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Mañana ingresa en la cárcel mi primo Woody. Va a pasar allí los próximos cinco años de su vida.

Por la carretera que lleva del aeropuerto de Baltimore a Oak Park, el barrio de su infancia, adonde voy para acompañarlo en su último día de libertad, me lo imagino ya presentándose ante las verjas del impresionante penal de Cheshire, en Connecticut.

Pasamos el día con él en casa de mi tío Saul, donde fuimos tan felices. Están Hillel y Alexandra, y juntos volvemos a formar, durante unas pocas horas, aquel cuarteto maravilloso que fuimos. Ahora mismo no tengo ni idea de la incidencia que tendrá este día en nuestras vidas.

 

Dos días después, recibo una llamada de mi tío Saul.

—¿Marcus? Soy Tío Saul.

—Hola, Tío Saul, ¿cómo es…?

No me deja hablar.

—Atiende, Marcus: necesito que vengas ahora mismo a Baltimore. Sin hacer preguntas. Ha pasado algo grave.

Cuelga. Primero pienso que se ha cortado la comunicación y vuelvo a llamar acto seguido: no lo coge. Insisto y acaba por descolgar y me dice de un tirón:

—Ven a Baltimore.

Y vuelve a colgar.

 

Si encontráis este libro, por favor, leedlo.

Querría que alguien supiera la historia de los Goldman-de-Baltimore.

Primera parte

EL LIBRO DE LA JUVENTUD PERDIDA

(1989-1997)

1.

 

 

 

 

Soy el escritor.

Así es como me llama todo el mundo. Mis amigos, mis padres, mi familia e incluso aquellos a quienes no conozco pero que sí me reconocen a mí en un lugar público y me dicen: «¿No será usted el escritor…?». Soy el escritor, es mi identidad.

La gente piensa que, en nuestra calidad de escritores, llevamos una vida más bien sosegada. Hace poco, uno de mis amigos, que se estaba quejando de lo largos que eran los trayectos cotidianos entre su casa y la oficina, acabó por decirme, una vez más:

—En el fondo, tú te levantas por las mañanas, te sientas detrás de la mesa y escribes. Y ya está.

No le contesté nada, demasiado deprimido desde luego al darme cuenta de hasta qué punto consistía mi trabajo, en la imaginería colectiva, en no hacer nada. La gente piensa que uno no pega palo al agua, pero resulta que es precisamente cuando no haces nada cuando más trabajas.

Escribir un libro es como montar un campamento de vacaciones. La vida de uno, que suele ser solitaria y tranquila, te la dejan manga por hombro un montón de personajes que llegan un día sin avisar y te ponen patas arriba la existencia. Llegan una mañana, subidos a un autocar del que se bajan metiendo bulla, entusiasmados con el papel que les ha correspondido. Y tienes que apañarte con lo que hay, tienes que ocuparte de ellos, tienes que darles de comer, tienes que alojarlos. Eres responsable de todo. Porque eres el escritor.

Esta historia empezó en el mes de febrero de 2012, cuando me marché de Nueva York para irme a escribir mi nueva novela en la casa que acababa de comprar en Boca Ratón, en Florida. La había adquirido tres meses antes con el dinero de la cesión de los derechos cinematográficos de mi último libro y, sin contar unos cuantos viajes rápidos de ida y vuelta para amueblarla en diciembre y enero, era la primera vez que iba a pasar una temporada en ella. Era una casa espaciosa, llena de ventanales, que tenía delante un lago muy del agrado de los paseantes. Estaba en un barrio muy tranquilo y con mucha vegetación en el que vivían sobre todo jubilados acomodados entre los que yo desentonaba. Tenía la mitad de años que ellos, pero si había escogido ese lugar era precisamente por su absoluta quietud. Era el sitio que necesitaba para escribir.

A diferencia de mis anteriores estancias, que habían sido muy breves, en esta ocasión tenía mucho tiempo por delante y me fui a Florida en coche. Las mil doscientas millas del viaje no me asustaban en absoluto: en los años anteriores había hecho incontables veces ese trayecto desde Nueva York para ir a ver a mi tío, Saul Goldman, que se había afincado en los arrabales de Miami después del Drama que le había sucedido a su familia. Me sabía el camino de memoria.

Salí de Nueva York, con una fina capa de nieve y el termómetro marcando diez grados bajo cero, y llegué a Boca Ratón dos días después en plena tibieza del invierno tropical. Al volver a encontrarme con ese escenario familiar de sol y palmeras, no podía por menos de acordarme de Tío Saul. Lo echaba muchísimo de menos. Caí en la cuenta de cuánto lo añoraba en el momento de salir de la autopista para ir a Boca Ratón: habría querido seguir para llegar hasta Miami y volver a verlo. Tanto fue así que llegué a preguntarme si mis anteriores estancias en la zona habían sido realmente por el asunto de los muebles o más bien una manera de restablecer las relaciones con Florida. Sin mi tío, nada era lo mismo.

 

Mi vecino más próximo en Boca Ratón era un septuagenario simpático, Leonard Horowitz, una antigua eminencia de Harvard en Derecho Constitucional, que pasaba los inviernos en Florida y se dedicaba, desde el fallecimiento de su mujer, a escribir un libro que no conseguía empezar. La primera vez que coincidí con él fue el día en que compré la casa. Llamó a mi puerta con un lote de cervezas para darme la bienvenida y enseguida congeniamos. Desde aquel día tomó la costumbre de entrar a saludarme cada vez que pasaba yo por allí. No tardamos en entablar amistad.

Le gustaba mi compañía y creo que se alegraba cuando me veía llegar para quedarme cierto tiempo. Cuando le dije que había ido a escribir mi siguiente novela, me habló en el acto de la suya. Ponía mucho empeño en ello, pero le costaba avanzar con la historia. Llevaba siempre consigo un cuaderno grande de espiral en el que había puesto con rotulador Cuaderno n.º 1, dando a entender que iba a haber más. Lo veía siempre con las narices metidas en él: desde por la mañana en la terraza de su casa o sentado a la mesa de la cocina; lo vi varias veces en una mesa de un café céntrico, concentrado en su texto. Él, en cambio, me veía pasearme, nadar en el lago, ir a la playa, salir a correr. Por la noche llamaba a mi puerta con unas cervezas frías. Nos las tomábamos en mi terraza, jugando al ajedrez y oyendo música. A nuestra espalda, el paisaje sublime del lago y de las palmeras, sonrosadas por el sol poniente. Entre dos movimientos, me preguntaba siempre, sin apartar la vista del tablero:

—¿Qué tal va su libro, Marcus?

—Va avanzando, Leo. Va avanzando.

Llevaba allí dos semanas cuando una noche, en el instante en que me iba a comer la torre, se paró en seco y me dijo con tono repentinamente irritado:

—¿No había venido para escribir su nueva novela?

—Sí. ¿Por qué?

—Porque no da usted palo al agua y me pone de los nervios.

—¿Y qué le hace pensar que no hago nada?

—¡Si es que lo veo! Se pasa el día pensando en las musarañas, haciendo deporte, mirando pasar las nubes. Tengo setenta y ocho años: debería ser yo quien anduviera vegetando como hace usted, mientras que usted, que apenas si pasa de los treinta, debería estar matándose a trabajar.

—¿Qué es lo que lo pone de verdad de los nervios, Leo? ¿Mi libro o el suyo?

Había dado en el clavo. Se apaciguó:

—Solo quería saber cómo se organiza. Mi novela no avanza. Tengo curiosidad por saber cómo trabaja usted.

—Me siento en esta terraza y pienso. Y, créame, no es poco trabajo. Usted escribe para tener la cabeza en algo. Es diferente.

Adelantó el caballo y me amenazó el rey.

—¿No podría darme una buena idea para ambientar una novela?

—Es imposible.

—¿Por qué?

—Porque tiene que salir de usted.

—En cualquier caso, evite mencionar Boca Ratón en su libro, se lo ruego. Lo que me faltaba: tener aquí a todos sus lectores de plantón para ver dónde vive.

Con una sonrisa, añadí:

—La idea no hay que buscarla, Leo. La idea acude a uno. La idea es un acontecimiento que puede ocurrir en cualquier segundo.

¿Cómo iba a imaginarme que eso era exactamente lo que iba a suceder en el mismo instante en que estaba diciendo esas palabras? Vi, a la orilla del lago, la silueta de un perro que andaba vagabundeando. Cuerpo musculoso pero delgado, orejas puntiagudas y el hocico metido en la hierba. No había ningún paseante por las inmediaciones.

—Parece que ese perro está solo —dije.

Horowitz alzó la cabeza y miró al animal vagabundo.

—Por aquí no hay perros que anden errantes —declaró.

—No he dicho que anduviera errante. He dicho que iba de paseo solo.

Me gustan muchísimo los perros. Me levanté de la silla, hice altavoz con las manos y silbé para que viniera. El perro enderezó las orejas. Volví a silbar y vino.

—Está usted loco —refunfuñó Leo—. ¿Cómo sabe que ese perro no tiene la rabia? Le toca mover.

—No lo sé —repuse, adelantando distraídamente la torre.

Horowitz me comió la reina para castigar mi insolencia.

El perro llegó a la altura de la terraza. Me acuclillé a su lado. Era un macho bastante grande, con el pelo oscuro, un antifaz negro en los ojos y bigotes largos, de foca. Me arrimó la cabeza y lo acaricié. Parecía muy manso. Noté de inmediato que nacía un vínculo entre ambos, como un flechazo, y los que entienden de perros saben a qué me refiero. No llevaba collar, nada que pudiera identificarlo.

—¿Había visto antes a este perro? —le pregunté a Leo.

—Nunca.

El perro, tras pasarle revista a la terraza, se marchó otra vez, sin que consiguiera retenerlo, y desapareció entre unas palmeras y unos matorrales.

—Parece que sabe dónde va —me dijo Horowitz—. Seguramente es el perro de algún vecino.

 

Hacía mucho bochorno esa noche. Cuando se fue Leo, se intuía, pese a la oscuridad, un cielo amenazador. No tardó en estallar una fuerte tormenta que proyectó relámpagos impresionantes en la otra orilla del lago antes de que las nubes se rasgasen y soltaran una lluvia torrencial. Alrededor de la medianoche, cuando estaba leyendo en el salón, oí unos ladridos que venían de la terraza. Fui a ver lo que sucedía y por la puerta acristalada vi al perro, con el pelo chorreando y aspecto muy infeliz. Le abrí y se coló en el acto en casa. Me miró con una expresión de lo más suplicante.

—Está bien, puedes quedarte —le dije.

Le di de beber y de comer en dos escudillas que improvisé con unas cazuelas, me senté a su lado para secarlo con una toalla y miramos chorrear la lluvia por los cristales.

Pasó la noche en casa. Cuando me desperté por la mañana me lo encontré tranquilamente dormido en las baldosas de la cocina. Le fabriqué una correa con un cordel, lo que no pasaba de ser una precaución, porque me seguía, muy formal, y nos fuimos a buscar a su amo.

Leo estaba tomándose el café en el porche de su casa, con el Cuaderno n.º 1 abierto ante sí por una página desesperadamente en blanco.

—¿Qué está haciendo con ese perro, Marcus? —me preguntó cuando me vio subiendo al perro al maletero del coche.

—Estaba en mi terraza esta noche. Con la tormenta que había, lo metí en casa. Creo que se ha perdido.

—¿Y dónde va?

—A poner un anuncio en el supermercado.

—En realidad, no trabaja nunca.

—Ahora mismo estoy trabajando.

—Bueno, pues no se pase, muchacho.

—Se lo prometo.

Tras poner un anuncio en los dos supermercados más cercanos, fui a dar una vuelta con el perro por la calle principal de Boca Ratón con la esperanza de que alguien lo reconociera. Todo inútil. Acabé por ir a la comisaría, donde me encaminaron a una consulta veterinaria. Los perros llevan a veces un chip identificativo que permite localizar al dueño. No era tal el caso y el veterinario fue incapaz de ayudarme. Me propuso enviar el perro a la perrera, cosa a la que me negué, y volví a casa junto a mi nuevo compañero, que era, debo decir, pese a su tamaño imponente, particularmente manso y dócil.

Leo estaba acechando mi regreso en el porche de su casa. Cuando me vio llegar, se abalanzó a mi encuentro enarbolando unas páginas que acababa de imprimir. Había descubierto hacía poco la magia del motor de búsqueda de Google y tecleaba a mansalva las preguntas que le pasaban por la cabeza. La magia de los algoritmos le causaba un efecto particular a ese profesor de universidad que se había pasado buena parte de su vida en las bibliotecas buscando referencias.

—He hecho una somera investigación —me dijo como si acabase de resolver el caso Kennedy, alargándome las decenas de páginas que iban a costarme, a no mucho tardar, el tener que ayudarle a cambiar el cartucho de tinta de la impresora.

—¿Y qué ha descubierto, profesor Horowitz?

—Los perros siempre encuentran su casa. Los hay que recorren miles de millas para volver al hogar.

Leo puso cara de anciano sabio:

—Siga al perro, en vez de obligarlo a seguirle a usted. Él sabe dónde va y usted, no.

Mi vecino no andaba equivocado. Decidí soltar la cuerda que le servía de correa al perro y dejarlo andar a su aire. Se fue al trote primero por las inmediaciones del lago y, después, por un camino peatonal. Cruzamos un campo de golf y llegamos a otro barrio residencial que no conocía, a la orilla de un brazo de mar. El perro fue por la carretera, torció dos veces a la derecha y por fin se detuvo ante una verja de entrada tras la cual vi una casa espléndida. Se sentó y ladró. Llamé al interfono. Me contestó una voz de mujer y le comuniqué que había encontrado a su perro. Se abrió la verja y el perro echó a correr hacia la casa, visiblemente feliz de volver al hogar.

Fui detrás de él. Apareció una mujer en las escaleras de la fachada y el perro se abalanzó en el acto hacia ella en un arrebato de alegría. Oí a la mujer llamarlo por su nombre. «Duke.» Los dos se hicieron la mar de arrumacos y yo me acerqué más. Luego, ella levantó la cabeza y me quedé estupefacto.

—¿Alexandra? —articulé por fin.

—¿Marcus?

Ella tampoco se lo podía creer.

Poco más de siete años después del Drama que nos había separado, volvía a encontrarla. Abrió los ojos como platos y repitió, dando voces de pronto:

—Marcus, ¿eres tú?

Me quedé quieto, aturdido.

Se me acercó corriendo.

—¡Marcus!

En un impulso de cariño espontáneo, me cogió la cara con las manos. Como si ella tampoco se lo creyera y quisiera asegurarse de que todo aquello era real. Yo no conseguía decir ni palabra.

—Marcus —dijo ella—, no puedo creer que seas tú.

 

*

 

Tendría que haber vivido en una cueva para no haber oído hablar, inevitablemente, de Alexandra Neville, la cantante y música más conocida de los últimos años. Era el ídolo que la nación llevaba mucho tiempo esperando, la que había enderezado la industria discográfica. De sus tres álbumes se habían vendido veinte millones de discos; por segundo año consecutivo estaba entre las personalidades más influyentes elegidas por la revista Time y se le calculaba una fortuna personal de ciento cincuenta millones de dólares. El público la adoraba y la crítica la adulaba. Les gustaba a los más jóvenes y les gustaba a los más viejos. A todo el mundo le gustaba, hasta tal punto que me parecía que Estados Unidos solo sabía ya esas cuatro sílabas, que repetía rítmicamente con cariño y fervor . ¡A-lex-an-dra!

Vivía en pareja con un jugador de hockey oriundo de Canadá, Kevin Legendre, que precisamente salió detrás de ella.

—¡Ha encontrado usted a Duke! ¡Llevábamos buscándolo desde ayer! Alex estaba fuera de sí. ¡Gracias!

Me tendió la mano para saludarme. Vi cómo se le contraía el bíceps mientras me trituraba las falanges. Solo había visto a Kevin en los tabloides, que no se cansaban de comentar su relación con Alexandra. Era insolentemente guapo. Más aun que en las fotos. Estuvo mirándome un ratito con cara de curiosidad y me dijo:

—Lo conozco, ¿verdad?

—Me llamo Marcus. Marcus Goldman.

—El escritor, ¿no?

—Eso mismo.

—He leído su último libro. Me recomendó Alexandra que lo leyera, le gusta mucho lo que escribe usted.

Yo no podía creerme aquella situación. Acababa de reencontrarme con Alexandra, en casa de su novio. Kevin, que no se había dado cuenta de lo que sucedía, me propuso que me quedase a cenar y acepté muy gustoso.

Hicimos a la parrilla unos filetes enormes en una barbacoa gigantesca que había en la terraza. Yo no estaba al tanto de los últimos avances de la carrera de Kevin: creía que seguía siendo defensa en los Depredadores de Nashville, pero lo había fichado el equipo de los Panteras de Florida en los traspasos estivales. Aquella casa era suya. Ahora vivía en Boca Ratón y Alexandra había aprovechado una pausa en la grabación de su último disco para ir a verlo.

Hasta el final de la cena no cayó Kevin en la cuenta de que Alexandra y yo nos conocíamos muy bien.

—¿Eres de Nueva York? —me preguntó.

—Sí. Vivo allí.

—¿Qué te trae por Florida?

—Me he acostumbrado a venir por aquí desde hace unos años. Mi tío vivía en Coconut Grove y yo iba mucho a verlo. Acabo de comprar una casa en Boca Ratón, cerca de aquí. Quería un sitio tranquilo para escribir.

—¿Qué tal tu tío? —preguntó Alexandra—. No sabía que se había ido de Baltimore.

Eludí la pregunta y me limité a responder:

—Se fue de Baltimore después del Drama.

Kevin nos apuntó con el tenedor sin darse cuenta siquiera.

—¿Son imaginaciones mías o vosotros ya os conocéis? —preguntó.

—Viví unos cuantos años en Baltimore —explicó Alexandra.

—Y parte de mi familia vivía en Baltimore —proseguí yo—. Mi tío, precisamente, con su mujer y mis primos. Vivían en el mismo barrio que Alexandra y su familia.

A Alexandra le pareció oportuno no entrar en más detalles y cambiamos de tema. Después de cenar, como había ido a pie, me propuso llevarme a casa.

A solas con ella en el coche, noté perfectamente que estábamos incómodos. Al final solté:

—Hay que ver qué cosas. Tenía que presentarse tu perro en mi casa…

—Se escapa muchas veces —me contestó.

Tuve el mal gusto de querer bromear.

—A lo mejor no le gusta Kevin.

—No empieces, Marcus.

Tenía un tono cortante.

—No seas así, Alex…

—¿Que no sea cómo?

—Sabes muy bien a qué me refiero.

Se paró en seco en plena carretera y clavó los ojos en los míos.

—¿Por qué me hiciste eso, Marcus?

Me costó sostenerle la mirada. Exclamó:

—¡Me abandonaste!

—Lo siento mucho. Tenía mis razones.

—¿Tus razones? ¡No tenías ninguna razón para mandarlo todo a la mierda!

—Alexandra… ¡Se murieron!

—¿Y qué? ¿Tengo yo la culpa?

—No —contesté—. Lo lamento. Lo lamento todo.

Hubo un silencio denso. Las únicas palabras que dije fueron para guiarla hasta mi casa. Cuando la tuvimos delante, me dijo:

—Gracias por lo de Duke.

—Me gustaría volver a verte.

—Creo que es mejor que se quede aquí la cosa. No vuelvas, Marcus.

—¿A casa de Kevin?

—A mi vida. No vuelvas a mi vida, por favor.

Se fue.

No me sentía con ánimos para entrar en casa. Tenía las llaves del coche en el bolsillo y decidí ir a dar una vuelta. Fui hasta Miami y, sin pensarlo, crucé la ciudad hasta el barrio tranquilo de Coconut Grove y aparqué delante de la casa de mi tío. Fuera hacía bueno y salí del coche. Apoyé la espalda en la carrocería y me quedé mucho rato mirando la casa. Me daba la impresión de que mi tío Saul estaba allí, de que podía sentir su presencia. Me apetecía volver a verlo y solo había una forma de conseguirlo. Escribirle.

 

*

 

Saul Goldman era el hermano de mi padre. Antes del Drama, antes de los acontecimientos que me dispongo a narraros, era, por usar las palabras de mis abuelos, «un hombre muy importante». Un abogado que dirigía uno de los bufetes con mejor reputación de Baltimore, y su experiencia lo había llevado a intervenir en causas famosas en todo Maryland. El caso Dominic Pernell, fue él. El caso Ciudad de Baltimore contra Morris, fue él. El caso de las ventas ilegales de Sunridge, fue él. En Baltimore lo conocía todo el mundo. Salía en los periódicos y en la televisión y me acuerdo de cómo, hace tiempo, todo eso me parecía muy impresionante. Se había casado con su amor de juventud, la que se había convertido para mí en Tía Anita. Era para mis ojos infantiles la más hermosa de las mujeres y la más dulce de las madres. Era médica y una de las eminencias del Servicio de Oncología del hospital Johns Hopkins, uno de los más conocidos del país. Habían tenido un hijo maravilloso, Hillel, un muchacho bondadoso y dotado de una inteligencia tremendamente superior que tenía mi misma edad, con una diferencia de pocos meses, y con quien tenía yo una relación fraternal.

Los mejores momentos de mi juventud fueron los que pasé con ellos y, durante mucho tiempo, solo con recordar su nombre me volvía loco de orgullo y de alegría. Me habían parecido superiores a todas las familias a las que había podido conocer hasta entonces, a todas las personas con quienes había podido coincidir: más felices, más logrados, más ambiciosos, más respetados. Durante mucho tiempo la vida me dio la razón. Eran seres de una dimensión diferente. Me fascinaba la facilidad con la que iban por la vida, me deslumbraba su resplandor, me subyugaba su soltura. Admiraba su porte, sus bienes, su posición social. Su casa inmensa, sus coches de lujo, su residencia de verano en los Hamptons, su piso en Miami, sus tradicionales vacaciones para esquiar en marzo en Whistler, en la Columbia Británica. Su sencillez, su felicidad. Lo cariñosos que eran conmigo. Esa superioridad suya tan magnífica por la que se los admiraba espontáneamente. No causaban envidia; eran demasiado inigualables para que nadie los envidiase. Los habían bendecido los dioses. Durante mucho tiempo, creí que nunca les pasaría nada. Durante mucho tiempo, creí que serían eternos.

2.

 

 

 

 

El día siguiente del encuentro fortuito con Alexandra lo pasé encerrado en el despacho. Solo salí al alba, con la fresca, para hacer jogging a la orilla del lago.

Sin saber aún qué iba a hacer con ello, se me había metido en la cabeza describir en forma de notas los elementos relevantes de la historia de los Goldman-de-Baltimore. Para empezar, dibujé un árbol genealógico de nuestra familia, antes de darme cuenta de que había que añadir algunas explicaciones, concretamente sobre los orígenes de Woody. El árbol no tardó en adoptar el aspecto de un bosque de comentarios al margen y pensé que, en aras de la claridad, valía más pasarlos a fichas. Tenía delante aquella foto que mi tío Saul había encontrado dos años antes. Era una foto mía, con diecisiete años menos, rodeado de los tres seres a los que más he querido: Hillel y Woody, mis primos del alma, y Alexandra. Esta nos había enviado una copia a cada uno y había escrito detrás:

 

OS QUIERO , CHICOS GOLDMAN .

 

En aquella época, Alexandra tenía diecisiete años y mis primos y yo, quince recién cumplidos. Contaba ya con todas las cualidades por las que iban a quererla millones de personas, pero no teníamos que compartirla con nadie. Esa foto me sumergía de nuevo en los meandros de nuestra juventud, mucho antes de que me quedase sin mis primos, mucho antes de que me convirtiera en la figura ascendente de la literatura estadounidense y, sobre todo, mucho antes de que Alexandra Neville se convirtiera en la estrella inmensa que es hoy. Mucho antes de que todo Estados Unidos se enamorase de su personalidad, de sus canciones, mucho antes de que trastornara, con un álbum tras otro, a millones de fans. Mucho antes de las giras, mucho antes de convertirse en el icono que la nación llevaba tanto tiempo esperando.

 

A última hora de la tarde, Leo, fiel a sus costumbres, llamó a mi puerta.

—¿Va todo bien, Marcus? No he sabido nada de usted desde ayer. ¿Encontró al dueño del perro?

—Sí. Es el último noviete de una chica de la que estuve enamorado varios años.

Se quedó muy sorprendido.

—El mundo es un pañuelo —me dijo—. ¿Cómo se llama?

—No se lo va a creer. Alexandra Neville.

—¿La cantante?

—La misma.

—¿La conoce usted?

Fui a buscar la foto y se la alargué.

—¿Es Alexandra? —preguntó Leo señalándola con el dedo.

—Sí. En la época en que éramos unos adolescentes felices.

—¿Y quiénes son los otros chicos?

—Mis primos de Baltimore y yo.

—¿Qué ha sido de ellos?

—Es una larga historia…

Leo y yo estuvimos jugando al ajedrez esa noche hasta las tantas. Me alegraba de que hubiese venido a distraerme: así pude pensar en algo que no fuese Alexandra durante varias horas. Me había alterado volver a verla. Durante todos estos años, no había podido olvidarla jamás.

Al día siguiente, no pude resistirme a regresar por los alrededores de la casa de Kevin Legendre. No sé qué me esperaba que pasase. Sin duda, cruzarme con ella. Volver a hablarle. Pero se pondría furiosa al verme allí de nuevo. Estaba aparcado en un camino paralelo a la finca de la pareja cuando vi que el seto se movía. Miré con atención, intrigado, y vi al bueno de Duke salir de entre los arbustos. Me bajé del coche y lo llamé bajito. Se acordaba muy bien de mí y acudió corriendo para que lo acariciara. Se me vino a la cabeza una idea absurda que no pude refrenar. ¿Y si Duke fuera el medio para reconciliarme con Alexandra? Abrí el maletero del coche y el perro accedió dócilmente a subir. Estaba confiado. Me fui a toda prisa y volví a casa. Duke ya la conocía. Me acomodé en el despacho y él se tumbó a mi lado y me hizo compañía mientras me sumergía de nuevo en la historia de los Goldman-de-Baltimore.

 

*

 

La denominación «Goldman-de-Baltimore» hacía juego con la que nos correspondía a mis padres y a mí por lugar de residencia: los Goldman-de-Montclair, Nueva Jersey. El tiempo y las abreviaturas los habían convertido a ellos en los Baltimore y a nosotros, en los Montclair. Los que inventaron estas apelaciones fueron los abuelos Goldman, quienes, para aclararse cuando hablaban, dividieron a la familia con toda naturalidad en dos entidades geográficas. De ese modo, cuando, por ejemplo, nos reuníamos en su casa, en Florida, al llegar las fiestas de fin de año, podían decir: «Los Baltimore llegan el sábado y los Montclair, el domingo». Pero lo que al principio solo había sido una manera cariñosa de identificarnos se acabó convirtiendo en una forma de expresar la superioridad de los Goldman-de-Baltimore incluso dentro de su propio clan. Los hechos hablaban por sí solos: los Baltimore eran un abogado casado con una médica, y su hijo estaba en el mejor colegio privado de la ciudad. Por parte de los Montclair, mi padre era ingeniero; mi madre, dependienta en la sucursal de Nueva Jersey de una marca neoyorquina de ropa elegante, y yo, un buen alumno en un centro público.

Al pronunciar el léxico familiar, mis abuelos habían terminado asociando la entonación con la preferencia que sentían por la tribu de los Baltimore: cuando salía de su boca, la palabra Baltimore parecía fundida en oro puro, mientras que Montclair lo dibujaban con rastros de babosa. Los elogios eran para los Baltimore; los reproches, para los Montclair. Si el televisor ya no funcionaba, era porque lo había estropeado yo, y si el pan estaba correoso, era porque lo había comprado mi padre. Las hogazas que traía Tío Saul, en cambio, eran de una calidad excepcional, y si el televisor volvía a funcionar, era seguramente porque Hillel lo había arreglado. Incluso en situaciones idénticas, la forma de tratarnos no lo era: cuando una de las familias llegaba tarde a cenar, mis abuelos, si eran los Baltimore, sentenciaban que a los pobres los habían pillado los embotellamientos; pero como fueran los Montclair, les faltaba tiempo para quejarse de los plantones que supuestamente les dábamos de forma sistemática. En todas las situaciones, Baltimore era el no va más de lo bueno y Montclair del podría-estar-mejor. El caviar más exquisito de Montclair nunca estaría a la altura de un bocado de repollo podrido de Baltimore. Y en los restaurantes y los centros comerciales por los que íbamos todos juntos, cuando nos cruzábamos con algún conocido suyo, la abuela hacía las presentaciones:

—Este es mi hijo Saul, es un gran abogado. Su mujer, Anita, es una médica muy importante del Johns Hopkins, y su hijo Hillel, nuestro joven portento.

Cada uno de los Baltimore recibía entonces un apretón de manos y una inclinación. Tras lo cual, la abuela seguía con el recital, señalándonos a mis padres y a mí vagamente con el dedo:

—Y estos son mi hijo pequeño y su familia.

Y a nosotros nos dedicaban un ademán con la cabeza bastante parecido a los que se usan para darles las gracias al aparcacoches o a la asistenta.

La única igualdad perfecta entre los Goldman-de-Baltimore y los Goldman-de-Montclair consistía, durante los años de mi primera juventud, en el número de miembros: tres en ambas familias. Pero aunque en el registro civil los Goldman-de-Baltimore estaban censados oficialmente como tres, quienes llegaron a conocerlos bien os dirán que eran cuatro. Porque rápidamente, mi primo Hillel, con el que yo compartía hasta entonces la tara de ser hijo único, tuvo el privilegio de que la vida le concediera un hermano. Tras los acontecimientos que voy a narrar más adelante, pronto se lo vio, en cualesquiera circunstancias, en compañía de un amigo que podría haber pasado por imaginario si no fuera porque lo conocíamos: Woodrow Finn —al que llamábamos Woody—, más guapo, más alto, más fuerte, capaz de cualquier cosa, muy considerado y siempre dispuesto a ayudar cuando se lo necesitaba.

Woody pronto consiguió entre los Goldman-de-Baltimore el estatus de parte integrante y se convirtió a la vez en uno de los suyos y en uno de los nuestros, un sobrino, un primo, un hijo y un hermano. Su existencia en el seno de esa parte de la familia se hizo evidente de inmediato, hasta el punto de que —símbolo definitivo de su integración— si no aparecía en una reunión familiar, enseguida todo el mundo preguntaba por él. Nos preocupábamos por que no hubiera venido, convirtiendo su presencia, más que en un derecho legítimo, en una necesidad para que la unidad familiar fuera perfecta. Pedidle a cualquiera que haya conocido esa época que nombre a los Goldman-de-Baltimore y mencionará a Woody sin planteárselo siquiera. También en eso ganaban ellos: en el partido de Montclair contra Baltimore, que hasta entonces siempre había ido 3 a 3, en adelante el marcador iba a ser 4 a 3.

Woody, Hillel y yo fuimos los amigos más fieles que darse pueda. En presencia de Woody pasé mis mejores años con los Baltimore, los que vivimos entre 1990 y 1998, época dorada al tiempo que telón de fondo de todo cuanto precedió al Drama. De los diez a los dieciocho años, los tres fuimos absolutamente inseparables. Juntos constituíamos una entidad fraterna de tres caras, una tríada o trinidad a la que nos referíamos muy ufanos como «la Banda de los Goldman». Nos quisimos como pocos hermanos llegan a quererse: nos hicimos unos a otros los juramentos más solemnes, mezclamos nuestra sangre, nos juramos fidelidad y nos prometimos un amor mutuo y eterno. A pesar de todo lo que pasó luego, recordaré siempre esos años como un período excepcional: la epopeya de tres adolescentes felices en un Estados Unidos bendecido por los dioses.

Ir a Baltimore, estar con ellos, eso era todo lo que me importaba. Solo me sentía completo estando ellos presentes. Benditos sean mis padres por haberme concedido, a una edad en la que pocos niños viajan solos, permiso para ir a Baltimore y reunirme con ellos durante largos fines de semana, para ir yo solo a Baltimore y encontrarme con aquellos a quienes tanto quería. Para mí fue el comienzo de una nueva vida, que pautaba el calendario perpetuo de las vacaciones escolares, las jornadas pedagógicas y las conmemoraciones de los héroes americanos. La proximidad de fechas como el Veterans Day, el Martin Luther King Day o el Presidents’ Day me causaba una sensación de alegría inaudita. La emoción de volver a verlos no me dejaba parar. ¡Alabados sean los soldados caídos por la patria, alabado sea el doctor Martin Luther King Jr. por haber sido un hombre tan bueno, alabados sean nuestros presidentes, honrados y valientes, que nos daban vacaciones el tercer lunes de febrero, año tras año!

Para ganar un día, había conseguido que mis padres me dejaran marcharme directamente al salir del colegio. En cuanto acababan las clases, regresaba a casa a la velocidad del rayo para recoger mis cosas. Con la bolsa preparada, esperaba a que mi madre volviese de trabajar para que me llevara a la estación de Newark. Me sentaba en el sillón de la entrada, ya calzado y con la cazadora echada por los hombros, dando pataditas de pura impaciencia. Yo iba adelantado y ella llegaba tarde. Para matar el tiempo, me dedicaba a mirar las fotos de las dos familias dispuestas en el mueble que tenía al lado. Cuanto más sosos nos veía a nosotros, más maravillosos me parecían ellos. Sin embargo, yo tenía una vida privilegiada en Montclair, un bonito barrio periférico de Nueva Jersey, una vida apacible y feliz, a salvo de cualquier necesidad. Pero nuestros coches me parecían menos rutilantes; nuestras conversaciones, menos divertidas; nuestro sol, menos resplandeciente, y nuestro aire, menos puro.

Entonces sonaba la bocina de mi madre. Salía corriendo y me subía al viejo Honda Civic. Ella estaba retocándose la laca de uñas, bebiéndose un café en taza de cartón, comiéndose un sándwich o rellenando un impreso promocional. A veces, todo al mismo tiempo. Estaba elegante, siempre muy bien arreglada. Guapa, maquillada con esmero. Pero cuando volvía de trabajar, todavía llevaba en la chaqueta la chapa con su nombre y, debajo, la indicación que rezaba «a su servicio» y que me parecía tremendamente humillante. Los Baltimore eran los servidos y nosotros, los sirvientes.

Le echaba en cara a mi madre el retraso y ella me pedía disculpas. Yo no la perdonaba y ella me acariciaba el pelo cariñosamente. Me daba un beso, dejándome en la mejilla la marca de la barra de labios que enseguida me limpiaba con un gesto rebosante de amor. Luego me llevaba a la estación donde yo cogía un tren para Baltimore a última hora de la tarde. Por el camino, mi madre me decía que me quería y que ya me estaba echando de menos. Antes de dejarme subir al vagón, me alargaba un cucurucho de papel con unos sándwiches que había comprado en el mismo sitio que el café y me obligaba a prometerle que iba a «portarme bien y ser educado». Me daba un abrazo y aprovechaba para meterme un billete de veinte dólares en el bolsillo, luego me decía:

—Te quiero, cariño.

Entonces me plantaba dos besos en la mejilla, aunque a veces eran tres o cuatro. Decía que con uno no bastaba, aunque a mí me parecía que había más que de sobra. Cuando lo pienso ahora, me guardo rencor por no haberle dejado darme diez besos cada vez que me iba. Me guardo rencor incluso por haberme marchado, dejándola, tantas veces. Me guardo rencor por no haberme acordado lo suficiente de lo efímeras que son las madres y de no haberme repetido más a menudo: quiere a tu madre.

Apenas dos horas de tren y llegaba a la estación central de Baltimore. Por fin podía comenzar la transferencia de familia. Me deshacía del traje de los Montclair, que me venía estrecho, y me envolvía en el tejido opulento de los Baltimore. En el andén, en medio de la noche incipiente, me esperaba ella. La belleza de una reina, el resplandor y la elegancia de una diosa, aquella cuyo recuerdo llenaba a veces, avergonzándome, mis jóvenes noches: mi tía Anita. Corría hasta ella, la abrazaba. Aún siento su mano en el pelo, siento su cuerpo contra mí. Oigo su voz diciéndome:

—Markie, cariño, cuánto me alegro de verte.

No sé por qué, pero la que casi siempre venía a buscarme era ella, sola. Seguramente el motivo sería que Tío Saul solía salir tarde del bufete y que no quería que Hillel y Woody la estorbaran. Yo aprovechaba para volver a verla como si fuera mi novia: unos minutos antes de que llegara el tren, me arreglaba la ropa, me peinaba en el reflejo de la ventanilla y cuando el tren por fin se detenía, me bajaba con el corazón palpitante. Engañaba a mi madre con otra.

Tía Anita conducía un BMW negro que probablemente costaría lo que mis padres ganaban en un año entre los dos. Subir en él era la primera etapa de mi transformación. Renegaba del Civic hecho un caos y me consagraba a la adoración de ese coche enorme, de un lujo y una modernidad escandalosos, en el que dejábamos atrás el centro urbano para dirigirnos a Oak Park, el barrio de postín en el que vivían. Oak Park era un mundo aparte: las aceras eran más anchas, bordeaban las calles árboles inmensos. Las casas eran a cual más grande, las verjas de entrada rivalizaban en arabescos y el tamaño de las vallas era desmesurado. Los transeúntes me parecían más guapos; sus perros, más elegantes; los corredores domingueros, más atléticos. Mientras que en nuestro barrio, en Montclair, yo solo conocía casas acogedoras sin barrera alguna en torno al jardín, en Oak Park, a la inmensa mayoría las protegían setos y tapias. En las calles tranquilas, el servicio de seguridad privado transitaba en coches con luces giratorias naranja y el rótulo Patrulla de Oak Park en la carrocería, velando por la paz de sus habitantes.

Mientras cruzaba Oak Park con Tía Anita, experimentaba la segunda fase de mi transformación: empezar a sentirme superior. Todo me parecía obvio: el coche, el barrio, mi presencia. Los agentes de la patrulla de Oak Park acostumbraban a saludar a los vecinos haciendo un rápido ademán con la mano al cruzarse con ellos, y los vecinos les correspondían. Un ademán para confirmar que todo iba bien y que la tribu de los ricos podía salir a pasear confiadamente. Al cruzarnos con la primera patrulla, el agente hacía un ademán. Anita se lo devolvía y yo me apresuraba a hacer otro tanto. Ahora, yo era uno de los suyos. Al llegar a su casa, Tía Anita anunciaba nuestra llegada con dos bocinazos antes de pulsar un mando a distancia que abría las dos mandíbulas metálicas de la verja de entrada. Se adentraba en la avenida y se metía en el garaje de cuatro plazas. Apenas me bajaba del coche, la puerta de entrada de la casa se abría con un estrépito alegre y ahí estaban ellos, corriendo hacia mí escaleras abajo, Woody y Hillel, esos hermanos que la vida nunca había querido darme. En todas las ocasiones entraba en la casa con mirada embelesada: todo era bonito, lujoso, colosal. Su garaje era tan grande como nuestro salón. Su cocina era tan grande como nuestra casa. Sus cuartos de baño eran tan grandes como nuestros dormitorios y tenían dormitorios suficientes para albergar a varias generaciones nuestras.

Cada estancia allí era mejor que la anterior y no hacía sino aumentar aún más la admiración que sentía por mis tíos, y sobre todo la química perfecta de la Banda que formábamos Hillel, Woody y yo. Eran como sangre de mi sangre y carne de mi carne. Nos gustaban los mismos deportes, los mismos actores, las mismas películas, las mismas chicas, y no porque nos hubiésemos puesto de acuerdo o lo hubiésemos consensuado, sino porque cada uno era la prolongación del otro. Desafiábamos a la naturaleza y la ciencia: los árboles de nuestros ancestros no compartían el mismo tronco pero nuestras secuencias genéticas seguían, sin embargo, las mismas vueltas y revueltas. A veces íbamos a visitar al padre de Tía Anita, que vivía en una residencia de ancianos —la «Casa de los muertos», así la llamábamos— y me acuerdo de que sus amigos un poco seniles o con la memoria deshilachada hacían constantemente preguntas sobre la identidad de Woody, confundiéndonos a unos con otros. Lo señalaban con sus dedos retorcidos y hacían sin reparos la eterna pregunta: «¿Este es un Goldman-de-Baltimore o un Goldman-de-Montclair?». Si la que respondía era Tía Anita, les explicaba: «Es Woodrow, el amigo de Hill. Es ese crío que acogimos. Es tan encantador». Antes de decir eso, siempre comprobaba que Woody no estaba en la misma habitación para no violentarlo, aunque por el sonido de su voz se comprendía inmediatamente que estaba dispuesta a quererlo como a su propio hijo. Para esa misma pregunta, Woody, Hillel y yo teníamos una respuesta que nos parecía la que más se aproximaba a la realidad. Y cuando, durante esos inviernos, en los pasillos donde flotaban los extraños olores de la vejez, esas manos arrugadas nos retenían agarrándonos por la ropa y nos obligaban a dar nuestros nombres para colmar la inevitable erosión de su cerebro enfermo, respondíamos: «Soy uno de los tres primos Goldman».

 

*

 

Me interrumpió a media tarde mi vecino Leo Horowitz. Le preocupaba no haberme visto en todo el día y venía a asegurarse de que todo iba bien.

—Todo va bien, Leo —lo tranquilicé desde el umbral.

Le debió de parecer raro que no le dejase pasar y sospechó que le ocultaba algo.

—¿Está usted seguro? —preguntó una vez más con tono curioso.

—Por completo. No pasa nada especial. Estoy trabajando.

De repente, vio que detrás de mí aparecía Duke, que se había despertado y quería ver qué sucedía. Se le pusieron unos ojos como platos.

—Marcus, ¿qué hace ese perro en su casa?

Agaché la cabeza, avergonzado.

—Lo he cogido prestado.

—¿Que lo ha qué?

Le indiqué por señas que entrara rápidamente y volví a cerrar la puerta a su espalda. Nadie podía ver a ese perro en mi casa.

—Quería ir a ver a Alexandra —le expliqué— y vi que el perro salía de la finca. Me dije que podría traérmelo aquí, quedarme con él durante el día y devolverlo por la noche haciéndole creer que había vuelto a mi casa por propia voluntad.

—Está usted mal de la cabeza, hombre de Dios. Eso es robar en el sentido más estricto de la palabra.

—Es un préstamo, no tengo intención de quedarme con él. Solo lo necesito durante unas horas.

Mientras me escuchaba, Leo se dirigió a la cocina, se sirvió agua, sin preguntarme nada, de una botella de la nevera y se sentó delante de la barra. Estaba encantado del giro excepcionalmente entretenido que estaba tomando el día. Me sugirió con expresión radiante:

—¿Y si empezáramos echando una partidita de ajedrez? Así se relaja.

—No, Leo, la verdad es que ahora no tengo tiempo para eso.

Se puso serio y se volvió hacia el perro, que lamía ruidosamente el agua de una cazuela puesta en el suelo.

—Entonces, explíquemelo, Marcus: ¿por qué necesita a este perro?

—Para tener un buen motivo para volver a ver a Alexandra.

—Eso ya lo había entendido. Pero ¿por qué necesita una razón para ir a verla? ¿No puede, sencillamente, ir a saludarla como una persona civilizada, en lugar de secuestrarle al perro?

—Me ha pedido que no intente volver a verla.

—¿Y por qué ha hecho eso?

—Porque corté con ella. Hace ocho años.

—Demonios. En efecto, no se portó usted muy bien que digamos. ¿Ya no la quería?

—Todo lo contrario.

—Pero cortó con ella.

—Sí.

—¿Por qué?

—Por culpa del Drama.

—¿Qué Drama?

—Es una larga historia.

 

*

 

Baltimore

Década de 1990

 

Los momentos de felicidad con los Goldman-de-Baltimore los contrarrestaban dos ocasiones al año, cuando las dos familias se reunían: en Acción de Gracias, en casa de los Baltimore, y durante las vacaciones de invierno en Miami, en Florida, en casa de los abuelos. Desde mi punto de vista, aquellas citas familiares tenían más de partido de fútbol que de reencuentro. En un lado del campo, los Montclair; en otro, los Baltimore, y en el centro, los abuelos Goldman, que ejercían de árbitros y contaban los goles.

Acción de Gracias era la fecha de la coronación anual de los Baltimore. La familia se reunía en su casa inmensa y lujosa de Oak Park donde todo era perfecto, de principio a fin. Yo dormía, en el colmo de la dicha, en el cuarto de Hillel, y Woody, que ocupaba el dormitorio contiguo, arrastraba el colchón hasta nuestro cuarto para no estar separados y compartir incluso el mismo sueño. Mis padres ocupaban una de las habitaciones de invitados con baño y mis abuelos, la otra.

Era Tío Saul quien iba a buscar a los abuelos al aeropuerto, y durante la primera hora posterior a su llegada a casa de los Baltimore la conversación giraba en torno a lo cómodo que era el coche.

—¡Tenéis que verlo! —exclamaba la abuela—, ¡de verdad que es apabullante! ¡Espacio para las piernas como en ningún otro sitio! Me acuerdo de haber subido en tu coche, Nathan [mi padre], pensando: ¡una y no más! ¡Y qué sucio, por Dios! ¿Tanto cuesta pasarle la aspiradora? El de Saul está como nuevo. El cuero de los asientos está perfecto, se nota que lo cuidan con mucho mimo.

Y cuando ya no le quedaba nada que decir del coche, se hacía lenguas de la casa. Exploraba todos los pasillos, como si fuera la primera vez que la visitaba, y se maravillaba del buen gusto de la decoración, de la calidad de los muebles, del suelo con calefacción radiante, de la limpieza, de las flores y de las velas que perfumaban las estancias.

Durante la comida de Acción de Gracias no dejaba de celebrar la perfección de los platos. A cada bocado emitía sonidos entusiastas. Cierto es que la comida era suntuosa: sopa de calabaza castaña, un pavo tiernísimo asado con jarabe de arce y salsa a la pimienta, macarrones con queso, pastel de calabaza, puré de patata cremoso, tallos de acelga suculentos y judías finísimas. Los postres no se quedaban atrás: mousse de chocolate, tarta de queso, tarta de pacanas y tarta de manzana con una masa fina y crujiente. Después de la comida y el café, Tío Saul sacaba a la mesa botellas de licores fuertes cuyos nombres, a la sazón, no me decían nada, pero recuerdo que el abuelo cogía las botellas como si fueran de una poción mágica y se extasiaba con el nombre, la añada o el color, mientras que la abuela le daba un último repaso a la calidad de la comida y, por extensión, a la de la casa y la vida de sus dueños, antes de alcanzar la apoteosis final (que siempre era la misma): «Saul, Anita, Hillel y Woody, queridos míos: gracias, ha sido extraordinario».

Me hubiese gustado que vinieran ella y el abuelo a pasar una temporada a Montclair para poder demostrarles de lo que éramos capaces nosotros. Se lo pedí una vez, con la suficiencia de los diez años de edad.

—Abuela, ¿por qué no venís alguna vez el abuelo y tú a dormir a casa, a Montclair?

Pero me contestó:

—Ya no podemos ir a tu casa, ¿sabes, cariño? No es lo bastante grande ni lo bastante cómoda.

 

La segunda gran reunión anual de los Goldman acontecía en Miami, con motivo de las fiestas de fin de año. Hasta que cumplimos los trece, los abuelos Goldman vivían en un piso lo bastante grande para alojar a las dos familias y pasábamos una semana todos juntos, sin separarnos ni un momento. Aquellas temporadas en Florida eran para mí la ocasión de comprobar cuantísimo admiraban los abuelos a los Baltimore, aquellos marcianos formidables que, en el fondo, no tenían nada en común con el resto de la familia. Podía ver los rasgos de parentesco evidentes entre mi abuelo y mi padre. Se parecían físicamente, tenían las mismas manías y padecían ambos del síndrome del colon irritable, sobre el que se podían tirar horas hablando. El colon irritable era uno de los temas de conversación favoritos del abuelo. Recuerdo a mi abuelo como un hombre amable, distraído, cariñoso y, sobre todo, estreñido. Se iba a evacuar como quien se va a la estación. Con el periódico debajo del brazo, nos anunciaba:

—Voy al retrete.

Le daba a la abuela un besito de despedida en los labios y ella le decía:

—Hasta ahora, cariño mío.

Al abuelo le preocupaba que algún día a mí también me afectara ese mal de los Goldman-de-fuera-de-Baltimore: el famoso colon irritable. Tenía que prometerle que comería muchas verduras fibrosas y que nunca me iba a contener si tenía necesidad de «hacer aguas mayores». Por la mañana, mientras Woody y Hillel se atiborraban de cereales azucarados, el abuelo me obligaba a atiborrarme de All-Bran. Era el único al que obligaban a comer eso, lo que demostraba que los Baltimore debían de tener enzimas adicionales de las que los demás carecíamos. El abuelo me hablaba de los problemas digestivos que me esperaban por ser hijo de mi padre:

—Pobrecito Marcus, tu padre tiene el colon como yo. Ya verás como tú tampoco te libras. Come mucha fibra, hijo, eso es lo más importante. Tienes que empezar ya a cuidarte el sistema.

Se quedaba detrás de mí mientras me zampaba los All-Bran y me ponía en el hombro una mano llena de empatía. Obviamente, a base de comer tanta fibra, me pasaba la vida en el baño y cuando salía, el abuelo cruzaba una mirada conmigo, como diciéndome: «Tú también lo tienes, muchacho. Estás jodido». Aquella historia del colon me tenía obsesionado. Consultaba regularmente los diccionarios médicos de la biblioteca municipal, acechando con aprensión los primeros síntomas de la enfermedad. Me decía que si no la padecía, era porque quizá fuera diferente, diferente como un Baltimore. Porque en el fondo, los abuelos se identificaban con mi padre, pero a quien reverenciaban era a Tío Saul. Y yo era el hijo de uno, pero lamentaba a menudo no haber sido hijo del otro.

Esa mezcla de Montclair y Baltimore era lo que me hacía darme cuenta realmente del profundo abismo que escindía mi vida en dos: una vida oficial, un Goldman-de-Montclair, y una vida confidencial, un Goldman-de-Baltimore. De mi segundo nombre, Philip, conservaba la inicial y en los cuadernos y deberes escolares escribía «Marcus P. Goldman». Luego le añadía una curva a la P que se transformaba en Marcus B. Goldman. Yo era la P que a veces se transformaba en B. Y la vida, como si quisiera darme la razón, a veces me hacía curiosas jugarretas: cuando estaba en Baltimore sin mis padres, me sentía como uno de ellos. Si Hillel, Woody y yo íbamos por el barrio, los agentes de la patrulla nos saludaban y nos llamaban por nuestro nombre. Pero cuando iba a Baltimore con mis padres para celebrar Acción de Gracias, recuerdo la vergüenza que me embargaba al enfilar las primeras calles de Oak Park a bordo de nuestro coche viejo, en cuyo parachoques estaba escrito que no pertenecíamos a la dinastía de los Goldman de allí. Si nos cruzábamos con una patrulla de seguridad, le hacía la seña secreta de los iniciados y mi madre, que no entendía nada, me regañaba:

—Pero bueno, Markie, ¿quieres parar de hacer el imbécil y no hacerle más señales estúpidas a ese agente?

El colmo de lo horrible era cuando nos perdíamos por Oak Park, cuyas calles circulares solían inducir a error. Mi madre se ponía nerviosa y mi padre se paraba en medio de algún cruce y empezaban a discutir sobre qué dirección era la correcta hasta que se presentaba una patrulla para ver qué se tramaba en ese coche abollado y, por tanto, sospechoso. Mi padre explicaba por qué estábamos allí mientras yo hacía la seña de la cofradía secreta para que el agente no pensase que podía existir algún vínculo familiar entre aquellos dos forasteros y yo. Podía ocurrir que el agente se limitase a indicarnos el camino, pero, a veces, se ponía suspicaz y nos escoltaba hasta la casa de los Goldman para asegurarse de que llevába mos buenas intenciones. Tío Saul, al vernos llegar, salía enseguida.

—Buenas, señor Goldman —decía al agente—, siento molestarlo pero solo quería asegurarme de que está usted en efecto esperando a estas personas.

—Gracias, Matt (o cualquier otro nombre, según el que figurase en la chapa, mi tío siempre llamaba a la gente por el nombre que figuraba en la chapa en los restaurantes, los cines o el peaje de la autopista). Sí, está todo en orden, gracias, todo va bien.

Decía: todo va bien. No decía: Matt, so patán, ¿cómo has podido desconfiar de mi propia sangre, de la carne de mi carne, de mi hermano del alma? El zar habría mandado que empalasen al guardia que hubiese tratado así a los miembros de su familia. Pero en Oak Park, Tío Saul felicitaba a Matt como quien recompensa a un buen perro guardián por haber ladrado, para tener la seguridad de que ladrará siempre. Y cuando el agente se estaba yendo, mi madre decía: «Eso, venga, lárguese, ya ha visto que no somos unos bandidos», mientras mi padre le rogaba que se callase y que no nos pusiera en evidencia. Solo éramos unos invitados.

En el patrimonio de los Baltimore, solo había un lugar a salvo de la contaminación de los Montclair: la casa de vacaciones de los Hamptons, donde mis padres tenían el buen gusto de no haber ido jamás —al menos estando yo delante—. Para quien no sepa en qué se han convertido los Hamptons desde la década de 1980, se trataba de un lugar pequeño y tranquilo de la costa oceánica a las puertas de la ciudad de Nueva York que acabó siendo uno de los destinos de vacaciones de mayor postín de la Costa Este. Así pues, la casa de los Hamptons había conocido varias vidas sucesivas y Tío Saul nunca dejaba de contar que cuando compró aquella casucha de madera en East Hampton por una miseria, todo el mundo se burló de él asegurándole que había hecho la peor inversión de su vida. No contaban con el boom de Wall Street de la década de 1980, que anunciaba el inicio de la edad de oro de una generación de operadores financieros: las fortunas recientes tomaron por asalto los Hamptons, la región se aburguesó de la noche a la mañana y su valor inmobiliario se disparó.

Yo era muy pequeño para acordarme, pero me han contado que a medida que Tío Saul ganaba casos, la casa iba mejorando poco a poco hasta el día en que la tiraron abajo para construir en su lugar una casa nueva, magnífica, rebosante de encanto y comodidades. Amplia, luminosa, sabiamente cubierta de hiedra y con una terraza en la parte de atrás rodeada de matas de hortensias azules y blancas, además de la piscina y el cenador cubierto de aristoloquia en el que comíamos.

Después de Baltimore y Miami, los Hamptons eran la conclusión del tríptico geográfico anual de la Banda de los Goldman. Todos los años, mis padres me daban permiso para pasar allí el mes de julio. Fue allí, en la casa de vacaciones de mis tíos, donde pasé los veranos más felices de mi juventud en compañía de Woody y Hillel. También fue allí donde se plantaron las semillas del Drama que iba a sacudirlos. Aun así, conservo de aquellas estancias un recuerdo de felicidad plena. De aquellos veranos bienaventurados recuerdo días idénticos en los que flotaba el aroma de la inmortalidad. ¿Que qué hacíamos allí? Vivíamos nuestra juventud triunfal. Nos dedicábamos a domar el océano. A cazar chicas como si fueran mariposas. A pescar. A buscar rocas desde las que zambullirnos en el océano y medirnos con la vida.

El lugar que más nos gustaba de todos era la finca de un matrimonio adorable, Seth y Jane Clark, de edad relativamente avanzada y sin hijos, muy ricos —creo que él tenía fondos de inversión en Nueva York—, con los que Tío Saul y Tía Anita se habían encariñado a lo largo de los años. Su finca, llamada El Paraíso en la Tierra, se encontraba a una milla de la casa de los Baltimore. Era un lugar fabuloso: recuerdo el parque frondoso, los árboles de Judas, los macizos de rosales y la fuente con cascada. Detrás de la casa había una piscina a cuyo pie se extendía una playa privada de arena blanca. Los Clark nos dejaban disfrutar de la finca cuanto queríamos y siempre estábamos metidos en su casa, zambulléndonos en la piscina o nadando en el océano. Tenían incluso un bote amarrado a un embarcadero de madera que utilizábamos de vez en cuando para recorrer la bahía. Para agradecerles a los Clark que fueran tan amables, solíamos hacerles favorcillos, sobre todo tareas de jardinería, que se nos daban especialmente bien por motivos que explicaré más adelante.

 

En los Hamptons perdíamos la cuenta de la fecha y los días. Quizá fue eso lo que me engañó: aquella sensación de que todo duraría para siempre. De que duraríamos para siempre. Como si en ese lugar mágico, en las calles y en las casas, la gente pudiera zafarse del tiempo y sus estragos.

Me acuerdo de la mesa que había en la terraza de la casa, donde Tío Saul había montado lo que llamaba su «despacho». Justo al lado de la piscina. Después de desayunar, disponía allí sus expedientes, se llevaba el teléfono y trabajaba por lo menos hasta mediodía. Sin romper el secreto profesional, nos hablaba de los casos que llevaba. Me fascinaban sus explicaciones. Le preguntábamos cómo tenía previsto ganar y contestaba:

—Voy a ganar porque es lo que debo hacer. Los Goldman no pierden nunca.

Nos preguntaba lo que haríamos si estuviésemos en su lugar. Nosotros nos imaginábamos entonces que éramos tres ilustres letrados y berreábamos todas las ideas que se nos pasaban por la cabeza. Él sonreía y nos decía que íbamos a ser unos abogados estupendos y que algún día podríamos trabajar en su bufete. Y, según lo decía, yo me ponía a fantasear.

Meses después, al pasar por Baltimore, encontraba los recortes de prensa referidos a los casos que había preparado en los Hamptons y que Tía Anita conservaba como oro en paño. Tío Saul había ganado. Toda la prensa hablaba de él. Todavía me acuerdo de algunos titulares:

 

El invencible Goldman

Saul Goldman, el abogado que nunca pierde

Goldman ataca de nuevo

 

Podía decirse que nunca había perdido un caso. Y enterarme de aquellas victorias reafirmaba aún más la pasión que sentía por él. Era el mejor tío y el mejor abogado que darse pueda.

 

*

 

Ya estaba atardeciendo cuando desperté a Duke en plena siesta para llevarlo de vuelta a su casa. Se encontraba bien en la mía y me dejó claro que no le apetecía demasiado moverse. Tuve que arrastrarlo hasta el coche, que estaba delante de la casa, y cogerlo en brazos para meterlo en el maletero. Leo me observaba, regocijado, desde el porche de su casa.

—Buena suerte, Marcus. Estoy convencido de que si no quiere volver a verlo, eso significa que lo quiere mucho.

Conduje hasta casa de Kevin Legendre y llamé al telefonillo.

3.

 

 

 

 

Coconut Grove, Florida

Junio de 2010. Seis años después del Drama

 

Amanecía. Me había acomodado en la terraza de la casa en la que ahora vivía mi tío, en Coconut Grove. Hacía cuatro años que se había mudado aquí.

Llegó sin hacer ruido y me sobresalté cuando me dijo:

—¿Ya estás levantado?

—Buenos días, Tío Saul.

Llevaba dos tazas de café y me puso una delante. Se fijó en las líneas de las cuartillas. Yo estaba escribiendo.

—¿De qué trata tu próxima novela, Markie?

—No puedo decírtelo, Tío Saul. Ya me lo preguntaste ayer.

Sonrió. Estuvo un rato mirando cómo escribía. Luego, antes de marcharse, mientras se remetía la camisa en el pantalón y se apretaba el cinturón, me dijo con tono solemne:

—Algún día saldré en un libro tuyo, ¿eh?

—Por supuesto —le contesté.

 

Mi tío se había ido de Baltimore en 2006, dos años después del Drama, para venirse a vivir a esta casa pequeña pero acomodada del barrio Coconut Grove, al sur de Miami. Tenía una terracita en la parte delantera, rodeada de mangos y aguacates, cuyos frutos eran cada año más abundantes y que cuando apretaba el calor aportaban un alivio refrescante.

El éxito de mis novelas me brindaba la libertad de venir a ver a mi tío cada vez que me apetecía. Casi siempre iba en coche. Me daba la ventolera y me marchaba de Nueva York: lo decidía incluso la mañana del mismo día. Metía a puñados unas cuantas cosas en una bolsa, la tiraba en el asiento de atrás y me iba. Cogía la autovía I-95, conducía hasta Baltimore y seguía bajando en dirección sur, hasta Florida. A veces tardaba dos días enteros en llegar, con una parada a mitad de camino a la altura de Beaufort, en Carolina del Sur, en un hotel donde ya tenía mis rutinas. En invierno, dejaba atrás los vientos polares que barrían Nueva York, en el coche que la nieve azotaba, con un jersey grueso y un café quemando en una mano y el volante en la otra. En lo que tardaba en bajar a la costa ya había llegado a un Miami achicharrado, a treinta grados, donde los transeúntes, en camiseta, se relajaban al sol resplandeciente del invierno tropical.

A veces iba en avión y alquilaba un coche en el aeropuerto de Miami. El viaje duraba diez veces menos, pero la intensidad del sentimiento que me embargaba al llegar a casa de mi tío era menor. El avión mermaba mi libertad con la carga de los horarios de vuelos, del reglamento de las compañías aéreas, de las colas interminables y las esperas vacías por culpa de los protocolos de seguridad que padecían los aeropuertos desde los atentados del 11-S. En cambio, la sensación de libertad que notaba cuando, el día antes por la mañana, había decidido sencillamente subirme al coche y conducir hacia el sur sin detenerme era casi absoluta. Salía cuando me daba la gana, me paraba cuando me daba la gana. Era el amo del ritmo y del tiempo. A lo largo de los miles de millas de autovía que ahora ya me sabía de memoria, nunca dejaba de maravillarme el tamaño de este país, que parecía no acabarse nunca. Y, por fin, Florida, y luego Miami y luego Coconut Grove, y su calle. Cuando llegaba delante de su casa me lo encontraba instalado debajo del porche. Me estaba esperando. Sin que yo lo hubiera avisado de que iba, me estaba esperando. Fielmente.

Llevaba en Coconut Grove dos días. Había ido, como siempre, de improviso y cuando me vio aparecer por allí, mi tío Saul, loco de alegría de que fuera a interrumpir su soledad, se me echó en los brazos. Yo estreché muy fuerte contra el pecho a aquel hombre derrotado por la vida. Le acaricié con la yema de los dedos la tela de la camisa barata y, cerrando los ojos, olí aquel agradable aroma suyo, que era lo único que no había cambiado. Y al recuperar aquel olor, me imaginé que estaba en la terraza de su mansión de Baltimore o en el porche de la casa de verano de los Hamptons, en la época dorada. Me imaginé que mi magnífica Tía Anita estaba a su lado, y Woody y Hillel, mis dos primos maravillosos. Mediante una sola bocanada de aquel olor, había regresado a lo más hondo de mis recuerdos, al barrio de Oak Park, y había revivido, en el lapso de un instante, la felicidad de haber convivido con ellos.

 

En Coconut Grove pasaba los días escribiendo. Era el lugar donde encontraba la tranquilidad suficiente para trabajar. Caí en la cuenta de que, a pesar de vivir en Nueva York, allí nunca había escrito realmente. Siempre sentía la necesidad de ir a otra parte, de aislarme. Trabajaba en la terraza cuando hacía bueno y, cuando apretaba el calor, en el frescor del aire acondicionado del despacho que mi tío había montado especialmente para mí en el cuarto de invitados.

Por lo general solía tomarme un descanso al final de la mañana y me acercaba a saludarlo al supermercado. Le gustaba que fuera a verlo al supermercado. Al principio no me fue fácil: me violentaba. Pero sabía cuánta ilusión le hacía que fuese a la tienda. Siempre que llegaba al supermercado, sentía que se me encogía un poco el corazón. Las puertas automáticas se abrían al llegar yo delante y lo veía, en la caja, afanándose en repartir la compra de los clientes en bolsas, según lo que pesara cada artículo y si era o no perecedero. Lucía el delantal verde de los empleados en el que estaba prendida una chapa donde ponía su nombre, «Saul». Yo oía a los clientes decirle: «Muchas gracias, Saul. Que tenga un buen día». Siempre estaba alegre, sin cambios de humor. Yo esperaba a que no estuviera ocupado para hacer notar mi presencia y veía cómo se le iluminaba la cara. «¡Markie!», exclamaba jovialmente cada vez, como si fuera la primera que iba a verlo.

Le decía a la cajera que estaba a su lado:

—Mira, Lindsay, es mi sobrino Marcus.

La cajera me miraba como un animal curioso y me decía:

—¿Tú eres ese escritor tan famoso?

—¡Sí que lo es! —contestaba mi tío en mi lugar, como si yo fuera el presidente de los Estados Unidos.

Me hacía algo así como una reverencia y prometía que se leería mi libro.

A los empleados del supermercado les caía bien mi tío y, cuando llegaba yo, siempre encontraba a alguien que lo sustituyese. Entonces me llevaba por los pasillos para hacer la ronda entre sus colegas. «Todo el mundo quiere saludarte, Markie. Algunos se han traído su ejemplar del libro para que se lo firmes. No te importa, ¿verdad?» Yo siempre accedía de buena gana y luego terminábamos la visita en el mostrador de café y zumos, que atendía un muchacho con el que mi tío se había encariñado, un negro del tamaño de una montaña y con la dulzura de una mujer, que se llamaba Sycomorus.

Sycomorus tenía más o menos mi edad. Soñaba con ser cantante y mientras le llegaba la gloria, hacía zumos de verdura revitalizadores a la carta. En cuanto tenía ocasión, se encerraba en la sala de descanso y se filmaba con el teléfono móvil tarareando alguna canción de moda y chasqueando los dedos, para luego difundir los vídeos por las redes sociales con la esperanza de que el mundo se fijara en su talento. Soñaba con participar en un concurso de televisión titulado ¡Canta! que emitía una cadena nacional y en el que se enfrentaban cantantes que aspiraban a sobresalir y hacerse famosos.

A comienzos de aquel mes de junio de 2010, Tío Saul le estaba ayudando a rellenar los impresos para presentar al programa su candidatura en formato de vídeo. Había una parte de descargas y de derechos de imagen que Sycomorus no entendía. Sus padres tenían muchísimo interés en que se hiciera famoso. Como claramente no tenían nada mejor que hacer, se pasaban el día yendo a ver a su chico al trabajo para preocuparse por su porvenir. Se apalancaban en el mostrador de zumos y, entre cliente y cliente, el padre se metía con el hijo y la madre hacía las veces de mediadora.

El padre era un tenista fracasado. La madre había soñado con ser actriz. El padre se había empeñado en que Sycomorus fuera campeón de tenis. A la madre le habría gustado que fuese un gran actor. A la edad de seis años, cumplía trabajos forzados en las canchas de tenis y había rodado un anuncio de yogures. A los ocho años, aborrecía el tenis y juraba que no volvería a tocar una raqueta en toda su vida. Se dedicó a ir de casting en casting con su madre, buscando el papel que pusiera en órbita su carrera de niño prodigio. Pero aquel papel nunca llegó y hoy, sin ningún título ni formación alguna, hacía zumos.

—Cuantas más vueltas le doy a este asunto tuyo del programa de televisión, más me convenzo de que es una soberana tontería —repetía el padre.

—No lo entiendes, papá. Ese programa lanzará mi carrera.

—¡Pfff! ¡Un ridículo espantoso, eso es lo que vas a hacer! ¿De qué te va a servir montar un espectáculo en televisión? Nunca te ha gustado cantar. Tendrías que haberte hecho tenista. Tenías todas las dotes. Qué lástima que tu madre te convirtiese en un vago.

—Pero, papá —le suplicaba Sycomorus, que anhelaba desesperadamente la aprobación de su padre—, todo el mundo habla de ese programa.

—Déjalo en paz, George, si es con lo que sueña —intervenía la madre quedamente.

—Sí, papá, cantar es mi vida.

—Tu vida es meter verdura en una licuadora, eso es lo que es. Tendrías que haber sido un campeón de tenis. Lo echaste todo a perder.

Normalmente, Sycomorus acababa llorando. Para serenarse, cogía del mostrador el cuaderno de anillas que todos los días se llevaba al supermercado desde casa y donde guardaba la colección de artículos sobre Alexandra Neville que había espigado y seleccionado primorosamente, que recogían todo cuanto tuviera que ver con ella y a él le pareciera digno de interés. Alexandra era el modelo de Sycomorus: su obsesión. En cuestión de música, ella era su única referencia. Su carrera, sus canciones, su forma de reinterpretarlas en los conciertos: desde su punto de vista, ella era la perfección. La había seguido en todas sus giras, de las que volvía con camisetas de recuerdo para adolescentes que se ponía con regularidad. «Si lo sé todo sobre ella, puede que consiga hacer una carrera como la suya», decía. El grueso de ese material lo sacaba de los tabloides que leía con avidez y cuyos artículos recortaba cuidadosamente en sus ratos libres.

Sycomorus se consolaba pasando las páginas del cuaderno de anillas y se imaginaba que también él se convertiría algún día en una gran estrella. Su madre, con el corazón roto, le daba ánimos:

—Mira el cuaderno, cariño, te sentará bien.

Sycomorus contemplaba las páginas plastificadas, rozándolas con las manos.

—Mamá, algún día seré como ella… —decía.

—Es rubia y blanca —se impacientaba su padre—. ¿Quieres ser una chica blanca?

—No, papá, lo que quiero es ser famoso.

—Ahí está el problema, tú no quieres ser cantante, lo que quieres es ser famoso.

En eso, el padre de Sycomorus tenía razón. Hubo una época en que las estrellas de Estados Unidos eran cosmonautas y científicos. Hoy en día, consideramos estrellas a personas que no hacen nada y que solo se dedican a hacerse fotos a sí mismas o al plato que tienen enfrente. Mientras el padre argumentaba delante del hijo, la cola de clientes que esperaban el zumo revitalizador se impacientaba. La madre acababa tirándole de la manga al marido.

—Que te calles ya, George —le regañaba—. Lo van a despedir por culpa de tus numeritos. ¿Quieres que echen a tu hijo del trabajo por tu culpa?

El padre se aferraba al mostrador con gesto desesperado y le murmuraba a su hijo una última petición, como si no se hubiera percatado de lo que saltaba a la vista.

—Prométeme solo una cosa. Pase lo que pase, por favor te lo pido, no te hagas nunca marica.

—Te lo prometo, papá.

Y los padres se iban a pasear entre los pasillos de la tienda.

Justo por esa época, Alexandra Neville estaba en plena gira de conciertos. Concretamente actuaba en el American Airlines Arena de Miami, de lo cual estaba enterado todo el supermercado porque Sycomorus, que había conseguido hacerse con una entrada para el concierto, había colgado un panel de cuenta atrás en la sala de descanso y había bautizado el día del concierto como el Alexandra Day.

Unos días antes del concierto, mientras disfrutábamos de la caída de la tarde en la terraza de la casa de Coconut Grove, Tío Saul me preguntó:

—Marcus, ¿no podrías apañártelas para que Sycomorus conociera a Alexandra?

—Imposible.

—¿Seguís enfadados?

—Hace años que no nos hablamos. Aunque quisiera, no sabría ni cómo ponerme en contacto con ella.

—Tengo que enseñarte una cosa que encontré cuando estaba ordenando —dijo Tío Saul levantándose de la silla.

Se ausentó un instante y volvió con una foto en la mano.

—Estaba entre las páginas de un libro que fue de Hillel —me dijo.

Era aquella famosa foto de Woody, Hillel, Alexandra y yo, de adolescentes, en Oak Park.

—¿Qué pasó entre Alexandra y tú? —preguntó Tío Saul.

—Qué más da —le contesté.

—Markie, sabes lo mucho que me gusta que estés aquí. Pero a veces me preocupas. Deberías salir más, divertirte más. Echarte novia…

—No te preocupes, Tío Saul.

Le alargué la foto para devolvérsela.

—No, quédate con ella —me dijo—. Tiene una nota detrás.

Le di la vuelta a la foto y reconocí la letra de Alexandra. Había escrito:

 

OS QUIERO , CHICOS GOLDMAN .