En recuerdo de Vanessa Delagarza, y de todos aquellos
a los que hemos querido y que nos han dejado demasiado pronto.
Os echamos de menos, pero siempre viviréis en nuestros corazones.
Para mis amigos y lectores que llenan mi corazón de amor
y alegría. Gracias por ser parte de mi vida… la mejor parte.
Para mi editorial, mi editora, mi agente y todo el personal de
Macmillan y Trident por el trabajo que hacen. ¡Muchísimas gracias!
Y como siempre, quiero darle las gracias especialmente a mi
familia por aguantarme, a mí y a mis despistes, cuando se acerca la
fecha de entrega del manuscrito. En especial por ser tan
comprensivos cada vez que abandono una conversación porque
«se me ha encendido la bombilla». ¡Os quiero a todos!
Arcadia, 2986 a.C.
—¿Esto es la muerte o el infierno?
Maxis le gruñó a su hermano mientras se esforzaba por sacarlo de la sucia mazmorra en la que había estado encerrado durante incontables semanas. Maldita sea, para alimentarse de ratones de campo y trigo, su hermano pequeño pesaba una tonelada.
—Cállate —le soltó Max por telepatía—. Si no puedes ayudarme, por lo menos no me distraigas mientras intento salvar tu escamoso e inútil pellejo de estos asquerosos humanos.
—No sé por qué te quejas tanto. Los humanos no son tan malos. A mí me gustan bastante... Tienen un sabor parecido al del pollo.
Pese al peligro que los rodeaba y a la rabia que le producía el «encantador» aprieto en que se habían visto envueltos, así como la traición que los había llevado a ese punto, Max tuvo que contener una carcajada. Típico de Illarion el encontrar algo gracioso hasta en las peores situaciones. Aunque claro, por eso estaba arriesgando la vida, sus escamas y sus garras para salvar a su hermano en contra de lo que le decía su instinto de dragón: que abandonara a Illarion y se preocupara por salvar su pellejo.
—No me estás ayudando en nada, que lo sepas.
—Lo siento. —Illarion intentó caminar utilizando sus piernas humanas, pero esos miembros tan ajenos para él y tan débiles acabaron fallándole—. ¿Cómo se las apañan para sostenerse con estas cosas tan delgadas? —Miró a Max con el ceño fruncido—. ¿Cómo lo haces tú?
—Echándole un par...
Y por la necesidad de seguir con vida para poder dar con todos los que les habían hecho eso y acabar con ellos.
—Mira que se esforzaron esas pobres demonios en enseñarte modales y a hablar con educación... Van a llevarse una desilusión cuando vean que sus esfuerzos han sido en vano.
Max soltó un suspiro de frustración.
—Illy, te juro por todos los dioses que como no dejes de decir tonterías, te quedas aquí.
La expresión de Illarion se tornó muy seria mientras aferraba la sucia melena rubia de su hermano y lo obligaba a mirarle a la cara.
—Vete, hermano. Ambos sabemos que solo soy un lastre para ti y tu libertad. Si seguimos juntos, nos atraparán. Si te vas solo, es posible que veas de nuevo la luz del sol.
Max abrazó con más fuerza el frágil cuerpo humano de Illarion y lo miró fijamente. Era espeluznante ver esos iris humanos de color azul en vez de sus ojos ofídicos de color amarillo. Tener delante la cara de un humano en vez de la cara de un dragón. Lo que les habían hecho en contra de su voluntad era una aberración.
Sin su permiso, los habían hechizado, capturado y fusionado con un alma humana que ninguno de ellos comprendía y con la que se sentían incómodos.
De un día para otro habían pasado de ser completamente dracos a ser... humanos.
Sin embargo, aunque su forma física no fuera la misma, su corazón y su espíritu no habían cambiado. Y había algo que nunca jamás cambiaría.
—¡Somos drakomai! No abandonamos a nuestros kinikoi. ¡Lo sabes muy bien!
Aunque no vivieran en comunidades cerradas ni compartieran hogar cuando alcanzaban la edad adulta, si escuchaban el grito de guerra, el honor los obligaba a actuar y a luchar juntos hasta derrotar al enemigo... o hasta que la muerte los separara.
Illarion hizo una mueca de dolor al tropezar y caer al suelo, arrastrando con él a Max.
—¿Por qué nos han hecho esto? ¿No tienen bastante con perseguirnos y matarnos como deporte? ¿Con habernos esclavizado durante siglos? ¿Qué más quieren de nosotros esos asquerosos humanos?
Max se mantuvo en silencio. Ayudó a su hermano a ponerse de nuevo en pie y a seguir caminando hacia la estrecha apertura que esperaban que los llevara hasta el bosque, donde encontrarían refugio. La respuesta no le reportaría el menor consuelo a Illarion, de la misma manera que no se lo reportaba a él. Al contrario, más bien lo cabreaba muchísimo.
Habían sido un experimento cruel para que el rey Licaón pudiera salvar a los inútiles y quejicas de sus hijos, maldecidos por el dios Apolo a morir a la edad de veintisiete años. Si bien Max respetaba la negativa del rey a perder a sus hijos por una maldición totalmente ajena a su familia, una maldición ligada a la estirpe de la reina con la que el dios mantenía una vieja disputa, no le hacía ni pizca de gracia ser el medio por el cual Licaón esperaba encontrar la cura.
Todavía recordaba la terrible presencia del dios acadio Dagon, pertrechado con su armadura negra, cuando lo atrapó con sus poderes arcanos.
«Tranquilo, dracos —había murmurado el dios mientras Max forcejeaba con él y trataba de liberarse con todas sus fuerzas—. A la larga me lo agradecerás. Voy a mejorarte. A hacerte más fuerte.»
Pero la situación actual no se correspondía a dicha promesa. Jamás se había sentido tan débil ni tan vulnerable.
Tan perdido.
Y lo peor había sido despertarse delante de su «gemelo». Un humano idéntico a ese cuerpo, cuya alma habían fusionado de alguna manera con la suya. A diferencia de Max, el humano había sido incapaz de sobrevivir al hechizo que habían empleado en la fusión. Seguramente porque Dagon no se había molestado en averiguar qué tipo de drakomas era antes de lanzarle el hechizo.
La magia nunca había sentado bien a los miembros de su especie, un linaje maldito. Por eso los concibieron y por eso les encomendaron sus deberes sagrados.
El débil humano había muerto aullando de dolor unas horas después de que practicaran el hechizo, mientras su cuerpo trataba de adoptar la forma de un dragón. Aunque la transición tampoco había sido agradable para Max, había sobrevivido.
Por los pelos.
Ojalá pudiera controlar el impulso que lo transformaba de humano a dragón y viceversa. Dichas transformaciones se producían en intervalos irregulares y sin previo aviso. De ahí que se mantuviera en tierra firme de momento, puesto que lo último que le apetecía era encontrarse en pleno vuelo cuando sus alas se transformaran en brazos y cayera en picado.
—¡Ahí están!
Max siseó al oír las voces de los humanos que los perseguían. Trató de usar sus poderes para detenerlos, pero en esa apariencia... eran inútiles.
Illarion abrió los ojos como platos, presa del pánico.
—¡Vete! Huye tú.
—¡Nunca! Mejor morir a tu lado tratando de escapar que sacrificar tu vida por salvar la mía. No te abandonaré, hermanito.
Una lágrima solitaria resbaló por la ensangrentada mejilla de Illarion mientras los humanos los rodeaban, los capturaban de nuevo y los encadenaban como los animales que eran. Max luchó con todas sus fuerzas. Pero dado que no sabía usar su cuerpo humano, todo fue en vano.
En cuestión de minutos se encontraban de vuelta en la sucia y oscura mazmorra, donde otras especies aguardaban para sufrir el mismo destino espantoso.
Experimentos llevados a cabo por los dioses y el hombre.
Asqueado y furioso, Max abrazó a su hermano y lo protegió en la medida de lo posible mientras las lastimeras criaturas que los rodeaban aullaban pidiendo misericordia y la muerte.
—¿Qué va a ser de nosotros, Maxis?
¿Sinceramente? No tenía ni idea. Pero había algo que sí tenía muy claro.
—Somos drakomai. Somos kinikoi. Y te juro, hermanito, que aunque tenga que matar a todos los humanos y dioses del universo, a diestro y siniestro, surcarás de nuevo el cielo azul con tus alas tal como estamos destinados a hacer y ambos nos libraremos de ellos y de sus dichosas maldiciones. Nadie nos detendrá.
Sin embargo, mientras hablaba era consciente de algo que también sabía Illarion: ciertas promesas eran muy difíciles de cumplir.
Y por más empeño o voluntad que se pusiera, algunas eran imposibles. El Destino, una diosa celosa y cruel, era una zorra amargada a la que le encantaba dejar como unos mentirosos tanto a hombres como a bestias. Nunca había demostrado compasión ni hacia ellos ni hacia su especie.
—¿Vive?
Max se quedó petrificado al oír la voz del anciano rey de Arcadia, que se acercaba a su oxidada jaula. El hombre tenía un tono de voz enfurruñado que reconocería en cualquier parte, muy a pesar suyo.
—Sí, majestad. Los dos animales fusionados con los príncipes han sobrevivido y están intactos. ¿Los matamos ya?
A Max se le heló la sangre.
—¡No! —bramó el rey—. Estos también son mis hijos. Aunque hayan nacido de unas bestias, forman parte del linaje real, independientemente de que sus corazones sean los de mis hijos o los de las criaturas sin raciocinio con los que han sido unidos. Son lo único que queda de mi preciosa Mysene, y jamás la deshonraré. Llévalos ante mi presencia y recibiré con los brazos abiertos a mi estirpe y a la de mi difunta reina. Quiero conocer a mi hijo lobo y a mi hijo dragón y darles la bienvenida a este mundo.
El Santuario
Nueva Orleans, 2015
—A ver, en serio, alguien debería levantar una valla de espino alrededor de este sitio y declararlo un manicomio.
Max resopló al escuchar la pulla de Dev Peltier mientras dejaba la bandeja de plástico llena de vasos limpios sobre la barra para que Aimée Kattalakis los guardara. Dev, que tenía el pelo rubio algo más claro que Max, era uno de los poquísimos hombres del Santuario más musculosos que él.
Aimée se detuvo detrás de la barra al lado de Dev, rodeó la cintura de su hermano con un brazo y lo miró con la nariz fruncida.
—El término adecuado es «institución de salud mental». A ver si te actualizas un poco, oso cavernario, que estás hecho un vejestorio.
Max se echó a reír ante la chispa de la osa. Si había algo constante en Aimée, la sarcástica dueña del bar, era la habilidad para mantener a sus hermanos y a sus trabajadores en vilo. La vio alejarse para sacar dos vasos de la caja y dejarlos en el estante de debajo de la barra mientras canturreaba la canción que sonaba en la gramola. Para ser una osa, tenía una voz angelical.
La chistosa rubia de piernas interminables había sido uno de sus miembros preferidos del clan Peltier desde que buscó refugio en el afamado Santuario, el bar y restaurante que su familia había fundado en el centro de Nueva Orleans.
Herido y con un hilo de vida después de un encontronazo con un antiguo enemigo, Max cayó desplomado en el tercer piso de ese edificio, a los pies de Aimée. Cuando se despertó una semana después, ella estaba sentada a su lado en el suelo del ático, acariciándole las escamas de la cabeza, sin mostrar el menor rastro de miedo por su forma de dragón y cantando en voz baja una nana francesa. Ella sola lo había cuidado hasta que recuperó la salud y se aseguró de que sobrevivía. Nunca dejaba de sorprenderlo su enorme amabilidad y su compasión hacia los demás.
No había un solo ser en ese edificio, o en el adyacente, que no hubiera dado su vida por salvar la de Aimée.
Aunque ninguno estaría más dispuesto que el cabrón afortunado de pelo oscuro que la había reclamado.
Fang Kattalakis apareció en la entrada del bar y repartió los botellines de cerveza especial reservados para sus «excepcionales» metabolismos, lo que les indicó que había cerrado la puerta principal. Era un ritual que advertía que el Santuario estaría cerrado para los humanos durante unas horas, de modo que los katagarios y los arcadios tuvieran un respiro. Fang señaló a Max con su botellín de cerveza mejorada.
—Demasiados aldeanos imbéciles, hermano. Muy pocos dragones que escupen fuego.
Dev se echó a reír.
Tras aceptar la cerveza, Max enarcó una ceja, presa de la curiosidad ante el extraño comentario y por el motivo que lo había suscitado.
—¿Cómo dices?
Fang soltó un sentido suspiro mientras miraba a su pareja.
—¿Le tienes mucho cariño a Cody? ¿Puedo ofrecérselo a Max como sacrificio? Por favor. —Miró a Max—. Sé que ni es mujer ni es virgen, pero ¿los dragones sois muy tiquismiquis con esas cosas?
Como no quería entrar en el tema por varios motivos, Max se alejó para limpiar los dispensadores de refrescos mientras Dev reunía las chapas de los botellines de cerveza.
—Depende del dragón.
Aimée chasqueó la lengua.
—Por favor, no mates ni te comas a mi hermano pequeño. No me apetece aguantar tus lloriqueos por la indigestión que te provocaría y dudo mucho que Carson tenga suficientes antiácidos para curar esa clase de ardores. Seguramente tendrían que intervenir los bomberos de Nueva Orleans para apagar el fuego.
—Mierda. —Fang volvió a suspirar. Después levantó la vista, esperanzado—. Oye, Max, si te echo pimienta en la cara así sin querer y tú estornudas, ¿qué probabilidad hay de que lo achicharres?
Mientras vertía un poco de gaseosa en un cuenco metálico, Max meneó la cabeza.
—La cosa no va así.
—Y entonces ¿de qué sirve tener a mano un dragón que escupe fuego?
—Siempre te queda Simi —sugirió Dev—. Con la cantidad justa de salsa barbacoa, se comerá lo que sea. Incluso un oso protestón.
—Mira que sois malos. —Aimée frunció el ceño mientras se colocaba una mano sobre el abultado vientre y tomó aire.
Fang se teletransportó de inmediato al otro lado de la barra para ayudarla.
—¿Te encuentras bien?
Aimée se apoyó en su marido y le sonrió.
—Tus hijos están jugando como cachorros con un subidón de miel.
Una sonrisa orgullosa apareció en el rostro de Fang.
—Las lobeznas son nocturnas... como su padre.
Ella resopló ante el comentario.
—Te juro que como tenga cachorros, pienso convertirte en una alfombra de lobo para el suelo.
Fang se echó a reír antes de besarla en la mejilla.
—¿Por qué no subes y descansas un rato? Yo terminaré de cerrar y de recoger el bar.
Aimée titubeó.
—No te preocupes. No pienso acercarme siquiera al papeleo. Después del follón que monté la última vez, he aprendido a mantener las zarpas alejadas de él. —Fang le hizo un gesto a la alta amazona rubia que barría el suelo para que se acercara.
Samia, una antigua Cazadora Oscura, era la media naranja de Dev; su mejor parte, por cierto. Aunque Max no soportaba a la diosa griega a la que Samia había servido en el pasado, la amazona le caía muy bien, sobre todo porque no era muy habladora. Y nunca le hacía preguntas acerca de su nebuloso pasado, algo que le gustaba todavía más.
Al igual que Aimée, Sam era compasiva y amable con los demás, ya fueran humanos, animales o una mezcla de ambos.
En cuanto el embarazo de Aimée se hizo público, Sam y Dev volvieron a mudarse a la antigua habitación de este, en la casa de los Peltier, para calmar la ansiedad de Dev, pues se preocupaba como una vieja por la salud y el bienestar de su única hermana. Claro que a Aimée no le hacía falta nadie más. Entre sus once hermanos, sus parientes políticos y sus amigos íntimos, tenía a una legión de hombres deseando ayudarla a mover cualquier objeto, y también a desmembrar a su marido por poner en peligro su vida con un arriesgado embarazo híbrido.
—¿Sam? —dijo Fang en cuanto la amazona se detuvo junto a la barra—. ¿Te importa acompañar a Aimée a la cama y asegurarte de que se ha acostado?
—Claro que no. Será un placer. —Sam le tendió una mano enguantada a Aimée—. Vamos, cariño. No queremos que te canses mucho. Tienes que cuidar de esos chow chow que llevas dentro.
Aimée gimió al escuchar aquel comentario que resumía el miedo que sentía por el aspecto que tendrían sus hijos, mitad osos y mitad lobos.
—Acabo de quitarte de mi lista de regalos de Navidad, Sam. ¿Alguien más?
Dev levantó las manos y negó con la cabeza.
La osa lo fulminó con la mirada. Después se volvió hacia su marido, mientras el gemelo de Dev se acercaba para coger una de las cervezas enriquecidas de Fang. La feroz mueca asesina de su cara haría que los niños salieran chillando en busca de sus madres y que un gladiador curtido se meara encima de miedo.
Aimée chasqueó la lengua al ver su cara.
—Fang, asegúrate de que Dev no mata a Rémi mientras no estoy.
El oso destapó la cerveza y la miró con una expresión todavía más amenazadora.
—No soy Rémi... Soy Cherif. Joder, Aimée, tú eres la que siempre nos distingue. ¿El embarazo te ha trastocado las neuronas o qué?
Aimée se mordió el labio.
—Lo siento, chato. Por la cara que has tenido toda la noche, habría jurado que eras Rémi.
Dev, Rémi y Cherif formaban parte de una camada de cuatrillizos idénticos, junto con Quinn. Por separado eran de armas tomar. Juntos, eran prácticamente invencibles.
A menos que fueras un dragón que escupía fuego. En ese caso pocas cosas en ese mundo suponían una amenaza para tu salud o tu integridad física.
Cherif resopló.
—En fin, ¿qué esperabas? Me habéis dejado con Etiénne y he tenido que pasar toda la noche con él. No ha parado de darme la tabarra ni un segundo. Te juro que maman tendría que habernos hecho un favor y comérselo cuando nació. Al menos así mi sentido del humor seguiría intacto... por no hablar de mi cordura. Tenéis suerte de que no me arresten ahora mismo por asesinato.
—Vamos, vamos. —Dev brindó con su botella—. ¿Dónde está ese capullo?
—Terminando una partida de póquer con Eros. Ojalá que gane y que el dios se cabree y lo estampe contra la pared. Me ofrecería voluntario para limpiar el estropicio.
Aimée miró a Max, que sonreía.
—¡Por todos los dioses, son tremendos! Me alegro de que tú sí quieras a tu hermano.
Max se encogió de hombros mientras limpiaba los grifos de los dispensadores de refrescos y los colocaba en su sitio.
—¿Qué puedo decir? La ausencia ablanda el corazón y la culpa por haber descubierto que ha estado encerrado en un plano infernal durante mil años me obliga a soportar las peculiaridades irritantes de Illarion con absoluta paciencia.
Aimée le dio un golpe a Dev en el estómago.
—¿Ves cómo son los dragones? Deberías tomar nota.
—Vale. Encierra a Etiénne y a Rémi en un plano infernal durante mil años y te prometo que seré amable con ellos cuando salgan.
Fang se echó a reír.
—Date por vencida, Aimée. No vas a ganar esta ronda.
—¿De verdad te estás poniendo de su parte?
Fang palideció.
—Esto... no. Jamás. No soy un lobo tonto y no tengo ganas de dormir en la perrera esta noche.
Aimée agitó un dedo con gesto juguetón antes de darle unos golpecitos en la nariz y besarlo.
De repente, se oyó un estruendo en la planta superior que indicaba que Cherif tal vez vería cumplido su deseo de que Eros matase a Etiénne por haber ganado. Sin embargo, no fue el inesperado ruido lo que hizo que a Max se le erizase el vello de la nuca. Fue una fisura en el aire que llevaba siglos sin percibir. Una que le recorrió la columna como una trituradora.
Sus sentidos se pusieron en alerta.
No. Era totalmente imposible...
No podía ser...
Se quedó sin aliento al ver que un Serre ensangrentado caía escaleras abajo, precediendo a un grupo de mujeres ataviadas con antiguas vestiduras de guerra y armaduras de una raza extinguida mucho tiempo atrás. Si bien el Santuario cerraba para los humanos a las cuatro y media de la madrugada, permanecía abierto las veinticuatro horas del día para cualquier criatura sobrenatural que necesitara un refugio donde descansar de la lucha. Los limani como el Santuario siempre habían escaseado y estaban muy distantes, y en el siglo XXI apenas quedaban unos pocos intactos y operativos.
Como precaución para que los humanos no descubrieran por accidente su raza sobrenatural y sucumbieran al pánico, la familia Peltier había protegido todo el edificio. Cualquiera que entrase por medios mágicos se veía confinado a la tercera planta, donde siempre había un portero de la familia.
Esa noche Serre Peltier estaba de guardia. Tan rubio como sus hermanos, era una versión algo más pequeña de los cuatrillizos, lo que quería decir que seguía siendo más grande que la mayoría de las criaturas. Pero incluso así, no había podido impedir que las arcadias recién llegadas le dieran una paliza.
Al diablo con la irini, la supuesta ley de paz, que Savitar y el Omegrion habían dictaminado que debían seguir los miembros de sus especies.
Rubia y con la constitución de una asesina, la líder del reducido grupo de mujeres agarró a Serre del pelo y le levantó la cabeza de un tirón para mostrar su destrozado rostro. Le colocó un antiguo kopis griego contra la garganta.
—¿Quién es el dueño de este sitio?
Cuando Aimée dio un paso al frente, Max, sus hermanos y su marido la interceptaron para protegerla a ella y a los bebés que llevaba en sus entrañas. Era evidente que el grupo había acudido con intenciones de luchar, no para hablar de paz o de treguas.
Fang se acercó a la zorra recién llegada hasta quedar cara a cara con ella mientras Max protegía a Aimée.
—Ese al que tienes agarrado es mi hermano. Te sugiero que lo sueltes si no quieres perder la cabeza.
La mujer miró de arriba abajo a Fang con expresión desdeñosa.
—Soy una arcadia dracos y no trato con especies inferiores. Apártate, animal.
Sam se colocó junto a Fang. Con los brazos en jarras, miró a las mujeres con la hostilidad de quien está dispuesto a entrar en combate.
—Y yo soy Samia, basilinna de la Guardia Thuria, nieta de Hipólita, que era hija de Ares. Preséntate.
—Nala, basilinna de las Drakaina, favorita de Ares, de Artemisa y de Atenea.
Samia resopló.
—No me impresionas. Ahora suelta a mi querido hermano o recibe toda mi ira y la fuerza de mi hoja forjada en combate.
Nala agarró a Serre del pelo con más fuerza. El dolor tuvo que ser muy intenso porque, un segundo después, Serre adoptó sin querer su forma de oso. Algo que solo sucedía cuando los katagarios padecían un dolor atroz o recibían una descarga eléctrica.
Sam hizo aparecer su báculo. Los hombres se adelantaron para luchar cuando Aimée salió corriendo hacia Serre.
—¡Un momento!
Todos los ojos se clavaron en la escalera y durante un minuto entero Max permaneció inmóvil, mientras la marca de su mano ardía en respuesta a su aparición. Todo su cuerpo cobró vida como no lo había hecho en siglos, tantos que lo había olvidado.
El dragón de su interior empezó a salivar y a devorar su parte humana tan rápido que le costó la misma vida mantener su apariencia.
Se esforzó por respirar. Si adoptaba su forma de dragón en ese momento, arrasaría medio bar. Era demasiado grande en su estado natural para ese lugar.
Sin embargo, no resultaba sencillo permanecer en forma humana...
No cuando la bestia de su interior estaba tan agitada. No cuando ansiaba sangre.
La sangre de la mujer que acababa de aparecer.
Una voluptuosa beldad de pelo cobrizo descendió la escalera como una gran reina envuelta en una capa de plumas rojas, marrones y doradas. El casco rojo que llevaba le cubría la cara y formaba puntiagudo pico que le ocultaba los ojos.
Aunque Max sabía de qué color eran. De un verde intenso y hechizante salpicado de oro. Con una inteligencia osada. Eran capaces de mirarlo con un desdén abrasador.
Seraphina de la Guardia Escita drakaina. Voluptuosa. Apasionada.
Max odiaba con todas sus fuerzas cada latido de su corazón.
Las amazonas se hicieron a un lado para que pasara y llegara hasta su reina. Para los simples mortales, su armadura parecería de escamas de bronce pintadas. Pero no lo era. En realidad, eran las escamas curtidas de los dragones katagarios que había matado y que la proclamaban una de las matadragones más feroces de su tribu.
La paladina de su reina.
Seraphina se golpeó el pecho a modo de saludo e inclinó la cabeza.
—Perdona mi interrupción, basilinna, pero tal vez pueda ayudar.
Nala titubeó.
—¿Está aquí?
—No, basilinna. Me temo que tu informador te ha mentido. Si mi pareja estuviera aquí, lo presentiría.
Nala soltó una palabrota y le dio una patada a Serre en las costillas. Tras agitar la brillante capa roja, se volvió hacia Seraphina.
—Voy a destripar a ese demonio. —Y tras decir eso, condujo a sus guerreras de vuelta al piso superior.
Seraphina se quedó rezagada mientras se marchaban. Era una estupidez enorme mentirle a su reina. Lo sabía y sin embargo...
Recorrió el grupo de hombres con la mirada. El de pelo azabache definitivamente no era el dracos que buscaba. A juzgar por el hedor que desprendía, era un lobo katagario. El resto eran todos rubios. Todos guapísimos y de buena constitución. Dos eran gemelos. No podían ser su Maxis. Ellos, al igual que el que resollaba en el suelo, que había vuelto a adoptar una forma humana e intentaba ponerse en pie, eran osos.
Así que solo quedaba uno.
Al igual que los demás, lucía una ropa muy rara, no la de un guerrero ni la tradicional de los dracos. Tenía el pelo rubio oscuro y lo llevaba muy corto, pero cuando sus miradas se encontraron, reconoció de inmediato esas facciones tan marcadas y tan masculinas. Ese mentón fuerte y decidido. Esa expresión desafiante que la atravesaba con su arrogancia orgullosa. Un orgullo que siempre la había desafiado a retar sus tradiciones y sus culturas.
La mano le ardió con la conocida quemazón. Algo que solo sucedía cuando los miembros de una pareja se encontraban tras una larga separación.
Con paso decidido, echó a andar hacia él, pero la otra amazona de la habitación se interpuso en su camino.
Samia señaló la escalera.
—Tienes que irte con tu tribu.
Seraphina negó con la cabeza.
—Tenéis algo que me pertenece.
Samia no se movió ni un centímetro.
—Aquí no se te ha perdido nada.
—Te equivocas. —Levantó la mano para que Samia viera la marca del dragón en su palma—. He venido a por mi pareja.
Max soltó una palabrota mientras el anuncio reverberaba en el inmediato silencio que se produjo en la estancia. Todos lo miraron de golpe, boquiabiertos. Fue muy cómico.
Antes de que se le ocurriera marcharse, Dev le cogió la mano y la examinó en busca de la marca de emparejamiento. Al instante, chasqueó la lengua y meneó la cabeza con gesto condescendiente.
—¡Maxy! ¡Tienes que contarnos unas cuantas cosillas!
Max le dio un empujón, por su mala imitación de Ricky Ricardo. Dev se echó a reír de buena gana. El muy cabrón no se molestaba por nada.
Aimée se alejó de Serre, tras examinarle la magullada nariz y el labio ensangrentado.
—¿Es verdad, Max? ¿Estás emparejado con... ella? —El ligero titubeo dejó claro que había tenido que esforzarse para referirse a la recién llegada con educación.
Max soltó un suspiro cansado al tiempo que asentía despacio con la cabeza.
—Sí, los dioses no pueden ni verme. Y tienen un sentido del humor muy retorcido. —Delante tenían la prueba viviente.
Lo habían emparejado con ella.
Un dragón katagario emparejado con una arcadia matadragones.
Cherif resopló.
—Bueno, parece que eso explica la falta de interés por las mujeres que has demostrado todos estos años. Ya pensábamos que eras gay.
Max lo miró con gesto irritado.
En realidad, habría preferido ser gay antes que verse sometido a ese celibato involuntario. La peor maldición de su especie era que los machos emparejados eran físicamente incapaces de acostarse con nadie que no fuera su pareja. Una vez que las Moiras les asignaban una compañera, no podían aceptar a otra mientras dicha hembra viviera. Era el vínculo conyugal por excelencia.
El día que se alejó de su mujer descubrió exactamente a lo que renunciaba. El enorme precio que pagaría por su libertad y por su cordura... algo que decía mucho de la parodia y del infierno que habían sido su matrimonio.
Tras asegurarse de mantener una expresión neutra, cruzó los brazos por delante del pecho.
—¿Qué haces aquí, Sera?
—Necesitamos hablar... a solas.
«Sí, claro. La guerra solo fue un entrenamiento para el matrimonio...»
A solas nunca les había ido bien, ni a él ni a ella.
A menos que se encontraran desnudos y Seraphina estuviera en celo.
Por desgracia, eso solo sucedía dos veces al año, y a juzgar por la mala leche que irradiaba su mujer, esa noche no iba a tener suerte.
A menos que lo destripara. Eso sería una mejora en comparación con el celibato que soportaba.
Max negó con la cabeza.
—Hace mucho tiempo que te dije todo lo que tenía que decirte.
—Las cosas han cambiado.
—Yo no, y dudo mucho que tú lo hayas hecho. Joder, si hasta llevas la misma ropa que la última vez que te vi. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Tres mil años, año arriba, año abajo?
Ella lo fulminó con la mirada.
Max soltó una carcajada amarga.
—Y ahí tenemos esa mirada de odio que acojona a cualquiera y que tan bien recuerdo. Ya me lo has dicho todo. Nada ha cambiado. Ahí tienes las escaleras. —Se alejó hacia la puerta que conducía a la cocina.
Seraphina se teletransportó al otro lado de la estancia para aferrarlo del brazo y detenerlo. Esos ojos verdes con motas doradas lo hechizaban y doblegaban su voluntad hasta límites intolerables.
—No, Maxis. Las cosas son muy distintas. Por favor. Debo hablar contigo.
Max enarcó una ceja al escucharla.
—Vaya, has aprendido una expresión nueva. No tenía ni idea de que estuviera incluida en tu vocabulario. —En el pasado siempre lo había tratado como si fuera un animal sin cerebro al que solo se le daban órdenes. Un animal al que había que domesticar para que no se meara en la alfombra ni mordisqueara los muebles. Sin embargo, había despertado en él la curiosidad de averiguar qué la había llevado a aparecer en ese período temporal, de modo que miró a Fang—. Lobo, si estoy muerto cuando amanezca, persíguela y arráncale el pescuezo.
—Con esa advertencia, no quiero ni imaginarme qué tipo de perversiones sexuales practican los dragones. Me alegro mucho de ser un oso emparejado con una preciosa mujer.
Max pasó del comentario jocoso de Dev. Jamás se le ocurriría llevar a Seraphina a la habitación que tenía en el ático, donde en ese momento dormía su hermano pequeño, en forma de dragón... Por nada del mundo haría más daño a Illarion. Su hermano pequeño ya había sufrido bastante.
Su trabajo consistía en proteger a su familia.
Incluso de su propia pareja. Tras haberse emparejado con Sera y haberse visto obligado a vivir con su especie, sabía exactamente qué hacían los matadragones a los dragones. Qué pensaban de ellos. La armadura que lucía su mujer era un sangriento tributo a lo que pensaban de ellos.
Mejor muertos, y sus restos usados como adorno o como ingredientes para velas y ungüentos cosméticos.
De modo que empleó sus poderes para trasladarse con ella a la habitación especial situada en la segunda planta que Dev y sus hermanos habían construido para alojar a los clientes más revoltosos. Estaba insonorizada por completo y les proporcionaría absoluta privacidad. También estaba protegida para evitar que Seraphina pudiera usar su magia contra él. Visto lo que le había hecho la última vez que cometió el error de quedarse a solas con ella, era una medida de precaución bastante apropiada.
Esperó a que ella estuviera dentro para encender la luz y cerrar la puerta de la pequeña y espartana estancia.
Sin embargo, no contaba con la involuntaria reacción de su cuerpo a su cercanía. El dulce olor a rosas de su piel transformaba su sangre en lava y le hacía la boca agua. Sin poder evitarlo, empezó a rodearla mientras ella aguardaba en el centro de la estancia, bajo la luz que se reflejaba en su armadura y en su piel bronceada, creando un halo majestuoso a su alrededor.
Maldito fuera Hades. Se le había olvidado lo preciosa que podía ser su pareja cuando no trataba de matarlo y hacerse un tapiz con su piel. Seraphina poseía un cuerpo voluptuoso, creado para disfrutar de largos maratones sexuales. Y una exacerbada pasión amazona que cualquier hombre mataría por gozar.
¿Y lo peor de todo? Los recuerdos de las horas que habían pasado juntos cuando no se peleaban ni se insultaban, ajenos a la herencia que arrastraban. De las horas que habían pasado aislados en la tienda de Seraphina, riéndose y bromeando.
Menuda mierda de mente, incapaz de olvidar todos esos detalles...
Seraphina intentó concentrarse en el motivo de su visita. En la desesperación que la había llevado a hablar con su enemigo. Pero Maxis no se lo estaba poniendo fácil. ¿Cómo había podido olvidar lo guapo y sensual que era? ¿Cómo había podido olvidar lo mucho que le afectaba su presencia?
Lo fiero y letal que era. Fascinante. Seductor. Prohibido. Abrumadoramente masculino y elemental. Poseía el magnetismo descarnado de los dracos al que ninguna mujer era capaz de resistirse. Hasta las niñas más pequeñas reían como bobas en su presencia.
Y lo peor era que había agachado la cabeza y la acechaba como si fuera una presa que quisiera devorar. Su actitud la estaba dejando sin aliento y la estaba excitando en contra de su voluntad.
Lo miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué no lo dejas?
—¿El qué? —Esa voz ronca de barítono acababa de lanzarle un desafío. Nadie hablaba como él. Las palabras salían de su lengua como si fueran poesía.
Renuente a permitir que la hechizara, respondió al desafío con la misma ferocidad que él había empleado.
—Sabes muy bien lo que estás haciendo.
Maxis esbozó una sonrisa sexy e insidiosa.
—¿Te molesta?
Sí. Por supuesto. Eso era lo que hacían los machos dracos para esparcir sus irresistibles feromonas y embriagar a la hembra de la que se hubieran encaprichado. Esa forma de moverse tan amenazadora resultaba igual de hechizante, y él lo sabía muy bien. Ninguna criatura que hubiera existido jamás sobre la faz de la Tierra poseía un magnetismo tan irresistible como el de un dragón adulto. Era en parte lo que los hacía tan peligrosos.
—Necesito hablar contigo.
Max se acercó a ella y, tras pegar el torso a su espalda, inclinó la cabeza hasta que sus mejillas quedaron unidas. Sera notó el roce áspero de su barba contra la piel cuando Max inició el erótico y rítmico balanceo draco que no era sino el principio del preludio sexual. Sintió cómo Max tensaba todos los músculos del cuerpo mientras la rodeaba con los brazos y la pegaba a él.
«¡Por todos los dioses!», pensó.
¿Cómo lo hacían? ¿Era algo con lo que todos los dragones nacían o se lo enseñaban a los machos cuando llegaban a la pubertad? Su cuerpo cobró vida como si estuviera en el fragor de la batalla. O desnuda con él en la cama. Era tan intenso que ni siquiera acertó a protestar cuando él le quitó el casco y lo dejó en el suelo. Ni cuando le soltó el pelo para que le cayera sobre los hombros. Solo atinó a apoyarse en él y a dejarse llevar por el ritmo de esa danza hipnótica y primitiva.
Sin aliento, sintió el roce de su erección en la cadera mientras él le rodeaba la cintura con un brazo e inclinaba la cabeza para besarla en el cuello. Se le resecó la garganta y el deseo de que la acariciara se apoderó de ella.
—Yo también tengo necesidades, Sera.
Mientras él la acariciaba, cerró los ojos, temblorosa y asqueada ante la instintiva respuesta de una parte de sí misma al roce de sus manos. Pero así era la naturaleza de la bestia. Aunque Maxis y ella fueran dos especies de dragones distintas, ambos eran dragones.
No humanos.
Eran una raza distinta.
Más apasionada.
Más feroz.
En todos los sentidos.
Debería haber sabido que no era humano la primera vez que lo vio. Por lo general se habría dado cuenta, pero se encontraba en el momento álgido de su ciclo reproductivo, algo que no dejaba de ser la mayor debilidad de su especie. Al igual que los humanos, los dragones podían disfrutar del sexo siempre que quisieran y muchos lo hacían, sobre todo porque no podían reproducirse hasta encontrar a su pareja.
Sin embargo, cada seis meses las hembras entraban en un período fértil y se veían impulsadas a copular en contra de toda lógica o razonamiento. El deseo era tan fuerte que no podían pensar en ninguna otra cosa. Precisamente de ahí nacieron muchas de las leyendas relacionadas con las amazonas. De un período en el que iban a la ciudad en busca de hombres con los que saciar su necesidad animal. Un período en el que la falta de hombres fértiles y elegibles de la que adolecían sus clanes las obligaba a guerrear con sus vecinos con una ferocidad inusitada.
Lo pasaban muy mal antes de que las Moiras las emparejaran. Una vez que su pareja era elegida, el ansia de procrear durante el período fértil era aún peor.
Esa noche, le resultaba insoportable.
Incapaz de resistirse a él, le enterró una mano en el pelo y apretó para sentir sus labios contra la piel.
Max bajó una mano para acariciarla por encima de la armadura y ella gritó, enloquecida por un deseo arrollador.
—Dime lo que quieres —le susurró él al oído.
Seraphina se mordió el labio al tiempo que le aferraba la mano para que siguiera acariciándola.
—Te necesito dentro.
Max le mordisqueó el lóbulo de la oreja al tiempo que se frotaba contra ella. Después la besó con dulzura en la mejilla y el roce de su aliento la torturó con su calor.
Acto seguido, la soltó y se alejó de ella como si tal cosa.
Esos ojos dorados la atravesaron con un gélido desprecio.
—No soy tu puto ni un objeto de tu propiedad. Y tampoco soy tu perro faldero, siempre dispuesto a obedecerte.
Pasmada y sin respiración, Seraphina lo fulminó con la mirada.
—¿Cómo dices?
Max, que también respiraba con dificultad, se alejó aún más de ella.
—Ya te dije cuáles eran las condiciones con las que me casaba contigo. Una asociación de iguales. No me casé para ser un esclavo ni un sirviente dispuesto a obedecer todos tus caprichos y las reglas arbitrarias de las irrazonables leyes amazonias. ¿Y qué hiciste tú? Elegiste a tu tribu y me abandonaste. Todavía llevo las cicatrices que lo demuestran.
Seraphina dio un respingo, asaltada por los recuerdos de aquella lejana noche. Nala había estado a punto de matarlo.
—Era joven y tonta, pero he madurado y lo admito.
—Es demasiado tarde. Prefiero vivir la eternidad sufriendo un celibato monástico a pasar un día más con vosotras. ¡Lárgate! Tus hermanas te están aguardando.
Su rechazo la hirió más de lo esperado. Aunque eso no importaba. No había ido a suplicarle que regresara a su cama. Había ido en busca de su ayuda.
—No es tan fácil.
—Es así de fácil. Lo nuestro ha terminado. Yo he aceptado el hecho de que nunca podré tener otra amante, pero tú eres libre para buscar a un idiota con el que satisfacer tu deseo. Vete ya. No me molestes más.
Seraphina sintió un nudo en la garganta al recordar las últimas palabras que Max le había dirigido tanto tiempo atrás, mientras la miraba echando chispas por los ojos, ofuscados por su traición.
«Cuando nos emparejamos te dije que te entregaba alegremente mi corazón, mi vida y mi amor, pero que lo hacía con una condición: que jamás me vejaras. El amor no admite vejaciones. Y esta es la última vez que me haces daño. No quiero saber nada más de ti. En la vida.»
Pero el destino la había obligado a buscarlo.
Y no le quedaba alternativa. Necesitaba su ayuda.
El nudo que sentía en la garganta aumentó al pensar en la mejor manera de decirle lo que necesitaba. La odiaría todavía más cuando descubriera el secreto que le había ocultado. Y no podía culparlo. Había cometido un gran error al permitir que le hicieran todo lo que le hicieron.
Al hacer lo que le hizo personalmente.
Arcadia. Katagario. En retrospectiva, todo parecía ridículo. El agónico dolor que había visto en sus ojos esa noche le había dejado claro el inmenso daño que le habían provocado con su crueldad. Las cicatrices que habían dejado grabadas en su alma leal.
«Tienes que decírselo.»
Pero ¿cómo? La raza humana los había hecho sufrir mucho, a él y a sus hermanos, antes de que ella lo conociera siquiera, y por culpa de la crueldad que ella misma le había demostrado, los humanos lo habían hecho sufrir más si cabía. Estaba en su derecho de despreciarlos a todos.
«Deja de ser una cobarde. Debes decírselo. Tiene derecho a oírlo de tus propios labios.»
La verdad, no había una forma fácil de hacer lo que debía.
No había un método rápido, ni sencillo, ni delicado.
Al verlo alejarse hacia la puerta, comprendió que no le quedaba más remedio que soltárselo de sopetón.
—Maxis, tus hijos te necesitan. Si no te entrego, los matarán a los dos.