imagen

Hacía varias semanas, meses quizá, que había dejado de quererla, pero seguía sintiendo celos. La idea de que pudiera ser feliz con otro me resultaba insoportable. No quería que me olvidara, que pasara completamente de mí, que nos convirtiéramos en miradas que se cruzan en el metro a las siete de la mañana.

Era como esos niños que tienen montones de juguetes que ni siquiera usan, pero que tampoco prestan a nadie. De esos que sueltan impulsivamente «es mío» con tono tajante.

«Vosotros, los hombres, tratáis mal a quien os quiere, pero os dejáis tratar mal por quien no os quiere...»

Pero no era solo que ya no la quisiera, sino que la odiaba. La odiaba cuando salíamos con mi mejor amigo y ella se pasaba todo el rato mirándolo, sonriéndole como si quisiera decirle algo.

Algo que no tenía nada que ver conmigo.

Y yo no lograba hacer como si nada, disimular el miedo que me daba lo que habría podido pasar. Cuando intentaba hablarle de eso, me decía que era un paranoico.

«Pero ¿cómo se te ocurre? Es feo. ¡Aunque no tuviera novio, nunca saldría con él!»

Había pasado de estar loco por ella a estar simplemente loco.

¿Qué motivo tenía para inventármelo todo? ¿Por qué iba a buscar un pretexto para discutir?

Me cabreaba que mi amigo no hiciera nada para evitar esas miradas, sino todo lo contrario, que las buscara. Era como si yo no existiera. En cuanto me distraía un momento, ya se estaban mirando.

Al pensarlo, todavía me molesta.

Fui perdiendo la costumbre de leer sus mensajes, de decirle «Ya llego», «¿Te apetece hacerlo?», «¿Dónde estás?», de decirle que viniera si salía con mis amigos.

Cuando lo dejamos, comprendí que no tenía celos de ella, sino de ellos, porque otro hombre, sin hablar ni hacer nada, la hacía sonreír.

cap-2

imagen

Cuando una historia se acaba, quedan los mensajes, las fotos, los intentos de arreglarlo todo, las cosas que no se han dicho. Páginas de la memoria, fragmentos de algo que se podría reconstruir con la imaginación en cualquier momento.

Me acuerdo de que siempre me enfadaba cuando me escribías «si quieres, mañana nos vemos...», porque, cuando se trataba de ti, yo siempre quería. Me acuerdo de lo feliz que me hizo que me dijeras que habías instalado Skype, porque así, si un día nos peleábamos, nos encontraríamos allí, entrando los dos a la vez para decirnos que nos echábamos de menos.

Y cada mensaje tiene tu rostro mirándome todavía. Adhesivos que se desprenden porque ya ha pasado mucho tiempo, arena bajo los pies de quien no sabe que un día fuimos piedras.

Salimos juntos siete meses, y durante tres solo fui tu chico.

Después lo dejamos.

Te veías desde hacía meses con un amigo, a mis espaldas.

Con un amigo mío. Por eso yo era solo tu chico, porque nuestra relación solo era apariencia y se limitaba a «estar físicamente cerca», nada más.

Te había conocido el verano anterior. Le pedí tu correo electrónico a tu hermano y poco después empezamos a salir. Me llamabas «Anto», no lo soportaba, yo te llamaba

«Amor», tú sí lo soportabas. Mis frases siempre acababan con una coma. Me salía espontáneamente porque no quería que nuestras conversaciones se acabaran nunca.

Pero acababan.

A las once me dabas siempre las buenas noches.

«Tengo que irme, Anto. Mañana tengo un examen. Buenas noches, un abrazo.»

«Hasta mañana. Buenas noches.»

Pero yo no dormía. Releía todo lo que nos habíamos escrito, tenía el «síndrome del SMS».

—¿Cuándo naciste? —me preguntaste un día.

Era nuestra segunda cita, y cada pregunta era una manera de llenar el silencio para no aumentar la vergüenza que sentíamos.

Estábamos a punto de darnos el primer beso, sentados en la parada de autobús que hay enfrente del bar Fellini.

—El 25 de mayo, ¿por qué?

—Eres Géminis.

—¿Y eso importa?

—¿Te acuerdas de Cioè, aquel tebeo que se puso de moda hace unos años? En las dos últimas páginas había un horóscopo con una tabla que indicaba quién iba a ser el amor de tu vida según a tu signo zodiacal. Siempre me salía «Géminis» y todas mis amigas decían: «¡No! ¡Es imposible!».

—En pocas palabras, acabas de decirme que me quieres...

—No lo digo yo, sino el tebeo.

La música, el insomnio y los apodos eran tu especialidad.

También te gustaban las estrellas: «Siempre nos observan, mientras que nosotros las miramos solo cuando se caen».

Y te encantaban Los novios de Manzoni y la gimnasia artística. Te quería desde hacía unas horas, unos días.

Te llamaba continuamente y acercaba el móvil a la cadena de música para decirte que fuera estaba oscuro, pero que tú existías, amor. Te repetía las palabras de Tiziano Ferro. Pero a ti te gustaban los Tokyo Hotel.

—Ven aquí.

—No, ven tú.

—Va, ven tú, siempre voy yo.

Quedábamos a mitad de camino.

cap-3

imagen

Ya había estado en su casa, pero aquella noche me quedé a cenar. Comimos todos juntos, su padre no me quitó el ojo de encima y su madre me acribilló a preguntas. Aquello no fue una cena, sino un interrogatorio en toda regla.

«Antonio, ¿a qué instituto vas?»

«Antonio, ¿ya sabes a qué universidad vas a ir?»

«Antonio, ¿a qué te dedicas?»

Odio la pregunta «¿a qué te dedicas?». Como si el trabajo definiese nuestras vidas.

El trabajo, en realidad, las ennoblece.

Si hubiera sido más descarado, aquella noche habría respondido: «Me dedico a querer a su hija».

No lo hice.

Hay chicos que viven cada día de su vida pendientes de lo que podría gustarles o no a sus padres y, por suerte, yo les gustaba a los suyos.

La madre llevaba la ropa de su hija con desenvoltura, y si no hubiera sido por las arrugas, que no ocultaba con ningún maquillaje, le habría echado treinta años. El padre era un tipo sencillo. Un hombre moderno, enamorado, ambicioso, joven, una persona capaz de dirigir sus pasos hacia lo que realmente quería.

Me habría gustado ser un padre así.

Sin que ellos lo supieran, decidí que si teníamos un hijo, sería chico y lo llamaríamos Erik. Me imaginaba un niño único en el mundo, diferente de todos los demás, pero igualmente maravilloso. Los mulatos son muy guapos, y así sería nuestro hijo, de mi sangre pero de otro color.

cap-4

imagen

Creo que el mundo es como un piano cuyas teclas, blancas y negras, emiten una dulce melodía. Como las galletas Oreo.

Nunca he estado de acuerdo con los que dicen que todos somos iguales.

Mi padre tampoco. Decía: «Todos estamos al mismo nivel, cada uno de nosotros es un cero, porque el cero no es un número, sino un punto que hay que llenar, y cada uno tiene que decidir con qué quiere llenarlo...».

Y proseguía: «Antes de que los blancos llegaran a África, nosotros éramos ciudadanos. Y aunque no sabíamos comer con cubiertos, tampoco sabíamos lo que era el hambre. Sin embargo, ahora no somos más que monos clandestinos que vienen a sus países a robarles el trabajo, cuando fueron ellos los que nos robaron la dignidad. El día en que ya no haya extranjeros, les tendrán tirria a los homosexuales, a los obesos, a los del sur, a los comunistas, a las mujeres, a los parados. Y cuando ya no les quede nadie, se tendrán tirria a sí mismos, porque comprenderán que se merecen la soledad».

Mi padre se merecía un abrazo.

Siempre hablaba de África, de Sankara, Lumumba, Mandela y Neto.

Cuando yo era pequeño, decía: «¡Tienes que llegar a ministro de Educación de Angola, el mundo te necesita!».

Creo que siempre le he decepcionado, él quería un hijo con carrera y a mí nunca me ha interesado la universidad; quería un hijo independiente y, en cambio, yo solo soy cabezota. Pero jamás me ha echado nada en cara.

Nunca olvidaré las tardes en que me subía a su Opel y me llevaba a dar una vuelta. Me contaba historias fantásticas. Era como si yo ya hubiera estado bajo los edificios coloniales y en el puerto del casco antiguo de Luanda, en los locales nocturnos de Osu y en el mausoleo de Acra, o a los pies del oleoducto de Kinshasa. Él me llevaba hasta allí en nuestro Opel.

cap-5

imagen

Creo que han inventado los colores para que el mundo sea más alegre, no para diferenciar a las personas.

Papá decía medio en broma: «Cada uno de nosotros es un patrimonio étnico. Somos testigos de un cambio. Este país será multicultural en parte gracias a nosotros».

Tenía razón.

Éramos la primera familia de color del barrio, yo era el único niño negro de la clase, y mi padre, el único empleado negro de su empresa; probablemente, el primero. Éramos únicos, pero para mí eso era una desventaja.

Cuando era pequeño no comprendía lo que significaba «sucio negro».

Me lavaba cada noche antes de irme a la cama. Había tres cosas con las que mi madre no transigía: el colegio, la higiene y ni se te ocurra fumar o beber alcohol.

Por lo que respecta el tercer punto, llegó a pedirme que lo prometiera, algo que todavía mantengo. «De lo contrario, te mato», me decía siempre.

No podía fallarle.

«Antonio, ve a lavarte.»

«¿Te has lavado los dientes? También te has cepillado la lengua, ¿no?»

«¡No salpiques el espejo cuando te laves los dientes! ¿Te has cambiado los calcetines?»

Un sargento de caballería, a veces una verdadera tortura.

De haber tenido entonces la mentalidad de ahora, si alguien me hubiera llamado «sucio negro», le habría contestado: «Mira, llámame como prefieras, puedes incluso llamarme “chocolatina”, si te parece, pero nunca le pongas la palabra “sucio” a ningún mote, porque, si te oye mi madre, me da una paliza».

cap-6

imagen

Las primeras voces que oí cuando nací eran en este idioma, mi primera palabra fue en este idioma, aprendí a escribir, en mayúscula primero y en minúscula después, en este idioma, a leer en él, a amar la vida y a odiarla en ese mismo idioma.

En primaria me preguntaban en clase: «Pero ¿tú te sientes de aquí?».

Y yo respondía: «¿Qué quieres decir?».

¿Por qué no se lo preguntaban a cualquier otro compañero de clase? ¿Por qué precisamente a mí? Yo no me sentía ni de aquí ni negro, como muchos me llamaban, me sentía incomprendido, partido en dos.

Lo único que quería es que me llamaran Antonio y que me preguntaran: «¿Quieres jugar?».

En los dibujos me pintaba de color rosa, como todos los demás niños, no porque rechazase mi diferencia, sino porque entonces me parecía normal.

Volvía a casa y lloraba en este idioma.

Una vez, una compañera de clase que me gustaba me dijo: «Si fueras blanco, serías más guapo».

Esa noche, después de cenar, delante del televisor, antes de que mi padre me mandara a dormir, se lo conté a mi madre y ella sonrió.

—Mírame y dime: ¿mamá es guapa o fea?

—¡Mamá es guapísima! —respondí sin pensármelo dos veces.

—Pues tú te pareces mucho a mí.

En ese preciso instante, comprendí que no quería ser ni blanco ni más guapo. Quería ser simplemente como mi madre, que no es una mujer, sino un milagro. Era un milagro el hecho de que lográsemos salir adelante cada día, de que llegásemos a final de mes, porque ella nos mantenía unidos, sin perder el ánimo y sin desalentarse nunca, a pesar de todas las dificultades.

Nuestra familia siempre ha pasado estrecheces.

Nunca vimos a Papá Noel, el día de Reyes era como otro cualquiera, pasábamos los veranos en casa y, las pocas veces que íbamos a la playa, era como si nos catapultáramos a Estados Unidos con parada en el Gran Cañón para tirarnos de cabeza desde allí y sacarnos de encima el antojo.

No tenía que hacer preguntas, ya teníamos bastante con la sociedad, que no perdía la ocasión de hacer que nos sintiéramos fuera de lugar.

Caminábamos mucho, del colegio a casa, del mercadillo a casa de los tíos, de los asistentes sociales a la estación de tren.

Recoger tomates en el sur y recibir insultos en el norte.

Las colas en Jefatura.

La espera interminable en el servicio de atención a los inmigrantes.

«Tenéis permiso de residencia, ¿no?»

Porque había que tener un permiso, pensaba yo.

Una hoja de papel donde aparecía escrito: «Nacido aquí» me permitía quedarme.

cap-7

imagen

«¿Cuándo naciste?», me preguntó ella un día. Me vino a la cabeza la respuesta de Rico, un amigo, la primera vez que se lo pregunté.

Estaba con él y teníamos dieciséis años.

«Nací en septiembre de 1998. Cuando estaba en primero de primaria, como el pupitre era demasiado alto para mí, llamaron a un herrero que le cortó las patas delante de los demás niños para adaptarlo a mi altura. Fue una gran humillación, la primera y la peor, porque por primera vez tuve conciencia de que era diferente de verdad, de que me faltaba algo. Sin embargo, decidí que ese iba a ser el día de mi nacimiento: así era yo, y demostraría que por cada cosa de menos, tenía otras mil.»

Rico mide ciento siete centímetros y padece mucopolisacaridosis.

cap-8

imagen

«¿Cómo podías estar con alguien así?»

No soportaba el hecho de que antes de ser mía hubieras sido de otro. Yo para ti ni siquiera había sido la tercera vez, y quizá tampoco sería la última.

«Te quiero porque cuando estoy pedo, eres la primera persona en quien pienso.»

Yo era abstemio y estaba tan enamorado que, cuando me lo decías, pensaba: «También soy la segunda, ¿no?».

Quería rodear tu corazón en cada momento del día, como si fuera tu sujetador, protegerte del viento helado, no ser frágil como los edificios construidos ilegalmente. Pero no lo lograba.

«Tenemos una cosa en común.»

Yo asentía, teníamos en común el hecho de que, si hubiéramos querido, habríamos podido ser felices separándonos, que, si no hubiera sido por mí, tú no me habrías buscado porque eras demasiado orgullosa para hacerlo.

«El amor no se acaba, se transforma. El sexo vacía, el amor llena.»

Sí, el amor llena de heridas y nos transforma en nuestro peor enemigo, pensaba.

A los que te preguntaban «¿Cómo va con Anto?», respondías «Anto no va a ninguna parte».

Te quería cuando lo decías. Sonreías a los chóferes, a los profesores del instituto que no te reconocían, a los desconocidos, a los niños de los autobuses abarrotados en verano, a las cajeras, a mí.

Siempre querías hacerlo sin protección. «¿De quién tenemos que protegernos?», decías.

Tus tan esperadas menstruaciones, el miedo a tener un hijo no deseado. A pesar de todo, sonreías.

Te quería porque cuando te dije «Quiero ser feliz», tú respondiste «Yo ya lo soy».

Eres mi barricada, como cuando me dijiste «Nos conocimos en mayo, que en inglés se escribe May. Por algo será, ¿no?».

Kilómetros de acera, la vida provinciana, los bancos de la plaza y el bachillerato de letras, que tanto odiabas, te han llevado lejos de aquí.

Quería ser tu último novio a toda costa, sin darme cuenta de que quizá habría sido mejor que tú fueses mi última novia.

«Tenemos una cosa en común», decías. Te referías al hecho de que los dos queríamos escapar de nuestras vidas. Yo te daba la razón.

En común teníamos el hecho de que, si hubiéramos querido, habríamos podido ser más felices separándonos.

cap-9

imagen

El frío de aquel invierno influyó en nuestra relación. Todo cambia bajo la nieve; nosotros también lo hicimos. Ella y mi amigo siempre estaban mirándose. Se gustaban.

A cada mirada, ella respondía con una sonrisa que susurraba. Que susurraba algo muy bonito.

Yo no era capaz de fingir que no me daba cuenta. Cuando ella lo notaba, me preguntaba «¿qué te pasa?».

Yo pensaba «que no estás aquí».

La llamaba «Amor» y no lo soportaba.

La llamaba por su nombre y lo soportaba.

Me había alejado un poco, pero seguía diciendo que no pasaba nada, que las cosas se irían resolviendo con el tiempo, que era yo quien se comportaba como un paranoico. Vivíamos una historia que ya había acabado, una situación insostenible. La simple idea de que ella pudiese coronar sus sueños con otro me quitaba el hambre. Ella siempre tomaba la iniciativa para quedar, y también para besarnos o cogernos de la mano.

No tenía valor para dejarla, pero tampoco para estar con ella. El último mensaje se convertía inevitablemente en el penúltimo. La verdad era que para sentirme fuerte necesitaba tener a alguien a mi lado. Alguien dispuesto a suplir mis carencias. Intentaba olvidar el eco de las promesas que nos habíamos hecho el día en que decidimos que nunca volveríamos a decepcionarnos el uno al otro.

Cuando nos peleábamos, ella acudía a él. Y creo que incluso lograba hacerla reír. Me sentía incomprendido, como una tienda abierta en pleno centro en agosto.

Nos habíamos ido alejando.

De hecho, se había creado un vacío entre nosotros. Solo gracias a las recaídas comprendes cuál es la diferencia entre espacio y vacío: el primero se puede llenar, el segundo te aspira y ya no te suelta.

Como una librería en cuyas estanterías faltan libros. Puedes intentar poner otros, pero, inevitablemente, toda la fila se viene abajo.

Nos habíamos resignado. Estábamos seguros de que ya no teníamos ganas de ordenar todos esos libros llenos de polvo. Eran textos que hablaban de las vacaciones familiares, manuales para los padres perfectos, listas de bodas, registros contables.

Habría deseado ser la página que leía antes de dormirse, el techo al que dirigía todas aquellas preguntas, pero dentro de mí sabía que nunca lograría estar a la altura, porque los libros no le temen a nada. No siguen con los ojos a quien los cierra o los abandona, no echan de menos a quien los ha dejado pudriéndose durante años en la estantería.

Yo sí.

Lo dejamos en enero. El día de San Valentín entré en Skype, pero ella no estaba en casa.

Me enamoré de ella porque una noche me sonrió, y cuando salimos juntos me di cuenta de que le sonreía a todo el mundo.