Las llamaban las chicas de Firefly Lane. De eso hacía mucho tiempo, más de tres décadas, pero ahora, tumbada en la cama escuchando rugir fuera una tormenta invernal, le parecía que había sido ayer.
En la última semana (sin duda los siete peores días de toda su vida), había perdido la capacidad de distanciarse de sus recuerdos. Regresaba demasiado a menudo en sueños a 1974; volvía a ser una adolescente que madura a la sombra de una guerra perdida, montando en bicicleta junto a su mejor amiga en una oscuridad tan completa que era como ser invisible. El sitio importaba solo en la medida en que era un punto de referencia, pero lo recordaba con todo detalle: una cinta serpenteante de asfalto bordeada a ambos lados por acequias de aguas turbias y laderas de hierba silvestre. Antes de conocerse, aquella carretera había parecido no llevar a ninguna parte, no era más que un camino comarcal con el nombre de un insecto, la luciérnaga, que nadie había visto jamás en aquel rincón perdido del mundo, verde y azulado.
Hasta que lo vieron la una con los ojos de la otra. Desde lo alto de la colina, en lugar de árboles elevados, zanjas embarradas y montañas nevadas en la distancia, veían todos los sitios a los que irían algún día. De noche, se escabullían de sus casas vecinas y quedaban en la carretera. A orillas del río Pilchuck fumaban cigarrillos robados, cantaban Billy, Don’t Be a Hero a voz en cuello y se lo contaban todo, entretejiendo sus vidas de tal modo que para cuando terminaba el verano era imposible saber dónde empezaba una y terminaba la otra. Para todos los que las conocían se convirtieron sencillamente en TullyKate, y durante más de treinta años su amistad fue el muro de carga de sus vidas: fuerte, duradera, sólida. Puede que la música cambiara con las décadas, pero las promesas hechas en Firefly Lane permanecían.
Mejores amigas para siempre.
Pensaban que duraría, aquella promesa; se imaginaban algún día convertidas en dos mujeres mayores sentadas en mecedoras en un porche de madera desvencijado hablando entre risas de los buenos tiempos.
Ahora ya se había desengañado, claro. Llevaba más de un año diciéndose que no pasaba nada, que podía vivir sin su mejor amiga. A veces incluso se lo creía.
Entonces oía la música. La música de las dos. Goodbye Yellow Brick Road, Material Girl, Bohemian Rhapsody, Purple Rain. El día anterior, mientras hacía la compra, una versión de hilo musical de You’ve Got a Friend la había hecho llorar justo ahí, junto a los rábanos.
Apartó las mantas y se levantó con cuidado de no despertar al hombre que dormía a su lado. Se detuvo un instante a mirarlo en las sombras de la oscuridad. Incluso dormido, su cara era de preocupación.
Cogió el teléfono, salió del dormitorio y recorrió el pasillo silencioso hasta el porche. Allí, mientras miraba la tormenta, reunió valor. Cuando marcó el número que se sabía de memoria, se preguntó qué le iba a decir a su en otro tiempo mejor amiga después de tantos meses de silencio, cómo empezaría. «He tenido una semana horrorosa… Mi vida se desmorona…» o, simplemente, «Te necesito».
Al otro lado del negro y turbulento estrecho de Puget sonó el teléfono.
young and sweet,
only seventeen[1]
Para gran parte del país, 1970 fue un año de inestabilidad y cambios, pero en la casa de Magnolia Drive todo era orden y tranquilidad. La niña de diez años Tully Hart estaba sentada en un frío suelo de madera construyendo una cabaña para sus muñequitos Liddle Kiddles, que dormían en diminutos pañuelos de papel rosa. De haber estado en su habitación, habría tenido puesto un single de los Jackson Five en su tocadiscos infantil Close ‘N Play, pero en el salón ni siquiera había radio.
A su abuela no le gustaban demasiado la música, la televisión o los juegos de mesa. La mayor parte del tiempo, por ejemplo ahora, la pasaba en su mecedora junto a la chimenea haciendo punto de cruz. Hacía cientos de paños bordados, la mayoría con citas de la Biblia. Por Navidad los donaba a la iglesia, que los vendía en fiestas de caridad.
Y el abuelo… Bueno, no podía evitar ser tranquilo. Desde que tuvo el ictus no se levantaba de la cama. A veces hacía sonar una campanilla y eran los únicos momentos en que Tully veía a su abuela apresurarse. Al primer tintineo sonreía y decía: «¡Vaya por Dios!», y echaba a correr por el pasillo todo lo rápido que le permitían sus pies enfundados en zapatillas de estar en casa.
Tully cogió su muñeco Troll de pelo amarillo. Tarareando muy bajito, lo puso a bailar con Juanita Calamidad al compás de Daydream Believer. A mitad de la canción llamaron a la puerta.
Fue un sonido tan inesperado que Tully interrumpió sus juegos y levantó la vista. Excepto los domingos, cuando venían el señor y la señora Beattle para llevarlos a la iglesia, nunca tenían visitas.
La abuela dejó el punto de cruz en la bolsa de plástico rosa junto a su silla, se levantó y cruzó la habitación con esa manera lenta de arrastrar los pies que había adoptado en los últimos años. Cuando abrió la puerta hubo un largo silencio, y a continuación dijo:
—Vaya por Dios.
La voz de la abuela sonaba rara. Tully miró de reojo y vio a una mujer alta de melena larga y desordenada y sonrisa nerviosa. Era una de las mujeres más guapas que había visto: piel blanca, nariz recta, unos pómulos altos que se marcaban en diagonal sobre un mentón diminuto y ojos color castaño claro que parpadeaban despacio.
—Pues vaya manera de saludar a tu hija pródiga. —La mujer rodeó a la abuela, fue directa a Tully y se inclinó para hablar con ella—. ¿Es esta mi pequeña Tallulah Rose?
¿Hija? Eso quería decir…
—¿Mamá? —susurró la niña asombrada, resistiéndose a creerlo. Había esperado aquello tanto tiempo, había soñado tanto con ello, con que su mamá volvía a casa.
—¿Me has echado de menos?
—¡Sí! —contestó Tully esforzándose por no reír. Pero se sentía muy feliz.
La abuela cerró la puerta.
—¿Por qué no vienes a la cocina a tomar un café?
—No he venido a tomar café, he venido a por mi hija.
—No tienes dinero —dijo la abuela con voz cansada.
Su madre pareció irritarse.
—¿Y eso qué más da?
—Tully necesita…
—Me parece que soy capaz de saber lo que necesita mi hija.
Su madre daba la impresión de querer mantenerse recta, pero no lo estaba consiguiendo. Parecía vacilante y tenía una mirada rara. Se enroscó un largo mechón de pelo ondulado en un dedo.
La abuela se acercó a ellas.
—Criar a una niña es una gran responsabilidad, Dorothy. Tal vez ayude que te instales aquí un tiempo para conocer a Tully… —Hizo una pausa, arrugó el ceño y susurró—: Estás borracha.
La madre rio y le guiñó un ojo a Tully.
Tully le devolvió el guiño. Estar borracha no era tan malo. El abuelo bebía muchísimo antes de enfermar. Incluso la abuela se tomaba de vez en cuando una copa de vino.
—Ess mi cumpleaños, madre. ¿O es que se te ha olvidado?
—¿Tu cumpleaños? —Tully se puso en pie de un salto—. Espera aquí —dijo, y corrió a su habitación. El corazón le latía con fuerza mientras revolvía su cajón de tocador, lanzando sus cosas en todas direcciones en busca del collar de macarrones y cuentas que le había hecho a su madre en la escuela dominical el año anterior. La abuela había fruncido el ceño al verlo, le había aconsejado que no se hiciera ilusiones, pero Tully no había podido evitarlo. Llevaba años haciéndose ilusiones. Se lo metió en el bolsillo y salió corriendo justo a tiempo de oír a su madre decir:
—No estoy borracha, madre. Hace tres años que no estoy con mi hija. No hay nada que emborrache más que el amor.
—Seis años. Tenía cuatro la última vez que nos la dejaste.
—¿Tanto? —dijo la madre con expresión confusa.
—Vuelve a casa, Dorothy. Te puedo ayudar.
—¿Como hiciste la última vez? No, gracias.
¿La última vez? ¿Mamá había vuelto antes?
La abuela suspiró y replicó, tensa:
—¿Cuánto tiempo vas a seguir echándomelo en cara?
—Bueno, no es algo que tenga fecha de caducidad, ¿no te parece? Vamos, Tallulah.
La madre se abalanzó hacia la puerta. Tully frunció el ceño. No era así como había imaginado que ocurriría. Su mamá no la había abrazado, besado o preguntado qué tal estaba. Y todo el mundo sabía que, si te marchas, primero tienes que hacer la maleta. Señaló hacia la puerta de su dormitorio.
—Mis cosas…
—No necesitas esas porquerías materialistas, Tallulah.
—¿Eh? —Tully no entendía.
La abuela le dio un abrazo que le olió a Tully a algo agradablemente familiar, a polvos de talco y laca de pelo. Eran los únicos brazos que habían estrechado jamás a Tully, su abuela era la única persona que la había hecho sentirse a salvo, y de pronto tuvo miedo.
—¿Abuela? —dijo apartándose—. ¿Qué pasa?
—Te vienes conmigo —contestó su madre mientras apoyaba una mano en el marco de la puerta para estabilizarse.
La abuela cogió a Tully por los hombros y la zarandeó con suavidad.
—Te sabes nuestro número de teléfono y nuestra dirección, ¿verdad? Si te asustas o sale algo mal, nos llamas.
Estaba llorando; ver llorar a su abuela siempre fuerte y callada asustó y confundió a Tully. ¿Qué estaba pasando? ¿Había hecho algo malo?
—Perdón, abuela, he…
Su madre se acercó, la sujetó por los hombros y la zarandeó con fuerza.
—No pidas nunca perdón. Te rebaja. Venga. —Cogió la mano de Tully y tiró de ella hacia la puerta.
Tully la siguió a trompicones y así salieron de la casa, bajaron los escalones y cruzaron la calle hasta una furgoneta Volkswagen decorada con flores de plástico adhesivas y un gigantesco símbolo de la paz amarillo pintado en uno de los lados.
Se abrió la puerta y salió un humo denso y gris. A través de la neblina, Tully entrevió a tres personas. En el asiento del conductor había un hombre negro con abundante melena afro y una bandana roja. En la parte de atrás, una mujer con chaleco de flecos, pantalones a rayas y cabello rubio recogido con un pañuelo marrón; a su lado había sentado un hombre con pantalón de campana y una camiseta andrajosa. El suelo de la furgoneta estaba cubierto con una moqueta marrón raída, con unas cuantas pipas desperdigadas mezcladas con botellas de cerveza vacías, envoltorios de comida y casetes.
—Esta es mi hija, Tallulah —dijo la madre.
Tully no dijo nada, pero odiaba que la llamaran Tallulah. Tendría que decírselo a su madre luego, cuando estuvieran solas.
—Alucinante —comentó alguien.
—Es igualita que tú, Dot. Me flipa.
—Subid —dijo el conductor con brusquedad—. Vamos a llegar tarde.
El hombre de la camiseta sucia cogió a Tully por la cintura y la subió a la furgoneta, donde se arrodilló con cuidado.
Su madre subió también y cerró la puerta. Una música extraña latía dentro; lo único que entendió Tully fueron palabras sueltas: «aquí está pasando algo…», somethin’ happenin’ here… El humo le daba a todo una apariencia blanda y ligeramente desdibujada.
Tully se pegó al lateral metálico para hacerle sitio a su lado, pero su madre se sentó junto a la mujer del pañuelo en la cabeza. Enseguida se pusieron a hablar de cerdos, marchas y de un hombre llamado Kent. Tully no entendía nada y empezaba a marearse por el humo. Cuando el hombre a su lado encendió su pipa no pudo evitar que de sus labios escapara un leve suspiro de desilusión.
El hombre lo oyó y se volvió hacia ella. Le echó una nube de humo gris a la cara y sonrió:
—Relájate, pequeña.
—Mirad cómo la viste mi madre —dijo la madre con amargura—. Como si fuera una muñequita. ¿Cómo va a ser auténtica si no se ensucia?
—Ya te digo, Dot —respondió el hombre, mientras echaba más humo y se arrellanaba en su asiento.
La madre miró a Tully por primera vez, la miró de verdad.
—Acuérdate, peque. El sentido de la vida no es cocinar, limpiar o tener hijos. Es ser libre. Hacer lo que te apetezca. ¡Como si quieres ser presidenta de Estados Unidos, joder!
—Desde luego necesitamos otro presidente —comentó el conductor.
La mujer del pañuelo en la cabeza le dio a la madre una palmadita en el muslo.
—Así se habla. Me flipa. Tom, pásame la pipa. —Rio—. Eh, ¡hablo en rima!
Tully arrugó el ceño con una extraña sensación de vergüenza en la boca del estómago. Se encontraba guapa con aquel vestido. Y no quería ser presidenta. Quería ser bailarina.
Pero lo que más deseaba era que su madre la quisiera. Se desplazó un poco hasta estar lo bastante cerca de ella para tocarla.
—Feliz cumpleaños —susurró. Se metió la mano en el bolsillo y sacó el collar que tanto esfuerzo le había costado hacer, con el que tanto había sufrido, pero sufrido de verdad, pegando purpurina mientras los otros niños se habían ido ya a jugar—. Te he hecho esto.
La madre cogió el collar y lo guardó en el puño cerrado. Tully esperó y esperó a que su madre le diera las gracias y se lo pusiera, pero no lo hizo; se limitó a moverse al ritmo de la música y a hablar con sus amigos.
Tully terminó por cerrar los ojos. El humo le daba sueño. Había pasado gran parte de su vida echando de menos a su madre, pero no como se echa de menos un juguete que no se encuentra o una amiga que ha dejado de venir a tu casa a jugar porque no le prestabas tus cosas. La había echado de menos de verdad. Siempre tenía dentro un espacio vacío que de día le dolía y de noche se convertía en una intensa punzada. Se había prometido que si su madre volvía algún día sería buena. Perfecta. Fuera lo que fuera lo que había dicho o hecho que había sido tan malo, lo remediaría. Por encima de todo quería que su madre estuviera orgullosa de ella.
Pero ahora no sabía qué hacer. En sus sueños siempre se marchaban juntas, las dos solas, de la mano.
«Ya hemos llegado», le decía la mamá de sus sueños mientras subían la ladera hacia su casa. «Hogar, dulce hogar». Luego la besaba en la mejilla y susurraba: «Cómo te he echado de menos. Me fui porque…».
—Tallulah, despierta.
Tully se despertó sobresaltada. Le dolía la cabeza y también la garganta. Cuando intentó decir: «¿Dónde estamos?», solo le salió un graznido. Todos rieron y siguieron haciéndolo mientras descargaban la furgoneta.
En aquella ajetreada calle de Seattle había gente por todas partes gritando y llevando pancartas que decían HAZ EL AMOR Y NO LA GUERRA y YO AL INFIERNO NO VOY. Tully nunca había visto tantas personas juntas en un mismo sitio.
Su madre la cogió de la mano y la acercó a ella.
El resto del día fue un borrón de gente gritando eslóganes y cantando canciones. Tully estuvo en todo momento aterrada por la posibilidad de soltarse de la mano de su madre y que la multitud se la llevara. No se sintió más tranquila cuando apareció la policía, porque llevaba pistolas al cinto, porras en la mano y unos escudos de plástico con los que se protegían la cara.
Pero lo único que hizo la gente fue marchar y todo lo que hizo la policía fue mirar.
Para cuando anocheció, estaba cansada y hambrienta y le dolía la cabeza, pero siguieron caminando, subiendo por una calle y bajando por otra. Ahora la multitud se comportaba de otra manera, había guardado las pancartas y empezado a beber. Tully oyó alguna que otra frase entera de sus conversaciones, pero ninguna tenía sentido.
—¿Has visto esos cerdos? Estaban deseando partirnos la cara, pero nosotros hemos sido pacíficos, tío, y no han podido tocarnos un pelo. Oye, Dot, no acapares el porro, ¡que pareces Humphrey Bogart!
Todos rieron, sobre todo su madre. Tully no entendía nada y tenía la cabeza a punto de estallar. A su alrededor había cada vez más personas bailando y riendo. De alguna parte llegaba música.
Y entonces, de pronto, le soltaron la mano.
—¡Mamá! —chilló.
Nadie le contestó ni se giró a mirarla, aunque había gente por todas partes. Se abrió camino entre los cuerpos y llamó a su madre a gritos hasta que se quedó sin voz. Terminó por regresar a donde la había visto por última vez y la esperó sentada en la acera.
Volverá.
Las lágrimas le escocían los ojos y le rodaban por las mejillas mientras esperaba, intentando ser valiente.
Pero su madre no volvió.
Durante años después de aquello trató de recordar lo ocurrido a continuación, lo que hizo, pero toda aquella gente era como una nube que oscurecía sus recuerdos. Solo recordaba haberse despertado en unos sucios escalones de cemento y haber visto a un agente de la policía montada.
Este la miró frunciendo el ceño desde lo alto del caballo y dijo:
—Hola, pequeña, ¿estás sola?
—Sí —fue todo lo que Tully fue capaz de contestar sin echarse a llorar.
La llevó de vuelta a la casa de Queen Anne Hill, donde su abuela la abrazó con fuerza, la besó en la mejilla y le dijo que no había sido culpa suya.
Pero Tully sabía que eso no era verdad. Sabía que había hecho algo mal, que había sido mala. La próxima vez que viniera su madre se esforzaría más. Prometería ser presidenta y nunca en la vida volvería a pedir perdón.
Consiguió un cartel con los presidentes de Estados Unidos y se los aprendió por orden cronológico. Estuvo meses diciendo a quien le preguntara que iba a ser la primera mujer presidenta; incluso dejó las clases de ballet. El día que cumplió once años, mientras su abuela encendía las velas de la tarta y le cantaba con un hilo de voz una versión apagada del Cumpleaños feliz, Tully no dejó de mirar hacia la puerta mientras pensaba: «Ahora». Pero nadie llamó, ni tampoco sonó el teléfono. Más tarde, rodeada de cajas de regalos abiertas, trató de seguir sonriendo. Delante de ella, en la mesa baja, había un álbum de recortes nuevo. Como regalo era una porquería, pero su abuela siempre le daba cosas de ese tipo, actividades que la mantuvieran ocupada y sin hacer ruido.
—Ni siquiera ha llamado —dijo Tully levantando la vista.
La abuela suspiró cansada.
—Tu madre tiene… problemas, Tully. Es débil y está confusa. Tienes que dejar de engañarte. Lo que importa es que tú eres fuerte.
Había oído ese consejo un millón de veces.
—Ya lo sé.
La abuela se puso al lado de Tully en el gastado sofá de tapizado floral y se la sentó en el regazo.
A Tully le encantaba que su abuela la cogiera en brazos. Se acurrucó contra ella y apoyó la barbilla en su suave pecho.
—Me gustaría que las cosas fueran de otra manera con tu madre, Tully, de verdad te lo digo, pero es un alma perdida. Lleva siéndolo mucho tiempo.
—¿Por eso no me quiere?
La abuela la miró. Con las gafas de montura de carey negras sus ojos gris pálido parecían más grandes.
—Te quiere a su manera. Por eso siempre vuelve.
—Es un amor muy raro.
—Ya lo sé.
—Creo que ni siquiera le gusto.
—La que no le gusto soy yo. Hace mucho tiempo pasó una cosa y yo no… Bueno, da lo mismo. —La abuela estrechó a Tully con fuerza—. Algún día se arrepentirá de haberse perdido todos estos años contigo. De eso estoy segura.
—Podría enseñarle mi álbum.
La abuela no la miró.
—Estaría muy bien. —Al cabo de un largo silencio, añadió—: Feliz cumpleaños, Tully. —La besó en la frente—. Ahora me tengo que ir un rato con tu abuelo. Hoy no se encuentra muy bien.
Cuando se marchó su abuela, Tully se quedó mirando en silencio la primera página en blanco de su álbum nuevo. Sería el regalo perfecto para su madre algún día, enseñarle lo que se había perdido. Pero ¿con qué lo llenaría? Tenía algunas fotografías de ella, tomadas en su mayor parte por madres de sus amigas en fiestas y excursiones, pero no muchas. A la abuela no se le daba bien mirar por el visor de la cámara. Y de su madre solo tenía una fotografía.
Cogió un bolígrafo y escribió con cuidado la fecha en la esquina superior derecha, luego frunció el ceño. ¿Qué más? «Querida mamá: Hoy he cumplido once años…».
A partir de aquel día empezó a coleccionar objetos de su día a día. Dibujos de la escuela, fotografías de ella haciendo deporte, entradas de cine usadas. Durante años, cada vez que tenía un buen día, corría a casa y escribía y pegaba el recibo o la entrada que demostrara dónde había estado o qué había hecho. En un determinado momento empezó a embellecer la información para parecer más interesante. No eran mentiras, solo exageraciones. Cualquier cosa que ayudara a que su madre se sintiera orgullosa de ella algún día. Llenó el primer álbum y luego otro, y otro. Cada cumpleaños recibía un cuaderno sin estrenar, y así llegó a la adolescencia.
Entonces le ocurrió algo. No estaba segura de qué, tal vez le creció el pecho más rápido que a las demás, o quizá es que estaba cansada de contar su vida en trozos de papel que nadie quería leer. Para cuando cumplió los catorce decidió que ya no lo haría más. Guardó los cuadernos de niña pequeña en una gran caja de cartón, la empujó hasta el fondo del armario y le dijo a su abuela que no le comprara más.
—¿Estás segura, cariño?
—Sí —fue su respuesta. Su madre ya no le importaba e intentaba no pensar en ella. De hecho, en el instituto decía a todo el mundo que su madre había muerto en un accidente de barco.
Aquella mentira la liberó. Dejó de comprarse ropa en la sección infantil y empezó a frecuentar la planta joven. Se compró camisetas ajustadas que dejaban el ombligo al aire y destacaban su nuevo pecho y pantalones de campana de cintura baja que le hacían un trasero bonito. Tenía que ocultarle aquellas prendas a la abuela, pero eso era fácil: un chaleco largo y abultado la ayudaba a salir de casa vestida como le daba la gana.
Se dio cuenta de que si se vestía con cuidado y actuaba de una manera determinada, los chicos guais siempre querían salir con ella. Los viernes y sábados por la noche le decía a su abuela que se quedaba a dormir en casa de una amiga y se iba a patinar a Lake Hills, donde nadie le hacía preguntas sobre su familia ni la miraba con expresión de «pobre Tully». Aprendió a fumar pitillos sin toser y a masticar chicle para enmascarar el olor en su aliento.
En octavo era la chica más popular del instituto. Tener tantos amigos ayudaba. Si se mantenía lo bastante ocupada, no pensaba en aquella mujer que no la quería.
Algún día que otro se sentía… no sola exactamente…, pero algo. A la deriva tal vez. Como si todas las personas con las que pasaba el tiempo no fueran más que sustitutas de otra.
Hoy era uno de esos días. Estaba en su asiento de siempre en el autobús oyendo el runrún de las conversaciones a su alrededor. Todos parecían hablar de asuntos familiares y Tully no tenía nada que aportar a sus conversaciones. No sabía lo que era pelearse con un hermano pequeño, estar castigada por contestar a tus padres o ir de compras con tu madre. Cuando el autobús llegó a su parada, se apresuró a bajar agradecida y se despidió de sus amigos con gran aspaviento, riendo fuerte y agitando las manos. Fingiendo, algo que hacía cada vez más a menudo.
Cuando el autobús se fue, se recolocó la mochila en el hombro y emprendió el largo camino a su casa. Acababa de doblar la esquina cuando la vio.
Allí, aparcada en la calle, delante de la casa de la abuela, había una furgoneta Volkswagen roja destartalada. Aún tenía los adhesivos de flores en uno de los lados.
Aún era de noche cuando sonó el despertador de Kate Mularkey. Gimió y se quedó mirando el techo abuhardillado. La idea de ir a clase la ponía enferma.
Por lo que le atañía a ella, octavo curso era un auténtico asco; 1974 había resultado ser un año vomitivo, un desierto social. Gracias a Dios que solo quedaba un mes de clase. Aunque el verano no sería mucho mejor.
En sexto había tenido dos mejores amigas; lo hacían todo juntas: participar en competiciones de hípica, ir al club juvenil y visitarse las unas a las otras en bicicleta. El verano en que cumplieron doce años todo eso terminó. Sus amigas se habían desmelenado, no había otra manera de decirlo. Fumaban marihuana antes de entrar en el instituto, se saltaban clases y no se perdían una fiesta. Cuando Kate se negó a acompañarlas, pasaron de ella y punto. Y los chicos «buenos» ya no querían saber nada de ella porque había formado parte del club de las porreras. Así que ahora los libros eran sus únicos amigos. Se había leído tantas veces El señor de los anillos que se sabía trozos enteros de memoria.
No era una destreza que la ayudara a ser más popular.
Suspiró y se levantó de la cama. En el diminuto armario del piso de arriba recientemente reconvertido en cuarto de baño, se dio una ducha rápida y se trenzó el pelo rubio liso, luego se puso sus gafotas de empollona con montura de carey negra. Estaban pasadísimas de moda: ahora los chicos guais las llevaban redondas y sin montura, pero su padre decía que de momento no podían permitirse unas nuevas.
Una vez en el piso de abajo, fue a la puerta trasera, se enrolló las perneras de los pantalones de campana alrededor de las pantorrillas y se calzó las gigantescas botas de goma negras que dejaban siempre en los escalones de cemento. Moviéndose como Neil Armstrong vadeó la gruesa capa de barro hasta el cobertizo situado detrás de la casa. La vieja yegua cuarterona cojeó hasta la cerca y la saludó con un relincho.
—Hola, Sweetpea —dijo Kate mientras echaba un manojo de paja al suelo y a continuación rascaba la oreja aterciopelada del caballo—. Yo también te echo de menos.
Y era verdad. Dos años antes habían sido inseparables; durante todo aquel verano Kate había montado la yegua y ganado muchas escarapelas en la feria del condado de Snohomish.
Pero las cosas cambiaban a toda velocidad, ahora lo sabía. Un caballo podía envejecer de un día para otro y quedarse cojo. Una amiga podía convertirse en una completa desconocida con la misma rapidez.
—Adiós.
Recorrió a zancadas el camino oscuro y embarrado y dejó las botas sucias en el porche.
Cuando abrió la puerta trasera se encontró con el caos. Su madre estaba en la cocina, con su bata de estar por casa de estampado floral y pantuflas rosas acolchadas, fumando un cigarrillo Eve mentolado y vertiendo masa en una sartén eléctrica alargada. Llevaba la melena castaña que le llegaba a los hombros dividida en dos coletas escuálidas sujetas con dos trozos de cinta rosa chillón.
—Pon la mesa, Kate —dijo sin levantar la vista—. ¡Sean, baja!
Kate obedeció. Antes de que le diera tiempo a terminar, su madre estaba detrás de ella sirviendo leche en los vasos.
—Sean… ¡El desayuno! —gritó de nuevo la madre en dirección a las escaleras. Esta vez añadió las palabras mágicas—: He servido la leche.
A los pocos segundos, Sean, de ocho años, bajó corriendo las escaleras y se abalanzó hacia la mesa de formica beis jaspeada riendo al tropezar con el cachorro de labrador que se había incorporado hacía poco a la familia.
Kate estaba a punto de sentarse en su sitio de siempre cuando se le ocurrió mirar hacia el salón. Por el ventanal que había encima del sofá vio algo que la sorprendió: un camión de mudanza enfilaba el camino de entrada de la casa situada al otro lado de la calle.
—Hala.
Cruzó las dos habitaciones con su plato y se quedó en la ventana mirando la hectárea de jardín hasta la casa de enfrente. Llevaba vacía desde que tenía uso de razón.
Oyó los pasos de su madre a su espalda, sonoros en el suelo de falso linóleo de la cocina, silenciosos en la moqueta verde musgo del salón.
—Se muda alguien a la casa de enfrente —dijo Kate.
—¿En serio?
No, estoy mintiendo.
—Igual tienen una hija de tu edad. Estaría bien que tuvieras una amiga.
Kate contuvo su irritación. Solo una madre podía pensar que era fácil hacer amigos en la escuela secundaria.
—Sí, claro.
Se volvió con brusquedad y se llevó el plato al pasillo, donde terminó de desayunar tranquila debajo de un retrato de Jesús.
Como era de esperar, su madre la siguió. Se quedó junto al tapiz de La última cena sin decir nada.
—¿Qué? —saltó Kate cuando no pudo soportarlo más.
El suspiro de su madre fue tan leve que casi no se oyó.
—¿Por qué no hacemos más que discutir últimamente?
—Empiezas tú.
—¿Diciéndote hola y preguntándote qué tal estás? Desde luego soy una auténtica bruja.
—Tú lo has dicho.
—No es culpa mía y lo sabes.
—¿El qué?
—Que no tengas amigos. Si…
Kate se marchó. Si oía un solo discursito más de si-pusieras-un-poco-más-de-tu-parte era muy posible que vomitara.
Afortunadamente, y por una vez, su madre no la siguió, sino que volvió a la cocina mientras decía:
—Date prisa, Sean. El autobús escolar Mularkey sale en diez minutos.
Su hermano rio. Kate puso los ojos en blanco y subió al piso de arriba. Era penoso. ¿Cómo podía su hermano reírse del mismo estúpido chiste todos los días?
La respuesta llegó tan rápido como la pregunta: porque tenía amigos. La vida con amigos era siempre más fácil.
Se encerró en su dormitorio hasta que oyó arrancar la vieja ranchera Ford. Lo que menos le apetecía en el mundo era que la llevara a clase su madre, que gritaba y agitaba el brazo como una concursante del El precio justo cuando Kate se bajaba del coche. Todo el mundo sabía que el que te llevaran tus padres al instituto era un suicidio social. Cuando por fin oyó los neumáticos circular despacio por la grava, bajó, fregó los platos, cogió sus cosas y salió. Fuera hacía sol, pero la lluvia de la noche anterior había dejado socavones del tamaño de neumáticos en el camino de entrada. Sin duda, los viejos que se reunían en la ferretería ya estarían hablando de la inundación. El barro se le pegaba a las suelas de sus zapatos Earth de imitación y la obligaba a caminar despacio. Tan concentrada estaba en proteger sus únicos calcetines de estampado arcoíris que hasta el final del camino no reparó en la chica al otro lado de la calle.
Era guapísima. Alta y con grandes pechos, pelo castaño rojizo largo y rizado y una cara como la de Carolina de Mónaco, con piel clara, labios carnosos y pestañas largas. ¡Y cómo iba vestida! Vaqueros a la cadera de tres botones con enormes cuñas de tela en las costuras a modo de pata de elefante, zapatos de plataforma de corcho de diez centímetros y una blusa folk de mangas anchísimas color rosa que dejaba ver al menos cinco centímetros de estómago.
Kate se pegó los libros al pecho mientras deseaba no haberse apretado las espinillas la noche anterior. O que sus vaqueros no fueran del hipermercado.
—Ho-hola —dijo, deteniéndose en su lado de la calle—. El autobús para en esta acera.
Unos ojos color chocolate muy resaltados con rímel negro y sombra de ojos azul brillante la miraron fijamente sin revelar nada.
En ese momento llegó el autobús. Silbó, chasqueó y se detuvo en la parada con una sacudida. Un chico que le había gustado a Kate en otro tiempo sacó la cabeza y gritó:
—Oye, piojo acuático, que ya no llueve. —Y se rio.
Kate agachó la cabeza y subió al autobús. Se desplomó en su asiento de siempre de la primera fila, sola, y esperó sin levantar la cabeza a que la chica nueva pasara a su lado, pero no subió nadie. Cuando se cerraron las puertas y el autobús se puso en marcha se atrevió a volver la vista a la calle.
La chica más guay del mundo no estaba.
Tully ya sabía que no encajaba allí. Por la mañana había tardado dos horas en elegir qué ponerse —un conjunto sacado directamente de las páginas de la revista para adolescentes Seventeen—, y fue un completo error.
Cuando llegó el autobús escolar tomó una decisión en una fracción de segundo. No iba a ir al instituto de aquel poblacho. Era posible que Snohomish estuviera a menos de una hora del centro de Seattle, pero por lo que le atañía a ella podía estar en la luna. Así de fuera de lugar se sentía en él.
No.
Ni hablar.
Recorrió decidida el camino de grava y empujó la puerta con tal fuerza que chocó contra la pared.
Los gestos melodramáticos, había aprendido, eran como la buena puntuación: resaltaban el mensaje.
—¡Tiene que ser una broma! —gritó, dándose cuenta demasiado tarde de que en el salón solo estaban los hombres de la empresa de mudanzas.
Uno de ellos se detuvo y la miró desconfiado.
—¿Eh?
Se abrió paso entre ellos y al hacerlo se arañó con un armario tan fuerte que los hombres soltaron exclamaciones en voz baja. Le dio igual. Odiaba sentirse así, llena de rabia.
No estaba dispuesta a que su supuesta madre la hiciera sentirse retorcida por dentro, no después de todas las veces que la había abandonado.
Su madre estaba en el dormitorio principal sentada en el suelo recortando fotografías de la revista Cosmopolitan. Como siempre, su larga melena era una pesadilla ondulada y sin peinar, sujeta por una cinta de cuero y cuentas espantosamente pasada de moda. Sin levantar la vista pasó a la página siguiente, donde salía Burt Reynolds desnudo y sonriente tapándose el pene con una mano.
—No pienso ir a ese instituto de mala muerte. Está lleno de paletos.
—Ah. —La madre pasó la página, luego cogió las tijeras y se puso a recortar unas flores de un anuncio de champú marca Breck—. Vale.
Tully tuvo ganas de gritar.
—¿Cómo que vale? ¡Tengo catorce años!
—Mi trabajo es quererte y apoyarte, cariño, no decirte lo que tienes que hacer.
Tully cerró los ojos, contó hasta diez y repitió:
—No tengo amigos aquí.
—Pues haz nuevos. Tengo entendido que en tu otro instituto eras doña Popular.
—Por favor, mamá, tienes…
—Nube.
—No pienso llamarte «Nube».
—Como quieras, Tallulah.
La madre levantó la vista para asegurarse de que la había entendido. Así era ella.
—No pinto nada aquí.
—Eso es una tontería y lo sabes, Tully. Eres hija de la tierra y el cielo. Tu lugar está en todas partes. El Bhagavad Gita dice…
—Se acabó.
Tully dejó a su madre con la palabra en la boca. Lo último que necesitaba era un consejo producto de las drogas que parecía sacado de un cartel hippy. De camino a la puerta cogió una cajetilla de Virginia Slims del bolso de su madre y salió a la carretera.
Durante la semana siguiente Kate se dedicó a estudiar a la chica nueva desde lejos.
Tully Hart era diferente de una manera atrevida, guay; de alguna manera brillaba más que el resto en los pasillos de paredes verde desvaído. No tenía hora de llegada a casa y le daba igual si la pillaban fumando en el bosque de detrás del instituto. Todos hablaban de ello. Kate percibía el asombro susurrado en sus voces. Para aquellos chicos criados en granjas lecheras y casas de trabajadores de una fábrica de papel en el valle de Snohomish, Tully Hart era exótica. Todos querían ser amigos suyos.
La popularidad instantánea de su vecina hacía más insoportable el aislamiento de Kate. No estaba segura de por qué le dolía tanto. Solo sabía que cada mañana, cuando esperaban al autobús una al lado de la otra pero a mundos de distancia, separadas por un gran silencio, Kate deseaba desesperadamente que Tully se diera por enterada de su existencia.
Algo que nunca ocurriría.
—… antes de que empiece el show de Carol Burnett. Ya está preparada. ¿Kate? ¿Katie?
Kate levantó la cabeza de la mesa de la cocina. Se había quedado dormida encima del libro de ciencias sociales.
—¿Eh? ¿Qué has dicho? —preguntó mientras se ajustaba las gruesas gafas.
—Que les he hecho una boloñesa precocinada a nuestras nuevas vecinas. Quiero que se la lleves.
—Pero… —Kate trató de pensar en una excusa, cualquiera, que la salvara de aquella situación—. Ya llevan aquí una semana.
—Bueno, sí, me he retrasado un poco. Estos días han sido una locura.
—Tengo muchos deberes. Manda a Sean.
—No creo que Sean vaya a hacer amigos en esa casa, ¿no te parece?
—Yo tampoco —dijo Kate con tristeza.
Su madre la miró. El pelo castaño que se había rizado y cardado con tanto cuidado por la mañana estaba ahora lacio y el maquillaje había desaparecido. Tenía la cara redonda, como de manzana, pálida y desvaída. Llevaba el chaleco de croché morado y amarillo, regalo de las Navidades anteriores, mal abotonado. Con la mirada fija en Kate, cruzó la habitación y se sentó delante de la mesa.
—¿Puedo decir algo sin que te pongas hecha una furia?
—Probablemente no.
—Siento lo que te pasó con Joannie.
De todas las cosas que Kate habría esperado, esa ni siquiera estaba en la lista.
—No importa.
—Claro que importa. Tengo entendido que estos días anda con gente un poco gamberra.
Kate quiso decir que le daba absolutamente igual, pero, para su horror, tenía ganas de llorar. Le afloraron recuerdos: de Joannie y ella subidas al pulpo de la feria, sentadas a la puerta de los establos hablando de lo divertido que sería el instituto. Se encogió de hombros.
—Sí.
—La vida es dura a veces. Sobre todo a los catorce años.
Kate puso los ojos en blanco. Si de algo estaba segura era de que su madre no tenía ni idea de lo dura que podía ser la vida para una adolescente.
—Joder. No me digas.
—Voy a hacer como que no he oído tu contestación. No será difícil porque nunca me vas a volver a hablar así, ¿verdad?
Kate no pudo evitar querer ser como Tully. Ella nunca se habría echado atrás tan fácilmente. De estar en su situación, lo más probable es que se hubiera encendido un pitillo y hubiera desafiado a su madre a que le dijera algo.
Su madre rebuscó en el amplio bolsillo de su falda y encontró sus cigarrillos. Mientras encendía uno, estudió a Kate.
—Sabes que te quiero y que te apoyo y que no dejaría que nadie te hiciera daño. Pero, Katie, tengo que hacerte una pregunta. ¿A qué esperas?
—¿De qué hablas?
—Te pasas el tiempo leyendo y haciendo deberes. ¿Cómo se supone que te va a conocer la gente si te comportas así?
—Es que no quieren conocerme.
La madre le tocó la mano con suavidad.
—Quedarse sentada esperando a que algo o alguien te cambie la vida nunca es bueno. Por eso mujeres como Gloria Steinem se dedican a quemar sujetadores y a manifestarse en Washington.
—¿Para que yo pueda hacer amigas?
—Para que puedas ser lo que quieras. Tu generación tiene mucha suerte. Podéis ser lo que queráis. Pero tendrás que asumir algún riesgo de vez en cuando. Salir ahí fuera. Una cosa te voy a decir: en la vida solo nos arrepentimos de lo que no hemos hecho.
Kate percibió un tono raro en la voz de su madre, una tristeza que teñía la palabra «arrepentimos». Pero ¿qué podía saber su madre del campo de batalla de la popularidad en el instituto? Llevaba décadas sin ser adolescente.
—Sí, claro.
—Es verdad, Kathleen. Algún día te darás cuenta de lo lista que soy. —La madre sonrió y le dio unas palmaditas en la mano—. Si eres como los demás, sucederá más o menos en el momento en que quieras que te haga de canguro por primera vez.
—¿De qué hablas?
La madre se rio de un chiste que Kate ni siquiera entendía.
—Me alegro de que hayamos hablado. Y ahora, venga. Vete a hacerte amiga de nuestra nueva vecina.
Sí, claro, amiguísima.
—Ponte los guantes de horno, todavía quema —dijo la madre.
Genial. Lo que me faltaba.
Kate fue a la encimera y miró el guiso con aspecto de engrudo marrón rojizo. Obediente, lo cubrió con papel de aluminio que dobló por los bordes y se puso los guantes azules gruesos y acolchados que había hecho la tía Georgia. En la puerta trasera se calzó los Earth de imitación que estaban en el porche y tomó el camino de piedra porosa.
La casa del otro lado de la calle era alargada y baja, como desparramada, y con una planta en L orientada hacia el lado contrario de la calzada. El musgo cubría las tejas. Los laterales color marfil necesitaban una mano de pintura y los canalones rebosaban de hojas y palos. Enormes matas de rododendros tapaban casi todas las ventanas y enebros desbocados creaban una barrera verde y cubierta de púas que recorría toda la casa. Aquellas plantas llevaban décadas desatendidas.
Al llegar a la puerta principal, Kate respiró hondo.
Sujetó la fuente con una mano, se quitó un guante y llamó.
Por favor, que no haya nadie en casa.
Casi al momento oyó pasos.
La puerta se abrió y apareció una mujer alta vestida con un caftán vaporoso. Una cinta de cuero y cuentas le ceñía la frente. De sus orejas colgaban unos pendientes desparejados. Había una extraña opacidad en sus ojos, como si necesitara gafas y no las tuviera, pero aun así tenía cierta belleza frágil.
—¿Sí?
Una música extraña y pulsátil parecía salir de varios lugares a la vez; aunque las luces estaban apagadas, varias lámparas de lava eructaban y borboteaban en botellas de inquietante color rojo y verde.
—Ho-hola —balbuceó Kate—. Mi madre os ha preparado esto.
—Qué bien —dijo la mujer. Se tambaleó hacia atrás y estuvo a punto de caerse.
Entonces apareció Tully en el umbral. O hizo su entrada, más bien, moviéndose con una elegancia y una seguridad más propias de una estrella de cine que de una adolescente. Con un minivestido azul intenso y botas blancas de gogó, parecía lo bastante mayor para conducir. Sin decir una palabra cogió a Kate del brazo y le hizo cruzar el salón hasta una cocina donde todo era rosa: las paredes, los armarios, las cortinas, las encimeras de azulejo, la mesa… Cuando Tully la miró, a Kate le pareció ver el atisbo de algo parecido a la vergüenza en sus ojos oscuros.
—¿Era tu madre? —preguntó Kate, un poco desconcertada.
—Tiene cáncer.
—Ah. —Kate no supo qué decir excepto—: Lo siento.
El silencio se instaló en la habitación. En lugar de mirar a Tully a los ojos, Kate se dedicó a estudiar la mesa. En su vida había visto tanta comida basura junta. Galletas rellenas. Cajas de cereales azucarados, Fritos, aritos de patata Funyun, pastelitos Twinkies, bollitos rellenos y palomitas dulces amarillo chillón.
—Guau, ojalá mi madre me dejara comer estas cosas. —De inmediato, Kate deseó haber mantenido la boca cerrada. Había quedado como una pardilla. Para tener algo que hacer, dejó la fuente en la encimera—. Aún está caliente —dijo, algo estúpido teniendo en cuenta que llevaba puestos unos guantes que parecían orcas, las ballenas asesinas.
Tully se encendió un pitillo y se recostó contra la pared rosa sin quitarle la vista de encima.
Kate miró hacia la puerta que daba al salón.
—¿No le importa que fumes?
—Está demasiado enferma para que le importe.
—Ah.
—¿Quieres una calada?
—Pues… no. Gracias.
—Me lo imaginaba.
En la pared, un reloj con forma de gato movió el rabo.
—Supongo que tendrás que irte a casa a cenar —dijo Tully.
—Ah —repitió Kate sonando aún más pardilla que antes—. Es verdad.
Tully la condujo de vuelta cruzando el salón, donde su madre se había despatarrado en el sofá.
—Adiós, chica de la casa de enfrente que va de vecina enrollada.
Tully tiró de la puerta. Fuera, la noche que empezaba a caer era un rectángulo morado borroso demasiado vívido para resultar real.
—Gracias por la comida —dijo Tully—. No sé cocinar y Nube está más bien cocinada, ya me entiendes.
—¿Nube?
—Así se llama mi madre ahora.
—Ah.
—Sería genial si yo supiera cocinar. O si tuviéramos un cocinero o algo. Como mi madre tiene cáncer —comentó Tully mirando a Kate.
Dile que tú le enseñas.
Arriésgate.
Pero no podía. La humillación potencial era demasiado grande.
—Bueno… Adiós.
—Hasta luego.
Kate pasó a su lado y salió a la noche.
Había recorrido media acera cuando Tully la llamó.
—Oye, espera.
Kate se giró despacio.
—¿Cómo te llamas?
Tuvo una punzada de esperanza.
—Kate. Kate Mularkey.
Tully rio.
—¿Mularkey? ¿O sea, te apellidas «Payasadas»?[2].
El chiste sobre su apellido había perdido la gracia hacía tiempo. Kate suspiró y se dio la vuelta de nuevo.
—No quería reírme —dijo Tully, pero sin dejar de hacerlo.
—Sí, claro. Lo que tú digas.
—Vale, como quieras. Tú pórtate como una idiota.
Kate siguió andando.
Tully miró a la chica alejarse.
—No debería haber dicho eso —se reprochó, reparando en lo débil que sonaba su voz bajo el cielo sembrado de estrellas.
Ni siquiera sabía muy bien por qué lo había dicho, por qué había sentido de pronto la necesidad de burlarse de su vecina. Suspiró y entró en la casa. En cuanto puso el pie en la sala el olor de la marihuana la abrumó y le irritó los ojos. Su madre estaba tumbada en el sofá con las piernas abiertas en cruz, una apoyada en la mesa baja y la otra en los cojines del respaldo. Tenía la boca abierta y las comisuras de la boca brillaban por la saliva.
Y la chica de la casa de enfrente había visto aquello. Se apoderó de ella una oleada de vergüenza. Sin duda, para el lunes los rumores se habrían extendido por todo el instituto. Tully Hart tiene una madre drogata.
Por eso nunca invitaba a nadie a casa. Cuando tienes secretos que ocultar es mejor hacerlo a solas, en la oscuridad.
Habría dado cualquier cosa por tener una de esas madres que cocinan para desconocidos. Tal vez por eso se había burlado del nombre de aquella chica. Ese pensamiento la puso furiosa y dio un portazo.
—Nube, despierta.
La madre tomó aire con un ronquido y se incorporó.
—¿Qué passha?
—Es la hora de la cena.
La madre se retiró un mechón de pelo de los ojos y se esforzó por enfocar el reloj de la pared.
—¿Qué estamos, en una residencia de ancianos? Son las cinco.
A Tully le sorprendió que su madre aún pudiera leer la hora. Fue a la cocina, sirvió el guiso en dos platos de cerámica marca Corning y volvió al salón.
—Toma.
Le dio a su madre un plato y un tenedor.
—¿De dónde ha salido esto? ¿Has cocinado?
—Pues no. Lo ha traído la vecina.
Nube miró somnolienta a su alrededor.
—¿Tenemos vecinos?
Tully no se molestó en contestar. En cualquier caso, a su madre se le olvidaba siempre de qué estaban hablando, lo que hacía imposible mantener una conversación de verdad. Por lo general a Tully le daba lo mismo —le apetecía tanto hablar con Nube como ver películas en blanco y negro—, pero ahora, desde la visita de aquella chica, era muy consciente de lo diferente de sus circunstancias. De tener una familia de verdad —una madre que preparaba comida y se la regalaba a sus vecinos— no se sentiría tan sola. Se sentó en uno de los pufs color mostaza que flanqueaban el sofá y dijo con cautela:
—Me preguntó qué estará haciendo la abuela.
—Pues lo más seguro es que esté haciendo uno de esos bordados que alaban al Señor. Como si con eso fuera a ir al cielo, ja. ¿Qué tal el instituto?
Tully levantó la cabeza como un resorte. No podía creerse que su madre acabara de hacerle una pregunta sobre su vida.
—Pues conozco a mucha gente, pero… —Frunció el ceño. ¿Cómo podía expresar su insatisfacción con palabras? De lo único que estaba segura era de que allí se sentía sola, incluso en compañía de sus nuevos amigos—. Todavía no…
—¿Hay kétchup? —la interrumpió su madre mirando con cara de pocos amigos su plato de pasta con carne y pinchándolo con el tenedor. Se balanceaba al ritmo de la música.
Tully odió sentirse tan decepcionada. ¿Cómo había podido ser tan tonta y esperar algo de su madre?
—Me voy a mi habitación —dijo levantándose del puf.
Lo último que oyó antes de encerrarse de un portazo fue a su madre decir:
—Igual con un poco de queso…
Aquella noche, tarde, mucho después de que todos se hubieran ido a la cama, Kate bajó con sigilo las escaleras, se calzó las gigantescas botas de goma de su padre y salió. Últimamente aquello se estaba convirtiendo en una costumbre, salir de la casa cuando no podía dormir. En lo alto, el cielo negro inmenso estaba salpicado de estrellas. Le hacía sentir pequeña e insignificante, aquel cielo. Una chica solitaria mirando una calle desierta que no llevaba a ninguna parte.
Sweetpea relinchó y trotó hacia ella.
Kate se subió a la valla.
—Hola, chica —dijo mientras se sacaba una zanahoria del bolsillo del anorak.
Miró la casa al otro lado de la calle. Era medianoche y las luces seguían encendidas. Seguro que Tully estaba dando una fiesta con los chicos más populares del instituto. Sin duda estaría riendo, bailando y hablando de lo guais que eran.
Kate habría dado todo lo que tenía por que la invitaran a una fiesta así.
Sweetpea le empujó la rodilla con el hocico y resopló.
—Sí, ya lo sé. Estoy soñando.
Con un suspiro se bajó de la valla, acarició a Sweetpea por última vez y se volvió a la cama.
Unas noches más tarde, después de una cena a base de galletas rellenas y cereales azucarados con forma de letras, Tully se dio una ducha larga y caliente, se afeitó las piernas y axilas con cuidado y se secó y peinó hasta que tuvo el pelo sin una sola onda o rizo y con la raya en medio. Luego fue a su armario e intentó decidir qué ponerse. Era su primera fiesta del instituto, tenía que ir perfecta. Ninguna de las chicas de su curso había sido invitada. Solo ella. Pat Richmond, el chico más guapo del equipo de fútbol americano, había elegido a Tully para que fuera su acompañante. El miércoles anterior por la noche habían coincidido en una hamburguesería, él con sus amigos y ella con los suyos. Había bastado una mirada de Tully para que Pat dejara su grupo de tipos fuertotes y fuera derecho hacia ella.
Al verle acercarse, Tully prácticamente se desmayó. En la gramola sonaba Stairway to Heaven. Más romántico imposible.
—Solo por hablar contigo me puedo meter en un lío —dijo Pat.
Tully trató de parecer madura y cosmopolita al decir:
—Me gustan los líos.
La sonrisa que le dedicó Pat no se parecía a nada. Por primera vez en su vida se sintió tan bonita como decía la gente que era.
—¿Quieres venir conmigo a la fiesta del viernes?
—Podría solucionarse —dijo. Era una frase que le había oído a Erica Kane en la serie de televisión Todos mis hijos.
—Te recojo a las diez. —Pat se acercó más—. A no ser que esa sea tu hora de volver a casa, niñita.
—Firefly Lane, diecisiete. Y no tengo hora de llegada.
Pat sonrió otra vez.
—Por cierto, soy Pat.
—Yo Tully.
—Bueno, Tully, pues te veo a las diez.
Tully seguía sin dar crédito. Se había pasado las últimas cuarenta y ocho horas sin pensar en otra cosa que no fuera su primera cita de verdad. Las otras veces que había salido con chicos siempre había sido en grupo o para asistir a un baile del colegio. Esto era completamente distinto, Pat era casi un hombre.
Podían enamorarse, lo sabía. Y luego, con Pat de la mano, dejaría de sentirse tan sola.
Por fin decidió qué se pondría.
Vaqueros a la cadera, con tres botones y de campana, suéter de punto rosa de cuello redondo y escotado y sus zapatos de plataforma de corcho preferidos. Dedicó casi una hora a maquillarse, aplicándose más y más capas hasta que se encontró arrebatadora. Estaba impaciente por que Pat viera lo guapa que podía llegar a estar.
Le robó una cajetilla de tabaco a su madre y salió del dormitorio.
En el salón, su madre levantó la vista, confusa, de una revista.
—Oye, que son casi las diez. ¿Dónde vas?
—Un chico me ha invitado a una fiesta.
—¿Está aquí?
Sí, claro. Como si Tully pudiera invitar a nadie a aquella casa.
—He quedado con él en la calle.
—Pues genial. No me despiertes cuando vuelvas.
—No lo haré.
Fuera estaba oscuro y hacía frío. La Vía Láctea se extendía en el cielo dibujando un camino de luz de estrellas.
Esperó junto al buzón en la calle principal cambiando el peso de un pie a otro para no quedarse fría. Tenía los brazos con piel de gallina. El anillo termosensible que llevaba en el dedo corazón cambió de verde a morado. Intentó recordar qué significaba eso.
Al otro lado de la calle y ladera arriba, la hermosa casita rústica relucía en la oscuridad. Cada ventana era como una porción de mantequilla fundida y apetitosa. Seguramente estaban todos en casa, reunidos alrededor de una mesa grande jugando al Risk. Tully se preguntó qué harían si les visitaba un día, se presentaba en el porche y saludaba.
Oyó el coche de Pat antes de ver sus faros. El rugido del motor le hizo olvidarse de la familia del otro lado de la calle y bajó a la calzada saludando con la mano.
El Dodge Charger verde de Pat se detuvo a su lado; el coche parecía latir al ritmo de la música, vibrar. Tully se deslizó en el asiento del pasajero. La música estaba tan alta que supo que Pat no oiría lo que dijera.
Este pisó el acelerador con una sonrisa y salieron como un cohete, atronando la tranquila carretera comarcal.
Cuando se desviaron por un camino de grava Tully vio que la fiesta había empezado. Había docenas de coches aparcados formando un gran círculo en un paso con las luces puestas. En la radio de uno de los coches sonaba Taking Care of Business, de Bachman-Turner Overdrive, a todo volumen. Pat aparcó junto a la hilera de árboles a lo largo de una valla.
Había jóvenes por todas partes, reunidos alrededor de una hoguera, de pie junto a barriles de cerveza. El suelo estaba cubierto de vasos de plástico transparente. Junto al granero había un grupo de chicos jugando al touch football. Era finales de mayo, todavía faltaba mucho para el verano, así que la mayoría llevaba abrigo. Tully deseó no haberse olvidado de coger el suyo.
Pat la cogió fuerte de la mano y la guio a través de las numerosas parejas hasta el barril. Una vez allí, llenó dos vasos.
Tully cogió el suyo y se dejó conducir hasta un rincón tranquilo justo fuera del perímetro de los coches. Pat extendió su cazadora con el anagrama de la universidad en el suelo y le hizo una señal para que se sentara.
—La primera vez que te vi no me lo podía creer —dijo sentado muy cerca de Tully y dando un sorbo a su cerveza—. Eres la chica más guapa que ha habido nunca en este pueblo. Tienes a todos los chicos detrás de ti.
—Pero he venido contigo —replicó Tully sonriéndole. Tenía la impresión de que terminaría cayendo dentro de sus ojos negros.
Pat dio un largo trago de cerveza, hasta casi terminarla, y luego dejó el vaso y la besó.
A Tully la habían besado antes otros chicos; la mayoría habían sido intentos torpes y nerviosos durante un baile lento. Eso era diferente. La boca de Pat parecía mágica. Suspiró feliz y susurró el nombre de Pat. Cuando este se apartó, la miraba con una expresión de amor radiante.
—Me alegro de que hayas venido.
—Yo también.
Pat se terminó la cerveza y se puso de pie.
—Necesito repostar.
Estaban haciendo cola ante el barril cuando la miró con el ceño fruncido.
—Oye, no estás bebiendo nada. Creía que te gustaban las fiestas.
—Me gustan. —Tully sonrió nerviosa. En realidad nunca había bebido alcohol, pero si se portaba como una pardilla dejaría de gustarle a Pat y estaba desesperada por que quisiera estar con ella—. Chinchín —dijo antes de llevarse el vaso de plástico a los labios y apurarlo de un solo trago. Cuando terminó, no pudo evitar eructar y reírse.
—Eso es —dijo Pat, y sirvió dos cervezas más.
La segunda no le supo tan mal, y para la tercera Tully había perdido por completo el sentido del gusto. Cuando Pat sacó una botella de vino barato también bebió. Estuvieron casi una hora sentados en la cazadora, muy juntos, bebiendo y hablando. Tully no conocía a ninguna de las personas sobre las que hablaban, pero daba igual. Lo importante era cómo la miraba Pat, cómo le cogía la mano.
—Venga —le susurró este—. Vamos a bailar.
Cuando se levantó, Tully se sintió mareada. Había perdido el sentido del equilibrio y mientras bailaron no hizo más que tropezar. Por fin se cayó al suelo. Pat rio, le cogió la mano para ayudarla a levantarse y la condujo a un rincón oscuro y romántico entre los árboles. Tully lo siguió dando traspiés y entre risitas y se sobresaltó cuando Pat la cogió en sus brazos y la besó.
Fue tan agradable…, una sensación de calor y cosquilleo. Se pegó a él igual que una gatita encantada con cómo la hacía sentirse. Era cuestión de segundos que Pat diera un paso atrás, la mirara de arriba abajo y dijera «te quiero», igual que Ryan O’Neal en Love Story.
Quizá incluso Tully le llamaría «niño bien» cuando le dijera que ella también le quería. Su canción sería Stairway to Heaven. Le contarían a la gente que se habían conocido mientras…
La lengua de Pat se deslizó en su boca haciendo presión y explorando como una sonda extraterrestre. De pronto dejó de ser agradable, aquello no estaba bien. Intentó decir «para», pero no le salía la voz; Pat no la dejaba respirar.
Sus manos estaban por todas partes, le subían por la espalda, los costados, le tiraban del sujetador intentando desabrochárselo. Notó cómo se soltaba con un desagradable chasquido. Pat empezó a tocarle el pecho.
—No… —gimoteó Tully tratando de apartarlo. Aquello no era lo que quería. Quería amor, romanticismo, magia. Alguien que la quisiera. No… aquello—. Pat, no.
—Venga ya, Tully. Si lo estás deseando.
La empujó. Tully perdió el equilibrio y cayó en el duro suelo golpeándose en la cabeza. Por un momento la visión se le volvió borrosa. Cuando se recuperó, Pat estaba de rodillas, entre sus piernas. Le sujetaba las manos con una de las suyas y la tenía inmovilizada contra el suelo.
—Así me gusta —dijo mientras le separaba las piernas.
Le subió la camiseta y le miró los pechos desnudos.
—Sí…
Le puso una mano en el pecho y le pellizcó con fuerza el pezón. La otra la metió por los pantalones de Tully, por dentro de la ropa interior.
—Para, por favor. —Tully trató desesperadamente de liberarse, pero sus forcejeos solo parecían excitar más a Pat.
Los dedos de este buscaron entre sus piernas, se movieron dentro de ella.
—Vamos, nena. No te resistas.
Tully empezó a llorar.
—No…
—Sí…
Pat la cubrió con su cuerpo presionándola contra la hierba húmeda.
Tully lloraba tanto que se tragaba sus propias lágrimas, pero a Pat no parecía importarle. Sus besos habían cambiado. Ahora eran húmedos, succionaban, la mordían; le hacían daño, pero no tanto como su cinturón, que le golpeó en el estómago cuando se lo quitó, o su pene, embistiendo…
Cerró con fuerza los ojos mientras el dolor la desgarraba entre las piernas, la arañaba por dentro.
Entonces, de pronto, se terminó. Pat se quitó de encima y se quedó tumbado a su lado abrazándola y besándola en la mejilla como si lo que acababa de hacerle fuera amor.
—Eh, estás llorando. —Le retiró con delicadeza el pelo de la cara—. ¿Qué te pasa? Pensaba que querías hacerlo.
Tully no sabía qué decir. Como cualquier chica, había imaginado cómo sería perder la virginidad, pero ninguno de sus sueños se parecía a aquello. Miró a Pat, atónita.
—¿Cómo iba a querer eso?
La frente de Pat se frunció en un ceño de irritación.
—Venga, Tully. Vamos a bailar.
La manera en que lo dijo, casi con amabilidad, como si de verdad la reacción de Tully lo hubiera desconcertado, no hizo más que empeorar las cosas. Era evidente que Tully había hecho algo mal, que se había portado como una calientapollas, y eso era lo que les pasaba a las chicas que jugaban a esos juegos.
Pat la miró un minuto más y luego se puso en pie y se subió los pantalones.
—Como quieras. Pero necesito otra copa. Vámonos.
Tully se tumbó de costado.
—Vete.
Lo notaba a su lado, sabía que la estaba mirando.
—Parecía que tú también querías, joder. No puedes provocar así a un chico y luego hacerte la estrecha. A ver si crecemos un poco. Todo esto es culpa tuya.
Tully cerró los ojos y le ignoró; cuando por fin se fue, se sintió agradecida. Por una vez se alegraba de estar sola.
Siguió tumbada, sintiéndose rota y dolida, y, lo que era peor, tonta. Al cabo de una hora más o menos oyó cómo se terminaba la fiesta. Los coches arrancaban y los neumáticos hacían chirriar la grava suelta al alejarse.
Pero siguió allí, incapaz de moverse. Lo que había pasado era su culpa, en eso Pat tenía razón. Era tonta y joven. Su única aspiración era que alguien la quisiera.
—Tonta —dijo entre dientes cuando por fin se incorporó.
Despacio, se vistió e intentó ponerse de pie. El movimiento le dio ganas de vomitar, cosa que hizo inmediatamente encima de sus zapatos preferidos. Cuando se le pasaron las náuseas se agachó para coger el bolso, se lo pegó al pecho y emprendió el lento y doloroso camino de vuelta a la carretera.
A aquella hora de la noche no pasaban coches, y se alegró. No quería tener que explicarle a nadie por qué tenía el pelo lleno de agujas de pino y los zapatos manchados de vómito.
Durante todo el camino a casa estuvo reviviendo lo ocurrido: cómo la había sonreído Pat al invitarla a la fiesta; el tierno primer beso que le había dado; la forma en que le había hablado, como si le importara; y luego el otro Pat, con sus manos ásperas, su lengua y sus dedos ávidos, con la polla dura y la violencia con que la había penetrado.
Cuanto más lo recordaba, más sola y triste se sentía.
Si tuviera alguien con quien hablar… Quizá eso apaciguaría el dolor. Pero, por supuesto, no lo tenía.
Otro secreto más que tendría que guardarse, como el de su madre lunática y su padre desconocido. La gente diría que se lo había buscado, qué pintaba una chica de su edad en una fiesta de bachillerato.
Al acercarse a su calle, aflojó el paso. La idea de irse a casa, de sentirse sola en un lugar que debería ser un refugio con una mujer que se suponía que tenía que quererla de pronto le resultó insoportable.
El viejo caballo gris de los vecinos trotó hasta la cerca y relinchó.
Tully cruzó la calle y empezó a subir la cuesta. Cuando llegó a la cerca, arrancó un puñado de hierba y se lo ofreció al animal.
—Toma, chico.
El caballo olisqueó la hierba, resopló con el hocico húmedo y se alejó trotando.
—Es chica y le gustan las zanahorias.
Tully levantó la cabeza y vio a su vecina sentada en el primer listón de la valla.
Estuvieron varios minutos en silencio, con los suaves relinchos de la yegua como único sonido.
—Es tarde —dijo la chica vecina.
—Sí.
—Me encanta estar aquí de noche. Lo brillantes que están las estrellas. A veces, si te quedas un rato mirando el cielo ves como puntitos blancos cayendo a tu alrededor, como luciérnagas. Igual por eso se llama así la calle. Seguro que piensas que soy una pardilla por decir cosas así.
Tully quiso contestar, pero no podía. En algún lugar muy profundo de su interior había empezado a temblar y necesitaba concentrarse al máximo para que no se le notara.
La chica —se llamaba Kate, recordó Tully— se bajó de la cerca. Llevaba una camiseta extragrande con una serigrafía de los protagonistas de la serie Mamá y sus increíbles hijos que se empezaba a desprender. Sus botas hacían un ruido como de succión al pisar el barro.
—Oye, no tienes muy buena cara. —El aparato dental la hacía cecear—. Y apestas a vómito.
—Estoy bien —dijo Tully poniéndose rígida cuando Kate se le acercó.
—¿De verdad estás bien?
Para su horror, Tully se echó a llorar.
Kate la miró un instante desde detrás de sus gafas de empollona. A continuación y sin decir una palabra, la abrazó.
Tully dio un respingo; el contacto le resultó extraño e inesperado. Hizo ademán de soltarse, pero comprobó que no podía. De pronto, no recordaba la última vez que alguien la había abrazado así y se encontró aferrándose a aquella chica tan rara, temerosa de soltarse, temerosa de que sin Kate saldría flotando, igual que el barco Minnow de La isla de Gilligan, y se perdería en el mar.
—Seguro que se va a poner bien —dijo Kate cuando las lágrimas de Tully cesaron.
Tully se apartó con el ceño fruncido. Tardó un segundo en comprender.
El cáncer. Kate pensaba que estaba preocupada por su madre.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó Kate mientras se quitaba el aparato dental y lo dejaba en la superficie musgosa de uno de los postes de la valla.
Tully la miró fijamente. En la luz plateada de la luna llena, no vio más que simpatía en los ojos verdes y magnificados detrás de las gafas de Kate y tuvo deseos de hablar, unos deseos tan intensos que se sintió enferma. Pero no sabía por dónde empezar.
—Ven —añadió Kate, y la condujo por la cuesta hasta el porche delantero en pendiente de la casa. Una vez allí se sentó y se estiró la camiseta raída de modo que le cubriera las rodillas flexionadas—. Mi tía Georgia tuvo cáncer —explicó—. Fue bastante horrible. Se quedó totalmente calva. Pero ahora está bien.
Tully se sentó a su lado y dejó el bolso en el suelo. El olor a vómito era intenso. Sacó un cigarrillo y lo encendió para enmascarar el hedor. No pudo contenerse y dijo:
—He estado en una fiesta al lado del río.
—¿Una fiesta del instituto? —Kate parecía impresionada.
—Me invitó Pat Richmond.
—¿El quarterback? Guau. Mi madre no me dejaría ni estar en la misma cola del supermercado que uno de los mayores del instituto. Es penosa.
—No es penosa.
—Cree que los chicos de dieciocho años son peligrosos. Los llama penes con patas. No me digas que no es penoso.
Tully miró hacia el prado y respiró hondo para sosegarse. No podía creerse que fuera a contar a aquella chica lo ocurrido aquella noche, pero lo cierto era que le quemaba por dentro. Si no lo sacaba, se consumiría.
—Me ha violado.
Kate se volvió y Tully notó cómo sus ojos verdes le taladraban el perfil, pero no se movió, no se giró. Sentía una vergüenza tan abrumadora que no soportaba la idea de verla reflejada en los ojos de Kate. Esperó a que esta dijera algo, a que la llamara idiota, pero no hubo más que silencio. Por fin no pudo soportarlo más y la miró de reojo.
—¿Estás bien? —preguntó Kate con voz suave.
Al oír esas palabras Tully lo revivió todo. Los ojos se le llenaron de lágrimas que le impedían ver con claridad.
Kate volvió a abrazarla. Tully se dejó consolar por primera vez desde que era una niña pequeña. Cuando por fin se separó, trató de sonreír.
—Como siga llorando te voy a ahogar.
—Deberíamos decírselo a alguien.
—Ni hablar. Dirán que ha sido culpa mía. Es nuestro secreto, ¿vale?
—Vale. —Kate lo dijo con el ceño fruncido.
Tully se secó los ojos y dio otra calada al cigarrillo.
—¿Por qué eres tan simpática conmigo?
—Tenías pinta de sentirte sola. Créeme, sé lo que es eso.
—¿En serio? Pero si tienes una familia…
—Y solo porque son mi familia les gusto. —Kate suspiró—. Los chicos del instituto me tratan como si tuviera una enfermedad infecciosa. Antes tenía amigas, pero… Probablemente no tienes ni idea de lo que hablo. Con lo popular que eres…
—Ser popular solo significa que hay mucha gente que cree que te conoce.
—Pues te cambio cuando quieras.
Se quedaron calladas. Tully se terminó el cigarrillo y lo apagó. Qué distintas eran, Kate y ella, tan llenas de contrastes como aquel prado bañado de luz de luna, y, sin embargo, hablar con ella le resultaba de lo más fácil. Descubrió que casi tenía ganas de sonreír y eso que aquella era la peor noche de su vida. Eso tenía que significar algo.
Pasaron la hora siguiente en el porche, hablando a ratos, otras veces calladas. No dijeron nada demasiado importante ni compartieron más secretos, solo charlaron.
Por fin Kate bostezó y Tully se puso de pie.
—Creo que me voy al sobre.
Se levantaron y bajaron a la calle. Al llegar a los buzones de correo, Kate se detuvo.
—Bueno, adiós.
—Adiós.
Tully vaciló un instante, incómoda. Quería abrazar a Kate, quizá incluso colgársele del cuello y decirle lo mucho que la había ayudado aquella noche, pero no se atrevía. Había aprendido un par de cosas sobre vulnerabilidad de su madre y en aquel momento se sentía demasiado frágil para arriesgarse a que la humillaran. Se giró y se fue a su casa. Una vez dentro, fue directa a la ducha. Allí, con el agua caliente golpeándole la piel, pensó en lo que le había ocurrido durante la noche —en lo que había dejado que le ocurriera por hacerse la enrollada— y se echó a llorar. Cuando terminó de llorar y las lágrimas formaron un nudo pequeño y apretado en su garganta, cogió el recuerdo y lo encerró en una caja. Lo almacenó junto a los recuerdos de las veces que Nube la había abandonado y de inmediato se dispuso a olvidarse de él.