Todo el mundo creía que los diabólicos no sentían miedo, pero en mis primeros años, el miedo fue lo único que conocí. Hizo presa en mí la misma mañana en que los Impyrean vinieron a los corrales a verme.

No sabía hablar, pero entendía la mayor parte de las palabras que oía. El patrón del corral estaba fuera de sí en sus advertencias a sus ayudantes: en breve llegarían el senador Von Impyrean y su mujer, la matriarca de los Impyrean. Los cuidadores se paseaban por mi redil y me repasaban de la cabeza a los pies en busca de cualquier defecto.

Esperé a aquel senador y a la matriarca con el corazón latiéndome con fuerza y los músculos preparados para la batalla.

Y entonces llegaron.

Todos los adiestradores, todos los cuidadores, cayeron de rodillas ante ellos. El patrón del corral les tomó las manos y se las llevó a las mejillas en un gesto de reverencia.

—Nos sentimos muy honrados por esta visita.

Sentí una punzada de temor. ¿Qué suerte de criaturas eran estas, que el aterrador patrón del corral caía al suelo ante ellas? Jamás había sentido tan restrictivo el resplandeciente campo de fuerza de mi redil. Retrocedí tanto como pude. El senador Von Impyrean y su mujer se acercaron dando un paseo y me observaron desde el otro lado de la barrera invisible.

—Como vos podéis ver —les contó el patrón del corral—, Némesis tiene aproximadamente la edad de vuestra hija, y su físico ha sido confeccionado conforme a sus especificaciones. En los próximos años, lo único que hará es crecer y ponerse más fuerte.

—¿Estás seguro de que esa chica es peligrosa? —dijo el senador arrastrando las palabras—. Parece una niña aterrada.

Aquellas palabras me helaron la sangre.

Se supone que yo jamás debía estar aterrada. El miedo me proporcionaba descargas, raciones reducidas, castigos. Nadie debe verme asustada, nunca. Fulminé al senador con una fiera mirada.

Cuando sus pupilas se encontraron con las mías, pareció sorprendido. Abrió la boca para volver a hablar, titubeó y entornó los ojos antes de apartarlos de los míos.

—Tal vez tengas razón —masculló—. Esos ojos. En ellos se ve la crueldad. Querida, ¿estás totalmente segura de que necesitamos esta monstruosidad en nuestra casa?

—Todas las grandes familias tienen ya un diabólico. No va a ser nuestra hija la única que se quede sin protección —dijo la matriarca. Se volvió hacia el patrón del corral—. Me gustaría ver qué recibiremos a cambio de nuestro dinero.

—Por supuesto —respondió el patrón, que se dio la vuelta para hacer una señal a uno de los cuidadores—. Un poco de carnada…

—No —sonó como un latigazo la voz de la matriarca—. Debemos asegurarnos. Hemos traído nuestro propio trío de condenados. Serán prueba suficiente para esta criatura.

El patrón sonrió.

—Pues claro, noble Von Impyrean. Todo cuidado es poco. Hay tantos criaderos de baja calidad por ahí… Némesis no os decepcionará.

La matriarca hizo un gesto de asentimiento a alguien que se encontraba fuera de mi vista. Se materializó el peligro que me había estado esperando: traían a tres hombres hacia mi redil.

Volví a poner la espalda contra el campo de fuerza y sentí el cosquilleo de la vibración por la piel. Se me abrió un gélido agujero en la boca del estómago. Sabía lo que iba a suceder a continuación. Estos no eran los primeros hombres que me traían de visita.

Los ayudantes del patrón los desencadenaron y desactivaron la sección más alejada del campo de fuerza para empujarlos al interior conmigo antes de volver a conectarlo. Mi respiración se había convertido en un jadeo. No quería hacerlo. No quería.

—¿De qué va esto? —exigió saber uno de los condenados mirándome a mí y después a su improvisado público.

—¿No es obvio? —la matriarca se agarró del brazo del senador, lanzó una mirada de satisfacción a su marido y se dirigió a los condenados en un tono de lo más agradable—. Os han traído aquí vuestros delitos de sangre, pero ahora disponéis de la oportunidad de redimiros. Matad a esa niña, y mi marido os concederá el perdón.

Los hombres se quedaron mirando al senador, que hizo con la mano un gesto de indiferencia.

—Es como dice mi señora.

Uno de los hombres maldijo con violencia.

—Ya sé lo que es eso. ¿Creéis que soy idiota? ¡Yo ni me acerco!

—Si no lo haces —respondió la matriarca con una sonrisa—, los tres seréis ejecutados. Ahora, matad a la niña.

Los condenados me estudiaron, y, pasado un instante, el más corpulento de ellos mostró una sonrisa lasciva.

—Es una cría. Yo lo haré. Niña, ven aquí —comenzó a acecharme—. Oídme, ¿queréis ver sangre, o le rompo el cuello sin más?

—Tú decides —dijo la matriarca.

Su confianza envalentonó a los demás e hizo que se les iluminase el rostro con la esperanza de la libertad. El corazón me golpeaba contra las costillas. No tenía forma de advertirles que se alejaran de mí. Aunque la hubiera tenido, no me habrían escuchado. Su cabecilla me había definido como una cría, y eso era lo que ellos veían ahora. Esa fue su fatal equivocación.

El más grande alargó la mano por abajo para agarrarme sin la debida atención, y llegó tan cerca que pude olerle el sudor.

El olor desencadenó algo dentro de mí, lo mismo que todas las veces anteriores: el miedo desvanecido. El terror disuelto en una oleada de ira.

Mis dientes se cerraron como un cepo en su mano. Saltó la sangre, cálida y de color cobrizo. Chilló y trató de retirarla… demasiado tarde. Lo agarré por la muñeca, me lancé hacia delante y le retorcí el brazo por el camino. Crujieron los ligamentos. Le di una patada en la parte posterior de la pierna para tirarlo al suelo. Salté sobre él y aterricé con un fuerte golpe de la suela de las botas sobre su nuca. El cráneo se le astilló.

Otro de los hombres, también muy atrevido, se había acercado en exceso, y en ese momento advirtió su error. Gritó horrorizado, pero no escapó. Fui demasiado rápida. La palma de mi mano le golpeó en el cartílago de la nariz y se lo hundió hasta el cerebro.

Pasé por encima de los dos cadáveres hacia el tercer hombre, el que había tenido la sensatez de temerme. Soltó un alarido y se trastabilló al retroceder contra el campo de fuerza, encogido de miedo tal y como yo lo había hecho antes, cuando aún no me había enfadado. Alzó las manos temblorosas. Los sollozos le sacudían el cuerpo.

—No, por favor. No me hagas daño, por favor, ¡por favor, no!

Aquellas palabras me hicieron dudar.

Mi vida, toda ella, había transcurrido de aquel modo, esquivando a agresores, matando para evitar la muerte, matando para que no me matasen a mí. Sin embargo, solo en una ocasión antes de aquella una voz me había pedido clemencia. En aquel entonces no supe qué hacer. Ahora, allí de pie sobre ese hombre encogido, sentí cómo se filtraba en mí aquella misma confusión y me anclaba en el sitio. ¿Cómo iba a actuar a partir de ahí?

—Némesis —de pronto, la matriarca se encontraba de pie ante mí, separadas tan solo por el campo de fuerza—. ¿Puede entenderme si hablo con ella? —le preguntó al patrón del corral.

—Tienen de humano lo suficiente para entender el lenguaje —dijo él—, pero no aprenderá a responder hasta que las máquinas le trabajen un poco el cerebro.

La matriarca asintió y se giró hacia mí.

—Me has dejado impresionada, Némesis. Te pregunto ahora, ¿quieres salir de aquí? ¿Deseas tener algo valioso que sea tuyo, algo que amar y proteger, y un hogar con unas comodidades más allá de tus propios sueños?

¿Amar? ¿Comodidades? Eran palabras extrañas. Desconocía su significado, pero el tono de voz de la mujer resultaba persuasivo y muy prometedor. Me recorrió la mente en forma de una melodía que amortiguó los sollozos del hombre aterrorizado.

No podía apartar la mirada de los intensos ojos de la matriarca.

—Si quieres ser algo más que un animal en este redil húmedo y frío —me dijo—, demuestra que eres merecedora de servir a la familia Impyrean. Demuestra que eres capaz de obedecer cuando es importante. Mata a ese hombre.

Amar. Comodidades. No sabía qué era aquello, pero lo quería. Y lo tendría. Me acerqué y le partí el cuello al hombre.

Cuando el tercer cadáver cayó al suelo, a mis pies, la matriarca sonrió.

Más tarde, los cuidadores me llevaron al laboratorio, donde me esperaba una chica muy joven. Por su seguridad, me tenían reducida, con los brazos y las piernas envueltos en un acero grueso con un anillo exterior de electricidad que brillaba. No podía dejar de mirar a aquella criatura, pequeña y temblorosa, con el pelo oscuro y una piel y una nariz que nunca se habían quebrado.

Ya sabía lo que era aquella criatura. Era una chica de verdad.

Lo sabía porque ya había matado a una.

Se aproximó a mí un solo paso de más y le enseñé los dientes. Retrocedió de un respingo.

—Me odia —dijo con el labio inferior temblando.

—Némesis no te odia —le aseguró el médico mientras volvía a comprobar mis sujeciones—. Así es como se comportan los diabólicos en esta etapa de su desarrollo. Tienen el mismo aspecto que nosotros, pero en realidad no son seres humanos como tú y como yo. Son depredadores. No pueden sentir empatía ni bondad. No tienen la capacidad necesaria. Por eso, cuando son lo bastante mayores, tenemos que educarlos. Acércate más, Sidonia.

Hizo un gesto encogiendo un dedo. Sidonia lo siguió hasta la pantalla de un ordenador cercano.

—¿Ves eso? —le preguntó.

Yo también podía ver la imagen, pero no me pareció interesante. Ya había abierto los suficientes cráneos como para reconocer un cerebro humano.

—Eso se llama córtex frontal —guardó silencio un momento y lanzó a la niña una mirada fugaz y con un aire temeroso—. Esto no lo he investigado yo, por supuesto, sino que en mi trabajo se aprenden cosas simplemente observando las máquinas.

La frente de Sidonia se arrugó un segundo, como si aquellas palabras la hubiesen desconcertado.

Nervioso, continuó hablando con bastante rapidez.

—Tal y como yo lo entiendo, estas máquinas van a hacer que esa parte de su cerebro se haga más grande. Mucho más grande. Harán que Némesis sea más lista. Aprenderá a hablar contigo y a razonar. Las máquinas iniciarán también el proceso de vinculación.

—¿Y entonces le caeré bien?

—A partir de hoy, será tu mejor amiga.

—¿Y dejará de estar tan enfadada? —dijo Sidonia en un hilo de voz.

—Bueno, esa agresividad no es más que la forma en que están hechos los diabólicos. Pero Némesis no la dirigirá hacia ti. De todo el universo, tú serás la única persona a la que querrá jamás. Así que si alguien pretende hacerte daño…, será mejor que se ande con ojo.

Sidonia esbozó una trémula sonrisa.

—Muy bien, cielo, ahora necesito que te quedes ahí de pie donde ella pueda verte. El contacto visual es crítico para el proceso de vinculación.

El médico situó a Sidonia ante mí con cuidado de mantenerla fuera de mi alcance. Evitó mis mordiscos y me aplicó unos electrodos de estimulación en el cráneo. Un momento después se pusieron a zumbar.

Un hormigueo en el cerebro, estrellitas que se encendían ante mis ojos.

Mi odio, mi necesidad de machacar, destrozar y destruir, comenzó a apaciguarse. A desvanecerse.

Otra corriente chisporroteó, y otra más.

Miré a la niña que tenía ante mí, y algo nuevo se despertó en mi interior, una sensación que no había tenido nunca.

Ahora tenía un constante rugido dentro del cráneo, cambiándome, modificándome.

Quería ayudar a aquella niña. Quería protegerla.

El rugido siguió y siguió, y después se desvaneció como si en el universo no existiese nada salvo ella.

El médico pasó varias horas haciéndome pruebas mientras me modificaban el cerebro. Permitió que Sidonia se me acercase un poco, y después un poco más. Él me observaba a mí mientras yo miraba a Sidonia.

Y al fin llegó la hora.

El médico se retiró a una cierta distancia y dejó a Sidonia sola delante de mí. La niña se levantó, temblando de la cabeza a los pies. El médico me apuntó con una pistola eléctrica a modo de precaución y abrió mis sujeciones.

Me estiré y me solté las ataduras. La niña cogió aire con fuerza y se le marcó la clavícula por debajo del cuello esquelético. Con qué facilidad se podría partir. Lo sabía. Sin embargo, aunque podía haberle hecho daño, aunque me habían soltado delante de ella exactamente igual que con todos los demás a los que había matado, la simple idea de lesionar a aquella criatura tan delicada me hizo retroceder.

Me acerqué más para poder ver bien a la niña, aquel ser de infinito valor cuya supervivencia ahora significaba más para mí que la mía propia. Qué pequeña era. Me pregunté por aquel sentimiento en mi interior que resplandecía en mi pecho como cálidos rescoldos. Aquel maravilloso fulgor procedía de mirarla a ella.

Sidonia dio un respingo cuando le acaricié la suave piel de la mejilla. Estudié su cabello oscuro, qué contraste con mi tono de rubio, pálido y blanquecino. Aproximé la cara para examinar los iris de sus grandes ojos. El temor inundaba sus profundidades, y yo deseaba que ese temor desapareciese. Seguía temblando, así que le puse las palmas de las manos en los brazos, tan frágiles, y me quedé muy quieta con la esperanza de que mi firmeza la calmase.

Sidonia dejó de temblar. El temor se desvaneció, y se le curvaron hacia arriba las comisuras de los labios.

Imité su gesto y obligué a mis labios a curvarse. Me pareció extraño y antinatural, pero lo hice por ella. Era la primera vez en mi vida que actuaba en beneficio de otra persona distinta de mí.

—Hola, Némesis —susurró la niña. Tragó saliva de manera audible—. Me llamo Sidonia —apareció una línea en su entrecejo, y se llevó la palma de la mano al pecho—. Si-do-nia.

Me di unos golpecitos en el pecho y la imité.

—Sidonia.

La niña se rio.

—No —me cogió la mano y se la llevó al pecho. Pude sentir el frenético ritmo del latido de su corazón—. Yo soy Sidonia, pero me puedes llamar Donia.

—Donia —repetí, y le di unos golpecitos en la clavícula: había entendido.

Donia sonrió de pronto de un modo que me hizo sentir… cariñosa, complacida, orgullosa. Miró a su espalda, al médico.

—¡Tenías razón! No me odia.

El médico asintió.

—Némesis ya está vinculada a ti. Vivirá y respirará por ti durante todos los días de tu vida.

—Ella también me cae bien a mí —afirmó Donia, sonriéndome—. Creo que nos haremos amigas.

El médico se rio en tono bajo.

—Amigas, sí. Te lo prometo, Némesis será la mejor amiga que hayas tenido nunca. Te amará hasta el día en que mueras.

Y así, por fin, tuve un nombre para aquel sentimiento, aquella sensación nueva, extraña y maravillosa en mi interior: aquello era lo que me había prometido la matriarca de los Impyrean.

Aquello era amor.

Diabolica-4.xhtml

1

Sidonia había cometido un peligroso error.

Estaba tallando una estatua a partir de un gran bloque de piedra. Había algo hipnótico en su manera de blandir y lucir el sable láser, brillante contra la oscura ventana que daba al paisaje estelar del espacio. Nunca dirigía la hoja hacia donde yo me esperaba, pero, no sé muy bien cómo, siempre creaba en la piedra una imagen que mi propia imaginación jamás habría podido evocar. Hoy era una estrella convertida en supernova, una escena extraída de la historia helionista y representada en la piedra de manera muy gráfica.

No obstante, uno de los balanceos del láser había extraído un fragmento demasiado grande en la base de la escultura. Lo vi de inmediato y me puse en pie de golpe con una punzante sensación de alarma. Aquella estructura ya no era estable. La estatua se iba a venir abajo en cualquier momento.

Donia se arrodilló para estudiar el efecto visual que había creado, ajena al peligro.

Me acerqué silenciosa. No quería que me viese: podría sorprenderla, hacer que diese un respingo o un salto y se cortase con el láser. Mejor rectificar por mí misma la situación. Mis pasos me llevaron al otro extremo de la habitación. Justo cuando llegué hasta ella sonó el primer crujido y llovieron los fragmentos de polvo por encima de ella conforme se inclinó la estatua.

Agarré a Donia y la quité de en medio con un barrido del brazo. Una gran colisión nos reventó en los oídos, y el polvo ahogó el aire viciado del estudio de bellas artes.

Le quité a Donia el sable láser de la mano con un forcejeo y lo apagué.

Ella se liberó y se frotó los ojos.

—¡Vaya, no! No lo he visto venir —la consternación le cambió el rostro mientras miraba el desastre—. La he echado a perder, ¿verdad?

—Olvida la estatua —le dije—. ¿Te has hecho daño?

Descartó mi pregunta con un gesto triste de la mano.

—No me puedo creer lo que he hecho. Con lo bien que iba… —le dio una patada a un fragmento de piedra con la punta de la zapatilla, suspiró y me miró—. ¿Te he dado las gracias? No lo he hecho. Gracias, Némesis.

Su agradecimiento no me interesaba. Lo importante era su seguridad. Yo era su diabólica. Solo las personas ansiaban las alabanzas.

Los diabólicos no eran personas.

Parecíamos personas, desde luego. Teníamos el ADN de una persona, pero éramos otra cosa: criaturas ideadas para ser absolutamente implacables y leales por completo a un solo individuo. Mataríamos encantados por esa persona, y solo por ella. Por eso estaban tan impacientes las familias de la élite del imperio por venir a por nosotros para que les sirviéramos de guardaespaldas a ellos y a sus hijos, y para que fuésemos la cruz de sus enemigos.

Sin embargo, se diría que en los últimos tiempos los diabólicos estaban haciendo su trabajo demasiado bien. Donia solía conectarse al canal del senado para ver a su padre en acción. En las semanas previas, el Senado Imperial había comenzado a debatir sobre «la amenaza diabólica». Los senadores discutían sobre los diabólicos, que se habían vuelto impredecibles y mataban a los enemigos de sus amos por el menor desaire, incluso asesinaban a miembros de la familia del niño cuya protección les habían asignado con tal de favorecer los intereses del crío. Estábamos resultando ser una amenaza para algunas familias, más que un elemento valioso.

Supe que el senado debía de haber tomado una decisión sobre nosotros, porque, esa mañana, la matriarca le había enviado una misiva a su hija… un mensaje que procedía directamente del emperador. Donia le había echado un simple vistazo y se había enfrascado en su talla.

Hacía casi ocho años que vivía con ella. Podría decirse que habíamos crecido codo con codo. Donia solo se quedaba así de callada y distraída cuando se preocupaba por mí.

—¿Qué decía la misiva, Donia?

Señaló un fragmento de la estatua rota.

—Némesis…, han prohibido los diabólicos. Con efecto retroactivo.

Con efecto retroactivo. Eso afectaba a los diabólicos que ya estábamos asignados, como yo.

—Entonces, el emperador espera que te deshagas de mí.

Donia hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No lo haré, Némesis.

Por supuesto que no lo haría. Y después la castigarían por ello. Mi voz adquirió un tono incisivo.

—Si no te ves capaz de librarte de mí, yo misma me encargaré de la cuestión.

—¡He dicho que no lo haré, Némesis, y tú tampoco! —se le encendió la mirada. Elevó la barbilla—. Encontraré otra manera.

Sidonia siempre había sido tímida y dócil, pero se trataba de una apariencia engañosa. Yo ya había aprendido tiempo atrás que dentro de ella había una acerada corriente subterránea.

Su padre, el senador Von Impyrean, resultó ser de ayuda. Sentía una poderosa animadversión hacia el emperador, Randevald von Domitrian.

Cuando Sidonia suplicó por mi vida, un destello desafiante se apoderó de los ojos del senador.

—El emperador exige su muerte, ¿no es así? Pues bien, quédate tranquila, querida. No hace falta que pierdas a tu diabólica. Le diré al emperador que sus exigencias se han llevado a cabo, y ahí se acabará el problema.

El senador se equivocaba.

Como la mayoría de los poderosos, los Impyrean preferían vivir aislados y relacionarse tan solo en espacios virtuales. El excedente —los humanos libres que vivían desperdigados por los planetas— más cercano se encontraba a sistemas de distancia del senador Von Impyrean y su familia, y él ejercía su autoridad sobre ellos desde un retiro estratégico. La fortaleza de la familia orbitaba alrededor de un gigante gaseoso deshabitado con un anillo de lunas en las que no había vida.

De modo que todos nos quedamos sorprendidos cuando, semanas más tarde, una nave estelar llegó desde las profundidades del espacio y de manera inesperada, sin previo aviso. La enviaba el emperador bajo el pretexto de «inspeccionar» el cadáver de la diabólica, pero a bordo no había ningún inspector.

Era un inquisidor.

El senador Von Impyrean había subestimado la hostilidad del emperador hacia su familia. Mi existencia le otorgaba al emperador la excusa para situar a uno de sus agentes en la fortaleza de los Impyrean. Los inquisidores eran un tipo especial de vicarios entrenados para enfrentarse a los peores paganos e imponer el cumplimiento de los edictos de la religión helionista, por lo general con métodos violentos.

La simple llegada del inquisidor debería haber aterrorizado al senador y haberle hecho obedecer, pero, aun así, el padre de Sidonia burló la voluntad del emperador.

El inquisidor había venido a ver un cadáver, y un cadáver le mostraron.

Solo que no fue el mío.

Uno de los siervos de los Impyrean, una mujer, había estado aquejada del mal solar. Igual que los diabólicos, los siervos habían sido genéticamente diseñados para el servicio. Al contrario que a nosotros, a ellos no les hacía falta la capacidad de tomar decisiones, así que no los habían diseñado para disponer de ella. El senador me condujo junto a la cama de la sierva enferma y me entregó la daga.

—Haz lo que mejor se te da, diabólica.

Le agradecía que hubiese enviado a Sidonia a sus habitaciones. No querría que ella lo viese. Hundí la daga por debajo de la caja torácica de la sierva. Ni se inmutó, no trató de huir. Me miró con unos ojos vacíos e inexpresivos, y, acto seguido, estaba muerta.

Únicamente entonces se permitió al inquisidor que se acoplara con la fortaleza. Realizó una inspección somera del cuerpo y apenas se detuvo para comentar:

—Qué raro. Parece que… acaba de morir.

El senador permanecía irritado junto a su hombro.

—La diabólica llevaba ya varias semanas muriéndose de mal solar. Acabábamos de tomar la decisión de poner fin a su sufrimiento cuando vos llegasteis a este sistema.

—En contra de lo que decía vuestra misiva —expuso el inquisidor volviéndose sobre él—. Vos mismo afirmabais que la muerte ya se había producido. Ahora que la veo, me pregunto por su tamaño. Es más bien pequeña para ser una diabólica.

—¿Ahora vais a dudar también del cuerpo? —bramó el senador—. Os lo estoy diciendo, llevaba semanas consumiéndose.

Yo observaba al inquisidor desde un rincón. Lucía un vestido nuevo de sierva que ocultaba mi corpulencia y musculatura bajo unos pliegues voluminosos. Si el hombre se percataba de la artimaña, lo mataría.

Confiaba en que no hubiera que llegar a eso. Ocultar la muerte de un inquisidor podría resultar… complicado.

—Quizá, si vuestra familia se mostrase más respetuosa con el Cosmos Vivo —comentó el inquisidor—, vuestra casa no habría sufrido una dolencia tan espantosa como el mal solar.

Furioso, el senador cogió aire para responder, pero en ese momento la matriarca dio un rápido paso al frente desde donde aguardaba, en la puerta. Agarró a su marido del brazo y se le adelantó.

—¡Cuánta razón tenéis, inquisidor! Estamos inmensamente agradecidos por vuestra clarividencia —su sonrisa era gentil, ya que la matriarca no compartía las ansias de su marido por desafiar al emperador.

Ella ya había sufrido la ira imperial en sus propias carnes a una tierna edad. Su propia familia había contrariado al emperador, y el precio lo pagó uno de sus hermanos. Ahora se mostraba cargada de ansiedad, y el cuerpo le temblaba por las ganas de aplacar a su invitado.

—No sabéis cuánto me complacería que asistierais esta noche a nuestros ritos, inquisidor. Quizá podríais apuntarnos qué estamos haciendo mal —su tono de voz se deshacía en dulzura, algo que sonaba extraño en su agriada voz habitual.

—Para mí sería un placer, noble Von Impyrean —respondió el inquisidor, ahora cortés. Extendió la mano para llevarse a la mejilla los nudillos de la matriarca.

Ella se apartó.

—Iré a hacer los preparativos con nuestros siervos. Tú… ven conmigo —hizo un movimiento brusco con la cabeza para indicarme que la acompañase.

Yo no quería dejar allí al inquisidor. Quería vigilar todos y cada uno de sus movimientos, observar todas y cada una de sus expresiones, pero la matriarca no me había dejado más elección que seguirla tal y como haría una sierva. Nuestros pasos nos llevaron fuera de aquella estancia, lejos de la vista del inquisidor. La matriarca aceleró el paso, y yo hice lo mismo. Recorrimos juntas los recodos del pasillo camino de las habitaciones del senador.

—Qué locura —masculló—. ¡Qué locura correr este riesgo justo ahora! ¡Deberías yacer ahí muerta delante de ese inquisidor, y no andar paseándote por aquí a mi lado!

Le lancé una mirada detenida y reflexiva. Estaría encantada de morir por Donia, pero si se trataba de mi vida o la de la matriarca, me situaría a mí por delante.

—¿Tenéis intención de contarle al inquisidor lo que soy?

No había terminado de decirlo y ya visualizaba el golpe que utilizaría para matarla. Un solo golpe en la nuca… No era necesario arriesgarse a que gritara. Donia podría salir de sus habitaciones si oía algo. Sentiría mucho matar a su madre delante de ella.

La matriarca poseía el instinto de supervivencia del que carecían su marido y su hija. Mi tono de voz más suave había bastado para que una expresión de terror le asomase al rostro. Un instante después, se había desvanecido con tal celeridad que me pregunté si habían sido imaginaciones mías.

—Por supuesto que no —dijo—. A estas alturas, la verdad nos condenaría a todos.

Así pues, la matriarca viviría. Se me relajaron los músculos.

—Ya que estás aquí —me dijo amenazadora—, nos serás de utilidad. Me ayudarás a ocultar el trabajo de mi marido antes de que ese inquisidor inspeccione sus aposentos.

Eso sí podía hacerlo. Entramos decididas en el estudio del senador, donde la matriarca se remangó el vestido para pasar arrastrando los pies entre los restos desperdigados por la sala, fragmentos blasfemos de una base de datos que condenaría en el acto a toda aquella familia si el inquisidor les ponía la vista encima.

—Vamos, deprisa —me dijo con un gesto para que empezase a arramblar con ellos.

—Los llevaré al incinerador…

—No —su voz sonó amarga—. Mi marido utilizará su destrucción como excusa para adquirir más. De momento basta con que los quitemos de en medio —retorció los dedos en una rendija de la pared, y el suelo se deslizó y se abrió para dejar a la vista un compartimento oculto.

Acto seguido, se acomodó en el sillón del senador y se abanicó con la mano mientras yo cargaba a brazos llenos con un viaje tras otro de fragmentos de lo que parecían trozos de ordenadores y chips de datos hasta el compartimento. El senador se pasaba los días allí dentro reparando todo lo que era capaz de rescatar, cargando información en su base de datos personal. Leía el material con avidez y con frecuencia lo comentaba con Sidonia. Aquellas teorías científicas, todos aquellos esquemas teológicos, todos blasfemos. Todos ellos insultos contra el Cosmos Vivo.

Escondí el ordenador personal del senador junto con todos aquellos restos, y la matriarca cruzó de nuevo la habitación hasta la pared y retorció el dedo en la rendija. El suelo se deslizó y se cerró. Cargué con el escritorio del senador y lo coloqué encima para que cubriese el compartimento oculto.

Me volví a erguir y me encontré con que la matriarca me estaba mirando con los ojos entrecerrados.

—Me habrías matado ahí fuera, en el pasillo —el brillo de sus ojos me desafiaba, a ver si me atrevía a negarlo.

No lo hice.

—Señora, vos ya sabéis lo que soy.

—Oh, sí que lo sé —torció los labios—. Un monstruo. Yo sé lo que hay detrás de esos ojos fríos y desalmados que tienes. Los diabólicos han sido prohibidos exactamente por eso, porque protegen a uno y suponen una amenaza para todos los demás. Que no se te olvide nunca que Sidonia me necesita. Soy su madre.

—Que no se os olvide nunca que yo soy su diabólica. A mí me necesita más.

—Es imposible que tú entiendas lo que una madre significa para un hijo.

No, no podía. Yo jamás la tuve. Todo cuanto sabía era que Sidonia estaba más segura conmigo que con cualquier otro en todo el universo. Incluida su propia familia.

La matriarca dejó escapar una risa desagradable.

—No sé por qué me paro a discutir esto contigo. No eres más capaz de comprender lo que es una familia que un perro de componer poesía. No, lo que importa es que tú y yo compartimos una causa. Sidonia tiene un buen corazón y es ingenua. Fuera de esta fortaleza, en el vasto imperio… quizá una criatura como tú sea justo lo que mi hija necesita para sobrevivir, pero tú no le contarás nunca, nunca, a nadie lo que hemos hecho hoy aquí.

—Nunca.

—Y si alguien estuviera en situación de descubrir que le hemos perdonado la vida a nuestra diabólica, entonces te encargarás del problema.

La simple idea me hizo sentir el crepitar de una ira protectora que me atravesaba.

—Sin vacilar.

—Aun cuando encargarte de ello —en sus ojos había una mirada intensa, como la de un pajarillo— empiece por ti misma.

No me digné a responder. Por supuesto que moriría por Sidonia. Ella era mi universo entero. No amaba nada que no fuera ella ni valoraba nada que no fuese su existencia. Sin ella, yo no tenía razón de existir.

La muerte sería una bendición comparada con eso.

Diabolica-5.xhtml

2

Aquella misma noche, toda la casa —personas y siervos por igual— se reunió en la heliosfera, la cúpula transparente en lo alto de la fortaleza en órbita. Por mucho que la matriarca se lo suplicaba, el senador jamás se preocupaba por los ritos salvo cuando había alguna visita. Hoy asistía por guardar las apariencias, pero no se molestaba en ocultarle al inquisidor su insolente sonrisa.

El inquisidor, al fin y al cabo, acababa de inspeccionar la fortaleza de manera exhaustiva. No había encontrado nada digno de informar al emperador. Un hombre inteligente no se regodearía, pero el senador era un necio.

La matriarca había otorgado al inquisidor un lugar de honor para el ritual, sentado justo detrás de la familia. Todos observábamos en un denso silencio mientras la estrella se elevaba sobre la curvatura del planeta que teníamos debajo. El ventanal era cristalino y refractaba la luz de la manera precisa para desviarla hacia ciertos puntos de la sala donde había espejos colocados. Durante apenas un segundo, todos los rayos resplandecientes convergieron sobre un único punto: el cáliz ceremonial en el centro. Los rayos inflamaron el aceite que contenía. Nos quedamos mirando el cáliz en llamas mientras cambiaba el ángulo perfecto de la estrella y se desvanecía el brillo cegador de las luces. Comenzó la bendición.

—Y así —dijo el vicario, al tiempo que elevaba el cáliz en llamas—, por medio de nuestra estrella natal, Helios, el Cosmos Vivo eligió prender la chispa vital en el planeta Tierra y dar lugar a nuestros reverenciados ancestros en aquella era antigua en que las estrellas solo eran puntos lejanos contra la infinita oscuridad. En aquellos días, la humanidad estaba envuelta en un velo de ignorancia y rendía devoto culto a unas deidades imaginadas a su imagen y semejanza, incapaces de reconocer la auténtica divinidad del propio universo en derredor…

Recorrí la sala con la mirada y pasé de la atenta vigilancia que había en el rostro de la matriarca al mal disimulado desdén del senador. A continuación me fijé en el inquisidor, que no apartaba los ojos de la espalda del senador. Miré después a Donia, cuyos grandes ojos pardos se mantenían fijos en el cáliz mientras el vicario recitaba la historia de la génesis del homo sapiens. Sidonia siempre había sentido una extraña fascinación por el relato del sistema solar del que procedía la humanidad, y del sol, Helios, que había alimentado a los primeros humanos.

Era una devota. Había intentado convertirme a la religión helionista en cuanto me adquirieron, y me llevó a un ritual con el fin de suplicar al vicario que me bendijese con la luz de las estrellas. Yo aún no comprendía, ni mucho menos, el concepto del Cosmos Vivo o de las almas, pero esperaba ser bendecida porque Sidonia lo deseaba para mí.

El vicario se negó e informó a Donia de que yo no tenía un alma que bendecir.

—Los diabólicos son creaciones del ser humano, no del Cosmos Vivo —le contó a Donia—. No hay en ellos chispa divina que iluminar con la luz del Cosmos. Esta criatura puede asistir a la bendición como una muestra de respeto hacia tu familia, pero jamás podrá participar de ella.

Mientras él hablaba, en el rostro del propio vicario y en el de la matriarca había un extraño gesto. Yo apenas estaba empezando a descifrar las expresiones faciales, pero aun entonces la reconocí: total repulsión. Les asqueaba la sola idea de que un diabólico pudiese gozar del favor de su divino Cosmos.

Por alguna razón, el recuerdo de sus semblantes me retorcía el estómago incluso ahora, mientras escuchaba al vicario. Decidí volver a observar al inquisidor, el hombre que informaría al emperador sobre los detalles de aquella visita. Su palabra condenaría al senador Von Impyrean, si su familia no le parecía lo bastante piadosa. Peor aún, sus palabras condenarían a Sidonia.

Si algo le sucedía a ella, lo que fuera, encontraría a aquel hombre y lo mataría por ello. Memoricé sus rasgos fríos y orgullosos, por si acaso.

La voz del vicario prosiguió monótona hasta que la estrella cercana tuvo la bondad de ocultarse tras la curvatura del planeta. En ese instante descendió la iluminación de la heliosfera, salvo el cáliz en llamas. El vicario le colocó encima una tapa de barro para extinguir el fuego.

Un profundo silencio se impuso en la oscuridad.

Entonces uno de los siervos volvió a encender las luces a plena potencia. Las personas salieron primero de la heliosfera: los Impyrean, el inquisidor y, detrás, el vicario. Después me situé en fila con el resto de los siervos.

El senador acompañó al inquisidor hacia las puertas del muelle sin ofrecerle siquiera la cortesía de pasar la noche en la fortaleza. Los seguí a una distancia discreta, y mi fino oído fue capaz de captar sus palabras de despedida desde un pasillo a su espalda.

—Y bien, ¿cuál es el veredicto? —atronó el senador—. ¿Soy lo bastante piadoso para el gusto del emperador, o acaso preferiréis también vos apodarme «el gran hereje»?

—Son vuestras formas las que ofenden al emperador —respondió el inquisidor—. Y no creo que él estime que hayan mejorado. Sonáis casi jactancioso al pronunciar ese aborrecible apodo que os habéis ganado. Bien, la herejía tiene sus peligros, noble señor, así que os aconsejo que miréis por dónde pisáis.

—Senador. Así es como habéis de llamarme.

—Por supuesto, senador Von Impyrean —pronunció aquellas palabras con un aire despectivo.

Dicho aquello, el inquisidor y el senador se separaron.

Encontré a Donia allí donde se había plantado, junto a una ventana que daba a las puertas del muelle. Se negó a moverse hasta que la nave del inquisidor se hubiese desacoplado y hubiera desaparecido en la oscuridad. Luego metió la cabeza entre las manos y se deshizo en lágrimas.

—¿Qué pasa? —quise saber, cada vez más preocupada.

—¡Némesis, qué alivio! —levantó la cara manchada por las lágrimas y se rio—. ¡Estás a salvo! —se abalanzó y me rodeó con los brazos—. ¿Es que no lo entiendes? Quizá esté enfadado con padre, pero tú estás a salvo —hundió la cabeza contra mi hombro—. No podría vivir sin ti.

Odiaba que hablase de aquella manera, como si yo lo fuera todo para ella cuando en realidad era ella quien lo era todo para mí.

Donia continuó llorando. La rodeé con los brazos, un gesto extraño, que seguía sin resultarme natural, y consideré la rareza de las lágrimas. Yo carecía de conductos lacrimales, y era absolutamente incapaz de llorar, pero había presenciado las lágrimas con la suficiente frecuencia como para saber que se debían al dolor y al miedo.

Sin embargo, por lo visto también podían proceder de la alegría.

En calidad de única heredera de un senador galáctico, se esperaría de Donia que ocupase el lugar de su padre cuando este se retirase. Eso significaba que ahora había de cultivar su instinto político y aprender a hablar con otros miembros de la grandilocuentia, la clase dirigente del imperio. Sus habilidades sociales darían forma a las futuras alianzas de su familia y garantizarían la continuidad de su influencia. Los foros virtuales eran los únicos medios de los que disponía para practicar los pormenores de la vida social. Yo no los había visto nunca, pero Donia me explicó que transcurrían en un entorno de realidad virtual donde la gente utilizaba avatares para relacionarse con los demás.

Dos veces al mes, Donia se veía obligada a asistir a reuniones formales en los foros, donde conocería a otros jóvenes de la grandilocuentia de sistemas estelares lejanos que tenían por destino heredar el poder del imperio. Aquellas reuniones eran para ella una dolorosa necesidad. Mientras se preparaba para el día, llevaba los hombros caídos y el desánimo en cada parte del cuerpo.

La matriarca, como siempre, hacía caso omiso de su pesimismo.

—A estas alturas, el emperador ya tendrá el informe de la visita del inquisidor —le dijo a Donia—. Si el necio de tu padre nos ha creado algún problema nuevo…

—Madre, no le llames necio, por favor. A su manera, tiene una gran visión de futuro.

—… si lo ha hecho, el emperador ya se lo habrá contado a sus confidentes. Sus hijos ya se habrán enterado. Tienes que escuchar, Sidonia, tanto lo que dicen como lo que no dicen. La supervivencia de nuestra familia quizá dependa de la información que obtengas en esos foros.

La matriarca valoraba muchísimo aquellas reuniones, y siempre se sentaba junto a Donia y se conectaba al canal con un segundo par de auriculares. De esa forma, monitorizaba las relaciones de su hija y le susurraba consejos —órdenes, más bien— al oído.

Hoy se había acomodado ante la consola del ordenador y habían sacado los auriculares para ponerse a observar un mundo que solo ellas podían ver. Yo escuchaba cómo Donia tartamudeaba nerviosa durante las charlas intrascendentes. De vez en cuando cometía algún error, y la matriarca le pellizcaba a modo de castigo.

A mí me hacía falta todo mi autocontrol para no dar un brusco paso al frente y romperle el brazo.

—¿Qué es lo que te he dicho sobre evitar ciertos temas? —siseó la matriarca—. ¡No tienes que preguntarle siquiera por la nebulosa!

—Solo le he preguntado si era tan bonita como me habían dicho —protestó Donia.

—Me da igual por qué se lo has preguntado. La hija del gran hereje no se puede permitir hacer ninguna pregunta que pueda malinterpretarse como curiosidad científica.

A continuación, la matriarca dijo:

—Ese es el avatar de Sálivar Domitrian. Dentro de poco todo el mundo se estará peleando por una audiencia con él. Ve a presentarle tus respetos antes de que esté rodeado de gente.

Unos minutos más tarde:

—¿Por qué te quedas al margen de la gente, Sidonia? ¡Estás rodeada de unos don nadie! ¡Muévete, no vaya a ser que alguien te tome por uno de ellos!

En un momento dado, tanto Donia como la matriarca se pusieron en tensión. Yo me enderecé a observar sus espaldas y preguntarme a quién acababan de ver que las había puesto tan nerviosas a ambas. La matriarca lanzó la mano y le agarró el hombro a Donia con fuerza.

—Ahora, ve con sumo cuidado cerca de esta chica de los Pasus…

Pasus.

Se me entornaron los ojos mientras Donia conversaba nerviosa con la chica que debía de ser Elantra Pasus. Conocía bien a su familia, ya que había convertido en mi deber familiarizarme con todos los enemigos de los Impyrean, los enemigos de Sidonia. Un año antes había visto en directo la retransmisión desde la cámara cuando el senador Von Pasus denunció encantado al padre de Sidonia. Pasus y sus aliados eran los helionistas más fervientes del senado, y habían conseguido los votos necesarios para censurar al senador Von Impyrean por «herejía». La reputación de los Impyrean sufrió un tremendo golpe, por cuyas consecuencias la matriarca seguía siendo incapaz de perdonar a su marido.

En mi fuero interno, yo también le guardaba rencor al senador Von Impyrean, porque había puesto en peligro a su hija al hablar públicamente sobre todas aquellas cuestiones que debían continuar acalladas. Puso en tela de juicio la sensatez de la prohibición de la enseñanza de las ciencias. Tenía unos extraños ideales y una absurda devoción por el conocimiento. Esa era una de las razones de que recopilase viejas bases de datos que contenían el saber científico, aquellas bases de datos que la matriarca y yo habíamos escondido del inquisidor de manera apresurada. Él creía que la humanidad debería volver a abrazar el conocimiento científico, y jamás se detenía a pensar en cómo afectarían sus actos a su familia.

Fue un imprudente.

Y ahora, gracias a él, Donia tenía que relacionarse con la hija del senador Von Pasus como si sus padres no fuesen rivales.

La charla fue breve. Donia se apresuró a presentar sus excusas para marcharse.

Sorprendentemente, la matriarca le dio unas palmaditas en el hombro.

—Bien hecho —un inusual elogio.

Me pareció que pasaba una eternidad antes de que Donia se quitase de un tirón los auriculares, con unas oscuras sombras de agotamiento bajo los ojos.

—Vamos a hablar de cómo lo has hecho —dijo la matriarca mientras se ponía en pie de manera imperiosa—. Se te ha dado muy bien evitar los temas prohibidos, y tu manera de relacionarte ha sido de lo más cuidadoso, pero ¿qué has hecho mal?

Donia suspiró.

—Estoy segura de que me lo vas a decir.

—Sonabas sumisa —le recriminó la matriarca—. Incluso te he oído tartamudear en varias ocasiones. Eres una futura senadora, no te puedes permitir ser débil. La debilidad es un signo de inferioridad, y la familia Impyrean no es inferior. Algún día nos encabezarás tú, ¡y dilapidarás todo cuanto tus antepasados consiguieron para ti si no aprendes a mostrar un poco de fortaleza! Hay otros en la grandilocuentia que babean por quedarse con lo que tenemos, y eso gracias a la imbecilidad de tu padre, ¡codiciosos nobles que se regocijarían al ver cómo cae la familia del hereje! Sidonia, tu padre está empeñado en llevar a esta familia a la ruina. No serás tú quien le imite.

Donia volvió a suspirar, y yo observé a la matriarca desde donde aguardaba, olvidada, en un rincón de la sala. A veces tenía la sospecha de que yo valoraba su sabiduría más que su propia hija. Al fin y al cabo, Donia tenía un instinto de conservación muy limitado. Al crecer tan protegida, nunca le había hecho falta. La idea de unos enemigos que saliesen de la oscuridad y se le echaran encima le seguía resultando ajena.

Yo no era como ella. No había estado protegida.

Por dispuesta que me sintiese a descuartizar a la matriarca y a romperle todos y cada uno de los huesos del cuerpo cada vez que abofeteaba o pellizcaba a su hija, también era capaz de reconocer la sabiduría fría y despiadada que había en sus advertencias. Sabía que estaba convencida de actuar por el bien de Donia cuando se mostraba dura e implacable con ella. El padre de Donia había puesto en peligro a la familia con aquella conducta tan dogmática y envalentonada, y la matriarca poseía el instinto de supervivencia necesario para ser consciente de ello. Era la única de los Impyrean que parecía haberse percatado de la amenaza que había supuesto la visita del inquisidor.

La matriarca se llevó a Donia a rastras de la habitación para poder criticarla delante del senador Von Impyrean con la esperanza, sin duda, de mostrarle a su marido que no estaba consiguiendo inculcarle a su hija sentido común alguno. En condiciones normales las habría seguido, pero hoy disponía de una oportunidad inusual.

La retina de Donia continuaba escaneada en la consola del ordenador.

«Un vistazo», pensé al desplazarme hasta la consola. Quizá fuera mi única oportunidad de ver con mis propios ojos los avatares de aquellos niñatos aristócratas… la única posibilidad que tendría de calibrar con mi propia capacidad de juicio los peligros que Donia tenía en el horizonte. Evitaría hablar con nadie.

Me puse los auriculares, y me sumí en una desorientación cuando cambió mi entorno. Aparecí en un nuevo escenario: el avatar de Donia de pie sobre una serie de plataformas de cristal, completamente rodeada de un espacio despejado.

Una sensación de caer en picado me invadió el estómago. Tragué saliva con fuerza y me la quité de encima. Cuando aquella extrañeza se desvaneció, reparé en la presencia de los demás avatares… los jóvenes nobles señores más elegantes del imperio se encontraban dispersos a mi alrededor, riéndose en un vacío que en la vida real los mataría. Con el potente brillo de la luz artificial de las estrellas para resaltar la antinatural belleza de las imágenes computerizadas que ellos habían elegido para sí.

Plenamente consciente de que estaba utilizando el avatar de Donia, ascendí despacio por las cristalinas escaleras entre las plataformas y me desplacé allá donde mi mente deseaba que fuese, dejando atrás a otros avatares que no parecían prestarme la menor atención. Me mantuve en silencio con la esperanza de evitar las miradas. Aparte de algún saludo de sorpresa por el repentino regreso de Sidonia, nadie pareció darse cuenta.

Retazos de conversaciones flotaban hasta mis oídos.

—… el estupefaciente más tentador…

—… los implantes de luces hay que ponerlos con mucho estilo, o pasan de ser favorecedores a ser chabacanos…

—… menudo avatar tan ordinario. No se me ocurre en qué podía estar pensando esa chica…

Me invadió una oleada de alivio al captar la insustancialidad de las conversaciones. Después de varios minutos de escuchar con atención, no llegó a mis oídos nada que me alertase de alguna intriga o artimaña inusual. Eran unos niñatos. Los malcriados e insulsos hijos de las familias poderosas, vanagloriándose de su estatus.

De haber alguna víbora entre aquellos jóvenes de la grandilocuentia, o bien se había disfrazado con tal maña que sus colmillos permanecían ocultos, o es que aún no sabían utilizar su veneno.

Y entonces una voz me habló a mi espalda.

—Con qué atención lo observáis todo, noble Impyrean.

En la vida real di un respingo, sorprendida, porque me creía al margen de la multitud. En el mundo real no se me habría pasado jamás por alto alguien que se me acercase a hurtadillas de ese modo, pero mis sentidos virtuales estaban sin desarrollar, totalmente desviados.

Me di la vuelta para contemplar un avatar muy distinto de los demás.

Muy distinto.

Aquel joven iba completamente desnudo.

Sonrió ante mi perpleja mirada evaluativa, mientras daba unos lánguidos sorbitos a una copa de vino que tenía que ser el reflejo de lo que fuera que estuviese bebiendo su cuerpo en la vida real.

Su avatar no tenía esa deslumbrante perfección del resto. Más bien, era una exhibición de defectos: una mata de pelo enmarañado de color cobrizo, los ojos de un azul pálido sorprendente, casi enervante, el rostro ligeramente manchado de marcas solares. Pecas… me vino a la cabeza la palabra mientras lo miraba sin parpadear. Hasta sus músculos estaban trabajados de un modo que no se estilaba, con una leve asimetría detectable tras un segundo de estudio detenido. Sus robots de belleza le habían fallado… o bien se había labrado aquella musculatura por medio de un verdadero esfuerzo físico.

Imposible. Ni uno solo en aquel grupo de cabezas huecas tomaría la decisión voluntaria de hacer un esfuerzo.

—Y ahora, noble señorita —observó el joven con un deje divertido en la voz—, es a mí a quien miráis con mucha atención.

Sí, estaba mostrando esa conducta por la que éramos tan famosos los diabólicos: estaba clavando en él una mirada muy atenta, de depredadora, demasiado firme para una auténtica humana. Yo tenía la mirada vacía, carente de todo sentimiento a menos que lo fingiese. La matriarca decía que aquella mirada le crispaba el vello de la nuca. Incluso con el avatar de Sidonia, se había filtrado mi verdadera naturaleza.

—Perdonadme —le dije, atragantándome con aquella expresión tan desconocida. Nadie requería jamás una disculpa de un diabólico—. Debéis ser consciente de que resulta difícil no mirar.

—¿Tan hipnótico es mi atuendo?

Aquello me confundió.

—No lleváis nada puesto.

—Bobadas —dijo, y sonaba realmente ofendido, como si le hubiese insultado—. Mis técnicos me han asegurado que han diseñado este avatar conforme a las tendencias imperiales más refinadas.

Titubeé, perpleja de veras, una sensación del todo desconocida y desagradable. Sin duda, no tenía más que mirar hacia abajo y ver que estaba desnudo. ¿Era su sentido del humor? ¿Estaba bromeando? Otros debían de haberle dicho ya que estaba desnudo. Tenía que ser una chanza.

No sentía la confianza necesaria para imitar la risa: un diabólico no producía ese sonido con naturalidad. Así que me decidí por un comentario neutro.

—Qué interpretación tan sobresaliente la vuestra.

—¿Interpretación? —un tono de intensidad se había apoderado de su voz, pero se suavizó al continuar—: ¿Por qué? ¿A qué os referís?

¿Cómo respondería Sidonia? Se me quedó la mente en blanco, así que forcé una sonrisa mientras me preguntaba si habría malinterpretado al joven.

—Alguien tan ansioso por atraer las miradas está actuando, sin duda —me surgió una extraña idea a partir de cuanto había aprendido al respecto de la lucha, de matar. Una finta hacia un lado solía dejar al descubierto una debilidad del oponente en el lado contrario—. O tal vez deseéis atraer las miradas en una dirección para que nadie mire en otra.

Un extraño gesto le cruzó por la mirada, entornó los ojos pálidos y forzó la expresión de tal modo que los fuertes huesos de la cara se le hicieron más prominentes. Por un instante tuve un atisbo del aspecto que tendría cuando fuese un hombre hecho y derecho. Me recordaba a alguien, aunque no sabía decir a quién.

—Mi noble Impyrean —dijo en tono muy suave—. Qué ideas más intrigantes tenéis sobre mí —su avatar se inclinó hacia el mío de manera casi imperceptible, sin pestañear—. Quizá, ciertas personas cercanas a vos deberían adoptar tales tácticas para sí.

Aquella afirmación me puso en alerta de golpe, y una pregunta me quemó en la garganta. ¿Qué había querido decir con aquello? ¿Se trataba de una insinuación? ¿Una advertencia? Pero no me atreví a preguntar. Donia no lo habría hecho, y si me equivocaba…

Y tampoco tuve oportunidad de decir nada más. En aquel instante, varios avatares se nos echaron encima. Cayeron de rodillas ante el joven desnudo y se llevaron sus nudillos a las mejillas. Entre tanta sonrisa tonta, las palabras que decían llegaban a mis oídos.

—¡Eminencia, qué maravilloso que nos hayáis honrado con vuestra visita!

—¡Qué atuendo tan majestuoso habéis escogido para vuestro avatar!

—¡Qué prendas tan elegantes!

De golpe me di cuenta de por qué me sonaba. Se parecía a su tío, el emperador.

Aquí, ante mí, desnudo y sin la menor vergüenza, se encontraba Tyrus Domitrian. Tyrus, el successor primus… el joven que algún día heredaría el trono.

Hasta yo sabía quién era Tyrus. La matriarca y el senador Von Impyrean se reían entre dientes durante las comidas mientras comentaban sus últimas payasadas. Era la vergüenza del imperio, porque estaba loco de remate. En su locura, era probable que no se hubiese percatado de que iba desnudo, y, debido a su posición, nadie se había atrevido a decírselo.

Nadie excepto yo.

Me retiré despacio de aquella escena con el escozor de ser horriblemente consciente de lo que había hecho.

Largo rato después de haberme desconectado, el latido del horror seguía recorriéndome el cuerpo.

Yo, que pensaba aprender más de los malcriados jóvenes de la grandilocuentia con tal de proteger mejor a Sidonia, había atraído en cambio sobre ella la atención de un infame loco, uno que poseía el poder de destruirla.

Diabolica-6.xhtml

3

Quizá, ciertas personas cercanas a vos deberían adoptar tales tácticas para sí.

Las palabras de Tyrus Domitrian resonaron en mis oídos durante varios días, con tal aspecto de advertencia, y aun así… Aun así no sabía con certeza si podía dar crédito a las palabras de un loco.

A la familia Domitrian la llamaban «la desdeñada por el sol» por la cantidad de sus miembros que habían muerto jóvenes, pero la verdad residía en uno de aquellos secretos que todo el mundo conocía y fingía no conocer: el emperador y su madre habían asesinado a la mayoría de sus rivales de cara al trono. Tyrus era el único superviviente de su familia más inmediata. Quizá fuera eso lo que lo había vuelto loco, ser testigo del asesinato de la mayor parte de su familia a manos de otros de sus miembros.

Esa noche hablé con Sidonia sobre la advertencia de Tyrus, después de que ella regresara del estudio de su padre, pero le restó importancia con un gesto y me dijo:

—Tyrus es un lunático. No te puedes tomar muy en serio nada de lo que diga. Y, por favor, deja de preocuparte sobre si se acordará de algo que fuera extraño en tu comportamiento… no parece que nunca se acuerde de nada sobre los foros —puso una sonrisa irónica—. Qué lástima que no puedas ir tú siempre en mi lugar. Así me podría saltar las relaciones sociales y dedicarle todo el tiempo al estudio de las estrellas.

Estaba sumida en uno de aquellos aturdimientos que se le venían encima después de estudiar con su padre las viejas bases de datos científicas. Aquellas tardes siempre la dejaban ensoñada, optimista, con aquellos misterios que se le abrían llenos de respuestas.

Pese a mi deseo de continuar concentrada en las palabras de Tyrus, en las amenazas a las que Donia se enfrentaba, no pude evitar ceder cuando dio unas palmaditas en el colchón, a su lado. Me tumbé junto a ella, y en mí se asentó una sensación de afecto ante la familiaridad de aquello. Desde mis primeros días en la fortaleza, Donia se había acurrucado junto a mí como… tal y como yo me imaginaba que hacían las hermanas, para contarme cosas. Como si fuéramos dos personas, dos amigas que se hablan la una a la otra como iguales. Historias, a veces. En una ocasión empezó a mostrarme las imágenes de las letras, decidida a enseñarme a leer. Aprendí en cuestión de unas pocas semanas.

Hoy me contaba lo que su padre y ella habían leído en el estudio.

—Ya te conté que tenemos el cuerpo hecho de unos átomos minúsculos, y que a esas cosas las llamamos «elementos», ¿verdad? Pues bien, Némesis, esto es increíble. ¿Sabes de dónde proceden esos elementos?

Inclinó la cabeza contra mi hombro, y sentí una extraña complacencia que solo sentía hacia ella.

—No sé ni cómo iba a ser capaz de adivinarlo. Cuéntamelo.

—¡De dentro de las estrellas! Piénsalo —estiró el brazo sobre las dos, maravillándose ante aquello—. Hasta el último de nuestros fragmentos se origina en un proceso denominado fusión nuclear, que solo se produce dentro de las estrellas —sofocó un bostezo—. Resulta extraño incluso pensarlo. No somos más que polvo de estrellas modelado en forma de un ser consciente. La verdad es que los helionistas y los antiguos científicos coinciden, aunque nadie se percate de ello.

Valoré sus palabras, las sopesé. Si lo que decía era cierto, la cama, las paredes de la fortaleza que nos rodeaban, todo procedía de aquellas luces brillantes al otro lado de la ventana.

Donia me sonrió medio dormida.

—Ya te decía que tenías la misma chispa divina que yo. Siempre he tenido razón, Némesis.

Cayó dormida a mi lado, y me quedé un rato observando cómo ascendía y descendía su pecho antes de deslizarme de su cama hacia mi sitio, en mi camastro. Una extraña sensación se me asentó en la parte baja del estómago mientras le daba vueltas a sus palabras. Donia tenía la templanza de su madre y la curiosidad de su padre, pero era más agradable que cualquiera de los dos.

Podría ser grande algún día. Podría lograr lo que su padre no pudo y tender puentes entre aquellas dos facciones del senado, unir a los helionistas con los que deseaban el retorno de la investigación científica… si sobrevivía lo suficiente para hacerlo.

Y sobreviviría.

Una aguda determinación me pinchó por todo el cuerpo.

Mientras me quedase aliento en el cuerpo para defenderla, Donia sobreviviría.

Había oído la historia muchas veces en labios de Sidonia y del vicario. Se trataba de uno de los principales mitos del helionismo. Siglos atrás, había cinco planetas dedicados únicamente al almacenaje de la acumulación de todo el conocimiento científico y tecnológico de la humanidad en unos superordenadores gigantescos. Una supernova enorme los había arrasado de un plumazo. Fue un suceso importante para todos los helionistas: para ellos, las estrellas eran el medio a través del cual expresaba su voluntad el Cosmos Vivo. El interdicto —el líder espiritual de la fe del helionismo— declaró como un acto divino la destrucción provocada por aquella supernova.

El imperio sufrió un golpe devastador. El emperador de la época unió sus dominios bajo la causa común de una cruzada helionista. Los fieles destruían de manera sistemática los demás repositorios de conocimiento científico y tecnológico. La enseñanza científica y las matemáticas quedaron prohibidas por blasfemas, y desde entonces no se ha creado ninguna nueva tecnología. Las únicas naves estelares y máquinas que existían eran las que construyeron los antepasados humanos antes de la supernova. Las naves aún funcionaban porque las máquinas las reparaban, y otras máquinas reparaban esas máquinas, aunque todas ellas se estaban deteriorando. Esta tecnología se encontraba únicamente en manos de la grandilocuentia.

El excedente —aquellos humanos que vivían en los planetas y obedecían al poder del imperio— tenía que contentarse tan solo con las máquinas que les daban sus superiores de la grandilocuentia. Dado que aprender ciencias constituía una blasfemia, jamás serían capaces de construir sus propias naves estelares.

La estabilidad del imperio dependía de aquella división básica entre la grandilocuentia y el excedente.

Al congregar a diversos miembros del senado para desafiar la prohibición de la educación científica, el senador Von Impyrean había amenazado el mismísimo equilibrio de poder. La visita del inquisidor era la demostración de una creciente impaciencia de la realeza al respecto de sus actos.

Se trataba de una advertencia que el senador no tenía en cuenta.

Una noche llegó una transmisión del emperador. Los gritos que la siguieron me despertaron de golpe de mi sueño. Donia continuó durmiendo, incapaz de oír tan bien como yo. Me deslicé del camastro y me apresuré por el pasillo. Me los encontré nada más entrar en el atrio del senador: la matriarca en camisón, pegando a su marido en los brazos, y el senador encogiéndose ante sus golpes.

—¡Necio! ¡Serás NECIO! —gritaba ella—. ¿Acaso pensabas que nadie lo descubriría? ¡Has destruido a esta familia con tus actos!

Me aproximé y, a la fuerza, aparté a la matriarca de su esposo. Aun corpulenta como era, la mujer no podía competir con mi fuerza. El senador retrocedió tambaleándose y se estiró la túnica.

—¡Idiota! ¡Bellaco! ¡Estamos todos acabados! —chilló la matriarca sin dejar de forcejear contra mi sujeción.

—Querida —el senador abrió los brazos—, hay cosas más importantes que el hecho de que una persona viva o muera.

—¿Y nuestra familia? ¿Y nuestra hija? ¡Lo perderemos todo! —se dio la vuelta y me agarró—. Tú —sus ojos enloquecidos se toparon con los míos—. Tú, sácame de aquí. ¡No aguanto seguir viéndolo ni un minuto más!

Dirigí una larga y comedida mirada al afectado senador y me llevé de allí a su mujer. La matriarca temblaba allí donde la tenía sujeta. Como a una inválida, la conduje hacia sus habitaciones, donde enseguida se derrumbó en una silla, clavando las uñas en la tela.

—Acabados… Estamos todos acabados…

—¿Qué está pasando? —quise saber—. Decídmelo de una vez.

Nadie le daba órdenes a la matriarca, pero si la vida de Sidonia estaba en peligro, lo tenía que saber de inmediato.

—¿Qué crees tú que está pasando? —me dijo—. ¡Mi marido ha actuado en contra del emperador! El muy necio creyó que estaba siendo astuto. El emperador no estaba dispuesto a relajar las restricciones impuestas sobre la formación científica, y el idiota de mi marido se las ha saltado y ha enviado información de esas ridículas bases de datos a varios miembros del excedente.

—El excedente —repetí asombrada. ¿El senador se había vuelto loco?—. ¿Acaso desea que lo ejecuten?

Hizo una mueca.

—Es lo bastante imbécil para creerse capaz de obligar al emperador a dar su brazo a torcer. Está convencido de que si se hacen realidad los peores miedos del emperador, y el excedente comienza a desarrollar sus propias naves estelares, el emperador insistirá en que la grandilocuentia haga lo mismo y cree las suyas. Cree que eso llevará al emperador a ver las cosas desde su perspectiva —soltó una risa amarga—. Ha errado en sus cálculos, por supuesto. El emperador ha mandado matar a esos excedentes. Nos acaba de notificar que está al tanto del papel de mi marido en esta debacle.

Tomé aire con fuerza.

—Señora, el senador se está convirtiendo en una amenaza para toda vuestra familia. Dejadme que…

—No vas a matarlo —se puso en pie de un salto—. ¿Acaso no ves que ya es demasiado tarde? Ya tenemos su acero en el cuello. Ya está hecho. Y, como de costumbre, me corresponde a mí poner orden en los desastres de mi esposo —cerró los ojos y tomó aire varias veces para recuperar el aliento—. Lo único que podemos hacer es esperar. Pase lo que pase a continuación, tú y yo protegeremos los intereses de mi hija… a toda costa.

—A toda costa —coincidí. Si eso significaba que tenía que llevarme a Donia de aquel lugar, lo haría.

Me agarró con fuerza por la muñeca.

—No le contarás nada de esto a Sidonia. La aguarda una reunión social en un foro dentro de poco, y no debe tener la menor sombra de culpa sobre su conciencia. Si parece ignorarlo por completo, se correrá la voz y llegará de vuelta a los padres de los demás chicos. Si Sidonia supiese algo de todo esto, no sería capaz de engañarlos. Mi hija es muchas cosas, pero no es una hábil mentirosa.

Asentí despacio. La inocencia de Donia era su único escudo. Su ignorancia la protegería como ninguna otra cosa podría hacerlo, ni siquiera yo.

—No le diré nada —aseguré a la matriarca.

Donia no era una mentirosa.

Por suerte para ella, yo sí lo era.

Se despertó cuando regresé a su habitación aquella noche, y se frotó los ojos cargados de sueño.

—Némesis, ¿ha pasado algo?

—No —respondí en tono tranquilizador—. Me sentía inquieta. He salido a hacer ejercicio.

—No… —dijo en un bostezo— te… vayas a lesionar.

Hice que mis labios sonriesen.

—A mí nunca me pasa eso. Vuelve a dormirte.

Y así lo hizo, volvió a sumergirse en un sueño de total inocencia.

Yo no volví a dormir aquella noche.

El siguiente movimiento del emperador se produjo con rapidez. Recibí una nota que me convocaba a las habitaciones de la matriarca.

Era poco frecuente que solicitase mi presencia de manera directa. La citación me puso los nervios a flor de piel. Al entrar, me la encontré tumbada en su cama de baja gravedad, mientras un robot de belleza le teñía las raíces canosas y le alisaba las arrugas de la cara. A simple vista, la matriarca parecía estar en los veintitantos. Falsa juventud, lo llamaban. Tan solo los ojos delataban su edad. Ninguna persona joven me miraría de la manera en que ella me miraba ahora.

—Némesis. Estaba dándome un masaje de opiato. Toma un poco.

La oferta me sorprendió. Mis ojos localizaron el tarro junto a su codo. El opiato era una loción que se aplicaba sobre la piel. Al senador le encantaba, pero era extraño que la matriarca la utilizase. La despreciaba al considerarla una debilidad. Las sustancias químicas recreativas que ella consumía eran las que agudizaban sus sentidos, la ponían más alerta.

—En mí sería un desperdicio.

Con un gesto de impaciencia, empujó el brazo del robot de belleza para apartarlo.

—Por supuesto. Los diabólicos metabolizáis los narcóticos con demasiada rapidez. Nunca llegarás a conocer la sensación de un buen estupefaciente.

—Ni el ardor de un veneno letal —le recordé.

Apoyó en el puño uno de sus marcados pómulos mientras me estudiaba. La droga le había reducido al mínimo el tamaño de las pupilas y le había dado una inusual falta de cuidado a las formas. Aguardé, en alerta plena, a descubrir por qué me había mandado llamar.

—Una pena —dijo por fin al tiempo que metía el dedo en el opiato y se lo extendía en el punto del pulso en la muñeca— que no puedas sentir esto. Sospecho que no tardarás en necesitarlo tanto como yo.

—¿Por qué?

—El emperador nos ha ordenado que enviemos a nuestra hija al Crisantemo.

Aquellas palabras fueron como un puñetazo en la boca del estómago, un impacto que me dejó sin aliento. Por un instante, lo único que pude oír fueron los latidos de mi propio corazón, que me retumbaban desbocados en los oídos.

—¿Qué? —susurré—. ¿Quiere que vaya a la corte imperial?

—Así es como funciona esto —me dijo con amargura—. Mis padres lo contrariaron, y él ejecutó a mi hermano. El emperador rara vez ataca sin rodeos: es la influencia de esa espantosa madre suya. La noble Cygna prefiere atacar al corazón para infligir un mayor daño…

Antes de darme cuenta, había cruzado la sala. Mis manos se aferraron a los hombros de la matriarca, más firmes que los de Sidonia, pero sin llegar a suponer dificultad alguna para que los destrozase.

—Sidonia no irá —mi tono de voz fue grave y salvaje, con una ira gélida y oscura en el corazón—. Os mataré antes de dejarla desfilar hacia la muerte.

Pestañeó al levantar la vista hacia mí con un aire curiosamente impasible ante la amenaza.

—No tenemos elección, Némesis. Exige su presencia en el plazo de tres meses —sus labios se curvaron en una sonrisa perezosa, y su brazo reptó para subir la mano hasta mi mejilla, cubrirla y pellizcarme—. Por eso pretendo enviarte a ti al Crisantemo en su lugar. Tú serás Sidonia Impyrean.

Tardé un segundo en comprender sus palabras, y aun cuando lo hice, seguían sin tener sentido.

—¿Q-qué?

—¡Menuda cara de asombro se te ha quedado! —la risa de la matriarca era temblorosa, pero sus minúsculos ojos me taladraban, sin pestañear—. ¿Voy a tener que repetírtelo?

—¿Yo? —hice un gesto negativo con la cabeza. No sentía un gran cariño por la matriarca, pero siempre la había tenido por inteligente. Por cuerda—. ¿En serio me sugerís que me haga pasar por Sidonia?

—Ya, serán necesarias ciertas modificaciones, por supuesto —su mirada repasó mi cuerpo de arriba abajo—. Todo cuanto se ha visto de Sidonia es su avatar, que se parece a ella tan poco como tú. El color de tu piel, tu musculatura… Eso lo podemos arreglar. En cuanto a tu temperamento, he mandado llamar a mi supervisora de protocolo para que venga a enseñarte los fundamentos que me enseñó a mí en mi niñez…

Retrocedí un paso. Aquella mujer había perdido la cabeza.

—Una supervisora de protocolo no puede darme la humanidad que no tengo. Con solo mirarme se nota que no soy una persona de verdad. Vos misma lo habéis dicho en numerosas ocasiones.

La matriarca inclinó la cabeza con un malicioso brillo en los ojos.

—Oh, claro, esa mirada fría y despiadada… tan carente de empatía de ninguna clase. ¡La mismísima impronta de un diabólico! Me da la sensación de que vas a encajar mejor de lo que te esperas en ese nido de víboras —rio en voz baja—. Desde luego, mejor de lo que Sidonia lo haría jamás.

Se levantó con el sonido sedoso de su vestido, sin dejar de sonreír.

—El emperador desea que envíe a mi inocente corderillo al matadero. No. En cambio, le enviaré a mi anaconda.