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El estrepitoso origen del universo

Es fácil imaginar cómo era nuestro pasado. Una enorme esfera repleta de seres primitivos, casi todos bichos de una sola o muy pocas células. El bajo pueblo de este planeta primitivo estaba habitado por amebas, algas y microbios, y la aristocracia, por lombrices y gusanos. Todos emergían del mar en busca de un lugar donde instalar su hogar y mantener a sus hijos. No había nada más: agua salada, rocas y estas criaturas asquerosas y elementales. Ese fue el pasado de este puto mundo.

Pero hubo un pasado antes del pasado: un antepasado. Imaginar ese antepasado sí resulta cosa bien difícil, porque hay muchas y muy contradictorias teorías.

Unos dicen que antes de que surgiera el mundo existía un enorme vacío. Es decir, no había nada. Cero más cero. Y de ese cero, de esa nada, de ese vacío provenimos. ¿Cómo? No lo explican. Otros afirman que, por el contrario, no existía un vacío sino un enorme despelote. Es decir, muchas cosas, pero completamente desorganizadas. Hagan de cuenta el armario de una chica de quince años o los archivos de la administración de impuestos cuando una víctima exige que se rectifique un error.

En la Antigüedad, los humanos intentaron explicar el origen del mundo acudiendo a la religión. Pero la religión tampoco ofrecía respuestas coherentes. Cojan ustedes la Biblia, por ejemplo. Algunas versiones afirman que “en el principio fue el caos”. Otras afirman que “no había nada en la Tierra”. Es decir, según la traducción del Génesis a la que se acuda, antes de este puto mundo solo existía el vacío o, por el contrario, reinaba el caos.

Pero eso no es lo más grave. Otras versiones de la Biblia aseguran que “en el principio fue el Verbo”. De modo que ya son tres los candidatos: la nada, el caos y el Verbo. ¿Cuál Verbo? ¿Y conjugado cómo? Los teólogos afirman que el Verbo es Dios. Luego el Verbo ni siquiera es un Verbo, sino un sustantivo.

Los teólogos no solo se aventuraron con la gramática, sino con la arqueología. Estos eran sus cálculos, de primorosa exactitud, sobre la historia del planeta: el hombre —llamado Adán— nació en el año 4004 a. C.; el diluvio universal (aquello del arca de Noé) tuvo lugar en el año 2348 a. C. Y en 1571 a. C. nació Moisés1.

Ante la confusión religiosa, conviene acudir a la ciencia. Y la ciencia está de acuerdo solo en unos pocos puntos. Primero, que la edad de la Tierra puede fijarse en unos 10.000 millones de años, aunque lo malo es que no hace mucho la ciencia hablaba de 3.000 millones y luego pasó a 5.000. Así funcionan las gangas en las agencias de viajes, que, al final, cuestan el doble porque no incluyen desayunos, impuestos ni derechos de inodoro. Pero es deprimente que ocurra en el terreno de la ciencia. En fin: con unos miles de millones menos o unos miles de millones más, ya sabemos que el mundo es viejísimo.

Dice también la ciencia que todo se originó en un Big Bang2. Intentaremos explicarlo. El Big Bang fue una explosión formidable, extraordinaria, que se alcanzó a oír en Somalia, Siberia y otros lugares que ni siquiera habían sido fundados todavía. Fue algo repentino. El espacio interestelar estaba completamente vacío, o, por el contrario, lleno de elementos caóticos y de pronto ¡pum! Nadie sabía qué había pasado, porque no había nadie, ¿me explico? Es como si una persona viaja en un globo aerostático, oye una explosión y sus últimas palabras, mientras se precipita a tierra, son: “¿De dónde vendrá ese ruido?”.

¿Qué provocó el tremendo estallido?, se pregunta en forma similar la ciencia y nos preguntamos todos. La versión más aceptable es que se trató de un choque de planetas mucho más grandes que nuestro infeliz globo terráqueo: planetotes, planetazos, planetérrimos… Uno de estos monstruos se dirigía a un lugar del universo y el otro se le atravesó. Es inaceptable que, siendo el universo infinito, los dos idiotas acabaran estrellándose, y que lo hicieran justamente donde estaba reservado el espacio para nuestra llegada. Y, repito, aún más insólito fue que chocaran tratándose de cuerpos celestes titánicos, gigantescos. Aquí no cabe aquello de “Lo siento, no lo vi venir”, “En ese momento sonó el teléfono móvil”, “Qué vergüenza, estaba distraído” o “Señor agente, tenga en cuenta que había poca luz”.

Tampoco se ha establecido cuál de los dos llevaba la vía —¿acaso la Vía Láctea?— y a cuál le corresponde indemnizar al universo por las calamitosas consecuencias que dejó el choque. El caso es que se produjo el percance y, así como salta chatarra de un encontrón de automóviles, saltó una bolita despreciable de agua salada y roca dura que, pasados millones de años, se convirtió en este puto mundo.

Ahora bien, se preguntará el lector, ¿de dónde salieron los dos hiperplanetas desmadrados e irresponsables a los que debe achacarse el Big Bang? Eso ya es materia de otro libro. Pero el enredo tiende a confirmar que, en aquel tiempo, esto era un verdadero caos.

Aprovechemos la ocasión para plantear y descartar la tesis de que la Tierra es invento de unos seres extravagantes que habitan en otras latitudes espaciales: marcianos, venusinos, apostadores de Las Vegas… Lo primero que conviene decir es que, por bárbaros que fueran esos extraterrestres, difícilmente se les ocurriría inventar un planeta cuyos habitantes intentan exterminarse entre sí cada vez que les dan la oportunidad. Y lo segundo es que esos extraterrestres no existen. He consultado en publicaciones muy serias y, salvo los cómics de Supermán y las películas de Spielberg, ninguno atribuye la menor credibilidad a esas historias de marcianos, naves interplanetarias y comunicación con criaturas de otras galaxias. Mucho menos puede pensarse que unos seres que no existen pudieran fundar nuestro planeta. Y gratis.

Me considero un escéptico informado y culto y solo creeré que estos sujetos son reales y tienen algo que ver con este asunto el día en que un individuo de color azul con cuatro pares de orejas, hocico de jabalí y antenas rosadas en forma de tirabuzón se presente y me diga:

—Soy un marciano, provoqué el Bing Bang y aquí le traigo la grabación, para que vea que no miento.

Mientras esto no ocurra, adhiero a la tesis del planeta que se atravesó a otro cuando el semáforo estaba en rojo.

1 Sobre estos personajes y el Antiguo Testamento, recomiendo vivamente el libro Si Eva hubiera sido Adán —traducido al argentino como Risas en el infierno— del conocido historiador que firma el presente tratado.

2 No hay que confundir el Big Bang con la Big Band, que fue la primera orquesta; ni con el Big Mac, que fue la primera hamburguesa; ni con el Big Ben, que fue la primera campana de reloj; ni con el Bing Crosby, que fue el primer cantante.

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El aparatoso origen del hombre

En el deporte de averiguar de dónde viene el hombre existe una irreconciliable división. Un grupo piensa que, como lo afirma la Biblia, Dios lo creó todo en siete días; cosas, animales y seres humanos eran entonces tal como lo son hoy, salvo pequeñas diferencias: la ropa, el acento, el peinado y la afición anglosajona a arrojar enanos en los bares, que en aquel tiempo no se practicaba. Este grupo se denomina “creacionistas”.

El grupo adversario sostiene que el hombre actual procede de una larga evolución que nos remonta hasta organismos aún más primitivos que los borrachos que lanzan enanos en los pubs. Los evolucionistas dicen que el hombre y el mono proceden de un tatarabuelo común. Quienes sostienen esta doctrina proclaman que todo evoluciona irremediablemente, excepto los creacionistas.

El principal defensor del evolucionismo es el inglés Charles Darwin (1809-1882), que fue el segundo en proponer la teoría del origen de las especies y el primero en aceptar que la idea de que el hombre proviene de “una forma inferior” de animales era “altamente desagradable”. Darwin es autor de uno de los libros más influyentes de la historia, El origen de las especies3. Volveremos sobre este asunto.

La historia y las películas de Chita y Tarzán han demostrado que, en lo esencial, Darwin tenía razón, solo que quienes estaban altamente desagradados por la comparación eran los chimpancés, que no han desatado guerras mundiales ni matado a miles de monos de otras especies por diferencias de opinión sobre el poder calórico del banano.

Es posible afirmar, pues, que el ser humano es resultado de una evolución. El problema es que estamos hablando de cosas que vienen sucediendo desde hace muchos millones de años y todas las teorías científicas se apoyan en huesos viejos e incompletos y piedras retorcidas. No un video, ni un documento, ni siquiera un casete, objeto arqueológico en el que antaño —es decir, hace 30 años— se recogían música y palabras.

Se supone que todo empezó —ya lo dije— con una célula hace 5.000 millones de años. ¡Una sola célula! Y miren ahora cómo estamos. La célula, aburrida, logró multiplicarse, pero es mejor no averiguar cómo, porque podría ser un tanto bochornoso. El caso es que en un abrir y cerrar de ojos que duró cerca de 4.500 millones de años, aquella célula solitaria creó numerosos organismos y entidades, actividad que luego imitaron los gobiernos populistas. Y de aquellos organismos se llegó finalmente a los animales vertebrados, no sin antes pasar por la Edad de Hielo, la Edad de Piedra, la Edad de Hierro y la Edad de Jubilarse.

La prehistoria fue un proceso tan largo que relatarlo tomaría varios millones de años más; durante él se cumplieron diversas etapas evolutivas, como el azoico, el paleozoico y el mesozoico, que se subdividían en etapas volantes y premios de montaña: el silúrico, el triásico, el trifásico, el jurásico, el paleoceno, el pleistoceno, el mioceno y muchos otros ásicos, cenos e incluso un cense, el ordovicense.

Abundan las películas, las novelas y los cómics que recrean estos tiempos prehistóricos. Su calidad es variada, pero les daré una pista: los dinosaurios y los seres humanos pertenecen a épocas distintas. Aquel cuento del gran Augusto Monterroso según el cual “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” debe rectificarse: “Cuando despertó, el dinosaurio se había marchado millones de años antes”. Tampoco es verdad, como creen algunos científicos livianos, que hubiese existido la familia Picapiedra.

Cada vez que les muestren a ustedes un documental en que aparecen un megaterio y un cavernícola analfabeto, deben saber que el analfabeto es el director de la película. A él, no a los pobres dinosaurios, ha debido de caerle en la cabeza un meteorito o el estallido de una supernova. Fue esta pesada razón la que provocó la extinción de los grandes mamíferos hace 65 millones de años y desde entonces los niños de las cavernas pudieron volver tranquilos a la escuela. No habían podido hacerlo en los 150 millones de años que precedieron a la extinción de los “terribles lagartos”, que es lo que traduce la palabra dinosaurio4.

Todos somos africanos

Pero no nos ocupemos más de tecodontes, mamuts, tiranosaurios ni democratosaurios: vamos a lo que vinimos, que son los antepasados de los monos y los hombres.

La excavación y el examen de numerosos huesos arqueológicos en todo el planeta han permitido establecer más allá de toda duda que quien quiere fósiles los encuentra. Luego ya intentará convencer a sus amigos de que se trata de la calavera del primer ser humano. Algunos científicos lo han logrado. Lo interesante es que casi todos coinciden en que el primer antepasado directo del hombre y del mono surgió en el África y, por virtud del clima, era de epidermis oscura. De allí emigró a otras latitudes donde el frío cambió el color de su piel (Europa) y, en casos extremos, lo indujo a la bebida (Rusia).

Pero lo cierto es que todos fuimos negros africanos, así que no vengan la reina de Inglaterra y Miss Noruega a mirarnos por encima del hombro desde sus blanquecinas carnes. Sus antepasados también fueron primates (así se llama a los monos más desarrollados, categoría a la que pertenece el hombre) y reñían con felinos y hienas por un brazo o una pierna del familiar más cercano.

Si tenemos en cuenta que este puto mundo tiene entre 5.000 y 10.000 millones de años, parece que fue ayer lo de los primates, sobrinates y abuelates que lo poblaron. La historia del hombre surge hace más o menos 10 millones de años (estoy dispuesto a admitir errores hasta de un par de milenios), cuando los primeros monos bajaron de los árboles, se alzaron en dos pies, matricularon el dedo pulgar en la oposición —el famoso pulgar oponible— y utilizaron los primeros instrumentos para ayudarse en la dura vida cotidiana: una piedra filuda para cortar carne, un garrote para dar muerte a los animales destinados al almuerzo, un pellejo de fiera para calentar el piso de la gruta. Muy pronto, como 3 millones de años después, algunos de los inquilinos de las cavernas decidieron emplear las piedras y garrotes para golpear a sus vecinos y se vio que empezaban a surgir dos grupos de criaturas: unas pacíficas, que hacían monerías, y otras agresivas, que hacían desastres. De aquellas procede Chita. De estas, Tarzán y nosotros.

Homos

Hace apenas 7 millones de años, a las 10:37 a.m. (es solo un cálculo) se hizo más notoria la diferencia entre los monos y los homínidos, tatarabuelos de los hombres. Estos últimos recibieron nombres según las cosas que eran capaces de hacer o el lugar donde se criaron. Así, el homo australopitecus nace en territorios australes del África; el homo neardentalensis, en la localidad alemana de Neardental; el homo antecessor, porque precedió al homo neardentalensis; el homo habilis se caracterizaba por su habilidad para ayudarse de instrumentos; el homo erectus, por la inocultable y permanente felicidad de su mujer.

A pesar de su temible nombre, el australopiteco era —perdonen la rima— bastante enteco. Medía apenas un metro y no pasaba de los 30 kilos. Tenía la cabeza ovalada, la frente estrecha, la quijada retraída y pelo, mucho pelo, incluso en sitios donde sus tataranietos ya no tenemos.

Una agenda resumida de lo que sucedió entre entonces y hoy sería la siguiente:

La vida en la caverna

No era fácil la vida para los homínidos. En las cuevas de Atapuerca, región española no lejos de Burgos donde hoy solo se consigue jamón, morcilla y paleontólogos, el paisaje era bastante azaroso hace 800.000 años. Rondaba el rinoceronte, corría el gamo, rumiaba el ciervo, bullía la rata, pinchaba el puercoespín, trisaba la alondra, ululaba el búho, crascitaba el cuervo, voznaba el cisne, crotoraba la cigüeña, arruaba el jabalí, estridulaba la langosta, glugluteaba el pavo, graznaba la urraca, tauteaba la zorra, himplaba la pantera, rugía el león y ronroneaba hambriento el tigre de dientes de sable.

Los tigres comían hombres, los hombres comían tigres y, si era menester, los hombres comían hombres. Hace poco apareció en Uruguay el cráneo de una Josephoarttigasia monesi, rata colosal del tamaño de un búfalo que pesaba una tonelada y tenía una mordida tan poderosa como la de un león, un inspector de aduana corrupto o el excelso goleador Luis Suárez. Ya es una interesante coincidencia que este también sea uruguayo. No hay que extrañarse, pues, de que aquellas criaturas —nuestros bisabuelos— anduvieran sudorosas, semidesnudas, con un palo en la mano y propensas a prorrumpir en gritos incoherentes, tal como hoy lo hace el homo tenisticus en los partidos de Wimbledon o el Roland Garros.

Poco queda de aquel paisaje zoológico. Salvo las ratas, la mayoría de los demás animales corrieron la suerte del homo neardentalensis a manos del homo sapiens.

Fueron aquellos individuos los primeros cazadores, picapedreros, pescadores, guerreros, artesanos y grafiteros. De esta última actividad sobreviven numerosos dibujos y letreros en cuevas de Asia y Europa. Las de Altamira y El Castillo (España), con 30.000 años a cuestas, son quizás las más célebres. Pero se trata de pintura fresca al lado de las cuevas de Sulawesi, Indonesia, recientemente descubiertas, que tienen por lo menos 39.900 años.

Conviene advertir que la arqueología solo habla de hombres —el hombre de las cavernas, el hombre de Neandertal, el hombre de Cro-Magnon—, pero se sospecha que a lo largo de estos miles de años también hubo algunas mujeres.

3 Darwin fue aficionado al turismo, la equitación y la cocina. En materia culinaria dejó un libro titulado El origen de las especias, menos conocido que el otro, pero notablemente más picante.

4 El lector se preguntará cómo hacen los sabios para determinar estas cifras. Yo también.

5 Muchos de estos datos sobre la edad de las especies se infieren del examen de mandíbulas y dientes ultramilenarios encontrados en sitios arqueológicos. ¡Y hay quien habla de “la mala dentadura de los abuelos”!

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Las civilizaciones más viejas

En un abrir y cerrar de ojos —¡menos de 200.000 años!—, el homo sapiens se extendió a diversos lugares del planeta, y regó calaveras por aquí y por allá para ofrecer, al mismo tiempo, empleo y dolores de cabeza a los futuros arqueólogos.

Un poco más tarde apareció una versión mejorada del homo sapiens, el homo sapiens sapiens, que era como quien dice un homo sapiens Plus o un homo sapiens VIP. Como ocurre con los iPhone y las tabletas, aún hoy siguen circulando las dos versiones. Son muy parecidas por fuera, pero el homo sapiens y el homo sapiens sapiens se distinguen sobre todo por el amor del segundo al fútbol de calidad y la afición del primero a los manuales que pretenden revelar el secreto de la felicidad.

Unos y otros se agruparon en familias poco ortodoxas, tribus y sectas durante los primeros 190.000 años. Compartían cavernas animales, mujeres, hombres, huesos, herramientas, incipientes frutos, pulgas y garrapatas. Ya habían empezado las primeras guerras entre tribus, que se libraban a punta de piedra y garrote. Excusas nunca faltaron: que Mpagh se llevó a una de las 53 mujeres de Iduff… que un oso de la región de Iduff devoró a un niño de la región de Mpagh… que Mpagh considera que su dios —el trueno, por ejemplo— es más poderoso que el rayo, que es el dios de Iduff…

Pero hacia el año 5000 antes de nuestra era aparecieron las primeras formas de una civilización; es decir, una agrupación humana radicada en un lugar común donde todos tenían deberes y obligaciones, y unas autoridades que ponían orden en las cosas.

Noticias sumarias sobre los sumerios

Esa primera cuota de una sociedad organizada surgió en Sumeria, en Oriente Medio, en la región de Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates. Sus pobladores se reunieron y ayudaron mutuamente en torno a pequeñas ciudades. Entre el año 3000 y el 2700, Sumeria vive la que se llamó Época de Uruk6. No era moco de pavo Uruk. Se trataba de una respetable urbe de 80.000 habitantes, sin duda la mayor del mundo, con numerosos templos y edificios. Entre los inventos de los sumerios figuran la contabilidad, el cálculo y el gasto militar, pues construyeron un muro protector de 6,5 kilómetros de extensión para defenderse de posibles enemigos. Aceptémoslo: la zona era y sigue siendo peligrosa. Pero no tanto como para el dispendio que significa semejante muralla.

Los sumerios crearon tribunales de justicia, poemas de amor, una especie de parlamento, los impuestos (y las rebajas de impuestos para los ricos), las primeras farmacias, uno de los primeros grandes mitos (cierto rey guerrero llamado Gilgamesh, alias Bilgamés, alias Izduba, alias Nomedhodas), los primeros almanaques agrícolas, la primera cerveza, los primeros venenos y los primeros refranes y proverbios.

Entre estos últimos había de todo. Algunos eran contradictorios (juro que todos los que copio son auténticos): “Ya que vamos a morir, gastemos; pero, ya que viviremos muchos años, economicemos”; otros eran verdades de Perogrullo: “¿Se puede tener hijos sin hacer el amor? ¿Se puede engordar sin comer?”7. Los había pesimistas: “Para el placer, matrimonio; pensándolo mejor, divorcio”; también ingenuos: “Quien nada posee puede dormir tranquilo”; unos eran sabios: “Puedes tener un amo, puedes tener un rey, pero a quien debes temer es al recaudador de impuestos”; y otros eran crueles e injustos: “La nuera es el infierno del hombre”8.

Su mayor aporte fue, sin duda, la escritura. Antes de los sumerios solo existía la tradición oral, es decir, aquellas historias que los unos narraban a los otros sin contar con la ayuda, recuerden, de libros, apuntes ni grabadoras. Los primeros que tradujeron sonidos en signos y fijaron los signos en elementos estables fueron los sumerios hacia el año 4000 a. C.

Optaron por el “modo teja”, consistente en inscribir en pequeñas tablas elaboradas en arcilla húmeda ciertos dibujos que representaban cosas. Cuando la arcilla se secaba, quedaban fijos unos signos semipictóricos que era posible archivar y leer muchos años después. Como los dibujos estaban trazados con herramientas en forma de cuña, se llamó a esta escritura “cuneiforme”.

La idea no era mala. Por primera vez los documentos públicos, la literatura y las notas de la vida cotidiana podían registrarse de manera estable.

—Déjeme una teja con sus datos, que yo lo busco…

—Escribe la tarea en borrador y cuando esté corregida la metes en el horno…

—Lo siento, no te visité porque se rompió la teja en que tenía la dirección de tu casa.

—Mijo, vaya en el camión y me trae la libreta de teléfonos…

Lamentablemente, el sistema era pesado, aparatoso y sucio, hasta el punto de que una mosca de lodazal inauguró el primer error de imprenta y la contaminación de un pozo de arcilla por excrementos de una hiena salvaje dio origen a los foros de internet.

Pese a sus avances, la vida en la Mesopotamia hace más de 5.000 años era bastante precaria. Los vecinos se enfrascaban en frecuentes guerras, constantemente se producían invasiones de pueblos con nombre de enfermedad (los amorreos, los hititas…) y la gente de bien padecía los abusos de una horda criminal conocida como “los gutis”9. Sumeria se extendía por tierras que actualmente ocupan partes de Irak, Siria, Irán y el sur de Turquía.

Hoy en día, millones de habitantes de la región echan de menos con nostalgia aquellos dulces tiempos de los primitivos sumerios, tan pacíficos, tan tolerantes, tan civilizados...

Y, sin embargo, hay gente que considera poco importantes a los sumerios. Es el caso del célebre historiador austriaco E. H. J. Gombrich, quien equivocadamente sostiene que la Historia no empieza en Sumeria sino en Egipto. Hombre, Gombrich, ¡esa tesis no merece ni siquiera una teja!

La vida tranquila de los egipcios

Los egipcios viven en Egipto desde hace más de 5.100 años, cosa bastante meritoria si se tienen en cuenta el clima del país y las inefables diarreas que produce el agua de sus grifos. Tratándose de tan dilatado tiempo, cualquier salto que dé un historiador implica omitir milenios de faraones, gobernantes, esclavos, asesinatos y pirámides. Así que nombraré unos pocos, como Menes —el primer rey—, Keops —que fue coronado apenas 2.500 años después—, Tutankamón, Amenofis, la reina Hatshepsut, Akenatón —hace solo 3.380 años— y Ramsés II, quizás el más activo y famoso faraón (de 1300 a 1213 a. C.).

El lector medianamente informado preguntará por qué no incluyo en la lista a Osiris, Isis, Amon, Anubis, Radamés, Amneris, Nefritis y Cleopatra. Le contesto: no los incluyo porque los cuatro primeros son dioses, no faraones; los dos siguientes son personajes de la ópera Aída; la penúltima es una enfermedad y Cleopatra no era egipcia sino de cuna griega. Hay que informarse mejor.

En realidad, Cleopatra pertenecía a la diurética dinastía de los Ptolomeos, que dominaron durante tres siglos a Egipto y, entre otras tristes hazañas, extinguieron la lengua nativa, que se habló a lo largo de más de tres milenios. A propósito, Cleopatra murió por la mordida de una serpiente cobra. La culebra sí era egipcia.

Entre los famosos antepasados de 87 millones de anónimos egipcios contemporáneos florecieron grandes pintores, escultores, ingenieros y arquitectos. Eso sí: para ahorrar tinta y pincel, solo dibujaban a sus modelos de perfil. También se destacaron como taxidermistas. Sería exagerado decir que sus momias, una vez despojadas de vendas, joyas y adornos, parecen vivas. Pero sí parecen difuntos frescos.

En realidad, el egipcio más importante y grande de la historia es el río Nilo, que ha permitido a este pueblo sobrevivir durante más de 7.000 años en medio de un desierto que sus aguas fertilizan de manera periódica.

Los egipcios grabaron su prolongado tránsito por la historia en piedra, madera y papiros. Este memorioso patrimonio constituye un tesoro de la humanidad, pero no hay quien lo descifre: parece un jeroglífico10.

Y el chino ahí

Igual a los negocios que manejan sus emigrantes alrededor del mundo, China siempre ha estado ahí: abre las 24 horas, no cierra los domingos y no toma vacaciones. Incluso cuando nadie sabía que ahí estaba la China, la China estaba ahí. Silenciosa, populosa, laboriosa. Al descubrir Europa a los chinos hacia el siglo VI a. C, en tiempos del imperio griego, aquellos ya llevaban por lo menos l.500 años ahí. Siglo y medio antes del nacimiento de Cristo, los chinos no solo estaban ahí, sino en otras partes; tenían comercio con los árabes y varios pueblos asiáticos, y llegaron hasta Roma. Cargaban en sus baúles un producto que encantó a los occidentales: la seda. Y por el camino de la seda los chinos fueron y volvieron durante siglos, siempre ahí...

La seda no fue el único producto chino que subyugó a los europeos. También el papel, inventado en el año 105 d. C. por un tal Ts’ai Lun. Y la pólvora, en el siglo VII; y la brújula, en el IX; y el tipo móvil de prensa en el siglo XI, 300 años antes que Gutenberg revolucionara al mundo con la imprenta.

¿Y las pastas? No. Las pastas, no. Aunque atribuidas a los chinos, son un invento árabe que desembarcó en Italia en el siglo VII. Cuando el viajero Marco Polo apareció en Venecia a fines del siglo XII cargado de tortellini, farfalle, ravioli, lasagna, penne a la arrabiata y fettuccine Alfredo comprados en la China, ya la pasta se preparaba en numerosos restaurantes italianos. Se sospecha que fueron también los chinos quienes llevaron a Italia la pizza napolitana, la milanesa de ternera, los calamares a la romana, los espaguetis a la boloñesa, los canelones genovese, el risotto siciliano y el papa vaticano.

No contentos con haber aportado a la humanidad estos platos, los chinos impusieron la comida china, las damas chinas y la tinta china. También inventaron las películas chinas, la ópera china, los perros pequineses y los productos franceses, alemanes, norteamericanos y japoneses made in China… con calidad china.

Uno de sus más destacados personajes fue Confucio (551 a. C. - 479 a. C.), que predicó la buena conducta, la paz, los valores de tolerancia y el gobierno honesto y respetuoso. Muchos seguidores lo consideran un filósofo y otros lo ven como un líder religioso. Una reina panameña dijo incluso que era un chino japonés que había inventado la confusión. Lo más probable es que solo hubiera sido un ácido humorista.

Contemporáneo suyo en la India fue el príncipe Sidharta, más conocido como Buda (563 a. C. - 483 a. C.) o el Iluminado, porque casi siempre estaba rodeado de velitas. Como ambos eran orientales, pacifistas, pensadores y se sentaban en el suelo, la gente occidental tiende a pensar que eran la misma persona, y no faltan los que afirman que ambos obedecían las enseñanzas de un gran gurú llamado Yoga. Son los problemas del confucionismo.

Hablando de semejanzas, ciertos autores muy despiertos han notado el parecido físico entre los chinos y algunos pueblos indígenas latinoamericanos. Hay políticos bolivianos que podrían haber pasado por funcionarios de Shanghái y, si no fuera por la talla y la voz, habría sido fácil confundir al Gran Timonel Mao Zedong con el Gran Bolerista Armando Manzanero.

La semejanza tiene una explicación, dice el almirante británico Rowan Gavin Menzies en su libro 1421: el año en que China descubrió el mundo. Según él, una flota de más de un centenar de barcos zarpó de la China siete décadas antes de que Cristóbal Colón lo hiciera de España y se le adelantó al navegante genovés en el descubrimiento de América11. Dado que al llegar Colón en 1492 poblaban el continente americano entre 60 y 150 millones de nativos, es de admirar el esfuerzo de los chinos por reproducirse en la nueva tierra. Seguramente los 28.000 hombres de la expedición oriental regresaron agotados a Pekín después de haber dejado abundante huella de su paso por aquellas comarcas desconocidas.

La historia de la China es una interminable lista de dinastías que este libro solo ofrecerá en su edición en mandarín.

Otras civilizaciones viejísimas

La Antigüedad está repleta de pueblos que desaparecieron, civilizaciones extinguidas, ciudades derruidas y arqueólogos, escritores y malos novelistas que se ganan la vida tratando de descubrirlas.

Algunos pueblos lograron superar las limitaciones de la Historia y aún andan por estos lados, como los chinos, los indios, los mongoles, los árabes y los persas. Lo que no han podido superar son las limitaciones de espacio de este libro, así que tendrán que contentarse con este pequeño reconocimiento. Además, viven muy lejos, se visten muy mal, escriben muy raro y nunca leerán estas páginas.

Pero, sobre todo, porque tengo afán de llegar a Grecia, antes de que se acabe.

6 Es importante no confundir a Uruk, que tuvo existencia histórica, con Uruk-hai, una raza ficticia inventada por un escritor británico en su serie El señor de los anillos. La compleja trama incluye seres rarísimos con apelativos como Éomer, Samsagaz y Faramir, que no se han usado ni siquiera en Panamá. Hay finalmente una Guerra de los Anillos, cuyo ganador consigue como botín extraordinario que le revelen los tres nombres completos de J. R. R. Tolkien, el autor.

7 Las respuestas a estas dos preguntas serían hoy mismo sí y sí. Pero los sumerios no lo entenderían porque no conocieron la fecundación in vitro ni la hidropesía.

8 Que conste mi protesta, querida Claudia.

9 Aclaro que no tienen parentesco algunos con los Gutiérrez de hoy.

10 Debemos a tres jovencitos europeos la decodificación de los jeroglíficos egipcios. El inglés Thomas Young y el francés Jean-François Champollion ubicaron la ya citada epopeya sumeria de Gilgamesh, primer poema épico de la historia, escrito en tejas planas. La segunda epopeya, descifrarlo, fue obra del inglés George Smith. Como en el XIX no existían los iPhones ni los Androides, los muchachos se entretenían con otras tabletas.

11 La tesis de Menzies parece sensata, hasta cuando uno se entera de que también afirma que una expedición china inició el Renacimiento europeo en 1434. Para completar, sostiene que existió en remotos tiempos el misterioso continente llamado Atlantis, poderoso imperio con epicentro en Creta cuyos dominios se extendían desde la India hasta América. Aún hay que esperar de Menzies alguna historia de platillos voladores en la Guatemala precolombina, por ejemplo.