con letras llenas de movimiento: NO DEJES DE SOÑAR. Para eso tendría que empezar a hacerlo, pensé. Esa mañana no me atreví a traspasar la verja, pero el olor fresco de la tierra recién regada me hizo respirar por primera vez en muchos meses.

Eso sí que nunca se le ocurrió a Lorena. Que para reconstruirse todo ser humano necesitaba encontrar su propio oasis. Un lugar que contuviera la paz anhelada, en el que rodearse de aquellas cosas que nos hacían felices para encerrarnos con ellas cuando lo necesitábamos. Una madriguera en la que hibernar aunque fuera verano. Un invernadero con el microclima perfecto para crecer, transformarnos y hacernos fuertes de nuevo. El mío iba a tener forma de floristería y se llamaba El Jardín del Ángel.

Día 1

El extraño destino de las olas

Ésa es la única pregunta que nunca pudiste responderme sobre un mar del que lo sabías todo. «¿Dónde van las olas?», te pregunté. Y tú guardaste silencio por primera vez en veinte años. Que ya es decir.

Ahora que el viento me ha dado una tregua y estoy sola en este velero en medio del agua, he aprovechado para em­pezar a poner todo lo que me ha ocurrido los últimos tres meses por escrito, hasta que el mar vuelva a darme la lata y termine de hacerse de noche.

El parte meteorológico que recogí en el puerto no parecía muy dramático, pero el Mediterráneo es el mar más traicionero que existe. No lo ves venir. Ya lo decían los griegos. Y tú también.

Navego ya a cinco nudos y una superficie que parece mercurio se extiende ante mí. Atrás quedan los montes carbonizados por el sol rojo sangre y atrás se queda, también, mi historia. Toda ella menos su protagonista.

Yo.

Esto ha sonado demasiado petulante para empezar. Antinatural. Así no hablo ni pienso, no voy a engañarme. Hasta parece una novela. Y no lo es. Nunca sabría cómo escribir una.

Olivia me ha dicho que escriba todo lo que me ha pasado estos últimos tres meses desde que nos conocimos para que no se me quede dentro. Pero debo intentar hacerlo como si no fuera a leerlo nadie. Con libertad, dice. Me parto de risa. Como si a estas alturas no supiera que eso es lo peor que puede pedirme.

Yo nunca he sabido darme libertad.

Ése es el tema.

Y estas líneas deberían parecerse a un diario de a bordo de mi propia vida destinado a la única persona en la tierra para la que no estoy acostumbrada a hacer nada: otra vez yo.

Ahora empieza a moverse de nuevo. El casco choca contra el agua y mi estómago brinca dentro de mi cuerpo. Ya lo decías tú: el que sale a pasear siempre lleva el viento a favor porque lo va buscando. Pero yo no. Por eso tengo el viento en contra. Porque yo tengo que llegar a un lugar concreto. Tengo una misión. Qué suerte tengo.

¿Y qué cuenta este relato? Precisamente eso. La historia de cómo Marina, una mujer a la que siempre le aterrorizó el mar, decide, contra todo pronóstico, realizar una travesía de ocho días hasta cruzar el estrecho. Nada menos. Y sola. Y sobre un barco que no sabe navegar. Todo muy coherente.

¿Es una suicida?

En principio no. Lo hace para cumplir una promesa. Y por culpa de un encuentro tres meses atrás. En tierra. En una ciudad sin mar, Madrid, pero en un barrio custodiado por Neptuno. Aunque fuera sólo por su estatua. El motivo real de por qué hace esta locura Marina lo descubrirá durante su viaje y mientras escribe. O eso me han dicho. Una odisea en toda regla. Una odisea protagonizada por una mujer.

Con libertad.

Sin miedo.

Casi nada. A una persona que, como yo, siempre ha pedido escrita la siguiente escena de su vida y que sólo ha tenido que limitarse a representarla, esta incertidumbre le aterra.

Leo una y otra vez los cálculos totales del viaje: ocho días empezando en Cartagena y terminando en Tánger. Tengo que hacer doce horas de navegación al día para cumplir mi objetivo. Sólo con pensarlo muero de miedo y de agotamiento. Victoria, que nunca se equivoca con los números, me ha hecho el cálculo sobre cuatro nudos, con más de una hora de amarre o fondeo por hito, lo que suma veinte horas más. Me esperan un total de cien horas sobre este barco y no puedo fallar mis cálculos o se me acabará el combustible. Y los víveres. Y el agua. Y me he gastado todo lo que gané durante estos tres meses en El Jardín del Ángel para hacer esta locura.

De momento, como decía antes, solo sé que inicio esta travesía sin permiso cuando no tengo siquiera el carnet de conducir de mi propia vida.

Ésa es la verdad.

Siempre viajé en el asiento del copiloto.

Quizá esa es la causa por la que desaprendí cómo se tomaban las decisiones o quizá nunca supe cómo se decidía un rumbo. Porque el rumbo ya lo decidías tú. Y yo era tu mochila. Y ahora tú ya no estás y este barco no tiene capitán ni yo tampoco.

Ésa es otra: ¿se habrá dado cuenta el Peter Pan de que va sin patrón?

Creo que aún no, porque de momento avanza, lento, principesco, a pesar de que aún no me he atrevido a sacar las velas —no creo que merezca la pena con tan poco viento de ceñida—, además, no nos engañemos, tampoco me atrevo a apagar el motor. Mientras me aprovecho de la generosidad del mar que ha decidido ponérmelo fácil para empezar. Pero si hay algo que he aprendido desde que te fuiste es que la eternidad también caduca. Y que el tiempo es una ilusión mental.

Por eso todo ha sucedido tan lento desde que me abandonaste hace un año pero tan rápido en los últimos tres meses: cerrar la casa; mudarme al centro; decidirme a sacar del puerto el Peter Pan; cumplir esta promesa.

Qué curioso es el tiempo.

Y qué poco científico.

¿Hace sólo tres meses desde que conozco a Olivia? ¿Y a las demás?

¿Y me he embarcado en este lío por alguien que acaba de llegar a mi vida? ¿De verdad?

Estoy repasando mentalmente la comida que llevo: seis latas de judías verdes, doce de atún, pasta, leche en polvo, cuatro de pan tostado, café, seis tabletas de chocolate, ocho sobres de sopa instantánea… pero sobre todo el agua. El tanque de agua. Y el combustible. Sigo obsesionada con los cálculos del gasoil y del agua.

Tengo que dejar de repasar esta lista o me volveré loca. Debo estar alerta pero también frenar el miedo o me agotaré antes de empezar.

«¿Dónde van las olas?», te pregunté esa tarde cuando aún sacabas fuerzas para sentarte tras el timón con tu chubasquero y la gorra blanca, el pañuelo azul mal anudado en el cuello. Qué mal síntoma, Óscar. Muy malo. No me diste una conferencia como habría sido habitual.

Guardaste silencio. Un aperitivo del que ibas a guardar en breve para siempre.

El mismo que guardas ahora.

Ni después de irte has dejado de darme instrucciones. Tú ganas. Hacia allí me dirijo. Pero tengo que advertirte que no he respetado todo nuestro acuerdo: no vas a creerlo, pero no he buscado a nadie que me lleve.

Voy sola. ¿Te lo he dicho ya?

¿Que estoy loca?

Ojalá.

Adelante. Di lo que ya me temo. Que no voy a ser capaz. Pero por primera vez, si no te importa, no voy a pensarlo.

De momento y para tu información, he conseguido sacar el Peter Pan hasta altamar, con el viento en contra, el mar en contra, hasta tu memoria en contra. Es verdad que he estado a punto de tener un accidente nada más salir del puerto de La Duquesa y que me he preguntado por qué le haría caso a una chiflada pelirroja que acaba de llegar a mi vida y no a ti, que me conoces desde que era una cría, al fin y al cabo. Aunque es verdad que, a veces, las personas que nos conocen de adultos son las únicas capaces de vernos como somos y no como fuimos. Puede que la Marina que conociste no pudiera llevar a cabo esta aventura sola y la que ha conocido Olivia, sí. Eso es lo que quiero pensar. Y es lo que descubriré en los próximos ocho días.

Tampoco puedo dejar de repasar una y otra vez todo aquello que he aprendido estos años navegando contigo. Listas de recomendaciones tomadas del natural cuando navegábamos juntos o del manual de patrón de yate que he estudiado con Casandra durante este verano que ahora acaba. Cosas pequeñas. Cosas sencillas. Cosas que en tierra no tendrían importancia pero que en el mar pueden salvarte la vida: los cabos se enrollan siempre en el sentido de las agujas del reloj. Y siempre hay que dejarlos mordidos. Nunca hay que tirarse al agua sin lanzar el salvavidas y sin bajar la escalerilla… o quizá no puedas volver a subir como en aquella angustiosa película. ¿Cómo se llamaba?… Da igual.

En cualquier caso ya estoy aquí y no puedes protegerme: sentada en la cubierta de tu barco en medio de la noche y del agua. Una imbécil tiritando bajo un chubasquero con una preciosa violeta bordada en la espalda —la misma que dibujó Aurora en la vela mayor y que aún no he visto—, preguntándose por qué siente tanto frío si sólo estamos a finales de agosto. Quién sabe si me lo provoca el miedo a la vida.

Pero qué extraño destino el suyo, ¿no te parece? Llevo un rato observándolas. A esas olas femeninas que corren sobre un mar macho: que unas nacen y se lanzan a morir en la seguridad de la orilla, pero otras se deslizan en sentido contrario y se pierden en el océano hasta disolverse en él. Supongo que fui de las primeras y ahora me da miedo pertenecer a las segundas.

Por eso voy sola.

Por primera vez.

Sin permiso.

Sin el tuyo y sin el de las autoridades del puerto. Ya lo sé, que no soy la patrona de tu barco ni de ningún otro. Como no lo fui de nuestra vida.

Y estoy aterrada. Ya lo he dicho. Porque nunca me di permiso para hacer nada que no estuviera permitido. Pero tú también te fuiste sin permiso, Óscar. ¿O acaso me lo consultaste? Y las personas como tú no deberían tener derecho a desaparecer así, de buenas a primeras. ¿No te das cuenta? Me has dejado llevándote los mapas, las rutas, el timón, el motor y el rumbo.

No, no tenías derecho.

Y menos a venir luego con exigencias.

Ahora parece que el viento empieza a soplar del sur. Un viento cálido y carnoso que me trae tantos recuerdos… El Peter Pan se balancea levantando la barbilla un poco chulesco, como hacías tú cuando te aproabas al viento. Quizá ya se ha dado cuenta de que no vienes con nosotros, quizá este barco vengativo pretende sabotearme. Nunca nos llevamos bien porque siempre se interpuso entre los dos. Pero te digo una cosa: ya que estoy aquí voy a intentar con todas mis fuerzas cruzar hasta África y cumplir esta estúpida promesa. Me voy a cruzar con una embarcación que veo a estribor. Esto ya me pone nerviosa. No puedo pretender que el mar esté vacío hasta el estrecho. Sólo para mí. Le tengo mucho respeto al estrecho. Lo sabías.

Ojo, que ese pesquero que veo a lo lejos lleva arrastre. Si lo cruzo muy cerca pueden enredárseme sus redes en la hélice y ahí habría acabado todo antes de empezar. Dios mío, ¿cómo, dónde y cuándo voy a dormir durante estos ocho días?

Parece que el viento está perezoso. Pero si empieza a soplar con más ganas, te digo lo que haré: voy a tirar con fuerza del cabo, voy a sacar la mayor —¿seré capaz de sacar la vela yo sola?—, y voy a apagar el motor. Lo voy a hacer con cierta aprensión, es verdad, pero lo voy a hacer, hasta que sienta ese carraspeo dentro del agua. No debo malgastar combustible. Tú me dirías que fuera a vela mientras pudiera, haciendo bordos por la costa. Podría hacer eso si apago el motor. Aunque suponga hacer más millas, aprovecharía el viento. Pero no, aún no me atrevo a apagarlo. Y no voy de paseo así que no queda otra que enfrentarse al viento. Me gustaría poder sacar la vela, eso sí, y ver esa gran violeta que dibujó Aurora en su centro.

Cómo las echo de menos.

También he aprovechado este momento de paz para llamar a Madrid. A pesar de los problemas con el wifi del barco he conseguido que el Skype funcionara dignamente. Las chicas han gritado todas al unísono al verme: Casandra y Victoria en primer plano luchando por manejar el ordenador, Gala retocándose sin disimulo el pelo en la pantalla y Aurora secándose los ojos con una servilleta. Tenían las copas preparadas para brindar y parecían algo borrachas. «He conseguido sacar el barco», les he gritado. Y eso ya ha provocado toda una celebración. Detrás de ellas se intuían los cristales del invernadero, los centros de flores colgantes y de pronto he sentido una punzada de nostalgia. ¿Cómo puedo tener más nostalgia ahora mismo de un lugar recién encontrado que de toda nuestra vida juntos?

Qué extraño es también el amor.

Y, desde luego, qué poco científico.

He preguntado por Olivia, pero no ha podido o no ha querido ponerse. Conociéndola, supongo que quiere dejar claro que me suelta de la mano. Sabe que si me he atrevido a hacer esta locura, aún no sé si decir que ha sido gracias a ella o por su culpa. Quizá ya se esté arrepintiendo. Así que esta vez he tenido que acudir al recuerdo para extraer una de esas sentencias que me han ayudado durante estos meses a sobrellevar una noche más de ausencia:

«Ya sabes, querida, esto es como un flechazo apache. Si no te ha matado ya cada minuto estarás más curada», me dijo un día que me pilló llorando en el baño.

Cuando he colgado, los gritos de emoción de las que ya considero mis amigas se han quedado flotando como cometas sostenidas por el viento.

Luego he sujetado ese timón que aún no me siento autorizada a tocar.

Me estoy mareando.

Veinte años de navegar contigo y mi estómago aún no sabe moverse al ritmo de las olas. Voy a tener que tragarme otra Biodramina. Tengo tantas cajas que si me paran pensarán que soy un narco. Las dejaré a mano en el compartimento que hay debajo de la mesa, bien cerradas dentro de una bolsa para que no se mojen. ¿Cuántas cajas tenía? ¿Y de antibióticos? Repasemos también eso: dos de antiinflamatorios, dos de ansio­líticos, antihistamínicos, adrenalina, melatonina… todo cortesía de Victoria. Como ella misma dice, es una madre y se nota. Y luego todas las grageas de hierbas que me ha dado Casandra: equinácea para las defensas, uña de gato para limpiar la sangre, perlas de arándanos para evitar las infecciones de orina, potasio para los calambres, vitamina C para estar con fuerzas… Pero si el mar se tuerce, nada de esto me va a ayudar. Es así.

Estoy sola durante ocho días.

Sola en medio del mar.

Pero era imprescindible. Es imprescindible comprobar quiénes somos sin los demás. Quiénes, en esencia. Y no tener que aprenderlo a la fuerza cuando nos dejan solos de verdad. Esto me lo repito como un mantra. Pero también es una reflexión de Olivia.

Y ahora pienso, ¿sabes lo que pienso?, que ojalá hubiera descubierto quién era yo cuando aún estábamos juntos.

¿Y tú? ¿Quién eras?

Puede que la yo que era en realidad y el que eras de verdad no hubieran seguido juntos.

Me quedan ocho días de viaje para terminar de averiguarlo.

¿Y para qué? Porque tanto si la palmo durante este viaje como si expiro en una residencia a los cien años, sería bueno descubrir antes de morir quién coño fui en realidad y poder decir: «Marina: encantada de haberte conocido». Eso también me lo dijo Olivia, creo que aquella tarde, mientras observábamos el proceso larvario de una mariposa.

Y es que ahora lo sé, siento que éste es el final de un proceso que comenzó tres meses atrás, lejos del mar y de la mujer que soy ahora, la que se enfrenta a una aventura en la que se está jugando la vida. O, al menos, cómo va a vivirla.

Ahora que lo escribo parece real por primera vez.

¿Estoy haciendo esto de verdad?

Han debido de pasar dos horas desde que me despegué de la costa y el oleaje sigue siendo benevolente.

Pero todo pasa. Tú lo sabías mejor que yo: el mar nunca se detiene. Siempre está en movimiento, como la vida. Y hay que seguir reaccionando a ella. Siempre alerta. Siempre en movimiento.

Ya lo dijo Olivia citando a no sé quién el mismo día en que le conté a aquel grupo de mujeres a las que apenas conocía el reto que tenía por delante.

El pesimista se queja del viento.

El optimista espera a que cambie.

El realista ajusta las velas.

Y eso voy a hacer yo. Ajustar las velas.

Es la diferencia entre seguir viviendo o ahogarse.

Gato en un piso vacío

Morir, eso no se le hace a un gato.

Porque qué puede hacer un gato en un piso vacío.

Trepar por las paredes.

Restregarse entre los muebles…

Recuerdo que éste era un poema de Wislawa Szymborska que me entusiasmaba durante la época universitaria. Entonces nadie sabía quién era y ni siquiera cuando ganó el Nobel de literatura hubo quien pudiera pronunciar bien su nombre sin atragantarse. Supongo que este poema me gustaba porque tú aún no tenías gato ni nuestro piso estaba vacío. No había vuelto a acordarme de él hasta la mañana en que fui a cerrar nuestra casa.

Entré de puntillas como si temiera despertar el dolor con mis tacones y a ti de esa siesta eterna que habías decidido echarte. Y entonces llegó hasta mí el sonido de sus patitas sobre la tarima y un rato después, el resto de su cuerpecillo gordo y fatigado apareció al final del pasillo y al trasluz anaranjado que provocaba el sol ardiendo tras las persianas entornadas. Se sentó y bostezó. Que cumpliera con todos sus ritos gatunos me provocó una especie de alegría.

Parece que nada ha cambiado

y, sin embargo, ha cambiado.

Que nada se ha movido,

pero está descolocado.

Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

«Hola, Capitán», me puse en cuclillas, «ven, gordo». Y él me observó con indolencia felina, estiró su lomo blanco y negro y se dejó caer de lado de una forma poco elegante. Nada de carreras hacia la puerta ni maullidos. Tampoco los esperaba. Sólo me observó, con el carnavalesco antifaz negro que cubría sus ojos trasparentes, dejándome claro que siempre fue tu gato y yo tu consorte a la que no hacía falta hacerle la pelota siempre que hubiera pienso para gatos castrados en el comedero.

Al levantarme sentí que mi tensión se desplomaba y al cerrar la puerta pensé que estaba en una sauna. Caminé hacia él y, al llegar al salón, comprendí su actitud. Allí estaba, tumbado donde siempre estuvo la alfombra. Rodeado de los fantasmas de los cuadros que ahora eran solo sombras renegridas en las paredes. En el lugar de tu butaca de leer sólo había una selva de cables sin lámpara. Las estanterías vacías. Las bombillas colgando del techo y un insoportable olor a orina que hacía todo aún más irrespirable. Lo único que continuaba en su lugar era la camita de Capitán frente al radiador apagado.

Hay algo aquí que no empieza

a la hora de siempre.

Hay algo que no ocurre

como debería.

Aquí había alguien que estaba y estaba,

que de repente se fue

e insistentemente no está.

 

Me observó con cansancio. Se levantó. Arqueó el lomo de nuevo e hizo el ademán de afilarse las uñas en una alfombra imaginaria. Yo le reñí un poco para hacerme cómplice de su intento de normalidad y aquello provocó que trotara travieso por el salón durante unos instantes. Después me acerqué a él y le hice una carantoña detrás de las orejas suaves y peludas. Se restregó contra mis piernas. La verdad es que siempre nos llevamos bastante bien. Aunque no me hiciera las mismas ceremonias de bienvenida. «No tardarán mucho en venir a buscarte», le susurré mientras cogía en brazos sus seis mullidos kilos de pelo y grasa y sentía su ronroneo cálido cerca de mi cuello. Entonces pensé que quizá debería haberme pensado un poco el dárselo a mi suegra. «Me gustaría quedármelo, es lo más parecido a su hijo», me suplicó. Y dijo tuyo, no nuestro, y ante esa petición con ese plus de drama le dije que sí. Y ahora de pronto no podía despegarme de aquel pequeño cuerpo, porque era lo único que aún latía de mi vida anterior.

Cuando conseguí soltarlo cayó de pie como dicta su leyenda y me siguió hacia la cocina a paso ligero como hacía siempre. Comprobé que tenía comida de sobra. Luego dejé correr el agua del grifo una eternidad hasta que salió un poco fresca, enjuagué su plato y cuando lo dejé en el suelo me miró, hundió en él su hocico de terciopelo blanco y bebió moviendo su pequeña lengua a velocidades vertiginosas. Aquel acto cotidiano que protagonizábamos ambos tantas mañanas me rompió definitivamente por la mitad. «Ya verá cuando regrese», le dije en alto recitando como pude el final de aquel poema que empezaba a odiar de pronto, «ya verá cuando aparezca… Se va a enterar, de que eso no se le puede hacer a un gato…» Y allí nos quedamos los dos mucho tiempo, observándonos sin entender nada, mientras yo ejercía por él esa tan extraña capacidad humana de llorar.

Independence day

«INDEPENDENCIA».

Ésa es la palabra que leí en mi móvil en mayúsculas al despertarme empapada en sudor en un sillón que seguía sin reconocer.

«Tener un trabajo te dará INDEPENDENCIA.»

Era la respuesta de Lorena a mi mensaje de la noche anterior en el que le anunciaba, sin darle los detalles, mi inminente alta laboral. Lorena es la única amiga que he conservado tras perder a Óscar. O la única que no era una amiga común, quiero decir. Una de esas personas que recurría a las mayúsculas para que se te grabara en el cerebro un mensaje.

INDEPENDENCIA: ¿qué significaba? ¿Quién eres con «independencia» de los otros?, me pregunté mientras me cepillaba los dientes delante del reflejo de la ventana.

¿Quién soy yo? Con independencia…, me repetí mientras me daba una ducha fría y mi vello púbico me recordaba a gritos que no estaba acostumbrada a apuntar las cuchillas de afeitar en la lista de la compra.

¿Cuántas palabras habitaban en nuestro diccionario que no había pronunciado en toda mi vida?

Esa mañana, mientras regaba las violetas con una tostada en la boca convencida de ir a ahogarlas —a ellas y su molesto habitante—; mientras batía con un tenedor un café en polvo con leche en polvo; mientras caía en la cuenta de que aún no había estrenado la cama y seguía durmiendo en el sofá y asimilaba que a mis cuarenta años tenía un trabajo nuevo que competiría en precariedad con cualquier otro que hubiera tenido antes, me angustió de pronto no ser capaz de separar determinados conceptos.

Por ejemplo:

¿Qué diferencia había entre independencia y libertad?

¿Y entre la libertad y la soledad?

Ya no tenía claro lo que significaban las palabras.

La imagen que me ofrecía el espejo del ascensor en el que había cogido por costumbre peinarme era la de una mujer… ¿independiente?, ¿libre?, ¿sola?

Después de dejar en blanco este innecesario autoexamen tipo test, me dirigí hacia El Jardín del Ángel. Eran las nueve de la mañana y, por no saber, no sabía tampoco la hora a la que empezaba mi jornada.

¿Y por qué estaba tan nerviosa? Porque no tenía ni idea de flores, porque siempre fui más bien torpe en cuanto a las relaciones sociales y la palabra «público» también hacía que me bajara la tensión, porque en los últimos años había brincado de trabajo en trabajo, casi todos inciertos. Hasta dejar de buscarlo. La verdad es que me convencí muy pronto de que mi carrera de Arqueología no me serviría para nada porque habría supuesto viajar mucho y tu trabajo estaba en Madrid. Porque lo lógico era apostar por el que lo tenía más claro de los dos, ganaba más, tenía más posibilidades, más estabilidad.

ESTABILIDAD: otra gran palabra para escribir en mayúsculas y que estaba vacía de pronto. Elegí mal, eso es todo. Sin embargo tú siempre intentabas convencerme de lo contrario. Me apuntabas a jornadas del museo, a conferencias, a talleres… Supongo que era una forma de aliviar la culpa porque yo priorizaba tu carrera sobre la mía.

PRIORIZAR: bueno, ya basta de palabras que no entiendo.

Un salto de fe. Eso era lo que sentía mientras subía por la calle. Como en Indiana Jones y la última cruzada. «Tienes que creer», decía Sean Connery a Harrison Ford antes de que pusiera un pie en el vacío. Y ahora era yo la que tenía la seguridad de que sólo había un abismo delante esperando a que pusiera un pie en la nada con la esperanza de que bajo mi zapato se dibujara un desfiladero que cruzara al otro lado.

Y al otro lado de la calle estaba ya la floristería con la verja abierta.

En el interior del invernadero, sentada en una banqueta y tiesa como una orquídea, pude ver a mi nueva jefa atendiendo a dos mujeres de distintas edades. Llevaba una pamela rosa de paja, un vestido blanco de lino y unas pequeñas gafas sesenteras y rasgadas a juego con el sombrero.

En el exterior, una niña rubia de pocos años corría asilvestrada por el jardín tirándolo todo ante la pasividad de sus padres.

—¿Cómo quieres que te lo diga, mamá? Lo hago por él. Sólo voy a llevar un ramo. Idéntico al que él me regaló el día que me lo pidió. Es un símbolo. Me da igual que sea un juzgado —sentenció la más joven.

Estaba esquelética e iba enfundada en unos vaqueros cortos, blusa blanca y bolso de firma en el antebrazo, y desfilaba por el invernadero con un desinterés de pasarela.

—¿Ha escuchado usted una cosa más absurda? —replicó la madre abriendo mucho los ojos en dirección a Olivia.

Era un clon de la hija pasada por los años, los embarazos, las cirugías, con el mismo bolso colgado del antebrazo pero considerablemente más grande.

La florista las escuchaba con una sonrisa de concentración mientras, armada con una tijeritas, recortaba un bonsái con diligencia de cirujano hasta que la madre se le acercó.

—¿Usted qué opina?

Ella la miró con sus ojos pequeños y azules por encima de las gafas.

—Que un ramo de camelias no hace daño a nadie, a no ser que se les tenga alergia. —Se subió las gafas—. Además, significan «te querré siempre». No está mal para empezar.

La hija reprimió una sonrisa ilusionada. La madre se cruzó de brazos.

—Se casa en un juzgado sólo para hacer la declaración conjunta de Hacienda. —Se volvió hacia su, probablemente, única hija—. Así que me parece muy ridículo hacer el paripé de ir con un ramito, eso es todo.

—¿Ridículo? ¿Tú crees? —Se preocupó la hija.

—Por Dios, no cometamos el error de ponernos románticos… —susurró Olivia.

Entonces reparó en mí y me saludó con la mano. Escondí las mías en los bolsillos del pantalón y de pronto me avergonzó recordar que iba vestida igual que el día anterior.

—Hola, querida… ¿por cierto, cuál era tu nombre?

—Marina —dije desde la puerta.

—Bien, Marina. ¿Puedes ayudarme con esto?

Me señaló el bonsái y me ofreció sentarme a su lado. Dejó las tijeras de podar entre mis manos. La miré alarmada.

—Ve cortando con cuidado donde yo te diga, es el bonsái de Lady Macbeth. —Y luego volviéndose hacia otra clienta—: Buenos días, ¡cuánto tiempo!

¿El bonsái de quién?, me pregunté. Luego reparé en otra mujer que acababa de entrar, más o menos de mi edad, vestida con un traje impecable gris perla, una cartera elegante y demasiado llena colgándole de una mano que observaba, sin disimulo y resoplando, a las otras dos detrás de un desproporcionado ramo de rosas rojas. Tenía una melena pesada y castaña recogida en una coleta, boca grande y pintada dentro de sus contornos y que ofrecía una sonrisa despreciativa, un expresivo lunar al lado de ésta, los ojos maquillados para verse de lejos y un cuerpo de huesos largos vestido con gusto y sin estridencias.

—Buenos días —respondió ella, secamente.

Por algún motivo a Olivia pareció divertirle su entrada en escena. Levantó una de sus casi invisibles cejas y dijo:

—Imagino que son para… déjeme adivinar… ¿Casandra?

—Sí —respondió la ejecutiva. Miró alrededor. Soltó el ramo en el mostrador, que se desmadejó un poco—. A la dirección de siempre.

Olivia hizo un gesto de teatral asombro y me indicó sin mirarme el lugar por donde debía podar la siguiente rama. Introduje los dedos en las tijeras. Situé el filo sobre la madera. Guiñé los ojos como si fuera a dolerme y apreté.

—¿Dirección? —preguntó elevando su redonda voz.

—He dicho «la de siempre» —respondió la clienta bajando la suya y abanicándose con una mano.

La otra sonrió y recitó mientras escribía:

—Ministerio de Asuntos Exteriores, plaza de…

—A ésa, sí. —Se impacientó.

Las otras dos clientas se enfrentaban ya en jarras algo beligerantes.

—Lo quieras o no es un símbolo. —La madre sacó un spray de su bolso, se lo aplicó en la nariz y se sonó ruidosamente.

—¿Un símbolo de qué, mamá?

—¿No te parece que es algo que está fuera de lugar? Bruno no entiende el tipo de mujer con la que está. No eres una chiquilla y delante de tus empleados…

—Qué.

—Pues que no eres una mujer a la que se conquista con un ramito de flores. Cualquier día aparece en un programa de televisión para declararse —dijo congestionada.

La hija empezó a morderse salvajemente la uña del dedo meñique.

La mujer del ramo de rosas dejó los ojos en blanco, pero, de pronto, algo llamó su atención en el exterior. Se llevó la mano a la cara y a continuación se soltó el pelo.

—¿Y qué le ponemos hoy a Casandra en la tarjeta? —prosiguió Olivia con un deje irónico que no entendí—. «Con amor», «Felicidades», un clásico «Siempre tuyo», o algo más chisposo… «Me gustó comerte entera…».

La otra apretó los dientes. Olivia extrajo una de las rosas del ramo.

—Trece nunca. Una docena mejor… —Se la llevó a su nariz afilada y me miró cómplice—. Toda una declaración de intenciones. No sé si sabes, Marina, que no hay nada más complejo que regalar un ramo de rosas rojas. Esta flor es pariente de la estrella de cinco puntas, del pentáculo de Venus, ¡de la rosa náutica! En inglés, francés y alemán se dice «rose», Eros si combinas sus letras, el dios griego del amor sexual. Ordena silencio sobre lo hablado si lo encuentras sobre una mesa y es un claro mensaje de pasión si te la entregan. —Rodeó el ramo con un lino color arena y un lazo de esparto. Abrió sus ojillos turquesa todo lo que pudo—. La rosa roja es el símbolo del amor secreto porque es de las escasas flores que se encierran en su propio corazón y, cuando abre su corola, está ya a punto de morir. ¿Te parece que puede haber algo más misterioso y lleno de sentido que una rosa roja?

Parecía que al mundo le habían dado en el botón de pausa. Las clientas observaban el ramo. Nosotras, a las clientas. Y las rosas seguían concentradas en su vocación misteriosa. Por fin, la ejecutiva abrió su cartera, que se desplegó como si fuera un muestrario de tarjetas de crédito. Desenvainó una y me la ofreció, casi suplicante mientras parecía luchar por no mirar al exterior.

—Ponga lo que quiera, pero cóbreme, por favor, tengo prisa.

Por culpa del discurso de Olivia, me despisté y le pegué un tajo no autorizado al bonsái, dejándole una fea calva.

La florista recogió la rama muerta sobre el mostrador y me la enseñó.

—No pasa nada, Marina. No es más que un pequeño olivo milenario. Sólo tardará diez años en crecerle una igual. Tendré que llamar al teatro…

¿Al teatro? ¿Milenario? Miré la rama horrorizada entre sus dedos como si acabara de amputar un miembro por error e ignorando las consecuencias de mi metedura de pata. La mujer de traje volvió su mirada con disimulo hacia el lugar donde la niña corría entre las plantas perseguida por sus padres. De pronto sus grandes ojos color arena se habían llenado de agua. Entonces dejó su pesada cartera en el suelo, se quitó la chaqueta y se la colgó sobre los hombros, cogió una tarjeta del mostrador y empezó a abanicarse. Se volvió hacia la novia.

—Por curiosidad: ¿eso tan imperdonable que hizo el caballero en cuestión fue regalarle un ramo de flores?

La chica asintió resoplando y la madre también se abanicó con energía.

—Sí, y comprenderá que no he educado a una hija para que sucumba a las mismas tonterías que cualquier secretaria sin formación, ¿no cree? Ya hicimos nosotras bastante el tonto. —Volvió a sonarse—. Como yo con tu padre.

—Ya estamos —replicó su descendiente y la emprendió con su dedo índice.

—Y si quieres que te diga la verdad… —volvió la madre al ataque mientras su hija trataba de ignorarla— no entiendo por qué te casas, hija.

—Vale. Ya hemos llegado al quid de la cuestión. Pues supongo que me caso porque me lo ha pedido, mamá.

—Y si te pide que te des un cabezazo contra la pared ¿también te lo das?

—¡Por Dios! ¡Es usted la reina de las metáforas! —Rió Olivia.

—Habrás hecho separación de bienes, espero. ¡Casarse! ¿Tú sabes la cantidad de papeleo absurdo que hay que hacer para divorciarse? Mira yo con tu padre.

La mujer de traje firmó mecánicamente, guardó su cartera, se le cayó la chaqueta al suelo, que recogió nerviosa, la sacudió, más bien la zurró como si tuviera a alguien dentro, se colgó el bolso y se volvió hacia la otra con una sonrisa fiera.

—Mira, no te conozco de nada, pero te aconsejo que te hagas sólo dos planteamientos: ¿crees que merece la pena una negociación cuando la decisión es tuya de antemano? Y dos: ¿crees que si tu madre fuera tan exquisita se habría casado con tu padre?

Se rehízo la coleta con un movimiento diestro y salió con paso marcial del invernadero sobre sus tacones, dejando tras de sí una estela de perfume avainillado y cuatro pares de ojos abiertos como claraboyas. Al cruzar el jardín esquivó a los padres de la niña poseída que continuaba dando manotazos al columpio. Entonces el hombre lanzó a la ejecutiva una mirada furtiva, extraña, y ella se la devolvió con un dolor antiguo mientras la madre estaba distraída intentando reducir a la pequeña. La mujer también dejó de perseguir a su hija y se quedó plantada en medio del jardín, como si imitara al olivo, observando cómo la ejecutiva se fundía con la ciudad al otro lado de los cristales.

Olivia me quitó las tijeras de podar.

—Ay… —suspiró—. ¿Por qué no podremos podarnos nosotros también lo que nos sobra?

Más adelante sabríamos que la desconocida que aún era para nosotras Casandra había salido del Jardín del Ángel esa mañana con un nudo en el centro del pecho, allí donde se guardan las emociones.

Porque sólo al que le ha dolido el corazón alguna vez sabe cómo duele.

Pero haciendo homenaje a su fama de supermujer, a su piel aparentemente impermeable, a sus ojos incapaces de lagrimar, a su rictus imperturbable y a la racionalidad de su discurso, saludó al guardia de seguridad del Ministerio de Asuntos Exteriores, soltó su bolso de Chanel en la cinta con un movimiento mecánico y se dejó escanear por el arco de seguridad que no detectó la bomba a punto de estallar que llevaba dentro. Al recoger el bolso sintió que vibraba muchas veces, una por mensaje que le estaba enviando un hombre desde la floristería —mientras su hiperactiva niña de pocos años se retorcía colgando de su otra mano y su mujer le preguntaba si prefería plantar crisantemos o tulipanes como flor de temporada—. Luego subió hacia su despacho mientras se iba secando el sudor de las sienes con el dorso de su mano y dejaba que la chaqueta se escurriera por sus brazos. Fue saludando a sus ayudantes, sus colegas Monzón y Bermejo se volvieron para mirarle el culo y cuando llegó hasta Paula, ésta rescató en el aire la chaqueta antes de que se fuera otra vez al suelo y le ofreció un café con hielo y un cartapacio lleno de papeles sobre la cumbre en Bruselas a la que viajaría, al parecer, dos días antes de lo previsto.

Cerró la puerta con más suavidad que de costumbre. Se sentó a su mesa sin fotos de familia, pulcramente ordenada, en la que sólo llamaban la atención un pendrive de acero que podría haber pertenecido a James Bond, un tarro del mismo material lleno de chicles de fresa ácida y un ejemplar en inglés de Escrito en el cuerpo de Jeannette Winterson, oculto bajo un sobre con un gran cartel rojo que anunciaba a gritos CONFIDENCIAL.

Entonces sacó su móvil y leyó los mensajes.

Uno a uno y muchas veces. Como si quisiera aprendérselos de memoria. Sin respirar. Como quien se traga una mala medicina para que no sepa tan amarga. Hasta que llamó Paula para anunciarle que había llegado un mensajero.

Y el mismo control de seguridad, los mismos pasillos y las mismas miradas de colegas hasta alcanzar la meta en la mesa de su secretaria, los cruzó un desmesurado ramo de rosas rojas encargadas en El Jardín del Ángel para Casandra Vélez. Esa que se decía que no vivía para otra cosa que para el trabajo, la que no tenía vida propia, la que o no tenía corazón o nadie se atrevía a buscárselo.

Mientras, en la floristería en que tantas cosas habían pasado sin sospecharlo, estaba yo, frente a mi nuevo trabajo y mi nueva jefa.

—Siento haber llegado tarde —me disculpé—. No tenía muy claro a qué hora…

—No te preocupes —me interrumpió mientras sacaba una cesta de mimbre de debajo del mostrador—. De hecho, estaba esperando a que vinieras para salir a hacer unos recados. Vamos a llevarle este ramo de lirios a una amiga —dijo seleccionando unas flores a medio abrir que se desmayaron sobre su brazo—. En cuanto esa niña repulsiva de ahí quede neutralizada, nos vamos.

La pequeña en cuestión intentaba zafarse de la mano fuerte de su padre. La otra mano, sin embargo, la que enviaba mensajes con su dedo pulgar, era débil, muy débil.

—También siento lo del bonsái —añadí tirándome de la ropa.

Ella saltó de su banqueta, se encajó su pamela rosa y cogió las llaves.

—Pídele perdón a Lady Macbeth y no a mí. —Y luego se puso en jarras—. ¿Siempre dices «lo siento» cada dos frases?

Antes de salir colgó un cartel de madera en la puerta. Me acerqué. Era una especie de lenguaje de las flores. Cada especie, pintada al óleo con detalle, iba seguida de una explicación. Casi de forma instintiva busqué las violetas. Leí: «Modestia, pudor y desvelo».

Me invitó a salir y cerró la puerta del invernadero con dos vueltas de llave.

—Tienes cara de cansada —observó divertida—. ¿Es que nuestro grillo no te dejó dormir bien?

La realidad es que no recordaba lo que era descansar. Mi sillón me dejaba el cuerpo contracturado. Curiosamente sería yo misma la que, tres meses después y antes de embarcarme, dejaría una frase pintada sobre una madera en El Jardín del Ángel: «Descansar no supone dormir, sino despertar». Quién me iba a decir a mí que empezaría a hacerlo acunada por la brusca niñera que es el mar.