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El año no podía ir mejor. Y es que habiendo celebrado el primer día todas las amigas juntas, nada menos que en Berlín, el año empezaba por todo lo alto. ¡Les había traído suerte, seguro! Porque claro, desde que Marta se había trasladado allí hacía un año justo, eran pocas las ocasiones en las que podían estar todas juntas.

El día de antes habían sido los premios por el blog, y ahora Lucía acababa de enterarse por un cartel colgado en el pasillo del colegio que ese año se organizaría una gran fiesta de San Valentín, en poco más de una semana. La noticia le había quitado el sueño de golpe. Eran las nueve de la mañana y estaba como si se hubiera tomado tres Coca-Colas seguidas. ¡Sería genial asistir a la fiesta con Mario! Estaba tan encantada con su novio... Sonrió maliciosa al imaginar a Marisa y sus Pitiminís celosas de la muerte viéndola bailar con un chico tan impresionante y, también, mayor que ella (aunque no mucho, porque él iba a cuarto de ESO). Tendría que encontrar un vestido y unos zapatos perfectos para la ocasión, y eso que no tenía mucho tiempo... Se planteó la posibilidad de convencer a su madre de que le era imprescindible comprar ropa nueva ese fin de semana. Aunque pensándolo bien... era un plan abocado al desastre, sobre todo teniendo en cuenta que estaban viviendo una racha madre-hija bastante mala. El hecho de que María rechazase a Mario sin conocerlo sacaba a Lucía de sus casillas. Así que nada de tardes de compras madre-hija... quizá lo mejor sería recuperar el vestido de fin de año, después de todo Mario no había estado en Berlín para verlo...

En eso estaba rumiando Lucía ese martes por la mañana sentada ya en su pupitre cuando percibió la figura minúscula de Saratita, la profe de lengua y literatura, que se abría paso por el aula entre los alumnos como una hormiguita entre gigantes. Nadie se percató de su presencia hasta que tomó asiento en su mesa y, aun así, todos permanecieron de pie, hablando con los demás compañeros, como si no hubiera ningún profesor cerca. Toni el Musculitos se reía a carcajadas de alguna anécdota que su amigo Richie le contaba, mientras Marisa y Sam parloteaban sin parar sentadas sobre sus mesas. Lucía escuchó que Saratita tosía para tratar de llamar la atención sin efecto. El jaleo, en lugar de reducirse, se triplicó.

De pronto, la puerta se abrió y sonó una voz más imponente, y también más insoportable, que resonó entre las cuatro paredes:

—¡¿Qué está pasando aquí?! —preguntó Morticia, la tutora del curso, desde el umbral.

Lucía se fijó en que no iba sola. La acompañaba una chica alta, de pelo azul despeinado y ojos oscuros. Observaba a la clase como con media sonrisa que Lucía no supo interpretar.

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Los alumnos que estaban de pie se sentaron en sus sitios en el acto y se callaron, como si no hubieran roto un plato en su vida.

Morticia avanzó con la chica hasta el frente de la clase y se dirigió a Saratita, que miraba al suelo como una alumna amonestada más. Desde su fila Lucía no conseguía escuchar lo que Morticia le estaba diciendo en voz baja, pero la chica del pelo azul parecía divertirse muchísimo con aquella situación. Saratita asintió y Morticia se dirigió a la clase después con su hablar sosegado, pero soberbio:

—¿Tengo que venir yo... a castigaros para que hagáis caso... a vuestra profesora de lengua?

Mientras Saratita contemplaba la situación con la cabeza gacha, totalmente avergonzada, nadie dijo nada. Morticia debió de interpretar el silencio como un sí, porque anunció:

—Hoy pasaréis todos el recreo en el aula de estudio... Quizá así aprendáis la lección.

Esta vez sí, los murmullos de protestas corrieron rápido por la clase, pero a Morticia no le hizo falta abrir la boca. Bastó una mirada directa bajo sus cejas hiperarqueadas para que volviera el silencio.

—Ahora que estáis más tranquilos... Quiero presentaros a una compañera nueva... Ella es Alicia. Se incorpora ahora al colegio... Así que espero... vuestra colaboración para darle la bienvenida.

Alicia hizo una especie de reverencia que Morticia contempló con una mueca de desagrado. Los alumnos se rieron por el gesto y Lucía sintió curiosidad por aquella chica que no dejaba de sonreír. Como a ella lo que le iba era fantasear, imaginó que sería alguien alegre y confiado, y que estaría deseando formar parte de aquella clase, de integrarse y conocer los defectos de todos los profesores para poder criticarlos con sus compañeros. Sí, seguro que le encantaba hacer reír a sus amigos, como acababa de suceder. Morticia le pidió que se sentara y la chica nueva se dirigió al asiento que la tutora le señalaba: justo el que estaba al lado de Lucía.

En cuanto se sentó, Lucía la saludó animada. Seguro que se lo pasaban de maravilla juntas. Ya que tenía a sus amigas en la otra punta de la clase, quizá hacía una nueva este año.

—Hola, me llamo Lucía.

Entonces la sonrisa de Alicia se desvaneció por arte de magia y, con una voz que daba miedo, le dijo:

—Me importa un pimiento cómo te llames.

Lucía se quedó petrificada.

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¿Había oído bien? ¿Se lo había imaginado? Aquello no le cuadraba nada... Miró primero a Frida, que vocalizó «qué tal» en silencio, a lo que ella respondió con un encogimiento de hombros porque todavía estaba flipando. Después miró a Susana, que se mordía el piercing del labio y la observaba con el ceño fruncido, tratando de adivinar lo que había sucedido. Decidió que debía explicárselo a sus amigas para acabar de convencerse de lo que acababa de descubrir: esa chica era una maleducada. Así que sacó el móvil, lo colocó estratégicamente dentro del pupitre para que su nueva compañera no pudiera leer lo que escribía y entró en el grupo del WhatsApp ZR4E!

imagen, anunció.

La primera en contestar fue Bea, que al no estar en su clase no había tenido oportunidad de conocerla.

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Lucía estaba leyendo los mensajes de sus amigas cuando escuchó algo de fondo que, al principio, le pareció imposible:

—Profe, Lucía está hablando por el móvil.

Lucía levantó la cabeza patidifusa: Marisa jamás se había chivado de algo así porque, precisamente, ella whatsapeaba tanto o más. La posibilidad le pareció demasiado rastrera incluso para ella. Entonces... ¿quién la había delatado?

¡¡¡ALICIA!!!

No se lo podía creer, además de maleducada la chica nueva era una soplona. Lucía guardó rápidamente el móvil en el bolsillo de su chaqueta azul marino con la intención de negarlo todo, pero ya era demasiado tarde: Morticia, que estaba a punto de salir de la clase, se había acercado hasta su sitio a pasos agigantados y la contemplaba con la mano extendida:

—¿Me lo das, por favor?

—Pero, profe...

Le parecía tan injusto aquello que todavía no entendía qué había pasado.

—Pero profe nada.... Sabes de sobra que en clase no se usa el móvil... Dámelo, Lucía. Te lo devolveré al final del día.

No tuvo más remedio que obedecer: alargó la mano temblorosa y posó el teléfono en la de la tutora. Le costó horrores soltarlo. Morticia tuvo que tirar incluso para arrancárselo de los dedos. Cuando se lo llevó, Lucía se sintió hundida y decepcionada: ahora tendría que aguantar todas las clases de aquel día sentada al lado de esa criatura perversa sin poder desahogarse con sus amigas. ¿Podía sucederle algo peor? Se respondió a sí misma: sí, que esa situación se mantuviera el resto del curso e, incluso, de su vida escolar...

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Para cuando terminó la clase de lengua y literatura Lucía sentía tal tensión sobre los hombros que le dolía el cuerpo entero. Se había pasado la hora entera mirando al frente, incapaz de mover un músculo por miedo a que su nueva compañera soltara alguna de sus perlas. Y es que después de que Morticia se llevara el móvil había intentado preguntarle a Alicia el motivo por el que la había delatado y la nueva había recuperado su sonrisa para decirle:

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Una frase sencilla que pronunciada por esa chica sonaba a amenaza terrible. Lo más curioso era que la sonrisa que al principio le había parecido de alguien alegre, ahora le daba escalofríos... ¡diabólica total! Aun así, Lucía había sacado la valentía suficiente para responderle:

—¿Por qué no te caigo bien? Ni siquiera me conoces.

—No me hace falta. Anda, deja de hablarme ya, que me molestas y cuando algo me molesta, si no se calla por sí solo, lo callo yo.

Lucía la estaba mirando con la boca abierta, todavía asimilando la amenaza directa que acababa de recibir, cuando Alicia añadió:

—Por cierto, ¿sabías que el pelo pelirrojo como el tuyo se debe a un fallo genético?

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Lucía negó con la cabeza confundida: jamás en la vida había conocido a una persona tan borde. ¿Cómo podía llamarle fallo genético a alguien justo después de intimidarla de aquella manera? ¿De dónde había salido ese monstruo? Procuró mantenerse lo más lejos de ella, dentro de lo posible, considerando que las mesas estaban prácticamente pegadas. Le faltó sentarse en el suelo con tal de conseguirlo. De manera que el sonido del timbre que indicaba el final de la clase la hizo saltar de su sitio cual cohete y salir de allí como un rayo.

En el pasillo se encontró con las demás, que salieron casi a la vez deseosas de saber qué había sucedido. Lucía se quedó cerca de la puerta para poder vigilar a Alicia y asegurarse de que no se acercaba a ellas. ¡No podía remediarlo! Le había cogido miedo y todo...

—Suena peligrosa —dijo Susana al tiempo que se colocaba los mechones negros de su pelo recién cortado estilo chico detrás de las orejas.

—Y porque no has escuchado el tono con el que habla... ¡Y me ha llamado fallo genético!

Solo de recordarlo se le ponía la piel de gallina.

—Ni caso, tía... El pelo rojo es provocado por un gen recesivo que es raro, nada más —soltó Raquel desde sus alturas.

Todas la miraron un poco confusas con la explicación. Vale que fuera una sabelotodo gracias a todos los reportajes y documentales que se tragaba, pero eso ya era demasiado.

—¿Qué es eso del gen recesivo, doña Einstein? —preguntó Frida sacudiendo su melena corta y morena.

—Se refiere a características genéticas que, como el pelo rojo, son poco comunes. Muchas veces no se manifiestan, pero pasan a la descendencia. —Raquel manoteó el aire para restarle importancia.

—¡Qué bien saberlo! —exclamó Lucía un poco sarcástica—. La próxima vez se lo explicaré tranquilamente antes de que me machaque.

—A ver, nena. Vas a tener que aprender a ignorar a esa pava —le dijo Frida.

Con su altura, para Frida era fácil dar consejos sobre cómo hacer frente a alguien como Alicia, pero Lucía era tan bajita y poca cosa...

—¿Y cómo hago eso? —preguntó preocupada.

—Una vez vi un reportaje sobre cómo ignorar a alguien con quien compartes casa, podría ser útil para un caso como este quizá...

Las chicas se volvieron a Raquel otra vez con expresiones de alucine.

—¿Qué pasa? Vosotras no habéis convivido con dos hermanas pesadas.

—Yo con uno ya tengo suficiente, gracias —protestó Frida. Se refería al pobre de Dani, que era más bueno que el pan.

—¿Y qué son Marcos y Pablo? ¿Cobayas? —respondió Bea mencionando a sus dos hermanos mayores. Sus ojos verdes de gata se estiraban divertidos.

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Las chicas se rieron con la ocurrencia y Lucía notó que empezaba a deshacerse el nudo de su estómago.

—¡Bueno, tías! No me negaréis que las chicas son peores... —dijo Raquel. Pero ante la mirada desafiante de sus amigas, acabó por redirigir la conversación hacia el motivo original:

—¿Queréis que os cuente los consejos que daban en el reportaje o no?

—¡Sí! —exclamaron todas a la vez.

Lucía se sentía mejor. Hablar con sus amigas conseguía hacerla olvidar todos los problemas, incluso el peligro de muerte en persona sentada a su lado. Así que mientras Raquel les explicaba los distintos pasos para conseguir ignorar a una persona (decidir el tiempo que quieres ignorar a esa persona, decirle que has decidido ignorarla, crear una división física, distraerte cuando la tienes cerca, tener mediadores...), Lucía se iba animando por momentos.

—Creo que lo podré hacer —anunció al fin convencida de que así sería.

Tan absorta había estado en la conversación con sus amigas que había perdido de vista a Alicia. No fue hasta que se despidió de las chicas porque ya llegaba Estella, la profe de inglés, que devolvió la vista al interior de la clase y se encontró con algo que no le gustó nada: Marisa y su súbdita, Sam, estaban de pie junto a la mesa de Alicia, hablando con ella gozosas. La presencia de Alicia contrastaba estrepitosamente con la de esas dos cursis: Marisa con su melena perfectamente alisada, llena de mechas perfectas sobre su cutis perfecto, y Sam, con su mirada asiática siempre petulante, ambas luciendo sus uniformes ajustados a sus siluetas de modelo, mientras que Alicia, con su caótico pelo azul, había elegido una talla de la falda, de la blusa y de la chaqueta algo más grande de lo que le tocaba.

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Marisa, que se percató de que Lucía se había parado en el umbral de la puerta para mirarlas como un pasmarote, levantó la mano para saludarla como si nada y le sonrió alegre. Lucía no sabía qué sonrisa le gustaba menos, si la de la macarra o la de la reina de las Pitiminís; una por tétrica y la otra por hipócrita. A pesar de ser tan distintas en la superficie, se temía que esas dos iban a hacer buenas migas... A Lucía no le extrañaría nada que Alicia entrara a formar parte del grupo más creído y vil del colegio. ¡Tal para cual!

No iba a permitir que entre esas dos le arruinaran la buena racha que estaba viviendo en el colegio en ese momento. Tendría que seguir los consejos de Raquel y aprender a ignorar a todas fuera como fuese.

cap-2

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Como Morticia había castigado a toda la clase de segundo A a pasar el recreo en el aula de estudio, Raquel y Bea se apiadaron de Lucía, Frida y Susana y las acompañaron a engullir el desayuno en el pasillo a toda prisa. Lucía hasta se atragantó con las magdalenas y tuvo que salir corriendo al lavabo para beber un poco de agua. Las demás la siguieron, y ya se quedaron allí charlando el ratito que les quedaba. Lucía se sentó en la pica de las manos, Frida se apoyó muy cerca de su amiga, y las demás se mantuvieron de pie alrededor.

—¿Llevaréis a vuestros chicos a la fiesta de San Valentín? —les preguntó.

Ella se había pasado la hora de inglés planeando su propia estrategia para proponérselo a Mario. Esa había sido una buena manera de ignorar a Alicia, e incluso había llegado a olvidarse de que la tenía sentada al lado.

—Yo he enviado un mensaje a Aitor antes y me ha dicho que sí. Pero que pasa de trajecitos ni pajaritas —respondió Bea con una sonrisa resplandeciente.

Salir con el hermano de Susana le sentaba de maravilla. Siempre tenía el rostro iluminado y feliz. Eran la pareja perfecta. En los meses que llevaban juntos no habían tenido apenas enfados ni malos rollos. Lucía soñaba con tener algo así, y Mario empezaba a hacerlo realidad. Sin embargo, no se sentía tan confiada con él como para proponerle ir a una fiesta de enamorados por WhatsApp. Necesitaba verle la cara cuando se lo preguntara para asegurarse de que no le parecía una chorrada. ¿Sería siempre todo así con él? ¿O llegaría el día en que podría ser tan transparente con Mario como Bea lo era con Aitor?

—Yo hablaré con Charlie, a ver si se apunta y así vamos todos juntos, ¿no? —dijo Raquel y Lucía le dio un codazo para chincharla.

—Eso, tú dile a Charlie que se apunte al grupo. ¡Hará lo que sea con tal de estar contigo!

A Raquel se le encendieron las mejillas. Movió la cabeza y las cubrió con los mechones rubios que le caían sobre la cara.

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—Pues yo no sé si Iván va a querer venir conmigo... —dijo de pronto Susana con gesto preocupado.

—¿Por qué? —preguntaron todas a la vez.

Susana sacó el móvil del bolsillo de su chaqueta y les enseñó el whatsapp que ella le había enviado esa mañana después de enterarse de la fiesta de San Valentín:

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—¿Esa es tu manera de invitarle? —preguntó Bea con los ojos hiperabiertos.

—Ya sabes que a mí no me van las cursiladas —se defendió Susana encogiéndose de hombros.

—Y él, ¿qué te ha respondido? —quiso saber Lucía.

—Nada, no me ha respondido.

—¿Y te extraña? —volvió a reprenderla Bea.

Susana le sacó la lengua.

—¿Tú quieres que vaya? —le preguntó Lucía directamente.

—Bueno, si vamos todos puede ser divertido... —se excusó Susana para quitarle importancia al acontecimiento en sí.

—No es esa la pregunta que te he hecho. No hagas como Raquel. ¿Tú quieres estar con Iván o no?

Susana se mordía el piercing, pensativa, mientras las demás la miraban expectantes. Al cabo de un rato respondió en un tono de voz que sobrecogió a todas:

—Sí. Hacía mucho que no sentía algo así por alguien.

—Pues entonces... —empezó a hablar Frida.

Lucía sabía que estaba a punto de soltar uno de sus lemas en favor de la lucha, cuando Susana la interrumpió:

—Pues entonces nada. Llevo meses pasando de él y ahora él es el que pasa de mí. Me lo merezco. He perdido mi oportunidad y ya está —resolvió contundente.

—Pues no, no está —replicó Frida—. No sabía que te rindieras tan fácilmente, nena.

Susana cabeceó y comenzó a confesar todos sus pecados: no había tratado a Iván como se merecía. Desde que lo conoció el septiembre pasado él se había mostrado atento, con continuos gestos románticos a los que ella no estaba nada acostumbrada. Así que había pasado de esos gestos porque le parecían pegajosos, incómodos... Hacía ya unas cuantas semanas que Iván había dejado de tenerlos. En el colegio ya ni se veían y, fuera de él, el último encuentro había sido bastante frío. Quedaron para tomar un café y hablaron de poco más que de las clases y del tiempo.

—Yo creo que se ha acabado —confesó Susana con ojos apesadumbrados.

Nunca habían visto así a Susana, por lo que estaban todas, como poco, alucinadas. Lucía posó su mano en su hombro y lo acarició. Ella se dejó hacer.

—¿Habéis hablado de cortar? —le preguntó Raquel.

Susana negó con la cabeza.

—Entonces nada se ha acabado. Todavía puedes hacer algo, tía.

—No sé...

—Por lo pronto, vamos a cambiar tu estrategia. Porque, chica, hace aguas... —dijo Lucía, que consiguió arrancar una sonrisa a Susana.

—Tenemos una semana para que reenamores a Iván —resolvió Bea.

Cuando Susana abrió la boca para corregirla (eso de reenamorar no iba nada con ella), Lucía la frenó:

—Primer consejo: pon un poco de romanticismo en tu vida.

Susana entornó los ojos y Lucía se rió. Sí, entre todas conseguirían que su amiga recuperara al chico que la tenía enamorada por mucho que le costara reconocerlo.

Al mirar el reloj, Frida anunció que llevaban ahí metidas un buen rato y que el aula de castigo las esperaba. Lucía se abalanzó con las piernas para saltar del lavabo y caer al suelo en un perfecto salto. Raquel la ayudó a no torcerse nada. Bea se lavó bien las manos antes de caminar cogida del brazo de Susana.

Se dirigían ya a la puerta para salir de allí cuando escucharon una tos en el último lavabo, que permanecía cerrado. Se detuvieron al instante y se miraron extrañadas: llevaban un rato hablando sin parar y allí no había entrado ni salido nadie. ¿Cuándo había llegado esa persona y por qué no había salido? ¿Había estado escuchando toda su conversación? Entonces olieron algo que hasta entonces les había pasado desapercibido: el humo que se esparcía por el aire a través del hueco de arriba de la puerta. ¡Alguien se había escondido allí para fumar!

Mientras recorrían el final del pasillo hacia el aula de estudio comentaron lo fuerte que era lo que acababan de presenciar.

—¡Qué asco! —exclamó Lucía, que no comprendía cómo había personas a las que les gustara inspirar esa porquería.

—Es casi como si pusieran la boca en un tubo de escape —añadió Raquel y Lucía notó cómo se le revolvía el estómago.

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Susana concluyó que sería alguna de las mayores, de Bachillerato, que habría bajado a ese piso para que nadie la pillara.

—¡Pues que se vaya a apestar su lavabo! —exclamó Frida, que, como deportista sana y vital estaba totalmente en contra del tabaco, como las demás.

Ya en la puerta del aula de estudio, tras animarlas para que esa media hora no se les hiciera demasiado pesada, Bea y Raquel se despidieron y se marcharon en dirección al patio.

Al entrar, Lucía se fijó en que ya estaba toda la clase dentro y no tenían más remedio que sentarse en sitios separados. Deseó con todas sus fuerzas poder encontrar un pupitre lejos de Alicia y al buscarla entre los demás se percató de que todavía no había llegado. Mejor, así en ese rato se libraría del estrés que le provocaba su presencia maligna.