
Fueron necesarios tres días de espera, pero a las cuatro de la mañana de un domingo la calle se vació de Seguidores ante la casa de Abigail. Era posible que hasta los obsesos necesitasen dormir de vez en cuando. También ella podría descansar, pero, más que eso, ansiaba libertad. Había pasado casi una semana desde que se marchó de su casa.
Garabateó una nota a sus padres, metió un montón de cosas en el coche y salió pitando sin dejar de mirar por el retrovisor durante todo el camino hasta abandonar la ciudad y durante las dos horas de coche hasta el Shenandoah. Las incontables veces que había recorrido aquellas carreteras con su familia estaban repletas de juegos, canciones y vídeos, y a veces las pasaba soñando despierta, sin más, pero ahora lo hacía con una creciente sensación de pánico.
Hizo caso omiso de los años que sus padres se habían pasado diciéndole que avisara de su presencia a un guarda forestal nada más llegar al parque, dejó el coche cerca del comienzo de la pista más desierta que fue capaz de encontrar y echó a andar por un sendero que estaba a punto de quedar oculto por el follaje. A primera hora de la tarde tendría que elegir un sitio para acampar. Por ahora tan solo deseaba desaparecer entre los árboles. Si era capaz de evadirse de los Seguidores un rato más, aquella vegetación le daría una cierta paz, al menos por unos pocos días.
Notaba la carga de la mochila en los hombros mientras ascendía con paso pesado por la ladera rocosa, apartaba los helechos y se llevaba las esporádicas gotas de rocío que quedaban sobre las hojas. El sonido de un torrente más arriba la espoleaba con la promesa de una cascada. Sería una bendita distracción del constante rumiar que se había apoderado de sus pensamientos en los últimos veintitrés días. Maldito juego.
Le dio un manotazo a una rama baja, y el agua y las hojas le cayeron por la cabeza. Qué más daba, tampoco era que hubiese nadie por allí para ver los restos de follaje adheridos a su piel y su cabello. Sin embargo, pensar en otras personas le llevó de manera inmediata a una serie de imágenes tan insistentes como indeseadas. Y de temores. Miedos que se alojaban al borde de su consciencia y parecían cobrar forma física, esta vez en el sonido de unos pasos amortiguados detrás de ella.
Se paró en seco, a la espera, rezando por que aquel sonido no hubiera sido más que su imaginación. Su cerebro la traicionaba mucho últimamente. Hacer un alto. Concentrarse. Pensar.
Las pisadas se detuvieron un instante y se reanudaron, más rápidas. Sí, había alguien tras ella. ¿Y ahora qué?
¿Esconderse detrás de un arbusto y dejar que pasara aquella persona? Tenía que ser un senderista cualquiera que buscase, probablemente, la misma soledad que buscaba ella. Aun así, esconderse no sonaba como si fuera el mejor plan. Echó a correr hacia delante para ganar cierta distancia y se metió entre los brazos de un exuberante rododendro.
Los pasos se oyeron con más fuerza, y su peso sugería a alguien corpulento. ¿Sería aquello la «consecuencia» con la que amenazaban esos idiotas que llevaban el juego si no se mantenía accesible para los fans? Sin embargo, nadie podía esperar de ella que fuese amable con los imbéciles que llamaban a todas horas, los asquerosos que la seguían al cuarto de baño o aquellos enfermos mentales que habían creado esa horrenda web con las imágenes de ella y de los demás jugadores sobreimpresas con el objetivo de una mirilla telescópica. Cuando se encontró con aquello, se inventó una enfermedad que la retuvo en su casa la semana pasada entera. Pero no podía esconderse para siempre. Y tampoco tenía pinta de poder conseguir órdenes de alejamiento para todo el planeta.
Su respiración se aceleraba y se volvía menos profunda conforme se acercaba quien fuera que venía detrás de ella. Los pasos eran rítmicos, medidos. Quizá no fueran humanos. Qué curioso resultaba que la posibilidad de que se tratase de un oso negro le preocupase menos que si el intruso fuera otro senderista. O quizá las pisadas no fueran siquiera reales. Todo esto podía ser un sueño, manipulado del mismo modo que todos y cada uno de sus pensamientos conscientes durante el juego, e incluso después. Estaba resultando cada vez más difícil descubrir qué estaba sucediendo realmente. Como la nota que había encontrado en una revista cuando se escapó al centro comercial: «Querida Abigail: el juego no se acaba hasta que nosotros lo digamos».
¿Cómo podría saber alguien que entraría en aquella tienda en particular, y que hojearía aquella revista en especial? Aun así, cuando terminó de repasar todas las revistas de la estantería para ver si habían toqueteado alguna otra, ya le había perdido la pista a la nota en cuestión, como si jamás hubiera existido. Probablemente la había robado alguno de esos «nosotros» desconocidos que espiaban todos y cada uno de sus movimientos. Aquella era la peor parte, no ponerle cara al enemigo, mientras que su propia imagen estaba disponible para todos, como una especie de cromo perverso.
A los pasos se unió un silbido. Ni siquiera una imaginación tan activa como la suya era capaz de concebir un escenario en el que un animal conociese la melodía de «Somewhere Over the Rainbow». Se le humedecieron los ojos al obligarse a creer que aquella persona no era más que un simple excursionista de buen humor.
Los pasos se detuvieron. Ella se agachó más entre la vegetación cuando se agitaron los arbustos cercanos.
—Sé que estás ahí —dijo una voz profunda.
Sintió un temblor en el vientre. Se apretó contra el árbol a su espalda, y deseó haberse subido a él. No había nadie en kilómetros a la redonda, y un vistazo rápido al móvil le mostró que no había cobertura. Mira tú por dónde. Su móvil no le daba más que motivos de sufrimiento en aquellos días.
Las ramas del rododendro entre las que ella se escondía se abrieron para revelar el rostro de un hombre con cara de pitbull y un aliento que olía a beicon. Cielo santo, habría sido mejor no ponerle cara a sus torturadores. Aquel rostro interpretaría un papel protagonista en sus pesadillas durante el resto de su vida. Por muy larga que esta fuese.
Sus manos carnosas apartaron las ramas todavía más.
—¿Por qué no sales de ahí, encanto? Pongámonos las cosas fáciles.
Se le contrajeron todos los músculos, y casi le cedieron las rodillas. El absoluto pavor que surgía de su vientre fue peor que durante la última ronda del juego, cuando se enfrentó a un cuarto lleno de serpientes. Y pensar que ese había sido para ella el peor temor del mundo.
A pesar del temblor que le sacudía el pecho, reunió de algún modo las fuerzas para decir:
—Déjame en paz, gilipollas.
El hombre se sorprendió.
—No hace falta ponerse borde. He sido tu mayor partidario.
Su mirada recorrió veloz la penumbra del sotobosque. Solo había una opción con algún tipo de esperanza. Dejó que la mochila se le deslizase de los hombros, al suelo, antes de abalanzarse hacia la zona menos densa de ramas. Aun así, seguía habiendo las suficientes para arañarle los brazos al atravesarlas de golpe hacia el sendero. Por desgracia, el hombre bloqueaba el camino de regreso hacia su coche, de manera que su única opción era seguir adentrándose en aquel bosque empinado.
Echó a correr, seguida por unos pasos atronadores. Todos los sonidos quedaron pronto amortiguados en la caída de la cascada, más adelante, que le salpicó la cara con una fina llovizna al acercarse a la barandilla desvencijada del mirador. La única manera de continuar avanzando era un descenso por el pronunciado y rocoso precipicio, con unos pedruscos cubiertos de musgo.
Por detrás llegaba el silbido desafinado, en un tono que atravesaba el ruido del agua. Se volvió para enfrentarse al hombre, cuyos bolsillos abultaban con formas irregulares que le traían a la mente las diversas armas en una partida de Cluedo. Tampoco es que el hombre necesitase un candelabro o un cuchillo, con aquellos brazos tan gruesos como los troncos de los árboles cercanos. ¿Qué quería? ¿Sería un Seguidor furibundo que había decidido castigarla por perderse la retransmisión del «epílogo» con los demás jugadores la noche antes? Ella lo había visto, con la mano en la boca, mientras sus compañeros de juego bromeaban y se reían a pesar de los temblores en las mejillas y las oscuras bolsas debajo de los ojos. Sin embargo, ninguno de ellos había respondido a sus mensajes de texto después de aquello, como si verse asociados con ella supusiera una mayor amenaza que quien fuera que les estaba dando caza. Era demencial. A ella nadie le había dicho nada sobre los vídeos de seguimiento ni sobre los acosadores cuando se apuntó al juego.
Pasó por encima de la valla tratando de agarrarse al metal resbaladizo. ¿Sería capaz de bajar hasta el río sin partirse la crisma?
—No hace falta llegar a eso, Abigail —gruñó el hombre y se metió la mano en el bolsillo—. Solo tienes que volver aquí y trabajar conmigo. Podríamos grabar algo que no tiene nadie más, ganar mil créditos.
¿Créditos? Debía de ser uno de esos pirados que grababan vídeos de los jugadores sin mayor motivo que ganarse el respeto de sus colegas Seguidores, que se concedía en forma de votos favorables, o «créditos». De haber alguna forma de medir el terror que sentía, aquel tío se llevaba la palma. Los pervertidos enloquecían con aquello. Pero ¿sería capaz aquel hombre de ir aún más lejos? Se le hizo un nudo en la garganta con aquella idea. Respirar hondo. Concentrarse en buscar una salida.
El tipo la miró con la cabeza ladeada, como si estuviera valorando la composición y la luz. ¿Sería posible que todo cuanto quisiera fuese una foto? Contuvo la respiración cuando él fue a sacar la mano lentamente del bolsillo. Solo fue capaz de pensar en lo raro que era que no hubiese discurrido toda su vida ante sus ojos. Se acordó, no obstante, de una película antigua que vio en clase de Lengua en octavo curso, ¿La dama o el tigre? Le había fastidiado que la película dejase colgado al público. ¿No podían haber escogido un final?
Y ahora, delante de ella, un desconocido podía estar sacando una cámara o una pistola, dependiendo de lo que pretendiese arrebatarle, su imagen o su vida. Con un sollozo, se percató de que una parte de ella deseaba la opción que no se habría imaginado que escogería antes de participar en el juego, solo con tal de poner fin a aquel horror que se había convertido en su realidad.
La mano del tío salió del bolsillo con un último tirón, agarrada a una cámara, minúscula y negra, como un pequeño insecto. Soltó un suspiro y contuvo un sollozo en la garganta. Así que al final se trataba de una foto. Quizá, si lo intentaba con todas sus fuerzas, podría fingir una sonrisa y todo se habría acabado. Podría bajar corriendo por el sendero, conducir de vuelta a casa como alma que lleva el diablo y esconderse en su cuarto el resto del día. O más. Los Seguidores tendrían que acabar perdiendo el interés en ella, en especial cuando arrancase otra edición, con un nuevo elenco de participantes.
—Una bonita sonrisa —le dijo el hombre delante de ella.
Ella le miró fijamente y trató de curvar hacia arriba las comisuras de los labios. Una perla de sudor le rodó por la sien, seguida de inmediato por otra. Unos pocos segundos más y todo aquello habría acabado.
Clic.
Suspiró. Vale, si eso era lo que quería, todo bien. Bueno, bien no, pero sí soportable.
Y entonces, con una sonrisa torcida, el hombre metió la mano en el otro bolsillo.

Soy la chica que está detrás de la cortina. Literalmente. Pero después de abrir el gran telón para el Segundo Acto, tendré cuarenta minutos que matar, sin cambios de vestuario ni maquillaje que coordinar a menos que alguno de los actores necesite algún retoque rápido. Respiro hondo. Las cosas han ido como la seda en la noche del estreno, lo cual me preocupa. Siempre sale algo mal en el primer pase. Es una tradición.
Me debato entre irme al camerino de las chicas, donde la charla será sobre los tíos, o quedarme fuera, en el pasillo, donde sí que me podría tropezar físicamente con alguno de ellos, bueno, con uno en particular. Dado que el tío en cuestión tiene una entrada dentro de diez minutos, escojo el pasillo y saco el móvil aunque la señora Santana, nuestra profesora de teatro, nos tiene amenazados de muerte para que los mantengamos apagados durante todas las representaciones.
Nada nuevo en mi página de ThisIsMe. No me extraña, ya que la mayoría de mis amigos está en la obra o entre el público. Envío un mensaje:
Aún quedan entradas para los dos siguientes pases, ¡así que compra una si es que no has movido ya el culo hasta aquí!
Ya está, he cumplido con mi deber cívico.
Junto con el mensaje, cuelgo una foto que me he sacado antes de la función con mi mejor amiga, Sydney, la protagonista de la obra. La foto es algo así como esos libros de preescolar que te muestran los contrarios: ella, la Barbie Hollywood rubia, a mi lado, que soy la muñeca Blythe retro con la piel pálida, el pelo castaño oscuro y los ojos un tanto grandes para mi cara. Eso sí, por lo menos, la sombra metálica que he cogido del kit de maquillaje del reparto hace que parezcan más azules de lo normal.
Un anuncio de Custom Clothz me salta en el móvil con la promesa de mostrarme lo bien que me queda su nueva colección de verano. Pensar en ropa de verano en Seattle es hacerse ilusiones, en especial en el mes de abril, pero hay un vestido de color lavanda con falda larga que es demasiado mono para resistirse, así que subo una foto mía y relleno los datos de mi altura, metro sesenta y dos, y peso, mmm, no sé cuántos kilos. Mientras decido qué otras medidas introducir, una risotada que me resulta conocida sale del camerino de los chicos, seguida de su dueño, Matthew, que se me acerca con sigilo hasta que nuestros hombros se tocan, bueno, mi hombro con su bíceps esculpido en el equipo de fútbol americano.
Se inclina para que sus labios se queden a milímetros de mi oreja.
—Una noventa B, ¿verdad?
Aj, ¿cómo me ha leído el móvil tan rápido? Lo aparto de su mirada.
—A ti qué te importa.
Más bien una ochenta y cinco A, ya puestos, especialmente con el sujetador que llevo esta noche, fino como el papel, que tampoco promete ningún milagro.
Se ríe.
—Estabas a punto de compartirlo con desconocidos, ¿por qué no conmigo?
Apago la pantalla.
—Es solo para esa bobada de anuncio, no para alguien de verdad.
Se da media vuelta para que quedemos frente a frente, con los antebrazos presionados contra la pared a cada lado de mi cabeza, y va y me dice con esa voz suya de seda que siempre suena como si te estuviera contando un secreto:
—Venga, tengo verdaderas ganas de verte con ese vestido.
Me aplasto el brazo detrás de la espalda.
—¿En serio? —comparada con la suya, mi voz es de plástico chillón. Encantadora.
Me rodea con el brazo y me desliza el móvil de entre los dedos.
—O quizá con algo, ya sabes, más cómodo.
Se vuelve a deslizar a mi lado, toquetea el móvil, lo sostiene en alto y me enseña una imagen de mi cara puesta sobre un cuerpo que luce lencería blanca. El tamaño del pecho parece descomunal, más allá de la talla D.
Un ardor me sube por el cuello.
—Muy gracioso. ¿Qué tal si lo hacemos ahora con una tuya?
Empieza a desabrocharse la camisa.
—Yo te hago un pase en persona, si quieres.
El pasillo se vuelve sofocante. Me aclaro la garganta.
—Mmm, tienes que dejarte puesto el vestuario, así que ¿por qué no empezamos con tu yo virtual? —cielos, ¿sería capaz de sonar menos sugerente?
En sus ojos hay un destello más verde de lo normal.
—Claro, cuando terminemos de disfrazar a la Vee virtual.
Nos pegamos el uno al otro mientras él va seleccionado distintas partes de arriba y de abajo de un bikini. Cada vez que trato de quitarle el móvil, él se ríe y vuelve a tirar de él. Pruebo una táctica distinta, la indiferencia. Casi funciona cuando le sorprendo con un barrido rápido. No soy lo bastante veloz para quitarle el teléfono, pero al menos pulso en la parte correcta de la pantalla y cierro el probador virtual. Lo reemplaza un anuncio de ese juego nuevo que se llama NERVE, algo así como «valor», que viene a ser fundamentalmente un «verdad o reto» pero sin la parte de «verdad». Debajo de un letrero que dice «¡MIRA QUIÉN JUEGA!» saltan las fotos en miniatura de unos chavales que están llevando a cabo diversas misiones.
Matthew arquea las cejas.
—Oye, vamos a ver cómo lleva esta chica el reto de fingir que roba en una tienda.
Inclina el móvil para que podamos ver un video de una chica llena de piercings que se está metiendo frascos de esmalte de uñas en los pantalones de camuflaje. Mmm, aunque lo esté fingiendo, parece un delito grave meterse cualquier mercancía en esos pantalones. ¿Y cómo se las arregla para pasar por los controles de seguridad de los aeropuertos con todos esos imperdibles en la mandíbula? Como si estuviera oyendo mis ácidos pensamientos, la chica se vuelve hacia la cámara y saca el dedo. La imagen amplía los rasgos de lobo de su rostro y se me ponen rígidos los hombros. Con una sonrisita de suficiencia, desfila de la tienda y sale al aparcamiento, donde utiliza el esmalte de uñas para pintarse un «XXX» carmesí en la frente.
El vídeo se funde en negro, y Matthew hace clic debajo para darle a la chica una calificación de cuatro de cinco estrellas posibles.
—Yo solo le habría dado un tres, si acaso. El reto era fingir un robo, no robar de verdad —le digo—. ¿Qué especie de idiota se grabaría quebrantando la ley?
Él se ríe.
—Vamos. A eso había que echarle huevos. ¿Y quién se va a quejar de que lleve el reto más lejos de donde le han pedido? Va a ser divertido verla en las rondas en vivo.
—Vaya, eso no se lo digas a Sydney. Se moría por presentarse a las pruebas para la edición de este mes, hasta que se enteró de que estaba programada para nuestra noche de cierre.
—¿Qué pasa, es que no le basta con ser la protagonista de la obra?
Cambio el peso del cuerpo de una pierna a la otra. Aunque le tomo el pelo a Sydney por ser una diva, no lo diré a sus espaldas.
—Nadie gana premios fabulosos en el teatro del instituto.
Él se encoge de hombros, y su atención regresa sobre el teléfono.
—Eh, mira este vídeo de un tío que deja que su perro le dé lametones a la sopa que él tiene en la boca.
—Asqueroso.
Matthew le da cinco estrellas de todos modos. En cuanto lo hace, salta un anuncio que dice: «sube tu vídeo si quieres la oportunidad de competir en vivo el próximo sábado, ¡aún te da tiempo!».
Agita el teléfono delante de mí.
—Deberías hacer uno tú, pequeña Vee.
—Eh, hola. Que soy yo quien os maquilla el sábado, ¿se te ha olvidado?
—Me refiero a hacer uno de esos retos preliminares, por pasar el rato. Si da la casualidad de que te escogen para las rondas en vivo, alguien te puede sustituir con el maquillaje.
Resulta obvio que piensa que no me seleccionarán ni loca y que, en el caso de que lo hicieran, cualquiera le puede untar un pegote de maquillaje a los actores. De repente me siento más pequeña.
Me doy un tirón de la falda.
—¿Por qué molestarme? Jamás jugaría en serio, de todas formas.
El mes pasado, la primera vez que se celebró el juego, mis amigos se reunieron en mi casa y pagaron entre todos para ver online las rondas en vivo. Ser un Seguidor ya era lo bastante emocionante. ¿Esos jugadores de la ronda del gran premio de la Costa Este que se pasaron media hora con los dedos de los pies agarrados al borde de un tejado? No, gracias.
Matthew toca sobre un par de botones en la web de NERVE.
—Aquí tienes una lista de los retos que puedes intentar: comer con las manos en un restaurante elegante, ir a una tienda exótica de alimentación y preguntar si tienen criadillas de cabr…
—No voy a hacer ningún reto.
Escribe algo en mi móvil.
—Ya sé que no. Solo te tomo el pelo porque estás muy mona cuando te pones como un tomate.
Greta, que se encarga del atrezo, viene corriendo desde detrás del escenario y le da un toque en el brazo.
—Entras en dos minutos.
Me devuelve el móvil, y ya se encuentra a tres metros de distancia cuando me doy cuenta de que me ha actualizado el estado civil en ThisIsMe, de «soltera» a «prometedor». Me da un pequeño vuelco el corazón. Aunque tengo casi media hora hasta el telón final, le sigo hasta la zona de bastidores. Desfila bajo la luz del foco y ocupa su lugar a la izquierda del proscenio, junto a Sydney, donde bromearán, discutirán, se besarán y cantarán antes de que termine la función.
Por ahora, Sydney domina el escenario, iluminada con tanto dramatismo en esa rubicunda gloria. Siento una oleada de orgullo ante la impactante visión que he creado con sus atractivos naturales. Por supuesto, empleo más tiempo con Matthew, dándole contorno a todos y cada uno de los planos de su rostro con un tierno cuidado. Incluso a siete metros de distancia, el reflejo de los focos en sus ojos hace que las piernas se queden como si fueran de chicle.
Recito las frases con los actores durante la siguiente media hora hasta que llegamos a la escena final, en la que se reúnen los amantes desventurados. Matthew toma el rostro de Syd en sus manos, y sus labios se encuentran en un beso que dura uno, dos, tres segundos. Me muerdo el labio para combatir un arrebato de envidia por mucho que Syd insista en que Matthew tiene mucho más de imagen que de sustancia. Ella siempre cree que sabe qué es lo mejor para mí.
Todo el reparto se une a Sydney y a Matthew para cantar a grito pelado la canción final, y yo cierro el telón. Dado que saludarán al público desde el proscenio, he terminado con mis deberes en el escenario y me dirijo al camerino a recoger el vestuario. La zona de las chicas está cargada del aroma de la laca y un enorme ramo de rosas rojas que descansa en medio de la mesa de maquillaje. Compruebo la tarjeta. Para Syd, por supuesto. Unos pocos minutos más tarde, ella entra en el camerino bailando con las demás chicas del reparto, sin aliento, entre risitas.
De manera instintiva, le doy un abrazo a mi mejor amiga.
—Has estado genial. Y mira lo que te ha enviado alguien.
Suelta un gritito y abre la tarjeta. Pone los ojos como platos.
—Un admirador anónimo.
Quiero soltar un gemido ante una treta tan obvia.
—Anónimo durante unos dos minutos, hasta que se cuele por aquí para adjudicarse el mérito.
Olisquea las flores y sonríe, acostumbrada a este tipo de atenciones.
—¿Has conseguido que tus padres cambien de opinión sobre esta noche?
Siento una tensión en el pecho.
—Qué va. Al menos, me van a dejar salir de la cárcel para la fiesta de la noche del cierre.
Después de cinco meses siguiendo sus normas al pie de la letra, les he convencido de que me he ganado mi libertad. A no ser que contemos ir a trabajar en la obra o a estudiar a la biblioteca, será la primera vez que me dejen salir con mis amigos desde el «incidente», que en realidad solo fue un incidente en la imaginación de mis padres. No es que den crédito a mi constante insistencia en sentido contrario.
—Entonces yo tampoco voy —dice Syd.
Le doy un puñetazo fingido en el brazo.
—No seas boba. Te has ganado una buena fiesta. Lo único es no pillarte un resacón que te deje unas buenas ojeras. Mis habilidades con el maquillaje solo las pueden cubrir hasta cierto punto.
Se desata los lazos del corsé.
—¿Estás segura? Sobre la fiesta, me refiero. Mira que tengo plena fe en tus habilidades como maquilladora.
Le ayudo con los cordones en la espalda.
—Pues claro. Tú cuéntamelo todo, o, mejor aún, cuelga fotos, ¿vale?
Cuando Sydney y las demás terminan de quitarse el vestuario, recojo la ropa y compruebo cualquier prenda que pueda necesitar un planchado rápido o quitar alguna mancha para la función de mañana. Sydney me da otro abrazo antes de largarse con Greta y las demás.
Unos minutos después de que se hayan ido, Matthew asoma la cabeza en el camerino.
—¿Cómo está la atrevida y pequeña Vee?
Aunque siento un cosquilleo en el estómago al verle, trato de mantener la compostura mientras examino una chaqueta de tweed y compruebo los puños.
—Estoy bien.
¿Quién necesita una fiesta en la noche del estreno cuando me puedo quedar con él un ratito más allá de mi hora? Sí, tal vez mi estado sea verdaderamente prometedor después de todo.
—¿Te vas con Syd a casa de Ashley?
—Ella sí. Yo no puedo.
—¿Todavía estás castigada? Joer, chica, empieza a estudiar más.
Tanto él como la mayoría de mis amigas creen que la severidad de mis padres se debe a las malas notas. Solo Sydney sabe la verdad.
—Por lo menos me dejarán ir a la fiesta del equipo en la noche de cierre. Me pondrán hora a medianoche.
Quizá, si le dejo caer la noticia de mi futura libertad, él me ayude a encontrar la manera de aprovecharla el sábado.
Hace un gesto con la barbilla hacia las rosas.
—¿Ha descubierto de quién son?
Se me corta la respiración un instante.
—¿Cómo te has enterado de que son de un desconocido?
Guiña un ojo.
—Me las apaño. Nos vemos mañana —con un lento gesto negativo de la cabeza, me echa un último vistazo y dice—: Mmm mmm, eres demasiado encantadora para estar trabajando entre bastidores.
Dicho eso, se larga.
¿Eso es todo? Nuestra oportunidad de quedarnos a solas, ¿y se marcha? Se me retuerce el estómago. Y ¿qué más le daban las flores? Trato de no sacar conclusiones precipitadas, pero aun así repaso las posibilidades. Tal vez algún amigo suyo esté colado por Sydney, y Matthew esté reconociendo el terreno. Sin embargo, algo había en su tono de voz que sonaba inseguro, vulnerable. ¿Habría traído Matthew las flores? Ella es la coprotagonista con él, pero aun así. Mi único consuelo es que, si Matthew le compró de verdad las rosas, ella no se había molestado en llevárselas a casa.
Aprieto los dientes mientras saco una llavecita del bolso para abrir un armarito que guarda el arma secreta de los jefes de vestuario: un pulverizador lleno de una mezcla de vodka con agua. Es un modo barato de revitalizar las prendas. La señora Santana insistió en que ella jamás había confiado a un alumno el uso del pulverizador sin supervisión. Me alegro de que al menos un adulto tenga fe en mí en estos días, pero si papá y mamá se enterasen, pedirían su cabeza.
Se acercan unos pasos, y asoma la cabeza en el camerino Tommy Toth, quien diseñó los decorados y preside toda la cuestión técnica.
—Esta noche ha ido genial, ¿eh?
Pulverizo en el interior de un pesado vestido de cuentas que está un tanto arrugado.
—Sí, como la seda.
—Ya se ha ido todo el mundo. Cuando termines, te acompaño a tu coche.
Si diesen un premio por educar bien a los hijos, los padres de Tommy se lo llevarían de calle. Incluso en quinto curso, cuando estábamos los dos en la patrulla de seguridad vial, él siempre se ofrecía para cargar con las señales de «stop».
Salgo del camerino para poder ocuparme del vestuario de los chicos, en la puerta de al lado.
—Vale, salgo enseguida.
Me sigue.
—¿Estás bien?
Doblo un par de pantalones que Matthew ha dejado colgados en una silla.
—Claro. Es solo que no he parado en toda la semana.
Estira los brazos hacia arriba.
—Sí, entre los dos nos ocupamos de la mayoría del trabajo del equipo.
En efecto, la columna vertebral. Pero sin aplausos. Ni rosas, tampoco. Parpadeo con los ojos húmedos y me doy la vuelta para mirarle.
—Has hecho un trabajo fantástico, Tommy. Nadie podría haber diseñado los decorados como tú lo has hecho.
En un minuto justo, el escenario cambia de una aldea afgana destruida por la guerra a una discoteca de Tokio. Es una obra multicultural.
Se encoge de hombros.
—No seas tan modesto. Te mereces tanto reconocimiento como los actores.
—No salir al escenario tiene sus ventajas.
Se me arquean las cejas hasta el nacimiento del pelo.
—Dime una.
—Privacidad.
Me río, y suena como algo entre un ronquido y un bufido.
—¿Eso es una ventaja?
Se vuelve a encoger de hombros. Estoy terminando con el vestuario y me vibra el móvil. Lo saco para encontrarme con un mensaje de mi madre, que me recuerda que esté en casa en cuarenta minutos. Suspiro. Cómo tira la correa. Cuando borro el mensaje, veo que Matthew ha dejado abierto el vínculo a la web de NERVE. El juego que él sabía que yo no iba a probar.
Me doy la vuelta hacia Tommy.
—¿Crees que soy atrevida?
Retrocede un paso.
—Mmm ¿atrevida? No sé. Pero sí que tienes personalidad. ¿Te acuerdas de esa vez, cuando éramos novatos y te inventaste una nueva letra para el himno del instituto?
¿Es por eso por lo que más se me conoce? ¿Una letra llena de tacos y que apenas rimaba? Con una mueca, le enseño el teléfono.
—¿Te apuntarías tú alguna vez a este juego?
Lo estudia.
—Lo dudo. Es arriesgadísimo.
—Que no es lo mío, vamos.
—Yo no he dicho eso.
De pie junto a Tommy, voy pulsando en la web del juego. Hay una lista con los retos que la gente puede llevar a cabo para presentarse a las rondas en vivo, junto con una serie de anuncios que saltan en la pantalla con la promesa de la fama instantánea y un vídeo de algunos de los ganadores del gran premio del mes pasado, que asisten al preestreno de una película. Dos de las chicas lucen con ostentación lo mucho que han ganado con sus retos. Pavas con suerte.
Echo un vistazo a la lista. La mayoría de los retos son espantosos, pero hay uno que consiste en entrar en una cafetería y tirarte agua encima mientras gritas «El agua fría me pone calentorra». Suena un tanto estúpido, pero menos peligroso que robar esmalte de uñas, o incluso que fingirlo. Miro el reloj. El Gotta-Hava-Java está de camino a casa. Podría hacerlo si me diera la prisa suficiente. Eso eliminaría del vocabulario de Matthew el apelativo «pequeña», que él une a mi nombre incluso en los mensajes de texto, algo que ha estado haciendo desde que comenzamos a ensayar la obra. Rollo tonteo, mono, en especial a altas horas de la noche.
Miro a Tommy.
—¿Quieres hacer algo que se salga de lo común?
Se le sonrojan las mejillas.
—No te vas a presentar al juego, ¿verdad?
—Ni loca. Además, ya es muy tarde para que me elijan. Pero ¿no sería divertido probar un reto? Solo para ver qué tal.
—Mmm no, la verdad —pestañea con rapidez como si las lentillas le hubieran dicho basta por hoy—. ¿Te das cuenta de que lo colgarían para que lo viese el mundo entero, y que, como no hay que pagar para ver los retos preliminares, eso sería un montón de gente?
—Claro, más o menos de eso se trata.
Ladea la cabeza.
—¿Estás segura de que te encuentras bien?
Me dirijo hasta el armarito para guardar el pulverizador bajo llave.
—Estoy fenomenal. Tampoco hace falta que vengas conmigo. Tan solo he pensado que sería divertido.
—A lo mejor lo es —asiente y queda claro que se lo está pensando—. Vale. Yo te grabo.
Ah, claro. Se me había olvidado por completo que necesitaba a alguien que grabase el reto. Agarro el bolso, paso por delante de él y me siento como una Lara Croft total.
—Genial. Vámonos.
Se apresura para seguirme el paso.
—Podemos coger mi coche.
Sus padres le regalaron por su cumpleaños un Audi de película de acción.
—No, nos llevaremos el mío —le digo. Es mi reto.
Hay en el aire una humedad que no había antes, al atardecer. Aunque estoy a punto de tirarme agua por la cabeza en una cafetería, no estoy de humor para la lluvia. Tommy y yo corremos hasta mi coche, un Subaru con diez años encima y un volante que vibra cada vez que piso el freno. Pero es mío y me gusta. Nos subimos y arranco.
Trato de tararear al ritmo de una canción de hip-hop que suena en la radio, pero la voz se me entrecorta constantemente.
—¿Crees que alguien en el Gotta-Hava-Java se dará cuenta de que estoy haciendo un reto para NERVE?
Tommy le echa un vistazo al salpicadero como si fuera a encontrar quizá algo más interesante que la radio de gama baja con una pegatina manuscrita en el mando que dice: «¡SUBE EL VOLUMEN!».
—No creo que sus clientes habituales sean del perfil demográfico de NERVE.
Me resulta curiosa la facilidad con la que sale de sus labios ese «perfil demográfico», como si estuviera en un anuncio. Ese es el tipo de cosas que dice mi padre. De repente me siento inquieta al recordar la palidez en la cara de mi padre ante mi cama del hospital hace unos meses, cuando no paraba de hacer un gesto negativo con la cabeza y de decirme que mis actos habían parecido totalmente impropios de mí. Las chicas como yo no acababan aparcadas en un garaje con el motor en marcha. Exacto, le había dicho yo.
Aparto ese pensamiento.
—Así que me voy a poner en ridículo delante de una panda de gente que no tiene ni idea de que es para un juego. Perfecto.
El mes pasado, un locutor no dejaba de recordar al público en una susurrante voz superpuesta que a los jugadores no se les permitía decirle a la gente que estaban haciendo un reto.
Las cejas arqueadas de Tommy dicen un «no me digas», pero es demasiado correcto para decirlo en voz alta. En cambio, me habla de un documental que ha visto sobre una escuela de negocios estilo samurái donde los alumnos tienen que cantar en la calle, en esquinas concurridas, para superar sus inhibiciones.
—A lo mejor esto acaba siendo bueno para ti —dice él.
Lo estudio. En realidad, es más guapo de lo que hasta ahora le he reconocido, y tampoco es que hayamos sido nunca más que amigos. Con sus facciones bien definidas y el buen patrimonio inversionista de sus padres, es probable que acabe haciendo carrera política antes de que nos volvamos a reunir diez años después de la graduación.
Entonces me acuerdo de que ni siquiera he rellenado el formulario de inscripción.
—¿Te importa meterte en la web de NERVE y rellenar mis datos? —le pregunto.
Enciende su móvil y empieza a leerme preguntas mientras escribe. Le doy mi dirección, número de teléfono, correo y la fecha de mi cumpleaños (el 24 de diciembre, el día más «uy, por qué poquito» de todo el año). En la lista de contactos en caso de urgencia, que suena a matar moscas a cañonazos para un reto de dos minutos, incluyo a Sydney seguida de Liv, Eulie, Tommy y después Matthew, solo por diversión.
Cinco minutos más tarde, después de dar dos vueltas alrededor de la cafetería, encuentro un sitio para aparcar a una manzana del Gotta-Hava-Java. El ambiente ha perdido cualquier calor que tuviera durante el día y anuncia un desagradable paseo de vuelta al coche después del reto. Asumiendo que siga adelante con ello, algo que una minúscula parte de mí está empezando a poner en duda.
Le doy mi cazadora a Tommy.
—¿Me guardas esto para así tener algo seco que ponerme después?
—A lo mejor debería guardarte también el bolso, por si acaso.
¿A qué otro tío se le ocurriría mantener a salvo tus complementos? Me da un escalofrío.
—Bien pensado.
Tommy sujeta mis cosas con ternura, como si le diera miedo estropearlas, lo que tampoco sería una catástrofe, ya que lo compro todo a mitad de precio en Vintage Love, donde trabajo.
Entramos en la cafetería y se me acelera el pulso cuando veo que está hasta arriba. Una cosa es elegir un reto de una lista y otra es actuar para llevarlo a cabo. Actuar, uf, ese es el problema. Igual que en esa audición para la obra de teatro del instituto de la que salí huyendo, o con esos trabajos de Conocimiento del Medio con los que sudaba delante de la clase. ¿Por qué demonios está alguien como yo jugando a un juego como este?
Cojo aire y me imagino a Matthew besando a Sydney en el escenario mientras yo miro entre bambalinas. Obviamente, estoy haciendo esto para demostrar algo. Muchas gracias, Introducción a la Psicología.
Tommy encuentra un sitio en una mesa compartida cerca del centro del establecimiento y deja allí nuestras cosas. Juguetea con su móvil.
—La web de NERVE dice que tengo que grabar esto en un canal en vivo que se lo sube a ellos directamente, para que no podamos editar el vídeo. Empiezo en cuanto que tú estés lista.
—Vale.
Me acerco sigilosa al final de la cola luchando contra la extraña sensación de que estoy perdiendo el control de las piernas. Poner un pie de plomo delante del otro requiere toda mi capacidad de concentración, como si estuviese vadeando una piscina de sirope. Respiro, respiro, respiro. Ojalá no hubiera un olor tan fuerte a café. La ventilación aquí dentro es lamentable. El pelo y la ropa me van a apestar cuando salga. ¿Se dará cuenta mamá?
Una pareja delante de mí discute sobre si deberían pedir un té chai por la noche, ya que tiene cafeína, mientras que un grupo delante de ellos acribilla al dependiente con preguntas sobre las cantidades de calorías. Su cotorreo me pone de los nervios. Me dan ganas de gritar que la gente que se preocupa por las calorías no debería salir por sitios que ofrecen una docena de variantes de repostería.
Hago un gesto con la mano a uno de los dependientes en un intento por llamar su atención. Él se limita a sonreír y continúa preparando un expreso. El reloj de la pared marca las 9.37. Mierda, faltan veintitrés minutos para mi hora y me acabo de dar cuenta de que tengo que llevar a Tommy de vuelta hasta su coche antes de poder irme a casa. Me abro paso a empujones hasta el mostrador y provoco varios comentarios airados. Cuando vean lo que pienso hacer, a lo mejor se callan. Nadie quiere meterse con alguien a quien se le ha ido la olla. En la esquina del mostrador hay una jarra de agua con hielo y una pila de vasos de plástico. Lleno uno y me dirijo hasta un lugar cerca de Tommy mientras trato de no derramarlo a pesar del temblor en los brazos y en las piernas.
Las nueve y treinta y nueve. Respiro hondo y hago un gesto de asentimiento a Tommy, que señala a su móvil y dice algo que no puedo distinguir. Unos cuantos a nuestro alrededor fruncen el ceño y me miran con cara de recelo. Tommy me pone una leve sonrisa y me da el ok con el pulgar, lo que provoca que una gigantesca ola de gratitud me hinche el pecho. Esto sería imposible a solas. Tal vez aún lo sea. El cuerpo no deja de temblarme, y combato el impulso de echarme a llorar. Joer, menuda cagueta que soy. No me extraña que me atragante en las audiciones de teatro.
Clavo la mirada en el reloj y tengo de repente una sensación de visión de túnel. Todo se oscurece a mi alrededor. Todo lo que veo es el reloj que late como el corazón delator de Edgar Allan Poe. Esto es ridículo. No es más que un vaso de agua y una frase que recitar. Syd se habría echado una jarra entera mientras cantaba su número favorito de Los miserables. Por supuesto, yo no soy ella.
El ritmo del pulso se me incrementa hasta el martilleo, y siento ligera la cabeza. Todas y cada una de las moléculas de mi cuerpo quieren salir corriendo. O gritar. O ambas cosas. Me digo a mi misma que respire. El reto se habrá acabado en un minuto. Tan solo unos segundos más de aguantar este terror. Me paso la mano por la mejilla. Cuando el reloj de la pared cambia a las 9.40, me aclaro la garganta reseca.
¿Soy capaz de hacer esto? La pregunta se repite incluso mientras me levanto el vaso de agua por encima de la cabeza. Sorprendentemente, el brazo aún me funciona.
—El agua fría me pone calentorra —digo con una voz ligeramente por encima del susurro y me echo unas gotas de agua por la cabeza.
Tommy me mira con los ojos guiñados como si no me hubiese oído.
—¡El agua fría me pone calentorra! —levanto la voz, que me sale como un chisporroteo, y me tiro el resto de agua por la cabeza.
La gélida impresión me aclara el cerebro. Oh, Dios mío, lo he hecho. Y aquí estoy ahora, de pie, empapada, deseando con más fuerza que nunca la capacidad de volverme invisible.
Cerca de mí, una mujer suelta un grito y se aparta de un salto.
—Pero ¿qué narices?
—Perdone —digo mientras me gotea el agua de la nariz. Sé que debería estar haciendo algo, pero tengo el cuerpo petrificado. Salvo los ojos, que advierten un millón de detalles a la vez, y todos ellos parecen burlarse de mí. Con un esfuerzo consciente, rompo mi hechizo de parálisis y me paso el dorso de la mano por la cara mientras un tío me saca una foto desde no muy lejos. Le lanzo una mirada obscena y él me saca otra.
Tommy deja el teléfono, me mira con los ojos desorbitados.
—Eh, Vee, madre mía, la camisa… —me señala el pecho con una expresión de horror.
Voy a bajar la vista para mirarme, pero me interrumpe un dependiente que viene corriendo con una fregona. Observa con aire despectivo el charco alrededor de mis pies.
—Yo lo hago —le digo y estiro el brazo hacia la fregona. ¿Cómo es que no se me ha ocurrido coger unas servilletas?
El dependiente aparta de mí la fregona.
—¿Crees que te la iba a dejar? Muévete, por favor. Y si no vas a pedir nada, márchate, por favor.
Mierda. Tampoco es como si le hubiera echado un escupitajo en la máquina de los zumos.
—Lo siento.
Acelero el paso hacia la puerta. El aire del exterior me impacta en la camisa húmeda como si me hubiera tirado al lago Washington.
Tommy me alcanza y me ofrece la cazadora.
—Ponte esto, ¡póntelo ya!
Me miro la camisa bajo la luz del exterior y se me corta la respiración. Lo que no he tenido en cuenta antes de tirarme el agua es que mi camisa es de algodón blanco. Y el sujetador es de un compuesto fino de seda. Yo, la coordinadora de vestuario, la que trabaja a tiempo parcial en una tienda de ropa, debería haberme dado cuenta de las consecuencias de echar agua sobre esas telas. Como si llevase una camiseta mojada. En pantalla.
Cielo santo, ¿qué he hecho?